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miércoles, 17 de febrero de 2016

Sebastian Lorenz - El Mito Indoeuropeo y el Nacionalsocialismo



     El prolífico autor Sebastian J. Lorenz, de quien son las revistas temáticas Elementos y Urkultur, y del cual aparte de sus textos nada sabemos, publicó aproximadamente en 2010 el estudio El Mito Indoeuropeo, una analítica revisión de múltiples aspectos de dicho mito motriz cuyos revuelos no han cesado de sentirse. De dicha obra presentamos aquí su tercer capítulo de los seis que lo componen. De una longitud relativa, que no se hace sentir dado lo interesante de sus tópicos, examina aquí variados temas y personajes cuyo eje sería la cosmovisión nacionalsocialista de la Alemania hitleriana y cómo éstos y aquéllos se retroalimentaron. Así, desfilan en estas páginas algunos precursores de doctrinas racialistas, las consideraciones de la germanidad, o arianidad, las metodologías para su conservación, y luego las corrientes esotéricas, doctrinas, conceptos e instituciones que fueron conformando la aludida cosmovisión, todo visto en una mirada crítica. No estando el autor absolutamente seducido por la temática que estudia, hemos corregido en sus párrafos finales la información con respecto al sentido del girar de la esvástica, que Miguel Serrano al final enunció correctamente.


EL MITO INDOEUROPEO
(selección)
por Sebastian J. Lorenz



Capítulo III
Del Arianismo al Pangermanismo
como Tránsito hacia el Nordicismo


1. El Aristocratismo Racial
como Origen de la Desigualdad de las Razas Humanas

     Llegados a este punto, no cabe duda que uno de los pensadores —y sobre todo, de los pioneros— que más influyeron en la formación del racismo nacionalsocialista fue Joseph Arthur, conde de Gobineau, diplomático francés en varios países asiáticos, destacado orientalista y, en menor medida, controvertido ensayista. Su obra "Ensayo sobre la Desigualdad de las Razas Humanas" (Essai sur l'Inégalité des Races Humaines 1853-1855) es un auténtico tratado de "historia racial" de la Humanidad —considerado como la "biblia del racismo"—, en el que destaca, por encima de todo, su admiración por los "arios germanos", inclinación nada disimulada que le permitió gozar de gran popularidad en Alemania, mientras era completamente ignorado en su país natal, Francia. Con todo, la personalidad de Gobineau no respondía al clásico autor racista —supremacista y colonialista— europeo, pues era partidario de la descolonización y entendía los sentimientos de odio de los indígenas respecto de sus dominadores blancos, si bien este pensamiento seguramente era la consecuencia lógica de sus temores sobre la posibilidad de un mestizaje racial desfavorable para los europeos.

     La recepción de las ideas gobinianas en la Alemania pre-nacionalsocialista se debe, principalmente, a Ludwig Schemann [1], el cual se ocupó de la traducción y difusión de las obras de Gobineau y de Wagner, inaugurando, de esta forma, la "raciología" (Rassenkunde) que, posteriormente, popularizaría Hans Günther. El propio Richard Wagner, amigo de Gobineau, resumió la idea principal de la ciertamente literaria, pero acientífica y asistemática, teoría gobiniana, en su obra "Heldentum und Christentum", en los siguientes términos: «La más noble raza humana, la raza aria, degenera únicamente, pero infaliblemente, porque, al ser menos numerosa que los representantes de las otras razas, se ve obligada a mezclarse con ellas, y lo que ella pierde al adulterarse no es compensado por lo que ganan los demás al ennoblecerse».

[1] Ludwig Schemann, "Gobineau's Rassenwerk, Gobineau und die Deutsche Kultur", 1910.


1.1. La Mezcla Racial y la Decadencia de las Civilizaciones

     Éste es el núcleo del pensamiento de Gobineau: la mezcla racial, el mestizaje (Mischungslehre), producen inexorablemente la degeneración o "des-nordización" (Entnordung) de la raza aria, única creadora de la cultura, y en consecuencia, provoca también la decadencia de las civilizaciones. «Son los núcleos racialmente selectos, y no las multitudes bastardeadas por las mezclas, los que deciden la suerte de las naciones, es decir, que la prosperidad humana tiene como base la superposición, en un mismo país, de una raza de triunfadores y de una raza de vencidos». Pero Gobineau todavía podía ir más allá en sus juicios irreverentes: «No existe una raza francesa; de todas las naciones de Europa, es la nuestra aquella en la que aparece el tipo más borroso». De esta forma, a la democracia igualitarista y progresista, Gobineau opuso un oscuro determinismo racial en forma de inevitable decadencia, así como un aristocratismo construído, no sobre el individuo, sino sobre la jerarquía de las razas.

     De esta forma, el clasismo inherente a Gobineau, heredero de una nostalgia europea feudal nunca superada por su irracionalismo, se transmuta en una jerarquía social-racial: «Ya hemos visto cómo todo orden social se basa en tres clases originarias, cada una de las cuales representa una variedad racial: la nobleza, imagen más o menos fiel de la raza vencedora (que él identificaba con unos difusos ario-germanos); la burguesía, formada por bastardos, cercanos a la raza principal; y el pueblo, que vive esclavizado o, por lo menos, en situación muy humillada, integrado por una raza inferior, producida en el Sur por la mezcla con los negros y en el Noreste con los fineses».

     La raza aparece, de esta forma, en el auténtico factor de transformación de las sociedades, pero no se trata de un concepto estático y anquilosado, cerrado a las influencias externas. Las civilizaciones declinan al ritmo de la degeneración de sus cualidades biológicas por la mezcla de la sangre, pero, por otra parte, la civilización sólo puede desarrollarse cuando una raza superior conquista a otra inferior. Ésta será la eterna y fundamental contradicción en el pensamiento de Gobineau, de la que, no obstante, era perfectamente consciente: la mezcla de las razas es, al mismo tiempo, la mejor y la peor de las circunstancias a las que está sometida la especie humana, que se encuentra sometida a una "doble ley de atracción y repulsión". La ley de repulsión es la resistencia y la repugnancia natural de los pueblos primitivos a dejarse civilizar, mientras que la ley de atracción es la tendencia natural de los pueblos fuertes y avanzados para conquistar y mezclar su sangre con otros pueblos para fundar "una raza nueva" dotada de cualidades que son el resultado desconocido de las dos familias generadoras. Desgraciadamente, al final, entre innumerables cruces y mezclas, el proceso acabará en la degeneración.

     Gobineau concibe su teoría de la raza, pues, a partir del problema de la decadencia de las grandes civilizaciones humanas, que a él le parece «el más manifiesto y, al mismo tiempo, el más oscuro de los fenómenos de la Historia». ¿Por qué —se pregunta— decayeron civilizaciones tan maravillosas como Egipto, India, Persia, Grecia y la misma Roma? La diversidad de las causas alegadas frecuentemente por los historiadores para justificar la muerte de las civilizaciones no lo convencen: este fenómeno no es debido ni a la falta de sentimiento religioso, ni a las malas costumbres, ni a la imperfección de los gobiernos, ni a la geografía, ni siquiera por el efecto de una dominación extranjera. Antes al contrario, todas las culturas y civilizaciones cayeron en decadencia, desapareciendo posteriormente, a causa del mestizaje racial. «Los pueblos —escribió— no degeneran sino por efecto y en proporción de las mezclas que experimentan y en la medida de la calidad de estas mezclas». El secreto del ocaso de la civilización es, pues, la degeneración étnica. Y un pueblo se degenera «cuando no tiene más el valor intrínseco que poseía anteriormente, puesto que el mismo no tiene más la misma sangre en las venas y las mezclas sucesivas han modificado gradualmente su valor», en otras palabras, cuando no se ha conservado la misma "raza de sus fundadores".

     La mezcla de sangre como causa degenerativa de los pueblos conduce, de forma inexorable, a la afirmación de una originaria desigualdad de las razas humanas, en términos de dominación y subordinación. Para Gobineau resulta inevitable que las razas superiores tiendan a su expansión y a la dominación de las inferiores pero, en este proceso, se produce, tarde o temprano, una fusión entre ambos elementos, haciendo que las cualidades éticas y espirituales de los conquistadores se vayan diluyendo entre la masa dominada. A ello, sin duda, contribuye el escaso número de los conquistadores, que se eleva como una minoría racial, al tiempo que sus innatas dotes bélicas los hacen más vulnerables ante las guerras y revueltas. No obstante, Gobineau considera que de la cantidad y calidad del mestizaje dependerá también la grandeza de la cultura y de la civilización pero, una vez que el mestizaje alcanza a los estamentos superiores, su vitalidad va decreciendo. Es entonces cuando se produce una nivelación que rebaja a los mejores elementos y asciende relativamente a los inferiores, sin que se produzca una teórica compensación entre ellos.

     Así, en el racismo de Gobineau no toda mezcla racial resulta perjudicial. El mestizaje entre Blancos y oscuros, rebajaba el nivel de aquéllos pero elevaba el de estos últimos. Autores posteriores de corte racista predicarán, no obstante, que todas las mezclas raciales sin excepción —incluídas las realizadas entre negroides y mongoloides, por ejemplo— eran nefastas para cada una de las razas hibridadas. Sin embargo, Gobineau partía de una jerarquización divinizada de la raza aria, que sólo podía degenerarse mediante la mixtura racial, pero que con ella también era capaz de enriquecer a otras razas inferiores. Con toda la superioridad y excelencia de la raza aria primigenia, su heredera, la raza blanca europea, era para Gobineau el resultado de una "involución", a la que se había llegado por la copulación incestuosa de aquélla con las razas oscuras.


1.2. El Caos Racial y la Corrupción de la Sangre

     Pero Gobineau no fue el único en considerar el mestizaje como causa de la degeneración de los individuos y de las civilizaciones. La conciencia racial de los pueblos de estirpe indoeuropea, escribía Von Leers [2], «se ha expresado a lo largo de la Historia en una estricta separación de los estratos racialmente distintos, cuando un pueblo indo-germánico conquista un país extraño y somete a una población extranjera, la validez jurídica del matrimonio aparecía aquí ligada a la consanguinidad o igualdad de linaje. Sin equiparación racial no hay connubium. De este punto de vista parten casi todos los sistemas jurídicos de los pueblos indoeuropeos».

[2] J. von Leers, "Blut un Rasse in der Gesetzgebung", Múnich, 1934.

     Un político británico y escritor hebreo, Benjamin Disraeli, había escrito también que «los pueblos conservan su fuerza, sus tradiciones y las facultades para grandes empresas solamente en el caso de que conserven su sangre defendiéndola de mestizajes. Si se mezcla se bastardean, degenerándose. La decadencia será así, incontenible. La verdadera fuerza se encuentra en la nobleza del alma y a ésta se la humilla si se mezcla la sangre». Para otro autor judío como Benjamin Springer, sin embargo, esto no sería de aplicación al pueblo judío: «los judíos son el pueblo más mezclado de todos, el pueblo mezclado en sí... Ésta es su fuerza, su dicha». De hecho, los antropólogos confirman la tesis según la cual no existe —si es que existe alguna— una raza judía, sino una mezcla de diversos elementos étnicos, mezcla que, merced a una rica espiritualidad, no exenta de una tendencia a las prácticas endogámicas y de un factor ancestral de auto-segregación, ha conseguido un cierto grado de cohesión que ha eludido su disolución en el seno de los pueblos con los que ha convivido históricamente.

     Tampoco la disciplina filosófica alemana quedó fuera de esta corriente. La Historia, escribía el filósofo alemán Karl Hildebrandt [3], nos enseña que la mezcla indiscriminada, el caos racial, conduce a la decadencia. Kant, por su parte, afirmaba que «la mezcla de los linajes, que poco a poco disuelve los caracteres, no es provechosa, a pesar de todo pretendido filantropismo, para el género humano». Y el gran compositor Richard Wagner no negaba su reconocimiento «a la tesis según la cual el género humano se compone de razas irreconciliablemente desiguales; las más nobles entre ellas han conseguido dominar a las menos nobles», añadiendo después que «la corrupción de la sangre ha llevado consigo una corrupción del temperamento y de las cualidades morales». En definitiva, para la filosofía alemana, la hibridación racial atentaba contra la armonía de la creación divina, como una expresión de las fuerzas del caos que irrumpen contra las leyes cósmicas y el orden universal, en fin, contra la voluntad del Dios que creó la rica y multicolor diversidad racial en el seno de la Humanidad. Así se llegará a decir que Dios había creado al hombre blanco, al amarillo y al negro, pero el mestizo era obra del diablo.

[3] K. Hildebrant, "Norn und Entartung des Menschen", Dresden, 1923.

     Vacher de Lapouge señaló que la pérdida de vitalidad de los individuos es una de las principales consecuencias del mestizaje y que afecta de manera muy particular a los mestizos de razas muy dispares. William Ripley, autor de la obra "Las Razas de Europa" (Londres, 1900), consideraba que «un cruce de razas es demasiado propenso a ser debilitante, al compartir las predisposiciones patológicas de cada uno de los linajes progenitores, al tiempo que no goza sino imperfectamente de sus varias inmunidades». El biólogo inglés J. Huxley concluía, por su parte, que el cruce racial podía dar lugar a extremas y peligrosas variaciones para los mestizos que, asimismo, podían acabar como individuos totalmente inadaptados.

     El propio Adolf Hitler dirá, mucho tiempo después, que «todo cruzamiento de dos seres cualitativamente desiguales da como resultado un término medio entre el valor cualitativo de los padres; es decir, que la cría estará a un nivel superior con respecto a aquel elemento de los padres que es racialmente inferior, pero no será de igual valor cualitativo que el elemento racialmente superior de ellos». Y Chamberlain afirmará que «la continua promiscuidad entre dos sobresalientes razas de animales conduce sin excepción, al aniquilamiento de los caracteres sobresalientes de ambos; la misma ley puede aplicarse a las razas humanas, como lo prueban la Historia y la etnología».

     Según informa Évola (en "El Mito de la Sangre"), desde la perspectiva de Gobineau, si bien «las mezclas son, dentro de ciertos límites, favorables a la masa de la Humanidad, y si la mejoran y la ennoblecen, no es sino a expensas de esa misma Humanidad, puesto que la rebajan, la enervan y la humillan en su más nobles elementos, y cuando incluso se quisiera admitir que es mejor transformar en hombres mediocres a miríadas de seres ínfimos... subsistirá aún el infortunio de que las mezclas no se interrumpen; que los hombres mediocres, no ha mucho formados a expensas de lo que era grande, se unen a nuevas mediocridades, y que de estas uniones, cada vez más envilecidas, nace una confusión que, semejante a la de Babel, conduce a la más completa impotencia».

     Para Chamberlain, los nobles caracteres no surgen de la casualidad o de la promiscuidad sino del mantenimiento de la pureza de la raza y del cultivo de sus mejores cualidades. Así, personalidad y raza están relacionadas del modo más íntimo. Pero, según el filósofo nacionalsocialista H. A. Grunsky, la mezcla de sangre destruye la personalidad, creando una serie caótica de conglomerados humanos descastados, porque el propio ser del individuo híbrido o mestizo descansa sobre la "descomposición del mundo unitario de la sangre" ("Seele und Staat", 1935).

     La mezcla racial también afecta a la cohesión y unidad de la comunidad nacional. Según Gobineau, el mestizaje es el peor golpe para hacer vacilar la vitalidad de una nación, ya que destruye su homogeneidad y hace que sea imposible la armonización de los intereses comunes, única razón de ser de la sociedad. La mezcla de razas hace desaparecer el espíritu comunitario, que nace de la conciencia de pertenencia a un mismo linaje, de tener un mismo origen y de concebir la vida de igual manera. «La infiltración de sangre extraña en el organismo de un pueblo —escribía Hitler— conduce a la disociación del carácter nacional, lo cual se manifiesta en el lamentable súper-individualismo de muchos». Porque, según J. Graf, la ruina racial es la causa de la decadencia moral entre todos los pueblos de la época moderna; allí donde la raza es dañada por sangre extraña, se desgarra también el vínculo anímico que liga a los antepasados con los descendientes y éstos a su vez entre sí, dentro de su comunidad.

     Gobineau ilustra las consecuencias de la mezcla racial poniendo como ejemplo las colonizaciones europeas en el continente americano, utilizando el método comparativo entre el modo de actuar de los hispano-lusitanos y el de los anglosajones. Mientras los conquistadores y colonizadores ibéricos (y latinos en general, españoles, portugueses y franceses) no tuvieron reparo alguno en mezclarse con la población indígena, ya sea a través de matrimonios con las hijas de reyezuelos y caciques, ya sea tomando como esclavas a las mujeres de una población muy numerosa, los germanos (ingleses, alemanes, holandeses, escandinavos), conscientes de su superioridad racial, se impusieron a las poblaciones autóctonas conservando su integridad racial. Consecuencia de todo ello, según Gobineau, son las grandes diferencias étnicas entre América del Norte y del centro y Sur, de raza blanca aria en la primera, mestiza y bastarda en las otras dos, y estas diferencias se plasman también en la mayor capacidad de progreso económico y de organización política de los anglo-americanos [4].

[4] Hitler hará suya posteriormente esta comparación: «Norteamérica, cuya población esta formada en su mayor parte por elementos germánicos que apenas si llegaron a confundirse con las razas inferiores de color, exhibe una cultura y una Humanidad muy diferentes de las que exhiben Centroamérica y Sudamérica, pues allí los colonizadores de origen latino, mezclaron con mucha liberalidad su sangre con la de los aborígenes. Si tomamos esto como ejemplo, fácilmente comprenderemos los efectos de la mezcla racial. El habitante germánico de América que se ha conservado puro y sin mezcla, ha logrado convertirse en el amo de su continente; y lo seguirá siendo mientras no caiga en la deshonra de mezclar su sangre».

     Aún más, Gobineau cree que la causa de estos comportamientos raciales tan distintos entre los dos grupos de la raza blanca, se encuentra en los puntos de atracción o "relaciones de parentesco" entre la composición racial de los dominadores y de los súbditos. «Entre los aventureros procedentes de la península ibérica —escribe—, la mayoría de los cuales pertenecían a Andalucía, dominaba la sangre semítica, y algunos elementos amarillos, originarios de las regiones ibéricas y célticas de genealogía, imprimían a esos grupos cierto carácter malayo. Existía, pues, una verdadera afinidad entre vencedores y vencidos, resultando de ello una gran facilidad para entenderse y, como consecuencia, una propensión a mezclarse». Entre los "blancos, anglosajones y Protestantes" y los indígenas amerindios, a pesar de que los primeros se encontrasen ya degenerados por su hibridación con elementos fínicos y mongólicos, existía un abismo racial y espiritual difícil de superar. Suponemos que ese mismo orgullo racial que Gobineau admiraba de los anglosajones fue la causa del genocidio masivo e indiscriminado de los indios norteamericanos.

     En cualquier caso, Gobineau retorna al principio según el cual toda mezcla de una raza con la blanca, eleva su categoría. «Así como las mezclas operadas entre los indígenas y los colonos islandeses y escandinavos pudieron crear mestizos relativamente civilizables, así también los descendientes de los conquistadores españoles y portugueses, al unirse con las mujeres de los países por ellos ocupados, dieron origen a una raza mixta superior a la población antigua... pero hay que tener en cuenta al mismo tiempo la depresión que se produjo, por el hecho de esos enlaces, en las facultades de los grupos europeos que se avinieron a ello». En otras palabras, dado que los indígenas eran muy numerosos en la América hispana, la mejora fue muy pequeña en comparación con el envilecimiento de las clases dominadoras. «América del Sur, corrompida en su sangre criolla, no dispone ya de ningún medio para detener en su caída a sus mestizos de todas las variedades y de todas las clases».

     En fin, Schemann [5], admirador y traductor de Wagner y Gobineau, dirá que «las mezclas raciales han rebajado siempre a los pueblos, lo que resulta tanto más comprensible si tenemos en cuenta que en la mayoría de los casos la raza peor será también la más numerosa». En relación con el colapso de las civilizaciones creadas por las estirpes arias, A. Leese [6] afirmará contundentemente que se ha debido siempre a una sola y única causa: la mezcla de la sangre aria con los pueblos no-arios hasta que la hibridación resultante no fue ya capaz de mantener los antiguos niveles arios de civilización y cultura. Las poblaciones actuales de la India, Asia Menor, Persia, Grecia y Roma ya no son arias y, por tanto, son incapaces tanto de la función de caudillaje como del mantenimiento de los niveles de sus antiguas aristocracias arias. Según estas hipótesis, tampoco podrían retomar la guía civilizadora los países europeos, antaño dirigidos por una nobleza germánica, como Francia, Italia o España, porque no habrían sabido conservar su integridad racial y se encontraban profundamente semitizadas. Y lo mismo sucedería con los países eslavos, que primero fueron germanizados y después sucumbieron ante las hordas asiáticas de origen ugro-finés y turco-mongol. ¿Dónde estaban, pues, los herederos legítimos de aquellos fabulosos arios, fundadores de toda cultura creativa y civilizadora?.

[5] Ludwig Schemann, "Die Rasse in der Geisteswissenschaften", Múnich, 1928.
[6] A. Leese, "Race and Politics", 1934.


2. La Degeneración Racial de los Arios mediante la Hibridación

2.1. Las Excelencias de la Raza Aria

     Volviendo la mirada hacia los orígenes de la Humanidad, Gobineau distingue tres grandes troncos raciales. La raza negra, considerada como la más ínfima, es a la que corresponde, no obstante, un flujo de energías poderosas manifestado en el deseo y la voluntad, pero nunca residenciado en el dominio intelectual, como "una proyección de las fuerzas más elementales y subconscientes de la naturaleza humana". Por su parte, a la raza amarilla nos la presenta como la antítesis de la negra, poco vigorosa, apática, con tendencia a la mediocridad y respeto a toda regla que le pueda garantizar un orden de vida. Y, por último, la raza blanca y, esencialmente, la del tipo dolicocéfalo, rubio y de alta estatura, cuya superioridad se encontraría en el completo dominio de la inteligencia, en un instinto extraordinario para la lucha y la conquista, un gusto pronunciado por la libertad, la personalidad y el honor. «La raza blanca poseía originariamente el monopolio de la belleza, la inteligencia y la fuerza, mientras que de su unión con otras variedades surgieron mestizos bellos sin ser fuertes, fuertes sin ser inteligentes y también ni inteligentes ni fuertes». A este grupo de mestizos pertenecerían, por ejemplo, los pueblos semitas, cruce de la raza blanca con tipos negroides y orientaloides [7].

[7] Citado por Julius Évola en "El Mito de la Sangre".

     Y para designar a los elementos originarios de esa raza blanca, todavía no mezclada ni contaminada con otras razas, Gobineau utiliza el concepto de "ario". «Toda civilización procede de la raza blanca, ninguna puede existir sin el concurso de esta raza y una civilización es grande y resplandeciente en la forma proporcionada con el hecho de que la misma conserve por largo tiempo el noble grupo que la ha creado, es decir, un grupo perteneciente a la rama más ilustre de la especie, a la rama "aria"». Gobineau define así su concepto de raza blanca por remisión a la capacidad civilizadora y espiritual de los antiguos arios: «Por la conformación física, era la raza más bella de las que jamás se tuvieron noticias... los hombres cuyo aspecto físico inspira a los escultores del Apolo Pitio, del Júpiter de Atenas, de la Venus de Milo formaban la especie más hermosa de los hombres cuya sola visión alegraba los astros y la Tierra». Tan bellas disposiciones corporales explicarían, asimismo, que los arios fueran también superiores por su espíritu, fuente inagotable de vivacidad y energía. El poder político característico de los arios estaba organizado por una sociedad de hombres libres y iguales, y encontraba su sistema más perfeccionado en la India, donde guiados por el deseo de conservar el poder soberano de su raza, edificaron una jerarquía social que reflejaba el grado de elevación de la belleza, el espíritu y la inteligencia: las castas.

     El término "ario", que en sánscrito parece designar a los "nobles", por contraposición a los "sudras" o siervos, derivaría de los "arya" o casta divina frente a las castas enemigas u oscuras, mientras que el término sánscrito para referirse a casta (varna) quiere decir también "color". De ahí surgiría la creencia de que el sistema hindú de castas no haya sido otra cosa que el resultado de una estratificación vertical de razas originariamente distintas: los arios, Blancos y nobles, serían la raza de conquistadores que subyugarían a los aborígenes, oscuros y serviles, de origen védico y dravídico.

     Esto es, que los arios, conscientes de encontrarse en minoría, no obstante su superioridad, y para evitar la mezcla con los pueblos sometidos, crearon el sistema hindú de castas, a pesar de lo cual, el contacto inter-racial resultó inevitable a la larga: la sangre de la minoría aria conquistadora fue contaminándose, y su vitalidad racial disminuyendo y diluyéndose con la de la población dravidiana y de otros elementos negroides. Las invasiones posteriores de mongoles, tártaros, árabes, etc., acentuaron el caos racial. Para los primeros pensadores racistas, el aspecto físico actual de los hindúes, a medio camino entre las características físicas negroides y mongoloides, no deja lugar a dudas sobre la intensa hibridación étnica que, no obstante, parece menos acusada en las castas superiores, en especial la de los "brahmanes".

     Pero, ¿cómo eran físicamente esos arios? Gobineau intuye que «el color de los arios era blanco y rosado: así fueron los griegos y los persas más antiguos; tales se mostraron también los hindúes primitivos. Entre los colores de los cabellos y de la barba dominaba el rubio, y no puede olvidarse la predilección que por este color sentían los helenos... En aquella época, la fuerza civilizadora, iniciadora, no residía en el Sur, emanaba del Norte. Los guerreros griegos aparecían de gran estatura, blancos, rubios. Sus ojos miraban arrogantes al cielo y este recuerdo dominó de tal modo el pensamiento de las generaciones sucesivas, que cuando el politeísmo negro hubo invadido, con la creciente afluencia de las inmigraciones semíticas, todas las regiones y todas las conciencias... la expresión más alta de la belleza, del majestuoso poderío, no fue otra para los olímpicos que la reproducción del tipo ario: ojos azules, cabellos rubios, tez blanca, estatura elevada, esbelta». Y después de esta loa dedicada a los griegos, Gobineau compara a los romanos degenerados, de talla mediana, de constitución y aspecto endebles, generalmente morenos, encerrando en sus venas un poco de sangre de todas las razas imaginables, con las excelencias físicas y morales del bárbaro: «un hombre de rubia caballera, de tez blanca y rosada, ancho de espaldas, grande de estatura, vigoroso como Alcides, temerario como Teseo, hábil, ágil, no sintiendo temor de nada y de la muerte menos que los demás».


2.2. La Sangre Pura de los Arios Germanos

     Después de proclamar las excelencias de la raza aria, Gobineau quiso dejar claro que fueron los "arios germanos" los pioneros de la civilización moderna, ya que con la aportación de su sangre, libre todavía de melanismo, libraron a la civilización romana de su total hundimiento: muy lejos de destruír la civilización, los hombres del Norte salvaron lo poco que de ella sobrevivía. Entre esos "arios originarios del Norte", Gobineau incluye a los celtas, descritos como el aluvión Blanco que vino a cubrir el manto amarillo y negro de los primitivos habitantes de Europa. Mientras tanto, de los eslavos dirá que son una de las familias raciales más viejas, más gastadas, más mezcladas y más degeneradas que existen.

     Con todo, Gobineau no oculta, en ningún momento, su admiración por los pueblos escandinavos, anglosajones y germanos, por entender que eran los pueblos Blancos racialmente más puros o menos bastardeados por las mezclas con otra razas: los escandinavos, poco numerosos, son los más dignos de los arios; los anglosajones han conservado caracteres, si no puros, cuando menos bastante próximos a los arios originales, representando el único pueblo, entre todos los surgidos de la península escandinava, que ha conservado una porción considerable de la esencia aria; los alemanes, sin embargo, no salen mucho mejor parados que los franceses, pues su degeneración les hace estar lejos de la "esencia germánica". La raza aria se configura así como de "pura sangre", la mejor armada para la lucha por la existencia, la más bella entre los distintos tipos humanos, la más enérgica y la más creativa; pero si esta raza aria deslumbró en los albores de la Humanidad, hoy se encuentra totalmente extinguida por su cruce con otras inferiores en calidad. Aún así, los arios, mezclados con los otros elementos, elevan y realzan a las razas que fecundan, pero ello es a costa de su propio valor, con menoscabo de su pureza racial [8].

[8] Citado por Julius Évola en "El Mito de la Sangre".

     Los arios habrían fundado, según Gobineau, las diez civilizaciones más grandiosas de la historia de la Humanidad. Grupos arios —que Gobineau creía todavía que emigraron del actual Irán— crearían las grandes culturas de la India, Persia y Grecia, hundidas después por la vorágine de pueblos semíticos y negroides. Otros dos grupos arios fundarían la civilización egipcia, luego adulterada por nubios y etíopes, y la civilización china. También sería aria la civilización asiria, que se vería alterada por hebreos y fenicios, así como las antiguas civilizaciones precolombinas de Perú y Méjico, derivadas de misteriosas colonizaciones arias. Por último, la antigua Roma, ya surgida de la fusión de elementos arianos (celtas, ilirios, latinos) con elementos semítico-mediterráneos (la "Roma semítica"), melanizada por la afluencia de multitudes ingentes de esclavos, mercenarios, artesanos, mercaderes y aventureros de razas no-arias, pero revitalizada posteriormente por los arios germanos, que aportarían su sangre más pura a la amalgama racial en que había caído la civilización romana, dando nacimiento a lo que Gobineau denomina la "Roma germánica", esto es, la civilización europea medieval que vio constituírse diversos Estados romano-germánicos y que, mientras duró aquella transfusión de sangre pura, fueron gobernados por la "nobleza" descendiente de aquellos hombres nórdicos.

     Gobineau escribe realmente una "historia de los germanos", si bien plagada de inexactitudes y de pueriles creencias de su época, y siempre atendiendo a criterios y parámetros raciales. Para él, los arios germanos poblaron en el siglo VIII a.C., bajo el nombre de ases o arios ("germano" procedería de ariman u hombre ario), un Estado en la Rusia central cuya capital era Asgard, desde la que se esparcieron por toda Europa, pero la romanidad haría que las jóvenes naciones germánicas se fueran, poco a poco, disolviendo en el "detritus" de las diversas razas que poblaban el Imperio. La historia de los germanos la inicia Gobineau, en un alarde de imaginación filológica, haciendo derivar el nombre de "germanos" de la pronunciación kínrica de "ariomanni" (algo así como "germani"), que sería la respuesta (con el presunto significado de los "nobles" u "honorables") de los primeros conglomerados étnicos germánicos —como los suevos de Ariovisto— compuestos por varios pueblos y tribus ario-nórdicas, a las preguntas de celtas y romanos sobre su identidad. De hecho, seguidores del pensador francés, ante la impopularidad del término "indo-germanos" y la inexactitud del de "indoeuropeos", propusieron, con escaso éxito, la denominación de "ariomanos" (sincretismo de "arios" y "germanos") para designar a todos los pueblos de origen nórdico que se extendieron por el dominio euroasiático. La patria secundaria de los arios germanos sería "Skandia" (la península escandinava), considerada por los Antiguos como una matriz engendradora de pueblos, a la que habrían recurrido siempre los pueblos germánicos para restaurarse racialmente.


2.3. El Fin de los Arios Germanos

     Así, por ejemplo, de los godos a los que atribuye una cualidad de renovación racial —cualitativa y cuantitativa— permanente, destaca su grandeza y su primacía reconocidas por todas las naciones germánicas, admirando también su realeza y su organización, que se verán reflejadas, mucho después, en el orgullo de la nobleza española [9]. De los Vándalos se lamenta que sus bandas no eran puramente germánicas, sino que habían absorbido elementos eslavos y amarillos, en primer lugar, y otros de sangre romanizada, posteriormente, hasta adquirir los matices melanizados que se difundieron por el litoral norafricano. De los longobardos y burgundios admira su pureza racial, ya que venían de las regiones bálticas cercanas a la cuna de las civilizaciones arias. De los Francos, entre los que dominaba la tribu de los merovingios, destaca también su longevidad racial, auspiciada por su contacto con otros pueblos germánicos, como los burgundios, los flamencos, los frisones y los sajones, a los que cedería finalmente su protagonismo, cuando los Francos acabaran mezclándose con el ya caótico conglomerado racial imperante en las Galias [10].

[9] Ortega y Gasset, escritor acusadamente germanófilo, consideraba que las inmigraciones germánicas no se fundieron con los autóctonos vencidos en un mismo plano, horizontalmente, sino verticalmente. Así, por ejemplo, la diferencia entre Francia y España residía —según Ortega— en la calidad específica de Francos y visigodos, ya que en una "escala de vitalidad histórica", aquéllos se situarían en la cúspide, mientras que éstos quedarían relegados a la base.
[10] Los godos —visigodos y ostrogodos— ocuparon un lugar destacado en la imaginería nórdica del nacionalsocialismo, ya que representarían el genuino espíritu germánico de libertad por confrontación con el imperialismo románico. Aunque la mayoría de los autores otorgan a los godos un linaje germánico, hay otros que les atribuyen un origen báltico (Jurate Rosales, "Los Godos", Barcelona, 2004).

     Por último, serán los anglos y los sajones los que, colonizando las islas británicas escasamente pobladas por celtas arios, conservarán, hasta los tiempos modernos, ciertas porciones de esencia aria. Las últimas migraciones escandinavas se perpetuarían en Inglaterra, Islandia y Groenlandia —en la que los grupos arios se extinguieron frente a los skraelinger [11]—, mientras que la germanización de Rusia acabaría ahogada en un océano asiático-eslavo. Gobineau no se detiene en la descripción de los innumerables y pequeños grupos germánicos que, siempre en movimiento, colonizaron la antigua Europa. Todos, con la excepción de los anglosajones y de los germanos escandinavos, han desaparecido, y su influencia no se manifiesta sino en estado latente. El último acto estaría representado por la colonización de Norteamérica llevada a cabo por anglosajones y germanos noreuropeos, cuya integridad racial se encuentra gravemente amenazada por las importantes minorías negra, hispana, latina, hebrea, hindú y china.

[11] Expresión que puede traducirse libremente en castellano como "tipejos lamentables" (skraeling), aunque en antiguo escandinavo significaría algo así como "miserables salvajes" y que era utilizada por los nórdicos escandinavos para designar despectivamente a los lapones, pictos, esquimales y otros pueblos de apariencia fínica con los que tuvieron contacto.

     En definitiva, el impulso conquistador y dominador de la raza aria la llevó a crear un mundo nuevo pero, a cambio, tuvo que renunciar a su orgullo de pureza racial y mezclarse con otros pueblos de raza distinta e inferior a la suya, mejorando a éstos sensiblemente, pero degenerándose también ostensiblemente e hiriendo de muerte a aquellas civilizaciones creadas por el ario. Solamente un nuevo flujo de sangre aria podría evitar la indefectible depauperación de las culturas superiores, pero este flujo resulta imposible porque, según el propio Gobineau, "no se encuentran más arios puros". Por aquella época, arqueólogos, filólogos y antropólogos, desvinculados de cualquier ideología racial, se habían rendido a la evidencia de que la primitiva e hipotética raza aria, si es que la hubo en algún momento, había dejado de existir por completo. La conclusión de toda la doctrina gobiniana es, pues, tremendamente fatalista: los restos de la civilización aria seguirán atrayendo a las masas de otras razas, pero la imposibilidad de revitalizarla con elementos de sangre pura conducirá inexorablemente a una gradual decadencia y, finalmente, a su extinción definitiva, momento en el que la Humanidad habrá logrado aquella "suprema idea de unidad e igualdad" que, para Gobineau, es sólo una verdad a medias para los mestizos sin raza.


3. La Regeneración Racial de los Arios mediante la Selección

     Siguiendo el desarrollo de las doctrinas racistas, encontramos a otro francés, Georges Vacher de Lapouge, que abandonará el frágil "arianismo" de Gobineau y de las tesis filológicas sobre la primigenia lengua aria, para llevar la cuestión racial al ámbito de la antropología y de la biología, más propias de alguien que como él se consideraba discípulo de Darwin: para la antropo-sociología de Vacher de Lapouge, obsesionado con la medición de los cráneos, las clases sociales más altas, como producto de la selección social, correspondían asimismo a las razas superiores, mientras que las clases más bajas, o bien estaban bastardeadas con la sangre de razas inferiores o eran descendientes de razas no-blancas [12]. Vacher de Lapouge define al hombre ario como el "dolicocéfalo rubio", de elevada estatura y rostro alargado, dominador, ambicioso, seguro, activo y honorable (islas británicas y Noroeste de Europa), asociado al tipo nórdico, que en Europa ha impuesto su dominio sobre el dolicocéfalo atlanto-mediterráneo (Sur de Europa) y los braquicéfalos alpino (Francia, Italia y los Balcanes) y eslavo-oriental. «La cualidad suprema de la raza aria, la que la caracteriza y la sitúa por encima de las otras, es su voluntad fría, precisa, tenaz, superior ante cualquier obstáculo. Con su voluntad inflexible, el ario sabe mostrar que está hecho para ser señor». Frente a este carácter temperamental y voluntarioso, opone el pacifismo del braquicéfalo o la servidumbre del tipo dálico [13], que sólo pueden aspirar a servir de esclavo para los señores arios.

[12] Georges Vacher de Lapouge, "Essais d'Anthroposociologie", París, 1909.
[13] Georges Vacher de Lapouge, "L'Aryen: Son Róle Social", París, 1899.

     «La luz que ciertas otras razas han difundido debe adscribirse a la presencia en éstas de un elemento rubio dolicocéfalo, que la oscuridad de los tiempos nos ha escondido». Con ello hacía referencia tanto a las antiguas civilizaciones de Asiria, Persia, Caldea, India, China, Grecia y Roma, como a la civilización occidental contemporánea. «En nuestro tiempo el significado de las naciones depende aproximadamente de la cantidad de dolicocéfalos rubios que han contribuído a la formación de sus estratos dirigentes». Presumiendo siempre un antagonismo natural entre los dolicocéfalos y los braquicéfalos, llegará a intuír —como un visionario— que en el siglo XX millones de hombres combatirán entre sí en razón de la diferencia de sus índices cefálicos «y los últimos sentimentalistas contemplarán formidables exterminaciones de pueblos» (citado por Évola, op. cit.).

     Para De Lapouge, el tipo de civilización varía según predomine el elemento ario dolicocéfalo o el braquicéfalo. Así, por ejemplo, la lectura racial de la historia de Francia sería la del triunfo del braquicéfalo bastardo, gracias al igualitarismo propugnado por la Revolución francesa. También en Norteamérica, Inglaterra y Alemania, estarían los representantes arios en peligro de extinción por su constante e ininterrumpido hibridismo con elementos inferiores, haciendo suya la idea gobiniana de la "decadencia racial de las civilizaciones". Pero lejos de caer en el fatalismo de Gobineau sobre la irreversibilidad de la degeneración racial de los últimos vestigios de la arianidad, De Lapouge desarrolla su teoría sobre la selección.

     La selección natural, en el ámbito de la especie humana, actúa siempre —según De Lapouge— en sentido inverso, es decir, eliminando los elementos étnicos y sociales superiores y encumbrando a los inferiores: guerras, revoluciones, etc., han operado como resultado una selección natural que ha provocado el ocaso de las élites arias, siempre más dispuestas al riesgo del combate y al honor de una muerte heroica. Pero De Lapouge, al contrario que Gobineau, piensa que es posible reaccionar oponiendo a la "selección natural", tan destructiva para el elemento ario, una "selección racional", dirigida por la intervención científica del hombre para salvaguardar a sus elementos raciales más puros.

     Y tal fin podía —siempre según De Lapouge— conseguirse mediante dos métodos: prohibiendo u obstaculizando la descendencia de los inferiores racialmente, enfermos o tarados, por un lado, y promoviendo y motivando la descendencia sin límites de los elementos más puros e íntegros racialmente. De Lapouge inauguraba uno de los fundamentos del racismo eugenésico que el nacionalsocialismo se encargaría de llevar a la práctica: la esterilización y el exterminio de los individuos nocivos o parasitarios de la comunidad social y racial, así como la selección de los elementos nórdicos más puros y el estímulo para la multiplicación reproductiva entre los mismos.


4. La Lucha Racial por la Hegemonía Germánica

4.1. El Germanismo Puro

     El debate racista, después de De Lapouge, irá deslizándose desde las hipótesis arias al pan-germanismo más simple y radical. Seguramente fue Fritz Lange (El Germanismo Puro, 1894) el primer teórico pan-germanista que, desde la crítica al igualitarismo cristiano, proponía fundar una nueva religión basada en el racismo biológico: los derechos proclamados por la religión cristiana y la ideología democrática, no sólo autorizan sino que animan al hombre mediocre a la aceptación gustosa de toda mezcla de sangre y de todo hibridismo. Frente a toda esa decadencia, Lange afirmaba que «el porvenir depende plenamente de la fuerza que en nosotros y en los otros pueblos de raza blanca adquiera la noción de la virtud decisiva de la sangre».

     Además, continuaba Lange, «si los pueblos arios, desde los tiempo más remotos, se han demostrado como los exponentes de toda civilización duradera, hay que considerar que éstos se dieron el nombre de "arios", es decir, de hombres de honor, no como una circunstancia secundaria, sino como la clave misma del misterio de su notoria superioridad con respecto a los otros pueblos». Por ello, Évola podrá decir que "sangre y honor" se convierten en la consigna del racismo ario, con claras pretensiones pan-germanistas y supeditadas al tradicional militarismo prusiano —para Lange, el núcleo de la civilización alemana—, que debía asumir el papel directivo a fin de imponerse a los adversarios de raza, ingenio y coraje inferiores, entre los que destaca, como no podía ser de otra forma, al pueblo parásito de los judíos.

     Por otra parte, hay que señalar la corriente darwinista que reinterpretó la lucha de clases como una lucha de razas, en la que destaca la obra de Ludwig Gumplowicz (Der Rassenkampf), judío de origen polaco que, casualmente, sería considerado como maestro sociológico por el germanista radical Ludwig Woltmann, cuyos principios ideológicos se examinan más adelante. Precisamente, increpado Gumplowicz por su discípulo Woltmann al haber abandonado el concepto de raza, el sociólogo nostálgico respondió en los siguientes términos: «Me sorprendía... ya en mi patria de origen el hecho de que las diferentes clases sociales representasen razas totalmente heterogéneas; veía allí a la nobleza polaca, que se consideraba con razón como procedente de un tronco completamente distinto del de los campesinos; veía la clase media alemana y, junto a ella, a los judíos; tantas clases como razas... pero, en los países del occidente de Europa sobre todo, las distintas clases de la sociedad hace ya mucho tiempo que no representan otras tantas razas antropológicas y, sin embargo, se enfrentan las unas a las otras como razas distintas...» [14].

[14] Citado por G. Lukács en “El Asalto a la Razón: La Trayectoria del Irracionalismo desde Schelling hasta Hitler", Barcelona, 1972.

     Woltmann, sin embargo, representa ya un modelo racista más avanzado en el tránsito hacia el racismo biológico, apropiándose, al mismo tiempo, de ciertas elucubraciones de Gobineau y de De Lapouge. Ludwig Woltmann [15], un ex-marxista que abandonó la lucha de clases y se convirtió a la lucha de razas, representa, en definitiva, un racismo que aparece ahora revestido como una ciencia de la antropología que se dirige a establecer los caracteres de los pueblos superiores y dominadores, capaces de asegurar la primacía y la potencia de las civilizaciones. Para ello, Woltmann define un tipo biológico, puramente antropológico y morfológico en sus descripciones, y después lo asocia a una serie de cualidades espirituales: «El hombre de alta estatura, de cráneo desarrollado, con dolicocefalia frontal y de pigmentación clara —la raza noreuropea— representa el tipo más perfecto del género humano y el producto más alto de la evolución orgánica». Otto Hauser (Die Germanen in Europa, Dresden, 1916), su discípulo, definía a los pueblos indoeuropeos como «pueblos rubios, bien definidos, que llegaron por sí mismos a una cultura cuyo nivel será admirado siempre, mientras circule en un pueblo, en un individuo, sangre nórdica afín».

[15] Ludwig Woltmann, "Die Germanen und die Renaissance in ltalien", 1905; "Die Germanen in Frankreich", 1907.

     Insiste Woltmann en que, mientras a las razas nórdicas les corresponden mayores cualidades intelectuales y facultades creativas, a las razas inferiores les resulta imposible acoger elementos de las civilizaciones que, como la nórdico-mediterránea tan próxima a sus áreas geográficas, pudieron adoptar para su propio beneficio, pero no lo hicieron, sumiéndose finalmente en la barbarie. Sin embargo, las razas germánicas se adueñaron rápidamente de las culturas griega y romana, mientras que, ni griegos ni romanos asimilaron la hebraica. «La transmisión de una civilización superior a razas inferiores no es posible sin una mezcla de sangre, a través de la cual los elementos de la raza más dotada se fundan con los de las razas menos dotadas». Pero el cruce de razas no es un factor de progreso duradero, sino cuando se trata de dos razas afines y del mismo valor biológico y espiritual: «es así como los germanos y los romanos se sintieron recíprocamente como de igual valor» (citado por Évola, op. cit.).

     A pesar de reiterar la tradicional advertencia sobre los peligros de la mezcla de razas, Woltmann se aparta del pesimismo gobiniano para abrazar el difuso concepto de la "des-mezcla de razas" que luego reinterpretarían Rosenberg y Darré para el nacionalsocialismo. Según esta teoría, debía atribuírse una importancia capital al fomento artificial de la raza a través de cruzamientos endogámicos (esto es, entre individuos supuestamente pertenecientes a la misma raza), con «la modesta esperanza de poder conservar y salvaguardar la sana y noble existencia de la raza actual por medio de medidas higiénicas y políticas encaminadas a protegerla».


4.2. El Germanismo Extremo

     Las tesis iniciales de Woltmann, no obstante lo anterior, irían cobrando un intenso matiz germanista, hasta el extremo de no tolerar la unión de los alemanes con otras ramas de la familia noreuropea. Es más: una posible asimilación de los otros pueblos germánicos —daneses, holandeses, etc.— la condicionaba a su dominio por parte de una gran Alemania. La extravagancia de Woltmann, que partía de la idea según la cual el valor de una civilización depende de la cantidad de raza rubia germana que contenga, le hizo asegurar que los grandes hombres (nobles, políticos, artistas, filósofos, etc.) más representativos de la cultura y la sociedad italiana, francesa y española eran, sin duda alguna, de ascendencia germánica, pensando que sus cualidades anímicas y espirituales revelarían siempre los caracteres antropológicos del germano, dolicocéfalo y rubio, aun cuando su apariencia física externa fuera la de un alpino braquicéfalo o la de un oscuro mediterráneo.

     Poseído por la obsesión del "racismo rubio", veía en las élites intelectuales y artísticas de las naciones europeas a hombres de cabello rubio y ojos azules. Hasta un teórico racista de la talla de Wirth llegaría a decir que «por un error singular de observación, Woltmann y sus partidarios descubrieron en tantos genios y talentos europeos rasgos germánicos. Para ojos imparciales, los retratos que Woltmann agregó como explicación muestran precisamente lo contrario: tipos baskiros, mediterráneos y negros».

     Evidentemente, ningún historiador serio pondrá en duda que en todos los países europeos, en mayor o menor medida, existen elementos raciales —o más exactamente, antropológicos— del tipo germánico o, en general, indoeuropeo, debidos a las continuas y sucesivas invasiones de estos pueblos. Así, Max van Gruber [16] podrá decir que «cuando examinamos las características físicas de nuestros más grandes hombres en cuanto a su pertenencia, encontramos, es verdad, caracteres nórdicos, pero en ninguno exclusivamente nórdicos... pero a las cualidades de los nórdicos han tenido que agregarse ingredientes de otras razas para producir tan feliz composición de cualidades».

[16] Max van Gruber, "Volk und Rasse", en Süddeutsche Monatsheftz, 1927.

     El sueño de una hegemonía germánica mundial de Woltmann tenía, sin embargo, un obstáculo históricamente reiterado y constatado: el hombre germánico es el gran enemigo —y el más peligroso— del hombre germánico. Alemania necesitaba "una regeneración espiritual y una purificación racial internas" destinadas a la lucha final y definitiva, para lograr un grado de civilización superior a todos los precedentes, contra todas las familias de raza germánica. Unas décadas más tarde, la Gross Deutschland (Gran Alemania) conseguiría la anhelada "unidad racial germánica" (Germanische Blutseinheit) sometiendo no sólo a los eslavos parcialmente germanizados sino también a otros pueblos germanos, como daneses, noruegos, holandeses, flamencos, y enfrentándose, especialmente, con los anglosajones —británicos y norteamericanos— por la conquista del mundo; pero el resultado final fue muy distinto al de la premonición de Woltmann.


4.3. El Germanismo Académico

     Representante de un germanismo más académico —y más desideologizado— fue Gustav Kossinna, filólogo y arqueólogo alemán, autor de numerosas obras sobre el origen, la prehistoria, la civilización y la expansión de los germanos (Urgermanen), que hizo de la arqueología alemana, junto a Rudolf Virchow, una ciencia nacional, si bien su instrumentalización política posterior por el nacionalsocialismo tuvo fatales consecuencias. Kossinna (Die Herkunft der Germanen, 1921) afirmaba que «el carácter y la civilización alemana, en su vigorosa supremacía, no tienen ninguna necesidad para sostener su expansión futura, o incluso para la seguridad de su existencia, de referirse a títulos de propiedad de pasados milenios, como han hecho otras naciones, no sin violentar los hechos históricos. Nosotros los alemanes, y con nosotros todos los otros miembros de la familia germánica, no podemos dejar de estar orgullosos y de admirar la fuerza del pequeño pueblo nórdico, viendo cómo sus hijos conquistaron en la Prehistoria y en la Antigüedad, toda Escandinavia, se propagaron durante la Edad Media por toda Europa y, en nuestra época, en las regiones más lejanas del globo».

     En el texto precedente encontramos todos los ingredientes de la ideología pan-germanista: alusión a la "vigorosa supremacía" germana, referencia a la "expansión futura", demostración de orgullo y admiración por el "pueblo nórdico" y solidaridad pan-germanista (la "familia germánica"). Por si fuera poco, Kossinna subrayó, en numerosas ocasiones, la "fuerza imponente de las razas en el pasado", afirmando que a las regiones cultural y arqueológicamente delimitadas —como la germánica— les corresponden también pueblos y tribus muy definidos étnicamente. Asimismo, se opuso siempre a la [idea de la] supuesta barbarie de los antiguos germanos, y frente a la creencia de que "ex oriente lux" (la luz viene de Oriente) como punto de partida de toda irradiación cultural, él señalaba el Norte de Europa como fuente de inspiración [17].

[17] R. Stampfuss, "Gustav Kossinna: Una Vida Consagrada a la Prehistoria Alemana", 1935.

     Kossinna quiso "sacar del anonimato” a los pueblos indoeuropeos y, especialmente, a los germanos que habían habitado antiguamente territorio alemán, de los que estaba convencido que eran racial e intelectualmente superiores, siempre desde su perspectiva esencialista de la etnicidad: la historia de una etnia germánica podía ser reconstruída a través de su cultura material arqueológica, interpretando la existencia de rupturas o vacíos arqueológicos en términos de migración y difusión cultural (Methode Kossinna). «Kossinna asumía que la continuidad cultural en un área determinada significaba invariablemente continuidad étnica y que las culturas arqueológicas eran inevitablemente un reflejo de la etnicidad» [18]. De ahí el uso constante de la relación entre Kultur y Volk a través de las expresiones Kulturgruppe (grupo cultural o étnico) y Kulturgebiete (área cultural), para rastrear complejos culturales más extensos, como los correspondientes a germanos, celtas o eslavos, hasta retrotraerlos a períodos tan remotos históricamente que no fuera posible diferenciarlos entre sí, esto es, que sólo fuera posible distinguir entre indoeuropeos y no-indoeuropeos.

[18] Manuel Alberto Fernández Götz, "Gustav Kossinna: Análisis Crítico de una Figura Paradigmática de la Arqueología Europea", Departamento de Prehistoria y Etnología de la Universidad Complutense de Madrid, 2006.


5. La Antítesis Germanismo/Judaísmo

    Entre el conde de Gobineau y Houston Stewart Chamberlain existe un estrecho lazo de unión que tiene nombre propio: Richard Wagner. La sincera amistad y la admiración que el genial músico sintió por el escritor francés, se las transmitió a Chamberlain, inglés nacionalizado alemán. Pero si Gobineau había sido un racista de corte romántico y fatalista, Wagner contemplaba la religión de la raza desde una posición puramente estética, ciertamente con arraigados prejuicios anti-judíos, y sobre todo, mucho más optimista en cuanto al florecimiento de la raza blanca, encontrando en su yerno Chamberlain al pensador europeísta que podía construír el armazón ideológico de un mundo nuevo basado en las leyes de la herencia y la selección. El pensamiento wagneriano, sin embargo, a pesar del apoyo incondicional de Hitler, no tuvo demasiado éxito en la Alemania nacionalsocialista, que se decantó mayoritariamente por su enemiga filosofía nietzscheana, en medio de la fraticida guerra intelectual que mantuvieron Wagner y Nietzsche.

     La ideología racial de Wagner se centra sobre su reconocimiento de la desigualdad de las razas, dado que «que las razas más nobles pueden llegar a dominar a las inferiores, y que por su mezcla, nunca llegarán las razas inferiores a ser iguales a las más nobles, sino que, por el contrario, las nobles perderán su nobleza. Esta realidad, por sí sola, sería suficiente para estudiar nuestra decadencia». Así, la mezcla racial, si bien ennoblece en parte a las razas inferiores, también es la causa de la corrupción de la raza blanca, que se encuentra obligada a compartir su sangre en razón de su escaso número. «Wagner no era un irremediable pesimista, aunque aceptaba totalmente el estado de decadencia de la Humanidad que apesadumbraba a Gobineau. Aceptaba la realidad de la desigualdad de las razas, la supremacía de los arios, pero no el pesimismo total, y daba un sentido moral a la raza que no existía en Gobineau. Wagner no deseaba un racismo exclusivista y agresivo. Para Wagner, por encima de la raza están el hombre y la compasión y amor a todo ser humano» [19].

[19] Ramón Bau, "Wagner y Gobineau. El Sentido Racial en Wagner", Wagneriana, 49, 2003.

     Por ello, Wagner anuncia una época de decadencia racial y moral de la Humanidad, la muerte de la nobleza de sentimiento, que sólo podrá superarse recurriendo a la redención por lo heroico y la religiosidad. El tipo heroico para el músico no es otro que el caballero germano: «Este orgullo de la raza germánica es el alma del hombre sincero, del hombre libre, incluso cuando está en condición servil; no conoce el miedo, sino sólo el respeto, virtud que en ese sentido exacto sólo existe en la lengua de los antiguos pueblos arios». Y la religión no es otra que la del Cristo ario.

     Pero Wagner niega que el dominio de una raza sobre las otras sea moral: la superioridad y la moralidad del ario debe ponerse al servicio de la Humanidad, no para explotarla, ni para aumentar el dolor de los demás. La conciencia moral está por encima de la cualidad racial. Wagner, no obstante, comparte con Gobineau su teoría sobre la desigualdad natural de las razas humanas, llegando a afirmar «que no tendríamos Historia de la Humanidad sin los movimientos, éxitos y creaciones de la raza blanca, eso es más que evidente, y podemos considerar, sin temor a equivocarnos, que la Historia universal es la historia de las mezclas de esa raza con la amarilla y negra, en el sentido de que estas últimas, menos nobles, no entran en la Historia más que en la medida en que, mezclándose, asimilan más o menos a la raza blanca. El deterioro de ésta, por otra parte, proviene, evidentemente, de que, infinitamente menos numerosa en representantes que las razas inferiores, se ha visto obligada a mezclarse con ellas, con lo cual, como ya he remarcado, ha perdido mucho más en pureza de lo que podía haber ganado ennobleciendo su sangre en alguna medida».

     Y desde este convencimiento, Wagner [20] denunciará la "influencia desmoralizadora del judaísmo" y sostendrá que «la raza judía ha nacido como enemiga de la Humanidad pura y de todo lo noble que hay en el hombre», concluyendo que «el judaísmo es la mala conciencia de la civilización moderna» (de su opúsculo "El Judaísmo en la Música", 1850). No obstante lo anterior, Wagner no sólo reconoce al judío por sus reprochables conductas morales (supuestamente, la codicia, la sexualidad enfermiza, la incapacidad verbal), sino también por sus características raciales: el "aspecto físico desagradable" típico del judío "no es una coincidencia puramente fisiológica", advirtiendo que «sólo existe un medio de conjurar la maldición que pesa sobre nosotros: la redención de Ashaverus es la muerte», el aniquilamiento, o en otras palabras, la lucha heroica de la raza germánica para acabar con "el enemigo de la Humanidad" hasta alcanzar una época en la que "ya no haya más judíos".

[20] Richard Wagner, "El Judaísmo en la Música", Wagneriana Nº 1, 1977.

     Chamberlain escribirá: «Por lo tanto, para Wagner la corrupción de la sangre y la influencia desmoralizadora del judaísmo, eran las causas principales de nuestra decadencia. La influencia del judaísmo acelera y favorece el progreso de la degeneración, empujando al hombre moderno hacia un torbellino desenfrenado que no le deja tiempo ni para reconocerse ni para tomar conciencia de esta lamentable decadencia, así como tampoco de la pérdida de su propia identidad. La corrupción de la sangre proviene sobre todo de una nutrición anormal, pero también de la mezcla de razas más nobles con las que lo son menos» [21].

[21] Houston S. Chamberlain, "Das Drama Richard Wagners", Breitkopf & Härtel, Viena, 1892.

     Y todo ello, a pesar de contar entre sus amigos con judíos, pues Wagner se centraba en la nefasta influencia que el judaísmo tenía sobre la economía y la cultura alemanas y no en las actividades de los judíos en particular. Con todo, su célebre frase auto-exculpatoria «Muchos de mis mejores amigos son judíos» no deja de ser un gesto típicamente anti-judío, una coartada que pudiera servir ante posibles ataques a su filosofía racista, pero la realidad es que Wagner siempre alertó a sus colegas contemporáneos sobre el peligro de los "judíos asimilados" que hacían gala de su recién adquirida "germanidad" —los "conversos" en cualquier disciplina siempre han sido los más radicales— para ocultar su "judaísmo" y no ver así mermadas sus posibilidades artísticas, profesionales o económicas. En definitiva, los dramas musicales de Wagner, en los que contrapone individuos heroicos, típicamente nórdicos, con seres oscuros y demoníacos asociados metafóricamente a una representación maligna del ser hebraico, se convertirán en auténticos himnos de la escenografía nacionalsocialista, a los que Hitler consideraba como la más elevada representación de la capacidad artística alemana.


6. La Raza Germana como Resultado de la Evolución

6.1. La Superioridad Adquirida por las Razas Ario-Germanas

     Pero pasemos a Houston Stewart Chamberlain, autor de "Los Fundamentos del Siglo XIX" (Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts, 1899) entre otras muchas obras, al que se ha considerado como el perfeccionador de la teoría racista de Gobineau. Realmente, sin él, Chamberlain nunca hubiera entrado a formar parte del grupo de pensadores precursores del racismo nacionalsocialista, aunque se le consideró, en general, como un hombre inteligente, a veces místico, las más atrapado entre dudas e incertidumbres, pero, sobre todo, caracterizado por ser un racista atípico, menos arcaizante que sus predecesores, a los que su influjo debió, sin duda, sus inclinaciones raciales, cuando su natural predisposición a la reflexión meditada hubiera podido llevarlo a ámbitos más racionales como la política, la Historia o la filosofía. En cualquier caso, Chamberlain es un pensador verdaderamente original si lo comparamos con sus antecesores y también con sus sucesores, y en este sentido, la figura más relevante del arianismo moderno por cuanto brindó el nexo ideológico entre las viejas teorías racistas y las necesidades del nuevo imperialismo germano, dotándolo de una auténtica "concepción del mundo" que hacía girar la Historia de la Humanidad en torno al concepto racial. No es de extrañar, por tanto, que personajes tan dispares como el Emperador Guillermo II o el futuro canciller Adolf Hitler viesen en Chamberlain el camino para hacer despertar "todos los elementos primigenios arios y germánicos que se encontraban dormidos pero poderosamente sedimentados".

     Chamberlain inicia su reflexión con un discutible argumento histórico: «Los antropólogos han querido enseñarnos que todas las razas humanas están por igual dotadas, pero nosotros hemos abierto el libro de la Historia y les hemos respondido: es falso. Las razas humanas, sea desde el punto de vista de la cualidad como del grado de sus dones naturales, están dotadas de una manera sumamente desigual». Y en esa desigualdad destaca la superioridad del grupo de las razas arias, sobre las que, no obstante, duda que tengan un mismo origen o que se encuentren unidas por vínculos de sangre, porque lo que realmente importa es que forman una familia separada de las demás por sus notorias afinidades.

     De hecho, Chamberlain no acuña un concepto de raza, y para él los caracteres físicos externos sólo tienen un valor simbólico, porque lo realmente decisivo es el sentimiento de pertenencia a una raza, el mito de la sangre. Se trata de la teoría de "la posesión de la raza": quien pertenezca a una raza marcadamente pura, lo sentirá cotidianamente; en consecuencia, quien no posea semejante intuición será un hombre de raza impura, un bastardo. Chamberlain, pues, descarta la importancia de los caracteres físicos (el color rubio del cabello, la tonalidad azul-gris de los ojos, los rasgos angulosos del rostro, la delicada redondez del cráneo, etc.), ya que éstos responden a un grupo humano determinado y, por consiguiente, carecen de valor por sí mismos. El verdadero criterio determinante de una raza será de un orden puramente psicológico.

     Ahora bien, esa superioridad de las razas arias no es innata sino adquirida, esto es, que las razas no se crean desde el primer momento en toda su pureza, sino que, mediante la selección y la evolución, van adquiriendo esos rasgos de nobleza que las hace superiores. La consecución de ese tipo de raza se torna como una misión de la Humanidad: «Aun cuando se lograra demostrar que en el pasado no haya existido una raza aria, nosotros queremos que en el futuro haya una». Pero, ¿cuál es la fórmula para llegar a formar esa especie de raza elegida? Pureza, selección y mezcla de sangres afines.


6.2. La Conservación de la Sangre Celto-Eslavo-Germánica

     En primer lugar, hay que subrayar que para Chamberlain son los nobles germanos los herederos de todas las excelencias físicas, espirituales y psicológicas imaginables. Aun más, dentro de la familia aria incluye también a los celtas y eslavos. De hecho, prácticamente hacía de los germanos una raza prehistórica, de la cual se habrían formado posteriormente, mediante selección, los celtas, los eslavos y los germanos propiamente dichos. En muchas ocasiones, Chamberlain habla en conjunto de una raza de sangre celto-eslavo-germánica, cuyo hogar ancestral sitúa en Europa del Norte y a la que atribuye la creación de toda civilización: ha sido el destino histórico de los germanos lo que ha hecho que hayan jugado el papel de casta dirigente en otros pueblos no-germánicos como los franceses, los italianos, los españoles o los rusos, gracias a lo cual han podido desarrollar una notable cultura, y lo mismo presupone de las grandes culturas orientales.

     Resulta curioso comprobar cómo Chamberlain, al contrario que Gobineau, cree que la mezcla entre razas afines resulta beneficiosa para el nacimiento y el desarrollo de las civilizaciones. Mientras Gobineau ve en el hecho racial la condición histórica de toda civilización y en la degeneración racial la postrera decadencia de las mismas, Chamberlain, siempre afecto a la corriente darwinista, no contemplaba la raza como un punto de partida sino como un resultado de la evolución humana, en el que la selección natural operaba una eliminación de los elementos débiles y la conservación de los más capacitados para la lucha por la vida. Ahora bien, «solamente las mezclas de sangres muy determinadas y limitadas contribuyen al ennoblecimiento de una raza o a la formación de una raza nueva».

     Entonces, la aparición de las razas nobles debe garantizarse mediante métodos de higiene racial, aprendiendo la lección de la Historia sobre el caos racial que llevó al derrumbamiento de grandes civilizaciones. Chamberlain pone como ejemplo a la Roma imperial, como encarnación del principio anti-racial, si bien considera que el elemento germánico actuó como regenerador de la latinidad agonizante. El caos romano se produjo como consecuencia, de un lado, por ser Roma el centro de refugio de todos los mestizos del mundo; de otro, por el igualitarismo propugnado por la Iglesia que favorecía tal promiscuidad y, finalmente, por el judaísmo, que persigue la destrucción material, moral y espiritual de los indoeuropeos. Chamberlain comparte con muchos de sus contemporáneos ciertos prejuicios anti-romanos y anti-cristianos (aunque realmente su oposición se dirigía contra la Iglesia romana), pero reivindica una espiritualidad germánica por la oposición entre arios y judíos, llegando incluso a asegurar que Jesucristo no pertenecía a la raza hebrea sino que era un "ario rubio" descendiente de los colonos nórdicos con los que se repobló la región tras las guerras asirias (el nombre de Galilea podría derivarse de repobladores galos), de la misma forma que otros autores asegurarán que Buda, el príncipe Siddharta, sería descendiente de los kshatryas y de los sakyas, guerreros de raza aria. Así, Chamberlain mantendrá siempre que el cristianismo era la expresión suprema del espíritu ario, del alma germánica, mientras que otros teóricos de la época, como Wirth, Dühring o Mahlmeister, y posteriormente Rosenberg, rechazaban de plano el cristianismo, precisamente, por su influencia en la judaización del espíritu ario.

     Sobre el peligro de contaminación racial de los europeos por la influencia judía, Chamberlain advierte que una de las enseñanzas de la Torá —"el bastardo no entrará en la casa de Israel, ni siquiera su décima generación entrará"— es premeditadamente incumplida por el pueblo hebreo, ya que «al mismo tiempo, se desprenden del tronco principal miles de ramas secundarias que sirven para impregnar de sangre judía a los indoeuropeos. Si esto continuase así durante un par de siglos, Europa no contaría ya con un solo pueblo de raza pura, excepto el de los judíos: todo el resto no formaría sino una masa amorfa de mestizos pseudo-hebreos, es decir, un rebaño humano indudablemente degenerado desde el punto de vista psíquico, intelectual y moral».


6.3. La Raza Aristocrática de los Germanos

     En definitiva, aunque Chamberlain se nos presenta como un temprano europeísta, le resulta imposible dejar de caer en la teoría conspiracionista del judaísmo y en las supuestas excelencias de un germanismo suavizado con el ingrediente celto-eslavo. «El germano —escribirá— está caracterizado, al mismo tiempo, por una fuerza de expansión y por una tendencia a la concentración totalmente desconocida antes que él. La fuerza expansiva se manifiesta en todos los dominios: en el de la actividad práctica, con la colonización de toda la superficie de la Tierra; en el de la ciencia, con la explicación del cosmos ilimitado y la búsqueda de causas siempre más lejanas; en el del ideal, con el ardor de las hipótesis, como también con el espléndido impulso artístico que aseguraba medios de expresión siempre más comprensivos. Pero, al mismo tiempo, la concentración se efectúa en zonas siempre más restringidas, cuidadosamente aisladas del resto del mundo: la raza, la patria, la región nativa, el inviolable hogar, el círculo íntimo de la familia, en fin, el repliegue sobre sí del individuo que, una vez purificado, arribado a la conciencia del aislamiento absoluto, se opone al mundo de las apariencias cual ser invisible, autónomo, señor supremo de su libertad».

     Así visto, Chamberlain se postula como un pan-germanista más, en cuyo pensamiento lo germánico se sitúa por encima de todo lo europeo, como el heredero que tiene la misión de crear una nueva raza. También aquí se distancia de la visión fatalista de Gobineau, cuya conclusión final era la inexistencia de arios puros y que, en consecuencia, nada podía evitar ya la decadencia general de la civilización. Antes al contrario, Chamberlain constata la existencia de una familia racial aria, que contrapone a las culturas semíticas y asiáticas, la cual, de la mano germánica, como ya sucedió con la decadente Roma, aborda la empresa para la construcción de un mundo nuevo.

     Pero al inglés naturalizado alemán, a diferencia del pensador francés, no le interesan las mediciones antropológicas, ni las conclusiones lingüísticas, que quizás pudieran describir a la raza aria. Para Chamberlain es suficiente la existencia de un grupo de pueblos indoeuropeos emparentados por una particular concepción del mundo. «Ninguna mensuración craneana, ninguna argucia filológica, podrá nunca suprimir ese grande y simple hecho a la vez, hecho obtenido de la ciencia merced a las pacientes y minuciosas encuestas de los historiadores con base cultural judaica: este hecho demuestra la existencia de un arianismo moral, opuesto a un no-arianismo moral, por muy diversificada que aparezca la composición de los pueblos que forman parte del grupo».

     Según Steinert, Chamberlain representa, pese a su aparente academicismo, la línea dura del racismo anti-judío, el nacionalismo más chovinista y la glorificación de la germanidad: «El concepto de la unidad y de la raza, ese núcleo duro del judaísmo, consagra el reconocimiento de un hecho fisiológico fundamental de la vida: desde el humus hasta la raza pura, vemos la importancia de la "raza"; los judíos santifican esta ley natural... El hombre germánico es el alma de nuestra cultura. La Europa actual, con sus ramificaciones alrededor del globo, es el resultado abigarrado de una mezcla infinitamente diversificada: lo que nos une entre nosotros y lo que nos hace una entidad orgánica, es la sangre germánica. Si miramos a nuestro alrededor vemos que la importancia y la fuerza viva de una nación dependen de la parte de sangre germánica que hay en su población» [22]. Se trataba, una vez más, de subrayar la trascendencia de la "germanidad" como nexo común de todos los europeos y como factor unilateral de su cultura, si bien dentro de una jerarquía racial que hacía de los alemanes, los ingleses y los escandinavos, los pueblos mejor dotados para la civilización por su mayor concentración de sangre germánica.

[22] Marlis Steinert, "Hitler y el Universo Hitleriano", Barcelona, 2004.

     J. L. Reimer (Una Alemania Pan-Germanista, 1905), sucesor ideológico de Chamberlain, oponía racialmente a los germanos con los no-germanos, incluyendo en los primeros, como su maestro, al conjunto celta-eslavo-germánico, y correspondiendo el segundo grupo a los braquicéfalos alpinos y a los dolicocéfalos mediterráneos, a los que, como otros raciólogos de la época, consideraba más próximos que cualquier otra raza europea al hombre nórdico. Otra idea retomada de Chamberlain es la recreación de un Imperio mundial basado en la raza aristocrática de los germanos, pero su idea imperial no se remonta a Roma ni al "desarrollo caótico de las naciones románicas" que extendieron su dominio sobre razas heterogéneas hasta confundirse con las mismas. Para Reimer, la raza imperial deberá difundir su sangre entre las razas conquistadas, manteniéndose, al mismo tiempo, pura, esto es, ennobleciendo con su sangre aristocrática a los elementos inferiores, pero sin fusionarse con ellos. Y en Europa —pensaba Reimer— sólo existe una raza capaz de crear una civilización impulsada a la conquista del mundo: la germana, enriquecida por las aportaciones celtas y eslavas.


* * * * *

7. Las Corrientes Místico-Esotéricas del Arianismo:
De la Ariosofía a la Antroposofía

     El Nacionalsocialismo fue una ideología heredera del más puro "irracionalismo" y, como tal, en su formación y subsiguiente transmutación, estuvo plagada de mitos y leyendas, el primero de ellos, desde luego, el de la raza, el misterio de la sangre, sobre el que se construiría todo el edificio ideológico nacionalsocialista, desde la reinvención de las antiguas tradiciones germánicas, hasta la justificación de la conquista de nuevas tierras para los colonos alemanes. Este espiritualismo místico, que se quería oponer al materialismo capitalista o marxista, estaba muy extendido entre la cultura popular alemana de la época, a la que la cruda realidad del Diktat de Versalles la hacía refugiarse en sociedades secretas y rituales mágicos, pero que, fuera de ese ámbito popular, en el que seguramente pudo influír en los primeros tiempos del Nacionalsocialismo, ningún dato fehaciente nos permite asegurar que la Alemania nacionalsocialista se encontró regida por una corriente esotérica luciferina.

     Existen, sin embargo, indicios que constatan, al menos, una cierta inquietud del Führer por el trasfondo de realismo que pudieran conservar los mitos. Sin embargo, los biógrafos de Hitler confirman unánimemente que nunca compartió las creencias místico-esotéricas de Hess, Rosenberg o Himmler. De hecho, después del frustrado vuelo de su lugarteniente a Inglaterra, prohibió y persiguió todo vestigio de sectas y sociedades secretas, pues el Führer aspiraba a elevar al Nacionalsocialismo a la categoría de única religión germánica, pero desprovista de tradiciones paganas, rituales místicos y esoterismos ocultistas, basada exclusivamente en la nivelación racial y social a través de la fidelidad y el culto a la raza aria.


7.1. La Cosmogonía Glacial: El Hielo Eterno

     Hans Horbiger, ingeniero austriaco, reconvertido después en astrónomo, es el creador de la "doctrina del Hielo Eterno" (Welteislehre) y de la Tierra Cóncava, génesis de su "cosmogonía glacial", según la cual el cosmos se creó por la fusión entre un super-sol y un planeta de hielo cósmico y su posterior explosión en pequeños fragmentos que se convertirían en planetas, de los que la Tierra sería el único no dominado por el frío, porque en ella continúa la lucha entre el hielo y el fuego.

     En este proceso, la Tierra habría captado cuatro lunas, siendo la actual la última de ellas. Cuando cae la primera luna, aparecen los gigantes con grandes poderes psíquicos. Con el estallido de la segunda luna sólo sobrevivirán algunos gigantes que se van adaptando. Cuando aparece la tercera luna se forman los hombres ordinarios, más pequeños, menos inteligentes, que son civilizados por los gigantes supervivientes. Cuando la tercera luna se va acercando a la Tierra, los mares suben y los hombres se ven obligados a dirigirse a las montañas más altas con sus reyes gigantes, dando lugar a la civilización de la primera Atlántida. Cae la tercera luna, el agua desciende y los supervivientes tienen que retirarse hacia las zonas pantanosas, embruteciéndose. Después, la Tierra capta la cuarta luna, los mares afluyen y comienzan las glaciaciones. La segunda Atlántida desaparece bajo las aguas. Los gigantes degenerados y los hombres animalescos combaten entre sí. Los hombres quedan solos, abandonados, degenerados, a la espera de un nuevo ciclo en el que volverán las mutaciones y, con ellas, los gigantes [23]. Entre tanto, durante milenios, en la Tierra proliferarán razas medianas y enanas, razas degeneradas, razas que se elevan, seres intermedios y precursores de los futuros gigantes. Ésta es, en síntesis, su teoría de la cosmogénesis del Universo y de la Tierra [24].

[23] L. Pauwels y J. Bergier, "El Retorno de los Brujos", Barcelona, 1961.
[24] Debe destacarse el paralelismo de las elucubraciones raciales de los ariosofistas y antroposofistas con los mitos y leyendas que configuran la antigua religión nórdica. Si, por un lado, nos encontramos con Odín (Woden o Wotan), un enorme dios pelirrojo, que mató al gigante Ymir, liberado del hielo, junto a los Aesir, tribu de Odín y de la familia de los dioses nórdicos, y a los Vanir, tribu de dioses-héroes más débiles, de cuya mezcla descenderían los ancestros de los escandinavos, así como las valkyrjur o valkirias. Éstos combatirían a los Jotnar, raza prehistórica de gigantes violentos e incontrolables, criaturas de las montañas, cuyo principal enemigo era Thor, también de cabellos y barba rojizos. Después, una larga lista de las razas de los huldufólk, habitantes nativos de los bosques escandinavos: los alfar o elfos y sus oscuros parientes los dvergar o enanos; los thyrs o trolls, ogros monstruosos; los landvoettir, guardianes de los lugares sagrados; los dísir, similares a las ninfas; los gandir y vendir, fantasmas o espíritus de los muertos; los fylgjur o espíritus de los chamanes; y, por último, los skraeing, los sami lapones o suomi finlandeses y karelios hábiles en la hechicería. Un cuadro wagneriano y tolkieniano digno de "El Anillo de los Nibelungos" o de "El Señor de los Anillos".

     La teoría horbigeriana del mundo de hielo (Welteislehre) se propuso dar forma cosmológica, que los nacionalsocialistas tomaron como si se tratase de una ciencia ortodoxa, a los mitos sobre las edades de hielo, los diluvios y las colisiones y capturas lunares (los planetas se moverían en espirales elípticas orientadas hacia dentro). De ahí que cuando el planeta Tierra captura una luna, este fenómeno produce una fuerza que hace resbalar a la corteza terrestre, originando así el desplazamiento de los polos, explicando de esta forma los cambios climáticos producidos en el pasado y los que se originarán en el futuro, así como la desaparición de los océanos en determinados lugares, como el interior del desierto de Gobi, o su súbita aparición en otros, como en la mítica Atlántida

     De esta forma, mientras Spengler reestableció la denominada "ciclología" de las civilizaciones (nacimiento, desarrollo y muerte de las culturas), o la renovación cíclica de la cosmovisión germánica propuesta por Von List, por su parte Horbiger fue el teórico oficial de la ciclología nacionalsocialista, que servía a sus fines para declarar la muerte de la cultura judeo-cristiana-liberal y el renacimiento de la Era germánica (el Reich de los mil años).

     En fin, los ciclos históricos de la Humanidad de Horbiger, con sus grandes cataclismos, superiores civilizaciones y masivas migraciones, con sus gigantes, sus enanos y degenerados, se correspondían con la filosofía nietzscheana y la mitología wagneriana, así como con el misticismo racial nacionalsocialista respecto de una raza aria nórdica, fortalecida por la lucha contra el hielo, que se tornaba heredera de una raza de gigantes.


7.2. La Doctrina Secreta: Manual de las Siete Razas

     En los inicios de la "Teosofía" destaca, entre sus principales promotores, Madame Blavatsky, aristócrata rusa de origen germano, cuyas ideas se concretaron en su obra "La Doctrina Secreta", un manual ocultista de conocimiento oriental y esotérico, en el que exponía la evolución humana como una regresión o degeneración, que se iniciaba con la primera raza divina, en un proceso de animalización progresivo hasta que se alcanzaba el estadio evolutivo —o mejor, involutivo— de la actualidad, aun cuando la raza dominante era la aria. En cualquier caso, la Teosofía llegó a entroncarse, a través de la reivindicación de ciertas tradiciones germánicas, con la Ariosofía, y a través de ésta con el Nacionalsocialismo.

     Adviértanse los paralelismos con las hipótesis de Horbiger en la teoría de las siete razas, que clasificaba a éstas de la siguiente forma: en primer lugar, la raza de los gigantes, divina, andrógina, incorpórea, semi-etérica, que vivió en la Isla Sagrada situada en el polo Norte; en segundo lugar, la raza de los hiperbóreos, que habitó Hiperbórea y que degeneró convirtiéndose en hombres enanos y antepasados de los monos; en tercer lugar, la raza de los lemures, que habitó en el Océano Pacífico, arrasada por diversas catástrofes sísmicas, que darían lugar a los negros africanos, indios dravídicos y aborígenes australianos; en cuarto lugar, la raza de los atlantes, habitantes de la Atlántida, que fueron los antepasados de los primitivos amerindios, chinos y egipcios; en quinto lugar, la raza actual de los arios, de los que descienden los indios brahmánicos, los persas zoroástricos y los actuales europeos, que acabará con un gran cataclismo, y sus supervivientes formarán la sexta y la séptima razas, que están todavía por llegar. Según Blavatsky, los pueblos arios fueron trasladados por Manú, el último de los dioses-hombres, por toda Europa y Asia hasta el desierto del Gobi, estableciéndose los mejores arios en la India hasta las montañas del Himalaya.

     Blavatsky escribió sobre un vasto mar interior que existió en Asia central al Norte del Himalaya, dentro del cual había una isla de belleza incomparable, hogar del "último vestigio de la raza que precedió a la nuestra": eran los "hijos de Dios", los arios que, tras el Diluvio que cambió la fisonomía del mundo hacia el año 10.000 a.C., se extendieron a la India —donde se convirtieron en los primeros brahmanes—, Próximo Oriente y Egipto —donde darían lugar a la dinastía de los faraones—, cuyos pueblos adoptaron los mitos, religiones y sabiduría de los antiguos arios.

     El origen de la raza aria, por descontado, sería nórdico, pero al mezclarse con los atlantes supervivientes dio lugar a otras siete sub-razas: las civilizaciones de Asia central y otras desaparecidas en torno al Tíbet; las civilizaciones de la India y Sur de Asia, la tierra sagrada de los Vedas; las de Babilonia, Caldea y Egipto; las culturas de Grecia y Roma; la germánica, representada por Alemania e Inglaterra; la civilización actual de América como resultado de la mezcla racial, ya consumada en el centro y Sur, y que se está formando en el Norte; y, por último, la que existirá en el futuro, formada por los supervivientes del gran cataclismo que destruirá la raza aria.


7.3. La Sabiduría de los Arios: La Orden de los "Armanos"

     Dentro de la corrientes conocidas como la "Ariosofía" (o sabiduría de los arios) o la "Antroposofía" del ocultista austríaco Rudolf Steiner, hay que destacar, en sus inicios, a la radicalizada "Orden los Germanos" (Germanenorden), profundamente anti-judía y partidaria de recobrar la pureza racial de los germanos, que puede considerarse precursora de la Orden Negra de las SS, ya que los aspirantes a entrar en dicha sociedad debían demostrar ser de pura sangre nórdica.

     Pero va a ser Guido von List uno de los primeros pensadores de la corriente místico-esotérica afecta a las teorías racistas del "paganismo nórdico" que inspiraron al régimen nacionalsocialista. List aseguraba que en un pasado remoto existieron unos hombres denominados "armanos" —término derivado de los "hermiones" con los que Tácito denominaba a los chamanes germánicos— que formaban la élite de la raza germánica (Armanenschaft), una estirpe muy inteligente y con grandes capacidades espirituales, pero que en la actualidad se encontraban muy mermadas. List se postulaba como el último de los armanos, en congruencia con las teorías raciales sobre el peligro de extinción de la raza aria superior [25].

[25] Pablo Jiménez Cores, "La Estrategia de Hitler. Las Raíces Ocultas del Nacionalsocialismo", Madrid, 2004.

     Sus ideas nacional-racistas sobre la raza germánica y su misión como élite europea, comulgaban perfectamente con los ideales völkisch de la época y con las pretensiones imperialistas del nacionalsocialismo. La doctrina de List estaba concebida, en definitiva, por dos axiomas: la unión política de todos los pueblos de raza aria (pan-germanismo), con la consiguiente separación y expulsión de las razas no-arias (judíos y eslavos, principalmente), por un lado, y la creación de una nueva Orden, la de los "armanos" (Hoher Armanen-Orden) que ejercería como guía espiritual de esa raza aria (armanismo). Ello requería la constitución de un Estado ario, centrado entre Alemania y Austria, muy jerarquizado y dirigido por los iniciados de la Orden.

     Según Milá, los ariosofistas, que combinaban el nacionalismo völkisch alemán y el racismo ocultista, «dibujaban una edad de oro prehistórica, donde sacerdotes sabios enseñaban doctrinas racistas y ocultistas y reinaban sobre una sociedad superior y racialmente pura. Afirmaban que una conspiración maléfica, procedente de las potencias anti-germánicas (identificadas tanto con los no-arios como con los judíos, es decir, con la Iglesia primitiva), había pretendido sistemáticamente arruinar este mundo ideal provocando la emancipación de los pueblos inferiores en el nombre de una ilusión igualitaria». El mestizaje racial y el igualitarismo social habrían frustrado el derecho de los germanos al dominio mundial. Para combatir este caos, los ariosofistas se empeñaron en crear órdenes y sectas secretas con el objetivo de recuperar el conocimiento tradicional y los valores raciales de los antiguos germanos para la construcción de un nuevo Imperio euro-germánico [26].

[26] Nicholas Goodrick-Clarke, "Les Racines Occultistes du Nazisme", París, 1986, Introducción de Ernesto Milá.

     El Estado ario-germano, guiado por la teocracia de los sacerdotes armanos, tenía la obligación de imponer una separación radical, una auténtica segregación racial entre los arios y los no-arios, a través de la adopción de una serie de medidas normativas que recuerdan a las dictadas posteriormente por el régimen nacionalsocialista, conocidas como las Leyes de Núremberg y las reguladoras del campesinado inspiradas en Darré: leyes raciales reguladoras del matrimonio, prohibiendo uniones de arios con no-arios; imposición del carácter patriarcal de la sociedad ario-germánica; regulación de los derechos de ciudadanía reservados a los ario-germanos; obligación de acreditar una genealogía pura con una antigüedad de cuatro generaciones para ocupar cargos públicos; obligación de reservar siempre el patrimonio familiar para el primogénito, especialmente, en los bienes hereditarios de los campesinos [27].

[27] José Antonio Solís, "Ahnenerbe. El secreto de las SS", 2003.


7.4. La Sociedad Thule: El Hogar Ancestral de los Arios

     Jörg Lanz von Liebenfels, fundador de la "Orden del Nuevo Templo" (Ordo Novi Templi), cuyos miembros también debían acreditar su pureza racial nórdica, y de la revista "Ostara" (nombre de la diosa germánica de la pascua de resurreción), de la que se ha dicho que un joven Hitler habría sido asiduo lector, reinterpretó la antropogénesis teosófica de Madame Blavatsky en clave cósmica. Distinguía entre los "hijos de los dioses" (Teozoa) y los "hijos de los hombres" (Antropozoa), siendo los primeros los arios rubios de ojos azules, dotados de una espiritualidad pura, mientras que las otras razas procederían de la evolución biológica de los animales. Pero la unión sexual, resultado del bestialismo, entre individuos de aquélla y éstas había provocado la degeneración de la raza aria, limitando las cualidades divinas a unos pocos descendientes de los arios, por lo que recuperar la pureza racial aria equivalía a retomar el carácter espiritual de los primeros arios.

     La biblia de Liebenfels era su libro "La Teozoología o los Simios de Sodoma y el Electrón de los Dioses", en el que describía la degeneración del Edén primordial de la Humanidad superior como producto de la unión entre los arios —hijos de los dioses— y los no-arios —hijos de los hombres—, cuyo resultado serían los homínidos medio simios, satánicos y demoníacos, inferiores en capacidades éticas e intelectuales. Esa raza inferior se dedicaba —según el visionario— a la práctica desenfrenada de la sexualidad con el único objetivo de corromper racialmente a los "hijos de los dioses".

     Liebenfels pensaba que la Historia de la Humanidad era una "guerra de razas" entre los arios, obra maestra de los dioses, y las "razas sub-humanas" o las "razas demoníacas" (Demonozoa), contra las que los germanos debían rebelarse tanto por cuestiones religiosas como raciales, ya que preveía una invasión de Europa por razas no-arias que supondría su destrucción. Los judíos encarnaban a la raza demoníaca que pretendía destruír la pureza racial del ario a través del mestizaje. Sólo una élite iniciada en los secretos del arianismo —la orden masculina, aria y heroica que él había fundado— podría restablecer, a través de prácticas eugenésicas premonitorias como la castración y la esterilización forzosas, la esclavitud y la aniquilación en campos de trabajo o la completa deportación a la isla de Madagascar, la integridad de la raza aria en su forma original y en su más extrema pureza.

     Algunas de sus opiniones resultan realmente alucinantes: «La raza del Hombre Ario (Homo Arioheroicus) no fue resultado de la selección natural solamente. Más bien, como indican los escritos esotéricos, fue el resultado de un proceso de cultivo cuidadoso y consciente por seres muy elevados y de diferentes clases como los Teozoa, Electrozoa, Ángeles y similares, que alguna vez vivieron sobre la Tierra. Fueron perfectas máquinas electro-bióticas, caracterizadas por su conocimiento y su poder sobrenatural». Y algunos fragmentos sobre la higiene racial son planteados sin distinción entre sus prejuicios racistas y clasistas: «Un nuevo tipo de esclavo, con nervios básicos y fuertes manos, cuya capacidad mental ha sido cuidadosamente limitada, desempeñará aquellas tareas para las cuales no se hayan inventado máquinas... El proletariado y la sub-Humanidad no serán mejorados ni salvados. Ellos son obra del diablo y deben simplemente ser eliminados, por supuesto que humanamente y sin dolor».

     En fin, su "doctrina" se centraba en la existencia de una raza rubia y altiva, la raza aria, cuya patria originaria era un continente polar desaparecido que se llamaba Arktogäa (del griego, "tierra del Norte"), y otras inferiores a lo propiamente humano, como la negra y la judía, que estaban impulsadas por un instinto de destrucción y de mestizaje con la raza superior para rebajarla al "vulgo de las razas". Asimismo, concebía a los judíos como «un pueblo nacido de las escorias de todos los extinguidos pueblos civilizados, testigos vivos de la muerte y destrucción de los heroicos pueblos de la Humanidad primitiva». Los arios, en consecuencia, sólo podían librarse de la ruina mediante la recuperación de su pureza racial, e incluso mediante el exterminio físico de las razas inferiores.

     Finalmente, en toda su obra se mezclan, sin ningún rigor, las ciencias ocultas con la ciencia-ficción, siguiendo también las teorías "ciclológicas" sobre las razas humanas: «La metafísica racial práctica está interesada en investigar la historia de las razas antes de su ciclo terrestre (pre-terrestre), en el futuro de las razas que sigue a su período terrestre (post-terrestre) y, finalmente, en investigar las fuerzas extra-sensoriales y extra-terrestres, fuerzas cósmicas que influyen en el desarrollo racial del presente».

     Por su parte, Rudolf von Sebotendorf, místico rosacruciano y anti-comunista radical, se dedicó a reconstruír la "Orden de los Germanos" (Germanenorden) con antiguos miembros de las ligas ocultistas y ariosóficas en Baviera a través de la revista "Runas", organizándose posteriormente en la nueva logia "Thule" (Thule Gesellschaft) junto a su colega ocultista Walter Nauhaus, supuesto lugar de origen de los arios que se situaba en algún lugar entre Islandia y Groenlandia. A ella pertenecieron dirigentes nacionalsocialistas de la talla de Rudolf Hess, Alfred Rosenberg y Hans Frank, y sus miembros, como era habitual en esas sociedades sectarias germánicas, debían jurar su pureza racial hasta la tercera generación. Jean Mabire, un entusiasta escritor sobre las cuestiones germanas y las ideas thulenses, se refiere a una conferencia ofrecida por la Germanenorden en 1914, cuyo objetivo era la unificación de todos los grupos völkisch, pan-germanistas y anti-judíos, en torno a los ideales de Thule y la raza nórdica, y en la que se fundó una sociedad secreta (Geheimbund) con la misión de un renacimiento hiperbóreo en todos los países germánicos.

     En su libro "Antes de que Hitler Viniera" (Bevor Hitler kam), Von Sebotendorf explica que Hitler se apoyó al principio en tres organizaciones dependientes políticamente de la logia Thule: el Partido Alemán de los Trabajadores, el Partido Socialista Alemán y la propia Thule, con los que Hitler fundó el Partido Nacionalsocialista (NSDAP). Estaba convencido de que las masas obreras podían desmovilizarse del comunismo si a éste se le oponía una ideología de poderosa fuerza contraria, la ariosofía pan-germanista. Sin embargo, mientras Hitler buscaba adeptos entre los trabajadores alemanes que se considerasen nacionalistas para lograr un verdadero "socialismo nacional", los afiliados a la logia Thule eran reclutados mayoritariamente entre la alta burguesía, profesionales liberales, militares y aristócratas.

     Hitler y Von Sebotendorf, sin embargo, no llegaron a conocerse nunca, aunque ambos tuvieron un nexo de unión político-ideológico a través de Dietrich Eckart, uno de los escasos maestros reconocidos por Hitler, autor del poema "Alemania Despierta" (Deutschland Erwache), escritor e historiador de talento, como era descrito por su correligionarios, que antes de morir habría pronunciado las siguientes palabras que lo han hecho pasar a la historia oculta del nacionalsocialismo: «Yo he iniciado a Hitler en la doctrina secreta, he abierto sus centros de visión y le he proporcionado los medios para comunicarse con ellos... Seguid a Hitler. Él bailará, pero yo he compuesto la música. No me lloréis: yo habré influído en la Historia más que cualquier otro alemán». Su ideología profundamente anti-judía y anti-bolchevique quedará reflejada en "El Bolchevismo de Moisés a Lenin. Un Diálogo entre Hitler y Yo" [28].

[28] Dietrich Eckart, "Der Bolchevismos von Moisés bis Lenin. Zwiegesprach zwischen Hitler un mir", Múnich, 1924.

     En realidad Hitler, a diferencia de otros dirigentes nacionalsocialistas como Hess o Himmler, rechazaba toda organización e ideología esotérica, por cuanto aspiraba a construír un gran movimiento nacionalsocialista que englobase a todos los trabajadores alemanes, sin distinción por su adscripción a una secta, a un partido o a una clase social, unidos exclusivamente por su pertenencia a la misma raza. Por ello, la Sociedad Thule cayó en desgracia tras la conquista del poder por el Partido Nacionalsocialista, y Sebotendorf, que se consideraba a sí mismo como el precursor del nacionalsocialismo, pese a que la lectura de sus libros había sido prohibida por el régimen, se suicidaría tras la derrota de Alemania sin ver la construcción de su "Halgadom", el Imperio de todos los germanos forjado por la espada y el martillo.

     Mabire definirá así la meta suprema de Sebotendorf: «Este templo de Halgadom es espiritual y material a un tiempo. Pertenece a la Tierra y al cielo, al pasado y al futuro. Es el equivalente hiperbóreo del Arca de la Alianza de los israelitas. Halgadom... es el Imperio de todos los alemanes. Quienes viven entre el Rhin y el Vístula, entre el Báltico y los Alpes, son sólo el corazón de un territorio inmenso habitado por otros herederos de la antigua Thule. A este Halgadom no sólo pertenecen los alemanes sino también otros muchos europeos: los escandinavos, fieles a sus orígenes nórdicos; los holandeses, más germánicos que los alemanes; los británicos, divididos en celtas y sajones; los franceses, herederos de los francos y regenerados por los normandos o los borgoñones; los italianos, por cuyas venas corre la sangre de los lombardos; los españoles, muy marcados aún por los visigodos; y también los rusos, cuyo país fundaron los varegos suecos, aquellos vikingos de ríos y estepas» [29].

[29] Jean Mabire, "Thule. Le Soleil Retrové des Hyperboréens", París, 1986.


7.5. La Sociedad Ahnenerbe: En busca de Runas y Esvásticas

7.5.1. La Herencia Aria Ancestral

     La Deutsches Ahnenerbe, oficialmente titulada "Sociedad de Estudios para la Historia Antigua del Espíritu Alemán", pronto conocida como "Herencia de los Ancestros", creada por inspiración del profesor holandés Hermann Wirth y patrocinada por Heinrich Himmler desde las SS y Walter Darré desde el Ministerio de Agricultura, con la finalidad de estudiar el origen, desarrollo y cultura del germanismo, tenía como símbolo la runa de la vida, y su sede principal se localizaba en el castillo de Wewelsburg. Sus principales objetivos eran los siguientes: recuperar las tradiciones culturales germanas, difundirlas entre la población alemana e investigar los territorios arqueológicos y antropológicos en los que históricamente se constatase que hubo presencia germana (J. A. Solís, op. cit.).

     La periodista e investigadora Heather Pringle narra los hechos de su fundación: «El 1º de Julio de 1935, en un espacioso y soleado despacho del cuartel general de las SS, Himmler celebró una reunión para hablar del nuevo organismo. En la mesa se sentaban cinco expertos raciales en representación de Darré... Darré compartía el entusiasmo de Himmler por el nuevo instituto de investigación. Y los dos hombres habían acordado invitar a otra figura a aquella mesa, un erudito de aspecto delicado que hablaba con un marcado acento holandés, el doctor Hermann Wirth, uno de los más famosos prehistoriadores de toda Alemania. Los asistentes discutieron largo y tendido sobre la estructura de la organización, y al acabar sus deliberaciones acordaron fundar un grupo de expertos que, en la práctica, constituiría un nuevo departamento en el seno de la RuSHA» (RuSHA, Rasse- und Siedlungshauptamt, Oficina Central para la Raza y la Colonización) [30].

[30] Heather Pringle, "El Plan Maestro. Arqueología Fantástica al Servicio del Régimen Nacionalsocialista", Barcelona, 2007.

     La misión oficial del instituto, por tanto, sería doble: por un lado, hallar evidencias arqueológicas y antropológicas de los ancestros arios de los germanos por todo el mundo; por otro, transmitir esos hallazgos entre la opinión pública alemana, a través de medios populares y accesibles a su nivel cultural. Esta elitista organización trabajaba bajo estrictos criterios científicos, aunque sus métodos mezclaban la investigación racional con la improvisación esotérica, a veces incluso, con la mera intuición himmleriana disfrazada de erudición. En la práctica, sin embargo, los esfuerzos de la sociedad se centraron en la elaboración de mitos, cuyo objetivo no era otro que el respaldar con pruebas —en la mayoría de las ocasiones, meros indicios— la ideología racial de Hitler. Himmler quería encontrar vestigios de la presencia ario-germana por toda Europa, para justificar así la expansión militar, la colonización alemana y el aniquilamiento o desplazamiento de los pueblos no-arios. «El Reichsführer-SS pretendía no sólo controlar el pasado remoto de Alemania, sino también dominar su futuro» (Pringle, op. cit.).

     Himmler fundó la Ahnenerbe para el estudio de la raza aria nórdica y de sus orígenes. En el cuartel general de la sociedad en Dahlem, un barrio de la perifería burguesa de Berlín, situado a mitad de la calle Brüderstrasse, «salían hacia todos los rincones del mundo arqueólogos dispuestos a desenterrar las glorias de la prehistoria indogermánica. El trabajo de aquellos científicos consistía en demostrar que, en un pasado remoto, una batalla cósmica entre el fuego y el hielo había dado lugar a una raza de superhombres. Los antropólogos debían recoger los cráneos y los esqueletos de los arios y realizar mediciones muy precisas en busca de primos lejanos, de ancestros remotos; a las expediciones científicas las despachaban con la misión de desenterrar los restos de las razas arias —perdidas en la noche de los tiempos— de los que todos los germanos puros descendían» [31]. Himmler, privadamente, creía que por las venas de las antiguas tribus germánicas fluía un elixir mágico, la sangre aria pura, no contaminada por las posteriores mezclas raciales, que había dotado a sus ancestros de una superior capacidad de inteligencia y creatividad. A esos ancestros arios necesariamente debía seguirles la conquista del espacio vital: si se podía demostrar la presencia de sangre germana —o indo-germana— en un pueblo o cultura aparentemente extranjeros, entonces el ejército alemán estaba legitimado para entrar en escena. El culto por los ancestros arios se convertía, así, en un pretexto para la agresión, y las expediciones supuestamente científicas servían para fundamentar futuras reivindicaciones territoriales.

[31] Christopher Hale, "La Cruzada de Himmler", Barcelona, 2006.

     La Ahnenerbe era concebida como una "academia nórdica" consagrada al pensamiento y la investigación, como un modelo educativo a seguir en el Imperio euro-germano que Hitler había concebido. Para que tal "ofensiva educativa" tuviera éxito se requería un buen arsenal provisto de nuevas armas ideológicas. «Para recrear el mundo perdido de la raza nórdica, para captar las maneras de pensamiento y las creencias primordiales, las SS habían de ampliar las fronteras de la investigación prehistórica. Los expertos en símbolos habían de encontrar y descifrar los primeros mensajes escritos de la raza nórdica. Los estudiosos de las antiguas sagas y leyendas debían reconstruír la historia y la religión perdidas de los arios. Los musicólogos tenían que restaurar su música. Los arqueólogos habían de excavar sus tumbas y estudiar sus antiguos tesoros. Los botánicos debían replantar sus antiguas semillas. En otras palabras, las SS necesitaban de una institución completa de investigadores de élite dedicados a reconstruír la edad de oro perdida del remoto pasado nórdico».

     Pero la realidad fue que la Ahnenerbe se dedicó, principalmente, a la creación de mitos y leyendas con un lenguaje científico popularizado que pudiera calar entre la opinión media alemana. «La tarea de sus prominentes investigadores consistía en producir evidencias que respaldaran las ideas raciales de Hitler. Algunos eruditos tergiversaban conscientemente sus hallazgos; otros, los deformaban inconscientemente, ignorantes de que sus opiniones políticas configuraban de forma drástica sus investigaciones. Pero todos demostraban una gran habilidad en aquella manipulación y, por esa razón, Himmler estimaba especialmente su instituto, convirtíendolo en parte integrante de las SS y estableciendo su sede en una magnífica villa situada en uno de los barrios más ricos de Berlín. Lo dotó de laboratorios, bibliotecas, talleres museísticos y amplios fondos para la investigación el extranjero» (Heather Pringle, op. cit.). Para ello también, la Ahnenerbe contó con una extensa y variada gama de eruditos y científicos: arqueólogos, antropólogos, etnólogos, clasicistas, orientalistas, biólogos, musicólogos, filólogos, geólogos, zoólogos, botánicos, lingüistas, genetistas, astrónomos, médicos e historiadores.

     La planificación de las expediciones resultó ser extremadamente diversa y ambiciosa. La destrucción de miles de expedientes por las propias SS y la ocultación de otros por la Unión Soviética, impiden conocer cuál fue el destino de algunas de ellas, mucho menos sobre sus objetivos y resultados, en algunos casos, incluso, si se llegaron a realizar. Así, por ejemplo, el holandés Hermann Wirth investigó en Escandinavia el misterio cifrado del antiguo alfabeto rúnico. El finlandés Von Grönhagen registró rituales mágicos de los ancestros arios en Carelia y Finlandia. El historiador Franz Altheim y su amante Erika Trautmann viajaron a Croacia y Servia, a los países de la antigua Persia, para estudiar el papel de los arios en la formación de los Imperios. El frisón Assien Bohmers recorrió el Sur de Francia y el Norte de España analizando el arte ario de las pinturas rupestres. El biólogo Ernst Schäfer y el antropólogo Bruno Beger viajaron al Tíbet para descubrir indicios de la conquista aria del Himalaya. El arqueólogo Herbert Jankuhn halló poblados prehistóricos proto-germánicos por el Norte de Europa, desde el mar del Norte hasta el Báltico, e investigó los asentamientos godo-germánicos en Crimea y la ribera del mar Negro. Otto Rahn buscó el conocimiento ario del Grial sagrado por Francia y España, intentando descifrar las claves de una sabiduría aria que se había perdido con el triunfo del cristianismo judaico. Los mismos Schäfer y Beger fueron también encargados, con la ayuda de los escuadrones destacados de las SS en el Cáucaso, de determinar cómo podía comprobarse quién tenía ancestros judíos dentro de las mezcolanza étnica característica de la región [32].

[32] Michael Kater, "Das Ahnenerbe der SS. 1935-1945", Múnich, 1974. Se trata del único estudio monográfico sobre dicha Sociedad. Achim Leube, profesor de arqueología en la extinta Alemania Comunista organizó en 1998 un congreso internacional sobre Prehistoria y nacionalsocialismo, en el que se impulsaron los estudios académicos sobre la Ahnenerbe-SS.

     Además de las expediciones arqueológicas y antropológicas sobre la prehistoria aria y germánica, Himmler tenía interés por la búsqueda de pruebas que avalasen la teoría de la Cosmogonía Glacial o doctrina del Hielo Universal de Hans Hörbiger, encomendando esta labor al centro meteorológico dirigido por Hans Robert Scultetus y la colaboración del astrólogo Wilhem Wulff. La Sociedad también desarrolló una prolífica actividad editorial. Participaba en la revista "Germanien", dedicada al estudio de la "germanología" y publicaba el boletín "Nordland" sobre la "cosmovisión" nórdica, además de la colección "Deutsches Ahnenerbe" y la celebración de múltiples congresos y exposiciones. Además, se impulsó la presencia universitaria para influír en la opinión pública y atraer a docentes e investigadores a las filas de las SS. Visto «el objetivo inicial de investigar la pre- y la proto-Historia, la Herencia consiguió resultados del todo notables. Sin embargo, al carecer de una estrategia investigadora coherente... tales éxitos se volatilizaron» [33].

[33] Peter Longerich, "Heinrich Himmler. Biografía", Barcelona, 2009.

     Desde luego, como Himmler no quería reparar en recursos, la Ahnenerbe contó en su organización con numerosos departamentos: alfabeto rúnico, lingüística indo-germana, folklore popular, mitología y leyendas nórdicas, tradiciones y cultura germanas, geografía sagrada y pagana, arqueología germánica, estudios esotéricos y orientales, etc. Su ámbito de actuación no se limitó al área etnográfica propia de los germanos, sino que también se extendió a otras zonas que, de alguna forma, se vieron influídas por los diversos pueblos de origen indo-europeo. Así, se sucedieron expediciones a los países aliados u ocupados, como Grecia, Italia, Francia, Rumania, Bulgaria, Croacia, Dinamarca, Noruega, Finlandia y España [34], también a otros países con la colaboración de las autoridades locales, como Islandia, Irlanda y Suecia, y por supuesto, en las zonas ocupadas del Este como Carelia, Polonia, Ucrania o Rusia, y otras áreas más exóticas como el Norte de África (Egipto), el desierto del Gobi (Mongolia), el Tíbet (India) [35], América del Sur (Chile y Argentina) y la Antártica.

[34] Si es bien sabido que los nacionalsocialistas buscaron el Grial en España, por el contrario es poco conocido que un departamento de la Ahnenerbe-SS fue destacado a la península ibérica para estudiar la nordicidad de la arqueología, la antropología y las tradiciones hispanas. El arqueólogo y falangista español Santa Olalla, obsesionado por demostrar la "arianización" de España por celtas y germanos, entabló amistad con Sievers y se relacionó con el círculo de Himmler que, a cambio, le suministró diversa tecnología para la excavación de necrópolis visigodas (Burgos, Segovia), en un intento por demostrar la conexión racial entre los hispano-godos y los germanos centroeuropeos. La SS se interesó principalmente por el arte rupestre, los castros celtibéricos, los burgos visigodos y las momias de los guanches canarios "de trenzas rubias", buscando vestigios de ancestrales arios puros.
[35] La expedición al Himalaya es la más conocida y la más publicitada (libros, películas, documentales, etc.), dirigida por Ernst Schäfer y Bruno Beger para, entre otras investigaciones, efectuar un estudio etnológico de la población tibetana, que se consideraba como un eslabón intermedio entre los mongoles y los nórdicos, aunque los rumores apuntaban a que el equipo, en realidad, estaba realizando labores de espionaje para preparar una invasión alemana de la India británica a través del Tíbet. Resulta fundamental el libro de Cristopher Hale, "La Cruzada de Himmler. La Verdadera Historia de la Expedición Nacionalsocialista al Tíbet", 2007.

     Himmler consideraba a la Ahnenerbe como parte de un plan sistemático para la creación de una religión germánica que reemplazaría al cristianismo en la futura Europa nacionalsocialista y constituiría la doctrina "científica" que serviría de fundamento para el nuevo orden mundial. Pero en el seno de la Ahnenerbe-SS y en los postulados oficiales del Partido Nacionalsocialista, entraron en contradicción diversas concepciones ideológicas. Wirth, apoyado inicialmente por Himmler y Darré, se encontraba enfrentado al filósofo oficial del movimiento, Alfred Rosenberg. Ambos compartían [la idea de] el origen nórdico de los pueblos indo-germanos, aunque Rosenberg lo situaba en la Europa septentrional y Wirth defendía una patria ártica o circumpolar (Groenlandia, Islandia, como restos de una Hiperbórea atlántica). Pero Rosenberg concebía un germanismo espiritual, que no excluía a los pueblos celtas, latinos y eslavos, sino que se extendía a todos los países europeos fecundados por los indo-europeos, mientras que Wirth presumía de un germanismo racionalista mucho más limitado, incluso casi polar, a los pueblos de estirpe nórdica.

     La previsible ruptura llegó con la falta de sintonía entre Himmler y Darré. Aquél consideraba al guerrero como la máxima representación teutónica; éste, por el contrario, ensalzaba la figura del campesino alemán como esencia de la germanidad. Además, Himmler tenía una concepción patriarcal de los antiguos ario-germanos, mientras Wirth los imaginaba en un ideal estado matriarcal. Dos visiones distintas que se reflejaban también en los métodos para la futura expansión territorial de Alemania, bien mediante la pura conquista militar, o bien a través de la colonización agraria de los nuevos espacios. Hitler, sin embargo, pudo realizar la síntesis de ambas concepciones en una ambición integradora: una primera fase de conquista y aniquilación, seguida de otra de colonización germánica, de explotación de los recursos naturales y de esclavización de la población eslava. En fin, la radicalización del Reichsführer-SS le hizo abandonar las ideas de Darré, el cual arrastraría en su caída también a Wirth, que abandonó la Sociedad, ya un instrumento de la SS, siendo sustituído por Walter Wust, como director científico —autor de "Mein Kampf, Reflejo de una Concepción Aria del Mundo"— y Wolfram Sievers como gerente, más partidarios del sánscrito, el budismo zen y el orientalismo, que de una lengua rúnica, del paganismo germánico y el nordicismo eurocéntrico.

     En realidad, Himmler empezó a distanciarse de Darré porque su discurso campesino era excesivamente ideológico y no había conseguido trazar las líneas de una futura política agraria destinada a los futuros territorios de colonización, lo cual lo desprestigió en el seno de la dirección nacionalsocialista y ante el mismo Führer. Darré, por su parte, criticaba que la SS se estuviera convirtiendo en una guardia feudal pretoriana, en la que Himmler hacía gala de reunir a la "buena sangre", cuando en realidad colocaba en los puestos de mando a magnates y aristócratas. Por ello, confesió Darré que estaba dispuesto a ceder el Departamento de Raza y Colonización (RuSHA), pues la SS era una orden de samuráis bajo mando capitalista y jesuíta (Peter Longerich, op. cit.). El Reichsführer-SS aceptó su renuncia sin hablar con él, justificándolo por la carga laboral excesiva del puesto, pero presentándolo ante Hitler como la única solución para evitar una quiebra insalvable entre la SS y el campesinado.

     En el ámbito científico, sin embargo, se imponían las tesis de Gustav Kossinna sobre la arqueología nórdica, que hacía provenir del Norte de Europa las sucesivas migraciones de pueblos indoeuropeos —en dos troncos principales, indo-germano e indo-iranio— que fundarán la India védica, el Irán zoroástrico, la civilización griega, el Imperio romano y la Europa germánica medieval. Rosenberg contribuyó al efímero prestigio de esta tesis, si bien desde otros puntos de vista distintos del antropológico (H. Günther) y del arqueológico (G. Kossinna), más proclive a una reflexión histórico-filosófica del espíritu nórdico-germano. La postura oficial del Partido Nacionalsocialista, no obstante, entre la opción de Rosenberg y la de Himmler, apoyó incondicionalmente la posición auspiciada por este último, si bien Hitler siempre se desmarcó de las fantasías místico-esotéricas del jefe de la SS respecto a un nordicismo de corte exótico y oriental, admirador como era de la refinada cultura europea de tradición greco-romana.

     El curso de la guerra, desfavorable para las armas alemanas, frustró las expediciones asiáticas, ruso-esteparias y caucásicas, desplazando las investigaciones a los países europeos de origen germánico que todavía permanecías en poder del Reich alemán y propiciando el descubrimiento de numerosos poblados indo-germánicos protohistóricos en Escandinavia, Norte de Alemania, países bálticos, Finlandia e, incluso, en Prusia Oriental, con lo que se refutaba la tesis de una originaria Prutenia eslava conquistada posteriormente por la Orden Teutónica. Las SS de Himmler consideraban, por aquella época, que los límites de la germanidad se situaban allí hasta donde pudieran encontrarse restos arqueológicos de poblaciones célticas y germánicas. De forma simbólica, un equipo deportista de las SS colocará en la cumbre del monte Elbruz, el más alto del Cáucaso, una bandera con la esvástica y la runa de la vida, símbolo de la Ahnenerbe.

     Cuando a mitad de 1943 comenzaron los incesantes e indiscriminados bombardeos anglo-estadounidenses sobre Alemania, Himmler ordenó la creación de un "refugio" para la Sociedad en las proximidades boscosas y montañosas de Waischenfeld, en Franconia. Ante la inminente derrota, las SS destruyeron miles de documentos y pruebas arqueológicas y antropológicas de sus investigaciones. Tras la capitulación, Wolfram Sievers fue condenado en los procesos de Núremberg —en el llamado "juicio a los doctores"— a ser ejecutado en la horca, acusado de crímenes contra la Humanidad. Friedrich Hielscher —amigo del famoso explorador Sven Hedin y encargado de la sección esotérica— que intervino como testigo a favor de Sievers, acompañó a éste cuando se dictó la condena, y cuando eran acompañados al patíbulo, con total indiferencia, Sievers entonó unos extraños cánticos que, según André Bissaud, posiblemente se trataban de "oraciones de un culto que nadie conocía y del que no habló jamás" (¿antiguo tibetano, sánscrito o rúnico?). La Ahnenerbe desapareció sin dejar rastro, pero sus ocultos tesoros todavía mantienen en vilo a los investigadores del misticismo y del esoterismo nacionalsocialista.


7.5.2. La Simbología Aria

     Otto Rahn, coronel de las SS y miembro de la Ahnenerbe, cuyas obras "Cruzada contra el Grial" (Kreuzzug gegen den Gral, 1933) y "La Corte de Lucifer" (Luzifers Hofgesind, 1937) eran de lectura obligada para los miembros de las SS, popularizó la leyenda germánica del Grial —que Wagner utilizaría en sus obras—, según la cual sería un poderoso objeto (piedra, recipiente, etc.) donde estaría grabada la sabiduría antigua de los hiperbóreos. Cuando la civilización hiperbórea desapareció, los supervivientes la llevaron consigo como objeto sagrado porque en ella estaría inscrito todo el conocimiento, como una fuente energía de la que la raza superior extraería sus poderes y facultades superiores.

     El auténtico enigma del misterioso Grial es que ha perdido su significado, puesto que nadie es ya capaz de descifrar sus códigos secretos y, en consecuencia, tampoco de recuperar el elevado conocimiento de la tradición hiperbórea. El orientalista francés Emile Burnouf dirá que el verdadero significado del Grial se encontraba en las tradiciones védicas, enmarcando su simbolismo en la mitología aria. Y Von Liebenfels lo concebirá como el "misterio de la religión racial ario-cristiana", cuya naturaleza encajaba perfectamente en las corrientes esotéricas del wagnerismo. De esta forma, el Grial pasaba de ser el cáliz en el que se recogió la sangre de Cristo o la copa con la que Jesús compartió la última cena con sus discípulos, propio de la tradición judeo-cristiana, a convertirse en una piedra con poderes sobrenaturales o con sabias inscripciones, descripción que agradaba más a los adeptos de la simbología ario-cristiana.

     Según estas creencias, a través de los descendientes de los hiperbóreos, los arios colonizaron Asia y Europa, conservando el mágico objeto, pero perdiendo su antiguo significado, pues nadie sería capaz ya de descifrar sus inscripciones secretas. Es entonces cuando Rahn recoge la leyenda originaria del pueblo ario, basándose en las tradiciones de los indo-iranios que recordaban el "gran Norte" como su lugar de origen, país que habiéndose helado obligó a emigrar a sus antepasados [36]. Posteriormente, serían los godos germanos los que trasladarían el Grial en su incesante periplo hasta el Sur de Francia (Montsegur, Languedoc), del que saldría de forma secreta tras la Cruzada contra los "cátaros" (hombres puros). Himmler y el general Karl Wolf lo buscaron, al parecer sin buenos resultados, en Montserrat (Barcelona), la cual identificaban con Montsalvat, reducto de los herejes albigenses [37].

[36] Julius Évola, "El Misterio del Grial", Barcelona, 1977.
[37] José Lesta, "El Enigma Nazi. El Secreto Esotérico del Tercer Reich", Madrid, 2004.

     Durante la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nacionalsocialista, a través de Otto Rahn, buscará el Grial incansablemente a través de Francia, España, Italia, Austria, Alemania, llegando incluso hasta Islandia. De esta forma, el Grial, como la propia esvástica, se convirtió en uno de los elementos de la simbología ariana que cuadraba perfectamente con los ideales fantásticos de Himmler y su Orden SS, pues actualizaba la búsqueda del "cáliz sagrado" por los caballeros del rey Arturo, los templarios o los caballeros teutónicos, pasando a formar parte del patrimonio mitológico nacionalsocialista.

     Se ha dicho que Rahn no era nacionalsocialista, aun más, que era un auténtico anti-nacionalsocialista, y que su vinculación con Himmler y las SS fue sólo una mascarada para poder seguir con sus investigaciones contando con apoyo oficial y financiero. De hecho, Rahn cayó en desgracia por su presunta homosexualidad, siendo destinado como vigilante a los campos de concentración de Dachau y Buchenwald, hasta su muerte en 1939, supuestamente un suicidio, apareciendo su cadáver en un río del Tirol austríaco. Sin embargo, Paul Ladame, en el prólogo de la primera edición francesa de "La Corte de Lucifer" reconoció que su obra contiene muchos pasajes racistas. Por otra parte, el filósofo oficial del régimen nacionalsocialista Alfred Rosenberg, que siguió de cerca los avances de Rahn, siempre subrayó la importancia que, gracias a él, había adquirido la tradición griálica y cátara en la lucha racial y religiosa de Europa [38].

[38] Christian Bernardac, "Le Mystère Otto Rahn: du Catharisme au Nazisme", París, 1978.

     La parafernalia de la ideología nacionalsocialista alcanzó también a las "runas", signos y símbolos de escritura que utilizaron los pueblos nórdicos, como los escandinavos, godos, germanos y celtas, a las que se ha atribuído un uso práctico y otro sagrado, en este último caso reservado al "Snorri" (mago, druida). Será la obra de Guido von List "El Secreto de las Runas" (Das Geheimniss der Runen) [39], la que influirá en su adopción por las distintas organizaciones del régimen nacionalsocialista y, especial, por la Orden SS, pues von List quiso ver en el origen de las runas la revelación de una lengua y una religión arias primigenias —Himmler estaba convencido de que se trataba de la primera escritura germánica—, mientras otros, como Rudolf J. Gorsleben, pensaban que las runas eran el vínculo que posibilitaba la unión mística del hombre ario con el Dios creador. Por su parte, Karl María Wiligut conocido como el "Rasputín de Himmler", aseguraba que las runas contenían el código cifrado de la historia inmemorial de la creación del hombre ario en el lejano Polo Norte.

[39] Guido von List, "El Secreto de las Runas", Ed. Ojeda, 2009.

     Pero fue el holandés Hermann Wirth, en el seno de la Ahnenerbe, "el artista que hacía hablar a las piedras", el encargado por Himmler para descubrir y desvelar los misterios de los textos sagrados de la antigua raza nórdica. Wirth estaba convencido de haber encontrado la antigua escritura sagrada utilizada por una civilización nórdica ancestral en el Atlántico Norte. Según él, se trataba de la escritura más antigua del mundo, y su intención era descifrarla para poder descubrir así los misterios de una ancestral religión aria que haría renacer a todos los pueblos germánicos. Aquellos símbolos rúnicos constituían un auténtico sistema ario de expresión escrita, una especie de jeroglífico nórdico, cuyo significado se había perdido en tiempos pasados, cuando lo cierto es que las inscripciones egipcias y mesopotámicas se remontaban al 3500 a.C., mientras que las rúnicas más antiguas se habían documentado en torno al año 250 de nuestra Era.

     La arqueología clásica ha considerado que el origen de las runas debe localizarse en el Sudoeste de la península danesa de Jutlandia y que de allí pasaría al resto de Escandinavia (Suecia y Noruega) y, posteriormente, también desde el Mar del Norte, a Inglaterra y al resto del continente europeo, pues se han descubierto runas tan antiguas como las danesas, en una línea que pasa por Pomerania, Brandenburgo, Volinia y Rumania. Las runas de esta parte son, supuestamente, de origen gótico, pues el obispo Ulfilas (Wulfila) las utilizó como base para crear la escritura gótica a partir de los dos alfabetos clásicos, el griego y el latino (Carl Johan Svedrup Mastrander, "De gotiske runeminnesmerker"). Aislada del área de la cultura clásica, la escritura rúnica comenzó a utilizarse en las inscripciones rudimentarias realizadas en madera, piedra o metal, experimentando una estilización simétrica que les otorgaba una apariencia muy diferente de las letras clásicas. Desde la región situada entre los mares Blanco (Báltico) y Negro, que conformaba el Imperio godo de los siglos III y IV, se difundirían por toda Europa del Norte.

     Etimológicamente, sin embargo, el término "runa" provendría del escandinavo "run" que significa "secreto", o de "helrun", adivinanza, o también del alemán antiguo "run-wita", equivalente a "iniciar en los secretos". De las runas, se ha dicho hasta la saciedad que, inscritas en piedra, arcilla o madera, estaban dotadas de poderes mágicos o sobrenaturales que se remiten a las tradiciones paganas escandinavas anteriores al cristianismo. Sin embargo, otros autores han desvelado que las runas no tienen nada que ver con secretos o misterios, sino que derivan de una raíz común indo-europea que significaría aproximadamente "rayar, grabar, hacer ranuras", y que ha sido la obsesión por la magia de muchos runólogos lo que ha otorgado un aura de misterio al "Futhark" (alfabeto rúnico) [40].

[40] Lucien Musset, "Introducción a la Runología", París, 1965.

     Pero el símbolo por excelencia del nacionalsocialismo hitleriano es, sin lugar a dudas, la esvástica o cruz gamada. Con una antigüedad entre 9.000 y 12.000 años, la misteriosa esvástica es un símbolo del culto al Sol (o al fuego sagrado), cuya primera mención se efectúa en los Vedas, escrituras sagradas del hinduísmo, del que se trasladaría posteriormente a otras religiones como el budismo, el jainismo, el taoísmo y el cristianismo, si bien aparecen cruces solares muy remotas desde el Cáucaso al Tíbet [41], regiones a las que, curiosamente, envió Himmler varias expediciones en su incansable búsqueda de una herencia aria ancestral.

[41] René Guénon, "La Esvástica", en "El Simbolismo de la Cruz", Barcelona, 1987.

     Pero esvásticas aparecen en casi todas las culturas asiáticas, americanas y, desde luego, en Europa, en la que destacarán por su uso, tanto los celtas britanos como los germanos escandinavos, que la identificaban con el movimiento luminoso del martillo (mjöllnir) del dios Thor. Asimismo, Alfred Rosenberg apreciará la cruz cristiana también como un símbolo solar derivado de la cruz gamada, por cuanto la supuesta cruz "+" del martirio de Cristo no era tal sino que tenía forma de "T". En fin, el término "swastika" deriva de una combinación en sánscrito de "su" (muy bueno) y "astika" (auspicio), pudiendo traducirse por "buen auspicio" o, sencillamente, si tomamos el adverbio "su" y la tercera persona del verbo "asti" (estar), podría ser equivalente a "bienestar". Todavía hoy los hindúes utilizan el saludo "swasti" (que sea propicio) en señal inequívoca de salud, bondad o felicidad.

     El científico Carl Sagan situaba su origen hace miles de años en un fenómeno similar a un cometa que tendría forma de esvástica y que fue observado y registrado por seres de distintas culturas: «La esvástica es un auténtico enigma: un símbolo de miles de años de antigüedad que ni nace espontáneamente en la mente del artista ni se transmite primariamente de cultura en cultura». También preocupó al arqueólogo Schliemann, para quien «el problema es insoluble. Y quizás lo sea. Sin embargo, si la esvástica tuvo su origen en algo aparecido en el cielo, algo que pudieron presenciar independientemente culturas muy separadas, se resolvería el misterio. El símbolo habría llegado del exterior y, sin embargo, no se habría transmitido por difusión cultural. Todas estas dificultades parece que se resuelven si, en algún momento, una esvástica brillante estuvo girando en los cielos de la Tierra, presenciada por los pueblos de todo el mundo...».

     Según los autores franceses que firman como "Jean Michel Angebert", «el origen de la esvástica se pierde en la noche de los tiempos, tanto que cabe considerarla como el más viejo símbolo utilizado por la Humanidad. La más antigua significación que se da de ella es la del simbolismo solar. Su tradición se remonta a la India védica, pero las enseñanzas brahmánicas nos dicen que su origen es mucho más arcaico». En el mismo sentido, Jean Chevalier y Alain Gheerbrant indicaban que «la esvástica indica manifiestamente un movimiento de rotación alrededor del centro, alrededor del cubo inmóvil de la rueda, que es el polo del mundo manifestado. Es el símbolo de la generación de los ciclos universales, de las corrientes de energía: no del mundo, sino de la acción del principio con respecto a la manifestación». Por su parte, el escritor John Cooper interpretaba que «en el nivel metafísico, la esvástica se relaciona con el círculo y el cuadrado, y se convierte en símbolo del movimiento en un sentido especial: el movimiento de la vida, es decir, de la acción del principio del mundo, que representa nuevamente las fuerzas complementarias y las fases del movimiento, centrífugo y centrípeto, aspirante y repelente, un movimiento que va del centro a la periferia y retorna al centro: alfa y omega o el principio y el fin y, nuevamente, la cuadratura del círculo». Y René Guénon, en su diccionario de los símbolos, afirmaba que «los dos sentidos de rotación de la svástica parecen no tener la importancia que a menudo se ha querido darles. Evocan las dos enroscaduras de la doble espiral, la doble corriente, Yin y Yang, de la energía cósmica».

     Seguramente, Hitler adoptó la cruz gamada a propuesta de Hess, Haushofer y Eckart —el fondo rojo representaba el socialismo, el blanco el nacionalismo, y la esvástica en negro (Hakenkreuz) la lucha por victoria de la raza aria—, miembros de la Sociedad Thule que también lucía la esvástica como enseña, si bien era un símbolo muy común entre las sectas, grupos y sociedades "volkisch" de corte racial y anti-judío, en la creencia de que reflejaba "el espíritu de los hijos del Norte". Con todo, su utilización como símbolo ariano parece que debe remontarse a los escritos de Burnouf: para él, el cristianismo se había devaluado porque había sido «judaizado» por Pablo, presentando, en cambio, al budismo como una expresión de la «filosofía aria», supuestamente trasmitida por los budistas a los esenios pre-cristianos. De hecho, sólo en el budismo y, en menor medida, en el cristianismo fundacional, la esvástica se nos representa como un símbolo sagrado.

     Godwin señala que la esvástica, cuyo uso decayó en Europa a partir de la Edad Media, comenzó a reivindicarse como resultado de la erudición decimonónica. Así, la etimología comparada descubrió que la esvástica, a pesar de su considerable internacionalidad, se encontraba ausente en las culturas de Egipto, Caldea, Asiria y Fenicia —civilizaciones de origen o evolución semíticas—, lo cual, como era de prever, indujo a muchos investigadores y estudiosos a identificarla como un símbolo solar ario y, reconstruyendo un mapa de su presencia, como un rastro fidedigno de las numerosas migraciones arias por todo el bloque euroasiático [42]. Otras teorías, enmarcadas en el esoterismo nacionalsocialista, explican que la esvástica representaría la posición en que se encontraba la "estrella polar o estrella del Norte" antes de la Edad de Hielo que hizo inhabitable el Polo Norte, lugar en el que se habría desarrollado la mítica "raza hiperbórea", que la adoptaría como símbolo polar de su civilización y la transmitiría, mucho tiempo después, a su heredera directa, la "raza aria". Miguel Serrano sugirió que la esvástica "dextrógira" simboliza el antiguo éxodo de la raza aria desde el Polo Norte, mientras que la "sinistrógira" (levógira), la del nacionalsocialismo, representaría el regreso de la raza a su centro esotérico en el Polo Sur [43]. Con todo, las numerosas y dispares interpretaciones —a menudo, incluso, contradictorias— sobre la orientación y rotación de las distintas representaciones de la "cruz gamada", así como sobre su presunto significado, sólo genera confusión, seguramente por un esfuerzo propagandístico y efectista para subrayar las raíces ocultistas —y, por tanto, irracionales y acientíficas— de la ideología nacionalsocialista.

[42] Joscelyn Godwin, "El Mito Polar", 2009.
[43] Miguel Serrano, "Adolf Hitler: El Último Avatara", La Nueva Edad, Santiago de Chile, 1984.

     En definitiva, la esvástica "dextrógira", orientada hacia la derecha y cuya rotación seguiría el sentido de las agujas del reloj, significaría la misma pérdida de la patria Hiperbórea por la desviación del eje terrestre que provocó las glaciaciones y el comienzo de las estaciones climáticas, representadas en los cuatro brazos de la cruz gamada como símbolo del año solar, mientras que la esvástica levógira o "sinistroversa", orientada hacia la izquierda y cuya rotación seguiría la dirección opuesta a la de las agujas del reloj, simbolizaría el camino de retorno al hogar de origen hiperbóreo.–



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