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sábado, 14 de mayo de 2016

Eustace Mullins - Nueva Historia de los Judios (3)



     Presentamos aquí en castellano, continuando con la entrada anterior, los capítulos 4 y 5 del libro de Eustace Mullins "Nueva Historia de los Judíos" (1968), que hablan de los judíos en la Historia antigua y acerca de la muerte de Jesús.





Capítulo 4
LOS JUDÍOS EN LA HISTORIA ANTIGUA


     Hemos visto ya cómo los judíos debilitaron y destruyeron la civilización de Egipto; pero ¿en qué consistió ese proceso? Se trató de la consecuencia biológica del crecimiento de un parásito enquistado, el extranjero judío, que se había sujetado a la nación egipcia y que procedió a hacer todo lo que pudo para destruír a su anfitrión, incluso aunque estuviera sacando todo su sustento de él. Ese proceso fue repetido por los judíos en cada una de las civilizaciones antiguas.

     En el Antiguo Testamento los judíos tratan de justificar su estado sin hogar indicando que Yahvé estaba disgustado con ellos, y que luego él los envió a vagar a través de la Tierra debido a su propia maldad. Este tema es repetido muchas veces en la Biblia. Los versos de Ezequiel 36:17-20 son típicos:

     "Oh, hijo de hombre, cuando la casa de Israel habitó en su propia tierra, ellos la profanaron con su propia conducta y con sus obras: su conducta delante de mí fue como la suciedad de una mujer en su menstruación. Por eso vertí mi furia sobre ellos por la sangre que ellos habían derramado sobre la tierra, y por sus ídolos con los cuales ellos la habían contaminado. Y los dispersé entre los paganos, y ellos fueron dispersados por los países; según su conducta y sus obras los juzgué. Y cuando ellos entraron entre los paganos ellos profanaron mi santo nombre, cuando ellos les dijeron: Éstos son el pueblo de Yahvé, y han salido de la tierra de él".

     Así, Yahvé declara que es blasfemia para los judíos afirmar ser "el pueblo de Yahvé", y considerando los antecedentes de ellos, ésa es una afirmación fantástica. Ezequiel también declara que ellos fueron expulsados debido a la acusación de sangre, de derramar sangre delante de los ídolos contaminados, la antiquísima costumbre conocida como "asesinato ritual".

     Aunque la cólera de Yahvé sea presentada aquí como la razón de la Dispersión judía, es notable que también sea usada la acusación de sangre, que siempre era hecha cuando ellos eran expulsados de una nación. Con respecto a esto, no deberíamos ignorar la predilección judía por seguir extendiendo su obsesión más íntima sobre el mundo civilizado, y es aún más extraño que ningún historiador o filósofo de los tiempos modernos haya visto adecuado comentar sobre este fenómeno mundial, que ha tenido un efecto devastador sobre cada cultura que ha sido envenenada por ellos. Un importante hombre de negocios, J. J. Cavanagh, ha comparado la dispersión de los judíos con los efectos fisiológicos del cáncer.

     "Los judíos", declaró él en un discurso ante un grupo de negocios de Chicago, "pueden ser mejor entendidos como una enfermedad de la civilización. Ellos pueden ser comparados con la extensión del cáncer a través de todo el sistema humano. Así como los judíos se diseminan por el mundo civilizado, siguiendo las rutas comerciales, del mismo modo las células del cáncer se difunden a través del cuerpo, viajando por arterias y venas a cada parte del sistema. Y tal como los judíos se congregan en áreas críticas del mundo y comienzan a multiplicarse, y estrangulan y envenenan a comunidades y naciones enteras, de igual modo las células del cáncer se juntan y multiplican y destruyen los órganos del cuerpo, y finalmente, al cuerpo mismo".

     Muchos historiadores del mundo antiguo notaron el fenómeno judío, y comentaron acerca de ello, pero la mayoría de esas obras han sido desde entonces destruídas. Entre los pocos comentarios sobre los judíos que han sobrevivido a la destrucción judía de bibliotecas están los de Filón y Estrabón. Filón, un historiador importante, escribió que "las comunidades judías se han propagado por todos los continentes e islas".

     Los comentarios de Estrabón sobre los judíos, escritos en el tiempo del Emperador Augusto de Roma, son aún más reveladores. Él escribió:

     "Había cuatro clases en el Estado de Cirene. La primera la componían los ciudadanos, la segunda los agricultores, la tercera los extranjeros residentes, y la cuarta eran los judíos. Este pueblo ya se ha abierto camino en cada ciudad, y no es fácil encontrar algún lugar en el mundo habitable que no haya recibido a esa nación y que no haya sentido su poder".

     La observación de Estrabón es probablemente el comentario más iluminador del problema judío en el mundo antiguo. Él se preocupa de señalar que los judíos ocupaban un status inferior al de los extranjeros residentes; en otras palabras, ellos eran un grupo de extranjeros residentes estimados tan peligrosos que eran considerados como un grupo en sí mismo. Los judíos ya se habían hecho conocidos como los destructores de las naciones, y se les permitía ejercer poco o ningún poder político, pero ellos todavía lograban hacer que su poder se sintiera, como señala Estrabón. Ellos hicieron eso mediante su comercio en piedras preciosas y oro, y por medio de sus conexiones internacionales como banqueros, y como tratantes en bienes robados. El préstamo de dinero era una empresa básica de esa gente, porque eso les daba poder sobre los aristócratas derrochadores, quienes podían ser usados entonces para esclavizar a la gente para objetivos judíos.

     Aunque los judíos tendían a instalarse en las ciudades más grandes, ellos eran encontrados en los puestos avanzados más remotos del Imperio. Charles H. H. Wright, en su libro "Luz de los Papiros Egipcios", Londres, 1908, página 3, dice:

     "No muchos años después de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor, una colonia de judíos se abrió camino a Asuán, las fronteras del Sur de Egipto. Allí ellos adquirieron para sí casas y campos. Algunos de ellos continuaron traficando como prestamistas e incluso, uno podría decir, como banqueros. Esto es demostrado a partir del papiro L, en el cual un convenio para un préstamo de dinero está debidamente registrado. Cuidadosas estipulaciones fueron hechas para que el interés fuese pagado mensualmente por el dinero prestado. Cinco testigos adjuntaron sus firmas al documento. En aquellos papiros se hace mención de la Casa de Yahu (Yahvé), y de un altar sobre el cual eran ofrecidos diariamente sacrificios".

     De esta manera, los judíos, hace miles de años, estaban practicando actividades de préstamo de dinero en la remota provincia de Asuán, y esas actividades eran una parte integral de la vida económica y religiosa de la comunidad judía. En aquel tiempo los judíos adoraban abiertamente a Baal, su dios del Oro, pero tan viles y obscenas eran las orgías que ellos practicaban delante de su altar, que la religión judía se vio obligada a pasar a la clandestinidad debido al resentimiento popular. Los ídolos de Baal fueron fundidos, y los judíos lo rebautizaron como Yahu, o Yahvé, y ocultaron muchas de sus observancias religiosas realizadas en su honor.

     A pesar de las afirmaciones de los judíos de haber sido la civilización más importante del mundo antiguo, de hecho de la tribu judía en Palestina hay escasas noticias en los registros antiguos. En la página 54 de su Historia de los Judíos Kastein dice:

     "El insignificante pequeño Estado de Palestina era un vasallo de Asiria, y debido a su misma mínima importancia fue dejado a sus propios recursos. Todo lo referido a sus poderes colosales había surgido entre quienes deseaban el Imperio".

     ¿Cómo reconcilia uno al historiador de los judíos, Kastein, con su definición de Palestina como "un pequeño Estado insignificante", con los eruditos y profesores de nuestras modernas universidades que dicen a sus estudiantes que los judíos tuvieron la mayor civilización alguna vez conocida por el hombre? El hecho es que nunca hubo una civilización judía. Sólo ha habido infecciones de civilizaciones sanas por causa del crecimiento de parásitos judíos, las cuales infecciones siempre han demostrado ser fatales para sus anfitriones.

     Típico fue el destino de Babilonia. Nabucodonosor, el más poderoso gobernante del mundo antiguo, había recibido tantas quejas con respecto a los bandidos judíos que actuaban en Palestina, que él marchó contra ellos. Los ejércitos babilónicos persiguieron a los judíos despiadadamente en los desiertos y páramos hasta que los hubieron muerto o capturado a todos ellos. Eso ocurrió en el año 586 a.C. Como era la costumbre entonces, Nabucodonosor llevó a los sobrevivientes a casa con él como esclavos. Esos 30.000 cautivos judíos fueron colocados en el Imperio babilónico y se les permitió formar sus propias colonias. El historiador judío Gerson Cohen escribe que "Muchos lugares en Babilonia tenían una población exclusivamente judía".

     En menos de cinco décadas Babilonia ya no existía. A pesar de la libertad de que ellos disfrutaban, los judíos comenzaron a maquinar el derrocamiento del Imperio. En ese entonces, Ciro, el líder de los persas, deseaba atacar Babilonia e incautar sus riquezas, pero él sabía que su ejército no era lo bastante fuerte. Los emisarios judíos fueron donde Ciro y declararon que querían abrir las puertas para él. Al principio Ciro sospechó una trampa, y se dice que mató al primero de tales mensajeros, pero los judíos más tarde lo convencieron de que ellos eran sinceros. Ellos pidieron a cambio que él los retornara a su tierra en Palestina.

     En el año 539 a.C. el ejército de Ciro apareció ante Babilonia. En la página 65 de la Historia de los Judíos, Kastein dice: "La conquista de Babilonia fue conseguida sin dificultad; la ciudad cayó sin luchar". ¡Qué coincidencia! Eso es exactamente lo que Manetón escribió sobre la caída de Egipto ante los invasores hiksos. No hubo ninguna batalla. Aunque la Historia antigua está llena de relatos de batallas largas y desesperadas entre naciones y sitios de ciudades que duraron muchos años, cuando una ciudad tenía una comunidad judía significativa, esas batallas parecieron no ocurrir. Sin duda los judíos no deseaban ver sus casas y negocios dañados por un ataque.

     Kastein continúa en la página 65 de La Historia de los Judíos: "Los judíos dieron la bienvenida a Ciro con los brazos abiertos". Aquí está otro tema que es repetido a través de toda la historia de los judíos. En cada nación que cae sin luchar, los judíos se apresuran a dar la bienvenida a los invasores. Kastein nos dice que Ciro permitió que los judíos volvieran a su propio país, pero muchos de ellos prefirieron permanecer en Babilonia. Bajo la protección de Ciro, a los judíos se les permitió despojar a los habitantes de Babilonia, y toda riqueza que Ciro no se llevó a Persia se convirtió en propiedad de los judíos. Por consiguiente, los judíos formaron una clase dirigente rica y poderosa en Babilonia, y ellos dedicaron su tiempo y dinero a la formulación de una ética judía, que fue puesta por escrito como el Talmud babilónico. En la edición inglesa, publicada en Londres en 1935 como el Talmud de Soncino, el rabino Hertz dice, en la página XXI:

     "Cuando llegamos a la Gemara babilónica [segunda parte del Talmud], tratamos con lo que la mayor parte de la gente entiende cuando ellos hablan o escriben del Talmud. El lugar de nacimiento de éste, Babilonia, fue un centro judío autónomo durante un período más largo que cualquier otra tierra, a saber, desde poco después de 586 a.C. hasta el año 1040 d.C., 1.626 años".

     Note que el rabino Hertz orgullosamente declara que al ser conquistada por Ciro, Babilonia se convirtió en un centro judío autónomo, o auto-gobernado. Ninguna declaración podría ser más reveladora del papel desempeñado por los judíos en la traición a la nación a favor de Ciro.

     Los judíos no sólo se apoderaron del Imperio babilónico sino que también se fueron a casa con Ciro y formaron grandes colonias en Persia. Max Radin, en "Los Judíos entre los Griegos y Romanos", dice en la página 61: "La virtual autonomía del período persa permitió el desarrollo de una bien organizada clase dirigente de sacerdotes, los soferim o escribas, hombres entendidos en la ley, quienes no tenían funciones sacerdotales definidas".

     Lo que Radin no nos dice es que esos escribas no eran sacerdotes: ellos eran los líderes de la comunidad judía autónoma. Fueron escribas de ese tipo los que se reunieron para condenar a Jesucristo a ser crucificado.

     La influencia de los judíos en el Imperio persa pronto hizo que éste siguiera el camino de civilizaciones más tempranas. Uno de los libros más cortos de la Biblia es el Libro de Ester, el más judío de esos libros, y el único en el cual Yahvé no es mencionado. La historia de Ester dio ocasión a la ceremonia religiosa más importante de los judíos, la fiesta de Purim, que celebra la victoria de los judíos sobre los Gentiles, cuando Ester tuvo éxito en hacer que Amán fuera ejecutado. En esa época, Asuero era el rey de Persia, y su Primer Ministro era un concienzudo y esforzado Gentil llamado Amán. Amán había estado preocupado por el creciente poder y la insolencia de los judíos persas. Dice en Ester 3:8-9:

     "Amán dijo al rey Asuero: Hay un cierto pueblo disperso y diseminado entre todas las provincias de tu reino; y sus leyes son diferentes de las de cualquier otro pueblo, y no observan las leyes del rey; por lo tanto no es beneficioso para el rey sufrirlos. Si le complace al rey, que se decrete que ellos sean destruídos".

     Esa petición pareció bastante razonable al rey Asuero, y él autorizó a Amán a preparar un día en el futuro próximo cuando el problema judío pudiera ser solucionado. Sin saberlo ellos, la esposa favorita del rey, Ester, era una judía secreta llamada Hadasa. Ella era la sobrina de un líder judío llamado Mardoqueo, y él la había pasado de contrabando en el palacio para dar sus encantos al rey, y así la ramera judía se convirtió en la reina.

     Los judíos pronto se enteraron del plan del rey Asuero, y Mardoqueo rápidamente fue al palacio, donde él informó a Ester del peligro en que estaban los judíos. Ester audazmente fue al rey, le dijo que ella era una judía, y lo desafió a realizar la petición de Amán. El rey fue incapaz de resistir a sus encantos, y él consintió en hacer cualquier cosa que ella le pidiera. Ester sólo pidió que la horca que Amán estaba construyendo para colgar a Mardoqueo y los otros conspiradores judíos fuera completada, y que luego el rey colgara en cambio allí a Amán.

     El rey estuvo de acuerdo, y cuando Amán había sido colgado, Ester obligó al rey a inaugurar un régimen de terror contra sus súbditos Gentiles. Ester 8:7: "Entonces el rey Asuero dijo a Ester la reina y a Mardoqueo, el judío: Mirad, he dado a Ester la casa de Amán, y él lo han ahorcado, porque él puso sus manos sobre los judíos".

     Los judíos hicieron demandas adicionales, y otra vez el rey estuvo de acuerdo, porque él era incapaz de negar nada a Ester. Ester 8:11: "En ellas [las cartas que escribió Mardoqueo en nombre del rey] el rey permitía a los judíos que estaban en cada ciudad que se juntaran y defendiesen sus vidas, que destruyeran, mataran e hicieran perecer todo el poder de la gente y provincia que los asaltara, tanto pequeños como mujeres, y tomaran los despojos de ellos como botín".

     Este versículo revela la innata sed de sangre de los judíos, en su demanda de que les fuera permitido masacrar a mujeres y niños que no les habían hecho daño. La acción de Amán contra ellos había sido planeada como un programa gubernamental, pero el contraataque judío se convirtió en una salvaje matanza de inocentes. La masacre comenzó, como está descrito en Ester 8:17: "Y en cada provincia y en cada ciudad, dondequiera que llegaba la orden del rey y su decreto, los judíos tenían alegría y regocijo, banquete y día de fiesta. Y muchos de los pueblos de la tierra declaraban ser judíos, porque el miedo a los judíos había caído sobre ellos".

     A petición de Ester, el rey Asuero colgó entonces a todos los diez hijos de Amán, habiendo sido su único crimen el que Amán había sido su padre, y su casa y sus bienes fueron dados a los parientes de Ester. Las masacres de los Gentiles fueron llevadas a cabo a través de todo el Imperio persa, y la carnicería contra los líderes nativos debilitó tanto a la nación que poco después el Imperio fue fácilmente conquistado por Alejandro Magno. Por cuanto Amán había echado suertes, o Pur, para atacar a los judíos, los judíos victoriosos tomaron el nombre de Purim, o Día de las Suertes, para celebrar su victoria sobre los Gentiles. El último versículo de Ester describe a su feliz comunidad judía, Ester 10:3: "Pues el judío Mardoqueo era el segundo después del rey, y persona importante entre los judíos, amado por la multitud de sus hermanos, preocupado por el bien de su pueblo y procurador de la paz para toda su simiente".

     Las civilizaciones de Egipto, Babilonia y Persia habían caído entonces debido a la subversión judía. Próxima a soportar el embate del parasitismo judío estaba Grecia. En toda la Historia, no hay otros dos pueblos que hayan estado más diametralmente opuestos que los judíos y los griegos, y los judíos siempre tuvieron un gran odio por la cultura griega. Los griegos representaban el refinamiento del aristócrata y del individuo civilizado, mientras el judío seguía siendo un miembro brutalizado, pedestre, no creativo, no artístico y anónimo de una tribu de bandidos.

     Ralph Marcus escribe, en Grandes Ideas del Pueblo Judío, página 103: "Sabemos por descubrimientos arquitectónicos recientes que las ciudades helenísticas en las fronteras de Judea eran ricas en arquitectura y arte griegos".

     La cultura griega se extendía hasta el borde del desierto, y se detenía donde comenzaban los bandidos judíos. En su Historia de los Judíos, Kastein dice, página 92:

     "Los griegos habían tenido una vasta experiencia en este mundo, su imaginación había sido fértil y ellos habían creado mucho... que, en esas circunstancias, ellos [los judíos] deberían asociarse con un pueblo imbuído de una calma y una certeza a veces impasible y bucólica en lo que se refería a sus posesiones espirituales, bárbaros sin formación ni elegancia, necesariamente teñido su desprecio con una ira impotente. El inevitable resultado lógico de esa actitud de parte de los griegos fue el crecimiento del odio a los judíos".

     Así Kastein atribuye el anti-judaísmo a los judíos, pero no dice nada del odio judío hacia la cultura griega. En la página 88 de su Historia de los Judíos él da una razón más plausible del anti-judaísmo: "Judea paralizó el ataque griego, mientras los judíos de Alejandría provocaron la desintegración de la civilización helénica".

     Ésta es la admisión más sorprendente que un historiador judío haya hecho alguna vez sobre el impacto destructivo de los judíos. Alejandría era el centro intelectual del Imperio griego tardío, y su biblioteca era la mayor en el mundo. Fue ahí, como dice Kastein, que los judíos causaron la desintegración de la civilización helénica. Ellos más tarde quemaron la gran biblioteca, porque contenía cientos de referencias históricas a las actividades destructivas de los judíos.

     Con la civilización griega en la decadencia, los judíos comenzaron entonces a infectar a Roma. Desde el mismo comienzo de la influencia judía en el Imperio, los romanos estaban conscientes del peligro, pero ellos parecieron impotentes para contrarrestar el efecto insidioso de los judíos. El historiador romano Diodoro escribió: "Los judíos, los únicos entre todos los pueblos, rechazan completamente tener trato con cualquier otro pueblo, y consideran a todos los hombres como enemigos".

     Esto no era completamente exacto. Los judíos consideraban a todos los otros hombres como una especie aparte de ellos mismos, en lo cual ellos parecen estar en lo correcto. Ellos también consideraban a los otros hombres como bestias ignorantes que podían ser usadas como ganado y asesinadas para beneficio de los judíos. El erudito en los romanos Williamson comenta en cuanto a esto:

     "La separación no era entre razas; se daba entre aquellos que daban su lealtad a la ley de Moisés y aquellos que la rechazaban... un hombre de cualquier raza podía ser aceptado (por los judíos). Lo esencial era la aceptación de la circuncisión, por lo cual ellos eran considerados con desprecio por los romanos".

     Así uno encuentra que los judíos no excluían de su banda a nadie que pudiera aceptar la bárbara ley de Moisés, ojo por ojo y diente por diente. Como un submundo internacional, el judío necesitaba un signo irrefutable de reconocimiento, una contraseña física que identificara inmediatamente a aquellos que estaban con ellos. Esa identificación, una en la cual los judíos siempre han insistido por esta misma razón, era la de la circuncisión. Ella no sólo identificaba a aquellos que eran judíos activos sino que también identificaba a aquellos Gentiles a quienes los judíos habían esclavizado; ella era la insignia de la judería.

     Por consiguiente, cuando los judíos subieron al poder en el Imperio romano, y comenzaron a poseer muchos esclavos, la primera cosa que ellos hicieron fue circuncidar a sus esclavos Gentiles como un distintivo de la posesión. Dicha circuncisión de los Gentiles soliviantó a los romanos contra ellos. En el año 315 d.C. el Emperador Constantino publicó el primer edicto contra los judíos, a los que él describió como "aquella deplorable secta".

     Ese edicto prohibía a los judíos circuncidar a sus esclavos Gentiles, y también limitaba la autonomía judía prohibiéndoles castigar a miembros de su propia raza. Hasta ese tiempo, los judíos se habían considerado a sí mismos por encima de la ley romana, y habían tenido sus propios tribunales. Los judíos que se rebelaban contra el gobierno de los Ancianos eran castigados con severidad. A causa de esa intrusión en su gobierno, los judíos se volvieron contra Constantino, y lo obligaron a abandonar Roma. Él fue a Constantinopla, donde estableció el Imperio bizantino.

     Uno de los más grandes historiadores de la Roma antigua fue Tácito. Él escribió de los judíos:

     "Las costumbres de los judíos son viles y abominables y deben su persistencia a su depravación. Los judíos son extremadamente leales unos a otros, siempre listos a mostrar compasión, pero hacia toda otra gente ellos sienten sólo odio y enemistad. Como raza, ellos son propensos a la lujuria; entre ellos nada es ilegal".

     Como muestran los comentarios de Tácito, los romanos estaban muy conscientes de la naturaleza de los judíos como un grupo criminal e inmoral. ¿Por qué entonces los romanos, un pueblo orgulloso y ambicioso, fueron incapaces de resistir el efecto insidioso de los judíos? La respuesta, por extraño que parezca, está en la naturaleza romana. Una raza fuerte, los romanos habían conquistado el mundo, incluyendo el desierto de Palestina. Pero Roma no tenía ninguna defensa contra los judíos, que habían formado su habitual comunidad parásita en el centro de Roma. Los romanos trataron una y otra vez de deshacerse de ellos. Cada vez, los judíos volvían. Roma era el centro de la riqueza del mundo. Era imposible mantener a los judíos lejos de tal riqueza. Los historiadores se refieren a la expulsión de los judíos por el Emperador Tiberio como "el primer ejemplo conocido de intolerancia religiosa en asuntos internacionales". Éste es también el primer ejemplo conocido de la adaptación judía de su excusa favorita para ellos mismos, la "intolerancia religiosa".

     El historiador romano Valerio Máximo escribió en 139 a.C. que el pretor de Roma obligó a los judíos a volver a su patria porque ellos habían tratado de corromper la moral romana. El historiador romano Marco dice que el Emperador Trajano saludó una delegación judía en Roma muy cordialmente, "habiendo sido ya persuadido para estar de su lado por la emperatriz Poltina". ¿No es ésta la historia de Ester otra vez? Como la mayor parte de las historias acerca de los judíos, los mismos temas se repiten una y otra vez a lo largo de cuatro mil años de Historia registrada.

     En un papiro encontrado en Oxyrhynchus, Egipto, un romado llamado Hermaiscus es juzgado por traición, aparentemente porque, como Amán en el Imperio persa, protestó contra el creciente poder de los judíos. El papiro declara que en su defensa, Hermaiscus dijo al Emperador Trajano: "Me aflige ver su gabinete y su consejo privado lleno de judíos". Por supuesto él fue ejecutado, habiendo pronunciado su propia sentencia de muerte con esa audaz declaración. ¿Cuántos otros Gentiles han muerto por ofensas parecidas durante los siglos pasados?.

     Los eruditos y los historiadores han ofrecido muchas razones para la caída del Imperio romano. Una teoría principal es que "la Caída de Roma provino de una disolución gradual de los antiguos valores". Esta teoría deja de declarar simplemente quién disolvió esos valores, pero el registro habla por sí mismo. Otra teoría es que los bárbaros arrasaron Roma. En verdad ocurrió aquello, pero ¿por qué?. ¿Por qué el mejor ejército del mundo perdió su voluntad de luchar, y permitió que desnudos miembros de tribus tomaran Roma sin luchar? Ésta es la misma historia que encontramos en la caída de Egipto, en la caída de Babilonia, en la caída de Persia.

     Y aquí también, como en el caso de las civilizaciones anteriores, encontramos que la parasitaria comunidad de los judíos había desarrollado un terrible odio patológico contra su anfitrión Gentil. En su "Historia de los Judíos" dice Kastein, página 192:

     "Para los judíos, Roma constituía la quintaesencia de todo lo que era detestable y que debía ser barrido de la faz de la tierra. Ellos odiaban a Roma y su aparato, sus armas y sus leyes, con un odio inhumano. La verdad es que Roma tenía leyes, al igual que los judíos. Pero en su mismo parecido estaba su diferencia, ya que las leyes romanas eran simplemente la aplicación práctica de las armas... pero sin las armas, las leyes eran fórmulas vacías".

     En este extraordinario párrafo Kastein admite el sentimiento que el parásito judío siempre siente por el anfitrión Gentil, "un odio inhumano". Tan terrible es ese odio que lo más importante para el judío es enmascarar sus sentimientos. Por consiguiente, él siempre aparece llevando una rama de olivo. Su primera palabra es "Shalom" o Paz. Es esa necesidad de ocultar sus verdaderos sentimientos la que conduce al judío a manejar sus asuntos y sus reuniones en secreto.

     Hemos visto ya cómo el judío sigue odiando a la gente que él ha destruído. Siglos después de que Babilonia se acabó, el judío despotrica otra vez contra "la puta de Babilonia". Pero de todas las naciones, el judío odiaba más a Roma, y hasta hoy, el epíteto favorito del judío para su opositor es "fascista". ¿Qué significa la palabra "fascista"? Ella se refiere al fasces, o varas atadas juntas, que los juristas romanos llevaban para implementar su castigo a los malhechores. Significa simplemente el gobierno de la ley, es decir, la ley de los Gentiles, como opuesta a la sanguinaria ley judía de Moisés. Sin embargo no existe una universidad en el mundo hoy donde el estudiante pueda aprender esta definición simple y exacta del Fascismo. Los profesores judíos dicen a los estudiantes que una "bestia fascista" es la cosa más terrible y mala que alguien puede ser, pero ellos nunca lo explican más allá.

     Pocos historiadores hacen alguna referencia a la parte jugada por los judíos en la caída de Roma, e incluso menos dan alguna indicación del poder que los judíos consiguieron en el Imperio. Es sólo en libros publicados por los judíos mismos que uno descubre estos hechos poco conocidos. Y ahí también uno encuentra los hechos sobre el asesinato de Julio César. ¿Cómo ocurrió eso? En primer lugar, los romanos habían hecho intento tras intento para conseguir que los judíos saliesen de Roma, pero ellos siempre regresaban. En su libro "Judíos de la Roma Antigua" Harry J. Leon de la Universidad de Texas dice, página 3: "El pretor Hispanus obligó a los judíos, que intentaban contaminar a los romanos, a volver a sus propios hogares".

     Ese libro, publicado por la Jewish Publication Society, prosigue, en la página 5:

     "Según Filón (Legatio 23.155), el núcleo de la comunidad judía de Roma estaba compuesto principalmente por prisioneros de guerra esclavizados. Liberados por congéneres judíos o por sus dueños, quienes deben haberlos encontrado intratables como esclavos debido a su insistencia en observar sus leyes alimentarias, su abstención del trabajo en el sábado, y su práctica de sus exóticos ritos religiosos... hacia el año 59 d.C. los judíos de la ciudad eran ya un elemento formidable en la política romana".

     El políticamente ambicioso Julio César reconoció el poder de los judíos, que provenía de un hecho indiscutible: Roma estaba compuesta por muchos grupos políticos y sectas contrarios. A fin de ganar, el político necesitaba el apoyo de un grupo que se mantendría fiel a él resueltamente, y así influiría en otros grupos para apoyarlo. Como en nuestras democracias actuales, ese grupo eran los judíos. Ellos garantizarían su apoyo a cualquier político que a su vez haría lo que ellos pidieran.

     Cuando César descubrió esta simple verdad, él buscó a los judíos, y ganó su apoyo. En la página 8 de "Judíos de la Roma Antigua", dice Leon: «Los judíos entre los "Populares", el partido liberal y democrático o el partido del pueblo, apoyaron a César y él publicó veredictos en su favor». Las cosas no han cambiado mucho en dos mil años. Todavía tenemos el partido liberal-demócrata en cada país, y éste siempre representa la ambición de los judíos.

     Con los judíos detrás de él, César pronto se convirtió en el dictador de Roma y en el gobernante indiscutido del mundo. Alarmado por su creciente servilismo hacia los judíos, un grupo de senadores leales, conducidos por Bruto, un antiguo amigo de César en su período pre-judío, resolvió asesinarlo. En la página 9 Leon dice:

     "A cambio del apoyo que él había recibido de los judíos, César les mostró su favor claramente, y sus decretos en su favor, que, por suerte, fueron registrados por Josefo, han sido llamados la Carta Magna de los judíos. César los eximió del servicio militar obligatorio, permitió que ellos enviaran embarques de oro al Templo en Jerusalén, y reconoció la autoridad de los tribunales especiales judíos".

     Así encontramos que César hizo de los judíos un grupo privilegiado que estaba por encima de las leyes de Roma. El tráfico de oro entre naciones era la piedra angular del poder internacional judío hace dos mil años, tal como lo es hoy. Fue proseguido so pretexto de ser una ocupación "religiosa", y si entendemos que la religión de los judíos era y es el oro, ésa era una descripción exacta. El templo judío en Jerusalén era todavía el cuartel central de Baal, el Becerro de Oro, aunque lo llamaran ahora Yahvé. Varios senadores romanos trataron de prohibir el tráfico de oro, sólo para ser derrocados por el poder judío.

     En la página 10 de "Judíos de la Roma Antigua" dice Leon: "Durante muchas noches después del asesinato de César, grupos de judíos fueron para llorar en el sitio de su pira funeraria".

     Aquí también, nada ha cambiado. Vimos a los judíos llorar en el funeral de Roosevelt, en el funeral de Kennedy, en el funeral de Churchill. Ellos siempre estarán llorando cuando un político que se ha comprometido con las maquinaciones de la judería mundial encuentra su final.

     Leon declara que el Emperador Augusto, que heredó el Imperio después de que los generales de César se enemistaron entre sí, restauró los privilegios especiales de los judíos. Esto probablemente explica por qué él emergió más fuerte que las otras facciones que dividieron Roma después de la muerte de César. A medida que proseguía la decadencia [favorecida por la gente] judía, el Imperio rápidamente se debilitó. Después de la muerte de Domiciano en 96 d.C., los Emperadores de Roma ya no eran romanos de nacimiento; de ahí en adelante ellos eran todos extranjeros.

     El poder de los judíos era tal, que ningún político romano se atrevió a atacarlos. Leon cita el discurso de Cicerón en Octubre del año 59 ante un jurado romano. Cicerón defendía a Lucio Valerio Flaco, un aristócrata romano y ex-gobernador de Asia. Flaco había tratado de hacer cumplir la prohibición del embarque judío de oro, con la consecuencia de que los judíos de Roma lo hicieron sacar de su cargo y fue llevado de vuelta para responder a una inventada acusación de malversación. Cicerón dijo:

    "Llegamos ahora al libelo que implica al oro, el oro judío. Por esto obviamente el caso presente está siendo juzgado cerca de las Escalinatas Aurelianas. Es debido a esta particular acusación que ustedes han buscado este emplazamiento, Laelius (el acusador), y aquella muchedumbre (refiriéndose a la ruidosa muchedumbre de judíos que Laelius había reunido para crear una conmoción en el juicio). Ustedes saben cuán gran grupo son ellos (los judíos), y cuán influyentes ellos son en la política. Bajaré mi voz y hablaré sólo lo suficientemente fuerte para que el jurado me oiga, ya que hay muchos individuos para incitar a aquellos judíos contra mí y contra cada buen romano, y no tengo la intención de facilitarles hacer aquello.

     "Puesto que el oro era regularmente exportado a Jerusalén cada año en nombre de los judíos de Italia y de todas nuestras provincias, Flaco publicó un edicto que prohibía su exportación desde Asia. ¿Quién hay, señores del jurado, que no pueda alabar sinceramente esta acción? La exportación de oro había sido prohibida por el Senado en muchas ocasiones anteriores, y más estrictamente que todas durante mi consulado. Además, que Flaco se hubiera opuesto a esa bárbara superstición judía era la prueba de su carácter fuerte: que él defendiera la República rechazando frecuentemente la agresividad de las muchedumbres judías en las reuniones políticas fue una prueba de su alto sentido de responsabilidad".

     Este discurso de Cicerón es una de las pocas revelaciones de la subversión judía que sobrevivió a la quema de bibliotecas. El gran cónsul de Roma, Cicerón, tuvo que bajar su voz para evitar incitar a los judíos. Un aristócrata romano, Flaco fue removido de su cargo y llevado de vuelta a Roma para responder a una acusación falsa. ¿Por qué? Porque él había tratado de hacer cumplir la ley romana que prohibía el tráfico judío de oro. El resultado de ese juicio fue que Flaco fue absuelto de la acusación de malversación, pero la prohibición del Senado contra los embarques de oro fue anulada. De esa manera los judíos consiguieron su objetivo, y Flaco tuvo suerte de escapar con vida después de que él se había opuesto a ellos.

     Ante este poder de los judíos, los aristócratas romanos ya no eran capaces de mantener el orden en el Imperio, y Roma cayó ante los bárbaros.–



Capítulo 5
LOS JUDÍOS Y LA PASIÓN DE JESUCRISTO


     Ahora que muchas civilizaciones habían caído víctima de los judíos, ¿qué recurso tenía la Humanidad? Había sólo una respuesta, y aquella respuesta era y es Jesucristo. Fue la misión de Cristo efectuar un completo renacimiento espiritual de todos los pueblos, y sólo un pueblo en la Tierra fue sordo a su mensaje. Aquel pueblo son los judíos.

     Los profetas del mundo antiguo estaban bien conscientes de los efectos destructivos de las parasitarias comunidades judías. Juan denunció a los fariseos como una "generación de víboras" (Mateo 3:7). Jesús llamó los judíos "la Sinagoga de Satán", y les dijo que él estaba muy consciente de que ellos eran "nacidos del diablo".

     La Pasión de Jesucristo es el mayor momento en la Historia de la Humanidad. Hoy, enfrentados con la destrucción mundial por la bomba judía, comprendemos que aquél es el único camino a la salvación, como lo era hace dos mil años. ¿Y cuál es esa pasión? Es, en primer lugar, la disposición en el propio corazón para renunciar el mal en uno mismo; segundo, criticar el mal en otros; y tercero, llevar a otra gente el mensaje de Jesucristo como él lo trajo al mundo, no contaminado por las distorsiones que los propagandistas judíos le han añadido para servir sus propios objetivos.

     En su aspecto físico, Jesucristo era un nativo de Galilea, rubio y de ojos azules, nacido de José y María. El erudito bíblico Williamson declara que los judíos formaban sólo una parte diminuta de la población galilea, y ellos eran rara vez vistos en dicha provincia. Williamson también dice que "la región era completamente helenística en sus simpatías", dando a entender que los habitantes de Galilea, la familia y los amigos de Jesús, preferían la cultura griega y se oponían a la barbarie judía. Jesús hablaba en arameo a la gente, con un acento galileo. Todos estos hechos son bien conocidos por los eruditos cristianos, y sin embargo ellos insisten en confundir a la gente con la terrible mentira y blasfemia judía de que "Cristo era un judío". ¿Por qué hacen eso estos auto-denominados "cristianos"? Tales hombres realmente no tienen ninguna creencia en nada, pero ellos encuentran que la religión es un buen negocio y que vender mentiras judías es el negocio más provechoso de todos.

     Ellos han inventado incluso una nueva palabra para describir a la cultura occidental entera. Ellos la llaman civilización "judeo-cristiana", y ningún erudito puede obtener un puesto universitario hoy a menos que él escriba artículos que elogien a la pluralista cultura "judeo-cristiana". ¿Qué significa cultura "judeo-cristiana"? Significa dos fuerzas diametralmente opuestas. Es como decir cultura "negro-blanca", o cultura "asiático-europea". Y, más que todo, significa cultura "mala-buena", con la parte "judeo" significando el mal y "cristiana", viniendo en segundo lugar, significando el bien. Ésa es la palabra en clave por medio de la cual los propagandistas judíos profesionales en nuestras iglesias y universidades se identifican unos a otros. Ellos rara vez, si es que alguna, mencionan el nombre de Jesucristo, excepto como un comentario despectivo acerca de "un predicador harapiento" o "un revolucionario itinerante". ¿Por qué odian tanto estos cristianos impostores a Jesucristo? Porque él los conocía y los nombró para siempre. Él dijo, en Mateo 6:24-25:

     "Ningún hombre puede servir a dos amos, porque él odiará a uno y amará al otro, o se dedicará a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir a Dios y a Mammón".

     Esos supuestos ministros "cristianos" en sus limusinas conducidas por un chofer sólo pueden servir a un amo, y ellos lo sirven gustosamente. El nombre de su señor es Mammón [el dios de las riquezas]. Ellos dicen a sus congregaciones que Cristo era un judío, y que vivimos en una cultura judeo-cristiana, y las palabras de Jesucristo nunca cruzan sus labios.

     Cuando Jesús resolvió salir a predicar a los judíos, el diablo se apresuró para disuadirlo de su misión. Mateo 4:8-11:

     "En otra ocasión, el diablo lo llevó a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria; y le dijo: A ti te daré todas estas cosas si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Aléjate, adversario; porque está escrito: Al Señor adorarás y sólo a él servirás. Entonces el diablo lo dejó, y he aquí que vinieron ángeles, y lo servían".

     Habiendo repudiado al diablo, Jesús entró entonces en las ciudades y predicó contra la Sinagoga de Satán, los fariseos y escribas que formaban los Ancianos de Sión, y cuyas vidas estaban dedicadas al mal. Él dijo, en Mateo 23:13: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! ya que cerráis el reino del cielo delante de los hombres; pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que vienen". Jesús prosiguió su crítica de la hipocresía judía, diciendo, en Mateo 23:27-28:

     "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! ya que sois como sepulcros blanqueados, que en efecto parecen hermosos por fuera, pero por dentro están llenos de huesos muertos, y de toda suciedad. Así también vosotros en apariencia parecéis justos a los hombres, pero por dentro ustedes están llenos de hipocresía e iniquidad".

     Cuando los Ancianos de Sión oyeron que Jesús predicaba estas palabras a las multitudes, ellos se reunieron y planearon asesinarlo. Juan 7:1: "Después de estas cosas Jesús anduvo por Galilea, ya que no quería andar por Judea, porque los judíos procuraban matarlo".

     "Los judíos procuraban matarlo"... ¿Cómo puede alguien creer que Cristo era un judío, después de leer estas palabras en la Biblia? Jesús fue al templo de los judíos, y volcó sus mesas de dinero, ya que el templo era para ellos simplemente su bolsa de comercio, y su religión era el oro. Ellos comerciaban delante del ídolo de Baal, el Becerro de Oro. Jesús entró en el templo, y predicó a los escribas y fariseos, que estaban asombrados por su coraje. Al final, los Sabios de Sión no pudieron soportar más eso y, conspirando en secreto, resolvieron quejarse ante el gobernante romano y hacer ejecutar a Jesús.

     Jesús sabía que todo eso estaba ocurriendo, y él estaba rezando en el jardín de Getsemaní cuando llegaron los soldados para llevárselo. Cuando lo llevaron delante de los Ancianos de Sión, Él dijo, en Lucas 22:53: "Cuando yo estaba diariamente con ustedes en el templo, ustedes no extendieron sus manos contra mí: pero ésta es vuestra hora y la del poder de la oscuridad".

     Con estas palabras comienza la Pasión de Jesucristo, los mayores momentos en el alma del hombre. "Ésta es vuestra hora, y la del poder de la oscuridad", dijo él a los judíos; y del mismo modo puede cada uno de nosotros decir, en este terrible tiempo de crisis y del poder judío: Ésta es vuestra hora, y la del poder de las tinieblas. Pero la luz de Cristo brillará a la vista otra vez, y la oscuridad se disipará.

     Jesús fue juzgado tres veces, porque había tres poderes temporales en Palestina. Aunque los romanos gobernaban por medio del rey Herodes, a quien Kastein describe, en la página 114, como "un bestial y trágico híbrido judío", y por medio de un gobernador romano, Poncio Pilatos, el verdadero poder en Palestina era ejercido por dos grupos rivales de rabinos judíos. Un grupo, liderado por Ananías, era apoyado por los romanos, y el segundo, conducido por Caifás, era respaldado por los judíos. Jesús fue juzgado delante de cada uno de ellos de modo que tanto romanos como judíos estuvieran satisfechos.

     El Nuevo Testamento describe la aparición de Jesús delante de Caifás, jefe del Sanedrín o tribunal sacerdotal judío. Marcos 14:55: "Y los principales sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban testimonios contra Jesús para matarlo, y no encontraron ninguno. Porque muchos testificaron en falso contra él, pero sus testimonios no concordaban".

     Los judíos eran mentirosos tan fantásticos que sus mentiras entraban en conflicto unas con otras, y de ese modo ninguna de ellas podía ser usada para testificar. Por consiguiente, los judíos Sabios de Sión decidieron persuadir a Jesús para que declarase contra sí mismo. Marcos 14:61-65:

     "Otra vez el sumo sacerdote le preguntó, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús dijo: Sí, lo soy; y ustedes verán al Hijo de Hombre sentado a la derecha del poder y viniendo en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote rasgó su ropa, y dijo: ¿Necesitamos algún otro testigo? Ustedes han oído la blasfemia. ¿Qué piensan? Y todos ellos lo condenaron como culpable a morir. Y algunos comenzaron a escupir sobre él, y a cubrirle la cara, y a golpearlo, diciéndole: Habla como profeta. Y los criados lo golpeaban con las palmas de sus manos".

     Así vemos a los judíos escupir sobre Cristo, y burlarse de él, porque ellos estaban jubilosos de que pudieran hacerlo matar entonces. Cuando él fue juzgado delante de Poncio Pilatos, una formalidad porque los procedimientos del tribunal judío no tenían ningún status legal, Pilatos ignoró las dos primeras acusaciones, incitar a la gente, y prohibir a la gente dar el tributo a César. La tercera acusación, de que Cristo afirmaba ser rey, él la encontró inocua, porque Cristo no reclamaba la realeza en el sentido romano del término.

     Por lo tanto él encontró a Cristo inocente, pero a fin de no incurrir en la ira de los líderes judíos, lo envió como prisionero a Herodes. Herodes se lo envió de vuelta, y Pilatos declaró a Jesús inocente por tercera vez y lavó sus manos de ese asunto. Los judíos exigieron que Cristo fuera crucificado, y Pilatos fue obligado a ceder ante sus demandas. Esa escena es descrita en Mateo 27:20-26:

     "Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud para que pidieran a Barrabás y destruyeran a Jesús. El gobernador contestó y les dijo: ¿A cuál de los dos he de liberar? Ellos dijeron: A Barrabás. Pilatos les dijo: ¿Qué haré con Jesús que es llamado el Cristo? Todos ellos le dicen: Que sea crucificado. Y el gobernador dijo: ¿Por qué?, ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaron más, diciendo: Que sea crucificado. Cuando Pilatos vio que él no podría prevalecer en nada sino que más bien se formó un tumulto, tomó agua y lavó sus manos delante de la multitud, diciendo: Soy inocente de la sangre de esta persona justa: Véanlo ustedes. Entonces respondió toda la gente, y dijo: Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Entonces les soltó a Barrabás. Y cuando hubo hecho azotar a Jesús, lo entregó para ser crucificado".

     La vociferante multitud de judíos, incitados por los Ancianos de Sión, estaba determinada a que Jesús muriera, aunque él fuera inocente. Y los judíos de buena gana asumieron la culpa de sangre por la crucifixión de Cristo. A pesar del gasto de millones de dólares por parte de los judíos en años recientes para sobornar a líderes cristianos para que llamen a la Biblia una mentira y se vendan por treinta monedas de plata, esas palabras permanecen verdaderas. Es un hecho triste el que gran parte de la Iglesia cristiana hoy ha caído en las manos de estos Judas modernos.

     Después de la crucifixión, cuando Jesús fue resucitado, los judíos también hicieron todo para negar que él se había levantado [de entre los muertos]. Mateo 28:11-16:

     "Ahora cuando ellas iban, he aquí que uno de los que miraban entró en la ciudad, y dio aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que fueron hechas. Y cuando ellos se reunieron con los ancianos, y se habían reunido en consejo, dieron una gran suma de dinero a los soldados diciéndoles: Digan que sus discípulos vinieron durante la noche y se lo llevaron mientras dormíamos. Y si esto llega a los oídos del gobernador, lo persuadiremos, y ustedes no tendrán ningún problema. Entonces ellos tomaron el dinero, e hicieron como se les dijo: y este dicho es comúnmente relatado entre los judíos hasta el día de hoy".

     Los Comentarios de Schaff sobre el Nuevo Testamento, una obra estándar, de 1879, dice acerca de este pasaje: «"Se habían reunido en consejo" se refiere a una reunión del Sanedrín para hablar de ese alarmante acontecimiento; "dieron una gran suma de dinero", significa más que ellos habían pagado a Judas para traicionar a Cristo. Ésta es la profundidad más baja de su malicia (de los judíos)».

     Schaff también nota que los soldados arriesgaban una pena de muerte al declarar que ellos se habían dormido en sus puestos. Para compensar ese peligro, los judíos prometieron sobornar a Pilatos si él procuraba hacer una cuestión de ello.

     Después de la Resurrección, los judíos prosiguieron sus malvadas obras, pero el justo castigo no tardaría en llegar. Los bandidos judíos atacaron a un esclavo de César en el camino aproximadamente a 18 kms. de Jerusalén, y lo despojaron de todo su equipaje. Los romanos decidieron acabar con ese bandidaje, y comenzaron una campaña contra los judíos que finalizó cuando Tito destruyó el templo en 70 d.C. Josefo describe a los judíos de aquel período en su libro Las Guerras de los Judíos:

     "Por un lado había una pequeña minoría de revolucionarios, insurrectos, bandidos y asesinos, conducidos por malvados tiranos e inescrupulosos criminales pandilleros; por el otro, los dueños de propiedad y burgueses".

     Tales eran los judíos en el tiempo de Jesús, bandidos y asesinos, conducidos por inescrupulosos criminales pandilleros. Josefo afirma que la guerra judía comenzó como una guerra civil entre los judíos, y que los romanos, intentando restaurar el orden, encontraron imposible aquello y tuvieron que eliminarlos a todos ellos. Cuando el palacio de Agripa fue quemado por los bandidos, destruyéndose todos los registros tributarios, el Emperador romano dio la orden de acabar con los judíos en Palestina.–



Capítulos 1 y 2

Capítulo 3





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