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domingo, 20 de diciembre de 2015

Sobre Noticias de las Tribus Perdidas



     Especializado en contar historias, en su mayoría falsas, el funesto personaje que se llamó Simón Wiesenthal (1908-2005), mitómano patológico que cobró notoriedad mundial después de la Segunda Guerra como "cazador" de gente que colaboró con el régimen del héroe Adolf Hitler, extrañamente publicó en 1972 un libro de temática histórica titulado Segel der Hoffnung. Die geheime Mission des Christoph Columbus (Velas de Esperanza), que fue publicado en castellano el año siguiente como Operación Nuevo Mundo. La Misión Secreta de Cristóbal Colón, del cual presentamos ahora su capítulo segundo. Lo hacemos porque aquí da diversas noticias que se manejaban desde la Edad Media en adelante acerca de la existencia de judíos dispersos por el mundo, entre ellas la del reino de los jázaros y del reino del famoso Preste Juan, además de las que mencionó Marco Polo. Toda esa información era manejada por Colón, de quien Wiesenthal asegura en su libro que pertenecía a la tribu judía. Se trata entonces este capítulo de un resumen pedagógico de ciertos relatos e informes que hicieron soñar a muchos en tiempos anteriores, durante la intoxicación por el judaísmo bíblico.




II. LA ESPERANZA


     En las últimas décadas del siglo XV, las de los grandes viajes de descubrimiento, entró en contacto con los judíos españoles un aventurero, Cristóbal Colón, que conocía muy bien sus nostalgias y sus creencias: un hombre que afirmaba poder llegar a las Indias por el camino de Occidente, surcando la mar, y que buscaba apoyo para tal empresa. Las Indias... Este nombre tenía entonces una resonancia mágica, y no sólo para los mercaderes hebreos. Evocaba la posibilidad de trabar relación con los habitantes de aquel remoto país. Mas ¿quiénes eran ésos para los judíos, y aun para algunos círculos no judíos?.

     El patriarca Jacob tuvo doce hijos: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, José y Benjamín. Sus respectivos descendientes constituyeron las tribus de Israel, asentadas en territorios de Palestina claramente delimitados unos de otros. Las vicisitudes de la historia hebrea llevaron a la formación de dos reinos: el de Judá, al Sur, compuesto tan sólo de las tribus de Judá y de Benjamín, y el de Israel, al Norte, mucho mayor e integrado por las restantes diez tribus.

     Unos setecientos años antes del inicio de la Era cristiana, los reyes asirios Teglatfalasar III y Salmanasar V desencadenaron contra el reino de Israel una asoladora campaña de conquista. Tras ocuparlo por entero, a excepción de la capital, Samaria, deportaron a sus habitantes a Babilonia. A la muerte de Salmanasar, su sucesor Sargón II puso sitio a Samaria, que le resistió por espacio de tres años. Los supervivientes fueron también deportados. En el Libro de los Reyes se refiere que Sargón los «llevó cautivos a Asiria, obligándolos a vivir en Galac y Jabor, junto al río Gozán, y en las ciudades de la Media». Se trata de lejanas provincias orientales del Imperio asirio. Las inscripciones cuneiformes conservadas en monumentos del reinado de Sargón II nos dan cifras parciales. Solamente de la ciudad de Samaría cayeron en cautiverio 27.290 personas. El número total de los deportados del reino de las diez tribus no se conoce, pero, a juzgar por datos como el anterior, debió ser considerablemente crecido.

     El territorio del ex-reino de Israel fue repoblado con asirios, babilónicos y arameos, que no tardaron en mezclarse con los escasos restos de la población autóctona, tomando muchos de sus ritos y costumbres. De ahí nació un nuevo pueblo, el de los samaritanos, que aún hoy viven, en número muy reducido, en la misma región.

     Por obra de los reyes asirios, pues, vinieron a regresar los más de los israelitas a su tierra de origen, Caldea, de donde, en parte, irían corriéndose aún más hacia el Este. Unos acabaron asimilándose a los pobladores locales, otros se mantuvieron fieles a la ley de Moisés.

     También el reino de Judá tuvo un final trágico. Conquistado por Nabucodonosor, sus habitantes fueron asimismo deportados a la región comprendida entre el Tigris y el Éufrates. Pero 150 años más tarde, en 537 a.C., pudieron volver a Palestina. Con ellos se repatriaron los pocos israelitas que habían perseverado en su fe.

     Todos los judíos que se hallan hoy diseminados por el mundo —y también los de España en la Edad Media— proceden de las dos tribus del Sur. Las otras diez tribus parecen haberse esfumado en el aire. Se han perdido para el judaísmo.

     Los judíos nunca han vivido sin patria. La llevan consigo dondequiera que estén, por miles de kilómetros y años que los separen de Palestina. Los preceptos y preces del judaísmo se la recuerdan día tras día y alimentan su esperanza de regresar a la Tierra de Promisión. Tampoco han olvidado jamás a sus hermanos de las otras diez tribus, recuerdo que fue particularmente vivo a fines del siglo XV, cuando las persecuciones de la Inquisición. En aquellos años de prueba se aferraban a cualquier rumor, a cualquier habladuría, a cualquier leyenda, por inverosímil que fuese. No tenían ningún interés en discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo quimérico. Necesitaban ilusiones, aunque las supieran tales, para que no pereciesen sus almas. De ahí que se dieran entonces como nunca a pensar en las diez tribus perdidas. Quizá llegara pronto la hora en que, emergiendo de las sombras de la Historia, se darían a conocer a sus hermanos perseguidos para acogerlos a su lado, para abrirles la puerta de países donde ya no serían huéspedes de paso sino condueños. Un pueblo amenazado y sin patria como era el de los judíos mira anheloso a lo lejos, a tierras de las que apenas sabe nada, pero que precisamente por ello mismo les despiertan las más vivas esperanzas. Tal vez habitaran allá los israelitas deportados tras la destrucción del primer templo.

     Las partes remotas del incompleto mundo medieval no se conocían sino por mapas imprecisos y por los relatos de marineros y mercaderes en los puertos, quienes contaban que en Oriente vivían hebreos que no sólo eran libres, sino que incluso pertenecían a las clases privilegiadas o regían territorios. La noticia de la existencia de principados hebreos caló tanto en los ánimos, que ha seguido dando pie a especulaciones hasta tiempos recientes.

    Quien se ve abocado a la emigración hace memoria de qué parientes tiene en el extranjero que puedan ayudarlo. Es un reflejo no específico de los judíos sino común a los emigrantes de todas las naciones y de todos los tiempos. Pero los judíos, que desde hace dos mil años, o están para huír de alguna parte, o acaban de llegar fugitivos a otra, lo poseen en grado sumo. Todo hombre perseguido necesita forjarse ilusiones, y cuanto más desesperada sea su situación actual, tanto más ciegamente esperará que un día llegarán a convertirse en realidad.

     Advirtamos, por otra parte, que las cábalas sobre los habitantes de países lejanos no siempre eran pura invención. A menudo se trataba de leyendas difundidas por prestigiosos sabios y rabinos, atentos a mantener viva la llama de la esperanza en sus comunidades. La de los reinos fundados en tal o cual lugar del vasto mundo por las diez tribus perdidas fue quizá la que caló más hondo. Dónde terminaron asentándose verdaderamente las tribus israelitas errantes —si en los desiertos de Arabia, si en la India, si en la China o más allá aún— sigue siendo todavía hoy un enigma histórico, pese a los esfuerzos seculares de un sinfín de investigadores por esclarecerlo, reflejados en los consiguientes escritos.

     Recientemente, cuando Israel existía ya como Estado, han ido al mismo judíos de Cochin, región de la India, los Bnei Israel («hijos de Israel»), y se han obtenido informaciones sobre los judíos amarillos de la China, minúsculas comunidades que algunos han considerado como los últimos restos de las diez tribus israelitas. Otros investigadores han sostenido que de Asia, cruzando el mar de Bering, pasaron en parte a Alaska, y a partir de allí se diseminaron por América del Norte, de modo que se habrían aposentado ya en América mucho antes de que Colón la descubriera. Volveremos sobre esta cuestión más adelante.

     Por desgracia, no se conservan suficientes documentos para poder demostrar, sin lagunas, la añoranza de las dos tribus de Judá por las diez desaparecidas. Los primeros testimonios que poseemos se remontan al siglo IX. Pocas dudas caben, sin embargo, acerca del interés que existía por los hermanos perdidos y de ciertas tentativas hechas para encontrarlos —que podemos documentar a partir del siglo IX—, y que descansaban ya entonces en una tradición plurisecular.

     Detengámonos un poco en esa cuestión; por una parte, porque los detalles de la búsqueda de las tribus israelitas son hoy algo poco menos que desconocido, y, sobre todo, porque tuvo que ver, a mi juicio, con las circunstancias que rodearon el descubrimiento del Nuevo Mundo. Para probarlo, he de exponer ante todo qué sabían y pensaban en el siglo XV los judíos y marranos acerca de las diez tribus de Israel, y qué significaba para ellos su descubrimiento.

     Desde la expulsión de Palestina hasta el siglo IX, se tienen muy pocos datos sobre la vida de los judíos. En contraste con los tiempos de Cristo y precedentes, no nos ha llegado de aquel período ninguna crónica del judaísmo. Podemos estar ciertos, sin embargo, de que la idea de la existencia de territorios israelitas estuvo constantemente en el ánimo de los judíos desde la misma Diáspora, y así mismo de que ya antes del siglo IX hubo viajeros judíos que informaron oralmente y por escrito de sus aventuras, alimentando así la fe y la esperanza y las ilusiones de sus correligionarios.

     Pero vayamos a nuestro tema: las creencias de los judíos españoles del siglo XV. No interesa aquí someterlas a crítica para averiguar en qué medida se fundaban en hechos comprobables. Tampoco se trata de establecer hasta qué punto merecen crédito los testimonios y escritos que les dieron pábulo. Importa tan sólo subrayar que, para el espacio de tiempo comprendido entre los siglos IX y XV, las especulaciones sobre las tribus de Israel están sólidamente documentadas. Menudearon tanto —incluso entre la población cristiana—, que se acabó por creer a pies juntillas en la realidad de dichos territorios hebreos.

     La sensación del siglo IX, para decirlo a la manera actual, fue la llegada a España de un hombre que afirmaba llamarse Eldad had-Dani y pertenecer a la tribu de Dan, o sea, a una de las diez tribus perdidas. En las obras históricas se le conoce por Eldad el Danita. Los judíos españoles vieron en él un enviado de lejanas tierras que venía a informarse sobre las tribus de Judá. Al parecer, había estado antes en Egipto, en África del Norte y en Marruecos, y probablemente también en Francia y en Italia. Las noticias que trajo consigo ocuparon el primer plano de la actualidad por espacio de décadas. Eldad es uno de los hebreos más enigmáticos de toda la Edad Media. Fue él, sin duda alguna, quien dio nuevo impulso a las cabalas y fantasías de los judíos del área mediterránea. Lo que contaba parecía verosímil. Las preguntas de los sabios, por arduas que fuesen, nunca lo ponían en dificultades. Eso sí, sus informaciones geográficas son tan escasas como las de los mapas de entonces.

     Según las mismas, las tribus de Dan, Neftalí, Gad y Aser habrían fundado un reino llamado Hawila más allá de los grandes ríos de Abisinia. Las otras seis habrían permanecido en Asia: la de Isacar, dijo, paraba cerca de Persia, y la de Zabulón en las sierras de Paran, desde donde iba y venía, a lo nómada, por las llanuras del Éufrates; la de Rubén, dada al bandidaje, hacía inseguro el camino de La Meca a Bagdad; la de Efraín habitaba en las montañas de Nejd, no lejos de La Meca; la de Simeón y la mitad de la de Manases, en el país de Kardim. El Danita mencionó aún el reino de los jázaros, e indicó algunas distancias; el viaje de Jerusalén a Kardim, por ejemplo, duraba seis meses.

     Tuvo que satisfacer además la curiosidad de los rabinos y escribas acerca de otro extremo: qué ritos y hábitos religiosos mantenían las tribus dadas por perdidas. De cuestiones raciales, en cambio, no se habló en absoluto. Lo único que interesaba a los judíos de aquel tiempo era la perseverancia en la ley de Moisés.

     Las revelaciones de Eldad el Danita ocupaban todavía a los eruditos judíos en la segunda mitad del siglo XIX. Claro está, éstos pudieron considerarlas de un modo más crítico que los de la Edad Media, pues disponían de muchas más fuentes documentales con que confrontarlas. Pero a nosotros no nos importa el juicio de los modernos sino el de aquellos siglos oscuros. Si al principio pocos consignaron su opinión —así Abraham ibn-Esra—, después fue apareciendo sobre el tema una abundante literatura. Con el relato de sus experiencias, el Danita había tocado las fibras más sensibles de los judíos. De ahí que los estudiosos tuvieran tanto afán por aquilatarlas. Pues bien, ni los más escépticos lo catalogaron como un vulgar charlatán. Y no es de extrañar: los propios investigadores científicos del siglo pasado llegaron a la conclusión de que el Danita había estado de veras en contacto con sectas hebreas existentes aún a la sazón en la Arabia meridional, en Abisinia y en otras partes de Asia y de África.

     Los ritos por él descritos han persistido hasta hoy en el seno de una secta hebrea de Etiopía, la de los falachás. Cuando estuvo allí el Danita, los falachás eran la tribu dirigente del reino de Gondar. La hasta hace poco dinastía etíope tiene su origen en el enlace del rey Salomón y la reina de Saba, y el negus Negesti, el Emperador, lleva el título de «León de Judá». Inmigrantes hebreos y árabes llegaron en tiempos antiguos a la meseta de Etiopía a través del mar Rojo y se establecieron en ella. Los colonos hebreos perdieron luego el contacto con el judaísmo, de modo que no participaron en absoluto en el desarrollo de sus corrientes. Poco a poco fueron formándose sectas cristiano-judaicas con elementos comunes a ambas religiones, pese a que menudeaban, por otro lado, las luchas entre uno y otro grupo por el poder.

     Para nuestro estudio tiene también interés la descripción que hace el Danita de los países donde habitaban las tribus de Israel. Según él, abundaban en oro y en riquezas naturales, especialmente Porainoth y Parwaim, que califica de «dorados». Siglos después hallamos las mismas expresiones en las propuestas de Colón a los reyes de Portugal y España. Los incentivos con que trató de moverlos no chocaron nada ni a los judíos ni a los cristianos. Entre éstos venían circulando las cartas apócrifas del Preste Juan, legendario Emperador de un reino cristiano en África. Que también Colón las conocía está fuera de dudas, pues al margen de un libro que le perteneció, Ymago Mundi, hay anotado de su puño y letra: «Preste Juan».

     Las cartas apócrifas del Preste Juan al Emperador Federico II y al Papa datan del siglo XIII, y eran conocidas de los intelectuales. Han de entenderse como una especie de anti-propaganda contra los relatos del Danita para poner en claro que, por doquier, los judíos estaban sometidos a la autoridad cristiana y no eran soberanos en parte alguna. Los investigadores de los siglos XIX y XX, confrontando los textos, han podido demostrar de un modo concluyente que los principales pasajes de las cartas del Preste Juan guardan relación con las noticias aportadas por el Danita. Sus descripciones geográficas se corresponden punto por punto con las de los relatos de este último. De ahí que las cartas del Preste Juan, publicadas dos siglos después de dichos relatos, redundaran paradójicamente en darles nueva actualidad entre los judíos. Confirmaron que el Danita tenía razón.

     Actualidad que, en rigor, nunca les faltó, simplemente porque los judíos se hallaban siempre en medio de o ante un período de persecución o acababan de dejarlo atrás. Nunca se sabía cuánto iba a durar el favor del soberano. La tolerancia prometida podía cesar de la noche a la mañana. Las noticias de discriminaciones en otros países hacían temer que se extendieran al propio. Tal estado de inseguridad alimentó de continuo el anhelo por entrar en contacto con las tribus perdidas. Los judíos españoles de la Edad Media hablaron de ese tema día tras día, año tras año. Las gentes de mar cuidaron de que no se agotara con sus noticias sobre lejanas tierras donde había grupos de origen hebreo.

     Buena prueba del interés de los judíos españoles por las tribus de Israel es la embajada de Hasday ben-Saprut a José, rey de los jázaros. Hasday ben-Saprut fue, de hecho, el ministro de asuntos exteriores del primer califa cordobés, Abderramán III, no oficialmente, pues por la segunda mitad del siglo X los pasajes anti-hebreos del Corán pesaban aún mucho en la Península Ibérica, lo cual no impedía, con todo, que musulmanes y judíos convivieran en paz. Aunque nunca le concediese el título de visir, Abderramán lo tenía en gran estima, hasta el punto de que, además de las relaciones diplomáticas con los principados y reinos extranjeros, puso también en sus manos el comercio y las finanzas.

     Hasday ben-Saprut procedía de una distinguida familia hebrea de la ciudad de Córdoba, sede del califato, y dominaba varios idiomas extranjeros, entre ellos el latín, la lengua diplomática de entonces. De ahí que formase parte de su cometido recibir a los embajadores extranjeros y presentarlos al califa, tras las conversaciones preliminares de rigor. Tal circunstancia le permitió estar al corriente de la situación de los judíos no sólo en la Península Ibérica, sino asimismo en los numerosos Estados con que el califato tenía relaciones diplomáticas, en su mayor parte cristianos. Sabía, pues, que incluso allí donde se les toleraba, eran objeto de un trato discriminatorio, por muchos y buenos servicios que hubiesen prestado a los gobernantes.

     Con quien más a menudo se entrevistó fue con los representantes de las dos grandes potencias de la cristiandad: Bizancio y el Sacro Imperio Romano-Germánico. El Emperador bizantino Constantino VIII hizo lo posible por estar en buenas relaciones con el poderoso califato de Córdoba, ya que se sentía amenazado por los del Próximo y Medio Oriente. También las tuvo por deseables el Emperador germánico Otón I. Hasday aprovechó los coloquios con los diplomáticos de aquellos Imperios para interceder por los judíos que vivían en los mismos. Pero el afán por ayudar a sus correligionarios lo empujó a ir más allá de tal mediación. Comprendiendo que si se los menospreciaba y humillaba tanto por todas partes era porque pertenecían a un pueblo sin patria, intentó dársela. Conocía muy bien los relatos del Danita, venido a España pocas décadas antes. Los bizantinos le confirmaron que el reino de los jázaros existía realmente, a orillas del mar Negro, y que tenía al judaísmo por religión oficial. He ahí la posibilidad de una patria para los judíos. Ben Saprut, hombre de acción, trató de asirla.

     El origen de los jázaros es aún hoy objeto de debate. Para unos, se trata de una tribu ugro-finesa, emparentada con los búlgaros, los avaros y los magiares; para otros, de un pueblo turco. Tras la ruina del Imperio de los hunos, se establecieron en los confines entre Asia y Europa, en las riberas del Volga y del mar Caspio. Guerreaban sin cesar con sus vecinos. Los persas intentaron protegerse de ellos cerrando los pasos del Cáucaso. Pero, al hundirse el Imperio persa, los jázaros los atravesaron, devastaron Armenia y conquistaron la península de Crimea, conocida después durante largo tiempo como Jazaria. Los bizantinos los temían tanto, que, para mantenerlos lejos de Constantinopla, les pagaban tributo. También los príncipes de Kiev. Estaban en permanente estado de guerra con los pueblos árabes de aquella zona.

     La orden dada en el año 723 por el Emperador bizantino León III Isaurio de que todos los judíos se convirtieran al cristianismo impulsó a muchos a buscar refugio en el reino de los jázaros. Entre los que así lo hicieron, predominaban los médicos, los comerciantes y los artesanos. Otra gran oleada migratoria se produjo en la segunda mitad del siglo IX, a consecuencia de las crueles persecuciones que desencadenó Basilio I el Macedonio al grito de «¡Bautismo o muerte!». Los fugitivos de ese período hallaron ya constituídas en el reino de los jázaros numerosas colonias hebreas, sobre todo en Tiflis, en Kertch y en la comarca de la actual Sebastopol. En el extenso territorio dominado a la sazón por los reyes jázaros —iba del mar Caspio hasta el Dniéper—, convivían pacíficamente cristianos, musulmanes y judíos. Estos últimos desempeñaban un importante papel, así en la economía como en la política.

A mediados del siglo XIII, el rey —el Sah-kan Bulan— y la capa superior de los jázaros abrazaron la religión judaica. No poseemos datos precisos al respecto, pero el historiador árabe Massudi escribe que la nación jázara se adhirió al judaísmo en tiempo del califa Harún al-Raschid. Justamente por entonces se inició la expansión de los jázaros desde el mar Caspio hacia Europa. En el curso de un avance ininterrumpido, sus huestes fueron engrosándose más y más con elementos de las tribus y poblaciones que se sometían, para mayor espanto de los pueblos vecinos.

     Anteriormente, el califa de Bagdad y el Emperador de Bizancio habían intentado convertir a los jázaros a sus respectivas religiones. Entre los jázaros existió la tradición de que Bulan, tras informarse sobre el islamismo, el cristianismo y el judaísmo, se había dedicido por esta última fe al advertir que era la raíz de las otras dos. El sucesor de Bulan, Abdías, estableció una ley por la que todos los futuros sah-kanes debían profesar el judaísmo. Buscó contactos con los judíos de los países árabes, pero a la vez se propuso dar ejemplo de tolerancia en el trato a sus súbditos no hebreos. Entre los jázaros había muchos musulmanes: el ejército estaba compuesto en su mayor parte de mercenarios fieles al Islam. No se ejerció sobre ellos ninguna presión para que se convirtieran al judaísmo. Ni tampoco sobre los otros disidentes. De los siete jueces que formaban el tribunal supremo, dos eran hebreos, dos musulmanes, dos cristianos y uno pagano —para entender en las causas de rusos y búlgaros.

     Tras la conversión de Bulan al judaísmo, el mando militar fue ejercido por hebreos. En vista del ímpetu bélico de los jázaros, los eslavos del Sur de Rusia y el Imperio bizantino se aliaron para contenerlos. Estalló una guerra, que terminó con la victoria de los jázaros, acaudillados por el general hebreo Pessach: los eslavos y los bizantinos, los vencidos, tuvieron que comprometerse a pagar en adelante tributo al sah-kan; los eslavos, particularmente, quedaron sujetos a duras condiciones de vasallaje.

     Cuando, a mediados del siglo X, el Emperador de Constantinopla inició nuevas persecuciones contra los judíos de Bizancio, el sah-kan José le envió una embajada amenazándolo con tomar represalias contra los griegos cristianos residentes en su reino en caso de que prosiguieran. Tal ultimátum no dejó de surtir efecto.

     En esa coyuntura fue cuando se produjo la conocida tentativa de Hasday ben-Saprut de entrar en contacto con los jázaros.

     El hombre llevaba ya varios años recogiendo información sobre ellos. Por fin, persuadido del interés de la cuestión, puso al corriente a la comunidad hebrea de Córdoba. El prestigio de que gozaba en la misma —era uno de sus jueces— determinó que se le diera pleno crédito. Las referencias de Hasday causaron enorme impresión entre los judíos, no sólo de Córdoba, sino de toda España. Claro está, la confirmada realidad del reino de los jázaros reavivó la fe en todos los otros de que había hablado el Danita. De aquél se divulgaron muchos detalles: que estaba a quince jornadas de Constantinopla; que su rey llevaba el título de sah-kan y se llamaba José; que tenía relaciones diplomáticas, e incluso comerciales, con Bizancio...

     Por fin, a mediados del siglo X, Hasday ben-Saprut se decidió a establecer lazos con los jázaros mandando un mensaje a su sah-kan. Dada la situación de entonces, ello le pareció particularmente aconsejable por haber venido en conocimiento de que José intentaba ayudar con medidas políticas a sus correligionarios de allende el Cáucaso. Creía, por otra parte, que el establecer contacto con el reino de los jázaros serviría para demostrar la existencia de países donde los judíos no tan sólo eran huéspedes, sino dueños, cosa que sin duda habría acrecido sobremanera el prestigio de los judíos, también en el Occidente cristiano.

Así pues, Hasday redactó un mensaje para el sah-kan José y confió la misión de llevarlo a un amigo íntimo, Isaac ben-Nathan, no sin antes proveerle de abundantes medios. Habiendo de partir entonces para Constantinopla un emisario del califa, Abderramán lo autorizó a viajar con él hasta aquella ciudad, e incluso escribió una carta al Emperador de Bizancio rogándole que facilitara al mensajero de su favorito la continuación del viaje hacia el país de los jázaros.

     Sin embargo, por motivos que aún hoy no se conocen a ciencia cierta, Isaac ben-Nathan fue retenido medio año en Constantinopla y devuelto luego a España con una carta en la que los bizantinos informaban a Hasday ben-Saprut que no podían permitir a su enviado el viaje a la otra orilla del mar Negro por ser demasiado peligroso. Probablemente el auténtico motivo fue otro: en Bizancio no debía tenerse por conveniente una relación entre el califato de Córdoba y el reino vecino; tampoco interesaba que los judíos entraran en contacto con sus correligionarios.

     Como ya sabemos, la existencia del reino de los jázaros había sido revelada a los judíos españoles por Eldad had-Dani algunas décadas antes. Había hablado de una escabrosa cordillera donde vivían dos tribus y media israelitas, descendientes de Abraham por Simeón y Manasés, de un reino tan poderoso, que muchos pueblos extranjeros debían pagarle tributo. El testimonio del Danita era bien conocido por el «ministro de asuntos exteriores» del califa cordobés, Hasday ben-Saprut. Lo evidencia su mensaje al sah-kan José, en el que se lee: «En tiempo de nuestros padres vino a España un hombre de la tribu de Dan que hablaba hebreo». No cabe duda de que aludía a Eldad had-Dani.

     Pocos años después del fracaso de aquella tentativa en que había puesto tantas esperanzas, en 953, llegó a Córdoba una embajada del rey eslavonio Hunu. Formaban parte de la misma dos judíos, Mar Saúl y Mar José, indicio del buen trato dispensado al pueblo hebreo en aquel país del Danubio. Mar Saúl y Mar José afirmaron estar en relación con el reino de los jázaros: no hacía mucho que uno de los suyos, Mar Amram, lo había visitado, siendo recibido con grandes honores. Se ofrecieron para hacer llegar al sah-kan José el mensaje de Hasday ben-Saprut a través de los judíos residentes en Hungría, Bulgaria y Rusia.

     Hasday les entregó una carta redactada en hebreo clásico, cuya copia se conserva aún. Constituye un documento histórico de inapreciable valor. El político cordobés habla en ella de los hermanos que vivían en el exilio español. Tenía, pues, a los jázaros por miembros de alguna de las diez tribus de Israel. Tras describirles España, las características de la dinastía de los omeyas y las condiciones de vida de los judíos en su reino, subrayaba que su carta no obedecía a la curiosidad sino a la necesidad de averiguar si existía en el mundo algún país donde Israel fuera libre. «De ser así, despreciaría todos los honores, renunciaría a mi posición, abandonaría a mi familia, atravesaría montañas y valles, tierras y mares, hasta poder postrarme a los pies de mi rey de la tribu de Israel y alegrarme de su grandeza y admirar su poderío». Preguntaba a continuación de cuál de las diez tribus procedían, si guerreaban en sábado, si tenían por lengua el hebreo, y cuándo se consumaría, a su juicio, la liberación de Israel. No olvidó referirse, con doloridas palabras, a cómo se humillaba día tras día a los judíos diciéndoseles: «Todos los pueblos forman un reino unido; vosotros, en cambio, estáis privados de independencia».

     El historiador hebreo Heinrich Graetz ha escrito acerca de ese documento: «Así dirigió el representante de los judíos en el Extremo Occidente de Europa su salutación fraternal a los judíos en el trono».

     A través de muchos intermediarios, la carta de Hasday ben-Saprut terminaría llegando, en efecto, a manos de José, duodécimo sah-kan judeo-kázaro desde Bulan, el monarca que había abrazado la religión judaica. Y se conserva el escrito con que respondió aquel rey que tenía su residencia en una isla del Volga. Si bien su autenticidad es aún objeto de controversias entre los estudiosos, los más se inclinan por admitirla. También en hebreo, parece que José lo hizo redactar por un doctor de la ley. El sah-kan empezaba por comunicar a Hasday ben-Saprut que los jázaros no descendían de ninguna de las diez tribus de Israel, sino que se habían convertido al judaísmo: sus tribus afines eran los avaros, los usos, los tarnios, los búlgaros, los sabires y otros pueblos originarios de la Escitia que habían venido a establecerse en Hungría y a lo largo del Danubio inferior. Relacionaba luego los sah-kanes posteriores a Abdías, todos los cuales habían llevado nombres hebraicos: Chiskia, Manases I, Chanukka, Isaac, Zabulón, Manases II, Nissi, Menachem, Benjamín y Aarón, su padre. Más adelante decía estar en relación con los judíos de Jerusalén y con las escuelas superiores de Babilonia. Finalizaba la carta invitando a Hasday ben-Saprut a visitar su reino.

     El misticismo había echado hondas raíces entre los sefarditas. No era pura evasión, un intento de eludir la triste realidad transportándose a un plano más alto, sino que respondía también a la pervivencia de corrientes mesiánicas.

     La carta de Hasday ben-Saprut al sah-kan José lo pone de manifiesto. Todos los historiadores coinciden en interpretar en tal sentido el interés que demuestra por la existencia de un reino israelita. Y las esperanzas que despertó aquel episodio están henchidas también de mesianismo. Del mensaje del político cordobés y la respuesta del sah-kan se hicieron en los siglos siguientes, sobre todo en el XIII, gran número de copias, cuyos redactores interpolaban en el texto original glosas místicas adecuadas a la situación del momento. Tales escritos mantuvieron siempre actual el tema y configuraron las ideas de los judíos sobre presuntos Estados hebreos enclavados en el corazón de Asia con el que el reino de los jázaros habría tenido contactos.

     Cuando el sah-kan José procedió a responder a Hasday ben-Saprut florecía aún la paz en sus territorios. Pero, pocos años después, una serie de conflictos bélicos con el gran príncipe Svjatoslav de Kiev, hasta entonces vasallo de los sah-kanes, y otras guerras fueron debilitando más y más al reino jázaro y acabaron por destruírlo totalmente. Los jázaros huyeron a través del mar Caspio y del Cáucaso, o cayeron en cautividad. Andando el tiempo se disolverían en los pueblos que los habían vencido.

     Algunos miembros de la estirpe dominante, sin embargo, se trasladaron a España y se incorporaron a distintas comunidades hebreas. Un historiador y cronista judío del siglo XII, Abraham ibn-Daud, refiere que habló en Toledo con descendientes de los mismos. Fácil es imaginar con qué avidez escuchaban o leían los judíos españoles noticias sobre los jázaros, y cómo intensificaron su fe en la pervivencia de las tribus de Israel y su esperanza de reanudar el trato con ellas.

     A principios del siglo XII circularon también por España las copias de una carta escrita en el siglo X por un judío de Constantinopla y referente a las guerras entre los Emperadores de Bizancio y los reyes jázaros. El rabino de Barcelona, Yehuda al-Barzeloni, sostuvo al respecto con otros sabios discusiones científicas. En el año 1140 Yehuda ha-Levi describió la historia de los jázaros en una obra titulada Kusari, objeto asimismo de numerosas copias —siglos más tarde, en 1506, se imprimiría en Constantinopla—. El reino de los jázaros, ya desaparecido, siguió de ese modo dando pábulo a las ilusiones de los sefarditas.

     Consta documentalmente que, ya en el siglo IX, los judíos de Barcelona habían tenido contactos con algunas comunidades hebreas de Asia. Se conservan cartas dirigidas al rabino Amram Gaon de Babilonia, en que, además de plantearse varias cuestiones religiosas, se pregunta por la pervivencia en Asia de las tribus de Israel. Dado el afán de los sefarditas por ponerse en relación con las mismas, cabe suponer que se escribieron otras muchas, hoy perdidas. De todos modos, los escasos documentos de que se dispone bastan para concluír que el interés por los hermanos de lejanas tierras fue siempre muy vivo.

     Tal interés subió aún de punto al propagarse las doctrinas cabalísticas. Se forjaron entonces leyendas según las cuales, allende el Sambation, río cuyo curso impetuoso separaba Europa de Asia, las diez tribus de Israel gobernaban prósperos reinos. Ese mito echó con el tiempo profundas raíces, dando alas a la fantasía popular. De él arrancan todas las esperanzas puestas en una reagrupación con los hermanos perdidos.

     Retengamos el caso de Hasday ben-Saprut, particularmente significativo para el tema de esta obra: un rico dignatario judío que goza del favor del califa reinante quiere renunciar a todas las ventajas para vivir en una tierra hebrea. Claro está, tal anhelo animaba también a otros judíos que no se hallaban en sus privilegiadas condiciones.

     ¿Cómo iba a ser distinto siglos después, cuando las persecuciones de los judíos se sucedían ininterrumpidamente, y la amenaza era la fiel compañera de sus vidas? Aunque se hubieran desgajado por completo del judaísmo y desearan asimilarse a su nuevo medio, los conversos tenían interés en el descubrimiento de algún país hebraico. Sabían que ello aumentaría su prestigio a los ojos de los cristianos viejos. Ni querían ni debían emigrar, pero hubieran bendecido la existencia de tal país, cuanto más que los cristianos nuevos que mantenían aún vínculos de parentesco con los judíos estaban amenazados de expulsión. Deseaban con toda el alma que hubiera algún lugar donde sus familiares —y acaso un día u otro ellos mismos, o sus descendientes— pudieran hallar asilo.

     Una de las más importantes relaciones de viajes del siglo XII es el diario de Benjamín de Tudela, hijo de Jonás. Habiendo partido en 1159, y tras haber recorrido distintas partes de Europa, Asia y África, regresó a España en 1173, para establecerse en Toledo. Allí puso por escrito sus experiencias, y allí murió. Su relación, que venía a ensanchar el campo visual de los geógrafos, confirmando en algunos puntos las noticias de Eldad had-Dani, despertó gran interés, y no sólo entre los judíos. A poco de aparecer, fue traducida a varias lenguas. Benjamín de Tudela empieza por contar su tránsito por una serie de ciudades españolas hasta llegar a Barcelona. De ahí se dirige a Constantinopla, a través de Francia, Italia, Corfú y Grecia. Va luego a Armenia y Antioquía. El sefardita indica siempre el número de hebreos residentes en las ciudades que visita. Describe cómo se los trata y a qué actividades se dedican. Nombra a sabios y artesanos hebreos. Al recorrer el Líbano y Siria, da con tribus drusas, y observa su manera de vivir y sus relaciones con los judíos. Visita Jerusalén, Nablus y otras muchas ciudades de Palestina; trata en la región del monte Garizim con los samaritanos. Se dirige a Damasco, con una colonia hebrea de 3.000 personas.

     Remonta el curso del Tigris hasta el pie del Ararat. Va enumerando ciudades donde vivían judíos: 4.000, por ejemplo, en Gezir ibn Ornar, 7.000 en Gran Azur, 2.000 en Rahaba. Pasa luego a las riberas del Éufrates, a la ciudad de Gargesia, con 500 judíos y, a dos jornadas, Aljuba y Pumpedita, con 2.000 y una gran escuela talmúdica. De ahí, en cinco jornadas, se planta en Harda, ciudad donde vivían 15.000 judíos. Tras detenerse en Ogbera, con 10.000 judíos, llega a Bagdad. El califa es un gran amigo de los judíos, habla y escribe hebreo. Viven en la misma en un régimen de plena libertad 10.000 judíos, entre ellos famosos doctores de la ley, que presiden diez escuelas o sanedrines. Hay, además, veintiocho sinagogas, adornadas con columnas policromadas y con tapices recamados de oro y plata donde se leen versículos de los Salmos. De Bagdad pasa a Babilonia, con 20.000 judíos.

     Tras veintiún jornadas, pasa los umbrales del país de Tema, habitado por hebreos que se llaman rehaviti. Menciona dos grandes ciudades. Tema y Telimas, donde viven 100.000 judíos bajo dos príncipes de la familia de David: Salomón y Anás. Llevan luto cuarenta días al año por la destrucción de Jerusalén y la expulsión de los judíos de Palestina. Alude aún a la capital, Tanai. A tres jornadas de los confines de Tema, se hallaba Haibar, donde se habían establecido, dice, las tribus de Rubén y de Gad y parte de la de Manases. «La ciudad misma de Haibar es grande y está habitada por 50.000 hebreos, entre los cuales hay muchos estudiosos, pero aún más guerreros que contienden de continuo con los habitantes de Babilonia, de las tierras del Norte y del Yemen. Aquí empieza la India. Del territorio de los hebreos hasta el río Mira, que atraviesa la tierra del Yemen, hay veinticinco jornadas. Se encuentran en ella 3.000 hebreos, y de ahí llegué yo en siete jornadas a Wassed, con 22.000 hebreos, y luego a Basora, con 2.000 hebreos».

     Del «territorio de los hebreos» pasó Benjamín de Tudela a Susa, con 7.000 hebreos y catorce sinagogas, así como la tumba del profeta Daniel. Sigue una descripción de Persia y de su sultán, cuyos dominios se extendían hasta la ciudad de Samarcanda, el río Gosán y la provincia de Kaswin. Se encamina luego a Rudbar, con 20.000 hebreos, y se adentra en las montañas próximas, donde los hebreos conviven con otras tribus y no son vasallos del sultán de Persia.

     El viajero llega a Amaria, con 20.000 hebreos, de donde pasa al país de los medas, y de éste a Dabahristán, a orillas del río Gosán, con 4.000 hebreos, y a Schiras, con 10.000. A sólo una jornada de esa última ciudad, Samarcanda, la gran urbe situada en los confines del reino, que alberga a más de 50.000 hebreos. De ahí, en cuatro jornadas, alcanza el Tíbet, rodeado de bosques donde crece el almizclero, y, en otras veintiocho, las montañas de Kazwin, junto al río Gosán. Las habitan hebreos, quienes le explican que cuatro tribus de Israel han sido deportadas a las ciudades del país de Nisapur. Su territorio se extiende veinte jornadas a lo largo de aquella cordillera, y no dependen de ningún soberano extranjero, sino del rabino José, un levita. Cuentan con numerosos doctores de la ley y practican la agricultura. En guerra con el país de Kush, se llevan bien, en cambio, con los turcos, que «adoran al viento, habitan el desierto y no comen pan ni beben vino, antes se alimentan tan sólo de carne cruda». El rabino Benjamín informa de guerras sostenidas conjuntamente con los turcos, contra los persas, y pondera sus aptitudes bélicas.

     Más adelante habla de la isla de Kisch, emporio importantísimo para el comercio con la India. Dice: «Aquí concurren mercaderes de la India y de las islas vecinas; aquí traían también los habitantes de Mesopotamia, Yemen y Persia toda suerte de tejidos de seda y púrpura, de lino y cáñamo, tapices, trigo, cebada, mijo, avena, toda suerte de comestibles y legumbres, para traficar con todo ello, mientras que los habitantes de la India llevan toda suerte de especias. Los insulanos hacen de intermediarios y viven de las ganancias. Viven también aquí 500 hebreos. En diez jornadas, por mar, llegué a Katipa, con 5.000 hebreos».

     Explica después su viaje a las islas Khandy, «cuyos habitantes son adoradores del fuego y se llaman dugbius, con 23.000 hebreos. Los habitantes paganos de esas islas tienen en sus templos sacerdotes que son los más grandes magos del mundo». El mar que las baña se extiende, según le dicen, hasta la China, pero él, en vez de navegar hacia la India, vuelve atrás para dirigirse a Aden, donde encuentra también hebreos. Escribe: «Desde allí llegué en diez jornadas por el desierto de Sheba a Asuán, junto al río Nilo, que desciende de Etiopía». Desde Egipto (país del que describe asimismo numerosas ciudades con densas colonias hebreas) se traslada a Mesina, la ciudad de Sicilia, y luego, a través de Italia, Alemania y Francia, regresa finalmente a España.

     Sus sensacionales descripciones de tantas comunidades hebreas de Asia hasta entonces desconocidas intensificaron el deseo de entrar en contacto con las mismas. El ejemplo de Benjamín de Tudela espoleó a otros sabios a investigar la suerte de los hebreos a lo largo y ancho del mundo. Entre ellos destaca el rabino Petachia, de Ratisbona, que inició su viaje entre 1175 y 1180, o sea, dentro de la misma década en que retornó Benjamín de Tudela, y visitó a grupos hebreos de Polonia, Rusia meridional, Crimea, Persia, Georgia, Armenia, Siria, Mesopotamia y Palestina. Narró después sus aventuras en el libro Sibbub Olam (Viaje Alrededor del Mundo).

     Las relaciones de viajes, popularizadas por los judíos, fueron traducidas a muchas lenguas y leídas también por los cristianos. Según la opinión general, en el interior de Asia vivían tribus hebreas que, a diferencia de los judíos europeos, eran en extremo belicosas y se atrevían incluso a atacar a los pueblos vecinos.

     Cuando, en la primera mitad del siglo XIII, gran parte de Europa fue invadida por los tártaros, la cristiandad, y sobre todo Alemania, sintiéndose amenazada, reaccionó persiguiendo a los judíos. Se difundió la opinión, o fue intencionadamente difundida por los instigadores de los pogroms, de que los tártaros descendían de las tribus israelitas y eran el instrumento del judaísmo para destruír al Occidente cristiano: los judíos querían exterminar a los cristianos tal y como, trece siglos antes, habían crucificado a Jesús.

     No es preciso analizar tal rumor para demostrar su absurdidad. Lo menciono solamente porque indica que, por entonces, se habían propagado ya también entre la población cristiana leyendas sobre las diez tribus de Israel, y no como cuentos sino como hechos reales.

     La importancia de las relaciones de viajes escritas por judíos no debe hacernos olvidar el influjo que ejerció en el siglo XIV y siguientes el libro de Marco Polo. El veneciano emprendió su viaje en 1271 —casi cien años después del regreso a España del rabino Benjamín de Tudela— movido por el afán de ensanchar el área de comercio. Como se sabe, llegó hasta la China y sirvió diecisiete años al gran kan Kubilay. En su relación, que Colón también poseyó, figuran observaciones sobre hebreos con los que se había encontrado en sus andanzas por la India y la China. Traducida al castellano por el converso de Sevilla Rodrigo de Santaela, dio pie a que los judíos españoles especularan sobre la existencia de vínculos entre las diez tribus y los chinos, e incluso los japoneses, cosa no tan descabellada como puede parecer a primera vista.

     Más tarde, en tiempos modernos, se analizarían ciertas conformidades entre los ritos judaicos y sintoístas; se llevarían a cabo estudios fisionómicos para comprobar ciertas semejanzas raciales; se confrontarían nombres. Se ha caído así en la cuenta de que el primer rey conocido del Japón se llamó Osei y reinaba en el año 730 antes de Jesucristo, ocho años después de la muerte del último rey de Israel, Oseas. De ese corto período de tiempo, además de la homonimia, hay quien ha sacado ciertas conclusiones. Ha salido también a la luz que tanto el templo sintoísta como el judaico estaban divididos en una parte sagrada (el «sancta») y en la más sagrada de las sagradas (el «sancta sanctórum»), que la vestidura de lino y la prenda para cubrir la cabeza del sacerdote sintoísta se correspondían con las del sacerdote del antiguo Israel. Por otra parte, ciertos grabados japoneses primitivos representan, a juicio de algunos, la entrada de los israelitas en el Japón. Hay quien se ha atrevido, incluso, a señalar la ruta por la que los israelitas habrían llegado al Japón, a saber, desde el continente asiático y a través de las islas Sajalín.

     El tema sigue interesando todavía hoy. En 1970, mientras trabajaba en este libro, vine en conocimiento de que acababa de aparecer en Japón un estudio de carácter étnico titulado Japoneses y Hebreos. Lo firma Jeseia ben-Dassan, pero se trata de un pseudónimo. Según el editor, se esconde detrás del mismo un judío norteamericano nacido en la ciudad japonesa de Kobe (1918). La obra, que ha tenido gran éxito, analiza las semejanzas y diferencias entre el pueblo japonés y el hebreo.

     Japoneses y hebreos no es, por lo demás, ninguna rareza. Hace ya largo tiempo que estudiosos japoneses vienen investigando dichas afinidades. Procedentes en su mayor parte de las castas sacerdotales sintoístas, algunos —como, hace pocos años, Temamitso Fuinomeya y otros— han acabado por convertirse al judaísmo y adoptar nombres hebraicos.

     Después de 1945, cuando Japón fue ocupado por Estados Unidos, formaban parte de las tropas extranjeras un número considerable de judíos y, por tanto, un rabino militar. Habiendo éste trabado amistad con el hermano del Emperador Hirohito, el príncipe Mikassa, obtuvo permiso para ver cierto «espejo sagrado»: según parece, tiene grabada detrás una inscripción en hebreo antiguo de la época del primer templo.

     Esa actualidad de la cuestión denota cómo debió apasionar a los hombres medievales, menos críticos que nosotros.

     Las mencionadas tentativas de los judíos para entrar en contacto con sus hermanos de las tribus de Israel no fueron, a buen seguro, las únicas. El que no se conserven testimonios escritos sobre otras se debe a las condiciones en que vivían los judíos y, de una manera particular, a las dificultades de los viajes. Tengamos en cuenta la ausencia o escasez de medios de transporte, el mal estado de las vías terrestres, la perfidia de no pocos guías, la abundancia de ladrones y salteadores de caminos y, en la mar, de piratas, la falta de planos, el sinfín de pequeñas áreas de soberanía con las consiguientes fronteras, los problemas de lenguaje... Un hombre tan poderoso como Hasday ben-Saprut tardó muchísimo tiempo en hacer llegar una carta a la península de Crimea, a corta distancia de España en comparación con la India. El viaje hasta sus umbrales y feliz regreso de Benjamín de Tudela parece un milagro.

     El libro de Marco Polo da una idea de los peligros que acechaban al viajero, constantemente expuesto a ser asesinado, asaltado o vendido como esclavo. Para un judío, las dificultades eran aún mayores a causa de las reglas de alimentación prescritas por la ley hebraica, que los judíos de la Edad Media cumplían rigurosamente.

     Las noticias de los numerosos judíos que, sin duda alguna, siguieron los pasos del Danita y de Benjamín de Tudela desaparecieron con sus protagonistas, víctimas de uno u otro azar. No nos queda de ellos sino una gran variedad de amuletos de plata contra enfermedades, piratas y bandidos, que fueron vendidos por quienes se los arrancaron. Se hallan hoy en museos o colecciones particulares.

     Cabe suponer que los hebreos de Asia intentaron también, a su vez, viajar hasta sus hermanos de Europa, y que sufrieron la misma suerte. Quizá, incluso, alguna de tales empresas tuviera buen éxito, porque el que no tengamos conocimiento de ninguna nada quiere decir: la dramática historia del pueblo judío a lo largo de la Edad Media —las quemas de personas y libros, los bautismos forzosos, las expulsiones, los saqueos— no fue precisamente favorable a la constitución de archivos.

     La mayor parte de las noticias que llegaban en aquellos siglos a los judíos procedían de fuentes cristianas. Basadas en relatos de marineros que las habían recogido a su vez en contactos superficiales con mercaderes árabes, nos parecen hoy a menudo salir de las páginas de Las Mil y Una Noches. En las tabernas portuarias, como es fama, se tenía sumo arte para exagerar e inventar, cuanto más que por entonces no era posible comprobar los hechos. El propio Colón acudió no pocas veces a las mismas para informarse de experiencias náuticas y aventuras en tierras remotas. Allí oyó hablar de los países «dorados» y sus habitantes. Posteriormente aprovecharía esos elementos en los escritos en que propuso el viaje a las Indias.

     El crédito dado en la Edad Media a toda suerte de noticias, por fabulosas que fueran, se explica por el escaso desarrollo del saber científico y las nulas posibilidades de verificación. Un viaje que hoy puede hacerse sin correr ningún riesgo —piratería aérea aparte— en cuatro horas, duraba entonces como mínimo un año, y había una probabilidad entre cien de llegar a la meta y regresar sano y salvo.

     Los relatos de los marineros no dejaban de tener, con todo, un fundamento real. Sabemos hoy que, ya en tiempo de Cristo, mercaderes hebreos de Persia y de la India habían establecido factorías en Ceilán, e incluso en la China, a lo largo del río Amarillo y en el delta del Yang-tsé. Que, en la India anterior, entre otros muchos pequeños Estados, existió uno, Anjuvanán, con un alto porcentaje de población hebrea y regido probablemente por judíos. La costa occidental de la India, en toda su extensión, atrajo a numerosos judíos fugitivos del área árabe-persa, hasta el punto de que vinieron a formarse en distintos lugares de la misma auténticas colonias hebreas. En la costa del Malabar los judíos desarrollaron entre la población autóctona una actividad misionera. Las ulteriores misiones cristianas de los nestorianos encontrarían el terreno preparado. Si la Iglesia sirio-caldea pudo arraigar en la India, fue gracias al trabajo previo de los judíos. En las costas del Malabar y del Konkán subsistieron grandes colonias hebreas hasta el siglo XIV. Benjamín de Tudela las menciona en su relación, pese a que, como hemos visto, no llegó hasta la India.

     La presencia de una comunidad hebrea en Kaifeng, capital de la provincia de Honan y una de las ciudades más antiguas de la China, se remonta al siglo VIII. Algunos documentos locales atestiguan la construcción en 1183 de una sinagoga, restaurada en 1488. Por aquellos siglos, habitaban asimismo en Kaifeng musulmanes que tenían frecuentes contactos con Occidente. Casi seguro que, a través de ellos o de los mercaderes judíos de los países árabes, los hubo también entre la colonia hebrea de la ciudad y los judíos de Europa. Ya hemos visto cómo se interesaban estos últimos por los hermanos de Asia. Cuando menos, debían estar enterados, por conducto de los mercaderes árabes, de que aquélla existía. Para las gentes del siglo XV, tales datos demostraban, sin lugar a dudas, todas las demás noticias y tradiciones. Judíos y cristianos estaban convencidos de que las diez tribus de Israel habían podido subsistir en partes recónditas de Asia.

     Noticias que hoy nos parecen puras fábulas se tomaban entonces muy en serio. Tanto, que indujeron no pocas veces a reyes y gobernantes a organizar expediciones. El 7 de Mayo de 1847, Pero da Corvilha y Alfonso de Paiva iniciaron un viaje por encargo del rey Juan II de Portugal para descubrir el reino del Preste Juan. También los judíos fundaban esperanzas en la existencia de ese territorio, al opinar que el nombre de su Emperador denotaba un origen hebraico, y por ciertas relaciones de viajes sobre una región del África oriental donde hebreos y cristianos convivían amigablemente. Los exploradores portugueses creyeron haber hallado el «reino del Preste Juan de las Indias» en Abisinia.

     Los cristianos de la Península Ibérica tenían, como los judíos, hermanos perdidos, y se afanaban asimismo en buscarlos. Ello obedecía a tradiciones que, para un hombre del siglo XX, resultan totalmente fabulosas. Según una leyenda antiquísima, los pocos visigodos supervivientes de la batalla de Guadalete —año 711— habían huído de los sarracenos hacia el Oeste en siete barcos. Los conducían el arzobispo de Oporto y otros seis obispos. Tras superar terribles tormentas, habían tomado tierra en una isla situada en medio del océano y quemado allí los barcos para hacer imposible el regreso. Fundaron luego en la misma siete maravillosas ciudades. La isla de las siete ciudades era conocida entre los españoles por el nombre de Antilla.

     Tal leyenda caló tan hondo en los ánimos que, siete siglos después del desastre de Guadalete, pasaba aún por realidad. Incluso la aceptó el mundialmente famoso cosmógrafo alemán Martin Beheim: la «Antilla» figura en su globo terráqueo, muy a occidente de España, en medio del océano, tal y como era tradición. En una licencia para viajes de descubrimiento concedida en 1489 por el rey portugués Juan II, especifica el soberano que se debe buscar el reino de las siete ciudades. El rey de Inglaterra, Enrique VII, al promover en 1497 una expedición para hallar una ruta hacia el Brasil, ordenó a su jefe, el veneciano Giovanni Caboto (John Cabot), residente en Bristol, que procurara dar también con la Antilla.

     Se divulgaron asimismo otras leyendas más verosímiles. En tiempos de Colón existían ya frecuentes comunicaciones con Islandia, cuyos habitantes explicaban que, hacia el año 1000, los normandos habían navegado en dirección Oeste y descubierto diversas islas. Las sagas islandesas —en particular la de Erik el Rojo, normando proscrito descubridor de una «tierra verde», Groenlandia— empezaron también a circular de boca en boca en el continente, a partir de los puertos.

     A lo largo de los siglos XIII y XIV aparecieron en España numerosos libros cabalísticos. Por escritos polémicos de los rabinos en el siglo XVI, sabemos que dieron lugar a cálculos según los cuales la redención mesiánica del pueblo hebreo se consumaría alrededor del año 1490, tras una ola de persecuciones. Aunque impugnados por las autoridades religiosas, hallaron gran resonancia entre las masas, pues satisfacían su necesidad de creer en tiempos mejores. Claro está, uno de los frutos de la venida del Mesías iba a ser la reagrupación de todos los hijos de Abraham. No se conservan documentos que prueben la vigencia de las interpretaciones cabalísticas entre los judíos y marranos que vivían en España por el año 1490. Pero los tiempos de persecución son propicios a los sueños y esperanzas, a la concepción de planes ideales donde poder moverse libremente. Por otra parte, el hecho de que algunos rabinos del siglo XVI polemizaran contra esas cábalas indica que no se habían extinguido.

     De todo lo expuesto en este capítulo podemos concluír que, a fines del siglo XV, los judíos y marranos de la Península Ibérica estaban convencidos de la existencia en Asia de territorios gobernados por hebreos. Esa convicción se fundaba en un haz de noticias orales, relaciones de viajes y tradiciones. Los cristianos las compartían, y daban crédito además a leyendas propias. Mientras los cristianos podían mandar barcos en busca del reino del Preste Juan o la isla de las siete ciudades, los judíos debían limitarse a esperar que la apertura de nuevas vías marítimas llevara al descubrimiento de dichas tierras hebreas. Estaban convencidos de que así sería, tarde o temprano, y lo deseaban con toda el alma, tanto porque ello les permitiría disponer de lugares de refugio como por el prestigio que les conferiría ante el resto de la población. En ese último aspecto, se hubieran beneficiado también de ello los cristianos nuevos procedentes del judaísmo. Además, los regidores de los Estados hebreos, con los que la cristiandad no tardaría en tener relaciones comerciales, intervendrían sin duda a favor de los judíos en los países donde se los siguiese discriminando o persiguiendo.

     Tal demostraba ser el caso de los mudéjares. Los judíos sabían que los soberanos musulmanes se habían dirigido una y otra vez a los Papas amenazando con tomar represalias en las personas de los cristianos residentes en sus territorios en caso de que los malos tratos a sus correligionarios persistieran, y que los sumos pontífices habían transmitido siempre esas advertencias a los reyes españoles.

     En 1490, justamente cuando estaban ultimándose los preparativos para atacar al reino de Granada, último reducto musulmán en la Península Ibérica, se presentó ante la reina Isabel una delegación del sultán de Egipto integrada por religiosos católicos de los monasterios de Jerusalén. Le comunicaron que, de continuar los vejámenes infligidos a los moros, el sultán adoptaría medidas contra los cristianos de Palestina y Siria. Isabel, profundamente conmovida, rogó a los religiosos que procuraran apaciguar al soberano islámico informándole del trato «tolerante» que recibían los moros en España. Les prometió además mil ducados anuales para el mantenimiento del Santo Sepulcro, y les dio un velo tejido de sus propias manos a fin de que lo depositaran en aquel Santo Lugar.

     La noticia de la embajada Palestina causó enorme impresión entre los judíos. En sus sueños más audaces, esperaban contar también ellos con semejantes valedores una vez establecido contacto con las tierras de las tribus de Israel.–






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