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miércoles, 20 de abril de 2016

William L. Pierce - La Medida de la Grandeza



     En la edición Nº 110 de Marzo-Abril de 1989 de la revista National Vanguard se publicó el siguiente texto (The Measure of Greatness) del filósofo estadounidense William Pierce (1933-2002) que presentamos en castellano, concebido a modo de homenaje al natalicio de Adolf Hitler, de quien se cumplen hoy 127 años desde su nacimiento, "mientras todos los escritorzuelos y comentaristas —dice Pierce— de los controlados medios informativos, los políticos controlados y los controlados clérigos desahogarán su odio y su veneno y sus mentiras contra él".

Adolf Hitler, la Medida de la Grandeza
por William L. Pierce, 1989



     El 20 de Abril de este año (1989) es el 100º aniversario del nacimiento del hombre más grande de nuestra época, un hombre que se atrevió más y consiguió más, que se puso un objetivo elevado y subió más alto, que sintió más profundamente y conmovió las almas de aquellos que estaban alrededor de él más poderosamente, que estuvo más cercanamente en sintonía con la Fuerza de la Vida que impregna nuestro cosmos y que le da su significado y objetivo, y que hizo más para servir a aquella Fuerza de la Vida que cualquier otro hombre de nuestros tiempos.

     Y, con todo, él es el hombre más injuriado y odiado de nuestros tiempos. Sólo unas cuantas decenas de miles de hombres y mujeres, en grupos dispersos alrededor del mundo, celebrarán su cumpleaños con amor y reverencia el 20 de Abril, mientras todos los escritorzuelos y comentaristas de los controlados medios informativos, los políticos controlados y los controlados clérigos desahogarán su odio y su veneno y sus mentiras contra él, y aquellas mentiras serán creídas por cientos de millones de personas. ¿Cuál es la medida de la grandeza en un hombre?.

     Sólo el demócrata más vulgar y doctrinario compararía seriamente la grandeza con la popularidad, aunque en cualquier encuesta de ciudadanos promedio acerca de quién consideran que es el hombre más grande del siglo es seguro que habrá grandes cantidades de votos para Elvis Presley, John Kennedy, Billy Graham, Michael Jackson y varios otros presuntuosos sin importancia pero de alta visibilidad: entretenedores carismáticos en la escena de la política, de los conciertos de rock, de los deportes para espectadores, o lo que usted quiera.

     Los ciudadanos más serios pasarían por sobre esos pesos livianos y elegirían a hombres que han cambiado el mundo de algún modo. Oiríamos hablar de opciones como Franklin Roosevelt ("él salvó al mundo del fascismo"), Albert Einstein ("él nos enseñó sobre la naturaleza de nuestro universo"), y Martin Luther King ("él nos ayudó a conseguir la justicia racial"), dependiendo de si las inclinaciones personales de alguien están más en dirección de la política, la ciencia o la auto-degradación racial, respectivamente.

     Pero si la encuesta preguntara en cambio por el hombre más malo del siglo, o el hombre más odiado, o el hombre que ha tenido la influencia más negativa, al menos tres cuartos de los trabajadores industriales y administrativos encuestados nombrarían por igual a un hombre: Adolf Hitler. Eso, sin embargo, sería simplemente un reflejo del papel asignado a él por los controlados medios de comunicación más bien que una elección verdaderamente informada y razonada.

     Todo esto lleva a plantear diversos asuntos muy interesantes. Está, por ejemplo, la cuestión de cómo hubimos llegado a la absurda situación que prevalece hoy, en donde colocamos el destino de nuestra nación, de nuestro planeta y de nuestra raza, en las manos de una masa de votantes cuyos poderes de juicio se manifiestan en cosas tales como el tipo de entretenimiento por televisión que sus preferencias han colocado en las horas de máxima audiencia, y en el tipo de hombres que ellos han elegido para cargos públicos. Y está la cuestión igualmente crucial de cómo, conociendo la facilidad con la cual esa masa es engañada, hemos permitido que prácticamente todos los medios de información y de entretenimiento de masas caigan en las manos de una raza cuyos intereses están tan diametralmente opuestos a los nuestros.

     Quizás aún más pertinente para una consideración de la grandeza humana, sin embargo, es la pregunta de cómo nuestro sistema de valores llegó a ser puesto de cabeza, de modo que Franklin Roosevelt es considerado como un héroe y Adolf Hitler como un villano, no sólo por las masas impasibles y atontadas, sino también por una mayoría de la élite supuestamente "culta", muchos de los cuales se enorgullecen de su independencia intelectual.

     Si juzgamos la grandeza de un hombre por sus cualidades intrínsecas de carácter y alma o por sus logros, Adolf Hitler tuvo una grandeza de un orden muy alto, si usamos los estándares que han sido tradicionales en nuestra raza.

     No podemos hacer, por supuesto, comparaciones con toda la gente corriente cuya falta de logros notables los ha hecho anónimos, a pesar de las valiosas cualidades internas que ellos puedan haber poseído. Pero cuando el carácter de Hitler es puesto al lado de los de otros líderes políticos del siglo XX, él está de pie como un gigante entre pigmeos.

     En el nivel prosaico, podemos notar sus hábitos personales ascéticos, comparados con la embriaguez habitual de Winston Churchill y su conocida falta de moderación; o su lealtad personal a aquellos que habían sido sus camaradas en los días de la lucha política, comparada con el hábito de Joseph Stalin de asesinar a sus antiguos compañeros por docenas, como potenciales rivales, tan pronto como él ya no necesitaba sus servicios; o la manera directa, franca y sincera de Hitler, comparada con la astuta tortuosidad que era la marca registrada de Franklin Roosevelt.

     En el nivel espiritual, las diferencias internas entre Hitler y sus contemporáneos son aún más asombrosas. Hitler era un hombre con una misión, desde el principio. El testimonio de sus más cercanos asociados, desde sus días de niño hasta el final de su vida, está de acuerdo con las observaciones de observadores más distantes e imparciales: Hitler tenía un sentido místico del destino, un sentido de haber sido seleccionado y llamado por un poder más alto para dedicar su vida al servicio de su raza.

     Su compañero de infancia August Kubizek ha relatado una extraordinaria evidencia de esto cuando Hitler tenía sólo 16 años (August Kubizek, Adolf Hitler, mein Jugendfreund, Graz, 1953, pp. 127-135). Veinte años más tarde, mientras él estaba en prisión después de una fracasada tentativa de derrocar al gobierno, Hitler mismo escribió acerca de su motivación en una forma que sugería el alcance de su visión:

     «Aquello por lo que debemos luchar es por la seguridad de la existencia y la reproducción de nuestra raza y nuestro pueblo, el sustento de nuestros hijos y el mantenimiento de la pureza de nuestra sangre... de modo que nuestra gente pueda madurar para la realización de la misión asignada a ella por el Creador del universo.

     «Cada pensamiento y cada idea, cada doctrina y todo conocimiento, deben servir a este objetivo. Y todo debe ser examinado desde este punto de vista y usado o rechazado según su utilidad. Por lo tanto ninguna teoría se pondrá rígida como una doctrina muerta, ya que es sólo a la vida a la que todas las cosas deben servir...

     «...La filosofía nacionalsocialista encuentra la importancia de la Humanidad en sus elementos raciales básicos. En el Estado ve por principio un medio para conseguir un fin, e interpreta aquel fin como la preservación de la existencia racial del hombre...

     «Y de esa manera la filosofía nacionalsocialista de la vida corresponde a la voluntad íntima de la Naturaleza, ya que restaura aquel libre juego de fuerzas que debe conducir a una continua y mutua crianza superior, hasta que finalmente lo mejor de la Humanidad, habiendo conseguido la posesión de esta Tierra, tendrá libertad para la actividad en esferas que estarán en parte por sobre ella y en parte fuera de ella.

     «Todos sentimos que en el futuro distante la Humanidad deberá enfrentar problemas que sólo la raza más alta, convertida en el pueblo superior y apoyada por los medios y las posibilidades de un globo entero, estará equipada para vencer...

     «Así, el objetivo más alto de un Estado Nacionalsocialista es su preocupación por la preservación de aquellos elementos raciales originales que proporcionan la cultura y crean la belleza y la dignidad de una Humanidad superior. Como arios, podemos concebir el Estado sólo como el organismo vivo de una nacionalidad que no sólo asegura la preservación de esa nacionalidad, sino que mediante el desarrollo de sus capacidades espirituales e ideales la conduce a la más alta libertad...

     «Un Estado nacionalsocialista debe comenzar elevando el matrimonio desde el nivel de un ensuciamiento continuo de la raza y dándole la consagración de una institución que está llamada a producir imágenes del Señor y no monstruosidades a mitad de camino entre el hombre y el mono...

     «Debe poner la raza en el centro de toda vida. Debe preocuparse de mantenerla pura. Debe declarar que el niño es el tesoro más precioso del pueblo. Debe procurar que sólo los sanos procreen hijos...

     «El Estado nacionalsocialista debe asegurar que por medio de una adecuada educación de la juventud obtendrá un día una raza madura para las últimas y mayores decisiones en esta Tierra...

    «...Cualquiera que desee curar esta época, que está interiormente enferma y putrefacta, debe primero reunir el coraje para aclarar las causas de esta enfermedad. Y ésta debería ser la preocupación del movimiento nacionalsocialista: apartar toda estrechez de mente, para congregar y organizar desde las filas de nuestra nación a aquellas fuerzas capaces de convertirse en los luchadores de vanguardia para una nueva filosofía de vida...

     «No somos lo bastante simples para creer que podría ser alguna vez posible originar una época perfecta. Pero esto no releva a nadie de la obligación de combatir los errores reconocidos, vencer debilidades, y esforzarse por el ideal. La dura realidad espontáneamente creará demasiadas limitaciones. Por aquella misma razón, sin embargo, el hombre debe tratar de servir al objetivo último, y los fracasos no deben desalentarlo hasta el punto de que él pueda abandonar un sistema de justicia porque los errores se propagan en aquél, o de que la medicina sea desechada porque siempre habrá enfermedad a pesar de ella.

     «Nosotros los nacionalsocialistas sabemos que con esta concepción estamos como revolucionarios en el mundo de hoy y somos etiquetados como tales. Pero nuestros pensamientos y acciones no deben estar de ninguna manera determinados por la aprobación o desaprobación de nuestra época sino por el obligatorio compromiso con una verdad que hemos reconocido» (Mein Kampf).


     Los opositores de Hitler, Churchill y Roosevelt, eran políticos de partido, con las mentes y almas de los políticos de partido. Los objetivos grandes e impersonales, como la verdad, no significaban nada en absoluto para ellos. Lo único que contaba era la aprobación o la desaprobación de su época: el resultado de la siguiente elección, un grupo de periodistas para tener buena prensa, y los votos. Sólo Stalin compartía de alguna manera el desdén de Hitler por la aprobación; sólo Stalin estaba motivado en algún grado por una idea impersonal.

     Pero la idea a la que Stalin sirvió era la idea foránea y destructiva del marxismo judío. Y mientras que Hitler sirvió a la Fuerza de la Vida con los instintos de un vidente, Stalin sirvió al marxismo con los instintos de un burócrata y un carnicero. Una comparación de trayectorias nos lleva a una clasificación similar de la grandeza de alma. Churchill y Roosevelt nacieron en el establishment político. Ellos se alimentaron en el comedero público durante años, en un cargo tras otro, agarrando ávidamente las oportunidades para conseguir una porción más grande del comistrajo. Pero fueron las circunstancias, no sus propios esfuerzos, las que los impulsaron al escenario de la Historia mundial.

     Stalin se labró su propio lugar en la Historia en un grado mucho mayor que sus aliados occidentales, y fue un hombre incomparablemente más fuerte que cualquiera de ellos. Él era rudo, despiadado, infinitamente astuto, y completamente determinado a prevalecer, sin importar cuáles fuesen los obstáculos. Incluso así, su lucha por la prominencia y el poder estaba completamente de acuerdo con el partido bolchevique y sus precursores. Él era el consumado peleador burocrático, no el innovador o el pionero solitario.

     Sólo Adolf Hitler comenzó literalmente desde la nada, y mediante el ejercicio de una voluntad sobrehumana creó la base física para la realización de su visión. En 1918, recuperándose en un hospital para veteranos de guerra de un ataque británico con gas tóxico, él tomó la decisión de entrar en política a fin de ayudar a aquella visión. Él era un inválido de 29 años, sin dinero, sin familia, sin amigos ni contactos, sin educación universitaria, y sin experiencia. Los liberales, los judíos y los comunistas gobernaban en su país, haciendo de él y de todos aquellos a quienes él pudiera pedir apoyo, unos excluídos.

     Cinco años y medio más tarde él fue condenado a cinco años en prisión por su actividad política, y sus enemigos pensaron que ése era el final de él y de su movimiento. Pero menos de nueve años después de ser condenado él era el Canciller de Alemania, al mando de la nación más fuerte y más progresista de Europa. Él había construído el movimiento nacionalsocialista y lo había conducido a la victoria por sobre la oposición organizada del Establishment entero: conservadores, liberales, comunistas, judíos y cristianos.

     Él entonces transformó a Alemania, levantándola de su depresión económica (mientras los estadounidenses, bajo Roosevelt, seguían haciendo filas en los comedores gratuitos), restaurando su espíritu (y gran parte del territorio que le había sido arrebatado por los vencedores de la Primera Guerra Mundial), estimulando su creatividad artística y científica, y ganando la admiración (o, en algunos casos, la envidia y el odio) de otras naciones. Aquél fue un logro que apenas tiene comparación en la Historia mundial. Incluso aquellos que no entienden el verdadero significado de su creación deben reconocer esto.

     ¿Y cuál era el verdadero significado de la obra de Hitler? Una de sus más decididas admiradoras en India, Savitri Devi, nos ha dado una respuesta poética a aquella pregunta. Ella escribió:

     «En su esencia, la idea nacionalsocialista trasciende no sólo a Alemania y a nuestros tiempos sino a la raza aria y a la Humanidad misma, y a cualquier época... dicha idea en último término expresa aquella sabiduría misteriosa e indefectible según la cual la Naturaleza vive y crea: la sabiduría impersonal del bosque virgen, de la profundidad del océano y de las esferas en los oscuros campos del espacio; y... es para la gloria de Adolf Hitler no simplemente haber vuelto a aquella sabiduría divina —estigmatizando el necio envanecimiento del hombre por el "intelecto", su orgullo infantil por el "progreso" y su criminal intento de esclavizar a la Naturaleza— sino haberla convertido en la base de una política de regeneración práctica de alcance mundial, precisamente ahora, en nuestro atestado, sobre-civilizado y técnicamente sobre-evolucionado mundo, en el final mismo de la edad oscura» (Savitri Devi, El Relámpago y el Sol).

     Más prosaicamente, la obra de Hitler, en contraste con la de sus contemporáneos, estaba por encima de la política, por encima de la economía, por encima del nacionalismo. Él había movilizado a un Estado poderoso y moderno y lo había colocado al servicio de nuestra raza, de modo que ella pudiera ser apta para servir como un agente de la Fuerza de la Vida.

     Los hombres jóvenes perspicaces e idealistas de cada nación en Europa —y también de muchas naciones fuera de Europa— reconocieron ese significado y se congregaron en torno a Hitler para servirlo y luchar por su causa, incluso a pesar de la censura y la exclusión de sus más parroquiales e intolerantes compatriotas. Nunca hubo antes una fuerza combativa de élite que igualara a la SS, la cual hacia el final de la Segunda Guerra Mundial tenía más no-alemanes que alemanes en ella.

     La guerra, por supuesto, es contada por sus detractores como el gran fracaso de Hitler, incluso como la prueba de su carencia de grandeza. Aquello simplemente demuestra que él era un hombre, no un dios, incluso si una voluntad divina trabajó por medio suyo, y que él no podía realizar milagros. Él no podía defenderse para siempre, con los gobiernos de casi el mundo entero aliados en una guerra total para derribarlo y destruír su creación, para que ellos y los intereses que ellos servían pudieran volver a lo de siempre (business as usual). Incluso así, él dio una mucho mejor razón de sí mismo que cualquiera de sus adversarios.

     Y lo que contará a largo plazo para determinar la estatura de Adolf Hitler no es si él perdió o ganó la guerra, sino si fue él o sus adversarios los que estuvieron en el lado de la Fuerza de la Vida, o si fue él o ellos los que sirvieron a la causa de la Verdad y el progreso humano. Sólo tenemos que mirar alrededor nuestro hoy para saber que no fueron ellos.–





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