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lunes, 28 de marzo de 2016

Giorgio Locchi - La Historia, el Mito y la Comunidad



    Del conjunto de escritos del influyente ensayista y periodista italiano Giorgio Locchi (1923-1992) titulado La Esencia del Fascismo (L'Essenza del Fascismo, 1981), presentamos aquí dos breves pero sustanciosos ensayos, El Sentido de la Historia y Mito y Comunidad, que analizan, desde una perspectiva europea, una lucha que el autor identifica que se da entre el igualitarismo (cristiano y marxista) por un lado, con su visión lineal de la Historia, y el suprahumanismo (nietzscheano) por otro, para el cual el Devenir sería más bien circular y de ninguna manera progresivo.


El Sentido de la Historia
por Giorgio Locchi



     Muchos se preguntan hoy por el sentido de la Historia, es decir, por el fin y por el significado de los fenómenos históricos. El objeto de este artículo es el examen de las respuestas que nuestra época da a esta doble cuestión, tratando de reconducirlas, pese a su aparente multitud, a dos tipos fundamentales, rigurosamente antagónicos y contradictorios.

     Pero, ante todo, es necesario arrojar luz sobre el significado que damos al término "Historia". Esta puntualización de vocabulario tiene su importancia. Hablamos a veces de Historia Natural, de historia del cosmos, de historia de la vida. Se trata, ciertamente, de imágenes analógicas. Pero toda analogía, en el momento en que subraya poéticamente una semejanza, implica también lógicamente una diversidad fundamental.

     El universo macrofísico, en realidad, no tiene Historia: como nosotros lo percibimos, como podemos representárnoslo, no hace más que cambiar de configuración a través del tiempo. Tampoco la vida tiene Historia: su devenir consiste en una evolución: evoluciona. Se comprende, por tanto, que la Historia es el modo de devenir del hombre (y sólo del hombre) en cuanto tal: sólo el hombre deviene históricamente. Por consiguiente, plantearse la cuestión de si la Historia tiene un sentido, es decir un significado y un fin, equivale en el fondo a preguntarse si el hombre, que es en la Historia y que (voluntariamente o no) hace la Historia, tiene él mismo un sentido, si su participación en la Historia es o no una actitud racional.


Tres Periodos Sucesivos

     Por todas partes, hoy, la Historia está bajo acusación. Se trata, como veremos, de un fenómeno antiguo. Pero hoy la acusación se hace más vehemente, más explícita que nunca. Es una condena total y sin apelación la que se nos pide que pronunciemos. La Historia, se nos dice, es la consecuencia de la alienación de la Humanidad. Se invoca, se propone, se proyecta el fin de la Historia. Se predica el retorno a una especie de estado de naturaleza enriquecido, la interrupción del crecimiento, el fin de las tensiones, el retorno al equilibrio tranquilo y sereno, a la felicidad modesta, pero asegurada, que sería la de toda especie viviente. Nos vienen inmediatamente a la memoria los nombres de algunos de estos teóricos, como los de Herbert Marcuse y Claude Lèvi-Strauss, cuyas doctrinas son bien conocidas.

     La idea de un fin de la Historia puede parecer una de las más modernas. En realidad, no lo es en absoluto. En efecto, basta con examinar las cosas con mayor atención para darse cuenta de que esta idea no es más que el punto en que lógicamente desemboca una corriente de pensamiento que tiene una antigüedad de, al menos, dos mil años y que, desde hace dos mil años, domina y conforma lo que llamamos civilización occidental. Esta corriente de pensamiento es la del pensamiento igualitario. Expresa una voluntad igualitaria, que fue instintiva y casi ciega en sus inicios, pero que, en nuestra época, se ha convertido en algo perfectamente consciente de sus aspiraciones y de su objetivo final. Ahora, este objetivo final del proyecto igualitario es precisamente el fin de la Historia, la salida de la Historia.

     El pensamiento igualitario ha atravesado en el curso de los siglos tres periodos sucesivos. En el primero, que corresponde al nacimiento y al desarrollo del cristianismo, se ha constituído en forma de mito. Este término no sobrentiende nada negativo. Llamamos "mito" a todo discurso que, desarrollándose a partir de sí mismo, crea, al mismo tiempo, su lenguaje, dando así a las palabras un sentido nuevo, y apela, recurriendo a símbolos, a la imaginación de aquellos a quienes se dirige. Los elementos estructurales de un mito se llaman mitemas. Constituyen una unidad de contrarios, pero estos contrarios, no habiéndose separado todavía, permanecen ocultos, por así decirlo, invisibles. En el proceso de desarrollo histórico, la unidad de estos mitemas explota, dando, por tanto, nacimiento a ideologías enfrentadas. Ha sucedido así con el cristianismo, cuyos mitemas han acabado generando las Iglesias, luego las teologías y, finalmente, las ideologías enfrentadas (como la de la Revolución estadounidense y la de la Revolución francesa).

     El abrirse y la difusión de estas ideologías corresponde al segundo periodo del igualitarismo. En relación con el mito, las ideologías proclaman ya unos principios de acción, pero todavía no extraen de ellos las consecuencias, lo que hace que así su práctica sea hipócrita, escéptica e ingenuamente optimista.

    Se llega, de esta forma, al tercer período, en el cual las ideas contradictorias generadas por los mitemas originales se resuelven en una unidad, que es la del concepto sintético. El pensamiento igualitario, animado ya por una voluntad que ha llegado a ser plenamente consciente, se expresa en una forma que se decreta científica. Pretende ser una ciencia. En el desarrollo que nos interesa, este estadio corresponde a la aparición del marxismo y de sus derivados (cf. en particular, la doctrina de los Derechos del Hombre).

     El mito, las ideologías, la pretendida ciencia igualitaria expresan, por así decirlo, los niveles sucesivos de conciencia de una misma voluntad; fruto de una misma mentalidad, presentan siempre la misma estructura fundamental. Lo mismo sucede, naturalmente, con las concepciones de la Historia que derivan de ella, y que no difieren entre sí más que por la forma y por el lenguaje utilizado en el discurso. Sea cual sea su forma histórica, la visión igualitaria de la Historia es una visión escatológica, que atribuye a la Historia un valor negativo y no le reconoce ningún sentido más que en la medida en que el movimiento histórico tiende, con su propio movimiento, a su negación y a su fin.


Restitución de un Momento Dado

     Si se examina la Antigüedad pagana, se observa cómo ésta ha oscilado entre dos visiones de la Historia, de la que una no era más que la antítesis con respecto a la otra: ambas concebían el devenir histórico como una sucesión de instantes en la cual todo instante presente delimita siempre, por un lado el pasado, por el otro el porvenir. La primera de estas versiones propone una imagen cíclica del devenir histórico. Implica la repetición eterna de instantes, de hechos y de periodos dados. Es lo que expresa la fórmula nihil novum sub sole. La segunda, que, por lo demás, acabará resolviéndose en la primera, propone la imagen de una línea recta que tiene un inicio, pero no un fin, no por lo menos un fin imaginable y previsible.

     El cristianismo, en cierta medida, ha llevado a cabo una síntesis de estas dos visiones antiguas de la Historia, sustituyéndolas con una concepción que se ha definido como lineal, y que es, en realidad, segmentaria. En esta visión la Historia tiene un inicio, pero también tiene que tener un fin. No es más que un episodio, un accidente en el ser de la Humanidad. El verdadero ser del hombre es exterior a la Historia. Y el fin de la Historia se considera que nos devuelve, sublimándolo, lo que se encontraba en el principio. Como en la visión cíclica, hay, por tanto, en la visión fragmentaria una conclusión por la restitución de un momento dado, pero al contrario de lo que sucede en el ciclo, ese momento se sitúa ya fuera de la Historia, fuera del devenir histórico; apenas restituído se congelará en una inmutable eternidad; el momento histórico, al haberse cumplido, ya no se reproducirá más. Asimismo, como en la visión segmentaria, hay un inicio de la Historia, pero a ese inicio se añade un fin, de modo que la verdadera eternidad humana no es la del devenir sino la del ser.

     Este episodio que es la Historia se percibe, desde la perspectiva cristiana, como una verdadera maldición. La Historia deriva de una condena del hombre por parte de Dios, condena a la infelicidad, al trabajo, al sudor y a la sangre, que sanciona una culpa cometida por el hombre. La Humanidad, que vivía en la feliz inocencia del jardín de Edén, ha sido condenada a la Historia porque Adán, su antepasado, ha transgredido el mandamiento divino, ha probado el fruto del Árbol de la Ciencia, y ha querido ser similar a Dios. Esta culpa de Adán, en cuanto pecado original, pesa sobre todo individuo que viene al mundo. Es inexplicable por definición, ya que el ofendido es Dios mismo. Pero Dios, en su infinita bondad, acepta hacerse cargo él mismo de la expiación. El sacrificio del Hijo de Dios introduce en el devenir histórico el advenimiento esencial de la Redención. Sin duda, ésta sólo concierne a los individuos tocados por la Gracia, pero hace ya posible el lento camino hacia el fin de la Historia, para el cual la comunidad de los santos deberá preparar a la Humanidad. Al final, llegará un día en que las fuerzas del Bien y del Mal se enfrentarán en una última batalla, que desembocará en un Juicio Final y, por tanto, en la instauración de un Reino de los Cielos que tiene su correspondencia dialéctica en el abismo del Infierno.

     El Edén antes del inicio de la Historia, el pecado original; la expulsión del jardín del Edén; la travesía por este valle de lágrimas que es el mundo, lugar del devenir histórico; la Redención; la comunidad de los santos, la batalla apocalíptica y el Juicio Final; el fin de la Historia y la instauración de un Reino de los cielos: tales son los mitemas que estructuran la visión mítica de la Historia propuesta por el cristianismo, visión en la que el devenir histórico del hombre tiene un valor puramente negativo y el sentido de una expiación.


La Visión Marxista

     Los mismos mitemas se encuentran idénticamente pero con una forma laicizada y pretendidamente científica en la visión marxista de la Historia. Empleando el término "marxista" no tenemos la intención de participar en el debate, muy de moda hoy, sobre lo que sería el "verdadero pensamiento" de Marx. En el curso de su existencia Karl Marx ha pensado cosas muy diferentes, y se podría discutir largo y tendido para saber cuál es el verdadero Marx. Nos referimos, por tanto, al marxismo recibido que ha sido durante mucho tiempo, y que, en resumidas cuentas, sigue siendo hasta ahora la doctrina de los Partidos comunistas y de los Estados que se reconocen en la interpretación leninista.

     En esa doctrina la Historia es presentada como el resultado de una lucha de clases, es decir, de una lucha entre grupos humanos que se definen por sus respectivas condiciones económicas; el jardín de Edén de la Prehistoria se encuentra en esta versión en el comunismo primitivo practicado por una Humanidad todavía inmersa en el estado de Naturaleza y puramente predadora. Mientras en Edén el hombre padecía las constricciones resultantes de los mandamientos de Dios, las sociedades comunistas prehistóricas vivían bajo la presión de la miseria. Esa presión ha llevado a la invención de los medios de producción agrícola, pero esa invención se ha revelado también como una maldición. Implica, en efecto, no sólo la explotación de la Naturaleza por parte del hombre, sino también la división del trabajo, la explotación del hombre por el hombre y, por consiguiente, la alienación de todo hombre respecto a sí mismo. La lucha de clases es la consecuencia implícita de esta explotación del hombre por el hombre. Su resultado es la Historia.

     Como se ve, son las condiciones económicas las que determinan para los marxistas los comportamientos humanos. Por concatenación lógica, estos últimos conducen a la creación de sistemas de producción siempre nuevos, que causan a su vez condiciones económicas nuevas, y, sobre todo, una miseria cada vez mayor de los explotados. Sin embargo, también ahí interviene una Redención. Con el advenimiento del sistema capitalista, la miseria de los explotados alcanza, en efecto, su culminación: llega a ser insoportable. Los proletarios toman entonces conciencia de su condición, y esa toma de conciencia redentora tiene por efecto la organización de los Partidos comunistas, exactamente como la redención de Jesús había llevado a la fundación de una comunidad de santos.

     Los Partidos comunistas emprenderán una lucha apocalíptica contra los explotadores. Ésta podrá ser difícil, pero será necesariamente victoriosa (es el sentido de la Historia). Llevará a la abolición de las clases, pondrá fin a la alienación del hombre, permitirá la instauración de una sociedad comunista inmutable y sin clases. Y así como la Historia es el resultado de la lucha de clases, evidentemente ya no habrá Historia. El comunismo prehistórico será restituído, como el jardín de Edén del Reino de los Cielos, pero de modo sublimado: mientras la sociedad comunista primitiva estaba afligida por la miseria material, la sociedad comunista post-histórica se beneficiará de una satisfacción perfectamente equilibrada de sus necesidades.

     Así, en la visión marxista, la Historia asumirá igualmente un valor negativo. Nacida de la alienación original del hombre, no tiene sentido más que en la medida en que, aumentando incesantemente la miseria de los explotados, contribuye, por fin, a crear las condiciones en las cuales esa miseria desaparecerá, y trabaja de algún modo para su propio fin.


Una Determinación de la Historia

     Estas dos visiones igualitarias de la Historia, la visión religiosa cristiana y la visión laica marxista, ambas segmentarias, ambas escatológicas, implican lógicamente, la una y la otra, una determinación de la Historia que no es obra del hombre, sino de algo que lo transciende. El cristianismo y el marxismo no se esfuerzan ni siquiera en negarlo. El cristianismo atribuye al hombre un libre albedrío que le permite afirmar que Adán, al haber elegido libremente pecar, es el único responsable de su culpa, es decir, de su imperfección. Es, por tanto, Dios el que ha hecho (y, así, el que ha querido) que Adán sea imperfecto.

     Por su parte, los marxistas afirman a veces que es el hombre el que hace la Historia, o, más exactamente, los hombres en tanto que pertenecientes a una clase social. De lo que resulta, sin embargo, que las clases sociales están determinadas y definidas por las condiciones económicas. Resulta, también, que es la miseria original la que ha obligado a los hombres a entrar en la sanguinaria concatenación de la lucha de clases. El hombre no es, por tanto, activado más que por su condición económica. Es el hazmerreír de una situación que tiene su origen en la Naturaleza misma en tanto que juego de fuerzas materiales.

     De esto resulta que cuando el hombre juega un papel en las visiones igualitarias de la Historia, es un papel de una obra que no ha escrito, que no podrá haber escrito; y esta obra es una farsa trágica, vergonzosa y dolorosa. La dignidad, como la verdad auténtica del hombre, se sitúa fuera de la Historia, antes y después de la Historia.

     Por otra parte, toda cosa posee en sí su propia antítesis relativa. La visión escatológica de la Historia posee también su antítesis relativa, igualitaria también ésta, que es la teoría del progreso indefinido. En esta teoría el movimiento histórico es representado como tendiente de forma constante hacia un punto cero que no se alcanza nunca. Este progreso puede ir en el sentido de uno cada vez mejor, excluyendo, no obstante, la idea de un bien perfecto y absoluto: es un poco la visión ingenua de la ideología estadounidense, ligada al american way of life, y es también la de cierto marxismo desengañado. Puede ir también en el sentido de uno cada vez peor, sin que la medida del mal alcance nunca su culminación: es un poco la visión pesimista de Freud, que no veía cómo esta infelicidad que es la civilización podría cesar de reproducirse algún día (hay que observar, por otra parte, que esta visión pesimista del freudismo está actualmente en fase de ser reabsorbida, sobre todo, por parte de Marcuse y de los freudo-marxistas, en la tesis escatológica del marxismo, después de haber desempeñado la función que siempre ha desempeñado toda antítesis desde la invención del Diablo, es decir: una función instrumental).


Animar Otra Voluntad

     Como todo el mundo sabe, es a Friedrich Nietzsche a quien se remonta la reducción del cristianismo, de la ideología democrática y del consumismo, al común denominador del igualitarismo. Pero es también a Nietzsche a quien se remonta el segundo tipo de visión de la Historia, que, en la época actual, se opone (subterráneamente a veces, pero con mucha más tenacidad) a la visión escatológica y segmentaria del igualitarismo. Nietzsche, en efecto, no sólo ha querido analizar, sino también combatir el igualitarismo. Ha querido inspirar, suscitar un proyecto opuesto al proyecto igualitario, animar otra voluntad, alentar un juicio de valor diametralmente distinto. Por este motivo su obra presenta dos aspectos, ambos complementarios. El primer aspecto es propiamente crítico; se podría decir incluso científico. Su objetivo es arrojar luz sobre la relatividad de todo juicio de valor, de toda moral e, incluso, de toda verdad pretendidamente absoluta. De tal manera evidencia la relatividad de los principios absolutos proclamados por el igualitarismo. Pero junto a este aspecto crítico, existe otro, que podríamos definir poético, ya que esta palabra deriva del griego poiein, que significa hacer, crear. Con este trabajo poético, Nietzsche se esfuerza por dar vida a un nuevo tipo de hombre, ligado a nuevos valores y que extrae sus principios de acción de una ética que no es la del Bien y del Mal, sino una ética que es legítimo definir como sobrehumanista.

     Para dar una imagen de lo que podría ser una sociedad humana fundada sobre los valores que propone, Nietzsche ha recurrido casi siempre al ejemplo de la sociedad griega arcaica, a la más antigua sociedad romana, y también a las sociedades ancestrales de la Antigüedad indoeuropea, aristocrática y conquistadora. Eso lo sabe casi todo el mundo. Por contra, no se presta la suficiente atención al hecho de que Nietzsche, al mismo tiempo, advierte contra la ilusión que consiste en creer que sería posible "hacer volver a los griegos", es decir, resucitar el mundo antiguo pre-cristiano. Ahora, este detalle es de una importancia extrema, porque nos ofrece una clave necesaria para comprender mejor la visión nietzscheana de la Historia. Nietzsche ha ocultado voluntariamente, codificado, se podría decir, el sistema organizador de su pensamiento. Lo ha hecho, como dice expresamente, en conformidad con cierto sentimiento aristocrático: tiene la intención de vetar a los inoportunos el acceso a su casa. Es la razón por la que se contenta con entregarnos todos los elementos de su concepción de la Historia sin revelarnos nunca cómo hay que combinarlos.

     Además, el lenguaje adoptado por Friedrich Nietzsche es el lenguaje del mito, lo que no hace más que añadir dificultades de interpretación. La tesis aquí expuesta no es, por tanto, nada más que una posible interpretación del mito nietzscheano de la Historia; pero se trata de una interpretación que tiene su peso histórico, ya que ha inspirado todo un movimiento metapolítico de poderosas prolongaciones, a veces, definido como Revolución Conservadora, y que es también la interpretación de aquellos que, reconociéndose en Nietzsche, se adhieren más íntimamente a sus declaradas intenciones anti-igualitarias.

     Los elementos, los mitemas que se vinculan a la visión nietzscheana de la Historia son principalmente tres: el mitema del Último Hombre, el del advenimiento del Superhombre y, finalmente, el del Eterno Retorno de lo Idéntico.


El Eterno Retorno

     A los ojos de Nietzsche, el Último Hombre representa el mayor peligro para la Humanidad. Este último hombre pertenece a la inextinguible raza de los piojos. Aspira a una pequeña felicidad que sería igual para todos. Quiere el fin de la Historia porque la Historia es generadora de acontecimientos, es decir, de conflictos y de tensiones que amenazan esa pequeña felicidad. Se burla de Zaratustra, quien predica el advenimiento del Superhombre. Para Nietzsche, en efecto, el hombre no es más que un puente entre el mono y el Superhombre, lo que significa que el hombre y la Historia no tienen sentido más que en la medida en que tienden a una superación y, para hacer eso, no dudan en aceptar su desaparición. El Superhombre corresponde a un fin, a un fin dado en cada momento y que quizás es imposible alcanzar; mejor, un fin que, en el instante mismo en que se alcanza, se vuelve a proponer un nuevo horizonte. En tal perspectiva, la Historia se presenta, por tanto, como una perpetua superación del hombre por parte del hombre.

     Sin embargo, en la visión de Nietzsche, hay un último elemento que parece, a primera vista, contradictorio con respecto al mitema del Superhombre: el del Eterno Retorno. Nietzsche afirma, en efecto, que el Eterno Retorno de lo Idéntico domina el devenir histórico, lo que, a primera vista, parece indicar que nada nuevo puede producirse, y que toda superación queda excluída. El hecho es, por lo demás, que este tema del Eterno Retorno ha sido a menudo interpretado en el sentido de una concepción cíclica de la Historia, concepción que recuerda mucho la de la Antigüedad pagana. Se trata, desde nuestro punto de vista, de un serio error contra el que el propio Nietzsche nos puso en guardia. Cuando, bajo el Pórtico que lleva el nombre de Instante, Zaratustra interroga al Espíritu de la Pesadez sobre el significado de dos caminos eternos que, viniendo de direcciones opuestas, se reúnen en aquel punto preciso, el Espíritu de la Pesadez responde: Todo lo recto miente, la verdad es curva, también el tiempo es un círculo. Entonces, Zaratustra replica con violencia: Espíritu de la Pesadez, no tomes tan a la ligera la cosa.

     En la visión nietzscheana de la Historia, contrariamente al caso de la Antigüedad pagana, los instantes no son vistos, por tanto, como puntos que se suceden sobre una línea, sea ésta recta o circular. Para comprender sobre qué se apoya la concepción nietzscheana del tiempo histórico, más bien, hay que poner ésta en paralelo con la concepción relativista del universo físico tetradimensional. Como se sabe, el universo einsteniano no puede ser representado sensiblemente, ya que nuestra sensibilidad, siendo de orden biológico, no puede tener más que representaciones tridimensionales. Al mismo tiempo, en el universo histórico nietzscheano el devenir del hombre se concibe como un conjunto de momentos de los que cada uno forma una esfera en el interior de una hiperesfera tetradimensional, en que cada momento puede, por consiguiente, ocupar el centro con respecto a los otros.

     Desde esta perspectiva, la actualidad de todo momento no se llama ya "presente". Al contrario, presente, pasado y porvenir coexisten en todo momento: son las tres dimensiones de todo momento histórico. ¿Acaso no cantan los animales de Zaratustra a su Maestro: "En cada instante comienza el ser; en torno a todo aquí gira la esfera allá. El centro está en todas partes. Curvo es el sendero de la eternidad"?.


La Elección que Se Ofrece a Nuestra Época

     Todo esto puede parecer complicado. Para ayudarnos, acudamos a algunas imágenes. El pasado, para Nietzsche, no corresponde en absoluto a lo que ha sido de una vez por todas, elemento congelado para siempre que el presente dejaría detrás de sí. Del mismo modo, el porvenir ya no es el efecto obligatorio de todas las causas que le han precedido en el tiempo y que lo determinan, como en las visiones lineales de la Historia. En todo momento de la Historia, en toda actualidad, pasado y porvenir son, por así decirlo, nuevamente cuestionados, se configuran según una nueva perspectiva, conforman otra verdad. Se podría decir, para usar otra imagen, que el pasado no es otra cosa que el proyecto al cual el hombre conforma su acción histórica, proyecto que trata de realizar en función de la imagen que se forma de sí mismo y que se esfuerza por encarnar. El pasado aparece, entonces, como una prefiguración del porvenir. Es, en sentido propio, la imaginación del porvenir, que viene a ser uno de los significados canalizados por el mitema del Eterno Retorno.

     Por consiguiente, está claro que, en la visión que nos propone Nietzsche, el hombre asume la total responsabilidad del devenir histórico. La Historia es su obra. Lo que viene a significar que asume también la total responsabilidad de sí mismo, que es verdadera y totalmente libre: faber suae fortunae. Esta libertad es una libertad auténtica, no una libertad condicionada por la Gracia divina o por las constricciones de una situación material económica. Es también una libertad real, es decir, una libertad que consiste en la posibilidad de elegir entre dos opciones opuestas, opciones existentes en todo momento de la Historia y, que, siempre, cuestionan nuevamente la totalidad del Ser y del devenir del hombre (si estas opciones no fuesen siempre realizables, la elección no sería más que una falsa elección, la libertad, una falsa libertad, y la autonomía del hombre, una apariencia).

     Ahora, ¿cuál es la elección que se ofrece a los hombres de nuestra época? Nietzsche nos dice que esta elección debe hacerse entre el Último Hombre, es decir, el hombre del fin de la Historia, y el impulso hacia el Superhombre, es decir, la regeneración de la Historia. Nietzsche considera que estas dos opciones son tan reales como fundamentales. Afirma que el fin de la Historia es posible, que debe ser examinado seriamente, del mismo modo que es posible su contrario: la regeneración de la Historia. En última instancia, el resultado dependerá de los hombres, de la elección que lleven a cabo entre ambos campos, el del movimiento igualitario que Nietzsche llama el movimiento del Último Hombre, y el otro movimiento, que Nietzsche se ha esforzado por suscitar, que ya ha suscitado, y que él llama su movimiento.


Dos Sensibilidades

     Visión lineal y visión esférica de la Historia: nos encontramos aquí enfrentados a dos sensibilidades diferentes que no han dejado de oponerse, que se oponen y que seguirán oponiéndose. Estas dos sensibilidades coexisten en la época actual. Ante un espectáculo como el de las Pirámides, por ejemplo, la sensibilidad igualitaria verá, desde el punto de vista moral, un símbolo execrable, ya que sólo la esclavitud, la explotación del hombre por el hombre, han permitido la concepción y la realización de esos monumentos. La otra sensibilidad, al contrario, se sentirá impresionada, ante todo, por la unicidad de esa expresión artística y arquitectónica, por todo lo que supone de grande y espantoso en el hombre que se atreve a hacer la Historia y que desea dar forma a su destino.

     Tomemos otro ejemplo. Oswald Spengler, en una página famosa, ha recordado a aquel centinela romano que, en Pompeya, se dejó sepultar por la lava porque ningún superior le había dado el relevo. Para una sensibilidad igualitaria, ligada a una visión segmentaria de la Historia, tal gesto está totalmente desprovisto de sentido. En última instancia, no puede más que condenarlo, al mismo tiempo que condena la Historia, porque, a sus ojos, ese soldado ha sido víctima de una ilusión o de un error inútil. Al contrario, el mismo gesto resultará inmediatamente ejemplar desde el punto de vista de la sensibilidad trágica y sobrehumanista, que comprende, intuitivamente se podría decir, que ese soldado romano no había llegado a ser verdaderamente un hombre más que conformándose a la imagen que se forjó de sí, es decir, la imagen de un centinela de la ciudad imperial.

     Hemos citado a Spengler. Esto nos lleva a plantear, después de él, el problema del destino de Occidente. Spengler, como se sabe, era pesimista. Según él, el fin de Occidente está próximo, y el hombre europeo, como el soldado de Pompeya, no puede más que mantener su propia función hasta el final, antes de perecer como un héroe trágico abrazando su mundo y su civilización. Pero en 1980 (época de la primera publicación del presente artículo) es al fin de toda la Historia a lo que tiende Occidente.

     Es al retorno a la felicidad inmóvil de la especie a lo que apelan sus deseos, sin ver en tal perspectiva nada trágico, más bien, al contrario. El Occidente igualitario y universalista tiene vergüenza de su pasado. Siente horror por su especificidad que ha creado su superioridad durante siglos, mientras en su subconsciente se abría camino la moral que se ha dado. Porque este Occidente bimilenario es también un Occidente judeo-cristiano que ha acabado descubriéndose como tal, y que hoy saca las consecuencias correspondientes. Ciertamente, este Occidente también ha transmitido durante mucho tiempo una herencia griega, latina, germánica, romana, y de ello ha hecho su fuerza. Pero las masas occidentales, privadas de verdaderos maestros, reniegan de esta herencia indoeuropea. Sólo pequeñas minorías, esparcidas por acá y por allá, miran con nostalgia las realizaciones de sus más lejanos antepasados, se inspiran en valores que fueron suyos, y sueñan con resucitarlos. Tales minorías pueden parecer risibles y, quizás, lo sean efectivamente. Y, sin embargo, una minoría, tal vez incluso ínfima, puede siempre llegar a guiar a una masa.

     Esta es la razón por la cual el Occidente moderno, este Occidente nacido del compromiso constantiniano y del in hoc signo vinces, ha caído en la esquizofrenia. En su inmensa mayoría, quiere el fin de la Historia y aspira a la felicidad en la regresión. Y al mismo tiempo, estas pequeñas minorías tratan de fundar una nueva aristocracia y tienen la esperanza de un nuevo Retorno que, en cuanto tal, no podrá producirse nunca (los griegos no vuelven), pero que puede mutarse en una regeneración de la Historia.


Hacia una Regeneración de la Historia

     Aquellos que han adoptado una visión lineal o segmentaria de la Historia tienen la certeza de estar del lado de Dios, como dicen los unos, de ir "en el sentido de la Historia", como dicen los otros. Sus adversarios no pueden tener ninguna certeza. Si se cree que la Historia la hace el hombre y sólo el hombre, si se cree que el hombre es libre y que libremente forja su destino, hay que admitir que esta libertad puede, en último término, volver a cuestionar, e incluso abolir, la historicidad misma del hombre. Les es preciso, repitámoslo, considerar que el fin de la Historia es posible, aunque es una eventualidad que rechazan y contra la que se baten. Pero si el fin de la Historia es posible, también la regeneración de la Historia lo es, en todo momento. Porque la Historia no es ni el reflejo de una voluntad divina, ni el resultado de una lucha de clases predeterminada por la lógica de la Economía, sino el resultado de una lucha que emprenden los hombres entre sí en nombre de las imágenes que se forman respectivamente de ellos mismos y a las cuales, realizándolas, tratan de adecuarse.

     En la época en que vivimos, algunos no encuentran otro sentido en la Historia más que en la medida en que ésta tiende a la negación de la condición histórica del hombre. Para otros, al contrario, el sentido de la Historia no es otro que el sentido de una imagen del hombre, una imagen usada y consumida por la marca del tiempo histórico. Una imagen dada en el pasado, pero que conforma siempre su actualidad. Una imagen que no pueden realizar más que con una regeneración del tiempo histórico. Éstos saben que Europa no es ya más que un cúmulo de ruinas. Pero, con Nietzsche, saben también que una estrella, si ha de nacer, nunca puede empezar a brillar más que en un caos de polvo oscuro.–



Mito y Comunidad
por Giorgio Locchi


     Con un siglo de adelanto, Friedrich Nietzsche había previsto todos, o casi todos, los fenómenos que caracterizan nuestra época, como el ascenso del nihilismo anarquista, la epidemia neurótica, el auge extraordinario de un arte-espectáculo rebajado a un nivel circense o el comercio de la lujuria. La verificación de las profecías nietzscheanas debería despertar a los espíritus, invitarlos a la reflexión. No ha sido así, lo cual es fatal. Cuando Nietzsche establecía para las sociedades occidentales un diagnóstico de decadencia, no hacía más que prever el desarrollo normal de la enfermedad. Ahora bien, lo característico de esta enfermedad, la decadencia, es la ceguera que afecta al enfermo acerca de su propio estado. Cuanto más enfermo está, más sano cree estar. Una sociedad decadente es así tanto más progresista cuanto más avanza hacia el desenlace fatal de su enfermedad.

     Echemos un vistazo a nuestro alrededor. Todos, desde el liberal más o menos avanzado al comunista más o menos atrasado, creen visceralmente en el Progreso, están íntimamente convencidos de vivir una Era de progreso e, incluso, del progreso definitivo. Se ven toda clase de fenómenos sociales que, a través de la Historia, han caracterizado siempre la agonía de los pueblos y las culturas, desde el feminismo al fulgurante ascenso social de los histriones y de la gente del espectáculo, desde la disgregación de las células sociales tradicionales (para nosotros, la familia), a las tentativas efímeras, siempre repetidas, de remplazarlas por no se sabe qué colectivos, desde el universalismo masoquista a la demolición de toda norma social obligatoria para el individuo. Se ha llegado a la más absoluta incapacidad para aprender las lecciones de la Historia, lo que a veces lleva a pensar que la Historia carece de sentido.

     Otro trazo característico de la decadencia avanzada es la mediocridad de los sentimientos. Se discute con saña, pero se tolera. Todavía se hace la guerra, fría si es posible, pero en nombre del amor, para liberar al otro. Es obligatorio odiar, pero se odia a la abstracción del Otro, nunca al otro en su realidad. Se odia, según el campo en que uno se encuentre, al terrible capitalismo occidental o al horrible régimen comunista, pero se ama al pueblo ruso, se ama al gran pueblo estadounidense. Las sociedades decadentes ya no saben amar ni odiar, las ha invadido la tibieza, porque la vida las está abandonando, y su fuerza vital casi ha desaparecido.

     Esa fuerza vital que da la vida a las sociedades, las organiza y las lanza al peligroso camino de la Historia, y puede recibir muchos nombres. Dostoïevski la llamaba "Dios" y decía que cuando un pueblo ha perdido su dios sólo puede agonizar y morir. Friedrich Nietzsche anunció a las sociedades occidentales que su dios había muerto y que ellas también iban a morir. Paul Valery, a su manera, ha sentido la misma verdad. Para mí, "Dios" es una definición demasiado estrecha, demasiado "occidental", de lo que es la fuerza vital de una sociedad. Lo divino sólo es un elemento, un aspecto de esta fuerza vital que, más bien yo llamaría, en toda su complejidad, MITO.

     Lo característico del Mito, tal como yo lo entiendo, es el entrar en la Historia creándose a sí mismo, es decir, creando y organizando sus propios elementos. El Mito es esa fuerza histórica que da vida a una comunidad, la organiza, la lanza hacia su destino. El Mito es, ante todo, un sentimiento del mundo, un sentimiento del mundo compartido y, en cuanto tal, él es y él crea objetivamente el lazo social y, al mismo tiempo, la norma comunitaria. Estructura la comunidad, le da su estilo de vida, y estructura también las personalidades individuales. Ese sentimiento del mundo es, por otra parte, el origen de una visión del mundo, de las expresiones coherentes del pensamiento. La Historia nos enseña que cada pueblo, cada civilización, ha tenido su Mito. En la perspectiva abierta por nuestro presente social, se tiene la impresión de que los Mitos se ligan siempre a una fase primordial y superada del devenir humano. Que el Mito sea, por así decirlo, la manifestación propia de la infancia de la Humanidad, es un lugar común de la reflexión histórica moderna. Es el punto de vista, inevitable, de un pensamiento que es el reflejo de la vejez de una civilización.

     Cuando el Mito ha muerto, cuando se lo mira desde fuera, aparece como un conjunto de creencias más o menos fantásticas, como una colección de relatos imaginarios, extrañamente confusos, siempre contradictorios. Si se intenta, por la imaginación posterior, relacionarlo con la vida y la Historia, el Mito parece moverse contra el sentido del tiempo, lo que hizo afirmar a Mircea Eliade que el Mito es la nostalgia de los orígenes. Pero no se puede estudiar la vida sobre un cadáver. Un Mito vivo se reconoce por todo lo contrario: por el hecho de que es armonía, fusión y unidad de contrarios. Lo que quiere decir simplemente que los hombres que viven en el campo del Mito y que son organizados por él, no percibirán como contradictorio todo lo que parecerá contradictorio a los que están fuera. El Mito es viva fuerza creadora y lo demuestra justamente por esa creación que infatigablemente reduce y armoniza los contrarios. Hubo un nombre para esa virtud reductora de contradicciones: la fe. Racionalmente, estamos en un círculo vicioso, otra forma de contradicción: el Mito es sólo verdadero por la fe, pero la fe sólo vive del Mito, la fe sólo es creada por el Mito.

     Los que vivimos el Mito conocemos bien este círculo vicioso; esa contradicción no es la única, porque el Mito está en todos aquellos para quienes éste es relevante y no cesa de crearse entre ellos y por ellos. Puesto que el Mito, en efecto, es creación incesante de sí mismo, es, bajo cualquier punto de vista, auto-creación. Lo es ya a nivel del lenguaje, que es el nivel donde se constituye el ser humano en ser social. Ilustres estructuralistas nos explican hoy que nosotros no hablamos sino que nosotros somos "hablados". Hablan evidentemente de ellos y para ellos, como representantes privilegiados de las sociedades actuales. Tienen razón: puesto que toda lengua, indiferente al Mito, al sentimiento del mundo que la ha creado, ya sólo puede ser hablada, en el sentido de que quienes la utilizan en realidad ya no hablan, sino que son "hablados". Cuando la lengua está todavía vivamente ligada a su raíz mítica, está todavía creándose, y, quienes la utilizan, todavía hablan y se hablan, lejos de cualquier Torre de Babel.

      La lengua del Mito estructura los símbolos, crea todavía las cosas con las palabras. Cuando el Mito deja de hablar y como máximo todavía es hablado, a la armonía del símbolo le sigue la discordia de dos ideas opuestas, irreconciliables. Lo cual significa también, tautológicamente, que a la época del Mito le sucede la época de las ideologías, de ideologías que brotan de una misma fuente, y, sin embargo, siempre opuestas, que se esfuerzan vanamente en esperar su imposible síntesis por una "última ciencia" y en reencontrar así ese paraíso perdido que estaba asegurado por la armonía del Mito.

     Puesto que es armonía de contrarios, el Mito es también el vínculo social por excelencia y, desde ese punto de vista, es legítimo hablar de él como religión. Vínculo social, el Mito organiza la sociedad, le asegura la coherencia en el espacio y a través del tiempo. El Mito es más que una Weltanschauung [visión del mundo], es un sentimiento del mundo y además, al mismo tiempo, algo mejor: es un sentimiento de valor, una medida operativa.

     Me gustaría recordar aquí, como un Mito que puede organizar una sociedad y dictar la conducta a los hombres, el caso de los helenos, que se encontraron de repente enfrentados a un problema desconocido para ellos. Los helenos eran indoeuropeos, su Mito era el mito indoeuropeo, sobre la base del cual se habían organizado en una sociedad de descendencia patrilineal, fundada sobre lo que podemos llamar el valor heroico. Cuando emigran a la península griega, se encuentran con una sociedad de descendencia matrilineal. Por razones quizás contingentes no destruyeron aquella sociedad extranjera. Hubo mezcla de pueblos, de civilizaciones, lo cual supuso un grave problema: la oposición inconciliable entre dos concepciones de sociedad y de derecho. En la sociedad matriarcal, no son las mujeres quienes hacen la guerra, y quienes detentan el poder son también los hombres. Pero la legitimidad del poder viene de la mujer: sólo se es rey al casarse con la mujer que, por derecho, es heredera del poder por descendencia matrilineal. Así, en esas sociedades, el poder es siempre detentado por hombres elegidos por las mujeres.

     Ahora bien, si se puede pensar que los helenos, al comienzo de la mezcla, obtuvieron el poder gracias al matrimonio, debían no obstante legitimarlo desde el punto de vista de su Mito, desde el punto de vista del derecho patrilineal. Un montón de relatos míticos nos hablan sobre esos conflictos y las mil maneras por las que los helenos hicieron triunfar siempre su sistema de valores. La aventura de Edipo, la Orestíada, los mitos de Teseo, de Jasón, de Belerofonte, el propio mito del rapto de Europa, no son más que algunos ejemplos entre tantos otros. Y la supremacía del derecho paterno está simbolizada, en un Panteón que ciertamente pertenece a dos religiones míticas, por la presencia de Atenea, la diosa virgen, diosa guerrera pero también diosa de la sabiduría. Atenea no tiene madre, proclama "no ser más que de su padre", Zeus, y es ella quien absuelve de todo a Orestes, quien, por vengar a su padre, se vio obligado a asesinar a su madre.

     Esa relación íntima entre Mito fundador, sociedad, sistema de valores y norma social, nos permite hablar de la sociedad como de un organismo, de sociedad orgánica. Ese término "sociedad" es hoy poco adecuado, como lo demuestra el hecho de que estamos obligados a adjetivarlo. Utilizaré, en adelante, "comunidad" para referirme a la sociedad orgánica; aún más, opondré estrictamente comunidad a sociedad, un poco a la manera en la que se opone un concepto límite al otro. Esta oposición de comunidad y sociedad no es nueva: fue hecha por sociólogos alemanes, especialmente por Ferdinand Tönnies. La intuición de esos sociólogos era acertada, pero ha conducido siempre a conclusiones erróneas o a teorías igualmente confusas, porque la definición de comunidad en relación a sociedad no era nunca dada sino de forma implícita.

     Un Mito es siempre nostalgia de los orígenes, como dijo Mircea Eliade, pero también es siempre visión cosmológica de futuro, anuncia un fin del mundo, que puede ser también, a veces, el comienzo de una repetición del mundo y, como en algún caso que nosotros conocemos bien, regeneración del mundo.

     El Mito, dicen también, no tiene tiempo. No lo tiene porque él es el tiempo, el tiempo de la Historia. Así, la comunidad que él organiza es un organismo histórico que ocupa en todo momento las tres dimensiones del tiempo histórico. Una comunidad es un organismo vivo, que está a la vez en el pasado, en el presente y en el futuro. Una comunidad tiene una conciencia comunitaria, que es recuerdo, acción y proyecto a la vez. A esa comunidad la llamamos pueblo. Cuando un pueblo ha perdido la memoria de sus orígenes y, como dijo Richard Wagner, cuando deja de estar movido por una pasión y un sufrimiento común, deja de ser pueblo: se convierte en masa. Y la comunidad se convierte en sociedad.

     Como he dicho, comunidad y sociedad son conceptos-límite. Hay siempre un poco de masa en los mejores pueblos, como siempre hay un resto de pueblo en la masa más baja y vil. No hay duda, y esto nos hace agachar las orejas, de que vivimos en la época de las masas, de las sociedades masificadas. El individuo, sea el que sea, está divinizado en nombre de la igualdad. Todo individuo social tiene el mismo valor, la personalidad no es nunca tomada en consideración, por lo que ya no hay un sistema referencial de valor social. En una comunidad, por el contrario, el valor humano, que es siempre personalidad social, es medido por su grado de conformación a los tipos ideales propuestos por el Mito, que cada miembro de la comunidad lleva consigo como una especie de super-ego. Cuando el Mito se desmorona, cuando esos arquetipos ideales ya no son percibidos como tales, desaparece la unión comunitaria, de modo que todo individuo es considerado como ideal en sí, por el simple hecho de que es un individuo.

     Lo que queda para mantener unida a lo que se ha convertido en sociedad, es el lazo siempre precario y contingente creado por la alianza de intereses egoístas de grupos de individuos, de clases, de partidos, de cultos, de sectas. La verdadera dimensión humana, que es dimensión histórica, se ha perdido; la sociedad de las masas en realidad ya no se preocupa ni del pasado ni del futuro, sólo vive en el presente y por el presente. Así, ya no se hace política, sólo economía, y economía de la peor calaña, condicionando todos los reflejos sociales. Sintomáticamente, la preocupación por el futuro, los horizontes del año 2000, sólo es invocada para justificar y avalar el fracaso económico del presente.

     Lo habéis comprendido: estamos hablando de nuestras sociedades occidentales, esas sociedades en el seno de las cuales nacimos y vivimos, resultados de la gran ecúmene cristiana, formada y conformada por el Mito judeo-cristiano. Ese Mito, junto a su dios, murió hace mucho tiempo. Incluso la religión, tal y como transmite lo que todavía queda de las Iglesias, está ideologizada, se ha convertido en ideología opuesta a otras ideologías brotadas de la misma fuente mítica, de ahora en adelante seca. Allí donde el Mito había organizado, armonizado y unido, dando así una significación y un contenido espiritual, es decir, humano, a la vida de los hombres, las ideologías oponen, desunen, disgregan.

     La Ideología rechaza al Mito por irracional y pretende ser ella racional y racionalmente fundada. En el fondo, de manera implícita o explícita, toda ideología pretende ser ciencia, ciencia del hombre también. Y, en esta búsqueda de racionalismo, toda ideología acaba transformándose en anti-ideología. La constatación de que una ideología no va nunca sin su ideología contraria, empuja a la búsqueda de una síntesis, en una especie de neutralidad ideológica aparente, sostenida por la estrafalaria convicción de que, en última instancia, incluso el hombre es cuantificable, de que todo puede ser calculado, de que la vida de una sociedad se reduce a un problema de gestión administrativa.

     Las sociedades occidentales, por ejemplo, tienen la ilusión de reencontrar la armonía perdida, la fusión íntima de los contrarios, gracias a las virtudes de la tolerancia, deviniendo así esquizofrénicas y sumiendo en la esquizofrenia a los individuos más sensibles al clima social. El individuo occidental acaba siempre por tener mala conciencia, sobre todo a nivel de poder, porque está atormentado por dos exigencias opuestas, que él no sabría satisfacer conjuntamente, es decir: la exigencia de libertad individual y la exigencia de justicia social. El fraccionamiento presente en el seno de las sociedades se refleja en el corazón de los individuos, y tiene a veces consecuencias chistosas, como el caso de los liberales avanzados que desearían ser a la vez socialistas, y el de los comunistas y socialistas que querrían ser también liberales. Si se hace burla del Mito, rechazado por irracional, instintivamente se desearía recuperar el equilibrio social, proponiendo anti-Mitos con su ideal correspondiente, que sería el de los anti-héroes, ideal tan bien representado, al nivel del consumo cotidiano de pseudos-valores sociales, por el artista desaliñado, peludo y un poco sucio si es posible.

     Las sociedades comunistas, también resultantes del Mito judeo-cristiano, intentaron otra solución. Escogieron la intolerancia, en beneficio de una única ideología, que ocupase el lugar del Mito. Pero, puesto que la ideología no es un Mito y que no puede ser operativa en el alma de los individuos, éstos nunca se contentan con la norma ideológica. La consabida consecuencia es que la sociedad comunista es una sociedad de coacción. Para ser exactos: hay, en la sociedad comunista, a todos los niveles, una obligación de coacción, que hace que incluso el depurador acabe siendo depurado, mientras que en la sociedad demo-liberal se ha abogado por una obligación de tolerancia, de la que incluso los delincuentes acaban por beneficiarse.

     Por otra parte, las sociedades comunistas, a pesar de ciertas apariencias "anti-económicas", sólo viven en el presente. La demostración de ello se ofrece, de forma periódica pero significativa, por la condena de todo presente dejado atrás, que asume los aspectos de una celebración ritual. El presente es siempre divinizado —de Lenin a Stalin hasta Mao— para ser inevitablemente condenado y abucheado desde el momento en que cede su lugar a otro presente. Así, en suma, bien se puede decir que la ecuación social de la sociedad comunista da como resultado el mismo valor que la demo-liberal.

     Microscópicamente, a nivel de los individuos, la sociedad liberal es más atrayente, lo que explica el fenómeno de la disidencia en el seno de los regímenes comunistas, las fugas, y, por reacción, el muro de Berlín. Pero hay que señalar también que, en un nivel macroscópico, de la masa en cuanto tal, la fuga se produce sobre todo en sentido inverso y, por tanto, en la posguerra las sociedades socialistas se han multiplicado.

     ¿Qué hacer entonces?, ¿a qué esperar? Permitidme volver una vez más a Nietzsche. Nietzsche nos dijo, entre los primeros que lo han hecho, que la civilización occidental había entrado en su fase de agonía, una agonía de duración imprevisible, y que iba a morir. Las naciones europeas están condenadas o bien a salir de la Historia, como los indígenas bororos tan queridos por Lévi-Strauss, o bien a morir históricamente y ver disolver su sustancia biológica en las naciones y pueblos por venir. En el fondo, todo el mundo en Europa es más o menos consciente de ello, y es por ello que existe desde hace algún tiempo un discurso sobre Europa. Pero esta Europa es concebida como una prolongación de las actuales realidades sociales, como el último medio para salvar lo que está agonizando, lo que está condenado a morir, es decir, la civilización judeo-cristiana. Pero si una Europa ve la luz en un futuro, más o menos lejano, tendrá sentido, históricamente, sólo si es tal como Friedrich Nietzsche la deseaba, llevada y organizada por un nuevo Mito, fundamentalmente ajeno a todo cuanto existe hoy. Nosotros creemos saber que ese nuevo Mito ya está ahí, que ya ha aparecido. Para ello hay signos, y signos detrás de los signos.

     En sus comienzos un Mito es siempre extremadamente frágil, su vida depende siempre de un puñado de hombres que ya lo hablan. En un estudio sobre lo que llamo música europea de Johann Sebastian Bach a Richard Wagner, he intentado mostrar cómo este Nuevo Mito y la nueva conciencia histórica que lo porta han nacido, y mostrar el camino por el que este Nuevo Mito se ha dirigido hacia nuestro presente. Si todavía vive, sólo puede sobrevivir en virtud de la total fidelidad de aquellos que lo portan con su joven pasado. Sin duda, todavía no lo ha dicho todo, quizás sólo ha balbuceado. El Mito, cuando está vivo, siempre está dispuesto a hablar.–






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