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viernes, 18 de septiembre de 2015

Sobre Religión de Nahuas y Mayas



     El volumen 3 de la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía (1993), dedicado a la religión, contiene el siguiente escrito pedagógico, al que hemos recortado varias frases y nombres para agilizar la lectura y la comprensión, que se refiere a algunos aspectos importantes, enlazando con la publicación anterior en este blog, de la retorcida mentalidad y "religión" de nahuas y mayas precolombinos, esencialmente psicopática después de haber sido cooptados y reinterpretados muchos de los antiguos mitos de pueblos y culturas anteriores. Recuérdese, como ejemplo, la lucha que tuvo que sostener el príncipe Quetzalcóatl en el siglo X d.C. contra las sanguinarias tribus de criminales que llegaron desde el Norte al altiplano mejicano y que causó la retirada de su pacífica comunidad y civilización, y que últimamente parecen haber hecho su reaparición, atizando una nueva época tenebrosa y homicida.


Ideas Religiosas Fundamentales
de los Nahuas y los Mayas Antiguos
por Mercedes de la Garza



     Los pueblos del área cultural denominada Mesoamérica, que ocupó en tiempos prehispánicos el centro y el Sur de Méjico, Guatemala, Belice, El Salvador, el Noroeste de Honduras, centro y Oeste de Nicaragua y occidente de Costa Rica, desarrollaron notables civilizaciones, uno de cuyos rasgos principales es su básica concepción religiosa del cosmos y su vida ritual. Los nahuas y los mayas, que son los grupos más representativos de Mesoamérica, consideraron al universo como un orden decidido, creado y manejado por fuerzas sobrenaturales, y al hombre, como el responsable de la pervivencia de ese universo, en tanto que mantenedor de los dioses. Todas las creaciones culturales se fundamentan en esa concepción religiosa, incluso los grandes avances científicos y las actividades más profanas, como el comercio y la guerra.


I. LOS DIOSES

     Los dioses mayas y nahuas son concebidos como poderes o energías materiales, pero tan sutiles, que son invisibles e intangibles; se manifiestan en seres y fuerzas naturales, en algunos animales, en algunos vegetales, y también encarnan en sus propias imágenes durante los ritos, abandonándolas cuando éstos terminan. Esos dioses que tienen diversas epifanías se representan simbólicamente en las obras plásticas como seres fantásticos, mezcla de varios animales, o como figuras humanas, pero casi siempre con rasgos de animal y de vegetal.

     Por otra parte, los principales dioses integran los contrarios cósmicos o se mueven cambiando a su contrario: son masculinos y femeninos, celestes e infraterrestres, positivos y negativos, fuentes de vida y de muerte. En estas ideas de las deidades tiene un sitio principal la temporalidad, a la cual se deben tanto las múltiples epifanías de las figuras divinas, como sus diversas valencias simbólicas, sus cualidades cambiantes: los dioses son benéficos en una época del año o en un momento del día, y maléficos en otro.

     Otra característica esencial atribuída a los dioses es que, a pesar de que son superiores a los hombres y capaces de crear, son seres imperfectos que nacen y mueren, por lo que requieren ser alimentados para subsistir, idea que se expresa claramente en los mitos cosmogónicos, en los ritos y en algunas inscripciones jeroglíficas mayas, donde se registra el nacimiento de algunos dioses.

     Los panteones náhuatl y maya son muy ricos. Sobre la base de que los dioses son energías invisibles que se manifiestan de múltiples maneras, podemos hablar de distintos grupos de dioses, de acuerdo con sus principales epifanías: hay deidades creadoras; dioses de las fuerzas naturales, que tienen epifanías animales; dioses astrales, también con epifanías animales; dioses de los niveles cósmicos, ya que aunque muchas de las deidades se mueven a través de todo el universo, se puede hablar de deidades del cielo, de la tierra y del inframundo; dioses de las plantas psicoactivas; hay dioses relacionados con actividades humanas, y además, los hombres principales, los grandes chamanes y gobernantes, también fueron deificados y se les rendía culto después de su muerte.

     Entre las figuras sagradas más importantes está el dragón: mezcla de serpiente y ave principalmente, pero también con rasgos de lagarto, de jaguar y de venado. Se representó como serpiente emplumada, como serpiente alada, como lagarto emplumado con cabeza de serpiente y garras o pezuñas, como dragón bicéfalo y como serpiente bicéfala emplumada, principalmente. El dragón es el símbolo religioso por excelencia del mundo mesoamericano; aparece desde finales del Período Preclásico (1800 a.C. a 300 d.C.), en el área olmeca (La Venta) y en el área maya (Izapa); asimismo, lo encontramos, con fuerte influencia olmeca, en el Altiplano Central (Chalcaltzingo). Más tarde, el símbolo prolifera en las ciudades mayas clásicas, así como en Teotihuacán, y luego es asumido por los grupos nahuas (particularmente los toltecas), quienes alrededor del año 1000 d.C. lo llevan de vuelta al área maya.

     El dragón fue llamado por los mayas yucatecos [1] como Itzamná, nombre que significa precisamente «El dragón»; Quetzalcóatl («Serpiente-quetzal») por los nahuas y Gucumatz («Serpiente-quetzal») por los quichés. En la cultura tolteca, Quetzalcóatl se identificó con el gobernante Ce Acatl Topiltzin, integrando características humanas a sus cualidades, y fue venerado entre los mayas yucatecos con el nombre de Kukulcán. Pero también Itzamná, el dragón propiamente maya, tuvo un aspecto humano y, como Quetzalcóatl, fue héroe cultural, inventor de la escritura, los calendarios y la agricultura. Además de esta función, el dragón fue dios creador del mundo y de los hombres, dios del agua primordial, del nivel celeste, del viento, de las tempestades, de la luz. Entre los mayas fue la deidad suprema, asociada principalmente al ámbito celeste, desde donde, dividido en cuatro, según los cuatro rumbos celestes, imparte la fecundidad al universo entero.

[1] Los mayas son alrededor de 28 etnias que hablan lenguas diferentes, cada una de ellas con una gramática estructurada. Destacan: maya yucateca, hablada en la mayor parte de la península de Yucatán; quiché, cakchiquel, zutuhil, pokomán y pokomchí, entre las lenguas de Guatemala, y tzeltal, tzotzil, rojolabal y lacandón, habladas en Chiapas.

     Dos deidades principales de los nahuas y los mayas fueron las relacionadas con la fertilidad de la tierra: el Sol y el agua. Ambas se mueven en los distintos estratos cósmicos. El Sol aparece a veces uniendo sus atributos con los del dios supremo, Itzamná, entre los mayas. Los grupos nahuas, en general, llamaron Tonatiuh al Sol, y entre los aztecas, el Sol se identificó con el caudillo Huitzilopochtli, que los guió en su peregrinación hasta el sitio donde fundarían Tenochtitlán.

     El Sol tuvo un carácter ambivalente de acuerdo con su movimiento: al recorrer el cielo, es la vida, el día, la luz, el bien, el orden, el guerrero triunfador sobre las fuerzas de la oscuridad. Para los mayas este aspecto benéfico y vital del Sol se manifiesta en su epifanía como una guacamaya, que baja a recibir las ofrendas humanas, y su aspecto maléfico surge en el inframundo, durante la noche, cuando se torna energía de muerte, transmutado en jaguar.

     El dios de la lluvia, llamado Tláloc por los nahuas y Chaac por los grupos mayas, fue el más venerado en ambos pueblos, ya que la agricultura se basó principalmente en cultivos que dependían de la lluvia para subsistir. Fue, como el Sol, una deidad que recorre los diversos niveles cósmicos: asciende en forma de vapor desde los mares, lagos y ríos, se transforma en nube y luego retorna a la tierra en forma de lluvia. Una de sus epifanías animales fue la serpiente, símbolo por excelencia de fertilidad. Y también se identifica con la deidad suprema, la serpiente emplumada, ya que las plumas simbolizan jade, y ambos, gotas de agua, lo precioso por excelencia.


II. COSMOGONÍA y DIOSES CREADORES

     Los mitos de origen nahua y maya [2], como los de todas las culturas antiguas, no son mera emotividad imaginativa, sino una explicación simbólica del universo, por lo que son los más complejos y significativos de la comunidad; contienen el pensamiento indígena acerca de las que son para ellos las tres grandes instancias del ser: los dioses, el mundo y el hombre. Y además, estos mitos constituyen la guía de la vida, pues en ellos también se asienta cuál es el puesto del hombre en el mundo y cuál es su misión específica; son, por tanto, para sus creadores, la verdad suprema acerca de todas las cosas.

[2] Los mitos mayas están contenidos en el Popol Vuh, libro sagrado de los quichés; el Memorial de Sololá de los cakchiqueles y los Libros de Chilam Balam de los mayas yucatecos. Y los mitos nahuas se encuentran en la Leyenda de los Soles o Manuscrito de 1558, los Anales de Cuauhtitlán, la Histoire du Mechique y la Historia de los Mejicanos por Sus Pinturas, principalmente. En el Códice Vaticano A hay ilustraciones relativas a la cosmogonía y la cosmología.

     La creación del mundo, según dichos mitos, no es un acto que ocurrió en un tiempo remoto, como en el Génesis bíblico, sino un proceso regido por las leyes de una temporalidad cíclica y una alternancia de fuerzas contrarias: el universo se está construyendo y destruyendo constantemente por la acción de energías sagradas o deidades, que simbolizan los grandes contrarios cósmicos: vida y muerte, oscuridad y luz, bien y mal, masculino y femenino, de tal modo que este universo constituye una cadena de ciclos o Eras cósmicas, sin principio ni fin, en las cuales han existido distintos seres.

     Según los mitos cosmogónicos nahuas y mayas, el mundo fue creado con la finalidad de servir de habitación a un ser consciente que fuera capaz de reconocer, venerar y sustentar a los dioses, para que ellos pudieran seguir infundiendo vida al cosmos.

     En el mito quiché se asienta que en el tiempo primordial estático, cuando sólo existían el cielo y el mar (como agua primigenia), los dioses creadores deciden la existencia del hombre y el mundo. Esos dioses se presentan en parejas. Todos ellos estaban sobre el agua primigenia, «ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz», dice el texto (Popol Vuh, 13). Así, las diferentes parejas parecen ser aspectos diversos de una gran deidad creadora, Gucumatz, «Serpiente emplumada», que es también el dios creador en los mitos de los mayas yucatecos y en los mitos nahuas donde se llama Canhel y Quetzalcóatl, respectivamente.

     Estas deidades primero hacen emerger, por medio de la palabra, la tierra y los seres que la pueblan: árboles, plantas y animales; estos últimos son interrogados por los dioses para saber si pueden reconocerlos y venerarlos, pero los animales no pudieron hacerlo, es decir, no fueron conscientes. Entonces los dioses forman, en sucesivas etapas o edades cósmicas, hombres de barro y de madera, que tampoco respondieron a sus deseos, por lo que los primeros fueron destruídos por un diluvio de agua, y los segundos se transformaron en monos después de que su mundo desapareció bajo un diluvio de resina ardiente. Para construír a los hombres de madera, los dioses creadores consultaron a Ixpiyacoc e Ixmucané (una especie de proto-hombres o chamanes primigenios que practican la adivinación).

     Finalmente, los dioses encuentran la materia sagrada, el maíz, que da por resultado al hombre requerido: el que es consciente de los dioses y de sí mismo, como sustentador de ellos. Este hombre es cualitativamente distinto de los demás y es el mantenedor de los dioses porque lleva en su propia constitución física elementos sagrados.

     En las distintas épocas aparecen varios soles que, como los hombres, son falsos, y también son destruídos. Se habla en el Popol Vuh de un ser soberbio que se creía Sol y Luna, llamado Vucub Caquix, «Siete Guacamaya» (la guacamaya es epifanía solar), y que tenía dos hijos, Cipacná y Cabracán, encarnaciones de fuerzas telúricas caóticas. Estas deidades quichés corresponden a la edad de los hombres de madera, en la que no se había alcanzado todavía el orden cósmico, por lo que son destruídos por los héroes que serán el Sol y la Luna de la última edad: Hunahpú (Sol diurno), e Ixbalanqué (Sol nocturno o Luna). El mito relata enseguida cómo estos héroes bajan al inframundo a jugar a la pelota con los dioses de la muerte, mueren y renacen varias veces y finalmente, después de este tránsito iniciático, suben al cielo convertidos en el Sol y la Luna de la última edad, al mismo tiempo que los dioses crean a los hombres de maíz; así culmina la obra de creación del mundo. El movimiento del Sol, es decir, el tiempo histórico, se inicia cuando los hombres ofrecen a los dioses sacrificios humanos.

     La cosmogonía náhuatl, que se expresa en diversos mitos (ninguno de los cuales es tan completo y bien estructurado como el del Popol Vuh), contiene la misma idea cosmogónica. Los mitos hablan también de distintos soles insuficientes (un «medio Sol» que alumbraba muy poco), y varios tipos de hombres, determinados por sus alimentos, así como de las creaciones y destrucciones cósmicas. Cada edad es llamada «Sol» porque es resultado de la acción de un dios que se erige a sí mismo como Sol, después de vencer a otro.

     En el principio, afirman los mitos, existía sólo la energía sagrada fundamental: Ometéotl. En un momento dado, la deidad crea el cosmos, a partir de un caos. Soplando, separa el agua, el cielo y la tierra, y a través de la palabra, crea a los primeros hombres, Oxomoco y Cipactónal (que corresponden a los chamanes primigenios del Popol Vuh, Ixpiyacoc e Ixmucané). Ometéotl engendra cuatro hijos. Dos de estos cuatro hijos constituyen la pareja creadora antagónica: Quetzalcóatl, «Serpiente emplumada» (deidad del viento, de la vida, de la mañana, del planeta Venus, de los gemelos y héroe cultural) y Tezcatlipoca, «Espejo humeante» (dios negro, multiforme y ubicuo, jaguar, cielo nocturno, dios del fuego, patrono de los guerreros, protector de los asuntos humanos y señor de los brujos o naguales). Ellos dos, por tanto, simbolizan las fuerzas contrarias.

     En esta creación inicial surgen las divisiones del tiempo, el inframundo o Mictlan para los muertos, regido por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl; las deidades del agua, Tlalocantecuhtli y Chalchiuthtlicue, «Señor del Tlalocan» y «La de la falda de jade»; así como un gran lagarto llamado Cipactli, que constituyó la tierra.

     El proceso de creaciones y destrucciones cósmicas se inicia cuando los dos dioses antagónicos luchan y el vencedor (que es uno y otro alternativamente) actúa como Sol, dando a cada edad las cualidades que lo caracterizan. Estas cualidades también determinan la destrucción de las edades y de los seres humanos.

     El primer Sol, de Tezcatlipoca, termina cuando el dios es vencido por Quetzalcóatl y los hombres, que eran gigantes y comían bellotas de encina, son devorados por jaguares (símbolo de la tierra). En el segundo Sol, regido por Quetzalcóatl, los hombres comían piñones; la edad concluye cuando Tezcatlipoca da una coz a Quetzalcóatl y lo derriba produciendo un gran viento, que transforma a los hombres en monos. La tercera edad, en la que es Sol el dios Tlalocantecuhtli, relacionado con Tezcatlipoca, acaba por una lluvia de fuego, y los hombres, que comían una semilla acuática llamada acicintli, se convierten en aves. En el cuarto Sol, Quetzalcóatl cede su sitio a Chalchiuhtlicue, diosa de las aguas, y la catástrofe es un diluvio de agua en el que los hombres son transformados en peces; estos hombres comían una semilla semejante al maíz llamada cincocopi.

     En este cuarto cataclismo no sólo perecen los hombres, sino que el mundo entero se desploma, por lo que los dos dioses creadores deben volverlo a ordenar. Dice el mito náhuatl que Quetzalcóatl y Tezcatlipoca penetraron en el cuerpo de Tlaltéotl para levantar de nuevo el cielo. Y los mayas yucatecas relatan que a causa del diluvio de la penúltima edad, el cielo se desplomó sobre la tierra y los cuatro dioses Bacabs lo volvieron a levantar, colocando en las regiones terrestres las ceibas cósmicas que lo sostendrían [Libro de Chilam Balam de Chumayel].

     El quinto Sol, «Sol de movimiento», se inicia después de la reestructuración del mundo; es también regido por Quetzalcóatl, quien modela nuevos hombres con los huesos pulverizados de sus antepasados, rescatados del inframundo (Mictlan), que mezcla con sangre extraída en autosacrificio; por eso, esos hombres se llaman macehuales, «merecidos por la penitencia». Su alimento es el maíz.

     De este modo, tanto en los mitos mayas, como en los nahuas, los hombres de la última edad, los hombres de maíz, son resultado de un perfeccionamiento progresivo de los seres humanos, determinado por sus alimentos (o por la sustancia de la que fueron formados), que también van mejorando hasta culminar en el maíz. Los hombres de la última edad llevan además en su ser otra sustancia sagrada: la sangre de los dioses, lo que los hace cualitativamente distintos de los hombres anteriores y de los demás seres, y esta distinción es su conciencia, que les da la misión de sustentar a los dioses. Así, los ciclos cósmicos no son una mera repetición circular, sino más bien un progreso cualitativo en espiral.

     Como en el Popol Vuh, el Sol de la última Era entre los nahuas es resultado de un proceso de muerte y renacimiento. Dice el mito que los dioses se reunieron en Teotihuacán y eligieron a dos de ellos para que se convirtieran en el Sol y la Luna: Tecuciztécatl, «El de los caracoles», vanidoso y poseedor de riquezas, y Nanahuatzin, «Bubosillo», humilde y pobre. Encendieron un brasero que ardió durante cuatro días, mientras los dos dioses hacían penitencia: el primero ofreciendo riquezas materiales y el segundo, su propia sangre. Al final de los cuatro días, Tecuciztécad intentó arrojarse al brasero, pero el miedo se lo impidió, mientras que Nanahuatzin se arrojó decididamente; entonces Tecuciztécatl lo siguió y los dos se consumieron. Por su cobardía, Tecuciztécatl se convertiría en la Luna. Tras de ellos, se arrojaron los dos animales sagrados por excelencia en las religiones náhuad y maya: el águila y el jaguar; ella se ennegreció y él salio del fuego con la piel manchada. Cuando aparecieron el Sol y la Luna, a ella le arrojaron un conejo para que sólo brillara durante la noche. Los astros quedaron inmóviles en el cielo, hasta que los demás dioses se inmolaron, con lo que Sol y Luna iniciaron su movimiento.

     Estas imágenes corroboran que tanto en los mitos mayas como en los nahuas, la última edad representa un cambio cualitativo en el mundo y los hombres, determinado por el sacrificio; por eso se produce un reordenamiento cósmico general. Esta última edad es la época actual, que siguiendo la inexorable ley cíclica, terminará algún día con la destrucción de los seres humanos, por terremotos y hambre, según los nahuas, y por un nuevo diluvio de agua, según los mayas.


III. COSMOLOGÍA y DEIDADES DE LOS ESTRATOS CÓSMICOS

     En los mitos y diversas imágenes plásticas están expresadas las principales ideas nahuas y mayas sobre la estructura del universo. Éste aparece conformado por tres grandes ámbitos que son el cielo, la tierra y el inframundo. El cielo se subdivide en trece estratos horizontales y tal vez se concibió como una pirámide escalonada, ya que una representación plástica del ámbito celeste son los basamentos piramidales escalonados que se construyeron en la mayoría de las ciudades, y que tienen una o cuatro escalinatas que conducen hacia la parte superior, donde se encuentra el templo.

     Los mayas pensaron la tierra como una plancha plana, cuadrangular, y el inframundo, como una pirámide invertida de nueve estratos. Para los nahuas, la tierra es una superficie circular o cuadrangular rodeada de agua (Cemanáhuatl, «anillo completo»), la cual se representa a veces elevada alrededor, como muro, continuándose hasta el cielo (Sahagún, 1956, III, p. 344), y el inframundo está formado también por nueve niveles. El inframundo fue llamado por los nahuas Mictlan y por los quichés, Xibalbá.

     Estos tres planos cósmicos se dividen horizontalmente a su vez, en cuatro sectores, asociados con diferentes colores, y que más o menos coinciden con los puntos cardinales. En la cosmología maya, en cada sector terrestre hay una ceiba y un pájaro sagrados, del color del rumbo (negro para el Oeste, blanco para el Norte, rojo para el Este y amarillo para el Sur) que, aliado de cuatro deidades antropozoomorfas llamadas Bacabes, sostienen la pirámide celeste. Hay también cuatro Chaques o dioses de la lluvia y cuatro Pahuahtunes, deidades de los vientos, que transitan en los ámbitos cósmicos, tanto terrestres como celestes; y en los sectores celestes se ubican los cuatro Itzamnáes o dragones, que comparten también los colores respectivos.

     En el centro de! cosmos, desempeñándose como axis mundi, se levanta una gran ceiba verde, denominada «ceiba madre», que comunica los tres grandes niveles cósmicos, pues sus ramas penetran en los cielos y sus raíces se hunden en el inframundo [Chilam Balam de Chumayel, cap. V].

     Entre los nahuas, las cuatro regiones cósmicas son: Tonatiuh Iquizayampa, «Allí donde sale e! Sol», o la región del Tlalocan en el Este; es la región del color rojo y de la luz. El Mictlampa, «La región del Mictlan», en el Norte, región de los muertos y del color negro. El Cihuatlampa, «La región de las mujeres» (las muertas de parto), en el Oeste; su color es el blanco. Y el Huitztlampa, «La región de los espinos», en el Sur; región azul. En cada región hay cuatro árboles y cuatro Tlaloques o deidades de la lluvia, sosteniendo el cielo, y varios animales sagrados.

     En el centro del cosmos (representado plásticamente como una piedra verde horadada), como el axis mundi o la quinta dirección, que se desplaza desde el cielo hasta el inframundo, se encuentra el dios Ometéotl, en su aspecto de dios viejo (como tal, se llama Huehuetéotl, y está asociado con el fuego como elemento central, y con el año, por lo que es también deidad del tiempo).

     El axis mundi de color verde, como entre los mayas, fue también la vía de comunicación de los tres planos horizontales, por la cual transitaban los dioses y los espíritus de los chamanes, cuando se externaban en el estado de éxtasis. Esta vía se representa en las obras plásticas de diversas maneras, entre las que destaca la de dos bandas helicoidales (que simbolizan los contrarios) en constante movimiento, el cual permite la ascensión de las fuerzas del inframundo y el descenso de las celestes. Los símbolos de estas bandas fueron malinallli, «hierba torcida» y ollin, «movimiento».



IV. EL RITUAL

     El rito en las religiones náhuatl y maya, como en muchas otras religiones antiguas y actuales, busca adquirir felicidad, poder, bienes materiales, alivio a los males o perdón para las faltas, y en un sentido más profundo, persigue asegurar la pervivencia de la naturaleza y del hombre, y mantener la existencia misma de los dioses. En la realización de todo rito han de cumplirse con rigor determinadas normas, pues lo sagrado es tan poderoso que puede destruír a quien no se le acerque por los caminos adecuados, las rutas experimentadas por la comunidad. Pero no todo hombre puede recorrer estas rutas por su simple voluntad o su fe; no cualquiera puede acceder directamente a lo sagrado, sino sólo los elegidos por las deidades mismas, a través de sus sueños o de otros signos; éstos son los sacerdotes, quienes manejan el ritual y comunican a los hombres los designios de los dioses.

     Entre los nahuas y los mayas, la vida entera estaba dedicada al servicio de los dioses, con base en la creencia de que ellos, al recibir el sustento de los hombres, mantenían y propiciaban el ser del universo. Sin el ritual, el Sol detendría su movimiento y moriría, acarreando la muerte del cosmos íntegro; asimismo, sin los ritos la tierra se volvería estéril, la lluvia no caería, los seres vivos no procrearían. Así, la existencia del cosmos estaba en manos de los hombres que eran, por ello, el verdadero eje del mundo.

     Los ritos consistían en grandes y complejas celebraciones públicas relacionadas con los periodos calendáricos (de los 18 meses del calendario solar, de año nuevo, de los periodos de veinte años, del «siglo» o período de 52 años y otras). Había también ritos iniciáticos, curativos, agrícolas, gremiales y ritos del ciclo de vida (embarazo, nacimiento, infancia, pubertad, matrimonio y muerte), que implicaban un cambio en la función social del individuo y eran ceremonias privadas, familiares, a diferencia de las celebraciones oficiales, dedicadas a las deidades principales.

     Comúnmente, se realizaban ritos purificatorios o preparatorios para poder realizar aquellos en los que se entraba en contacto con los dioses; entre dichos ritos destacan los ascéticos: abstinencia sexual, privación de alimentos, baños (de vapor o en corrientes de agua), sangrías, vómitos, sahumerios, insomnio, cambio de vestiduras, etc.

     También el lugar y los objetos debían sacralizarse previamente; a veces, se usaban objetos nuevos fabricados ex profeso; se empleaba agua pura o virgen (no tocada por manos humanas); se preparaban alimentos y bebidas especiales (de maíz o cacao) o bien, bebidas alcohólicas (balché y pulque). Otro aspecto de los ritos preparatorios era determinar el día y la hora propicios para la ceremonia, después de haber consultado el calendario ritual adivinatorio (llamado Tonalpohualli entre los nahuas y Tzolkín entre los mayas).

     Una vez pasada la etapa preparatoria o purificatoria (negativa), venía el rito propiamente dicho, la etapa positiva. Cada una de las ceremonias tenía su desarrollo particular, con infinitud de detalles, pero en todas ellas se realizaban sahumerios (generalmente con resina de copal), ingestión de bebidas y comidas sagradas, oraciones, danzas, cantos, procesiones, representaciones dramáticas y sacrificios.

     Por supuesto, no podemos mencionar aquí los múltiples y complejos detalles de cada rito, por lo que destacaremos el que fue esencial en todas las ceremonias religiosas, tanto públicas como privadas, y que aparece como el factor determinante de la existencia del mundo y de los hombres en los mitos cosmogónicos: el sacrificio.

     A los dioses se les dedicaban múltiples sacrificios incruentos (ofrendas que no implican derramamiento de sangre) y sacrificios cruentos (con derramamiento de sangre). El sacrificio sangriento se explica por el significado de la sangre y la idea de que los dioses son seres imperfectos que nacen y mueren, y que por tanto requieren alimentarse para sobrevivir. La sangre humana se consideró sagrada por provenir de los dioses, como se expresa en los mitos cosmogónicos; ella contiene el espíritu o energía vital, «lo que hace a los seres estar vivos», por lo que es el alimento principal de los dioses, que los hombres han de ofrecer en reciprocidad: del mismo modo que los dioses dieron su sangre en autosacrifico para crear a los hombres, éstos deben sacrificarse para ofrecer su sangre a los dioses. Así, la sangre representa la liga esencial entre dioses y hombres, que circulando de unos a otros, hace posible la vida del cosmos íntegro.

     Pero tanto en las ofrendas incruentas como en las cruentas, lo que los dioses comen no son las materias visibles y tangibles, pues como ellos son materialidades sutiles han de alimentarse de materias semejantes: olores de las flores y el incienso, sabores de los alimentos cocinados, y en el caso de la sangre y el corazón de animales y hombres, los dioses se alimentaban de la energía vital que residía en ellos, la cual se liberaba al detenerse el palpitar o quemando el corazón. Los mayas y los nahuas llamaban a esta energía vital o «corazón inmortal», ol y yóllotl, respectivamente.

     Pero el sacrificio también significó, a la inversa, alimentar a los hombres con la esencia de la divinidad. En diversos sacrificios la víctima humana se transformaba en el dios durante el rito, y después era sacrificada, descuartizada e ingerida por los fieles. Muchas veces, la víctima era muerta en la cima de la pirámide (imagen del cielo) y después era arrojada por la escalera, lo cual parece simbolizar el descendimiento del dios desde el cielo hasta el mundo de los hombres, representado por la plaza, donde era ingerida.

     Hubo diversas formas de sacrificio sangriento. Las principales fueron la decapitación, la extracción del corazón, el flechamiento y la inmersión en depósitos sagrados de agua. Las víctimas eran prisioneros de guerra, delincuentes, esclavos, niños (huérfanos, donados por sus padres o comprados) y raras veces, voluntarios.

     El sacrificio por decapitación está asociado principalmente a la fertilidad de la tierra, ya que la sangre infunde energía vital a la tierra y la cabeza simboliza la mazorca. Además, se relaciona estrechamente con el juego de pelota, uno de los ritos centrales en las religiones náhuatl y maya.

     El juego de pelota es, en todo el ámbito mesoamericano, símbolo de la pugna de contrarios. Entre los nahuas representa la lucha del Sol contra la Luna y las estrellas (luz contra oscuridad, bien contra mal, vida contra muerte) y en el Popol Vuh representa la lucha de los seres vitales y celestes (Sol y Luna) contra los infraterrestres (deidades de la muerte). Por ser pugna de contrarios, el juego está relacionado con la guerra sagrada (para obtener prisioneros destinados al sacrificio); así, los jugadores se representan en diversas obras plásticas como guerreros.

     La asociación simbólica del juego de pelota con el sacrificio por decapitación y por degollamiento, está presente en múltiples obras plásticas (como los relieves de la cancha de juego de pelota de Chichén Itzá) y en diversos mitos (el de Hunahpú e Ixbalanqué del Popol Vuh y el de Huitzilopochtli, el Sol, y su hermana Coyolxauhqui, la Luna, que es decapitada por él en la cancha de juego de pelota). La decapitación se asocia con el juego de pelota por la relación formal entre la cabeza, la pelota y los astros, los cuales se conciben como cabezas de dioses decapitados. El movimiento de la pelota-cabeza en la cancha imita el movimiento de los astros en el cielo y ello permite la continuación de la existencia. Ésa es la significación esencial del juego de pelota, que fue un rito de magia simpatética: imitando el dinamismo astral al jugar, se propiciaba dicho movimiento para perpetuar la existencia del cosmos. En esos juegos rituales se decapitaba a esclavos o prisioneros (no a jugadores) como complemento del rito.

     Así, la idea de lucha de contrarios en los ritos, particularmente el juego de pelota (como en los mitos cosmogónicos), fue esencial en el pensamiento religioso náhuatl y maya, pues el juego de pelota significó no sólo la pugna de contrarios, sino también sus consecuencias: la temporalidad, producto del movimiento astral, la fertilidad de la naturaleza y la vida del cosmos en general.

     Otra forma de sacrificio que tenía un sentido de fertilización era el flechamiento. La víctima, que debía ser bella y virgen, pintada de azul y con una corona de flores, se amarraba a un poste o a un armazón de madera, y era flechada por guerreros, después de haber sido herida en los genitales por el sacerdote.

     El sacrificio por inmersión en depósitos de agua también buscaba atraer la fertilidad, pues se dedicaba a las deidades de la lluvia. Consistía en arrojar víctimas (de preferencia niños) a los lagos o a los cenotes sagrados de Chichén Itzá, habitación del dios de la lluvia.

     La extracción del corazón fue la forma más común de sacrificio humano. Consistía en colocar a la víctima de espaldas, doblada sobre una piedra, sujetarle las manos y las piernas y sacarle el corazón rápidamente con una diestra cuchillada, de tal modo que todavía palpitante era puesto en la boca de la imagen del dios. Esto se debía a que el dios, que en ese momento ocupaba su imagen, debía asimilar la energía vital del corazón al momento en que ella abandonara el órgano físico. A la víctima se la adormecía con sustancias narcóticas o anestésicas, o bien se le provocaba la pérdida del conocimiento antes de inmolarla.

     Después de haberle sacado el corazón, el cadáver recibía diversos tratamientos, entre los que destacan el desollamiento, para que un sacerdote vistiese la piel por varios meses, y el descuartizamiento, para ser ingerido por algunos fieles.

     Otra forma de sacrificio en las religiones náhuatl y maya es el don de sí mismo, el auto-sacrificio, que además de significar una forma de purificación para participar en un rito y un modo de alimentar a las deidades, fue un medio de transfiguración del ofrendante.

     Por sacrificio de transfiguración podemos entender las prácticas ascéticas que algunos hombres realizan para transformarse en seres sobrehumanos, es decir, en chamanes [3]. Estas disciplinas incluyen el don de sangre a las deidades, que se extraía de los lóbulos de las orejas, brazos, piernas y órganos sexuales, con púas de maguey, punzones de huesos de animales, cuerdas con espinas y otros objetos. Por lo general, la sangre se vertía en papeles o en recipientes que se ofrecían a las imágenes de los dioses. Otro líquido sagrado que los ascetas mayas ofrecían a las divinidades era su semen, a través de prácticas masturbatorias. La ofrenda de sangre y semen se acompañaba de insomnio, ayunos, abstinencia de relaciones sexuales con mujeres, oraciones, danzas y cantos rítmicos, e ingestión o aplicación de sustancias psicoactivas: tabaco, hongos y plantas alucinógenas, así como bebidas embriagantes. Todo ello provoca el trance extático, es decir, el externamiento del alma para comunicarse con las energías sagradas y realizar acciones que en el estado corpóreo son imposibles.

[3] Los llamamos así por la gran semejanza de sus funciones y cualidades con los chamanes siberianos, y porque el término ha adquirido hoy un uso universal, para definir a los hombres con poderes sobrenaturales, que practican el trance extático.


V. LOS HOMBRES RELIGIOSOS

     En el mundo náhuatl y maya había una compleja estructura sacerdotal jerárquica. La encabezaba el sumo sacerdote llamado entre los nahuas Teotecuhtli, «Señor sagrado», y entre los mayas, Ahau Can, «Señor serpiente». Bajo ellos se desplegaban los otros cargos sacerdotales, cada uno con una función bien definida. Algunos vivían en retiro y meditación, y otros, en el seno de la comunidad, presidiendo las grandes ceremonias públicas o los ritos privados familiares.

     Entre los diversos tipos de sacerdotes destacan los chamanes, que recibían diversos nombres (como chilam y ahmen en maya yucateco), pero predominaba en ambos grupos el nombre náhuatl de nahualli o naguales. El chamanismo náhuatl y maya fue, entre las costumbres religiosas indígenas que se han conservado hasta hoy, la más destacada y la más resistente a la evangelización, es decir, la que se ha mantenido con menos cambios esenciales, lo que indica su importancia en esas religiones.

     Gracias a sus poderes sobrenaturales, logrados a través del sacrificio de transfiguración, los chamanes interpretaban y transmitían al pueblo los mensajes de los dioses; ejercían la adivinación para encontrar cosas o personas perdidas y curar enfermedades, sobre todo las del espíritu; controlaban mágicamente los elementos naturales y hacían brujería, o sea, ocasionaban a otros un daño a través de la magia. Entre las prácticas adivinatorias destaca la interpretación de sueños y de alucinaciones (sueños provocados por las plantas sagradas), que podían ser los del propio chamán o los del paciente.

     En el periodo Clásico entre los mayas (300 a 900 d.C.), como debió haber sido también entre los nahuas y otros grupos del Altiplano Central, los chamanes eran los mismos gobernantes, quienes aparecen representados en los relieves portando los instrumentos para el autosacrificio, recibiendo un bulto que contenía la parafernalia chamánica, practicando la extracción de sangre y el rito masturbatorio y surgiendo de las fauces de grandes serpientes, lo cual constituía el momento final de su iniciación. Por dichos relieves sabemos que el sacrificio de transfiguración se practicaba desde esa época. En el periodo post-clásico (900 a 1521 d.C.), el chamanismo parece haberse convertido en una profesión especializada. Así se conservó durante la época colonial y se ha mantenido hasta hoy.

     La finalidad principal de las prácticas chamánicas era el externamiento del espíritu para comunicarse con los dioses. Esto implica, obviamente, la creencia de que el hombre es un ser dual, compuesto de cuerpo visible y una energía invisible e intangible, semejante a los dioses; el espíritu se divide, a su vez, en dos partes: una racional consciente e inmortal, que reside en el cuerpo humano, y otra impulsiva, inconsciente y mortal que reside en un animal silvestre. Este alter ego animal o tona, vive en una montaña sagrada, protegido y alimentado por los dioses y los espíritus de los antepasados, y comparte el destino del hombre. Cuando éste muere, mueren también su alter ego y la parte de su espíritu que reside en él.

     La porción espiritual que habita en el cuerpo humano, puede salirse involuntariamente de él durante la vida, en determinadas situaciones, por ejemplo, un susto o un embrujamiento, y se separa normalmente durante el orgasmo y el sueño. Pero los chamanes logran desprender voluntariamente el espíritu del cuerpo, es decir, manejan el trance extático, y también llegan a controlar sus sueños para conducir el espíritu a un sitio elegido. Ahora bien, la finalidad de los sueños controlados y del trance extático es internarse en otras dimensiones de lo real, tanto espaciales como temporales, a las que no se puede acceder en el estado normal de vigilia, y realizar acciones que son imposibles para el cuerpo. Sólo con el espíritu externado se capta la simultaneidad del pasado, el presente y el futuro y, por tanto, se puede decir lo que ocurrirá; se logra «ver» (es decir, «conocer») todas las cosas ocultas; se pueden recorrer grandes distancias en unos cuantos segundos; se descubre quién es el causante de algún mal; se sabe cómo curar las enfermedades; se puede subir al cielo y bajar al inframundo, para dialogar con los seres espirituales que habitan en esas regiones (dioses y hombres muertos); el espíritu es capaz de introducirse en otros seres, como animales, rayos, cometas o bolas de fuego; se domina la magia, por ejemplo, se pueden controlar las fuerzas naturales: producir granizo o detener las lluvias (hoy, algunos chamanes se especializan en esa práctica y se les llama «los que manejan el tiempo» o «graniceros»).

     Los chamanes nahuas tenían como deidad protectora a Tezcatlipoca, símbolo de la oscuridad y los poderes ocultos; el «espejo humeante» que refleja las cosas, es decir, el que revela lo misterioso y desconocido, como lo hacían los propios chamanes. Y la deidad de los chamanes mayas (por lo menos en la época clásica) era el serpentino Bolon Dz'acab (que llevaba su espejo en la frente), símbolo de la vegetación, la sangre ilustre y la sangre y el semen derramados en auto-sacrificio.

     Los hombres destinados a convertirse en chamanes eran los elegidos por los dioses (a veces desde antes de nacer) y los que recibían un llamado divino a través de los sueños o de una enfermedad; también aquellos que heredaban de sus padres una disposición hacia lo sobrenatural y el oficio de adivinos y curanderos. Los escogidos para ser chamanes no pueden negarse a ejercer el oficio porque es decisión divina; si no cumplen con ella, mueren.

     Los chamanes, como hemos dicho, perviven en todas las comunidades indígenas actuales. Ya no detentan el poder político, como en tiempos clásicos, pero siguen ejerciendo sus funciones de magos, adivinos y curanderos, y son, sin duda, los hombres principales de sus comunidades, «los que saben ver», «los vivos», «los de cerebro abierto».



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