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jueves, 28 de enero de 2016

Revilo P. Oliver - Un Lord Rastrero



     El siguiente artículo del profesor Revilo P. Oliver, que hemos traducido desde el sitio revilo.oliver.com, fue publicado originalmente en la revista mensual estadounidense Liberty Bell (1973-1999) de Noviembre de 1990. Hace alusión aquí principalmente a una actitud de un cierto Lord inglés, ejemplo de cobardía ante los amos judíos de Gran Bretaña, y enumera una serie de culpas con que cargan los británicos, fundamentalmente de la Segunda Guerra.


UN LORD RASTRERO
por Revilo P. Oliver
Noviembre de 1990



     Los muchachos que tienen una veta de crueldad en su carácter a menudo toman gusanos o animales pequeños similares y los empalan en un alfiler para disfrutar mirándolos cómo se enroscan y se retuercen a medida que mueren lentamente. El "Pueblo de Dios" disfruta capturando a un ario —actualmente un desdichado ucraniano llamado Demjanjuk— y llevándolo a su Tierra Santa y empalándolo en ficciones legales para disfrutar mirando a la criatura enroscarse y retorcerse, indudablemente riéndose entre dientes mientras ellos observan lo que él hará y dirá con la esperanza de salvar su vida.

     Una forma de tortura usada es una de las más sutiles ideadas por la Santa Inquisición. Usted puede recordar una memorable descripción de ello en un cuento de Villiers de l'Isle-Adam. La víctima del cristianismo aplicado es condenada a muerte y luego se le dan oportunidades para escaparse de su calabozo y de la fortaleza; cada vez en varios puntos a lo largo de la ruta a la libertad él escapa a duras penas a que lo descubran y tiene que permanecer en un terror mortal durante un tiempo antes de que él pueda continuar al siguiente punto; por supuesto, es en el último punto, cuando él está al borde mismo de efectuar su fuga, que él es descubierto y arrastrado de vuelta a su calabozo para recuperarse hasta que él esté en condición de actuar en otra comedia para el placer de sádicos piadosos.

     Los gobiernos de las principales posesiones de los judíos en Norteamérica —Canadá y Estados Unidos— han establecido, a costa de sus animales contribuyentes, bandas oficiales de terroristas para acorralar a una abundante cantidad de víctimas para el espectáculo en Jerusalén, que probablemente será hecho un circo de tres escenarios tan pronto como Demjanjuk esté dispuesto. Si él es finalmente asesinado o desechado como una deshumanizada pero viva cáscara de carne torturada y mente arruinada, no es importante.

     Mantener el escenario provisto para el entretenimiento del Propio Dios es sólo un objetivo secundario del terrorismo.

     Principalmente los "cazadores de nazis" están encargados de una triple función: primero, poner en ridículo todos los principios de la ley romana y germánica y enseñar a sus cerdos arios que no hay ninguna ley excepto los caprichos piadosos de los gimoteadores judíos [yids] de Yahvé; segundo, mostrar al resto del mundo cuán despreciables son los perros arios que harán cualquier cosa que sus amos les ordenen, que los adulan y lamen sus botas incluso después de haberles sido dada una patada en el hocico; y tercero y la más importante, organizar juicios-espectáculos en los cuales grupos de perjuros piadosos pueden fantasear con historias sobre cómo ellos presenciaron el horrible "Holocausto" (del cual escaparon milagrosamente). Sus mentiras se impondrán entre los tontos y les harán creer que el Holocuento es más que una estafa gigantesca de los Maestros del Engaño.

     Un ilimitado suministro de testigos está siempre a mano. (Como cada uno sabe, el sagrado Talmud dispone que cada medio para explotar a los animales inferiores es aprobado y ordenado por el feroz dios del "Antiguo Testamento" de los cristianos, y, aun si no fuera así, el Pueblo de Dios en una ceremonia anual revoca y se absuelve a sí mismo de todos los juramentos que ellos puedan hacer durante el año próximo). Los testigos serán probablemente entrenados antes de cada espectáculo para impedir que perjuros entusiastas afirmen que ellos vieron a los malvados alemanes quemar con fósforos encendidos a bebés judíos [kikes] y hacerlos arder como antorchas de pino empapado en keroseno, o que afirmen que ellos podrían hablar del color del humo si los sagrados judíos [sheenies] que entonces estaban siendo incinerados provenían de Hungría, Polonia o de algún otro país. A pesar de los mejores esfuerzos de las escuelas y de la caja idiota (TV), aún hay arios lo bastante inteligentes para ser escépticos de tales exuberantes ejercicios de malévola imaginación.

     Probablemente porque algunos ingleses están comenzando a sentir dudas sobre el Holofraude, la Primera Ministra Maggie [Thatcher], el famoso maniquí creado por un par de judíos [sheenies] malolientes cuyos padres se introdujeron en Inglaterra desde Iraq en 1945, y su personal de judíos y británicos prostituídos decidieron bendecir a los desmoralizados sobrevivientes de una otrora gran nación con una banda terrorista, similar a la "Oficina de Investigaciones Especiales" (OSI) en Estados Unidos. Los alcahuetes en la Cámara de los Comunes obedientemente decretaron la revocación de la ley británica por una mayoría aplastante. Pero la traicionera medida fue rechazada por la Cámara de los Lores, también por una mayoría aplastante. Aquello fue significativo, e incluso sorprendente a primera vista.

     A pesar de lo que usted probablemente haya escuchado de parte de algún charlatán "liberal", si usted tomó algún curso sobre "Ciencias Políticas" o Historia Moderna cuando usted estaba en la universidad, la Cámara de los Lores (House of Lords) siempre ha sido el moderador que preservó, como mejor ha podido, la estabilidad de Gran Bretaña y la alardeada libertad de los ingleses. Esto puede ser comparado con el maquinista que impide que un motor a vapor corra cada vez más rápido hasta que se destruya. Es verdad que los Lords a veces fallaron cuando ellos deberían haber actuado, pero la decadencia de Gran Bretaña puede ser medida por las sucesivas reducciones del poder de la Cámara de los Lores. Lo que puede haberlo sorprendido a usted es que aquel organismo todavía tiene un sentido de responsabilidad e integridad.

     El destino de Gran Bretaña, en ese entonces Grande, fue hecho inevitable en 1911, cuando, con la vergonzosa connivencia del nuevo y débil rey, Jorge V, la Constitución británica fue irreparablemente destruída al quitársele a la Cámara de los Lores su poder de vetar la legislación deletérea (ahora sólo puede retrasarla durante un tiempo corto), y permitiendo a los representantes de la Cámara Baja (House of Commons) pagarse a sí mismos desde la tesorería pública. Esto hizo posible la aparición de matones como Lloyd George y finalmente basura como Harold Wilson. E hizo posible la locura suicida de la Primera Guerra Mundial [1].

[1] El trabajo de traición sustancial fue llevado a cabo por el Partido Liberal, un fardo de varones ideólogos y mujeres sentimentales, encabezados por Asquith, un débil moral que amaba tanto la paz que precipitó la Primera Guerra Mundial, tal como otro débil, Chamberlain, completó el suicidio de Gran Bretaña comenzando la Segunda Guerra Mundial. Asquith está acreditado con una justificación estúpida de su guerra: si Gran Bretaña no destruyera a Alemania, la industria británica tendría que trabajar más duro para retener su dominio de los mercados mundiales. Los judíos, no es necesario decirlo, trabajaron celosamente, como de costumbre, para subvertir y destruír Gran Bretaña, pero, hasta donde sé, nadie ha hecho un estudio detallado de la parte que ellos jugaron en la ideación de las fatales "reformas" de 1911.

     Lo que queda de la aristocracia hereditaria de la alguna vez Gran Bretaña, ahora en gran parte contaminada por infusiones de sangre judía por medio del mestizaje [2], está desmoralizado y decadente. Algunos han renunciado a su rango (vea el listado de la nobleza en la actual edición del Almanaque de Whitaker); muchos se empobrecieron de una manera u otra por el sabotaje de los judíos del Imperio británico y de Gran Bretaña misma; otros han recurrido a extraños expedientes para mantenerse a sí mismos; y casi todos han sido privados de sus casas ancestrales y de su dignidad. La mayor parte de los sobrevivientes rara vez se toma la molestia de asistir a las sesiones de la Cámara de los Lores, de la cual ellos son, por supuesto, miembros por herencia.

[2] El eminente etnólogo judío doctor Alfred Nossig puede tener razón al afirmar que incluso "una sola pequeña gota" de sangre judía pervertirá y confundirá la mente de un ario.

     La Cámara de los Lores incluye un considerable número de judíos sin disfraz y a un señorial rabino, colega de los arzobispos de Canterbury y York, quienes, con todo lo corruptos que ellos son, deben estremecerse cuando tienen que mirarlo. Muchos miembros son judíos que simulan ser británicos o al menos Mischlinge [mestizos]. La mayoría activa de la Casa está ahora en gran parte formada por políticos prominentes que han estado incrementando la nobleza para mal servir a su país. (P. ej., Anthony Eden se convirtió en el conde de Avon y Harold Macmillan fue transformado en Lord Stockton). Un grupo particularmente influyente dentro de la Casa está formado por los "Señores de la Ley" (Law Lords), ennoblecidos juristas y jueces eminentes.

     Según John Tyndall, la actual Cámara de los Lores "consiste en casi la misma colección de débiles liberales, amantes de los judíos y odiadores de Hitler que hay en la Cámara de los Comunes". Existe, sin embargo, una diferencia crucial: que los representantes de la Cámara Baja, tal como los miembros del Congreso estadounidense, saben que si ellos desobedecen a sus amos judíos incluso en el asunto más leve, ellos nunca serán reelegidos, mientras que los Lords no están sometidos a aquella clase de control. Además, la nobleza es todavía una señal de distinción, y un miembro de aquella orden es animado a retener su auto-respeto. Los Lords, incluso los Mischlinge y, parece, hasta algunos judíos, no estuvieron dispuestos a descender a la prostitución notoria mediante la traición abierta, revocando formalmente toda la ley británica y el concepto mismo de legalidad. Por esa razón, la mayoría aplastante rechazó consentir el escandaloso acto de la Cámara de los Comunes.

     Uno que habló en favor de la ley fue Lord Hailsham [1907-2001], que había sido el Ministro de Justicia (Lord Chancellor) y cabeza del sistema legal británico, al que él no deseaba ver subvertido y anulado. En su discurso él denunció la legislación propuesta como absurdos legales, pero entonces él vio a un judío mirándolo con el ceño fruncido, y a pesar de su seguridad como un Lord por el resto de su vida, él se retrajo y se acobardó delante de sus amos, y dijo, en una abyecta disculpa:

        "A veces cuando miro a mis amigos judíos, me pregunto cómo ellos pueden considerarme, como cristiano y como Gentil, excepto con aversión".

     El noble lord no tiene que preguntarse. "Aversión" puede no ser la palabra adecuada, pero él puede estar seguro de que sus "amigos" judíos, detrás de sus sonrisas suaves y palabras lubricadas,

1. Lo consideran con desprecio como un espécimen de una especie inferior de mamífero. Como está insinuado en el "Antiguo Testamento" [3] y explícitamente declarado en el Talmud, sólo los judíos son seres humanos, mientras que los perros, los gatos, los arios, los mongolianos, los semitas, los cerdos, etc., son animales que no pueden poseer propiedades y están a disposición de la única raza de humanos;

[3] En la mayor parte de aquella colección de cuentos, escritos o editados durante o después del siglo V a.C., cuando la religión de los judíos fue drásticamente convertida desde un politeísmo a un henoteísmo [adoración a un dios de entre varios] misógino, los judíos son la preocupación exclusiva de Yahvé, un dios superior a los dioses de las razas inferiores, a quienes él puede dar una paliza cuando ellos se interponen en el camino de sus queridos; pero cuando, probablemente antes del siglo I a.C., los judíos convirtieron su religión en un monoteísmo, siguió como consecuencia que ellos eran la única raza estimada por el único dios. De aquella posición, lógicamente se deriva la doctrina del Talmud.

2. Lo consideran con desprecio por ser tan crédulo como para creer su evidentemente ficticio Holocuento;

3. Lo consideran con un desprecio aún mayor por su imbecilidad moral. Al creer la patraña de que los alemanes gasearon o cocieron al vapor o vaporizaron a seis millones de judíos (kikes), él es tan fatuo que llega a estar emocionalmente disgustado.

      Un ario moralmente sano y racional en su lugar no hubiera hecho más que preguntar si los alemanes no habían sido poco severos al exterminar a seis millones de extranjeros enemigos, miembros de una raza parásita que había declarado oficialmente la guerra contra ellos en 1933 y que estaba incondicionalmente determinada a exterminar a todos los alemanes, sino que también reflexionaría que los alemanes, después de todo, no sólo habían dado a los invasores todas las oportunidades para retirarse, sino que habían hecho grandes esfuerzos, incluso financieros, para ayudarlos a emigrar. Las naciones y las razas viables nunca se sienten responsables de lo que le sucede a otras razas.

      Los judíos, quienes, por mucho que puedan disgustarnos, son ahora la raza biológicamente superior, cuya intensa solidaridad racial y el odio contra todas las otras razas que los une y que permitió a su pequeña tribu de nómadas bárbaros conquistar el mundo en menos de tres mil años, sólo estarían encantados de exterminar a 6 ó 60 millones de arios o semitas o mongolianos.

     Los japoneses, que son una gran nación y piensan de ellos mismos como los Yamato [el grupo étnico nativo dominante de Japón], una "raza especial" (shido minzuku), nunca harían más que encoger sus hombros si ellos hubieran exterminado a seis millones de estadounidenses o vietnamitas o turcos o árabes o chinos, aunque ellos pudieran preguntarse en privado si la política hubo sido equivocada y si disminuyó su prosperidad comercial, y en presencia de extranjeros su habitual cortesía les haría decir: "Muy lamentable. Excúsenos, por favor".

     Lo que es realmente notable, los comunistas chinos, después de que Estados Unidos los instaló en el poder, notoria y sistemáticamente asesinaron al menos a 12 millones de su propio pueblo, pero incluso ni los chinos anti-comunistas tienen rabietas moralistas e imaginan una culpa racial, aunque ellos denuncien la política como destructiva de la cultura china y de la mejor parte, genéticamente, de la población.

     El hecho es que los arios son la única raza afligida por una tonta superstición con respecto a la "santidad de la vida humana" y dada a exhibiciones de moralismo y a lloriquear con respecto a la pérdida de otras razas, incluso hoy, cuando es obvio que el sobrepoblado planeta puede ser salvado para la vida humana sólo mediante exterminios a una escala hasta ahora desconocida y no imaginada.

     En cuanto a eso, hasta los estadounidenses se ponen estúpidamente histéricos cuando la Raza Sagrada es menospreciada. Como comenté hace un momento, cuando los comunistas chinos fueron puestos en el poder por traidores estadounidenses empleados por los judíos, ellos asesinaron a millones de chinos, incluyendo la mejor parte de la nación, pero aunque los estadounidenses realmente tuvieron una responsabilidad moral, ya que ellos entregaron China a los comunistas, ellos realmente no se preocuparon. Algunos estadounidenses expresaron su desaprobación por esas masacres, muy pocos percibieron que China había sido convertida en un enemigo potencialmente formidable que los atacaría cuando fuese oportuno, e incluso menos pidieron una acción preventiva que evitara futuros desastres.

     Cuando el cómplice de Franklin Roosevelt, Stalin, asesinó a 12 millones o más de ucranianos con especial brutalidad, obligándolos a pasar hambre hasta la muerte al confiscar sus cosechas, algunos estadounidenses expresaron su desaprobación, y otros, que no sabían que ellos estaban sub-repticiamente sometidos al gobierno comunista, comentaron acerca de la naturaleza de los comunistas y les temieron, pero ningún estadounidense realmente estaba preocupado, aunque las víctimas fueran congéneres arios, miembros de nuestra raza minoritaria y en peligro. Ningún estadounidense se sintió culpable, aunque él tuviera una responsabilidad moral como miembro de la nación que había salvado y establecido la tiranía judeo-comunista en Rusia [4], y él, como un pagador de impuestos, había trabajado mucho para abastecer y mantener a los inhumanos carniceros.

[4] En 1921 Estados Unidos hizo el primero de sus muchos y costosos esfuerzos para subvencionar y perpetuar en el poder al régimen judeo-comunista que había sido impuesto por banqueros judíos sobre los desafortunados rusos.

4. Lord Hailsham puede estar seguro de que sus "amigos" judíos lo consideran con especial desprecio porque él, un inglés, ciudadano de una nación que durante siglos ha mimado a sus invasores, siente culpa por lo que él imagina que los alemanes hicieron a los judíos [kikes] que habían invadido su país.

     Sólo los británicos y los estadounidenses están tan mentalmente confundidos y moralmente pervertidos que ellos sienten una culpa racial porque (ya que se les ha hecho creer aquello) sus congéneres arios, los alemanes, exterminaron a unos pocos millones de extranjeros de una raza enemiga en su territorio. El exterminio puede haber sido poco aconsejable e incluso cruel, pero sería un asunto para que los alemanes consideraran y en absoluto sería un asunto nuestro, ya que de ninguna manera participamos en dicha supuesta acción.

     Aquella mórbida perversión de la moralidad merece el desprecio de cada uno que, sin importar su raza, no haya perdido todo contacto con el mundo real. Aunque los judíos felizmente saquen ganancia de la estupidez moral, ellos la reconocen como una manifestación de la inferioridad biológica de sus víctimas.

     Si el recientemente ennoblecido Lord Hailsham [5] quisiera sentirse culpable, él, como un inglés y ario, podría haber asumido racionalmente una carga insoportable de culpa por delitos atroces:

[5] Él era el "Muy Honorable" [un título] Quintin McGarel Hogg antes de que él fuera hecho un Life Peer [miembro de la Cámara de los Lores cuyo título muere con él], es decir, de que se le hubiera dado una especie de nobleza de segunda clase que no será hereditaria ni pasará a sus herederos. [Aquí yerra en parte el señor Oliver, pues Hogg era el segundo vizconde de Hailsham, hijo de Douglas Hogg, primer vizconde. Quintin Hogg renunció a su título en 1963, pero en 1970 aceptó el título de barón Hailsham. NdelT.].

1. Como un pequeño ejemplo de miles, él compartió la culpa nacional porque un judío [sheeny] en uniforme británico había sometido a Rudolf Hœss [comandante de Auschwitz, 1940-1943] a torturas diabólicas durante tres días enteros para arrancar de una masa rota y deshumanizada de carne temblorosa una "confesión" mentirosa que pudiera ser usada para hacer aceptar la estafa mundial llamada el "Holocausto" [6]. El judío [sheeny], desde luego, estaba simplemente obedeciendo los instintos sádicos de su raza y el odio venenoso hacia todas las otras razas que es el secreto del poder asombroso de su raza y de sus triunfos sangrientos, pero él fue capaz de hacer eso sólo porque los británicos permitieron, alentaron y apoyaron un sadismo que los arios no degenerados por instinto consideran con repulsión como salvajismo. Ahora multiplique aquel ejemplo por unos miles de casos específicos de culpa comparable.

[6] Véase al doctor Robert Faurisson, "How the British Obtained the Confessions of Rudolf Höss", Journal of Historical Review, VII (1988), pp. 389-403 http://www.ihr.org/jhr/v07/v07p389_Faurisson.html

2. Como un inglés él compartió la culpa por uno de los crímenes más atroces de la Historia registrada: la culpa sangrienta por la muerte o la mutilación de todos los civiles británicos, hombres y mujeres, que resultaron muertos o mutilados por las incursiones de bombardeo realizadas por aviones y cohetes alemanes. De los hechos no hay ninguna duda posible. El principal secretario del Ministerio del Aire británico, J. M. Spaight, se jactó en 1944 de la brillante estrategia británica para llevar a cabo bombardeos secretamente intensivos de ciudades abiertas alemanas a fin de matar a tantos no combatientes alemanes, hombres, mujeres y niños inocentes, que Hitler se viera forzado a responder con incursiones de bombardeo que matarían a suficientes civiles británicos, hombres, mujeres y niños inocentes, para generar el entusiasmo por una guerra artificial contra los alemanes, quienes se mostrarían así tan bárbaros que ellos [los ingleses] bombardearían ciudades abiertas, en flagrante violación de los muchos tratados solemnes entre las naciones de Europa y de todos los cánones de la guerra civilizada sancionada por nuestro sentido racial de decencia y honor, que requiere que nosotros no actuemos contra los no combatientes en la guerra.

     De la verdad espantosa de la jactancia de Spaight no puede haber ninguna duda; los hechos están establecidos por las fechas relativas de los ataques de bombardeo contra ciudades abiertas en Alemania y Gran Bretaña.

     No puede haber ningún crimen más vil y repugnante que el crimen de un gobierno que concibe la muerte y la mutilación de miles de personas de su propio pueblo para obtener su participación voluntaria en una guerra para su propia destrucción. Y por este crimen atroz y nauseabundo, los judaizados británicos perdieron todo derecho a ser considerados como una nación civilizada [7].

[7] El terrible crimen fue realizado en secreto y sin el conocimiento de los británicos, es verdad, y la nación en conjunto podría haber evitado la responsabilidad moral de ello colgando a Churchill, al mariscal del aire sir Arthur Harris, al señor Spaight, y a otros autores de la "gran estrategia" cuando los hechos llegaron a ser conocidos. Eso los británicos no lo hicieron; ellos, de ese modo, asumieron la culpa como nación e involucraron en aquella culpa a cada británico que era adulto entonces.

3. Como un inglés, él fue culpable de la muerte de cientos de miles de hombres y mujeres ingleses que, como soldados o civiles, fueron muertos en una guerra insana y suicida para apaciguar la monstruosa egomanía de un borracho medio inglés, que sirvió como un lacayo para sus amos judíos, y que mantuvo en secreto todas las ofertas de paz y de preservación de Gran Bretaña y su Imperio hechas por Adolf Hitler en su ansiedad por evitar la destrucción de un Imperio que él reconocía como indispensable para el equilibrio del mundo. La culpa de Churchill incluye la obscena traición por la cual Rudolf Hess fue atraído a Gran Bretaña, encarcelado y torturado, en violación de todos los estándares prácticos de la guerra, observados hasta por los bárbaros, que garantizan la seguridad de un enviado invitado [8]. Llamar a Churchill una bestia sería difamar a todos los cuadrúpedos. La culpa inexpiable fue aumentada por la de todos los gobiernos sucesivos de Gran Bretaña, que mantuvieron a Hess encarcelado bajo condiciones inhumanas hasta que el gobierno de la Primera Ministra Maggie finalmente asesinó al avejentado y casi indefenso anciano en un vano esfuerzo para conservar el brutal secreto.

[8] Vea David Irving, La Guerra de Churchill, vol. I, Bullsbrook, Australia, 1987, pp. 557-562.

4. Y si la carga de la culpa por crímenes satánicamente depravados contra su propio pueblo no fuera suficiente para Lord Hailsham, él específicamente compartió la culpa por la agonía y la muerte de todos los miles de sus congéneres arios, hombres, mujeres y niños inocentes, que perecieron en el flamígero holocausto de Dresden [9] y otras ciudades abiertas bombardeadas por ingleses que habían dejado de ser humanos.

[9] Vea David Irving, La Destrucción de Dresden, Nueva York, 1964.

5. Como un inglés, él además compartió la culpa por todas las vidas perdidas en aquella guerra, la cual los judíos y su monstruo en la Casa Blanca podrían haber concebido sin usar a Gran Bretaña como la pata del gato.

6. Él compartió la culpa... pero ¿para qué continuar? Una crónica de la culpa británica por lo que ellos como nación realmente hicieron a miembros de su raza en el extranjero y a su propio pueblo requeriría un resumen de la historia británica desde 1914.

     Pero de toda la verdadera culpa que Lord Hailsham podría haber tomado como una carga aplastante sobre sus propios hombros, él no dijo ni una sola palabra, sino que prefirió sentir una culpa idiota por algo que nunca había sucedido y en lo cual Gran Bretaña no se ha dicho que haya tenido parte. Y, al hacer eso, él se arrastró como un perro callejero sarnoso y muerto de hambre a los pies de sus amos extranjeros.

     Uno de los miserables paniaguados que garabatean para los judíos en periódicos que son británicos sólo en el sentido de que ellos son impresos en Gran Bretaña, citó las palabras auto-degradantes del Lord, que transcribí encima, y opinó: "Él estaba hablando seguramente en nombre de cada persona juiciosa de tradición cristiana".

     No podría haber ninguna prueba más clara de que la religión de misterio de los judíos, una sífilis espiritual, ha podrido las mentes de nuestra raza y ha inducido la parálisis de nuestra voluntad de vivir.–






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