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jueves, 28 de mayo de 2015

Bernard Lazare - Sobre Anti-Judaísmo y Razas



     Lazare Bernard (1865-1903), quien firmaba sus escritos como Bernard Lazare, fue un crítico literario y periodista político judío francés, pro-sionista, que en 1894 publicó su ahora conocido libro "L'Antisémitisme, Son Histoire et Ses Causes", un estudio en profundidad acerca de los orígenes del anti-judaísmo. Dicha obra, como es de suponer, difunde, entre muchas informaciones ciertas, una gran cantidad de desinformación, puesto que su propósito es fundamentalmente la exculpación política de los judíos. Hemos elegido en esta ocasión, para quienes no se hayan acercado al libro mencionado (que en castellano puede hallarse en la red) y como ejemplo de lo que decimos, sus capítulos 9 y 10, los cuales, a pesar de diseminar errores y afirmaciones no probadas, contienen diversos datos que podrían ser de cierta utilidad para los estudiosos. La lectura completa del libro, no obstante, es recomendada para hacerse una idea de sus argumentos, buena parte de los cuales son usados aún hoy por los argumentadores comprensivos con la gente judía y por los partidarios y promotores de sociedades multiculturales y multi-raciales, que tanto favorecen el dominio de la judería internacional.




CAPÍTULO 9
EL ANTI-JUDAÍSMO MODERNO Y SU LITERATURA


     Los judíos emancipados penetraron en las naciones como extranjeros, y no podía ser de otro modo, lo vimos, puesto que desde hacía siglos formaban un pueblo entre los pueblos, un pueblo especial que conservaba su caracter merced a ritos estrictos y precisos y también a una legislación que lo mantenía apartado y servía para perpetuarlo. Entraron en las sociedades modernas no como huéspedes sino como conquistadores. Eran semejantes a un rebaño encerrado: de repente cayeron las barreras, y ellos se lanzaron sobre el campo que se les abría. Ahora bien: no eran guerreros y, además, la época no se prestaba a expediciones de una horda minúscula. Pero hicieron la única conquista para la cual estaban armados: la conquista económica que se habían preparado para hacer desde tan largos años. Eran una tribu de mercaderes y financistas, degradados tal vez por la práctica del mercantilismo, pero armados, gracias a esta práctica misma, con cualidades que se hacían preponderantes en la nueva organización económica. Por ello les fue fácil apoderarse del comercio y la finanza y, hay que repetirlo una vez más, les era imposible no actuar así.

     Comprimidos y oprimidos durante siglos y constantemente refrenados en todos sus impulsos, habían adquirido una formidable fuerza de expansión, y esta fuerza sólo podía ejercerse en cierta dirección. Se había limitado su esfuerzo, pero no se había modificado la naturaleza de éste y no se la modificó tampoco el día en que se los liberó. Avanzaron derecho por el camino que les era familiar. El estado de cosas, por lo demás, los favoreció excepcionalmente. En esa época de grandes sacudidas y reconstrucciones, en un momento en que las naciones se modificaban, los gobiernos se transformaban, nuevos principios se establecían y nuevas concepciones sociales, morales y metafísicas se elaboraban, ellos fueron los únicos con plena libertad. No tenían vínculo alguno con quienes los rodeaban. No tenían patrimonio antiguo que defender. La herencia que la sociedad anterior dejaba a la sociedad naciente no era suya. Las miles de ideas atávicas que ligaban al pasado a los ciudadanos de los Estados modernos no podían influír en nada en su comportamiento, en su intelectualidad ni en su moralidad: su mente no tenía trabas.

     Mostré que su liberación no los pudo cambiar y que muchos de ellos echaban de menos su aislamiento pasado. Pero si se esforzaron, a pesar de todo, por seguir siendo ellos mismos y no se asimilaron, se adaptaron maravillosamente, y eso en virtud de sus tendencias especiales, a las condiciones económicas que regían a las naciones desde principios de siglo [XIX].

     La Revolución Francesa fue, ante todo, una revolución económica. Si se la puede considerar como el término de una lucha de clases, también se debe ver en ella la conclusión de una lucha entre dos formas de capital: el capital inmobiliario y el capital mobiliario, el capital territorial y el capital industrial y agiotista. Con la supremacía de la nobleza desapareció la supremacía del capital territorial, y la supremacía de la burguesía trajo la supremacía del capital industrial y agiotista. La emancipación del judío se vincula con la historia de la preponderancia de este capital industrial.

     Mientras el capital territorial tuvo el poder político, el judío estuvo privado de todo derecho; el día en que el poder político pasó al capital industrial, el judío fue liberado, y esto era ineludible. En la lucha que había emprendido, la burguesía necesitaba auxiliares. El judío fue para ella un ayudante utilísimo, un ayudante que ella tenía interés en liberar. Desde la Revolución, el judío y el burgués marcharon juntos. Juntos sostuvieron a Napoleón, en el momento en que la dictadura se hizo necesaria para defender los privilegios conquistados por el Estado Llano. Y cuando la tiranía imperial se hizo demasiado pesada y demasiado opresiva para el capitalismo, fueron el burgués y el judío los que, unidos, preludiaron a la caída del Imperio con el acaparamiento de los víveres en el momento de la campaña de Rusia, y contribuyeron al desastre final provocando la baja de los títulos públicos y comprando la defección de los mariscales.

     Después de 1815, al principio del gran desarrollo industrial, cuando se formaron las compañías de canales, minas y seguros, los judíos estuvieron entre los más activos para hacer prevalecer el sistema de la asociación de los capitales o, por lo menos, para aplicarlo. Eran, por lo demás, los más aptos para ello, puesto que el espíritu de asociación había sido, durante siglos, su único apoyo. Pero no se contentaron con contribuír de este modo práctico al triunfo del industrialismo: también contribuyeron de modo teórico. Se juntaron alrededor del filósofo de la burguesía, Saint-Simon. Trabajaron en la difusión y hasta en la elaboración de su doctrina.

     Saint-Simon había dicho [Du Systéme Industriel, 1821]: "Hay que encargar a los industriales la administración del poder temporal" y "El último paso que a la industria le queda por hacer es apoderarse de la dirección del Estado, y el problema supremo de nuestros tiempos es el de asegurar a la industria la mayoría en los Parlamentos". Había agregado [Catéchisme des Industriels]: "La clase industrial debe ocupar el primer lugar, porque es la más importante de todas; porque puede prescindir de todas las demás mientras que ninguna de las demás puede prescindir de ella; y porque subsiste por sus propias fuerzas, por sus obras personales. Las otras clases deben trabajar para ella, porque son sus criaturas y están mantenidas por ella. En una palabra, ya que todo se hace por la industria, todo debe hacerse para ella". Los judíos contribuyeron a realizar el sueño saint-simoniano. Se mostraron los más seguros aliados de la burguesía, tanto más cuanto que al trabajar para ella trabajaban para sí mismos, y estuvieron, en toda Europa, en la vanguardia del movimiento liberal que, de 1815 a 1848, acabó de establecer la dominación del capitalismo burgués.

     Este papel del judío no escapó a la clase de los terratenientes, y veremos que fue ésta una de las causas del anti-judaísmo de los conservadores, pero no le mereció a Israel el reconocimiento de la burguesía. Cuando ésta hubo definitivamente asentado su poder, ya tranquila y segura de sí misma, se dio cuenta de que su aliado judío no era sino un temible competidor, y reaccionó contra él. Así, los partidos conservadores generalmente compuestos de capitalistas agrícolas, se hicieron anti-judíos en su lucha contra el capitalismo industrial y agiotista que representaba sobre todo el judío, y el capitalismo industrial y agiotista se hizo a su vez anti-judío a causa de la competencia judía. El anti-judaísmo, que había sido religioso en un primer momento, se hizo económico o, mejor dicho, las causas religiosas, que otrora dominaban en el anti-judaísmo, se subordinaron a causas económicas y sociales.

     Esta transformación, que correspondió al cambio de papel de los judíos, no fue la única. La hostilidad para con los judíos, otrora sentimental, se hizo razonadora. Los cristianos de antaño detestaban a los deicidas instintivamente y no trataban de ningún modo de justificar su animosidad: la manifestaban. Los anti-judíos contemporáneos quisieron explicar su odio, o sea, quisieron adornarlo. ¿Cómo se manifestó este anti-judaísmo? Sólo se pudo manifestar a través de escritos. El anti-judaísmo oficial había muerto en Occidente o se estaba muriendo. Por lo tanto, también estaba desapareciendo la legislación anti-judía. El anti-judaísmo permaneció en el campo de las ideologías. Fue una opinión, una teoría.

     Pero los anti-judíos tuvieron una meta muy definida. Hasta la Revolución, el anti-judaísmo literario había corroborado al anti-judaísmo legal. Desde la Revolución, y la emancipación de los judíos, el anti-judaísmo literario ha tendido a restaurar el anti-judaísmo legal en los países donde ya no existe. No lo ha logrado aún, y sólo tenemos que estudiar, por lo tanto, las manifestaciones escritas del anti-judaísmo, algunas de las cuales representan la opinión de la mayoría, pues, si los literatos anti-judíos han aportado razones a los anti-judíos inconscientes, han sido engendrados por estos últimos. Han tratado de explicar lo que el rebaño experimentaba, y si le han atribuído a veces motivos extraños e inverosímiles, sólo se han hecho eco, por lo general, de los sentimientos de sus inspiradores. ¿Cuáles eran estos sentimientos? Lo vamos a ver examinando la literatura anti-judía, lo que nos permitirá también desentrañar las causas múltiples del anti-judaísmo contemporáneo.

     No es posible, salvo en cuanto a algunas, clasificar las obras anti-judías en categorías demasiado estrechas, pues cada una ofrece frecuentemente múltiples tendencias. Sin embargo, todas tienen una dominante en función de la cual se puede establecer su clasificación, siempre que se recuerde en todo momento que una obra próxima a un tipo determinado no se relaciona únicamente con este tipo. Dividiremos, pues, el anti-judaísmo en anti-judaísmo cristiano-social, anti-judaísmo económico, anti-judaísmo etnológico y nacional, anti-judaísmo metafísico, y anti-judaísmo revolucionario y anti-cristiano.

     Fue la permanencia de los prejuicios religiosos la que generó el anti-judaísmo cristiano-social. Si los judíos no hubieran cambiado al entrar en la sociedad, los sentimientos que se experimentaban a su respecto desde hacía tanto tiempo no habrían podido tampoco desaparecer. Los israelitas habían debido su emancipación a un movimiento filosófico que coincidía con un movimiento económico y no a la abolición de las prevenciones seculares que se albergaban contra ellos. Los que consideraban que el único Estado posible era el Estado cristiano veían con malos ojos la intrusión de los judíos, y la primera manifestación de tal hostilidad fue el anti-talmudismo.

     Se atacó lo que se consideraba, con toda razón, como la fortaleza religiosa de los judíos, el Talmud, y una legión de polemistas se dedicó a mostrar cuánto las doctrinas talmúdicas se oponían a las doctrinas evangélicas. Se puso de relieve contra el libro todos los reproches de los controversistas de antaño, los que habían formulado los judíos apóstatas en los coloquios y había reproducido Raimundo Martin en el siglo XIII, los de Pfefferkorn y los posteriores de Eisenmenger. No se cambió el procedimiento, ni siquiera la forma. Se utilizaron los mismos moldes, se siguieron, para la redacción de los panfletos, las mismas tradiciones de los dominicos inquisitoriales y, en el estudio del "mar" talmúdico, no se aplicó más el sentido critico.

     Por lo demás, los anti-judíos cristianos de nuestro tiempo tienen del judío, de sus dogmas y de su raza, la misma concepción que los anti-judíos de la Edad Media. El judío les preocupa y los obsesiona. Lo ven en todas partes. Lo reducen todo a él. Tienen de la Historia una concepción idéntica a la de Bossuet. Para este obispo, Judea había sido el centro del mundo. Todos los acontecimientos, los desastres y las alegrías, las conquistas y los desmoronamientos, así como las fundaciones de Imperios, tenían por causa primitiva, misteriosa e inefable la voluntad de un dios fiel a los Beni-Israel, y este pueblo, sucesivamente nómade, creador de reinos y cautivo, había dirigido a la Humanidad hacia su única meta: el advenimiento de Cristo. Ben Hadad y Senaquerib, Ciro y Alejandro, parecen no existir sino porque Judá existe y porque es preciso que Judá sea a veces exaltado y a veces abatido, hasta la hora en que se imponga al universo la ley que debe salir de él. Pero lo que Bossuet había concebido con un propósito de glorificación inaudito, los anti-judíos cristianos lo renuevan con intenciones contrarias. Para ellos, la raza judía, flagelo de las naciones, esparcida por todo el globo, explica las desdichas y las felicidades de los pueblos extranjeros en los cuales se ha establecido, y de nuevo la historia de los hebreos se convierte en la historia de las monarquías y repúblicas. Castigados o tolerados, expulsados o acogidos, explican, por el mismo hecho de estas diversas políticas, la gloria de los Estados o su decadencia.

     Explicar a Israel es explicar a Francia, o a Alemania o a España. Esto es lo que ven los anti-judíos cristianos, y su anti-judaísmo es así puramente teológico. Es el de los Padres, de Crisóstomo, de Agustín y de Jerónimo. Antes del nacimiento de Jesús, el pueblo judío fue el pueblo predestinado, el hijo predilecto de Dios. Desde que desconoció a su Salvador, desde que fue deicida, se ha convertido en el pueblo decaído por excelencia y, después de haber aportado la salvación al mundo, es causa de su ruina.

     En algunas obras, esta concepción está muy claramente expuesta, como en el poco conocido libro de Gougenot des Mousseaux, Le Juif, le Judaisme et la Judaisation des Peuples Chrétiens [París, 1869]. Para Gougenot, los judíos son "el pueblo para siempre elegido, el más noble y el más augusto de los pueblos". Al mismo tiempo, los judíos son los seres más perversos y más insociables. ¿Cómo conciliar estas contradicciones? Oponiendo el judío mosaísta al judío talmudista y la Biblia al Talmud. Es así, por lo demás, como procede la mayor parte de los anti-judíos cristianos. "Es el judaísmo y no el mosaísmo el que se opone a la reforma radical de los judíos", dice el abate Chiarini en una memoria escrita para servir "de guía a los reformadores de los judíos" [Chiarini, Théorie du Judaisme, París, 1830].

     Con todo, los anti-talmudistas, cualesquiera sean sus afinidades y su parentesco con los anti-judíos de la Edad Media, enfocan el problema desde un punto de vista un tanto distinto. Antes, se buscaban sobre todo en el Talmud las blasfemias contra la religión cristiana o argumentos para respaldar la divinidad de Jesucristo. Ahora los enemigos del libro lo persiguen sobre todo como obra antisocial, perniciosa y destructora. Según ellos, el Talmud hace del judío el enemigo de todas las naciones. Pero si algunos, como Gougenot des Mousseaux y Chiarini, ante todo, están empujados como los teólogos de antaño, por el deseo de atraer a Israel al seno de la Iglesia [1], otros, como el doctor A. Rohling [Le Juif selon le Talmud, París, 1888], están más bien dispuestos a suprimirlo y lo declaran incapaz de servir jamás para el bien. Antes al contrario, pues no sólo, dicen, sus doctrinas son incompatibles con los principios de los gobiernos cristianos, sino que además buscan arruinar a estos gobiernos para sacar provecho de la situación.

[1] Esta preocupación por el papel futuro de los judíos se expresa en un libro singular de León Bloy: Le Salut par les Juifs (París, 1892). En el volumen de documentos y notas que escribió a consecuencia de la obra de Dom Deschamps sobre Les Sociétés Secrétes, Claudio Jannet formula la opinión de que los judíos están destinados probablemente a devolver el mundo a Dios. Es ésta exactamente la antigua creencia teológica.

     Se concibe que, después de las sacudidas provocadas por la Revolución Francesa, los conservadores hayan sido llamados a hacer responsables a los judíos por la destrucción del Antiguo Régimen. Cuando, pasado el temporal, echaron una ojeada en su derredor, una de las cosas que más debió de sorprenderlos fue indudablemente la situación del judío. Ayer, el judío no era nada y no tenía derecho ni poder alguno. Hoy, brillaba en primera fila. No sólo era rico sino que también, por pagar el censo, podía ser elector y gobernar al país [2]. Era él a quien el cambio social había favorecido más. A los ojos de los representantes del pasado —de la tradición— pareció que se había derrumbado un trono y desencadenado guerras europeas únicamente para que el judío pudiera adquirir el rango de ciudadano, y la Declaración de los Derechos del Hombre pareció no haber sido otra cosa que la declaración de los derechos del judío. Por ello los anti-judíos cristianos no se limitaron a indignarse ante las especulaciones de los judíos con los bienes nacionales o los suministros militares [3]; les aplicaron el viejo adagio jurídico: fecisti qui prodest. Si los judíos se habían beneficiado a tal punto con la Revolución, si habían sacado de ella tanto provecho, es que la habían preparado o, mejor dicho, es que habían contribuído a hacerla con todas sus fuerzas.

[2] En el siglo XIX, en Francia, sólo tenían derecho a voto los ciudadanos que pagaban determinada suma de impuestos —el censo—, vale decir, los miembros de las reducidas minorías burguesas que se habían apoderado del Estado en 1789 (N.delT.).
[3] No quiero decir con esto que los judíos fueron los únicos que especularon de este modo. Por el contrario, entre los especuladores fueron una ínfima minoría.

     Sin embargo, era preciso explicar cómo el judío, despreciado y odiado, considerado como una cosa, había tenido el poder de realizar tales acciones, cómo había dispuesto de tal poderío. Aquí interviene una teoría, o más bien una filosofía de la Historia, habitual entre los polemistas católicos. Según estos historiadores, la Revolución Francesa, cuyas repercusiones fueron universales y que transformó todas las instituciones de Europa occidental, no fue sino el resultado y la conclusión de una conspiración secular. Todos aquellos que la atribuyen al movimiento filosófico del siglo XVIII, a los excesos de los gobiernos monárquicos, a una fatal transformación económica, a la decrepitud de una clase, al debilitamiento de una forma de capital, a la ineludible evolución de los conceptos de autoridad y de Estado y a la ampliación de la noción del individuo, todos aquellos, según los historiadores de que hablo, se equivocan profundamente. Son ciegos que no quieren ver la verdad. La Revolución fue obra de una o varias sectas, cuya fundación se remonta a la más lejana Antigüedad, sectas éstas llevadas por un mismo deseo y un mismo principio: el deseo de dominar y el principio de destrucción. Esas sectas procedieron, según un plan netamente determinado e implacablemente ejecutado, a la destrucción de la Monarquía y de la Iglesia. Por sus innumerables ramificaciones, cubrieron Europa con una red de mallas estrechas y, mediante los medios más tenebrosos y más abominables, esos advenedizos destruyeron el Trono, que es el único defensor del orden social y del orden religioso.

     La génesis de esta concepción histórica es fácil de encontrar. Nació durante el período del Terror mismo. La parte que habían tomado en la Revolución las logias masónicas, los Iluminados, los Rosacruces, los Martinistas, etc., había llamado fuertemente la atención de ciertas mentes, que fueron llevadas a exagerar la influencia y el papel de esas sociedades. Una de las cosas que más sorprendió a esos observadores superficiales fue el carácter internacional de la Revolución de 1789 y la simultaneidad de los movimientos que engendró. Opusieron su acción general a la acción local de las revoluciones precedentes, que no habían agitado —como en Inglaterra— sino a los países en los cuales habían nacido y, para explicar esta diferencia, atribuyeron la obra de los siglos a una asociación europea, con representantes en todas las naciones, en lugar de admitir que un mismo estadio de civilización y semejantes causas intelectuales, sociales, morales y económicas, habían podido producir simultáneamente los mismos efectos. Los mismos miembros de esas logias, de esas sociedades, contribuyeron a difundir esta creencia [Blanc, Louis, Histoire de la Révolution Française, t. II, p. 74]. Exageraron también ellos su importancia y no sólo afirmaron que habían trabajado, en el siglo XVIII, en los cambios que se preparaban, lo que era verdad, sino que también pretendieron que eran sus iniciadores lejanos. Sin embargo, no es éste el lugar indicado para discutir acerca de este problema. Nos basta haber comprobado la existencia de estas teorías. Vamos a mostrar cómo ayudaron a los anti-judíos cristianos.

     Los primeros escritores que expusieron estas ideas se limitaron a comprobar la existencia de "una nación particular que nació y se ha agrandado en las tinieblas, en medio de todas las naciones civilizadas, con el propósito de someterlas todas a su dominación" [4], como lo quiere demostrar el Caballero de Malet, hermano del general conspirador, en un libro poco conocido y, por lo demás, muy mediocre. Hombres como Barruel, en sus Mémoires sur le Jacobinisme [5], como Eckert, en sus obras sobre la masonería [6], como Dom Deschamps [7], como Claudio Jannet y como Crétineau-Joly [8], desarrollaron esta teoría y la sistematizaron. Incluso trataron de demostrar su realidad y, si no alcanzaron su meta, juntaron por lo menos todos los elementos necesarios para emprender la tan curiosa historia de las sociedades secretas. En todas sus obras, fueron llevados a examinar cuál había sido la situación de los judíos en esos grupos y sectas y, ante las analogías que presentaban los ritos mistagógicos de la masonería con ciertas tradiciones judaicas y cabalísticas [9] y todo ese decorado hebraico que caracteriza las iniciaciones en las logias, concluyeron que los judíos siempre habían sido los inspiradores, guías y maestros de la masonería y, más aún, que habían sido sus fundadores y que desde su fundación, con su ayuda, buscaban tenazmente la destrucción de la Iglesia.

[4] Recherches historiques et politiques qui prouvent l'existence d'une secte révolutionnaire, son antique origine, son organisation, ses moyens ainsi que son but; et dévoilent entiérement l'unique cause de la Révolution Francaise, por el Caballero de Malet, París, 1817.
[5] Barruel, Mémoires sur le Jacobinisme (1797-1813). El sacerdote Barruel fue el primero en exponer sus ideas, y los que lo siguieron no han hecho en realidad sino imitarlo y continuarlo.
[6] Eckert, La Franc-Maçonnerie dans Sa Véritabie Signification (Lieja, 1854). La Franc-Maconnerie en Elle-Méme (Lieja, 1859).
[7] Dom Deschamps, Les Sociétés Secrétes et la Société, con introducción, notas y documentos de Jannet, Claudio, París, 1883.
[8] Crétineau-Joly, L'Eglise Romaine avant la Révolution, París, 1863
[9] Sobre las tradiciones hebraicas en la masonería y sobre las reaciones de similitud de los masones y los antiguos esenios, véase Clavel, Histoire Pittoresque de la Franc-Maçonnerie (París, 1843), y Kauffmann y Cherpin, Histoire Philosophíque de la Franc-Maçonnerie (Lyon, 1856), y un artículo del señor Moise Schwab sobre los judíos y la masonería, publicado en el Annuaire des Archives Israélites pour l'An 5650 (1889-1890). Véase también las distintas obras de J. M. Ragon sobre la masonería.

     Se fue más lejos en ese camino. Se quiso probar que los judíos habían conservado su constitución nacional, que aún estaban gobernados por príncipes –nassi– que los conducían a la conquista del mundo, y que estos enemigos del género humano tenían una organización y una táctica temibles. Gougenot des Mousseaux, Rupert [L'Eglise et laSynagogue, París, 1859], Saint-André [Francs-Macons et Juifs, París, 1880] y el abate Chabauty [Les Juifs Nos Maitres, París, 1883] sostuvieron estas afirmaciones. En cuanto a Edouard Drumont, toda la parte pseudo-histórica de sus libros, cuando no está sacada de Loriquet, no es sino una paráfrasis inhábil y sin crítica de Barruel, Gougenot des Mousseaux, Dom Deschamps y Crétineau-Joly [10].

[10] Es de notar que en La France Juive (quiero decir en los primeros capítulos), Drumont no cita ni una sola vez a Gougenot des Mousseaux ni a Barruel. Cita tres veces a Dom Deschamps, al pasar, y una vez a La Vendée Militaire de Crétineau-Joly. Sin embargo, utilizó mucho a esos escritores, salvo que sus documentos históricos le hayan sido suministrados por discípulos de los que acabo de citar, lo que es muy posible. Sólo se trata aquí, por supuesto, del Drumont historiador y no del polemista.

     Sin embargo, con Drumont, como con Stoecker, el anti-judaísmo cristiano se transforma o, más bien, toma prestadas de algunos sociólogos armas nuevas. Si el señor Drumont combate el anti-clericalismo del judío y si el señor Stoecker, preocupado por merecer el nombre de segundo Lutero, se alza contra la religión judía destructora del Estado cristiano, otras preocupaciones los dominan. Atacan la riqueza judía y atribuyen a los judíos la transformación económica que es obra de este siglo. Aún siguen persiguiendo, en el israelita, al enemigo de Jesús, al matador de un dios, pero buscan sobre todo alcanzar al financista, y en eso se juntan con los que profesan el anti-judaísmo económico.

     Este anti-judaísmo se manifiesta desde los comienzos de la finanza y el industrialismo judíos. Si se encuentra solamente rastros de él en Fourier [Le Nouveau Monde Industriel et Sociétaire, París, 1848] y Proudhon —que se limitaron a comprobar la acción del judío intermediario, agiotista e improductivo [11]— animó a hombres como Toussenel [12] y Capefigue [Histoire des Grandes Opérations Financiéres, París, 1855]. Inspiró libros tales como Les Juifs Rois de l'Époque y la Histoire des Grandes Opérations Financiéres y más tarde, en Alemania, los panfletos de Otto Glagau contra los banqueros y bolsistas judíos [13]. Ya he indicado, por lo demás, los orígenes de este anti-judaísmo económico: cómo, por un lado, los terratenientes hicieron al judío responsable de la preponderancia, para ellos desagradable, del capitalismo industrial y financiero y cómo, por otro, la burguesía cubierta de privilegios se dio vuelta contra el judío, otrora su aliado y ahora su competidor, y su competidor extranjero, pues ha sido a su carácter de extranjero, de no asimilado, que el israelita ha debido el exceso de animosidad que se le ha manifestado, y así el anti-judaísmo económico se vincula con el anti-judaísmo etnológico y nacional.

[11] Se encuentran en Marx (Annales Franco-Allemandes, 1844, p. 211) y en Lasalle las mismas apreciaciones sobre el judío parásito que en Fourier y Proudhon.
[12] Toussenel, Les Juifs Rois de l'Époque (París, 1847). Toussenel corroboró este libro con una violenta campaña en el periódico La Démocratie Pacifique. Bajo la Monarquía de Julio, el movimiento anti-judío fue violentísimo y se publicaron numerosos panfletos contra los financistas judíos.
[13] Glagau, Otto, Der Börsen und Gründersschwindel in Berlín (Leipzig, 1876), y Les Besoins de l'Empire et le Nouveau Kulturkampf (Osnabrück, 1879).

     Esta última forma del anti-judaísmo es moderna. Nació en Alemania y fue a los alemanes a quienes los anti-judíos franceses pidieron prestada la teoría.

     Fue bajo la influencia de las doctrinas hegelianas que se elaboró en Alemania esta doctrina de las razas que Renan sostuvo en Francia [14]. En 1840 y, sobre todo, en 1848, se hizo dominante, no sólo porque la política alemana la puso a su servicio, sino porque concordó con el movimiento nacionalista y patriótico que impulsó a las naciones y con la tendencia a la unidad, que caracterizó a todos los pueblos de Europa. El Estado, se decía entonces, tiene que ser nacional. La nación debe ser una y abarcar a todos los individuos que hablan el idioma nacional y son de la misma raza. Más aún: conviene que este Estado nacional reduzca los elementos heterogéneos, vale decir los extranjeros. Ahora bien: el judío no es un ario. No tiene los mismos conceptos morales, sociales e intelectuales que el ario. Es irreductible. Hay que eliminarlo, pues. En caso contrario, arruinará a los pueblos que lo acogieron. Algunos entre los anti-judíos nacionalistas y etnólogos afirman que la obra ya está realizada.

[14] En los últimos años de su vida Renan había abandonado la doctrina de las razas, de su desigualdad y de su superioridad o inferioridad recíproca. Se encontrarán estas teorías muy neta y claramente expuestas en el libro, notable desde muchos puntos de vista, de Gobineau: Essai sur l'Inégalité des Races Humaines, 1853.

     Estas ideas, retomadas posteriormente por los señores Heinrich von Treitschke [Ein Wort über unser Judenthum, Berlín, 1888] y Adolf Wagner en Alemania, por Schoenerer en Austria, por Pattai en Hungría, y, mucho más tarde, por Drumont en Francia [15], fueron sistematizadas por primera vez por Wilhelm Marr en un panfleto que tuvo cierta repercusión, inclusive en Francia: La Victoria del Judaísmo sobre el  Germanismo [16]. Marr declara en él que Alemania era presa de una raza conquistadora, la de los judíos, raza ésta que lo poseía todo y quería judaizar a Alemania, como por otra parte a Francia, y concluía diciendo que Germania estaba perdida. Incluso mezclaba con su anti-judaísmo etnológico un anti-judaísmo metafísico, digámoslo así, que ya Schopenhauer había profesado [17], anti-judaísmo éste que consistía en combatir el optimismo de la religión judía, que Schopenhauer encontraba vil y degradante y al cual oponía las concepciones religiosas griegas e indias.

[15] Drumont es el tipo del anti-judío asimilador que ha florecido en los últimos años en Francia y más aún en Alemania. Polemista de talento, periodista vigoroso y satírico lleno de recursos, el señor Drumont es un historiador mal documentado y un sociólogo –y, sobre todo, un filósofo– mediocre. No se lo puede comparar desde ningún punto de vista con hombres del valor de H. von Treitschke, Adolf Wagner y Eugen Dühring. Ha desempeñado, no obstante, en el desarrollo del anti-judaísmo en Francia y hasta en Alemania un papel considerable, y tuvo una gran influencia en la propaganda.
[16] Marr, Wilhelm, Der Sieg des Judenthums über das Germanthum (Berna, 1879). Bourdeau dedicó a este folleto un estudio en el Journal des Débats del 5 de Noviembre de 1879.
[17] "Un Dios como ese Yahvé —dice Schopenhauer— que animi causa, por su mero placer y fríamente produce este mundo de miseria y lamentaciones y que además se complace con ello y se aplaude (...) esto es demasiado. Consideremos, pues, la religión judía, desde este punto de vista, como la última entre las doctrinas religiosas de los pueblos civilizados. Lo cual concuerda perfectamente con el hecho de que es la única que no tiene absolutamente ningún rastro de inmortalidad" (Parerga und Parelipomena, t. II, cap. XII, p. 112, Leipzig, 1874).

     Schopenhauer y Marr no eran los únicos representantes del anti-judaísmo filosófico. Toda la metafísica alemana combatió al espíritu judío que consideraba esencialmente diferente del espíritu germánico y que representaba para ella el pasado en oposición con las ideas del presente. Mientras que el Espíritu se va realizando en la historia del mundo y va avanzando, los judíos permanecen en un estadio inferior. Tal es el pensamiento hegeliano, el de Hegel y también de sus discípulos de la extrema Izquierda, Feuerbach, Arnold Ruge y Bruno Bauer [18]. Max Stirner [Der Einzige und sein Eigenthum, Leipzig, 1882] desarrolló estas ideas con gran precisión. Para él, la Historia universal ha recorrido hasta ahora dos edades. La primera, representada por la Antigüedad, en la cual teníamos que transformar y eliminar el estado negro del alma; la segunda, la del mongolismo, representada por la época cristiana. En la primera edad, el hombre dependía de las cosas; en la segunda lo subyugan las ideas mientras no las domine y no libere su yo. Ahora bien: los judíos "esos niños precozmente envejecidos y dóciles de la Antigüedad, no han superado el estado negro del alma. A pesar de toda su sutileza y de toda la fuerza de su sagacidad y su inteligencia que se adueña de las cosas con un fácil esfuerzo y las constriñe a servir al hombre, no pueden descubrir el espíritu que consiste en considerar las cosas como inexistentes".

[18] Véase al respecto Hegel, Filosofía del Derecho; Ruge, Arnold, Zwei Jahre in Paris; Bauer, Bruno, Die Judenfrage, Feuerbach, L., La Esencia del Cristianismo.

     Encontramos otra forma del anti-judaísmo filosófico en Dühring, una forma más ética que metafísica. Dühring, en varios tratados, panfletos y libros [19], ataca al espíritu semítico y a la concepción semítica de lo divino y de lo ético, que opone a la concepción de los pueblos nórdicos. Llevando lógicamente hasta el final las consecuencias de sus premisas y siguiendo, por lo demás, la doctrina de Bruno Bauer, ataca al cristianismo, que es la última manifestación del espíritu semítico. "El cristianismo carece sobre todo de toda moral práctica que, no susceptible de doble interpretación, fuera utilizable y sana. Por consiguiente, los pueblos sólo acabarán con el espíritu semítico cuando hayan sacado de su mente este segundo aspecto del hebraísmo".

[19] En especial en Los Partidos y la Cuestión Judía (Die Judenfrage als Frage der Rassenschädlichkeit).

     Después de Dühring, Nietzsche, a su vez, ha combatido la moral judía y cristiana que, según él, es la moral de los esclavos en oposición a la moral de los amos. Los judíos y los cristianos, mediante los profetas y mediante Jesús, han fomentado "la rebeldía de los esclavos en la moral". Han hecho predominar concepciones bajas y nocivas, que consisten en endiosar al débil, al humilde y al miserable, y en sacrificar al fuerte, al orgulloso y al poderoso.

     En Francia, algunos revolucionarios ateos, entre otros Gustave Tridom [Du Molochisme Juif, Bruselas, 1884] y A. Regnard [Aryens et Sémites, París, 1890] han practicado este anti-judaísmo anti-cristiano que se reduce, en último análisis, al anti-judaísmo etnológico, así como al anti-judaísmo metafísico propiamente ficho.

     Podemos, pues, reducir a tres las distintas variedades de anti-judaísmo: el anti-judaísmo cristiano, el anti-judaísmo económico y el anti-judaísmo etnológico. En el examen que acabamos de hacer de ellos, hemos comprobado que los reproches de los anti-judíos eran reproches religiosos, reproches sociales, reproches etnológicos, reproches nacionales, y reproches intelectuales y morales. Para el anti-judío, el judío es un individuo de raza extranjera, incapaz de adaptarse, hostil con respecto a la civilización y a la fe cristiana, inmoral, antisocial, provisto de un intelecto diferente del intelecto ario y, además, depredador y dañino.

     Ahora vamos a estudiar sucesivamente estos reproches. Veremos si están fundados, vale decir, si las causas reales del anti-judaísmo contemporáneo les corresponden, o si sólo se trata de prejuicios. Estudiamos en primer lugar los reproches etnológicos.



CAPÍTULO 10
LA RAZA


     El judío es un semita. Pertenece a una raza extranjera, nociva, perturbadora e inferior: tal es el reproche etnológico de los anti-judíos. ¿En qué estriba? Estriba en una teoría antropológica que ha engendrado o, por lo menos, justificado una teoría histórica: la doctrina de la desigualdad de las razas, de la que debemos hablar en primer lugar.

     Desde el siglo XVIII se ha tratado de clasificar a los hombres y de distribuírlos entre ciertas categorías determinadas, distintas y separadas. Para eso, se han utilizado como base indicios muy diferentes: la sección del pelo, ovalada (en los negros de cabello lanudo) o redonda [ulótricos y leiótricos]; la forma del cráneo, ancha o alargada [braquicéfalos y dolicocéfalos], y, en fin, el color de la piel. Esta última clasificación ha prevalecido. Hoy en día se distinguen tres razas humanas: la raza negra, la raza amarilla y la raza blanca. A estas razas se atribuyen aptitudes diferentes y se las ordena por orden de superioridad: la raza negra en el nivel más bajo de un gradiente cuyo escalón más alto pertenece a la raza blanca. Asimismo, para explicar mejor todavía esta jerarquía de las razas humanas, se niega la doctrina religiosa del monogenismo, doctrina ésta que declara que el género humano desciende de una pareja única, y se le opone el poligenismo, que admite la aparición simultánea de numerosas parejas distintas, concepción más lógica, más racional y más conforme a la realidad.

     ¿Tiene esta clasificación bases serias y reales?. La creencia en el monogenismo o en el poligenismo ¿permite afirmar que hay razas elegidas y razas réprobas? De ninguna manera. Si se admite el monogenismo, es evidente que los hombres, que descienden todos de una pareja común, tienen las mismas propiedades, la misma sangre y la misma constitución física y psíquica. Si, por el contrario, se acepta el poligenismo, vale decir la existencia inicial de un número indefinido y considerable de bandas heterogéneas sobre el globo, se hace imposible sostener la existencia de razas originariamente superiores o inferiores, pues los primeros agrupamientos sociales se formaron por amalgama de dichas bandas humanas heterogéneas cuyas calidades y virtudes respectivas no estamos en condiciones de determinar y menos aún de clasificar. "Todas las naciones —dice el señor Gumplowicz [La Lutte des Races, París, 1893]—, las más primitivas que aparecen en los albores de los tiempos históricos, serán para nosotros los productos de un proceso de amalgamación (ya terminado en los tiempos prehistóricos) entre elementos étnicos heterogéneos". Por lo tanto, si uno se ubica desde el punto de vista de la identidad de origen, la jerarquía etnológica es inadmisible y se puede afirmar, con Alejandro de Humboldt, que "no hay cepas étnicas que sean más nobles que las demás".

     La raza, por lo demás, es una ficción. No existe grupo humano alguno que pueda alabarse de tener dos antepasados iniciales y de descender de ellos sin que jamás el aporte primitivo haya sido adulterado por una mezcla. Las razas humanas no son puras, lo que significa, propiamente hablando, que no hay raza. "La unidad falta —afirma el señor P. Topinard [L'Anthropologie]—. Las razas se han dividido, dispersado, mezclado en todas las proporciones y en todas las direcciones durante miles de siglos. La mayor parte dejó su idioma por el de los vencedores y luego lo abandonó por un tercero, cuando no por un cuarto. Las masas principales han desaparecido y nos encontramos en presencia, ya no de razas, sino de pueblos". Por lo tanto, la clasificación antropológica de la Humanidad no tiene valor alguno.

     Es cierto que los partidarios de la jerarquía etnológica se apoyan, a falta de caracteres antropológicos, en caracteres lingüísticos. Clasificados los idiomas en monosilábicos, aglutinantes, flexionales y analíticos, según su evolución, se ha establecido, sobre la base de estas diversas formas del lenguaje, la elección o reprobación de los que los hablan. Sin embargo, esta pretensión no es sostenible, pues los chinos, cuyo idioma es monosilábico, no son inferiores ni a los yakutos ni a los kamchalades, cuyo idioma es aglutinante, ni a los zulúes que hablan una lengua flexional, y sería fácil demostrar que los japoneses y los magiares, cuyo idioma es aglutinante, no son de ningún modo inferiores a ciertos pueblos llamados arios, cuya lengua es flexional. Por lo demás, sabemos que el hecho de hablar un mismo idioma no implica identidad de origen, puesto que tribus victoriosas impusieron, en todas las épocas, su lengua a otras tribus extranjeras, sin que esas tribus hubieran tenido para ello aptitudes nativas. Por lo tanto, la clasificación de las lenguas no puede en nada determinar la clasificación étnica del género humano.

     Con todo, por insostenible que sea la doctrina de la desigualdad de las razas, tanto desde el punto de vista lingüístico como desde el punto de vista antropológico, no ha dejado de dominar nuestra época, y los pueblos han perseguido y siguen persiguiendo esta quimera de la unidad etnológica, que no es sino la herencia de un pasado mal informado y, para decir verdad, una forma de regresión. La Antigüedad tuvo las mayores pretensiones de pureza de sangre y, hoy en día, es entre los negros africanos y entre algunos salvajes que la idea de raza está más difundida y más enraizada. Esto se entiende. Los primeros vínculos colectivos fueron los vínculos de sangre. La primera unidad social, la familia, se fundó en la sangre. La ciudad se consideró una ampliación de la familia y, en la aurora de cada ciudad, la leyenda colocó una pareja ancestral, así como en ciertas religiones se colocó una pareja inicial en los comienzos de la Humanidad [1]. Cuando elementos humanos nuevos llegaron en esas aglomeraciones, fue preciso perpetuar esta creencia en la identidad originaria, y se llegó a ello por la ficción de la adopción y, en esas civilizaciones lejanas, sólo hubo lugar para el hijo de la tribu y de la ciudad, o para el adoptado.

[1] El décimo capítulo del Génesis nos presenta uno de los tipos más perfectos de esta creencia, con la genealogía de los hijos de Noé: a la cabeza de cada grupo humano de cada nación se coloca un antepasado.

     El extranjero, en todas las legislaciones primitivas, fue el enemigo, aquel de quien había que protegerse, el perturbador, el que perturbaba creencias e ideas. Sin embargo, a medida que las colectividades se agrandaron, se hicieron menos unificadas. Si se considera como pauta exclusiva de la unidad la filiación sin ruptura, ya hemos visto que, desde la Prehistoria, las amplias hordas se formaron por la aglomeración de bandas heterogéneas, y los Estados, los primeros Estados históricos, fueron a su vez constituídos por la aglomeración de esas hordas que ya no podían reivindicar el mismo antepasado para cada uno de sus miembros. A pesar de todo, hasta nuestros días, esta idea de la comunidad de origen se ha perpetuado. Deriva, en efecto, de una necesidad esencial: la necesidad de homogeneidad y unidad, que lleva a todas las sociedades a reducir sus elementos disímiles, y la creencia en la pureza de la sangre no es sino la manifestación exterior de este afán de unidad: un modo de expresar su necesidad, modo éste claro, simplista y satisfactorio para el inconsciente y el salvaje, pero de cualquier modo insuficiente y sobre todo indemostrable para el que no se contenta con el decorado de las cosas.

     Asimismo, la teoría de la desigualdad de las razas estriba en un hecho real. Debería formularse como la desigualdad de los pueblos, pues resulta evidente, a las claras, que el destino de los distintos pueblos no ha sido semejante. Pero esto no quiere decir que la desigualdad de dichos pueblos haya sido originaria. Esto quiere decir meramente que algunos pueblos se encontraron en condiciones geográficas, climáticas e históricas más favorables que las que gozaron otros pueblos y que pudieron, por lo tanto, desarrollarse más completamente, más armónicamente; y no que tuvieron mejores disposiciones ni un cerebro más acertadamente conformado. Lo prueba el hecho de que algunas naciones pertenecientes a la raza blanca, supuestamente superior, fundaron civilizaciones muy inferiores a las civilizaciones de los amarillos o hasta de los negros. No hay, por consiguiente, pueblos ni razas originariamente superiores. Hay naciones que "en ciertas condiciones fundaron imperios más poderosos y civilizaciones duraderas" [Metchnikoff, León, La Civilisation et les Grands Fleuves].

     De cualquier modo, y en el caso que nos interesa, estos principios etnológicos, verdaderos o falsos, han sido, por el solo hecho de su existencia, una de las causas del anti-judaísmo. Han permitido dar a una manifestación que reconoceremos más adelante como nacionalista y económica, una apariencia científica y, gracias a ellos, los reproches de los anti-judíos se han fortalecido con razones pseudo-históricas y pseudo-antropológicas. No sólo, en efecto, se ha admitido la existencia de las tres razas —negra, amarilla y blanca—, ubicadas por orden jerárquico, sino que se ha establecido, en estas razas mismas, subdivisiones y categorías. Se ha afirmado, en primer lugar, que sólo la raza blanca y algunas familias de la raza amarilla fueron capaces de crear civilizaciones superiores. Se ha dividido, después, a la raza blanca en dos ramas: la raza aria y la raza semítica. Se ha asegurado, por fin, que la raza aria debía considerarse la más perfecta. En nuestros días, inclusive, la raza aria ha sido subdividida en grupos, lo que ha permitido a los antropólogos y etnólogos chauvinistas declarar que, sea el grupo celta o el grupo germano, debe considerarse la flor y nata de la raza aria, ya de por sí superior. Sobre la base de la historia de la Antigüedad oriental, los historiadores modernos colocan este problema que dan por capital, tanto más cuanto que es insoluble. ¿A qué cepa pertenecen los pueblos antiguos?; ¿son arios, turanios o semitas? Tal es la pregunta que se coloca en los comienzos de todas las búsquedas sobre las naciones del Oriente.

     Se modela así la Historia, consciente o inconscientemente, sobre los cuadros étnicos del Génesis —cuadros éstos que se encuentran también entre los babilónicos y los griegos primitivos— que explicaban, de modo rudimentario, la diversidad de los grupos humanos por la existencia de retoños salidos de padres únicos, retoños éstos que habrían, cada uno, engendrado un pueblo. Así, es la Biblia la que sirve todavía de auxiliar a los anti-judíos, pues se han quedado aún, en etnografía y en Historia, en las explicaciones del Génesis: en Sem, Cam y Jafet, sustituídos por el semita, el turanio y el ario, aunque estas divisiones fueran imposibles de justificar, sea lingüísticamente, sea antropológicamente o históricamente [2].

[2] Esta clasificación tiene más o menos el mismo valor que la pretensión de las clases feudales que, en la Edad Media, justificaban su tiranía pretendiendo ser jaféticos mientras que el campesino y el siervo eran camitas, lo que legitimaba las relaciones de superior a inferior.

     Sin detenernos en discutir si las razas negras son capaces o no de civilización, debemos ver lo que se entiende por arios y por semitas.

     Se llaman arios todos los pueblos cuyo idioma deriva del sánscrito, lengua ésta que hablaba un grupo humano que se conocía como ario. Ahora bien, este grupo "sólo muestra unidad científicamente demostrable desde el punto de vista exclusivamente lingüístico" [Metchnikoff, op. cit.]. Toda unidad antropológica es indemostrable: las mediciones cefálicas, los índices y los números no suministran prueba alguna. En este grupo ario se encuentran tipos semíticos, tipos mongoles, todos los tipos y todas las variedades de tipos, desde el que es capaz de desarrollarse moral, intelectual y socialmente hasta el que permanece en una duradera mediocridad. Se observan en él dolicocéfalos y braquicéfalos, hombres de piel morena, otros de piel amarillenta y otros de piel blanca. Sin embargo, a pesar de que algunas de estas tribus de lengua aria no han tenido un desarrollo apreciablemente superior al de ciertas aglomeraciones de negros, no por ello se deja de afirmar enérgicamente que la raza aria es la más hermosa y la más noble de las razas, que es productora y creadora por excelencia, que se le debe las metafísicas más admirables, las creaciones líricas, religiosas y éticas más magníficas, y que ninguna otra raza ha sido ni es capaz de semejante florecimiento. Para llegar a tal resultado, se hace por supuesto caso omiso del hecho indiscutible de que todos los organismos históricos han sido formados por los elementos más disímiles, cuya parte respectiva en la obra común es imposible determinar.

     La raza aria, pues, es superior y ha manifestado su superioridad oponiéndose a la dominación de una raza fraternal y rival: la raza semítica. Ésta es una raza feroz, brutal, incapaz de creación y desprovista de ideal, y la Historia universal se representa como la historia del conflicto entre la raza aria y la raza semítica, conflicto éste que podemos comprobar aún hoy. Cada anti-judío aporta una prueba de este secular combate. Es la guerra de Troya que algunos representan como la lucha del ario y el semita, y Paris se convierte para el caso en un bandido semítico que roba hermosas arias. Más tarde, las guerras médicas configuran una fase de este gran combate, y se muestra al Gran Rey como jefe del Oriente semítico que se lanza al asalto del Occidente ario. Luego viene Cartago que disputa a Roma el imperio del mundo y el Islam que marcha contra el cristianismo. Y los anti-judíos se complacen en mostrar al griego vencedor del troyano y de Atarjerjes, a Roma triunfante sobre Cartago y a Carlos Martel deteniendo a Abd-er-Ramán.

     Los apologistas de los arios, así como reconocen a semitas en los troyanos, no quieren ver sino a arios en las hordas heterogéneas y bárbaras que sitiaron a la opulenta Ilión, y en los medas que subyugaron Asiria, esos medas que sólo comprendían una tribu aria, la de los arya-zantha, mientras que la mayor parte era probablemente turania. Quieren probar que Sumer y Acad, los educadores de los semitas, eran arios, y algunos incluso atribuyeron este noble origen al antiguo Egipto. Han hecho más todavía: han separado, en las civilizaciones semíticas, lo bueno de lo malo, y es artículo del catecismo anti-judío el que todo lo que es aceptable o perfecto en el semitismo se tomó prestado a los arios.

     Los anti-judíos cristianos han conciliado así su fe con su animosidad y, sin titubear ante la herejía, han admitido que los Profetas y Jesús eran arios [3], mientras que los anti-judíos anti-cristianos consideran al Galileo y los nabís como semitas inferiores y condenables.

[3] Esta teoría, que tiene la inmensa ventaja de no estribar en ningún fundamento, nació en Alemania y pasó después a Francia y Bélgica. El señor Biez y el señor Edmond Picard la sostuvieron sucesivamente. Pero no respaldaron sus aserciones en prueba alguna, ni siquiera ilusoria. (Véase Antisemiten Spiegel, p. 132 y ss., Dantiz, 1892).

     Lo que sabemos de la historia de las naciones antiguas y modernas, ¿nos autoriza a aceptar como real esta rivalidad, esta lucha y esta oposición instintiva de la raza aria y la raza semítica? De ninguna manera, puesto que semitas y arios se mezclaron de modo continuo, y el aporte semítico es considerable en todas las civilizaciones llamadas arias. Diez siglos antes de la Era cristiana, las ciudades fenicias del Mediterráneo enviaron a sus emigrados a las islas y sucesivamente, después de haber fundado las ciudades que cubrieron el lado Norte de África, desde Hadrumeta y Cartago hasta las Islas Canarias, colonizaron Grecia, que los invasores arios encontraron poblada de aborígenes amarillos y de colonos semitas, a tal punto que Atenas fue una ciudad totalmente semítica. Lo mismo sucedió en Italia, España y Francia, donde los navegantes fenicios fundaron Nimes, por ejemplo, como habían fundado Tebas en Beocia, y llegaron a Marsella como habían llegado al África.

     Estos diversos elementos se amalgamaron después y se armonizaron por efecto del clima y el medioambiente mental, intelectual y moral, pero no permanecieron inactivos. Los semitas transformaron el genio griego, o sea, le permitieron modificarse introduciendo en él elementos extranjeros. La historia de los mitos helénicos es, desde este punto de vista, curiosa e instructiva y, al comparar a Heracles con Melkart o a Afrodita con Astoret [Astarté], se captará ese aporte semítico. Asimismo, las copas y los vasos fenicios, exportados en grandes cantidades por los comerciantes de Tiro y Sidón, al servir de modelos a los artistas griegos, permitieron al espíritu sutil de los jonios y los dorios interpretar los mitos cuyas imágenes ofrecían, y la imaginería fenicia apoyó considerablemente la mitología iconológica griega [4].

[4] Véase Clermont-Ganneau, L'Imagerie Phénicíenne et la Mitologie Iconologique chez les Grecs, París, 1880, y Les Antiquités Orientales, París, 1890.

     También fueron los fenicios los que llevaron a los helenos el alfabeto tomado prestado de los jeroglifos del antiguo Egipto. Les enseñaron la industria minera y el trabajo de los metales, así como el Asia Menor, alumna de Asiria, los inició en la escultura, y tenemos todavía monumentos que atestiguan esta influencia, como los leones de la Acrópolis de Micenas y esas diosas helénicas que conservaron el tipo de las terracotas babilónicas. Los griegos, con su maravilloso sentido de la armonía y de la belleza y con su ciencia del orden —de la orquestación, digámoslo así—, amasaron estas ideas orientales, las transformaron y las depuraron, pero el pueblo griego no dejó por ello de ser una amalgama de razas muy diversas, arias, turanias y semíticas, y tal vez camíticas, y debió su genio a otras causas que la nobleza y pureza de su origen.

     Sin embargo, los anti-judíos modernos admitirían en rigor la importancia del semitismo en la historia de las civilizaciones, pero también aquí con una clasificación. Hay semitas superiores, dicen, y semitas inferiores. El judío es el último de los semitas, el que es improductivo por esencia, aquel cuyos hombres no han recibido nada y no pueden dar nada. Es imposible aceptar esta aserción. Es cierto que la nación israelita no ha manifestado nunca grandes aptitudes por las artes plásticas, pero cumplió por la voz de sus profetas una obra moral con la que se beneficiaron todos los pueblos. Elaboró algunas de las ideas éticas y sociales que son el fermento de la Humanidad. Si no ha tenido escultores ni pintores divinos, ha tenido sobre todo moralistas que han trabajado a favor de la fraternidad universal, y panfletarios vaticinadores que han hecho viviente e inmortal la noción de justicia. Isaías, Jeremías y Ezequiel, a pesar de su violencia y, más, de su ferocidad, hicieron oír la gran voz del sufrimiento que quiere no sólo ser protegido contra la fuerza abominable, sino también ser liberado.

     Por lo demás, si el elemento fenicio se incorporó al elemento pelágico y heleno, al elemento latino, al elemento celta y al elemento íbero, el elemento judío contribuyó también, al mezclarse con otros, a formar las aglomeraciones que se aliaron más tarde para constituír las naciones modernas. En ese amplio crisol que fue el Asia Menor, crisol éste en el cual se fusionaron los pueblos más diversos, el judío fue también a abismarse y desaparecer. En Alejandría, los judíos, lentamente helenizados, hicieron de la ciudad uno de los centros más activos de la propaganda cristiana. Estuvieron entre los primeros conversos y formaron el núcleo de la Iglesia primitiva, en Alejandría, Antioquía y Roma, y los ebionitas, cuando desaparecieron, fueron absorbidos en todas partes por la masa de los conversos griegos o romanos.

     Durante toda la Edad Media la sangre judía siguió mezclándose con la sangre cristiana. Los casos de conversiones masivas fueron extremadamente numerosos y sería interesante establecer la nómina de los que, como los judíos de Braine, Tortosa y Clermont, convertidos por Avito, y como los veinticinco mil bautizados, según se dice, por Vicente Ferrer, desaparecieron en medio de los pueblos entre los cuales vivían. La Inquisición, si bien impidió la judaización o si, por lo menos, trató de impedirla, favoreció esa absorción de los judíos, y, si los anti-judíos cristianos fueran lógicos, maldecirían a Torquemada y a sus sucesores que ayudaron a mancillar la pureza aria por la adjunción del judío. El número de los marranos, en España, fue enorme. En casi todas las familias españolas se encuentra, en un punto de la genealogía, al judío o al moro. "Las casas más nobles están llenas de judíos", se decía [Centinela contra Judíos], y el cardenal Mendoza y Bobadilla escribió, en el siglo XVI, un panfleto sobre las máculas de los linajes españoles [5]. Así sucedió en todas partes y comprobamos por el número de los apóstatas adversarios de sus ex-correligionarios, que los judíos fueron accesibles a la seducción cristiana.

[5] Mendoza y Bobadilla, Francisco, El Tizón de la Nobleza Española, o Máculas y Sambenitos de Sus Linajes (Barcelona, 1880). Véase también Lorente, Histoire de l'Inquisítion (París, 1817).

     Así hemos contestado a los que afirman la pureza de la raza aria. Hemos indicado que esta raza fue, como todas las razas, el producto de innumerables mezclas. Sin hablar de los tiempos prehistóricos, hemos mostrado que las conquistas persas, macedónicas y romanas agravaron la confusión etnológica que se acrecentó aún en Europa en tiempos de las invasiones. Las razas llamadas indo-germánicas, ya cargadas de aluviones, se mezclaron con los chuds, los ugros y los uro-altaicos. Los europeos que creen descender en línea recta de antepasados arios no piensan en los países tan diversos que dichos antepasados atravesaron en sus largos éxodos, ni a todos los pueblos que arrastraron consigo, ni a todos los que encontraron establecidos en todos los lugares donde se detuvieron, pueblos éstos de razas desconocidas y origen dudoso, tribus oscuras e ignoradas cuya sangre corre todavía en las venas de los hombres que se dicen herederos de los legendarios y nobles arios, como la sangre de los dacios amarillos y de los drávidas negros bajo la piel de los blancos arios de la India.

     Pero la idea de la superioridad semítica no está más justificada que la idea de la superioridad aria, y sin embargo se la ha sostenido con la misma verosimilitud. Se han hallado teóricos para afirmar, y hasta para probar, que los semitas eran la flor y nata de la Humanidad, y que todo lo que el arianismo tenía de bueno venía de ellos. Se encontrará algún día, si no está hecho aún, a algún etnólogo cuyo patriotismo demostrará, con el mismo grado de evidencia, que el turanio debe ocupar el más alto lugar en la Historia y en la Antropología.

     Hoy, los que se consideran la más alta encarnación del semitismo, los judíos, contribuyen a perpetuar la creencia en la desigualdad y la jerarquía de las razas. El prejuicio etnológico es un prejuicio universal, y sus propias víctimas son sus más tenaces conservadores. Anti-judíos y filojudíos se unen para defender las mismas doctrinas. Sólo se separan cuando hay que atribuír la supremacía. Si el anti-judío reprocha al judío formar parte de una raza extranjera y vil, el judío pretende pertenecer a una raza elegida y superior. Atribuye a su nobleza y a su antigüedad la más alta importancia y, todavía ahora, es presa del orgullo patriótico. Aunque no es más un pueblo y protesta contra quienes quieran ver en él al representante de una nación acampada entre naciones extranjeras, no por ello conserva menos en el fondo de sí mismo esta vanidosa convicción y, así, es semejante a los chauvinistas de todos los países. Como ellos, pretende ser de origen puro, sin que su afirmación esté mejor apuntalada, y tenemos que examinar de cerca la afirmación de los enemigos de Israel y de Israel mismo, a saber, que los judíos son el pueblo más unido, más estable, más impenetrable y más irreductible.

     Los documentos faltan para determinar la etnología de los Beni-Israel nómades, pero es probable que las doce tribus que, según la tradición, componían este pueblo, no pertenecieran a una cepa única. Eran probablemente tribus heterogéneas; pues la nación judía, a pesar de sus leyendas, no puede vanagloriarse más que las demás naciones de haber sido engendrada por una pareja única, y la concepción común que representa a la tribu hebraica dividiéndose en sub-tribus [Renan, Ernest, Histoire du Peuple d'Israel] no pasa de ser una concepción legendaria, la del Génesis que aceptaron, equivocadamente, parte de los historiadores de los hebreos.

     Ya compuestos de unidades diversas, entre las cuales figuraban probablemente grupos turanios y kuchitas, vale decir amarillos y negros [6], a los judíos se agregaron aún otros elementos extranjeros durante su estadía en Egipto y en el país de Canaán que conquistaron. Más tarde, Gog y Magog —los escitas— al llegar bajo Josías hasta las puertas de Jerusalén, dejaron tal vez su rastro en Israel. Pero fue a partir del primer Cautiverio que las mezclas aumentaron. "Durante el cautiverio de Babilonia —dice Maimónides [7]— los israelitas se mezclaron con toda suerte de razas extranjeras y tuvieron hijos que, gracias a esas uniones, formaron una especie de nueva confusión de las lenguas". Sin embargo, esa Babilonia —donde existían ciudades, como Mahuza, casi íntegramente poblada por persas convertidos al judaísmo— se consideraba como habitada por judíos de raza más pura que los judíos de Palestina. "En cuanto a la pureza de la raza —rezaba un viejo proverbio— la diferencia entre los judíos de las provincias romanas y los de Judea es tan visible como la diferencia entre una masa de calidad mediocre y una masa de flor de harina. Pero la Judea misma es como una masa mediocre en comparación con la Babilonia".

[6] En la base de toda civilización se encuentran los tres elementos: el blanco, el amarillo y el negro. Lo vemos en Egipto, donde se agregó un elemento rojo, en Mesopotamia y en la India, en todos los lugares donde se crearon grandes Imperios, y casi se podría afirmar que, para fundar civilizaciones duraderas, hace falta la cooperación de esos tres tipos humanos.
[7] Maimónides, Yad Hazaka (La Mano Poderosa), 1ª parte, cap. I, art. IV.

     Judea, en efecto, había sufrido innumerables vicisitudes. Siempre había sido un país de paso para Mizraím y para Asur. Luego, cuando los judíos hubieron vuelto del Cautiverio, se unieron con samaritanos, edomitas y moabitas. Después de la conquista de la Idumea por Hircán, había habido uniones judías e idumeas y, durante la guerra con Roma, los vencedores latinos, según se afirmaba, habían engendrado hijos. "¿Estamos seguros —decía melancólicamente el rabino Ulla ben-Yehisquil— de no descender de los paganos que, después de la toma de Jerusalén, deshonraron a las jóvenes de Sion?".

     Pero lo que más favoreció la introducción de sangre extranjera en la nación israelita fue el proselitismo. Los judíos fueron por excelencia un pueblo de propagandistas y, a partir de la construcción del segundo Templo y, sobre todo, de la Dispersión, su celo fue considerable. Fueron realmente los que el Evangelio dice que recorrían "la tierra y el mar para hacer un prosélito" [Mateo, cap. 23], y el rabino Eliezer podía con todo derecho exclamar: "¿Para qué Dios ha esparcido a Israel entre las naciones? Para reclutarle prosélitos en todas partes" [Talmud Babil., Pessahim, f. 87]. Abundan los testimonios que atestiguan ese ardor proselitista de los judíos [8] y, en los primeros siglos antes de la Era cristiana, el judaísmo se propagó con el mismo poderío que caracterizó más tarde al cristianismo y al Islam. Roma, Alejandría, Antioquía —donde casi todos los judíos eran gentiles conversos—, Damasco y Chipre, fueron centros de fusión, ya lo he mostrado. Además, los conquistadores hasmoneos obligaron a los sirios vencidos a hacerse circuncidar. Hubo reyes que se convirtieron, arrastrando con ellos a sus súbitos, como la familia del reino de Adiabene, y, en ciertas regiones de la Palestina misma, la población estuvo muy mezclada, como en Galilea, en esa "región de los gentiles" donde debía nacer Jesús.

[8] Horacio, Sát., IV, 143; Josefo, Bell. Jud., VII, III, 3; Dion Casio, XXXVII, XVII, etcétera.

     Después de la Era cristiana, la propaganda judía no cesó. Se efectuó incluso por la fuerza, y cuando, bajo Heraclio, Benjamín de Tiberíades conquistó Judea, los cristianos palestinos se convirtieron en masa. Fue la persistencia y continuidad de esa propaganda la que constituyó, como ya he dicho, una de las causas del anti-judaísmo teológico.

     Durante siglos, los concilios legislaron y se tomaron medidas para impedir a los judíos atraer a los fieles, para prohibirles circuncidar a sus esclavos y para vedar sus casamientos con cristianos. Pero, hasta el momento de las persecuciones generales, vale decir, cuando se hizo demasiado peligroso ser judío, las prescripciones canónicas fueron impotentes para detener ese proselitismo y a veces, cuando se produce un acontecimiento importante o cuando estalla un escándalo, podemos ver la propaganda judía en acción. Es un obispo el que se convierte en 514; más tarde es el diácono Bodon [Amolón, Liber contra Judaeos, Migne, P. L., CXVI] el que pide la circuncisión y adopta el nombre de Eliezer. A menudo los Papas intervienen con bulas, como Clemente IV en 1255 y Honorio IV en 1288. Los reyes mismos actúan, como lo hizo Felipe el Hermoso, quien en 1298 ordenaba a los jueces del reino "castigar a los judíos que atraen a cristianos a su religión mediante regalos".

     En toda Europa los judíos atrajeron a sí a prosélitos, rejuveneciendo su sangre al agregar una sangre nueva. Hicieron conversiones en España, donde los sucesivos concilios de Toledo prohibían los casamientos mixtos; en Suiza, donde un decreto del siglo XIV condena a las muchachas a usar sombreros judíos por haber dado a luz niños de padres israelitas; en Polonia, en el siglo XVI, a pesar de los edictos de Segismundo I, según dice el historiador Bielski [Chronicon Rerum Polocarum]. Y no sólo se unieron en Europa con las naciones llamadas arias, sino también con los uralo-altaicos, con los turanios. Y esta última infiltración fue la más considerable.

     En el litoral del Mar Negro y del Mar Caspio, los judíos estaban establecidos desde hacía muchísimo tiempo. Se cuenta que Artajerjes III Oco, durante la guerra que hizo a Egipto y al rey Tachos (361 AC.) arrancó a los judíos de su país y los trasladó a Hircania, en las orillas del Mar Caspio. Si su establecimiento en esa región no es tan antiguo como lo pretende la tradición, ya estaban radicados allá mucho antes de la Era cristiana, como lo atestiguan las inscripciones griegas de Anape, Olbia y Panticapeia. En los siglos VI y VIII emigraron de Babilonia y llegaron a las ciudades tártaras: Kerstch, Tarku, Derbend, etc. Allá, más o menos en 620, convirtieron a un pueblo entero cuyo territorio se encontraba en los alrededores de Astrakán: los jázaros [9]. La leyenda se apoderó de este hecho que conmovió mucho a los judíos de Occidente, pero la conversión no puede, sin embargo, ser puesta en duda. Isidoro de Sevilla, su contemporáneo, la menciona, y más tarde, en el siglo X, Hasdai ibn-Schaprut, ministro del califa Abdel-Rhaman III, tuvo correspondencia con José, último kagan de los jázaros, cuyo reino fue destruído por el príncipe Sviatislav de Kiev. Los jázaros tuvieron una gran influencia sobre las tribus tártaras vecinas, las de los polianos, los severianos y los viatischi, entre otras, e hicieron entre ellas numerosos prosélitos [10].

[9] Saint-Martín, Vivien de, Les Khazars (París, 1851); d'Ohsson, C., Les Peuples du Caucase (París, 1826; Revue des Etudes Juives, t. XX, p. 144.
[10] A pesar de su fe mosaica, los jázaros no se mezclaron en ningún momento con los judíos, motivo por el cual no les fueron aplicadas ni la legislación restrictiva del imperio zarista ni, durante la Segunda Guerra Mundial, las leyes de Núremberg de la Alemania nacionalsocialista (N.delT.).

     En el siglo XII, pueblos tártaros del Cáucaso se convertían aún al judaísmo, según relata el viajero Petaya de Ratisbona [11]. En el siglo XIV, en las hordas que —encabezadas por un tal Mamai— invadieron las regiones que rodean el Cáucaso, había numerosos judíos. Fue en ese rincón de Europa oriental que se operó activamente la fusión de los judíos y los uralo-altaicos. Allá el semita se unió con el turanio y aún hoy, al estudiar los pueblos del Cáucaso, se encuentran los rastros de esa mezcla entre los treinta mil judíos de ese país y en las tribus que los rodean [12].

[11] Basnage, Histoire des Juifs, t. IX, p. 246, y Wagenseil, Excercitations.
[12] Entre los chechenos, establecido en el Este y el Noroeste del Cáucaso, el tipo judío está muy difundido, así como entre los andis del Daguestán. Los tats del Mar Negro se consideran judíos, y existen muchos judíos en las tribus tártaras, por ejemplo entre los kumiks (Véase Erckert, Der Kaukasus und seine Völker, Leipzig, 1887).

     Así, esta raza judía, presentada por los judíos y los anti-judíos como la raza más destacable y más homogénea, es muy diversa. Los antropólogos podrían, en primer lugar, dividirla en dos partes bien separadas: los dolicocéfalos y los braquicéfalos. Al primer tipo pertenecen los judíos sefarditas, o sea, los judíos españoles y portugueses, así como la mayor parte de los judíos de Italia y del Sur de Francia. Al segundo se puede incorporar a los judíos ashkenazim, vale decir los judíos polacos, rusos y alemanes [13]. Pero los sefarditas y los ashkenazim no son las dos únicas variedades de judíos conocidas. Esas variedades son numerosas.

[13] En cuanto a los judíos dolicocéfalos de África y de Italia, véanse los trabajos de Pruner-Bey (Mémoire de la Société d'Anthropologie, II, p. 432, y III, p. 82) y de Lombroso. Para los judíos braquicéfalos, véase Kopernicki y Mayer, Caractéres Physiques de la Population de la Galicie, Cracovia, 1876 (en polaco).

     En África se encuentran judíos agricultores y nómades, aliados con los cabileños y bereberes [14], cerca de Setif, Guelma y Biskra, en la frontera de Marruecos. Van en caravanas hasta Timbuctú, y algunas de sus tribus, en los confines del Sahara, son tribus negras [15], como los daggatunes, así como son negros los falashas, los judíos de Abisinia [16]. En la India se hallan judíos blancos en Bombay y judíos negros en Cochín, pero los judíos blancos tienen sangre melánica. Se establecieron en la India en el siglo V, después de las persecuciones del rey persa Feroces que los expulsó de Bagdad. Sin embargo, según algunos, su establecimiento se remontaría a una fecha más lejana: a la llegada de los judíos a China, es decir, antes de Jesús. En cuanto a los judíos de China, no sólo están emparentados con los chinos que los rodean sino que también han adoptado las prácticas de la religión de Confucio [17].

[14] Los cabileños son de raza bereber (N. del T.).
[15] Mardochée Aby Serour, Les Daggatouns, París, 1880.
[16] Véase para los falachas, d'Abbadie, Nouvelles Annales de Voyages, 1845, 111, p. 18, y Luzzato, Ph., Archives Israélites, 1851-54.
[17] Schwartz, Elie, Le Peuple de Dieu en Chine, Estrasburgo, 1880, y abate Sionnet, Essai sur les Juifs de la Chine, París, 1837.

     El judío, pues, ha sido incesantemente transformado por los medios diferentes en los cuales ha vivido. Ha cambiado porque los idiomas diversos que ha hablado han introducido en él nociones diferentes y opuestas. No ha permanecido como pueblo unido y homogéneo. Al contrario, es hoy en día el más heterogéneo de todos los pueblos, el que ofrece las variedades más amplias, y esta supuesta raza, cuya estabilidad y resistencia amigos y enemigos concuerdan en alabar, nos ofrece los tipos más múltiples y más opuestos, ya que van desde el judío blanco hasta el judío negro, pasando por el judío amarillo, y esto sin mencionar las divisiones secundarias, las de los judíos de pelo rubio y rojo y las de los judíos morenos de pelo negro.

     Por consiguiente, el reproche etnológico de los anti-judíos no se apoya en ninguna base seria y real. La oposición de los arios y los semitas es ficticia. No es cierto que la raza aria y la raza semítica sean razas puras y que el judío sea un pueblo único e invariable. La sangre semita se ha mezclado con la sangre aria, y la sangre aria, con la sangre semita. Arios y semitas han recibido ambos, además, la adjudicación de la sangre turania y de la sangre camítica, negra o negroide, y, en la Babel de nacionalidades y de razas que es actualmente el mundo, la preocupación de los que buscan reconocer en sus vecinos cuál es el ario, el turanio y el semita, es una preocupación vana.

     A pesar de esto, hay una parte de verdad en el reproche que hemos examinado, o más bien en las teorías de los anti-judíos acerca de la desigualdad de las razas y la superioridad aria. Los prejuicios antropológicos, en una palabra, son el velo que cubre algunas de las causas reales del anti-judaísmo.

     Hemos dicho que no hay razas. Pero existen pueblos y naciones. Lo que se llama impropiamente una raza no es una unidad etnológica, pero sí una unidad histórica, intelectual y moral. Los judíos no son un ethnos sino una nacionalidad. Son de tipos variados, es cierto, pero ¿cuál es la nación que no es diversa? Lo que hace a un pueblo no es la unidad de origen sino la unidad de sentimientos, de pensamiento y de ética.–






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