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martes, 17 de noviembre de 2015

Revilo P. Oliver - Lo que le Debemos a Nuestros Parásitos



     El siguiente texto (What We Owe Our Parasites) que hemos traducido al castellano apareció originalmente en forma impresa en dos ediciones de la revista mensual Free Speech (Octubre y Noviembre de 1995), publicada por National Vanguard Books en West Virginia, y es la transcripción de un discurso ante un auditorio. El estadounidense profesor Oliver (1908-1994) en esta presentación, citando diversos ejemplos de la Historia, realiza una evaluación de la difícil situación de los hombres Blancos en Estados Unidos y otras partes, amenazada por peligros que, tras casi 50 años de su diagnóstico, no sólo no han sido superados sino que han arreciado, siendo uno de los principales y más venenosos el adoctrinamiento que inculca el odio hacia sí mismo.


Lo que le Debemos a Nuestros Parásitos
por Revilo P. Oliver, 1968




NOTA INTRODUCTORIA

     El doctor Revilo P. Oliver ha sido debidamente considerado, por aquellos pocos afortunados de estar familiarizados con su obra, como uno de los más grandes estadounidenses de este siglo. Nacido en 1908, él rápidamente ascendió por las filas de la Academia para convertirse en su tiempo en uno de los principales filólogos y académicos en temas clásicos. Él fue profesor de estudios clásicos en la Universidad de Illinois, en el Campus Urbana, durante 32 años. Él pudo fácilmente haber pasado su vida enclaustrado en sus estudios, haciendo lo que más amaba: aplicando los lentes de la erudición, enfocados por su mente brillante, sobre los polvorientos tomos y manuscritos del pasado. Pero él escogió un camino diferente.

     Él vio claramente —y mucho antes que la mayoría de sus compatriotas— a dónde los elementos subversivos y foráneos estaban conduciendo a su pueblo, y él prefirió arriesgar su reputación y posición social para hablar claro. Desde 1954 hasta su muerte, en Agosto de 1994, él trabajó casi sin descanso en favor del despertar de los estadounidenses de ascendencia europea frente a su peligro y su probable gran destino.

     El doctor Oliver pronunció el siguiente discurso ante un grupo germano-estadounidense reunido en el Club Lorelei en Hamburg, Nueva York, cerca de Buffalo, el 9 de Junio de 1968. La transcripción mecanografiada se perdió en una inundación en 1990 en el hogar del doctor Oliver, pero ha sido restaurada en forma impresa en base al registro sonoro original hecho por el señor Everett Weibert. Éste es uno de los mejores discursos del doctor Oliver, y ciertamente es su obra breve más integral. Aparece aquí en forma impresa por primera vez.

     Kevin Alfred Strom, editor


* * * *


     Damas y caballeros: Antes que nada, permítanme agradecerles por el honor de su invitación y por el placer de estar con ustedes hoy. En los últimos doce años he hablado ante una gran cantidad de organizaciones conservadoras y patrióticas, pero ésta es la primera vez que aparezco ante una sociedad que es específicamente alemana, es decir, compuesta por los descendientes de la parte de nuestra raza que permaneció en casa en el siglo V, mientras sus parientes conquistaron y ocuparon todos los territorios del Oeste del largamente mestizado y moribundo Imperio Romano, que sus más remotos parientes habían fundado más de mil años antes.

     Según entiendo, estoy hablando en una reunión cerrada de miembros vuestros e invitados en quienes se tiene confianza. Creo que está estipulado que lo que se diga aquí hoy no quedará registrado y no es para ser publicado bajo ninguna forma, y que no hay reporteros presentes. En ese entendimiento, les daré a ustedes honestamente y sin rodeos la mejor evaluación de la actual difícil situación que he sido capaz de elaborar.
 
     Algunos de ustedes tal vez recuerden la vieja historia sobre una colegial que se fue a la cama una noche y finalmente cayó dormida, pero temprano en la madrugada escuchó el reloj marcar las dos y sintió que la puerta de su cuarto estaba siendo abierta lentamente. Aterrorizada, trató de pedir auxilio en la oscuridad, pero un pañuelo le fue puesto sobre su boca y sintió que unos fuertes brazos la levantaban de la cama. Ella fue cargada escaleras abajo y metida en el portamaletas de un largo y lujoso Rolls-Royce que arrancó a gran velocidad. Luego de un largo recorrido fue sacada y llevada a un gran vestíbulo de una inmensa y palaciega mansión, subida por las escaleras de mármol, y llevada a una habitación elegantemente amoblada, donde fue arrojada sobre la cama. Recién entonces ella pudo ver claramente a su captor. Él era un hombre fuerte y buen mozo impecablemente vestido con un traje formal. Él se paró junto a la cama, mirándola hacia abajo de manera inquisidora y silenciosa. Ella trató de hablar, y al final fue capaz de decir lloriqueando: «¿Qué, oh, qué es lo que me va a hacer?». El hombre encogió sus hombros. «¿Cómo podría saberlo?», dijo. «Éste es tu sueño».

     La historia es absurda, por supuesto, pero se refiere al rasgo de humor que posee su ambiguo juego en el misterio de nuestra propia consciencia. Un sueño es por definición una serie de sensaciones que ocurren en el cerebro cuando nuestros sentidos de la percepción y nuestras potencias de la voluntad y la razón están aletargadas, por lo que no tenemos control sobre el flujo de sensaciones. Pero es, por supuesto, un bien conocido fenómeno el que cuando soñamos que estamos soñando, el sueño termina y nos despertamos. Luego la mente consciente toma control y somos nuevamente responsables de nuestros pensamientos, y debemos enfrentar un día en que somos nuevamente responsables de nuestros actos, los cuales, por sus aciertos o errores, pueden determinar el resto de nuestras vidas. Nuestros sueños pueden darle expresión, placentera o dolorosa, a nuestros deseos o temores subconscientes. Pero en nuestras horas de vigilia, si somos racionales, debemos tomar nuestras decisiones sobre la base de las evaluaciones más objetivas y frías que podamos hacer: evaluaciones de las fuerzas y tendencias que hay en el mundo que nos rodea, evaluaciones de las realidades con las que debemos tratar, recordando siempre que nada es probable que suceda sólo porque pensemos que es bueno, o que es poco probable que ocurra sólo porque pensemos que es malo.

     Si alguna vez hemos necesitado evaluar cuidadosa y racionalmente nuestra posición y nuestras perspectivas, ese momento es ahora. En la plaza exterior de Brasenose en Oxford, si recuerdo correctamente, hay en medio del verde césped un solitario reloj de Sol, cuya placa de bronce lleva la escalofriante inscripción: «Es más tarde de lo que piensas». Yo les aseguro, compatriotas estadounidenses, que ahora es tarde —mucho más tarde— de lo que ustedes creen. Es posible, por supuesto, que ahora pueda ser demasiado tarde y que, como un antiguo observador y distinguido amigo mío recientemente me aseguró, nuestra causa es ahora tan desesperanzada como lo era la del Sur (estadounidense) después de la caída de Richmond y cerca de la trágica finalización de la segunda guerra de independencia que fue peleada en nuestra tierra. Honestamente creo, sin embargo, que aún tenemos alguna posibilidad de supervivencia. Si no creyera esto, yo ciertamente no estaría hablándoles hoy o pidiéndoles que consideren conmigo las probabilidades en contra nuestra.

     Yo podría estar equivocado. No tengo poderes de  adivinación ni de profecía. Y ciertamente no conozco los planes secretos de nuestros enemigos, ni tampoco la estructura interna de su organización. Sólo puedo conjeturar la probable extensión de su poderío y la probable eficacia de su estrategia mediante la extrapolación de lo que ellos ya han cumplido hasta ahora. Sólo puedo darles a ustedes mi mejor evaluación, hecha luego de largas y preocupadas consideraciones; pero no me presento como un experto en estas materias, y dado que he prometido ser honesto, les diré honestamente que mis estimaciones en el pasado resultaron ser extremadamente optimistas.

     Cuando dejé la mefítica atmósfera de Washington a fines de 1945, no tenía grandes expectativas acerca del futuro de nuestra nación. Sobre la base de los mejores cálculos que pude hacer entonces, tenía confianza en que nuestro futuro estaba asegurado por una reacción popular que yo estimaba inevitable dentro de los siguientes cinco años. Me pareció ciertamente que los secretos de Washington llegarían rápidamente a ser conocidos y que nuestra nación se vería llena de indignación y repugnancia, cuando los estadounidenses vieran expuesta a la luz del día incluso una pequeña parte del fétido registro de la enferma criatura que había ocupado ilegalmente la Casa Blanca durante tantos años [F. Roosevelt], rodeada de su repugnante pandilla de degenerados, traidores y subversivos extranjeros.

     Yo sabía que el secreto de Pearl Harbor sería rápidamente revelado, y que los estadounidenses sabrían pronto cómo los japoneses habían sido manipulados y engañados para destruír nuestra flota y matando a tantos de nuestros hombres. Yo estaba seguro de que el público pronto conocería la antigua conspiración entre Roosevelt y Churchill (quien era en ese entonces un ciudadano privado en lo que era todavía Gran Bretaña), y también de los persistentes esfuerzos de Roosevelt entre 1936 y 1939 para comenzar en Europa la guerra demencialmente fraticida que devastó a dicho continente, que destruyó tanto de lo que es el tesoro más preciado e irreemplazable de cualquier raza —la herencia genética de sus mejores hombres— y que impuso sobre nuestro propio país un gran despilfarro de vidas y riquezas en una guerra que fue deliberadamente emprendida para asegurar la derrota de Estados Unidos y Gran Bretaña, no menos que la de Francia y Alemania.

     Yo estaba seguro de que veríamos rápidamente, una vez llegada la paz, que habíamos luchado por el solo propósito de imponer sobre una tierra devastada a las bestias del bolchevismo. Yo estaba seguro de que rápidamente veríamos la naturaleza de la trampa de la gran traición llamada Naciones Unidas. Yo pensaba que el estómago de los hombres decentes se revolvería cuando ellos se enteraran de la estrategia oficialmente admitida del Gobierno británico, la cual, en violación deliberada de todas las convenciones de la guerra civilizada, había iniciado el cruel bombardeo de ciudades alemanas desprotegidas, con el propósito expreso de matar a tantos civiles alemanes indefensos, que el gobierno alemán se viera forzado a bombardear ciudades británicas desprotegidas y masacrar a suficientes indefensos civiles británicos para provocar en Gran Bretaña algún entusiasmo por la guerra suicida que el Gobierno británico estaba imponiendo sobre su renuente población, el primer ejemplo en la Historia, creo, de un gobierno en guerra que deliberadamente hace masacrar a sus ciudadanos con propósitos de propaganda. Yo creía que la verdad sobre tal ultraje doméstico, como el infame Juicio por Sedición en Washington, necesariamente llegaría a ser conocida, y excitaría los sentimientos que tales crímenes deben excitar en el pecho de los hombres decentes.

     Y yo estaba seguro de que otras mil infamias, no superadas y sólo raramente igualadas en la Historia registrada, serían reveladas, con el resultado de que todos los barcos que salieran de nuestras costas, dentro de unos pocos años, estarían abarrotados con hordas de sabandijas huyendo de la ira de una excitada y furiosa nación.

     En 1945 yo creía realmente que hacia el año 1952 ningún estadounidense podría escuchar el nombre de Roosevelt sin estremecerse o pronunciarlo sin maldecir. Ustedes ven: yo estaba equivocado. Yo tenía razón en cuanto a la inevitabilidad de la denuncia. Tal como los cuerpos de los oficiales polacos que fueron masacrados en el bosque Katyn por los bolcheviques (como supimos entonces), muchos de los crímenes secretos del régimen de Roosevelt fueron expuestos a la luz del día. La denuncia no fue ni tan rápida ni tan completa como yo había anticipado, pero su cantidad es mucho más de lo que se hubiera necesitado para la reacción prevista. Solamente alrededor del 80% del secreto de Pearl Harbor ha sido conocido hasta ahora, pero ese 80% debería por sí sólo ser suficiente para asquear a un hombre sano.

     Por supuesto no conozco, y ni siquiera puedo sospechar, el alcance total de la traición de esa increíble administración. Pero debería suponer que al menos la mitad de ella ha sido revelada en la prensa en algún lado, no necesariamente en fuentes bien conocidas, sino en libros y artículos en varios idiomas, incluyendo publicaciones que la conspiración internacional trata de esconder del público, y no necesariamente en la forma de testimonios directos sino al menos en la forma de evidencia a partir de la cual cualquier ser pensante puede sacar las apropiadas e inevitables deducciones. La información está allí para aquellos que la busquen, y mucho de ella es justamente bien conocida, justamente ampliamente conocida, especialmente la historia de Pearl Harbor, como para sugerirle a cualquiera seriamente interesado en la preservación de su país, que debería aprender más. Pero la reacción nunca ocurrió. E incluso hoy la comúnmente usada estampilla postal de seis centavos muestra el inflado y despectivo rostro del Gran Criminal de Guerra, y uno escucha poca protesta por parte del público. ¿Por qué?.

     Es cierto que hubo algunos pálidos y débiles principios de reacción, especialmente cuando el senador Joseph McCarthy comenzó su famosa serie de audiencias ante el Subcomité del Senado sobre Seguridad Interior. Todo lo que aquellas audiencias produjeron no fue sino un pequeño goteo filtrándose por el vasto dique del secreto oficial, que retenía el océano de evidencias de que Estados Unidos había sido capturado sigilosamente por extranjeros y por traidores trabajando para ellos. Pero cuando los diques comienzan a filtrarse ellos pronto se rompen. Y cuando comenzaron las audiencias de McCarthy, sólo un poco después de lo que yo había predicho, me dije a mí mismo: ¡Por fin! Éste es el comienzo. Y pronto comenzará ese gran éxodo de ratas llenas de pánico escapando de su justo castigo.

     Pero yo estaba equivocado nuevamente. A su vez, un amigo mío tenía razón. Él era en ese entonces miembro de la CIA, la que en ese entonces incluía a algunos estadounidenses. Y resultó que él estaba en Wheeling, West Virginia, el 9 de Febrero de 1950, cuando el senador McCarthy dio su famoso discurso en el cual afirmó que había 57 miembros del Partido Comunista o del aparato de espionaje soviético en el Departamento de Estado en cargos de responsabilidad y que el Departamento de Estado sabía que ellos estaban allí. Luego del discurso, mi amigo encontró una oportunidad para hablar con McCarthy a solas. Él le dijo: «Senador, usted dijo que había 57 conocidos comunistas en el Departamento de Estado. Si usted tuviera acceso a los archivos de mi agencia, usted sabría que hay pruebas absolutas de que hay diez veces esa cantidad. Pero senador, usted no comprende la magnitud y el poder de la conspiración que usted está atacando. Ellos lo destruirán a usted; ellos lo destruirán completamente».

     Pero el senador McCarthy simplemente movió su cabeza y dijo: «No, el pueblo estadounidense nunca permitirá que yo caiga». Él estaba equivocado también, ustedes ven.

     No es necesario que aquí repasemos los pasos a través de los cuales McCarthy fue destruído. Él fue por supuesto saboteado desde dentro de su propio equipo. Los extranjeros que controlan nuestra prensa, radio y televisión salpicaron su barro por el país. Hordas de los ignorantes y neuróticos pequeños leguleyos que llamamos «intelectuales» salieron desde las puertas de las universidades chillando y escupiendo, como es su costumbre. Y todo eso tuvo su efecto. Pero la conspiración fue capaz de silenciar a McCarthy sólo mediante una maniobra de algún modo no tan rutinaria.

     Ellos encontraron a un oficial del Ejército que había sido un fracaso militar hasta que Bernard Baruch lo promovió a general, y quien en 1945 no había sido capaz de esperar nada mejor que poder librarse de una corte marcial y así evitar ser dado de baja, si podía probar que todas las atrocidades y todo el sabotaje contra los intereses estadounidenses de los que él había sido culpable en Europa, habían sido llevados a cabo a pesar de su protesta y bajo ordenes categóricas del Presidente. Los conspiradores tomaron a esa persona, y con la ayuda de la prensa hicieron un rápido trabajo de enmascaramiento y lo disfrazaron como un conservador. Ellos escribieron discursos que él fue capaz de repetir sin trastabillar demasiado. Ellos desplegaron la sonrisa de él en todos los televisores. Y lo eligieron Presidente. Y, por supuesto, "Ike" (Eisenhower) fue elegido con un mandato de sus amos de apuñalar al senador McCarthy por la espalda. Y él lo hizo. Y así la conspiración obstruyó aquella pequeña filtración en el dique.

     ¿Pero cómo fue posible hacer eso? Oh sí, podríamos rastrear toda la operación paso a paso. Sabemos que nuestros enemigos son sub-repticios y astutos. Sabemos que dominan la riqueza del mundo, incluyendo todo lo que hay en la Tesorería de Estados Unidos y, mediante el impuesto a la renta, lo que haya en vuestro bolsillo y en el mío. Ellos pueden contratar a estadounidenses estúpidos o inmorales para que hagan cualquier cosa por ellos y para que actúen como testaferros. Pero la verdadera cuestión que está frente a nosotros no es su astucia y su maldad innata.

     La pregunta más profunda, más importante y lejos la más desagradable es: ¿Qué estuvo y sigue estando mal con el pueblo estadounidense que los hizo y los sigue haciendo víctimas voluntarias de sus enemigos?.

     Hace algunos años era corriente para hombres persuasivos y seguros de sí mismos encontrar a algún tonto con 5.000 ó 10.000 dólares en efectivo y venderle el puente de Brooklyn o el túnel Holland. Y escuché que cuando la empresa ferroviaria Pennsylvania comenzó a demoler su estación en la ciudad de Nueva York, alguien la compró por 25.000 dólares en dinero en efectivo. Ahora bien, los estafadores en todos esos casos son indudablemente hombres malvados. Merecen castigos ejemplarizadores. Pero, ustedes saben, debe haber algo malo también con los compradores. Por más que simpaticemos con ellos, debemos estar de acuerdo, me parece, en que ellos no eran excesivamente brillantes.

     Nosotros los estadounidenses, ustedes saben, somos considerados con un desprecio supremo por nuestros enemigos, quienes nos describen en privado y a veces en público en los términos más insolentes. Ustedes recordarán que hace algunos años un hombre llamado Jrushev era el empleado encargado de administrar los bienes de los conspiradores en Rusia. Él fue invitado a este país por su compañero Eisenhower, y se paseó por nuestra tierra, honrado y aplaudido por la prensa e incluso por algunos estadounidenses. Poco después de que él retornó, le dijo a los reporteros periodísticos en Viena: «¿Los estadounidenses? Bueno, usted escupe en sus caras y ellos creen que es rocío».

     Esa delicada fraseología me recordó lo que me había dicho un conocido en Washington durante la Segunda Guerra Mundial. Ese hombre, un periodista veterano, ocupaba un cargo de importancia en una de las fábricas de mentiras manejadas por el régimen de Roosevelt para mantener a los necios entusiastamente interesados en mandar a sus hijos o a sus maridos a una matanza sin sentido. En una conferencia política, este hombre objetó una mentira propuesta, sobre la base de que era tan absurda que destruiría la confianza pública, con el resultado de que los estadounidenses pronto dejarían de creer cualquier cosa que la agencia fabricara.

    Hubo un gran debate sobre ese asunto en aquella conferencia política hasta que fue dado por terminado por el gran experto de la agencia en dichas materias. Él era un hombre quien, entre paréntesis, por alguna razón u otra, había dejado Alemania unos pocos años antes y vino a bendecir a Estados Unidos con su presencia. Ese experto, estando un poco irritado por el debate, finalmente sacó su elegante pequeño cigarro de su boca y dijo de manera concluyente: «¡Nosotros escupimos en la cara de los cerdos estadounidenses!». Y aquello lo decidió todo. El maestro había hablado.

     ¿Por qué recibimos y merecemos tal menosprecio? A menos que simplemente hayamos degenerado hasta convertirnos en una raza de imbéciles, no aptos para sobrevivir en el mundo, debe haber algún bloqueo mental determinable que nos hace tan ingenuos. Y, de ser así, debemos muy urgentemente determinarlo. Ésa es la verdadera razón de por qué he planteado el asunto del senador McCarthy, que pudo haber parecido una historia ya añeja y ociosa. Ese episodio fue obviamente el antecedente de nuestra actual difícil situación. Y cuando tratamos de mirar hacia atrás a los factores obvios, tales como el control de nuestros canales de información y de nuestras finanzas por parte de extranjeros, sabemos que debe haber algo detrás de eso. Y luego vemos un factor obvio, del que muchos estuvieron conscientes sólo recientemente por la chocante conducta de supuestos estudiantes en supuestas universidades y por la mucho más chocante conducta de los funcionarios administrativos y las facultades de esas fábricas de diplomas.

     Ahora vemos que la pandilla de turbios estafadores encabezada por John Dewey [1859-1952] ha conseguido su objetivo. Nos damos cuenta de que las escuelas públicas han sido durante muchos años una enorme máquina de lavado y contaminación de cerebros que ha funcionado, en su totalidad, con gran eficacia. Es una máquina a la cual mandamos a nuestros hijos para que les llenen sus mentes con supersticiones grotescas y degradantes; para que les remuevan de sus almas sus instintos de integridad y honor; para ser incitados a una depravación y un libertinaje prematuros; para ser imbuídos con una irreflexiva irresponsabilidad, y para ser preparados para la adicción a drogas destructoras de la mente y para una existencia por debajo del nivel animal. Las escuelas públicas en realidad han sido el más poderoso motor de subversión que nuestros enemigos han utilizado sobre nosotros. El resto de esta hora no sería suficiente siquiera para enumerar los modos en los cuales los auto-designados «educadores» han llevado a cabo su mortal tarea.

     Cuando volvemos al asunto del senador McCarthy y buscamos una causa más profunda, podemos por supuesto culpar a las escuelas, que estaban haciendo entonces, un poco menos abiertamente, el trabajo que están haciendo ahora. Pero eso nos deja con la pregunta: ¿Por qué el pueblo estadounidense cayó víctima de ese fraude?; ¿por qué fueron ellos lo suficientemente ingenuos como para ser fácilmente capturados por el engaño de John Dewey?.

     Bien, volvamos a 1917, cuando el fraude de Dewey había conseguido el control de sólo un área relativamente pequeña, y cuando el mundo ciertamente era un lugar más brillante y más agradable. Eso nos lleva, por supuesto, a la época de Woodrow Wilson, otra figura siniestra de nuestra historia. Yo no soy uno de aquellos que consideran a Wilson como un completo villano. Creo que él fue principalmente un hombre que podía intoxicarse a sí mismo con sus propias palabras. Y creo que él pasó la mayor parte de su vida confundiendo sus alucinaciones con la realidad, como seguramente lo hizo aquel día de 1919 cuando él fue conducido temprano por la mañana por las desérticas calles de Washington, levantando mecánicamente su sombrero e inclinándose ante los aplausos de las multitudes que existían sólo en su febril cerebro.

     Por lo tanto, estoy dispuesto a creer que él creía mucho de lo que decía. Y aunque en su vida política él era solamente una marioneta que bailaba y saltaba en el escenario mientras sus hilos eran movidos por Jacob Schiff, Bernard Baruch, los Warburg, y su agente Edward "Coronel" House, el hecho es que Wilson declamó ante el pueblo estadounidense acerca de «hacer el mundo seguro para la democracia» y de «una guerra para finalizar todas las guerras», y ellos le creyeron. En vez de llamar a un médico cuando él comenzó a balbucear aquellos evidentes absurdos, ellos le permitieron que los zambullera en una guerra en la que no tenían ningún interés concebible y que utilizara el poder de Estados Unidos para hacer que el resultado de esa guerra fuera tan desastroso a largo plazo tanto para Gran Bretaña como para Alemania.

     Ahora bien, admito que la noción de un mundo sin guerras es una idea placentera y atractiva. Pero a la gente que cree que puede haber tal cosa debería preguntársele por Santa Claus, en quien ellos indudablemente también creen.

     Volvamos a 1909, cuando al pueblo estadounidense le fue ofrecido un plan para destruír naciones que había sido formulado nuevamente por un sucio degenerado apellidado Mordechai, alias Karl Marx. Ahora, es cierto que los promotores contrataron a unos cuantos periodistas, profesores liberales y otras prostitutas intelectuales, para que demostraran de manera concluyente que el propuesto impuesto a la renta no podría bajo ninguna circunstancia exceder el 4% de los ingresos de los millonarios y nunca podría afectar a nadie más, por la obvia razón de que ningún gobierno federal podría gastar tanto dinero. Pero el punto es que una mayoría del pueblo estadounidense —los herederos de un gobierno libre que se basaba en la premisa de que el gobierno debe ser limitado a lo esencial y debe ser atado por las cadenas de una estricta Constitución que refrene el ejercicio de todos los poderes excepto aquellos considerados absolutamente necesarios para la defensa nacional—, aquellos estadounidenses creyeron esas necedades. En efecto, lo que los promotores les estaban diciendo con tonos zalameros era: «Vengan, pequeños tontos, pongan sus cuellos en el lazo y nosotros les haremos mucho bien». Y los necios pequeños tontos pusieron sus cuellos en el lazo, y así el país está ahora bajo el régimen de la gran «White Slave Act» [Ley del Esclavo Blanco], y por eso estamos donde estamos hoy.

     Podríamos ir mucho más atrás, y si tuviéramos el tiempo, ciertamente deberíamos remontarnos al menos hasta el siglo XVIII, cuando la extraña mitología de lo que ahora es llamado «liberalismo», y todas las mentiras básicas que son grabadas en las cabezas de nuestros hijos en las escuelas, fueron manufacturadas por una heterogénea y estrafalaria pandilla compuesta por agentes de la gran conspiración de (Adam) Weishaupt, muchos estafadores y charlatanes ordinarios, y una curiosa manada de «idealistas» con cerebros confusos y lenguas agitadas. Pero pienso que hemos dicho lo bastante para ver que nosotros los estadounidenses estamos sufriendo de una enfermedad crónica o una propensión que invariablemente nos ha puesto a merced de nuestros enemigos, haciéndonos incapaces de pensar por nosotros mismos. Existe en nosotros una debilidad, quizá una debilidad fatal, que nos hace no sólo escuchar el balbuceo de auto-proclamados hacedores del bien, sino hacer lo que sea que ellos nos digan que hagamos, y que lo hagamos tan irreflexivamente como si estuviéramos en un trance hipnótico y hubiéramos entregado nuestra voluntad a la del hipnotizador.

     Ahora creo que esta extraña debilidad, a diferencia de tantas de nuestras peculiaridades, no es una simple idiotez congénita y hereditaria. Si aquello fuese verdad, no estaríamos aquí: nuestros remotos ancestros hubieran sido comidos mucho antes del alba de la Historia. Dicha debilidad está compuesta, me parece, de una perversión de siete cualidades diferentes; una perversión causada y fomentada por ciertos malentendidos en las peculiares circunstancias que resultaron de la prosperidad, el poder y la dominación del mundo que nosotros los occidentales conseguimos por nosotros mismos y disfrutamos en siglos recientes. Todos los siete elementos de nuestra mentalidad que voy a enumerar son buenas cualidades, al menos en el sentido de que son innatas en nosotros, que no podríamos eliminarlas de nuestra herencia genética si lo quisiéramos, y que tenemos que aceptarlas necesariamente. Podríamos comentar mucho sobre cada una de ellas, y sería particularmente interesante compararnos con otras razas en cada punto, pero debo enumerarlas tan brevemente como sea posible, con sólo una palabra o dos de explicación para hacer claro mi significado.

• La primera es la imaginación, que está altamente desarrollada en nosotros, y que es vívida; una imaginación que significa, entre otras cosas, que tenemos una necesidad espiritual de una gran literatura: tanto de una literatura de experiencias sustitutas como de una literatura de lo fantástico y maravilloso que trasciende el mundo de la realidad. Pero este don trae consigo, por supuesto, el peligro de que podamos no distinguir claramente entre una imaginación vívida y algo que podamos ver realmente en el mundo.

• Segunda, el sentido del honor personal que es tan fuerte en nosotros, y que parece tan fatuo y tonto a otras razas. Es éste, entre otras cosas, el que nos da la concepción de un combate honorable cuando hombres de nuestra raza se encuentran como oponentes en la guerra. Él nos da la ética caballeresca que ustedes ven cuando Diómedes y Glauco se encuentran en las planicies de Troya y en toda la historia subsecuente de nuestra raza. Él también nos expone al peligro de comportarnos de modo caballeresco con aquellos para quienes estos estándares son una locura.

• La tercera es la capacidad para el pensamiento objetivo y filosófico, que virtualmente está limitada a nuestra raza y que nos permite ponernos a nosotros mismos mentalmente en la posición de otros, pero que simultáneamente nos expone al riesgo de imaginar que sus pensamientos y sentimientos son los que serían los nuestros.

• La cuarta es nuestra capacidad de compasión. Tenemos una renuencia racial a causar dolor innecesario, y nosotros mismos nos angustiamos ante la vista del sufrimiento. Ésta es, por supuesto, una peculiaridad que atrae sobre nosotros la burla y el desprecio de la mayoría numérica de la población del mundo, que son seres constituídos diferentemente. Los salvajes de África, quienes son ahora vuestros amos, en el sentido de que ustedes tienen que trabajar para ellos cada día, encuentran el espectáculo de un ser humano bajo tortura simplemente hilarante. Y cuando ellos ven a un cautivo cegado, retorciéndose con sus miembros rotos mientras lo aguijonean con hierros al rojo vivo, se ríen con alegría, con júbilo, un verdadero júbilo, que es mayor que el que la farsa más divertida en algún escenario haya provocado en ustedes. Ustedes pueden buscar en vano en la vasta y respetable literatura de China algún rastro de compasión por el sufrimiento per se.

• Quinta, nuestra generosidad, tanto como individuos y como nación, lo que naturalmente atrae sobre nosotros el menosprecio de aquellos a quienes la brindamos en el extranjero.

• La capacidad de auto-sacrificio es la sexta; y ella está, por supuesto, altamente desarrollada en nosotros, pero es una base necesaria para la existencia de cualquier sociedad civilizada. Ningún pueblo que esté por sobre el nivel del salvajismo irreflexivo puede sobrevivir en este mundo sin algún instinto o alguna creencia que haga que sus hombres jóvenes den sus vidas por la preservación de la sociedad en la que nacieron.

• Y la séptima y última es el sentimiento de religión, el cual por supuesto es común a toda la Humanidad, aunque aquí nuevamente toma una forma distintiva en nosotros. Durante quince siglos la religión del mundo occidental ha sido el cristianismo, el cristianismo occidental, y no hay otra religión ahora conocida o incluso imaginable que pudiera tomar su lugar. Pero es simplemente un hecho histórico, que debemos deplorar pero que no podemos cambiar, el que sólo una pequeña parte de nuestra población actual, el 12 ó el 15%, realmente cree que Cristo era el hijo de Dios, que el alma es inmortal, y que nuestros pecados serán castigados en una vida futura. Esto significa que el instinto religioso, que es parte de nuestra naturaleza, no encuentra satisfacción en una fe incondicional en la mayoría de nuestra gente, de modo que aquellos instintos frustrados están disponibles para su explotación por cualquier sinvergüenza semi-astuto, como bien lo saben los leguleyos y rufianes que ahora ocupan la mayoría de los púlpitos. Cuando en un pueblo se pierde la fe, lo que Pareto llama el residuo religioso se vuelve su punto más vulnerable, su talón de Aquiles. Se trata de la necesidad insatisfecha de una fe incondicional en un poder superior.

    Ahora, se produjo en nosotros una perversión de todas estas cualidades durante los siglos de nuestra dominación, dándonos una concepción completamente falsa de los otros pueblos. Nosotros hemos imaginado que por alguna magia podríamos transmitirle a ellos no sólo nuestras posesiones materiales sino también las cualidades de nuestra mente y alma.

     Y siempre hemos sucumbido al halago de la imitación. La capacidad para una conducta imitativa es común no sólo a todos los seres humanos, sino también a todos los antropoides, como todos sabemos por la proverbial expresión «Monkey see, monkey do» (El mono ve, y el mono imita). La capacidad del mono para imitar es, por supuesto, limitada. Pero, con la excepción de los australoides, otras razas tienen la capacidad de imitarnos convincentemente en lo externo. Si ellos se visten con nuestras ropas, observan nuestras convenciones sociales y hablan nuestro idioma, utilizando las frases que, como pueden aprender por la observación, nos complacen, y utilizando aquellas frases incluso si no las entienden o si las consideran como charlas ridículas y absurdas, los miembros de otras razas podrían imitarnos tan verosímilmente que los creeríamos convertidos a nuestra mentalidad y a nuestra concepción de la vida. Y cualquier deficiencia que pudiésemos notar en la actuación del imitador, generosamente la pasaríamos por alto o la consideraríamos como una encantadora ingenuidad.

     Esta capacidad de imitación es poseída por los salvajes, al menos por los más inteligentes, y ella nos ha engañado una y otra vez. Los británicos son tan crédulos como nosotros. Cientos y cientos de veces, al menos, ellos les dieron becas de estudio a negros de Basutolandia o Kenia o Nigeria o de alguna de sus otras posesiones, y el resultado fue casi siempre el mismo. Con el dinero recibido, el salvaje se compraba un buen guardarropa, asistía a una escuela inglesa, aprendía a jugar fútbol, asistía a Oxford, escribía un encantador ensayo sobre (William) Wordsworth o sobre leyes antiguas, copulaba con mujeres inglesas estúpidas quienes lo consideraban a él «romántico» y a ellas mismas de «mente amplia», y cuando él se cansaba de vivir de la generosidad inglesa, se iba a casa con su tribu donde se le servía un bebé bien asado como una delicadeza que le había sido negada durante mucho tiempo por los estúpidos prejuicios de los estúpidos británicos.

     Con algunos de los altamente inteligentes pueblos orientales, la capacidad de aparentar va mucho más allá que ésta y se aproxima a la genialidad.

     Aquel extraño y único pueblo internacional, los judíos, quienes, durante todo el tiempo en el cual ellos han sido conocidos en la Historia, han vivido y florecido plantando sus colonias en los países de otros pueblos, le han debido mucho de su éxito a su habilidad tipo camaleón para adquirir, cuando así lo prefieren, las costumbres y actitudes de cualquier país que escojan para residir. Ellos son un pueblo altamente inteligente, muy probablemente mucho más inteligentes que nosotros. Pero todos los observadores, principalmente Douglas Reed y Roderick Stohlheim, han comentado acerca de la asombrosa habilidad de los judíos para parecer un alemán en Berlín, un checo en Praga, un italiano en Roma, y un inglés en Londres, cambiando de un rol a otro con la facilidad con la que un hombre podría cambiarse sus vestimentas. Los judíos tienen, por supuesto, la gran ventaja de que su piel es blanca, y de que muchos de ellos parecen, en sus características, miembros de nuestra raza, incluso hasta el punto de ser indistinguibles, al menos para un ojo no entrenado, e incluyendo personas con características no-orientales tales como el cabello rubio o pelirrojo.

     No estoy seguro, por lo tanto, de que el mayor talento para la disimulación no pertenezca a un pueblo que no tiene aquella misma gran ventaja física: el japonés. Su habilidad para ganar nuestra confianza y apropiarse de nuestra tecnología y ciencia es simplemente fenomenal, como resulta obvio a partir de lo que ellos han conseguido, viviendo hacinados en una pocas islas pobres. Pero su talento para aparentar es igualmente grande.

     Siempre recuerdo la experiencia de un amigo mío, quien era a finales de los años '30 profesor de química en una gran universidad, en la que puede ser llamada un área estratégica de nuestro país. Los alumnos sobresalientes de sus cursos para graduados eran cuatro jóvenes japoneses. Y en parte porque eran tan aptos para aprender las más abstrusas formas de química, y en parte porque eran extranjeros y por ello despertaban en él la generosidad que es normal en nosotros, él los invitó a su hogar; y en el transcurso de tres años llegó, pensaba él, a conocerlos muy bien personalmente. Sus modales y su inglés eran excelentes. Ellos profesaban la mayor admiración por Estados Unidos y sus instituciones. Ellos hablaban, por supuesto, de la «democracia» en términos de gran admiración. Ellos deploraban el «militarismo», y anhelaban fervientemente la «paz mundial» y «el entendimiento entre todos los pueblos». Mi amigo estaba convencido de que si sólo pudiéramos traer más jóvenes como ellos a Estados Unidos, la política de Japón finalmente cambiaría, y las dos naciones vivirían de allí en adelante en perpetua amistad.

     Entonces, un día él se encontraba solo en un cruce de caminos a campo abierto, a unos 30 kilómetros de la universidad, esperando que algunos amigos lo recogieran en automóvil. Ellos estaban retrasados, y ya que el día era caluroso, él fue a un huerto cercano a reposar bajo la sombra de los árboles mientras esperaba. Él vio a sus cuatro alumnos japoneses venir paseando por uno de los caminos, evidentemente en una caminata sin prisas. En el cruce de caminos, ellos se detuvieron, miraron todos los caminos alrededor y no vieron a nadie. Entonces ellos se pusieron espalda con espalda, cada uno mirando a una dirección, sacaron una cámara Leica, y fotografiaron cada camino y luego los alrededores en cada diagonal e hicieron anotaciones en un mapa. Ellos, por supuesto, habían venido a nuestro país no sólo a aprender nuestra ciencia química para su eventual uso en contra nuestra, sino también incidentalmente a señalar en los mapas el territorio alrededor de la universidad para una futura referencia, si su ejército tuviera la oportunidad de invadirnos o si tuvieran la ocasión de desembarcar una fuerza secreta en nuestras costas. Y ellos hicieron su trabajo con la paciente minuciosidad de su raza, indudablemente riéndose interiormente de la ingenuidad de los grandes estúpidos Blancos quienes libremente entregaban a sus enemigos naturales todo su conocimiento duramente ganado.

     Nuestras mentes han sido nubladas por un aún más peligroso concepto erróneo largamente anexado a nuestra religión. Durante siglos hemos trabajado bajo la ilusión de que el cristianismo occidental era algo que podría ser exportado, y sólo los acontecimientos recientes finalmente han hecho obvio para nosotros cuán vano y fútil ha sido el trabajo y el celo de devotos misioneros durante cinco siglos. Cuando Cortés y su pequeña pero valiente banda de hombres de hierro conquistaron el Imperio de los aztecas, él fue inmediatamente seguido por una serie de resueltos y devotos misioneros, principalmente franciscanos, quienes comenzaron a predicar el evangelio cristiano a los nativos. Y ellos pronto enviaron a España, con inocente entusiasmo, brillantes relatos de las conversiones que habían efectuado. Ustedes pueden sentir su sinceridad, su piedad, su ardor y su regocijo en las páginas de Bernardino de Sahagún, Juan de Torquemada y muchos otros. Y por el bien de ellos me alegro de que los pobres franciscanos nunca sospecharan cuán pequeña parte ellos habían jugado realmente en las conversiones religiosas que les dieron tanta alegría. Mucho más efectivos que sus palabras y sus libros habían sido los cañones españoles que habían roto las defensas aztecas y los despiadados soldados españoles que habían asesinado a los sacerdotes aztecas en sus altares y que habían derribado sus ídolos de las pirámides sacrificiales. Los aztecas aceptaron el cristianismo como un culto, no porque sus corazones hubieran sido tocados por doctrinas de amor y misericordia, sino porque el cristianismo era la religión de los hombres Blancos cuyos cañones de bronce y sus guerreros con armaduras los hacían invencibles.

     Eso fue a principios del siglo XVI, y nosotros los de Occidente hemos seguido repitiendo ese entrañable error desde entonces, mientras los misioneros a quienes enviamos a todas las partes del mundo escribieron de vuelta con inocente satisfacción brillantes informes sobre el número de corazones que ellos habían «ganado para Cristo». Y fue sólo después de que las campañas «anti-colonialismo» por parte de la conspiración internacional se pusieron realmente en marcha, que la mayoría de nosotros comprendió que lo que había ganado todos esos corazones había sido principalmente la disciplina de los regimientos británicos y el poder del hombre Blanco.

     En muchas costas de África, por ejemplo, misioneros ansiosos por ganar almas se aventuraban solos en tierra; y los nativos, luego de divertirse mucho torturándolos hasta morir, se los comían, cocinados o crudos, de acuerdo a la costumbre local. Lo que ocurría comúnmente, era que pocos meses más tarde un crucero británico llegaba a la costa y disparaba media docena de proyectiles de alto explosivo de 4,5 pulgadas sobre la aldea nativa, y, si bien no inmediatamente, tal vez desembarcaba media compañía de soldados navales para registrar el área y sacar a la fuerza a alrededor de una docena de salvajes para colgarlos en árboles convenientes. A menos que la tribu fuera excesivamente estúpida, ellos entendían el mensaje. El siguiente grupo de misioneros era respetado, como si de algún modo representaran al dios del trueno y el relámpago. Y si esos hombres de Dios distribuían suficiente arroz y medicamentos gratis junto con sus sermones, ellos eran capaces de hacer muchos conversos. Ellos podían enseñar un ritual, y podían quizás inculcar una superstición que tuviera algún parecido superficial con la religión de los negros; pero en cuanto a enseñar la substancia espiritual del cristianismo, ellos podían también haber seguido el ejemplo de San Francisco y haber dado sermones a los pájaros. Si bien es verdad que en algunos lugares de las antiguas posesiones coloniales los misioneros son aún tolerados, si ellos pagan muy bien, al final hemos aprendido que el evangelio sigue a los regimientos británicos en la ignominiosa y absurda retirada del hombre Blanco del mundo que fuera de él.

     Todos estos factores han contribuído, me parece, a nuestra extraña tolerancia hacia los «hacedores de bien» y a nuestra increíble estupidez al nunca preguntar contra quién ellos están «haciendo el bien». Porque es desafortunadamente cierto que un completo 80% de todos aquellos altisonantes proyectos de «mejoramiento» y «justicia social» están motivados no por una preocupación por los supuestos beneficiarios, sino por avaricia o maldad. Pero nosotros nunca preguntamos.

     Por eso tenemos a tantos «intelectuales» engordando sobre nosotros. Ellos han descubierto el más seguro y más lucrativo de todos los fraudes. Un «intelectual» se distingue por dos talentos: una elocuente habilidad con las palabras, y fosas nasales muy sensitivas. Él puede oler un billete de veinte dólares en vuestros bolsillos a una cuadra de distancia, y dos minutos después de que ese delicioso aroma llega a sus fosas nasales, los «ideales» empiezan a ser secretados por su mandíbula. Ustedes conocen la jerga: «los desfavorecidos», «igualdad de oportunidades», «los culturalmente despojados», «países subdesarrollados», «pueblos emergentes», y similares, ad infinitum y ad nauseam. Y mientras ustedes escuchan sus monótonos versos, es muy probable que ni siquiera noten la mano de él entrando en vuestros bolsillos.

     Ahora bien, podemos ser lo suficientemente ricos como para ser tontos, pero no podemos facilitar las más elaboradas formas de «hacer el bien» que están inspiradas por la malicia y el odio. Pero sin embargo las toleramos con un masoquismo colectivo que es simplemente suicida. Hemos aceptado una increíble inversión de los valores hasta el punto de que nos hemos declarado a nosotros mismos como una especie inferior, apta sólo para ser esclavizada, golpeada y masacrada al grito de nuestros superiores. A esto es a lo que equivale la propuesta, aunque, por supuesto, está embadurnada con la viscosa baba de las estupideces humanitarias ideadas por nuestros enemigos y multiplicada inconscientemente por nuestros propios llorones sentimentalistas.

     Esto no es nada nuevo. Si tuviera tiempo, dirigiría vuestra atención con algún detalle hacia la vasta e irreparable calamidad traída sobre nuestra nación en el último siglo por un pequeño grupo de vociferantes y enloquecidos fanáticos, los abolicionistas, que le impusieron al Sur (estadounidense) su trágica guerra de independencia. No estoy defendiendo la esclavitud, la esclavitud de los negros, como una institución. Creo que Jefferson y Lincoln estaban en lo correcto al considerarla como un sistema que era pernicioso, por motivos muy racionales, de los cuales los más importantes eran: primero, que ella mantenía en nuestro suelo a millones de personas de una raza radicalmente diferente a la nuestra y, según nuestros estándares, inferior; y segundo, que ello provocaba una cierta producción de mestizos, lastimosas criaturas desgarradas por los instintos incompatibles que habían heredado.

     Como ustedes saben, era el firme propósito de Abraham Lincoln hacer que todos los negros o bien retornasen a África, o, por el bien de la economía, a América Central. Pero los abolicionistas no eran racionales. Ellos eran, lamento decirlo, en su mayoría estadounidenses, incluyendo a personas tales como Wendell Phillips, el profesor Elizur Wright, y, por supuesto, a mujeres histéricas tales como Lydia Child y Harriet Beecher Stowe. Su líder era William Lloyd Garrison, quien era un estadounidense también, aunque estaba financiado por Isaac Mack y otros judíos. Ellos eran un grupo diminuto, despreciados por los estadounidenses cuerdos, tanto del Norte como del Sur. Pero ellos despotricaron y reclamaron hasta que se salieron con la suya. Ellos comenzaron a agitar en 1840 a favor de la disolución de la Unión estadounidense, y a favor de la división de Estados Unidos, mediante la secesión, en dos países. Y después de veinte años de discursos violentos, finalmente persuadieron a los Estados del Sur a tomar en serio su propuesta.

     Es muy instructivo leer a los abolicionistas. Ellos declamaban citas de la Biblia, y balbuceaban acerca de «derechos humanos» e «igualdad». Pero no podían esconder completamente su ánimo real y su inspiración. Su veneno está dirigido contra los propietarios de las plantaciones del Sur, la mayoría de los cuales, aunque no todos, eran damas y caballeros. Los abolicionistas tenían en sus mentes una imagen, parcialmente correcta, del terrateniente sureño como un hombre muy superior a ellos mismos en educación, cultura y humanidad. Y por eso ellos lo odiaban, implacablemente. Ellos también tenían en sus afiebradas mentes una imagen, totalmente falsa, de los dueños de plantaciones como un hombre de riqueza y ocio ilimitados que se pasaba la vida recostado en un amplia terraza bebiendo licores de menta. Y lo envidiaban apasionadamente. Ellos tenían una imagen, igualmente falsa, de la dama sureña como alguien que pasaba sus días con una holgura parecida a la de un hada, asistida en todas las maneras posibles por serviciales esclavos. Ellos tenían una imagen, en gran parte correcta, de aquellas mujeres siendo tratadas por los hombres con un caballeroso respeto que era casi desconocido en el Norte. Y por eso ellos ansiaban humillar y destruír a esas damas sureñas. Ésa era la verdadera inspiración de su maniático «hacer el bien».

     Ustedes pueden apreciar la verdadera medida de lo que le ha sucedido a nuestra mentalidad nacional simplemente recordando el nombre de aquel distinguido ladrón de caballos y maniático homicida, John Brown, quien, financiado por un grupo conspirador que se llamaban a sí mismos los Secretos Seis, fue enviado al Sur para iniciar una revuelta de esclavos. Como todos admiten, su propósito era conseguir que todas las mujeres Blancas del Sur fueran violadas y masacradas, y que todos los hombres Blancos de Sur fueran bárbaramente mutilados y masacrados. Aquello ¿en qué lo convierte de acuerdo a la opinión contemporánea? Claro, él fue un «paladín de los derechos humanos», «un mártir de la libertad», y todo eso. Él quería masacrar, es verdad, pero hacer una carnicería de hombres y mujeres Blancos. Es decir, fango Blanco, como nosotros mismos, mientras nos deleitamos en unos éxtasis de auto-envilecimiento y auto-odio. Y aquello basta para hacer de él alguien admirable, alguien noble. Y de ese modo su alma sigue su marcha... sobre las brasas calientes, espero.

     Yo les recuerdo que aquel pequeño grupo de santones aullantes trajo sobre nosotros una guerra terriblemente fratricida, provocándonos una pérdida irreparable y empobreciendo nuestra nación y raza para siempre al destruír la herencia genética de nuestros mejores hombres. Y también nos embruteció moralmente, quizá también irreparablemente, ya que después del asesinato de Lincoln, el cual ellos ciertamente tramaron, nuestros «hacedores de bien» enloquecidos por el odio consiguieron lo que deseaban. Si existe algún estadounidense que pueda leer la historia de todo el sufrimiento injustificadamente infligido sobre las personas Blancas del Sur durante lo que se llama la «Reconstrucción», sin bajar su cabeza de vergüenza y sentir a través de todo su ser un remordimiento angustiante, sólo puedo decir que él es despiadado y sádico más allá de mi comprensión.

     Con aquel comienzo, ¿es alguna sorpresa que hayamos llegado hoy al punto en que el odio frenético hacia nosotros mismos es la forma cierta de conseguir que seamos respetados y reverenciados? ¡Cómo han sido enseñados los estadounidenses a odiarse a sí mismos!.

     Los chinos comunistas atacaron y capturaron uno de nuestros barcos, el cual nosotros, tal vez por un acuerdo entre ellos y nuestros enemigos en Washington, no quisimos defender aunque teníamos una amplia advertencia del ataque. ¿Pero a quién le importa? Ellos son sólo fango Blanco como nosotros, nacidos para trabajar y morir para el placer de sus amos. Ahora por supuesto, si ellos hubieran sido algo realmente selecto y noble, tal como un mestizo sifilítico piojoso homosexual comunista y caníbal, por cierto todos nuestros rufianes liberales hubieran estado gritando y aullando en nuestras calles desde el alba al crepúsculo y durante toda la noche.

     Cada día, más y más de nuestros hombres jóvenes son embarcados hacia Vietnam y forzados a pelear bajo condiciones cuidadosamente concebidas para asegurar la máxima pérdida de vidas estadounidenses y para asegurar una eventual derrota. Pero pasemos por alto eso. Supongamos que realmente es una guerra y que está siendo honestamente peleada. ¿Cuál es su objetivo declarado?: ¿asegurar una base naval o una base aérea para Estados Unidos?, ¿conquistar una colonia para Estados Unidos?, ¿proteger a nuestros hermanos de sangre en Australia? Aquéllos serían propósitos racionales, aunque uno podría cuestionar la necesidad estratégica de aquella localización particular. No. El propósito aparente, el propósito declarado, es salvar a los prolíficos orientales de Vietnam del Sur de los horrores del comunismo. Qué importa que ese propósito sea una transparente hipocresía. Supongamos que es sincero. ¿Y luego qué?.

     Nosotros somos estadounidenses, hombres Blancos de Occidente. Y si fuésemos cuerdos, ninguna verdad sería más obvia e incuestionable para nosotros que el hecho de que, en lo que nos atañe, toda la abundante población de Vietnam no vale la vida de un solo soldado estadounidense. Pero si alguien sugiere eso, por cierto todo el mundo se horroriza: ¿Acaso no somos los esclavos del mundo para ser usados para hacer el bien? A nadie le importa vuestro hijo y el mío: ellos son prescindibles.

     Ahora, por instigación de los promotores de esa carnicería en Vietnam de propósitos políticos, hordas de jóvenes vándalos salen gritando desde las puertas de nuestros criaderos de matones (los que por alguna razón aún son llamados universidades), y ellos protestan por la espantosa guerra de Vietnam. ¿Pero por qué están protestando?: ¿por la muerte inútil de un hermano o de un ex-compañero de clases, un hombre Blanco? No, ellos aúllan y se quejan porque algunos de los dulces orientales de Vietnam del Norte resultan heridos a veces. Si sólo pudiéramos encontrar una manera razonable de matar muchachos estadounidenses sin incomodar a los orientales, esos rabiosos manifestantes estarían perfectamente felices.

     Los judíos, quienes, como ya he dicho, son un pueblo altamente inteligente, y quienes con tal vez un 5% de nuestros recursos militares supieron cómo terminar en seis días una guerra contra oponentes mucho más numerosos y formidables que los vietnamitas, y que fueron lo suficientemente inteligentes como para saber que la única justificación para una guerra agresiva es el territorio que se conquista producto de ella, decidieron que sería divertido matar a algunos despreciables goyim en nuestro barco Liberty, y ellos hicieron eso, con el resultado de que el poder legislativo de al menos un Estado estadounidense les envió rápidamente un mensaje oficial de felicitaciones. Nuestros hombres fueron asesinados en el lugar donde los mandamos, aparentemente al servicio de nuestro país, asesinados mientras usaban nuestros uniformes y ondeando nuestra bandera. Ellos eran los símbolos de nuestra nación. Ellos hubiesen sido la encarnación visible de nuestro auto-respeto, si tuviéramos alguno. ¿Pero a quién le importa? Ellos son sólo fango Blanco como nosotros.

     En Memphis, alguien le dispara a un Negro ladrón de autos, un conocido agente comunista y un sanguinario incitador de disturbios y revolución en contra nuestra. ¿Y qué sucede? La mitad de los estúpidos Blancos de este país lloriquean y sollozan y se lamentan, diciendo llorosamente: «Qué maravilloso hombre era él. Él quería matar al fango Blanco como nosotros. ¿No era eso dulce, no era eso noble, no era eso santo, no era él algo así como Jesús?».

     Uno podría seguir durante horas enumerando más ejemplos. Pero ya he dicho bastante, seguramente, para mostrarles cuál es realmente el mayor obstáculo que enfrentamos: el pervertido masoquismo colectivo que ha sido incitado en tanta de nuestra gente.

     Lo que he estado diciendo ahora no es lo que originalmente pretendía decirles. Yo medité, y preparé un discurso que estaba destinado a mostrarles que habíamos pasado el punto de no retorno, y que ahora enfrentamos un futuro de violencia que sólo puede resultar en nuestro sometimiento total al status de ganado, o nuestra supervivencia al costo de grandes penurias, sacrificios y pérdida de vidas. Tenía la intención de hablar con algún detenimiento sobre Francis Parker Yockey y su gran libro «Imperium». Ése es un libro que evidentemente tiene el poder de darle a los jóvenes estadounidenses cuerdos y sanos una inspiración y un propósito. Y pretendía comentar sobre dicho libro como representando, probablemente, nuestra única fuerza que nos ayudará a emerger de nuestra actual difícil situación.

     Pero después de eso, recibí dos llamadas telefónicas de hombres cuyos nombres ustedes probablemente reconozcan. Los movimientos patrióticos de este país incluyen a algunos impostores y a una buena cantidad de agentes dobles, cuya misión es la de asegurarse de que todos los esfuerzos patrióticos sean dirigidos hacia callejones sin salida, donde deben terminar en frustración y desánimo. Pero tengo la seguridad de que ninguno de los hombres que me llamaron pertenecía a ninguno de estos dos grupos. Tengo la convicción de que fueron sinceros y serios. Uno de ellos me habló muy solemnemente acerca de nuestro deber de proteger y defender al pueblo de Vietnam de los horrores del comunismo. El otro, en el transcurso de la conversación, habló muy enfáticamente acerca de nuestro deber de darle al resto del mundo un ejemplo inspirador de las bendiciones de la libre empresa... al resto del mundo, ¿lo ven?. Estamos obligados a darles un modelo que puedan seguir. De manera que descarté el discurso que había preparado y lo reemplacé con esta conferencia, que ya ha sido muy larga y no exhaustiva.

     Porque estoy convencido de que nunca seremos capaces de pensar racionalmente acerca de nuestra propia supervivencia hasta que tengamos el coraje de decir, en nuestras propias mentes: «Somos estadounidenses, hombres Blancos de Occidente. Éste es nuestro país porque lo tomamos de los indios. Y tenemos un derecho incuestionable a este país mientras tengamos el poder y la voluntad de defenderlo».

     ¿Qué les debemos a las naciones de Europa occidental y a naciones tales como Australia y Sudáfrica? Les debemos reconocimiento por nuestra relación de sangre con los hombres de nuestra raza que permanecieron en las tierras de las cuales provenimos, y con quienes tenemos, en la medida en que ellos lo reconozcan, un interés común, puesto que nosotros y ellos juntos formamos una raza que es numéricamente una minoría en el globo, el resto de cuyos habitantes nos odian.

     ¿Qué le debemos al resto del mundo? Nada, absolutamente nada.

     ¿Cuáles son los «derechos civiles» que les debemos a nuestros Negros si ellos insisten en tenerlos? Un boleto gratuito a África.

     ¿Qué le debemos al Pueblo auto-Elegido? Cortesía común y corriente y un trato considerado siempre que nosotros estemos convencidos de que es para nuestra conveniencia el tener un cuerpo cohesivo de 12 a 15 millones de extranjeros residiendo en nuestro país y que poseen una gran parte de él.

     ¿Qué le debemos a la abominable pandilla que ahora nos gobierna en Washington? Un juicio justo.

     Ahora todo esto, por supuesto, es algo que podemos decir sólo en nuestras propias mentes y en reuniones cerradas. Es probablemente imprudente decirlo incluso en asambleas tales como ésta, dado el extraño apasionamiento de la mayoría de nuestra gente sobre el cual he llamado vuestra atención al ser el mayor obstáculo que está ante nosotros. Tales afirmaciones obviamente no son posibles como propaganda o proclamas. En realidad, me temo mucho que para la mayoría de nuestro pueblo esas implantadas alucinaciones «humanitarias» sean tan profundas e inveteradas que sólo puedan ser rotas, de ser posible, por medio de la terrible conmoción del sufrimiento físico. Y aquello, ellos seguramente lo recibirán.

     Mientras tanto, será responsabilidad de ustedes, si ustedes no pretenden rendirse, proporcionar tal liderazgo en vuestros propios círculos y comunidades y hacer tales preparativos y emprender tales acciones como para que avance nuestra causa con la debida consideración a la prudencia y la estrategia. Les he dicho esto a ustedes porque estoy firmemente convencido de que nuestro futuro es desesperanzador en realidad si no vemos claramente en nuestras propias mentes nuestros propios propósitos. Y estoy cierto de que nunca podemos lograr aquello a menos que podamos liberar nuestras propias mentes de las constrictivas trampas de la superstición «humanitaria» y de las falsificadas inhibiciones morales que han reemplazado a la verdadera moralidad.

     Confío en no haber conmocionado a ninguno de ustedes. Pero sé que es muy probable que algunos de ustedes puedan sentir que lo que he dicho es despiadado y que está en violación de nuestro deber cristiano de amar a todos. Si es así, sólo puedo decir que lo siento y observar que ustedes son demasiado buenos para este mundo. Sé que la perspectiva que he sugerido es sombría y puede perfectamente desalentar a un hombre. Sólo puedo recordarles la más incontrovertible y verdadera declaración en la gran y profética obra de Oswald Spengler: «Glücklich wird niemand sein der heute irgendwo in der Welt lebt» (Nadie que viva en el mundo hoy en ningún lugar puede esperar conseguir la felicidad). De ese destino no hay retirada, no hay escape. No hay lugar para esconderse de las consecuencias de lo que nosotros los del Occidente hemos atraído sobre nosotros mismos por nuestra generosa estupidez.

     Las únicas alternativas ahora son luchar o lloriquear. Pero si ustedes creen que pueden escapar, adiós y buena suerte. Al resto de ustedes les sugiero que veamos claramente nuestro problema cuando nos digamos a nosotros mismos:

     «Nosotros somos estadounidenses. Éste es nuestro país. El que quiera arrebatárnoslo, por la fuerza o sigilosamente, es nuestro enemigo. Y es nuestro propósito —y no sólo eso: es nuestro deber hacia nuestros hijos y los hijos de ellos y hacia nuestra posteridad aún no nacida—, es nuestro deber utilizar todos los medios posibles para destruír a aquél».





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