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jueves, 17 de marzo de 2016

La Islamización en la Antigua España



     Los siguientes dos textos tienen en común el nombre del historiador y paleontólogo español Ignacio Olagüe (1903-1974) que, en lo pertinente, es célebre por su tesis de que el legendario año 711 de una supuesta invasión árabe de España y toda ésta juntamente son fabulaciones católicas trinitarias posteriores, destinadas a encubrir una derrota teológica a manos del arrianismo o unitarismo. Son muy sensatas las observaciones del señor Olagüe en cuanto al uso del caballo por parte de los "invasores". El primer texto está tomado del sitio alazul.com, publicado allí hace tres años, y es una introducción al autor y a su más conocido libro, "La Revolución Islámica en Occidente" (1974), que pone en contexto los capítulos 1 y 2 de dicha obra, que van a continuación y que hablan con más detalle de la conquista árabe de África del Norte, de la presunta e inexplicable conquista de la península ibérica después, y otros temas relacionados que respaldan la tesis de que "Los Árabes No Invadieron Jamás España" (como también se conoce dicho libro) sino que la islamización se produjo de manera interna, en una "revolución" ideológica pre-musulmana favorecida por la mayor cercanía del arrianismo al Islam que el trinitarismo católico.


Guerra Civil entre Cristianos
LOS ÁRABES NO INVADIERON JAMÁS ESPAÑA
29 de Abril de 2013



     La versión oficial, más literaria que histórica, relata que siete mil hombres bastaron a Tarik para aplastar en España al ejército de Roderico en la batalla de Guadalete en el año 711. Según el paleontólogo e historiador español Ignacio Olagüe no existe documentación de la época sobre la invasión de España por los árabes.  Las crónicas de la presunta invasión fueron escritas posteriormente, desde fines del siglo IX hasta principios del XI. "Conocían los romanos el oficio de las armas y necesitaron trescientos años para conquistar España con sus 584.192 kms², una de las regiones más montañosa de Europa. Pero sólo tres años, según la historia oficial, costó a los árabes lo mismo".

     Según expone Olagüe en su libro "La Revolución Islámica en Occidente", se custodian en las bibliotecas textos teológicos que pertenecen a finales del siglo VIII y a la primera parte del siglo IX y no hacen mención alguna ni de Mahoma ni de su doctrina.

     Cuenta Eulogio de Córdoba en su "Apologeticum Martyrum" que él se hallaba en el monasterio de Leyre de Navarra entre los años 849 y 851, es decir 140 años después de la presunta invasión árabe en el 711, cuando hizo en su biblioteca un hallazgo extraordinario, nada menos que una corta biografía de Mahoma, lo que demuestra que por esas fechas Mahoma no era conocido por los cristianos sevillanos ni cordobeses.

     Para Emilio González Ferrín, profesor de la Universidad de Sevilla, director del departamento de  Filologías Integradas, que niega que hubiera habido una invasión islámica en 711, "a la lengua árabe le faltaban cien años para ser una lengua internacional. El libro de la primera gramática árabe salió en torno al año 800. Quienquiera que entrase en la península ibérica ni era musulmán ni hablaba árabe".

     Relata Ignacio Olagüe en su libro "La Revolución Islámica en Occidente", también conocido como "Los Árabes No Invadieron Jamás España", que en la Edad Media los historiadores cristianos quisieron ocultar la existencia de otra opinión cristiana mayoritaria en la península, distinta a la católica: el Arrianismo o Unitarismo, que veía a Jesús de Nazaret como el más grande de los profetas, pero sólo un hombre, sin sustancia divina. El arrianismo es poco conocido por la sencilla razón de que no se pueden leer los libros de Arrio pues fueron todos destruídos.

     En España fueron las comarcas más ricas y cultas de la península las que se convirtieron al Unitarismo y Arrianismo, mientras que las pobres e incultas se adhirieron al cristianismo trinitario (católico), partidario de la Trinidad, que cree que existe un solo Dios pero que posee tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (supuesto politeísmo o politeísmo católico).

     En el siglo VIII, lo que habría tenido lugar es el fracaso del Estado teocrático visigodo, seguido por una guerra civil entre dos bandos irreductibles: los partidarios del cristianismo trinitario y los partidarios del arrianismo (cristianismo unitario). La revuelta fue esencialmente un conflicto de godos contra godos, no de godos contra romanos.

     Según Emilio González, desde 711 hasta 756 son años de guerra civil. Hubo una cantonalización de la península. "El Norte va por un lado; Levante, por otro; Portugal, por otro. España sufre una hambruna y una guerra civil generalizada a la que se incorporan tropas del Norte de África que no son árabes ni bereberes, sino púnicos, visigodos, vándalos y bizantinos", relata el autor. "En esa guerra civil, grosso modo, los contendientes son los partidarios de [los reyes visigodos] Witiza (arriano, unitario, monoteísta) y Rodrigo (católico, trinitario, politeísta)".

     La situación de los trinitarios era desesperada, y finalmente la concepción monoteísta (arriana) de la divinidad iba a imponerse en España por varios siglos a la trinitaria, católica (politeísta). Según Olagüe, a grandes rasgos nada, en cuanto a sus creencias, separaba a los hispanos unitarios/arrianos del islamismo. El solo punto litigioso era mínimo, simplemente la existencia de un profeta y de ciertas normas de conducta, pues tanto arrianos como islámicos practicaban la poligamia. Y se produjo una fusión del Islam con el arrianismo dando lugar hacia el siglo X a la cultura arábigo-andaluza, un mahometanismo de tinte liberal que alcanzaría su cénit en los siglos XI y XII, antes de entrar en decadencia por culpa del dogmatismo introducido por dos minorías: (a) los integristas almorávides que acababan de conquistar Marruecos y que cuchillo en mano impusieron en la España del Sur la contrarreforma musulmana, y (b) la minoría cristiana integrista que preparaba el terreno a Santo Domingo y sus frailes obcecados, respaldados por la Inquisición romana. Pero eso sucedió ya 400 años después de la presunta invasión árabe de la península en el 711.


AUTOR Y RESEÑA

     Ignacio Olagüe (1903-1974) fue un paleontólogo e historiador español. Estudió Derecho en las universidades de Valladolid y Madrid. Entre 1924 y 1936 trabajó en el laboratorio de paleontología del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, siendo discípulo de José Royo. Perteneció a la junta directiva de la Real Sociedad Española de Historia Natural de Madrid y participó en coloquios internacionales. Escribió La Revolución Islámica en Occidente en 1974 donde defendía algunos aspectos de las teorías de Américo Castro.

     En 1966, Ignacio Olagüe entregó el manuscrito a Fernand Braudel, quien a su vez se lo remitió a Jean Baert, que publicó una versión reducida en francés del libro en 1969 en París, con el título de Les Árabes N'Ont pas Envahi l'Espagne. Esa versión gozó de gran éxito en Francia. La versión completa del libro no sería publicada en España sino hasta 1974, ya con el título escogido por Olagüe, el cual fue reeditado en 2004.

     Ignacio Olagüe niega que se produjera una invasión musulmana de la península ibérica en el siglo VIII, debido a la escasa población árabe y la pobreza de sus medios logísticos, que no le permitirían realizar grandes operaciones militares, ya sea a través del mar o del desierto, y, aun menos, derrotar a tantos pueblos en tan poco tiempo.

     Para explicar la Alta Edad Media española, Ignacio Olagüe propone que el arrianismo y, en menor medida, el paganismo o el gnosticismo, no desaparecieron de España con la conversión del rey visigodo Recaredo. Era también frecuente la poligamia, no sólo entre los judíos. En el siglo VIII, lo que habría tenido lugar es el fracaso del Estado teocrático visigodo, seguido por una guerra civil entre dos bandos irreductibles: los partidarios de Rodrigo, a los que hace defensores del catolicismo (cristianismo trinitario), y los partidarios de los hijos de Witiza, adscritos al arrianismo (cristianismo unitario), con la intervención de caudillos provinciales, rebeldes al poder central. Ese período de caos habría coincidido con un aumento de la aridez provocado por el mismo cambio climático que había ido desecando el Sahara desde hace milenios. Como resultado de todo ello, tuvieron lugar varias crisis de subsistencia en la Península durante los siglos VII y VIII.

     De acuerdo con su teoría, habría sido un guerrero visigodo, por más señas pelirrojo y de ojos azules, quien, tras apoderarse de Córdoba en 755, sometería la mayor parte de la Península antes de morir en 788. Los cronistas árabes posteriores lo denominaron Abd al-Ramán y le atribuyeron la condición de Omeya. En el siglo IX, debido a las relaciones comerciales con el Mediterráneo oriental, la política pro-islámica de Abd al-Ramán II, la difusión de literatura y la predicación de propagandistas árabes, se fue produciendo un lento fenómeno de arabización (sustitución del latín y los idiomas romances por el árabe e invención de ascendencias árabes con cambio de apellidos) en ciertas élites urbanas, seguido de una fusión de esas influencias islámicas con el arrianismo. Éstas habrían penetrado desde el Levante (el puerto de Almería era el más importante del Mediterráneo occidental en la Alta Edad Media) y no desde el Estrecho de Gibraltar, difundiéndose luego por el Sur y el Noroeste.

     El momento de la aparición de las primeras manifestaciones externas del Islam se fecharía en torno a 856, pues es entonces cuando se habría tenido constancia de que Eulogio de Córdoba y Álvaro de Córdoba, apologetas mozárabes (católicos) de Córdoba, que hasta entonces habían centrado sus críticas en los arrianos o los acéfalos, pasan a escandalizarse con las llamadas a la oración de los almuédanos. Según Olagüe, hasta los años 850–851, éstos y Juan de Sevilla habrían ignorado la existencia del mismo Mahoma.

     Esa fusión del Islam con el arrianismo daría lugar hacia el siglo X a la cultura arábigo-andaluza, un mahometanismo de tinte liberal que alcanzaría su cénit en los siglos XI y XII, antes de entrar en decadencia por culpa del dogmatismo introducido por la invasión almorávide.

     En 2006 Emilio González Ferrín, director del Departamento de Filologías Integradas en la Universidad de Sevilla, publicó Historia General de Al-Ándalus, con las mismas conclusiones que Olagüe.


SÍNTESIS

      Conocían los romanos el oficio de las armas y necesitaron trescientos años para conquistar España con sus 584.192 kilómetros cuadrados, una de las regiones más montañosas de Europa. Pero sólo tres años, según la historia oficial, costó a los árabes lo mismo. Según esta historia, siete mil hombres bastaron a Tarik para derrotar al ejército de Roderico en la batalla de Guadalete en 711. La primera gramática árabe salió en torno al año 800, así que quienquiera que entrase en la península Ibérica desde luego no hablaba árabe.

     Un pequeño ejercito nómada que venía desde Arabia, a miles de kilómetros, sin marina, se encuentra que tiene que atravesar el Estrecho de Gibraltar, uno de los más peligrosos de la Tierra, pues se combinan dos corrientes de gran potencia que son contrarias. Según las "crónicas", el conde Julián, gobernador del litoral, había prestado a los invasores cuatro lanchas con las cuales el desembarco se había realizado. Si cada una de ellas podía transportar como máximo 50 hombres, se hubieran necesitado 35 viajes para pasar los 7.000 hombres de Tarik. En el mejor de los casos, 70 días, es decir, más de dos meses.  Lo lógico es que nada más que fueran desembarcando los grupos de cincuenta, hubieran sido inmediatamente degollados sin mayores problemas en Algeciras.

     Para pasar efectivamente siete mil hombres era necesario contar por lo menos con un centenar de embarcaciones. Pero en esa época de gran decadencia marítima no era fácil encontrarlas. Los bereberes, que se sepa, no tenían flota. Sólo un pueblo en las inmediaciones hubiera acaso podido intentar la travesía: los gaditanos. Algo un poco extraordinario que los andaluces hubiesen prestado sus navíos a quien venía a invadirlos...

     No existe documentación contemporánea sobre la invasión de España por los árabes. Las crónicas han sido escritas posteriormente, desde fines del siglo IX hasta principios del XI.

     Era más cómodo para los intelectuales cristianos denunciar que una potencia enemiga, lejana y anónima, había invadido una parte del territorio, que confesar la existencia de otra opinión, distinta de la que dominaba en sus días, y a la que se habían adherido una gran parte de sus antepasados. Era más conveniente para los cronistas árabes ensalzar las proezas de los abuelos, lo que enardecía el amor propio colectivo, que también reconocer la misma verdad en sentido opuesto: la florescencia de otras ideas, diferentes de las que sojuzgaban ahora a las mentes.

     Ortega y Gasset, puso el dedo en la dolorosa llaga: "Una reconquista que había durado siete siglos no era una reconquista".

     Si España hubiera sufrido en 711 el asalto y la dominación de un pueblo oriental, una aportación importante de elementos exóticos hubiera sido impuesta a las poblaciones. Quedarían todavía en nuestros días testimonios del acontecimiento. Nada de eso. Se trataba de una crisis revolucionaria.

     Insólita era la postura adoptada por los intelectuales hispano-cristianos. Un complejo de inferioridad los había envenenado de modo exagerado. Para contrarrestar la presencia del Islam en su tierra querida, lo que les perturbaba como una aberración, se habían empeñado para calmar sus ansias en engañarse a si mismos, transmitiendo a la posteridad una interpretación falseada de los acontecimientos.

     Para los cristianos de los siglos II y III, que son los creadores del dogma, el Logos o el Verbo es Cristo, y con el Padre y el Espíritu Santo forman una Trinidad, un solo dios en tres personas. Pero ese concepto base de la teología cristiana no fue unánimemente admitido por los adheridos a la nueva fe, fueran Padres de la Iglesia o fieles modestos. Una larga controversia tuvo lugar a lo largo del siglo III. Se hizo necesario un concilio general. Tuvo lugar en la ciudad de Nicea, en el año 325. Una importante masa de disidentes se opuso a sus enseñanzas y siguió las directrices de Arrio y de otros. Desde entonces quedó manifiesta la división de los monoteístas. Ya no revistieron las discusiones caracter académico. Los discursos en las iglesias y los escritos se transformaron en actos agresivos, manu militari. Ambas partes quisieron lograr el triunfo de sus ideas en el campo de batalla. El historiador latino Amiano Marcelino escribió: «No hay bestias tan crueles para con los hombres como la mayoría de los cristianos lo son los unos para los otros».

     De fondo se encontraba la arraigada costumbre semita de la poligamia. Los indoeuropeos, llegados por el valle del Danubio, dominaron las regiones europeas situadas al Norte; los semitas, el litoral del Sur. Se habían convertido los semitas al unitarismo y conservaban la tradición jurídica polígama, mientras que los indoeuropeos habían sido conquistados por las ideas trinitarias y conservaban su tradición jurídica monógama.

     Hasta la Era cristiana, semitas e indoeuropeos habían vivido en territorios ampliamente delimitados por la geografía. Con la dislocación del Imperio Romano esa situación se transformó. En ciertas regiones, en Asia o en Europa, en España o en Irán, que en la época eran zonas de metamorfismo, semitas e indoeuropeos, polígamos y monógamos, unitarios y trinitarios, se hallaban entremezclados en una misma sociedad.

     Entonces alcanzó la competición enorme complejidad, y a veces la pasión inflamó las poblaciones divididas en un mismo lugar. Ya no eran un estado jurídico, ritos y cultos los que se oponían, sino una diferente concepción de la vida.

     Pablo, en su primera Epístola a Timoteo escribe que «el obispo tiene que ser irreprochable, marido de una sola mujer», es decir, que para ser elegido el postulante para su cargo episcopal debía haber seguido el ideal monogámico indoeuropeo y no la poligamia de la tradición judía. Por la rigidez de su doctrina en cuanto al matrimonio, era difícil que la propagación del cristianismo pudiera prosperar en los pueblos semitas polígamos. En realidad, después de la predicación de Pablo, habíase convertido el cristianismo en una religión adecuada sólo para los indoeuropeos.

     Desde el principio de la expansión de las ideas cristianas, aparecen las más diversas concepciones acerca de la persona de Cristo. Se pueden juntar esas opiniones en tres grupos principales:

A. Las teorías según las cuales ha recibido Cristo de la divinidad una inspiración más o menos directa. Es el más grande de los profetas, pero es un hombre. No posee sustancia divina. (Arrianos, Unitarismo).

B. Aquellos que ven en Cristo el Logos, el demiurgo creador del mundo. Se agriaron las discusiones para precisar el grado de divinidad que posee. No es igual a Dios, pero no es un hombre, es un dios de segunda clase.

C. Los partidarios de la Trinidad. Existe un solo Dios que posee tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. (Trinitarios, católicos).

     Para el Islam, Cristo será un profeta, es decir, un hombre extraordinario, pero un hombre. Para el cristianismo, Cristo es una persona de la Trinidad.

     Sectas recónditas pero con vida tenaz se mantuvieron a lo largo de los siglos. Así los cátaros, que fueron aniquilados en el Sur de Francia por la gente del Norte, aguantaron hasta el siglo XIII en que sucumbieron.

     Fue condenado el arrianismo y desde entonces comenzó la guerra civil religiosa entre los cristianos. Sangre se derramó. Torturadas fueron las gentes. La doctrina trinitaria fue impuesta a hierro y fuego.

     Misioneros arrianos habían convertido en sus tierras de origen a varios pueblos germanos, a ostrogodos, a vándalos, a visigodos. Y más tarde se hicieron con el poder. Tuvieron en Rávena un centro de gran expansión. Fue alentada la idea en el Sur de Francia, en la Península Ibérica y en el Norte de África, en particular en Berbería. A la postre perdió la persona de Cristo el carácter sacro que le confería su papel de demiurgo. Se convirtió en un hombre excepcional, pero en un hombre.

     Se puede afirmar sin duda alguna que la mayor expansión del arrianismo y su mayor raigambre tuvo lugar en regiones, que se convirtieron, si no lo eran ya, en tierras donde floreció la poligamia (Asia Menor, Egipto, África del Norte, la Península Ibérica).

     Dejó escrito Renán con su perspicacia genial: "Es el cristianismo una edición del judaísmo aderezada a gusto de los indoeuropeos; el Islam, una edición del judaísmo condimentada para el gusto de los árabes; y el arrianismo fue un enlace principal, una doctrina accesible a los semitas, un cristianismo para polígamos. Se convertía en una religión pre-islámica. Como el Islam es el producto de una larga evolución anterior, lo que lo distinguía del arrianismo era un hecho histórico posterior, la llegada de un nuevo profeta: Mahoma".

     Es manifiesto que en los finales de la Edad Media el antagonismo entre Islam y cristiandad era irreversible; no había sido así en otros tiempos, pues habían crecido ambos de la misma fuente.

     Las pérdidas bibliográficas son importantísimas pues el vencedor, alternativamente cristiano y mahometano, había destruído todos los libros y documentos que le eran contrarios.

     Desde el siglo IV se asiste en la Península Ibérica, sobre todo en su parte meridional, al brote de conceptos religiosos y a la aparición de hechos políticos sin parangón alguno con lo que ocurría en el resto de Occidente, pero que eran extraordinariamente parecidos a los acaecidos en las provincias asiáticas de Bizancio. El movimiento priscilianista, los trabajos de los concilios de Toledo y las producciones de los escritores atestiguan en la España de los siglos IV y V una cultura excepcional. La invasión goda, lejos de sofocar ese progreso, lo acrecienta y estimula notablemente.

     En España fueron las comarcas más ricas y cultas de la península las que a la postre se convirtieron al unitarismo, mientras que las pobres e incultas se adhirieron al cristianismo trinitario.

     ¿Qué debilitaba al cristianismo trinitario: el contagio con la herejía o la falta o ineficacia de la presión del poder público?. ¿No se habían hecho demasiadas ilusiones las minorías gobernantes del poder público y de la Iglesia?; ¿no habían perdido contacto con la realidad, es decir, con la masa de la población? Es probable que en la ecuación a resolver, los acontecimientos del siglo VIII, intervinieran todos esos elementos conocidos y otros mucho más oscuros o que ignoramos.

     En el año 400 se reunió en Toledo el primer concilio de los celebrados en esa ciudad. Ha sido el más importante de los visigóticos, porque los diecinueve obispos congregados proclamaron el dogma trinitario y su adhesión al Concilio de Nicea. Como el poder público y gran parte de la nación eran unitarios, se dividen desde entonces los habitantes de la península en dos bandos que se persiguieron mutuamente.

     Desde la subida al trono de Eurico hasta la abjuración de Recaredo en 589 el arrianismo fue la religión oficial del Estado, una política que en términos modernos, sensu lato, se llamaría liberal. Se ha demostrado hoy día que el mismo Leovigildo a pesar de cierta tradición no había hostigado a los cristianos trinitarios. Hasta los judíos pudieron practicar en paz su religión. Tuvieron por consecuencia esos hechos el auge del unitarismo en general y del arrianismo en particular, con la consiguiente flaqueza de los trinitarios. Por esto pudo escribir Gregorio de Tours que en la España de su tiempo los «cristianos», es decir, los de obediencia romana, eran muy pocos.

     Se desencadenó una guerra civil por la rebelión de Hermenegildo (se había hecho cristiano) contra su padre Leovigildo (un arriano convencido). Sin embargo, se mantuvieron los trinitarios tan alejados del bando del padre como del hijo, y la revuelta fue esencialmente un conflicto de godos contra godos, no de godos contra romanos. En España, escribe Thompson, hubo entonces una conspiración de silencio en todo lo relativo a Hermenegildo.

     Después se produjo una repentina conversión de Recaredo al trinitarismo, y no sólo abjuró en nombre propio, lo que era su perfectísimo derecho, sino en nombre también de toda la raza goda.  ¿Los había previamente consultado? Los historiadores posteriores aceptaron estas palabras al pie de la letra. Así concluyeron que la gran mayoría, si no la nación entera, se había hecho cristiana y trinitaria como por arte de magia.

     El 8 de Mayo de 589 reunió Recaredo en Toledo el tercer Concilio de los de esa ciudad. Se presentaron los obispos en número de 62, en los cuales estaban comprendidos los obispos arrianos que abjuraron después del rey y algunos de los suyos. El arrianismo fue condenado. Se sublevaron los jefes godos por todas partes. Tuvo que guerrear Recaredo. No volvió la paz a las tierras hispanas.

     El número de los Concilios de Toledo y sus actas enseñan los esfuerzos emprendidos por los obispos y por los reyes godos que los convocaban, para establecer en la península un Estado teocrático. Se convertía el concilio en un tribunal supremo, en una institución más poderosa que el mismo monarca. Pero la práctica enseñó que ese poder lo disfrutaban los obispos cuando el rey, como en el caso de Ervigio, era débil y su monigote, mientras que eran sumisos cuando el monarca era enérgico como Wamba, al que no perdonaron los obispos y que con sus zancadillas lograron hundir.

     En aquel entonces la riqueza era territorial. Para labrar la tierra se requerían esclavos. Existe en las actas de los concilios toda una legislación acerca de los esclavos clericales. La labor de la Iglesia debería consistir en redimir en cuanto fuera posible las condiciones vitales de esos desgraciados, pero como Pijper ha podido escribir: «La Iglesia ha creado la esclavitud donde antes no existía».

     La confabulación entre los poderes religiosos y políticos conducía fatalmente a la Iglesia al estancamiento. El recogimiento y la meditación inducidos por la adversidad sufrida en el siglo V eran ya un recuerdo lejano. La ignorancia, el lucro, los vicios, los abusos y los errores eran numerosos y constantes. El ambiente popular opuesto a la minoría trinitaria se iba enfureciendo.

     Conocemos mal el arrianismo por la sencilla razón de que no se pueden leer los libros de Arrio. Fueron todos destruídos. Han podido los historiadores esquematizar la esencia de su doctrina fundándose en la exposición que hicieron de ella sus enemigos para refutarla.

     En el curso del siglo VIII se convierte España en un crisol de ideas y de convulsiones religiosas que van a acelerar su transformación. Desde el principio del siglo VIII hasta el fin del siglo XI, nuevas concepciones religiosas desde Oriente siguen rompiendo sobre España en oleadas sucesivas. Debieron probablemente de aparecer entonces los primeros propagandistas de Mahoma. Empezarían su labor de proselitismo. A grandes rasgos nada en cuanto a sus creencias los separa de los hispanos unitarios. El solo punto litigioso es mínimo, casi subalterno. Trata simplemente de la existencia de un Profeta y de ciertas normas de conducta religiosa que ha establecido. De manera imperceptible desde nuestra actual atalaya, se desliza el sincretismo arriano hacia el musulmán. Mas esa acción se ha realizado muy lentamente.

     Se custodian en las bibliotecas textos teológicos que pertenecen a finales del siglo VIII y a la primera parte del siglo IX. No hacen mención alguna ni de Mahoma ni de su doctrina. Nada importante asomaba al horizonte. Ninguna nueva doctrina revolucionaria perturbaba los espíritus. El adversario que en el siglo pasado se había hecho dueño del poder, no era un desconocido. El sincretismo arriano evolucionaba hacia el sincretismo musulmán.

     Han ignorado los autores cristianos de la Escuela de Córdoba la existencia de Mahoma en la primera parte del siglo IX. Es en el año 849, es decir, cuando la obra del abad Spera-in-Deo había sido copiada y difundida, cuando uno de ellos adquiere algunos datos acerca del Profeta. Mas ¡oh, maravilla!, no los ha recogido en su tierra natal. ¡Ha adquirido ese conocimiento en el extranjero!.

     Se hallaba Eulogio (mas tarde San Eulogio de Córdoba) en Navarra entre los años 849 y 851, en el monasterio de Leyre, e hizo en su librería un hallazgo extraordinario. Lo relata él mismo en su Apologeticum Martyrum: "Hojeé todos los libros que estaban allí reunidos, leyendo los para mí desconocidos. De repente, descubrí en una parte cualquiera de un opúsculo anónimo la historieta de un profeta". ¡Era nada menos que una corta biografía de Mahoma!. La impresión sentida por Eulogio con su lectura fue tan grande que se apresuró a copiar el texto y a remitirlo a sus amigos andaluces. Ahora bien, los comentarios de esos intelectuales andaluces enseñan que era la noticia para ellos importantísima: lo que demuestra que por esas fechas tan poco conocido era Mahoma en los medios cristianos sevillanos como en los cordobeses.

     La acción según la cual el sincretismo arriano se deslizaba hacia el musulmán debió de realizarse de modo tan velado que pasó inadvertido para los intelectuales andaluces.

     Es el año 850 una fecha importante en la historia de las ideas en España, no solamente porque los intelectuales cristianos andaluces toman contacto con el Islam. La fisonomía de la nación empieza a cambiar. Adquiere grandes riquezas. Flotas importantes llevan sus mercaderías al Sind, al delta del Indo, y alcanzan hasta la China lejana. Las relaciones con el Próximo Oriente se hacen cada vez más frecuentes, animadas por el celo del Emir quien mantiene relaciones intelectuales con las personalidades importantes de aquella región. Poetas, escritores y sabios son invitados a venir a España; algunos con subvenciones Reales. Envía Bagdad a Córdoba sus bailarinas, sus canciones y sus artistas. Dan a conocer el estilo de canto y danza que está de moda. Llegan también libros de matemáticas y de astronomía. Está dominada España por los encantos orientales, entonces en el apogeo de su expansión, como jamás volvió a suceder en las centurias posteriores. El proceso de arabización alcanza a los reinos cristianos del Norte. En esas fechas empieza esa revolución en las disciplinas intelectuales que Vossler ha llamado el Primer Renacimiento.

     San Eulogio, en 851, ya de vuelta en casa, redacta por vez primera a una cristiandad hispana los peligros de la secta mahometana a la que considera diabólica. "Predican los dogmas de su Profeta no de manera privada, sino a grandes gritos". Sin duda alguna se habían precipitado los acontecimientos.

     La concepción monoteísta de la divinidad iba a imponerse en España por varios siglos a la trinitaria. Cuando a fines del siglo VIII mandó el Papa a Egila mantener a los cristianos hispanos en la ortodoxia, éste se pasó al adversario. Si los pastores desertaban ¿cómo no iba a desmandarse el rebaño?.

     La situación de los trinitarios era desesperada. ¡Cuán distinta era la situación en el campo contrario! Ahí los unitarios encontrábanse como peces en el agua al adherirse a la idea-fuerza dominante. Podían Mahoma y su doctrina beneficiarse de una acogida simpatizante, sin por su parte esfuerzo alguno.

     Un hecho ha sorprendido a los historiadores de la literatura arábigo-andaluza. Ésta no comenzó sino hasta el siglo X. La cultura arábigo-andaluza logró su plena florescencia en el siglo XI y en el XII.

     Esa conquista del espíritu no debe enmascarar la existencia de dos minorías que luchaban ya para destruír con la punta de la lanza ese equilibrio tan penosamente conseguido. Darían en los siglos posteriores sus adeptos muchos disgustos. En realidad, no fue roto por su directa acción sino por acontecimientos políticos que ocurrían fuera del ámbito nacional. Desunidas por la acción religiosa de esas minorías, sufrieron las poblaciones el impacto causado por el extranjero. Tomaron su revancha los alfaquíes y los suyos, llamando a los integristas almorávides que acababan de conquistar Marruecos. Con el cuchillo se impuso en la España del Sur la contrarreforma musulmana. En el Norte, la minoría cristiana «integrista» preparaba el terreno en donde se iban a lucir Domingo y sus frailes obcecados, respaldados por la Inquisición romana. Por la existencia de esos dos extremos, la competición entre los monoteístas, unitarios y trinitarios en tierras hispanas llegó hasta los tiempos modernos.–


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La Revolución Islámica en Occidente
por Ignacio Olagüe


CAPÍTULO 1
LA PRETENDIDA INVASIÓN ÁRABE

Cronología según la historia clásica de las etapas principales de la expansión árabe. El avance de los invasores hacia el Oeste. Las ofensivas contra Tunicia. La conquista de África del Norte. La invasión de la Península Ibérica.


     Al empezar el siglo VII estaba asolado el Próximo Oriente por una larguísima rivalidad: se oponían los bizantinos del Emperador Heraclio a los persas del rey de los reyes, Kosroes II Parviz, apellidado Coroes, el victorioso. Ya centenaria, la guerra había sembrado el desorden en las regiones sometidas a los asaltos de estas fuerzas encontradas: Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia, las cuales estaban habitadas por pueblos abigarrados por su ascendencia y por su herencia cultural. Estaban incrementadas las pérdidas materiales por un desconcierto enorme, originado por un complejo religioso cuya crisis alcanzaba entonces el paroxismo.

     Para envenenar aún más la situación, una pulsación climática de largo alcance producía graves trastornos económicos, y la agitación de los nómadas que huían de la estepa carcomida por el desierto se incrementaba. En una palabra, una tensión sobrecargada agobiaba esas comarcas. Inevitable era una violentísima conmoción. Así como un líquido saturado cristaliza al contacto con una molécula sobrante, recientemente adquirida, lo mismo una causa minúscula produjo efectos asombrosos. Era un sencillo camellero. No se sabe exactamente cómo se llamaba: Cuotain o Zobat. Se puso un apodo que ha llegado a ser celebérrimo, el de Muhammad, que quiere decir: el alabado.

     Desconcertados quedaron los historiadores ante la magnitud de los acontecimientos, sucediéndose con la rapidez del rayo. Herederos en gran mayoría de una disciplina escolar rígida por demás, adiestrados por sus maestros en el pasado de las naciones europeas cuyas luchas políticas rara vez alcanzaban una importancia universal, eran incapaces de comprender estas oleadas de fondo que habían trastornado el curso de la Historia. Como el náufrago agarrado para salvarse a las tablas aún flotando, se esforzaban en apoyarse sobre fragmentos de documentos, librados por milagro de la erosión de los siglos, sin esforzarse en averiguar su verdadero valor como prueba, tanto más ya que eran generalmente inexpertos para situar los hechos descritos en la curva de la evolución humana. Pues no siempre poseían una clave para explicarlos, ni tan siquiera para lograr una comprensión aproximativa.

     Describieron la explosiva expansión del Islam siguiendo las crónicas árabes, escritas según el genio de cada analista mucho tiempo después de los acontecimientos que relataban y en una época en que esa religión había perdido su plasticidad primera. Obcecados, no se percataron de que sus textos se enfrentaban con las más sencillas evidencias del sentido común. Se hinchó la pequeña comunidad del Hedjaz en un Estado poderoso. Fue convertida la predicación de Mahoma en un ariete militar que iba a desbaratar las fronteras más alejadas, la molécula cristalizadora en una catapulta extraordinaria. Así están consignados los hechos en las obras más autorizadas:

     En el principio del siglo VII, cuando los persas logran algunas ventajas sobre los bizantinos y ocupan Damasco y Jerusalén en 614 y Egipto en 620, empieza Mahoma su predicación, a convertir al monoteísmo a las gentes de su tribu, los coreichitas. En 622 abandona la Meca por Medina. Con sus correligionarios prepara los años siguientes la vuelta a la ciudad santa. En 630 la ataca y manu militari se apodera de la misma. Muere diez años más tarde. Adiestrados en un cuerpo de ejército cuya potencia ofensiva era extraordinaria, siguiendo sus enseñanzas, emprenden sus fieles una serie de invasiones todas ellas positivas que los convertirán en los amos de medio mundo..

     En 635 dominan Siria por entero; en 637 se apoderan de Ctesifón; en 639, de Jerusalén y de la Palestina. De 639 a 641, son dueños de Mesopotamia en su totalidad, y de 640 a 643, se hacen señores del Irán; en 647 es conquistada Trípoli. Dos años más tarde desembarcan en la isla de Chipre. En 664 invaden el Punjab; en 670 se hacen con el África del Norte. De 705 a 715 desciende el califa Welid I el valle del Indo hasta su desembocadura. De 711 a 713 asaltan y toman la Península Ibérica. En 720 se rinde Narbona. En 725 se deslizan los sarracenos hasta Autun. En fin, el 25 de Octubre de 732 son aplastados en Poitiers por Carlos Martel.

     En un siglo habían constituído los árabes un Imperio cuya extensión superaba poco más o menos los 15.000 kilómetros de longitud y su expansión por las mesetas de Asia Central proseguía sin cesar.

     Comparada con esa gesta, la empresa del Imperio Romano o la propagación del cristianismo parecían proezas de orden secundario. Se halla el historiador ante acontecimientos únicos en la Historia. Si piensa en los medios de comunicación de aquel entonces queda atónito. Sobrepasaba esa epopeya las posibilidades humanas, y razón tenían los panegiristas del Islam en afirmar que había sido posible ese milagro por la ayuda de la Providencia que había auxiliado a los discípulos de Mahoma. De ser así, el hecho no podía discutirse:

     Habían desplazado los muslimes a sus predecesores en los favores del Todopoderoso. Ya no eran los judíos ni los cristianos los únicos elegidos del Señor. En sus tesis acerca de la Historia universal no lograba la elocuencia de Bossuet superar este hecho evidente: Tratándose de recibir las gracias de la Providencia, el milagro musulmán excedía, ¡y en qué medida!, al milagro cristiano.

     No ha suscitado este aspecto maravilloso de tan rápida expansión del Islam objeción alguna, ni por parte de los historiadores ni de los mismos especialistas, que se han limitado a destacar tan asombroso carácter [1].

[1] «Las circunstancias que han permitido la conquista de España, su carácter espectacular de rada gigantesca, siempre han desconcertado un poco a los historiadores de la Edad Media. Aún hoy día, la catástrofe que entrega al Islam, no una región asiática o africana sino una parte de la misma Europa Occidental, parece a algunos a tal punto insólita, un fenómeno que tan poco participa del orden natural de las cosas, que invocan el milagro histórico», Levi-Provençal, Histoire des Musulmans d’Espagne, París, 1950. T. 1, p. 2.

     Hasta nuestros días nadie ha puesto en duda la autenticidad de estos relatos. En todas nuestras lecturas —las que desgraciadamente no han podido agotar el tema— no hemos encontrado más que dos criterios que se oponen a lo que pudiéramos llamar la historia clásica: los estudios de Spengler, que han situado el problema en su verdadero terreno, y las dudas del general Brémond acerca de esas invasiones sucesivas y simultáneas. Desde un punto de vista militar hacen autoridad los argumentos de este autor porque son el fruto de un conocimiento práctico del Hedjaz y de una experiencia guerrera del desierto; ambas enseñanzas quedan respaldadas por una dosis satisfactoria de sentido común [2].

[2] Oswald Spengler: Decadencia de Occidente. General Édouard Brémond, Berbères et Arabes, París, 1950. Después de haber apuntado las bases de nuestra interpretación de la pretendida invasión de España por los árabes, en nuestra obra La Decadencia Española, Madrid, 1950, tomo segundo, hemos leído este libro que critica sencillamente el carácter militar de la expansión de los árabes, sin tratar de explicarla.

     Para bosquejar una concepción más racional de esa gigantesca transformación social y cultural —la que nos permitirá alcanzar nuestros objetivos—, tenemos que insistir en el análisis de la expansión del Islam hacia Occidente. Nuestros conocimientos acerca de la geografía y de la historia de esas regiones nos ayudarán a desmontar el artilugio del mito. Desvanecido, nos será entonces posible reducir los acontecimientos a escala humana. No nos adentraremos en el laberinto del Próximo Oriente. La expansión de la evolución de las ideas religiosas en Asia, el análisis de los hechos económicos, sociales y políticos, nos obligarían a desarrollar encuestas incompatibles con las dimensiones de esta obra. Por ahora, con el concurso de los trabajos más recientes indagaremos los pormenores de esta cabalgata musulmana hacia el Occidente.

     De acuerdo con lo que aseguran las crónicas, hacia 642, después de muchas dilaciones, se apoderan los árabes de la ciudadela de Alejandría y acaban por dominar Egipto. País tradicionalmente rico, poseían sus habitantes una cultura propia, por su lengua y por su arte. Cristianos monofisitas, fueron llamados coptos para distinguirlos de los imperiales bizantinos, los cuales, constituyendo una minoría, hablaban griego. Se estima la población de esa nación en una cifra aproximada que oscila entre los 18 y los 20 millones de habitantes [3].

[3] Tenemos una cifra precisa: el tributo anual, per capita, de los hombres adultos, era de dos ducados. Dio el primer año doce millones de ducados. General Brémond, Ibid., p. 98.

     De ser así, se encontrarían los invasores recién llegados del desierto con una situación bastante incómoda, sumergidos por su corto número en una masa de gentes que pertenecían a un tipo racial y a una civilización distinta de la suya. Agricultores eran los egipcios, y enseña la Historia las profundas divergencias que en todos los tiempos han separado a los nómadas de los sedentarios. En cualquier caso, se nos quiere convencer de que desde una base tan poco segura han conseguido los árabes conquistar Tunicia, cuya capital, Cartago, se halla a unos tres mil kilómetros de Alejandría. Para atravesar esa enorme distancia es menester cruzar el desierto de Libia, que ya pertenecía en aquellos años a las regiones más inhóspitas de la Tierra. Según la historia clásica, se apoderaron los conquistadores mahometanos del Norte de África con suma facilidad, como en un juego de manos. Sin embargo, los últimos trabajos de los especialistas no consideran con tan gran optimismo las etapas sucesivas de esta invasión.

     Concluyen estos autores que ha sido dominada Tunicia en cinco correrías que se escalonan desde 647 hasta 701, aunque ignoran todavía cómo fue realizada la última acción, la que favoreció el dominio del país.

I. En 642 el exarca Gregorio gobernaba esa región que pertenecía entonces al Imperio bizantino. Por razones oscuras (acaso religiosas), se independiza de su Emperador, Constancio II. Aprovechándose de esta situación favorable o de acuerdo con el rebelde, Abd Allah ibn-Said, gobernador de Egipto, tantea la suerte hacia el Oeste. Invade Tunicia con veinte mil hombres, cifra que parece ya exagerada, y después de haberla saqueado o desempeñado una misión desconocida, se vuelve a orillas del Nilo.

II. En 665 tuvo lugar otra correría de la que no se sabe nada, sino que la situación general se mantuvo sin modificación.

III. Hacia 670 aparece Sidi Ocba, que se presenta generalmente como el conquistador de África del Norte, lo que es inexacto. Era un aventurero que emprendió una algara o razia en el Magreb, lo que le fue adverso, pues murió en la contienda. Según Georges Marçais, cuyos trabajos nos sirven de orientación (1946), «habiendo vencido cerca de Tlemcen a Kosaïla, el jefe de la poderosa tribu de los Awrâba, en Tunicia, obtuvo su conversión de la fe cristiana al Islam, haciéndose a la postre su amigo y su aliado» [4]. En 670 establece Ocba una base militar en Kairuán que se convertirá en la ciudad más importante de la región. Enardecido por esos éxitos, se dirigió hacia el Oeste y se nos dice que alcanzó las partes centrales del Magreb, acaso el Océano. Pero como no debió de encontrarse a gusto en esos lugares hostiles, volvió a sus bases. Mientras tanto se había enemistado con Kosaila al que humilló gravemente. Le preparó éste una emboscada en Tehula, no lejos de Biskra; en ella perdió la vida el conquistador. Entonces Kosaila se hizo dueño de Kairuán, de la que fue señor desde 683 hasta 686.

[4] Georges Marçais, La Berberie Musulmane et L’Orient au Moyen Age, Paris, 1946, p. 32.

IV. Un teniente de Ocba, Zohair ibn-Quais, había escapado del desastre. Consiguió juntar a los suyos y se enfrentó contra el jefe bereber. Un combate tuvo lugar en Mens, hacia 686; Kosaila falleció, pero sintiéndose inseguro el árabe tomó el camino de Egipto. Cuando se acercaba a la ciudad de Barca, en Cirenaica, se enzarzó con fuerzas bizantinas que acababan de desembarcar. Sorprendido y probablemente sin recursos tras tan larga caminata por el desierto y diezmado su ejército, Quaïs murió con los suyos.

V. En fin, en 693 el califa Abd el-Malik envió a Hassan ibn-No’mar contra Berbería. Llevaba consigo cuarenta mil hombres. Inexactitud de las crónicas, pues sabemos por los apuros de Montgomery en los días de los camiones-cisterna, que tropa tan numerosa hubiera quedado muy pronto agotada por la sed y el hambre. Luego, sin que se nos diga ni se nos explique cómo ocurrió, consiguen los árabes después de los desastres anteriores apoderarse del país. En 698 cae Cartago en sus manos. De 700 a 701, son aplastados los bereberes en una batalla de la que se ignoran los detalles. Tunicia es definitivamente dominada.

     No pueden ser más oscuros estos acontecimientos. No perderemos el tiempo en discutir su verosimilitud. Nos basta con una advertencia, pues se impone una deducción indiscutible: No podían dormirse sobre sus laureles los invasores. Tenían que conquistar a uña de caballo todo el Norte de África, ya que diez años más tarde, en 711, debían de hallarse en Guadalete, en el Sur de la península ibérica, en donde estaban citados con los historiadores.

     No son pequeñas las distancias en el Magreb. Dos mil kilómetros separan Cartago de Tánger. En aquella época, según el geógrafo El Bekri, se necesitaban cuarenta días para ir de Kairuán a Fez y mucho más si se elegía la ruta de la costa, camino requerido para alcanzar el Estrecho y las costas españolas [5]. Mas se nos quiere convencer de que Musa ibn-Nosair ha logrado la hazaña de apoderarse en pocos años de tan inmensa región, cuya orografía es complicadísima y que está poblada por una raza guerrera que en la Historia ha demostrado su eficiencia.

[5] El Bekri, Description de Afrique Septentrionale, Argel, 1913. Según este autor se tardaba cuarenta días para ir de Kairuán a Fez por el camino del interior. Se pasaba por Shiga, Maiara o Tebesa, Baghai, Belezma, de donde se podía torcer hacia Tobna y llegar al Tafilalet, o, ir derecho hacia Msila y la Cuala de los Beni-Hainmad, para dirigirse por Tihert y Tlemcen atravesando las altas planicies que infestaban los nómadas Zenatas. Más tarde, con el desplazamiento de las tribus hilalianas, los mercaderes y los viajeros seguirán la ruta del litoral, más larga. Éste era el camino que tenían que tomar los invasores de España, tanto más dificultoso cuanto que era menester atravesar el Rif en su eje longitudinal, único acceso para alcanzar el Estrecho.

     Según Marçais, el moderno historiador de Berbería, no era por aquellas fechas la situación muy brillante. «Iniciada en 674 —escribe—, puede considerarse la anexión de esas comarcas como poco más o menos acabada hacia 710. Se habían requerido nada menos que cincuenta y tres años para conseguir un resultado precario por demás, pues la Era de las dificultades no había acabado y proseguiría hasta el principio del siglo IX; es decir, más de ciento cincuenta años de luchas abiertas o de hostilidades latentes, siglo y medio durante el cual había sufrido la invasión árabe fracasos que eran verdaderas quiebras. Volvía a ponerse en duda el porvenir del Islam en Occidente. Que sepamos, por lo menos dos veces, la segunda en mitad del siglo VIII, había sido reconquistado el país por los bereberes. Había que empezar de nuevo» [6].

[6] Georges Marçais, Ibid., p. 27. Y más lejos: «Se puede afirmar que a finales del siglo VIII se presentaba el balance de la conquista musulmana de África del Norte con una casi quiebra. Cien años antes, un Sidi Ocba, un Muza ibn-Nosoir, habían atravesado el país como conquistadores desde Kairudn hasta el Atlántico. En 763 el gobernador El Aglab, queriendo adentrarse hasta Tlemcem para llegar a Tánger, tuvo que abandonar la empresa por culpa de los oficiales de su guardia personal que se le amotinaron. Habían renunciado los califas abasidas al control de los dos tercios de Berbería, y sus representantes se mostraban más preocupados por pacificar su territorio que por ensanchar sus límites.

     Dadas estas circunstancias cabe la pregunta: ¿Estaban en condiciones los árabes para invadir España en el año 711, cuando necesitarían aún más de un siglo para asegurar sus bases del Norte de África? Averiguarlo no ha interesado a los historiadores. Han encontrado muy natural que hayan atravesado el Estrecho de Gibraltar y conquistado la Península Ibérica en un avemaría; es decir, 584.192 kms², la región más montañosa de Europa, en unos tres años. Era tanto más maravilloso el milagro ya que con minuciosidad suma nos indican las crónicas musulmanas el número de los invasores. Siete mil hombres bastaron a Tarik para desbaratar al ejército de Roderico en la batalla de Guadalete. Con dieciocho mil hombres acudió más tarde Musa, celoso de los éxitos de su lugarteniente, sin duda para que los hispanos pudieran ver un poco la cara de estos exóticos visitantes. Pues, si las matemáticas no nos engañan, a cada uno de estos veinticinco mil árabes le tocaba un poco más de 23 kilómetros cuadrados. Como no era esto suficiente para tan encumbrados héroes, se apresuraron a atravesar los Pirineos para dominar Francia.

     La victoria de Tarik abrió de par en par las puertas de la Península Ibérica a los asiáticos, que la ocuparon sin mayores dificultades. Tuvo entonces lugar una mutación formidable, como en el teatro un cambio de decoración. Latina, se convierte España en árabe; cristiana, adopta el Islam; monógama, sin protesta de las mujeres, se transforma en polígama. Como si hubiera repetido el Espíritu Santo el acto de Pentecostés, despiertan un buen día los españoles hablando la lengua del Hedjaz. Llevan otros trajes, gozan de otras costumbres, manejan otras armas. No es una broma, ya que todos los autores están de acuerdo en el ínfimo número de los cristianos llamados mozárabes que vivieron bajo la dominación musulmana. Los invasores eran veinticinco mil. ¿Qué había sido de los españoles?.

     Abre usted el tomo primero de la Historia de los Musulmanes de España de Levi-Provençal, publicada en 1950. A pesar de la incomprensión del «milagro», se trata de una obra notable. Pues bien, describe el autor con detalles múltiples las luchas emprendidas por los árabes entre sí, desde que pisaron el suelo de nuestra península. Están presentes todas las tribus de Arabia: los kaysíes, los kalbíes, los mudaríes, los yemeníes... ¿quién más aún? Sus rivalidades y su odio ancestral son feroces. Se traicionan, se asesinan, se torturan a placer. Terrible es la lucha, grandilocuente el desorden. De arriba abajo queda deshecho el territorio.

     Por fin desembarca en el litoral andaluz un Omeya. Pertenece a la familia más renombrada de La Meca. Sus padres han gobernado el Imperio musulmán. Es un puro semita, pero nos lo describen con los rasgos siguientes: era alto, con los ojos azules, el pelo rojizo, la tez blanca; en una palabra, tenía el tipo de un germano. Dada su estirpe real y arábiga, nadie atiende a sus pretensiones, y tiene que echarse en cuerpo y alma por en medio de la guerra civil que impera desde hace cuarenta años; pues su autoridad moral queda tan malparada como su físico. Dotado con un genio militar indiscutible, logra ciertos éxitos que le permiten hacerse nombrar emir en la mezquita de Córdoba (756). A pesar de acto tan audaz se ve obligado a guerrear toda su vida. Sólo con la muerte alcanzará el descanso (788).

     En otros términos, para repartirse el botín ganado con la invasión, tuvieron los árabes que pelear entre sí durante setenta años. En esos tiempos estaba la península bastante poblada, sus moradores mejor repartidos por la meseta que en épocas posteriores. A grandes rasgos se puede estimar el número de sus habitantes en una cifra oscilando entre los quince y los veinte millones [7]. Sabido el corto número de los invasores, resulta extraño que no se agotaran en tan larga lucha los combatientes, habiéndose matado los árabes unos a otros. Ahora bien, ¿qué hacían entre tanto aquellos millones de espectadores?.

[7] Ver nuestros estudios acerca de la demografía española y su evolución en La Decadencia Española, tomos 1 y 4.

     En la historia tal como la cuentan los cronicones, como la describen los libros de texto o la analizan los autores más recientes, los españoles han desaparecido. Solamente existen árabes. Cabe entonces preguntar: ¿Se puede escamotear de la noche a la mañana tantos millones de seres, como carta o moneda en manos hábiles?.

     En gran faena se hubieran empeñado los conquistadores si hubieran tenido que degollar uno por uno a los habitantes del país, como nos aseguran los cronistas latinos haber sucedido. En aquella época no existían medios rápidos para perpetrar matanzas al por mayor. Por otra parte, eran incapaces los estrechos valles asturianos para recibir un aluvión de refugiados, como también se nos dice que ocurrió. En realidad, se trataba de un problema muy distinto. Era menester silenciarlo por incómodo, ya que hasta nuestros días era insoluble. Pues si la conquista de España parece inverosímil, ¿cómo explicar, si se admite la existencia de los españoles, su conversión al Islam y su asimilación por la civilización árabe?.

     La gran distancia que media entre Arabia y España, como asimismo el escaso número de los invasores, siempre han producido gran desconcierto en los historiadores. Pues el problema nunca ha sido planteado en sus estrictos términos. En la Antigüedad y en aquellos tiempos se emprendían los combates con fuerzas reducidas. Sin medios de transporte eficaces, no entorpecían su táctica los generales con servicios de intendencia. Vivían los ejércitos de lo que existía en el lugar de su paso. Si eran numerosos los guerreros, corrían el peligro de morirse de hambre. En esas condiciones, fue reñida la batalla de Guadalete, de no ser un hecho legendario, con escasos combatientes. No se trata por consiguiente de una acción ganada o perdida. Había que explicar cómo los compartimientos estancos que componen las regiones naturales de la península habían sido transformados en tan poco tiempo y con tan escasos hechiceros.

     Dificultad mayor aún: ¿No se nos dice ahora que poseían éstos distintas nacionalidades? Según las crónicas musulmanas, en minoría estaban los árabes. Los demás eran aventureros de razas y patrias diferentes: sirios, bizantinos, coptos, y sobre todo bereberes. Insisten los textos en que componían la gran mayoría de los invasores, por donde había que concluír con un hecho absurdo, a saber, que España había sido invadida y arabizada por gente que no hablaba el árabe, pues los del Magreb no habían tenido el tiempo de aprenderlo, y que había sido islamizada por predicadores que desconocían por el mismo motivo el Corán.

     Sea lo que fuere, es indiscutible tratándose de matemáticas que ese ejército se hubiera fundido como azucarillo en un vaso de agua, si se hubiera desperdigado por el país. En caso contrario, ¿cómo dominar el terreno?. ¿Qué hubiera ocurrido si hubieran emprendido los hispanos la menor guerrilla? Se comprenderá ahora por qué era más conveniente no meter el dedo en la llaga. Ignorándolos y no hablando de ellos, en un común y tácito acuerdo, han preferido los historiadores dejar a los españoles dormir durante varios siglos.



CAPÍTULO 2
CRÍTICA GENERAL

     Los movimientos migratorios en la Historia: el desplazamiento de los nómadas y las invasiones (Ley de Breasted). Caracteres geográficos de Arabia. El caballo y el camello como testigos del paisaje. Dificultades de las razzias. La travesía del Estrecho de Gibraltar. Los errores geográficos de las antiguas crónicas. La dominación de los godos y la pretendida invasión árabe de la Península Ibérica.

     Según creencia unánime se había realizado la expansión del Islam por medio de invasiones a mano armada. Cierto, una mejor comprensión de las herejías cristianas había esclarecido mejor el ambiente favorable que había facilitado en todas partes la labor de los conquistadores. Se esclarecía la situación política de las regiones que habían sido sumergidas por la oleada mahometana; se reconocía que a veces los invasores habían sido recibidos por las poblaciones asaltadas como liberadores, pues estaban esclavizadas por extranjeros, lo que no era cierto en todos los casos. Apuntaba por demás en este juicio el hechizo que imperaba en los historiadores del XIX, obsesos por prejuicios del siglo. Se creía en aquellos años que el espíritu nacionalista, parecido o similar al que alentaba entonces a las masas, había sido una constante histórica. En verdad enraizaba a veces en algunos pueblos o naciones de la Antigüedad; ilegítimo era extender el mismo criterio a todos los pueblos, sobre todo a aquellos que pertenecían a civilizaciones extra-europeas y cuya interpretación de la vida estaba fundada sobre otras premisas. Sea lo que fuere, a pesar de estas nociones que ayudaban a mejor comprender la expansión del Islam, su mecanismo quedaba incólume. Habían sido propagadas estas ideas religiosas por la acción de ofensivas militares, emprendidas unas tras otras como una reacción en cadena.

     No se puede en nuestros días admitir tan simplista argumentación. No resiste a la crítica más elemental, pues no se prolonga una ofensiva indefinidamente. A medida que su acción se propaga en el espacio, pierde más y más su virulencia primera. ¿Cómo habían podido los árabes en marcha interrumpida y sin fracaso alguno haber alcanzado simultáneamente el Indo y el Clain, que baña Poitiers? No insistiremos por ahora. Antes de proceder al examen de esa interpretación de los acontecimientos, conviene fijar algunas ideas acerca del desplazamiento de los hombres por el globo.

     Individuos, familias, tribus, pueden ponerse en marcha de modo esporádico, así los nómadas en la estepa, sin que se deba interpretar sus movimientos como el resultado de una invasión. Ésta reviste siempre un carácter militar. Es el fruto de una organización, de un Estado y de un cerebro director. Por consiguiente es inexacto hablar de invasiones alpinas, porque estos indoeuropeos que siguieron el valle del Danubio han llegado a las llanuras de Occidente en pequeños grupos y en el curso de varios milenios. Sucede lo mismo con las andanzas de los beduinos en el Sahara. Se desplazaron lentamente las tribus hilalianas siguiendo la dirección Este-Oeste, en función de las variaciones del clima. Como la desecación de las altas planicies asiáticas también ha sido causa del movimiento de los alpinos, nos encontramos ante dos hechos paralelos: el uno al Norte realizado por los indoeuropeos, el otro al Sur por los semitas. Eran ambos fruto de la misma imposición: la falta de lluvias que obligaba a esas poblaciones repartidas por vastísimos territorios a buscarse nuevos medios de vida.

     El nómada es esclavo de sus rebaños; éstos viven del crecimiento de las plantas herbáceas. A fin de cuentas, se hallan ambos a merced de las circunstancias climáticas. Pueden manifestarse de modo diferente, lo que será motivo de reacciones humanas distintas.

a) Si las oscilaciones del clima son normales, es decir, si un año seco aparece tras un ciclo de pluviosidad suficiente, el nómada para salvar del hambre a su familia conducirá sus rebaños hacia las tierras de los agricultores sedentarios que se hallan establecidos a orillas de la estepa. Entonces se producirán escaramuzas entre ambas partes, pues defenderán los aldeanos sus cosechas; de aquí luchas cortas y estacionales perfectamente destacadas por el historiador estadounidense Breasted, cuando estudiaba el pasado de los pueblos que vivían en una zona por él llamada el Creciente Fértil (Palestina, Siria, Mesopotamia, etc.) que envuelve en sabia curva el Norte de la Península Arábiga, en donde el clima y la orografía permitían el desarrollo de la agricultura. Por lo cual hemos llamado esta relación entre un año seco y las hostilidades consiguientes como la ley de Breasted (1920).

b) Puede convertirse el problema en mucho más grave. Ya no se trata de una crisis pasajera, debida a una oscilación climática, sino a una modificación del paisaje.

     El fenómeno es distinto del precedente. Ahora, una oleada prolongada de sequías o de lluvias causa una transformación de la vegetación; pues según las regiones del globo se presentan estos opuestos caracteres. Si la acción meteorológica se realiza en un marco geográfico en donde la pluviosidad no supera los 250 mm. de agua al año, zona generalmente habitada por los nómadas, se vuelve crítica la situación. Para sobrevivir tendrán que abandonar éstos el país. Podrán entonces elegir entre dos posibilidades: o bien, abandonarán definitivamente su vida de trashumancia para emigrar hacia las regiones más favorecidas en cuyas ciudades estarán obligados a acomodarse a una nueva vida, o bien emprenderán con sus rebaños un larguísimo desplazamiento en busca de tierras más húmedas. En este caso, por las dimensiones de la distancia recorrida, constituirá el viaje una verdadera emigración, pues se encontrarán en la imposibilidad de regresar a su punto de origen.

    Son consecuencia estos desplazamientos diversos del determinismo geográfico; poseen un carácter biológico y se les puede comparar con las migraciones de las especies zoológicas por el ámbito terrestre a todo lo largo de la evolución. No ocurre lo mismo si el movimiento es dirigido por una voluntad superior que determina los objetivos que es menester alcanzar. Se trata entonces de una invasión que adquiere una finalidad agresiva. La acción militar se impone a toda otra consideración, ya que se trata de sojuzgar a las poblaciones que habitan los territorios codiciados. Por consiguiente, para que una invasión tenga la probabilidad de lograr los fines propuestos, no basta con que haya sido concebida, sino que tiene que estar controlada y sostenida por una organización social importante. Sin Estado no hay invasión. Por esto han sido escasas las invasiones en la Historia, pues para que puedan conseguir un resultado, incluso parcial, se requiere la acción de un gobierno poderoso. Y sabemos que desde el neolítico hasta los tiempos modernos esta máquina, extraordinaria y arrolladora, ha sido siempre una excepción.

     Los desiertos de Arabia Central, el Rob-el-Khali, el Nedjed y el desierto de Siria existen desde hace muchísimo tiempo. En todo el Próximo Oriente las anchas praderas, comparables a las del Far West, la estepa xerofítica o sub-desértica, poseían en la Antigüedad dimensiones más grandes que las de nuestros días. Ocurría lo mismo con las comarcas regadas del Yemen o del Hedjaz. Pero con la llegada de la sequía que las castigó a todo lo largo del último milenio, modificándose el paisaje, la crisis económica trastornó tan inmensa e importante región. Fue la causa de los movimientos demográficos que apunta la historia de los pueblos del Creciente Fértil, tierra que al fin y al cabo era el testigo de una situación geobotánica degradada desde fecha muy lejana.

     En el curso de esta larga evolución climática han reaccionado los nómadas del modo que ya antes hemos descrito. Cuando llegó la crisis del siglo VII empezaron a desplazarse hacia el Sahara Occidental las tribus hilalianas, pero también hacia las regiones y las ciudades del Creciente Fértil. Analizaremos más adelante el papel que han desempeñado en la propagación del Islam. Por el momento nos basta con advertir que en la época de Mahoma presentaban ya los territorios arábigos una facies que se asemejaba a la que conocemos actualmente. Reducidísima era la población. Salvo en escasos lugares que poseían huertas, no existían sedentarios. Vivían los nómadas de la trashumancia y del transporte de mercaderías realizado por medio de caravanas. En esas condiciones, se puede concluír que estaban ausentes de esas regiones los recursos suficientes, demográficos y económicos, para que pudiera sostenerse la estructura de un Estado poderoso. Al contrario, sabemos que las tribus mal avenidas entre sí, recelosas, mantenían una independencia feroz. ¿Cómo entonces organizar ejércitos?, ¿en dónde encontrar recursos para mantenerlos? Para emprender las acciones gigantescas que nos describen los textos, se hubiera requerido disponer de fuerzas que tuvieran una potencia ofensiva extraordinaria. Hay que rendirse a la evidencia: faltaban, en primer lugar, los hombres...

     No puede el historiador escamotear los problemas que plantea el determinismo geográfico. Si son exactas las premisas, si poseía Arabia en el siglo VII una facies desértica o sub-árida, no podían existir concentraciones demográficas en sus inmensidades, y por tanto tampoco ejércitos. Si, por el contrario, se podían reclutar soldados en número suficiente para emprender expediciones ofensivas, el país no poseía una facies desértica, ya que señala por definición esta palabra un lugar despoblado. Existen testimonios suficientes para demostrar lo contrario. Para justificar las tesis de las invasiones arábigas, se requeriría probar que gozaba esa península de una pluviosidad suficiente para hacer florecer unos cultivos que dieran vida a una concentración demográfica adecuada. De acuerdo con nuestros actuales conocimientos, esto es imposible.

     En una comarca con facies simplemente sub-árida, o aun árida si el suelo es permeable, no puede sustentarse el caballo. Según los oficiales de Estado Mayor, cuando se prepara una operación con elementos de caballería, se calcula para cada animal una reserva de 40 litros de agua por día. El viajero que atraviesa tierras sub-áridas debe llevar consigo la comida y la bebida para su cabalgadura. Esto es irrealizable si la distancia que debe franquear resulta demasiado larga. Por el contrario, puede el camello cumplir este cometido. Pertenece a los raros ungulados adaptados por su constitución fisiológica a las condiciones adversas de esas regiones desheredadas [8]. Por esta razón poseían los nómadas de Arabia rebaños de camellos y no de caballos. El pura sangre árabe se encuentra así emparentado con los mitos paralelos a los de las invasiones y, como tantas otras cosas, atribuído a un origen inverosímil [9].

[8] No hay que olvidar que el caballo y el camello, aunque pertenecientes a un mismo orden, el de los ungulados, están agrupados en familias diferentes. El camello es un rumiante, el caballo no lo es. Por esta razón ha podido adaptarse mejor el camello que el caballo a las condiciones del desierto. Puede conservar en su estómago complicado los alimentos un cierto tiempo y aguanta mucho mejor la sed. Por otra parte, como otros rumiantes, así los antílopes, puede desplazarse con rapidez para encontrar un alimento raro y diseminado por el suelo.
[9] Hay que buscar el origen del caballo árabe en las praderas del Creciente Fértil y no en la Península Arábiga, porque desde tiempos muy lejanos poseía una facies desértica, siempre y cuando sea originaria esa raza de Asia y no haya sido el fruto de cruzamientos acertados realizados posteriormente en África del Norte o en otros lugares. Las alusiones al caballo que se hallan en el Corán son simples puntos de referencia a un nivel de vida superior que uno desea y con el cual se ilusiona. No son el testimonio de hechos concernientes a la vida cotidiana. «The idea that riding on horses was an indication of human pride and luxury is of course as old as Biblical times», Goitien, The Rise of the Near Eastern Bourgeoisy in Early Islamic Times, Cahiers d’Histoire Mondiale, Editions de la Baconniére, Neuchatel, T. III, p. 594 (1957).

     Por otra parte, la herradura apareció en las Galias en la época merovingia [10]. Anteriormente, cuando se quería hacer atravesar un terreno pedregoso a un caballo, o a un camello, como en el caso de las hamadas [terrenos pedregosos] del desierto, se envolvían sus pies con cuero para protegerlos. «He aquí —escribía el general Brémond— otra condición desfavorable que se opone al mito de la invasión de África del Norte por una caballería árabe, salida de los desiertos de Arabia. Habría recorrido tres mil kilómetros con caballos sin herrar. Esos caballos se hubieran gastado la pezuña hasta el empeine» [11]. Indicaremos en otro capítulo el origen de esta leyenda; consignaremos ahora que en esos tiempos así como en la Antigüedad no llevaban estribos los jinetes. Fueron importados de China en el siglo IX. Muy difícil, si no imposible, hubiera sido para esos cabalgadores mantenerse a horcajadas durante tan largas y numerosas jornadas.

[10] Richard Lefebvre des Noëttes, L'Attelage. Le Cheval de Selle à travers les Âges.
[11] General Brémond, Ibid., p. 41.

     Sin embargo, han ignorado estas dificultades los historiadores clásicos. Aseguraba, por ejemplo, Sedillot (1808-1875) que Mahoma en su segunda expedición en contra de los Gasaníes de Damasco (630-632) había conducido las fuerzas siguientes: diez mil jinetes, doce mil camellos y veinte mil infantes. Se ha dejado engañar nuestro distinguido orientalista por el cronista árabe, no por hipérbole o exageración, sino por una mentira pura y sencilla que han puesto de manifiesto nuestros actuales conocimientos en bio-geografía: camellos y caballos se excluyen mutuamente. Pertenecen estas especies zoológicas a facies opuestas, son testigos de climas diferentes y no se encuentran asociados en la Naturaleza. También enseña la experiencia que no pueden vivir juntos artificialmente. Les irrita recíprocamente su olor; de tal manera que resulta difícil concebir la coexistencia de masas de estos animales para una labor común y ordenada, como si se colocara en un mismo frente para combatir al mismo enemigo regimientos de gatos y de perros.

     Por otra parte, el general Brémond, jefe militar de la misión Aliada que durante la guerra de 1914 independizó Arabia de la dominación turca, comentando el texto de Sedillot, concluía que diez mil caballos necesitan cuatrocientos mil litros de agua potable cada día. ¿En dónde encontrar tan enorme cantidad en la estepa o en el desierto? Y añadía: «Hubiera sido imposible, sobre todo en esa época, mantener treinta mil hombres y veinte mil bestias. En 1916-1917, no hemos podido conseguir para los 14.000 hombres reunidos ante Medina víveres para más de ocho días, a pesar de los recursos considerables que nos llegaban de la India y de Egipto por buques de vapor» [12].

[12] General Brémond, Ibid., p. 34.

     Esto es un ejemplo. Se podrían dirigir críticas similares contra la mayoría de las crónicas que han sido las fuentes de los textos actuales. Sin embargo, no es necesario recurrir a los testimonios de la experiencia contemporánea para situar el problema en su contexto histórico. Nos enseñan estas mismas crónicas las dificultades que estudiaban los hombres políticos de la época, cuando cedían a la tentación de emprender una razzia en países ricos y vecinos para sacar de los mismos tajadas substanciosas. He aquí lo que escribe Levi-Provençal refiriéndose a Abd al-Ramán III, uno de los monarcas más capaces e inteligentes que han gobernado España, acerca de las expediciones que solía emprender por el Norte, generalmente en la Septimania, provincia del Sur de Francia situada entre el Ródano y los Pirineos:

     «Para que el califa se decidiese a poner en marcha una correría estival, se requería que la cosecha se anunciara importante. Como se mantenía el ejército con lo que encontraba a su paso, era ésta una condición imprescindible. Así, en 919, en su algara en contra de Belda, Abd al-Ramán tuvo buen cuidado de mandar averiguar el estado de los sembrados, y modificó su itinerario para que el ejército pasase por lugares en donde el trigo estaba ya maduro. En los años de mala cosecha, claro está, no se pensaba salir a campaña. En su relación de los acontecimientos del año 303 de la Héjira (915) declara El-Bayan: "Fueron las circunstancias demasiado adversas para que se intentara incursión alguna o que se pusiesen tropas en pie de guerra"».

     ¡Y se trataba de algunos centenares de kilómetros! A pesar de los recelos del califa, no hace objeción alguna este especialista a la repentina aparición en la Península Ibérica de ejércitos que venían nada menos que de Arabia... sin preocuparse por saber si estaban las mieses doradas [13].

[13] E. Levi-Provençal, L’Espagne Musulmane au X Siécle, París, p. 139. La cita es de Ibn Idhari, Al-Bayan, II, p. 181-288.

     No explica la ley de Breasted las invasiones arábigas en el Creciente Fértil. En el caso de una crisis estacional no puede el nómada mantenerse indefinidamente en los lugares que le son extraños. Desvanecida la sorpresa, tiene que retirarse para no ser atacado por fuerzas muy superiores a las suyas. Habiendo mantenido sus rebaños en las semanas críticas del estío ha conseguido su objetivo. Cambia la situación en una crisis climática prolongada. Para huír de la sequía, muerto el ganado, emigraron los nómadas árabes hacia las regiones y las ciudades mejor abastecidas. Se tradujo esto por un desplazamiento demográfico parecido al éxodo actual de las gentes del campo hacia los centros industrializados. Mas, este movimiento migratorio que ha debido de ser constante a lo largo de las primeras pulsaciones, alcanzó en las crisis posteriores más graves un carácter dramático.

     En estas condiciones, ¿cómo concebir la invasión de Berbería por ejércitos árabes cuando tenemos la certeza de que jamás han existido?... Hay mil kilómetros desde el Hedjaz hasta las tierras cultivadas del Creciente Fértil. Si en verdad hubieran podido ponerse en marcha fuerzas suficientes, hubieran tenido que desarrollar esfuerzos extraordinarios para conquistar Egipto, Palestina, Siria, en donde era menester combatir sucesivamente contra los persas y contra los bizantinos, sin contar con la recepción de los autóctonos, que pudiera haber sido amistosa o adversa. Pero, ¿qué de estas tropas si hubieran tenido que atravesar el desierto de Libia, uno de los peores de la Tierra?. ¿En qué estado se hubieran encontrado después de tan loca aventura? Sedientas y anémicas hubieran sido aniquiladas por los bereberes, hombres aguerridos en las luchas guerreras y temidos [14].

[14] No quiere decir esto que no hayan conseguido fuerzas adiestradas atravesar el desierto sahariano. Nos constan dos expediciones logradas, de las cuales nos queda abundante documentación: La moderna campaña de Libia con la victoria de Montgomery, en condiciones «logísticas infernales, no obstante los medios modernos empleados», y la razzia emprendida contra Nigeria por el bajá Yaudar después de haber franqueado el Tanezruft (1590-1591). Ésta es la más importante para la comprensión de nuestro análisis, pues se hizo en las mismas condiciones, poco más o menos, que las realizadas por las tropas árabes, si en verdad atravesaron el desierto de Libia.
     A fines del siglo XVI mandó el sultán de Marruecos, Muley Hanied, un pequeño ejército para emprender una correría en la curva del Níger, comarca aún productora de oro, aunque su exportación no alcanzaba ya las cifras de los tiempos anteriores. Esas fuerzas en número aproximado a los 4.000 hombres estaban mandadas por el bajá Yaudar, un español oriundo de Las Cuevas, en el antiguo reino de Granada. Llevaba consigo unos dos mil arcabuceros, también españoles, especialistas en aquel entonces en el uso de esta arma. Ésta es la razón por la cual tenemos constancia de los detalles de la expedición.
     Existen en la Academia de la Historia tres manuscritos en donde se relatan esas jornadas (452.9-2633); fueron publicados por Jiménez de la Espada en el Boletín de la Sociedad Geográfica en 1877. Recorrieron esas gentes los dos mil kilómetros que median entre Marrakesh y Timbuctú, de los cuales sólo 540 en el Tanezruft revisten la facies desértica similar a la que se manifiesta hoy día en el desierto de Libia. Se calcula que el 40% por lo menos de esas fuerzas murieron en la travesía como consecuencia de las penalidades sufridas. Las restantes, repuestas en territorio nigeriano, consiguieron su objetivo gracias a la superioridad de sus armas de fuego. No tuvo esa razzia para Marruecos ningún alcance político, y pudo llevarse a cabo gracias al genio, a la resistencia física y al armamento de los hispanos. Varios autores han estudiado esa expedición, entre ellos García Gómez y el italiano Rainero. Últimamente Joaquín Portillo Togores ha publicado un compendio de la cuestión con argumentos de carácter militar: La Expedición Militar del Bachá Yaudar a través del Sahara, en la Revista de Historia Militar, Nº 30 y 31, 1971. Al mismo pertenece la cita anterior.

     Es posible que nómadas árabes aprovechando momentos oportunos o sencillamente la sorpresa hayan realizado incursiones en Berbería. ¿Por qué hacerlos venir de Arabia?. ¿No trashumaban tribus por las estepas pre-desérticas del Sahara?; ¿no habían de cometer en el siglo VII las mismas fechorías que las hilalianas de que nos habla Ibn-Kaldún? Sea lo que fuere, la pretendida conquista de Tunicia a principios del siglo VIII resulta tan inverosímil como la posterior de la Península Ibérica. Los acontecimientos en Berbería debieron de ocurrir de acuerdo con la misma evolución de las líneas de fuerzas en Hispania.

     Hasta entonces, la relación de estas invasiones sucesivas se asemejaba a una carrera milagrosa, algo así como el ilusionista que a cada golpe saca del sombrero de copa objetos los más diversos y sensacionales: un pañuelo, una bandera, una bola de billar... ¡un gallo exuberante!.

     Ahora, tras la toma de Cartago, abandonamos la magia blanca para enredarnos con la negra. La fantasía se agudiza hasta el absurdo. Las distancias atravesadas son cada vez mayores, la geografía de los territorios conquistados más compleja, los obstáculos más imponentes, el tiempo que separa una ofensiva de la otra, más corto. En diez años ocupan los árabes África del Norte, en tres la Península Ibérica. Sierras, estrechos de mar, ríos imponentes son franqueados con suma facilidad. A pesar de sus fortificaciones se rinden las ciudades por centenas. La gesta es grandiosa, intensas las cabalgadas. Mas, si desea el curioso enterarse de los hechos y conocer los detalles de esa epopeya gigantesca, tropieza con las contradicciones más descaradas, no solamente en asuntos de interés secundario sino en los más importantes, como por ejemplo el siglo en el curso del cual dominaron los árabes el Norte de África, no tan sólo en los cronicones medievales, sino en obras recientemente publicadas.

     Hemos trascrito más arriba la opinión de un especialista renombrado de la historia de Berbería. Para Georges Marçais necesitaron los árabes 150 años para conseguir el dominio del Norte de África (1946). Levi-Provençal en su Historia de los Musulmanes de España (1950) acepta la tesis clásica: diez años. Para el primero tiene lugar el acontecimiento a mitad del siglo IX, y para el segundo, en los primeros días del siglo VIII. «En el momento en que Roderico sucede en el trono de Toledo, escribe, acababan los árabes de consolidar su posición en el Norte de Marruecos y terminan la conquista del centro del país» [15].

[15] E. Levi-Provençal, Histoire des Musulmans d’Espagne, t. 1, p. 9.

     Las contradicciones que aparecen en las crónicas se reproducen en estos autores contemporáneos. Cada cual tiene sus motivos, obseso por su tema particular. Marçais, para alcanzar una comprensión de los acontecimientos ocurridos en Berbería, espiga en los viejos textos los testimonios más seguros para confrontarlos y buscar una concordancia. A Levi- ProvençaL, que estudia la historia de España, lo que ha ocurrido en Berbería no le interesa. Le basta con que existan árabes en Marruecos a principio del siglo VIII para hacer tragar al lector, ya amaestrado desde la escuela, la invasión de la península. Tarea bastante dificultosa si en esa fecha requerida los futuros invasores no se encontraban en las orillas africanas del Estrecho. Entonces, ¿a qué santo encomendarse?.

     Si se sorprende uno al saber cómo y con qué rapidez, similar a la del rayo, han conquistado los árabes región tan grande y difícil como lo es el Norte de África, queda uno mucho más maravillado al enterarse de la facilidad con que esos nómadas han conseguido atravesar el Estrecho de Gibraltar. No tenían marina; esto es lo normal en gente que navega por el desierto a lomo de camello. Seamos condescendientes. Han concentrado en un punto del litoral embarcaciones llegadas de Oriente. Jamás hubieran podido trasladar al otro lado su pequeño ejército sin el concurso de marinos autóctonos y experimentados. Este trozo de mar es uno de los más peligrosos de la Tierra, pues se combinan en estos parajes dos corrientes de gran potencia que son contrarias. Tiene una la velocidad de cuatro a seis millas; la otra, dos. Según la marea, fenómeno desconocido del navegante mediterráneo, cambian de sentido de modo para él incomprensible, de acuerdo con las masas de agua que entran o salen del Océano. Luego, para complicar más la situación, está constantemente recorrido ese pasillo por vientos violentos, cuyas ráfagas son tan repentinas que lo han convertido hasta nuestros días en un cementerio de barcos.

     Según las crónicas, el conde Julián, gobernador del litoral, había prestado a los invasores cuatro lanchas con las cuales el desembarco se había realizado. Si cada una de ellas podía transportar cincuenta hombres con la tripulación —lo que seria un máximum— se hubieran necesitado treinta y cinco viajes para pasar los siete mil hombres de Tarik. En promedio, hay que calcular un día para la travesía, dos con la vuelta. Setenta días eran necesarios para llevar a cabo la operación; es decir, más de tres meses si se cuentan los días de mar arbolada, cosa allí frecuente. Por otra parte estaría el Estrecho impracticable en invierno. En otros términos, si se hubiera tratado de una invasión, el pequeño número de los primeros desembarcados hubieran sido degollados sin que fuera preciso la concentración de mayores fuerzas en Algeciras.

    Para pasar los siete mil hombres de Tarik era necesario contar por lo menos con un centenar de embarcaciones. Pero en esa época de gran decadencia marítima no era fácil encontrarlas. Los bereberes, que se sepa, no tenían flota. Sólo un pueblo de las inmediaciones hubiera acaso podido intentar la travesía: Eran los gaditanos.

     Iban a Inglaterra desde el tercer milenio en busca de la casiterita, y habían recorrido de costa a costa el litoral africano. Acaso habían circunnavegado el continente. Eran ellos con gran probabilidad los que habían transportado tres siglos antes a Genseric y a sus vándalos [16]. No se conserva ningún testimonio. Se puede sugerir que tuvieran los barcos requeridos para ese traslado de tropas. Y sin embargo... ¿no es un poco extraordinario que prestasen los andaluces sus navíos a quien venía a sojuzgarlos? Si hubiera habido una confusión o un engaño con la operación de Tarik, ¿cómo podía haberse repetido el mismo error con Muza, llegado meses más tarde, cuando sus fuerzas eran más numerosas y necesitaban una ayuda más considerable?.

[16] E. F. Gauthier, Genséric, Roi des Vandales, Paris, 1935, p. 109.

     ¡En fin! Era la invasión de España. Conocían los romanos el oficio de las armas. Dirigidos por cerebros que han demostrado una eficiencia poco frecuente en la Historia, han necesitado trescientos años para conquistar España; tan sólo tres los árabes.

     Cuando prosigue un invasor una ofensiva más allá de sus bases acostumbradas, debe consolidar otras para conservar en sus movimientos cierto margen de seguridad. Según la Historia clásica, han menospreciado impunemente los árabes ese principio elemental del arte militar. Sin haber recuperado las energías gastadas en un imponente esfuerzo, se empeñan en una nueva aventura. Llegan a Tunicia; inmediatamente se ponen en marcha hacia Marruecos. Han visto de lejos las olas del Océano, ya se embarcan para España. Pasan tres años con gran prontitud. No se paran ni para descansar, ni para disfrutar del botín conquistado, ni para saborear las chicas del lugar. Tienen prisa por entremeterse por los desfiladeros pirenaicos a fin de apoderarse de Aquitania y de la Septimania.

     Han descrito las crónicas esos hechos a despecho de la geografía. Mapas no poseen los invasores. No tienen objetivo alguno que alcanzar. Se han contado estos acontecimientos con tal ingenuidad que admirado queda uno al advertir cómo burdas inexactitudes han sido repetidas por graves historiadores, sin que se les ocurriera confrontarlas con un atlas cualquiera. He aquí algunos ejemplos sacados de la crónica, escrita en árabe [s. XI], Ajbar Machmua, una de las que han alcanzado mayor autoridad: «De todos los países fronterizos, ninguno preocupaba tanto a Al-Walid como Ifriqiya» [17].

[17] Ajbar Machmua. Esta cita y las siguientes pertenecen a la traducción española de Emilio Lafuente Alcántara, Colección de Obras Arábigas de Historia y Geografía que Publica la Real Academia de la Historia, T. 1, Madrid, 1867.

     Ifriqiya es la Tunicia de los antiguos. Para el cronista, la vecindad de esta nación preocupaba a Al-Walid. Ignoraba por lo visto que median tres mil kilómetros entre su Ifriqiya y Egipto y que en tan inmenso territorio intermedio no tenían las arenas del desierto, como las aguas del mar, dueño alguno que pudiera ser temido.

     Después de la batalla de Guadalete apunta: «Inmediatamente Tarik se dirigió al desfiladero de Algeciras y luego a la ciudad de Ecija», como si se hallara en la proximidad. Es muy extraño que se atreviera un ejército enemigo a penetrar en tan estrecho cañón cretácico, en donde hubiera quedado atrapado como en una ratonera, pues se adelgaza en ciertos lugares hasta las dimensiones de una calle estrecha, encuadrada por imponentes acantilados. Pero, desde la pequeña localidad de Jimena de la Sierra que se encuentra a su salida Norte hasta Ecija, hay más de 160 kilómetros. En el camino hubieran encontrado los invasores ciudades importantes como Ronda y Osuna, cuya fundación era anterior a los romanos y a las que no alude el arábigo.

     Ignoran los conquistadores lo que vienen a hacer en el país. No saben adónde ir. Son los cristianos los que les dan algunas ideas para que tengan motivo de ocupación, como el empleado de una agencia de viajes que propone excursiones a un futuro turista. No se trata de una broma. Escribe nuestro cronista: «Sabedor Musa ibn-Noçair de las hazañas de Tarik y envidioso de él, vino a España, pues traía, según se cuenta, 18.000 hombres. Cuando desembarcó en Algeciras le indicaron que siguiese el mismo camino que Tarik, y él dijo: "No estoy en ánimo de eso". Entonces los cristianos que le servían de guía le dijeron: "Nosotros te conduciremos por un camino mejor que el suyo, en el que hay ciudades de más importancia que las que ha conquistado y de las cuales, Dios mediante, podrás hacerte dueño"». En una palabra estaban a la merced de los peninsulares.

     No se deje engañar el lector por comparaciones históricas, como la conquista de Méjico por Hernán Cortés. En el siglo XVI poseían los españoles una superioridad aplastante sobre las poblaciones de América. Jamás habían visto hombres Blancos, ni animales que se parecieran a un caballo. No les cabía en la cabeza que se pudiera subir a horcajadas sobre sus lomos. Aprendieron a su costa que un jinete y su cabalgadura son dos objetos diferentes; pues se atemorizaban al ver que esos monstruos dividíanse en dos trozos, los cuales en lugar de morir, podían vivir por separado y a su gusto remendarse. Manejaban los españoles armas de fuego cuyo estruendo era más eficaz que sus balas mortíferas. Esa superioridad, técnica y humana, les daba una aureola mística que les favoreció en su conquista.

     En la invasión de la península por los árabes están invertidos los papeles. Son los invadidos los que gozan de una civilización superior, y en aquella época, del arma de guerra por excelencia: la caballería. Ya está representado el caballo domesticado en las pinturas rupestres de nuestro solar, y demuestran testimonios abundantes que había sido Iberia la yeguada más importante del Imperio Romano. Por otra parte, con mucha dificultad hubieran podido los marineros al servicio de los árabes hacer atravesar el Estrecho a sus cabalgaduras; tanto más con los escasos recursos de que disponían. Embarcar caballos ha sido siempre una operación difícil, dado su nerviosismo. Rara vez han aventurado su caballería las legiones por el mar. Cuando lo han hecho, disponían de anchas galeras que navegaban por las plácidas aguas del Mediterráneo. Los pocos ejemplares que hubieran podido mantenerse en las barcas del conde Julián, hubieran llegado a Europa en un estado lastimoso.

    Después de la batalla de Guadalete, cuenta el cronista de Ajbar Machmua que ya no tienen infantería los invasores, pues todos los de a pie han podido apoderarse de un caballo; lo que indica que antes no los poseían. «Tarik envió a Moguit a Córdoba con 700 jinetes, pues ningún musulmán se había quedado sin cabalgadura». Mas ¡oh, maravilla!, logró ese escuadrón una hazaña extraordinaria, sin duda única en los anales de la guerra: Se apoderó de la ciudad más poblada de España, defendida por murallas importantes, construídas al final del Imperio romano y de las cuales una parte aún se mantiene erguida.

     Se trasluce entonces hasta la evidencia la gigantesca mistificación. Desde que los árabes después de la muerte de Mahoma se desparraman por medio mundo como oleada de un maremoto gigantesco, se apoderan como por arte mágica de las ciudades mejor pertrechadas y fortificadas. Es la objeción que hace el general Brémond a la toma de Alejandría por hordas llegadas del desierto, cuando debía de tener unos 600.000 habitantes. Para dominar y arrollar sus fortificaciones, sobre todo las famosas de su ciudadela, se requerían máquinas potentes y complicadas. Ésa era una norma militar en práctica desde la más remota Antigüedad. Para construírlas, transportarlas y ponerlas en batería, eran necesarios medios considerables: ingenieros, obreros especializados, recursos financieros, etc. En una palabra, era imprescindible una organización, la que probablemente no cabía en la cabeza de esos nómadas del desierto.

     ¿Y cuando se trataba de ciudades situadas en lugares inexpugnables, como Toledo o Ronda?. ¿No se ha mantenido independiente durante medio siglo esta última, oponiéndose a las tropas de los emires cordobeses cuyo poder no puede compararse con los medios de que disponían los Musa y los Tarik? En general, los cronistas árabes que describen la invasión de la Península Ibérica, conscientes de esta dificultad, eluden la cuestión. Para el autor de Ajbar Machmua se deben esos éxitos al artilugio de astutas estratagemas. He aquí la que permitió a Musa rendir Mérida, ciudad que poseía, nos subraya, murallas «como jamás han construído los hombres similares». Habiendo empezado negociaciones con los asediados, «encontraron a Musa con la barba blanca, y empezaron a insinuarle exigiéndole condiciones en que él no convenía y se volvieron. Tornaron a salir la víspera de la fiesta (del Titr) y como se hubiera teñido la barba y la tuviera roja, dijo uno de ellos: "Creo que debe de ser uno de los que comen carne humana, o no es éste el que vimos ayer". Por último, fueron a verlo el día mismo de la fiesta, cuando ya tenía la barba negra, y de regreso a la ciudad dijeron a sus moradores: "¡Insensatos! Estáis combatiendo contra profetas que se transforman a su albedrío y se rejuvenecen. Su rey que era un anciano, se ha vuelto joven. Id y concededle cuanto pida"».

     No era Mérida un villorrio habitado por trogloditas. Había sido Emerita Augusta en la época romana una de las grandes capitales de España. Durante la monarquía goda era renombrada por sus monumentos y sobre todo por la iglesia de Santa Eulalia que Prudencio en su descripción comparaba a las de Roma. Cierto, había perdido gran parte de su esplendor pasado, pero era todavía un centro importante. Sin embargo, según nuestro cronista, ignoraban sus habitantes los artificios del aseo y... ¡que las barbas se pueden teñir!.

     Que una o más ciudades se hayan rendido por estratagema o por traición, se concibe. Pero que hordas salidas del desierto en Asia, en África, en Europa, se hayan apoderado como en una gigantesca redada de centenares de ciudades, algunas de las cuales eran las más importantes entonces existentes, no puede concebirse. Alucinantes son en este caso la mentira y el delirio. Para los cronistas árabes de la primera época, la conquista de España es el resultado de un truco formidable realizado por dos afortunados truchimanes. Pasados el siglo XI y la contrarreforma musulmana, se trata de un acontecimiento milagroso concedido a los creyentes por la Providencia para la mayor gloria del Islam.

     Era menester explicar tan magno episodio de modo natural para apartar la idea de una intervención divina que hubiera favorecido a los muslimes. Han recargado los historiadores cristianos la situación de España bajo el gobierno de los visigodos con las tintas más negras: Aterrorizaban los germanos a los españoles. Un divorcio profundo dividía a la sociedad. Para sacudirse del yugo de estos amos insoportables estaban dispuestos a aliarse con el mismísimo demonio. Se ha hablado también de los judíos. ¿Cómo no? Habían naturalmente traicionado a la nación que en su diáspora los había recibido. Todas las locuciones grabadas al por mayor, las frases hechas que se repiten sin discernimiento, las más descabelladas ideas, han sido empleadas para dar a la fábula una apariencia de verosimilitud. Desde Jiménez de Rada (siglo XIII) han recurrido ciertos autores a los expedientes más extraordinarios para explicar el éxito de la fulminante ofensiva. Aún hoy, ¿no atribuía un colaborador de una voluminosa Historia de España la dominación árabe a la superioridad de su arte militar? Había atravesado la península su caballería invencible como una división blindada.

     Durante tres siglos, del V al VIII, ha constituído la nación hispana una estructura importante, cuya cultura destaca en las de Europa Occidental. Podrá el lector en el curso de esta obra ponderar algunas de sus manifestaciones: su arte extraordinario hasta fechas recientes desconocido, su escuela de Sevilla cuyo Isidoro ha sido uno de los grandes maestros de la Edad Media cristiana. Por otra parte, han dado al traste los historiadores extranjeros con el mito de las invasiones realizadas por los bárbaros. Con ello el problema político de los germanos dominando a los españoles debía de plantearse sobre otras bases.

     No eran los bárbaros invasores que habían asaltado y derruído las fronteras del Imperio Romano, como se ha dicho. Si hubiera sido así, les hubiera sido difícil atravesar por ejemplo los Pirineos y desparramarse por la península sin vencer fuertes oposiciones que hubieran dejado algún rastro en los textos. Nada existe que permita suponer tal cosa. Son mucho más sencillos los acontecimientos. Los germanos en esos tiempos eran sencillamente la guardia civil del Imperio. Cuando la descomposición general del tinglado político, económico y social, tuvieron sus jefes que tomar medidas enérgicas en sus circunscripciones respectivas por la sencilla razón de que eran los responsables del orden público; por lo cual poseían la fuerza armada.

     Era esto la consecuencia de una larguísima evolución anterior. Como no podía el tesoro imperial pagar a sus mercenarios, se les habían entregado haciendas para indemnizarlos; esos legionarios bárbaros habían sido convertidos en federados, siguiendo un procedimiento similar al proceso en virtud del cual se habían federado las ciudades. Mas, tenía que ocurrir un hecho ineludible: «Una unidad militar está instalada en unas tierras y se las ingenia para atender a sus necesidades. Entonces ese regimiento no es un regimiento» (Gauthier) [18]. Por imposición de las circunstancias, estaban en el siglo V esos bárbaros tan bien romanizados y asimilados al ambiente general, que al verse obligados a ocuparse de política incurren en los mismos vicios que los ciudadanos romanos. Se dividen y se pelean entre sí, lo que demuestra que esos hombres, cualesquiera que fueran sus orígenes y su educación, estaban dominados e impulsados por fuerzas que no podían controlar.

[18] E. F. Gauthier, Genséric, p. 23.

     Con la ausencia de una documentación adecuada que permitiera ni tan siquiera pergeñar una visión panorámica de esos días aciagos, se han interpretado los movimientos militares que emprendían esas compañías como si fueran invasiones, cuando se trataba generalmente de operaciones de policía emprendidas para remediar una situación apurada. Con el curso de los años, atrapados por la rueda de la fortuna, tuvieron esas antiguas legiones que pronunciarse ante la anarquía universal de un modo hasta entonces jamás visto, pues se trataba de crear un orden nuevo. De ahí, alianzas y oposiciones entre sus jefes, los cuales de lance en lance se convirtieron en reyezuelos más o menos independientes, y al fin y a la postre en auténticos monarcas. Confusa era la época. Han contado a veces las crónicas esos acontecimientos de un modo que transparenta cierta animosidad en contra de esos gendarmes. Pero descontando las destrucciones y las desgracias propias del caso y probablemente inevitables, no tenían siempre los tiros una finalidad política.

    En lo que concierne a España, basta con leer la crónica de Idatius (395-470), la única que poseemos acerca de esas invasiones en la península, para comprender que su autor al confundir a los invasores de su Galicia natal con los improperios más calificados, no lo hacía porque eran conquistadores extranjeros sino porque eran arrianos. Cuando eran innecesarias o molestas esas compañías, se las podía dirigir hacia otro destino. Si los vándalos acaudillados por el temido Genseric hubieran sido unos invasores que conquistan Andalucía, ¿hubieran podido los vencidos andaluces deshacerse de ellos mandándolos a Tunicia, es decir... donde el diablo perdió el poncho?.

     Según Delbruck, en esa época no ha llegado la población germana que vivía entre el Rhin y el Elba a sobrepasar el millón: cinco habitantes por kilómetro cuadrado [19]. De ser así, no puede concebirse una invasión demográfica de esos pueblos sobre las tierras mediterráneas, que poseían en aquel entonces un clima distinto al actual y la mayor densidad del continente. Los visigodos romanizados desde fecha muy remota componían en la península una minoría ínfima. Poco a poco fueron asimilados, y su influencia como tales germanos ha sido escasísima en la cultura nacional, por no decir inexistente. No han dejado rastro de importancia en el idioma. Las palabras de origen godo que existen en el español, unas cincuenta según los filólogos, tienen una génesis anterior a la Alta Edad Media.

[19] Gauthier, Genséric, p. 58.

     En una palabra, por circunstancias que pertenecen a la descomposición del Imperio romano y de su civilización, ha sido gobernada España por una casta militar extranjera. Ruda y basta de modales, siguiendo una constante histórica, se emparentó con las viejas familias que poseían la riqueza agrícola. La ley célebre en virtud de la cual fueron autorizados los matrimonios mixtos no tenía en realidad otro objeto que confirmar una situación de hecho. No estaba destinada para la población en general. Basta con leerla para apreciar que estaba dedicada a los romanos y a los godos que pertenecían a las clases sociales superiores. Era un acuerdo entre la casta militar y la aristocracia. No podía ser de otro modo desde el momento que los visigodos componían una minoría en la masa de la población [20]. Los autores que en fecha reciente han estudiado la España de la Alta Edad Media, destacan el proceso de asimilación que se manifiesta desde el siglo VI entre godos e hispanos. En el siglo VII adquiere un movimiento acelerado. Por consiguiente, la interpretación que explicaba la conquista de España por las disensiones raciales o culturales existentes entre ambas comunidades, es sencillamente falsa.

[20] Fuero Juzgo, Ley 1, Tit. 1, libro 111: «Estonz complido quando ellos piensan del provecho del pueblo y ellos non se deven poco alegrar quando la sentencia de la ley antigua es crebantada, la cual quiere departir el casamiento de las personas que son eguales por dignidad e por linage. E por esto coitemos la ley antigua e ponemos otra unión y establecemos por esta ley que ha de valer por siempre, que la mugier romana pueda casar con godo e la mugier goda pueda casar con omne romano... e que el omne libre puede casar con la mugier libre qual quier que sea convenible por consejo e por otorgamiento de sus parientes».
     «Esos años (586-601) fueron testigos también, por primera vez, de promulgación de leyes que vincularon a toda la población de España, tanto godos como romanos, aunque la total unificación del sistema legal no fue completada hasta más de medio siglo después. El reinado de Recaredo fue también testigo de la desaparición del modo de vestir godo, de sus formas artísticas y de su sustitución por las romanas», E. A. Thompson, Los Godos en España, Madrid, 1971, p. 356. Ed. original The Goths in Spain, Oxford University Press, 1969.
     Aunque las leyes unificadoras de la sociedad española fueron enmendadas y posiblemente perfeccionadas por reyes posteriores, fue Recesvinto el que promulgó el Fuero Juzgo. El texto anteriormente había sido estudiado y editado por autores españoles, lo que explica su manifiesta superioridad sobre sus contemporáneos, como lo han reconocido los autores modernos, como Ferdinand Lot, Les Invasions Germaniques, París, 1931, pp. 182-183. «De lo que podemos estar casi seguros es de que Braulio editó, tal como está, a petición de Recesvinto, el manuscrito del Forum Iudicum, antes de que fuera presentado al Concilio VIII de Toledo», C. H. Lynch, San Braulio, Obispo de Zaragoza (631-651), Su Vida y Sus Obras, C.S.I.C., 1950, pp. 158-172, en las que estudia la labor realizada por ese humanista como canonista.

     Por otra parte, desborda la cuestión el marco de la península. Es todo el problema de la expansión del Islam el que de nuevo ha de plantearse. Pues las mismas dificultades se presentan en Oriente como en Occidente, en Aquitania, en Irán, como a orillas del Indo. En esta jornada de la epopeya humana había que eliminar los mitos y las falsas tradiciones. Han sido descritos estos acontecimientos en contra de las normas mas elementales del sentido común. Los autores modernos que los han estudiado eran especialistas capaces de leer en el texto las viejas crónicas escritas en árabe clásico. Por tradición de escuela estaban más adiestrados en ejercicios literarios o filológicos que en los grandes complejos del pasado. Eran eruditos, no historiadores. En sus trabajos repitieron en un lenguaje moderno los relatos que destacaban los antiguos manuscritos. Fija a veces estaba su atención sobre hechos menores que en general solían tener un alcance local. Les infundían recelo las discusiones concernientes a la evolución general de las ideas, sobre todo de las religiosas. Y así, el mito cuajado a lo largo de la Edad Media ha sido repetido hasta el siglo XX. No era esto muy apropiado para alcanzar una cierta comprensión de la historia del Oriente cercano, ni para desentrañar las grandes encrucijadas de la Historia universal.–





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