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jueves, 20 de agosto de 2015

Otto Remer, Testimonio y Noticia



    Como una segunda parte de la presentación en castellano de textos relativos al general alemán Otto Ernst Remer (1912-1997), continuación directa de la entrada anterior en este blog, ofrecemos ahora un artículo extractado del libro de Remer Verschworung und Verrat um Hitler (Conspiración y Traición Alrededor de Hitler), al parecer de 1982, publicado en The Journal of Historical Review (ihr.org), que es el interesante testimonio de su participación el día del atentado con bomba contra Hitler (20 de Julio de 1944), que amplía y complementa al más breve presentado en nuestra entrada anterior. En seguida van algunas citas de Remer que fueron publicadas en el sitio library.flawlesslogic.com, que carecen de referencias, el cual también publicó el testimonio mencionado. Y al final hemos puesto una crónica de Mark Weber que encontramos (en historiography-project.com pero originalmente publicada por ihr.org) que se refiere al último procesamiento persecutorio por parte de la "Justicia" alemana que sufrió el general Remer y que resultó en su exilio de su patria a España, donde murió pocos años después.



MI PAPEL EN BERLÍN
EL 20 DE JULIO DE 1944
por Otto Remer, 1982



     Mi asignación al regimiento de guardia "Grossdeutschland" (Gran Alemania) en Berlín fue realmente una forma de descanso y recreación —mi primera licencia desde el frente— después de mis muchas heridas y en reconocimiento a mis condecoraciones de combate, incluyendo la Cruz de Caballero con Hojas de Roble y la Medalla de Plata por Combate a Corta Distancia  (cuarenta y ocho días de combate cuerpo a cuerpo). Más tarde yo sería herido otra vez. En total, yo iba a comandar el regimiento de guardia durante sólo cuatro meses, ya que me sentí obligado a estar de vuelta con mis camaradas en el frente.

     Mi misión como comandante del regimiento de guardia "Grossdeutschland", que asumí al final de Mayo de 1944, era, aparte de deberes puramente ceremoniales, salvaguardar el gobierno del Reich y la capital del Reich. Puesto que había más de un millón de trabajadores extranjeros en Berlín y sus cercanías inmediatas, la posibilidad de agitación interna tenía que ser considerada. Alrededor del mediodía del 20 de Julio de 1944 el teniente 1º doctor Hans Hagen, quien había sido severamente herido en el frente, concluyó su conferencia sobre historia cultural ante los oficiales y oficiales menores del regimiento. Él estaba agregado a mi regimiento sólo administrativamente y de ninguna manera como un oficial político nacionalsocialista, como a menudo se ha sostenido. Yo era el único líder del regimiento, tanto política como militarmente.

     Yo había invitado a Hagen a almorzar después en mi cantón en el cuartel Rathenow, junto con mi ayudante, el teniente 1º Siebert. Este último, que había perdido un ojo en combate, era un pastor de la Iglesia Confesante [Bekennende Kirche, aquella rama de la Iglesia Protestante alemana que se oponía a Hitler]. Él asistía a los servicios cada domingo en la iglesia de la guarnición, con mi permiso expreso, aunque yo mismo hubiera abandonado la Iglesia. Entre nosotros la libertad personal era la regla. Tampoco me molestaba que, habiendo sido Siebert un guardia de asalto de las SA y un miembro del Partido durante los años de lucha antes de que Hitler subiera al poder, él hubiera dimitido de ambas organizaciones para protestar por comentarios difamatorios hechos por su líder de partido local acerca de la ascendencia de Jesucristo. El teniente Siebert no sufrió ninguna consecuencia adversa debido a su dimisión.

     En aquel tiempo aquella clase de cosas era completamente posible, sin repercusiones. En efecto, antes de que yo eligiera a Siebert como mi ayudante, debido a su carácter, él me confidenció que mientras era todavía un guardia de asalto él había irrumpido en una oficina de la Gestapo a fin de obtener documentos que incriminaran a sus colegas en la Iglesia Confesante. Para mí, las admisiones francas de Siebert eran sólo pruebas adicionales del espíritu personal que lo recomendaba como un ayudante de confianza. Ésta es la forma en que era el Tercer Reich, tan ampliamente execrado hoy en día. Ni en mi unidad ni en el cuerpo de oficiales en conjunto prevalecía la inflexible estrechez de mente, para no mencionar una especie de terror contra las opiniones discrepantes, que es ejercida hoy contra los nacionalistas en Alemania Occidental por la Oficina Federal para la Protección de la Constitución [Bundesamt für Verfassungsschutz]. Ni tampoco nunca escuché que el pastor Siebert se considerara a sí mismo como un combatiente de la resistencia o que él más tarde pretendiera haber sido uno.

     Característico de nuestra liberalidad fue una conversación que ocurrió, después de un almuerzo, entre Hagen, el historiador cultural de primera categoría, y el pastor Siebert acerca del Heliand [una adaptación de la Biblia en antiguo sajón, del siglo IX]. La cuestión tenía que ver con el grado hasta el cual fueron invocadas las estructuras germánicas tradicionales a fin de presentar como comprensible la doctrina nueva y foránea. Así, Cristo fue representado como un jefe militar, y sus discípulos como una banda de guerreros. Después de un momento, perdí el interés en la verbosa disputa de los dos eruditos gallos de pelea, de modo que coloqué una reconciliatoria botella de vino en la mesa y me dirigí hacia la piscina en la arena de deportes cercana para mantenerme en forma para mi siguiente destinación en el frente.


     Durante las primeras horas de la tarde del 20 de Julio de 1944 mi regimiento, como todas las unidades del Ejército de Reemplazo (Ersatzheer), fue alertado por la palabra en clave "Valkiria" [Walküre]. "Valkiria" tenía previsto la movilización del Ejército de Reemplazo en caso de disturbios internos. Mientras mi regimiento automáticamente puso en práctica las medidas prescritas, fui convocado mientras estaba en la piscina. Obedeciendo mis órdenes, conduje inmediatamente a mi puesto designado, el Centro de Comando de la ciudad de Berlín, directamente a través de la guardia de honor [y monumento] "Nueva Guardia" [Neue Wache]. Mientras los otros comandantes de unidad esperaban en la antesala, sólo yo fui admitido ante el comandante de la ciudad, el Mayor General (Paul) von Hase, y se me dio el siguiente documento instructivo acerca de la situación y mi misión:

     "¡El Führer ha sufrido un accidente fatal!. El desorden civil ha estallado. ¡El Ejército ha asumido la autoridad ejecutiva! Se ordena que el regimiento de guardia concentre una gran fuerza, reforzada para el contraataque, y que selle el área gubernamental de modo que ¡nadie, ni siquiera un general o un ministro del Gobierno, pueda entrar o salir! Para apoyarlo a usted en la clausura de las calles y trenes subterráneos ¡transfiero al teniente coronel Wolters a vuestro comando!".

     Cuando estas órdenes estaban siendo publicadas, me vi impactado por la circunstancia de que un joven oficial del personal general, el Mayor Hayessen, estuviera ayudando, mientras que el oficial del Estado Mayor General más antiguo y experimentado, a quien yo conocía personalmente, estuviera ocioso, inactivo y perceptiblemente nervioso. Quedé muy naturalmente impresionado por las palabras del general, ya que sentí que con la muerte de Hitler la posibilidad de un giro favorable en la guerra casi había desaparecido. Inmediatamente, pregunté:

     "¿Está realmente muerto el Führer? ¿Ha sido un accidente o ha sido asesinado? ¿Dónde han ocurrido las perturbaciones civiles? No vi nada extraño mientras conducía por Berlín. ¿Por qué la autoridad ejecutiva está pasando al Ejército y no a la Wehrmacht? ¿Quién es el sucesor del Führer? Según el testamento de Hitler, Hermann Göring es automáticamente su sucesor. ¿Ha publicado él alguna orden o proclama?".

     Puesto que no recibí ni información detallada ni respuestas claras a mis preguntas, la situación llegó a ser aún más oscura, y sentí una cierta sensación de desconfianza incluso desde el principio. Cuando traté de conseguir una breve vislumbre de los papeles que estaban ante mí en la mesa, sobre todo para ver quién había firmado las órdenes, el Mayor Hayessen ostentosamente los juntó y los puso en una carpeta. Cuando volví a mi regimiento yo estaba oprimido por la noción de que "Adolf Hitler está muerto, ahora reina la confusión, y distintas gentes tratarán probablemente de hacerse con el poder". Contemplé las futuras luchas por la sucesión. Decidí que, en cualquier caso, yo no permitiría que yo fuera mal utilizado en mi condición como el comandante de la única unidad de élite en servicio activo en Berlín.

     Mi regimiento estaba compuesto completamente por soldados escogidos, probados en combate, con altas condecoraciones por valentía. Cada oficial portaba la Cruz de los Caballeros. Tuve en cuenta también los acontecimientos de 1918, después de los cuales las unidades de guardia de Berlín habían sido criticadas por su falta de decisión, lo cual contribuyó al éxito de la Revolución. Yo no tenía ningún deseo de exponerme a un reproche similar ante la Historia.

     Cuando volví a mis tropas, junté a mis oficiales y les informé de la situación y nuestras órdenes. La presunta muerte de Adolf Hitler dejó en conmoción a oficiales y hombres. Nunca en mi vida, ni siquiera en la derrota final de Alemania, yo había presenciado tal desaliento. A pesar de las numerosas historias que florecen hoy, ésa es la verdad absoluta: lo garantizo.

      No hice ningún secreto para mis oficiales que había mucho que todavía era confuso, en realidad misterioso para mí, y que yo no permitiría de ninguna manera que yo o mi unidad fueran manipulados. Expresamente exigí confianza incondicional y obediencia absoluta, tal como en el frente, de cada uno de mis oficiales. Esta demanda algo extraña era debido a una llamada telefónica que recibí durante las instrucciones que recibí de un general que no reconocí —era probablemente el Mayor General Friedrich Olbricht— del Alto Comando del Ejército de Reemplazo, que requisaba una compañía de mi unidad para una comisión especial. Esa demanda la rechacé explícitamente, señalando que yo había sido encomendando con una misión claramente definida y que la dispersión de mis fuerzas no parecía aconsejable.

     Después de dichas instrucciones recibí dos informes que posteriormente me inquietaron. El primero era del teniente 1º el doctor Hagen, un miembro de mi personal, que me informó que mientras iba camino al cuartel él había visto al mariscal de campo Brauchitsch, con uniforme completo, conduciendo su automóvil por las calles de Berlín. Eso era extraño, ya que Brauchitsch estaba retirado. Considerando las circunstancias, su aparición en uniforme parecía notable. Más tarde se aclaró que el oficial visto por el doctor Hagen no podía haber sido Brauchitsch. Probablemente era uno de los conspiradores.

     El segundo informe desconcertante era del teniente coronel Wolters, que había sido agregado a mi regimiento como un oficial de enlace por el Centro de Comando. Él me dijo que yo no debía creer que él estaba allí como un informante para llevar cuentas acerca de mí. Tal comentario era completamente innecesario. No sólo era incongruente e irritante sino que despertó precisamente la sospecha de que había sido diseñado para tranquilizar: alguien tenía algo bajo su manga. Tal como resultó, las instrucciones que le di a mis oficiales provocaron la preocupación del coronel. A fin de evitar responsabilidades, él simplemente se fue a su casa, un curso de acción impensable para un oficial en servicio activo.

     Mis dudas en cuanto a que la descripción del Mayor General Von Hase de la situación coincidía con los hechos, dudas reforzadas por otra versión que decía que Hitler había sido asesinado por las SS, me convencieron de que tenía que determinar los hechos por mí mismo. Decidí llamar por teléfono a cada puesto de mando que yo pudiera. Eso era sólo un reconocimiento básico, una rutina para cada comandante antes de comprometer sus tropas. Huelga decir que este tipo de pensamiento y actuación está completamente en desacuerdo con la conocida obediencia tipo autómata que los denigradores del ejército del Tercer Reich le atribuyen.

     Entre otras cosas decidí enviar al teniente 1º doctor Hagen, que se había ofrecido con impaciencia, al Comisionado de Defensa del Reich para Berlín, el doctor Joseph Goebbels. El doctor Hagen había trabajado antes bajo el doctor Goebbels en el Ministerio de Propaganda, y creí que enviándolo ante él yo sería informado acerca no sólo de los militares sino también de la situación política. Gauleiter [gobernador provincial] y Comisionado de Defensa para Berlín así como ministro de Propaganda, el doctor Goebbels era, a consecuencia de anteriores cargos, patrono de la División "Grossdeutschland", que estaba compuesta por soldados de todas las provincias del Reich.

     Aproximadamente una hora y media después de que fuera dada la orden de "Valkiria", mi regimiento, para entonces listo para el combate, se trasladó a las áreas que debían ser selladas de acuerdo con las órdenes del plan. Las unidades de guardia normales, como aquellas que estaban en el Memorial de Guerra y en el Edificio Bendler (Bendlerblock), el cuartel central del Comandante del Ejército de Reemplazo y de la Oficina de Producción de Defensa, permanecieron en sus puestos. Aproximadamente a las 16:15 horas el teniente Arends, el oficial de servicio en el Edificio Bendler, me relató que le habían ordenado sellar todas las entradas al edificio. Un coronel (Albrecht) Mertz von Quirnheim, a quien el teniente Arends no conocía, le había dado a este teniente dicha misión. Arends había sido instruído posteriormente por el general Olbricht para que abriera fuego contra cualquier unidad SS que pudiera acercarse.

     Después de inspeccionar personalmente mis tropas en sus nuevas posiciones, aproximadamente a las 17:00 horas volví una vez más donde el Comandante de la ciudad, el general Von Hase, para informarle que yo había cumplido sus órdenes. En ese momento me pidieron establecer mi puesto de mando allí en el Centro de Comando de la Ciudad, frente al Memorial de Guerra. Yo había establecido ya un centro de mensajes, comandado por el teniente Gees, en el cuartel Rathenow, con el cual mantuve contacto telefónico. Entonces Von Hase me dio una misión adicional: sellar un bloque de edificios al Norte de la Estación Anhalt (él me mostró dónde en el mapa), muy fuertemente. Cuando comencé a llevar a cabo esas órdenes, averigüé que el edificio designado alojaba a la Oficina Central de la Seguridad del Reich.

     La incomprensibilidad, para no mencionar el engaño, de esta desorientadora orden, sólo podía reforzar mis sospechas. ¿Por qué no se me dieron órdenes explícitas de colocar bajo guardia la Oficina Central de la Seguridad del Reich? Demás está decir que yo habría cumplido incluso esa orden. Así, en mi tercera visita al general Von Hase, le pregunté directamente: "Herr general, ¿por qué estoy recibiendo órdenes formuladas tan obscuramente?. ¿Por qué simplemente no se me decía que prestara especial atención a la Oficina Central de la Seguridad del Reich?". Von Hase estaba completamente nervioso y agitado. Él ni siquiera respondió a mi pregunta. Si uno se pregunta hoy cómo un oficial joven como yo podía permitirse tal familiaridad con un general, debería tenerse en cuenta que nosotros los jóvenes comandantes nos veíamos a nosotros mismos como líderes aguerridos, probados en combate, y teníamos escaso respeto por los guerreros de escritorio del frente doméstico.

     En conexión con esto me gustaría señalar algo, basado en mi larga experiencia en el frente, que tal como en la Primera Guerra Mundial fueron los comandantes veteranos de las compañías de choque los que personificaron la experiencia en el frente, del mismo modo en la Segunda Guerra Mundial fueron los comandantes jóvenes, que maduraron en el frente, quienes habían forjado con sus tropas un compañerismo jurado de combate. Esos hombres no sólo podían luchar sino que ellos querían luchar, en particular desde que ellos creían en la victoria de Alemania.

     Mientras estaba en la oficina del general Von Hase oí por casualidad una conversación entre el general y su Primer Oficial del Estado Mayor General en cuanto a que Goebbels debía ahora ser arrestado, y que esa misión debía serme encomendada a mí. Ya que encontré aquello un deber desagradable a la luz de mi tentativa de ponerme en contacto con Goebbels, al punto entré y dije al general Von Hase:

    "Herr general, me considero inadecuado para esa misión. Como usted sabe, he estado con la División Grossdeutschland, he llevado puesto su distintivo durante años. Para mí su misión sería muy poco caballerosa, ya que como usted es indudablemente consciente, el doctor Goebbels, en su condición como Gauleiter de Berlín, es al mismo tiempo el patrono de la Grossdeutschland. Sólo hace dos semanas hice a Goebbels mi primera visita como el nuevo comandante del regimiento de guardia. Por estas razones considero inadecuado que yo, en particular, sea ordenado que arreste a mi patrono".

     Probablemente Von Hase simpatizó con mis argumentos. Por no importa qué razones, él ahora ordenó que la policía militar tomara en custodia al ministro del Reich el doctor Goebbels. Alrededor de las 17:30 horas el teniente doctor Hagen finalmente se reunió con el doctor Goebbels en su residencia privada, en el 20 de la calle Hermann-Göring al lado de la Puerta de Brandenburgo, después de haber tratado en vano de verlo en el Ministerio de Propaganda. El ministro del Reich no tenía ni idea del peligro en el que él estaba. Fue sólo después de que Hagen, a fin de enfatizar cuán seria era la situación, hizo notar ciertos vehículos del regimiento de guardia desde los cuales salieron disparos, que Goebbels tuvo temor. Él gritó: "Esto es imposible, ¿qué haremos?". A lo cual Hagen sugirió: "Lo mejor sería que usted convocara a mi comandante aquí".

     Goebbels preguntó bruscamente: "¿Se puede confiar en su comandante?". "¡Yo entregaría mi vida por él!", contestó Hagen.

     Cuando yo salía por el pasillo justo después de abandonar la oficina del Comandante de la Ciudad, finalmente encontré mi rumbo a consecuencia de que Hagen me hubiera puesto en contacto con Goebbels. Hagen había conducido de vuelta al cuartel, le había dado a Gees sus instrucciones, y luego había conducido a mi nuevo puesto de mando en el Centro de Comando, que estaba siendo fuertemente custodiado. Para evitar cualquier obstáculo, él no entró en el edificio sino que informó de la situación a mi ayudante, el teniente Siebert, y a mi ordenanza, el teniente Buck, pidiéndoles que me informaran sin tardanza. Ellos hicieron un informe como sigue:

     "¡Hay una situación completamente nueva!. ¡Éste es probablemente un golpe de Estado militar!. ¡Nada más se sabe!. ¡El Comisionado de Defensa del Reich solicita que usted venga tan rápidamente como le sea posible! Si usted no está allí dentro de veinte minutos, él supondrá que usted está siendo retenido a la fuerza. En ese caso él se verá obligado a alertar a las Waffen-SS. Para evitar la guerra civil, él ha ordenado hasta entonces que el Leibstandarte [el regimiento guardaespaldas personal de Hitler, la 1ª División de las Waffen-SS] permanezca donde está".

     Cuando me enteré de estas cosas por mi ayudante, decidí ver al general Von Hase una vez más. Que yo todavía confiaba en el Mayor General, hasta entonces, es demostrado por el hecho de que hice que el teniente Buck me repitiera nuevamente, en presencia de Von Hase, el mensaje de Goebbels. Yo no quería parecer un intrigante; como un oficial de combate veterano era mi práctica poner todos mis naipes en la mesa.

     Von Hase rechazó bruscamente mi petición de cumplir con la convocatoria del Comisionado de Defensa del Reich de modo que yo pudiera clarificar la situación para el interés de todos los involucrados. Después de dejar el Centro de Comando sin interferencia, deliberé, junto con mi ayudante, el teniente Siebert —hoy un pastor en Núremberg— en cuanto a lo que yo debería hacer. Mi papel clave en esa situación difícil y obscura, que yo no había provocado, estaba cada vez más clara para mí. Sentí que a esas alturas mi cabeza estaba en orden también. Después de evaluar la situación tan cuidadosamente como pude entonces, decidí que a pesar de la orden de Von Hase en contrario yo iría donde Goebbels. Mis motivos fueron los siguientes:

—Primero, yo no quería ser privado de mi libertad de acción bajo ninguna circunstancia, como a menudo pasaba en el frente. A menudo había una línea muy delgada entre ser recompensado con una alta condecoración o ser condenado a muerte por una corte marcial.

—Segundo, me sentía todavía ligado por mi juramento; hasta entonces el informe de la muerte del Führer era al menos dudoso. Por lo tanto, tenía que actuar de acuerdo con el juramento que juré ante la bandera.

—Tercero, en el frente yo había tomado muchas veces decisiones responsables por cuenta propia, decisiones cuya corrección fue confirmada al haberme sido concedidas altas condecoraciones. Muchas situaciones sólo pueden ser dominadas por una acción decisiva. Me sentí como uno de mis camaradas en el frente, que no entenderían que yo hubiera permanecido ociosamente por falta de coraje cívico. Yo no podía permitirme la responsabilidad de dejar que las cosas llegaran a un final fatal. Pensé en 1918.

—Cuarto, yo estaba bajo un apremio, ya que Goebbels tenía proyectos de alertar a las Waffen-SS, surgiendo la posibilidad de que estallase una guerra fraterna entre dos fuerzas, cada una probada en combate. Como el comandante de la única unidad de élite en Berlín en servicio activo, yo era responsable de las vidas de los hombres confiados a mí. Emplearlos en un asunto totalmente confuso no era mi deber.

     Sin embargo, no confiaba completamente en Goebbels tampoco, ya que yo todavía suponía que Hitler estaba muerto, y creía que una lucha por la sucesión era posible. Yo estaba lejos de querer permitir que yo mismo y mi unidad fuésemos empujados a una moderna lucha de Diádocos [los generales que se disputaron el poder después de la muerte Alejandro Magno]. En vista de que el papel de Goebbels permanecía confuso, llevé conmigo al teniente Buck y a un pelotón de soldados. Sus órdenes eran ir y sacarme si yo no salía desde la residencia de Goebbels en quince minutos. Entonces, después de liberar el seguro de mi pistola, entré en la oficina del ministro del Reich, donde yo había sido impacientemente esperado, y pedí a Goebbels que me orientara. Con eso, Goebbels me pidió que le dijera todo lo que yo sabía.

     Así lo hice, aunque yo no revelé que Von Hase tenía la intención de arrestarlo, ya que yo todavía estaba confuso en cuanto al papel de Goebbels en todo esto. Cuando él me preguntó qué pretendía hacer yo, le dije que yo me atendría a mis órdenes militares y que estaba determinado a cumplirlas incluso si el Führer ya no estuviera vivo, que yo me sentía obligado por mi juramento, y sólo podría actuar de acuerdo con mi conciencia como un oficial. En eso Goebbels me miró con asombro y gritó: "¿De qué está hablando usted? ¡El Führer está vivo! He hablado con él por teléfono. ¡El asesinato fracasó! Usted ha sido engañado".

     Esa información me llegó como una completa sorpresa. Cuando oí que el Führer todavía estaba vivo, me sentí enormemente aliviado. Pero yo todavía sospechaba. Por lo tanto pedí a Goebbels que me asegurara, bajo su palabra de honor, que lo que él decía era verdadero y que él estaba incondicionalmente detrás del Führer. Goebbels vaciló al principio, porque él no comprendía la razón de mi petición.

     Fue sólo después de que le repetí que como oficial necesitaba su palabra de honor a fin de ver mi camino claro, que él accedió. Mi deseo de llamar por teléfono al cuartel central del Führer coincidió con el suyo. Dentro de unos segundos estuve conectado con el Refugio del Lobo [Wolfsschanze] en Rastenburg en Prusia del Este. Para mi gran sorpresa, Hitler mismo estaba al otro lado de la línea.

     Goebbels rápidamente explicó la situación al Führer y luego me dio el receptor. Adolf Hitler me dijo, aproximadamente, lo siguiente: "Mayor Remer, ¿puede usted oírme, reconoce usted mi voz?. ¿Me entiende usted?". Contesté afirmativamente, pero yo estaba, sin embargo, incierto. Cruzó rápidamente por mi mente la idea de que alguien podría probablemente estar imitando la voz del Führer. Desde luego yo me había familiarizado personalmente con la voz del Führer durante el año anterior, cuando, después de que él me había concedido las Hojas de Roble a la Cruz de Caballero, yo había sido capaz de hablar solo y muy francamente con él durante una hora acerca de las preocupaciones y las miserias del frente. Fue sólo cuando él siguió hablando por el teléfono que llegué a convencerme de que yo en efecto estaba hablando con Hitler. Él continuó:

     "Como usted puede ver, estoy vivo. El asesinato ha fallado, la Providencia no lo quiso. Una pequeña camarilla de oficiales ambiciosos, desleales, y traidores quiso matarme. Ahora sacaremos a estos saboteadores al frente. Haremos un trabajo rápido con esta plaga traidora, con la fuerza bruta si es necesario.

     "A partir de este momento, Mayor Remer, le doy completa autoridad en Berlín. Usted es responsable ante mí personalmente, y exclusivamente, por la restauración inmediata de la paz y la seguridad en la capital del Reich. Usted permanecerá bajo mis órdenes personales para este fin hasta que el Reichsführer Himmler llegue allí y lo releve de la responsabilidad".

     Las palabras del Führer eran muy tranquilas, determinadas y convincentes. Yo pude respirar un suspiro de alivio, ya que la conversación había despejado todas mis dudas. El juramento de soldado que yo había hecho al Führer era todavía obligatorio, y era el principio guía de mis acciones. Ahora mi única preocupación era eliminar malentendidos y evitar un innecesario baño de sangre, actuando rápidamente y con decisión.


     Goebbels me pidió que le informara del contenido de mi conversación con Hitler, y me preguntó qué tenía yo la intención de hacer después. Él puso los cuartos de abajo de su casa a mi disposición, y establecí un nuevo puesto de mando allí. En ese entonces eran las 18:30 horas. El primer informe del atentado con bomba en el cuartel central del Führer fue transmitido por la Gran Red Alemana de Emisoras alrededor de quince minutos más tarde.

     Debido a mi visita al Centro de Comando de la Ciudad de Berlín yo tenía una vaga idea, en su mayor parte, de las disposiciones de las unidades que avanzaban sobre Berlín. Para dejar que sus comandantes conocieran la verdadera situación, envié a oficiales del Estado Mayor en todas las direcciones para llevar la noticia. El éxito fue total. La pregunta "El Führer, ¿con él o contra él?" obró milagros.

     Me gustaría declarar inequívocamente que cada uno de esos oficiales al mando, que, como yo, estaban indignados con lo que había pasado, se había puesto incondicionalmente a mis órdenes, aunque todos ellos me excedieran en grado. Así, ellos demostraron que los juramentos de sus soldados eran obligatorios para ellos también. Las dificultades, transitorias en su naturaleza, surgieron aquí y allá, donde las instrucciones personales no eran inmediatamente posibles.

     Debido a la incertidumbre predominante y debido a malentendidos —algunos pensaron que los regimientos de guardias que habían sellado sus áreas designadas significaba que se habían amotinado—, en dos ocasiones mi regimiento estuvo a punto de ser atacado a tiros por otras unidades. En la plaza Fehrbelliner una brigada armada se había reunido por orden de los conspiradores, pero una orden dada por radio por el teniente general (Heinz) Guderian la removió del control de los conspiradores.

      A partir de entonces esa unidad emprendió el reconocimiento y equivocadamente concluyó que el regimiento de guardia "Grossdeutschland" estaba del lado de los conspiradores y había aprehendido al ministro del Reich Goebbels. Varios de los tanques de la brigada avanzaron tentativamente, y el baño de sangre podría haber sido casi cierto si yo no hubiera intervenido personalmente para aclarar la confusión.

     Lo mismo sucedió delante del Edificio Bendler, el cuartel central del Comandante del Ejército de Reemplazo, cuando una compañía de granaderos blindados [panzergrenadier] trató de tomar el control de mi guardia, que había sido autorizada por el Führer. La enérgica intervención de los oficiales de mi regimiento hizo posible una aclaración en el último momento, e impidió que soldados alemanes se dispararan unos a otros. Aquí también la pregunta "Hitler, ¿con él o contra él?" se demostró decisiva.

     Yo había enviado a uno de mis comandantes de compañía, el capitán Schlee, al Edificio Bendler a fin de aclarar las cosas. En ese momento yo no tenía idea de que los líderes de la conspiración tenían su cuartel central allí. Schlee tenía órdenes de retirar nuestros guardias, porque yo quería, tanto como fuese posible, evitar un derramamiento de sangre. Cuando él llegó le ordenaron ver al general Olbricht. Él tomó la precaución de decirle a la guardia que lo sacaran por la fuerza en el caso de que él no retornase prontamente. De hecho él fue puesto bajo arresto en la sala de espera del general por el coronel Mertz von Quirnheim, quien le dijo que se quedara allí. Cuando Mertz entró en la oficina de Olbricht, sin embargo, Schlee simplemente se marchó de allí.

     Cuando él volvió a nuestra guardia, el teniente Arends le informó de un extraño acontecimiento. Él había oído gritos que provenían de un piso superior del edificio, y en ese momento una máquina de escribir y un teléfono salieron volando por la ventana hacia el patio. Schlee dio media vuelta y condujo una patrulla hasta arriba para averiguar lo que estaba sucediendo. Él rápidamente identificó el cuarto desde el cual provenía el ruido; estaba cerrado con llave, pero no bajo guardia, y la llave estaba todavía en la cerradura.

     Dentro estaba el general Von Kortzfleisch, comandante general del Distrito Militar de Berlín. Había sido él quien había lanzado los objetos por la ventana. El general había sido convocado al Edificio Bendler para recibir sus órdenes. A su llegada, él rechazó rotundamente cooperar con los conspiradores. Él fue detenido y encerrado, pero sin guardias. Ahora que él estaba libre, nos dio nuestra primera información en cuanto a los líderes de la conspiración.

     A las 19:30 horas nuestros guardias fueron relevados, de acuerdo con las órdenes. Olbricht tuvo que sustituír a nuestro grupo de guardias con sus propios oficiales. El comandante de la nueva guardia era el teniente coronel Fritz von der Lancken. Cuando Schlee se estaba yendo se enteró por un capitán del centro de comunicaciones en el Edificio Bendler que al Mayor Remer el Führer le había ordenado aplastar el golpe de Estado. Ellos habían sido capaces de escuchar por casualidad mi conversación con el Führer, y habían reconocido que los télex que ellos debían enviar eran las órdenes de los conspiradores. Así, los hombres en el centro de comunicaciones deliberadamente retrasaron el envío de los mensajes, o en algunos casos no los enviaron en absoluto. Verdaderamente un plan magistralmente preparado: ¡los conspiradores no tuvieron cómplices!.

     Además, los télex y los mensajes telefónicos siguieron llegando desde el cuartel central del Führer, haciendo del actual estado de cosas algo completamente claro. Innumerables órdenes fueron dadas a finales de aquella tarde del 20 de Julio. Entre otras medidas moví a la brigada de reemplazo del Grossdeutschland desde Cottbus a las afueras de Berlín como una reserva de combate. La brigada, también, había recibido diferentes órdenes de los conspiradores de antemano. Su probado y verdadero comandante, el coronel Schulte-Neuhaus, que había perdido un brazo en combate y a quien yo conocía desde el frente, se reportó a mi puesto de mando. Yo lo presenté a Goebbels.

     Mientras tanto concentré mis propias tropas más estrechamente alrededor del complejo de la Cancillería del Reich, y formé una fuerte reserva de combate en el jardín de la residencia oficial de Goebbels. Goebbels me pidió que yo le hablara a las tropas reunidas allí, lo cual hice. La indignación de éstos por los arteros sucesos era tan grande que ellos habrían despedazado a cada conspirador, si hubieran estado allí. Luego sellé el Centro de Comando de la Ciudad, ya que yo tenía la impresión de que había varios personajes cuestionables allí. También me enteré de que después de mi rechazo a arrestar a Goebbels, a la policía militar se le había ordenado hacer aquello. Esperé en vano que apareciera. Más tarde oí que ni una sola unidad estaba dispuesta a detener al doctor Goebbels, de modo que aquello le fue dejado al propio Von Hase.

     El Comandante de la Ciudad estaba en ese momento en el cuartel central del vice-comandante, hacia el cual él había conducido a fin de planificar posteriores medidas con el general, que había sido instalado allí por los conspiradores. Ellos habían hablado de cosas durante dos horas sin llegar a una decisión, comportamiento típico de esos conspiradores que rehúyen el combate.

     Después de que se me informó del regreso del general Von Hase al Centro de Comando de la Ciudad, le pedí por teléfono que fuera a mi puesto de mando en la residencia de Goebbels a fin de clarificar la situación. Al principio él rechazó mi invitación, y exigió que, ya que yo era su subordinado, yo debería reportarme ante él en el Centro de Comando.

     Fue sólo después de que le informé que personalmente el Führer me había ordenado restaurar la paz y el orden, como su subordinado inmediato; que por lo tanto von Hasse estaba bajo mis órdenes; y que yo iría y lo agarraría si él no aparecía por su propia voluntad, que el general llegó. En ese punto yo todavía estaba bajo la impresión de que Von Hase, que a menudo había sido mi invitado en el club de oficiales, quien con frecuencia expresó su solidaridad con los soldados en el frente, y quien bajo ningún concepto omitió un "¡Sieg Heil!" a su querido Führer en cualquier discurso, había sido engañado, como yo lo había sido, y que era inconsciente de los hechos. Por lo tanto me disculpé por mi inusual tratamiento. A su llegada Von Hase fue la afabilidad personificada; él incluso me elogió por mi independencia y resolución, y por buscar a Goebbels, gracias a lo cual yo evité muchos malos tratos.

     Incluso con Goebbels Von Hase hizo el papel de inocente, y actuó como si él no hubiese tenido ninguna noción de ninguna conspiración. Se le pidió estar preparado para posterior información, y un cuarto fue colocado a su disposición. Cuando Von Hase abandonó la oficina de Goebbels, hubo un incidente embarazoso, que me hizo, como un oficial alemán, ruborizarme de vergüenza. En esas muy tensas circunstancias, Von Hase declaró que él había estado ocupado el día entero y no había comido nada. Goebbels inmediatamente ofreció hacer preparar un sandwich y le preguntó si le gustaría además una copa de vino del Rin o del Mosela. Tan pronto como Von Hase había abandonado la oficina, Goebbels se mofó:

     "Mi nombre es Liebre [Hase], no sé nada. Ésa es la materia de la que están hechos nuestros generales revolucionarios de golpes de Estado, que con los hierros todavía en el fuego ellos quieren ser agasajados, y llamar a sus mamás por teléfono. En su lugar yo vería mi lengua arrancada antes de que yo hiciera tales desdeñables peticiones".

     Dos acontecimientos ilustran cuán poco pensamiento y planificación hubo en el golpe de Estado. Mis conversaciones y órdenes fueron enviadas por el mismo centro de comunicaciones en el Edificio Bendler, el cuartel central de la conspiración, desde el cual las órdenes de los complotadores estaban siendo diseminadas en todas las direcciones.

     Los oficiales de comunicaciones podrían haber retrasado mis órdenes o no haberlas transmitido en absoluto, o podrían haber interrumpido mis llamadas telefónicas, nada de lo cual ellos hicieron. Incluso recibí un mensaje del Servicio de Radiodifusión del Reich, preguntándome qué estaba pasando. Por consiguiente, yo fui capaz de dar la orden de que de ninguna manera fuera hecha ninguna transmisión no programada. Por lo tanto este importante medio de comunicación le fue negado a los complotadores también. ¿Qué ocurrió en el Centro de Difusión en Masurenallee? Al Mayor Jacob le habían ordenado ocupar el Centro de Radiodifusión. De manera bastante asombrosa no le habían ordenado transmitir ningún anuncio, ni cerrar la estación. Él intentó llamar por teléfono a los conspiradores para reportar su ocupación de la emisora de radio y solicitar órdenes adicionales.

     Él no tuvo suerte, y de todos modos él no fue puesto en comunicación, como ocurrió en muchas oficinas. Para los soldados de primera línea la pérdida de conexiones telefónicas era un acontecimiento frecuente. En tal caso el procedimiento normal era establecer comunicaciones por radio o enviar a un mensajero. El Mayor Jacob tenía una teleimpresora a su disposición también, pero él no usó ninguno de esos métodos. (Claus Schenk conde de) Stauffenberg, el oficial del Estado Mayor General que planificó el golpe de Estado, no se preocupó en absoluto de proporcionar mensajeros en motocicleta. ¡Tales detalles triviales fueron estudiadamente pasados por alto!.

     Rudolf-Gunther Wagner, el hombre que debía transmitir las proclamas de los conspiradores, dijo más tarde:

     "Yo había sabido durante años que yo debía transmitir la proclama durante el día del golpe de Estado. Esperé con febril impaciencia la llegada del teniente que debía traerme la proclama. Lamentablemente esperé en vano, hasta que escuché por los altavoces de Goebbels que el asesinato había fracasado".

     Como es bien sabido ahora, el general Lindemann, que tenía el texto de la proclama, no iba a ser encontrado en ninguna parte. El general Beck no estuvo dispuesto a intervenir; él le pidió a Hans-Bernd Gisevius, un conspirador en la Abwehr [agencia de Inteligencia militar], que llevara la proclama. Primero, sin embargo, Gisevius tuvo que redactar rápidamente una nueva declaración, mientras los conspiradores Stauffenberg, Hoepner, Yorck, Schwerin y Schulenburg le hicieron sugerencias. Por este fiasco, también, Stauffenberg, el manejador de la conspiración, carga con la responsabilidad. Mantener una radioemisora en funcionamiento requiere personal experto y de confianza. Un equipo había sido pedido al Centro de Comando de la Ciudad, pero esperó allí en vano hasta que fue arrestado durante la contra-reacción. Hans Kasper, que era parte de la Operación Jacob, más tarde comentó:

     "Fue hacia ese momento que colapsó el 20 de Julio. Desde la perspectiva de un editor de radio, aquello fue trágico. Trágico porque la manera en que los detalles fueron manejados hizo obvio que esa rebelión había tenido muy poca posibilidad de éxito".

     Mientras tanto el teniente Schlee me había relatado lo que estaba sucediendo en el Edificio Bendler. Yo no sabía nada de la historia interna. Ni que el teniente general (Friedrich) Fromm, comandante en jefe del Ejército de Reemplazo, se había retirado del complot y había sido detenido por los conspiradores. A Schlee posteriormente se le ordenó, después de que nuestros guardias habían sido relevados, rodear y sellar el Edificio Bendler, sin entrar en él. Aproximadamente a las 19:00 horas sentí que yo tenía controlada la situación en Berlín. La tensión comenzó a hundirse.–



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REMER HABLA


     El levantamiento, o, mejor dicho, la rebelión, del 20 de Julio de 1944, fracasó no debido a mi intervención sino más bien debido a la carencia interior de objetivos y conceptualización por parte de sus heterogéneos participantes, aparentemente una clase de la nobleza privilegiada pero sometida, quienes estaban, por supuesto, unidos en su rechazo a Hitler, pero quienes estaban completamente desunidos en todos los otros asuntos. El golpe de Estado falló porque comenzó con ideas confusas, fue preparado con medios insuficientes, y fue llevado a cabo con torpeza casi asombrosa. Además, también se sabe que ningún apoyo político fue prometido desde fuera de Alemania, lo que significó que el único resultado posible habría sido la rendición incondicional.

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     Nadie tiene que preguntarse lo que habría ocurrido si el proyecto del 20 de Julio de 1944 hubiera tenido éxito. El frente del Este alemán, que entonces estaba implicado en batallas defensivas muy serias, habría sufrido indudablemente un colapso a consecuencia de la guerra civil que inevitablemente habría estallado, y la subsiguiente interrupción de provisiones... Un colapso del frente del Este, sin embargo, no sólo habría significado la deportación adicional de millones de soldados alemanes a los campos de exterminio del cautiverio ruso, sino que también habría impedido la evacuación de innumerables mujeres y niños que vivían en los territorios del Este del Reich o de quienes habían sido evacuados a aquellas áreas a consecuencia de los ataques aéreos de terror realizados por los Aliados occidentales.

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     Precisamente debido a sus experiencias en el frente del Este, cada soldado pensante sabía lo que nos ocurriría si fuéramos a perder esa guerra. Los soldados alemanes estaban convencidos muy profundamente de la necesidad de esa lucha en el interés de la supervivencia de nuestro continente. No habíamos atacado a Rusia por la pura ansia de conquistar. Más bien, nos vimos obligados a actuar porque los soviéticos habían desplegado fuerzas superiores de más de 256 divisiones a fin de invadir Europa en un momento oportuno.

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     Durante mi vida he llegado a conocer y entender más de 50 países, en particular el mundo árabe y el África negra. Esos países viven bajo sistemas políticos diversos. En contraste con nosotros, todas esas naciones aman y respetan sus propias patrias, y están orgullosos de sus propios países y tradiciones.

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     El sistema de "reeducación" después de 1945 ha convertido a los alemanes en un pueblo neurotizado. Esta condición psíquico-espiritual de la sociedad en la República Federal [Alemana] por lo tanto la deja incapaz de una auto-conciencia o de tomar decisivas contra-medidas contra la izquierdista organizada revalorización del orden natural de la vida.

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     Una democracia no es buena y aceptable porque se llama a sí misma una democracia, sino más bien cuando reconoce y respeta los valores tradicionales y vivos de su propia comunidad nacional. También creo que en cada país democrático occidental, incluso aquí en Alemania, nadie puede estar feliz con una democracia que tampoco tiene un respeto positivo por su propio pueblo, Estado y nación. Contrariamente al dogma predominante, he obtenido la impresión de que los seres humanos no son iguales, aunque no fuera por ninguna otra razón que sobre la base de sus muy diferentes puntos de vista culturales. Sin embargo, he observado que en todas partes del mundo, los nacionalistas y aquellos que aman sus propios países son capaces de hablar con cada otro en el mismo lenguaje y comprenderse unos a otros, el cual no es el caso entre los demócratas de cada país.

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     Cuando uno observa la tumultuosa difamación del Tercer Reich y las continuas y repulsivas auto-acusaciones, uno tiene que preguntarse: ¿Es Hitler todavía tan fuerte y la República Federal Alemana tan débil que los ignorantes ciudadanos de Alemania pueden ser convencidos del valor de esta democracia sólo por la repetitiva repetición de las viejas confesiones de auto-culpa? No lo creo. A largo plazo, la verdad histórica no puede ser suprimida.–


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Otto-Ernst Remer Sentenciado a 22 Meses
de Encarcelamiento por Publicaciones Revisionistas
por Mark Weber


     Un tribunal alemán ha condenado a Otto-Ernst Remer, un general retirado del Ejército de 80 años, a 22 meses de encarcelamiento por publicar artículos que cuestionan las [inventadas] matanzas de masas del tiempo de la guerra en Auschwitz en cámaras de gas.

     El 22 de Octubre de 1992, un tribunal penal en Schweinfurt encontró a Remer culpable de "incitación popular" e "incitación al odio racial" debido a declaraciones supuestamente anti-judías publicadas en cinco ediciones de su periódico tabloide de amplia circulación, el Remer Depesche.

     Comparando al acusado con Mefistófeles del Fausto de Goethe, el acusador público estatal sostuvo que el objetivo del Remer Depesche es promover la ideología nacionalsocialista. El acusador también habló del "crudo insulto de Remer contra millones de víctimas", e insistió en que la historia del exterminio del "Holocausto" es "un hecho histórico obvio" que no necesita ser demostrado en el tribunal.

     Los jueces aparentemente estuvieron de acuerdo. Las condenas anteriores del incorregible acusado por esta misma acusación deberían haber sido una advertencia para él, declaró el tribunal. Agregado a su culpa, dijeron los jueces, está el hecho de que copias de su periódico fueron distribuídas a muchas casas y escuelas, e incluso a países extranjeros. (A causa de la franqueza de Remer, el gobierno de Bonn había suspendido ya la pensión del acusado).


Pruebas de la Defensa Rechazadas

     El alto y delgado octogenario acusado dejó a sus dos abogados —el doctor Herbert Schaller y Hajo Herrmann— que hablaran por él durante el curso del proceso de dos días. Durante la Segunda Guerra Mundial, el doctor Schaller sirvió como un oficial muy condecorado en el frente del Este. Herrmann fue uno de pilotos de caza y comandantes de la fuerza aérea del tiempo de la guerra más exitosos de Alemania.

     Las publicaciones de Remer no son odiosas o anti-judías, argumentaron los abogados de la defensa, sino que están en cambio destinadas a defender al pueblo alemán contra la acusación de la responsabilidad colectiva por el asesinato de masas de judíos. De hecho, señalaron ellos, el Remer Depesche es publicado por la Sociedad J. G. Burg, nombrada así por un sobreviviente judío de la persecución del tiempo de la guerra que declaró en beneficio de Ernst Zündel en el "Juicio del Holocausto" en Toronto en 1988.

     La historia del exterminio del "Holocausto" no es en absoluto "obvia", dijeron los abogados, y citaron opiniones públicas de varios países para mostrar que un debate internacional existe precisamente en esta cuestión. La "confesión" de posguerra del comandante de Auschwitz Rudolf Höss, que es ampliamente citada como prueba de los gaseamientos masivos, carece de valor, dijeron los abogados, porque fue obtenida mediante tortura. Ellos también citaron la existencia de burdeles, conciertos y tratamiento médico para los presidiarios en los campos de concentración del tiempo de la guerra.

     Para mostrar que las declaraciones supuestamente criminales hechas en el Remer Depesche son justificables, los abogados de la defensa prepararon 34 documentos de prueba, incluyendo un informe del ingeniero alemán Germar Rudolf acerca de su examen forense in situ de las presuntas cámaras de gas de exterminio en Auschwitz, fotografías de reconocimiento aéreas Aliadas tomadas en 1944 del complejo del campo, así como a varios testigos. Los jueces rechazaron considerar ninguna de estas pruebas.

     Los abogados de Remer criticaron vehementemente el rechazo del tribunal a considerar sus pruebas, indicando que el tribunal está legalmente obligado a considerar cualquier prueba que pudiera exonerar a un acusado.

     En un Estado democrático, añadieron ellos, el Gobierno debe ser neutral sobre cuestiones históricas, y debería permitir un libre intercambio de opiniones contrapuestas. Es escandaloso que los funcionarios estatales no sólo no hagan ningún esfuerzo para refutar lo que su acusado ha dicho, sino que simplemente insistan en que él no tiene ningún derecho a expresar sus opiniones disidentes sobre este asunto. Que el Gobierno alemán todavía rechace dar cualquier consideración seria a las abundantes pruebas de que no hubo ningún exterminio masivo de judíos, sino que en cambio simplemente diga que aquél es un "hecho obvio" es, en una democracia, "indignante", dijeron los abogados.


Apoyo en la Sala del Tribunal

     Remer nunca ha abandonado la lucha, como él lo ve, por el bien de su pueblo. Sus partidarios llamaron a este juicio "la última gran batalla por Alemania" del retirado comandante.

     La sala del tribunal estaba completamente abarrotada durante los procedimientos, y a muchos que quisieron asistir se les tuvo que rechazar el ingreso por falta de asientos. La mayor parte de aquellos que asistieron apoyaron firmemente a Remer. Durante las interrupciones en los procedimientos, ellos le hicieron comentarios como: "Lo felicito por su coraje", y "Señor Remer, le deseo todo lo mejor como un alemán decente".

     Señalando que el "delito" de Remer era una "expresión no violenta de opinión", los abogados de la defensa caracterizaron el procedimiento como "una clase especial de proceso político". Remer mismo describió al tribunal como un "tribunal del régimen", y expresó la esperanza de que "quizás llegará el día en que a este tribunal le serán pedidas cuentas" por su comportamiento.

     Una condena a prisión por 22 meses, sin suspensión, es normalmente decretada en Alemania sólo contra criminales importantes, como incendiarios y traficantes de droga. Para un hombre de 80 años como Remer, una condena a prisión de 22 meses puede ser fácilmente una cadena perpetua.

      El veredicto de Octubre está siendo apelado, pero la perspectiva para el éxito no es buena.

     Remer, que participó como expositor en la Octava Conferencia del IHR en 1987, es una figura histórica. Como un joven oficial al mando del regimiento de guardia de Berlín en Julio de 1944, él desempeñó un papel fundamental en la supresión de la fracasada tentativa de algunos conspiradores para matar a Hitler [con una bomba] y hacerse con el poder en un violento golpe de Estado.

     Remer fue promovido finalmente a general, y al final de la guerra estaba sirviendo como un comandante en Pomerania. Entre otras condecoraciones, le concedieron la Cruz de Caballero con Hojas de Roble, la Medalla Dorada por Heridas, la Cruz Alemana de Oro, y la Medalla de Plata por Combate Cercano por 48 encuentros de combate a corta distancia.–




Tercera Parte
http://editorial-streicher.blogspot.cl/2015/08/otto-remer-entrevista-1993.html

1 comentario:

  1. Espectacular, felicito a este blogspot y al General Remer!!

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