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domingo, 29 de noviembre de 2015

René Guénon - La Edad de la Sombra



     Del libro del filósofo esoterista francés René Guénon "La Crise du Monde Moderne" (1927) hemos traído ahora su primer capítulo de una correcta versión en castellano que circula, el cual es un interesante planteamiento y, como tesis, una explicación de la conflictiva situación contemporánea. Entre todo su despliegue erudito, el autor señala aquí como un hito de referencia para la historicidad el siglo VI a.C., adelantándose en 22 años al famoso postulado del psiquiatra y filósofo alemán Karl Jaspers de la "Era Axial", establecida por éste como el siglo V a.C. (que ya presentamos aquí en Agosto de 2014). Contextualizando nuestra época dentro del famoso ciclo terminal hindú del Kali-yuga, siendo un orientalista Guénon, la percibe como un proceso de desacralización o de creciente profanidad, lo que remarca a través de todo su libro, culpando aquí de algún modo ni más ni menos que a la Filosofía, si bien no como causa, al menos como efecto.


LA EDAD DE LA SOMBRA
por René Guénon, 1927



     La doctrina hindú enseña que la duración de un ciclo humano, al que da el nombre de Manvantara, se divide en cuatro edades, que marcan otras tantas fases de un oscurecimiento gradual de la espiritualidad primordial; son esos mismos períodos los que las tradiciones de la Antigüedad occidental designaban por su parte como Edades de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro. Al presente nos encontramos en la cuarta edad, el Kali-yuga o "Edad de la Sombra"; y nos encontramos en ella, dicen, desde hace ya más de seis mil años, es decir, desde una época muy anterior a todas las que son conocidas por la Historia "clásica".

     Desde entonces, las verdades que en otros tiempos eran conocidas por todos los hombres se han hecho cada vez más ocultas y difíciles de alcanzar; los que las poseen son cada vez menos numerosos, y si el tesoro de la sabiduría "no humana", anterior a todas las edades, no puede perderse jamás, se rodea de velos cada vez más impenetrables, que lo disimulan a las miradas y bajo los cuales resulta extremadamente difícil de descubrir. Por esto es por lo que por todas partes se trata de algo que se ha perdido —al menos en apariencia y en relación con el mundo exterior— y que deben reencontrar aquellos que aspiran al verdadero conocimiento; pero se dice también que lo que así está oculto se hará visible al final de este ciclo, que será al mismo tiempo, en virtud de la continuidad que liga todas las cosas entre si, el comienzo de un ciclo nuevo.

     Pero, se preguntará, ¿por qué el desarrollo cíclico debe cumplirse así en un sentido descendente, yendo de lo superior a lo inferior, lo que, como se notará sin esfuerzo, es la negación misma de la idea de "progreso" tal como la entienden los modernos? Es porque el desenvolvimiento de toda manifestación implica necesariamente un alejamiento cada vez mayor del principio del que procede; por lo tanto, desde el punto más alto, tiende forzosamente hacia abajo y, como los cuerpos pesados, lo hace con una velocidad siempre creciente, hasta que finalmente encuentra un punto de parada.

     Esta caída podría ser caracterizada como una materialización progresiva, porque la expresión del principio es pura espiritualidad; decimos la expresión, y no el principio mismo, porque éste no puede ser designado por ninguno de los términos que parecen indicar una oposición cualquiera, dado que está más allá de todas las oposiciones. Por otra parte, palabras como "espíritu" y "materia", que, para mayor comodidad, tomamos prestadas aquí al lenguaje occidental, no tienen apenas para nosotros más que un valor simbólico; en todo caso, no pueden convenir verdaderamente a aquellos de que se trata sino a condición de desproveerlas de las interpretaciones especiales que de ellas da la Filosofía moderna, cuyos "espiritualismo" y "materialismo" no son, a nuestros ojos, sino dos formas complementarias que se implican la una a la otra y que son igualmente omisibles para quien quiera elevarse por encima de estos puntos de vista contingentes.

     Pero, por otra parte, no es de metafísica pura de lo que nos proponemos tratar aquí; por eso es por lo que, sin perder de vista los principios esenciales, podemos, tomando las indispensables precauciones para evitar todo equívoco, permitirnos el uso de términos que, aunque inadecuados, parecen susceptibles de hacer las cosas, más fácilmente comprensibles, en la medida en que pueda hacerse sin desnaturalizarlas.

     Lo que acabamos de decir sobre el desenvolvimiento de la manifestación presenta un panorama que, aun siendo exacto en el conjunto, es sin embargo demasiado simplificado y esquemático, por lo que puede hacer pensar que dicho desenvolvimiento se efectúa en linea recta, según un sentido único y sin oscilación de ninguna clase; la realidad es por el contrario muy compleja. En efecto, en todas las cosas cabe la posibilidad, como hemos indicado con anterioridad, de considerar dos tendencias opuestas, una descendente y otra ascendente, o, si se quiere uno servir de otro modo de presentación, una centrifuga y la otra centrípeta; y de la predominancia de la una o de la otra proceden dos fases complementarias de la manifestación, la una de alejamiento del principio, la otra de retorno hacia el principio, que a menudo se comparan simbólicamente con los movimientos del corazón o con las dos fases de la respiración.

     Aunque de ordinario estas dos fases se describan como sucesivas, hay que concebir que, en realidad, las dos tendencias a las que corresponden actúan siempre simultáneamente, aunque en proporciones diversas; y a veces ocurre, en ciertos momentos críticos en que la tendencia descendente parece estar a punto de llevar definitivamente ventaja en la marcha general del mundo, que interviene una acción especial para reforzar la tendencia contraria, de manera de establecer un cierto equilibrio al menos relativo, tal como lo permitan las condiciones del momento, y de esta forma operar un enderezamiento parcial, mediante el que el movimiento de caída puede parecer detenido o neutralizado temporalmente [1].

[1] Esto se refiere a la función de "conservación divina" que, en la tradición hindú, es representada por Vishnú, y más particularmente a la doctrina de los Avataras o "descendimientos" del principio divino al mundo manifestado.

     Es fácil de comprender que estos datos tradicionales de los que debemos limitarnos a esbozar unas nociones muy sumarias, hacen posibles concepciones muy diferentes de todos los ensayos de ''Filosofía de la Historia" a que se entregan los modernos, y mucho más vastas y profundas. Pero, por el momento, no se nos ocurre en modo alguno remontarnos a los orígenes del ciclo presente, ni siquiera, más simplemente, a los principios del Kali-yuga; nuestras intenciones no se refieren, al menos de una manera directa, sino a un dominio mucho más limitado: a las últimas fases de este mismo Kali-yuga.

     Se puede efectivamente, en el interior de cada uno de los grandes períodos de los que hemos hablado, distinguir todavía diferentes fases secundarias que constituyen subdivisiones de ellos; y dado que cada parte es de alguna manera análoga al todo, estas subdivisiones reproducen, por así decir, sobre una escala más reducida, la marcha general del gran ciclo en el que se integran; pero, aun aquí, una investigación completa de las modalidades de aplicación de esta ley a los diversos casos particulares nos llevaría bastante más allá del cuadro que nos hemos trazado para este estudio.

     Para terminar estas consideraciones preliminares, mencionaremos solamente algunas de las épocas particularmente críticas que ha atravesado la Humanidad, las que entran en el período que se acostumbra a llamar "histórico", porque es efectivamente el único accesible a la Historia ordinaria o "profana"; y esto nos conducirá con toda naturalidad a lo que debe ser el objeto propio de nuestro estudio, puesto que la última de estas épocas críticas no es otra que la que constituye lo que se denominan los tiempos modernos.

     Hay un hecho bastante extraño, que parece no haber sido notado nunca como merece serlo: es que el período propiamente "histórico", en el sentido que acabamos de indicar, se remonta exactamente al siglo VI antes de la Era cristiana, como si allí hubiese una barrera que no es posible franquear con ayuda de los medios de investigación de que disponen los investigadores ordinarios. A partir de esa época, se dispone por toda partes de una cronología bastante precisa y bien establecida; por el contrario, para todo lo que es anterior, no se consigue en general más que una vaga aproximación, y las fechas propuestas para los mismos acontecimientos varían a menudo en varios siglos.

     Inclusive para los países de los que no se tienen más que simples vestigios esparcidos, como por ejemplo Egipto, esto resulta muy chocante; y lo que aún resulta más asombroso es que, en un caso excepcional y privilegiado como el de China, que posee, para épocas bastante más alejadas, anales fechados por medio de observaciones astronómicas que no deberían dejar lugar a ninguna duda, los modernos no califican menos esas épocas de "legendarias", como si hubiese allí un dominio sobre el que no se reconoce el derecho a tener ninguna certeza y hasta se prohibiesen a sí mismos obtenerlas.

     La Antigüedad llamada "clásica" no es pues, a decir verdad, más que una antigüedad relativa, e inclusive mucho más próxima a los tiempos modernos que a la verdadera Antigüedad, puesto que no se remonta siquiera a la mitad del Kali-yuga, cuya misma duración no es, según la doctrina hindú, más que la décima parte de la del Manvantara; y por esto se podrá juzgar suficientemente hasta qué punto tienen razones los modernos para mostrarse orgullosos ¡de sus conocimientos históricos! Todo esto, responderían sin duda ellos todavía para justificarse, no son más que períodos "legendarios", por lo cual estiman que no tienen que tenerlos en cuenta; pero esta respuesta no es otra cosa que la confesión de su ignorancia y de una incomprensión que sólo puede explicar su desdén por la tradición; el espíritu específicamente moderno no es efectivamente sino el espíritu anti-tradicional.

     En el siglo VI antes de la Era cristiana, se produjeron, cualquiera que fuera la causa, cambios considerables en casi todos los pueblos, cambios que presentaron por otra parte caracteres diferentes según los países. En ciertos casos, fue una readaptación de la tradición a condiciones distintas a las existentes con anterioridad, readaptación que se cumplió en un sentido rigurosamente ortodoxo. Es lo que tuvo lugar especialmente en China, en que la doctrina, primitivamente constituída por un conjunto único, fue entonces dividida en dos partes netamente distintas: el Taoísmo, reservado a una élite y comprendiendo la metafísica pura y las ciencias tradicionales de orden propiamente especulativo, y el Confucianismo, común a todos sin distinción, y teniendo por dominio las aplicaciones prácticas y principalmente sociales.

     Entre los persas, parece que hubo igualmente una readaptación del Mazdeísmo, porque esa época fue la del último Zoroastro [2]. En la India, se vio nacer entonces el Budismo, que cualquiera que haya sido por otra parte su carácter original [3], debía desembocar, por el contrario, al menos en algunas de ramas, en una rebelión contra el espíritu tradicional, yendo hasta la negación de toda autoridad, hasta una verdadera anarquía, en el sentido etimológico de "ausencia de principio", en el orden intelectual y en el orden social.

[2] Hay que hacer notar que el nombre de Zoroastro designa en realidad no a un personaje particular sino una función, a la vez profética y legisladora; hubo varios Zoroastros, que vivieron en épocas muy diferentes; y es incluso verosímil que esa función debió de tener un carácter colectivo, lo mismo que la de Vyasa en la India, y lo mismo también que, en Egipto, lo que fue atribuído a Toth o a Hermes representa la obra de toda la casta sacerdotal.
[3] La cuestión del Budismo está, en realidad, lejos de ser tan sencilla como podrían hacerlo pensar estas breves nociones. Es interesante hacer notar que si los hindúes, desde el punto de vista de su propia tradición, han condenado siempre a los budistas, muchos de ellos no profesan menos un gran respeto por el mismo Buda, llegando algunos de ellos a ver en él al noveno Avatara, mientras que otros identifican a éste con Cristo. Por otra parte, en lo que concierne al Budismo tal como es conocido hoy, es preciso tener buen cuidado de distinguir entre sus dos formas del Mahayana y del Hinayana, del "Gran Vehículo" y del "Pequeño Vehículo". De una manera general, se puede decir que el Budismo fuera de la India difiere notablemente de su forma india original, que comenzó rápidamente a perder terreno después de la muerte de Ashoka y desapareció completamente algunos siglos más tarde.

     Lo que resulta bastante curioso es que en la India no se encuentre ningún monumento que se remonte más allá de esta época, y los orientalistas, que pretenden empezarlo todo por el Budismo, cuya importancia exageran singularmente, han intentado sacar partido de esta constatación en favor de su tesis. La explicación del hecho es sin embargo bien simple: es que todas las construcciones anteriores eran de madera, de manera que han desaparecido naturalmente sin dejar huellas [4]; pero lo que es verdad es que un cambio semejante en el modo de construcción corresponde necesariamente a una modificación profunda de las condiciones generales de existencia del pueblo que las produjo.

[4] Este caso no es particular de la India y se lo encuentra también en Occidente; es exactamente por la misma razón por la que no se encuentra ningún vestigio de ciudades galas, cuya existencia es sin embargo incontestable, estando atestiguada por testigos contemporáneos; y, aquí igualmente, los historiadores modernos se han aprovechado de esta ausencia de monumentos para pintar a los galos como salvajes que vivían en los bosques.

     Acercándonos a Occidente, vemos que la misma época fue, entre los judíos, la de la cautividad de Babilonia; y lo que constituye quizás uno de los hechos más asombrosos que se pueden constatar, es que un corto período de setenta años fue suficiente para hacerles perder hasta su escritura, puesto que hubieron luego de reconstituír los Libros sagrados con caracteres completamente distintos a los que habían estado en uso hasta entonces.

     Se podrían citar aún otros acontecimientos tenidos lugar casi en las mismas fechas. Haremos notar solamente lo que fue para Roma el comienzo del período propiamente "histórico" que sucedió a la época "legendaria" de los reyes, y que también se sabe, aunque de una manera un poco vaga, que se dieron entonces importantes movimientos entre los pueblos célticos; pero, sin insistir más en ello, llegaremos a lo que concierne a Grecia. Aquí, igualmente, el siglo VI fue el punto de partida de la civilización llamada "clásica", la única a la que los modernos reconocen el carácter "histórico", y todo lo que antecede es lo bastante mal conocido como para ser tratado de "legendario", aunque los descubrimientos arqueológicos recientes no permiten ya dudar de que hubo por lo menos una civilización muy real; y tenemos algunas razones para pensar que esta primera civilización helénica fue mucho más interesante intelectualmente que la que la siguió, y que sus relaciones no dejan de ofrecer alguna analogía con las existentes entre la Europa de la Edad Media y la Europa moderna.

     Sin embargo, conviene hacer notar que la escisión no fue tan radical como en este último caso, porque hubo, al menos parcialmente, una readaptación efectuada en el orden tradicional, principalmente en el dominio de los "misterios"; y con esto es necesario relacionar el Pitagorismo, que fue sobre todo, bajo una forma nueva, una restauración del Orfismo anterior, y cuyos evidentes lazos con el culto délfico de Apolo hiperbóreo permiten inclusive considerar una filiación continua y regular con una de las más antiguas tradiciones de la Humanidad. Pero, por otra parte, pronto se vio aparecer algo de lo que no existía aún ningún ejemplo y que debía, por consiguiente, ejercer una influencia nefasta sobre todo el mundo occidental: nos referimos a este modo especial de pensamiento que adoptó y conserva el nombre de "Filosofía"; y este punto es lo suficientemente importante como para que nos detengamos en él unos instantes.

     La palabra ''Filosofía'', en sí misma, puede sin duda ser tomada en un sentido muy legítimo, que fue sin duda su sentido primitivo, sobre todo si es verdad que, como se pretende, fue Pitágoras el primero en emplearla: etimológicamente, no significa otra cosa que "amor a la sabiduría"; designa pues en principio una disposición previa requerida para acceder a la sabiduría, y puede designar también, por una extensión completamente natural, la búsqueda que, naciendo de esta misma disposición, debe conducir al conocimiento. No es pues más que un estado preliminar y preparatorio, un encaminamiento hacia la sabiduría, un grado correspondiente a un estado inferior de ésta [5]; la desviación que se ha producido después ha consistido en tomar este grado transitorio por el fin en sí mismo, en pretender sustituír la Sabiduría por la ''Filosofía'', lo que implica el olvido o el desconocimiento de la verdadera naturaleza de esta última.

[5] La relación es aquí la misma que existe, en la doctrina taoista, entre el estado del "hombre dotado" y el del "hombre trascendente".

     Es así como nació lo que podemos llamar la Filosofía "profana", es decir, una pretendida sabiduría puramente humana, luego de orden simplemente racional, que ocupa el lugar de la verdadera sabiduría tradicional, suprarracional y "no humana". Sin embargo, algo de ésta subsiste todavía a través de toda la Antigüedad; prueba de ello es, antes que nada, la persistencia de los "misterios", cuyo carácter esencialmente "iniciático" no podría ser negado, y está también el hecho de que la enseñanza de los mismos filósofos tenía a la vez, lo más a menudo, un lado "exotérico" y un lado "esotérico", que podía —este último— permitir la ligazón a un punto de vista superior, que se manifiesta por otra parte de una manera muy neta, aunque quizá incompleta en ciertos aspectos, algunos siglos más tarde, con los alejandrinos.

     Para que la Filosofía "profana" fuese definitivamente constituída como tal, era preciso que permaneciera sólo el "exoterismo" y se llegara hasta a la negación pura y simple de todo "esoterismo"; esto es precisamente a lo que debía conducir, entre los modernos, el movimiento comenzado por los griegos; las tendencias que se habían ya afirmado entre éstos debían entonces ser llevadas hasta sus consecuencias más extremas, y la importancia excesiva que ellos acordaron al pensamiento racional iba a acentuarse todavía más hasta llegar al "racionalismo", actitud especialmente moderna que consiste no ya simplemente en ignorar sino en negar expresamente todo lo que es de orden suprarracional.

     En lo que se acaba de decir, hay particularmente una cosa que retener desde el punto de vista que nos ocupa: que conviene buscar en la Antigüedad "clásica" algunos de los orígenes del mundo moderno; éste no anda enteramente equivocado cuando se avala con la civilización grecolatina y se pretende su continuador. Hay que decir, sin embargo, que no se trata más que de una continuación lejana y un poco infiel, porque en esa Antigüedad había, a pesar de todo, muchas cosas, en el orden intelectual y espiritual, cuyo equivalente no sería posible encontrar entre los modernos; en todo caso, constituyen dos grados bastante diferentes en el oscurecimiento progresivo del verdadero conocimiento. Por otra parte, se podría concebir que la decadencia de la civilización antigua haya llevado, de una manera gradual y sin solución de continuidad, a un estado más o menos semejante al que contemplamos hoy; pero, de hecho, no ocurrió así y, en el intervalo, hubo para el Occidente otra época crítica que fue al propio tiempo una de esas épocas de enderezamiento de las que aludíamos más arriba.

     Esa época es la del principio y la expansión del cristianismo, coincidente, por una parte, con la dispersión del pueblo judío y, por otra parte, con la última fase de la civilización grecolatina; y podemos pasar más rápidamente sobre estos acontecimientos, a despecho de su importancia, porque son más generalmente conocidos que aquellos de que hemos hablado hasta ahora, y porque su sincronismo ha sido más puesto de relieve, incluso por los historiadores cuyas miras son más superficiales.

     Se han señalado también a menudo ciertos rasgos comunes a la decadencia antigua y a la época actual; y, sin querer llevar demasiado lejos el paralelismo, se debe reconocer que hay en efecto algunas semejanzas bastante asombrosas. La Filosofía puramente "profana" había ganado terreno: la aparición por un lado del escepticismo, el éxito del "moralismo" estoico y epicúreo por otro, muestran bastante bien hasta qué punto la intelectualidad se había rebajado. Al mismo tiempo, las antiguas doctrinas sagradas, que casi nadie comprendía ya, habían degenerado, y por el hecho de esta incomprensión, en "paganismo", en el verdadero sentido de esta palabra, es decir, que ellas no eran ya más que "supersticiones", cosas que, por haber perdido su significación profunda, se sobrevivieron a sí mismas mediante manifestaciones completamente exteriores. Hubo intentos de reacción contra esta decadencia: el mismo helenismo intentó revivificarse con ayuda de elementos tomados prestados a las doctrinas orientales con las cuales podía encontrarse en contacto; pero esto no era suficiente: la civilización grecolatina debía tener fin, y el enderezamiento había de venir de otro lado y operarse bajo otra forma.

     Fue el cristianismo el que cumplió esa transformación, y, notémoslo de pasada, la comparación que se puede establecer bajo ciertos aspectos entre ese tiempo y el nuestro es quizás uno de los elementos determinantes del "mesianismo" desordenado que despunta actualmente. Después del turbulento período de las invasiones bárbaras, necesario para acabar la destrucción del antiguo estado de cosas, fue restaurado un orden normal para una duración de algunos siglos: fue la Edad Media, tan menospreciada por los modernos, que son incapaces de comprender su intelectualidad, y para quienes esa época se presenta ciertamente como mucho más extraña y lejana que la Antigüedad "clásica".

     Para nosotros, la verdadera Edad Media se extiende desde el reinado de Carlomagno hasta principios del siglo XIV; en esta última fecha comienza una nueva decadencia que, a través de diversas etapas, irá acentuándose hasta nosotros. Aquí está el verdadero punto de partida de la crisis moderna: es el comienzo de la disgregación de la "cristiandad", con la que se identificaba esencialmente la civilización occidental del medioevo; es, al mismo tiempo que el fin del régimen feudal, bastante estrechamente solidario de esta misma "cristiandad", el origen de la constitución de las "nacionalidades".

     Hay pues que hacer remontar la época moderna a casi dos siglos más de lo que de ordinario se hace; el Renacimiento y la Reforma son sobre todo resultantes, y uno y otra no han sido posibles sino por la decadencia previa; pero, lejos de ser un enderezamiento, marcaron una caída mucho más profunda, porque consumaron la ruptura definitiva con el espíritu tradicional, el primero en el dominio de las ciencias y las artes, la segunda en el dominio religioso mismo, que era sin embargo aquel en que una tal ruptura hubiera podido parecer más difícilmente concebible. Lo que se llama Renacimiento fue en realidad, como ya hemos dicho en otras ocasiones, la muerte de muchas cosas. So pretexto de volver a la civilización grecolatina, no se tomó de ella más que lo que ella había tenido de más exterior, porque esto era lo único que había podido expresarse claramente en textos escritos; y esa restitución incompleta no podía por otra parte tener más que un carácter muy artificial, puesto que se trataba de formas que, desde hacía siglos, habían dejado de vivir su vida verdadera.

     En cuanto a las ciencias tradicionales de la Edad Media, después de haber tenido todavía algunas últimas manifestaciones hacia esta época, desaparecieron también tan totalmente como las de las civilizaciones lejanas que fueron en otro tiempo aniquiladas por algún cataclismo; y, esta vez, nada debía venir a reemplazarlas. En adelante, no existieron más que la filosofía y la ciencia "profanas", es decir, la negación de la verdadera intelectualidad, la limitación del conocimiento al orden más inferior, el estudio empírico y analítico de los hechos que no son relacionados con ningún principio, la dispersión en una multitud indefinida de detalles insignificantes, la acumulación de hipótesis sin fundamento, que se destruyen incesantemente las unas a las otras, y de puntos de vista fragmentarios que no pueden conducir a nada, salvo a esas aplicaciones prácticas que constituyen la única superioridad efectiva de la civilización moderna; superioridad poco envidiable por otra parte y que, desarrollándose hasta ahogar toda otra preocupación, ha dado a esta civilización el carácter puramente material que hace de ella una verdadera monstruosidad.

     Lo que es completamente extraordinario es la rapidez con que la civilización del medioevo cayó en el más completo olvido; los hombres del siglo XVII no tenían ya la menor noción de ella, y los monumentos que subsistían de ella no representaban nada a sus ojos, ni en el orden intelectual ni siquiera en el orden estético; por esto se puede juzgar hasta qué punto la mentalidad había sido cambiada en el intervalo. No intentaremos investigar aquí los factores, ciertamente muy complejos, que concurrieron a este cambio, tan radical que parece difícil admitir que haya podido operarse espontáneamente y sin intervención de una voluntad directriz cuya exacta naturaleza permanece forzosamente bastante enigmática. Se dan, a este respecto, circunstancias bastante extrañas, como la vulgarización, en un momento determinado, y su presentación como descubrimientos nuevos, de cosas que eran conocidas en realidad desde hace mucho tiempo, pero cuyo conocimiento, en razón de ciertos inconvenientes que correrían el riesgo de superar las ventajas, no había llegado hasta entonces al dominio público [6].

[6] No citaremos más que dos ejemplos, entre los hechos de este género que deberían tener las más graves consecuencias: la pretendida invención de la imprenta, que los chinos conocían con anterioridad a la Era cristiana, y el descubrimiento "oficial" de América, con la que durante toda la Edad Media habían existido comunicaciones mucho más continuadas.

     Es muy inverosímil también que la leyenda que hizo de la Edad Media una época de "tinieblas", de ignorancia y de barbarie, haya tenido nacimiento y se haya acreditado por si misma, y que la verdadera falsificación de la Historia a la que se han entregado los modernos se emprendiera sin una idea preconcebida; pero no iremos más adelante en el examen de esta cuestión, porque, de cualquier forma que esta tarea se haya cumplido, es, por el momento, la constatación del resultado lo que, en suma, más nos importa. Hay una palabra que fue honrada en el Renacimiento y que resumía por adelantado todo el programa de la civilización moderna: es la palabra "humanismo".

     Se trataba en efecto de reducirlo todo a proporciones puramente humanas, de hacer abstracción de todo principio de orden superior, y, podría decirse simbólicamente, de apartarse del cielo so pretexto de conquistar la tierra. Los griegos, cuyo ejemplo se pretendía seguir, no habían llegado jamás tan lejos en este sentido, ni siquiera en el tiempo de su mayor decadencia intelectual, y por lo menos las preocupaciones utilitarias no habían pasado nunca entre ellos al primer plano, mientras que esto iba a producirse muy pronto entre los modernos. El "humanismo" era ya una primera forma de lo que ha llegado a ser el "laicismo" contemporáneo; y, queriendo llevarlo todo a la medida del Hombre, tomado por un fin en sí mismo, se terminó por descender, de etapa en etapa, al nivel de lo que en él hay de más inferior, y por no buscar ya apenas más que la satisfacción de las necesidades inherentes al lado material de su naturaleza, búsqueda bastante ilusoria, por lo demás, porque ella crea siempre más necesidades artificiales de las que puede satisfacer.

     El mundo moderno, ¿irá hasta abajo de esta pendiente fatal, o bien, como ha ocurrido a la decadencia del mundo grecolatino, se producirá un nuevo enderezamiento también esta vez, antes de que se alcance el fondo del abismo hacia el que se ve arrastrado? Apenas parece que una parada a medio camino sea ya posible, y que, después de todas las indicaciones suministradas por las doctrinas tradicionales, hayamos entrado verdaderamente en la fase final del Kali-yuga, en el período más sombrío de esta "Edad de la Sombra", en ese estado de disolución del que no es posible salir más que mediante un cataclismo, porque no es un simple enderezamiento lo que es ya necesario, sino una renovación total.

     El desorden y la confusión reinan en todos los dominios; han sido llevados a un punto tal que superan con mucho todo cuanto se había visto precedentemente, Y, surgidos del Occidente, amenazan ahora con invadir el mundo entero. Nosotros sabemos que su triunfo no puede ser jamás más que aparente y pasajero, pero, en un tal grado, parece ser el signo más grave de todas las crisis que la Humanidad haya atravesado en el curso de su ciclo actual. ¿No hemos llegado a esa época anunciada por los Libros sagrados de la India, "en que las castas serán mezcladas, en que la familia misma ya no existirá"? Basta con mirar alrededor de sí para convencerse de que este estado es realmente el del mundo actual, y para comprobar por todas partes esa decadencia profunda que el Evangelio llama "la abominación de la desolación". No hay que disimular la gravedad de la situación; conviene enfrentarse con ella tal como es, sin ningún "optimismo", pero también sin ningún "pesimismo", puesto que, como decíamos con anterioridad, el fin del viejo mundo será también el comienzo de un mundo nuevo.

     Ahora se plantea una cuestión: ¿cuál es la razón de ser de un período como el que vivimos? En efecto, por anormales que sean las condiciones presentes consideradas en si mismas, deben sin embargo entrar en el orden general de las cosas, en ese orden que, según una fórmula extremo-oriental, está hecho de la suma de todos los desórdenes. Esta época, por penosa y turbulenta que sea, debe tener también, como todas las demás, su lugar marcado en el conjunto del desenvolvimiento humano, y, por otra parte, el hecho mismo de que estuviese prevista por las doctrinas tradicionales es, a este respecto, una indicación suficiente.

     Lo que hemos dicho de la marcha general de un ciclo de manifestación, que marcha en el sentido de una materialización progresiva, da inmediatamente la explicación de un tal estado, y muestra claramente que lo que es anormal y desordenado desde un cierto punto de vista particular no es sin embargo más que la consecuencia de una ley referida a un punto de vista superior o más amplio. Añadiremos, sin insistir en ello, que, como todo cambio de estado, el tránsito de un ciclo a otro no puede cumplirse más que en la oscuridad; hay aquí una ley muy importante cuyas aplicaciones son múltiples, pero cuya exposición un poco detallada, por eso mismo, nos llevaría demasiado lejos [7].

[7] En los misterios de Eleusis, esta ley estaba representada por el simbolismo del grano de trigo; los alquimistas la representaban por la "putrefacción" y por el color negro que marca el principio de la "Gran Obra". Lo que los místicos cristianos llaman la "noche oscura del alma" no es más que la aplicación al desarrollo espiritual del ser que se eleva a estados superiores, y seria fácil señalar todavía muchas otras concordancias.

     Esto no es todo: la época moderna debe corresponder necesariamente al desarrollo de ciertas posibilidades que, desde el origen, estaban incluídas en la potencialidad del ciclo actual; y, por inferior que sea el rango ocupado por estas posibilidades en la jerarquía del conjunto, no por ello debían menos, al igual que las otras, ser llamadas a la manifestación según el orden que les fuera asignado. Bajo este aspecto, lo que, según la tradición, caracteriza la última fase del ciclo, es, podría decirse, la explotación de todo lo que había sido descuidado o rechazado en el curso de las fases precedentes; y, efectivamente, es esto lo que podemos constatar en la civilización moderna, que no vive, de alguna manera, más que de lo que las civilizaciones anteriores no habían querido.

     Para darse cuenta de ello, no hay más que ver cómo los representantes de aquellas de tales civilizaciones que se han mantenido hasta aquí en el mundo oriental aprecian las ciencias occidentales y sus aplicaciones industriales. Esos conocimientos inferiores, tan vanos a la mirada de quien posee un conocimiento de otro orden, debían sin embargo ser "realizados", y no podían serlo más que en un estadio en que la verdadera intelectualidad hubiese desaparecido; estas investigaciones de un alcance exclusivamente práctico, en el más estricto sentido de esta palabra, debían ser cumplidas, pero no podían serlo más que en el extremo opuesto de la espiritualidad primordial, por hombres inmersos en la materia hasta el punto de no concebir nada más allá, y haciéndose tanto más esclavos de esta materia cuanto más quisiesen servirse de ella, lo que les conduce a una agitación siempre creciente, sin regla y sin meta, a la dispersión en la pura multiplicidad hasta la disolución final.

     Tal es, esbozada a grandes rasgos y reducida a lo esencial, la verdadera explicación del mundo moderno; pero, declarémoslo muy netamente, esta explicación no podría de ningún modo ser tomada por una justificación. Una desgracia no deja de ser una desgracia por el hecho de ser inevitable; e inclusive si del mal debe salir un bien, eso no desprovee al mal de su carácter de tal. Pero, bien entendido, nosotros no empleamos por otra parte aquí estos términos de "bien" y de "mal" sino para hacernos comprender mejor, y fuera de toda intención específicamente "moral". Los desórdenes parciales no pueden sino ser, porque son elementos necesarios del orden total; pero, a pesar de esto, una época de desorden es, en si misma, algo comparable a una monstruosidad que, al ser consecuencia de ciertas leyes naturales, no es menos una desviación y una especie de error, o un cataclismo que, aunque siendo resultado del curso normal de las cosas, es asimismo, si se le encara aisladamente, un trastorno y una anomalía. La civilización moderna, como todas las cosas, tiene forzosamente su razón de ser, y si ella es verdaderamente la que termina un ciclo, se puede decir que es lo que debe ser que viene a su tiempo y en su lugar; pero no por ello deberá menos ser juzgada según estas palabras evangélicas demasiado a menudo mal comprendidas: "Es preciso que haya escándalo, pero ¡ay de aquel por quien llega el escándalo!".–





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