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sábado, 6 de febrero de 2016

Fjordman - Preparándose para el Ragnarök



     De una selección de ensayos publicados entre 2006 y 2012 (Essays. An Anthology) del escritor noruego Peder Are Nøstvold Jensen (1975), que escribe bajo el seudónimo de Fjordman, un activo participante del movimiento contra-yihadista y preocupado por el futuro de Europa, hemos traducido en esta ocasión un escrito suyo de hace casi cinco años y que a pesar de ello tiene plena validez y es completamente coherente. Se trata nada menos que de un examen de las probabilidades que se despliegan para el futuro europeo, asediado y traicionado por una camarilla de políticos internacionales que responden al parecer a las mismas órdenes emanadas desde centros ocultos, en vista de la ahora acentuada solapada y fraudulenta invasión de arrogantes indeseables de otras razas y culturas en tierras occidentales, cuya conducta delincuencial va mostrando a qué han ido a Europa. El señor Jensen, quien prevé un colapso inevitable, apela aquí a fuerzas y capacidades ancestrales que están adormecidas y que debiesen ser despertadas en esta Bella Durmiente.


Preparándose para el Ragnarök
por Fjordman
2 de Mayo de 2011



     Predecir el futuro es un ejercicio dificultoso.

    La Ciudad de Dios [Civitas Dei] fue escrita por Agustín de Hipona poco después de que la ciudad de Roma fue saqueada por los visigodos en 410 d.C. Esto lo impresionó a él y a sus contemporáneos, pero él aparentemente no entendió que estaba contemplando la muerte de una civilización entera. Agustín mismo murió mientras los Vándalos estaban a punto de saquear su ciudad.

     El economista escocés Adam Smith publicó su libro La Riqueza de las Naciones en 1776 durante las primeras etapas de la Revolución Industrial en Gran Bretaña, pero él no vio llegar esa transformación mundial e histórica. Agustín y Smith eran ambos muy inteligentes, pero incluso ellos no podían prever el futuro próximo o entender toda la fuerza de los cambios que estaban en marcha durante sus propias vidas. Individuos que eran mucho más inteligentes que yo se han equivocado espectacularmente sobre el futuro. Hay un riesgo muy sustancial de que yo cometa el mismo error ahora, pero lo intentaré.

     He llegado a sospechar cada vez más que la civilización occidental no está simplemente bajo amenaza sino que está de hecho ya muerta. Probablemente murió hace muchos años, sólo que no lo notamos entonces. Occidente está actualmente en un estado tan avanzado de decadencia que un colapso de algún tipo ya no puede ser evitado. El ímpetu establecido es demasiado grande, y los oligarcas dirigentes no están ni siquiera tratando de aplicar los frenos. Un colapso sucederá. Es sólo una cuestión de cómo tratamos con esto, y si logramos forjarnos una patria de buen tamaño para nuestra gente posteriormente.

     Creo que la Unión Europea se desintegrará dentro de la próxima generación, que Estados Unidos en su forma actual no sobrevivirá a su siglo y que afrontaremos una completa crisis estructural, política, ideológica y económica dentro de la siguiente generación, seguida por una lucha social y étnica seria. Mientras el siglo XX fue el siglo más sangriento en la Historia humana hasta ahora, temo que el siglo XXI finalmente lo supere, aunque no sea por ninguna otra razón que el mundo está mucho más poblado que lo que lo estaba en 1914 ó 1939.

     Como lo pone Jacques Barzun (1907-2012), el estadounidense de origen francés, profesor, escritor e historiador de las ideas, en Desde el Alba a la Decadencia (From Dawn to Decadence, 2000), "Cómo irrumpe una revolución a partir de un acontecimiento trivial —una ola gigante a partir de una ondulación— es causa para un asombro interminable. Ni Lutero en 1517 ni los hombres que se reunieron en Versalles en 1789 quisieron al principio lo que ellos finalmente produjeron. Incluso menos previeron los liberales rusos que hicieron la Revolución de 1917 lo que siguió posteriormente. Todos eran tan ignorantes como cualquier otro de cuánto iba a ser ser destruído. Tampoco ellos podrían haber adivinado qué sentimientos febriles y qué comportamiento extraño siguen cuando la revolución, grande o efímera, está en el aire".

     El señor Barzun también nos recuerda que "Cuando la gente acepta la futilidad y el absurdo como normal, la cultura es decadente. Este término no es una calumnia, es una etiqueta técnica. Una cultura decadente ofrece oportunidades principalmente al escritor satírico". Occidente hoy es claramente decadente.

     El escritor ruso Alexander Boot se graduó de filología de la Universidad de Moscú bajo el sistema comunista durante la Guerra Fría y daba conferencias sobre literatura inglesa y estadounidense antes de meterse en problemas con el KGB, la policía secreta de la Unión Soviética. Él emigró a Occidente en 1973, sólo para descubrir que el Occidente que él admiraba y buscaba ya no existía. Esto le inspiró una búsqueda de toda la vida de una explicación, algo de ella detallado en su libro Cómo Se Perdió Occidente (How the West Was Lost, 2006). Él ve la historia occidental como una prolongada lucha interna entre dos seres diferentes que él llama Modman [modern man] y Westman [el occidental cristiano]. Pablo fue un cristiano greco-romano y el primer occidental. El Modman se vio a sí mismo como cercano a lo divino; Jesucristo había sido sustituído por el Modman como Dios, pero el viejo Dios tenía que morir primero.

     Él cree que los inmigrantes no-europeos sirven como una clase protegida usada como un ariete por las élites dirigentes para destruír y demoler sistemáticamente los Estados-naciones del Occidente Blanco. Las leyes contra el "racismo" por lo tanto no están destinadas a castigar actos delictivos sino más bien a intimidar cualquier oposición que surja entre los europeos, manteniendo siempre a los Blancos temerosos y mentalmente a la defensiva. "Ellas están en los libros para reafirmar el poder del Estado para controlar no sólo las acciones de los ciudadanos, sino, más importante aún, sus pensamientos". Boot advierte que "Un Estado capaz de procesar a una persona por sus pensamientos es igualmente capaz de procesar a miles, y predeciblemente lo hará cuando ha consolidado su poder lo suficiente como para salir adelante con cualquier ultraje". Por esta razón, el autor predice que "cada vez más gente en Europa occidental y Norteamérica será enviada a prisión no por algo que ellos hayan hecho sino por algo que ellos hayan dicho".

     La conclusión básica de Alexander Boot es que el Occidente está muerto, pero, como un hombre cristiano, él cree en la resurrección y en la posibilidad de una vida después de la muerte. Quizás ése no es un mal resumen.

     Según el escritor francés Guillaume Faye, por primera vez la Humanidad en su conjunto está amenazada por una crisis catastrófica que es probable que comience en la década anterior a 2020, una crisis provocada por la degradación de los ecosistemas y la competencia geopolítica por los escasos recursos, como tierras agrícolas, petróleo, y sobre todo agua; por la fragilidad de un orden económico internacional basado en la especulación y el endeudamiento masivo de los Estados democráticos; por el retorno de epidemias; por el aumento del terrorismo y la proliferación nuclear; por la agresividad creciente de la ofensiva mundial del Islam; y por el dramático envejecimiento de las poblaciones europeas, cuyos índices de natalidad por debajo del nivel de reemplazo se ven confrontados con masas rápidamente crecientes de personas jóvenes en los países disfuncionales del Sur global, junto con migraciones masivas hacia el Norte.

     Esta convergencia de catástrofes marcará la transición de una Era a otra. Estados Unidos dejará muy probablemente de ser la principal potencia mundial a mediados de siglo, quizá dejando de existir en absoluto en su forma presente. El centro global de poder se trasladará entonces a Eurasia, donde casi siempre había estado antes. La potencia más fuerte será probablemente China o lo que Faye llama "Euro-Siberia", una alianza federada entre los pueblos de Europa más Rusia. Él no cree que éste sea literalmente el final del mundo, sino simplemente el final del mundo como lo conocemos. Algo nuevo puede surgir de estos acontecimientos, ya que Europa es una civilización de metamorfosis.

     Faye predice dos posibilidades para la civilización europea durante el próximo siglo: una regeneración basada en un resurgimiento de los valores ancestrales, o bien su desaparición. Europa, especialmente la mitad occidental del continente, actualmente está siendo invadida. Esto está conectado con un increíble masoquismo de parte de los europeos mismos. Sólo una crisis aterradora puede despertarlos, y la guerra es la más despiadada de las fuerzas selectivas; un pueblo que abandona su voluntad de poder inevitablemente perece. Un "SIDA mental", un virus de nihilismo, ha debilitado severamente sus defensas naturales. Por consiguiente, los europeos han sucumbido a la auto-extinción. El síntoma primario de esto es la "xenofilia", una preferencia sistemática por el Otro en vez del Mí.

     El actual avanzado estado de decadencia debe mucho a la secularización de la caridad cristiana y su moderno vástago igualitario, los derechos humanos. En el sentido más amplio posible, fue el mismo genio civilizacional el que dio al mundo los conceptos de gravitación universal y derechos humanos universales. Después de los éxitos sin precedentes de la Revolución Científica, los europeos posteriores a la época de la Ilustración se enamoraron tanto del poder de sus propias ideas, que ellos finalmente llegaron a definir su misma existencia como una gran idea, y de ahí nació el concepto de una "nación-idea" o "nación-proposición". Los líderes de esto fueron los estadounidenses y los franceses, cuyas Revoluciones a finales del siglo XVIII llegaron a ver sus países como repúblicas universales. Este ideal no fue ni podía ser puesto en práctica entonces, pero dos siglos más tarde, junto con la aparición de las comunicaciones globales, triunfó por sobre la identificación étnica.

     Faye cree que Europa ahora enfrenta un peligro sin paralelos en su historia y que rechaza verlo. Ella ha sido colonizada por pueblos del Sur. Esta invasión no-europea comenzó en los años '60 y fue en gran parte auto-engendrada, por políticos contaminados con ideas marxistas, por una clase empleadora ávida de mano de obra barata, y por ideales humanitarios utópicos, o una extraviada culpa post-colonial. Los inmigrantes ilegales / colonizadores extranjeros son muy raramente repatriados, pero reciben pródigos beneficios de asistencia social repartidos a ellos por fuerzas anti-Blancas que tienen el control del Estado:

     «Una guerra de razas es previsible ahora en varios países europeos, una guerra subterránea que será mucho más destructiva que el "terrorismo". La población Blanca está siendo desplazada, una especie de genocidio está siendo realizado contra ella con la complicidad o la abstención de la clase dirigente, los medios de comunicación y los políticos, ya que la ideología que estas élites colaboracionistas sostienen está llena de un odio patológico contra su propia gente, y de una pasión mórbida por el mestizaje. El plan utópico del Estado para la "integración republicana", sin embargo, ha fracasado porque supuso que la coexistencia pacífica entre extranjeros y naturales, entre Blancos y no-Blancos, era posible en un territorio único. Nuestros gobernantes no han leído a Aristóteles, que enseñó que ninguna ciudad puede ser democrática y ordenada si no es étnicamente homogénea... Las sociedades europeas hoy están involucionando hacia un caos étnico inmanejable».

     Faye cree que un renacimiento de la civilización europea en una forma diferente es posible, pero no inevitable. El que esta transformación ocurra depende de hasta qué punto los europeos logren restaurar sociedades sanas mientras echan mano a su memoria histórica, más bien que tener valores islámicos impuestos sobre ellos. Él piensa que ellos deberían adoptar una política de Europa Primero. Los otros se ocupan de sus propios problemas, antes que nada. Los Blancos deben aprender a hacer lo mismo. Es su futura existencia la que está bajo amenaza, no la de africanos o paquistaníes:

     «El siglo XXI será un siglo de hierro y tormentas. No se parecerá a aquel armonioso futuro predicho en los años '70. No será el pueblo global predicho por MacLuhan en 1966, o la red planetaria de Bill Gates, o el final de la Historia de Francis Fukuyama: una civilización global liberal dirigida por un Estado universal. Será un siglo de pueblos competidores e identidades étnicas. Y paradójicamente, los pueblos victoriosos serán aquellos que permanezcan fieles o que regresen a valores y realidades ancestrales —que son biológicos, culturales, éticos, sociales y espirituales— y que al mismo tiempo dominarán la tecnociencia. El siglo XXI será aquel en el cual la civilización europea, prometeica y trágica pero eminentemente frágil, sufrirá una metamorfosis o entrará en su irremediable crepúsculo».

     La tesis del Choque de Civilizaciones del cientista político estadounidense Samuel P. Huntington de los años '90 ha sido acusada de simplificación, pero él debería ser acreditado con haber puesto el significado de bloques etno-culturales en el radar de la política global. Él también tiene razón al señalar que esta Era está caracterizada por un Occidente con una influencia decreciente. Las placas tectónicas del poder global están cambiando.

     Los futuros historiadores podrán etiquetar esta época como "la marcha atrás del orden mundial occidental". El Occidente ya no es lo bastante fuerte para llevar al resto del mundo sobre sus hombros. Afrontaremos generaciones de disturbios hasta que un nuevo equilibrio sea encontrado. Estos cambios masivos y la debilidad percibida de una civilización que ha sido globalmente dominante durante siglos podrían muy bien encender una nueva guerra mundial. El multiculturalismo y la incapacidad o la desgana de las naciones occidentales para proteger sus fronteras de la infiltración extranjera, son vistos por otros como una invitación para el ataque y una señal de que el Occidente es débil y está maduro para la conquista.

     Este siglo bien puede ser dominado por un resurgimiento de bloques etno-culturales. Los europeos tienen que romper con el "presentismo" en el cual ellos están hundidos actualmente y aprender a verse otra vez (como lo hacen muchos otros) como un "pueblo de larga vida", portadores de un gran pasado y con esperanza de un gran futuro también. La revolución mental necesaria para provocar este cambio de actitudes europeas sólo es posible mediante una crisis gigantesca, un choque violento, que ya está en camino. El actual sistema está fundado en una creencia en milagros y en el mito del progreso indefinido. Está obligado a colapsar, pero nosotros deberíamos recordar que la Historia tiene desarrollos abiertos y presenta muchos giros y vueltas inesperados. Las oportunidades surgirán. Tenemos que ser capaces de aprovecharlas.

     He estado tratando de pensar siglos adelante en lo que es necesario para la supervivencia europea. El punto fundamental es: necesitamos nuestros propios territorios otra vez, nuestros propios países. La Historia nos ha mostrado, por ejemplo en Iberoamérica o en partes de Asia Central, que una vez que el porcentaje genético europeo cae por debajo de un cierto umbral, la población que resulta no parece ni actúa como europeos. La experiencia también nos dice que si dos o más poblaciones diferentes habitan la misma tierra, ellos eventualmente se mezclarán. Todo esto junto significa que el único modo en que la civilización europea puede prosperar a largo plazo consiste en que tengamos grandes territorios específicamente dedicados para gente que sea abrumadoramente de linaje demográfico europeo. En aquellos casos donde éste se ha perdido, tiene que ser restablecido. Las ideas importan, pero la cultura principalmente surge de los genes.

     Todas las naciones del mundo tratan de mantener su etnicidad. Sólo en los países occidentales de mayoría Blanca las autoridades emprenden una deliberada guerra demográfica y cultural contra la población de la mayoría. Esto es malvado, y los europeos tienen todo el derecho a defenderse contra políticas malvadas. Los Blancos han mostrado la capacidad de crear sociedades y sistemas sociales que trascienden los estrechos límites de clanes, tribus y nepotismo étnico. Éste es, desde muchos puntos de vista, un gran rasgo de carácter, pero también puede ser nuestro Talón de Aquiles si es convertido en un arma y vuelto contra nosotros. Debemos reconocer que somos inusuales, y que nuestros valores están lejos de ser universalmente compartidos.

     Los occidentales Blancos han dado a otros pueblos, incluso a tribus activamente hostiles, las herramientas necesarias para multiplicarse más allá de su capacidad nativa, el transporte necesario para viajar a nuestros países, la legislación de derechos humanos necesaria para establecer aquí y allá los Estados benefactores necesarios para explotarnos.

     Esta situación se ve intensificada por el hecho de que la globalización de las comunicaciones y del transporte, irónicamente en gran medida creada por las invenciones occidentales, pone una fuerte presión sobre nuestras naciones de modos que eran impensables hace unas pocas generaciones. Cuando los evangelios cristianos fueron redactados al final del siglo I d.C., la población del Imperio romano era quizá de 60 millones de personas. Eso es menos que el crecimiento demográfico anual a principios del siglo XXI. En otras palabras: la población global crece en más que otro Imperio romano cada año. Nuestro sistema no fue diseñado para hacer frente a tales números.

     Las diversas culturas y religiones del mundo han experimentado el tiempo de modos diferentes. Somos los más acostumbrados a un sistema lineal que deriva de la tradición judeo-cristiana, que ve una clara progresión desde la creación del mundo, pasando por una larga serie de acontecimientos, a un tiempo final, un Día del Juicio Final y un final para toda la Historia. La ciencia moderna también tiende a comenzar con un universo creado en un punto específico del tiempo, el "Big Bang", aunque su final sea incierto aún.

     Como declara Henry Parkes en "Dioses y Hombres. Los Orígenes de la Cultura Occidental", "El rasgo más significativo de la herencia judía, sin embargo, fue su visión de la Historia. Otros pueblos antiguos habían creído en una Edad de Oro, pero siempre la localizaban en el pasado al comienzo del tiempo. Sólo Israel vio una Edad de Oro en el futuro e interpretó la Historia como un movimiento significativo y progresivo hacia esa consumación mesiánica. Originada en una lealtad tribalista, y reflejando la determinación de un pueblo débil para retener su identidad a pesar de la conquista y la esclavitud, a la esperanza mesiánica los profetas le dieron un alcance universal y se convirtió en el objetivo hacia el cual todos los acontecimientos terrenales se movían. En varias manifestaciones, religiosas y seculares, espirituales y materialistas, aquél llegó a ser uno de aquellos mitos sociales dinámicos que dan sentido y dirección a la vida humana y que tienen más influencia en la acción humana que cualquier filosofía racional. A menos que se entienda la importancia de dicho mito, el desarrollo no simplemente del pueblo judío sino también del mundo occidental entero se hace ininteligible".

     El Ragnarök (el "Crepúsculo de los Dioses" o el "Juicio de los Poderes"), el final del mundo como lo conocemos, significará la muerte del dios principal, Odín, y de su hijo Thor. Esto es descrito en la islandesa Völuspá ("Profecía de la Vidente" [Völva]), el primer poema del Edda Poético y una de nuestras fuentes más importantes para la mitología nórdica, aunque fuera redactado en la Era cristiana. Odín encontrará su final contra el gigantesco lobo Fenrir. Thor luchará contra Jörmungandr (la Poderosa Serpiente), una gigantesca criatura del mar conocida como la Serpiente Midgard que se muerde su propia cola y rodea el mundo humano, llamado Midgard o la Tierra Media. Thor luchará heroicamente y vencerá a la bestia, pero después de andar nueve pasos él caerá muerto por el veneno de ella. Sin embargo, después de que toda esta destrucción y caos moral haya terminado, un nuevo mundo surgirá del mar. Algunos de los dioses sobrevivirán, como lo harán dos humanos que repoblarán entonces la Tierra.

     Si bien el Ragnarök es el final del mundo como lo conocemos, no es "el final de la Historia" en el sentido judeo-cristiano. Un nuevo mundo surgirá de sus cenizas. Nuestro objetivo debería ser sembrar semillas que puedan convertirse en árboles fuertes que den buenos frutos en el futuro. Si esta cultura post-catástrofe —que tendrá muy probablemente una mitología diferente y tal vez un concepto diferente de la moralidad a seguir, comparado con el que tenemos ahora— será una versión resucitada de la civilización occidental o una versión completamente nueva de la civilización europea, no lo sé, pero tiendo a sospechar esto último. Es difícil predecir tales cosas, pero un desafío crucial sin duda deberá romper con la mentalidad de "progreso" hacia la "igualdad", ya que una combinación tóxica de estos dos conceptos nos está sepultando bajo peligrosos y biológicamente insostenibles ideales igualitarios.

     El próximo colapso conducirá por lo menos a un cambio de paradigma ideológico y político y a la aparición de una nueva mitología para sustituír el "paradigma de suicidio" post-Segunda Guerra Mundial de incomprensible anti-nacionalsocialismo y altruísmo demencial. En el peor de los casos, la discontinuidad será tan larga y severa, que lo que emerja al otro lado será una civilización completamente nueva, otra generación de civilización europea, tal como la que surgió durante la Edad Media, que era una civilización diferente de aquella de la Antigüedad greco-romana. La transición entre la primera y segunda generación de la civilización europea tomó siglos. La Historia generalmente se mueve más rápido ahora que lo que lo hacía entonces, pero sospecho que tal transición tomará sin embargo varias generaciones.

     A qué se parecería una nueva civilización no lo sé. Los europeos medievales usaron creativamente diferentes elementos de la herencia greco-romana y añadieron innovaciones encima de aquéllos. La Generación Dos de la civilización europea contenía dentro de sí aspectos de la Generación Uno, pero también tenía elementos de aguda discontinuidad. Éste probablemente será el caso la próxima vez también.

     Como Geoffrey Parker nos recuerda en The Cambridge History of Warfare, el objetivo total de la estrategia occidental "casi siempre fue la derrota total y la destrucción del enemigo, y esto contrastaba absolutamente con la práctica militar de muchas otras sociedades". Él destaca la combinación de innovación tecnológica y disciplina como rasgos claves de la tradición militar occidental. No es verdad que los europeos sean particularmente etnocéntricos; si es que algo, es la total carencia de etnocentrismo lo que constituye nuestro mayor problema hoy. Sin embargo, es verdad que además de ser grandes exploradores, artistas y científicos, también hemos sido grandes guerreros cuando las circunstancias lo han pedido. Este particular rasgo cultural está, es verdad, muy bien escondido en nuestra época de decadencia, traición y tolerancia suicida, pero puede ser traído de vuelta.

     Entraremos muy probablemente en un período prolongado de gran turbulencia y agitación; la burbuja de la "seguridad desde la cuna a la sepultura" del Estado benefactor está a punto de reventar. Este proceso será doloroso, pero necesario, y es en cualquier caso más o menos inevitable ya. En 1911 los europeos occidentales todavía gobernaban la mayor parte del mundo. En 2011 ni siquiera gobernamos los suburbios en nuestras propias principales ciudades, y algunos observadores cultos predicen seriamente el final de la civilización europea totalmente.

     Esto también implica que por primera vez en siglos somos los desvalidos. Hay muchos ejemplos históricos, desde las invasiones persas de la Antigüedad a las posteriores invasiones musulmanas, donde los europeos hemos hecho lo mejor cuando hemos sido los desvalidos. Quizá podemos hacer lo mismo una vez que la locura del multiculturalismo se vaya en retirada. Tenemos que asegurarnos, sin embargo, de que aquellos que han defendido las tóxicas ideas del multiculturalismo y la inmigración de masas de tribus ajenas desaparezcan con ello. Si eso sucede, nosotros podremos dar a nuestros descendientes un nuevo comienzo y poner los fundamentos para un nuevo Renacimiento donde la civilización europea pueda florecer una vez más.–





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