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jueves, 5 de noviembre de 2015

Sobre la Misión Civilizadora de Occidente



     Publicado originalmente en el vol. 17 Nº 3 del Journal of Historical Review, de Mayo-Junio de 1998, el siguiente breve texto que ofrecemos en castellano plantea una reivindicación de la obra civilizadora del hombre occidental, contrastándola aquí con algunos testimonios historiográficos del pasado que dejan entrever comportamientos que a aquél no le parecen adecuados. La reivindicativa reflexión tiene que ver, primero, con la ola de críticas contra la occidentalidad (que suele arreciar cada 12 de Octubre), y, segundo, con la falta de fe que se quiere inculcar para superponer otros modos de vida, válidos según el relativismo cultural y moral.


Estilos de Vida: Nativos e Impuestos
por Kevin Beary, 1998



"El Reproche que Os Hacen Vuestros Superiores"
("The blame of those ye better", Rudyard Kipling, 1899)


     Durante décadas los líderes afro-estadounidenses han estado pidiendo una disculpa formal por parte de Estados Unidos por el papel que éste jugó en el comercio de esclavos, con algunos incluso solicitando reparaciones. Las tribus indias norteamericanas proclaman su estatus exento de impuestos como algo que a ellos se les debe tras un legado de persecución por parte de Estados Unidos. Los estadounidenses de origen mejicano en el Sudoeste de Estados Unidos procuran incorporar esa región, incluyendo California, a Méjico, o incluso establecer una nación independiente, Aztlán, que recreará las glorias del Imperio azteca, destruído hace siglos por los imperialistas españoles.

     Que vivimos en una época de resentimiento y victimización no es nada nuevo. Pero estos pueblos —estos estadounidenses de origen mejicano, estos indios norteamericanos, estos afro-estadounidenses— ¿realmente perdieron más de lo que ellos ganaron en su confrontación con Occidente?. ¿Fueron ellos privados de su nobleza, y embrutecidos?, ¿o la subyugación Blanca los obligó a dejar de lado el salvajismo y el estado de barbarie, y los llevó, aunque de mala gana, hacia la humanidad civilizada?.

     Hoy a nuestros hijos se les enseña que la gente que vivía en el hemisferio occidental precolombino no eran "salvajes indios despiadados" (como Jefferson los llama en la Declaración de Independencia), muchos de los cuales se deleitaban con la tortura y el canibalismo, sino más bien "nativos estadounidenses" espiritualmente iluminados cuya nobleza sabia y pacífica fue salvajemente destruída por la invasión de bárbaros europeos; que los aztecas no eran practicantes de sacrificios humanos y canibalismo a una escala tan enorme que a la mente del estadounidense del siglo XX le cuesta comprender, sino más bien los defensores de una civilización avanzada que fue destruída por los brutales conquistadores españoles; y que los africanos no eran incultos y caníbales comerciantes de esclavos sino poco apreciados constructores de grandes Imperios.

     Pero precisamente ¿cómo vivían esos pueblos antes de que ellos entraran en contacto con europeos? Aunque el mito histórico está cada vez más rápidamente reemplazando a la Historia basada en hechos, no sólo en la cultura popular sino también en nuestras escuelas y universidades, todavía podemos encontrar relatos históricos exactos sepultados en grandes bibliotecas o en librerías de segunda mano.


Civilización Azteca

     En su famosa obra La Conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo describe la marcha sobre Méjico con su capitán, Hernan Cortés, en 1519. Las fuerzas españolas partieron desde el Golfo de Méjico, y una de las primeras ciudades que ellos visitaron fue Cempoala, situada cerca de la costa, donde Cortés le dijo a los jefes que "ellos tendrían que abandonar sus ídolos en los cuales ellos equivocadamente creían y adoraban, y no sacrificar más almas a ellos". Como relata Díaz:

    "Cada día ellos sacrificaban delante de nuestros propios ojos tres, cuatro o cinco indios, cuyos corazones eran ofrecidos a aquellos ídolos, y cuya sangre empastaba las paredes. Los pies, los brazos y las piernas de sus víctimas eran cortados y comidos, tal como nosotros comemos carne de vaca de la carnicería en nuestro país. Incluso creo que ellos la vendían en los tianguez o mercados".


     De su permanencia en Tenochtitlán, la actual Ciudad de Méjico y núcleo del Imperio azteca, Díaz describe lo que los sirvientes del emperador Moctezuma preparaban para su señor:

    "más de treinta platos se cocinaban en su estilo nativo... He oído que ellos solían cocinarle la carne de muchachos jóvenes. Pero como él tenía tal variedad de platos, hechos de tantos ingredientes diferentes, no podíamos decir si un plato era de carne humana o de otra cosa... Sé con seguridad, sin embargo, que después de que nuestro capitán habló en contra del sacrificio de seres humanos y de comer su carne, Moctezuma ordenó que aquello ya no le fuera servido".

     Al renunciar al canibalismo, Moctezuma ¿estaba cooperando en la destrucción de sus "raíces culturales" aztecas, o estaba ayudando a una victoria de las costumbres civilizadas por sobre las bárbaras?.

     Algunas páginas más adelante, Diaz proporciona una detallada descripción de

    "la manera de sus sacrificios [de los aztecas]. Ellos abren el pecho del miserable indio con cuchillos de sílex y rápidamente arrancan el corazón palpitante que, junto con la sangre, ellos presentan a los ídolos en cuyo nombre ellos han realizado el sacrificio. Luego ellos cortan los brazos, los muslos y la cabeza, comiendo los brazos y los muslos en sus banquetes ceremoniales. La cabeza ellos la cuelgan en una viga, y el cuerpo del hombre sacrificado no es comido sino dado a las bestias de presa".

     Díaz también describe el gran mercado de Tenochtitlán, y sus

    "comerciantes en oro, plata, y piedras preciosas, plumas, capas y artículos bordados, y esclavos hombres y mujeres que también son vendidos allí. Ellos llevan a tantos esclavos para ser vendidos en aquel mercado como los portugueses llevan negros de Guinea. Algunos son llevados allí atados a largos postes por medio de collares alrededor de sus cuellos para impedirles escapar, pero otros son dejados sueltos".

     Claramente fueron los españoles los que acabaron con el sacrificio humano y el canibalismo entre la gente del Méjico pre-Cortesiano. En cuanto a la esclavitud, es muy obvio que los europeos no la introdujeron en el Nuevo Mundo sino que ellos la erradicaron, aunque no inmediatamente. Además, el impulso moral para ponerle fin a la esclavitud vino de Occidente, específicamente de Inglaterra. Si los aztecas, indios y africanos hubieran sidos dejado a sus propios recursos, la esclavitud bien podría haber seguido existiendo en Norte y Sudamérica, como lo hace en algunas partes de la actual África.


IMAGEN: Después de la ceremonia en la cual son sacrificados seres humanos a sus dioses, los aztecas de alto rango comen la carne de las víctimas. (Ilustración española contemporánea, del Códice Magliabechiano). Un testigo español de aquella época comentó: "Esta figura demuestra la cosa abominable que los indios hacían en la época en que ellos sacrificaban a sus ídolos. Después [del sacrificio] ellos colocaban muchas grandes vasijas de tierra de cocina con aquella carne humana delante del ídolo que ellos llamaron Mictlantecuhtli, que significa Señor del Lugar de los Muertos, como es mencionado en otras partes [de este libro]. Y ellos la daban y distribuían a la nobleza y a los capataces, y a aquellos que servían en el templo del demonio, que ellos llamaban Tlamacazqui. Y éstos distribuían entre sus amigos y familias aquella carne y aquellas personas que ellos habían dado [al dios como una víctima humana]. Ellos dicen que sabía como la carne de cerdo. Y por esta razón la carne de cerdo es muy deseable entre ellos".


Nativos Norteamericanos

     En su épica obra France and England in North America, el gran historiador estadounidense Francis Parkman describe los hábitos culinarios y recreacionales de principios del siglo XVII de los indios Iroqueses (también conocidos como las Cinco Naciones, de quienes, dicen algunos, Estados Unidos sacó elementos para su Constitución). Él dice que los Iroqueses, junto con otras tribus del Noreste de Estados Unidos y de Canadá, "estaban experimentando aquel proceso de exterminio, absorción o expatriación que, como hay razón para creer, había formado durante muchas generaciones la historia sombría y sin sentido de la mayor parte de este continente". Parkman describe un ataque llevado a cabo por los Iroqueses sobre un grupo cazador Algonquino, a fines del otoño de 1641, y el tratamiento de los Iroqueses a sus prisioneros y víctimas:

    «Ellos amarraban la manos y los pies de los prisioneros, reavivaban el fuego, ponían los calderos, cortaban en pedazos los cuerpos de los asesinados, y los hervían y devoraban delante de los ojos de los desventurados sobrevivientes. "En pocas palabras", dice la narradora [es decir, la mujer Algonquina que escapó para relatar la historia], "ellos comían a los hombres con tanto apetito y más placer que los cazadores cuando comen un cerdo o un venado...".

    «Los vencedores banqueteaban en la choza hasta casi el amanecer... entonces comenzaba su marcha a casa con sus prisioneros. Entre éstos había tres mujeres, de las cuales la narradora era una, que tenían cada una un hijo de pocas semanas o meses. En la primera detención, sus captores les arrebataron sus bebés, los ataron a unas varas de madera, los colocaron para morir despacio delante de un fuego, y se deleitaron con ellos ante los ojos de las madres atormentadas, cuyos chillidos, súplicas y esfuerzos frenéticos por romper las cuerdas que las sujetaban se encontraron con burlas y risas...».

     Los Iroqueses llegaron a su pueblo con sus prisioneros, cuya tortura estaba

    «diseñada para causar todo el sufrimiento posible sin tocar la vida. Consistía en golpearlos con palos y garrotes, cortarle sus miembros con cuchillos, cortarle sus dedos con conchas de almeja, chamuscarlos con brasas, y otros tormentos indescriptibles. Las mujeres eran desnudadas completamente y obligadas a bailar el canto de los prisioneros varones, entre los aplausos y la risa de la muchedumbre...

    «A la mañana siguiente, ellos fueron colocados en un gran tablado, a la vista de toda la población. Era un día de gala. Jóvenes y viejos se habían congregado desde lejos y desde las cercanías. Algunos subieron al andamio y los quemaron con antorchas y tizones; mientras los niños, que estaban debajo de la plataforma, aplicaron fuego a los pies de los prisioneros entre las grietas... El estoicismo de uno de los guerreros enfureció a sus captores sobremanera... ellos cayeron sobre él con furia redoblada, hasta que sus cuchillos y teas no dejaron en él ninguna apariencia de humanidad. Él fue desafiante hasta el final, y cuando la muerte llegó para su alivio, ellos arrancaron su corazón y lo devoraron; luego cortaron su cuerpo en pedazos, e hicieron su banquete de triunfo con sus miembros destrozados.

    «Todos los hombres y todas las ancianas del grupo fueron muertos en una manera similar, aunque muy pocos mostraron la misma asombrosa valentía. A las mujeres más jóvenes, de quienes había aproximadamente treinta, después de pasar sus ordalías de tortura, se les permitió vivir; y, desfiguradas como estaban, fueron distribuídas entre varios pueblos, como concubinas o esclavas de los guerreros Iroqueses. De este número era la narradora y su compañera, quienes... escaparon durante la noche hacia el bosque...».

     De este relato, Parkman escribe: "Repugnante como es, es necesario contarlo. Baste decir que está respaldado por el cuerpo entero de la evidencia contemporánea en cuanto a las prácticas de los Iroqueses y algunas tribus vecinas".

     El "gran tablado" en el cual los prisioneros fueron colocados, está en otra parte en su narrativa mencionada por Parkman como "los andamios de tortura" de los indios, el equivalente indio del escenario teatral europeo, mientras que las torturas realizadas por los indios sobre sus vecinos —y sobre el raro misionero que resultó aparecerse en su camino— eran el equivalente de la puesta en escena europea de aquellos nobles salvajes.

     Si los descendientes de las tribus de Nueva Inglaterra ahora dedican su tiempo a la venta de cigarrillos libres de impuestos, a hacer girar ruedas de ruleta o a repartir barajas de naipes, más bien que a la captura, tortura y consumo de los miembros de sus vecinos tribales, ¿no deberíamos dar gracias a aquellos valientes jesuítas que sacrificaron todo para redimir a esos "estadounidenses nativos"?.


Africanos Nativos

     ¿Qué tipo de vida vivía el africano en su tierra natal, antes de que él fuera traído a América y presentado a la civilización occidental? Que la esclavitud era extensamente practicada en África antes de la llegada del hombre Blanco está fuera de toda duda. ¿Pero qué clase de civilización autóctona disfrutaba el africano?.

     En A Slaver's Log Book, que es una crónica de las experiencias del autor en África durante las décadas de 1820 y 1830, el capitán Theophilus Conneau (o Canot) describe una celebración de victoria tribal en un pueblo que él visitó después de un ataque efectuado por una tribu vecina:

    «Al invadir el pueblo, algunos guerreros habían encontrado en la casa del Jefe varias vasijas con ron, y ahora la botella daba la vuelta con rapidez asombrosa. El baile feroz y salvaje fue sugerido entonces. Las campanas de guerra y los cuernos habían sonado a la llegada de las mujeres guerreras, quienes durante el asalto de un pueblo generalmente hacen su entrada a tiempo para participar en la división de la carne humana; y cuando los muertos y heridos estaban listos para el cuchillo, ellas llegaban como furias, y en perfecto estado obsceno de desnudez, realizaban el baile victorioso que, por sus crueldades y barbaridades no tiene paralelo.

    «Aproximadamente unas veinticinco hicieron su aparición con sus caras y cuerpos desnudos embadurnados con tiza y pintura roja. Cada una llevaba un trofeo de su naturaleza caníbal. La matrona o líder... llevaba un bebé recién arrancado del vientre de su madre al cual ella lanzó alto en el aire, recibiéndolo con la punta de su cuchillo. Otras Medeas siguieron, todas llevando algún miembro mutilado de cuerpos humanos.

    «Ron, pólvora y sangre, una mezcla bebida con avidez por estas Bacantes, las había dejado borrachas, y el baile brutal las había intoxicado hasta la locura. Cada una iba armada también con algún instrumento de tormento, y, no contentas con la matanza fuera de la ciudad de las mujeres fugitivas, ellas ahora rodeaban al grupo de los presos heridos, durante mucho tiempo mantenidos en la incertidumbre para el golpe de gracia. Un anillo fue formado por esas tigresas de dos piernas, y acompañada por gritos horribles y el grito alentador de los hombres, comenzaba la danza circular. La velocidad del giro pronto rompió el repugnante círculo, cuando cada una caía sobre sus víctimas y comenzaba la masacre. Los hombres y las mujeres caían sobre los gimientes heridos para asesinarlos con las crueldades más repugnantes.

    «He visto el ataque del tigre sobre la inofensiva gacela, y en su propensión natural de amor a la sangre, estrangula a su víctima, sacia su sed, y a menudo abandona al animal muerto. Pero no es así con estas caníbales. Los vivos y los agónicos tenían que soportar un tormento y una bárbara mutilación, mostrando las mujeres una mayor naturaleza caníbal en la disección de los muertos que los hombres. El golpe de gracia era dado por los hombres, pero en un caso la víctima sobrevivió unos minutos, momento en que una de aquellas furias femeninas atormentó la agonía del hombre postrándose sobre su cuerpo y allí representando el acto del coito.

    «La matrona, comandante de estas antropofagias, con sus cincuenta años y su corpulento cuerpo, lideraba las crueldades con su ejemplo. El bebé aún no nacido había sido dejado de lado para una buena boca, y ahora, adornada con una serie de partes genitales masculinas, ella coleccionaba en una calabaza los cerebros de los cuerpos decapitados. Mientras la asquerosa operación continuaba, los hombres arrancaban la carne sólida de los miembros de los muertos, arrojando aparte las entrañas.

    «Hacia el mediodía la matanza llegó a su fin, y tuvo lugar un asado general. El olor de la carne humana, tan asquerosa para el hombre civilizado, era para ellos el placentero olor tan peculiarmente agradable para un gastrónomo...

    «Acabado el asado, tuvo lugar una comida antropófaga, cuando la sobreabundante carne conservada fue recogida en hojas de plátano para ser enviada al interior para los amigos de los guerreros. Paso en silencio las crueldades adicionales que fueron practicadas ese día sobre los desafortunados achacosos y heridos que los diferentes grupos exploradores llevaron durante el día, suponiendo que el lector está lo bastante enfermo en el fondo de su corazón por la representación referida».


Historia que Desaparece

     Ésta es la Historia que nos ha sido transmitida por hombres que estuvieron presentes cuando ocurrieron los acontecimientos registrados —es decir, Díaz del Castillo y Conneau— o que tuvieron acceso a documentos de la época —es decir, Parkman. Pero esta Historia basada en hechos ha sufrido enormemente en las manos de políticamente correctos traficantes de mitos. Los libros mismos están desapareciendo de los anaqueles: el libro de Conneau ha estado fuera de imprenta durante casi una generación; quizás Díaz y Parkman seguirán en los próximos 20 años. En su lugar, los sustituyen las fantasías históricas más absurdas. A medida que las fuerzas aparentemente inexorables de la corrección política hacen su labor de molienda, podríamos quedarnos con tanto conocimiento de nuestra Historia verdadera como la que tenía Winston Smith (de 1984 de Orwell) de la suya.

     Si no hubiera sido por su subyugación por parte de europeos, los mejicanos quizá habrían seguido practicando las tradiciones aztecas de esclavitud, sacrificio humano y canibalismo; muchos amerindios probablemente todavía vivirían su vida triste y peligrosa de nomadismo, agricultura de subsistencia, y guerra; y los africanos probablemente estarían expirando en aún mayores cantidades en los campos de caos y matanza (como el mundo ha notado para su horror en Ruanda, Liberia y Congo), cuando no, siendo comprados y vendidos como esclavos (como todavía es hecho en Sudán y Mauritania).

     En su obra de 1965 The Course of Empire: The Arabs and their Successors el sagaz Glubb Pacha escribió en defensa del colonialismo occidental:

    "La conquista militar extranjera no sólo ha permitido a la gente atrasada adquirir las habilidades y la cultura de sus conquistadores, sino que a menudo ha administrado un choque beneficioso a la mentalidad letárgica de los habitantes, entre quienes el deseo de elevarse a la igualdad con los extranjeros ha despertado un nuevo espíritu de energía... Gran Bretaña ha impregnado Asia y África con sus ideas de gobierno, de la ley y de la civilización ordenada. Hombres de razas que hace menos de cien años andaban desnudos son ahora abogados, médicos y políticos en el escenario del mundo".

     Pero si continúa la tendencia actual de denigrar la misión civilizadora de Occidente, los logros de aquella gran empresa civilizadora bien podrían ser desperdiciados y perdidos para siempre. Si permitimos que costumbres y tradiciones inhumanas se reafirmen, la disolución final del Occidente mismo no es una imposibilidad. En su famoso poema de 1899 "La Carga del Hombre Blanco" (White Man’s Burden), Rudyard Kipling explicó elocuentemente el destino de una cultura que pierde la fe en sí misma y en su misión:

«Y cuando tu objetivo esté muy cercano,
el ansiado propósito en favor de los otros,
mira la pereza y la estupidez de los salvajes
convertir toda tu esperanza en nada».–





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