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jueves, 31 de marzo de 2016

Jaume Farrerons - Los Ideales Fascistas



     En el ahora desactivado sitio Filosofía Crítica se publicaron con dos años de diferencia (Abril de 2010 y Mayo de 2012) los siguientes dos artículos que hemos unido en uno solo, siendo el segundo la continuación temática y discursiva del primero. En ellos el filósofo español señor Farrerons señala algunos aspectos que ayudan a despejar un abordamiento más en serio del fenómeno del fascismo, sujeto actualmente, y lamentablemente para la ciencia histórica y sociológica, a una campaña inmensa de propaganda izquierdista, precisamente auto-denominada, en estilo estalinista, como "anti-fascista", para la cual aquél es el epíteto que condensa las ideas y la obra de los regímenes que el comunismo, como consigna, demonizó.


LOS IDEALES FASCISTAS
por Jaume Farrerons



     "Yo amo a los que para hundirse en su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas sino que se ofrecen a la Tierra para que ésta pertenezca algún día al superhombre" (Nietzsche).


     ¿Cómo?: ¿Creyó el fascismo en unos ideales, en unos principios éticos, en unas normas morales y políticas por las que millones de hombres entregaron sus vidas? Esta afirmación puede parecer un escándalo y no tiene nada que ver con la cuestión teórica de si dichos ideales han de ser considerados, o no, válidos en sí mismos. Conviene subrayarlo: el sacrificio nunca convalida lógicamente aquello en lo que "cree" el individuo o el grupo. En cambio, sí acredita que dicha creencia es subjetivamente experimentada como válida, de forma sincera y comprometida (hasta sus últimas consecuencias en el caso de los fascistas), por quienes la reivindican. La validez lógica de los ideales debe poder fundamentarse en otro plano de la existencia, a saber, el de la práctica teórica. Que, como decimos, unos hombres hayan dado sus vidas por  una determinada ideología no la fundamenta, pero tampoco la refuta.


Idealismo y Materialismo como Motivos Subjetivos de la Revolución

     Nuestra intención en el presente artículo es doble. Por una parte, ver las cosas —algo poco habitual— desde la perspectiva ética de los fascistas. Por otra, analizar, de manera preliminar, hasta qué punto los ideales fascistas pudieron tener sentido y fundamento a despecho de las apariencias actuales, muy condicionadas por medio siglo de propaganda anti-fascista. A nuestro entender, el planteamiento fascista ostentaba, como poco, un sentido racional comunicable argumentalmente. Podemos compartir o no dicha postura, pero en cualquier caso parece dudoso sostener, como se pretende, que la misma fuera una mera locura.

     Véase, por ejemplo, en El Hombre Rebelde de Albert Camus, el capítulo dedicado a "El Terrorismo de Estado y el Terror Irracional" (Camus, A., El Hombre Rebelde, Buenos Aires, Losada, pp. 165-174). Por ejemplo, en la p. 166: "Mussolini y Hitler trataron, sin duda, de crear un Imperio y los ideólogos nacional-socialistas pensaron, explícitamente, en el Imperio mundial. Su diferencia con el movimiento revolucionario clásico consiste en que, siendo herederos del nihilismo, prefirieron divinizar lo irracional, y sólo ello, en vez de divinizar la razón". En conclusión, según Camus: "las revoluciones fascistas no merecen el título de revolución" (ibídem). Al contrario, nuestra idea es que la única revolución real es la fascista, pues sólo el fascismo subvierte los valores vigentes y lo hace en función de un planteamiento racional.

     Otro de los argumentos que se utiliza para diferenciar al comunismo del fascismo consiste en sostener que los ideales comunistas no se pueden confundir, por ejemplo, con las "repugnantes ideas" racistas de los nacionalsocialistas. El comunismo, se afirma, luchaba por una sociedad más justa, en la que ya no existieran opresores ni oprimidos, una sociedad igualitaria donde todos los hombres pudieran ser "felices", realizando al mismo tiempo sus "potencialidades" creativas. El fascismo, en cambio —se sostiene—, partía en dos a la Humanidad, elevaba a los ciudadanos de algunos pueblos a la categoría de seres superiores, elegidos para vivir en una especie de "sociedad perfecta", y degradaba a otros al rango de seres inferiores, destinados a la extinción.

     Los crímenes del fascismo, sean cuales fueren, serían así siempre más condenables que los del comunismo, porque éste, en el fondo, representaría supuestamente la desviación casi accidental de un ideal intrínsecamente correcto, asumible por cualquier "persona normal" en una sociedad democrática. Aquello que se cuestiona del comunismo no son, en suma, los ideales sino sólo los métodos (violentos). Un ejemplo claro de este tipo de falacia es el de ETA: los terroristas pueden reintegrarse cuando quieran a la sociedad liberal, siempre y cuando renuncien a seguir matando gente en nombre de su "bello ideario" marxista-leninista. Para el fascista, en cambio, las cosas son bien distintas: aunque no haya matado a nadie, aunque se limite, incluso, a reivindicar los derechos humanos, la etiqueta de "fascista" servirá para sentenciar su muerte civil.

     Cualesquiera que sean los métodos del fascismo, sus ideales resultarían inasumibles por nadie que esté en su sano juicio o se conciba a sí mismo simplemente como una "persona decente". O uno "cree" en la "alegría", en la "felicidad", en el "bienestar", etc., o ya es sospechoso de herejía humanista. ¿Quién sino un demonio negaría todo eso que constituye el sustento axiológico de la existencia humana, de la amistad, de "tomar un café en buena compañía", bla, bla, bla?.


Naturaleza Despiadada del Materialismo Comunista

     Sin embargo, las cosas no son tan sencillas, y vamos a demostrarlo. Basta echar una ojeada a la ideología del comunismo moderno, que es el marxismo, para darse cuenta de que éste también condena al dolor y a la muerte a una gran parte de la Humanidad, la cual, de forma necesaria, debe perecer según los teóricos comunistas para que "al final de la Historia" un grupo de privilegiados disfruten de todos los placeres concebibles en una sociedad plenamente materialista.

     Aquí se plantean dos cuestiones:

a) Las etapas históricas por las que, según el marxismo, la sociedad debe pasar de forma necesaria para culminar en el denominado "modo de producción comunista", es decir, en la realización de una utopía de carácter puramente material, hedonista y eudemonista (placer y felicidad como valores supremos); y

b) la exigencia ética de sacrificio y dolor que se impone a otras personas para que tal sociedad futura sin sacrificio ni dolor llegue a realizarse algún día.

     Por lo que respecta a la primera cuestión, quisiera recordar aquí un texto de Marx en el que critica un programa político de su tiempo por el hecho de condenar el trabajo infantil. Este revelador fragmento pone en evidencia el despiadado esquema de exterminio que subyace de forma ineluctable a los "bonitos" ideales comunistas. En efecto, Marx considera que el trabajo infantil es necesario para el desarrollo de la sociedad capitalista, cuya plena madurez constituye el requisito a los efectos de transitar hacia la siguiente etapa de la evolución histórica (el "progreso"), a saber, el socialismo y, finalmente, el comunismo.

     Marx se sorprende de que no lo hayan entendido algunos bondadosos humanistas de su época: el capitalismo, para Marx, debe existir, igual que era menester que existiera el "modo de producción esclavista" en la Antigüedad. Los esclavos que, liderados por Espartaco, se rebelaron contra Roma, estaban equivocados, porque su ideal era puramente romántico, representaba ese "buenismo" inconsecuente con el que se intenta justificar propagandísticamente el comunismo ante las masas pero que Marx, de forma brutal, rechaza y condena en sus textos teóricos más esotéricos:

     «"Prohibición del trabajo infantil". Aquí era absolutamente necesario señalar el límite de edad. La prohibición general del trabajo infantil es incompatible con la existencia de una gran industria y es, por tanto, un piadoso deseo, pero nada más. El poner en práctica esta prohibición —suponiendo que fuese factible— sería reaccionario» (K. Marx, "Crítica del Programa de Gotha", Madrid, 1968, p. 42. El texto original de Marx en alemán es del año 1875).

     Marx muestra su desprecio por el Derecho y las pautas de conducta éticas en otro texto donde eleva la anécdota anterior a categoría general de actuación revolucionaria ideológicamente sancionada:

     «Mostrar que era un crimen intentar, por un lado, imponer otra vez en nuestro Partido, como si se tratara de dogmas, ideas que en un período tuvieron algún significado pero que hoy son obsoleto desecho verbal, mientras, por otro lado, volvemos a pervertir la perspectiva realista, que tanto esfuerzo costó instilar en el Partido y que hoy ha encontrado en él su espacio, con el absurdo ideológico sobre derecho y otras basuras, tan comunes entre los demócratas y entre los socialistas franceses» (K. Marx, citado por Johathan Glover, "Humanidad e Inhumanidad. Una Historia Moral del siglo XX", Madrid, p. 351).

     Esta "perspectiva realista" a la que apela Marx es la que llevará a algunos socialistas, como Mussolini, a fundar el fascismo. Porque, en efecto, las contradicciones éticas en las que incurre el marxismo son flagrantes. Desde una posición materialista, no se le puede exigir a nadie que se sacrifique por el futuro de la Humanidad. La construcción del modo de producción comunista supone, en efecto, no sólo que una parte de esa misma Humanidad haya de ser explotada por los capitalistas, los señores feudales y los esclavistas, sino que, además, se le reclama al trabajador que adopte pautas de conducta heroicas, no materialistas, idealistas, a fin de ver realizado un modelo utópico que, por su parte, pondrá fin a todo idealismo, a todo heroísmo, etc., en beneficio del simple "bienestar" de las masas.


El Problema del Idealismo Revolucionario

     Los pensadores pre-fascistas y fascistas se preguntaban qué diferencia podía existir, en términos morales, entre ser explotado por un capitalista contemporáneo y ser instrumentalizado de facto por los futuros beneficiarios de la revolución, para los cuales quienes han muerto por ellos son meras cosas que les resultaron muy útiles y gracias a las cuales pudieron llegar a ser "felices". A los ojos de los fascistas resultaba claro que lo moralmente superior (= la pauta de conducta idealista) no podía estar al servicio de lo moralmente inferior (= la pauta de conducta materialista), y que el hombre heroico, el revolucionario de vocación, debía ser considerado, a efectos éticos y axiológicos, más valioso que el "último hombre" (Nietzsche) del modo de producción comunista. Los socialistas que han leído a Nietzsche después de Marx no pueden sino experimentar una auténtica repugnancia hacia las proclamas que, en nombre de la "felicidad del mayor número", de la justicia y hasta del "amor", incitan a la violencia política, al exterminio del adversario político y, en definitiva, a un baño de sangre que se legitima a base de una retórica kitsch sobre "bellos ideales" comunistas de paz universal.

      El fascismo, razonando y no entregándose, como pretende Camus, a lo irracional, invertirá los términos: el héroe no puede ser "utilizado" como un medio en provecho del hombre-masa, es decir, del afortunado parásito del final de la Historia. Antes bien, el revolucionario dispuesto a morir por sus ideales encarna, frente al "último hombre", un valor en sí mismo, porque representa la más alta expresión de la Humanidad hasta ahora conocida. Si el héroe se sacrifica por algo, será por un ser que lo trascienda en la escala ética, y esa figura no se corresponde ni con Dios (ideario de la Derecha) ni con el energúmeno consumista actual que Nietzsche calificara proféticamente de último hombre (ideario de la Izquierda), sino con el Übermensch. Esta palabra alemana se traduce habitualmente por "superhombre", pero en realidad hay que entender el Übermensch no como un vulgar "superman" sino como la figura mítica que encarna el salto evolutivo de la especie humana hacia otra figura histórico-colectiva del más alto rango ético. Una figura en que las potencialidades espirituales del hombre se hayan desarrollado al máximo.

     Son, por tanto, las contradicciones lógico-morales del socialismo marxista las que conducen al socialismo fascista. Se puede seguir todo el proceso, y con ello queda refutada la imputación de irracionalismo. Ahora bien, será necesario analizar en el interior del marxismo, con cierto detalle, dichas aporías y cortocircuitos intelectuales, para entender por qué Benito Mussolini, el dirigente socialista más importante de Italia, se decidió a fundar el fascismo. La aportación teórica del ideólogo pre-fascista Georges Sorel tendrá un carácter decisivo.


Los Ideales Fascistas (2)

     Respecto de los ideales fascistas convendría añadir a lo ya expuesto, que fueron unos auténticos ideales, capaces de entusiasmar a personas que no pueden ser calificadas precisamente de mediocres, como Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo. Sólo por ese motivo y las intrínsecas relaciones que se han probado entre el fascismo y el pensamiento heideggeriano, la afirmación de que no existen unos "ideales fascistas" o de que el movimiento fascista se redujo a puro oportunismo y abyecta reptancia del poder, puede ser cuestionada con fundamento, por mucho que semejante pretensión escandalice a los intelectuales progresistas.

     Quisiera reproducir aquí, con asombro, unas palabras del patriota francés y europeo Robert Brasillach (escritas en la cárcel y citadas por René Remond, "La Droite en France", París, 1968, II, p. 384):

     «Hemos creído durante largo tiempo que el fascismo era una especie de poesía, la poesía del siglo XXI (junto con el comunismo, no cabe duda). Yo mismo digo que no puede morir. Los pequeñines que mañana serán muchachos de veinte años se maravillarán al enterarse de la existencia de esta exaltación de millones de hombres, de los campos de juventud, de la gloria del pasado, de las paradas, de las catedrales de luz, de los héroes caídos en combate, de José Antonio, del vasto fascismo rojo... Jamás olvidaré el resplandor del fascismo de mi juventud».

     Nosotros no hemos conocido ese resplandor (pertenecemos al tiempo de la derrota total, de las "catacumbas" poetizadas por Locchi), pero cuesta creer que quien así se expresara —hasta morir por sus palabras— fuese sólo un oportunista, alguien que no vivió realmente esa experiencia de identificación comunitaria con la nación que encuéntrase a todas luces en las antípodas del cálculo individualista y del beneficio económico privado (la única verdad de estos nuestros miserables días). Cabría objetar que los políticos pseudo "nacionalistas" de ideología liberal se han aprovechado y se aprovechan de dicha identificación para encubrir con la bandera la impunidad de sus negocios corruptos; en semejante escenario, un dirigente cínico convierte a todos los patriotas en idiotas, pero si el líder es honesto (y no creo que háyase acusado nunca a Hitler de saquear el erario público), entonces el ideal resultará discutible, pero estaremos, en cualquier caso, ante un ideal...

     Sin duda, el "ideal fascista" devino en Alemania incongruente con el universalismo de la Humanidad, pero pretender que sólo esta creencia buenista —cuyas prácticas asesinas ya conocemos— constituye la exclusiva postura moral y política aceptable, nos conduciría, como ya ocurriera en el pasado, al criminal dogmatismo de la Cheka. El idealismo nacional-comunitario no liberal —el fascismo: una dictadura— no tiene por qué ser aceptado en primera instancia como el único necesariamente válido, ni goza en cuanto doctrina de ninguna especial exención ante la crítica, pero, mientras lo políticamente correcto no nos haya convertido a todos en gusanos, el fascismo será también, guste o no a la termitera felicitaria... un "ideal".

     Hasta aquí la cosa puede antojarse casi de sentido común, mas ha hecho falta mucho tiempo y esfuerzo para lograr que este punto elemental, básico, de principio... fuera reconocido como la mera obviedad que es por un mundo académico donde domina el más abominable sectarismo político anti-fascista.


El Caso de Emilio Gentile

     El fascismo, desde el punto de vista doctrinal, se gesta singularmente en Francia, no sólo en Alemania o Italia, y remite a autores de la Izquierda sindical como Georges Sorel (Sternhell, Z., El Nacimiento de la Ideología Fascista, Madrid, 1994). En realidad, el fascismo no es más que uno de los muchos nacional-socialismos surgidos entre finales del siglo XIX y principios del XX. No estaban destinados todos, necesariamente, al totalitarismo, al racismo y, mucho menos, al anti-judaísmo (recordemos el caso del judío Moses Hess, antecedente de todos ellos). Así, según el reputado historiador Emilio Gentile:

     «La búsqueda de una síntesis entre nacionalismo y socialismo fue una orientación del pensamiento político europeo —y no sólo francés— mucho antes de la Gran Guerra y del nacimiento del fascismo; y ésta fue ciertamente una de las vías a través de las cuales intelectuales y políticos de la extrema Izquierda revolucionaria, en los años de entreguerras, llegaron al fascismo. Pero es necesario puntualizar que la búsqueda de una síntesis entre socialismo y nacionalismo, como "ideología de la tercera vía" entre el capitalismo liberal y el colectivismo comunista, ni siempre ni en cualquier lugar dio a luz una ideología totalitaria de tipo fascista» (Gentile, E., Fascismo. Historia e Interpretación, Madrid, 2004, p. 289).

     Conviene añadir que ni siquiera el primer fascismo, es decir, el del programa del 13 de Mayo de 1919, parecía forzado a desembocar en el "totalitarismo" del Ventennio: nada en ese texto prefiguraba tal giro doctrinal siendo, sin embargo, como lo fue, un programa genuinamente fascista. La cuestión de si el fascismo debe definirse entonces por su ideología nacional-revolucionaria democrática original o por su posterior acomodación derechista y, por ende, autoritaria, al corrupto Estado italiano (Vaticano y aristocracia incluídos), no es cosa baladí. Gentile opta por definir el fascismo en términos de totalitarismo, pero también podría haber considerado, con todo derecho, ese "totalitarismo" como una desviación del ideario nacional-revolucionario democrático matriz:

     «Si el totalitarismo fue la esencia del fascismo no se puede de ninguna manera definir fascista, ni siquiera "proto-fascista", la síntesis sindical-nacionalista tentada por algunos intelectuales en Francia a principios del siglo XX, y tampoco se puede definir como fascista al sindicalismo nacional italiano. De hecho, si nos mantenemos en el plano de las ideas, entonces, se debe precisar que el sindicalismo nacional revolucionario creía en el mito de la emancipación de los trabajadores a través de la actuación de los trabajadores mismos, organizados en sindicatos libres de productores, y no anhelaba un régimen de trabajadores encuadrados y subordinados a una organización de partido único en nombre de la primacía política. El Estado nuevo del sindicalismo nacional revolucionario no era y no prefiguraba de ninguna manera un Estado totalitario, sino que era concebido como una sociedad libre de productores, ciudadanos de un Estado nacional republicano organizado en un federalismo de autonomías locales».

     A la inversa:

     Adoptando en la reconstrucción de los orígenes ideológicos del fascismo un concepto de "fascismo ideal-típico" desvinculado del "fascismo histórico", y reconstruyendo su genealogía con método exclusivamente teórico-intelectualista, otros países y otras épocas podrían ser señalados para situar el nacimiento de su ideología. Con el mismo método, por ejemplo, se podría legítimamente afirmar que la esencia del fascismo fue el racismo y el anti-judaísmo: en tal caso la paternidad del fascismo sería codiciada por Francia y Alemania, mientras se debería llegar a concluír que hasta 1938 el fascismo italiano no fue "fascista" o fue un "fascismo incompleto", porque hasta aquella época racismo y anti-judaísmo no fueron cimientos fundamentales de la ideología fascista.

     Con este método sería igualmente legítimo ver en el fascismo no un bisnieto de De Maistre sino un sobrino de Marx o un hermano del leninismo, y por tanto definir la ideología fascista como una "variación del comunismo", o incluso, invirtiendo la relación de descendencia, se puede llegar a considerar al castrismo y al maoísmo como variaciones del fascismo (Gentile, E., op. cit., p. 291).

     Ahora bien, la tesis de Gentile, que opone tajantemente "sindicalismo nacional revolucionario" y "totalitarismo" una vez que ha decidido que la esencia del fascismo redúcese al totalitarismo, no explica la naturaleza meramente autoritaria, pero nunca totalitaria, del régimen de Mussolini, un Estado que fuera "relativamente humano" (Tannenbaum) con sus opositores; ni su defensa de los judíos; de la misma manera que, como ya hemos visto, tampoco puede explicar el programa del 13 de Mayo de 1919. El hecho de atenerse metodológicamente a la "realidad política" del fascismo, y no a su mera aventura o genealogía doctrinal, le afecta en este caso de manera grave a Gentile, pues el término "totalitarismo" reivindicado por los fascistas constituye una pura ficción verbal que no se corresponde con la evidencia empírica del régimen fascista. Nada menos que Hannah Arendt, la mayor autoridad en materia de "totalitarismo", niega que el fascismo fuera totalitario:

     «Sin embargo, incluso Mussolini, que tan orgulloso se mostraba del término "Estado totalitario", no intentó establecer un completo régimen totalitario, y se contentó con una dictadura y un régimen unipartidista» (Arendt, H., Los Orígenes del Totalitarismo, t. 3, "Totalitarismo", Madrid, 1982, p. 425).

     Las razones de Arendt, que Gentile no parece tener en cuenta, resultan no obstante obvias y, una vez más, casi de sentido común:

     «Prueba de la naturaleza no totalitaria de la dictadura fascista es el número sorprendentemente pequeño y las sentencias relativamente suaves impuestas a los acusados de delitos políticos. Durante la etapa particularmente activa de 1926 a 1932, los Tribunales Especiales para Delitos Políticos impusieron siete penas de muerte, 257 sentencias de diez o más años de cárcel, 1.360 de menos de diez años, y sentenciaron a muchos más al exilio. Además, fueron detenidos y declarados inocentes unos 12.000, procedimiento completamente inconcebible bajo las condiciones del terror nacionalsocialista o bolchevique» (Nota 11 en Arendt, H., op. cit., ibídem).

     Por supuesto, Gentile conoce los argumentos de Arendt y se apresta a refutarlos, pero no sale muy airoso del lance:

     «El uso que del concepto de "totalitarismo" han hecho algunos politólogos e historiadores, limitando su aplicación al estalinismo y al nacionalsocialismo (...) ha hecho olvidar que el concepto de "totalitarismo" nació con el fascismo y del fascismo. El caso de Hannah Arendt demuestra que en los orígenes de la exclusión del fascismo de la categoría del totalitarismo hay sustancialmente una carencia de conocimiento de la realidad histórica del fascismo. En su libro sobre los orígenes del totalitarismo, publicado en 1951, afirmaba perentoriamente que hasta 1938 no fue totalitario sino solamente una dictadura nacionalista ordinaria surgida de la crisis de una democracia de partidos. Este juicio, posteriormente hecho propio por otros politólogos e historiadores del fascismo como Alberto Aquarone y Renzo de Felice, es todavía considerado una verdad indiscutible» (Gentile, E., op. cit., pp. 80-81).

     Aclaremos que para Arendt el régimen mussoliniano no fue nunca totalitario, ni siquiera a partir de 1938, como insinúa Gentile, y prueba de ello será la postura de las autoridades italianas ante la persecución nacionalsocialista de los judíos en 1942-1943. Gentile, además, omite abordar de frente la argumentación de Arendt, que se basa en unas cifras de represión cuyo volumen y características refutan de plano la idea de un totalitarismo fascista. Gentile, a pesar de ello, acusa a Arendt de ignorancia (¿serán ignorantes también De Felice, Aquarone, Tannenbaum y tantos otros?). Véase que ni duda en falsear las fuentes de Arendt, sosteniendo que proceden de la propaganda del propio régimen fascista:

     «En realidad, el juicio de Arendt sobre el fascismo se basaba en un escaso conocimiento de lo que el fascismo había sido, como demuestra la falta de datos históricos concretos en su reflexión sobre el fascismo y el totalitarismo fascista, en aquel tiempo ya disponibles, incluso en lengua inglesa, como, por ejemplo, los escritos de Luigi Sturzo. Las únicas fuentes sobre las que Arendt basaba tan comprometido juicio sobre la naturaleza no totalitaria de la dictadura fascista eran una publicación propagandística en lengua inglesa de un centenar de páginas, editada por la Confederación Fascista de los Industriales, un libreto con cuatro discursos de Mussolini sobre el Estado corporativo traducidos al inglés y una breve consideración que Franz Neumann dedicaba, en su igualmente estimable obra sobre el nacionalsocialismo, Behemoth, a la relación entre Estado y partido en el régimen fascista, formulando a su vez un juicio ¡basado únicamente en una afirmación mussoliniana!» (Gentile, E., op. cit., p. 81).

     Parece difícil de creer que una tesis presuntamente tan poco fundamentada como la de Arendt haya podido convertirse en "verdad indiscutible" hasta la actualidad. ¿Nadie la ha corregido? Desde luego, ganas no habrán faltado entre los intelectuales a sueldo de la oligarquía. Pero si observamos de cerca la argumentación de Gentile, salta a la vista que miente. Sostiene Gentile que Arendt no se basa en datos concretos, pero lo cierto es que Arendt cita las cifras de la represión fascista, y su fuente no son documentos del régimen sino la obra de E. Kohn-Bramstedt, publicada en Londres (1945), Dictatorships and Political Police: The Technique of Control by Fear, pp. 51 y ss. Nunca se han refutado esas cifras. Ahora bien —insistamos en ello—, con tales datos en la mano resulta imposible hablar de totalitarismo fascista.

     Gentile ha sido objeto de críticas que rozan el insulto, pero no por "defender" el fascismo, pues ya hemos visto que su tesis consiste en identificarlo con el totalitarismo, sino por pretender que el fascismo fue algo más que un mero oportunismo carente de ideología, promovido por personas y grupos sólo ansiosos de subirse a la poltrona. Existió, para Gentile, una ideología y unos "ideales" fascistas, entendiendo aquí "fascismo" en el sentido restringido del movimiento y régimen italianos, canónico empero para la determinación del concepto de un fascismo genérico. El propio Gentile denuncia la agresiva respuesta del mundo académico cuando, allá por los años '50 del siglo pasado, hablar de "ideales fascistas" desembocaba poco menos que en una condena segura al ostracismo profesional:

     «Un acusador concluía su recensión con un no demasiado velado llamamiento censorio respecto al editor del libro, preguntándose "por qué ciertas editoriales consienten a esta historiografía producir no leves sombras sobre su blasón anti-fascista" (G. Santomassimo, "L'Ideologia del Fascismo", en L'Unità, 16 de Octubre de 1975), mientras otro acusaba al libro de ser fruto de una "historiografía que, a través de la filología partidista y el empirismo objetivístico, acaba sustancialmente en la rehabilitación del fascismo" (G. Quazza, Antifascismo e Fascismo nel Nodo delle Origini, cit., pp. 63-66)» (Gentile, E., op. cit., p. 283, n. 5).

     Cuando la simple objetividad inspira tanto temor, y se confunde nada menos que con la supuesta "rehabilitación del fascismo" (¡en Gentile!), es que se ha debido de falsear mucho la Historia. Hácense desvergonzadas apelaciones a la censura, reclámase, abiertamente, la no-objetividad científica: el programa de Monod de una ética del conocimiento topa aquí, por tanto, con el obstáculo del "anti-fascismo", la fórmula política de la "ideología animista". Más recientemente, R. Bosworth, que se ha inventado, literalmente, la existencia de un millón de víctimas del fascismo italiano, habría seguido el mismo camino a la hora de producir una "ciencia" social obediente a los dictados de la ideología animista del progreso:

     «Casi veinte años después se repite el mismo tipo de acusaciones en el volumen de R. Bosworth, Italian Dictatorship. Problems and Perspectives in the Interpretation of Mussolini and Fascism, Londres, 1998. La inconsistencia de las confutaciones propuestas en este libro se demuestra en el hecho de que se sustentan en una presentación caricaturesca, hasta la falsificación, de las ideas que expongo, distorsionándolas como ocurre con las imágenes que reflejan los espejos deformantes, usando omisiones, extrapolaciones arbitrarias de citas, falsificaciones de argumentos, todo acompañado de insinuaciones que buscan denigrar a la persona del estudioso, presentándolo, con argumentos de pura invención chismosa, como un historiador cuyo trabajo, a pesar de su influencia en Italia y en el extranjero, carecería de credibilidad porque toma el fascismo en serio, siendo "casi automáticamente anti-antifascista" (p. 22), inspirador de una "ortodoxia anti-antifascista" (p. 29) que utiliza la Historia para simulados intereses políticos conservadores (p. 237)» (Gentile, E., ibídem).

     Éste es el lamentable estado en el que se encuentra el debate académico sobre el fascismo, que impide la aplicación a la historiografía de una ética del conocimiento, y ello en nombre de argumentos impúdicamente ideológicos. El propio Gentile incurre, con Arendt, en aquello que critica a Bosworth: lo hace, empero, para protegerse del ataque que le imputa cuestionar el dogma anti-fascista y, en suma, a efectos de descargarse de la estigmatizante acusación de "fascista".

     Con este fin, Gentile identificará fascismo (italiano) con totalitarismo a sabiendas de que la cosa no se sostiene: ¡peaje que tiene que pagar para poder estudiar la ideología fascista como tal sin que le escupan en la cara los sacerdotes del dogma oligárquico! Desde luego, se cuidará muy bien Gentile de caracterizar la esencia del fascismo a partir del programa del 13 de Mayo de 1919, es decir, la formulación política de un "socialismo nacional" que entraña el cuestionamiento de la ideología animista denunciada por Jacques Monod: dicho enfoque mostraría, en una palabra, la evidencia de la ruptura fascista —e izquierdista nacional— con la concepción escatológica del progreso heredada del judeo-cristianismo.

     El "socialismo nacional", si se quiere, es anterior al fascismo. La importante presencia de autores judíos (Marx, Bergson) en la inspiración doctrinal de estos proyectos nacional-revolucionarios donde lo social y lo patriótico confluyen sin renunciar, en algunos casos, al marco democrático, antes bien, potenciándolo en la dirección del asambleísmo, es otro de los muchos datos incongruentes dentro del esquema interpretativo anti-fascista. También omite la dogmática pseudo-académica, en general, la presencia desproporcionada de judíos en los inicios del movimiento fascista:

     «Hasta 1938 la mayor parte de los fascistas no tenía un concepto de raza y ridiculizaba el racismo nacionalsocialista. Su doctrina del nacionalismo era cultural-ambiental, no racial-ambiental, y no incluía el anti-judaísmo; de hecho, los judíos italianos estaban proporcionalmente sobrerrepresentados en el Partido Fascista» (Payne, S., El Fascismo, Madrid, 1984, p. 35 de la versión online; véase también Michael A. Ledeen, Universal Fascism, Nueva York, 1972).

     Por no hablar de la, ya citada, defensa práctica de los judíos que, pese a las presiones diplomáticas del Tercer Reich, desplegarán las autoridades italianas en nombre de unos "principios elementales de humanidad" que le parten de un golpe el espinazo a la asimilación fascismo = Auschwitz sostenida, por ejemplo, por un Ferran Gallego (Cfr. "Pensar Después de Auschwitz", Barcelona, 2004). Robert O. Paxton aporta la prueba:

     «Quedaba todavía un asilo inesperado. La Italia de Mussolini, que siempre se había limitado a imitar con indiferencia los decretos de Nüremberg de 1938, asumió la defensa activa  de los refugiados judíos en la zona italiana de ocupación (...) Cuando las deportaciones desde la zona del litoral aumentaron a principios de 1943, las autoridades italianas de ocupación las impidieron al Este del Ródano, y advirtieron al gobierno francés que si bien él podía hacer lo que se le antojara con los judíos franceses, los judíos extranjeros en la zona ocupada por Italia eran incumbencia exclusiva de las autoridades italianas. En Marzo, éstas intervinieron para impedir que los prefectos franceses de Valence, Chambéry y Annecy detuviesen a judíos extranjeros en esa región. En Junio de 1943 el prefecto de la policía italiana, Lospinosa, evitó la detención por parte de los franceses de 7.000 judíos extranjeros en Mégève. El hecho de que un jefe fascista de la policía italiana tuviese que indicar a Antignac, el hombre de confianza de Darquier de Pellepoix en el Comisariado General de Asuntos Judíos, que Italia "respetaba los principios elementales de humanidad", permite hacerse una idea del anti-judaísmo de Vichy» (Paxton, Robert. O., La Francia de Vichy, op. cit., pp. 161-162).

     ¿Puede el trato "relativamente humano" dado a los opositores políticos y el "respeto a los principios elementales de humanidad" abonar un anti-fascismo que convierte a los fascistas en criminales de forma automática por una cuestión de simple adscripción ideológica? Recordemos pues, en fin, pues no otro es nuestro deber a pesar de lo mucho que nos perjudican políticamente las presentes reflexiones, aquello que se ha decidido, una vez más, olvidar y ocultar a los ciudadanos para prolongar indefinidamente la cloroformización política que comienza en 1945 (Courtois, Libro Negro del Comunismo, edición de 1998, Barcelona, p. 28):

     «Entre los años '20 y '40 el comunismo estigmatizó violentamente el terror practicado por los regímenes fascistas. Un examen rápido de las cifras muestra, también en este caso, que las cosas no son tan sencillas. El fascismo italiano, el primero en actuar y que abiertamente se reivindicó como "totalitarismo", ciertamente encarceló y a menudo maltrató a sus adversarios políticos. Sin embargo, rara vez llegó al asesinato».

     Los hechos son testarudos (Courtois, p. 29):

     «Los hechos son testarudos y ponen de manifiesto que los regímenes comunistas cometieron crímenes que afectaron a unos cien millones de personas, contra unos 25 millones de personas aproximadamente del nacionalsocialismo».

     Y Ágnes Heller (discípula del filósofo marxista Lukács):

     «El fascismo italiano fue una dictadura brutal en el interior del país, y más aun fuera de él (en Abisinia y en África en general, en Albania, en Grecia, en Yugoslavia), pero nunca fue un régimen genocida» (Heller, Á., Anatomía de la Izquierda Occidental, Barcelona, 1985, p. 22, n. 6).

     Dicho esto, no podemos llegar aquí, ni lo pretendemos, a ninguna conclusión con respecto al fascismo; mucho menos justificarlo. Pero si la verdad ha de ocupar un lugar central, como valor de un paradigma resistencial, en ese compromiso que para Monod constituye la ética del conocimiento y para Solzhenitsyn la clave de la actitud cívica democrática, entonces el anti-fascismo se erige en obstáculo tanto para la ciencia como para la libertad.

     ¿Qué es el fascismo? No lo sabemos ni lo podremos saber hasta que un acontecimiento histórico permita liberar las ciencias humanas y sociales del yugo político que las oprime. En cambio, sí sabemos, con toda certeza, que el anti-fascismo condensa en unos pocos símbolos la ideología oficial de la oligarquía y que, por tanto, los intentos de reconducir la revuelta ciudadana actual a una ortodoxia anti-fascista "políticamente correcta", mientras se exonera al comunismo y se entierran los crímenes de las "democracias liberales", no son actos inocentes, sino trampas intelectuales propias de auténticos impostores:

     «La historia del fascismo es una historia extraña y singular. Noventa años después de su aparición en la Historia y tras más de medio siglo de su caída como protagonista de la actualidad política, el fascismo aún parece ser un objeto misterioso y huidizo del intento de una clara y racional definición histórica a pesar de las decenas de miles de libros, artículos y debates dedicados a este movimiento político del siglo XX» (Gentile, E., op. cit., p. 15).

     La política "democrática" (¿?) de lavado de cerebro colectivo y el anti-fascismo policial tienen mucho que ver con esta escandalosa situación, prueba palpable de la represión ideológica que rige en las sociedades supuestamente libres de Occidente. Es en nombre de la verdad y de la libertad, y no de una defensa o legitimación del fascismo, que dicha manipulación ha de ser combatida. El sistema oligárquico está haciendo todo lo posible para impedir que el dogma anti-fascista, la ortodoxia doctrinal sionista, se vea afectada por la crisis económica, política y moral que en la actualidad sacude a Occidente hasta sus cimientos. La posibilidad de un "retorno" de los ideales fascistas bajo otro rótulo, aunque remota, parece hoy mucho más viva que en 1945. ¿Por qué?.–






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