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martes, 28 de abril de 2015

Theodore L. Stoddard - El Sur Mediterráneo



     El capítulo quinto del libro "Racial Realities in Europe" (1924) del influyente historiador y periodista estadounidense Theodore Lothrop Stoddard (1883-1950) trata, dentro de su estudio de la composición racial europea, de la realidad racial del Sur de Europa (The Mediterranean South), enfocándose, con cada vez menor extensión, en las realidades italiana, española y portuguesa, y centrándose en cómo la conformación de las razas va dando su inexorable sello temperamental a dichas naciones (como a todas las demás) y a los hijos que producen. Lo hemos puesto en castellano dado el interés de las consideraciones del doctor Stoddard, ferviente anti-inmigracionista, del período de entre guerras.




Capítulo V
EL SUR MEDITERRÁNEO


     Uno de los errores más difundidos que existen hoy es la creencia en una raza latina. La idea tradicional es que Europa del Sudoeste es latina, y que Francia, Italia, España y Portugal son naciones hermanas habitadas por pueblos de sangre emparentada. Esta idea, por cierto, ha influído fuertemente en el curso de la política europea en muchas ocasiones; y sin embargo es una ilusión. La verdad del asunto es que no hay tal cosa como una raza latina, sino que, por el contrario, los llamados pueblos latinos se diferencian ampliamente unos de otros en su composición racial. En un capítulo anterior observamos el carácter racialmente compuesto de Francia. En el capítulo presente examinaremos la composición racial de Italia, España y Portugal, y notaremos las consecuencias prácticas.

     Viendo estos países desde el ángulo racial, lo primero que llama nuestra atención es el hecho de que en esos tres países una gran proporción de la población pertenece a la raza mediterránea, el linaje delgado y de complexión oscura que hace miles de años ocupó las tierras que lindan con el Mar Mediterráneo y que ha permanecido desde entonces como el elemento más numeroso en aquellas regiones. Sin embargo, deberíamos notar dos cosas: en primer lugar, no debemos confundir los términos "mediterráneo" y "latino"; en segundo lugar, debemos comprender que el linaje mediterráneo original ha sido enormemente modificado durante su larga historia, de modo que ha llegado a variar extensamente en diferentes épocas y en lugares diferentes.

     El uso no riguroso de las palabras "mediterráneo" y "latino" ha causado una confusión interminable, y la diferencia entre el significado de los dos términos debe ser claramente entendida antes de que pueda ser apreciada la situación actual en Europa del Sudoeste. El término "mediterráneo" tiene un sentido puramente racial, y se refiere, como ya se ha indicado, al linaje delgado y de complexión oscura que, ya en la Antigüedad, colonizó las tierras alrededor del Mar Mediterráneo y que también se dirigió hacia el Norte a través de Francia a las islas británicas, donde todavía sobrevive, sobre todo en el País de Gales e Irlanda. La palabra "latíno", por otra parte, no es un término racial sino histórico y cultural que se remonta hasta la época romana. Italia central era la patria romana, y con el crecimiento del poder romano, la lengua y la cultura latinas se difundieron por Europa del Sudoeste. No solamente toda Italia, sino también Francia, España y Portugal fueron completamente latinizadas, y hoy los pueblos de aquellos países hablan lenguas y poseen culturas igualmente derivadas de la vieja fuente latina.

     Incuestionablemente estas lenguas y culturas similares son creadoras de lazos para un entendimiento comprensivo entre los pueblos del Sudoeste europeo. Y sin embargo la significación de esto no debe ser sobreestimada. La Historia demuestra concluyentemente que tales lazos no vinculan más allá de un cierto grado, a menos que sean reforzados por el lazo más sutil pero más cercano de la sangre emparentada. Ésta es la razón de por qué los observadores que dejan de considerar el factor racial son tan continuamente engañados. Juzgados simplemente por su discurso y su cultura, los pueblos del Sudoeste de Europa parecen bien capacitados para una asociación cercana y armoniosa. En consecuencia, los profetas políticos a menudo han predicado la doctrina de la fraternidad latina y han abogado por un pan-latinismo; en otras palabras, por una liga de pueblos latinos.

     Y sin embargo, a pesar de tan elocuente prédica del pan-latinismo, simplemente aquél no ocurre. La razón, por supuesto, es que dicha doctrina está basada en una ilusión, la ilusión de confundir la similitud en el lenguaje y las costumbres con el parentesco de sangre. Los pueblos del Sudoeste de Europa se diferencian unos de otros en su composición racial mucho más extensamente de lo que por lo general se imagina, y esas diferencias raciales en gran parte contradicen los lazos culturales y lingüísticos.

     Quienquiera que llegue a conocer a los pueblos latinos descubre claramente una cosa tan curiosa como significativa. Se trata del hecho de que mientras más estos pueblos son aglutinados, menos gustan unos de otros. Mientras que sus contactos son simplemente superficiales, mientras que ellos intercambian cortesías o leen los libros de los otros, el sentimiento de similitud amistosa tiende a crecer. Pero déjeles entrar en contacto íntimo, y las probabilidades son que ellos descubrirán rápidamente y por instinto marcadas diferencias temperamentales que serán más apropiadas para apartarlos que para reunirlos. Éste es particularmente el caso de los franceses y sus vecinos del Sur. Pero es también verdadero en un grado menor entre italianos y españoles, e incluso entre españoles y portugueses. En cada caso un estudio de los hechos sacará a la luz las diferencias en la composición racial que explican las diferencias temperamentales que existen entre los así llamados pueblos "latinos".

     Por supuesto, la presencia de un gran elemento mediterráneo en las poblaciones de Italia, España y Portugal crea entre aquellos pueblos un parentesco de sangre que está casi totalmente ausente entre ellos y los franceses, que son principalmente alpinos o nórdicos de raza, con muy poca sangre mediterránea. En este sentido básico, por lo tanto, Italia, España y Portugal pueden ser considerados como formando un bloque de pueblos del mismo tipo que pueden ser clasificados en conjunto como el Sur mediterráneo de Europa. Sin embargo, como ya comentamos, estos tres pueblos son racialmente mucho menos afines que lo que parecen superficialmente, y una justa estimación de sus respectivas situaciones puede ser conseguida sólo viéndolos por separado, como lo haremos ahora.

* * *

     Italia es con mucho la nación más importante de Europa del Sur. La fuerza medieval de España ha desaparecido gradualmente hace mucho, mientras la efímera gloria de Portugal es sólo un débil recuerdo. Italia sin embargo recientemente emergió después de siglos de eclipse, ha forjado su unidad política, incrementó su prosperidad material, y hoy muestra un vigor espontáneo que le augura un buen futuro.

     La larga península de Italia sobresale de la masa de Europa continental lejos hacia el Sur, montada a horcajadas sobre las aguas del Mar Mediterráneo y por medio de su isla anexa de Sicilia casi tocando África del Norte. Italia es larga y estrecha en su forma, siendo un lugar común geográfico el parecido de su figura a una bota militar. Incluyendo sus islas dependientes, Sicilia y Cerdeña, el área de Italia es de aproximadamente 300.000 kms. cuadrados. En esa área vive una población de casi 40 millones de personas que aumenta rápidamente su cantidad.

     Italia es una unidad geográfica bien definida. Separada de la masa continental europea por la masiva muralla de los Alpes, y bañada en sus otras partes por el mar, los límites de Italia están claramente trazados por la Naturaleza. Este aislamiento natural ha sido suficiente para asegurar el sello de una lengua y una cultura comunes sobre todos los habitantes de la península. No ha sido, sin embargo, suficiente para mantener alejadas las numerosas influencias extranjeras. La cadena montañosa de los Alpes está rota por diversos pasos, a través de los cuales se han derramado a menudo ejércitos invasores. Además, los mares que limitan a Italia son estrechos y fácilmente cruzables desde las orillas opuestas. De hecho Italia ha sido a través de las épocas racialmente modificada por dos corrientes contrastantes de población inmigrante, una habiendo entrado al país por los pasos alpinos del Norte, y la otra llegada a sus costas del Sur desde las tierras del Este o de África del Norte. Ésta es la razón básica de aquellas pronunciadas diferencias raciales que caracterizan al pueblo italiano de hoy en día.

     Otro factor en juego para la diversidad racial es la geografía interna de Italia. La península misma es principalmente montañosa, rompiendo así la superficie de la tierra en muchos pequeños distritos separados unos de otros. Sólo en el Norte existe una extensión realmente grande de país plano, el amplio valle del río Po. Estos dos factores geográficos juntos dan la clave para la historia racial de Italia.

     Hoy, como en el pasado, Italia está dividida en dos regiones bruscamente contrastadas, habitadas por poblaciones de un carácter muy diferente. Al Norte está el rico valle del Po, un imán natural para los invasores desde más allá de los Alpes. Hacia el Sur se estrecha la delgada y montañosa península, haciéndose cada vez más rugosa y rota, relativamente poco atractiva e inaccesible para la penetración terrestre desde el Norte, aunque abierta a los desembarques desde el mar. Somos capaces ahora de entender la historia racial de Italia, que ha seguido muy de cerca las líneas trazadas por la Naturaleza.

     Los primeros habitantes de algún significado durable fueron los mediterráneos, gente delgada y de complexión oscura que entró en la península hace mucho miles de años, llegando aparentemente tanto del Este por los Balcanes como del Sur vía África del Norte. Estableciéndose en la península entera, junto con sus anexos, las islas de Sicilia y Cerdeña, ellos hicieron de Italia un tiempo una tierra sólidamente mediterránea.

     Actualmente, sin embargo, su título de propiedad exclusiva fue cuestionado. Por los pasos alpinos del Norte comenzó a fluír aquella sucesión de invasiones que han modificado tan profundamente el destino de Italia. Al principio esos invasores eran hombres de raza alpina, con cabezas redondas y fornidos, que conquistaron gradualmente el valle del Po, expulsando o absorbiendo a los mediterráneos y convirtiendo a Italia del Norte en la tierra predominantemente alpina que ha seguido siendo desde entonces. Más tarde, los nórdicos altos y rubios cruzaron los Alpes, conquistando a las poblaciones mezcladas de alpinos y mediterráneos del Norte de Italia, y estableciéndose como aristocracias dirigentes. Con el tiempo bajo el liderazgo nórdico esas tribus mezcladas empujaron hacia el Sur, modificando la composición racial de Italia Central, pero raramente penetrando al extremo Sur, que permaneció casi sólidamente mediterráneo en su sangre.

     Roma es el principal ejemplo de los pueblos que surgieron como resultado de esas migraciones prehistóricas. El pueblo romano en sus primeros días era claramente de origen racial diverso. Como la mayor parte de los grandes pueblos de la Antigüedad, estaba compuesto por una aristocracia dirigente que se diferenciaba bruscamente en su raza de la masa de la población. Los patricios romanos, la clase dirigente, eran aparentemente nórdicos con una cantidad perceptible de sangre alpina. Esto es claro a partir de los bustos que han llegado hasta nosotros, la mayor parte de los cuales muestra claramente características nórdicas —a veces sorprendentemente anglosajonas—, combinado con una cabeza algo ancha, que revela una variante alpina.

     La composición racial predominantemente nórdica de la clase dirigente romana queda igualmente clara al hacer un estudio del temperamento romano, que era evidentemente nórdico en su capacidad política y militar, su amor al orden y el estricto cumplimiento del deber; pero también mostraba un cruce alpino por su rigidez, su visión limitada y su carencia de imaginación creativa. Los plebeyos romanos parecen haber sido principalmente mediterráneos, estabilizados por una infusión alpina bastante fuerte y con unos pocos trazos nórdicos.

     Es interesante observar cuán aguda era la conciencia de las diferencias raciales entre los dos órdenes de la sociedad en la temprana Roma. Los patricios —como las aristocracias nórdicas siempre lo han hecho— conservaron durante mucho tiempo la pureza de su sangre mediante una prohibición estricta del inter-matrimonio con los plebeyos, manteniendo de esa manera su control sobre el Estado e imprimiendo su espíritu tan profundamente sobre las instituciones y las costumbres romanas que sus ideales persistieron mucho después de que la clase patricia había perdido su carácter nórdico.

     Esta naturaleza del viejo espíritu romano necesita ser enfatizada porque ha sido muy generalizadamente malentendida. La idea predominante es que los romanos tempranos eran gente pequeña y oscura —en otras palabras, mediterráneos. Éste es un serio error, porque malinterpreta la fuente misma de la civilización latina. De hecho, un vistazo a los ideales e instituciones romanos muestra que éstos eran evidentemente nórdicos con modificaciones alpinas. La verdad es que hasta la caída de la República —cuando Roma dejó de ser racialmente romana— el espíritu de la sociedad romana era enfáticamente no-mediterráneo. Pensar en el patricio romano severo, práctico y poco imaginativo como si aquél fuese un mediterráneo típico no es sino absurdo. Hubiera sido un alma limpia al ser contrastada con el alma racial mediterránea, y esa alma romana, dondequiera que se encuentre algo como la pureza racial, ya en la Grecia antigua o en la Irlanda moderna, es siempre básicamente la misma.

     Para encontrar el espíritu mediterráneo en la Italia antigua debemos mirar no a Roma sino a aquellos Estados del Sur de Italia y Sicilia que fueron tempranos rivales de Roma. Aquí, en efecto, descubrimos el alma mediterránea dando lo mejor de sí: sus talentos artísticos, sus emociones calientes, su rápida imaginación, su amor por la forma, el color y la vida; aquí también encontramos aquel individualismo extremo y la inestabilidad política que siempre han sido debilidades mediterráneas y que pusieron al Sur de Italia bajo dominio romano.

     El período romano tiene que ser examinado no sólo porque puso un sello indeleble sobre los ideales y la cultura italianos sino también porque produjo importantes cambios raciales en la población italiana. La Italia moderna, de hecho, sólo puede ser entendida en relación al pasado romano.

     La herencia de Roma fue tanto buena como mala. Roma hizo de Italia durante siglos el centro del mundo y legó una gran cantidad de recuerdos gloriosos que deben siempre conmover los corazones italianos. Hoy, como en otros tiempos, los italianos están inmersos en la tradición romana, y los líderes italianos desde Rienzi a Mussolini se vuelven naturalmente a la Roma antigua en busca de inspiración. Los fascisti, con sus legiones, su saludo clásico y su símbolo de las fasces —el hacha amarrada junto con varas— no se han permitido ninguna vana teatralidad; estas cosas son las expresiones instintivas de un pueblo para quien la antigua Roma es todavía un intenso recuerdo.

     Tal es el lado brillante de la herencia de Roma para la Italia moderna. Pero hay un lado más oscuro. Roma, aunque dueña del mundo, repartió las ulcerosas heridas italianas internas a través del tiempo. Los aspectos malos de la sociedad romana, el drenaje producido por las conquistas en el extranjero y los conflictos civiles, la maldición de la esclavitud, éstos y otros perniciosos factores empobrecieron y degeneraron a la población no sólo de Roma misma sino de toda Italia, de modo que cuando el Imperio romano finalmente cayó, dejó tras de sí a un linaje exhausto y debilitado, incapaz de continuar las tradiciones de la civilización romana o de defenderse contra sus enemigos. Durante siglos Italia llegó a ser una mera expresión geográfica, la presa indefensa de invasores extranjeros.

     El daño racial sufrido por el Sur fue particularmente profundo y duradero. La Italia del Norte y Central gradualmente recuperaron la energía y la capacidad, debidas tanto a la vitalidad viril que sobrevive en el fondo genético nativo como a la entrada de sangre nueva superior. Pero la población de Italia del Sur y Sicilia fue tan completamente drenada y degenerada durante los tiempos romanos, que ha sido desde entonces inferior en calidad. Aquí, como en algunas otras partes de la cuenca del Mediterráneo, el stock mediterráneo hoy está debajo del nivel que tenía en la Antigüedad. Los primeros habitantes mediterráneos de Italia del Sur y Sicilia eran pueblos vigorosos y dotados, que produjeron civilizaciones corteses y de gran colorido.

     Esas civilizaciones, sin embargo, se desvanecieron en un ciclo de luchas que terminó en el dominio romano. El Sur cayó en los días malos. El campo pasó a manos de especuladores agrarios romanos que lo parcelaron en grandes haciendas —latifundia— trabajadas por cuadrillas de esclavos en su mayoría sacados de linajes inferiores asiáticos y africanos. Los remanentes menguantes de la población nativa se congregaron en las ciudades, se convirtieron en proletarios empobrecidos, y se inter-casaron con esclavos libertos e inmigrantes indescriptibles, también llegados en gran parte del Levante y África del Norte. Es de esta población de los tiempos romanos tardíos que descienden principalmente los modernos italianos del Sur y los sicilianos. En ellos la presencia de variantes asiáticas y norafricanas es claramente visible hoy, habiendo sido implantadas dichas variantes no sólo en tiempos romanos sino posteriormente reforzadas durante la Edad Media, sobre todo en el período en que Italia del Sur y Sicilia cayeron bajo dominio sarraceno.

     Mucho más feliz fue el curso de los acontecimientos en Italia del Norte y Central. En primer lugar, esas regiones no fueron racialmente empobrecidas durante el período romano ni siquiera en algo ligeramente parecido al grado en que ocurrió en el Sur, a la vez que tuvo lugar una comparativamente pequeña adición de elementos inferiores levantinos y norafricanos. Además, la caída de Roma fue acompañada por una serie de invasiones bárbaras, que, aunque destructivas en ese entonces, llevaron mucha buena sangre nueva. Esos invasores eran mayormente nórdicos, y la corriente nórdica desde más allá de los Alpes siguió fluyendo durante siglos, leudando las poblaciones de Italia del Norte y Central con energía y capacidad creativa nórdicas.

     El creciente vigor del stock italiano del Norte en ese tiempo se manifestó por el ascenso de ciudades-Estados fuertes como Venecia y Florencia, y por un espléndido florecimiento de la capacidad artística y literaria, coronada por genios como Dante, Miguel Ángel y Rafael. Es verdad que las constantes guerras civiles y las invasiones extranjeras que afligieron a Italia hasta tiempos recientes mataron a gran parte de la mejor reserva racial, de modo que la población de Italia del Norte y Central de hoy no es igual a la población de hace cinco siglos. De todos modos, la población actual de esas regiones es incuestionablemente un buen stock, físicamente sano y revelando sus cualidades latentes mediante su capacidad de producir personalidades fuertes y dotadas.

     El ascenso de la Italia moderna a la unidad política y la prosperidad material durante el pasado siglo [XIX] fue hecha posible en gran parte por una serie de líderes notables como Mazzini, Garibaldi y Cavour, mientras el contemporáneo movimiento Fascista ha puesto al frente a varios hombres claramente capaces, culminando en la extraordinaria figura dinámica de Mussolini.

     En todos estos movimientos italianos, desde la Edad Media hasta el presente, un hecho básico es sorprendentemente claro: la diferencia alarmante entre el Norte y el Sur. Casi todo lo que vale la pena viene de Italia del Norte y Central. El Sur no contribuye prácticamente con nada de valor. De los pocos hombres de capacidad que el Sur ha dado a la Italia moderna, la mayoría descendía de ancestros nórdicos.

     Cualquiera que haya viajado por Italia comprende el repentino cambio que ocurre al Sur de Roma. Roma es, en efecto, la línea divisoria entre dos regiones bruscamente contrastadas. Hacia el Norte están el progreso y la prosperidad; hacia el Sur, el atraso y la pobreza. Esto es precisamente lo que la situación racial nos conduciría a esperar. Las dos mitades de Italia están habitadas por razas muy diferentes de hombres. La mitad Norte contiene lo mejor del viejo fondo genético mediterráneo, más un fuerte elemento alpino y una considerable levadura de sangre nórdica. La mitad Sur está poblada por un stock mediterráneo racialmente empobrecido, hace mucho tiempo drenado de sus mejores variantes y en ciertos lugares mestizado con elementos inferiores levantinos y africanos.

     Al reconocer las particularidades en la composición racial de Italia, y al comprender las amplias diferencias que existen no simplemente entre elementos raciales específicos en la población sino también entre los caracteres de linajes raciales similares en regiones diferentes, podemos hacernos una idea mucho más clara del curso de la vida nacional italiana de lo que sería posible, mientras mucho de lo que a primera vista parece extraño se hace comprensible. Cuando Italia por fin se convirtió en una nación unida hace medio siglo, ella se vio enfrentada a una multitud de problemas que requieren un manejo delicado y un tratamiento especial. En el campo económico Italia ha sido claramente exitosa. Aunque principalmente un país agrícola, Italia, sin embargo, ha construído un próspero sistema industrial —en el Norte, por supuesto— a pesar de las desventajas impuestas por la carencia de carbón y otras materias primas. Socialmente, Italia también ha progresado, siendo el nivel general de bienestar, educación y otros factores sociales, marcadamente más alto en el Norte y claramente mejor incluso en el atrasado Sur.

     Las dificultades más serias de Italia han estado en el campo de la política. Forjar un verdadero Estado nacional a partir de tales elementos diversos y largamente divididos fue una tarea hercúlea. Particularmente difícil fue la creación de instituciones políticas que congeniaran con el carácter italiano. Ciertamente el curso de la vida política italiana ha dejado hasta ahora mucho que desear.

     Italia comenzó con un conjunto de instituciones políticas modeladas a partir de los ideales parlamentarios y democráticos de Inglaterra y Francia. Pero ese sistema tomado prestado no demostró ser un éxito brillante. Una vez que el fervor patriótico de los primeros días se hubo desvanecido, la vida política italiana fue controlada por una casta de políticos profesionales que gradualmente desarrollaron un sistema conocido como "transformismo", un sublimado soborno gubernamental a ciertos sectores (pork barrel) que se comió el corazón de la vida política italiana. Detrás de resonantes plataformas de partido y bellas frases, los políticos profesionales formularon tratos e hicieron elecciones teniendo un ojo en la gente y otro en la tesorería. Cuando la opinión pública se volviera demasiado inquieta habría una elección y un cambio de Gobierno; pero esto realmente significaba un poco más que una redistribución de cargos políticos entre pandillas diferentes de un mismo grupo profesional. La situación se complicó posteriormente por el hecho de que había, no dos partidos políticos bien definidos como en Estados Unidos, sino numerosos grupos políticos, de modo que los ministerios fueron por lo general conformados a partir de bloques, unidos más por el deseo de conseguir un cargo que de hacer algo constructivo una vez que ellos estuvieran en el poder. El resultado fue que la vida política italiana fue dispendiosa, ineficaz y, sobre todo, carente de propósito. En cuanto al público general, continuamente engañado como lo ha sido por este juego de manos político, llegó a estar cada vez más aburrido y asqueado de todo el negocio entero, que era precisamente lo que los políticos profesionales querían, por cuanto la carencia de interés público les deja una mano más libre para jugar sus juegos políticos.

     En los años que precedieron inmediatamente a la Gran Guerra, desde luego, comenzaron a aparecer signos de un vigoroso descontento popular. Esto fue mostrado especialmente por el surgimiento de diversos nuevos grupos políticos que estaban francamente fuera del viejo sistema político, y que poseían genuinos programas de acción en vez de meras frases de partido. Los más poderosos de estos nuevos grupos fueron los sindicalistas, que querían una revolución social, y los nacionalistas, que exigían una política exterior fuerte e imperialista que hiciera de Italia una gran potencia en el mundo. Amargamente hostiles unos a otros como lo eran, los sindicalistas y los nacionalistas condenaron por igual el transformismo y predicaron la necesidad de la realidad política. Sin embargo, ellos eran sólo minorías controlando unos pocos asientos electorales, y de ese modo tenían poco efecto directo sobre la vida parlamentaria italiana.

     Entonces vino la guerra. Después de graves reveses, Italia emergió victoriosa, sólo para ver sus aspiraciones decepcionadas en el acuerdo de paz. Agotada, desilusionada y exasperada, Italia cayó presa de desórdenes internos que amenazaban con una guerra civil o la revolución. La vieja casta política, que había administrado malamente la guerra, se demostró completamente incapaz de afrontar la crisis en casa. Las cosas fueron de mal en peor. Una sucesión de Gobiernos débiles no hizo nada realmente sino que sólo contemporizó y jugó a la politiquería. Italia parecía al borde del caos.

     Entonces vino... ¡el Fascismo! Una minoría pequeña pero decidida encabezada por líderes capaces, el principal entre ellos Mussolini, se unió, luchó y derrotó a los elementos bolcheviques que planeaban una revolución social, y luego se volvieron sobre el Gobierno —que había estado mirando indiferente—, lo derrocaron y establecieron una manifiesta dictadura. Durante casi dos años Mussolini y sus fascistas Camisas Negras han sido los amos indiscutibles de Italia, con los resultados materiales del gobierno Fascista con que el mundo está lo suficientemente familiarizado. El orden, la eficacia y la prosperidad que ha llevado a Italia son bien conocidos. Lo que no es tan conocido, sin embargo, es el espíritu del Fascismo y el carácter exacto de sus ideales. Para apreciar en su totalidad el significado del Fascismo hay que ir a Italia y reunirse personalmente con los líderes Fascistas. Hacer aquello es una experiencia rara y estimulante. En la Italia actual uno inmediatamente consigue un sentido de frescura y vitalidad. La gente piensa francamente y actúa vigorosamente. La teoría y los precedentes son ignorados en favor del impulso natural y el sentido común.

     Pensar en el Fascismo como una mera reacción contra la conspiración bolchevique y la debilidad gubernamental es perder completamente su verdadero espíritu y su significado mayor. El Fascismo va mucho más profundo que eso. Es nada menos que un torrente vivo y vital del espíritu italiano, procurando forjar nuevas instituciones y nuevos ideales en armonía con la mente y el alma del pueblo italianao. Eso es lo que le da tanto su fuerza actual como su significado duradero. Los actos específicos del gobierno Fascista pueden ser sabios o imprudentes; el régimen Fascista entero puede ser sólo una empresa pionera, destinada pronto a evolucionar hacia algo completamente diferente; sin embargo, todo esto no toca el hecho básico de que el Fascismo ha puesto un sello sobre la vida y el pensamiento italianos que perdurará.

     El núcleo de la filosofía Fascista es el realismo. Probablemente los portavoces Fascistas objetarán mi uso de la palabra "filosofía"; porque son tan severamente realistas los fascisti que niegan tener tal cosa como una filosofía. Teniendo teorías como las tienen, ellos se esfuerzan por impedir que sus mentes se cristalicen alrededor de ideas generales. En vez de ello, procuran afrontar situaciones específicas a medida que surgen, para juzgarlas desde los hechos observados del caso y tratarlas a la luz del sentido común. Los precedentes, la coherencia, la lógica, estas cosas son, a los ojos Fascistas, meras tonterías. De hecho los fascisti afirman que es sólo debido a la reverencia excesiva por tales cosas que no simplemente Italia sino el mundo en general está donde está hoy. De acuerdo a los fascisti, el mundo durante mucho tiempo ha estado siguiendo una línea incorrecta. Desde el siglo pasado o más, dicen los fascisti, nos hemos obsesionado cada vez más por abstracciones teóricas condensadas en frases o palabras solas que hemos establecido como ídolos y ante las cuales nos hemos inclinado supersticiosamente.

     Considere algunos de nuestros Ídolos actuales. Sus nombres son Democracia, Libertad, Igualdad, Derechos, Gobierno Parlamentario, y otros más. Mírelos de cerca. ¿Qué significan realmente ellos? Por sí mismos, no significan nada; como abstracciones teóricas que son, no tienen ningún significado concreto. Y sin embargo están sentados como dioses en un templo pagano, ¡paralizando el pensamiento creativo y la energía de la Humanidad! Antes de ellos planteábamos tranquilamente nuestros problemas.

     ¿No es así esto? ¡Mire usted! Una situación nos está confrontando. ¿Qué hacemos nosotros?: ¿estudiamos los hechos especiales del caso y luego actuamos según aquéllos a la luz de nuestro sentido común? Podemos hacer esto en nuestra privacidad, pero raramente lo hacemos en los asuntos públicos. ¡En vez de ello, buscamos la voluntad de nuestros ídolos! En otras palabras, tratamos de encontrar una solución que sea "democrática" o que no ofenda a "principios sagrados" tales como la libertad y la igualdad.

     «¡Qué completas tonterías!», grita el Facismo. «¡Y qué peligroso absurdo, también! Tal ceguera idólatra no nos lleva a ninguna parte; o, mejor dicho, nos mete en un cenagal de problemas».

     Por lo tanto, «¡Abajo con nuestros ídolos!, ¡abajo con la Democracia!, ¡abajo con la Igualdad!; ¡fuera la palabra "Derechos", salvo, acaso, cuando está ligada a la palabra "Deberes"!. ¡A barrer con estos falsos dioses y al basurero junto con los otros ídolos caídos del pasado! Así, y sólo así, podemos limpiar nuestra visión, liberar nuestro sentido común y recobrar el camino del verdadero progreso».

     Tal es el realismo intransigente del Fascismo. Los fascisti tienen, en efecto, el coraje de sus convicciones. No hay "instituciones establecidas" para ellos. Implacablemente ellos preguntan: "¿Funciona eso?, ¿es eficiente?, ¿es adecuado para nuestra gente?". Y si la respuesta es No, es descartado.

     Lo mismo es verdadero de las ideas. La publicación especial de Mussolini se llama Gerarchia. ¡Un nombre significativo! "Gerarchia" es la palabra italiana para "jerarquía", y en sus páginas encontramos una teoría de la sociedad que desprecia las doctrinas de la democracia y la igualdad de una manera bastante clara. En vez de predicar la igualdad de los hombres, Gerarchia acentúa su desigualdad. Siendo los hombres por lo tanto desiguales, la democracia, en el sentido ordinario de la palabra, es un absurdo. La estructura social ideal de Mussolini toma la forma no de un plano nivelado sino de una pirámide altísima. Él vislumbra una sociedad en la cual los individuos serán clasificados según sus capacidades y limitaciones naturales.

     Porque incluso sus ideales más apreciados los fascisti los afirman sobre una base realista. Por ejemplo, los fascisti no son nada sino patrióticos; el poder y la gloria de Italia están siempre en sus mentes.

     Y a pesar de todo su patriotismo no es ni místico ni sentimental; al contrario, está arraigado en el realismo. Bien recuerdo una discusión que tuve sobre este punto con uno de los líderes Fascistas. La conversación derivó hacia la naturaleza del "nacionalismo" italiano.

     «Le explicaré», dijo el líder Fascista, «cómo nuestro nacionalismo se diferencia del nacionalismo de la mayor parte de los otros pueblos.

     «En otras partes usted encontrará el nacionalismo en gran parte basado sobre derechos abstractos y precedentes históricos. Nosotros los fascisti descartamos todo eso como inútil. Para nosotros no hay derechos abstractos, ni siquiera el derecho de una nación a su simple existencia. Una nación, tal como un individuo, debe merecer su existencia, y debe continuar mereciéndola. Por ejemplo, nosotros los fascisti no afirmamos que nuestra Italia adquiere algún derecho especial porque, en esta área geográfica, hubo una Roma, un Cinquecento, un Risorgimento; porque su suelo alimentó a Dante o a Julio César. No. Nuestra creencia en la grandeza presente y futura de Italia se basa en lo que nosotros, los italianos vivos, somos y seremos».

     Valientes palabras, éstas, y muy refrescante para uno que, como yo mismo, había estado recientemente en Europa Central y los Balcanes, donde escuché largos y elaborados argumentos nacionalistas a menudo basados en una conquista del rey tal o en una victoria del general tanto, ganada quizás muchas generaciones antes.

     Este espíritu valiente y de confiado optimismo de los fascisti indudablemente surge en gran parte del hecho de que el Fascismo es enfáticamente el movimiento de un hombre joven. No por nada la inspiradora canción de marcha del Fascismo comienza con las palabras "Giovanezza!, Giovanezza!" (¡Juventud!, ¡Juventud!). El Fascismo ha barrido a los burócratas y políticos anticuados hasta deshacerse de ellos. Mussolini mismo tiene sólo cuarenta años, mientras pocos de los líderes fascisti tienen más de cuarenta y cinco.

     Como ya se comentó, el Fascismo es claramente un producto italiano espontáneo. Sus métodos e ideales son precisamente lo que un estudio de la historia de Italia y su composición racial podría llevarnos a esperar. Los mediterráneos en todas partes instintivamente desean personalidades fuertes y dinámicas para que los conduzcan, mientras el linaje alpino parece hacerlo mejor bajo la dirección de minorías dirigentes capaces. Mussolini y sus tenientes por lo tanto parecen bastante aptos para llevar a cabo mucho por Italia, y conducir a su gente por caminos adecuados al carácter nacional.

     Quizás podemos estar incluso a punto de presenciar la creación de nuevas instituciones políticas más apropiadas para un pueblo mezclado de origen mediterráneo-alpino como los italianos que lo que lo fueron las formas parlamentarias y democráticas tomadas prestadas de Inglaterra cuando se alcanzó la unidad política italiana hace medio siglo. El hecho es que las instituciones parlamentarias democráticas sólo han sido un éxito real entre pueblos en gran parte nórdicos de sangre. La idea de que dichas instituciones pueden ser aplicadas indiscriminadamente a pueblos de todas las razas es precisamente un ejemplo de aquel teorizar abstracto contra el cual el Fascismo expresa hoy una protesta tan saludable.

* * *

     Desde Italia consideremos ahora a España y Portugal. Estas dos naciones juntas ocupan la Península Ibérica, el gran bloque de tierra que forma la esquina Sudoeste de Europa, bañado por las aguas del Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo y casi tocando África en el Estrecho de Gibraltar.

     La Península Ibérica se diferencia ampliamente de Italia en forma, clima y estructura interna. En primer lugar, es mucho más grande. Este mayor tamaño, junto con su forma cuadrada y elevación promedio más alta, produce condiciones naturales muy diferente de aquellas que prevalecen en Italia. La Península Ibérica consiste sobre todo en una meseta inmensa limitada por cadenas montañosas que se elevan bruscamente desde el mar. Sólo en unos pocos lugares hay llanuras costeras considerables. Separada de las húmedas brisas del mar por sus sierras, la meseta interior tiende a ser seca y estéril, de modo que la población siempre ha estado concentrada a lo largo del litoral fértil: Ésta es una de las razones de por qué la Península Ibérica raramente ha alcanzado la unidad política. Agrupados a lo largo de las costas, sus habitantes han vivido dándose la espalda unos a otros, mirando hacia el exterior por el mar más bien que hacia dentro hacia sus vecinos. En efecto, en la costa occidental, donde el aislamiento es más pronunciado, una nación separada, Portugal, surgió con un lenguaje distinto y una cultura propia. El resto de la península se mantuvo más unida y con el tiempo formó la nación española; pero incluso en España encontramos una marcada diferencia entre regiones diferentes que nunca ha sido eliminada.

     Si la Península Ibérica hubiera estado más abierta a la penetración extranjera podría haber sido el asiento de varias naciones distintas en vez de simplemente dos. Esto, sin embargo, ha sido impedido por su aislamiento. Estando fuera de la línea principal de las migraciones terrestres europeas, y separada del resto del continente europeo por la casi ininterrumpida pared montañosa de los Pirineos, la Península Ibérica ha tendido a vivir una vida aparte. Por esta razón ha soportado relativamente pocas invasiones y pocos cambios raciales, y su población es hoy más homogénea de sangre que cualquier otra parte del continente europeo excepto Escandinavia, igualmente una región de aislamiento geográfico.

     La Península Ibérica es racialmente una tierra claramente mediterránea. Tanto en España como en Portugal la población es principalmente de sangre mediterránea. Sin embargo, los dos pueblos se diferencian el uno del otro en un grado considerable tanto en la composición racial como en la calidad innata de su stock mediterráneo. Por esta razón, así como por consideraciones de lenguaje y pasados históricos, la consideración separada es deseable.

     De las dos naciones, España es muchísimo más grande y más importante. Ocupando casi siete octavos de la Península Ibérica entera, España tiene un área de más de 500.000 kms. cuadrados y una población de más de 21 millones de almas. La gente española es y siempre ha sido principalmente de linaje mediterráneo. En distintas épocas, desde luego, los invasores alpinos y nórdicos han entrado a España por vía de los Pirineos, pero esos elementos nunca han cambiado fuertemente la composición racial de la población general. Lo que de sangre alpina hay en España está confinado a las regiones montañosas del Noroeste. Ahí la población local se diferencia del resto de España tanto en el tipo físico como en el temperamento, siendo más impasible, tenaz y laboriosa que en otras partes.

     La sangre nórdica no está concentrada en ningún lugar, sino que está principalmente dispersa por las clases sociales superiores y medias, aunque los rasgos nórdicos sean encontrados con mayor frecuencia en el Norte que en el Sur. Los tipos rubios puros no son, sin embargo, en ninguna parte comunes. En el Sur de España hay muchas evidencias de la sangre norafricana, con ocasionales rastros negroides. Estos rasgos norafricanos y negroides se deben principalmente a la prolongada ocupación mora de la España del Sur.

     Antes España poseía una proporción mucho más grande de sangre nórdica. Este elemento nórdico era el más numeroso después de la caída del Imperio romano, cuando España fue invadida por varias tribus teutónicas como los suevos, los vándalos y los visigodos, que se establecieron como las aristocracias dirigentes y que durante un tiempo convirtieron a España en una tierra superficialmente nórdica. Aunque enormemente disminuída por las invasiones moras, la sangre nórdica permaneció relativamente abundante entre las clases altas, sobre todo en el Norte, hasta épocas comparativamente recientes. El espíritu nórdico jugó una parte durante el período de grandeza de España, que duró casi dos siglos después del descubrimiento de América por Colón. Durante aquel período España era lejos la mayor potencia en la Tierra, siendo a la vez dueña de la mayor parte del Nuevo Mundo y señora de una gran parte de Europa.

     Sin embargo aquellos dos siglos de poder y gloria resultaron ser la perdición de España. La flor de la nación fue drenada para someter a un continente salvaje o para morir en los campos de batalla europeos. Los valientes conquistadores en América y la intrépida infantería española en Europa representaron por igual lo más selecto tanto de los elementos mediterráneos como nórdicos. Generación tras generación esos hombres salieron por cientos de miles, para no volver más. Como un melancólico dicho castellano de aquellos tiempos bien lo decía, "Ésta es Castilla, que hace hombres y los desperdicia!" [frase de Alonso Fernández Coronel, s. XIV, al ser ejecutado por el rey de Castilla y León, Pedro I el Cruel].

     Y mientras los más bravos y valientes de España estaban muriendo en el extranjero, los más inteligentes que permanecieron en casa estaban siendo desarraigados por diversos factores sociales desfavorables. El ideal monástico se hizo tan extendido que grandes cantidades de hombres y mujeres, que representaban en promedio los elementos superiores de la población, entraron en órdenes célibes, murieron sin hijos, y privaron de esa manera a la raza de sus valiosas herencias. Además, el espíritu intolerante de la época mató despiadadamente a todos los que se aventuraron a diferir de las ideas ortodoxas. Durante dicho período el número de personas encarceladas, quemadas vivas o llevadas al exilio por la Inquisición española fue de 300.000.

     El resultado combinado de todas esas sangrías sobre la energía e inteligencia de España fue el colapso dramático del poder español en medio del siglo XVII. Desde su orgulloso rango de nación principal del mundo, España se hundió casi hasta la posición de una potencia de tercera clase, una posición en la cual ha permanecido desde entonces. Ese colapso repentino de la grandeza a la oscuridad ha intrigado durante mucho tiempo a los historiadores. Hoy, con nuestro conocimiento de los asuntos raciales, la razón es perfectamente clara. Como un pródigo derrochador, España imprudentemente echó mano a sus reservas raciales para tareas que estaban más allá de su fuerza. Cuando las últimas reservas habían sido gastadas, España cayó en una desesperada debilidad, porque ella había hipotecado su futuro racial.

     La España moderna es, en efecto, un asombroso ejemplo del empobrecimiento racial. El empobrecimiento racial debería ser claramente distinguido de otros males biológicos como la degeneración y la mestización. La gente española de hoy no es degenerada, teniendo muy poca mezcla con variedades extranjeras inferiores, excepto en ciertas partes del Sur. Lo que está mal con la España moderna es que su población ha sido tan desgastada de su energía creativa e inteligencia que produce poco excepto mediocridad. Muy raramente España produce líderes fuertes y talentosos. Aquí España se diferencia de Italia, en que ésta ha conservado el poder de criar dichas personalidades dominantes.

     La carencia de líderes capaces es especialmente seria en un país racialmente mediterráneo como España, porque los pueblos mediterráneos siempre necesitan una personalidad fuerte y dinámica, y engaños para despertar su entusiasmo y sacar lo mejor que hay en ellos. Ningún pueblo despliega hoy más características típicamente mediterráneas que los españoles. De hecho, la población de la España actual es racialmente mucho más mediterránea que lo que lo era hace algunos siglos, debido a la virtual desaparición de su alguna vez numeroso elemento nórdico. La gente española es probablemente el stock mediterráneo más puro ahora existente, como bien lo muestra el temperamento español, que es aproximadamente lo que podríamos esperar de un estudio de la composición racial de España, teniendo en cuenta, por supuesto, el hecho de que España ha sido drenada de la mayor parte de la inteligencia y talentos artísticos que son normalmente encontrados en los linajes mediterráneos no empobrecidos.

     El temperamento mediterráneo florece más claramente en la vida política de España. La idea clave del espíritu nacional español es un individualismo casi ilimitado. Las ideas y los principios, como tales, están en baja; ellos deben ser personalizados. Por eso los partidos políticos españoles se cristalizan alrededor de algún líder magnético que sabe cómo ganar la lealtad personal y devoción de sus seguidores. Además, España no ha desarrollado todavía un sistema gubernamental adecuado al carácter de su gente. Incluso más que en Italia, la burocracia centralizada tomada prestada de Francia y las instituciones parlamentarias tomadas prestadas de Inglaterra han dejado por igual de funcionar con éxito.

     El parlamentarismo español en particular fue desde un comienzo de un crecimiento enfermizo. A pesar de formas y frases constitucionales altisonantes, todo el poder efectivo pronto llegó a domiciliarse en una casta de políticos profesionales que inventaron un sistema aún más corrupto y opresivo que el transformismo italiano. Ese sistema político español es conocido como caciquismo. El sistema es manejado por un grupo de grandes jefes —caudillos— en la capital, Madrid, y es puesto en ejecución por un enjambre de jefes locales conocidos como caciques, que hacen las elecciones como Madrid lo ordena y obtienen su paga con cargos locales, poder y pillaje. Cuando el país grita demasiado fuerte, una válvula de seguridad es encontrada en un cambio electoral de gobierno; pero el alivio es un fraude, ya que los partidos políticos españoles juegan al juego de la rotación en los cargos a la perfección y se entregan el tesoro unos a otros en el momento psicológico preciso. El resultado principal de una elección española, por lo tanto, es la llegada al poder de una pandilla alterna de caudillos y caciques entusiastamente imbuídos de la máxima Jacksoniana "A los vencedores pertenecen los despojos". Su lealtad personal a su jefe puede ser fuerte, pero su lealtad al bienestar público es por lo general notoria por su ausencia. Todo esto es conocido por la gente española, que en consecuencia toma poco interés en la política, y ve los cambios caleidoscópicos de detalles con una indiferencia cínica y sombría.

     Esta deplorable situación ha conducido a la reciente descomposición del parlamentarismo español, cuando el Gobierno fue derrocado por una rebelión encabezada por el general Primo de Rivera, que estableció una dictadura. En la superficie, esto parece otro movimiento Fascista, y el general Primo ha sido aclamado como el Mussolini español.

     Una inspección más cercana, sin embargo, revela amplias diferencias entre los movimientos español e italiano. El Fascismo fue un crecimiento espontáneo y popular, apoyado por una gran parte de la juventud y los cerebros de Italia y encabezado por una personalidad notable asociada con un grupo considerable de líderes capaces. Desde el principio mostró no sólo valor y determinación sino también energía creativa e ideas originales. El movimiento español, por otra parte, fue principalmente el trabajo de oficiales del ejército descontentos. Fue una rebelión militar más bien que popular, y tiene un cercano parecido a otras rebeliones militares que han ocurrido en la historia española. Aunque el Directorio, como es llamado el nuevo gobierno, haya estado en el poder muchos meses, no ha hecho nada comparable a lo que el Fascismo ha conseguido, y no ha tenido éxito en ganar una medida parecida de confianza y apoyo públicos. En cuanto al general Primo de Rivera mismo, él no es obviamente ningún Mussolini.

     Lo que sucederá en España es, por supuesto, muy incierto. Quizás si Italia tiene éxito en desarrollar una solución constructiva a sus problemas, España puede adoptar de manera beneficiosa dicha solución, adaptada a sus circunstancias de alguna manera similares. Pero hasta donde alcanzan las presentes indicaciones, España no parece estar originando un programa constructivo, como la Italia Fascista parece estar haciéndolo.

* * *

     De España pasemos a Portugal. Este pequeño país, con un área de 92.000 kms. cuadrados y una población de 5.600.000 personas, no tiene ni un presente próspero ni un futuro esperanzador. Como España, Portugal disfrutó de un tiempo de grandeza, pero el tiempo fue breve y fue comprado a costa de una decadencia aún más pronunciada. Los motivos fueron similares. Portugal, como España, se vio repentinamente empujado a una posición para la cual no estaba capacitado, consumió su fuerza y vitalidad en tareas demasiado pesadas para soportar, y luego se hundió exhausto en una duradera impotencia.

     Ambos países se elevaron a la grandeza al mismo tiempo. En el mismo momento en que Colón descubría América para España, el navegante portugués Vasco da Gama comenzaba su memorable viaje alrededor de África hasta la India. Esto dio a Portugal un gran Imperio colonial en el Este, mientras otros exploradores portugueses pronto dieron a su país un Imperio colonial americano en Brasil. De sus colonias Portugal rápidamente sacó tal riqueza que se convirtió en una gran potencia, siendo su capital, Lisboa, una de las ciudades más espléndidas de Europa.

     Esta riqueza y poder fueron, sin embargo, literalmente exprimidos de la sangre portuguesa. Conquistar y mantener los enormes Imperios coloniales de Portugal requería grandes flotas y ejércitos que hicieron uso de la crema misma del linaje portugués. Al comienzo de su período heroico los portugueses eran un stock casi puramente mediterráneo, enérgico, inteligente, y con marcadas cualidades literarias y artísticas. Los grandes días de Portugal produjeron no sólo marineros intrépidos y soldados valientes sino también poetas y artistas cuyos nombres vivirán durante mucho tiempo en la Historia.

     Y luego, en insignificantes cien años, ¡se había acabado todo! Portugal colapsó, como España iba a colapsar un poco más tarde. La única diferencia fue que en el caso de Portugal el colapso fue mucho más completo. El drenaje del stock portugués había sido espantoso y el empobrecimiento racial resultante fue por lo tanto incluso más lamentable. La clase campesina había abandonado en gran parte el campo. Atraídos a las ciudades y a las colonias por el señuelo del oro y la aventura, o reclutados al por mayor en las flotas y ejércitos, ellos habían navegado al extranjero, para colonizar lo que el destino pudiera decretar, pero raramente para regresar a Portugal.

     Además, sobre este pueblo racialmente empobrecido cayó una nueva desgracia: la entrada de sangre extranjera inferior. El campo semi-desierto pasó a las manos de grandes terratenientes que importaron cuadrillas de esclavos negros sacados de las colonias africanas de Portugal. Esto fue particularmente verdadero de Portugal del Sur, donde un clima semitropical y un suelo fértil hicieron de la esclavitud negra algo altamente provechoso. Con el tiempo la población de Portugal del Sur llegó a estar claramente teñida de sangre negra, lo que produjo un efecto depresivo y degradante sobre el carácter nacional.

     La historia del Portugal moderno no ha sido una historia feliz.

     El desgobierno y la turbulencia han sido las características sobresalientes de su vida política. Las tentativas de aplicar instituciones parlamentarias democráticas han sido melancólicos fracasos. Hace catorce años la monarquía fue derrocada y fue establecida una república, pero esto pareció aumentar la inestabilidad política más bien que disminuírla. La República portuguesa ha sido una larga historia de desórdenes, crisis de gabinetes y revoluciones, que recuerdan a América Central, y ningún signo de mejoría está a la vista. Del Portugal actual el mundo tiene, por lo visto, poco que esperar.–





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