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lunes, 1 de febrero de 2016

Karlheinz Deschner - El Dogma de la Divinidad de Cristo



     Karlheinz Deschner (1924-2014), historiador y teólogo alemán, destacado crítico de la Iglesia católica y del cristianismo en general, alcanzó a publicar 10 tomos de su conocida Historia Criminal del Cristianismo, la mayor denuncia de los crímenes de la religión cristiana, compuestos a lo largo de más de 40 años. Sostiene Deschner que el cristianismo, cuyo fundador fue Pablo, nunca tuvo mucho que ver con las enseñanzas de Jesús; que los escritos de los evangelistas son escritos llenos de absurdos y contradicciones, productos de literatura mitológica, creaciones de la fantasía de la comunidad creyente, y que no hay nada original en el cristianismo, ya que desde el dogma central hasta los ritos más periféricos, todo sin excepción existía previamente en el judaísmo, en el helenismo y en el mundo espiritual hindú. De su libro Der gefälschte Glaube (1988), conocido en castellano como El Credo Falsificado, presentamos aquí su segunda parte, que examina el trasfondo y los antecedentes que condujeron a falsear las apreciaciones de la comunidad cristiana primigenia y a imponer un dogma desnaturalizado.


El Dogma de la Divinidad de Cristo
por Karlheinz Deschner




     «No hay duda alguna: los Evangelios canónicos ven en la persona de Jesús al mismo Yahvé» (Karl Adam, teólogo).


El Endiosamiento de Jesús Se Dio
Siguiendo Modelos Exactamente Preestablecidos

     Antes de seguir paso a paso el nacimiento del dogma de Jesús como Dios e hijo de Dios, debemos recordar un hecho fundamental: el mundo antiguo estaba familiarizado con los endiosamientos, con las apariciones de salvadores dentro y fuera del judaísmo y, sobre todo, los hijos de dioses procedentes del cielo les resultaban algo natural y nada extraño. Todo el drama cristiano de la salvación —preexistencia, encarnación, martirio, muerte, resurrección, bajada a los infiernos y subida al cielo— es una combinación y mezcla de representaciones mistéricas anteriores y filosofía helénica. Estaba ya preestablecido paso a paso, y se aplicó íntegramente a la figura de Jesús, sea ésta histórica o no.

     Sigamos la tragedia paso a paso, que, a la luz del Sol, encierra trazos cómicos.

     La preexistencia no era nada nuevo. Buda existía ya como ser inmaterial en el Cielo antes de su bajada, y vino a la Tierra para salvar al mundo. También los salvadores paganos vivían desde la eternidad y fueron anunciados de antemano como salvadores de la Humanidad sufriente. Más tarde Pablo fanfarroneará: "Cuando llegó la hora envió Dios a su Hijo", o, en Marcos: "Ha llegado la hora, y el reino de Dios se ha acercado". En un famoso texto pre-cristiano se lee: "Ha llegado la hora... Apolo ha comenzado ya su reinado... Nacerá un hijo del dios supremo".

     En la Era pre-cristiana también los gnósticos enseñaron la bajada del salvador, del hijo primogénito de Dios, quien salva las almas para el luminoso mundo celestial. Y la cristología de la preexistencia encuentra aquí claramente una analogía sorprendente con lo anterior. El mito gnóstico del hombre celeste, del salvador y revelador, fue transferido a la persona de Jesús.

     Y también, la mayoría de las veces, los salvadores paganos nacían como hijos de doncellas: en Egipto, en Babilonia, en la India, en Persia y en Roma.

     Ya en el siglo III el dios del Sol egipcio fecundó a la esposa virgen del rey. En la India, Buda nació de una virgen. Los ángeles lo anunciaron como salvador y auguraron a su madre: "Te colmarás de felicidad, reina Maya. Alégrate y sé feliz: este niño, que has parido, es santo". En Persia se honraba a Zaratustra como hijo de una virgen. Hera parió a Hefesto siendo virgen; también a Platón se le consideró hijo de una virgen, y en el culto a Heracles la madre del dios era considerada, al mismo tiempo, virgen y madre.

     Los nacimientos de una virgen eran tan conocidos en la Antigüedad que los principales padres de la Iglesia propagaron el nacimiento de Jesús de una virgen mediante mitos parecidos. Hoy, dice el teólogo Bousset, esto es tan claro y evidente que no se hace necesario acumular citas y aducir todas esas leyendas de hijos de Dios, nacidos milagrosamente de una virgen.

     Mucho antes de que la Iglesia estableciera el 25 de Diciembre como día del nacimiento de Cristo (ocurre por primera vez el año 353), ya se festejaba, en ese día, el nacimiento de Mitra, el invencible dios del Sol. Las fórmulas litúrgicas de los paganos creyentes en la fiesta del solsticio del 24 al 25 de Diciembre decían: "La virgen ha parido, recibid la luz", y "El gran rey, el bienhechor Osiris, ha nacido". Y de las celebraciones de los Misterios procede la exclamación: "¡Os ha nacido hoy el salvador!". Y en Lucas dice el ángel: "¡Hoy os ha nacido el salvador!".

     Ya antes de Jesús se presentaban y describían a otras divinidades (Zeus, Hermes, Dioniso) recostadas en un cesto sagrado o en una gruta en pañales. A Mitra lo adoraron ya en su nacimiento los pastores, al que le llevaron las primicias de sus rebaños y de sus frutos. Y así como María parió al niño Jesús estando de camino, así también nacieron, con frecuencia, otros hijos de vírgenes huyendo o de camino. Así nació el divino hijo de Isis, la cual, dicho sea de paso, fue venerada mucho antes que María como "madre amantísima", "reina del cielo", "reina del mar", "expendedora de gracia", "salvadora", "sin mancha", "reina santa" y "madre dolorosa". Se la mostraba con un manto azul adornado de estrellas con el hijo de Dios en brazos o en el pecho; y sus títulos de "madre de Dios" y "paridora de Dios" los tuvo que transferir y abdicar en la madre de Jesús en el concilio de Efeso del año 431; y se hizo a base de dinero y de soborno, dinero que el patriarca de Alejandría, el santo Cirilo, tuvo que ofrecer a distinta gente, desde altos funcionarios del Estado, pasando por la mujer del prefecto de los pretorianos, hasta llegar a eunucos influyentes y a doncellas de cámara; y aunque él era rico tuvo que recibir prestado 100.000 monedas de oro. Y, a pesar de todo, no le bastó [1].

[1] Véase a este respecto el tomo III de la Historia Criminal del Cristianismo, de Deschner, p. 43 y s.; vol. IV, p. 213. Tomos I a IX, en castellano en pdf, en http://www.paganoscostarica.com/biblioteca/

     Y lo mismo que Herodes se entera por los magos de que acaba de nacer un rey, por lo que él persigue al niño Jesús, de igual manera Hera sabe que Heracles, descendiente de Zeus, será rey, y por eso lo perseguirá. Y de igual manera que Jesús, por el miedo de los padres, es llevado a Egipto y traído de nuevo, también Heracles es abandonado y luego recogido por el miedo de su madre. Y al igual que, más tarde, el viejo Simeón toma en sus brazos a Jesús y lo llama la "salvación", que "se ha mostrado a los ojos de todos los pueblos", también la anciana Asita tomó en sus brazos al recién nacido Buda y le presagió, entusiasmada, ser un "foco de luz", lo alabó como "salvación de muchos pueblos" y predijo que su religión sería ampliamente difundida.

     Antes del comienzo de su actividad misionera, Jesús se retira a la soledad y es tentado; se le lleva a un monte alto, se le muestran todos los reinos del mundo; igual que Heracles, que antes de su actuación pública se retira, es tentado, conducido al alto de un monte desde donde se le muestran los dominios del rey y del tirano. También de Zaratustra se cuenta una historia de tentación parecida. También Buda, teniendo unos 30 años —la misma edad que el Jesús bíblico— comienza su carrera. Primero consigue a dos hermanos como discípulos (igual que más tarde Jesús), asume voluntariamente la pobreza, es acompañado por doce de sus principales discípulos. Entre éstos hay también un preferido y un traidor, anda vagando, se manifiesta en sentencias, imágenes y parábolas.

     Como lo haría más tarde Jesús. Buda prohíbe matar, robar, mentir, mantener relaciones prohibidas; como lo haría Jesús más tarde, exige respeto a los padres, alaba a los pacíficos, enseña a vencer el mal con el bien, predica el amor al enemigo, rechaza la acumulación innecesaria de tesoros y prefiere la misericordia al sacrificio. Como Jesús, Buda se denomina "hijo del hombre", "profeta", "maestro" y "señor". Y las calificaciones de Buda como "ojo del mundo" y "luz sin igual" corresponden a las de Cristo como "luz del mundo" y "la luz verdadera".

     Y también los demás salvadores paganos, que precedieron a Jesús, fueron mediadores, reveladores y salvadores. Anuncian: "Yo soy una luz para la Humanidad", "quien cree se salvará, quien no cree será víctima del juicio", y cosas parecidas. También ellos actúan por amor a la gente, se presentan y se dan a conocer mediante profecías y milagros. Hasta nosotros han llegado profecías de Buda, de Pitágoras, de Sócrates y de muchos más; y al igual que los cristianos, también los paganos discutieron sobre si una profecía proviene de la divinidad literal o sólo según su contenido.

     Respecto a los milagros, no hay ninguno en los Evangelios que no se hubiera realizado ya antes. Ya Buda sanó a enfermos, hizo ver a ciegos, oír a sordos y andar a impedidos. Caminó ya sobre el Ganges crecido, al igual que más tarde lo haría Jesús sobre el lago. E igual que los discípulos de Jesús, también los de Buda hicieron milagros. "De la misma manera que Pedro camina sobre las aguas, antes lo había hecho un discípulo de Buda. Y de igual manera que Pedro comenzó a hundirse cuando flaqueó su fe, de la misma manera el discípulo de Buda cuando dudó de Buda. Y de la misma manera que el Señor salva a Pedro, de la misma manera salva al discípulo de Buda el fortalecimiento de su creencia en el maestro". E igual que Jesús en Lucas, también Pitágoras comienza su actividad misionera y milagrosa con un milagro de peces, en el que, por cierto de manera mucho más elegante y digna que en el relato de Jesús, ordena soltar los peces, cuyo valor él resarce. También Pitágoras curó a enfermos de cuerpo y alma, calmó tempestades en el mar, algo que uno de sus oyentes ocasionales, Empédocles, lo hacía tan a menudo que se apodaba "dominador del viento". También Empédocles curó apestados y resucitó muertos.

     El milagro de la boda de Caná (donde el Cristo joánico transforma sin dificultad alguna 600 ó 700 litros de agua en vino, como se deduce de Juan 2:6 y siguientes, aun cuando exégetas creyentes reducen, a veces, la cantidad y sin necesidad alguna tratan de empequeñecer el milagro), tal y como atestigua Eurípides, fue realizado ya por Dioniso, el dios preferido del mundo antiguo y a quien homenajearon con procesiones fastuosas desde Asia a España. Uno de sus títulos más conocidos, el de "vid", se transfiere en el Evangelio de Juan a Jesús: él es "la verdadera vid" (todo lo que antes era falso ahora, en el cristianismo, es verdad). Dioniso hizo muchos milagros con el vino, y posteriormente sus sacerdotes los repitieron siendo conscientes del engaño milagroso, al igual que más tarde los sacerdotes cristianos en el aniversario de la boda de Caná (el 6 de Enero, en cuya fecha era muy celebrada una fiesta dionisíaca) repitieron engañosamente la transformación del agua en vino.

     Como gran taumaturgo fue tenido el médico y semidiós Asclepio, sobre cuyos altares resplandecía con grandes letras la palabra "Salvador", y cuyos milagros comenzaron ya a florecer en el siglo V antes de Cristo en Epidauro que, al igual que hoy Lourdes, era conocido en el mundo entero. Y para ver cómo numerosos milagros de Jesús nos retrotraen a los de Asclepio y lo cercanas que ambas actividades milagreras están entre sí, el teólogo Carl Schneider ha resumido sus investigaciones de manera gráfica diciendo:

     «Jesús, como Asclepio, sana extendiendo o imponiendo la mano, o colocando un dedo en el miembro del cuerpo enfermo, o simplemente rozando al enfermo. Y, como en Asclepio, también en Jesús se relacionan (aunque no siempre) fe y curación: ocasionalmente será sanado también alguien sin fe. Y, como allí, también aquí se exige agradecimiento. Un ciego, curado por Asclepio —al igual que uno curado por Jesús— comienza al inicio a ver sólo árboles. Ambos curan a paralíticos, mudos, enfermos a distancia y tullidos. Tras la curación, en ambos llevan los curados consigo las muletas. Ambos no hacen distinciones sociales: sanan a jóvenes y viejos, ricos y pobres, hombres y mujeres, esclavos y libres, amigos y enemigos...

     «Entre los milagros se dan milagros de la Naturaleza: Asclepio, su pariente Zarpáis y Jesús apaciguan tormentas. Asclepio resucitó a seis muertos, en los que las particularidades son las mismas que en los que resucita Jesús: son numerosos los testigos presentes, los no creyentes piensan que se tratan de muertos aparentes, a los resucitados se les da alimento. Jesús asume también el tratamiento de Asclepio: él es el médico por antonomasia, domina a las fuerzas de la enfermedad, es el salvador» [2].

[2] Para una mayor concreción, véase el vol. 4 de la obra ya citada de Deschner, p. 210 y s.

     Los historiadores de la Religión han demostrado, ya desde hace tiempo, que en la literatura antigua hay numerosos equivalentes con las milagrosas historias evangélicas, que éstas concuerdan en estilo y contenido con las narraciones profanas de milagros, y que, en su mayor parte, es muy posible el origen pagano de las leyendas neotestamentarias de milagros. Según el teólogo Bousset, se transfirió a Jesús todo tipo de historias vigentes en el lenguaje popular de este o aquel taumaturgo, y a las narraciones evangélicas existentes se las dotó con motivos milagreros corrientes. "Narradores cristiano-judíos", escribe el teólogo Martín Dibelius, "convirtieron a Jesús en el héroe de las leyendas de profetas o maestros conocidos; novelistas cristiano-paganos continuaron con historias de dioses, salvadores y taumaturgos aplicándolas al salvador cristiano".

     Así aparecen, una vez más, en el Nuevo Testamento los milagros estándar de muchas "religiones sublimes". Curaciones inexplicables, sobre todo expulsión de demonios, caminar sobre las aguas, pacificación de tormentas, multiplicaciones maravillosas de pan y alimentos... todo esto era conocido y habitual en el mundo antiguo, milagros típicos de la época. Tampoco era especialmente singular la resurrección de muertos; incluso había formularios especiales para ello. En Babilonia, donde estaba muy extendida la resurrección de muertos, a muchos dioses se les denominaba "resucitadores de muertos".

     Los católicos consideran los milagros bíblicos como "hechos incuestionables" y están obligados a "creer todos los milagros contenidos en la Sagrada Escritura, porque Dios nos ha revelado. Quien niegue uno de ellos ya no es católico". A la vista de la multiplicación de los panes por Jesús, de la curación del ciego de nacimiento y de la resurrección de Lázaro, se afirma y sostiene que: "La realidad de tales hechos extraordinarios se les manifiesta a las gentes mediante la propia observación o por narraciones de testigos...".

     El milagro más grande, la propia resurrección, era bien acogido entre los hijos de Dios, tanto entre los míticos como entre los históricos; era tan popular y conocido que el escritor de la Iglesia, Orígenes, en el siglo III, respecto a la resurrección de Cristo decía: "El milagro, como no es nuevo para los paganos, no les resulta escandaloso". Entre los dioses más conocidos, que han padecido, muerto y resucitado, están Dioniso y Heracles, y también el babilónico Tammuz, el sirio Adonis, el frigio Atis y el egipcio Osiris. Algunos, como el Jesús sinóptico, murieron pronto y, no pocas veces, resucitaron ya al tercer día o después de tres días, como Attis, Osiris y con bastante probabilidad también Adonis; incluso, a veces, su muerte tenía un carácter reparador. Y ya en épocas anteriores —como más tarde con Jesús— la resurrección del dios iba ligada a la esperanza de inmortalidad para el hombre.

     Dioses crucificados son Prometeo, Licurgo, Marsias, Dioniso... Las comunidades de Dioniso adoraron a su dios en la cruz, como consta antes de la Era cristiana, sobre un altar con vasos de vino. Según el teólogo Hermann Raschke la crucifixión de Jesús es tan sólo una forma desarrollada de la crucifixión de Dioniso. Aun cuando es posible que también hubieran influído otras tradiciones, se puede resumir con Raschke diciendo que "Dioniso cabalga a lomos de un asno". El asno es en Dioniso, como más tarde ocurre con el Jesús bíblico, el animal de la paz: "Dioniso en barco y como el señor del mar, Dioniso y las higueras secas, Dioniso y la vid, el escarnio y el sufrimiento de Dioniso, cuya carne será comida y su sangre bebida, el Orfeo báquico en la Cruz; se hace necesaria esta alusión pasajera para reconocer la huella permanente de los motivos míticos de Dioniso en la narración evangélica".

     En parte, hasta los detalles más nimios, ocurridos en la muerte de las divinidades paganas, se repiten en la muerte de Jesús. Así, Marduk, la divinidad más valorada de Babilonia, considerado como el creador del mundo, el dios de la sabiduría, de la medicina, ser mágico, salvador enviado por el padre, resucitador de muertos, señor de los señores y buen pastor, es apresado, interrogado, condenado a muerte, flagelado, ejecutado con un criminal mientras otro quedaba en libertad; y una mujer le limpió la sangre del corazón que le manó de una herida de lanza. En la muerte de César, el pueblo ateniense lo alabó como salvador, el pueblo romano creía de forma generalizada que fue llevado al cielo y hecho dios, el Sol se oscureció y aparecieron las tinieblas, la tierra estalló y los muertos regresaron a la superficie. Heracles, hacia el año 500 antes de Cristo, como hijo de Dios e intermediario de los hombres, honrado en la época de Jesús como salvador del mundo, es ensalzado por el padre dios por sus obras, y al morir encomendó su espíritu: "Acepta, te ruego, mi espíritu... Mirad, mi padre me llama y abre el cielo. Voy, padre, voy". En el Evangelio de Lucas se dice más tarde: "Entonces Jesús gritó con voz fuerte las palabras: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!".

     Y todavía son más llamativas las concordancias entre la religión de Heracles y el Evangelio
de Juan.

     En los tres Evangelios más antiguos no está bajo la cruz el discípulo amado, ni tampoco la madre de Jesús: las mujeres miran "de lejos". Lucas escribe incluso: "Pero todos (!) sus conocidos estaban a distancia", cosa que se contradice con el Evangelio de Juan en donde la madre de Jesús y el discípulo amado están junto a la cruz, como en la muerte de Heracles cuya madre y el discípulo predilecto estaban presentes. Tal como el izado Heracles grita: "Madre, no te lamentes... ahora voy al cielo", así también exclama el Cristo joánico: "Mujer, ¿por qué lloras?... Asciendo a donde mi padre". Heracles muere pronunciando: "Todo se ha consumado", como el Cristo de Juan. Heracles, antes de Cristo, portaba el apelativo de "Logos". Y en la religión de Heracles se decía: "El logos está no para dañar o castigar sino para salvar", y en el Evangelio de Juan se dice: "Dios no ha enviado a su hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo mediante él". Y al igual que en la muerte de Heracles el culpable se cuelga de remordimiento y espanto, de igual manera se cuelga Judas, a quien las Escrituras más antiguas hacen que perezca de tres maneras, en donde cada variante excluye las otras dos.

     También la famosa historia bíblica del sepulcro vacío —"La fosa está vacía", se mofa Goethe. "¡Qué milagro más fantástico, el señor ha resucitado!. ¡Quién lo cree!. ¡Pícaros, lo habéis llevado lejos!"— se podía leer ya antes en la conocida novela griega Chaireas y Kallirhoe de Chariton. Allí, en el tercer libro, corre Chairea al sepulcro de Kallirhoe por la mañana temprano. Está desesperado, pero ve que la losa está desplazada y la entrada libre. Chaireas, de miedo, no se atreve a entrar en el sepulcro. Otros corren hacia el olor; también ellos temen, pero por fin uno entra y anuncia el milagro: No está la muerta, el sepulcro está vacío. Ahora entra también Chaireas y confirma lo increíble.

     Formaba parte de la leyenda que el otrora enviado por Dios, el inmortal, tras la partida, se mostraba alguna vez a las gentes. Se querían pruebas. Así se apareció el resucitado Apolonio de Tiana, un contemporáneo de Jesús, a dos de sus discípulos, y les permitió incluso coger su mano para convencerse de que vivía, de que era verdad que había resucitado. Y porque, según opinión que se encuentra en el quinto libro de Moisés y que en el Nuevo Testamento se recoge repetidas veces, sólo dos o más testigos constituían prueba concluyente, también Cristo tenía que mostrarse ante varios para demostrar que "verdaderamente" había resucitado.

     Y esto ocurrió no sin contradicciones (como las burlas expuestas ya antes). Pero hizo más. Inmediatamente, tras su muerte, descendió a los infiernos; pero, claro está, esto ocurrió por primera vez en el siglo II. Los Evangelios lo callan hasta entonces por completo. El dogma del descenso a los infiernos de Cristo contradice al Evangelio de Lucas, según el cual Jesús pasa los primeros días tras su muerte en el cielo. "En verdad te digo", le promete al "buen" ladrón, "que hoy estarás conmigo en el paraíso". Lo que la esperanza de Jesús presupone es que de la cruz va al paraíso. Y para evitar que esta palabra de Jesús esté en contradicción con otras, se la tacha ocasionalmente y se la declara como falsificación herética.

     Pero el descenso a los infiernos de las divinidades era un tema demasiado apreciado como para poder prescindirse de él en el cristianismo. Había adquirido gran importancia en la creencia antigua de la inmortalidad, tal como lo encontramos en los mitos egipcios, babilónicos y helenos.

     En el antiguo Egipto, Ra y Osiris combatieron a las fuerzas del averno. Ya en el tercer milenio antes de Cristo se conocía en Babilonia un descenso a los infiernos de Ishtar. En el siglo XIV antes de Cristo se documenta la bajada del dios Nergal, que asalta los infiernos y vence a sus ejércitos, lo que genera un terremoto como en la bajada de Cristo. Con el descenso del creador del mundo babilónico y buen pastor Bel Marduc, cuya historia muestra comparaciones sumamente sorprendentes con la del objeto cristiano de culto, se confirma también el motivo de la apertura violenta de las mazmorras y el contento de los prisioneros que miran al salvador.

     También el descenso a los infiernos de Heracles, cuyo destino, como transmiten la visión filosófica y la religión de Heracles, muestra sin duda muchos elementos comunes con el semidiós cristiano, apunta ya al sometimiento de las fuerzas del averno, al quebranto de la ley demoníaca. Como Cristo, también Heracles quería traer la luz a los muertos desfallecidos y librarlos de la cárcel. "La terrible muerte ha sido quebrada, tú has vencido al reino de la muerte". Y también el Pitágoras histórico bajó al averno, según ilustra el siglo III antes de Cristo. Tras estos ejemplos se permitió a Jesús, en una carta falsificada a nombre de Pedro —la prueba fundamental para el dogma— bajar también a los infiernos para salvar a los apresados.

     Y no sólo lo paganos conocían numerosos viajes de seres vivos a los cielos (entre otros desaparecieron maravillosamente Kybele, Heracles, Atis, Mitra, emperadores como César, poetas como Homero), sino también los judíos (Enoc, Moisés, Elías); por lo tanto Cristo no podía quedarse a la zaga. ¡Y vaya contradicciones de nuevo! El Evangelio de Mateo no sólo no conoce ni una subida al cielo sino que, según algunos doctos, la excluye. La ascensión que aparece en el Evangelio de Marcos se halla en un final agregado, rechazado incluso por neotestamentaristas católicos como falso, cuanto más por la teología crítica.

     Según el Evangelio de Lucas la ascensión al cielo sucedió el día de la resurrección, en la tarde del domingo pascual; según la Historia de los Apóstoles, 40 días más tarde. Según el Evangelio de Lucas ocurre en Betania, según los Hechos de los Apóstoles, desde el Monte de los Olivos.

     Y también, al igual que Heracles y Dioniso en su marcha al cielo dejaron huellas de sus pies, lo mismo ocurre con el Cristo ascendente. Todo tenía que ser palpable. El santo Jerónimo, honrado con el infrecuente título de doctor de la Iglesia, asegura que todavía se podían ver esas huellas en su tiempo, en el siglo V. Y Beda el Venerable, "el maestro de la Edad Media", las atestigua todavía en el siglo VIII, y esto, ¡oh milagro!, se da después de que todo romero a su paso por Jerusalén hubiera recogido la tierra que Jesús piso antes de emprender el viaje al cielo.

     Y aun cuando podríamos presentar otras muchas concordancias y caprichos, las ya mencionadas bastan para dejar claro lo natural y humano, lo demasiado humano que ocurrió todo en la configuración de la imagen de Cristo. El encuadre, los contenidos, las formas, tratamientos, milagros, los mandatos y prohibiciones... no hay nada que fuera nuevo. Y como dice Diderot de modo acertado: "Probar el Evangelio mediante un milagro significa probar algo absurdo mediante algo contranatural".

     Supongamos por un momento que la Teología Crítico-Histórica admite la historicidad de un hombre llamado Jesús. Admitamos que fue bautizado, que sanó, predicó, proclamó la cercanía del reino, el amor a Dios, al prójimo, al enemigo, que combatió el culto y la piedad ostentosa y aparente, el sometimiento del débil, la explotación del pobre y, finalmente, como radical sufrió una muerte violenta; la teología crítica que, en cualquier caso, no reivindica más sino menos para él, se pregunta: ¿Y cómo un hombre así llegó a convertirse en creador del mundo?.

     Ya hemos dicho que su existencia no es demostrable (y digamos por última vez, tampoco su no existencia), y respecto a cómo se convirtió en el creador del mundo, sólo cabe conjeturar. Con la transmisión escrita podemos ir, naturalmente, conociendo cada vez con más claridad los distintos estadios: la formación de la cristología, el origen el dogma del Hijo de Dios y de Dios.



¿Qué Ocurrió con la Transmisión de Jesús
hasta la Redacción del Primer Evangelio?

     Recordemos: Desde la supuesta muerte de Jesús hasta el nacimiento del primer Evangelio pasó algo así como medio siglo. En ese tiempo creció el recuerdo en él inmerso, de modo natural, en un mundo mítico popular. Exageraciones, exaltación de afirmaciones, acentuación y magnificación del tono de sus milagros, adornos y complementaciones de sus palabras... todo esto se dio ya desde el inicio. Toda transmisión oral se somete a determinadas leyes de evolución; cada transmisión de este tipo, sobre todo entre los orientales —que muestran en la trasmisión de tradiciones no escritas sin duda alguna una determinada perfección— significa modificación, variación, aumento. Cada narración se transforma mediante la divulgación continuada, y si esto ocurre ya en breve espacio de tiempo, cuanto más en una tradición y trasmisión de varias décadas.

     Imaginémonos a los primeros cristianos, a los que debemos las narraciones sobre Jesús, que provenían de capas sociales bajas y muy bajas, infantiles, con poca capacidad crítica. Todo el mundo estaba preso y dominado por una creencia supersticiosa y revelada sin barrera alguna. Florecieron cultos mistéricos, creció la magia y la profecía. Hubo una gran proliferación de sentimientos de penitencia, manías demoníacas, interpretación de oráculos. Se creía de modo general en las apariciones de dioses. Magos, videntes, predicadores de la salvación, místicos, taumaturgos, iluminados, todos ellos poseídos y enviados por Dios, vagaban a lo largo y ancho del Imperio romano predicando y haciendo milagros. También Jesús pudo "haber sido uno de tantos de aquellos fundadores de religión y milagreros normales de su tiempo", escribió el Emperador Juliano, el gran enemigo de los cristianos. "Durante su vida no hizo nada especial para que se hablase de él, a no ser que se quiera dar a la curación de ciegos y tullidos en los pueblos de Betsaida y Betania una gran importancia". Efectivamente, lo milagroso no era algo extraordinario, más bien era algo normal, de todos los días. "Los exégetas", anota de los guías de los templos Pausanias, un hombre que había viajado mucho, "saben que no todo lo que dicen es verdad, pero son conscientes de que no es fácil convencer a la gente de lo contrario de lo que creen".

     Incluso los pertenecientes a las clases más elevadas eran, la mayoría de las veces, tan crédulos o supersticiosos como la masa. "No considero nada imposible": esta manifestación del maestro de retórica Apuleyo es descriptiva de la época. El mismo Celso daba a conocer: "¿Para qué enumerar las muchas profecías en los lugares de oráculos hechas por profetas y profetisas, por místicos, hombres y mujeres, que hablan en nombre de Dios?. ¡Enorme la cantidad de cosas maravillosas que se escuchan en el interior de los santuarios!... A algunos se les han aparecido los dioses en persona".

     De hecho, la frontera entre Dios y la creación no era tan infranqueable. Sobre todo los griegos helenísticos, de los que partió el endiosamiento de Jesús, fueron especialmente sensibles a las obras de caridad, y estaban dispuestos siempre a admitir a los benefactores como encarnaciones de la divinidad. "Está bien vista esa facilidad griega", afirma el Firmicus Maternus, que con discursos incendiarios exigía de los Emperadores la destrucción del paganismo, "por denominar dios a quien los ha ayudado mediante consejo u obra".

     La llegada del filósofo neo-pitagórico Apolonio de Tiana, si él lo hubiera permitido, habría sido celebrada por los espartanos como la epifanía de un dios. Todavía en el siglo IV se le tributaban honores divinos a su estatua de Éfeso.

     Su vida, bosquejada por Filóstrato por encargo de la emperatriz Julia Domna, ofrecía tantas y tan llamativas semejanzas con Jesús que, durante mucho tiempo, se creyó que se trataba de un equivalente hecho a sabiendas, algo que, en general, todos admiten que no puede ser.

     En el mismo Nuevo Testamento encontramos una prueba que demuestra el rápido endiosamiento que se daba en aquella época: la narración en los Hechos de los Apóstoles sobre la curación del tullido de nacimiento. "¡Levántate y marcha por tu propio pie!", ordena Pablo, y el impedido de nacimiento se levanta y camina. "Cuando la gente vio lo que Pablo había hecho", se sigue leyendo, "gritaron a voz en grito en licaónico: Los dioses han adquirido forma humana y han descendido hasta nosotros". Y llamaron a Bernabé —acompañante de Pablo— "Zeus, y a Pablo, Hermes, porque éste era quien llevaba la voz cantante; y el sacerdote de Zeus, que tenía delante de la ciudad su templo, trajo junto a la puerta de la ciudad animales y coronas para ofrecer sacrificios con la multitud".

     En la Antigüedad se recurría rápidamente a la heroicidad, a la deificación y apoteosis, porque se ansiaba y suspiraba por salvadores y redentores, y es muy probable que la imagen de Jesús, ya antes de la primera fijación en el Evangelio de Marcos, hubiera sido ya acrecentada y amplificada colectivamente. En palabras del teólogo Leipoldt, "no raramente se acomodaba a las necesidades y deseos de la comunidad". Muy rápidamente, tras la muerte de Jesús, como explica el teólogo Knopf, se decía de él "todo lo sublime imaginable... y parte de esas afirmaciones provenían de quienes habían visto y conocido a Jesús".

     Este proceso de transfiguración, que nosotros tan sólo podemos presuponer o imaginarnos durante las primeras décadas después de la muerte de Jesús —eso sí, con una muy alta probabilidad, de modo que toda la teología crítica la da como seguro—, este proceso prosigue posteriormente en los Evangelios. Ellos muestran a un Jesús, escribe el teólogo Pfannmüller, "ya modificado en rasgos fundamentales", o, formula el teólogo Hirsch, "de rasgos fantásticos". Los evangelistas no reflejan a Jesús como era sino, concluye el teólogo Jülicher, "como los creyentes lo necesitaban". Y nosotros, de modo distinto a la transmisión oral comentada, podemos seguir ahora paso a paso la deificación sistemática de Jesús, comenzando en Marcos, pasando por los posteriores Evangelios de Mateo y Lucas, hasta llegar al último, al cuarto Evangelio y, con ello, acercarnos al origen del dogma central del cristianismo [3].

[3] Para más información, léase el vol. IV de Deschner "Historia del Cristianismo", p. 149 y s.



La Sistemática Glorificación de la Imagen de Jesús
en los Tres Primeros Evangelios


     Tras los numerosos hijos divinos existentes, tanto míticos como históricos (Pitágoras, Platón, Augusto, etc), de quienes se atestigua que son "hijos de Dios", merced a esa tradición oral transfiguradora y debido a los ingredientes añadidos por los evangelistas, aparece Jesús también como "hijo de Dios" ya en el Evangelio más antiguo. Y resulta curiosa esta expresión en él porque Marcos raramente la usa, y además la mayoría de las veces aparece en contextos en los que la palabra tiene un cierto tono "sospechoso" y de cierta reserva. Dos veces lo utiliza una voz del cielo, dos veces lo emplean los malos espíritus. Está al inicio del Evangelio y en la confesión del capitán bajo la cruz: "Verdaderamente este hombre es hijo de Dios", que toda la Teología Crítica la rechaza como falsa; la conversión del verdugo era un motivo literario extendido: se puede encontrar también en las narraciones judías de los mártires. Todo esto no tiene mucho valor. Sin embargo, sí resulta mucho más importante que a Jesús se le llame en este Evangelio once veces "maestro" y tres veces "rabí", y que no se piense ni en la preexistencia ni en si es idéntico a Dios, y que el evangelista más antiguo, en estricta oposición al dogma de la Iglesia, admita, por decirlo así, a Jesús por primera vez como hijo de Dios en su bautismo.

     En el libro De Nuevo Cantó el Gallo escribí:

     «La investigación considera el bautismo de Jesús administrado por Juan como uno de los datos de su vida mejor documentados. Pero también se pone éste en tela de juicio porque, cuando menos, los relatos evangélicos sobre el bautismo son legendarios; ya la narración bautismal más antigua está tomada íntegramente del Antiguo Testamento, concretamente de Isaías. Pero evidentemente también esa historia, en la que el espíritu de Dios en forma de paloma desciende sobre Jesús, es una referencia a las fórmulas antiguas de elección, a la elección del rey mediante un pájaro, que al posarse sobre una persona concreta indica que él es el elegido. Además, entre los sirios y fenicios la paloma era símbolo de la divinidad que se manifiesta. Los antiguos teólogos judíos se imaginaron el espíritu de Dios como una paloma, y en el Cantar de los Cantares hacían pasar su voz por la voz del espíritu santo. Ya antes del Jesús sinóptico revoloteaban palomas sobre las cabezas de los soberanos egipcios y también; posteriormente a Jesús, aparecen palomas en ocasiones semejantes.

     «De todos modos la leyenda de Marcos muestra de modo claro que Jesús no era considerado Dios o hijo de Dios entre sus discípulos más antiguos. Sólo, y por primera vez, con la bajada del espíritu divino —éste es precisamente el fin de la historieta— es entronizado como hijo de Dios. Si fuera ya hijo de Dios estaría de más el recibimiento del espíritu. "E inmediatamente lo llevó el espíritu al desierto", cuenta el evangelista. No pudo expresar con más nitidez la relación real y de inmediatez que existe para él entre el recibimiento del espíritu y el inicio de la actividad del pneuma: Solamente al comienzo de su actividad pública es adoptado Jesús como Hijo de Dios en el Evangelio más antiguo.

    «Ahora no resulta difícil perseguir cómo, muy pronto, se desfiguró y modificó el sentido de su bautismo, y cómo ya en el Evangelio de Mateo aparece sublimada la imagen de Cristo.

     «Marcos informa cándidamente del bautismo de Jesús administrado por Juan, algo que ya por entonces a muchos cristianos les causaba gran preocupación. No tanto porque casi todos los judíos ilustres consideraban al Bautista como un loco sino porque su bautismo era un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. El que Jesús fuera bautizado con un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados (según la enseñanza de la Iglesia, no tenía pecado alguno) es algo que en el cristianismo primigenio encuentra reparos o se niega porque presupone en él una conciencia de pecado.

     «Este argumento pronto lo usaron los judíos contra los cristianos. Y ya en Mateo se encuentra un intento de justificación. Teje un diálogo con la ingenua comunicación de Marcos, destinado a mostrar que ya el Bautista sabe que Jesús es un ser sin pecado. "¿Yo debería ser bautizado por ti y tú vienes a mí? Y Jesús le respondió: Deja que sea así por esta vez"».

     En el Evangelio de Lucas, en el que Juan el Bautista aclama a Jesús ya en el vientre de la madre —salta ya como embrión (ante la presencia del otro embrión)— aparece todavía el bautismo discriminatorio de Jesús administrado por Juan: "Y ocurrió que todo el pueblo se dejó bautizar, y Jesús también fue bautizado, y estando en oración el cielo se abrió...". En el cuarto Evangelio, más tardío, se dice únicamente: "Y Juan dio testimonio y dijo: He visto al espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él". Del bautismo, ni palabra; se omite totalmente el tema y en su lugar entona un himno a Jesús, y disimuladamente polemiza en contra de Juan el Bautista, que aquí con frecuencia y voluntariamente reconoce su inferioridad frente a Jesús y se muestra como su "precursor", mientras en la realidad fue su rival; lo mismo que los seguidores del Bautista no se hicieron cristianos sino que siguieron en la secta mandeísta, que vivía en la cuenca del Éufrates.

     Ahora se mostraba que el Evangelio de Marcos no sólo no era dogmático en relación con el bautismo de Jesús, con el que pone fecha a su ser hijo de Dios, sino que en el Evangelio más antiguo Jesús no es todavía ningún dios preexistente ni, tampoco, todopoderoso, ni omnisciente ni absolutamente bueno.

     No es todopoderoso. Marcos informa que Jesús en su ciudad natal —después de dejar claro por si acaso que "un profeta en ningún sitio vale menos que en su ciudad natal y entre los suyos""no podía realizar ningún milagro". Marcos quita un poco de hierro al tema y lo colorea: "fuera de algunos enclenques, a los que sana imponiéndoles las manos". Mateo dice aquí que "no hizo muchos milagros".

     Jesús tampoco es omnisciente en Marcos. Poco después de su profecía, que no se cumplió ("En verdad os digo, no pasará esta generación antes de que esto suceda"), confiesa que: "sobre el día y la hora nadie sabe, tampoco los ángeles del cielo, tampoco el hijo, sólo lo sabe el padre". Esta confesión, que compromete al dogma posterior, también se encuentra en Mateo, pero no está ya presente en manuscritos importantes del Evangelio de Mateo, y Lucas lo suprime. Para los maestros de la Iglesia este no saber de Jesús les resultaba tan fatal que algunos lo niegan en contra del texto claro de la Escritura, como el tristemente célebre Atanasio, también un gran y demostrado falsificador de documentos; hay quienes sostienen que es una falsificación, como el obispo de Milán Ambrosio, y otros lo transforman por completo, como Basilio.

     Y que Jesús no es todavía absolutamente bueno en Marcos lo demuestra su conversación con aquel rico que se hinca de rodillas delante de él y le pregunta: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?". Jesús lo corrige de inmediato: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios", lo que indica a las claras que Jesús no se identifica con Dios, quien, según doctrina de la Iglesia, sí se identifica. Y mientras Lucas transmite esta expresión, Mateo la corrige de modo poco hábil: "¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno".

     Según la apologética católica esta expresión "parece" excluír a Jesús únicamente de la divinidad. El hombre con el que habló, y que lo trató de manera insinuante, vio "en él sólo a un maestro humano", lo que es verdad. Y sigue diciendo: "Jesús quería rechazar el halago, y el predicado bueno, misericordioso reservarlo sólo a Dios", con lo cual sólo se demuestra lo que se quiere negar, y aun cuando existe cierta confusión, no contendría una manifestación de su relación con Dios.

     A pesar de las coloraciones, aditamentos y añadidos, los Evangelios permiten conocer lo lejos que están de cualquier tipo de identificación del supuesto Jesús histórico con Dios.

     ¿No se infiere también esto de su oración? En ninguna parte del Nuevo Testamento Jesús se reza a sí mismo. ¡El reza a Dios, que debe ser él mismo! ("¿Y a quién venera?", se mofa Diderot. "¡A sí mismo!". Y, a veces, aparece en clara tensión con Dios. Se postra en tierra y pide, que si es posible, pase de él la hora; y decía "¡Abba, padre, a ti todo te es posible, deja que pase de mí este cáliz!". Y después "oró él con las mismas palabras". Y en la hora de su muerte gritó "con voz fuerte... ¿Dios mío, Dios mío, por qué me han abandonado?". Cierto, sólo aparece en Marcos y Mateo; Lucas evita la frase sospechosa. Ahí Jesús se encomendó de modo muy parecido al salvador Heracles, que moribundo y de camino al cielo dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

     Lo mucho que dolió a los cristianos la queja de Jesús por el abandono de Dios lo aclara también el "apócrifo" Evangelio de Pedro; en él narra Pedro la historia evangélica en primera persona. Y se corrige el grito de "¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?" por: "Fuerza mía, fuerza mía, ¿por qué me has abandonado?".

     Y así como el Jesús de Marcos llama "bueno" a Dios y no se llama a sí mismo, así como él no sabe —sino sólo Dios— la fecha del comienzo del reino de Dios, de igual modo para él es evidente que no es él sino Dios quien concede los puestos en ese reino. Y responde a los dos hijos de Zebedeo —Santiago y Juan— en su deseo ambicioso de poder sentarse en su gloria a su derecha y a su izquierda, ruego sentido ya pronto como penoso, y de ahí que Mateo lo presente a través de la madre de ambos y que Lucas lo suprima: "el sentarse a mi derecha o mi izquierda no lo concedo yo, sino que él los concederá a quienes haya determinado".

     Hay todavía pequeños detalles que muestran la glorificación del Señor llevada a cabo, de modo sistemático, por los posteriores evangelistas. Así cuando Marcos dice de José de Arimatea que "también él aguardaba el reino de Dios", Mateo introduce un fino pero sugerente matiz: él "asimismo se hizo discípulo de Jesús". De igual manera, el "reino de Dios", predicado por Jesús en Marcos, se convierte en Mateo, a menudo, en reino de Jesús o del hijo del hombre, y el pregonero se convierte, tras una conocida formulación, en el anunciado. O en Marcos, Jesús habla de los pequeños "que creen eso", y Mateo lo transforma en "que creen en mí". O en el Evangelio de Marcos están los discípulos "totalmente asombrados" después de ver caminar a Jesús por el mar, y en el Evangelio de Mateo se hunden y confiesan: "¡En verdad tú eres el hijo de Dios!".

     Tampoco ocurre, como alguna vez se ha creído, sin duda simplificando en exceso, el proceso evangélico de edificación de Jesús, como si el evangelista más antiguo describiera a un hombre, como si los evangelistas posteriores hicieran de éste una especie de semidiós y el cuarto Evangelio y los evangelios apócrifos posteriores lo remataran presentando a un dios con apariencia de hombre sólo externa; pero sí hay que decir que las sublimaciones son evidentes y van en progreso.

     Ya en el siglo IV descubrió el Emperador Juliano algo que en verdad es esencial: que ni Pablo, ni Mateo, ni Lucas ni Marcos se han atrevido a denominar Dios a Jesús. "Más bien diríamos que el primero que osó utilizar esta denominación fue el vacilante Juan, porque se dio cuenta que ya mucha gente en muchas ciudades italianas y helenas estaba afectada por esta enfermedad...". Y tanto antes como ahora al teólogo le afecta la corriente: "Nosotros hemos aprendido a distinguir entre el hijo de Dios del Evangelio de Juan y de la teología sinóptica y el Jesús hombre, el maestro mesiánico, el taumaturgo y profeta, tal y como se le caracteriza en las narraciones primigenias de la tradición", sobre todo en el Evangelio más antiguo, que, aun basándose en una tradición oral de varios decenios, Jesús sigue apareciendo todavía reiterativamente como un hombre que se reconoce a amplia distancia de Dios. Y, a pesar de todo, encontramos en Marcos una respuesta clara a la pregunta del sumo sacerdote sobre si Jesús es el Cristo, el hijo del sumamente loado: "Sí, yo soy, y veréis al hijo del hombre sentarse a la derecha del poder y llegar del cielo entre nubes". Con razón comentaba atinadamente Montefiore: "¿Cómo podemos deducir de todo esto con una mínima certeza lo que Jesús pensaba, si ni siquiera tenemos una mínima seguridad sobre lo que realmente dijo?".

     De su transmisión de los milagros se deduce que la figura de Jesús se fue sublimando cada vez más por los posteriores evangelistas. Y así como crecen por doquier los milagros con la tradición, lo mismo ocurre en los Evangelios.

     Mateo amplió casi de manera sistemática los milagros de Marcos, que los consideraba muy ingenuos. En la primera aparición de Jesús hace que los enfermos, que solicitan milagros, lleguen no sólo de toda Galilea sino incluso de Siria. Y allí donde Marcos sólo conoce una curación, Mateo confirma dos. Un procedimiento muy característico.

     Recordemos la curación del ciego Bartimeo en Marcos:

     "Vinieron a Jericó", informa, "y cuando se marchó él con sus discípulos y una gran muchedumbre de Jericó, estaba sentado junto al camino el hijo de Timeo, Bartimeo, un mendigo ciego. Cuando éste oyó que era Jesús de Nazaret, comenzó a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Muchos lo amenazaron en voz alta para que se callara; pero el gritaba más fuerte: ¡Hijo de David compadécete de mí! Entonces se paró Jesús y dijo: ¡Llamadlo que se acerque! Llamaron al ciego y le dijeron: Ten buen ánimo y levántate. ¡Te llama! Entonces arrojó su manto, se puso en pie y se acercó a Jesús. Éste le habló diciendo: ¿Qué quieres de mí? El ciego le respondió: ¡Rabí, quisiera poder ver! Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Desde aquel instante él pudo ver, y se unió a Jesús en la marcha".

     La misma historia en Mateo es como sigue:

     "Cuando se marchaban de Jericó los seguía una gran muchedumbre. Allí había sentados dos (!) ciegos junto al camino; cuando oyeron que pasaba Jesús, gritaron: ¡Señor, hijo de David, compadécete de nosotros. La gente los amenazó para que callaran, pero ellos gritaron aún más fuerte: ¡Señor, hijo de David, compadécete de nosotros! Entonces se detuvo Jesús, les gritó que se acercaran y les preguntó: ¿Qué deseáis de mí? Ellos le respondieron: ¡Señor, que se abran nuestros ojos! Entonces Jesús tuvo compasión de ellos, les tocó sus ojos y al instante pudieron ver y se unieron a él".

     Algo muy análogo ocurre en la curación del poseso. Marcos:

     "Y ellos llegaron del otro lado del mar a la región de los gadarenos. Y cuando Jesús salió de la barca corrió hacia él un hombre, salido de los sepulcros, poseído por un espíritu impuro, que tenía su morada en los sepulcros; y nadie podía sujetarlo ni con cadenas... Y como vio a Jesús a lo lejos, corrió hacia él y se postró a sus pies, y gritaba diciendo: ¡Oh Jesús, hijo de Dios, del Altísimo, qué te he hecho yo! Te conjuro por Dios que no me martirices".

     Y Mateo cuenta la misma historia así: "Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, se acercaron a él dos (!) hombres, poseídos por espíritus malos, que salieron de los sepulcros, y eran tan peligrosos que nadie de la calle se atrevía a pasar por delante. Apenas lo divisaron, empezaron a gritar: Tú, hijo de Dios, ¿qué tienes con nosotros?. ¿Has venido para martirizarnos?". En Marcos Jesús cura a un poseso, en Mateo son dos, y cada vez envía sus malos demonios a la famosa piara de cerdos, que a continuación se precipita en el mar y se ahogan, ¡dos mil cerdos!. "Se trataba", se ríe Shelley, "de un grupo de cerdos hipocondríacos y generosos, muy distintos a todos los demás, de los que tenemos una transmisión auténtica".

     Mateo hace de un milagro de Marcos, dos; presume, allí donde Marcos se expresa todavía con una cierta moderación diciendo "él curó a muchos", con un: "él curó a todos" sin el menor reparo, y repite lo mismo tanto en las curaciones de Cafarnaúm como en posteriores sanaciones junto al lago. Y mientras Marcos en "la alimentación de cuatro mil" Jesús emplea "siete panes" y "un par de peces pequeños", algo ya en sí suficientemente sorprendente, Mateo amplifica el milagro y pone "unos cuatro mil hombres", y añade: "sin contar las mujeres y los niños", por lo que la gente debió ser el doble. De igual manera retoca Mateo la historia de la "alimentación de cinco mil", por lo demás claramente un duplicado, con evidentes prototipos tanto en la literatura judía como en la hindú.

     Marcos narra solamente a la muerte de Jesús que: "El velo del templo se rasgo en dos de arriba abajo". Mateo ofrece mucho más. Él prosigue: "La tierra tembló y las rocas se resquebrajaron, las fosas se abrieron y muchos cuerpos de los santos fallecidos resucitaron; tras su resurrección salieron de sus sepulcros, marcharon a la ciudad santa y se aparecieron a muchos", un pasaje digno de tener en cuenta, del que Marcos nada dice al igual que los historiadores contemporáneos. En realidad los terremotos eran, por entonces, un motivo literario ya conocido ante un acontecimiento extraordinario.

     Mateo sublima, a veces, los ya maravillosos cuentos de Marcos mediante el rápido cumplimiento, como muestra la maldición de la higuera. Y cuando Marcos no comunica milagro alguno, Mateo los incluye en el texto tomado de Marcos. Lucas los amplía ocasionalmente de modo parecido a Mateo. Donde Marcos dice curar a "muchos", en Lucas Jesús sana a "cualquiera" o a "todos". Mientras el Evangelio de Marcos y de Mateo conocen sólo una resurrección de muertos, Lucas enriquece el libro divino con la resurrección del joven de Naín, un milagro cuya omisión en Marcos y Mateo se hace tanto más extraña cuanto que ellos mencionan muchos milagros más pequeños.

     Los ejemplos aquí presentados, que podrían ser ampliados, prueban la sublimación de la figura de Jesús a través de Mateo y Lucas con respecto a Marcos, que es anterior. Un proceso muy análogo (y consecuente con su estilo) se realiza también en el último, en el cuarto Evangelio, con respecto a las narraciones de Mateo y de Lucas.



Endiosamiento Progresivo de Jesús en el Cuarto Evangelio

     «Este cuarto Evangelio ha llegado a ser el Evangelio realmente preferido de la Iglesia, y Lutero lo valora también como el Evangelio principal. Es fácil de entender... el cuarto Evangelio es una composición libre» (Gustav Wyneken).


     En el siglo II los ilógicos (Alogern) ya advirtieron del carácter totalmente distinto del denominado Evangelio de Juan comparado con los otros tres sinópticos. Éste no proviene del apóstol Juan, a quien la Iglesia le atribuye la paternidad, y esto a pesar de haber muerto éste o con su hermano Santiago en el año 44 bajo el rey Herodes Agripa I o, quizá más probablemente, con su hermano Santiago en el 62 y de tener el Evangelio de Juan su origen como muy pronto hacia el año 100. Desde hace ya siglo y medio la exégesis bíblica crítica ha mostrado "que las conclusiones evidentes de la investigación libre, de la que ningún historiador honrado puede prescindir, hacen difícil y penoso seguir y admitir los subterfugios apologéticos frente al hecho claro".

     En contra de una redacción de este Evangelio por el apóstol Juan se alza una serie de pesadas razones, cuya discusión y esclarecimiento nos llevaría lejos. Pero, aunque sea sucintamente, anotemos que el cuarto Evangelio fue valorado y favorecido primeramente, y sobre todo, por los herejes, y precisamente juzgado de manera crítica, e incluso rechazado, por los círculos denominados ortodoxos, en especial en Roma, y, merced a una reelaboración, hecho apto para la Iglesia. Luego la ortodoxia tuvo una especial debilidad por él hasta convertirse en su Evangelio preferido, llevándose de esta manera casi a cabo el proceso de la deificación de Jesús.

     Convenzámonos:

     El Jesús histórico apenas si juega papel alguno en este Evangelio, determinado en gran medida por la teología y la apologética. Tras confesión propia fue escrito para demostrar la divinidad de Cristo.

     Las narraciones sinópticas, que el evangelista utiliza a su gusto, las transforma a menudo radicalmente. Él procede con su material, como anota con frecuencia, como un dramaturgo. Galilea, su país natal —en los sinópticos, el lugar de su actividad pública— pasa aquí muy a segundo plano. Ahora Jesús actúa sobre todo en Jerusalén, sin duda una reacción apologética ante la acusación de los judíos de que el Mesías divino, originario del villorrio de Nazaret, predicó durante su vida ante la gente idiota y pobre de la provincia. Su aparición en Jerusalén fue muy breve.

     Apenas si aparecen en el cuarto Evangelio frases o alusiones del Jesús de los sinópticos; sin embargo el grueso del material en los sinópticos lo conforman los discursos de Jesús. A veces en el cuarto Evangelio no queda claro si el que habla es Jesús o "Juan", y es que con frecuencia se mezclan y confunden narración y explicación. El Cristo joánico habla sólo aparentemente con las personas que el evangelista agrupa en su torno. Desaparecen en cuanto han servido a la técnica y a la dogmática del narrador, que sermonea a las comunidades cristianas del siglo II. Esto aclara muy bien la "conversación" de Jesús con Nicodemo, que ansiaba la salvación, y a quien el autor confronta con toda una serie de dogmas que surgirán más tarde, y que Nicodemo, al igual que los demás coetáneos de Jesús, nunca podrían entender. Tampoco era el lenguaje de Jesús. Era el lenguaje del evangelista, que escribía ya para cultos con alegorías puras y monotonía didáctica, y que combatía a los "herejes". El Jesús histórico no habría entusiasmado a nadie con estos discursos. Y sus enemigos no lo hubieran considerado peligroso sino, a lo sumo, lo hubieran tenido por loco.

     En el Evangelio de Juan las tradiciones sinópticas, ya muy alejadas de la realidad histórica, son completamente mistificadas. El concepto de "vida eterna" es mucho más importante que el de "reino de Dios", la figura del Mesías desplaza la idea del reino mesiánico, y la majestad del anunciador suplanta a lo anunciado. En los sinópticos Jesús raramente habla de sí mismo, aquí él se sitúa en el punto central y hace de su dignidad y divinidad casi objeto exclusivo de su predicación. Ya en el siglo III anota el escritor de la Iglesia, Orígenes, que Jesús se muestra en los sinópticos más humano.

     Realmente a Jesús en "Juan" casi se lo diviniza. En contraposición a sus antecesores, él introduce también la afirmación de la preexistencia de Jesús. Anuncia que existía antes de Abraham, y la creencia en una mediación como condición para la obtención de la salvación: "Quien me ve, ve al padre". Se reclaman y aplican a Jesús todos los títulos religiosos de nobleza y pedigree de la época, de modo que algunos atributos no cuadran entre sí, como el de "rey de los judíos" y "salvador del mundo". El Cristo joánico es juez del mundo y se le denomina directamente "Dios".

    Se comenzó a sentir ya como rara la oración de Jesús a Dios, Dios que él mismo debía ser. El cuarto evangelista intercala repetidamente, y con hondo significado, que la comunicación en la oración sucede sólo por amor del entorno de Jesús. Y es que tampoco este evangelista, informadísimo, sabía todavía nada de sus dos naturalezas. De todos modos su Cristo se jactaba ya: "¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado?". En Marcos todavía dice Jesús: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios".

     El Cristo joánico se ha convertido en su propio héroe. Desde el principio camina por el mundo como Cordero de Dios, omnisciente y todopoderoso, y sin pestañear camina hacia la muerte. Se elimina cuidadosamente todo lo humano. Aquel tira y afloja en la oración, con un alma embargada por grandes angustias, del Jesús de los sinópticos en Gestsemaní ha desaparecido sin dejar rastro. Y en su detención se comporta majestuosísimo. Incluso hasta hace un milagro. Sólo pronuncia una palabra y los verdugos caen a tierra.

     Y los milagros de Jesús van a seguir siendo sublimados, y esto hay que enmarcarlo dentro de la corriente de la restante exaltación del Señor. Sin duda que el cuarto evangelista achicó las curaciones de demonios, narradas antes, pero sólo porque eran normales. También ignora él algunos milagros contados por los sinópticos, y sólo repite tres grandes narrados por ellos, que él los retoca. Y añade cuatro importantes, curiosamente no (o tampoco) mencionados por sus antecesores: la transformación de vino en la boda de Caná, la curación del hombre en el estanque de Betsaida, que llevaba 38 años enfermo y como señal de su sanación cogió la cama y se marchó —al igual que se atestigua ocurrió en una historia maravillosa pagana 300 años antes, de una tal Midas, mordida por una serpiente que, tras su curación, agarra la cama y puede andar—, la curación del ciego de nacimiento y, finalmente, el punto álgido, la resurrección de Lázaro, que ya hedía. "Señor, se está ya descomponiendo", dice Marta, la hermana del muerto, "es ya el cuarto día de su muerte". Pero al grito de Jesús "¡Lázaro, sal fuera!", abandona la fosa quien está en proceso de putrefacción. Y llama de nuevo la atención que precisamente este milagro, el mayor en la vida de Jesús, no (o tampoco) lo anoten los anteriores evangelistas.

     De todas formas no es raro que la Iglesia, ya en el siglo IV —en su recopilación del Nuevo Testamento—, eliminara y declarara como no históricas las nuevas exageraciones de los milagros bíblicos que aparecían en los numerosos evangelios extra-bíblicos, en las historias de los apóstoles, en las cartas y libros de revelaciones; historias que originariamente en modo alguno fueron tenidas como "apócrifas", y que, incluso, fueron defendidas como auténticas por los padres más prestigiosos de la Iglesia. Tampoco es raro que los evangelistas, que escribieron más tarde, idealizaran también ampliamente a los discípulos de Jesús. Como constata el teólogo Wagenmann: "se eliminan todas las carencias que se encuentran en Marcos".

     La tradición se amplia y se sublima de año en año, de década en década, más y más, de cara a lo que es ideal, maravilloso, divino. Al Evangelio más antiguo, surgido entre el 70 y 80, lo corrigen y mejoran Mateo y Lucas, que escriben entre el 80 y 100. Y sus escritos serán de nuevo aventajados, corregidos y mejorados por el cuarto Evangelio, que es posterior en el tiempo. Cada obra intenta, por expresar en palabras del teólogo Cullmann, "hacerlo mejor que quienes les precedieron". O, en frase del teólogo Marxen, "La vieja historia... debe adaptarse al presente".


¿Qué Creían Jesús y los Apóstoles?

     Quien sigue deplorando las discrepancias que hay en el Evangelio, desconoce que Jesús y sus discípulos, desde un punto de vista dogmático, "todavía no estaban en asuntos de teología tan desarrollados", y desconoce que fue bastante más tarde cuando los Papas pudieron y osaron decir clara y nítidamente lo que pensaban el "Salvador" y sus apóstoles, lo que éstos no dijeron o dijeron de otra forma, o, incluso, no dijeron porque todavía no podían decir mejor o sencillamente no lo podían decir, o, tal vez, no lo quisieron decir. Lo que no cabe duda es que si Jesús y sus discípulos hubieran sido tan inteligentes como el Papa, sin duda alguna que lo hubieran dicho.

     Bromas aparte, la cuestión sobre la auto-comprensión de Jesús, sobre lo que Jesús pensaba de sí mismo, no ha cesado desde el inicio de la investigación crítica, es decir desde que comenzó a cuestionarse en serio (en lugar de creer) los orígenes del cristianismo, algo, por otra parte, no acabado. Y es que sigue siendo sumamente difícil avanzar y llegar a la doctrina del galileo a través de las percepciones de las comunidades cristianas del último tercio del siglo I, tal y como se contienen en los Evangelios. Repetimos lo que decía Montefiore: Si ni siquiera tenemos una cierta seguridad de las palabra de Jesús, ¿cómo vamos a saber lo qué él pensaba y cómo se concebía a sí mismo? Nosotros únicamente podemos deducir indirectamente de los libros del Nuevo Testamento.

     La Teología Crítica no considera históricas las confesiones mesiánicas de Jesús en la Biblia. No hay ni una sola prueba de que el supuesto Jesús histórico haya reivindicado para sí ni un solo título mesiánico: Mesías, Hijo de Dios, Hijo de David, Hijo del Hombre... títulos que, medio siglo después de su muerte, le atribuyeron los evangelistas.

     Según el sentir general de la Teología Crítica, Jesús no exigió creer en sí mismo. "Jesús", remarca el teólogo Wendland, "nunca se identificó con Dios o dijo Yo cuando pensaba Dios". Y Adolf Harnack manifiesta categóricamente: "La frase: Yo Soy el Hijo de Dios, no fue insertada por Jesús mismo en su Evangelio, y quien la inserta junto a las demás añade algo al Evangelio". Según pensamiento común de la Teología Crítica, en el centro de la predicación de Jesús se halla la promesa del reino de Dios cercano, pero ningún precepto de fe. Por primera vez entra uno así en los Evangelios en algunas partidas de procedencia posterior, como cosecha propia de la comunidad y de su propaganda. Y fue el cuarto Evangelio, redactado en torno al año 100 o más tarde, quien puso en boca de Jesús exigencias de fe, mientras que las dos únicas excepciones de los sinópticos surgieron merced a elaboraciones suplementarias, como se deduce claramente de la comparación de textos.

     Y con los pareceres de los primeros apóstoles de Jerusalén ocurre como con las ideas de Jesús, que sólo se pueden esclarecer más o menos, con un cierto margen. Y así como no tenemos testimonios de Jesús, tampoco tenemos testimonios de aquéllos: son gente sencilla, "iliterati" que, en absoluto, son capaces de escribir libros. Además esperaban de un día para otro el regreso del maestro crucificado y el establecimiento del reino de Dios en la tierra, y no una historia de la Iglesia. A causa de su creencia en el final de los tiempos, que era incuestionable, no estaban interesados en ningún tipo de notas o apuntes. Todos los Evangelios y cartas que, dentro o fuera del Nuevo Testamento, llevan su firma, la portan fraudulentamente [4].

[4] "Jesús creció en un círculo de más de cinco hermanos en el pueblo galileo de Nazaret. Jesús era el mayor. Su lengua materna era el arameo, lo que no excluye que entendiera algunas palabras griegas. Su profesión la aprendió de su padre. Y, como la mayoría de sus coetáneos, no sabía ni leer ni escribir. El lugar de la educación religiosa fue, aparte de su casa, la sinagoga de su tierra", Gerd Lüdemann, Jesus nach 2000 Jahren, p. 877 y s.

     Para los primeros apóstoles, monoteístas estrictos y, según opinión general de la investigación, poco desgajados todavía del pueblo judío y de su religión, era imposible que el rabí galileo, con el que ellos caminaron y huyeron, a cuyos hermanos de Nazaret conocieron y donde vieron fracasar su capacidad milagrosa, fuera el creador del cielo y la tierra. Jesús era para ellos, como se deduce de los Hechos de los Apóstoles, "un hombre enviado por Dios", un "profeta", el "siervo" de Dios, el "santo y justo", "alzado" y mediante su resurrección por Dios "convertido en Señor y Cristo". Pero Cristo es sólo la traducción de Mesías, para el judaísmo un ser mortal, superior a todos los hombres pero, en modo alguno, divino. Según la Teología Crítica, los primeros discípulos de Jesús no conocieron ni una fe en él, ni la historia de su nacimiento virginal, ni una preexistencia; dicho resumidamente en palabras del teólogo católico Meinertz, "todavía no estaban tan desarrollados teológicamente".

     Por supuesto, el conocido "credo apostólico" no proviene de ellos. No se remonta a ellos ni por su léxico ni, tampoco, por su contenido. Más bien el texto originario, como se ha demostrado claramente, fue producido avanzado el siglo II, probablemente no en Asia Menor sino en Roma. Todavía en el siglo III el Credo estaba en trámite y gestación en todas partes y, por primera vez, se fijó en la Edad Media. Y fue en el siglo XV cuando el humanista y funcionario de la curia Laurentius Valla descubrió la "piadosa" falsificación.


La Reacción de Pablo

     «Todas las bellas páginas del cristianismo conectan con Jesús, todas las feas con Pablo. Precisamente para Pablo, Jesús fue increíble» (Franz Overbeck, teólogo).


     Nosotros carecemos también de testimonios directos de los primeros apóstoles de Jerusalén, pero tenemos algunos de Pablo. Y, como ya hemos dicho, tenemos algunas cartas falsificadas, pero otras, a juicio de la generalidad, son verdaderas. Ellas y los Hechos de los Apóstoles muestran no solo la larga lucha de Pablo contra los judeocristianos, sino también (y muy unido a ello) su modificación fundamental de la enseñanza de Jesús.

     Sin duda que en la Escuela de Tubinga del siglo XIX se exageró la contradicción entre el cristianismo paulino y el petrino, pero en la posterior y última investigación crítica existe acuerdo al decir que entre las primeras comunidades y Pablo, independientemente de su reconocimiento formal, existían graves divergencias. Los libros neotestamentarios hablan aquí, a pesar de todos los retoques, un lenguaje claro.

     Los judeocristianos, que adjudican a la postre a Pablo el apostolado de los gentiles, afirman que es un hombre brillante, que se adecúa al paladar de cada uno, hace demasiado fácil la entrada en el cristianismo, no predica a Jesús sino a sí mismo; lo acusan también de engaño financiero, de cobardía, de anomalía, de loco y, finalmente, entran en sus comunidades para arrebatárselas. La lucha por las ideas y principios se convierte en una lucha por el poder, algo muy típico en la historia de los dogmas.

     Por otra parte, Pablo no fue un hombre que admitiera fácilmente ataques. Se irrita y se queja de las rencillas, de la cizaña y de las divisiones. Sostiene que los enemigos instigan a los suyos, los confunden, los hacen de menos, predican a otro Jesús, otro espíritu, otro Evangelio. Da a entender que tiranizan a sus seguidores, se aprovechan de ellos, se ríen de ellos; él mismo los llama "perros" y "mutilados", se mofa y los maldice. "Esta gente son apóstoles de la mentira, trabajadores mentirosos, sólo portan la máscara de apóstoles de Cristo. Y no hay por qué admirarse; hasta el mismo Satán asume la máscara de un ángel de la luz". ¿Y quiénes eran esos servidores de Satán y apóstoles de la mentira? No es el teólogo Lietzmann el único que reconoce, tras ellos, "las sombras de los grandes de Jerusalén. Pablo se encontraba solo en su nuevo mundo de cristianos, y a su espalda tenía a los enemigos más peligrosos". En los últimos años de la vida de Pablo se agudizó todavía más su enemistad con los cristianos de Jerusalén, se echó a perder toda la relación con los primeros apóstoles, y Pedro se convirtió en su mayor enemigo.

     Por supuesto, la Iglesia en el lugar de esta disputa, que a la muerte de Pablo siguió siendo brava, colocó como ideal a Pedro y Pablo, pareja ejemplar de apóstoles, restó importancia a la oposición judeocristiana de la comunidad primigenia considerándola un grupo extremista sin importancia y explicó las acaloradas divergencias de opiniones diciendo que eran diferencias de tipo protocolario, como la circuncisión o las normativas sobre alimentos. En realidad, la lucha se centraba en la nueva teología de Pablo, que evidentemente tenía muy poco que ver tanto con Jesús como con la fe de los apóstoles. "No hay ningún otro momento", comenta el teólogo y amigo de Nietzsche, Overbeck, acerca de la irrupción del cristianismo paulino, que rápidamente inunda el mundo, "que haya falseado más profundamente la tradición histórica del cristianismo primigenio que cuando pasó a depender totalmente a manos de los cristianos gentiles".

     La corriente de orientalismo helénico, de filosofía griega y de religiones mistéricas, que ahora comienza a llegar e influír, modificó de manera fundamental el mensaje de Jesús. Mientras los judeocristianos de Jerusalén se aclimataron y fueron recayendo en el judaísmo, los cristianos gentiles fueron poco a poco sucumbiendo al influjo del paganismo. De modo que la descendencia judeocristiana de los apóstoles, los ebionitas y nasoreos, fue considerada ya en el siglo II por la Iglesia católica, que acababa de nacer, como herejes y heresiarcas. El judeocristianismo fue muriendo en el siglo IV, y el efecto del cristianismo pagano sobre el mundo greco-romano fue ostensible y determinó el futuro.

     Pablo fue el pionero decisivo, pero no hay que tampoco supravalorarlo. "Éste es el primer cristiano", exclamó Nietzsche, "el inventor del cristianismo. Hasta entonces sólo hubo representantes judíos de sectas". Y George Bernard Shaw no fue el único que comprendió "por qué el cristianismo de Jesús no se impuso política y socialmente y pudo ser suavemente reprimido mediante la policía y la Iglesia, mientras el paulismo inundó todo el mundo occidental civilizado".

     En efecto, fue Pablo quien potenció de manera determinante aquella evolución y línea, que hizo de Jesús el Cristo, del hombre, quizá histórico, el Dios venerado en el culto y enseñado por la Iglesia, un principio metafísico, un ser espiritual supra-terrenal, enviado a la tierra para salvar a la Humanidad y elevado de nuevo por Dios tras su resurrección: "Porque habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús en el suyo; el cual teniendo la naturaleza de Dios, no fue por usurpación sino por esencia el ser igual a Dios; no obstante se anonadó a sí mismo tomando la forma o naturaleza de siervo, hecho semejante a los demás hombres, y reducido a la condición de hombre. Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual también Dios lo ensalzó sobre todas las cosas, y le dio un nombre superior a todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno y toda lengua confiese que el señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre" [5].

[5] “Posiblemente en un encuentro personal (entre Pablo y Jesús) hubieran tenido pocas cosas que contarse. Las barreras sociales no les habría facilitado la comunicación. Quizá Pablo, ante un hombre natural como Jesús, un muchacho de Galilea, se hubiera sonreído o, tal vez, se hubiera encogido de hombros. Y Jesús hubiera actuado de modo parecido. La argumentación teológica de Pablo, resumida y abstracta, quizá Jesús ni la hubiera entendido. La exposición severa, académica, de preceptos, profetas y escrituras, con todas aquellas distinciones complicadas, no serían de su gusto”, Gerd Lüdemann, obra citada, cap. VII.

     Al principio era suficiente con lo tradicional, con mantenerse. Pablo, como toda la primera cristiandad, contaba con la parusía que estaba a punto de ocurrir, con el inmediato regreso de Cristo. Se reconoce en diversos lugares del Nuevo Testamento: "Se acerca la hora... Mirad, estoy a punto de llegar y conmigo la recompensa... Voy enseguida"; "Sólo un poco de tiempo y vendrá quien tiene que venir, no se hará esperar"; "Está a punto de llegar el final de todas las cosas", "el juez llama ya a la puerta", "Hijitos, asistimos a la última hora", y como ocurre con todo este tipo de sentencias, también Pablo se siente "azuzado por la inquietud de que el anuncio tiene prisa y el tiempo es breve, porque el Jesús resucitado sólo se ha ausentado por un momento de la tierra, su regreso va a ocurrir en cualquier momento, en pocos años, si no ocurre en semanas o días".

     Familiarizado ya desde la infancia con las convicciones escatológicas del judaísmo, Pablo creía, con todos los cristianos de su tiempo, que el fin del mundo iba a ocurrir pronto, y esto lo anunció y predicó abiertamente y con decisión. "Nosotros, los que ahora vivimos, los que vamos a asistir a la llegada del señor", enseña en la primera carta a los tesalonicenses. "El plazo está ajustado y a punto de cumplirse", advierte a los corintios; "el mundo en su formal actual camina al ocaso", una profecía, que resultó posteriormente tan penosa para los padres de la Iglesia —como Tertuliano, Rufino y el obispo Hilario Pictaviense— que del presente, tan limitativa del plazo, la alargaron y convirtieron en futuro: "Se irá acercando al ocaso". "Mirad", promete Pablo solemnemente, "os revelo un secreto: no todos vamos a morir, pero todos vamos a ser transformados", y concluye con la oración de los primeros cristianos: "Marana tha", "Ven, señor".

     Pero poco a poco Pablo abandona su creencia, manifestada con tanta seguridad. Pasaron las semanas y los años, ocurrieron muchas cosas, pero el Señor no vino. Murieron numerosos cristianos, a los que Pablo les había prometido que iban a vivir hasta la llegada del Señor. ¿Qué hacer? Primero explicó Pablo las muertes, no previstas, como castigo de Dios por el deleite pecaminoso de la eucaristía —y qué; en la historia de la salvación, no prevista, ¿no se consideraba todo, de igual manera, castigo de Dios?—, y prometió que esos muertos resucitarían al mismo tiempo de la venida del Señor, mientras que los demás tendrían que esperar hasta la resurrección del último día.

     Pero parece que, con el tiempo, esta salida no les satisfacía ni a él ni a sus ovejuelas. Así que terminó espiritualizando el realismo infantil de su esperanza escatológica y comenzó a enseñar, en contra de lo que aparecía, que el tan ansiado y suspirado cambio de eón, la gran renovación del mundo, aun cuando no se ve aparentemente, ya se ha llevado a cabo —cuando menos para los creyentes— mediante la muerte y resurrección de Jesús. "Mirad, ha llegado ya el tiempo favorable, ha llegado el día de la salvación". "Por tanto si alguno está en Jesucristo", enseñaba ahora Pablo, "ya es una criatura nueva, acabose lo que era viejo, y todo viene a ser nuevo, todo ha sido renovado". Los apóstoles primigenios seguían creyendo en Jerusalén, con sus comunidades, en el pronto regreso de Jesús y en la realización del reino de Dios en la tierra y, en estricta contradicción con todo esto, enseñaba Pablo que el reino ha irrumpido ya con la muerte y resurrección de Jesús. Cristo ya no va a regresar a la tierra, sino que quien sufre y muere por él, el cristiano que cree en él, tras su muerte, va a él.

     ¡Menuda gran diferencia respecto al anuncio y a la fe primigenia! Pero la tardanza del Señor, la crisis que se va agravando, las dudas que van surgiendo, obligan a Pablo a una modificación de su teología. Y a esto hay que añadir el fuerte influjo del paganismo. La escatología judía les resultaba extraña a los griegos. En la religión buscaban "conocimiento", "vida" e "inmortalidad", y estos bienes salvíficos se convirtieron en cristianos mediante Pablo.

     Pablo propagó ahora el mito del Hijo del Hombre, que muere y resucita, conocido ya siglos antes y trasplantado a las comunidades cristiano-gentiles antes de él, aplicándolo a Jesús. Como ya se ha indicado, a Pablo le interesan muy poco la vida y enseñanza de Jesús. Pero una cosa de Jesús sí era importante para Pablo: su muerte. Precisamente denomina a su Evangelio "la palabra de la cruz", y además escribe: "Puesto que no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros, sino a Jesucristo, y éste crucificado". "Mi única mira es, olvidando las cosas de atrás", dice otro de los credos de Pablo, que caracteriza su evolución, "atender y mirar sólo a lo de adelante, ir corriendo hacia la meta, hacia el tesoro".

     Empleando el mito del Hijo del Cielo, que desciende, utilizando la doctrina gnóstica pre-cristiana de la bajada y descenso del salvador, del hijo primogénito de Dios y de su marcha al cielo, Pablo convirtió la doctrina de Jesús en una religión mistérica, y a Jesús mismo en una divinidad mistérica; la fue proyectando cada vez más en el reino de lo místico y metafísico hasta hacer, relativamente no mucho tiempo después de su muerte, de un individuo humano una figura, por decirlo de algún modo, cósmica, hasta convertirlo en un ser espiritual supraterrenal, en el Cristo mítico.

     "Estamos", dice Wyneken, "ante tres hechos altamente significativos. Primero: ¡veinticinco años tras la muerte del fundador (si admitimos la cronología usual) en la doctrina de su mayor apóstol no aparece nada de la vida terrenal del fundador, ni de su actividad, ni de su doctrina! Segundo: Pablo es muy consciente de ello, pero rechaza expresamente como intranscendente para la fe apelaciones a testificaciones oculares o a trato personal con Jesús. Tercero: La única fuente segura y determinante de su predicación es para él la propia iluminación interior, a la que él también denomina el espíritu. De esta supuesta iluminación divina proviene también el Evangelio, que Pablo anuncia y con el que ha fundado las comunidades cristianas. En su anuncio no se da una transmisión de la vida de Jesús; en un Evangelio así no se podía dar. Para Pablo, Jesucristo no es sujeto sino objeto de su enseñanza, él no anuncia la doctrina de Cristo sino la doctrina sobre él, Cristo no es autor sino objeto de la nueva fe".

     No es sólo significativo el que Pablo describa con giros claramente griegos y helenos la bienaventuranza y la alegría, y el que sus escritos rezumen por todas partes un vocabulario religioso pagano, sino que se argumenta y defiende también ideológicamente, a veces de manera ostensible, con ideas y pensamientos de las religiones mistéricas y de la filosofía griega. Además hay que decir que el culto a Mitra, que muestra muchas y llamativas equivalencias con el cristianismo —por ejemplo, siete sacramentos, entre ellos el bautismo, la confirmación, la comunión, hostias con un signo de cruz, una misa diaria en la que el sacerdote pronuncia las fórmulas sagradas sobre el pan y el agua y otros elementos más—, tenía en Tarso, la ciudad natal de Pablo, una sede ya antes de la era pre-cristiana. También en Tarso existe el culto a una divinidad de la vegetación, que muere y resucita, el dios de la ciudad Sandan, cuya muerte y resurrección se celebra todos los años. Y, claro está, también eran conocidos en Tarso los dioses Adonis, Atis y Osiris, dioses que mueren y resucitan.

     Pero también la idea de la salvación, unida a la muerte y resurrección y que pronto se convirtió en idea central del cristianismo, era ya muy socorrida antes de Pablo. Los creyentes paganos, mediante la unión cultual, tomaban ya parte en la nueva vida del dios resucitado, cuya Pasión los había redimido. "¡Consolaos, místicos! De la misma manera que Dios salva, de igual manera mana para nosotros la salvación del sufrimiento", dice una conocida sentencia mistérica.

     De todas formas, el credo cristiano de la redención no proviene ni tiene su origen en Jesús; en esto hay una concordancia muy amplia dentro de la Teología Crítica. "Por muy profunda que esta doctrina haya calado entre los cristianos", escribe el teólogo Grimm, "hay que decir que el auténtico Jesús nada sabía de esto".

     En mi libro De Nuevo Cantó el Gallo, concluía yo diciendo:

     «Según todo lo que se nos ha transmitido de Jesús, hay que decir que la doctrina paulina de la salvación está muy lejos del pensamiento de Jesús. Él anuncia a un "padre", que no perdona al pecador arrepentido mediante una intermediación reparadora, sino a quien está dispuesto a la indulgencia y al arrepentimiento; un padre que, como en la parábola del hijo perdido, incluso busca al pecador. Jesús no perdona los pecados en virtud de su muerte, sino, como enseña en el Padrenuestro y en otros lugares, en virtud del comportamiento indulgente del hombre frente a su prójimo. Si él hubiera considerado como necesaria su muerte para la salvación y el perdón de los pecados, ¿hubiera podido pronunciar "si es posible que pase de mí este cáliz" y "tus pecados te son perdonados"? La teoría de la redención surgió sólo cuando el escándalo sorprendente de la muerte en la cruz —"en realidad un infortunio y no otra cosa"— exigió de los cristianos una interpretación. Pero con ello no sólo se modificó la doctrina primigenia sino que se la desvalorizó.

    «Y como muchas cosas que la Iglesia resaltó más tarde, la doctrina de la salvación apenas juega papel alguno en los Evangelios sinópticos. Sólo en dos lugares se alude a ella, y, a juicio de la mayoría de los últimos exégetas, hay serias dudas de que ambos sean auténticos. El giro de la entrega de la vida como rescate por "muchos", que Mateo y Marcos ponen en boca de Jesús, algo que no existe en Lucas, nos lleva o al pensamiento paulino o se trata de una creación de la comunidad helénica de Jesús o, quizá, palestina, la asunción de un verso del capítulo 53 de Isaías. El segundo lugar, que expresamente relaciona la muerte de Jesús con el perdón de los pecados, se encuentra sólo en Mateo, y falta en Marcos, en Lucas y en la primera carta a los corintios.

     «Es significativo que para los ebionitas, los descendientes inmediatos de la primigenia comunidad, la muerte de Jesús en la cruz no tenía carácter redentor ni, tampoco, valor salvífico. De ahí que no hubiera cáliz alguno en la eucaristía, sino que la celebraban siguiendo la forma más antigua de la misma, sin sangre, con pan y sal. Es conocido que los descendientes de los apóstoles negaban también la divinidad de Jesús y su nacimiento virginal.

     «Por tanto, ¿de dónde sacó Pablo la teoría de la redención?.

     «Ya los primitivos conocían la ablución del pecado mediante el uso de la sangre. Es antiquísima también la creencia en la redención de la Humanidad mediante el "hijo". Así, en la antigua religión babilónica, Marduk es enviado por su padre Ea a los hombres para salvarlos. También Heracles y Dioniso fueron dioses salvadores que descendieron a la tierra. En el culto a Mitra la sangre de un toro degollado, que se vertía sobre el creyente, lavaba el pecado. En sánscrito la palabra para "obsequiar religiosamente" (aradh) significa realmente "reconciliar", "calmar la rabia".

     «En la Antigüedad era también de todos conocida la idea del rey, que sufre y muere por su pueblo. Ya una escritura sagrada del siglo I remite a los muchos soberanos paganos, que en tiempos de catástrofe, y tras escuchar el oráculo, entregaban su vida para, "con su sangre, salvar a sus ciudadanos". También el sumo sacerdote Caifás alude a esto cuando aconseja a los judíos que es mejor para ellos que muera un solo hombre por el pueblo a que perezca todo el pueblo. Hacia el año 200 escribe el padre de la Iglesia Tertuliano: "En el mundo pagano se le permitía a la escita Diana, al galo Mercurio y a Saturno el Africano desenojarse mediante sacrificios humanos; todavía hoy, en medio de Roma, se derrama sangre humana en honor del latino Júpiter". Y a mitad del siglo III se refiere también Orígenes de manera nítida a aquella idea típicamente antigua del rey y el justo, que padece y muere por los delitos de su pueblo, cuando habla de las "numerosas narraciones de los griegos y de los bárbaros, que cuentan que algunos han muerto por el bien general, para liberar a sus ciudades y pueblos del mal, que les oprimía". A veces, en estos actos de reconciliación, se mataba también a criminales, como ocurre más tarde en Rodas y
Masilia.

     «Los judíos de los tiempos antiguos compartían con cananeos, moabitas y cartagineses la costumbre de matar niños para desairar a la divinidad. Luego, en lugar de los niños, se colocaron a criminales. Una sustitución para la matanza del primogénito fue también el cordero pascual, que se asaba en forma de cruz; aparece ya en la época pre-cristiana como símbolo religioso.

     «Pablo conocía ya este tipo de costumbres, a las que él mismo alude una vez, y así puede aprovechar y utilizar más fácil los conceptos e ideas que se esconden detrás; a Jesús también se le ejecuta como criminal. Y de igual manera que la sangre de todos los hombres, sacrificados antes de él, poseía poder redentor, de igual manera la suya. Pablo habla una y otra vez de reconciliación (katallagé) y redención (apolýtrosis), del medio de expiación "en su sangre", de redención "por su sangre", de pacificación "mediante derramamiento de sangre en la cruz". Ni se le ocurre la idea de que Dios pudiera perdonar quizá una culpa sin satisfacción "oficial".

     «Naturalmente que Pablo conocía también la idea de expiación del Antiguo Testamento, sobre todo los sufrimientos del justo como una expiación representativa por los pecados. Es difícil precisar si y en qué medida influyeron en él, a este respecto, las tradiciones teológicas de la primigenia comunidad. De todas formas estas ideas fueron tan usuales que los Evangelios no se extienden en explicar la muerte expiatoria de Jesús...

     «Por qué ocurrió tan tarde, por qué no fueron salvados los hombres de los miles de siglos anteriores, sigue siendo algo naturalmente inconcebible. En cambio es claro que Jesús tenía que ser salvador, respondía a una necesidad religiosa de la gente que por doquier suspiraban por un salvador, un redentor. Y si el cristianismo quería tener un importante influjo debía dar una respuesta a la demanda. "Se trata de lo que el gentil de aquella época necesitaba y buscaba"».

     Con todo esto Pablo, influído desde su más tierna infancia por el tesoro espiritual helénico, inició el cambio revolucionario: el paso del cristianismo apostólico-escatológico al cristianismo eclesiástico-sacramental, la compensación del desengaño por la tardanza del Señor, que iba a regresar en breve, mediante la fe en el más allá. En lugar del reino mesiánico terrenal, esperado por los judeocristianos, él colocó el mito griego de la inmortalidad; en lugar de la fe veterotestamentaria del dios único, él alumbró la doctrina de dos divinidades, haciendo del profeta judío el hijo cristiano de Dios. Sin esta modificación profunda y fundamental no hubiera habido Iglesia católica, y, al no llegar el esperado reino sobre la tierra, hubiera fenecido la secta judía de Jesús.

     De todas formas, y a pesar de la potenciación del endiosamiento de Jesús por parte de Pablo, hay que decir que para él en modo alguno se identifica a Jesús con Dios. En él no se da la equiparación del "hijo" con el "padre". ¡Él defiende nítidamente la cristología de subordinación, reprobada por la Iglesia en el siglo IV en el Concilio de Nicea!. ¡Subordina a Jesús a Dios!. ¿Cómo, si no, hubiera podido escribir el apóstol que Dios ha "elevado a Jesús sobre todas las cosas", o "y cuando ya todas las cosas estuvieran sujetas a él, entonces el hijo mismo quedará sujeto al que las sujetó todas, para que Dios sea en todas las cosas"!. De modo natural habla Pablo todavía del "Dios y padre de nuestro señor Jesucristo" y llama a Dios la cabeza de Cristo, en el mismo sentido que a Cristo la cabeza del hombre. ¿No es significativo que Pablo reserve el predicado de Dios casi ininterrumpidamente únicamente al padre y omita visiblemente su aplicación a Jesús? Todavía la cristología paulina considera, escribe el teólogo Bousset, a "Cristo como un ser divino, pero un peldaño por debajo de Dios" o, expresado un tanto burdamente, como un "semidiós".



Todavía a lo largo del Siglo II Se Consideraba a Jesús
como Subordinado a Dios

     Pero no sólo se distancia Pablo y queda rezagado enormemente respecto al posterior dogma de Cristo, sino que de igual manera le ocurre al Credo cristiano durante todo el siglo II. A Jesús no se le consideraba por entonces como "idéntico", sino que, como atestigua Justino el Mártir, se le reconocía "el segundo lugar tras el Dios inmutable y eterno, el creador del mundo". Y esto no sólo fuera de los grandes círculos eclesiales sino, como muestra la cita, también dentro de los mismos.

     En el siglo II la cristología era todavía subordinada, coloca al "hijo" por debajo del "padre", el hijo se subordina al padre; ésta es la doctrina común y natural de la Iglesia. Y tal como el Cristo joánico, para desesperación de muchos padres de la Iglesia, confiesa que "el Padre es mayor que yo", de la misma manera atestigua Ireneo, "el padre de la dogmática católica", que el Padre está sobre todas las cosas y que también es mayor que el hijo. Y lo mismo Orígenes, el teólogo estrella de la Iglesia de los tres primeros siglos, considera a Jesús un Dios menor, de segundo orden, no más poderoso que el Padre sino, al contrario, de menos poder. Enseñamos esto al tiempo que creemos en las propias palabras de Jesús, cuando dice: "El Padre, que me ha enviado, es mayor que yo"; por eso Orígenes rechaza incluso el orar a Cristo. (...)

     A la doctrina más antigua sobre Cristo se la denomina adopcionista, porque aquí, en contraposición a la filiación natural, existente desde su nacimiento, se adquiere por un acto de adopción. Aquí subyace la idea —ya mencionada en el bautismo de Jesús— de "que Jesús no era Mesías o hijo de Dios desde el inicio, sino que comenzó a serlo a partir de un cierto momento, delimitado perfectamente por un acto de voluntad de Dios". Y esto se expresa sobre todo en las palabras del salmo (2:7): "Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado", referidas al momento de la exaltación (Hechos de los Apóstoles 13:33). Según una vieja concepción semita, el rey es un hijo de Dios, sea por descendencia o, como aquí, por adopción en el día de su entronización. Por tanto, concuerda totalmente con el espíritu oriental el que Jesús, elevado a la derecha de Dios, se convierte en hijo de Dios... (...)

     Se complicó la relación entre la persona del Padre y la del Hijo aún más con la llegada de una tercera, la del Espíritu Santo; de donde surgió un monoteísmo plural, un politeísmo refinado.


La Aproximación del Espíritu Santo

     Aun cuando Dios, a tenor del Evangelio de Juan es ya espíritu, la Iglesia distinguió una vez más entre el Espíritu Santo y Dios; ya en Irán se había predicado un "Espíritu Santo" (spenta manju). Y, por supuesto, la tercera persona divina fue la última persona descubierta en el cristianismo.

     Y como en el cristianismo nada es original, tampoco lo es la doctrina de la Trinidad. Hubo trinidades en el hinduísmo, en el budismo... así como en todas las grandes religiones helénicas. Hubo una teoría trinitaria de Apis y Sarapis; hubo una trinidad en la religión dionisíaca: Zagreus, Fanes y Dioniso; hubo una trinidad capitolina: Júpiter, Juno y Minerva. También en la época post-cristiana prosiguieron parecidas asimilaciones, sonaron imprecaciones como: "Uno es Bait, uno es Ator, ambos son una fuerza, uno es Acorio tu querido padre del universo, querido Dios triforme". O: "Uno es Zeus, Serapis y Helios Hermanubis". O: "Uno es Dios: Zeus-Mitra-Helios, el dominador invencible del mundo".

     Y en la Edad Media se representa de nuevo en cuadros e imágenes la divinidad de tres miembros como símbolo de la trinidad cristiana. Ya en el hinduísmo y budismo, la divinidad de tres cabezas era símbolo de la trinidad, al igual que en el paganismo pre-cristiano. Manifestaciones que, por supuesto, han sido combatidas.

     Para el cristianismo primigenio las ideas trinitarias eran totalmente extrañas. Claro está, Jesucristo nada sabía de esto. Fue Mateo (28:19) quien por primera vez puso en boca del "resucitado" el supuesto mandato del bautismo: "Id y enseñad a las gentes y bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo"; según información de la Teología Crítica se trata de una falsificación. Tampoco en Pablo se da una doctrina sobre la trinidad, ni alusiones trinitarias. Y en la Biblia se atestigua el dogma de la trinidad tan escasamente que, por eso mismo y probablemente en el siglo IV, se dio una de las falsificaciones más conocidas del Nuevo Testamento, la denominada "coma joánica" (Comma Johanneum), que consistía en modificar en varios códices la colocación de la coma de la primera Carta de Juan (5:7): la frase "Tres son, los que atestiguan: El espíritu, el agua y la sangre, y los tres son uno", se cambia por: "Tres son, los que dan testimonio en el cielo, el Padre y la Palabra y el Espíritu Santo, y estos tres son una misma cosa" [6].

[6] "La falsificación procede del Norte de África o de España, donde aparece por primera vez alrededor de 380", Deschner, obra citada, vol. IV, p. 91.

     Fue en el siglo II cuando, poco a poco, fue surgiendo la doctrina de la fe en el Espíritu Santo. Un teólogo como Tertuliano subordinaba el "Espíritu" al "Hijo", igual que a éste lo colocaba bajo el "Padre". Y lo mismo hay que decir de Orígenes, que prohibió la adoración de la tercera persona divina, al igual que ya antes lo había prohibido el padre de la Iglesia Clemente de Alejandría. Y refiriéndose al inicio del siglo III, escribe el teólogo Harnack: "apenas nadie pensaba en la personalidad del Espíritu Santo".

     Hasta el dogmatista católico Michael Schmaus, por lo demás un entusiasta enaltecedor del nacionalsocialismo, tiene que admitir que los "padres" pre-nicenos en sus esfuerzos reflexivos filosófico-teológicos se veían incapaces de compaginar la trinidad y la unidad, la heterogeneidad y la igualdad, e incurrían en conceptos confusos y expresiones erróneas. Además la Escritura misma, mediante determinadas expresiones, que afectan al logos hecho hombre, y mediante su doctrina de los orígenes, exige una cierta subordinación de la segunda y tercera persona.

     Con el tiempo el Espíritu Santo fue adquiriendo importancia, ciertamente no tanta como el Hijo, y fue produciendo cada vez más dolor de cabeza el comportamiento de un Dios respecto al otro, de un espíritu —también Dios es espíritu— frente al otro, del Padre respecto al Hijo, del Hijo con el Espíritu Santo, del Espíritu con el Padre. Mucha tela que cortar.

     En el mismo siglo en el que se definió el dogma de la Trinidad, y la doctrina de la Trinidad se elevó a ley orgánica, se negó la igualdad —la homousia de Padre, Hijo y Espíritu— en un extenso campo cristiano bajo la dirección de Arrio.



Arrio y el Final del Debate Arriánico

     La Iglesia católica hizo de Arrio, al igual que de casi todos sus enemigos competentes e importantes, una caricatura abominable: lo tildó de mentiroso e impostor, de arrogante y mezquino. Pero Arrio, párroco de la iglesia de Baucalis, la iglesia más prestigiosa de Alejandría, debió ser un hombre bien formado y querido, en modo alguno dogmático y extremista, antes bien agradable en el trato y de gran espiritualidad. Arrio no negaba la trinidad sino que tan sólo defendía, mientras subordinaba al Hijo al Padre y al Espíritu Santo al Hijo, un subordinacionismo categórico. Con ello se acercaba a los Evangelios y a toda la tradición del cristianismo primigenio; en cualquier caso, estaba mucho más acorde que la Iglesia, que convirtió en dogma la creencia en la divinidad de Cristo. Arrio puso, en cambio —aun cuando también hiciera de Jesús un ser híbrido, un semidiós— su centro de gravedad no en la fe sino en el ethos. "Arrio", escribe el teólogo Walter Nigg, "quiso acentuar sobre todo el seguimiento de Cristo, preocupación que pasaba a segundo término ante el remarque unidimensional de la función redentora de Cristo. Éste es el gran privilegio de Arrio, a menudo pasado por alto, y que muestra mejor que nada lo mucho que a este hombre le interesaba Jesús" [7].

[7] La predicación que Arrio inició hacia el año 318 se encontraba en la línea de otras anteriores negadoras de la estricta divinidad del Verbo. Marcaba así distancias entre la naturaleza del Hijo y la del Padre, cuya preeminencia y originalidad quería salvaguardar a cualquier precio. Arrio aparecería así como un “subordinacionista” –acusación favorita de los opositores- que establece diferencias de categoría entre las distintas Personas de la Trinidad. El Padre, a su entender, era el único "inengendrado" (agenetos) y el que no tenía principio, ya que Él era el principio (arjé) de todos los seres. El Hijo, que había sido creado y había recibido la vida del Padre, era ontológicamente inferior a éste, pero se situaba por encima de todos los seres. Se le podía considerar así dotado de una especial fuerza divina. Arrio siempre llama al Verbo como Hijo de Dios para mantenerse dentro de los consagrados usos bíblicos. Cristo actuaría como una especie de intermediario entre la divinidad y los hombres, superior en todo a estos pero "subordinado" en cualquier caso al Padre.

     Su obispo Alejandro, en favor del cual él mismo había renunciado a la silla episcopal, lo excomulgó, aun cuando el mismo Alejandro había sido anteriormente un defensor de la idea de subordinación. Se expulsó al párroco "hereje" del país con todos sus seguidores, entre ellos los obispos Segundo y Teonas. Fueron muchos los dirigentes de la Iglesia que abogaron por Arrio; un sínodo en o cerca de Nicomedia tomó también partido por él; otro sínodo palestino los restituyó a él y a sus seguidores en sus puestos. Pero siguió la disputa y discusión, y la iglesia occidental, cuyas fuerzas espirituales en Roma eran especialmente escasas, no entendió ni de lejos la cuestión, discusión que en Oriente adquirió una increíble popularidad, y terminó dividiendo a la Iglesia oriental en dos bandos. Hay que decir que quien le confirió al arrianismo agresividad, intensidad y duración fueron no tanto las diferencias dogmáticas cuanto la lucha por el poder de las sedes episcopales. Fue una táctica, empleada con frecuencia sobre todo por Atanasio, el principal enemigo de Arrio, la de trasladar las confrontaciones y luchas político-eclesiales al ámbito de la fe, donde siempre se encuentran razones para acusar. Desde un principio, en esta disputa secular se trataba menos de diferencias dogmáticas que del núcleo de una típica política clerical.

     En el famoso concilio de Nicea (325), cuyo nivel fue tan bajo que un contemporáneo malicioso lo calificó como "sínodo de puros idiotas", sucumbieron los arrianos. Se les arrebató su profesión de fe y se hizo trizas de ella. Y el emperador Constantino, todavía no bautizado, impuso a los prelados en la profesión de fe de Nicea una fórmula, no defendida por ninguno de los bandos: la igualdad del Hijo con el Padre, la identidad de una substancia divina en ambas personas, el concepto "homousios" (latín: consustantialis). Este concepto no provenía, como se creía a comienzos de nuestro siglo, de la teología de la Iglesia —ésta lo había rechazado ya expresamente en la segunda mitad del siglo III— sino que provenía —al igual que muchos otros termini technici de la dogmática católica— de la teología de los "herejes", de la doctrina de los gnósticos [8].

[8] «Fue Constantino quien convocó el Concilio, y no el "Papa". También él lo abrió el 20 de Mayo y ocupó la presidencia. El Emperador corrió con los gastos de los participantes, sobre cuyo número los datos oscilan entre 220 y 318», Deschner, obra citada, vol. II, pág 24 y s.

     A pesar de la proscripción de Arrio y de sus seguidores más importantes la lucha prosiguió sin perder virulencia. Se celebraron nuevos sínodos, se llegaron a nuevas rehabilitaciones y ocurrieron nuevos destierros. Finalmente murió Arrio en 336 en Constantinopla, en la calle de muerte misteriosa, a juicio de los católicos, víctima del juicio divino, a juicio de los arrianos, asesinado. 45 años más tarde, en 381, se estableció en la denominada profesión de fe niceno-constantinopolitana por primera vez el dogma de la Trinidad, convirtiendo la doctrina trinitaria en ley orgánica, en contra del Nuevo Testamento, en contra de la fe de toda la cristiandad primigenia y en contra de la razón [9].–

[9] "Creemos en un solo Dios, el Padre todopoderoso... y en un solo Señor, Jesucristo... verdadero Dios del verdadero Dios, engendrado, no creado, de la misma naturaleza (homousios) que el Padre... Y en el Espíritu Santo...", Deschner, obra citada, vol. II, p. 26.–






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