BUSCAR en este Blog

domingo, 7 de febrero de 2016

Alexander Jacob - Sobre Algunas Filosofías Elitistas



     El escritor y académico de lengua inglesa nacido en India, doctor en Historia de la Ideas Alexander Jacob (1954), publicó en 2001 su obra "Nobilitas: A Study of European Aristocratic Philosophy from Ancient Greece to the Early Twentieth Century", traducida al castellano en 2003 por Joaquín Bochaca, breve estudio de filosofía política donde revisa desapasionadamente los argumentos filosóficos del gobierno monárquico y aristocrático. Ha publicado el profesor Jacob una decena de otros libros, incluyendo traducciones. De dicha versión castellana presentamos el final del capítulo 7 y el capítulo 8 entero, donde hace referencia a Nietzsche, Gobineau, Chamberlain, Rosenberg y Hitler, en cuanto autores de doctrinas aristocráticas y de elitismo racial alemanas y europeas.


Nobilitas. ¿Aristocracia o Democracia?
(selección)
por Alexander Jacob




     Friedrich Nietzsche (1844-1900) refleja las cualidades aristocráticas de la filosofía política de Treitschke, y su glorificación del Estado como un campo de cultivo para una raza de pueblos superiores incorpora la noción de superioridad de ciertos pueblos sobre otros. No obstante, aunque Nietzsche insistió en que el papel principal del Estado consistía en promocionar a los mejores, incluso a expensas del resto, su filosofía no es particularmente política y no venera realmente al Estado como lo hicieran Hegel o Treitschke.

     La filosofía de Nietzsche se deriva directamente del sistema de Schopenhauer, que había abogado por la negación de la voluntad como la mayor felicidad humana. Nietzsche meramente transpuso el precepto ético de Schopenhauer y sostuvo que la voluntad de poder, como única realidad de la vida, debe ser cultivada en todas sus contradicciones. Sólo entonces emergerá una nueva raza de súper-hombres que, mediante su superior fuerza psíquica "transmutarán todos los valores" y crearán una nueva ley para ellos y para los demás.

     Contrariamente a Hegel, Nietzsche no considera al Estado como un medio para el progreso espiritual del pueblo. En vez de ello, insiste en la general obediencia de las masas ignorantes al gobierno de una aristocracia espiritual que se distingue por su más elevada constitución psíquica, por medio de la cual guiarán al resto de la sociedad a metas más excelsas. Esto puede no parecer muy diferente de los estadistas filósofos de Platón, pero el tipo de filósofo de Nietzsche no está caracterizado, como el de Platón, por una intuición de un más elevado mundo de ideas, sino por un control más vigoroso de los asuntos mundanos.

     En una nota escrita durante el tiempo de la redacción de Más Allá del Bien y del Mal, Nietzsche insistió en que la futura raza de señores que debe ser creada será de "filosóficos hombres de poder y artistas-tiranos", que utilizarán "la Europa democrática como su más dúctil y manejable instrumento para dirigir los destinos de la Tierra" [1]. Esto es obviamente una aclaración del comentario, en Más Allá del Bien y del Mal, de que "el tiempo de la política mezquina ha pasado; el nuevo siglo verá la lucha por el dominio del mundo... el apremio hacia la gran política" [2]. La visión de este deseo de una grandiosa visión de la política es, claramente, el desprecio de Nietzsche por los existentes sistemas liberales y democráticos dirigidos por la "mentalidad de rebaño" de la gente común.

[1] Citado en L. H. Hunt, Nietzsche y el Origen de la Virtud, Londres, 1991, p. 39.
[2] Más Allá del Bien y del Mal, cap. VI., sec. 208.

     Afortunadamente, en su opinión, "las mismas nuevas condiciones promoverán un cierto ascenso del hombre común dentro de su mediocridad —un útil, trabajador, discretamente servicial y listo hombre gregario—, lo que es muy necesario para facilitar el ascenso de hombres excepcionales de las más peligrosas y atractivas cualidades" (Ibid., cap. VIII, 242).

     La sociedad aristocrática de Nietzsche estaría presumiblemente organizada en un sistema de castas mutuamente exclusivas, al estilo de la antigua sociedad hindú. Nietzsche manifestó su admiración por las Leyes de Manú como "un trabajo incomparablemente intelectual y superior, al que sería un pecado contra el espíritu mencionar siquiera su nombre en comparación con la Biblia... contiene una verdadera filosofía, no un maloliente judaísmo compuesto de rabinismo y superchería" (El Anticristo, 56).

     Según Manú, «El orden de las castas, la ley más elevada y más excelsa, es tan sólo la sanción de un orden de la Naturaleza, una legitimidad natural de primer rango, sobre la cual ninguna arbitrariedad, ninguna "idea moderna" puede prevalecer. En toda sociedad sana, tres tipos, condicionándose mutuamente y gravitando diferentemente, se separan fisiológicamente entre sí; cada uno de ellos tiene su propia higiene, sus propias actividades laborales, sus propios sentimientos especiales de perfección, y su autoridad propia» (Ibid., sec. 57).

     La primera casta estará constituída por "los seres humanos más espirituales, que se dedican al auto-dominio", de manera que "el ascetismo llega a ser en ellos naturaleza, necesidad e instinto". Es prerrogativa de esta disciplinada casta representar "la felicidad, la belleza, la bondad sobre la Tierra". La segunda casta estará tipificada por la fuerza física, y sus miembros serán "los guardianes de la ley, los que se ocupen del orden y la segundad".

     La tercera y más baja casta estará compuesta por la mayoría de la gente, para quienes "ser mediocre es su felicidad". Esta gente es la que se ocupará de la llamada "actividad profesional", ya sea económica o social, "artesanía, comercio, agricultura, ciencia, la mayor parte de las artes, la gran quintaesencia de la actividad profesional". Igual que Treitschke, Nietzsche aconsejaba abstenerse de juzgar a las clases bajas desde el punto de vista de los privilegios materiales, ya que ellas tienen sus propios goces proporcionales a su desarrollo espiritual. En efecto, "cuanto más asciende uno, más dura deviene la vida; aumenta el desapego y la responsabilidad".

     Nietzsche no era explícitamente un anti-judío, aun cuando empezó como un admirador de Richard Wagner a quien alabó por "esa seria y más espiritual visión de la vida de la que nosotros, pobres alemanes, hemos sido robados, de la noche a la mañana, por todo tipo de miserias y disparates políticos, y por un agresivo judaismo" [3]. Sin embargo, Nietzsche finalmente rompió con Wagner e incluso condenó el flagrante anti-judaísmo de éste. Lo que a Nietzsche le repelía especialmente de la mente judía era el tipo de lo que él llamaba la "Sklaven-Moral" (moral de esclavos). Identificaba a los judíos como pertenecientes a un linaje que había engendrado, en el curso de la Historia, diferentes formas de una sociedad socialista, incluyendo la favorecida por el cristianismo.

[3] Carta a Richard Wagner, Mayo de 1869, en La Correspondencia Nietzsche-Wagner, Ed. E. F. Nietzsche, Nueva York, 1921, 1.13.

     Los judíos son, en efecto, tal como los describiera Tácito, "un pueblo nacido para la esclavitud" [4]. La moral de esclavo de los judíos estuvo en el origen de la caída de Roma, así como en el de la Revolución francesa, y el moderno socialismo no es más que una nueva manifestación de la misma [5]. La típica actitud del judío es el resentimiento contra la más elevada naturaleza de las razas aristocráticas:

     «Roma vio en el judío la encarnación de lo antinatural, como una monstruosidad diametralmente opuesta a ella, y en Roma el judío fue hallado convicto de odio a toda la raza humana y con toda La razón para ello, por cuanto es correcto enlazar el bienestar y el futuro de la raza humana a la incondicional supremacía de los valores aristocráticos, de los valores romanos» [6].

[4] Más Allá del Bien y del Mal, cap. V, sec. 195.
[5] La Genealogía de la Moral, I, sec.16.
[6] Ibid. La referencia romana es de Tácito, Historiae V, 5, y Anales, XV.

     La raza superior, raza dominante, por el contrario, crea sus propias leyes con un completo dominio de la voluntad de poder, mientras que las razas inferiores, al faltarles esa capacidad, están consiguientemente destinadas a la esclavitud. Nietzsche, obviamente, aprendió algo de la obra de Gobineau sobre la desigualdad de las razas humanas ya que, en La Genealogía de la Moral, denomina a la aria "raza genuina", fisiológicamente superior a las otras razas y hecha para gobernarlas (Ibid. I, 5).

     En su tentativa de llegar a una cultura más elevada, la raza dominante está justificada para subyugar despiadadamente a las razas más bajas, por la fuerza y por la guerra si es necesario, de manera que el objetivo de producir un pueblo espiritualmente superior pueda cumplirse.

     «Toda elevación del tipo "hombre" ha sido siempre obra de una sociedad aristocrática, y así será siempre... una sociedad creyente en una larga escala de gradaciones de rango y diferencias en una forma u otra. Sin el "pathos de la distancia" tal como crece de la diferencia personificada de clases, de la constante observación y vigilancia de la clase dominante sobre sus subordinados y dependientes, y de su igualmente constante práctica en obedecer y en mandar, en tener un sentido de la "distancia"... este otro misterioso "pathos" no hubiera podido nunca surgir; el anhelo de una más amplia distancia dentro de la misma alma, la formación de unos más elevados, más raros, más comprensivos Estados, o, en otras palabras, simplemente la elevación del tipo "hombre", la continua "auto-superación del hombre", para usar una fórmula en un sentido supramoral» [7].

[7] Más Allá del Bien y del Mal, cap. 9, ¿Qué Es Noble?, sec. 257.

     El propósito de la verdadera aristocracia es "que se experimenta a sí misma no como una función (tanto de monarquía como de república) sino como su significado y su más alta justificación". Esto significa que aceptará "con una conciencia tranquila el sacrificio de innumerables seres humanos que, por su propio bien, deben ser suprimidos como incompletos seres humanos" (Ibid. sec. 258). Sólo entonces puede desarrollarse la verdadera cultura, pues la horrible alternativa para la aristocracia sería el universal predominio de la mediocridad de las masas aborregadas.


Capítulo VIII

     El absolutismo aristocrático de los escritores que hemos citado muestra una tendencia hacia una exposición nacionalista y racista de la historia política, pero sus políticas no se fundamentan principalmente en el hecho de la raza. La raza se convierte en la base principal de la Historia en los escritos de Gobineau, Chamberlain, Rosenberg y Hitler. Gobineau (1816-1882) fue uno de los primeros en dividir a la Humanidad en tres razas distintas: la blanca, la amarilla y la negra, y reconocer a la primera como superior a las otras. Los negros, según Gobineau, son como animales en sus pasiones, mientras que los mongoles están demasiado restringidos a una mundana y práctica visión de la vida. Entre las otras razas, Gobineau identificó a los mongoles como completamente distintos de la sociedad europea, ya que solamente representaban la mediocridad y el materialismo burgués:

     "El mongol tiende a la mediocridad en todo: comprende fácilmente cualquier cosa que no sea demasiado profunda o sublime. Es práctico en el sentido más estrecho de la palabra... Cualquier fundador de una civilización desearía que la espina dorsal de su sociedad, la clase media, estuviera formada por tales hombres. Pero ninguna sociedad civilizada podría ser creada por ellos; no podrían aportar la fibra nerviosa o poner en marcha los resortes de la belleza y la acción" [8].

[8] Ensayo sobre la Desigualdad, de las Razas Humanas, lib. II, cap. 16, Nueva York, 1967, p. 206 y ss.

     Los semitas deben ser también diferenciados de la raza blanca, ya que están estrechamente vinculados a los negros. Los arios, que son ciertamente la raza dominante de Nietzsche, han tenido siempre un temperamento aristocrático que se refleja en sus organizaciones políticas (Ibid. lib. I, cap. 16). Gobineau, igual que Nietzsche después de él, proclama el sistema de castas de la India antigua como el epítome de la sociedad aristocrática, y comenta: "Nadie puede negar su aprobación a un cuerpo social organizado de tal manera que esté gobernado por la razón y servido por la ausencia de inteligencia" (Ibid. lib. II p. 340). Lamentaba que Europa nunca hubiera realizado un parecido y duradero sistema social.

     Gobineau fue el primer pensador que relacionó el ascenso y la decadencia de las naciones con la pureza racial de su población. Cuando la constitución racial de una sociedad aria se diluía, inevitablemente se producía el hundimiento del Estado. Esto fue cierto tanto para los Estados griegos como para la república romana.

     Por lo que se refiere a los modernos movimientos anti-aristocráticos, tales como la Revolución francesa, constituyen un crimen contra la sangre, con la consiguiente aniquilación de una larga mayoría de aristócratas de pura sangre. Y Estados Unidos era un ejemplo de un total fracaso espiritual siendo, como era, "el epítome de una sociedad violenta e inestable, dedicada al eclecticismo étnico y a la cultura de una población desarraigada" [9].

[9] Biddiss, M. D., Padre de la Ideología Racista: El Pensamiento Político y Social del Conde de Gobineau, Londres, 1970, p. 205.

     De las diversas formas de gobierno, Gobineau naturalmente propugnaba la monarquía como la más racional ya que, según él, "un pueblo siempre necesita un hombre que comprenda su voluntad y la compendie, la explique y la conduzca donde necesita ir" [10]. Sin embargo admite que "si se equivoca, el pueblo resiste y se levanta para seguir a aquel que no se extravíe. Esto es una clara prueba de la necesidad de la constante interacción entre la voluntad colectiva y la voluntad individual". En cualquier caso, la ética típica de la raza aria en general es heroica y basada en los sólidos fundamentos del honor y el deber: "Para los pueblos arios, el honor ha sido... una teoría del deber que armonizaba bien con la dignidad de un guerrero libre" [11].

[10] Gobineau, Ensayo II, p. 858 (Biddiss, op. cit. p. 159).
[11] Gobineau, Ensayo II, p. 812 (Biddiss, op. cit. p. 160).

     El historiador inglés Houston Stewart Chamberlain (1855-1926) fue un seguidor de Gobineau en cuanto a que insistía en las radicales diferencias entre las razas con respecto a sus cualidades físicas y espirituales. Identificó a los judíos, los antiguos griegos y romanos y los modernos teutones como los fundadores de la civilización moderna. Con todo, el elemento judío en la civilización occidental era fundamentalmente insano, ya que reflejaba una atrofiada falta de espiritualidad; por ejemplo:

     "Los indoeuropeos habían llegado por caminos puramente religiosos a unos conceptos de una divinidad individual que eran infinitamente más sublimes que la dolorosamente atrofiada idea que los judíos se habían forjado del Creador del mundo" [12].

[12] Chamberlain, Los Fundamentos del Siglo XIX, Londres, 1911, I, cap. 3, p. 218.

     El cristianismo, que pudo haberse debido a las enseñanzas de un no-judío, estaba también viciado por su contexto semítico:

     "Quienquiera que hubiera vivido en el mundo intelectual judío estaba constreñido a caer bajo la influencia de las ideas judías. Y aunque (Cristo) trajo un nuevo mensaje... su personalidad, su vida, su mensaje estaban encadenados a las ideas fundamentales del judaismo" (Ibid. p. 247).

     No obstante, fue redimido por su adopción de la mentalidad helénica, la cual "salvó a todo el cristianismo del destino de convertirse en un mero anexo del judaísmo", ya que su mentalidad indoeuropea le dio un "significado mítico (es decir, inagotable) y un encanto... estimulado con los símbolos más profundos de la mente indoeuropea, y lp convirtió en un vehículo sagrado para los secretos del corazón y cerebro humanos" [13]. Los judíos, en cambio, se han caracterizado siempre por el egoísmo, el racionalismo y el materialismo.

[13] Ibid. lib. I, cap. 5, Digresión sobre la Religión Semítica, p. 417.

     "Doquiera haya alentado el espíritu semítico hallaremos el materialismo... Con su visión de la religión sólo se persiguen objetivos prácticos, no ideales. Su objetivo es proporcionar prosperidad en este mundo, y tiende en particular al poder y a la riqueza" (Ibid. p. 422).

     Los judíos no sólo carecen de cualquier intuición metafísica, sino que también están sociológicamente inclinados al capitalismo, la democracia, la versatilidad social y el modernismo. De hecho, la democracia es el típico producto de la mentalidad semítica, que acariciaba la idea de la igualdad, ya que:

     "La filosofía india es aristocrática hasta la médula... sabe que las más elevadas percepciones sólo son accesibles a los elegidos, y que el individuo elegido sólo puede ser guiado si posee específicas calificaciones físicas y raciales" [14].

[14] Chamberlain, Concepción Aria del Mundo, Múnich, 1912, p. 17.

     Los deletéreos efectos sociales de la mente judía quedan patentizados en los fenómenos de los sindicatos de negocios internacionales, en el socialismo internacional y en la democracia liberal.

Todos estos efectos amenazan el espíritu del ario que se caracteriza por la Innerlichkeit (interiorización) y por la libertad íntima e intelectual.

     Las ideas de Chamberlain sobre la raza estaban en gran parte influenciadas por su formación biológica. Su teoría de la primacía de la Gestalt en todas las formas orgánicas de vida era semejante a la de Goethe, y contribuyó a su noción de la independencia de las formas raciales individuales que sólo tenían una limitada capacidad para la mutación, en el hecho de que podían ser, o mejoradas por una hibridación favorable, o deterioradas por cruces con diferentes tipos raciales o incluso por la aceptación de valores espirituales e intelectuales ajenos. Recordaba así a sus lectores la exhortación de Goethe a Eckermann, de "rechazar cualquier contacto entre judíos y alemanes" [15].

[15] Los Hombres y Dios, Múnich, 1929, p. 14.

     Desgraciadamente, la Europa actual ya ha concedido a los judíos un indebido poder: "Vivimos en una época judía... Este pueblo ajeno ya ha llegado a ser, precisamente en el siglo XIX, desproporcionadamente importante y, en muchos casos, realmente un componente dominante de nuestra vida". La única manera de salvaguardar la civilización es controlar inmediatamente este proceso de semitización.

     De los modernos pueblos europeos, los teutones son, ciertamente, los más vitales, y su deber para con el mundo es mantenerse incorruptos de los elementos judíos y guiar a las demás naciones a las que pueda conferir sus beneficios culturales.

     Los puntos de vista de Chamberlain sobre la raza y la Historia fueron confirmados en gran parte por Alfred Rosenberg (1893-1946), quien, junto con Hitler, representa el fundamento ideológico del Partido Nacionalsocialista (NSDAP). La aversión de Rosenberg por los judíos fue propiciada por la misma falta de espiritualidad que Chamberlain había descubierto en la constitución mental de aquéllos. El espíritu ario armonizaba con la esfera ideal de Dasein (ser en sí), mientras que los judíos estaban inmersos en el reino material de Sosein (ser así). La mente judía es básicamente propensa a una visión materialista del mundo. Los indoeuropeos, por otra parte, han tenido siempre, desde los tiempos de los antiguos indios, una concepción dinámica de la deidad como el Yo absoluto, o ese aspecto del Yo individual el cual es enteramente libre de la individualidad.

     Rosenberg define la cultura como "la forma de conocimiento del aspecto vegetativo-vital de una raza" [16], y la misión de la nación consiste en reprimir las formas ajenas de gobierno, tales como la democracia y el comunismo, que tratan de destruír aquella forma:

     "La esencia de la actual revolución mundial radica en el despertar de los tipos raciales. No sólo en Europa, sino en todo el mundo. Este despertar es la reacción contra las últimas emanaciones caóticas del imperialismo económico liberal, cuyos objetivos explotadores cayeron, a través de la duda, en la trampa del marxismo bolchevique para completar lo que la democracia había empezado: la erradicación de la conciencia racial y popular" [17].

[16] Rosenberg, El Mito del Siglo XX , lib. I, cap. I, sec. 8.
[17] Mito, lib. 3, cap. I, sec. 3. Como esas perniciosas influencias en el alma de la raza y la cultura son mayoritariamente judías en su origen, Rosenberg lamenta que los judíos hubieran sido emancipados: "Nosotros hemos sido los culpables... no deberíamos haber emancipado a los judíos pero, tal como Goethe, Fichte y Herder vanamente pidieron, debiéramos haber creado insuperables leyes excepcionales para ellos" (Die Spur des Juden, en Obras Selectas, p. 188 y ss.). Podemos añadir que también Schopenhauer pensaba igual (ver Parerga y Paralipómena II, "Sobre Jurisprudencia y Política").

     Sólo cuando un Estado se ha regenerado racialmente, es decir, espiritualmente, puede producir una verdadera cultura (tal como lo es, primordialmente, la wagneriana) [18], libre de las contaminaciones populares de formas artísticas inferiores que la democracia promueve. Tanto los liberales como sus aparentes adversarios, los marxistas, representan la mentalidad materialista judía que sólo puede ser neutralizada por un estricto nacionalismo basado en los valores de la sangre y de la raza indoeuropea.

[18] Wagner deja claro en su ensayo El Judaísmo en la Música que "mientras el arte separado de la música tuvo una auténtica vitalidad orgánica, remontándonos a la época de Mozart y Beethoven, nunca se encontró un compositor judío: era imposible para un elemento completamente extraño a ese organismo viviente tomar parte en las etapas formativas de esa vida. Sólo cuando es manifiesta la muerte interna de un cuerpo, los elementos externos obtienen el poder de alojamiento en el mismo, aunque sólo sea para destruírlo" (Obras en Prosa, III, 990).

     Todo arte y toda ciencia debe ser reflejo exclusivo de la mente de los indoeuropeos, y ello ocasionará el desecho de "los abstractos disparates matemáticos de los físicos judíos" [19]. De igual modo, la música alemana, tal como la wagneriana, no debe ser contaminada por yuxtaposición con la moderna música judía.

[19] La frase es del profesor Tomaschek, de la Universidad de Dresden, citada en el periódico Naturaleza, 4 de Abril de 1937. Véase M. Rader: Sin Compromiso, Nueva York, 1939, p. 30.

     Las políticas económicas de los nacionalsocialistas debían basarse también en las inquietudes primordiales de la raza y la tierra más que en los intereses internacionales, como era el caso del detestado marxismo judío. En realidad, el marxismo no era, en absoluto, un movimiento económico sino un ataque de sus fundadores judíos a los pueblos de Europa. Tal como lo describió
Rosenberg:

     "El marxismo, en general, no fue una lucha económica, sino un poder admitido y una lucha cultural contra todos los pueblos de Europa... Este enorme fraude mundial sólo fue totalmente posible merced al hecho de que, en el curso del siglo XIX, el liderazgo, tanto del capitalismo explotador del pueblo como del marxismo, se encontraba en las manos de representantes de un único y mismo pueblo: los judíos" [20].

[20] Wesen, Grundsatze und Ziele der NSDAP, Múnich, Deutscher Verlag, 1924, p. 8.

     El comunismo ruso es también, en gran parte, un producto del elemento judío en Rusia, facilitado por el hecho de que en Rusia hay un predominio de rasgos raciales mongoles en su constitución nacional. Contra las denuncias comunistas de la propiedad como un robo, Rosenberg defiende la propiedad como permisible siempre que sea el "remanente del trabajo" (Mito, III, cap. IV, sec. 4). Todas las propiedades que resulten de algo que no sea una actividad productiva y creativa son despreciables y características del dinero por el amor al dinero. Como escribió Rosenberg, «no debe, pues, lucharse contra la "propiedad" como tal, sino más bien propugnar una agudización de la conciencia, de la conciencia del honor y del concepto del deber de acuerdo con los valores del carácter alemán, y promocionar esa actitud con una imposición legal» (Ibid.). Esto representa un riguroso contraste con el sueño democrático de la propiedad:

     "En el caso de un alemán, que siempre une ideas de lo correcto con ideas del deber y de un comercio honorable, la propiedad justa no es difícil de establecer, mientras que en el caso del concepto democrático de la propiedad, los hombres que deberían permanecer en prisión o ser ahorcados, viajan ataviados con las mejores ropas a las conferencias económicas internacionales como representantes de la sedicente libre democracia" (Ibid.).

     La principal perversidad que los nacionalsocialistas combatían era el desvergonzado dominio del dinero que los judíos habían iniciado. Esa "dictadura del mercado de valores", que era el resultado de la veneración del beneficio como el valor supremo, sólo será destruída cuando el concepto germánico del honor llegue a ser la representación de una nueva raza noble.

     Esta raza será cuidadosamente fomentada con la exclusión de todos los elementos judíos de la vida nacional de manera que, como lo expresara el conservador prusiano Paul de Lagarde, "el bacilo que envenena nuestra sangre y nuestra alma se haya vuelto inofensivo: el judío" (Ibid. sec. 5), y por un consciente retorno a la nobleza germánica, constituída por "una nobleza de campesinos y una nobleza de guerreros".

     Aunque Rosenberg se opone a una fosilizada sociedad de castas, no obstante sitúa el concepto nacional del honor como la base de la organización de la nueva nación. No hace falta decir que esta nación genuinamente germánica no se levantará sobre la base de ninguna forma de mitología semítica, incluyendo el cristianismo paulino, que coloca una antinatural fisura entre Dios y la Creación, sino sobre una mitología germánica que se remonte a los Eddas, donde el drama del Universo está gobernado por el orden de los dioses, como en el de los hombres, por las nociones del honor y la justicia ideal.

     Las teorías de Adolf Hitler (1889-1945) referentes a la raza y al Estado son estrechamente semejantes a las de Rosenberg, toda vez que considera todo lo que tiene algún valor en la cultura como el resultado de una raza dominante:

     «Todo lo que admiramos en este mundo... ciencia, arte, técnica e inventos, es el producto creativo de unos pocos pueblos y tal vez, originalmente, de "una" raza. De ellos depende ahora también la existencia de toda esta cultura. Si ellos perecen, entonces la belleza de este mundo se irá con ellos a la tumba» [21].

[21] Mein Kampf, tr. R. Mannheim, Boston, 1943, p. 288.

     La desigualdad de las razas es un principio básico de la doctrina hitleriana. Los negros son claramente inferiores a las otras razas y sólo pueden imitar la cultura de los arios:

     «De vez en cuando se le muestra al pequeño burgués alemán, en periódicos ilustrados, que, por primera vez, aquí y allá, un negro ha llegado a ser abogado, profesor, incluso clérigo o un eminente tenor de ópera... Mientras la estúpida burguesía se maravilla ante este milagroso evento... el judío sabe muy bien cómo construír, astutamente, a partir de ahí, una nueva prueba de la exactitud de su teoría de la igualdad de los hombres que él trata de inyectar en la nación» (Ibid., p. 430).

     Los mongoles, por otra parte, aunque superiores a los negros, son una raza mediocre carente de verdadera creatividad:

     «No es el caso, como algunos pretenden, que Japón añada la técnica europea a su cultura, sino que la ciencia y la técnica europea han sido ataviadas con características japonesas... Si, a partir de hoy, se detuviera toda la influencia aria sobre Japón, entonces un posterior crecimiento de su ciencia y tecnología podría tener lugar por un cierto tiempo, pero al cabo de unos pocos años la fuente se secaría. La vida japonesa saldría ganando, pero su cultura se agarrotaría y volvería al soporífero sueño del que fue despertada hace siete décadas» (Ibid., p. 290 y ss.).

     Así como Hegel sostenía que el Estado era el más elevado fenómeno histórico, Hitler declaraba que "el Estado no es un fin, sino un medio. Es, ciertamente, la premisa para la formación de una más alta cultura humana, pero no su causa, que se basa exclusivamente en la existencia de una raza capaz de generar cultura" (Ibid., p. 391). Toda la Historia es la relación del ascenso y la caída de razas según hayan preservado o no la pureza de su sangre: "Todos los sucesos en la Historia mundial son tan sólo la expresión del instinto de conservación de las razas, en el buen sentido o en el malo" (Ibid., p. 296).

     La superioridad del ario se identifica por su superior excelencia moral: "El ario no es más grande por sus cualidades mentales como tales, sino por su grado de voluntad de poner todas sus capacidades al servicio de la comunidad. En él, el instinto de auto-conservación ha alcanzado la forma más noble, ya que voluntariamente subordina su ego a la vida de la comunidad y, si el momento lo exige, incluso lo sacrifica" (Ibid., p. 297). Lo más opuesto al ario, a este respecto, es el judío, que representa el mero intelectualismo y una completa carencia de idealismo:

     «Aunque el instinto de auto-conservación judío no es menor sino mayor que el de otros pueblos, aunque sus facultades intelectuales pueden fácilmente dar la impresión de que son iguales a los dones intelectuales de otras razas, carece por completo del requisito más esencial para un pueblo culto: la actitud idealista.

     «En el pueblo judío la voluntad para el sacrificio personal no va más allá del mero instinto individual de conservación. Su aparentemente gran sentido de solidaridad se basa en el muy primitivo instinto gregario que puede observarse en muchas otras criaturas vivientes en este mundo» (Ibid., p. 301).

     Las teorías políticas de Adolf Hitler y del Nacionalsocialismo se basan, por supuesto, en una clara centralización del poder que, en última instancia, es detentado por un fuerte líder. La Democracia es propugnada mayoritariamente por los judíos, ya que "elimina la personalidad (es decir, la personalidad racial) y en su lugar sitúa a la mayoría de la estupidez, la incapacidad y —la última en orden, pero no en importancia— la cobardía" (Ibid., p. 316). El apoyo a la vieja aristocracia por el ejército prusiano durante el Segundo Reich fue un afortunado baluarte contra las intromisiones de la democracia judía en el país, y la victoria final del espíritu germánico sólo se producirá cuando un hombre fuerte decida reorganizar su sociedad sobre fundamentos nacionalistas allí donde las extrañas y deletéreas influencias de los judíos hayan sido eliminadas de la vida de los europeos.

     El nuevo líder concebido por Hitler, sin embargo, no deberá proceder necesariamente de la vieja aristocracia europea. La vieja aristocracia a menudo se había casado negligentemente con herederas de una estirpe biológica inferior, permitiendo que su clase degenerase. En la nueva Alemania se crearía una nueva aristocracia del talento... y esto casi literalmente, ya que los nacionalsocialistas querían promocionar la crianza de niños de linaje vigoroso y reprimir la de naturalezas insanas mediante un estricto sistema de eugenesia. El mestizaje, según este sistema, es un crimen contra la raza.

     La nación y el valor racial que representa debería ser preferida a todo tipo de mezquinos intereses individuales que pudieran tener los ciudadanos. La prensa y las universidades deben ser liberadas, a tal propósito, de los perniciosos elementos judíos que se han infiltrado en ellas. También la religión debe ser purgada de los elementos judíos que, desgraciadamente, persisten en el cristianismo, y el Estado debe controlar con mano firme el desarrollo de una genuina cultura nacional o, más específicamente, la cultura de los arios nórdicos.

     Debe observarse que la filosofía elitista-moralista de Hitler y de los nacionalsocialistas difiere muy poco de la de los filósofos idealistas y de los políticos nacionalistas que hemos mencionado anteriormente. La única gran diferencia es que los nacionalsocialistas pusieron todas sus teorías en práctica. Mientras que los sistemas idealistas subjetivos son inocuos incluso cuando se trasladan a la realidad física (tales como la petición de Fichte y de Schopenbauer de la denegación de derechos políticos y civiles a los judíos), los sistemas idealistas objetivos de Hegel y sus seguidores con su glorificación del Estado condujeron más fácilmente a los excesos del Tercer Reich tales como la sistemática extirpación de todos los pueblos no proclives a la regeneración de la sociedad aria. Aunque tales excesos fueron debidos, en parte, a las exigencias de la guerra, también se debieron, parcialmente, a la gradual substitución de la realidad externa del Estado por las normas metafísicas de la íntima ley moral.–






No hay comentarios:

Publicar un comentario