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jueves, 21 de abril de 2016

Andrew Hamilton - Hitler como Orador



    Hace casi cuatro años en counter-currents.com apareció este breve artículo firmado por Andrew Hamilton que se refiere al talento y la capacidad de Hitler como orador, lo que es diferente a sólo hablar en público, como se sabe desde la Antigüedad, ya que implica prácticamente volcar el alma ante una audiencia y asumir todos los riesgos que ello implica. Presentamos este texto en castellano porque ilumina un aspecto de Hitler que en su mayor parte es mal comprendido y ridiculizado, no comprendiéndose las fuerzas que están en juego no sólo de parte de quien habla sino fundamentalmente de quienes escuchan y asimilan lo que se dice.


Hitler como Orador
por Andrew Hamilton
1º de Junio de 2012




     "Sé que los hombres son persuadidos menos por la palabra escrita que por la palabra hablada, que cada gran movimiento en esta Tierra debe su crecimiento a oradores y no a grandes escritores" (Adolf Hitler, Mein Kampf, Prefacio del Autor).



     Houston Peterson, el compilador de A Treasury of the World's Great Speeches (1965), creía que el "discurso elocuente" (oratoria) se originó en el profundo pasado prehistórico entre hombres "que lanzaban hechizos sobre sus semejantes con la magia de las palabras. Al principio no eran tanto las palabras como el ritmo, los sonidos y el conjuro los que eran parte del ritual. Jefes, sacerdotes, hechiceros, milenios antes de los héroes de Homero, deben haber subido al poder mediante su habilidad en el discurso así como su habilidad con las armas".

     Adolf Hitler creía que la magia de la palabra hablada era el arma primaria de la propaganda. El historiador David Irving llamó al poder de Hitler de la oratoria elemental "su mayor talento".


Al Principio Era la Palabra

     En 1941, Raoul de Roussy Sales, el compilador de un libro de extractos de los discursos de Hitler, escribió: "Él es esencialmente un hacedor de discursos, y aunque hoy sean sus hechos y sus conquistas lo que más impresiona al mundo, no debería ser olvidado que él comenzó como un orador de tribunas improvisadas y de ese modo hizo su camino al poder".

     Después de la Primera Guerra Mundial, Alemania sufrió de tendencias sociales y políticas desintegradoras. Los judíos tuvieron éxito brevemente al establecer dictaduras comunistas embrionarias, casi lanzando al país entero en un baño de sangre totalitario de proporciones de estilo ruso. El historiador John Toland describió la capital alemana como sin electricidad, con sus tranvías y ferrocarriles subterráneos detenidos, con la basura pudriéndose en las calles, y con tiendas y oficinas cerradas.

     "Sólo la vida nocturna de Berlín continuó sin impedimentos, en la oscuridad o a la luz de las velas. Era la corrupción de una película exagerada con muchachas prostitutas de once años sumamente maquilladas compitiendo con amazonas con látigos y altas botas barnizadas. Había cafeterías para cada gusto y perversión: homosexuales, lesbianas, exhibicionistas, sádicos, masoquistas. La desnudez se había hecho aburrida y el arte mismo se estaba hundiendo en el nadir de la obscenidad, la desilusión y el cinismo" (Toland, Adolf Hitler, 1976, p. 100).

     Si yo no viviera en Estados Unidos podría pensar que él estaba exagerando.

     Tras afiliarse en 1919 al minúsculo Partido de los Trabajadores Alemanes (DAP, Deutsche Arbeiterpartei), Hitler rápidamente se convirtió en su figura dominante y en su principal orador.

     La primera reunión "grande" en la que él dirigió la palabra fue celebrada en el sótano repleto de humo de la Hofbräuhaus en Múnich el 16 de Octubre de 1919. Allí él habló detrás de un tosco atril encima de una mesa durante media hora ante un auditorio de 70 personas.

     Según el biógrafo John Toland, «Abandonando toda restricción, él dejó que la emoción emergiera, y cuando él se sentó entre fuertes aplausos el sudor cubría su cara. Él estaba agotado, pero regocijado, "y lo que yo antes simplemente había sentido en lo profundo de mi corazón, sin ser capaz de ponerlo a prueba, resultó ser verdadero: ¡yo podía hablar!"» (citado de Mein Kampf).

     Toland caracterizó ese evento como "un momento decisivo" en la carrera de Hitler y en la trayectoria histórica del Partido de los Trabajadores Alemanes, pronto a ser rebautizado como el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP).

     Hitler más tarde escribió en el periódico del partido el Völkischer Beobachter: "Cuando cerré la reunión, yo no era el único que pensaba que entonces un lobo había nacido, destinado a irrumpir por entre la manada de seductores del pueblo".

     El nombre Adolf, que se deriva del idioma antiguo alto alemán, literalmente significa "Lobo Noble". Desde aquel día en adelante la palabra "lobo" tuvo un especial significado para él, como un apodo entre amigos cercanos, como su seudónimo, y como el nombre de la mayor parte de sus cuarteles centrales militares.

     Un mes más tarde Hitler habló a 130 estudiantes, comerciantes y oficiales de ejército en otra cervecería de Múnich, la Eberlbräu.

     En vista de que dicho discurso era sólo la segunda alocución pública del desconocido Hitler para el diminuto partido, dos puntos valen la pena notar.

     Primero, un espía del gobierno estaba presente. Identificando incorrectamente a Hitler como un comerciante, él reportó que el orador "disertó en una manera excepcional" y que estaba destinado a convertirse en "un orador profesional de propaganda".

     Segundo, judíos, izquierdistas y comunistas estaban bien organizados de antemano para usar la violencia para suprimir un discurso que apuntaba sólo a 130 personas, el contenido del cual no sería puesto en circulación a una audiencia más grande mediante periódicos o revistas (los medios de comunicación de entonces). La intención de ellos era interrumpir la reunión e intimidar a los participantes de modo que incluso un diminuto auditorio no pudiera oír el mensaje de Hitler, sabiendo que pocos arriesgarían hacer aquello alguna vez de nuevo.

     Esa práctica persiste hasta hoy.

     Actualmente [2012], por ejemplo, el historiador de la Segunda Guerra Mundial David Irving está en medio de un viaje de conferencias en Estados Unidos, uno de los pocos países europeos restantes donde el discurso libre no ha sido formalmente proscrito (aún) como "odio", "terrorismo", "negación del Holocausto", o "difamación de la memoria de los muertos".

     Hace unos días él habló ante un puñado de gente en un hotel en la ciudad de Oklahoma. Irving y sus oyentes están obligados a reunirse furtivamente en privado; en realidad, en condiciones de sumo secreto, ya que de otro modo los matones izquierdistas "anti-fascistas" armados que acechan al escritor a través de Estados Unidos irrumpirían de manera criminal en las reuniones.

     Incluso así, en otra parte en el hotel esa tarde "treinta hombres vestidos de negro con pañuelos y máscaras", manejando armas ilegales, asaltaron "encontrando una fiesta de cumpleaños de una familia, del doctor Kunz, y equivocadamente provocaron destrozos allí". El delito, dice Irving, fue planeado y dirigido por el dueño de una firma de computadores al por mayor de Tulsa, Oklahoma.

     Pero esos acosadores enmascarados y terroristas domésticos recibirán poco más que un golpe en la mano de parte del Sistema, si acaso. En esencia, la policía, los fiscales y los tribunales sonríen burlonamente con respecto a ello, como lo han hecho durante más de medio siglo hasta ahora.

     No hay ningún gran misterio en cuanto a por qué nuestra raza está en el peligro en que está. No es un rompecabezas misterioso. Es una mentira decir que "nos lo hicimos a nosotros mismos". La verdadera razón es clara: la violencia, el odio, la fuerza, el poder y la criminalidad aprobada por el gobierno, todo diseñado para suprimir las libertades civiles.

     Pero en la Eberlbräu en 1919 Hitler había alertado a su contingente militar de antemano, y en cosa de minutos después de que los agitadores comenzaron a interrumpir, los izquierdistas "volaron escaleras abajo con sus cabezas malheridas" (Mein Kampf).

     Después de algunas otras reuniones hablando a muchedumbres de tamaño similar, Hitler insistió en que el Partido de los Trabajadores Alemanes se transformara desde un pequeño grupo de discusión y redacción ideológica en un verdadero partido político.

     Durante los días finales de Diciembre de 1919 él y el fundador del partido Anton Drexler redactaron un programa de 25 puntos que Hitler presentó al "público" para su ratificación.

     Esa importante reunión tuvo lugar el 24 de Febrero de 1920 en la Festsaal, o salón de fiestas, de la Hofbräuhaus de Múnich, una gran sala en el tercer piso atestada con cientos de personas.


     Hitler estaba "particularmente contento" de que más de la mitad de la muchedumbre consistía en comunistas o miembros del Partido Socialista Independiente. Él estaba convencido de que él podría persuadir a los "verdaderos idealistas" entre ellos haciendo un trabajo rápido con el núcleo duro de aquelos que interrumpían.

     No acostumbrado a hablar ante un auditorio tan grande, su voz era fuerte durante un momento y débil el siguiente. Pero él hablaba tan simple y claramente que incluso aquellos que estaban en las mesas más apartadas podían escucharlo.

     Hitler comenzó silenciosamente, bosquejando la historia de los diez años anteriores. Pero cuando su narrativa se refirió a las revoluciones comunistas post-Primera Guerra Mundial, sus ojos destellaban, la pasión se apoderó de su voz, y él comenzó a gesticular.

     Pronto, enojados gritos irrumpieron desde todas las esquinas del gran salón mientras los matones lanzaron pesados jarros de cerveza sobre Hitler. Inmediatamente sus partidarios del ejército, los precursores de la SA, armados con fustas y porras de goma, saltaron a la acción, empujando fuera a los alborotadores.

     A lo largo de 1920, en intervalos semanales o de dos semanas, Hitler siguió entregando discursos en salones de cervecerías de Múnich [1]. Los resúmenes de muchos de esos discursos sobreviven en larguísimos informes secretos de la policía que contienen descripciones exactas. Los auditorios se extendían en tamaño desde 1.200 a 3.500 personas.

[1] Un ejemplo de ellos, del 13 de Agosto de 1920, puede verse en http://editorial-streicher.blogspot.com/2014/07/adolf-hitler-por-que-somos-anti-judios.html

     Según el hostil biógrafo alemán Joachim Fest, hacia 1922 "él comenzó a tener series de ocho, diez o doce reuniones durante una sola tarde, en cada una de las cuales él aparecía como el principal orador" (Hitler, 1973, p. 158). Aunque esas cantidades parezcan difíciles de creer, ellas son lo que Fest relata.

     El 16 de Agosto de 1922 Hitler se dirigió a su mayor auditorio hasta entonces, una muchedumbre de 40.000 personas en la gran plaza central de Múnich.

     De acuerdo al propio relato de Hitler, le tomó dos años completos de hablar agitado perfeccionar su arte y convertirse en el maestro del arte de la oratoria.

     Él podía hablar con una fuerza hechizante tanto de manera improvisada como a partir de escritos personalmente redactados que él revisaba dos, tres, cuatro o hasta cinco veces hasta bien entrada la noche, ocupando a tres secretarios que tomaban el dictado directamente en máquinas de escribir.

     Como muchos expertos oradores públicos, Hitler practicaba infatigablemente. Él ensayaba gestos cuidadosamente, a menudo delante de un espejo, diseñados para generar respuestas particulares de sus auditorios.

     Él también experimentaba con su propia imagen, pidiendo a su fotógrafo personal Heinrich Hoffmann que tomara fotografías para que él las examinara. Entonces él las revisaría, decidiendo: "No, eso parece tonto" o "nunca voy a hacer eso otra vez".

     Un puñado de esas fotos existe que muestran a Hitler practicando gestos para uno de sus discursos. Él nunca tuvo la intención de que ellas fuesen publicadas.


La Muchedumbre

     Una síntesis psíquica y emocional ocurre entre los oradores y sus oyentes. La corriente del discurso del orador fusiona a los miembros individuales del auditorio con la muchedumbre. Es con esa muchedumbre con la cual el orador realmente se relaciona.

     "Hitler era un actor de talentos prodigiosos que podía elevar la temperatura del auditorio hasta el punto de la combustión, y en ese punto ellos ya no eran individuos separados; ellos estaban todos fusionados en la masa" (Robert Payne, La Vida y la Muerte de Adolf Hitler, 1973, p. 156).

     Mientras más grande el auditorio, más fácil era manipularlo en tal manera. Hitler ponía mucha atención a sus auditorios.

     En ese entonces, el comunismo, el socialismo y la lucha de clases eran fundamentales para el discurso político en todas partes. De ese modo, en sus primeros días, la apelación primaria de Hitler era a las clases obrera y media baja. Él desincentivó activamente la asistencia o la participación de la clase media (la burguesía).

     "La actitud política de aquella clase está marcada por el signo de la cobardía. Se preocupa exclusivamente del orden y la tranquilidad. [Él podría haber dicho más bien "conformidad" y "obediencia ciega a la autoridad"]. Yo intentaba, en cambio, despertar el entusiasmo del mundo de la clase obrera por mis ideas" (Conversaciones de Sobremesa, 8 de Abril de 1942).

     El desprecio por la clase media era un tema recurrente en los escritos, pensamiento y comentarios privados de Hitler.

     La parafernalia de sus reuniones era cuidadosamente calculada para ejercer ciertos efectos sobre el auditorio. Hitler personalmente probaba la acústica de importantes salones de reuniones de Múnich, determinando los mejores sitios para estar, cuán fuerte o suavemente él podía hablar y todavía ser escuchado, la atmósfera, la ventilación y la disposición táctica de los espacios.

     Detalladas pautas del partido eran preparadas que fueran pertinentes a tales asuntos, especificando entre otras cosas que una sala siempre debería ser bastante pequeña, y que un tercio del auditorio debería consistir en seguidores del partido.

     La atmósfera en dichas salas —impresionantemente adornadas con dramáticas banderas de rojo, blanco y una esvástica negra— era hecha cordial con cerveza gratis, salchichas, galletas saladas, canciones populares y música.

     Tales medidas creaban oyentes receptivos.

     En el momento psicológico apropiado, Hitler haría una entrada dramática, a veces tarde, para intensificar la expectación. Él contemplaría silenciosamente a la audiencia durante todo un minuto o más antes de comenzar a hablar, aumentando adicionalmente la tensión.

     Después de que él había evaluado con cuidado el estado de ánimo de la muchedumbre, comenzaba a hablar lenta y silenciosamente, sintiendo al auditorio a la manera de un actor, adaptando sus gestos y su discurso a sus necesidades, construyendo lentamente la emoción. La gente se sentaba inmóvil, con sus ojos fijos en él.

     Él poseía la capacidad de un actor para apoderarse repentinamente de la atención extra y quedar absolutamente cargado de energía. Antes del final de su discurso él había apasionado a la gente hasta un grado de entusiasmo casi incontrolable.

     La organizada oposición anti-Blanca, que incluía ruidosas interrupciones, lanzamiento de pesados jarros de cerveza almacenados debajo de las mesas como armas, y el uso de mesas y patas de sillas como garrotes para golpear a los oradores y a los asistentes pro-alemanes, era frecuente.

     Hitler manejó ese problema de vida o muerte para el movimiento formando un servicio protector y, siempre que era posible, echando bruscamente de la sala sin ninguna ceremonia a quienes interrupían.


     En un discurso del 4 de Noviembre de 1921 en la Hofbräuhaus, había aproximadamente 700 comunistas en una muchedumbre de 2.200 personas. A una señal convenida de antemano ellos atacaron con puños, con una lluvia de jarros de cerveza voladores, y con patas de sillas. Después de una feroz batalla cuerpo a cuerpo, los 42 hombres de seguridad de Hitler expulsaron a todos los 700 de ellos del salón, quienes miraban como si hubieran sido golpeados por una bomba.

     El organizador de la reunión saltó entonces sobre una mesa, gritando: "¡La reunión continúa!. ¡El orador va a continuar!".

     El resultado de ese proceso parece haber sido una especie de selección o coladero. Hitler no hablaba simplemente al coro. En contraste con las decenas de miles que acudían a las reuniones masivas, a principios de 1922 había todavía sólo 6.000 miembros registrados del partido.

     Muchos comunistas y socialistas con poca simpatía por el movimiento se quedaron. Pero el organizado núcleo duro fue físicamente expulsado tan pronto como ellos comenzaron a interrumpir el evento.

     Los izquierdistas restantes fueron a menudo hostiles y siguieron interrumpiendo. Pero Hitler sacó energía de tal hostilidad pública, el mismo rechazo social que hace que la mayor parte de los Blancos se encoja de miedo. Su poderosa oratoria finalmente ganó a muchos izquierdistas para su propuesta.

     Hitler también envió a su propia gente a matricularse en cursos para hablar en público en escuelas organizadas por grupos de oposición. "Gracias a eso", dijo él, "obtuvimos una buena noción de los argumentos que serían usados por aquellos enviados a interrumpir nuestras reuniones, y estábamos así en una posición para silenciarlos en el momento en que ellos abrieran sus bocas" (Conversaciones de Sobremesa, 8 de Abril de 1942).

     Él dispersaba a los miembros del partido por todas partes de sus auditorios con órdenes de interrumpir sus discursos de acuerdo a orientaciones convenidas de antemano para sugerir una espontánea aprobación pública, "y esas interrupciones reforzaban enormemente la fuerza de mis propios argumentos" (Conversaciones de Sobremesa, 8 de Abril de 1942).

     A modo de analogía, considere las risas grabadas que se escuchan en televisión, o el cuidadosamente ensayado tono de voz y las expresiones faciales usadas por los locutores de noticias para provocar reacciones instintivas específicas de aprobación o desaprobación de parte de la pasiva audiencia espectadora.


Oratoria Apasionada

     Al principio, Hitler asistía a las reuniones de sus principales rivales para estudiar sus técnicas. Su juicio crítico era que los oradores entregaban sus discursos "con el estilo de un ingenioso artículo de periódico o de un tratado científico, y evitaban todas las palabras fuertes, y aquí y allá lanzaban algún débil chiste profesional" (Mein Kampf).

     Hitler, por contraste, hablaba con una fuerza primitiva y una emoción desenfadada que lo ponían aparte de los intelectuales que apelaban a la razón. Subyacente a su teoría retórica estaba la máxima ciceroniana de que el hombre es conmovido más por la pasión que por la razón.

     Hitler era un orador audaz y original, según el biógrafo Joachim Fest. «Su coraje para expresar opiniones "prohibidas" era extraordinario. Precisamente eso le dio el aura de virilidad, de fiereza y desprecio soberano, que cuadraba con la imagen del Gran Líder» (Hitler, 1973, p. 159).

     "Ellos dicen que somos un montón de bravucones anti-judíos", proclamó Hitler en un discurso. "Eso es lo que somos. ¡Queremos provocar una tormenta!. ¡No queremos que la gente duerma sino que sepa que una tormenta se está preparando!".

     La oratoria se caracteriza por una fuerza gravitacional que se extiende más allá de las ideas expresadas o de las palabras específicas usadas para articularlas.

     De Hitler ha sido dicho que "no era como si él estuviera usando palabras; era como si las emociones vinieran directamente sin palabras. Había una crudeza en ello, un poder" (The Fatal Attraction of Hitler, BBC TV, 1989). Tales discursos son, en cierto modo, una forma del arte mágica.

     Quizá por eso un lector de traducciones de partes de los discursos de Hitler dijo que era "como leer letras de canciones sin la música".

     Fest describió "despertares" y "conversiones" de estilo religioso experimentados por sus oyentes.

     Kurt Luedecke, un hombre de negocios de 32 años que más tarde llegó a ser un miembro principal del séquito de Hitler, describió el hechizo provocado por la oratoria de Hitler: "La intensa voluntad del hombre, la pasión de su sinceridad, parecía fluír de él hacia mí. Experimenté una exaltación que podría ser comparada sólo con una conversión religiosa" (Fest, p. 162).

     Por parte de Hitler, el "violento esfuerzo físico" requerido para hablar engendraba una "profusa transpiración" e incluso pérdida de peso.

     Su secretario de prensa extranjero, medio alemán y medio estadounidense WASP, Ernst "Putzi" Hanfstaengl, recordó su primera reunión con Hitler después de uno de tales discursos. El agotamiento de Hitler se parecía al de "un gran artista al final de un exigente concierto"; su cara y su cabello estaban empapados, y su cuello almidonado, marchito.

     El propio Hitler dijo:

     "Siempre que tengo que hacer un discurso de gran importancia estoy empapado al final, y encuentro que he perdido dos o tres kilos de peso. Y en Baviera [Sur de Alemania, incluyendo Múnich, su base política inicial] donde, además de mi agua mineral habitual, la costumbre local insiste en que yo beba dos o tres botellas de cerveza, pierdo tanto como 3,5 kilos" (Conversaciones de Sobremesa, 8 de Julio de 1942).

     Como el filósofo escocés David Hume ha notado en su ensayo "De la Elocuencia" (1742), la gran oratoria implica soltar las restricciones y tomar grandes riesgos, dejándolos ir al frente de una audiencia. El orador golpea algo profundo y verdadero en el interior, y deja que explote.

     Hitler hacía eso. Como Egon Hanfstaengl, el hijo de Ernst, que había conocido a Hitler íntimamente cuando él era un pequeño muchacho en Alemania a principios de los años '20, explicó en 1989,

     "Él tenía aquella capacidad que es necesaria para hacer que la gente deje de pensar críticamente y sólo se emocione. Dicha capacidad se derivaba de su disposición a presentarse totalmente abierto, a aparecer sin adornos delante de su auditorio, a abrir su corazón y a desplegarlo".–


Fuentes:

The Fatal Attraction of Hitler, documental de BBC TV, 1989.
—Joachim C. Fest, Hitler, Nueva York, 1973.
—Robert Payne, The Life and Death of Adolf Hitler, Nueva York, 1973.
Table Talk. Hitler’s Secret Conversations, 1941–1944, Nueva York, 1953, 1961.
—John Toland, Adolf Hitler, Nueva York, 1976.



3 comentarios:

  1. Muy buena compilación y posterior traducción de artículos. En mi opinión personal, la labor de Hitler más que ganar adeptos, más que convencer a la gente con su don de orador, fue que logró despertar el inconsciente colectivo del pueblo alemán.
    Él fue la fuerza motriz de ese gran despertar.

    Heil!

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    1. Si De Acuerdo Contigo. GRACIAS

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