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lunes, 10 de agosto de 2015

Tom Sunic - El Pesimismo Cultural de Spengler



     Publicado primeramente en la revista Clio, de Literatura, Historia y Filosofía de la Historia, una publicación universitaria trienal de Indiana, EE.UU., el siguiente texto del intelectual estadounidense de origen croata Tomislav Sunic (n. en 1953) que presentamos ahora en castellano analiza diversos aspectos e implicaciones del llamado pesimismo cultural que planteó el conocido filósofo alemán Oswald Spengler (1880-1936), y las consecuencias que su aplicación tendría hoy, o los modos en que se ha desarrollado, y también en qué medida las predicciones de Spengler han resultado acertadas a la vista del presente.


Historia y Decadencia:
El Pesimismo Cultural de Spengler Hoy
por Tomislav Sunić, 1989



     Oswald Spengler (1880-1936) ejerció una considerable influencia en el conservadurismo europeo anterior a la Segunda Guerra Mundial. Aunque su popularidad disminuyó un poco después de la guerra, sus análisis, a la luz de las inquietantes condiciones en la Política moderna, nuevamente parece estar ganando popularidad. La literatura reciente que trata con deprimentes temas postmodernistas sugiere que las profecías de Spengler con respecto a una decadencia podrían ahora estar encontrando partidarios a ambos lados del espectro político. La naturaleza alienante de la tecnología moderna y la decadencia social y moral de las grandes ciudades prestan hoy nuevo crédito a la visión de Spengler del colapso inminente de Occidente. En Estados Unidos y Europa un creciente número de autores percibe en el estado permisivo liberal un presagio de un totalitarismo "suave" que puede conducir decisivamente a la entropía social y concluír en el advenimiento de un totalitarismo "duro".

      Spengler escribió su principal obra, La Decadencia de Occidente (Der Untergang des Abendlandes) [2 vols., publicados entre 1918 y 1923], en el contexto de la prevista victoria alemana en la Primera Guerra Mundial. Cuando la guerra terminó desastrosamente para los alemanes, sus predicciones de que Alemania, junto con el resto de Europa, estaba destinada a una decadencia irreversible ganó un renovado sentido de urgencia para grandes cantidades de pesimistas culturales. La Primera Guerra Mundial debe haber sacudido profundamente el optimismo cuasi religioso de aquellos que antes habían predicho que las invenciones tecnológicas y los encadenamientos económicos internacionales prepararían el terreno para la paz y la prosperidad. Además, la guerra demostró que las invenciones tecnológicas podrían resultar ser un instrumento perfecto para la alienación del Hombre y, finalmente, para su aniquilación física. Inadvertidamente, intentando interpretar los ciclos de la Historia mundial, Spengler probablemente tuvo mejor éxito en difundir el espíritu de la desesperación cultural a su propia generación así como a las futuras.

      Tal como Giambattista Vico [1668-1744], quien dos siglos antes desarrolló su tesis sobre el ascenso y la decadencia de las culturas, Spengler trató de proyectar un patrón de crecimiento y decadencia cultural en una cierta forma científica: la "morfología de la Historia" —como él mismo y otros etiquetaron su obra—, aunque el término "biología" parezca más apropiado, considerando la inclinación de Spengler a ver a las culturas como entidades orgánicas vivientes, alternadamente aquejadas con enfermedades y plagas o mostrando signos de una vida vigorosa [1]. Indudablemente, la concepción orgánica de la Historia fue, en un alto grado, inspirada por la popularidad de la literatura científica y pseudo-científica, que, a principios del siglo XX, comenzó a enfocar la atención en paradigmas raciales y genéticos a fin de explicar los patrones de la decadencia social.

[1] Véase del crítico y admirador de Spengler, Heinrich Scholz, «Zum "Untergang des Abendlandes"» (Berlín, 1920). Scholz concibe la Historia como acontecimientos policéntricos concentrados en arquetipos creativos, señalando: "La Historia es un curriculum vitae de muchas culturas que no tienen nada en común salvo el nombre; porque cada una de ellas tiene su propio destino, su propia vida y su propia muerte".

     Spengler, sin embargo, evita prudentemente el determinismo racial en su descripción de la decadencia, aunque su exaltación del determinismo histórico a menudo lo ponga cerca de Marx, aunque en una dirección invertida y desesperadamente pesimista. En contraste con muchos pensadores igualitaristas, el elitismo y organicismo de Spengler concebía a la especie humana como pueblos diferentes y opuestos, cada uno experimentando su propio crecimiento y su muerte, y cada uno luchando por sobrevivir. "La Humanidad", escribe Spengler, debería ser vista como "un concepto zoológico o una palabra vacía". Si alguna vez este fantasma de la "Humanidad" desaparece de circulación entre las formas históricas, "notaremos entonces una asombrosa profusión de formas genuinas". Aparentemente, con el término "forma" ("Gestalt") Spengler quiere decir la resurrección de la noción clásica del Estado-nación, que, a principios del siglo XX, cayó bajo una fuerte crítica por parte de los abogados de la política globalista y universalista. A Spengler debe serle dado el crédito, sin embargo, de haber señalado que el concepto frecuentemente usado de "Historia mundial" en realidad incluye una impresionante serie de culturas diversas y contrarias que carecen de un común denominador; cada cultura muestra sus propias formas, persigue sus propias pasiones, y lucha cuerpo a cuerpo con su propia vida o muerte.

     «Existen florecientes y envejecientes culturas», escribe Spengler, «pueblos, idiomas, verdades, dioses y paisajes, tal como hay jóvenes y antiguos robles, pinos, flores, ramas y pétalos; pero no hay ninguna "Humanidad envejeciendo"» [2]. Para Spengler, las culturas parecen crecer en una sublime inutilidad, con algunas de ellas acercándose a alguna enfermedad terminal, y otras que todavía muestran vigorosas señales de vida. Antes de que la cultura surgiera, el Hombre era una criatura ahistórica; pero él está llegando otra vez a hacerse ahistórico y, uno podría añadir, incluso hostil a la Historia: "tan pronto alguna civilización ha desarrollado su forma plena y final, pone de esa manera un alto al desarrollo vivo de la cultura" (2:58; 2:48).

[2] Oswald Spengler, The Decline of the West, trad. por Charles Francis Atkinson, 2 vols. (1926; Nueva York, 1976), 1:21. Mi texto, sin embargo, contiene mis propias traducciones de Der Untergang des Abendlandes (München, 1923), 1:28-29. Las citas que de aquí en adelante están en este texto, entre paréntesis, se refieren a ambas ediciones, respectivamente.

     De manera similar, cada cultura pasa a través de varios ciclos o "temporadas" históricas diferentes: primero aparece el período del florecimiento cultural o primavera de la cultura, seguida del período de maduración, que Spengler alternativamente llama el verano o el otoño, y finalmente viene el período de decadencia, que en la visión de Spengler es sinónimo de "civilización". Este flujo "estacional" de la Historia es una condición de todas las naciones, aunque el tiempo de ocurrencia histórica de su decadencia varíe de acuerdo a la virilidad, área geográfica o época de cada nación. En el campo de la política y la conducción de los asuntos públicos, el proceso de decadencia es bastante parecido. Así, los años finales de la Primera Guerra Mundial presenciaron la desaparición del gobierno feudal de la aristocracia hacendada y la aparición de formas en ciernes de la plutocracia parlamentaria, pronto a ser seguida del ascenso del gobierno de la muchedumbre desarraigada y de la "dictadura del dinero" (2:633; 2:506).

     Indudablemente Spengler fue inspirado por las obras de Vilfredo Pareto y Gustave le Bon, quienes había intentado antes delinear modelos similares del ascenso y la caída de las élites políticas. En el esquema de Pareto y de Le Bon, la decadencia se establece cuando la élite de poder ya no sigue la regla establecida de la selección social, y deja de identificar a los enemigos internos y externos [3]. Una vez que la élite llega a ser castrada por la riqueza económica y debilitada por la creencia en la bondad ilimitada de sus oponentes políticos, ha firmado ya su propia nota de defunción. En palabras similares, Spengler sostiene que la aparición del cesarismo debe ser vista como una realización natural de la dictadura del dinero así como su remoción dialéctica: "La espada le gana al dinero; la voluntad del amo conquista de nuevo a la voluntad de saqueo" (2:634; 2:506). Entonces comienza un nuevo ciclo de la Historia, según Spengler, aunque éste permanezca silencioso en cuanto a los principales actores históricos, sus orígenes y sus objetivos.

[3] Vilfredo Pareto, "Dangers of Socialism", en The Other Pareto, ed. Placido Bucolo, Nueva York, 1980. Pareto escribe: "Hay alguna gente que imagina que ellos pueden desarmar a sus enemigos mediante una adulación complaciente. Pero están equivocados. El mundo siempre ha pertenecido a los más fuertes y pertenecerá a ellos durante muchos años en el futuro. Los hombres sólo respetan a aquellos que se hacen respetar. Quienquiera que se convierta en un cordero encontrará a un lobo que lo devore" (125). En un estilo similar, Gustave le Bon, Psychologie Politique (1911; París, 1984), escribe: "Las guerras entre naciones, a propósito, siempre han sido la fuente del progreso más importante. ¿Qué gente pacifista ha desempeñado alguna vez algún papel en la Historia?" (79).

     Spengler estaba convencido, sin embargo, de que la dinámica de la decadencia podría ser suficientemente bien predicha, a condición de que estuvieran disponibles datos históricos exactos. Tal como la biología de los seres humanos genera un período de vida bien definido, resultando finalmente en la muerte biológica, así cada cultura posee sus propias "fechas" de envejecimiento, durando normalmente un período no más de mil años, separando su primavera de su antítesis histórica final, el invierno, o civilización. La estimación de mil años antes de que se establezca la decadencia de una cultura, corresponde a la certidumbre de Spengler de que, después de ese período, cada sociedad tiene que afrontar su auto-destrucción. Por ejemplo, después de la caída de Roma, el renacimiento de la cultura europea comenzó de nuevo en el siglo IX con la dinastía carolingia. Después del doloroso proceso de crecimiento, auto-afirmación y maduración, mil años más tarde, en el siglo XX, la vida cultural en Europa está llegando a su cierre histórico definitivo.

     De acuerdo a como Spengler y sus sucesores contemporáneos lo ven, la cultura occidental ahora se ha transformado en una civilización decadente llena de una forma avanzada de decaimiento social, moral y político. Los primeros signos de este decaimiento aparecieron poco después de la Revolución Industrial, cuando la máquina comenzó a sustituír al Hombre, cuando los sentimientos cedieron el paso al porcentaje. Después de aquel siniestro acontecimiento, nuevas formas de conducta social y política han estado emergiendo en Occidente, marcadas por una extendida obsesión con el interminable crecimiento económico y un mejoramiento humano irreversible, y alimentadas por la creencia de que la carga de la Historia puede ser finalmente removida.

     Las nuevas élites plutocráticas, que han reemplazado ahora a la aristocracia orgánica, han impuesto la ganancia material como el único principio digno del cual ir detrás, reduciendo la interacción humana entera a una inmensa transacción económica. Y ya que las masas nunca pueden ser totalmente satisfechas, argumenta Spengler, es comprensible que ellas busquen el cambio de sus regímenes existentes incluso si el cambio pudiera significar la pérdida de libertad. Uno podría añadir que esta ansia por la riqueza económica se traducirá en una incesante decadencia del sentido de la responsabilidad pública y en un emergente sentido de desarraigo y anomia social, que conducirá final e inevitablemente al advenimiento del totalitarismo. Parecería, por lo tanto, que el proceso de decadencia puede ser prevenido, irónicamente, sólo recurriendo a beneficiosos regímenes de línea dura.

     Usando las predicciones apocalípticas de Spengler, uno se ve tentado de trazar un paralelo con el régimen occidental moderno, que igualmente parece estar pasando por el período de decaimiento y decadencia. John Lukacs, que lleva la inequívoca impronta del pesimismo Spengleriano, ve la naturaleza permisiva de la sociedad liberal moderna, tal como la encarna Estados Unidos, como el primer paso hacia la desintegración social. Al igual que Spengler, Lukacs afirma que el individualismo excesivo y el materialismo desenfrenado paralizan cada vez más y dejan obsoleto el sentido de la responsabilidad cívica.

      Habría que estar de acuerdo probablemente con Lukacs en cuanto a que ni el levantamiento de la censura, ni la creciente impopularidad de los valores tradicionales, ni las restricciones a la autoridad estatal en los Estados liberales contemporáneos, parecen haber conducido a un ambiente más pacífico; en vez de ello, un creciente sentido de desesperación parece haber provocado una forma de neo-barbarismo y vulgaridad social. "Ya la riqueza y la pobreza, la elegancia y lo moralmente deshonesto, la sofisticación y el salvajismo, conviven juntos cada vez más", escribe Lukacs [John Lukacs, The Passing of the Modern Age, Nueva York, 1970, 10, 9]. En efecto, ¿quién podría haber predicho que una sociedad capaz de lanzar cohetes a la Luna o de curar enfermedades que alguna vez devastaron al mundo, también podría llegar a convertirse en una civilización plagada por la atomización social, el crimen y la adicción a la evasión? Con sus predicciones apocalípticas, Lukacs, de manera similar a Spengler, escribe: "Ésta la más atestada de las calles de la más grande civilización: éste es ahora el hoyo del infierno del mundo".

     Curiosamente, ni Spengler ni Lukacs ni otros pesimistas culturales parecen prestar mucha atención al obsesivo apetito por la igualdad, que parece jugar, como varios autores contemporáneos señalan, un importante papel en la decadencia y el sentido resultante de desesperación cultural. Uno se ve inclinado a pensar que el proceso de decadencia en el Occidente contemporáneo es el resultado de doctrinas igualitaristas que prometen mucho pero entregan poco, creando así un sentimiento interminable de vacío y frustración entre las masas de ciudadanos con mentalidad economicista y desarraigados. Además, elevados al status de religiones seculares modernas, el igualitarismo y el economicismo inevitablemente siguen su propia dinámica de crecimiento, la que probablemente concluirá, como hace notar Claude Polin, en el "terror de todos contra todos" y en el desagradable resurgimiento del totalitarismo democrático.

      Polin escribe: "El hombre no diferenciado es por excelencia un hombre cuantitativo; un hombre que por casualidad se diferencia de sus vecinos por la cantidad de bienes económicos que están en su posesión; un hombre sometido a la estadística; un hombre que espontáneamente reacciona de acuerdo a la estadística" [Claude Polin, L'Esprit Totalitaire, Paris, 1977, 111]. Probablemente, la sociedad liberal, si alguna vez es dominada por la compulsión económica y consumida por oportunidades que desaparecen, no tendrá ninguna otra opción sino sólo domar y enalbardar a las masas descontentas en un Spengleriano "régimen musculoso".

     Spengler y otros pesimistas culturales parecen tener razón al señalar que las formas democráticas de organización política, en su etapa final, se verán desfiguradas por convulsiones morales y sociales, escándalos políticos, y corrupción en todos los niveles sociales. Encima de ello, como predice Spengler, el culto al dinero no tendrá rival, porque "mediante el dinero la democracia se destruye a sí misma, después de que el dinero ha destruído al espíritu" (2:582; 2:464). A juzgar por el desarrollo moderno del capitalismo, Spengler no puede ser acusado de presunciones exageradas. Esta civilización económica se va a pique por causa de una importante contradicción: por una parte su religión de los derechos humanos amplía sus principios legales beneficiarios a cada uno, garantizando a cada individuo la legitimidad de sus apetitos terrenales; por otra parte, esta misma civilización igualitaria fomenta un modelo de Darwinismo económico, que despiadadamente pisotea bajo sus pies a aquellos cuyos intereses no están en la arena económica.

     El siguiente paso, como sugiere Spengler, será la transición desde la democracia al saludable cesarismo: la substitución de la tiranía de los pocos por la tiranía de los muchos. El Estado neo-Hobbesiano y neo-barbárico está en proceso de fabricación:

     «En vez de las piras surge el gran silencio. La dictadura de jefes de partido es sostenida por la dictadura de la prensa. Con el dinero, se hace un intento para atraer a enjambres de lectores y a pueblos enteros lejos de la atención del enemigo y para ponerlos bajo el propio control de pensamiento de uno. Allí, ellos aprenden sólo lo que ellos deben aprender, y una voluntad superior le da forma a su imagen del mundo. Ya no es necesario —como lo hicieron los príncipes del período barroco— obligar a sus subordinados al servicio armado. Sus mentes son fustigadas por medio de artículos, telegramas e imágenes, hasta que ellos exigen armas y fuerzan a sus líderes a una batalla a la cual éstos querían ser forzados» (2:463).

     La cuestión fundamental, sin embargo, de la que Spengler y muchos otros pesimistas culturales no parecen hacerse cargo, es: el cesarismo o totalitarismo ¿representa el remedio antitético a la decadencia o es, más bien, la forma más extrema de la decadencia?. La actual literatura acerca del totalitarismo parece enfocarse en los desagradables efectos secundarios del Estado obeso, la ausencia de derechos humanos, y el omnipresente control policiaco. Por contraste, si la democracia liberal es en efecto un sistema muy deseable y el menos represivo de todos los hasta ahora conocidos en Occidente —y si, además, esta democracia liberal afirma ser el mejor custodio de la dignidad humana—, uno se pregunta ¿por qué ella provoca despiadadamente el desarraigo social y la desesperación cultural entre un número creciente de gente?. Como señala Claude Polin, las posibilidades son que, a corto plazo, el totalitarismo democrático ganará la ventaja, ya que la seguridad que esto proporciona es más atractivo para las masas que la vaga noción de libertad [4]. Uno podría añadir que el ritmo del proceso democrático en Occidente conduce finalmente a un caótico callejón sin salida, que requiere la imposición de un régimen de línea dura.

[4] Claude Polin, Le Totalitarisme, Paris, 1982, argumenta que el igualitarismo, el universalismo y el economicismo son los tres ejes del totalitarismo: "El poder totalitario es antes que nada el poder de todos contra todos, la tiranía de todos contra todos. La sociedad totalitaria no se construye desde arriba hacia abajo sino desde abajo hacia arriba" (117).

     Aunque Spengler no proporcione una respuesta satisfactoria a la cuestión de Cesarismo versus Decadencia, él admite que la decadencia de Occidente no significa necesariamente el colapso de todas las culturas. Más bien, parece que la enfermedad terminal de Occidente podría ser un nuevo período de vida para otras culturas; la muerte de Europa puede resultar en una África o una Asia más fuertes. Como muchos otros pesimistas culturales, Spengler reconoce que el Occidente ha envejecido, que no está dispuesto a luchar, y que ha visto su inventario político y cultural empobrecido; por consiguiente, está obligado a ceder las riendas de la Historia a aquellas naciones que están menos expuestas al debilitante pacifismo y a los sentimientos de culpa y auto-flagelación que, por así decir, se han convertido en las nuevas marcas registradas del ciudadano occidental moderno.

     Uno podría imaginar una situación donde estas nuevas naciones varoniles y victoriosas apenas prestarán atención a los detalles democráticos de sus antiguos amos atormentados por la culpa, y pueden probablemente, en algún tiempo en el futuro, imponer su propia marca del terror que podría eclipsar a todo lo que se haya visto en Europa. En vista de las despiadadas guerras civiles y tribales por todas partes de los descolonizados continentes africano y asiático, parece improbable que la política de poder y la belicosidad desaparezcan con la "decadencia del Occidente". Hasta ahora, no se ha ofrecido ninguna prueba de que las naciones no-europeas puedan gobernar más pacífica y generosamente que sus antiguos amos europeos. "El pacifismo permanecerá como un ideal", nos recuerda Spengler, "y la guerra como un hecho. Si las razas blancas están resueltas a no emprender una guerra nunca otra vez, las razas de color actuarán de manera diferente y serán los gobernantes del mundo" ["Is World Peace Possible?", en Selected Essays, trad. Donald O. White, 1936; Chicago, 1967, p. 207].

     Con esta declaración, Spengler claramente critica al "homo europeanus" que se odia a sí mismo, el cual, habiendo llegado a convertirse [habiéndoselo llegado a convertir] en una víctima de su mala conciencia, ingenuamente piensa que sus verdades y certezas deben permanecer irrefutablemente válidas para siempre, olvidando que sus verdades eternas pueden volverse un día contra él. Spengler ataca fuertemente esta falsa compasión occidental hacia los pobres, una compasión que Nietzsche alguna vez describió como una forma retorcida de egoísmo y como moral de esclavos. "Ésta es la razón", escribe Spengler, de por qué esta "moral de la compasión", en el sentido cotidiano, "evocada entre nosotros con respeto, y a veces intentada por los pensadores, a veces añorada, nunca ha sido materializada" (1:449; 1:350).

     Esta forma de masoquismo político podría ser bien estudiada en particular entre aquellos igualitaristas occidentales contemporáneos quienes, con la decadencia de las tentaciones socialistas, substituyeron al arquetipo del explotado trabajador europeo, con la iconografía del africano hambriento. En ninguna parte este cambio en el simbolismo político parecen más evidente que en la actual tendencia occidental a exportar formas occidentales de la civilización hacia las antípodas del mundo. Estos occidentales, en el último espasmo de una vergüenza cargada de culpa, están probablemente convencidos de que su arrepentimiento histórico podría también asegurar su longevidad cultural y política.

     Spengler estaba consciente de estas actitudes paralizantes entre los europeos, y él comenta que, si un europeo moderno reconoce su vulnerabilidad histórica, él debe comenzar a pensar más allá de su estrecha perspectiva y desarrollar actitudes diferentes hacia convicciones y verdades políticas diferentes. ¿Qué tienen que ver Pársifal o Prometeo con el ciudadano japonés promedio?, pregunta Spengler. "Esto es exactamente de lo que carece el pensador occidental", continúa Spengler, "y de lo cual precisamente nunca debió haber carecido, la clara percepción de la relatividad histórica de sus logros, que en sí mismos son la manifestación de una única, y de sólo una existencia" (1:31; 1:23). En un nivel algo diferente, uno se pregunta hasta qué punto la tan alabada diseminación de derechos humanos universales puede llegar a convertirse en un principio valioso para pueblos no occidentales, si el universalismo occidental a menudo significa una evidente falta de consideración hacia todas las particularidades culturales.

     Incluso con su elogio del universalismo, como Serge Latouche lo ha notado recientemente, los occidentales han asegurado, sin embargo, las posiciones más confortables para ellos mismos. Aunque ellos se hayan retirado ahora detrás del escenario de la Historia, de manera indirecta, por medio de su humanismo, ellos todavía desempeñan el papel de los amos indiscutibles del espectáculo del hombre no-blanco. "La muerte del Occidente, por sí misma no ha sido el final del Occidente en sí mismo", añade Latouche [5].

[5] Serge Latouche, L'Occidentalisation du Monde, Paris, 1989, p. 9. Acerca del auto-odio y la auto-negación de los occidentales, véase Alain de Benoist, Europe, Tiers Monde, Même Combat, París, 1986: «Y si bien el universalismo cristiano hubo contribuído alguna vez a la justificación del colonialismo, el pastoralismo cristiano hoy inspira la des-colonización. Esta "movilización de las conciencias" se cristaliza alrededor de la noción de culpabilidad». El colonizado ya no es "un primitivo" que debiera ser "conducido a la civilización". Más bien él es una acusación viviente o, en realidad, un ejemplo de una moralidad inmaculada del cual el hombre "civilizado" tiene mucho que aprender. Véase también Pascal Bruckner, Le Sanglot de l'Homme Blanc. Tiers Monde, Culpabilité, Haine de Soi, Paris, 1983, p. 13: para el occidental liberal extravagantemente compasivo, "el nacimiento del Tercer Mundo dio origen a esta nueva categoría, la del militante expiatorio".

     Uno se pregunta si tales actitudes occidentales frente al universalismo representan otra forma de racismo, considerando el estrago que dichas actitudes han creado en comunidades tradicionales del Tercer Mundo. Latouche parece estar en lo correcto al comentar que la decadencia europea se manifiesta mejor en su tendencia masoquista a negar y desechar todo lo que alguna vez apoyó, mientras simultáneamente absorbe en su órbita de decadencia a otras culturas también. Sin embargo, aunque suicida en su carácter, el mensaje occidental contiene reprimendas obligatorias para todas las naciones no-europeas. Él escribe:

     «La misión de Occidente no es explotar al Tercer Mundo, ni cristianizar a los paganos, ni dominar mediante la presencia blanca, sino que es liberar a los hombres (y aún más a las mujeres) de la opresión y la miseria. A fin de contrarrestar este auto-odio de la visión anti-imperialista, que concluye en el totalitarismo Rojo, uno se ve obligado a secar las lágrimas del hombre blanco, y por medio de ello asegurar el éxito de esta occidentalización del mundo» (p. 41).

     El decadente Occidente exhibe, como insinúa Spengler, una parodia de cultura que vive de su propio pasado en una sociedad de diferentes naciones, el cual, habiendo perdido su conciencia histórica, siente una urgencia por mezclarse en una promiscua "organización política global". Uno se pregunta qué diría hoy Spengler acerca de la masiva inmigración de no-europeos a Europa. Esta inmigración no ha mejorado el entendimiento entre las razas, sino que ha causado más lucha racial y étnica que, muy probablemente, señala una serie de nuevos conflictos en el futuro.

     Pero Spengler no deplora la "devaluación de todos los valores", ni la desaparición de las culturas. En efecto, para él la decadencia es un proceso natural de senilidad que culmina en la civilización, porque la civilización es la decadencia. Spengler hace un distinción típicamente alemana entre cultura y civilización, dos términos que son, lamentablemente, usados como sinónimos en inglés. Para Spengler la civilización es un producto del intelecto, del intelecto completamente racionalizado; la civilización significa desarraigo y, como tal, desarrolla su forma última en las modernas megápolis que, al final de su viaje, "condenadas, se mueven hacia su autodestrucción final" (2:127; 2:107). La fuerza de la gente ha sido eclipsada por la masificación; la creatividad ha cedido el paso al arte "kitsch"; la genialidad ha sido subordinada al terror de la razón. Él escribe:

     «Cultura y civilización. Por una parte el cadáver viviente de un alma y, por otra, su momia. Así es cómo la existencia europea occidental se diferencia a partir de 1800 y después. La vida en su riqueza y normalidad, cuya forma ha crecido y madurado desde dentro en un curso poderoso que va desde los adolescentes días de los góticos hasta Goethe y Napoleón, en esta vida largamente artificial y desarraigada de nuestras grandes ciudades, cuyas formas son creadas por el intelecto. Cultura y civilización. El organismo nacido en el campo, que termina como un mecanismo petrificado» (1:453; 1:353).

    En aún otra demostración de determinismo, Spengler sostiene que uno no puede evitar el destino histórico: "La primera cosa ineludible que enfrenta el hombre como un destino inevitable, que ningún pensamiento puede comprender, y ninguna voluntad puede cambiar, es el lugar y el momento del nacimiento de uno: cada uno nace entre un pueblo, una religión, una posición social, un período de tiempo y una cultura" ["Pessimismus", en Reden and Aufsätze, München, 1937, p. 70]. El Hombre está tan constreñido por su ambiente histórico que todas las tentativas de cambiar el propio destino no tienen esperanzas. Y, por lo tanto, todos los postulados retóricos acerca del mejoramiento de la Humanidad, todo el filosofar liberal y socialista acerca de un futuro glorioso en cuanto a los deberes de la Humanidad y la esencia de la ética, no es de ningún provecho. Spengler no ve ninguna otra vía de redención excepto por medio de que él se declare un pesimista fundamental y resuelto:

     «La Humanidad se me aparece como una cantidad zoológica. No veo ningún progreso, ningún objetivo, ninguna vía para la Humanidad, excepto en las cabezas de los palurdos progresistas occidentales... No puedo ver una mente singular, e incluso menos una unidad de esfuerzos, de sentimientos y de acuerdos en esas estériles masas de gente» (Selected Essays 73-74; 147).

     La naturaleza determinista del pesimismo de Spengler ha sido criticada recientemente por Konrad Lorenz quien, a la vez que comparte la cultura de Spengler de la desesperación, rechaza la linealidad predeterminada de la decadencia. En su condición de etólogo y como uno de los más elocuentes neo-darwinistas, Lorenz admite la posibilidad de una interrupción de la filogénesis humana [su desarrollo evolutivo como especie], a pesar de que también sostiene que siempre permanecen abiertas nuevas perspectivas para el desarrollo cultural. "Nada es más extraño para el epistemólogo evolutivo, así como para el médico", escribe Lorenz, "que la doctrina del fatalismo" [Konrad Lorenz, The Waning of Humaneness, Boston, 1987, pp. 58-59]. De todos modos, Lorenz no titubea en criticar vehementemente la decadencia en las modernas sociedades de masas que, en su opinión, ya han dado origen a especímenes pacificados y domesticados incapaces de perseguir esfuerzos culturales. Lorenz ciertamente encontraría una resonancia positiva de parte de Spengler mismo al escribir: "Esto explica por qué la doctrina pseudo-democrática de que todos los hombres son iguales, por la cual se cree que todos los humanos son inicialmente parecidos y maleables, podría ser convertida en una religión estatal tanto por los lobbystas de la gran industria como por los ideólogos del comunismo" (179-80).

     A pesar de la crítica del determinismo histórico que ha sido dirigida contra él, Spengler a menudo deja perplejo a sus lectores con exclamaciones fáusticas reminiscentes de alguien que está preparado para la batalla más bien que reconciliado con una muerte sublime. "No, no soy un pesimista", escribe Spengler en "Pessimism", ya que "pesimismo significa no ver más deberes. Yo veo tantos deberes no resueltos que temo que el tiempo y los hombres no alcanzarán para solucionarlos". Estas palabras apenas tienen coherencia con la desesperación cultural que anteriormente él tan apasionadamente había elaborado. Además, él a menudo aboga por la fuerza y la dureza del guerrero a fin de prevenir el desastre de Europa.

     Uno es llevado a la conclusión de que Spengler alaba el pesimismo histórico o el "pesimismo deliberado" (Zweckpessimismus), puesto que esto traduce su convicción de la decadencia irreversible de la organización política europea; sin embargo, una vez que él percibe que las ambigüedades culturales y políticas están disponibles para la regeneración moral y social, él rápidamente vuelve al elogio de la política del poder. Características similares a menudo se encuentran entre muchos poetas, novelistas y pensadores sociales cuyo legado en la difusión del pesimismo cultural jugó una parte significativa en la formación del comportamiento político entre conservadores europeos antes de la Segunda Guerra Mundial [6]. Uno se pregunta ¿por qué todos ellos, al igual que Spengler, lamentan la decadencia del Occidente si esta decadencia ya ha sido establecida irrevocablemente, si el dado cósmico ya ha sido lanzado, y si todos los esfuerzos de rejuvenecimiento político y cultural parecen desesperados? Además, en un esfuerzo para reparar lo irreparable, abogando por una mentalidad fáustica y una voluntad de poder, estos pesimistas a menudo parecen emular el optimismo de los socialistas más bien que las ideas de aquellos que ya no se oponen a la catástrofe social inminente.

[6] Sería imposible enumerar a todos los pesimistas culturales que usualmente se identifican a sí mismos como pesimistas heroicos, a menudo como revolucionarios conservadores o nihilistas aristocráticos. Poetas y novelistas de gran talento tales como Gottfried Benn, Louis F. Céline, Ezra Pound y otros, fueron ampliamente inspirados por Oswald Spengler. Véase Gottfried Benn, "Pessimismus", en Essays and Articles, Wiesbaden, 1959: "El hombre no es solitario; el pensamiento es solitario. El pensar es auto-limitado y solitario" (p. 357). Véase también la prosa apocalíptica de Ernst Jünger, An der Zeitmauer, Werke, Stuttgart, 1959: "Da la impresión de que el sistema cíclico corresponde a nuestro espíritu. Incluso las catástrofes son vistas como recurrentes, como por ejemplo las inundaciones y las sequías, la Edad del fuego y la Edad del hielo" (pp. 460-461).

     Para Spengler y otros pesimistas culturales, el sentido de decadencia está intrínsecamente mezclado con un asco contra la modernidad y un aborrecimiento de la avaricia económica desenfrenada. Como la Historia reciente lo ha mostrado, la manifestación política de tal asco puede conducir a resultados menos inofensivos: la glorificación de la voluntad de poder y la nostalgia de la muerte. En aquel momento, la delicadeza literaria y la belleza artística pueden dar un giro muy amenazante. La historia reciente de Europa atestigua cómo el pesimismo cultural fácilmente puede convertirse en un instrumento práctico para los titanes políticos modernos. Sin embargo, los desastres que se avecinan tienen algo inspirador para las generaciones de pesimistas culturales cuya naturaleza hipersensible —y su desdén por la sociedad materialista— a menudo transcurre en el nihilismo político. Esta característica nihilista fue vigorosamente declarada por Friedrich Sieburg, contemporáneo de Spengler, que nos recuerda que "la vida diaria de la democracia con sus tristes problemas es aburrida, pero las catástrofes inminentes son muy interesantes" [Friedrich Sieburg, Die Lust am Untergang, Hamburg, 1954, p. 54].

     Uno no puede sino pensar que, para Spengler y sus semejantes, en un contexto histórico más amplio, la guerra y la política del poder ofrecen una esperanza regeneradora contra el omnipresente sentimiento de la desesperación cultural. Sin embargo, sin tener en cuenta la validez de las visiones o pesadillas de Spengler, no se requiere de mucha imaginación para observar en la decadencia del Occidente el último sueño crepuscular de una democracia que ya se ha cansado de sí misma.–





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