BUSCAR en este Blog

martes, 16 de junio de 2015

Jean-Michel Angebert - Acerca del Emperador Juliano



     Del libro "Los Místicos del Sol", que es firmado por el seudónimo colectivo Jean-Michel Angebert (Michel Bertrand y Jean-Victor Angelini), publicado primeramente en francés en 1971 y luego en castellano en 1974, presentamos aquí su capítulo cuarto, dedicado en su integridad al Emperador y escritor romano Flavio Claudio Juliano del siglo IV (331-363 d.C.), nacido en Constantinopla, y llamado por la vengativa propaganda cristiana posterior como Juliano "el Apóstata", gente a la cual él se refirió diciendo «No debemos odiarlos, debemos compadecerlos; bastante desgraciados son con equivocarse respecto al asunto más importante». El enfoque del "autor" del libro mencionado es poner al Emperador Juliano, célebre por haber intentado la restauración de la diversidad pagana avasallada por la recientemente fortalecida Iglesia cristiana, en el contexto de también otros personajes cuya orientación mística y filosófica estuvo dirigida por el símbolo que es el Sol, quienes habrían recibido alguna iniciación espiritual, en este caso claramente tratada de ser asociada con las ceremonias de tipo masónico (un patrón tan recurrente en diversos escritores franceses de esoterismo), y que obviamente habrían dejado su importante huella en la Historia. Con todo, por las diversas noticias que da, se trata éste de un buen panorama introductorio a la vida y obra, y época y antecedentes, de dicha figura.




Capítulo 4
JULIANO O «HELIOS-REY»


«Soy, en efecto, el adepto del rey Helios»
(Juliano)


     Si el azar de un viaje a la Ciudad Eterna os impele a visitar el museo del Capitolio, sin duda observaréis, en medio de esculturas espléndidas que recuerdan los fastos de los mecenas romanos, un busto de mármol en el que el cincel del escultor ha querido plasmar los rasgos austeros del Emperador Juliano, que reinó de 361 a 363 d.C., y queda como una de las más bellas figuras de la Antigüedad, pese a todas las calumnias que han envuelto su memoria y le han valido el injusto sobrenombre de «El Apóstata».

     Mirando la máscara impasible del César que, mejor que las más bellas estatuas, evoca la grandeza de Roma, vi al filo del mediodía el rostro del Emperador nimbarse del halo dorado enviado por los rayos del astro de la luz y, ante aquel milagro solar, apoteosis renovada del glorioso Helios-Rey, mi espíritu se encontró transportado a mil seiscientos años atrás, cuando la antorcha de la religión antigua arrojaba sus últimas luces sobre un mundo extenuado y próximo a sumirse en el largo sueño de la decadencia.

     Es de noche. En el palacio de Constantinopla, sede del Imperio romano restaurado por Constantino, unos guardias avanzan sigilosamente. Tienen la horrible misión de degollar por sorpresa a los miembros de la familia Real y exterminarlos hasta el último. La orden ha sido dada personalmente por el Emperador Constancio, que quiere desembarazarse así de todos sus rivales en potencia, pues este gran soberano, este cristiano piadoso, se ve rodeado de puñales. Habiendo usurpado el trono, tiene miedo de ser derrocado por un golpe de fuerza que llevaría al poder a un representante legítimo de la familia imperial.

     Los soldados penetran repentinamente en las habitaciones, deslumbrando a los durmientes con antorchas encendidas y, sin dejarles siquiera tiempo a implorar clemencia, se abalanzan, espada en alto, sobre niños y ancianos cuyos gritos se apagan en un estertor sangriento. Pronto el pavimento de mármol se cubre de un denso charco de sangre en el que se debaten las víctimas agonizantes. Se ha acabado la gloriosa dinastía de los Flavios, pero no por completo. No obstante, en su prisa homicida, los verdugos han olvidado dos niños, lívidos y temblorosos, escondidos detrás de un cortinaje. Cuando los guardias palatinos se percatan de su olvido, la sed de crimen se les ha pasado y no se atreven a matar a sangre fría a los dos pequeños que se estrechan uno a otro a fin de protegerse mutuamente, en el colmo del terror.

    De esa espantosa noche, Juliano se acordará toda la vida y seguirá oyendo, en una pesadilla sin fin, los gritos de sus parientes cuando los degollaban. Ocurrió en 337. No obstante, el asesino era tío de Juliano, y éste, en una carta a los atenienses, declaró más tarde:

    «Es cosa notoria que mi origen proviene del mismo linaje paterno que Constancio. Mi padre (Julio Constancio) y el suyo (Constantino) eran hermanos consanguíneos. Y no obstante, pese a los lazos de íntimo parentesco que los unían, he aquí cómo nos trató aquel soberano tan humano. Seis de mis primos y de los suyos; mi padre y otro tío común por parte de mi padre fueron ejecutados por orden suya sin otra forma de proceso. En cuanto a mí y a mi hermano (Galo), quería matarnos también. Pero prefirió, a fin de cuentas, condenarnos al exilio».

     En efecto, tras el degüello de su familia, Juliano y Galo fueron desterrados a la ciudad de Nicomedia, no lejos de Constantinopla, pero en la orilla asiática de la Propóntida.

     Nicomedia fue en cierta época la capital del Imperio oriental. Cuando Juliano llegó a ella, no era más que una ciudad en decadencia que aún conservaba, de su grandeza pasada, el sobrenombre de «Perla de Asia». Su rada maravillosa siempre teñida de un azul violeta que parece sacado de la paleta de un pintor de esmaltes, sus templos de dorados mármoles, sus baños y sus termas inmensos y fastuosos, el circo de montañas azulencas que cortaba el horizonte de sus palacios, recordaban demasiado los fastos imperiales y la belleza de un paraje que no podía sino herir al muchacho, secuestrado en las habitaciones de una villa de las afueras. Juliano se escapaba a veces de la tutela de su tutor Eusebio, que más bien estaba considerado como un espía colocado por Constancio para retozar en la campiña circundante o a orillas del mar de Mármara. Juliano ha descrito personalmente la casa de Bitinia donde vivió algún tiempo:

     «Esa campiña se halla a veinte escasos estadios del mar, y en ella no se es importunado por el mercader o el marinero charlatán e insolente. Sin embargo, el paraje no está privado del todo de los favores de Nerea. A veces se encuentra pescado fresco y palpitante en él y si, saliendo de casa, trepas a un pequeño cerro, percibirás el mar Propóntida, sus islas, y la ciudad que lleva el nombre del gran Emperador. No caminarás sobre algas y musgos... Sólo pisarás zarzaparrilla, tomillo y céspedes fragantes. Hallarás una profunda calma, y si quieres te tumbarás a hojear un libro. Luego, para descansarte los ojos, nada más agradable que el espectáculo de las naves y del mar. Cuando era jovenzuelo, aquella morada de verano me parecía deliciosa. Tiene aguas excelentes, un baño encantador, un jardín y árboles. Hombre hecho, sigo prendado de ese viejo asilo del pasado. He vuelto a él con frecuencia, y no volvió a verme sin que lo mencionase en mis cartas durante mis ocios» (Lettres Écrites en Gaule, 4, Édition des Belles-Lettres, t. I, 2, pp. 12-13).

     Lo que Juliano no confiesa en esta carta, es la experiencia inicial que recibió del logos solar, signo de un destino fijado por los astros, cuando, de chiquillo, descansaba en las colinas que dominan el mar. Mecido por el ruido monótono de la resaca, Juliano se durmió. Sintióse así transportado sobre las olas y aspirado por una gran fuente luminosa: el Sol. Entonces retumbó la llamada cien veces repetida de su nombre: Juliano... Juliano... ¡Juliano!, y ese sonido iba in crescendo, rugiente como la voz del trueno. Helios, el Sol-dios de Oriente, llamaba a su hijo muy amado. Y en sus venas, el niño sintió pasar el fluído ardiente de la divinidad. Era el descendiente de un linaje de Emperadores devotos del culto al Sol, padre de las grandes iniciaciones. Aquella claridad cegadora lo aturdió y se sintió aspirado por un abismo vertiginoso. Entonces, despertó. El astro se hundía en las olas, lanzando sus últimos fuegos sobre el horizonte teñido de púrpura. Transfigurado, Juliano regresó despacio a la villa blanca rodeada de laureles y de olivos, que le servía de prisión dorada.

     ¿Pensaba el chiquillo de doce años, en aquel instante, en la antigua tradición del culto solar, cuya revelación acababa de tener? Ya en los primeros tiempos del Imperio romano, Augusto, apasionado por la Astrología y las ciencias ocultas (no olvidemos que era nativo de Capricornio, ese signo grato a los iniciados), veneraba en Apolo al dios-Sol, padre de la Roma Eterna, e hizo traer de Egipto, para marcar esta protección de Helios, un obelisco de piedra negra que, desde hacía muchos siglos, se alzaba en la ciudad sagrada de Heliópolis, erigido por orden del faraón Amenofis III, padre de Akenatón, que fue el primero en consagrar la preeminencia del dios solar Atón. Alzado sobre el foro romano, el monolito recordaba a todos los Emperadores las obligaciones sagradas debidas al divino logos.

     Posteriormente, el Emperador Adriano se hizo iniciar en los misterios de Mitra, el Sol resucitado, y Septimio Severo adoraba a Zeus Helios, en el templo de Baal'Beck, en Siria, recuerdo emocionante de la «religión de luz» instaurada en Oriente por Zoroastro. Más tarde, existía ya el Bajo Imperio, y el cristianismo comenzaba a triunfar de los antiguos cultos. Aurelio, que era hijo de una sacerdotisa del Sol, cuando fue el primer Emperador de la dinastía iliria expresó su devoción proclamando la realeza del SOL INVENCIBLE (Sol invictus). Veía en este culto el bien del Imperio y la garantía de su unidad, amenazada por los «galileos». Los cronistas refieren que Aurelio, antes de librar combate al enemigo, vio la aparición del dios-Sol en persona que le dio la victoria. A fin de señalar aquel triunfo, el Augusto hizo elevar un tempo del Sol en Roma misma, enriquecido con los despojos de Palmira que acababa de ser vencida. Se instituyó un colegio de sacerdotes para servir a la deidad omnipotente y fueron creados juegos cuatrienales en su honor.

    En realidad, tal como lo pone de relieve Stewart Perowne, todo fue puesto a contribución para instaurar una religión oficial que diese satisfacción a las aspiraciones del monoteísmo.

     ¿No era aquél igualmente el sentido de la reforma religiosa de Akenatón y de Zoroastro cuyo objetivo oculto era la creación de una fraternidad de iniciados, los «Hermanos de Heliópolis»? Más cerca de nosotros, ¿no había seguido Alejandro las huellas de los «inspirados» al proclamarse COSMOCRÁTOR, llamado a gobernar el Universo por la gracia de Zeus-Amón?.

     El paganismo romano, así como las viejas religiones de Oriente, estaba todo penetrado de esta concepción solar de la iniciación que encontramos en los ROSACRUCES y en la FRANCMASONERÍA, prueba de una tradición inmemorial. Léon Homo lo ha percibido muy bien cuando escribe:

     «Las divinidades separadas, Júpiter, Apolo, Marte, Serapis, Atis, los Baales orientales y Mitra, aparecen todas cada vez más como otras tantas encarnaciones, otras tantas reproducciones exactas de una divinidad superior, es decir, del Sol».

     El mismo Constantino el Grande, que se adhirió al cristianismo, dudó mucho tiempo entre el culto de Mitra y la religión de Cristo. Hasta el final de su vida no promulgó su famoso edicto que hacía del cristianismo la religión oficial del Imperio, sin proscribir por ello el antiguo culto romano del que siguió siendo Gran Pontífice; porque, en efecto, aquellos Emperadores ilirios, descendientes de príncipes germánicos adheridos a Roma, llevaban en su sangre esa comunión con la Naturaleza que se exalta en el panteísmo solar, y Juliano estaba dejando hablar en él la voz imperiosa de su raza.

     Pronto, estimando peligroso un exilio tan cercano de la capital, Constancio hizo trasladar a Juliano y su hermano a una región más lejana, en el corazón de la salvaje Capadocia, una comarca montañosa cubierta de espesos bosques. Allí se alzaba la fortaleza imperial de Macellum. En ella, al menos, los jóvenes rehenes no sentirían la tentación de conspirar contra el príncipe. Aislados del mundo exterior, la única distracción de los prisioneros era la caza que abundaba en los bosques circundantes.

     La educación de Juliano había de ser cristiana, puesto que el Emperador había adoptado aquel nuevo culto. A este efecto, el obispo Jorge de Capadocia se encargó de su educación. En la rica biblioteca del prelado, el muchacho, muy despierto a la cultura helénica, halló un alimento a su gusto. Aparte de los autores cristianos Orígenes, Luciano de Antioquía y Eusebio de Cesárea, Juliano descubrió a los filósofos neoplatónicos Plotino, Porfirio y por último Yámblico, cuyos Misterios de Egipto habían de producirle una profunda impresión. Aparentemente sumiso y catecúmeno dócil, Juliano comenzó a bosquejar una concepción del mundo harto distante, en realidad, de los principios cristianos. Sin embargo, en el pensamiento de sus educadores, el joven príncipe tenía que ser orientado hacia la carrera eclesiástica. La Teología lo apartaría de la política.

     Después de algunos años de vigilancia, Juliano fue juzgado inofensivo. Le permitieron, por tanto, ir a Constantinopla, donde podría continuar sus estudios. Escuelas y bibliotecas rivalizaban en riqueza en la metrópolis oriental, que se jactaba de poseer algunos de los mejores retóricos del mundo antiguo: Nicooles y Libanio. Escuchando los comentarios de Homero y de Hesíodo, que lo arrebataban, Juliano se impregnaba cada vez más del espíritu helénico, tan distante como cabe de los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento.

     El príncipe seguía frecuentando, no obstante, las iglesias y asistía regularmente a los oficios. Se empezaba a conocer al nieto de Constancio Cloro, y en los medios eruditos como en el pueblo, el joven príncipe gustaba por su inteligencia y su sencillez:

     «Con el más sencillo atuendo, sin otra escolta que la de austeros pedagogos, se le veía acudir puntualmente a sus clases. Él, el nieto de Constancio Cloro, el sobrino de Constantino, el primo del Emperador reinante, no tenía ningún afán de mantener su rango. Respondía a las invitaciones, y en ninguna reclamaba la prelación. En la escuela obedecía con la misma premura que los demás; se marchaba a la misma hora que los demás. No pedía nada más que los otros. Si, bruscamente, se hubiese irrumpido en la sala donde se encontraba, ya se hubiera podido buscarlo con los ojos entre los alumnos, no se habría podido reconocerlo por ninguna de las marcas con que suelen afirmarse las situaciones eminentes... No obstante, pese a su recogimiento deliberado, lo que había de regio en su naturaleza se revelaba mediante indicios impresionantes» (Libanio, Obras).

     Físicamente, el historiador Bidez nos traza del joven príncipe un retrato viviente:

     «Juliano, en efecto, se acercaba a su vigésimo año, y se hallaba en toda la belleza de su adolescencia. De estatura mediana, tenía la espalda ancha, el cuerpo bien formado y, sobre todo, una fisonomía atractiva. Sus ojos estaban llenos de brillo y tenía la mirada conmovedora de una juventud ardiente y pronta a exaltarse por cuanto parecía justo y noble. Si se añade que era abierto, vivaz y jovial, así como sencillo y afable y que en la calle se dejaba abordar por los más humildes sin mostrar la altivez, la rigidez hierática que Constancio cuidaba de prestar a su actitud cuando aparecía en público, se explicará el malestar y la alarma del Emperador cuando se enteró por delaciones de la popularidad creciente de su primo» (J. Bidel, Vie de l'Empereur Julien. París, 1930, pp. 53-54).

     En efecto, Juliano recibió pronto la orden de abandonar Constantinopla para regresar a Nicomedia, donde había pasado la primera parte de su juventud. Afortunadamente para él, la metrópoli de Bitinia acababa, en la persona del retórico Libanio, de alcanzar una gloria nueva. Al contacto del maestro, Juliano recibió las lecciones de dialéctica que le faltaban y adquirió ese buen gusto, ese tono justo que son el signo de una educación perfecta. Además, Libanio era pagano, lo cual no podía desagradar a su nuevo discípulo.

     La llegada del joven príncipe a Nicomedia era una instigación discreta a las asociaciones secretas paganas que frecuentaba Libanio y que no iban a tardar en atraer a Juliano, a pesar de la estrecha vigilancia ejercida por la Policía imperial. Aquella llegada, por repetir los términos del propio Libanio,

    «fue el principio de los mayores bienes, tanto para él como para toda la Tierra. En efecto, había aún en aquel lugar un destello de arte adivinatoria, que había escapado con dificultad a las manos de los impíos. Aquel resplandor permitió a Juliano buscar el rastro de lo que le tenían escondido. Reprimió su odio violento contra los dioses y se dejó ablandar por las predicciones de los oráculos» (Libanio, Orat. XII, 11).

     ¿Cuál era entonces aquella «teurgia» o «magia ceremonial» practicada por las sociedades secretas de la época?. ¿Cuál era el secreto de aquellas reuniones esotéricas que finalizaban con la celebración de misterios a los cuales Juliano pronto iba a ser iniciado? El que, por amor del helenismo, quería realzar el prestigio de la antigua religión a las luces de la filosofía neoplatónica, veía ya los progresos extraordinarios del cristianismo, cuyo éxito estaba asegurado entre las masas.

     La línea trazada al esoterismo, saber reservado a una élite, ¿podía crear una aristocracia que se tornase la ciudadela inexpugnable del mundo romano batido por las olas de la desesperación?.

    Resulta harto difícil responder en la hora presente a una pregunta como ésta que pone en entredicho muchas de las enseñanzas recibidas. En cualquier caso, se puede constatar que la última época del paganismo romano, antes de su derrota total ante la Iglesia de Pedro, debía contar con los filósofos más brillantes de la Antigüedad, desde la muerte del divino Platón.

     Pero, volviendo a lo que los Padres de la Iglesia han llamado «sectas» y «templos de Satán», poseemos algunos datos acerca de ello.

     Aparte de los oráculos propiamente dichos, muy numerosos en la Antigüedad, los más célebres de los cuales fueron los de Delfos, bajo la protección del Apolo solar, y el de Amón en Egipto, sin evocar las profecías de Dodona y de Trofonio, hubo santuarios reputados por los «milagros» que se desarrollaban en ellos ocasionalmente y de los cuales la predicción no estaba excluida. En el espíritu de los Antiguos, los dioses vivían casi junto a los humanos, interviniendo constantemente para influír en su destino, de modo que la providencia se les antojaba como un fenómeno natural ligado al orden del mundo.

     En esta categoría viene a situarse el templo de Heliópolis en Baal'Beck, que recuerda la teología solar, muy apreciada en aquella época. Macrobio dice al respecto:

     «La estatua de oro del dios es llevada en angarillas por los notables del país, que tienen la cabeza rapada y se han purificado por una continencia prolongada. Los mueve un espíritu divino y entonces van, no adonde les agrada, sino allí donde el dios les impulsa».

     Igual que en Hierápolis, en Siria, donde, según el pseudo-Luciano,

    «el Apolo sirio se mueve solo y da personalmente sus oráculos. He aquí cómo. Cuando quiere hablar (es decir, evidentemente su estatua), comienza por agitarse en su trono. Acto seguido, los sacerdotes lo alzan. Si no lo hacen, se agita y suda cada vez más. Cuando lo transportan a hombros, los hace girar sobre sí mismos y pasar de un sitio a otro. Por último, el gran sacerdote se presenta ante él y le dirige toda clase de preguntas. Si el dios desaprueba, retrocede; si aprueba, hace andar a los portadores hacia delante y los guía como con riendas. Así es como se recogen sus oráculos, sin los cuales no se emprende ningún acto religioso o profano».

     Para creer en semejantes cosas, cabe suponer que los fieles habían de estar sumidos en un estado de éxtasis hipnótico.

     Sentado esto, conviene observar que el Evangelio no es el único texto sagrado que refiere la existencia de milagros. El propio Jesús tuvo un contemporáneo en la persona del taumaturgo y filósofo Apolonio de Tiana, que llevó a cabo numerosos prodigios y cuyo renombre sobrevivió mucho tiempo a su desaparición, hasta el punto de que Napoleón, adolescente aún, escribió, en el colegio de Bienne, una apología del célebre «mago». Juliano, todavía bastante más, veneraba a aquel discípulo de Pitágoras, iniciado en numerosos «misterios».

     Respecto a ello, sería menester evocar tres «cofradías» de la Antigüedad, bastante secretas, es cierto, en las cuales Juliano, aparte de su bien conocida afiliación mitríaca, recibió la iniciación reservada a los mejores de entre los fieles. Citemos los nombres de Atis, de Serapis y de Isis. No conocemos, por desgracia, las ceremonias y los ritos de aquellos cultos en apariencia tan diferentes, pero en realidad muy aproximados, sino por testimonios indirectos, pues la revelación de los «misterios» a los profanos se castigaba con la muerte. Lo que sabemos es la experiencia prodigiosa que constituía la iniciación tradicional. El neófito pasaba por varios estados, el primero de los cuales era la muerte espiritual, muy próxima, por sus angustias, de la desaparición física. El segundo estado era la resurrección del discípulo, seguida de su «regeneración» por la luz divina. Entrar en contacto con nuestro «yo profundo» que participa de la sustancia cósmica, tal era el objeto de aquellas pruebas y de aquellas prácticas religiosas destinadas a desprendernos, mediante una catarsis liberadora, de nuestro viejo cuerpo, tal como hace la serpiente en el momento de la muda. En menor grado, es lo que hace el psicoanalista con su paciente. A la luz de tales enseñanzas debe comprenderse la teosofía antigua y los cultos que vamos a evocar.

     El culto de Atis y de Cibeles fue el primero que se extendió desde Grecia por el Imperio romano. Con ocasión de las guerras contra Cartago, el oráculo sibilino prescribió el transportar a Roma a la «Gran Diosa» (Cibeles), que se hallaba en el monte Ida. Cosa curiosa, el símbolo de la diosa estaba encerrado en Pérgamo (Asia Menor), en forma de meteorito negro o betilo, es decir, una piedra caída de los cielos: lapis ex coelis. Aquí encontramos una analogía con el mito del Grial, piedra celeste caída de la frente de Lucifer, el demiurgo. Cuando se sabe que Cibeles es considerada como la «madre de los dioses», se comprende mejor esta significación solar ligada a la aparición del «huevo del mundo» y de la «Vía Láctea»; el fuego de la tierra y el fuego del cielo han surgido de la misma fuente divina, a la vez macho y hembra, o andrógino, cualidad del ser primordial. La piedra fue conducida a Roma en 205 a.C., en medio de grandes solemnidades. La cosecha fue aquel año en extremo abundante, lo cual pone de relieve el poder creador y fecundante de la diosa. Un templo le fue alzado en Roma, en el monte Palatino, y cada año se celebraron juegos en honor suyo.

    En relación con el simbolismo andrógino de la divinidad, los sacerdotes de Cibeles hacían el sacrificio de su virilidad tornándose eunucos y se vestían de mujer. El personaje central del mito, Atis, era, según la leyenda, hijo o amante de Cibeles, elemento masculino de la diada. Los fieles, multilándose en el curso de ceremonias orgíacas, ofrecían a la Gran Madre su fuerza generatriz, esperando que aquella sangrienta ofrenda estimularía las fuerzas vitales de la Naturaleza.

     Paralelamente a estas manifestaciones exteriores, en los templos se desarrollaban ceremonias mucho más secretas. Aquella asociación cerrada reproducía los ritos del antiguo culto frigio. A esta «secta» estuvo afiliado Juliano.

     A fin de guardar el secreto, un ala entera del santuario estaba reservada a esas misteriosas prácticas religiosas. Allí, en una gran sala, se encontraba un trono sobre el cual se alzaba la estatua del dios Atis representado en forma de un hermoso joven. Los «misterios» constaban de dos grados, igual que en los «grandes misterios» de Eleusis. El primer grado se llamaba «iniciación», y el segundo, «umbral del templo». El candidato al primer grado recorría un largo pasillo sumido en la oscuridad y luego, tras diferentes purificaciones, desembocaba en el centro de la sala por alguna bóveda y se presentaba ante el trono del dios donde era sometido a diferentes ritos que ignoramos, simbolizando su unión con la divinidad y por lo mismo su propia divinización. Una de las viejas fórmulas utilizadas en esta ocasión nos ha sido conservada: Feliz y bendito, serás dios en lugar de mortal.

     Parece ser que el candidato, en el curso de la prueba, bebía en una copa un brebaje sagrado análogo al Soma de Zoroastro. Aquel «oro líquido», o «licor de los dioses», permitía «visualizar» el mundo divino. Juliano quedó tan arrebatado por estos «misterios» que escribió en una noche su famoso Discurso sobre la Madre de los Dioses, en el que exalta a Cibeles. El príncipe filósofo concibe a Atis como

     «la sustancia de la inteligencia fecunda y creadora que engendra todo hasta el último grado de la materia, que contiene todas las razones y todas las causas de las formas materiales... Pues causas primeras no contienen las formas de los elementos últimos... Emanación de Helios —el tercer creador—, Atis desciende hasta la Tierra, por efecto del excedente de su fecundidad» (Discours sur la Mere des Dieux, 161 C, 161 D y 162 A).

     El «gorro con adorno de estrellas» con el que Cibeles cubre a Atis (el gorro frigio) simboliza el cielo aparente y el gallos, la Vía Láctea, «donde se efectúa la mezcla del cuerpo apacible y del movimiento circular del quinto cuerpo»; Atis desciende entonces en el antro donde tiene comercio con la ninfa, la cual representa el «principio humano de la materia». En cuanto a la madre de los dioses, «madre y esposa de Zeus, dueña de toda vida», lleva en sí misma, según una expresión de Gabriel de Rochefort, las causas de todos los dioses inteligibles o hipercósmicos, es la «fuente de los dioses intelectuales», y dado que posee «las causas de las formas materiales, ordena a su ayudante que dé a luz en lo inteligible, para evitar su progresión hacia la materia». Atis prosigue no obstante su descenso hasta las extremidades de ésta; es descubierto por el LEÓN —principio ígneo— y se mutila en un ataque de locura, señalando así la detención de su «carrera al infinito». La madre lo llama por último a sí, y él recibe por escolta a las Coribantes, que son las tres hipóstasis soberanas de las razas superiores que vienen después de los dioses.

     No era de extrañar que esta interpretación «gnóstica» del hombre-dios grata a Juliano hallase un eco favorable en un autor moderno como Rosenberg, filósofo oficial de Hitler que hará de Juliano, en su El Mito del Siglo XX, uno de los héroes de la epopeya aria. Estas correspondencias, a dieciséis siglos de intervalo, no tienen por qué extrañarnos si es cierto que existe, a lo ancho del mundo, una cadena de «iniciadores» que se sitúan más allá de las tiempos.


LOS MISTERIOS DE SERAPIS

     Si ha lugar a evocar ahora los misterios de Serapis, es porque este dios está ligado una vez más a la teología solar elaborada por la escuela neoplatónica y continuada por Juliano.

     Serapis es un dios greco-egipcio, formado de Osiris, dios de los muertos, y de Apis, el toro fecundo. En relación con el culto de Mitra y del Sol, la adoración de este dios fue muy extendida en la Antigüedad romana. Los Ptolomeos fueron los primeros en proteger este culto en el Cercano Oriente.

     Es sabido que Osiris es el guía de los muertos en el reino de las tinieblas, es la luz divina, el «Sol tapado», símbolo de la carrera oculta del astro en el reino de la noche. Apis, el dios-toro, representa el elemento vital de la diada, por el valor santificador y fecundante de la sangre que sacraliza el sacrificio divino al concentrar en su esencia la irradiación del logos solar, así como el Grial, o vaso de la sangre pura, exalta la comunión mística con Dios.

     Apis fue asimilado a Osiris en los misterios, y su cuerpo embalsamado fue enterrado en las cámaras subterráneas del serapeum de Menfis, donde se celebraba el culto de Osiris-Apis.

     Serapis se convirtió entonces en el dios principal del panteón egipcio hasta transformarse, según la expresión de O. E. Brien, en una deidad universal, que absorbía por asimilación a los otros dioses. «Fue el soberano supremo, apto para asegurar el poder mundial a los príncipes que lo veneraban». (Esto explica la devoción de los Ptolomeos por este dios, ellos que reinaban en Egipto, y más cerca de nosotros la devoción de Juliano, llamado a gobernar el Imperio romano). Cabía aplicar al monarca protegido por Serapis

    «las palabras que el viejo soberano del panteón egipcio Amón había pronunciado dirigiéndose al faraón Tutmés III: «Te doy el poder y el triunfo sobre todos los países. Todos los pueblos tendrán pavor en presencia de tu alma, y te temerán hasta en los extremos más remotos del mundo, donde están las cuatro columnas que soportan el cielo». Fue para sus adoradores el dios único, calidad constantemente puesta de relieve en todas las alabanzas que le eran otorgadas, y una fórmula de los actos oficiales proclama: «Uno es Zeus-Serapis». Igual que antes en la antigua religión egipcia, Osiris había sido asociado al Sol, y Serapis fue identificado con Helios. Esta concepción concordaba bien por lo demás con el panteísmo solar que se extendió a favor del helenismo en todo Occidente y que se convirtió, como hemos visto, en el nervio de la doctrina teológica del paganismo expirante» (O. E. Briem, Les Sociétés Secretes de Mystéres, pp. 352-353).

     Abordemos, por último, los misterios de Isis, cuyo interés es muy grande, pues resucitan la atmósfera teúrgica del paganismo en el siglo IV. Apuleyo nos hace una descripción maravillosa de una ceremonia de iniciación; y ante todo nos muestra a la diosa en su santuario:

     «Largos cabellos muy tupidos, ensortijados y sueltos, flotaban blandamente sobre una nuca divina. Bajo una corona de flores diversas, sobre la frente, un disco plano en forma de espejo, imagen de la Luna, irradiaba blanca luz. En soporte de este atributo, a derecha y a izquierda de la cabeza, unas víboras erguían su cabeza flexible y unas espigas de trigo se balanceaban. El color cambiante de la túnica de lino era sucesivamente blanco como el lirio, dorado como el azafrán, encarnado como la rosa. Y lo que me impresionó más vivamente fue un gran manto absolutamente negro, de un negro resplandeciente, que ceñía el cuerpo de la diosa, pasando de la cadera derecha a la izquierda, como un escudo, con un pico que caía en mil pliegues graciosos, y alrededor un lindo flotar de flecos. Tanto en los ribetes como en el tejido brillaban miles de estrellas, en medio de las cuales una luna llena lanzaba miradas de fuego. Pero había más: un bordado ininterrumpido, en el que todas las flores estaban con todos los frutos, daba la vuelta al manto. Además, ¡cuántos atributos diferentes! En la mano derecha, un sistro de bronce cuya delgada placa curvada en forma de tahalí, con el golpeo de algunos palillos, cuando la diosa movía el brazo, tintineaba con agudo sonido. De la mano izquierda pendía una lámpara de oro, cuya asa, en su curva más hábil, portaba un áspid que erguía la cabeza e inflaba el cuello. Por último, las sandalias que calzaban los pies de la inmortal estaban tejidas de fibras de palmera, árbol de victoria. Así era la diosa soberana, y olía a perfumes de Arabia».

     Después de esta evocación de la «gran diosa», Apuleyo nos hace asistir a la procesión ritual en las calles de Isis, patrona de los navegantes.

     «Mujeres con espléndidas vestiduras blancas y gozosas con sus varios atributos, coronadas con los colores de la primavera, llevaban brazadas de florecillas con las que sembraban el camino por donde avanzaba la procesión. Otras mujeres caminaban portando a la espalda espejos que precedían inmediatamente a la diosa y en los cuales ésta podía contemplar la continuación del cortejo. Las había que manejaban peines de marfil, y por el movimiento de sus brazos y por la inflexión de sus dedos parecían peinar a su reina. Otras aún, provistas de bálsamos y de perfumes, rociaban en ellos el suelo gota a gota.

     «Todo un gentío de hombres y de mujeres iba detrás con linternas, antorchas, velas y toda clase de luces, por ganarse el favor de la diosa que ha creado los astros del cielo.

     «Los pontífices, esos grandes maestros del culto, revestidos con una gran túnica de lino blanco ceñida en el talle y que les llegaba a los pies, portaban las insignias augustas de las omnipotentes divinidades. El primero sostenía una lámpara de viva claridad, muy diferente de las lámparas con las que alumbramos nuestras cenas; de oro, hueca como una barca, una gran llama brotaba de sus flancos. El segundo, parejamente vestido, sostenía con ambas manos unos altares llamados "socorros", nombre que deben a la vigilancia socorredora de la diosa soberana. Un tercero avanzaba alzando un ramo de oro artísticamente cincelado y el caduceo de Mercurio. El cuarto mostraba a todos el emblema de la justicia que era una mano izquierda abierta; una pereza natural, ninguna prontitud, ninguna habilidad habían hecho seguramente preferir la mano izquierda a la derecha para simbolizar de una manera congruente la justicia. El mismo pontífice sostenía también un pequeño jarro de oro en forma de seno y sacaba de él libaciones de leche. Un quinto cargaba con un jarrón de oro en el que se hacinaban ramas de oro. Y otro más, por último, portaba un ánfora».

     El cuadro al cual acabamos de asistir nos da una idea de lo que podían ser la riqueza y la magnificencia de las fiestas de Isis. Pero no hemos llegado al final de nuestros descubrimientos. Cuando el neófito deseaba ser iniciado en los misterios de la diosa, se dirigía al gran sacerdote, y si éste lo juzgaba digno le daba tiempo a reflexionar conduciéndolo a una pieza donde el aprendiz meditaba sobre su condición. En la masonería, ese lugar se llama hoy «gabinete de reflexión». Después de esto, el neófito se purificaba con baños de agua lustral que le libraban de las malas influencias y, revestido sólo con la túnica de lino, era conducido al santuario.

     Por desgracia, Apuleyo, que fue un iniciado, estaba obligado al secreto, y nos advierte que sólo podrá revelarnos las ceremonias exteriores, no los ritos iniciáticos:

     «Sin duda vas a interrogarme ansiosamente, lector atento, por saber qué se dijo después, qué se hizo. Lo diría si pudiera ser, lo sabrías si estuviese permitido decirlo. Pero para los oídos y para la lengua, sería una falta pareja tan temeraria curiosidad. No obstante, quizá sea un piadoso deseo el que te tiene en suspenso, por lo que no haré durar mucho tiempo tu impaciencia. Escúchame, pues, pero créeme, pues digo la verdad. He alcanzado los confines de la muerte, he pisado el umbral de Proserpina y he regresado llevado a través de todos los elementos. En medio de la noche, he visto resplandecer el Sol con puro brillo. He visto también los dioses infernales y los dioses celestes, he podido contemplar su faz, y de cerca los he adorado. He aquí lo que puedo referirte. Pero por mucho que hayas oído mis palabras, ignorarás su sentido: el destino lo quiere. (...)

     «Así es que todo cuanto puede ser comunicado sin sacrilegio a espíritus profanos es lo que voy a referiros. La mañana brilló, las ceremonias terminaron y entonces me adelanté revestido de doce ropajes sacerdotales. Por ritual que fuese aquel atavío, nada me impide hablar de ello, pues en aquel momento, todo el gentío lo vio. En el centro mismo del templo, delante de la estatua de la diosa, había sido colocada una alta tarima de madera, y fue sobre ella donde me hicieron poner. Una vestidura de lino, de flores pintadas, me designaba. De mis hombros colgaba sobre la espalda y hasta los talones una soberbia clámide. De cualquier lado que me mirasen, se me veía decorado con animales de todos colores: aquí dragones de la India, allí grifos hiperbóreos, esos cuadrúpedos alados como las aves y que produce otro mundo. Esta clámide es lo que los sacerdotes llaman estola de Olimpia. En mi mano derecha llevaba una antorcha encendida, tenía la cabeza ceñida por una corona de palma cuyas hojas apuntaban como rayos. Así ataviado a imitación del Sol [1], puesto allí como una estatua, aparecí cuando de golpe descorrieron las cortinas, a los ojos ardientes del gentío. Posteriormente, aquel hermoso día, el día aniversario de mi renacimiento en el seno de los misterios, lo he celebrado siempre con delicados manjares, con alegres banquetes. El tercer día se desarrollaron las mismas ceremonias, y luego tuvo lugar el almuerzo sagrado. La iniciación estaba cumplida».

[1] El Sol evocado aquí por Apuleyo no es el Sol físico sino su doble etéreo, situado en el Universo espiritual, invisible a la mirada ordinaria. El Sol visible es, en efecto, según la tradición oculta, una emanación del Sol central, que es la fuente escondida de todo lo que ES en nuestro Sistema Solar. Nuestro Sol visible no es más que el espejo en el cual se reflejan los rayos de energía emanados del Sol espiritual. El Sol real es tan invisible como el hombre real a los ojos del profano.

     El segundo grado de los misterios de Isis estaba formado por «los misterios nocturnos del dios supremo», lo cual nos conduce de nuevo a Serapis-Osiris, dios supremo, elemento masculino de la diada. Por esto el politeísmo de los Antiguos aparece mucho más formal que real. La unidad trascendente del «Innominado», es lo que Juliano, filósofo clarividente, había comprendido. A su juicio, el cristianismo representaba más bien un empobrecimiento, comparado con la riqueza simbólica de los antiguos cultos, muy bien diversificados y adaptados a la mentalidad de cada pueblo y hasta de cada individuo.

     Ya Pitágoras, en el siglo VI a.C, enseñaba la unidad de Dios y la doctrina de la reencarnación predicada por el brahmanismo y el budismo. A esta concepción muy elevada, el filósofo matemático añadía un conocimiento profundo de la naturaleza vegetal y animal, progresando hasta la realidad del Cosmos. Juliano se proclama muy a menudo, en sus cartas, el heredero de Pitágoras, como sus maestros venerados, Proclo y Yámblico. Platón y más tarde su discípulo tardío Plotino se valdrán del filósofo de Cretona y de su revelación astral. En Occidente, el teurgo y mago iniciado en Egipto puede ser considerado como el padre de la ciencia esotérica tradicional griega y romana. Louis Rougier escribe al respecto en su librito La Religión Astral de los Pitagóricos (p. 100, 1959):

     «El cosmos bipartito de Pitágoras, de Platón y de Aristóteles era un marco maravillosamente apropiado para acoger la visión del mundo de las economías de salvación y de las religiones de misterios del Oriente mediterráneo: astrolatría caldea, mazdeísmo, cultos anatolios y sirios, gnosticismo, hermetismo, judaísmo de la Diáspora y judaísmo palestinense, esenismo, mitraísmo, cristianismo, neoplatonismo, maniqueísmo, teurgia, alquimia y astrología que, tras la conquista de Alejandro, irrumpieron en oleadas místicas sucesivas sobre el mundo greco-romano».

     El pitagorismo introducía, además, una mística de los números, atribuyendo a las cifras un valor sagrado correspondiente a un color, una nota musical y una vibración cósmica. De esta suprema «armonía», de esta «música de las esferas», elevándose hasta la escala divina, lo ignoramos todo en la hora actual, pero en la época de Juliano estos conocimientos todavía estaban extendidos entre los iniciados de «alto grado», y Juliano, antes de ser Emperador, fue uno de ellos, lo cual explica su fulminante ascensión y su elevación a la magistratura suprema.

     Por el momento, el príncipe no abrigaba proyectos tan ambiciosos y se contentaba con estudiar, con todo su juvenil ardor, «la ciencia de los maestros de sabiduría», en primera fila de los cuales figuraba Yámblico el Egipcio. Detengámonos un instante sobre la teología solar del filósofo alejandrino que Juliano había de magnificar algunos años más tarde en su Discurso sobre Helios-Rey.

     Yámblico, el filósofo neoplatónico del siglo IV d.C., discípulo de Porfirio, renovó enteramente la metafísica del paganismo dejando un amplio espacio a los dioses tradicionales de la Antigüedad y a la ciencia de Egipto.

     En su obra capital, Misterios de Egipto, el filósofo de Alejandría estableció una especie de sincretismo religioso a base de teurgia, astrología y conocimientos esotéricos.

     Rechazando o, mejor dicho, sobrepasando las viejas mitologías, Yámblico aporta una explicación del mundo, una cosmogonía y una cosmogénesis que ilustra la espiritualidad a la luz del conocimiento.

     Ya Plotino había situado en sus Enéadas en la cima del COSMOS, al LOGOS divino, emanación del DIOS ÜNICO E INNOMINADO hacia el cual todas las almas arrojadas al mundo aspiraban a retornar en una ascensión gradual a través de los mundos cada vez más sutiles de la MATERIA, del AIRE y del ÉTER.

     Porfirio completaba esta concepción afirmando que los numerosos dioses de la mitología griega no eran más que los atributos y las apariencias múltiples de una realidad divina una en su principio. Una jerarquía se establecía naturalmente entre estas apariciones simbólicas y los «grandes dioses», tales como Júpiter o Apolo, ligados a la epifanía del Sol, principio activo de nuestro Universo, en el que ambos ocupaban el primer puesto.

     Yámblico aportó su remate a esta obra grandiosa que, en numerosos aspectos, ofrece un lazo de parentesco con la concepción gnóstica cuya influencia conocemos sobre las «herejías» cristianas, principalmente el catarismo

     La frase de Platón: «Convendrás en que el Sol confiere a los objetos visibles no sólo la facultad de ser vistos sino también la génesis, el acrecentamiento y la vida, AUNQUE NO SEA ÉL MISMO LA GÉNESIS», había impresionado al alejandrino y conducido a pensar que el Sol que nos alumbra no era el verdadero Sol, principio activo de nuestro COSMOS, sino más bien su espejo o su imagen.

     Este astro superior, «trascendente» e «intemporal», conducía a la creencia en dos mundos paralelos y distintos. Yámblico reduce esta antinomia imaginando un tercer mundo intermediario guiado por un mediador. En el interior y al frente de cada uno de estos tres mundos se encuentran entidades espirituales distintas.

     Volvemos aquí a la TRINIDAD adoptada tanto por el cristianismo como por la filosofía céltica de los druidas (la TRIADA) o los pitagóricos. El mundo más bajo estaba constituído por nuestro Universo visible con sus planetas y su SOL FÍSICO.

     El mundo PROCÓSMICO formaba el Universo intermediario, gobernado por un MEDIADOR surgido de la esencia fecunda del BIEN. Por último, el mundo HIPERCÓSMICO coronado por el Sol Negro [2], principio supremo de toda la creación, formaba la esfera superior de esta trilogía. El mundo intermediario impedía toda ruptura entre el hombre y Dios, asegurando la continuidad del SER.

[2] El Sol Negro y la Ciencia. La existencia del Sol Negro no es negada por todos los sabios, algunos de los cuales no dudan en darle un valor objetivo al margen de su significación oculta. Así, para Louis Claude Vincent y el doctor Rousseau, que han pasado gran parte de su existencia observando el Sol y realizando experimentos sobre la luz, la luz terrestre provendría de la iluminación electromagnética de la ionosfera solar: «El Sol sería un astro frío y congelado, de naturaleza ferromagnética; el verdadero Sol no emitiría ni luz ni calor, sino ondas electromagnéticas. Estaríamos entonces en presencia de un fenómeno de ionización, y todo ocurriría como en un tubo de neón, pues el Sol se traslada en espiral alrededor de un circuito eléctrico equipotencial de la Galaxia, el cual es perpendicular al eje magnético. El Sol NEGRO Y REAL, situado a 149.500.000 kilómetros, en el frío absoluto, emitiría rayos electromagnéticos que provocarían sobre la punta de la ionosfera solar una imagen luminosa situada a 800.000 kilómetros aproximadamente de distancia. Así, según Louis Claude Vincent, sólo vemos una imagen del Sol a través de nuestra atmósfera» (Jean-Pierre Bayard, Le Monde Souterrain, Flammarion, 1961, p. 170).
     La alquimia evoca también al Sol Negro, que estaría situado en oposición con el Sol brillante, en el segundo foco de la elipse, y por tanto invisible. Detrás de este «disco oscuro» se encontraría la verdadera y suprema fuente luminosa que emana el RAYO VERDE, color sagrado enlazado con el GRIAL y la RAZA PRIMORDIAL, pretendidamente originaria de Venus, el «planeta verde». Observemos que la luz coronal de nuestro Sol es precisamente verde, tal como lo han observado los científicos (en cuanto al espacio, es frío y oscuro, tal como lo han constatado los astronautas), y se sume «en el arrebato». En los Upanishads hindúes hallamos un eco del «doble Sol» en este himno: «¡Oh! Sol, presente en todas partes, hijo del Señor de la Creación, manda a tus rayos, retira tu luz. Quita el velo a fin de que pueda ver su raza; su faz velada por tu disco de oro. Pues aquél que está allí, ese ser, es yo mismo».

     Juliano quedó seducido por esta construcción que hablaba tanto a su ardiente deseo de misticismo como a su inteligencia, ávida de comprensión y de conocimiento. La HELIOLATRÍA natural del príncipe hallaba, por fin, un alimento a su ardor. En lo sucesivo, la imagen de Cristo se borra para dar paso a un monoteísmo de esencia solar, único capaz a sus ojos de reavivar ese cuerpo exangüe en que se ha convertido el Imperio romano.

     Pero comprender no lo es todo; es preciso también «vivir» las creencias. Eso es lo que Juliano sintió antes que nada. Por esto quiso hacerse iniciar en los «misterios esenciales» del culto HELÍACO, a saber, los misterios de Mitra [3].

[3] Oriundo de Oriente, el culto de Mitra se remonta a la época remota en que la India y el Irán comulgaban en la misma religión. Posteriormente, ese culto subsistió en la Persia mazdeísta, pues Mitra fue considerado por Zoroastro como uno de los IZED (genios de los cuatro elementos). En su primera forma, Mitra es asimilado al Sol, Señor del día y de la luz celeste. También es el «dios de las promesas», pero su función esencial es la de un gran dios vital principio de la vegetación y de la fertilidad. Enemigo del mal en todas sus formas, Mitra aparece como el Sol al alba, en su carro tirado por cuatro caballos blancos, y cruza el firmamento. El día en que el Sol se halla más alto en el cielo (21 de Junio, en el hemisferio Norte) le está consagrado. Tras la caída del Imperio persa, vencido por Alejandro, el culto mitraísta conoció un nuevo impulso en los reinos helenísticos, y luego en Roma. Los mitos que rodean el nacimiento del dios son significativos de su supremacía sobre cualquier otra divinidad.
     Asociado a la luz, Mitra ha salido de la roca surgida de la bóveda celeste (petra genitrix). Esa «piedra fecunda» era venerada simbólicamente en los templos. Descansando en los árboles sagrados y las plantas, Mitra, tocado con el gorro frigio, fue adorado por los genios de la Tierra. Combatiendo al toro, lo venció y lo mató. Del flanco del animal se escaparon toda suerte de hierbas y de plantas, pero sobre todo la sangre del toro FUE TRANSFORMADA EN VINO. Del toro resucitado nació la potencia de Mitra, que cobra figura de regenerador de la vida terrestre. Sobre esta leyenda se instauró el culto de SOL INVICTOS MITHRA, muy extendido entre los soldados en las legiones romanas. Su éxito fue tal que estuvo a punto de ganar al cristianismo. Algunos grados iniciales parecen revestir un carácter puramente militar, cosa normal en una religión viril que exalta la acción y la pureza. El culto fue propagado principalmente por el Ejército que dejaba veteranos instalados en todas las provincias conquistadas. Los Emperadores romanos tenían a Mitra en favor particular y Cómodo, Diocleciano y Aureliano fueron fervientes adoradores de ese dios, proclamado «protector del Imperio mundial romano».
     Los «misterios» de Mitra constaban tradicionalmente de siete grados, cifra de la iniciación, Los neófitos eran sucesivamente CUERVO (Corax), OCULTO (Cryphius) SOLDADO (Liles), LEÓN (Leo), PERSIA (Pereas), CORREO DEL SOL (Heliódromos) y PATES (Padre). Estos nombres correspondían a un simbolismo rico en significación. Los tres primeros grados correspondían a escalones preparatorios. Con el tercer grado, el misto comenzaba a penetrar en el arcano de los misterios. Llegado a soldado, el iniciado recibía la corona de Mitra que debía abstenerse de llevar. En el curso del cuarto grado, el misto era ungido de miel con miras a apartar de él la impureza. El adepto se tornaba entonces «participante». En el escalón siguiente, revestía un ropaje persa y se tocaba con el gorro frigio. Llegado al grado de Heliódromos, se convertía en «compañero del Sol». El ceremonial del último grado (Pater) nos es desconocido. En la cima se hallaba el «padre de los padres» revestido de altas funciones eclesiásticas.
     Los sacerdotes de Mitra eran a la vez oficiantes y conductores de almas. Por la mañana, a mediodía y por la noche, daban gracias al Sol, respectivamente vueltos hacia el Oriente, el Sur y el Occidente. El santuario de Mitra siempre era subterráneo. Comprendía un vestíbulo, especie de «sala de espera» para los candidatos a la iniciación, un Pronaos o umbral del templo que daba acceso a la «sala de los misterios». Se bajaba a ésta por una escalera. Aquella «cripta» simbolizaba al Universo, y su bóveda estaba guarnecida de estrellas. Al fondo de la cripta estaba la estatua de Mitra en forma de joven inmolando a un toro. Tras la ceremonia, los mistos comulgaban en un ágape sacramental, bajo la forma del PAN y del VINO. El nombre de la ceremonia, Epifanía, tiene relación directa con el culto solar en recuerdo del último yantar efectuado por Mitra en compañía de Helios.
     La religión de Mitra era una verdadera FE, comparable con la metafísica del cristianismo, lo cual hace decir a Renán: «Si el cristianismo hubiese sido detenido en su crecimiento por alguna enfermedad mortal, el mundo habría sido mitraísta».

     De Nicomedia, Juliano podía fácilmente trasladarse a las provincias limítrofes del Ponto Euxino, a Bitinia y Capadocia. El semi-destierro que sufría le permitía visitar las ciudades de Éfeso y de Pérgamo, donde pudo ponerse en relación con sectarios de Mitra.

     Un día, Máximo de Éfeso, teurgo célebre con quien el príncipe Flavio había trabado amistad, lo invitó a celebrar el primer grado de iniciación mitraica. Fue un gran día para Juliano.

     Lo llevaron al borde de las rocas que dominaban el mar, a algunas leguas de la ciudad de Pérgamo. Allí un anciano vestido de blanco lo aguardaba y lo invitó a seguirlo. Los dos hombres penetraron en una gruta que se abría sobre un promontorio rocoso que dominaba el mar. El Sol poniente acariciaba con sus últimos rayos la entrada de la caverna. Entonces el anciano, que era el gran sacerdote de Mitra, invitó a Juliano a despojarse de sus vestiduras y le dio una túnica de lino blanco, pues la lana de origen animal es impura. El hierofante precedió a Juliano en un subterráneo más angosto, especie de pasillo que desembocaba en una vasta sala abovedada tallada en la roca, que se parecía extrañamente a una cripta o una tumba. La claridad vacilante de una lámpara de bronce daba a todas las cosas un fulgor espectral. Juliano fue presa de una angustia súbita. ¿No iría aquella estancia a ser su última morada? El anciano le preguntó con voz grave si estaba dispuesto a conocer la iniciación... ¡y morir! Superando un temor creciente, el joven respondió que sí. Entonces, el sacerdote se retiró, dejando a Juliano en la soledad. Una pesada piedra fue colocada delante del orificio.

     Luego reinó el silencio. Sobrecogido de intenso pavor y creyendo llegada su última hora, el neófito se abalanzó sobre el muro, que se puso a golpear con los puños, pero únicamente le respondía el eco de sus gritos. Entonces, calmándose poco a poco, se abismó en la meditación, comprendiendo el sentido de aquella prueba. Al cabo de un día el aceite de la lámpara se agotó y la caverna quedó sumida en la oscuridad. En las tinieblas que lo rodeaban, Juliano ya no se sentía solo. Una luz azulada y centelleante brillaba ahora al fondo de la caverna... pero él no hubiera podido decir si aún seguía encerrado, tan ligero se sentía y librado de toda traba física. El ayuno prolongado purificaba su cuerpo y su espíritu, y una gran sensación de paz penetraba todo su ser. Se sentía leve como una pluma y su cuerpo le pareció flotar en el aire. Permaneció así, habiendo perdido la noción del tiempo, tres días y tres noches, con el agua de un cántaro de barro por todo alimento. Por fin, al término del tercer día, la luz inundó el sepulcro y Juliano conoció un nuevo nacimiento en la matriz de la Tierra. El anciano condujo el joven al aire libre y luego lo hizo entrar en una pieza muy clara: el templo de Mitra. Al fondo del santuario se alzaba una estatua de mármol blanco del dios-Sol representado con los rasgos de un joven tocado con el gorro frigio, que sostenía dos antorchas. A su alrededor estaban los hierofantes, silenciosos y dignos, revestidos con la toga blanca de los iniciados.

     Por orden del pontífice de Hécate, Juliano se tendió en el suelo, con los brazos en cruz y el rostro vuelto hacia el cielo. En aquel momento un himno muy dulce se hizo oír, cantado por el coro de los hierofantes, y Juliano cayó en éxtasis y oyó de nuevo la voz potente que le llamaba: «¡Soy Helios, tu padre!». El dios le pidió que restaurase el culto de los dioses y de Roma y que CONSERVARA LA FE. Juliano prometió CONSERVAR LA VIA ABIERTA AL SOL.

     Cuando, recobrado de su éxtasis, abrió los ojos, el nuevo iniciado percibió los semblantes radiantes de sus «hermanos» en Mitra. Los miembros de la comunidad, sucesivamente, lo abrazaron y el pontífice le murmuró al oído: «¡Conserva la vía abierta!». Entonces, la ceremonia finalizó y Juliano fue llevado de nuevo al aire libre, fuera del santuario, y reemprendió el camino de Pérgamo. En lo sucesivo, el príncipe Flavio sería enemigo del cristianismo, y aquella lucha no terminaría hasta la derrota del adversario. Más tarde, Juliano, acordándose de aquella jornada, referirá a sus amigos el mensaje de Helios:

     «¡Observa lo amenazado que está el Imperio, lo afectada que está la dinastía que lo gobierna! Es porque el verdadero dios, el Sol invencible, el salvador que derrama sus liberalidades sobre el Universo entero y cuyo esplendor brilla en todas partes a nuestros ojos, el que produce el verano y el invierno, y los animales y las plantas, el que conduce el coro de los astros y dirige la divina armonía de las esferas, el jefe de la ciudad del mundo, Helios, está despreciado y sus sacerdotes son deshonrados. Ahora bien, ¿y tú quién eres, tú al que un odioso perseguidor ha rebajado en las filas de una vil clericatura? El último representante de la más divina de las dinastías, de aquellas a las que un cetro glorioso está destinado. Tu alma ha descendido a este mundo con una chispa de fuego divino, señor de la vida y PADRE DEL SOL VISIBLE. El dios tiene su mirada fija en ti. A la hora en que haga falta salvar al helenismo y al Imperio, quizá te llamará».

     Y esa hora iba a sonar pronto. Mientras tanto, Constancio vigilaba cada vez más a su primo por tener algunas dudas en cuanto a su perfecta ortodoxia cristiana. Finalmente, tras haberlo convocado a Italia, volvió sobre su decisión y permitió a Juliano frecuentar Atenas, pensando que la retórica era un mal menor que la política.

     Juliano veía así satisfecho, por un capricho del Emperador, su más caro deseo. Conocer la capital del pensamiento antiguo, la ciudad de Platón y de Pericles, la ciudad de la sabiduría, que irradiaba como un faro de cultura sobre el mundo romano. ¡Qué felicidad ante esta idea, largo tiempo acariciada como una quimera! Aquel favor era en realidad debido a la emperatriz Eusebia, que le había cobrado afecto a Juliano ante el enunciado de sus desdichas familiares.

     En el transcurso del verano de 355, la nave que conducía a Juliano fondeó en el puerto de El Pireo. Un patricio de Antioquía, llamado Celso [4], acogió a Juliano en su elegante morada.

[4] Filósofo neoplatónico, célebre por sus controversias con los doctores cristianos, quienes lo tenían por muy peligroso.

     Aunque no fuese un frecuentador de las salas de lecciones, Juliano halló en Atenas un alimento para el fuego interior que lo devoraba. Leyendo mucho, sobre todo las lecciones de los profesores más notorios, Juliano, al mismo tiempo, hallaba en la ciudad del Ática una atmósfera apacible, un espíritu sutil que aún no había sido transformado por los ataques del cristianismo, apenas conocido por los atenienses, que manifestaban poco interés por él.

     Juliano gustaba de pasear en la maravillosa campiña que rodeaba a la ciudad, en medio de las colinas que llevaban los dulces nombres de Himeto, Pentélico y Licabeto. El camino de los ocios era, a veces, el de la Filosofía.

     «La ruta que siguió con preferencia fue la de los jardines de Academo, cuyas avenidas se alargaban al Norte de la ciudad, en dirección de Colona. La escuela de Platón, en efecto, perduraba allí, semejante a una especie de instituto monástico, con sus vastas instalaciones y sus "sosegadoras umbrías"» (J. Bidez, op. cit., p. 114).

     Independiente financieramente, aquella escuela podía dar libremente una enseñanza desprendida de toda traba.

    «Una vez al menos, por la puerta de Dipilon, y la vía sacra, Juliano se dirigió hacia Eleusis, pasó por los olivares que cantara Sófocles, desembocó en el golfo de Salamina y penetró en el templo de las diosas. En Éfeso, efectivamente, Máximo le había prescrito ir a terminar su iniciación con el hierofante de Deméter, asegurándole que allí aprendería mucho» (J. Bidez, op. cit., p. 115).

     Después de haberse preparado, delante del templo, con las abluciones y las purificaciones rituales,

     «el Príncipe, coronado de mirtos, penetró en el venerable santuario de las divinidades subterráneas. Fue admitido a contemplar todos los símbolos contenidos en la misteriosa cesta; vio la serpiente familiar de Triptólemo deslizarse en medio de las granadas y de las ramas de higuera; tomó parte en los yantares simbólicos; bebió el ciceon y probó los pasteles sagrados. En la sombra de la noche, vio iluminarse las estatuas milagrosas, asistió a las representaciones y a las danzas, oyó al hierofante con su larga túnica y los cabellos flotantes bajo la diadema de púrpura recitar los mandamientos impuestos a los iniciados. Juliano tuvo largas conversaciones con aquel "divino maestro" y bebió abundantemente en las fuentes de su sabiduría» (J. Bidez, op. cit., p. 115).

     Recomendado por Máximo de Éfeso, el príncipe Flavio conoció a un renombrado teurgo de Atenas, Prisco. Aparte del Ática, Juliano visitó igualmente las otras ciudades de Grecia y, en una carta a la emperatriz Eusebia, confesaba:

     «La Filosofía no ha abandonado a Atenas, ni a Esparta ni a Corinto, y sus fuentes riegan abundantemente a Argos la sedienta, brotando en la ciudad misma o delante de la ciudad, cerca de la antigua Meses, su puerto.

     «Siempre —según Libanio— veíase arremolinar en torno de Juliano, en Grecia, enjambres de jóvenes, de viejos, de filósofos y de retóricos. Los mismos dioses dirigían sobre él sus miradas, sabedores de que restablecería en su favor las tradiciones ancestrales. Si bien todos los hombres apreciaban su dulzura, solamente los mejores recibían sus confidencias» (Orat. XVIII, pp. 29 y ss.).

     La estancia de Juliano en Atenas fue sin historia, pero su carácter jovial, su sencillez y su carencia de orgullo le ganaban todos los sufragios, y aquella popularidad naciente hacía sombra a Constancio. Pronto llegó una orden que instaba al príncipe a dejar Atenas y reunirse con el emperador en Milán.

     Muy preocupado por su suerte, pues acaba de enterarse de que su hermano Galo, elevado por Constancio a la dignidad de César, había caído bruscamente en desgracia, Juliano obedeció al decreto imperial. En su zozobra, dirigió a Palas Atenea, la diosa protectora de Atenas, una ferviente plegaria:

     «Cuántos torrentes de lágrimas derramé —escribe en su epístola a los atenienses—, cuántos gemidos, las manos alzadas hacia la acrópolis de vuestra ciudad, llamando a Atenea, exhortándola a salvar a su servidor y no abandonarlo. Muchos lo vieron y pueden dar fe de ello. La misma diosa, mejor que nadie, sabe que en Atenas le pedí morir antes que volver a la Corte. Pero ella no traicionó a su suplicante; no lo entregó; los hechos lo prueban. Me guió en todas partes; en todas partes me envió ángeles custodios, facilitados por Helios y Selene» (Juliano, 274 B, 275 B).

     Durante el viaje, el joven príncipe tiene noticia de la muerte de Galo, decapitado como un malhechor en el fondo de una húmeda mazmorra. ¿Qué suerte le depara ahora el tortuoso Constancio, asaltado por una desconfianza enfermiza?.

     En el fondo de su corazón, el Emperador comienza a arrepentirse de su gesto criminal. Por lo demás, ¿acaso es de buena política exterminar a los miembros de su familia, cuando los militares siguen conspirando contra él? Constancio reflexiona y aplaza su decisión. Antes verá a Juliano y decidirá de su suerte después.

     Llegado a palacio, Juliano, muy preocupado, pasa por las manos de masajistas, peluqueros y barberos, que proliferan en la Corte como una nube de parásitos. Lo maquillan, lo perfuman, le ponen una rica dalmática de seda bordada y lo calzan con unas sandalias doradas. Con este atavío es introducido en la inmensa sala de gala donde se halla el augusto, brillante de pedrerías, tocado con la diadema imperial, arropado en un manto de púrpura, que resplandece de bordados y de oro. Juliano se arrodilla ante el señor del mundo. Constancio lo hace ponerse de pie y empieza a hablar. Con gran sorpresa suya, Juliano se entera por boca del mismo augusto que es nombrado César en reconocimiento a su abnegación filial.

     El 6 de Noviembre tuvo lugar en el campo de Marte la ceremonia de la investidura. Allí, en una inmensa explanada, estaban reunidas todas las legiones de Italia. Más de veinte mil hombres, cuyos cascos y corazas centelleaban al Sol, estaban formados al pie de la tribuna imperial. Constancio tomó la palabra, presentando al Ejército la gravísima situación que amenazaba al Imperio presionado por los bárbaros.

     «He aquí a Juliano, hijo del hermano de mi padre. Su modestia me lo hace tan querido como los lazos de la sangre. Su juventud estudiosa ha hecho brillar su ardor en el trabajo. Deseo adjuntármelo, elevándolo al rango de César. Si la elección os parece acertada, os pido ratificarla con vuestra aprobación» (Amiano, XV, 8, 4 ss.).

     Un murmullo de satisfacción acogió estas palabras. El Ejército pensaba que un decreto divino y no la voluntad humana era la causa real de aquella decisión. El Emperador prosiguió entonces:

     «Que sea, pues, elevado a este honor insigne el joven en quien la sangre fría se alia al vigor. Más vale imitar la reserva que es el fondo de su carácter que pronunciar su elogio».

     Y el augusto concluyó con estas palabras:

     «Con la elección que he hecho de él, he rendido plenamente homenaje a las cualidades que posee por naturaleza y por una educación excelente. Así es que, con el consentimiento del dios del cielo, voy a cubrirlo con el manto principesco» (Ídem).

     Y, uniendo la acción a la palabra, reviste a Juliano con la púrpura y lo proclama César.

     «Una aclamación universal acogió estas palabras. La tropa, con escasas excepciones, para testimoniar su entusiasmo por la elección que acababa de hacer su Emperador, hizo resonar estrepitosamente el escudo sobre la rodilla, lo cual expresaba en el soldado el colmo del contento. Una justa admiración acogió al joven César, radiante de esplendor en la púrpura imperial. Nadie se cansaba de contemplar aquellos ojos a la par terribles y llenos de encanto, y aquella fisonomía a la cual otorgaba gracia la emoción. Los soldados sacaban de ello el HORÓSCOPO del Príncipe, como si hubieran estudiado los viejos libros en los que se aprende a discernir en los rasgos del cuerpo los secretos de las almas».

     Tan apocado todavía no hacía mucho, el joven César, transfigurado, se sentía arrebatado por el entusiasmo de los soldados y ganado por una energía extraordinaria. Finalizada la ceremonia, Juliano se sentó al lado de Constancio en el carro imperial, y así llegó al palacio. Aquello acontecía el 6 de Noviembre de 355, y Juliano contaba entonces veinticuatro años de edad.

     Después de la proclamación, Juliano se puso en camino para la Galia invadida por los bárbaros, donde había de ejercer oficialmente sus funciones de César, pues en secreto Constancio había dado órdenes a sus subordinados para que el cometido de Juliano se limitase a una demostración protocolaria desprovista de la efectividad del poder. El nuevo César no lo veía de la misma manera, y lo hizo saber. El prefecto del pretorio para la Galia, Florentius, hubo de inclinarse el primero ante la autoridad de Juliano. Éste, en algunas semanas, tomó realmente el mando de la provincia y decidió marchar sobre el Rin, en cuanto el Ejército estuviese reagrupado.

     Mientras tanto, Juliano se sometió a la dura disciplina de los campamentos, obligándose a aprender esgrima y a marchar al paso al son de la pírrica. Murmuraba entonces: «¡Oh, Platón, si me vieras!». Pero los germanos no le dieron tiempo a organizarse, irrumpiendo en la Galia, saqueando y devastando ciudades y campiñas. Hacía falta más para desalentar al César de los galos. Encima, Juliano tuvo la suerte de hallar, entre los militares que lo rodeaban, a un oficial de gran talento, totalmente adicto al paganismo y a la causa imperial, Salustio, a quien debemos un viviente relato de la vida de Juliano.

     En el solsticio de verano, el príncipe se reunió con sus legiones en Autun, de donde, no llevándose consigo más que una tropa de catafractarios (jinetes) y de balistarios (artilleros), ganó rápidamente Auxerre, la que liberó, dispersando importantes bandas de alemanes. Después torció hacia Reims, donde se enteró de una nueva desgracia: la ocupación de Alsacia y de sus principales ciudades, Estrasburgo, Saverna, Brumath, así como de toda la margen izquierda del Rin con Maguncia. Poniéndose seguidamente en campaña, las legiones romanas barrieron las tribus de invasores; tras lo cual, Juliano, feliz por su éxito, estableció sus cuarteles de invierno en Sens. Sin embargo, Estrasburgo seguía en manos de los bárbaros, por haber escapado al cerco.

     El año 357 Juliano salió de Sens con unas fuerzas considerables. Dos ejércitos, procedentes uno del Oeste y el otro del Sur, habían de coger a los bárbaros en una tenaza y aniquilarlos. Complicando las cosas, los reyes germanos del otro lado del Rin acudieron en auxilio de sus congéneres en apuros.

     Empleando juiciosamente sus tropas, Juliano, hábil estratega, supo evitar lo peor y, tras algunas vacilaciones, aplastó a los bárbaros coaligados no lejos de Estrasburgo, donde hizo una entrada triunfal. Los germanos derrotados fueron perseguidos por Juliano más allá del Rin. Las operaciones finalizaron en el mes de Enero.

     En París (Lutecia), donde había fijado sus cuarteles, el César esperó el fin del invierno. Lejos de abandonarse a una engañosa despreocupación tras sus resonantes victorias cuyo rumor había llegado a la Corte de Constancio, Juliano desplegó en la administración de la Galia devastada una actividad febril. Se reinstalaron colonos en los campos, la tributación, demasiado pesada, fue reformada y desgravada, los abusos de los gobernadores fueron castigados y las bandas de saqueadores que asolaban la provincia fueron puestas en vereda de modo que la Galia entera, al cabo de un año, recobró una prosperidad que llevaba mucho tiempo sin conocer. En cuanto a los soldados, reconocían los méritos de su jefe, y la popularidad de Juliano aumentaba en la tropa no sin inquietar a Constancio, informado por numerosos relatos.

     En 359, Juliano hubo de poner otra vez en estado de defensa a siete ciudades del Limes (frontera fortificada del Imperio romano). Luego, cruzó de nuevo el Rin y sometió a los príncipes germánicos Vadomir, Ursicin y Valestrap, que imploraban la paz. Juliano refiere personalmente un balance de aquellos años de esfuerzos coronados por el éxito:

     «Siendo todavía César, he cruzado tres veces el Rin, y he hecho devolver por los bárbaros veinte mil prisioneros que estaban al otro lado del río. Dos batallas (la de Estrasburgo y la de Toxandria) y luego la toma de una fortaleza me han proporcionado un millar de cautivos, capaces de servir y en la flor de la edad. He enviado a Constancio cuatro cohortes de infantes excelentes, otras tres más ordinarias, y dos escuadrones de jinetes de élite. Con la ayuda de los dioses, he recuperado en el presente todas nuestras ciudades y, no siendo aún más que César, había reconquistado ya cerca de cuarenta» (Juliano, 280 CD).

     Era en Lutecia donde todo iba a decidirse para Juliano. A consecuencia de las malversaciones de Florentius, prefecto del pretorio y protegido de Constancio, Salustio, el mejor consejero del príncipe, nombrado cuestor, fue llamado a Italia, pues una maquinación urdida por la camarilla servil e intrigante del Emperador veía en la acusación hecha contra Florentius una bofetada en la cara de la Corte. Juliano se apesadumbró mucho de aquella llamada que lo privaba de una amistad preciosa y de un consejo eficaz. Los agravios se acumulaban así contra la camarilla del augusto, y contra el propio Constancio, culpable de interesarse más en desbaratar imaginarios complots que en emplear sus fuerzas para salvar al Imperio acaparado por una nube de obispos y de clérigos ávidos de funciones lucrativas y honoríficas.

     Entretanto, la popularidad del César aumentaba en la Galia, donde los «paganos» seguían en mayoría en aquel pueblo galo-romano, amigo del orden y respetuoso de la grandeza del Imperio. Incluso en Oriente los partidarios de un retorno al helenismo se regocijaban secretamente y reclamaban con todos sus deseos el respeto de la tradición.

     «Los ribereños del Orontes se alegraban de saber que el Rin estaba de nuevo abierto a las flotas romanas. Cada cual, o bien en privado, o bien en las asociaciones que agrupaban a las mismas voluntades, no paraba de rogar a los dioses que pusieran término a la plaga que arruinaba al mundo, y concediesen al resto de la Tierra una parte de los beneficios concedidos a los galos» (Libanio, Orat. XIV, 41).

     Juliano fue alentado en sus ambiciones por su médico y confidente, Oribases, que había creído reconocer presagios amenazadores para el emperador. El César aspiraba ya a ocupar el sitio del déspota. Por su parte, Constancio veía con aprensión destacar la poderosa personalidad de Juliano, a quien al principio juzgaba insignificante. Tomando por motivo una campaña contra los persas en Oriente, el augusto mandó a la Galia a un plenipotenciario, Pecentius, con orden de retirar a Juliano todas las tropas que tenía bajo su mando. El Ejército debía reunirse con el Emperador en Constantinopla y marchar sobre Mesopotamia. El César sólo conservaría tropas auxiliares, con excepción de los hérulos, los batavios, los petulantes y los celtas, aquellas tribus adictas que formaban la armazón de su cuerpo de batalla.

     Llegado a la Galia en Enero de 360, Pecentius chocó en seguida con la hostilidad de los germanos, que no se habían adherido al Imperio porque se veían trasladados lejos de sus tierras a una comarca desconocida. En Lutecia hubo un motín. El edicto del Emperador fue quemado por los oficiales y pronto, a la caída de la noche, un inmenso cortejo de soldados portadores de antorchas se puso en marcha hacia el palacio de Juliano, situado en la isla de la Cité, para pedirle que anulase la decisión de llevar el Ejército a Oriente. Pero por qué a estos soldados victoriosos, se decía en las filas, «se les relegaba al extremo del mundo como malhechores, como condenados. De nuevo, el yugo del enemigo iba a pesar sobre quienes ellos amaban y que, a costa de tantos sangrientos combates, habían liberado de una primera cautividad».

     Pronto, Juliano, que velaba en su gabinete de trabajo, oyó los gritos de los legionarios y, al percibir aquella muchedumbre enorme en medio de la cual brillaban las armas y los cascos, creyó al pronto en una revuelta, pero, enterado del motivo de aquella aglomeración, quedó sumido en la perplejidad. ¿Debía ceder a las instancias de sus oficiales y dejarse proclamar Emperador? Ya fuera, los soldados aclamaban su nombre y pedían ver al nuevo augusto. Esperar, tergiversar, era tomar partido por Constancio y arriesgar un trastorno sangriento, tal vez un golpe de Estado. La tropa comenzaba ya a impacientarse y se hacía cada vez más apremiante, amenazando con invadir el palacio. Desde entonces, la decisión de Juliano estaba tomada. Puesto que el destino apelaba a él, no se hurtaría y ratificaría aquella sentencia querida por los dioses.

     Llegado el día, saliendo del edificio, Juliano quiere hablar a los soldados, pero su voz es cubierta por atronadoras aclamaciones y, como cuando su elevación a la dignidad de César, los legionarios hacen resonar sus escudos de bronce en señal de júbilo. Juliano, a la manera germánica, es alzado sobre el escudo de un infante, es elegido sobre el pavés y, como no se encuentra una corona para cubrir al nuevo emperador, un soldado desprende de su cuello el collar de abanderado y lo coloca sobre la cabeza del nuevo augusto. Los ritos están cumplidos. Los dados están echados. Helios vela por su protegido. Constancio, al tener noticia de la sublevación, se pone rabioso y se dispone a defender su trono. Reúne unas tropas fieles en los Alpes y se precave de un ataque en dirección de Italia.

     Por su parte, Juliano está muy tranquilo, confiando en los dioses, aunque sus fuerzas sean inferiores a las de su rival. Se pone en camino después de un sueño extraño y profético que lo asaltó una noche. Un brillante fantasma se le presentó en forma del GENIO DE ROMA repitiéndole los versos del oráculo, anunciando la muerte de aquel que ahora es su enemigo: EN EL MOMENTO QUE JÚPITER (EL PLANETA REAL) ESTÉ A PUNTO DE SALIR DE ACUARIO Y SATURNO CAMINE POR EL VIGÉSIMO QUINTO GRADO DE VIRGO, ENTONCES, EL EMPERADOR CONSTANCIO, EN EL SUELO DE ASIA, ALCANZARÁ DE SU VIDA EL TÉRMINO TEMIBLE Y DOLOROSO.

     La fortuna sonrió desde el principio a Juliano y, con sólo el rumor de que se acercaba, Taurus, prefecto de Italia, huyó, arrastrando en su terror pánico a Florentius, nombrado por Constancio prefecto de Iliria. La población de las provincias, agolpada junto a las carreteras, aclama a este joven Emperador de veinticinco años que viene a restablecer el orden en un Imperio exhausto. El objetivo de ese avance a marchas forzadas es Constantinopla, donde impera aún el orgulloso Constancio, rodeado de su corte de eclesiásticos que le exhortan a vencer en nombre de la cruz.

     El Danubio es alcanzado y salvado muy pronto, como en sueños. Es una «antorcha», un «torrente de fuego», un «hachón incendiario». Esa loca expedición es puesta bajo el signo de HELIOS EL REY INVENCIBLE. Juliano llega a Sirmium, llave del Imperio de Oriente, sin avisar, y la población le abre las puertas de la ciudad acogiéndole con collares de flores.

     Apresurándose en hacer la paz con el rey persa Sador, Constancio vuelve a toda prisa sus fuerzas hacia Oriente. Pero la estrella del augusto está en su ocaso. Cerca de Antioquía, Constancio es presa de una fiebre abrasadora que lo retiene en cama. Tras una larga agonía, expira el 3 de Noviembre. Antes, ha querido in extremis recibir el bautismo cristiano. Juliano, muy preocupado, se entera de la sorprendente noticia. El camino de Constantinopla queda abierto y el «Mundo Romano» entero lo reconoce como el sucesor legítimo de Constancio.

     «Cuando la noticia de su llegada se supo en Constantinopla, la población de todas edades y sexos se desparramó fuera de las murallas, como para ver un mensaje del cielo. Juliano hizo su entrada solemne en la ciudad el tres de los Idus (el 11) del mes de Diciembre, saludado por el homenaje respetuoso del Senado y las aclamaciones unánimes del pueblo, feliz de festejar al primer Emperador nacido en Bizancio. Un concurso prodigioso de tropas y de ciudadanos lo escoltaba, mientras las miradas de la multitud se fijaban sólo en él, con una admiración profunda, en este príncipe, hombre apenas, de baja estatura, con sus gigantescas hazañas de domador de reyes y de naciones y sus súbitas apariciones de ciudad en ciudad, donde el Conquistador se hacía con recursos y fuerzas nuevas. Esta dominación se propagaba como una llama, y el Principado, por fin ocupado como por una gracia divina, sin que ello costara ninguna ruina al Estado, parecía la ilusión de un sueño» (Amiano, XXII, 2, 4).

     Esta marcha triunfal, añadiremos nosotros, ¿acaso no se parecía al «vuelo del águila», cuando Napoleón, bastantes siglos más tarde, marchará sobre París, protegido por la misma divinidad SOLAR? En el mithreum del palacio de Constantinopla, Juliano, nuevo Emperador, ya no tuvo motivos para disimular su devoción a Mitra y, en su calidad de augusto, recibió sucesivamente los grados de OCULTO, SOLDADO, LEÓN y PERSA. La primera iniciación, la de CUERVO, le había sido conferida en Pérgamo, por lo que fue elevado a la dignidad de CORREO DEL SOL (Heliódromos), y se preparó en el ayuno y la soledad para recibir ese grado.

     La ceremonia del TAURÓBOLO, que perpetuaba la victoria de Mitra y el sacrificio solar de la sangre, era muy impresionante. El santuario subterráneo estaba formado por una cripta profunda sostenida por dos hileras de siete columnas simbolizando los siete grados de iniciación. Al fondo de la nave estaba situada una estatua de Mitra en la posición de sacrificador del toro sagrado. El sacrificio del toro, atributo del Heliódromos, tenía lugar en una salita octogonal análoga a los antiguos baptisterios de nuestras iglesias.

     Tras haber sufrido las pruebas de purificación y las abluciones rituales, Juliano fue afeitado completamente, con excepción de los cabellos, y luego bajó a un oscuro tabuco por una escalera que conducía exactamente debajo de la sala octogonal. Una claraboya dejaba filtrar un poco de luz.

     Arriba se atareaban hombres, empujando un toro blanco, purificado por siete baños lústrales. El animal soltó de pronto un terrible mugido y se desplomó sobre el cañizo que servía de techo. En el mismo instante, Juliano sintió resbalar sobre su rostro un líquido denso y tibio y luego un verdadero chorrear. Un vestido de púrpura envolvió todo su cuerpo, purificándolo y regenerándolo, como si la sangre del toro contuviese alguna energía secreta y de esencia divina. Era un líquido viviente, chorreante y luminoso, como el zumo de la vid y la luz solar. Una alegría dionisíaca se apoderó de todo su ser vuelto a un tiempo sacrificador y víctima.

     Por fin, el animal expiró y el río de sangre decreció y cesó del todo. Los sacerdotes penetraron en la cella y sumergieron al iniciado en una piscina de agua clara donde Juliano sintió un reposo benéfico. Cuando volvió a la luz, Juliano había recibido un nuevo bautismo que borraba el bautismo cristiano.


JULIANO Y EL RETORNO AL PAGANISMO

     El primer acto del Emperador revistió una significación simbólica. El altar de la Victoria, signo de la gloria del Imperio romano, se alzaba antes a la entrada de la curia, y los senadores, al entrar, quemaban un grano de incienso reverenciando la estatua del Genio de Roma. En 357, Constancio había mandado quitar el altar, con una gran indignación de los senadores, que veían en aquel culto rendido a la Victoria un testimonio de prosperidad y de grandeza para todo el Imperio. Juliano mandó colocar de nuevo el altar en su primitivo lugar, reanudando así la tradición antigua.

     Nuevas leyes siguieron, restaurando la libertad de todos los cultos y quitando al cristianismo su posición privilegiada. Los templos paganos transformados en iglesias tuvieron que ser devueltos al antiguo culto, y los edificios sagrados desmantelados fueron reconstruídos a expensas de los demoledores. Las expoliaciones en provecho de las propiedades de la Iglesia habían sido numerosas en un siglo que veía la decadencia de las antiguas divinidades. Empobrecidos, los sacerdotes paganos abandonaban sus templos o descuidaban sus cargos para ganarse la vida.

     Juliano estableció la dignidad de su oficio sin ceder a ningún sentimiento de parcialidad:

     «Por medio de unos decretos claros y sin reservas, mandó abrir los templos y ofrecer víctimas en honor de los dioses y sobre los altares. Y, a fin de garantizar el efecto de esas decisiones, convocó en palacio a los obispos disidentes de los cristianos y a la multitud de sus fieles, y los exhortó con dulzura a renunciar a sus discordias y a beneficiarse de la tolerancia que les era ofrecida para practicar cada cual su religión sin ningún temor. Y si insistió de esa manera, fue con la esperanza de que la licencia favorecería las disputas y de que, en lo sucesivo, él no tendría que temer la unanimidad del pueblo. La experiencia le había enseñado que no hay fieras más peligrosas para los hombres como a menudo lo son los cristianos para sus correligionarios» (Libanio, Orat. XVIII, 162 y XVII, 17).

     Promulgando su EDICTO DE TOLERANCIA, Juliano permitía a los cristianos juzgados heterodoxos, arríanos, gnósticos y demás, predicar libremente su doctrina y practicar su culto sin ser molestados. Aquella política pacificadora tuvo felices resultados y, si bien después se mancilló con saña la memoria de Juliano, tratándolo injustamente de APÓSTATA, han quedado testimonios grabados en piedra en honor de este príncipe «nacido para el bien del Estado, siempre invicto, perpetuo triunfador, extirpador de los vicios de tiempos pasados, destructor de la superstición, restaurador de los templos y del reino de la libertad».

     Pues Juliano era popular, incluso entre sus súbditos cristianos, gracias a sus numerosas reformas que no se limitaron al terreno religioso. Rompiendo con el despotismo oriental de sus predecesores, el Emperador reformó tanto la Corte como la administración de las provincias, el Ejército como la Justicia.

     Desde Constantino, y aun antes, los Emperadores romanos habían tomado la costumbre de hacerse adorar como dioses, envueltos en un ceremonial complicado que exhibía su majestad divina revestida de los atributos sagrados: el globo, la diadema y la púrpura. En torno del Emperador, adornado con el título de DEUS y DOMINUS, saludado a la oriental por la proskinesis (genuflexión acompañada del beso al manto imperial), se movía una nube de personajes oficiales con rimbombantes títulos, calificados, según su rango, de NOBILÍSIMOS, PATRICIOS, ESPECTABLES, CLARÍSIMOS y muchos más. Además, la Corte estaba atestada de eunucos y de servidores, más ocupados en redondear su patrimonio explotando las finanzas imperiales que en rendir servicios auténticos.

     Juliano puso término a todos esos abusos, a esa pompa dispendiosa que contrastaba con la sencillez de la antigua Roma, y la casi totalidad de aquella domesticidad parasitaria fue despedida sobre la marcha. La situación del tesoro resultó considerablemente mejorada. En la administración, la reforma no fue menos importante. El nepotismo y el favoritismo, que causaban estragos en los empleos públicos, fueron proscritos. El Senado, venerable institución romana, recobró los honores y la dignidad, y Juliano no admitió más que los ediles permaneciesen de pie en su presencia como se hacía por orden orgullosa de Constancio.

    El correo público era explotado por los notables, que lo utilizaban con el único fin de evitar un gasto. Aquella práctica generalizada arruinaba al Estado y acumulaba las lentitudes en el envío de mensajes y correspondencia imperiales. Los funcionarios perdieron el derecho de extender permisos de transporte gratuito y mandatos en blanco. Al multiplicarse los edictos de Juliano, la autoridad de los municipios fue restablecida y el éxodo hacia el campo que despoblaba las ciudades quedó atajado.

     «A golpes redoblados y de todos los lados a la vez, sus decretos se esforzaban en tapar las grietas de un sistema a punto de derrumbarse» (J. Bidez, op. cit., p. 237).

     El Ejército fue muy particularmente objeto de los desvelos del Emperador, que mejoró las condiciones de vida del soldado, situó todas sus legiones en un pie de igualdad y sustituyó el Labarum de Constantino, marcado con el monograma de Cristo, por el estandarte de Mitra con la inscripción AL SOL INVICTO (Soli invicto). Todos los domingos, por último, los soldados, como bajo Aureliano, promotor del culto helíaco, tuvieron que dirigir una plegaria «al dios que da la victoria», es decir, al Sol.

     Por último, para reprimir todos los abusos debidos principalmente a la corruptela, Juliano instituyó en Calcedonia un tribunal de justicia y, sobre este capítulo, se mostró implacable. Los enemigos del Imperio, Eusebio, Florentius y otros, fueron ejecutados.

     La obra emprendida fue gigantesca y, cabría decir, desmesurada. Un viento de reforma y un espíritu de rejuvenecimiento soplaban sobre el viejo Imperio romano, pero el breve reinado de Juliano, de 361 a 363, no pudo poner en pie una obra duradera, como vamos a comprobar. No obstante, la actividad infatigable del Emperador, servido por colaboradores celosos y eficaces llamados del exilio a su lado, se desplegaba en todos los terrenos y particularmente en materia de FILOSOFÍA y de RELIGIÓN, pues Juliano, recordémoslo, era un excelente escritor a la vez que un espíritu místico dedicado a las más altas especulaciones metafísicas. «Devolver la salud a las almas» era a sus ojos una tarea aún más exaltante para el médico que había devuelto ya la vida a aquel gran cuerpo exangüe en que se había convertido el Imperio.


JULIANO, EMPERADOR DEL SOL.
EL DISCURSO SOBRE «HELIOS-REY»

     «El sucesor de Constancio —según nos recuerda Benoist-Méchin— se hizo habilitar un oratorio privado en el palacio imperial, especie de Vaticano anticipado, donde celebraba cada mañana el oficio de la TRINIDAD SOLAR. Se opuso a que el Senado le llamase «señor y dueño», pero tuvo empeño en conservar el título y las prerrogativas de PONTIFEX MAXIMUS, que le permitía tener vara alta en toda la vida religiosa del Imperio. Por lo que no promulgó como Emperador toda una serie de reformas en este terreno sino en su calidad de SOBERANO PONTÍFICE, de VICARIO DEL SOL» (Benoist-Méchin, L'Empereur Julien, Clairefontaine, Lausana, 1969, p. 249).

     En Antioquía, antes de salir de expedición hacia ese Oriente que ve nacer al astro, Juliano compuso su famoso Discurso sobre Helios-Rey, en Diciembre de 362, en homenaje a Roma, la ciudad soberana que celebraba entonces, el 25 de Diciembre, las fiestas en honor del Sol. No hay ninguna polémica en esta obra, sino que es una exposición filosófica, una síntesis poderosa de todas las creencias del Emperador sobre el DIOS-SOL concebido como la divinidad suprema. Todas las mañanas Juliano se pasea a orillas del Orontes hacia el templo del monte Cassios para presenciar la salida del astro del día, y en un estado de exaltación mística escribe febrilmente en algunas noches esas páginas luminosas.

     Hay en el Discurso de Juliano toda una cosmogonía sagrada que coincide en bastantes puntos con la explicación de los textos védicos de la India y de Zoroastro. Es la más grandiosa explicación del mundo que haya sido intentada en el marco del paganismo y en la línea del pensamiento platónico. Por lo que, subrayémoslo, existe un espigón inatacable en el ensayo de Juliano, y esta verdad

     «permanece inquebrantable en el corazón del fiel. Existe un dios único en tres hipóstasis. El disco luminoso, el Sol del mundo sensible, que vivifica la Tierra y tras el curso alterno de las estaciones, está en el grado más bajo de la jerarquía. La más sublime hipóstasis, la que preside las esencias inteligibles, escapa inefablemente al espíritu humano. En consecuencia, Helios mediador, demiurgo y rey omnipotente de todas las fuerzas sobrenaturales donde la fábula ha reconocido a sus dioses, representa, a juicio de Juliano, la más alta forma de divinidad que sea dado concebir a la inteligencia» (Juliano, Œuvres, op. cit, p. 88).

     Para probar plenamente la calidad de este neoplatonismo que ofrece un resumen asombroso del pensamiento antiguo desde Platón hasta Yámblico pasando por Plotino, Proclo y Porfirio, sería menester citar larguísimos pasajes del Discurso sobre Helios-Rey. Séanos permitido, sin embargo, extraer de él algunas breves citas que nos recuerdan el origen común de la TRADICIÓN PRIMORDIAL, surgida de Hiperbórea y de la Atlántida, esos continentes «míticos» del «hombre primero».

     «La luz aparece así como el primer atributo de la divinidad, pues alrededor de Helios el mundo aparente ha existido siempre, y desde siempre la LUZ que rodea este mundo está establecida de una manera estable, sin alternación ni variación, constantemente idéntica» (Juliano, Œuvres, II, 2ª parte, p. 121, París, 1964).

     Más cerca de nosotros, Juliano se une, en el simbolismo que anima su obra, a la tradición que hace de Thule el centro solar del mundo y que será reanudada más tarde por los teóricos nacionalsocialistas discípulos del sabio Horbiger, y no es éste el acercamiento menos interesante que podamos hacer. En efecto, para Juliano, es precisamente en el océano, de donde justamente surgió Hiperbórea, en la que ha nacido la VIDA, y el autor lo explica:

     «...para no entretenernos más sobre el mismo tema, digamos también que el SOL, por sus conversiones solsticiales es, como sabemos, el padre de las horas, y que, COMO NO ABANDONA NUNCA LOS POLOS, ES SIN DUDA EL OCÉANO, reinando sobre una doble sustancia».

     Pero el iniciado no puede declararlo todo, por lo que añade acto seguido dirigiéndose a los «entendidos»:

     «¿Sería yo aún oscuro en mis palabras?. ¿Acaso antes de nosotros la misma idea no ha sido emitida en este verso de Homero: "El océano que dio la luz a toda cosa", a los hombres y a los dioses bienaventurados, por emplear su lenguaje? Sí, en verdad, no hay nada en el Universo que no deba su origen a la esencia de ese océano. ¿Qué relación, se dirá, con los Polos?. ¿Es preciso que me explique? Aunque el silencio quizá sea preferible, atrevámonos a hablar» (ídem, p. 123).

     Y he aquí que Juliano nos explica las leyes divinas de la ASTROLOGÍA, donde el Sol ocupa una posición central y, sin entrar en el secreto del esoterismo pitagórico, el Sol «no ocuparía el centro de los planetas, sino el de los tres mundos. Así lo pretenden las hipótesis místicas...» (Ídem, p. 124). Por último, Juliano considera que Helios es, en verdad, el dios protector de Roma y su salvaguardia, y escribe:

     «¿Debo también invocar, en apoyo de estos decires, la obra del rey Numa? A la custodia de la eterna llama surgida de Helios se destinan entre nosotros vírgenes consagradas, comparables a las horas incorruptibles que velan por el fuego divino, del cual la Tierra, debajo de la Luna, está rodeada. Además estoy en condiciones de facilitaros una prueba más fuerte de la acción ejercida entre nosotros por nuestro dios. Se trata de otra realización del divino Numa: en tanto que los demás pueblos cuentan los meses ajustándose, por decirlo así, a la Luna. Nosotros somos desde aquel rey, LOS ÜNICOS, CON LOS EGIPCIOS, EN MEDIR LOS DÍAS DE CADA AÑO SEGÜN LOS MOVIMIENTOS DEL SOL. Si después de esto declaro que veneramos a Mitra y que, en honor de Helios, celebramos juegos cuatrienales, me juzgarán demasiado moderno...» (Ídem, p. 134).

     Este himno al Sol, remate de toda una vida pasada en estudiar la filosofía esotérica y en sondear los misterios, debía ser para Juliano su «canto del cisne». La muerte, en forma de acero arrojado por un traidor, aguardaba al Emperador en la otra orilla del río. Siguiendo los pasos del mago Apolonio de Tiana, el genial taumaturgo contemporáneo de Cristo, imitando la marcha triunfal del divino Alejandro, a quien admiraba tantísimo, Juliano alcanzó, en la «cadena de los muertos», el alma esotérica de sus gloriosos antecesores, el faraón Akenatón, el divino Zoroastro y Alejandro Magno, pues fue el último hombre de Occidente que pudo adorar al Sol a la luz del día. Después de él, «la gran luz» queda definitivamente tapada por el cristianismo triunfante, y no es ninguna sorpresa para nosotros constatar que el EMPERADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO, FEDERICO II, sucesor espiritual de la Roma solar y pagana, tuvo que luchar sañudamente contra el PAPADO, enemigo de un reino universal que se estableciese sin él. La Iglesia ha impedido así a Europa el hacerse bajo el signo del león y del águila que se encarnará de nuevo en NAPOLEÓN, ese meteoro que cruzará el cielo del continente europeo.

     En cuanto a Juliano, muerto en pleno cielo de gloria cuando acababa de aplastar al Ejército persa de Sapor I, recordemos simplemente su fin conmovedor y el relato legendario de sus últimos instantes [4]. Mientras la batalla arreciaba a su alrededor, Juliano recibió en mitad del pecho una jabalina lanzada por la mano malvada de un hombre «que se negaba a honrar a los dioses», según la expresión del historiógrafo Libanio.

[4] Juliano murió exactamente el 27 de Junio de 363, a la edad de treinta y dos años.

     Cuando transportaron al Emperador a su tienda, Juliano preguntó el nombre del lugar donde se hallaba. Un centurión le respondió que estaban en los «Campos frigios». Ahora bien, una predicción del mago Máximo de Éfeso había anunciado al Emperador que jamás debería dirigirse hacia aquel lugar. ¡Todo se cumplía en su momento! Y el príncipe no se extrañó de ello. Pues, según una frase de Chateaubriand, «Juliano se hizo aniquilar por las generaciones que él pretendía retener. Lo arrojaron al suelo y pasaron por encima de su pecho». Los amigos de Juliano, el prefecto Salustio, el teurgo Máximo y todos los oficiales de su guardia, acudieron a la cabecera del agonizante.

     «Es una humillación para nosotros todos —dijo— que lloréis a un príncipe cuya alma pronto va a subir al cielo y a confundirse en él con la luz de las estrellas».

     Los últimos momentos de Juliano son empleados entonces en disertar con Máximo y Prisco sobre la vida futura y la inmortalidad del alma, y ese texto fue leído al moribundo por sus "directores espirituales":

     «Cuando a tu cetro hayas sometido la raza de los persas, hasta Seleucia persiguiéndolos con la espada, entonces hacia el Olimpo subirás en un carro de fuego que la región de las tempestades agitará en sus torbellinos. Librado del doloroso sufrimiento de tus miembros mortales llegarás a la luz etérea de la regia corte de tu padre de donde te extraviaste antaño cuando viniste a morar en el cuerpo de un hombre».

     Cuando el Emperador exhaló su postrer suspiro, la leyenda nos dice que se vieron dos almas escapar de su cuerpo, la suya y la de Alejandro, reencarnada en Juliano. Semejantes a dos bolas de fuego, se elevaron, en la noche, estrellas fugaces, uniéndose a la «gran luz».–






No hay comentarios:

Publicar un comentario