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domingo, 27 de septiembre de 2015

Los Berserker y la Expansión Vikinga



     En el sitio europasoberana.blogspot.com fue publicado en Mayo de 2013 el siguiente ensayo (Soldados de la Bestia) que reproducimos ahora aquí, un buen estudio de un aspecto de la cultura vikinga, el de los guerreros berserker, conocidos por su furor animal en la batalla. Analiza aquí el autor distintas aristas de dicho concepto y diversas implicaciones del mismo a través de la Historia, tratando de deslindar lo que ellos eran y lo que no, lo que puede concebirse y lo que son agregados sin base. De acuerdo a la supuesta etimología del término (del antiguo islandés berr-serkr = "oso + camisa o piel", y después interpretado como berserkr = "sin + camisa o prenda superior", o sin cota de malla, como se ha sugerido), lo que de por sí es un tema, creemos que dicha palabra legítimamente bien puede usarse en castellano indistintamente como singular o plural (el o los berserker), puesto que hay alguna confusión al respecto. Hemos precisado algunas referencias de este texto, además de afinar la traducción de Heine, y agregamos el breve anexo final, que es del mismo autor. Toda esta evocación del mundo vikingo, como también se recalca aquí, no tiene sentido si es sólo "arte por el arte": debe entenderse, como siempre, como un conjuro revitalizador de fuerzas dormidas, que pueden y deben ser usadas, especialmente en épocas de peligro y amenaza.

Soldados de la Bestia.
Los Berserker y la Expansión Vikinga
por Europa Soberana
4 de Mayo de 2013



     «El número de barcos crece. La interminable corriente de vikingos no cesa de aumentar. Por todas partes los cristianos son víctimas de matanzas, incendios y saqueos. Los vikingos conquistan todo cuanto está delante de ellos, y nadie puede hacerles frente. Han tomado Burdeos, Perigord, Limoges, Angulema y Toulouse. Han hecho un desierto de Angers, Tours y Orleans. Innumerables barcos navegan Sena arriba y a través de toda la región la maldad se hace fuerte. Rouen ha quedado en escombros, saqueada e incendiada. París, Beauvais y Meaux han sido conquistadas; la fortificación de Melun está demolida hasta el suelo; Chartres está ocupada, Evreux y Bayeux han sido saqueadas y cada ciudad ha sido sitiada» (monje Ermentarius de Noirmoutier, ca. 860, citado en Gwyn Jones, A History of the Vikings, Londres, 1968).

     «A furore normannorum libera nos Domine» [De la furia de los hombres del Norte líbranos, Señor] (Oración medieval).



     La historia de los pueblos indoeuropeos nos enseña que toda gran obra proviene, en primera instancia, del bárbaro "auténtico" e incontaminado, y de las alianzas de guerreros o männerbunden, que son los únicos capaces de cambiar el mundo y el tiempo a través de la acción directa. En este escrito se tratará precisamente de los más notables representantes del bárbaro indoeuropeo y de las alianzas de guerreros.


LA IRA SAGRADA EN LA TRADICIÓN INDOEUROPEA

     ¿De dónde procedía la fuerza legendaria y furiosa de aquellos antiguos indoeuropeos, nuestros antepasados, tan unidos a sus dioses y a la Naturaleza? En la Antigüedad, numerosas son las referencias a esa fuerza, que es descrita como una especie de furor. La cólera divina es todo un arquetipo: los iranios llamaron aesjma al furor sagrado, y los indo-iranios, ishmin. En India se describía, además, el mada, la embriaguez divina producida por la bebida mística soma. En Grecia encontramos el menon o menis [gr. menos = espíritu, furia], la ira apasionada que sólo Aquiles, el mayor guerrero de todos los tiempos, poseía [1]. También de Grecia proviene el "divino furor de Dionisio", que en un principio tenía que ver con la glorificación de los instintos relacionados con el culto a la vida ascendente. La mania, es decir, el arrebato del furor dionisíaco, se decía que llevaba en un vuelo el alma del poseído hacia los Montes Tracios, que representaban a una Hélade primigenia, ancestral y bárbara. En el mundo céltico nos encontramos con el héroe irlandés Cuchulain, del que se apoderaba el warp-spasm ("espasmo que deforma", o espasmo de furia) en momentos de guerra, dándole un empuje sobrenatural. Esto, en fin, nos señala que la ira sagrada no fue exclusivo patrimonio germánico, sino que proviene de una fuente aún más antigua, y que en todos los pueblos indoeuropeos hubo círculos masculinos que cultivaban la fuerza otorgada por la furia de combate.

[1] Las tres palabras delatan su procedencia de la raíz de la runa Man, la runa de la Minne (memoria, amor superior), de la virilidad y de la vida.

     Los germanos, pueblo indoeuropeo procedente del Sur de Escandinavia, fueron quizás los últimos europeos en cultivar abiertamente la ira sagrada de un modo tribal. El nombre del dios Wotan hace referencia directa a la furia. En alemán moderno, wut significa "ira", en inglés moderno, wrath tiene el mismo significado, y en gótico, wods significaba "poseído". Wotan sería, pues, la "ira de An". An es una sílaba arquetípica; así llamaban los sumerios a su deidad principal [2].

[2] También está relacionada con las míticas civilizaciones sobrehumanas del folklore europeo (gigantes, titanes, Atlántida, atlantes, Tuatas de Danan).

     La ira divina no era entonces un concepto novedoso, ni tampoco algo que haya desaparecido. Cuando algo sagrado, una canción, un paisaje, una ceremonia, una pasión, una persona, una situación, nos hacen recordar cierto instinto interior, lo que aflora es un tipo muy especial de sentimiento: la unión de furia y alegría, el sentimiento que hace que los guerreros de todos los tiempos alcen sus armas al cielo y lancen al viento sus gritos, el sentimiento dionisíaco que yace en la música y las canciones, que nos hace sentir más vivos y más poderosos, el sentimiento glorioso de honor, orgullo y contacto con lo Eterno, que acelera nuestro pulso y nos pone los pelos de punta, el sentimiento que sabemos que nadie que no sea un hombre europeo puede sentir. "Almas ardiendo" lo llamó León Degrelle. "Fuego en la sangre", lo podríamos llamar nosotros, como cuando se habla de ocasiones en las que "hierve la sangre". Se trata de la llama espiritual que se opone al avance del hielo materialista y nihilista, el "ardor guerrero" del que aún hoy se canta en el himno de la Infantería [española, conocido por ese nombre].


EL PAPEL DE LOS BERSERKER EN EL MUNDO GERMÁNICO

     Los berserker se asocian a la germanidad, es decir, al conjunto de tribus germánicas. Éstas abarcan a escandinavos, anglosajones, holandeses y alemanes. Nos situamos en una época en la que los vikingos, aún paganos, tenían seriamente aterrorizada a una Europa castrada por el cristianismo, y en la que el Imperio romano había desaparecido desde hace siglos. Generalmente, el vikingo despreciaba al cristiano y los cristianos temían al vikingo. En una ocasión, unos vikingos secuestraron a un obispo. Cuando no obtuvieron rescate por él, lo mataron golpeándolo con calaveras de animales. Eran almas aún salvajes e incontaminadas, poseídas por esa mentalidad brutal y contundente tan propia de la Naturaleza.

     Entre todos esos bárbaros, los más fieles guardianes de la furia sagrada fueron los berserker. Esta palabra pervivió en el vocabulario de las naciones que conocieron a esos hombres: en Inglaterra [en idioma inglés], berserk aún designa a una persona de carácter indómito o salvaje, o a un estado de ira irracional. Berserkr se puede traducir como "camisa de oso" (bear shirt, en inglés moderno), o bien "sin camisa" (bare shirt). Proviene del hecho de que los berserker combatían ataviados con pieles de oso, y a veces semidesnudos o desnudos.

     Entre los Antiguos, cada hombre era un guerrero. Sin embargo, no lo era durante toda su vida, sino que era llamado a ello en ocasiones turbulentas, mientras que en la paz se dedicaba a sus labores de campo o dominio. Así fue en todo el mundo antiguo, salvo Egipto, Esparta, Roma, el Imperio bizantino y algunas otras excepciones, que contaban con ejércitos "profesionales". En la germanidad, empero, había una curiosa casta aparte, los artistas de la guerra, considerados tocados por la Divinidad.
 
     Algunos guerreros selectos vivían en pequeñas comunidades, aisladas de los núcleos de población y dirigidas por un sacerdote del culto de Odín/Woden/Wotan según la región, un escaldo (bardo), un gothi (druida), un vikti (maestro de las runas) u otro tipo de chamán, brujo o mago tribal. Formaban auténticas sectas en el mundo germánico, como parte de la tradición de las männerbunden, las uniones de hombres, alianzas de guerreros, hermandades militares o, como las denominó el rumano Mircea Eliade, "sociedades secretas de hombres".

     En las familias de la aristocracia germánica, existía la tradición afín a la de los oráculos en Grecia: al nacer el niño, un sacerdote realizaba un ritual por medio del cual se podría entrever su destino. Podemos suponer que a algunos padres de los bebés más prometedores se les ofrecía criarlos en una comunidad "militar" de este tipo. Esto no tendría lugar enseguida sino a una edad un poco más tardía. A esa edad, se presentaría el chamán correspondiente para llevar al niño a su nueva vida en los bosques, donde aprendería a adquirir los instintos del depredador.

     Desde pequeños, a los futuros berserker se les ajustaba en el cuello un anillo de hierro que se relaciona con las torques célticas y que no se quitarían sino hasta matar a su primera víctima. Se desconoce completamente el tipo de instrucción que se les daba, pero básicamente se trataría de una especie de campamento militar y ascético al estilo espartano, en el que se les enseñaba a manejarse con las armas, en el combate cuerpo a cuerpo y en la vida en la Naturaleza, además de adquirir dureza y resistencia frente a todo tipo de privaciones, en el marco de una vida cazadora-recolectora. También aprendían técnicas y danzas tribales pensadas para generar grandes cantidades de adrenalina. A través de años, iban construyendo el cuerpo del guerrero, acostumbrado a la fatiga, a las privaciones y al sufrimiento. Y todo ello conjugado con alguna forma desconocida de yoga: una de las habilidades que lograban mediante su misterioso ascetismo era, sentados sobre la nieve durante una nevada o ventisca, derretir con su propio calor interior la nieve que les caía encima. Esta avanzada prueba tiene lugar, aun hoy en día, entre algunos lamas tibetanos (el ejercicio respiratorio que emplean para generar calor se llama tumo o "fuego en el vientre"), y en las leyendas célticas, una de las cualidades que se atribuía a los grandes héroes era derretir la nieve a 100 pies de distancia (30 mts.) con su propio calor corporal.

     Un caso interesante, que data de la Irlanda del año 700 d.C., es el del héroe folklórico Cuchulain. La leyenda cuenta que, después de una batalla, Cuchulain regresó a su pueblo aún en pleno frenesí de combate. Sus compatriotas, temiendo que matase a todo el pueblo, se le echaron encima y lo metieron en un barril de agua fría. Por el ardor del héroe, el agua rompió las planchas de madera y los flejes metálicos, e hizo estallar el barril en mil pedazos, "como se rompe una nuez". En el segundo barril de agua fría, Cuchulain produjo burbujas grandes como puños. Y en el tercero, produjo una ebullición en la que algunos hombres podían soportar sumergir sus manos y otros no. Esto nos recuerda inevitablemente al Heracles griego, que tuvo que precipitarse a las aguas de las Termópilas para aplacar un ataque de fuego interior, convirtiendo las aguas del lugar en termales.

     Los cachorros berserker recibían iniciación en un culto que se podría llamar misterios de Odín, el patrón de estos guerreros. Los berserker a menudo eran llamados "hombres de Odín" o "lobos de Odín" por su predominante culto a esta deidad, denominada "Padre de Todo" [Allfather, Alföðr] o "el Fuerte de Arriba" *.

* Véanse sus otros nombres en https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_names_of_Odin

     Podría describirse a los berseker, por tanto, como sectas de guerreros de élite, severamente entrenados desde pequeños en las artes de la lucha y de la alquimia interior, e iniciados en un culto a Odín mediante algún tipo de ritual extremadamente violento. Mircea Eliade especificó que:

     «No se llegaba a ser "berserkr" únicamente por bravura, por fuerza física o por dureza, sino también tras una experiencia mágico-religiosa que modificaba radicalmente la forma de ser del joven guerrero. Éste debía transmutar su humanidad mediante un acceso de furia agresiva y terrorífica, que lo asimilaba a los carniceros enfurecidos. "Se calentaba" hasta un grado extremo, transportado por una fuerza misteriosa, inhumana e irresistible, que su impulso combativo hacía surgir de lo más profundo de su ser» (M. Eliade, Muerte e Iniciaciones Místicas, cap. V, 1).

      En combate, los berserker presentaban un aspecto aterrador para sus enemigos. Vestidos con pieles de oso, o de lobo (en cuyo caso se llamaban ulfhednar o ulfsark, "piel de lobo"), desnudos o pintados de negro, se arrojaban al combate siempre en grupos de doce [3], gritando como posesos, echando espuma por la boca y siendo inmunes a las heridas más terribles.

[3] El grupo de doce hombres (más el líder o protegido, el decimotercero) es una constante, no sólo en diversas mitologías indoeuropeas sino en la vida cotidiana de los germanos, y representa al círculo selecto. Doce eran los hombres que normalmente se requerían para llevar al cabo una misión sagrada. Doce eran los representantes del Thing (Consejo) entre los pueblos nórdicos. Doce eran los testigos jurados que se presentaban en ciertos casos de justicia. Doce eran los representantes de entre un grupo numeroso que eran invitados a una fiesta. Y, como todos sabemos, doce eran los apóstoles del plagio judío de Cristo, doce eran los caballeros selectos de la mesa redonda artúrica, así como doce son los rayos que parten del punto central en el símbolo arquetípico del Sol Negro.


     Casco vikingo con máscara de cota de malla para proteger el rostro. La fantasía de los cascos con cuernos procede de una leyenda negra europea. Fueron los celtas (y muchos caballeros medievales) los que emplearon cascos con cuernos, y a menudo más como ornamentos ceremoniales que como cascos de combate.

     En la Ynglinga Saga (capítulo VI) se habla sobre ellos, diciendo:

     «Los hombres de Odín marchaban sin cotas de malla, enfurecidos como perros o lobos. Mordían sus escudos, fuertes como osos o toros salvajes. Mataban a sus enemigos de un solo golpe, pero ni el hierro ni el fuego los dañaba. Tal es lo que se llama el furor de los berserker».

     En el Hrafnsmal, el escaldo Thorbjörn Hornklofi los describe en el combate:

     «Allí los berserker gritaban —la batalla se desencadenaba—, pieles de lobo aullaban salvajemente, las lanzas silbaban... pieles de lobo, se llamaban. Se les ve actuar, ensangrentados los escudos. Rugieron las espadas cuando llegaron al combate. El rey sabio en el combate se hace proteger por rudos héroes que alzan sus escudos».


EL BERSERKSGANGR O POSESIÓN

     Antes del combate, los berserker entraban juntos en un trance llamado berserksgangr. Este trance era el proceso de posesión, para el que no cualquiera estaba preparado, pues su energía podía destrozar el cuerpo del profano. Según la tradición escandinava, tal estado de éxtasis comenzaba con un siniestro escalofrío que recorría el cuerpo del poseído y le ponía los pelos de punta y la piel de gallina. A esto seguía la contracción de los músculos, un premonitorio temblor, el aumento de la presión arterial y de la tensión, y una serie de tics nerviosos en el rostro y en el cuello. La temperatura corporal comenzaba a subir. Las aletas nasales se dilataban. La mandíbula se apretaba y la boca se contraía en una mueca psicótica revelando la dentadura. Luego venía un inquietante rechinar de dientes. El rostro se inflaba y cambiaba de color, acabando en un tono púrpura. Empezaban a echar espuma por la boca, a gruñir, a agitarse, a rugir y gritar como animales salvajes, a morder los bordes de sus escudos, a golpear sus cascos y sus escudos con sus armas y a rasgarse la ropa, invadidos por una fiebre que tomaba posesión de ellos y los convertía en una bestia, su ciego instrumento. Presenciar semejante transformación debía ser algo realmente alarmante y angustioso, evocador del más urgente pánico. Era una transformación iniciática en toda regla, y algunos han visto en ella el origen de las leyendas de hombres-lobo.

     Tras este proceso, los berserker recibían el Odr u Od (llamado Wut en Germania y Wod en Inglaterra), la inspiración que Odín concedía a algunos guerreros, iniciados y poetas, tocándolos con la punta de su lanza Gugnir ("estremecedora"). Con ello se convertían en un furioso torbellino de sangre y metal. La fuerza física del "inspirado" por la fiebre Od aumentaba de manera sobrehumana e inexplicable, y también se incrementaban su resistencia, su agresividad y su fanatismo combativo. Desaparecían el dolor, el miedo o la fatiga, y lo que los reemplazaba era una embriagante sensación de voluntad, imparable poder y ganas de destruír, arrasar, matar, aniquilar y derribar. Una buena referencia a la versión celta del berserksgangr, la podemos encontrar en (la leyenda irlandesa) "The Táin", que describe la transformación del héroe Cuchulain antes de las batallas:

     «El espasmo de furia se apoderó de él: parecía que cada cabello estaba martillado a su cabeza, pues todos los pelos se le enderezaron verticalmente, y se podría jurar que un punto de fuego coronaba la punta de cada uno. Uno de sus ojos se cerró más estrecho que el ojal de una aguja, y el otro se abrió más ancho que la boca de una copa. Sus mandíbulas se desencajaron hasta las orejas, y sus labios se apartaron revelando sus encías. El halo del héroe ascendió desde la corona de su cabeza».

     Los berserker pasaban a luchar furiosamente sin importarles en absoluto su propia vida o seguridad física. Muchos preferían llevar una espada y un hacha en vez de una sola arma con el escudo. En grupos de doce, cargaban salvajemente contra el enemigo sin importar su inferioridad numérica, y heridas que matarían a cualquiera, no los inmutaban lo más mínimo. En casos de defensa contra multitudes avasallantes, formaban un círculo impenetrable desde el cual se batían hasta la muerte del último hombre.

     Si nos imaginamos el aspecto de esos hombres cargados de músculos, venas, nervios y tendones, con la cara crispada bajo la piel de la bestia, los fanáticos ojos claros abiertos como platos y brillando con aquella acies oculorum [penetración de la mirada] que Julio César y Tácito advirtieron entre los guerreros germanos; los dientes apretados con furia y echando espumarajos, salpicados con sangre enemiga... al instante comprenderemos que aquellos guerreros no tenían nada que ver con el hombre occidental moderno. Esos berserker eran de la misma sangre que muchos europeos modernos, pero ellos eran hombres que vivían para la guerra, mientras que el occidental medio de nuestros días es un afeminado blando que vive para la paz y, en su miopía, persiste en creer que lo sabe todo sobre el mundo y la vida.


     El Wut, Wode, Od o berserksgangr era un trance terriblemente intenso y violento, en el que se perdía completamente el control y la razón, y en el que la bestia se liberaba de sus cadenas de hierro para desahogar su claustrofobia y para cabalgar en gloriosa y desbocada libertad por el oscuro y borroso bosque, sin responsabilidades, sin ataduras, sin límites y sin leyes. No sólo se trataba de dejar aflorar a la bestia interior, sino de dejarse poseer por la divinidad absoluta, externa. El cuerpo del guerrero, en manos de estas tempestuosas fuerzas, y totalmente desconectado de la mente racional, era una simple marioneta que apenas daba abasto para plasmar tanta ira.

     Los afectados podían estar durante horas e incluso días combatiendo de la manera más furiosa y encarnizada sin pausar un sólo momento. De hecho, gracias a su brutal aportación, a menudo las batallas terminaban demasiado pronto, y los berserker no podían cesar de combatir, necesitando desahogar su furia, correr sin parar de gritar y descargar sus armas contra árboles, rocas, animales o personas, incluso llegando a atacar a miembros de su mismo ejército (aunque al parecer los berseker nunca se atacaron entre ellos), ya que en tales estados no distinguían entre amigos y enemigos.

     Sin embargo, cuando pasaba el berserksgangr, se sumían en un estado de debilidad total, en el que eran incapaces de defenderse ni de tenerse en pie siquiera. Esa resaca duraba varios días, en los que el guerrero debía guardar cama. Según las sagas escandinavas, a menudo sus enemigos aprovechaban para matarlos en aquellos momentos. Algunos berserker, sin haber recibido herida alguna, caían muertos tras la batalla por el sobrehumano esfuerzo realizado: sus cuerpos no estaban preparados para ser instrumentos de la furia divina, al menos durante un tiempo demasiado prolongado. Probablemente se les acortaba la esperanza de vida por muchos años después de cada "sesión" de berserksgangr.

     Otra cualidad que se atribuía al poseído del berserksgangr era el "inutilizar las armas del adversario", lo cual probablemente implicaba que los berserker eran tan rápidos, tan invulnerables e inspiraban tal terror en sus enemigos que éstos parecían quedar paralizados de miedo o sus golpes no eran efectivos. Asimismo, es muy probable que el aura de ira desprendida de un grupo de berserker cargando, fuese "sentida" a una gran distancia por los soldados enemigos como si de una onda expansiva se tratase, tal y como escribió el historiador romano Tácito, hablando de una männerbund germana cuyos miembros se denominaban harii —palabra que entre los iranios e indo-iranios significaba "los rubios", y que está relacionada con los Einheriar (Aina-Hariya) del Valhala:
 
     «En cuanto a los harii, además de superar en fuerza a los pueblos que acabo de enumerar, salvajes como son, sacan el máximo partido de su ferocidad natural valiéndose del arte y de la oportunidad: escudos negros, cuerpos pintados. Para combatir, eligen noches oscuras. Sólo el horror y la sombra que acompañaban a esta macabra hueste bastan para llevar el terror. Ningún enemigo puede soportar esta visión extraña e infernal, pues en toda batalla los primeros vencidos son los ojos» (Tácito, Germania).

     Observamos aquí la importancia que tenía la simbología de lo oscuro para estos hombres. La noche es esencial en este simbolismo, pues simboliza la edad oscura, este tenebroso invierno en el que hemos nacido para bien o para mal. El día, con los rayos del Sol, el oro, es propicio para la voluntad, para el arrojo, para la lucha consciente, para clavar la lanza en el enemigo, para hundir la espada en la tierra —en una palabra, para poseer, para tomar. El día representa la mano derecha, el orden, el ritual y la "vía seca". La noche, en cambio, con oscuridad, Luna, estrellas, agua y plata, es más propicia a la magia, a un cierto caos, a dejarse tomar, a ser poseído, a alzar las armas al cielo en vez de hundirlas en la tierra, y por ello está más relacionada con la mano izquierda y la "vía húmeda".

     Desde que el hombre ya no es un dios, debe luchar para convertirse, al menos, en ciego instrumento de los dioses. Para ello, debe vaciarse de toda individualidad egocéntrica con el fin de permitir el arrebato divino, esto es, "para propiciar que Odín lo toque con la punta de su lanza". Y el primer modo de conseguirlo era mediante la instauración de una severa disciplina, el ascetismo y la organización. Recordemos, con respecto a la importancia de la noche, que el mismo Adolf Hitler habló en "Mi Lucha" sobre la diferencia de efectos que sus discursos conseguían en las muchedumbres por la mañana y por noche. Para él, las tardes, y especialmente las noches, eran el momento ideal de dar un discurso y de hacer valer su magnetismo. Hagamos notar también que, en las SS, los colores predominantes en los uniformes y en su simbología eran el negro y el plateado. Simbólicamente, se cubrían de noche, de oscuridad, de truenos y de luz lunar y estelar.

     Quien había sido poseído una vez por el berserksgangr estaba ya marcado con una señal de por vida. A partir de entonces, el trance no sólo le venía al ser invocado antes del combate, sino que también podía caer sobre él de repente en momentos de paz y sosiego, transformándolo en cuestión de segundos en una bola de odio, adrenalina y gritos infrahumanos en busca de destrucción. Así, la Saga de Egil (Skallagrimsson) describe cómo el padre de Egil, un berserker, sufrió repentinamente la posesión del berserksgangr mientras jugaba pacíficamente a un juego de pelota con su hijo y otro pequeño. El guerrero, horriblemente agitado, y rugiendo como un animal, agarró al amigo de su hijo, lo alzó en el aire y lo estrelló contra el suelo con tanta fuerza que murió en el acto con todos los huesos del cuerpo rotos. Luego se dirigió hacia su propio hijo, pero éste fue salvado por una sirvienta que, a su vez, cayó muerta ante el poseído. En las sagas, las historias de berserker están salpicadas de tragedias en las que el berserksgangr descontrolado se vuelve contra los seres más allegados al poseso. Si hubiese que encontrar un equivalente griego, lo tendríamos en la figura de Hércules, quien durante un ataque de ira mató a golpes a su propia esposa Megara y a los dos hijos que tenía con ella, lo cual motivó sus doce tareas como "penitencia" para expiar su pecado.

     En el ámbito de la mitología tenemos muchos ejemplos de la furia de los berserker. La saga del rey Hrolf habla del héroe berserk Bjarki, que combatía por dicho rey y que en una batalla se transformó en un oso. Ese oso mató a más enemigos que los cinco campeones selectos del rey. Las flechas y las armas rebotaban de él, y derribó a hombres y caballos de las fuerzas del enemigo rey Hjorvard, desgarrando con los dientes y las garras cualquier cosa que se interpusiera en su camino, de tal modo que el pánico se apoderó del ejército enemigo, disgregando sus filas caóticamente. Esta leyenda —que no deja de ser eso, una leyenda— representa la fama que habían adquirido los berserker en el Norte, como grupos reducidos pero, por su bravura, perfectamente capaces de decidir el resultado de una gran batalla.

     Ahora bien, ¿cuál es la explicación para estos hechos, que rebasan con creces lo normal?. ¿Cómo hemos de interpretar el berserksgangr? En nuestros días, algunos que siempre miran con resentida desconfianza cualquier manifestación de fuerza y salud, han querido degradarlo. Para muchos de ellos, los berserker eran simplemente comunidades de epilépticos, esquizofrénicos y demás enfermos mentales. Esta ridícula explicación no satisface en absoluto, ya que la epilepsia o la esquizofrenia son patologías cuyos efectos no se pueden "programar" para una batalla como hacían los berserker, y bajo sus ataques es imposible realizar acciones valerosas o mostrar heroísmo bélico. Un epiléptico se hace más daño a sí mismo mordiéndose la lengua y cayendo al suelo que destrozando las filas de un numeroso ejército enemigo, y además puede ser reducido por una sola persona. Fantasiosamente, otros han sugerido que los berserker eran alianzas de individuos que habían sufrido mutaciones genéticas, o los supervivientes de un antiguo linaje germánico desaparecido, organizados en forma de comunidades-sectas. Incluso se puede tener en cuenta la explicación "chamánica", según la cual los berserker eran poseídos por el espíritu totémico de un oso o de un lobo.

     Como se ve, las razones son tan variopintas como variopintos son los personajes que se meten a opinar al respecto. La explicación más conocida, empero, es la de que estos hombres combatían drogados. Según dicha teoría, los berserker ingerían un hongo llamado amanita muscaria (seta de tallo blanco y sombrerete rojo con motas blancas, que abunda entre los bosques de abedules del Norte de Europa), o bien alguna mezcla preparada con dicha seta. Ésta tiene una toxicidad elevada gracias a un alcaloide llamado muscarina, que altera completamente la conciencia y la percepción. Actualmente se la ha catalogado como "venenosa", dado que en dosis elevadas resulta mortal. La teoría de la amanita muscaria fue elaborada en 1784 por el profesor sueco Samuel Ödman (que supo de la utilización del hongo por parte de chamanes siberianos), y se perfiló hasta cierto punto porque la mitología germánica explicaba que, de la boca de Sleipnir —el caballo de Odín, de ocho patas— goteaba una espuma roja que, al llegar al suelo, se transformaba en la seta. Otras teorías de drogas sugieren cerveza con beleño negro, o pan o cerveza contaminados con el cornezuelo del centeno.

     La teoría de las drogas no convence, y los dos hechos anteriores (chamanes siberianos + caballo de Odín) son las únicas pruebas que tenemos para corroborar tal tesis. Por otro lado, la simple ingestión de una droga no garantiza por sí misma un arrebato de devastación y frenesí guerrero como el que experimentaban los berserker. Si es que ingerían efectivamente una droga, habría sido tras una larga y dura preparación guerrera y ascética que les hubiese hecho resistir la posesión del od, con dosis cuidadosamente pensadas por auténticos conocedores de sus efectos, y con ritos diseñados para realzar y canalizar ciertos aspectos relacionados con la sustancia.

     Nos es más lógica, pues, la teoría de que el berserksgangr se desencadenaba mediante una especie de "orden hipnótica programadora" que se almacenaba en el subconsciente a través de una violenta y traumática iniciación ritual, y que en adelante se "activaba" automáticamente escuchando el ruido de las armas, los gritos de batalla y los cánticos que invocaban la furia de Odín, dando lugar al irresistible ansia de estar en el centro del combate, allá donde la lucha era más encarnizada y la furia más densa. En cualquier caso, lo más probable es que las técnicas de consecución del berserksgangr fueran mentales o "psicológicas", a través de procesos hipnóticos y magnéticos catalizados en poderosos rituales, y seguramente amplificados a través de danzas tribales, movimientos, técnicas y respiraciones capaces de generar enormes cantidades de adrenalina en poco tiempo. Y si las drogas estaban realmente presentes, hubiese sido para facilitar la posesión, pero en ningún caso eran las responsables directas del increíble rendimiento combativo que se desencadenaba con dicha posesión.

     Las sustancias liberadas por las drogas pueden estimularse en el cuerpo mediante prácticas de depuración. En las tradiciones iniciáticas, cuando el hombre obtiene control absoluto sobre su cuerpo, puede estimular sus órganos, sus glándulas, a voluntad, liberando las sustancias que desea y causando los efectos que desea, con sólo saber materializar el pensamiento. Lo ideal es que las drogas que se utilicen procedan de nuestro propio interior, pues, realmente, las drogas están ya dentro de nosotros —como por ejemplo la testosterona, la adrenalina, la dopamina, las feromonas y las endorfinas—, sólo que a menudo necesitan de un estímulo para liberarse. El uso religioso de las drogas apareció en una época en que la mayoría de las personas ya no eran capaces de entrar en trance de modo natural. Y en cualquier caso la ingestión de las drogas con fines religiosos se realizaba bajo un severo control y ritualismo, sobre individuos preparados física, mental y espiritualmente para aguantar sus efectos, y todo vigilado por sabios de las ciencias naturales, conocedores de las plantas, los animales y la Tierra.

     Durante las situaciones de gran estrés y violencia, el cuerpo se perturba. Aumenta el pulso, se acelera la respiración y sube la adrenalina como una llama. Tiene lugar una serie de respuestas fisiológicas que en sí mismas no son ni buenas ni malas, sino que su naturaleza dependerá del uso que se haga de ellas y de la salida que se les dé. Los guerreros convencionales "caballerescos", intentaban dominar el torrente de reacciones y sensaciones que les causaba el combate, de modo que, manteniendo su voluntad por encima de ellas, conservaban la "sangre fría" y la consciencia intacta. Los berserker, en cambio, parecían hacer lo contrario: se dejaban llevar por las reacciones físicas ante la lucha, de modo que éstas tomaban posesión de ellos y acababan convirtiéndolos en bestias que lo "veían todo rojo". Afloraba en ellos una voluntad totalmente independiente de la consciencia. Sólo los mejores eran lo bastante duros como para dejarse llevar de verdad por el torrente de ferocidad, soltar sus impulsos salvajemente, perder el control, romper todo lazo y toda atadura para dejar cabalgar libre a la bestia, saborear el profundo y primitivo placer de la carnicería, de la sangría, de la matanza, de la dominación, de la posesión y de la destrucción, sumergir todo su ser en el caos absoluto y sobrevivir para contarlo —aunque es muy probable que después ni siquiera recordasen claramente lo sucedido.

     ¿Es todo esto un barbarismo salvaje? Sí, pero forma parte de la naturaleza humana, nos guste o no. Dar la espalda a estos asuntos sólo sirve para que luego nos cojan desprevenidos. Ignorar que tenemos un lado animal es como mutilar el espíritu y sabotear el cuerpo. Por el contrario, aceptar esto y dominarlo equivale a reconciliarnos con nosotros mismos.

     En cuanto al ataviarse con pieles de animales simbólicos, obedece a una tradición chamánica, totémica y pagana hasta la médula, y le prestaremos atención porque expresa una idea muy importante. El lobo y el oso son signos de masculinidad libre, pura, salvaje, fértil y desenfrenada [4].

[4] También lo son el león, el carnero, el macho cabrío o el toro. El oso tiene la particularidad de poder ponerse en pie y erguir así su médula espinal. Con ello, pasa de la horizontalidad a la verticalidad, apuntando su espina dorsal al cielo, y simbolizando el tránsito del lado material (horizontalidad, tierra) al espiritual (verticalidad, cielo) a voluntad. El lobo tiene la particularidad de que, además de constituír una manada firmemente unida y jerarquizada, puede desenvolverse solo, y de que durante el Invierno no hiberna, sino que permanece activo y depredador.

     La piel del oso o del lobo se conseguía combatiendo con él en un cuerpo a cuerpo y matándolo, lo cual era una prueba iniciática de los berserker igual que entre algunos celtas lo era el matar a un jabalí. Los berserker eran sugeridos así de que se apoderaban de las cualidades totémicas inherentes al animal en cuestión —oso o lobo—, adquiriendo su fuerza y ferocidad, poseyendo sus cualidades como si se hubiesen conquistado para sí, y adoptando la piel de la bestia vencida como símbolo de esa transformación. Como signo de prestigio, muchos berserker añadían la palabra björn (oso) a sus nombres, resultando en nombres como Arinbjörn, Esbjörn, Gerbjörn, Gunbjörn o Thorbjörn. El lobo (proto-germánico ulf) resultó en nombres como Adolf, Rudolf, Hrolf o Ingolf. Mircea Eliade dijo con respecto a la apropiación de las pieles de animales:

     «Se convertían en "berserkir" [en nórdico antiguo, singular = berserkr, plural = berserkir] tras una iniciación que comportaba pruebas específicamente guerreras. Así, por ejemplo, entre los Chatti, nos dice Tácito, el postulante no se cortaba los cabellos ni la barba antes de haber matado a un enemigo. Entre los Taifali, el joven debía abatir un jabalí o un oso, y entre los Hérulos, era necesario combatir sin armas. A través de estas pruebas, el postulante se apropiaba de la forma de ser de la fiera: se convertía en un guerrero temible en la medida en que se comportaba como una bestia de presa. Se transformaba en superhombre porque conseguía asimilarse a la fuerza mágico-religiosa compartida por los carniceros» (M. Eliade, Muerte e Iniciaciones Místicas, cap. V, 1).

     Una vez más, se verá esto como primitivo y bárbaro, pero los romanos también lo hacían, como podemos ver en los portaestandartes de las legiones, que se cubrían con pieles de lobos, osos o felinos salvajes (como pueblo indoeuropeo bárbaro, los antiguos itálicos, antepasados de los latinos, debieron tener su propia versión del "guerrero poseído"). También el héroe griego Heracles, tras combatir con un monstruoso león y matarlo con sus propias manos, se puso su piel. El irlandés Cuchulain mató a un monstruoso mastín y ocupó su lugar como guardián del Ulster. Sigfrido, el héroe del germanismo, se bañó en la sangre del dragón Fafnir, matado por él, y con ello se hizo casi invencible. En los misterios de Mitra, un restringido culto militar sólo para hombres y practicado por las legiones de Roma, los iniciados se cubrían de la sangre del toro sacrificado en una ceremonia de alto poder sugestivo. En la misma línea de ejemplos relacionados, tenemos otros casos que se refieren a "segundas pieles" y baños  endurecedores: Aquiles fue bañado por su madre en las aguas del oscuro río Éstige, que lo hicieron invulnerable. La diosa céltica Ceridwen poseía un caldero mágico que daba salud, fuerza y sabiduría a cuantos se bañaran en él. Las madres espartanas bañaban a sus recién nacidos en vino, pues pensaban que eso endurecía a los duros y acababa con los blandos. Las aguas del Ganges, aún hoy en día, son consideradas salutíferas para los hinduístas. La idea tras todos estos mitos era que exponerse a fuerzas destructivas, telúricas y oscuras ayudaría a endurecer la "envoltura" del iniciado y a protegerlo en el futuro contra experiencias similares en el campo de la muerte y del sufrimiento.

     Todo esto simbolizaba, además, la lucha del espíritu por tomar control de la bestia telúrica, tras lo cual se recubría de lo conquistado, entraba en la carcasa vacía, la poseía, la transformaba a su imagen y semejanza y, a la vez, cambiaba su personalidad por una distinta, entrando en una nueva fase y simbolizando asimismo el tránsito a una nueva manera de percibir el entorno y de ver las cosas —una nueva piel, una nueva coraza, un nuevo escudo, la percepción del mundo a través de los sentidos de la bestia—, tomar posesión de la materia y, desde dentro, transformarla a imagen y semejanza del espíritu. Esta filosofía de posesión es un rasgo característico de todas las sociedades guerreras iniciáticas. En ciertas unidades de élite de las SS nacionalsocialistas, una de las pruebas era combatir, sin armas y con el torso desnudo, contra un perro-lobo o un mastín embravecido. Como reminiscencia de todos estos asuntos en pleno siglo XIX, cantaban los húsares imperiales del Segundo Reich, herederos de las unidades guerreras de élite del germanismo: "De negro nos vestimos / de sangre nos bañamos / con la totenkopf en el casco / ¡Heil! ¡Heil! / ¡Somos invencibles!".


     Aquellos berserker que luchaban desnudos se relacionaban con la conducta de los tempranos celtas, que también lo hacían (de hecho, la figura del "guerrero poseído" fue también recurrente entre los celtas). Sus cuerpos, curtidos desde la infancia, no sentían frío ni aunque estuvieran desnudos sobre la nieve. Como hemos dicho, algunos también se pintaban de negro, reivindicando el lado oscuro y fiero, propio de las eras en las que la luz se ve acosada. Ya hemos visto cómo el romano Tácito describió a los harii que, pintados y con escudos negros, se lanzaban al combate con ferocidad sobrehumana. Para los antiguos indo-iranios, el dios Vishnu, en las épocas sombrías se ataviaba con una armadura oscura para combatir a los demonios, ocultando al mundo su aspecto luminoso; pero al alba de la nueva edad de oro se despojaría de su coraza negra y el mundo conocería su luminoso aspecto interior. En Irán, la männerbund de los mairya vestía armaduras negras y portaba banderas negras. Simbólicamente, se decía que mataban al dragón, y generalmente actuaban de noche. Los cátaros se vestían con largas túnicas negras, y sus estandartes religiosos eran negros (algunos con una cruz céltica blanca en su interior). También los SS se vistieron de negro y lucieron banderas negras, además de la macabra totenkopf. Se quería simbolizar así el dominio y el conocimiento de la oscuridad, de lo que pertenece a la mano izquierda, al lado siniestro, al miedo, a la muerte y al horror.

     Dominar y conocer al enemigo es dominar y conocer al oso, al lobo, al dragón, al toro o al animal totémico que el hombre luchador descubra en sí mismo. Cubrirse de negro equivale a cubrirse con la piel de la bestia enemiga, pues la oscuridad es la enemiga —hasta que no sea dominada.


LA EXPANSIÓN DE LA FURIA DEL NORTE


     Este mapa muestra la expansión nórdica en Europa. El rojo se corresponde con las zonas de colonización escandinava, y el verde con las zonas sometidas a las incursiones y a la influencia vikinga. Los vikingos fueron particularmente prolíficos en Francia, las Islas Británicas y las cuencas de los grandes ríos rusos. No se incluyen en el mapa ni Groenlandia ni Vinland (el asentamiento vikingo en Norteamérica).

     En un momento dado de la Alta Edad Media, a finales del siglo VIII, los pueblos escandinavos se embarcaron en una serie de prolíficas expediciones. Unos sostienen que esta súbita blitzkrieg de los vikingos se debe a una superpoblación motivada por la poligamia, en el seno de una tierra poco fértil. Otros, como Varg Vikernes, mantienen que las razzias vikingas eran una venganza contra el mundo cristiano, después de que el obispo Bonifacio talase, en Sajonia, en el año 772, bosques sagrados y, particularmente, la encina que los sajones tenían consagrada a Donnar [Thor], un árbol antiquísimo venerado por todos los pueblos germánicos del mundo, y que se consideraba la versión terrestre del Irminsul, el Eje del Mundo.

     La imagen que el folklore y la propaganda cristiana nos ha legado de los vikingos ha de ser corregida. La Iglesia satanizó a los vikingos, representándolos como sucios bárbaros con cuernos en los cascos, cuando según la "Chronica" de John Wallingford, "gracias a su costumbre de acicalarse el pelo todo los días, bañarse cada sábado y cambiarse de ropa regularmente, son capaces de minar la virtud de las mujeres casadas e, incluso, seducir a las hijas de nuestros nobles para transformarlas en sus amadas". Estamos hablando de una época en la que el cristianismo había estigmatizado la higiene como algo sensual y "pagano". El historiador árabe Ibn Fadlan, embajador de Bagdad ante los búlgaros del Volga, dice de los vikingos: "Nunca he visto especímenes físicos tan perfectos, altos como palmeras, rubios y de piel rubicunda". Añade que a menudo lucían tatuajes de diseños vegetales de pies a cuello, y que iban armados siempre con un hacha, una espada y un cuchillo.

     Los vikingos acabaron siendo famosos en toda la cristiandad, en el Este pagano y en gran parte del mundo islámico. Los árabes los llamaban mayus; los jázaros, rus (de ahí "Rusia"), y los eslavos, varegos. En la mayor parte de Europa Occidental fueron conocidos como normandos —es decir, hombres del Norte. Generalmente su forma de actuar era zarpar en grandes flotas, saquear los poblados de las costas, establecer "centros de operaciones" costeros para planear otras incursiones y navegar por los grandes ríos para llegar a otras ciudades del interior (como Pamplona, Sevilla o París). Son conocidas sus numerosas proezas, desde la colonización de Islandia, Groenlandia y América hasta el arrebato de Sevilla a los moros (año 844), su saqueo y su conservación durante una semana entera, pasando por la fundación de ciudades rusas como Novgorod (862) y Kiev (864), así como el primer Estado ruso (Rus de Kiev) y el sitio de París en 885.

     911 fue el año en que el danés Rollón [5] recibió del rey francés Carlos el Simple el ducado de Normandía, para aplacar el pillaje vikingo al que estaba siendo sometido todo el Norte de Francia. En un solemne acto de homenaje al rey Carlos, se le informó a Rollón que debía inclinarse ante él y besarle los pies. Él, escandalizado y ofendido en su orgullo, se negaba a humillarse de tal modo, diciendo que "nunca me inclinaré ante nadie y nunca le besaré el pie a nadie". Los obispos aduladores, empero, insistían en que "quien recibe tal don tiene que besar el pie del rey". Así acorralado, Rollón ordenó a uno de sus guerreros que llevase al cabo el acto. Éste tomó el pie del rey y, permaneciendo erguido, se lo llevó a la boca y lo besó, haciendo caer al rey de espaldas, de tal modo que toda la corte presente rió con fuerza. Esta anécdota muestra el lado arrogante y orgulloso de los vikingos, hombres aún inocentes e incontaminados por la mentalidad servil de la sociedad civilizada. Estos vikingos de Normandía se cristianizaron, echaron raíces en Francia y acabaron olvidando sus raíces escandinavas. Su posterior expansión los llevó a Inglaterra, al Mediterráneo, al Sur de Italia (reino normando de Sicilia) e incluso a Oriente durante la era de las cruzadas. Muchos normandos jugaron un papel importante en las órdenes de caballería.

[5] El nombre danés del rey era Gang Hrolf, o "Ralf el Caminante", pues se decía que era demasiado grande para que un caballo pudiese transportar su peso.

     Durante un tiempo, los vikingos hicieron de Inglaterra un reino danés. Los anglosajones bajo el rey Alfred el Grande, germanos como los vikingos, se enzarzaron con ellos en una guerra en la que los vikingos fueron confinados al Norte de Inglaterra, en un reino llamado Danelaw ("ley danesa"), donde regía el paganismo nórdico y donde hubo una amplia colonización de familias vikingas, hasta tal punto que legaron numerosas palabras al vocabulario inglés. Algunos historiadores han llamado a esa "otra Inglaterra" paralela, la "Inglaterra escandinava". Allí, los vikingos establecieron su capital en Jorvik (York) y se dedicaron al arraigo antes que al saqueo, estableciendo granjas, campos de cultivo y centros de comercio.

     Pero tanto los vikingos como los normandos se disputaban Inglaterra. La guerra estalló cuando el rey Harold de Inglaterra, anglosajón, tuvo que enfrentarse primero con el rey Harald de Noruega y después con el rey Guillermo el Conquistador, de Normandía, que se disputaban el trono. Los anglosajones de Harold se enfrentaron a los noruegos de Harald Hardrada (el último rey vikingo "de la vieja escuela") en la batalla del Puente de Stamford. Tras haber vencido a Harald, las maltrechas tropas anglosajonas de Harold se desplazaron unos 360 kilómetros desde Yorkshire (Norte de Inglaterra) hasta Sussex (Sur de Inglaterra), donde Guillermo los esperaba con tropas normandas frescas. Las exhaustas tropas anglosajonas se enfrentaron a los normandos en la famosa batalla de Hastings (1066). Por la falta de una buena caballería y porque muchos abandonaron la seguridad del muro de escudos y lanzas para perseguir a los caballeros normandos que se retiraban para volver a cargar, los anglosajones perdieron. Harold murió con el cráneo atravesado por una flecha que le entró por un ojo. Fue una tragedia para Inglaterra.

     Los "normandos" (realmente daneses afrancesados) importaron el idioma francés, contaminando al anglosajón y despojándolo de sus resonancias más germánicas. El francés se convirtió en lengua de la nueva corte normanda, y el anglosajón —esto es, el inglés antiguo— en el idioma de los plebeyos y la aristocracia desposeída. Inglaterra se contagió también con la mentalidad oriental. Su foco de atención y relaciones culturales pasó desde Dinamarca, el Norte de Alemania y Escandinavia, hasta Francia y el Vaticano, y en este sentido no hay duda de que hubiese sido mejor incluso un triunfo vikingo. Los normandos importaron, además, una servidumbre feudal de tipo cristiano (que tenía sentido en lugares donde los germanos constituían una aristocracia minoritaria, pero no en Inglaterra, donde la mayor parte de la población era de origen germánico), barriendo con el antiguo derecho sajón, tan odiado por la Iglesia, y que sólo permaneció en el condado de Kent, que había sido el lugar donde desembarcaron los primeros anglosajones (concretamente los jutos, procedentes de Dinamarca) en el siglo V, y donde la tradición germánica anglosajona era acaso más fuerte y estaba más arraigada. Sin embargo, los normandos aportaron indudablemente innovaciones beneficiosas: grandes castillos de piedra con fosos, y el espíritu de la nueva caballería.

     Los anglosajones, en cualquier caso, no se iban a resignar con aquella situación, y muchos de sus aristócratas, encabezando a su pueblo, tomaron parte en una resistencia oculta contra la invasión "normanda", que no era sino una invasión francesa. La misma leyenda de Robin Hood se refiere a la pugna entre anglosajones y normandos, en la que una männerbund anglosajona, encabezada por un noble sajón, se retira al bosque y lleva al cabo una "guerra de guerrillas" contra la ocupación.

     La expansión vikinga fue tan inmensa, en fin, que incluso se han encontrado estatuillas de Buda en tumbas escandinavas. No sin razones bien fundamentadas, algunos autores, como el francés Jacques de Mahieu, han colocado a los vikingos en la base de aristocracias de lugares tan distantes como Perú y Méjico, y de ahí extraños casos como Quetzalcóatl, Kukulkán, Ullman o Viracocha, dioses precolombinos con rasgos europeos (como la barba, la piel blanca, el pelo claro o los ojos azules).

     De las nacionalidades escandinavas, los noruegos tendieron a explorar Islandia, Groenlandia y América; los daneses se concentraron en Inglaterra, Escocia, Alemania, Francia e Irlanda, y los suecos se dedicaron sobre todo a sus aventuras en el Este, incluyendo Finlandia, Rusia, las guerras contra los jázaros y los tártaros, y sus hazañas en el mundo islámico y bizantino.

     Ahora bien, los no-vikingos consideraban a los berserker como la máxima expresión de esta ira del Norte que se extendía como la pólvora por Europa. La misma imagen arquetípica del vikingo sanguinario que combate semidesnudo y mata indiscriminadamente, se corresponde más con el berserk que con el guerrero vikingo corriente. La fama y el prestigio de los berserker en el Norte eran enormes. Fueron guardaespaldas en numerosísimas cortes reales, entre ellas la del rey Harald "Bellos Cabellos" de Noruega. El rey Hrolf Kaki de Dinamarca envió a sus doce berserker a Adils de Suecia para ayudarlo en su guerra contra Ali de Noruega. Tras las campañas militares vikingas, cuando se hacía recuento de bajas, los capitanes militares ni se molestaban en contar a los berserker, pues se daba por hecho que eran invencibles tras proferir hechizos que los hacían invulnerables al hierro y al fuego, o que eran capaces de inutilizar las armas del enemigo con la mirada.

     Tal fama llegó a Oriente, de tal modo que el emperador Constantino de Bizancio —hombre poderoso con numerosos medios, y que quería lo mejor— hizo contratar una guardia personal selecta que se componía exclusivamente de berserker suecos. Fueron conocidos como la "guardia varega". (Con el tiempo, la guardia se llenaría tanto de guerreros anglosajones, que pasaría a ser conocida como "guardia inglesa"). Según escribió Constantino, esos hombres realizaban en ocasiones la "danza gótica", ataviados con pieles de animales y máscaras totémicas.


     La guardia varega, conocida como pelekiphoroi phrouroi ("guardianes armados con hachas") se destacó gloriosamente en Constantinopla (Miklagard para los escandinavos).

     Y es que el paganismo escandinavo conservaba un sano chamanismo, profundamente relacionado con la Naturaleza y con Asgard, el cielo de los dioses. Según la mitología germánica, los berserker caídos formaban en el Valhala la guardia de honor de Odín, por lo que en su vida terrenal procuraban reflejar y "entrenar" esa vocación protegiendo a numerosos reyes cuya figura de poder era asociada a Odín.

     La guardia varega se hizo famosa en una serie de campañas contra los musulmanes, en una de las cuales los varegos arrasaron nada más y nada menos que 80 ciudades. En cada ejército vikingo, los berserker formaban un grupo de doce hombres. Los demás guerreros les tenían un gran respeto y temor, y procuraban mantenerse bien alejados de ellos, pues los veían como hombres peligrosos, inestables e impredecibles. Los mismos berserker se mantenían separados del resto del ejército correspondiente, cultivando el "pathos de la distancia".


EL OCASO DE LOS BERSERKER

     Los berserker, igual que todo el paganismo, acabaron cayendo en la decadencia. En un momento dado, seguramente con el advenimiento del cristianismo, el liderazgo religioso esotérico de Escandinavia recibió el toque de gracia, desapareció y se sumergió. Toda la religiosidad germánica y sus tradiciones externas quedaron, pues, sin impulso ni dirección, divididas y débiles, funcionando por inercia.

     Se procura desde entonces distinguir entre dos tipos de berserker: el berserker heroico, bravo, valiente y leal guerrero de élite al servicio de un gran rey; y el berserker decadente, bandido errante, dado al robo, al pillaje, a los asesinatos indiscriminados y a las violaciones [el berserk del idioma inglés]. Esta figura más tardía se corresponde con bandas de delincuentes de Escandinavia, y sus signos denotan lo que ocurre cuando los impulsos masculinos —que tienen su origen en el lado oscuro y tienden, en principio, a la destrucción— caen fuera del control que otorga la disciplina, el ascetismo y la voluntad. A este tipo de "berserker" se los describía como terriblemente feos, con rasgos deformes, de una sola ceja, de ojos oscuros y de cabellos negros, teniendo tendencias maníacas y psicópatas. Tales criminales, procedentes de los estratos sociales más bajos de Escandinavia, deambulaban por los poblados desafiando a duelo a los hombres humildes. Puesto que, de rechazar el duelo, serían considerados cobardes, los campesinos aceptaban por honor y amor propio, y generalmente caían muertos bajo las armas del bandido. Éste, que no era un combatiente de honor ni un soldado, se quedaba con las tierras del desafortunado, sus posesiones, su casa y su mujer. En las sagas, a menudo un guerrero noble acababa matando al impostor, liberando a la mujer y desposándose con ella.

     En el siglo XI, los duelos y los berserker fueron colocados fuera de la ley. En 1015, el Rey Eirik I "Hacha Sangrienta" de Noruega los ilegalizó. El "Gragas", el código medieval de leyes islandesas, los condenaba asimismo al ostracismo. En el siglo XII, esos berserker decadentes desaparecieron. En adelante, la Iglesia cultivó la creencia de que estaban poseídos por el Diablo.


UN CASO DIGNO DE ESTUDIO: EL REY HARALD HARDRADA DE NORUEGA COMO EJEMPLO DEL MUNDO VIKINGO Y DE LA IMPORTANCIA DE LOS BERSERKER EN LAS BATALLAS

     Injustamente, Harald Hardrada suele aparecer en la Historia sólo como un rey noruego que falló en conquistar Inglaterra. Harald, un gigante rubio de más de 2,10 mts., vivió en una época en la que los reyes escandinavos estaban puliendo las artes políticas y de la corte para estar a la altura de sus homólogos europeos, pero él seguía estando más en sintonía con los guerreros vikingos libres de siglos anteriores. Al día de hoy, me parece un misterio el porqué nadie ha hecho una película sobre este hombre.

     Harald Sigurdson nació en Noruega en 1015. Con 15 años participó a favor del rey Olaf II en la batalla de Stiklestad, contra el rey Canuto de Dinamarca (posteriormente también rey de Inglaterra y Noruega). En esa batalla, que coincidió con un eclipse solar, el ejército de Olaf perdió. Herido, Harald consiguió escapar de Noruega con los guerreros fieles a su linaje y, en el exilio, formar una banda de leales que habían escapado de Noruega tras la muerte de Olaf. Un año después, teniendo Harald 16 años, él y sus noruegos habían atravesado Finlandia y entrado en Rusia, donde sirvieron al gran príncipe Yaroslav I el Sabio como fuerzas de choque, y donde Harald fue hecho general de los ejércitos de Yaroslav.

     A los dos años, el joven general vikingo estaba manteniendo una relación amorosa con Elisif (Isabel), la hija de Yaroslav. Cuando el príncipe, enfurecido, sorprendió a la pareja, Harald se vio obligado a escapar de Rusia con sus leales, según las malas lenguas, aún subiéndose los pantalones por el camino. Harald atravesó con sus hombres Ucrania y el Mar Negro y llegó a Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, donde se alistó en la guardia varega, una unidad mercenaria de élite compuesta exclusivamente de escandinavos. Harald se hizo famoso en todo el Mediterráneo, se ganó el sobrenombre de "devastador de Bulgaria", triunfó en Noráfrica, Siria, Palestina, Jerusalén y Sicilia, y amasó una inmensa fortuna personal procedente del botín saqueado. Con el tiempo, Harald fue hecho jefe de la guardia varega, almirante de la flota bizantina (la más poderosa del Mediterráneo) y se le dio gran autonomía para llevar a cabo de manera independiente ataques contra los enemigos de Bizancio. Lejos de su Noruega natal, Harald y sus hombres se habían convertido en los niños mimados de un gran Imperio mediterráneo. En su día, las crónicas bizantinas se refirieron a Harald como "hijo de un emperador varego". Estuvo al servicio de los bizantinos hasta 1042, es decir, hasta la edad de 27 años.

     A esa edad, los rumores relacionaron a la emperatriz Zoe (una arpía casada con el emperador Romano III, un anciano que no tardaría en ser asesinado), con Harald, cuando Harald estaba realmente por su sobrina, María, con quien la emperatriz le había prohibido casarse. A pesar de que Harald fue apresado en una mazmorra, pudo escapar, juntar a sus leales, raptar a María y apoderarse de un drakkar. El puerto de Constantinopla estaba protegido por una cadena que impedía el paso de embarcaciones, de modo que Harald ordenó a todo aquel que no remara que fuera a la parte de atrás de su barco, mientras los demás remaban. El barco, pues, levantó su parte frontal por efecto del peso y, cuando quienes no remaban se desplazaron a la proa, superó las cadenas con éxito.

     Harald, en fin, abandonó el Imperio bizantino con la prontitud que venía siendo habitual en sus viajes, pero envió a María de vuelta a Constantinopla. Atravesando el Mar Negro y Ucrania, pasó de nuevo por la corte de Kiev y se llevó a su antiguo amor, la hija de Yaroslav, con quien se desposó según viajaban hacia el Norte a través de Rusia.

     En 1045, teniendo 30 años, apoyado por sus curtidos leales, su propia veteranía político-militar, sus impresionantes riquezas y por su amplia red de contactos, Harald reconquistó el trono de Noruega como Harald III Sigurdson, reinando durante 20 años y ganándose el apodo de Hardrada ("soberano duro"). Sin embargo, parece que toda esa vida de grandes gestas no había llenado al vikingo lo suficiente. En 1066, Harald puso su punto de mira sobre Inglaterra, esa tierra que había sido el destino de numerosas migraciones nórdicas desde el siglo V. Harald reclamó el trono inglés aprovechando que había existido en el pasado un reino danés-inglés-noruego, y reunió 300 drakkars para enfrentarse a las tropas anglosajonas del rey Harold. Fue en este marco que tuvo lugar la batalla del puente de Stamford, en el Norte de Inglaterra.


     Precisamente en dicha batalla tuvo un destacado papel un berserker gigante, a cuyo lado el mismo Harald (que medía más de dos metros) parecía un enano. Este enorme berserker noruego defendió el puente durante una hora, matando a todo el que se le acercaba, y sin sucumbir ante las flechas. Un guerrero anglosajón pudo meterse debajo del puente bajando el río dentro de un barril, y a través de una grieta entre las tablas, atravesó con una lanza al gigante. Eso abrió las puertas a los anglosajones, pero la resistencia del héroe había dado tiempo a que sus compatriotas (que habían sido tomados por sorpresa) organizasen una línea de escudos que a los anglosajones les costó Dios y ayuda romper. Harald murió con la garganta atravesada por una flecha. Cuando uno de sus hombres le preguntó si estaba gravemente herido, contestó: "Sólo es una pequeña flecha, pero está haciendo su trabajo". Tenía 51 años.

     Solo el 10% de los soldados noruegos sobrevivió a la batalla del puente de Stamford. Los anglosajones permitieron a los últimos vikingos zarpar en los drakkars y volver a su Noruega. Generalmente, el año de la muerte de Harald en 1066 coincide con el advenimiento del cristianismo en el Norte, y se considera la fecha del fin de la "Era vikinga".


BROTES DE FURIA SAGRADA

     No se puede decir que el fuego de la sangre nórdica desapareciera. El mismo siglo que desaparecieron los berserker, se inició el auge de las órdenes de caballería, las nuevas männerbunden de Europa. Los grandes momentos de gloria que disfrutó Europa durante la Edad Media se deben a ellas —piénsese en el Sacro Imperio, en las cruzadas orientales, en la civilización occitana, en la Reconquista española, en los templarios y en las leyendas del Grial. Sí se puede decir, en cambio, que había desaparecido el ejemplo más visible y obvio de la furia pagana.

     ¿Qué sucedió con el liderazgo religioso tradicional en Europa? No desapareció sino que se sumergió. Y desde el inconsciente colectivo durmiente en la sangre europea, manejó a numerosos grupos que a punto estuvieron de derribar el poder de la Iglesia (recordemos al catarismo, a los templarios y a los gibelinos). El Sacro Imperio Romano Germánico (el Primer Reich) fue un gran depositario de la tradición ancestral. Sus emperadores (como el famoso Federico Barbarroja, o su nieto Federico II), muchos de ellos educados desde su infancia por órdenes de caballería, fueron considerados herejes, anti-Papas y anti-Cristos por la Iglesia, puesto que la mayoría estuvieron directamente involucrados en actividades "poco cristianas", incluyendo saqueos del Vaticano, pactos con órdenes de caballería al margen de la Iglesia y tratos con el Islam. El emperador Carlos V (rey de España y del Sacro Imperio Romano-Germánico, y señor de media Europa, además de vastos territorios en ultramar) también saqueó el Vaticano como sus antepasados visigodos más de mil años antes, aterrorizando al Papa como si de un vulgar proscrito se tratase, por lo que tal vez habría que preguntarse cómo entendían estos hombres la religión cristiana y la lealtad que supuestamente le debían a la Iglesia.

     Tras la desastrosa Guerra de los Treinta Años (1618-1648), el Sacro Imperio cayó definitivamente, siendo reemplazado por pequeños y ridículos Estados burgueses que fueron asolados por la peste negra y por el protestantismo, y que se dedicaron a la virulenta persecución de herejes, quemando o ahorcando al mayor número de "brujas" de toda Europa, mientras los turcos arrollaban los Balcanes a su antojo. Regiones enteras de Alemania fueron despobladas por esa paranoia. De esa época provienen también las leyendas de hombres-lobo, y en Alemania se acusó a muchos hombres de ser licántropos. Miles fueron torturados y ejecutados por ello.

     La caída de los templarios y del Sacro Imperio marcó, pues, un hito: cayó la mística Edad Media de castillos y caballeros, y fue reemplazada por la sucia época de las hambrunas, las pestes, las cazas de brujas, el puritanismo, la Biblia y el fundamentalismo religioso. Asimismo, la infantería relevó a la caballería como cuerpo dominante en los campos de batalla, como es patente en las conquistas de los Tercios (tan similares en su organización y mentalidad a las legiones de Roma).

     De las órdenes de caballería, del misticismo medieval, del sentimiento de dharma y del orden social tradicional, quedaron los rosacruces y los masones. Y ambos acabaron, a su vez, infiltrados por el auge de la nueva casta comercial-financiera (la burguesía), como es especialmente patente en la masonería moderna.

     En el siglo XIX, la religiosidad del germanismo comenzó a despertar de nuevo. Europa había descubierto la sabiduría de Oriente, y se habían traducido numerosos textos sagrados, especialmente de Irán e India. Arqueólogos alemanes desenterraron ciudades, templos y estatuas griegas. Apareció Prusia, portadora de una nueva idea imperial militarista. Apareció el Segundo Reich. Surgieron grupos de mística paganizante. Y en pleno siglo XX, el renacimiento explotó y se manifestó en el Tercer Reich. Adolf Hitler, cuyo mismo nombre significa "lobo noble" [Adolf, Adel Wolf], jugó en Europa un papel similar al que Licurgo (cuyo nombre significa "conductor de lobos") jugó en Esparta. En los últimos días del Tercer Reich, fanáticas unidades de jovencísimos guerrilleros insurgentes denominados werwolf (hombres-lobo) protagonizaron la última inmolación de resistir hasta el final la ocupación de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial.


EL GERMANISMO Y EL ADVENIMIENTO DEL RAGNARÖK

     Según el concepto de los antiguos paganos germanos, la tormenta final, en el vértice del Ragnarök, será una cacería contra las fuerzas del mal. Odín, blandiendo su lanza y cabalgando su caballo de ocho patas, descenderá sobre la Tierra. Thor, esgrimiendo su martillo de guerra y montado sobre su carro tirado por machos cabríos, aparecerá en el cielo rugiendo furioso y rodeado de rayos, causando un estruendo avasallador. La Wildes Heer (horda furiosa), el Oskorei (ejército del trueno, el de la Cacería Salvaje), el ejército de los caídos, arrollará a los enemigos de los dioses, haciendo retumbar el suelo con los cascos de sus caballos y el aire con sus gritos de batalla. Las sombrías valkirias cabalgarán serenamente, prestando atención al desarrollo de las batallas para elegir a los nuevos caídos. Los cuervos de Odín, sus lobos y todo tipo de seres sobrenaturales, proliferarán en el grueso de la tormenta hechicera, haciendo temblar a las fuerzas de la esclavitud materialista, estremeciendo angustiosamente las almas de los enemigos de los dioses, y derrumbando ominosamente los muros que separan a la Tierra del Más Allá.


ANEXO: SOBRE EL RAGNARÖK:
EL DESTINO DEL MUNDO SEGÚN LOS PUEBLOS GERMANOS

     Para los germanos, la Edad del Lobo, la última de todas las edades, sería un tiempo de guerras y catástrofes, que terminaría en el Ragnarök ("destino de los dioses", también "oscurecimiento de los dioses"), la "rotura de todos los lazos" (es decir, la anulación de cualquier vínculo, control, restricción o barrera moral, y el regreso al caos primigenio), la destrucción de los nueve mundos, traída por una última guerra desesperada y a muerte entre las potencias divinas y las potencias demoniacas. A esta lucha sobrevivirían algunos dioses y hombres, y con las ruinas de la Edad de Hierro construirían una nueva Edad de Oro.

     Veamos el lenguaje simbólico elaborado por el instinto subconsciente de los primitivos germanos para poder autoexpresarse y grabarse así en la memoria colectiva germánica. El Ragnarök sería precedido por Fibulwinter, un invierno de tres años de duración, en los que muchas personas morirán. Fenrir, el lobo que representa las fuerzas y los instintos caídos fuera de control, extendería el caos, la destrucción y la maldad por el mundo, haciendo que los hombres se corrompan cada vez más. Jormugand, la serpiente marina (un ouroboros que se muerde la cola, y que representa la materia y el tiempo, aquello que contiene al espíritu) que circula la Tierra, la invadiría, inundándola con grandes olas y riadas de su veneno. Loki, el dios de sangre impura, causante de discordia y de envidia, romperá sus cadenas y se unirá a las criaturas de Muspelheim (el lugar del fuego, que representa el mundo infrarrojo y las potencias elementales) para combatir a los dioses. Los dos "lobos celestes", Skoll y Hati ("Asco" y "Odio") que persiguen al Sol y a la Luna por el firmamento, finalmente les darán alcance y los devorarán.

     El mundo se congelará, acabando con muchas vidas. Loki liderará un ataque sobre Asgard, el mundo de los dioses, y en este momento, el Valhala, la sala de los caídos, abrirá sus puertas. El Valhala se ha ido llenando con las almas de los hombres que, elegidos por las valkirias, han caído en combate por causas justas a lo largo de la Historia. Con paredes hechas de lanzas de oro, un techo hecho de escudos de oro, y un gran árbol viviente que hacía de pilar central ("eje del mundo"), el Valhala tenía 540 enormes puertas, por cada una de las cuales saldrán, codo con codo, 800 guerreros totalmente armados: 432.000 hombres en total. El cuerno de guerra suena en los nueve mundos, el puente-arcoiris Bifrost (que une el mundo de los dioses con el mundo de los hombres) se derrumba bajo el peso de los gigantes, y tiene lugar, en una llanura llamada Vigrid, la batalla más inmensa jamás vista, que enfrentará a los dioses contra sus enemigos y que ha estado escrita en el destino del mundo desde su misma creación.

     Allí, Fenrir, que abre sus mandíbulas tanto que destruye todo lo que hay entre el cielo y el infierno, mata a Odín, pero será a su vez liquidado por Vidar, un hijo de Odín que representa el silencio y la venganza, que es el dios más fuerte después de Thor y mora en los bosques. Con su mano, agarrará el hocico de Fenrir, y colocando su pie sobre su maxilar inferior, le desgarrará la mandíbula. Loki y Heimdal (el dios blanco, depositario de sabiduría y progenitor de la Humanidad) se matarán el uno al otro, igual que Garm (el lobo del inframundo, reminiscente del Can Cerbero griego) y Tyr (el dios de la guerra, del orden, de la lealtad y del honor). El conocido dios Thor —representante del trueno y de la fertilidad masculina, y principal campeón de los dioses— matará a Jormugand, pero caerá muerto por efecto de su veneno tras dar sólo tres pasos. Surt, el dios del mundo infernal, extenderá el fuego por los nueve mundos, toda vida será aniquilada y la tierra se hundirá en el mar.

     Esto supondría el fin de los hombres y de la vida, y la destrucción de los nueve mundos; pero una pareja humana, Lif ("Vida") y Lifthrasir ("aquel que quiere la vida", o "deseo de vivir"), sobrevivirán trepando por el árbol Ygdrasil, el eje del mundo. Refugiados en las ramas del gran árbol, a través de sus hojas "verán cómo muere el Sol y nace de nuevo". Pasada la batalla y calmada la tempestad, surgirá del mar una nueva tierra, fresca y verde, pletórica de vida, y la pareja la poblará, renovando la civilización humana. Entre los dioses, vivirán Modi ("Encolerizado") y Magni ("Fuerte"), ambos hijos de Thor. Modi es un dios de la ira de batalla, mientras que Magni se supone el ser más fuerte de toda la Creación, más incluso que su padre. Ambos heredarán Miolnir, el martillo de Thor, que representa el rayo celeste y por tanto la fuerza de los dioses. Baldur, el dios de la belleza, de la luz y del orgullo, que había sido asesinado por Loki, y que se hallaba preso en el inframundo, renacerá. Vidar y Vali (un dios que nació expresamente para vengar la muerte de Baldur) sobrevivirán. Los seres supervivientes encontrarán un tablero de ajedrez ("control sobre el mundo terrenal") con piezas de oro, y heredarán el papel regio y señorial de los antiguos dioses, en una era de justicia, orden y armonía.

     Los germanos, pues, eran pesimistas por concebir la progresiva degeneración de la Humanidad, que al tocar fondo desencadenará el despertar de los dioses y una guerra mundial que acabará con el mundo actual tal y como lo conocemos. Sin embargo, el optimismo también se halla representado aquí por la perspectiva de un nuevo renacimiento y un "nuevo comienzo", cosa que, en cambio, no existe en la tradición cristiana, que concibe un apocalipsis similar al que terminó con Roma, y un juicio final, sin más.

http://europasoberana.blogspot.com.es/2013/05/el-destino-del-mundo-segun-los-indo.html


     Todo aquello era una explicación metafórica, simbólica y poética del fin de una Era, cuando finalmente el cielo se enfurezca y caiga sobre la Tierra, y se libre el apocalíptico combate de lo superior contra lo inferior, el bien contra el mal. Tal vez un día, los olvidadizos apóstoles de la civilización financiera y la usura vuelvan a conocer con horror la sed de batalla del hombre europeo, la espumeante y angustiosa rabia del guerrero inspirado, el instinto del trabajador, del conquistador, del pionero, del explorador, del artista, del soldado, del señor y del destructor que Europa lleva en sí, y cuyo último ejemplo fue quizás, en días lejanos, el berserker escandinavo.


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     «El cristianismo —y éste fue su mayor mérito— ha mitigado hasta cierto punto el brutal amor a la guerra de los germánicos, pero no pudo destruírlo. Si llegase a ser destruída la Cruz, aquel opresor talismán, entonces se inflamará una vez más la frenética locura de los antiguos guerreros, aquella irracional furia berserker [Berserkerwut] de la cual los poetas nórdicos han hablado y cantado tan a menudo. Ese talismán es frágil, y llegará el día en que colapsará miserablemente. Entonces los antiguos dioses de piedra se levantarán de las ruinas olvidadas, y limpiarán de sus ojos el polvo de mil años, y finalmente Thor, con su gigantesco martillo se levantará de un salto y destruirá las catedrales góticas. Entonces, cuando escuchéis el estruendo y el estrépito, franceses, tened cuidado con los hijos de vuestros vecinos y no os metáis en los asuntos que realizamos en casa en Alemania. Os podría ir mal. Cuidado con encender el fuego, cuidado con apagarlo; podríais fácilmente quemaros los dedos en las llamas.

     «No os riáis del visionario que prevé en el reino de lo visible la misma revolución que ha tenido lugar en el reino espiritual. El pensamiento precede a la acción como el relámpago al trueno. El trueno alemán es de un auténtico carácter germánico: no es muy ágil, pero retumba poderosamente. A pesar de todo, llegará, y cuando oigáis un choque tal como nunca antes ha sido oído en la historia del mundo, entonces sabréis que el rayo alemán ha alcanzado su objetivo al fin.

     «Con esa conmoción, las águilas del cielo caerán muertas, y los leones de los más lejanos páramos de África morderán sus colas y se esconderán en sus guaridas Reales. Tendrá lugar en Alemania un drama comparado con el cual la Revolución francesa parecerá un inocente idilio. En el presente sin duda todo está tranquilo, y aunque aquí y allá algunos hombres crean agitación, no imaginéis que aquéllos serán los verdaderos actores en la obra. Sólo hay perros pequeños corriendo y ladrándose en el ruedo hasta la hora señalada en que la tropa de gladiadores aparecerá para luchar hasta la muerte. Y esa hora llegará».

(Chaim Bückeburg, alias Heinrich Heine, Sobre la Historia de la Religión y la Filosofía en Alemania, 1834, cap. 5).–




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