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viernes, 6 de noviembre de 2015

Sobre la Ciencia de la Etología



     Presentamos aquí un artículo que fue publicado por CEDADE en 1979 en un volumen titulado "Thule, la Cultura de la Otra Europa", disponible en la red, que hace referencia a la ciencia denominada Etología, fundada modernamente por el zoólogo austriaco Konrad Lorenz (1903-1989), que ejemplifica algunos de los aportes de aquél así como de otros precursores y continuadores, conceptos que contradicen a varios sostenidos por la "corrección política" predominante. Y al final incluímos una brevísima historia de la Etología que se encuentra en el número 18 de la excelente revista "Elementos de Metapolítica para una Civilización Europea", que aclara más el panorama para quienes es nueva esta materia.


LA REVOLUCIÓN ETOLÓGICA
por J. A.



     Quizás se pregunte el lector por qué utilizamos el término "revolución" para referimos a los progresos logrados en estos últimos años en el campo de esta ciencia biológica llamada Etología, que estudia el comportamiento de los seres vivos. Si nos paramos a considerar la trascendencia de los trabajos de Lorenz, de Ardrey, de Irenaus y demás etólogos, nos daremos cuenta de que han sobrepasado, en mucho, a lo puramente científico y académico, y han irrumpido en forma violenta e intempestiva en el mundo de la Antropología filosófica, de la ética, de la pedagogía, de la psicología, de la concepción del Hombre en general, mostrando cuántos errores, cuántas falsedades y prejuicios existen sobre la imagen del Hombre que tenemos actualmente, heredada directamente de la Revolución Francesa y de unos cuantos pensadores románticos, soñadores, llenos de ilusiones y de utopías, pero desligados totalmente de la realidad biológica del Hombre.

    La reacción contra el etologismo no se ha hecho esperar. Desde campos muy diversos, desde ideologías aparentemente divergentes, aunque emparentadas, voces inquisitoriales de la "ortodoxia" dieciochesca —rousseauniana o marxistoide— han lanzado furibundos ataques contra estos "herejes" que sostienen, y han demostrado, que los hombres no nacen iguales, que la educación no lo es todo, sino que existen caracteres e instintos innatos, que el instinto de territorio y de propiedad tienen raíces biológicas, etc.

     Sin embargo, ninguno de estos defensores del pensamiento "moderno", ninguno de estos pseudo-humanistas, ha podido apoyar alguno de sus argumentos con experiencias científicas, con hechos concretos. Diletantismo, teorías vagas y nebulosas, incluso ataques personales contra los etologistas, todo, menos hechos experimentales, que en la Ciencia Natural es lo único que cuenta.

     Pero ¿por qué las doctrinas etologistas son tan peligrosas? Vamos a intentar explicarlo. El Mundo Moderno, el que curiosamente se llama a sí mismo "Mundo Libre", vive bajo una monstruosa forma de dominación, la Tecno-burocracia, en su forma "democrática" en Occidente y "socialista" en Oriente. Este Sistema Dominante, para ser eficaz a nivel de cada individuo, se basa en una Ideología, en unos Mitos, en una concepción del Hombre y de la Sociedad.

     Existe una serie de dogmas básicos, de ideas-fuerza, que el Sistema debe mantener a toda costa, ideas que nos repiten machaconamente no sólo los medios de comunicación o los políticos, sino que incluso muchos intelectuales y científicos que presumen de independientes hacen suyas. Es fácil resumir estas ideas:

—los hombres son iguales,
—el comportamiento y el carácter son fruto de la educación,
—la agresividad es producto de la "represión",
—los factores culturales lo son todo y los biológicos no cuentan nada,
—las diferencias entre pueblos o razas son culturales, no biológicas,
—la Economía es el único factor de la Historia,
—el progreso histórico tiende al progreso, etc.

     Pero de repente, y gracias a una serie de experimentos, trabajos y estudios, una serie de científicos están demostrando que todos estos pilares ideológicos no son más que patrañas, utopías, elucubraciones de cerebros narcisistas y soñadores, y construyen una imagen nueva del Hombre, de su dimensión histórica y de su futuro.

     La reacción no se hace esperar. Un "clásico" del anti-etologisino es el libro de John Lewis y Bernard Towers "¿Mono Desnudo u Homo Sapiens?". Dadas nuestras limitaciones de espacio, no podemos pararnos a desglosarlo, pero lo recomendamos al lector para que compruebe por sí mismo. Sus autores, discípulos del pseudo-místico Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), elaboran una curiosa mezcla de argumentos paracientíficos, rasgaduras de vestiduras inquisitoriales y ataques personales a los científicos etologistas. Desafiamos al lector a que encuentre en todo el libro un solo hecho científico objetivo en que apoyar las elucubraciones mentales teóricas de sus autores. Con esto está todo dicho.


Obra de Konrad Lorenz y Su Escuela

     No cabe duda alguna de que a Konrad Lorenz debemos la existencia del Etologismo. La ciencia de la Etología existía antes que él, pero fueron sus estudios, premiados por el Nóbel de Medicina, los que lanzaron el Etologismo a la polémica, los que le dieron actualidad, y fue su genio científico, sin duda alguna, el que dio forma al Etologismo como doctrina. Su obra ha tenido continuadores y discípulos, como Carthy Leyhausen y otros.

     El pensamiento lorenziano se basa en dos pilares básicos: el concepto de lo innato y la idea de que el impulso agresivo es el impulso elemental del que surgen todos los demás impulsos o pautas de comportamiento, por ritualización, redirección o transformación.

     El primero, la idea de lo innato, es común en todo el pensamiento etológico, tal como veremos después en Irenäus Eibl-Eibesfeldt y en Robert Ardrey. La idea es que las especies biológicas son fruto de una complicada serie de procesos de transformación y de adaptación progresiva al medio en que se mueven. Una especie biológica, en un momento dado de su historia, lleva un mensaje genético que la condiciona en sus pautas de comportamiento y que la obliga a reaccionar ante unos estímulos determinados de una forma concreta.

     El Hombre no escapa a esta ley, contrariamente a lo que afirman los conductistas, psicólogos que en su mayoría no saben Biología; la mente humana no es una hoja en blanco donde la experiencia y la educación van escribiendo cosas, sino que el Hombre lleva en su dotación genética una complicada serie de instintos y pautas que lo obligan en determinados momentos a reaccionar de una manera concreta, y muchos aspectos del comportamiento humano, que creemos que son puramente culturales, tienen base biológica.


El Concepto de Agresividad

     Lorenz distingue dos tipos bien diferenciados de comportamiento agresivo: la agresión inter-específica y la intra-específica. La primera se da solamente en las reacciones depredador-presa, pues es muy raro observar conflictos entre animales de especie diferente por cuestiones de territorio o por disputa de presas.

     Una diferencia fundamental entre los dos tipos de agresión podríamos decir que es de orden psico-fisiológico: si observamos a dos individuos de una especie cualquiera empezados en una disputa, sea por territorio, por presas o por hembras, observaremos que en cada uno de ellos se produce una compleja serie de reacciones psico-fisiológicas y que actúan con una complicada serie de pautas. Antes de luchar, cada uno intenta asustar al otro; incluso en muchas especies es raro el enfrentamiento directo entre dos individuos co-específicos, a menos que no estén muy igualados en status social, fuerza o tamaño, Cada individuo está sometido a una tensión causada por lo que se llama el stress de ataque-huída de la adrenalina, producido por esta hormona, mediante el cual actúan en él dos fuerzas contrapuestas: por un lado el impulso agresivo, que lo lleva a luchar, y por otro su instinto de conservación, que lo lleva a huír.

     Todo esto tiene como finalidad, o como consecuencia, que en los conflictos intra-específicos raras veces lleguen dos individuos a hacerse daño, quedando uno de ellos muerto o mal herido, pues se establecen siempre unas relaciones de tipo jerárquico. Las especies sociales han desarrollado también lo que se llaman rituales de pacificación, que consisten en una serie de pautas que desarrolla el individuo más débil y que inhiben la agresividad del más fuerte, y que suelen consistir en actitudes sumisas y en exponer las partes del cuerpo más débiles sin defensa alguna.

     Por el contrario, en la agresión inter-específica en general, aunque también se dan casos diferentes, los procesos psico fisiológicos del individuo son diferentes. Un predador, cuando ataca a una presa, aunque sea grande y tenga que luchar contra ella, no responde a los mismos impulsos que en una lucha con un congénere. Nunca intenta maniobras de tipo intimidatorio, sino que va con toda la rapidez posible a darle muerte y no está sometido al stress fisiológico ni a la tensión que sufre en un combate intra-específico.

     Nosotros vamos a centrarnos en el estudio de la agresividad inter-específica, que es la que más nos interesa. Como hemos dicho antes, para Lorenz y su escuela, la agresión constituye la pulsión elemental, a partir de la cual se elaboran todas las demás. Esta "transformación" de pulsiones se realiza a través de una serie de procesos, siendo uno de ellos, quizás el más importante, la llamada ritualización.


Lucha Ritualizada

     Ya hemos hecho mención anteriormente a este fenómeno, pero ahora vamos a analizarlo en profundidad. La lucha ritualizada es una serie de pautas de comportamiento, de amenazas, de demostraciones de fuerza, que en el enfrentamiento co-específico sustituye del todo, o casi del todo, al combate. A nivel individual sirve como descarga a las pasiones agresivas del individuo, y a nivel de especie evita que en cada enfrentamiento quede uno de los contendientes muerto o malherido.

     La lucha ritualizada es fruto de un proceso selectivo. En general la agresión cumple en cada especie biológica una serie de funciones muy importantes: espacia los individuos de una especie en el hábitat de una especie; selecciona al mejor por lucha de rivales para lo concerniente a la defensa de la familia o de la sociedad por el macho; establece un orden social de jerarquías, de particular importancia en los animales sociales, y otras de menor importancia. Muchas de estas funciones no podrían realizarse sin la lucha ritualizada.

     Por ejemplo, en los animales que viven en comunidad se establece, como hemos dicho, una jerarquía que es fruto de la agresividad. Es ya clásica la observación realizada en un gallinero de lo que se llama "jerarquía del picotazo": las gallinas de casta superior picotean a todas las demás; otras son picoteadas por las superiores, pero a su vez picotean a las inferiores, y finalmente las de status inferior son picoteadas por todas sin que ellas a su vez puedan picotear a ninguna. Si los animales se enfrentaran en lucha abierta que sólo pudiera acabar al quedar uno de los contendientes fuera de combate, esta jerarquización sería imposible.

     Por el contrario, existe toda una programación genética del comportamiento, que varía de los animales sociales a los que viven aislados: el enfrentamiento en general sólo se produce entre animales de status similares. En los animales que viven aislados, suele producirse por una disputa de territorio: por regla general, el dueño del territorio tiene siempre las de ganar, inicia un simulacro de ataque y el invasor se da a la fuga.

     La huída del contrario inhibe inmediatamente la agresividad. Experiencias realizadas con animales de este tipo, concretamente con varias especies de peces en cautiverio, han mostrado que si los contendientes están encerrados en un espacio pequeño (una pecera) y el vencido no puede darse a la fuga, el vencedor continúa en sus ataques, que suelen acabar con la muerte del vencido, Pero lo curioso del caso es que la muerte de éste no se produce por las heridas que el otro pueda infringirle, sino que muere como consecuencia de la tensión psicológica a la que se ve sometido al no poder huír.

     En los animales que viven en sociedad, el mecanismo es diferente. El vencido no huye, sino que realiza una serie de actos que tienen como finalidad inhibir la agresividad del contrario. Se les conoce con el nombre de "rituales pacificadores" y son de dos clases principales: unos consisten en exhibir partes vulnerables del cuerpo sin defensa al adversario. Son frecuentes en las luchas entre iguanas macho. El vencido expone el vientre a los ataques del agresor, e inmediatamente la agresividad de éste se apacigua.

     Otros imitan el comportamiento sexual. Son clásicos en los primates: el vencido se comporta como una hembra y presenta su trasero al vencedor, que lo monta e incluso realiza movimientos copulatorios. Este comportamiento se da incluso entre hembras: la de status superior se comporta como un macho y monta a la de status inferior.


Agresión Reorientada

     Una pauta de comportamiento agresivo puede ritualizarse y perder completamente su significado original. Lorenz explica, a partir de este fenómeno, pautas muy complejas, cuyos componentes simples son pulsiones agresivas ritualizadas. Lorenz estudió el comportamiento de galanteo y formación de pareja del ganso salvaje, y vio que los complicados ritos de cortejo estaban formados por pautas agresivas ritualizadas. Así, por ejemplo, el macho que quiere cortejar a una hembra inicia a su alrededor una especie de danza que no es más que un ataque a imaginarios rivales.

     La hembra responde con otro ritual que consiste en salir huyendo del macho para después dar la vuelta y situarse junto a él pero por el lado opuesto. Lorenz observó que en los enfrentamientos entre dos parejas de gansos era frecuente que una hembra cargara contra la pareja rival, pero al alejarse del macho y perder su protección se asustara, diera media vuelta y corriera a situarse detrás de él buscando su protección. El comportamiento de la hembra en la formación de la pareja no sería más que una ritualización de esta forma de ataque-huída.

     Estos fenómenos de agresión reorientada pueden hacerse cada vez más complejos, y entretejerse con ellos complicadas pautas. Así Lorenz explica que, por ejemplo, el instinto gregario de muchas especies a formar grupos no es nada más que la agresión reorientada hacia afuera e inhibida hacia adentro. Los grupos, ante la presión exterior, aumentan su cohesión interna en forma proporcional.


El Concepto de lo Innato

     Con la gran base empírica que le proporcionaban sus ingentes investigaciones sobre los gansos silvestres, los córvidos y otras especies, Lorenz entró en el terreno teórico de los conceptos de lo innato y lo aprendido, sentando las bases del pensamiento etologista.

     Frente a la opinión conductista, que sostiene que la diferenciación innato-adquirido carece de validez analítica, y a la actitud de los etólogos ingleses (Timbergen) que sostienen que lo innato y lo adquirido son casos extremos de una serie sin solución de continuidad, Lorenz define claramente ambos conceptos, sosteniendo que el individuo llega al mundo con una serie de pautas y pasiones innatas, fruto de la historia evolutiva de la especie, y que esas pautas se desencadenan a través de estímulos-signo que proceden del medio externo.

     Innumerables experiencias apoyan sus afirmaciones. Los gansos jóvenes, que nunca han visto un gavilán, muestran signos de pavor ante cualquier objeto volador que recuerde a esa ave. Sólo después, mediante la experiencia, aprenden a distinguirlos. Muchas especies de aves reconocen como madre al primer ser vivo que ven al salir del huevo. Pollitos incubados artificialmente pueden tomar a un ser humano como su madre, o incluso a la misma incubadora. Las pavas, al criar, matan a cualquier otro animal que encuentren en su nido que no sean sus crías, pero las pavas sordas, que no oyen piar a su prole, pueden también darles muerte. Reconocen a los hijos por su voz, y esto inhibe su agresividad. Al no poderlos oír piar, los toman por enemigos y les dan muerte. Podríamos llenar cientos de páginas con las experiencias de Lorenz, Leyhausen y su escuela.

     El concepto de lo innato aplicado al hombre da lugar a un biologismo antropológico de importantes consecuencias, y en aguda contradicción con las doctrinas en boga (marxismo, psicoanálisis, conductismo, las doctrinas antropológicas de Lévi-Strauss y demás). El Hombre, pues, lleva en su material genético una serie enorme de pautas de conducta que se desencadenan ante estímulos-signo. Muchos aspectos del comportamiento humano que nos quieren hacer creer que son fruto de la educación, son en realidad de origen biológico. Es típica la interpretación de la psicología conductista del comportamiento agresivo en el hombre, al que ve como consecuencia de una educación represiva, cuando es fruto de una memoria genética de especie de cazadores tribales o territoriales. En el mismo orden, podemos situar el supuesto "tabú" que existe en todas las sociedades humanas ante el incesto, que se quiere explicar mediante el "complejo de Edipo", cuando no es más que el mecanismo biológico de defensa de la especie ante los cruzamientos consanguíneos, en los que la frecuencia de alelos recesivos letales es mucho mayor que en los cruzamientos normales.

     El concepto de lo innato es la gran aportación del etologismo al mundo de la Antropología y del pensamiento en general, pues revoluciona toda una serie de creencias elevadas a la categoría de dogma por el Mundo Moderno. Resulta aquí que la validez de la Tradición como legado de conocimiento milenario, de la "Ley Natural", vuelve en muchos casos a cobrar un significado, no como una elucubración religiosa o mística sino con un respaldo científico.


Robert Ardrey: El Imperativo Territorial

     Como antes hemos indicado, el etologismo no constituye un cuerpo de doctrina monolítico sino una aceptación de unos hechos y doctrinas básicas, pero con matizaciones diversas en los diversos autores y escuelas. Konrad Lorenz, creador y máximo impulsor del etologismo con su Premio Nóbel, basa todo su pensamiento, como antes hemos visto, en la función de la agresividad.

     Con Robert Ardrey aparecen interesantes variaciones sobre el tema lorenziano, pues el autor basa su obra en el estudio del instinto de territorialidad como elemento básico de las motivaciones del comportamiento. Ardrey inicia su carrera intelectual como escritor y dramaturgo, para dedicarse después a la Antropología y la Etología; esto lo ha hecho blanco de los ataques de mucho enano mental anti-etologista, que al no poder rebatir sus doctrinas lo han llamado "advenedizo", "biólogo aficionado" y otras lindezas. Sin embargo, su obra principal "El Imperativo Territorial" es un clásico en el pensamiento etologista y es una obra elaborada con todo el rigor científico.


Concepto de Imperativo Territorial

     La honda ligazón del ser vivo a un determinado espacio fue descubierta por Elliot Howard en 1920, en sus estudios sobre aves. Ardrey define el imperativo territorial como el impulso que lleva a todo ser viviente a conquistar y defender su propiedad contra violaciones de miembros de su especie. Las motivaciones del comportamiento territorial son de orden bio-psíquica más que fisiológica. El territorio satisface principalmente la necesidad de identificación que todos los animales sienten. Tienden a identificarse con una parcela mayor que ellos y más duradera.


Demarcación y Conflicto

     De la misma manera que el hombre delimita fronteras y límites de propiedad, los animales disponen de una variada serie de métodos para demarcar sus propiedades. Esto evita conflictos innecesarios para la intrusión inadvertida de un individuo en el espacio de otro.

     Son formas de demarcación las advertencias sonoras de las aves, que cuidan siempre de cantar en lugares bien visibles (así como el rugido del león, que evidencia una presencia eficaz a varios kilómetros de distancia). Otros utilizan el método olfativo, mediante glándulas con secreciones especiales, o bien con orina o excrementos. Entre los animales que demarcan de esta manera tenemos la gacela de Thomson, el venado rojo de Escocia, la hiena, diversas clases de antílopes, el león, etc.

     Las señales visuales son emitidas por los dueños de territorios que se colocan en posición destacada y bien visible para sus vecinos.

     En general, cada especie pone en juego un tipo de señalización más adecuada en su medio mediante una combinación de procesos, pero con un objetivo definitivo: la eliminación de ambigüedades en la frontera para una afirmación clara del poseedor. La demarcación del territorio no es fija ni estática sino que está en función en cada momento de las relaciones del individuo, o de la comunidad, si nos encontramos con una especie social-tribal, con sus vecinos. La demarcación se realiza a través del conflicto, y la frontera es una realidad de tensión, un equilibrio de fuerzas que evoluciona con el tiempo. Así pues los territorios tienden a aumentar o disminuír en consonancia con la energía de los propietarios, la violencia de su agresividad. Un factor de equilibrio reside en el hecho de que cuanto más pequeño es el espacio ocupado, tanto mayor es el empeño empleado en su defensa y más elevadas las posibilidades de triunfo.

     Un animal fuera de su territorio pierde coraje y manifiesta una clara tendencia a la fuga; por el contrario, cuanto más cerca se encuentra del centro geométrico de su coto, más se multiplican sus esfuerzos para vencer en el combate: del equilibrio de estas dos tendencias, que vienen controladas por el efecto ataque-huída de la adrenalina, provienen las leyes de la conquista y del ataque territoriales.

     Otro aspecto curioso de este sistema es la constitución de los grupos en los animales tribales mediante el esquema de sumisión-huída. En los animales que viven aislados, cuando se da un conflicto, el vencido huye, pero en los que precisan formar grupos, el conflicto individual ha dado como consecuencia la formación de un ritual pacificador: el vencido no huye sino que realiza una serie de actos encaminados a pacificar al vencedor, y queda viviendo a su lado en calidad de subordinado. Estos rituales de pacificación son muy complejos, pero en general tienen dos componentes sencillos: el exponer partes vulnerables del cuerpo sin defensa, y después componentes de tipo sexual: el vencido aunque sea macho, se comporta como hembra. Este caso es común en los primates, donde machos dominantes montan a machos inferiores, como si copularan, para demostrar su status dominante.

     También es frecuente el caso, como en muchos cérvidos, de especies que viven normalmente en grupos numerosos pero que al llegar la época del celo cada macho crea su propio harem y expulsa de su territorio a los machos más débiles.

     En muchos animales, la posesión del territorio va unida íntimamente a la función reproductora. Tal es el caso del "territorio lek", cuyo papel es predominantemente sexual. La descripción de Buechner del cob de Uganda [un tipo de antílope] es modélica en esta materia: los machos poseen una parcela cuyo valor es inversamente proporcional a la distancia del centro del área en que vive el rebaño. El macho más fuerte ocupa el territorio central y los demás se distribuyen por los alrededores a través de rudos combates. La hembra en celo sólo responde a los machos en el territorio dentro del área, y con más intensidad a los animales centrales, o sea, aquellos cuya fuerza física les permite la defensa permanente de un territorio central.

     Este fenómeno, juntamente con el aumento o disminución de agresividad de un individuo al aproximarse o alejarse del centro de su territorio, nos muestra de forma evidente cómo funciones fisiológicas de naturaleza hormonal (agresión, impulso sexual) pueden estar determinadas por la situación espacial del animal en su territorio, lo que prueba su naturaleza bio-psíquica.

     Vemos pues que la influencia del imperativo territorial en la conducta puede variar de una especie a otra, pero siempre existe. Veremos ahora el comportamiento territorial de la especie humana y su influencia en la Antropología.


El Hombre, Animal Territorial

     La concepción etológica del Hombre, basada en el imperativo territorial que desarrolla Ardrey, partiendo del Darwinismo, desmonta completamente la ingenua concepción "progresista" Hombre-primate de cerebro superior, y cuestiona muy seriamente la teoría de una evolución lineal y progresiva hacia un "paraíso en la Tierra".

     El pensamiento de Ardrey sobre el hombre es desarrollado principalmente en su libro "La Evolución del Hombre: La Hipótesis del Cazador".

     Ardrey sitúa la aparición de los primeros homínidos en África. No vamos a extendernos sobre este punto, pues no es el origen del Hombre el tema del presente trabajo. Sin embargo, lo que sí es realmente importante es resaltar el cambio enorme, la solución de continuidad que existe entre nuestros próximos parientes, los monos arborícolas y comedores de frutas, y el hombre (o los primeros homínidos), habitantes de la sabana, cazadores, carnívoros y territoriales.

     Investigadores de la inmunología y de la genética molecular han demostrado nuestra estrecha relación con el chimpancé. En el curso de un amplio estudio sobre chimpancés salvajes, realizado cerca del lago Tanganika, se produjo una epidemia de poliomielitis, que se extendió muy pronto a los animales en estudio, matándolos de la misma forma que a los seres humanos. Sin embargo, esto es prueba de parentesco, pero no, como quieren algunos biólogos obsesionados con la idea de la evolución lineal, que los póngidos sean nuestros antepasados. Por otra parte, estudios embriológicos realizados con el chimpancé han mostrado que, en el curso de su desarrollo ontogénico, el animal sufre una involución, de formas de cráneo más próximas al hombre a formas más características de los demás mamíferos.

     También el estudio craneano infantil del orangután permite reconocer más rasgos antropomorfos que el cráneo adulto correspondiente. La región del hocico está ya adelantada (en el recién nacido es más corta), pero el neurocráneo domina claramente al esplactocráneo, que parece tan sólo un anexo relativamente insignificante del neurocráneo fuertemente abombado. La frente es vertical, las aberturas de las órbitas oculares están dirigidas hacia adelante y ligeramente inclinadas, el foramen magnum se abre hacia abajo, las protuberancias articulares se hallan en la base craneal en posición bastante anterior, la línea temporal tiene una posición inferior, y las mandíbulas son cortas y casi en herradura.

     El problema de las relaciones y parentescos entre póngidos (grandes monos) y homínidos es complejo, y queda aún mucho por resolver, pero no es lo que ahora nos ocupa. Lo único claro es que los póngidos descienden de seres más homínidos que ellos, y que son el producto de una involución.

     Después de este inciso, pasemos a lo que realmente nos interesa. Los primeros hombres, pues, vemos que invaden un nuevo espacio vital, completamente distinto: de la vida arborícola pasan a vivir en la sabana, y de la alimentación frutícola-omnívora pasan a la carnívora. Existe la hipótesis de que la alimentación de los primeros hombres era vegetariana, argumento usado para atacar la "hipótesis del cazador"; sin embargo, Ardre demuestra de forma magistral lo pueril de esta hipótesis: es evidente que la cocina y el control del fuego son relativamente recientes en la historia de la Humanidad, por lo menos que nosotros conozcamos.

     Ninguno de nuestros alimentos vegetales puede ser comido crudo sin que aparezcan importantes perturbaciones digestivas. Así, por ejemplo, los frijoles y toda la familia de las legumbres, cuando están maduros, incorporan a sus proteínas y féculas una sustancia llamada proteasa, que es una enzima que sirve a la semilla en germinación para digerir sus sustancias de reserva. La proteasa debe ser destruída mediante la oxidación que se produce en el cocimiento, de lo contrario produce acidez. Otras semillas, como el ñame o la mandioca, están provistas de enzimas tan fuertes que desquician todo nuestro metabolismo. La mandioca incluye entre sus féculas una importante dosis de cianuro. Es evidente pues que el cocimiento, y sólo el cocimiento, permitió disponer del mundo de alimentos vegetales de elevadas calorías de que hoy disponemos.

     A todo esto hay que añadir las investigaciones de Crawford que mostraron que sólo con los ácidos grasos presentes en la carne pudieron evolucionar los nueve mil millones de neuronas de nuestro cerebro. Si nuestro conocimiento de la Época Glacial es correcto, está claro que éramos seres pre-adaptados desde hacía tiempo —a través de nuestra experiencia ecuatorial— para sobrevivir en los inviernos helados, de inimaginable duración, en los que sólo nos alimentábamos de carne.

     Otra objeción corriente a la hipótesis de la caza es que la alimentación exclusivamente carnívora durante esa época glacial produciría deficiencias vitamínicas; a esto contesta Stefanson demostrando la existencia de ácido ascórbico (vitamina C) y otras vitaminas en la carne cruda, que eran destruídos por la cocción.

     El Hombre pues empezó a ser hombre y a diferenciarse del simio, o de su misterioso antepasado animal, en el paso de la vida arborícola a la terrestre. Se adaptó a la marcha bípeda, lo que liberó sus manos, que pronto aprendieron a manejar un arma, que después se convertiría en herramienta, pero que fue un arma antes que nada. El hombre se convirtió en carnívoro y cazador, y defendió su territorio frente a otros grupos hostiles, como lo hace cualquier cazador. Este modo de vida de guerrero-cazador le permitió sobrevivir en el largo período invernal y modeló al hombre tal como llegaría a nuestros días, con un poderoso legado genético de ser tribal, agresivo y, sobre todo, ligado a un territorio.

     El instinto territorial es común a todos los animales, pero en el cazador es vital, pues en la competencia por las presas está la condición para su supervivencia. La agresividad del ser humano no es solamente fruto de unas circunstancias socio-políticas, sino que tiene raigambre biológica. A menudo se ha dicho que el sentimiento nacional y las guerras que puede acarrear es solamente fruto de los demagogos que responden a intereses económicos. Sin embargo, si no existiera el instinto de territorio, el "imperativo territorial", no existiría esa fibra sensible que puede mover a pueblos enteros hacia gigantescas y a veces terribles empresas. Está ahí y de nada sirve ignorarlo.


Irenäus Eibl-Eibesfeldt: Agresión y Cooperación

     La obra de este autor, discípulo de Lorenz y sucesor suyo en el Instituto Max Planck, viene a completar definitivamente la gran obra del Etologismo como concepción del Hombre, destruyendo los últimos argumentos de sus adversarios. Lorenz realizó todos sus trabajos experimentales sobre el reino animal —las aves concretamente—, y por inducción extendió al Hombre los resultados. Por el contrario, la amplia obra de investigación de Eibl-Eibesfeldt se realizó sobre material humano, creó la Etología Antropológica y ha demostrado, con ligeras variaciones conceptuales, que las grandes conclusiones de Lorenz para el Hombre eran ciertas.

     Al contrario que Lorenz, Eibl-Eibesfeldt no cree que la agresividad sea el único impulso primario, sino que afirma que existen dos pulsiones primarias que interactúan con igual fuerza: agresividad y sociabilidad.


Facultades Innatas del Hombre

     Cuando vimos la obra de Lorenz, ya hablamos del concepto de lo innato. Con las experiencias de Eibl-Eibesfeldt se desvanece cualquier duda que pudiera haber al respecto: sus observaciones sobre niños de pocos días, ciegos y sordomudos, muestran cómo la expresión de emociones elementales responde a mecanismos innatos. Estos niños lloran, ríen o muestran tranquilidad en su rostro, según su estado de ánimo. Por otra parte, el autor muestra expresiones, ritos y pautas comunes en culturas muy diversas, que sólo pueden ser explicados mediante el concepto de lo innato. Por ejemplo, para saludar a distancia, los pueblos más diversos alzan y bajan rápidamente las cejas y al mismo tiempo sonríen. También existen como patrimonio común a muchas culturas otros modos de comportamiento del contacto amistoso, como el abrazo y el beso; los cuales, por cierto, pueden también observarse en el chimpancé, lo que prueba que son muy antiguos filogenéticamente y que proceden de nuestros remotos antepasados.

     A partir de todo esto él elabora lo que llama "modelo pre-programado del comportamiento humano", y nos muestra interesantes ejemplos de cómo se forman pautas de comportamiento a través de procesos de ritualización. Así, por ejemplo, nos dice Eibl-Eibesfeldt que las pautas de comportamiento que aparecen en el fenómeno del coqueteo, en las hembras, son ritualizaciones de pautas mucho más complejas: es frecuente en muchas especies de mamíferos que la hembra huya al ser cortejada por el macho. Cuando la hembra humana coquetea, mirando al varón que la corteja, y apartando después la vista rápidamente, imita, de forma inconsciente, a sus remotos antepasados animales, y en el acto de "huír con la mirada" ritualiza la pauta de huír.

     Se ha pretendido que el modelo pre-programado del comportamiento del hombre es una restricción a su libertad, y se ha intentado también equiparar el concepto de instinto con las bajas tendencias del hombre. No hay nada más falso: las mayores aberraciones de las que el ser humano es capaz rara vez las observamos en los animales cuando éstos viven libremente, y es la tendencia existente en el ser humano a rechazar sus pautas naturales de comportamiento y actuar según sus "propias normas", elaboradas por su "razón", lo que mayores desviaciones ha producido. Por otra parte, el comportamiento altruísta, el sacrificio por la familia o por la comunidad, puede tener un fundamento biológico. Nuestros instintos son a la vez restricción y fundamento de nuestra libertad.


Agresividad y Sociabilidad

     Ya hemos visto antes, al tratar la obra de Lorenz, la naturaleza y la función de la agresividad. Pero Eibl-Eibesfeldt aporta un nuevo elemento al defender la tesis de que también existe una tendencia innata a la sociabilidad. Los mismos mecanismos filogenéticos que han fijado en el material hereditario las tendencias agresivas, han hecho lo mismo con los ritos y pulsiones vinculadoras, cuya finalidad es la inhibición de la agresividad. Un ejemplo típico es la inhibición de la agresividad que producen los caracteres infantiles, y que es perfectamente explicable con un proceso filogenético de fijación temprana, con un gran valor selectivo, pues una especie que no lo poseyera correría el peligro de perder a muchos de sus jóvenes en manos de los adultos.

     Eibl-Eibesfeldt ha realizado entre sus muchos estudios de Etología Antropológica uno clásico en la materia, que es el que trata de la fiesta del Pijiguao entre los waikas, que son unos indios que habitan en el alto Orinoco. Esa fiesta se produce entre dos tribus que quieren sellar lazos de amistad para la colaboración en la caza o el intercambio comercial. En el curso de la fiesta, se realiza una serie de danzas que no son más que ritos de pacificación, y muestra que entre los ritos culturales y los biológicos no hay solución de continuidad. La fiesta se inicia con una danza en que los guerreros danzan con sus armas y con pinturas de guerra delante de sus anfitriones, en una actitud que puede parecer agresiva, pero detrás de cada guerrero va bailando un niño, que subraya con su aparición las intenciones pacíficas del guerrero. Intimidación y conciliación, dos funciones básicas del comportamiento humano, se ven aquí entrelazadas.

     El comportamiento conciliador y amistoso madura en el hombre desde su infancia. En la relación madre-hijo aprende el individuo la relación y la cooperación amistosa con miembros de su especie. Recuérdese la importancia del troquelado que estudiamos anteriormente, cómo un ave recién nacida puede reconocer como madre a cualquier ser vivo, o no vivo, que esté cerca.

     La primera modelación de pautas conciliadoras se produce, según Eibi-Eibesfeldt, a través de los intercambios de alimento. Es frecuente ver en los primates, y en muchas culturas primitivas, a las madres dándoles comida a medio masticar de su propia boca a sus hijos. Según Eibl-Eibesfeldt, este comportamiento imprime en el futuro pautas de comportamiento sexual, tal como es el beso. De forma análoga se troquelan otras pautas.


Epílogo

     Hemos visto, pues, aunque de forma muy somera, las líneas generales del pensamiento etológico, y quizás ahora entendamos el porqué lo llamamos "Revolución Etológica", por el cambio tan radical de conceptos que aporta a la concepción del Hombre.

     El comportamiento humano no es fruto del entorno en que vivimos, de la educación que recibimos, de la cultura en que nos desenvolvemos, sino al contrario: todos o casi todos nuestros actos tienen profundas motivaciones biológicas, condicionados por la memoria genética de la especie desde la noche de los tiempos.

     Existe pues lo que antes llamaban Ley Natural, y no "todo es normal", como afirman muchos pseudo-intelectuales modernos: hay criterios biológicos para definir la normalidad de un comportamiento.

     Sin embargo, el Hombre, porque tiene libertad de escoger, puede elegir entre vivir de acuerdo con la Naturaleza, o elaborarse él mismo sus normas de vida, confiando en su supuesta y omnipotente Razón.

     Muchas religiones y leyendas e incluso, a su manera, doctrinas modernas como el marxismo y el psicoanálisis, nos hablan del trauma primigenio de la especie humana, donde perdió el contacto con una realidad superior, con una inocencia primordial en la que era feliz. Puede que haya en esto algo de verdad, y ese trauma inicial fuera cuando el Hombre quiso dejar su instinto biológico como norma de vida y elaborar su conducta de modo racional. Quizás el futuro nos aclare estas dudas.–





HISTORIA DE LA ETOLOGÍA
por Fernando García Mercadal


     No cabe duda de que ha sido KONRAD LORENZ, Premio Nóbel de Medicina en 1973, quien ha popularizado los estudios etológicos, acercando al gran público una ciencia que era prácticamente desconocida hasta hace unos años. De su mano la Etología, o Biología del comportamiento comparado entre el Hombre y los animales, ha irrumpido con fuerza en el ámbito de nuestra cultura, revolucionando los planteamientos clásicos sobre los que descansa la Ciencia del Sistema y reforzando con sus postulados los principios de orden y jerarquía defendidos por la sociedad tradicional.


Nacimiento de la Etología

     Pero ¿cuándo surgió y de dónde procede la Etología? Para WILLIAM THORPE, historiador de esta disciplina, la respuesta es muy clara: apareció en Francia a finales del siglo XVIII, aunque existían precedentes más remotos en la Zoología y en las Ciencias Naturales cultivadas en las centurias anteriores. Será un aficionado, G. G. LEROY (1723-1789), guardabosques de Versalles, quien con su obra La Inteligencia y Afectabilidad de los Animales desde un Punto de Vista Filosófico, con unas pocas palabras sobre el Hombre se convierta en el precursor de esta ciencia, aún cuando fue JEAN-BAPTISTE LAMARCK (1744-1829) su primer propagador al sostener en su obra Filosofía Zoológica (1809) que el impulso animal era un factor muy importante en la adaptación de las especies.

     No obstante, la primera presencia de la Etología —en el sentido actual del término— en la discusión científica europea no tendría lugar sino hasta los célebres debates sostenidos durante 1830 en la Academia de París entre ÉTIENNE GEOFFROY SAINT-HILARIE, defensor de la causa lamarckiana, y su colega GEORGE COUVIER, figura principal de la biología francesa de su tiempo. Años más tarde ALFRED GIARD (1846-1908), fundador de varias estaciones biológicas en suelo galo, utilizaba por vez primera la expresión Etología para referirse a sus investigaciones.

     La contribución anglosajona al desarrollo de la Etología ha sido también importante. En 1872 aparece publicado en la revista Nature un trabajo sobre el instituto cuyo autor —un joven llamado DOUGLAS SPALDING— inicia la lista de científicos británicos dedicados al estudio de la psicología animal. El mismo año se editaba La Expresión de las Emociones en el Hombre y los Animales, de CHARLES DARWIN. Ambos influirán en los trabajos de LLOYD MORGAN, algunas de cuyas obras, como Hábito e Instinto (1896) y Comportamiento Animal (1900), tuvieron una enorme repercusión entre los científicos de su tiempo.

     Por lo que respecta a Estados Unidos son ya clásicos los tratados de CHARLES WHITMAN y WALLACE CRAIG sobre el aprendizaje de las palomas y los estudios de WILLIAM MORTON WHEELER sobre las comunidades de insectos. Sin embargo, el tremendo éxito de la teoría del condicionamiento de PAVLOV y la difusión de las ideas conductistas —pese a los intentos de KARL SPENCER LASHEY por contrarrestar su influencia con su análisis de la función cortical— explican el largo período de ostracismo en el que entrará a partir de este momento la Etología estadounidense. De la mano de etólogos como Ardrey, Von Frisch y otros, la Etología ha asestado un golpe de muerte a las ideologías de la uniformidad.


Lo Innato y la Agresividad

     Esta situación será el motivo de que corresponda a los investigadores europeos —austriacos y alemanes principalmente— la consolidación final de la Etología tal como la conocemos hoy. Entre los mismos citaremos a JAKOB VON UEXKÜLL (1864-1944), que en un intento por acabar con el enfoque antropocéntrico que todavía tenían las investigaciones sobre los animales, propone una nueva nomenclatura para designar sus conductas; a KARL VON FRISCH, cuyos trabajos sobre el lenguaje de la abeja de la miel son muy conocidos; y sobre todo a OSCAR HEINROTH, por quien KONRAD LORENZ siempre tuvo especial predilección considerándolo maestro suyo.

     Es precisamente LORENZ, nacido en Viena en 1903, la figura clave de todo este movimiento, tal y como apuntábamos al principio. Desde temprana edad fue un observador infatigable de la Naturaleza y un paciente domesticador de animales, los cuales —especialmente los gansos— tuvieron una importancia decisiva en sus prácticas biológicas. Estudió Medicina, Zoología y Filosofía en la capital austriaca y en Estados Unidos. Durante la Segunda Guerra Mundial se incorporó al ejército alemán como oficial metódico, cayendo prisionero de los soviéticos en el frente oriental.

     Dos son los pilares básicos sobre los que se ha desarrollado toda su obra científica: el concepto de lo innato (el instinto o patrón heredado de comportamiento), y el concepto de agresividad, entendida como impulso indomable pero con la posibilidad de ser reconducido mediante el rito y la jerarquía.

     Se replantea de este modo la polémica entre ambientalistas y partidarios de la herencia, polémica que tenía en el campo de la Filosofía una respetable antigüedad (recuérdese el innatismo kantiano y la tabula rasa de Locke, por poner un ejemplo) y que se prolongará en el ámbito de la Psicología, entre quienes resaltan los factores de aprendizaje y la Escuela de la Gestalt, que destaca la maduración. LORENZ pondrá en cierto modo fin a la discusión al demostrar que el Hombre no es un ser aislado sino que nace y vive condicionado por sus genes.


La Revolución Etológica

     Discípulos de LORENZ y contemporáneos suyos son VON HOLST, primer director del Instituto Max Planck, dedicado al estudio de la fisiología del comportamiento, y el holandés NIKOLAS TINBERGEN, durante muchos años profesor en Oxford y animador de la Etología inglesa de la posguerra.

     Con una obra científica muy original no podemos dejar de citar a IRENÄUS EIBL-EIBESFELT, quizás el etólogo que ha expuesto con mayor profundidad el tema de la agresividad humana, impulso que lo hace coexistir con un instinto de sociabilidad igualmente poderoso, y a ROBERT ARDREY, formulador de la teoría del imperativo territorial, que vincula a todo ser vivo con una determinada demarcación natural.

     De la aplicación de la Etología a las Ciencias Sociales ha surgido la SOCIOBIOLOGÍA, nacida formalmente en 1975, fecha en la que E. O. WILSON publica su obra Sociología, la Nueva Síntesis. Disciplina híbrida, demuestra el error de quienes creen en el ambiente y la cultura como determinantes de la aparición de las razas, la tendencia social o antisocial de los hombres y su vocación sacerdotal, guerrera, artesana o campesina. Con sus postulados se han derribado muchos de los planteamientos de la Sociología convencional.

     En definitiva, la Etología —la Revolución Etológica, como han preferido referirse algunos escritores—, con su respaldo científico a quienes combaten por un mundo ordenado y creador, ha atestado un golpe de muerte a las ideologías de la uniformidad. No es de extrañar por tanto que los ambientes que se han rebelado con mayor virulencia a sus aportaciones sean los dominados por el marxismo y el psicoanálisis.–






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