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martes, 21 de abril de 2015

Savitri Devi - Sobre Panteísmo y Asesinato de Animales



     Escrito entre 1945 y 1946, el libro de Savitri Devi "Impeachment of Man" (Acusación al Hombre) fue publicado en inglés en 1959. Entre sus interesantes capítulos están el segundo (Pessimistic Pantheism) y el séptimo (Ritual Slaughter of Animals), que presentamos ahora en castellano. Son interesantes reflexiones acerca de las causas de la carencia de un mayor respeto hacia todos los seres vivientes, fruto acaso de la misma consideración desapegada de la vida, y de la cuestionada práctica (en India, y entre judíos [kosher] y musulmanes [halal]) del sacrificio ritual de animales, formalmente abolido en tiempos modernos en la Alemania nacionalsocialista.




CAPÍTULO 2
Panteísmo Pesimista


     Además de esta perspectiva centrada en el Hombre, que tiene más de la mitad del mundo, que acabamos de esforzarnos por definir, hay una visión completamente diferente de los hindúes y de las principales religiones que han surgido del hinduísmo, a saber, el jainismo y el budismo. Deberíamos, por el bien de la conveniencia, llamar a este punto de vista la visión india, como opuesta a la visión judía antes descrita, ya que la única gran religión internacional que ha heredado ese punto de vista —el budismo— está tan esencialmente en deuda con el pensamiento indio más temprano, como el cristianismo y el Islam lo están con la tradición judía, e incluso más.

     La visión india puede ser resumida en una frase: consiste en ver, en todas las formas de vida, las manifestaciones del mismísimo Poder divino en juego en diversos niveles de conciencia. Dicha visión está centrada alrededor de la idea fundamental de la eternidad del alma individual —no simplemente en su inmortalidad— y de su vida en millones y millones de cuerpos, a través de millones y millones de nacimientos sucesivos. Proclama la continuidad de la vida en el tiempo y el espacio, que es el corolario lógico del dogma del Nacimiento y Renacimiento, y niega que haya una ruptura entre el Hombre y el resto del mundo animal. Tal ruptura, según dicha perspectiva, es artificial. La tendencia del Hombre a creer en la existencia de dicha separación es producto de la observación superficial, malamente interpretada, o bien es el resultado de una valoración arbitraria, arraigada en el orgullo humano, y es apenas menos ridícula que la de aquellos nacionalistas rabiosos quienes, sin ninguna justificación, sostienen que su propia gente es "objetivamente" la más dotada en la Tierra y la más preciosa para el mundo.

     Nadie sabe cuándo y dónde se originó el dogma del Nacimiento y Renacimiento. Bien podría ser tan antiguo como la Humanidad, y fue quizás planteado simultáneamente en diferentes partes del mundo durante los largos siglos no registrados de la Prehistoria. Pero es indudablemente en India que se encuentra su expresión más elaborada, y pasó desde el status de una creencia animista espontánea a la de una explicación coherente del universo, una filosofía. Y aquella filosofía, uno podría decir, no es sólo la de un poderoso subcontinente que se extiende desde los Himalayas a Ceilán —la base que todas las escuelas indias de pensamiento aceptan como un punto de partida— sino que también parece ser el elemento común en las diversas tendencias del pensamiento asiático en que India ha influído, directa o indirectamente, por medio del budismo. Y el éxito de todas las tentativas de ampliar la influencia del pensamiento indio al Occidente depende —y no puede sino depender— principalmente de la extensa predicación de aquella creencia fundamental en reencarnaciones sucesivas.

     Aquella creencia es, como hemos dicho, incompatible con cualquier teoría que pretenda que el Hombre es diferente en su naturaleza del resto de la creación viviente, y que ello le concede "derechos" especiales en base a aquella suposición. El esfuerzo de algunos teósofos (como Leadbeater) para sostener que existe una ruptura irreductible entre la Humanidad y el reino animal, mediante la introducción, en su explicación de la vida después de la muerte, de la idea de "grupos de almas" animales, se nos aparece como nada más que una reacción sutil del antiquísimo cristianismo que yace semi-dormido pero completamente vivo —e inesperadamente asertivo a veces— debajo de la capa superficial del pensamiento indio en la mayor parte de aquellos extraños neo-hindúes de Occidente. El Bhagavad-Gita no hace ninguna mención en absoluto de grupos de almas, ni tampoco lo hace, por lo que sabemos, ningún "shastra" hindú reconocido en el cual se hable de la cuestión del Nacimiento y el Renacimiento. Al contrario, parecería que, según los sabios indios, los autores de las Escrituras, así como aquellos hindúes corrientes, cada alma está dotada desde todos los tiempos (y no simplemente a partir del día en que entra en un cuerpo humano) con una individualidad que persiste a través de todas sus sucesivas encarnaciones, cualesquiera sean las diferentes especies en las cuales éstas pudieran ocurrir.

     Lo mismo puede decirse de la teoría de que, una vez que un alma ha alcanzado su primera encarnación humana, no puede sino tomar siempre nacimiento de ahí en adelante en una forma humana o sobrehumana, nunca en una infrahumana, independientemente de cuáles hayan sido sus hechos; la teoría de que la admisión de un alma en el plano humano es "como su aprobación de un examen", y que la clase de "diploma" así adquirido es irrevocablemente concedido, ya sea que el candidato permanezca digno de ello o no. No hay nada que pueda confirmar esta opinión en las creencias tradicionales de los hindúes. Al contrario, hay, en la leyenda hindú (y budista), casos de hombres nacidos de nuevo como animales, durante algún tiempo al menos. Se dice que el rey Bharat (a menudo llamado Jadabharat) renació como un ciervo; y del buen rey Asoka, el más poderoso patrono del budismo —una figura indudablemente histórica, cuyas fechas son conocidas por todo niño de escuela indio—, la tradición budista ha registrado que renació, durante cerca de una semana, como una boa constrictor, en castigo por una carencia temporal de ecuanimidad, según una versión (vea el Mahavamsa de Ceilán).

     En otras palabras, un creyente de la doctrina de la Reencarnación nunca puede estar completamente seguro de que el perro sarnoso que él ve yaciendo en el fango no es uno de sus parientes o amigos difuntos que está expiando algún insospechado pero serio delito en aquel traje miserable, alguna ofensa quizá desconocida por el pecador mismo, quizá venial a los ojos de la justicia humana, pero lo suficientemente seria cuando es juzgada desde el punto de vista de las leyes divinas e inmanentes de causa y efecto, para dar a su autor un cuerpo canino, para privarlo de comida, para afligirlo con sarna y enviarlo a morir en una acequia. Y, de manera similar, pudiera ser que el enemigo humano de un hombre particular no sea ningún otro que el perro hambriento que estuvo a su puerta aproximadamente treinta años antes, y que él no se preocupó de alimentar. Pudiera ser que el hijo de una mujer, fuente de alegría y orgullo para ella, no sea ningún otro que el gatito abandonado que ella alguna vez recogió en la calle, y que ronroneó en su mano cuando ella lo llevó a casa.

     Nadie puede decirlo; y tan pronto como uno admite la posibilidad de que la misma eterna alma individual pase de un cuerpo a otro —de una especie menor a una más evolucionada, o viceversa, según hayan sido sus hechos— puede esperarse, lógicamente, que uno tenga, en el esquema entero de la vida, una perspectiva completamente diferente de aquello implicado en las religiones que enseñan que sólo el Hombre tiene un alma, y, además, una inmortal, pero no increada ni eterna. Puede esperarse que uno sienta la unidad majestuosa de la vida que subyace en la diversidad interminable del mundo visible, y que considere a los animales (y a las plantas) como potenciales hombres y superhombres, y tratarlos con toda la amable bondad con que a cristianos, mahometanos y librepensadores humanitarios se les enseña a tratar a la gente de las razas humanas inferiores (y a los hombres inferiores de su propia raza), los potenciales santos del cielo o, al menos, potenciales ciudadanos útiles en un mejor orden social terrenal, según los respectivos credos centrados en el Hombre.

     Y eso no es todo. La enseñanza hindú, heredada por el jainismo y el budismo, y prácticamente por todas las escuelas de pensamiento centradas en la vida que sacan su inspiración de la India, no implica simplemente la identidad de cada alma individual a través de todas sus sucesivas encarnaciones, sino que acentúa al máximo la identidad fundamental de todas las almas individuales, estén ellas encarnadas en muchos o en algún estrato del mundo viviente, al mismo tiempo o en tiempos diferentes. No sólo cada alma que está encarnada ahora en un gusano "en curso" lo está para ganar una conciencia superior después de millones y millones de nacimientos, y para llegar a convertirse, con el tiempo, en un sabio omnisciente y liberado, un "tirthankara" como los llaman los jainos, sino que el alma de cada gusano individual, de cada caracol o sapo, asno o cerdo, hombre o mono individual —de cada criatura viva— es por naturaleza, substancialmente, idéntica a la del sabio divino. En lo único en que difiere de ello es en alcance y claridad de conciencia, es decir, en el grado de conocimiento. Cada una puede alcanzar el glorioso objetivo que el sabio ha alcanzado. Y el sabio mismo, antes de ser lo que es, ha pasado a través de milenios incontables de ignorancia y malestar, esforzándose a tropezones hacia la paz suprema como un hombre promedio, como un hombre inferior, como un mono, como un burro, como una lombriz; como una medusa en medio del mar.

     Parecería, a primera vista, que nada puede preparar mejor a un hombre para amar toda la Naturaleza viviente que aquella magnífica visión de la evolución universal, física y espiritual, proporcionada por el panteísmo hindú, aquel conocimiento de que cada cuerpo individual, ya esté equipado con sólo dos piernas o con cuatro, o con seis o con ocho, o muchas más, o con ninguna en absoluto, tiene un alma eterna, y de que cada alma, ya sea de un hombre, de un animal o de una planta, es una chispa actual de lo Divino, tal como su propia alma lo es, sólo que en una etapa de algún modo inferior o más avanzada de conciencia; más lejos o más cerca del objetivo último del conocimiento liberador y de la paz suprema que él mismo es. Y cuando uno lee las palabras dirigidas a Aryuna por el Señor Krishna, en el Bhagavad-Gita: "En el docto brahmán, en una vaca, en un elefante, en un perro, y en el hombre que come la carne del perro, el sabio discierne lo Idéntico" (Bhagavad-Gita, V, 18), uno se ve inclinado, al principio, a preguntarse cómo es que los perros —y los sudras— no son mejor tratados hoy en la tierra bendita en la cual los videntes de antaño desarrollaron la más hermosa de todas las religiones vivas.

* * *

     La respuesta parece ser que un pesimismo profundo, y la infravaloración de la vida finita como tal, impregnan todo el pensamiento hindú.

     Para aquellos cuya filosofía tradicional está arraigada en la doctrina del Nacimiento y Renacimiento, resulta que la vida individual se presenta no como una bendición sino como una maldición. La recompensa que una criatura consigue por su crédito por buenas acciones, es decir, el renacimiento en un plano más alto, es sólo un mal menor temporal. Éste todavía implica la separatividad y, por lo tanto, las limitaciones de toda individualidad. Mezclarse en la infinidad de la Vida no-personal; volver, reteniendo el conocimiento arduamente adquirido de años interminables de experiencia, a aquella Unidad no diferenciada de la cual surgieron originalmente todas las chispas del conocimiento finito, y mirar hacia atrás al mundo pasajero y su confusión desde un estado de conciencia universal —fortaleza de la paz inexpugnable desde la cual el mal y el sufrimiento aparecen como meras ondulaciones superficiales sobre el océano inalterable de la Realidad última—, ése es el objetivo de toda vida.

     Para el hindú, para el jainista, para el budista, la vida individual misma es tristeza, con, a lo más, unos destellos de alegría transitoria. La felicidad, la alegría del conocimiento total que nada puede perturbar, pertenece no a ello sino a aquel estado de la existencia supraindividual, en perfecta armonía con la Esencia eterna de las cosas, que los sabios de vez en cuando alcanzan en el curso de su experiencia terrenal, pero que es el estado normal de sólo aquellos que, habiéndose marchado, ya sea desde lo humano, o desde un plano más alto, nunca deben nacer otra vez. Pero nacer de nuevo entre los dioses es todavía una carga. Romper el ciclo de hierro de Nacimiento y Renacimiento, y nunca otra vez entrar en una matriz, es el objetivo de cada hindú devoto y de todos aquellos que han basado su filosofía de la vida sobre el punto de vista hindú. La obsesión por la transitoriedad de la alegría terrenal, la agobiante comprensión de que "toda personalidad es una prisión" [1], y el ansia consiguiente por una "liberación" desde la necesidad de sucesivas existencias finitas, son rasgos inseparables del pensamiento hindú.

[1] Aldous Huxley, Después de Muchos Veranos (After Many a Summer).

     Aquellos rasgos son compatibles con la acción terrenal de los más variados tipos: con la destrucción de los enemigos de alguien en un campo de batalla, como la instó el Señor Krishna a Aryuna, en el Bhagavad-Gita, o con las reformas constructivas de un gobernante tan santo como el rey Asoka, para promover el bienestar de las criaturas. Pero a pesar de lo que uno pueda decir, citando textos sagrados, ellos no son generalmente apropiados para la acción. Puede ser que la acción desinteresada, sin emoción y desapegada impulsada en el Bhagavad-Gita sea la acción ideal, la única clase de acción que un sabio puede hacer, y que el Hombre en general debería hacer. Pero en la vida diaria ordinaria, éste no es el tipo de acción que los hombres generalmente hacen.

     En efecto, sin el impulso del interés de la pasión —de amor, miedo u odio personales— ellos generalmente no hacen nada. Y la creencia profundamente arraigada de que la vida individual tiene poco valor, de que mientras más pronto sea vencida, mejor, y de que el sufrimiento de las criaturas en este mundo es solamente el resultado inevitable de sus propios malos hechos en vidas pasadas, aquella creencia, decimos, es la menos capaz de despertar en la gente promedio algún sentimiento personal en favor del bienestar de hombres o bestias. Es la menos capaz de incitarlos a hacer algo positivo, ya sea hacer la sociedad humana más cómoda para la mayoría de sus miembros, o hacer del mundo en general un mejor lugar para todas las criaturas, incluídos los animales y las plantas.

     Para los cristianos, se supone que los animales "no tienen alma". El panteísmo hindú, al contrario, ve no sólo un alma, sino la Única Alma eterna —el Alma suprema, el Paramatma— en cada individuo vivo, humano, animal o vegetal. Los credos centrados en el Hombre no tienen ningún lugar para bestias y plantas, excepto como criaturas sobre las cuales al Hombre se le dio "dominación", y a las que él puede disfrutar o explotar como le plazca. Para los hindúes, el Hombre no es sino una parte integral de la Naturaleza viva, y parecería, a primera vista, que ninguna filosofía sugiere la hermandad de todas las criaturas más que la que acabamos de describir. Pero el hecho de que una perspectiva eminentemente pesimista acerca de la vida esté anexa a ella hace hace diferentes las cosas. Si la vida individual es sólo un proceso temporal; si mientras más pronto uno esté fuera de su garra de hierro, mejor, entonces ¿dónde está el valor de cualquier lucha, salvo que llevará al alma a su "liberación" final? Y allí, sólo el alma del Hombre está involucrada, ya que los animales tienen que nacer de nuevo como hombres antes de que puedan alcanzar la etapa en la cual la liberación es posible.

     Es un hecho casi nunca señalado el que, mientras un vegetariano occidental (a condición de que él no sea un dispéptico) se abstiene de la carne únicamente a partir de un sentimiento de simpatía por los animales, el vegetariano hindú lo hace principalmente debido a la concepción que él tiene de su propio interés espiritual. Él cree que evitando la carne, el pescado y los huevos, y toda la comida considerada como "excitante", él se asegura un progreso más fácil a lo largo del camino que conduce a la "liberación", es decir, a la etapa final después de la cual uno no está obligado a renacer. Por supuesto él puede también —y a menudo lo hace— hasta cierto punto, considerar el sufrimiento de la presa del comedor de carne: de las cabras y ovejas, sacrificadas en los templos de los Shaktas [adherentes de Shakti] en nombre de la religión, o muertas en los mataderos públicos, más francamente en nombre de la glotonería. Pero la idea de aquel sufrimiento —primordial a los ojos de un verdadero jainista o budista— no parece ser, para el hindú promedio, tan importante como la de su propia pureza corporal, considerada como una ayuda indispensable para el progreso espiritual.

     Un vegetariano sistemático, en Europa o Estados Unidos, es generalmente un amante de los animales. Cuando él rechaza tomar extractos de hígado como medicina, o adoptar una dieta de carne, incluso si es amenazado por su médico con que él morirá si él hace eso, el vegetariano coloca el interés del animal antes que el suyo propio, tal como un cristiano sincero colocaría indudablemente el interés de otro ser humano, su hermano en Dios, antes que el suyo. Un vegetariano hindú estricto puede o no también ser un amante de los animales. Su dieta es regulada principalmente por el interés del comedor, no del comido. Y cuando él rechaza tomar una dieta de carne, incluso si se supone que ella salvará su vida, él sólo pone el interés de su alma antes que el de su cuerpo, o la pureza de su cuerpo antes que su conservación. Es, con todo, su propio interés lo que él principalmente busca.

     No negamos que, en varios casos individuales, la consideración por los animales también entra en la mente del vegetariano hindú. Y uno podría señalar que la reverencia por la Vaca, mostrada a través de toda la India hindú, como un símbolo de la maternidad universal, cubre un sentimiento generalizado de respeto hacia toda vida. Pero como hemos dicho, junto con aquel sentimiento está la conciencia igualmente fundamental de que la vida individual, humana o animal, es de poco valor. Y la consecuencia de esto es una insensibilidad no menos extendida, una indiferencia ante el sufrimiento, que asombra a cualquier extranjero amante de los animales que haya leído algo de las Escrituras hindúes antes de ir a la India. Es como si la vida, cuando se sabe que es eterna, perdiera su valor a los ojos del hombre promedio, y como si el sufrimiento, cuando se piensa que es un castigo, dejara de conmover al testigo ocasional de ello para compadecerse.

* * *

     Pero hay que admitir que, siempre que sean fieles a su perspectiva filosófica tradicional, los hindúes son al menos imparciales en su tratamiento bueno o malo hacia las criaturas vivas. Acabamos de notar que la indiferencia ante el sufrimiento demasiado a menudo aparece como una consecuencia de la creencia general en la eternidad de la vida, y en una justicia inmanente y matemática, que trabaja por medio de la ley del Nacimiento y Renacimiento. Pero aquella indiferencia es aplicada tanto al niño mendigo enfermo que está en la suciedad no menos que al perro de la calle que muere de hambre. Es aplicada al extenuado "coolie" no menos que al asno sobrecargado, o al búfalo cansado y sediento que arrastra un pesado carro bajo la fusta despiadada. Un humano hambriento "intocable" sería echado de una cocina hindú ortodoxa no menos inmisericordemente que un animal hambriento considerado sucio. Y entre los hindúes devotos que creen en la eficacia de los sacrificios de animales, hay posiblemente todavía algunos que no rehuirían, en principio, la idea de sacrificios humanos, si llegasen a ser aprobados por las autoridades religiosas.

     Por otra parte, en el "período budista", y en los días cuando la influencia budista genuina era todavía poderosa en el país; cuando, gracias a los esfuerzos de uno o dos monarcas absolutos que eran al mismo tiempo hombres excepcionales, la bondad fue hecha la idea central de la vida india, durante algún tiempo al menos, no fue como la preocupación unilateral de cristianos y librepensadores de tipo cristiano sólo por el Hombre; no fue ni siquiera una preocupación por el bienestar del Hombre primero, y luego también por el de otras criaturas. Era la bondad real y universal extendida a todo lo que vive, independientemente de su especie. El buen rey Asoka construyó hospitales y casas de descanso para hombres y animales enfermos y sin hogar. Y novecientos años más tarde, en la India gloriosa de Harshavardhana, la crueldad con los animales era castigada con la muerte, así como cualquier crimen importante contra seres humanos.

     Es sólo en años recientes que las perniciosas influencias del Oeste y del Norte —resultado de los esfuerzos silenciosos y sutiles pero sin duda eficientes tanto de cristianos como de comunistas: los misioneros de credos centrados en el Hombre, sean religiosos o puramente sociales— han comenzado a distorsionar la mente y a viciar los sentimientos de una gran cantidad de hindúes, sobre todo de los llamados "educados". Es sólo ahora que la parcialidad a favor del Hombre se está introduciendo en India, a despecho del Panteísmo profeso de India, y de que los representantes más ruidosos del pueblo hindú (y por lo tanto los más famosos en el extranjero) a menudo parecen olvidar la perspectiva ante la vida implicada en la milenaria filosofía de la cual ellos están exteriormente tan orgullosos, y hablan y actúan como si ellos fueran cristianos.

     Pero el Panteísmo pesimista en el cual el alma india encontró su expresión durante siglos no puede ser juzgado a partir de esta gente. Incluso si un día toda la India llegara a condenarlo, todavía permanecería como una de las filosofías históricas del mundo, y —lo que es más— como la única filosofía centrada en la vida que, desde tiempos inmemoriales, ha puesto los estándares morales de un subcontinente entero.

     Como hemos dicho, esto no implica ninguna diferencia fundamental en el tratamiento de hombres y de animales. Para los individuos superiores, como Asoka y Harshavardhana, o el Señor Buda mismo, esto inspira la cariñosa amabilidad hacia todos.

     Pero para los hombres promedio —especialmente con hombres ya inclinados a la apatía por temperamento— esto termina, bastante a menudo, en la indiferencia ante los sufrimientos y ante la muerte. Esto puede impulsar a tal gente, a lo más, a evitar convertirse en la causa directa del sufrimiento o muerte de cualquier criatura, a ser "inocuo", con el fin de no alargar el registro de hechos malos por los cuales ellos están obligados a pagar la pena tarde o temprano, en esta vida o en otra. Esto no los insta, sin embargo, en general, a abandonar su camino a fin de ayudar a las criaturas activamente.–



CAPÍTULO 7
Asesinato Ritual de Animales


     El asesinato ritual de animales está estrechamente relacionado con el comer carne en los países donde esto todavía prevalece. Aparte de eso, dicha matanza ha jugado, en la formación de la psicología religiosa del Hombre, una parte demasiado grande para nosotros como para no dedicarle unas páginas.

     Dicha práctica es ahora mucho menos universal que lo que lo fue alguna vez, y en los países cristianos es generalmente considerada como una de las expresiones más bajas de la superstición primitiva. Difícilmente existe, por ejemplo, un libro escrito para defender el papel civilizador del hombre Blanco en India, que no dé publicidad a aquel lado espantoso de la religión hindú, mediante alguna descripción horripilante de los sacrificios realizados regularmente en el templo de la diosa Kali, en Kalighat, Calcuta.

     Somos seguramente el último pueblo en apoyar los sacrificios de animales, y sin embargo no podemos sino maravillarnos ante la inconsistencia de aquellos "señores" (y también de un cierto número de hindúes "reformados"), que están horrorizados ante la idea de lo que ocurre en Kalighat, mientras ellos mismos son comedores de carne y —lo que es peor— comedores de carne no sólo en Inglaterra o en Alemania, o en los países escandinavos (donde los animales son por lo menos muertos tan rápida e indoloramente como es posible) sino en India. Ellos se oponen a que a las cabras se les corten sus cabezas de un golpe en Kalighat, pero no ven ningún daño en comer, en cualquiera de los restaurantes europeos de Calcuta, la carne de cuadrúpedos o aves, muertos en su mayor parte de manera repugnante en los mataderos o en el Nuevo Mercado, o en el patio detrás de la cocina del lugar, por hombres que no se sienten obligados por ninguna regla ritual y simplemente no se preocupan por lo que sufren las criaturas. Esto es hecho en nombre de la concupiscencia del Hombre. Y, a los ojos de muchas personas modernas, las atrocidades llegan a ser realmente desagradables sólo cuando ellas ocurren en nombre de los Dioses.

     Y sin embargo, ¡qué cantidad de teología, inseparable de las ideas primitivas anexas al asesinato ritual, sobrevive en algunas religiones modernas! A todos aquellos que están de verdad horrorizados por los sacrificios de sangre a la vez que profesan ser cristianos, nos gustaría señalar que la estructura entera de su fe descansa sobre el dogma de la expiación del pecado mediante el derramamiento de sangre inocente. La verdad es que la sangre fue derramada de una vez para siempre, y tuvo que ser la de un hombre —o más bien de un dios—, no siendo la sangre del ganado ordinario, suponemos, lo bastante poderosa para blanquear a la Humanidad pecadora. Y en la comida ritual, el pan y el vino son servidos al fiel —aparentemente al menos— en lugar de verdadera carne y sangre. De todos modos, queda el hecho de que, bajo todo el complicado simbolismo que la esconde en la Iglesia cristiana, está la creencia prehistórica en la necesidad de propiciar a un dios enojado con una sangre que no sea la del pecador mismo.

     Sigue siendo verdadero que, detrás del sacramento cristiano de la Sagrada Comunión, está la costumbre inmemorial de compartir la carne de la víctima en una comida ritual. Los teólogos, por supuesto, dirán que incluso las más repulsivas costumbres antiguas contienen algún fragmento de conocimiento divino; que los sacrificios de los judíos presagiaban la ofrenda suprema de la Cruz, y que incluso aquéllos de los Paganos (incluyendo sus sacrificios humanos ocasionales) revelaban el anhelo inconsciente de la Humanidad de salvación por la sangre de Cristo, a ser derramada un día. Pero muchos estudiosos imparciales de la Historia y la Etnología se ven tentados a invertir la declaración y a ver en el dogma básico del cristianismo una supervivencia de la creencia primitiva en la expiación por los pecados por medio del derramamiento de sangre inocente, y, en el rito de la Sagrada Comunión, la supervivencia simbólica de un banquete canibalístico.

     Sin embargo, admitimos realmente que, cualquiera sea la superstición que pretenda justificarlo, el asesinato ritual de cualquier víctima viva es suficientemente espantoso y que, si puede ser posiblemente sustituído por sacrificios simbólicos, o suprimido totalmente, tanto mejor, a condición de que esto no dé ocasión en la práctica a un estado de cosas peor que el de antes.

     Pero nuestra pequeña experiencia en un país donde la matanza ritual y la agitación contra ella son igualmente comunes, así como nuestro pequeño conocimiento del pasado, en países donde la costumbre ha quedado obsoleta ahora, nos hace, lamentablemente, muy pesimistas.

     Como hemos indicado en un capítulo precedente, la gente que cree en Cristo como la víctima ofrecida en ofrenda por los pecados del mundo, y que acepta la Biblia como está escrita, debería ser lógicamente vegetariana, puesto que la Ley judía (que el Mesías vino a cumplir y no a abolir) claramente condena todo asesinato de animales, excepto para propósitos de sacrificio (Lev. 17:3-4).

     Sin embargo, la supresión del asesinato ritual entre los cristianos sólo ha tenido como resultado un enorme aumento del número de animales muertos sólo para alimentación del Hombre. Los escrúpulos anexos al asesinato de una bestia cuando ésta no era una víctima de sacrificio —escrúpulos obviamente compartidos por algunos de los primeros cristianos, si no por Cristo mismo, pero rechazados por Pablo de Tarso— fueron rechazados totalmente. Y la matanza de bueyes, cabras y ovejas para objetivos puramente comerciales, en vez de ocurrir en secreto (y de manera relativamente rara, como ocurre generalmente el delito), se convirtió, con la aprobación de la Iglesia, en una institución generalizada —según nosotros, una de las características deshonrosas de la cristiandad. Y el cerdo, considerado como sucio y por lo tanto evitado por los compatriotas de Jesús, fue desvergonzadamente añadido a la lista de bestias comestibles por la autoridad de un texto bíblico que relata el famoso sueño de Pedro y que cita unas supuestas palabras celestiales de acuerdo a las cuales nada de lo que Dios ha hecho es "impuro" y no apto para ser comido.

     Muy curiosamente, lo que sucedió en la temprana cristiandad está ocurriendo hoy, a una distancia de dieciocho siglos o más, entre muchos de aquellos hindúes "reformados" que rechazan la idea misma de sacrificios de animales como una práctica bárbara a la vez que toleran la matanza de esas y otras bestias para alimento del Hombre.

     Los Arya Samajistas [1], los opositores más elocuentes del asesinato ritual en la India moderna, son, admitimos, vegetarianos estrictos por regla general. Pero su secta tiene su origen en una provincia del Punjab donde, durante siglos, el hábito de ofrecer sacrificios vivos nunca ha sido prominente y donde prácticamente todos los brahmanes, al menos, simplemente rehuyen la idea de comer carne. Pero en Bengala, la adoración de la Diosa Madre, con toda la tradicional matanza ritual anexa a ello, siempre fue extendida, incluso entre las castas más altas de la gente hindú. Y los miembros de la Brahmo Samaj —la más antigua de las sectas hindúes reformadas del siglo pasado [XIX]— se apartan del pensamiento de sacrificios de sangre, pero lamentablemente no tienen ningún escrúpulo en absoluto en cuanto a comer carne. En los primeros días de la secta, algunos de ellos incluso más bien se enorgullecieron de aquel repulsivo hábito, como un signo inequívoco de libertad ante costumbres ampliamente aceptadas y "prejuicios" inmemoriales. Ése parece haber sido uno de sus modos de hacerse diferentes de los hindúes no-reformados, por el puro gusto de ser diferentes.

[1] Miembros de una secta hindú reformada fundada en la segunda mitad del siglo XIX por Davananda Saraswati.

     Y hasta este día —extraño como pueda parecer—, mientras los sacrificios de sangre son considerados en los círculos Brahmo Samajistas como horrorosos remanentes de épocas de superstición (y con toda razón), no ha habido ninguna agitación digna de mención contra la costumbre todavía más espantosa de criar animales para ser muertos para comida del Hombre.

     Pensar en esta actitud de hombres auto-proclamados como "progresivos" es bastante para generar en el corazón de alguien una profunda repugnancia por la Humanidad en general, y un no menos profundo desprecio por la educación europea aplicada a orientales de tradición hindú (o budista), o, a propósito, por cualquier tipo de educación extranjera aplicada a la gente a una amplia escala, que sólo los hace peores en vez de mejores.

     Uno comprende que la gente será llevada gradualmente a dejar sus acostumbradas atrocidades mediante una serie de interpretaciones cada vez más evolucionadas de algunas de las más tenaces de sus propias viejas creencias, si es necesario, por medio de una regulación inteligente de sus costumbres más antiguas arraigadas en la "superstición".

     Uno comprende que los recién cristianizados (o sea, judaizados) griegos y romanos, y la gente de Europa del Norte siglos más tarde, se comportaran muy parecido a los indios recién europeizados. Ellos se deshicieron de antiguas costumbres que probablemente eran lo bastante malas como para tomar una nueva perspectiva que implicaba una mucho peor. En particular, en cuanto a los animales, ellos se sacaron de encima la última vergüenza que ellos tenían acerca del acto de comer carne no sacrificial, y reemplazaron la milenaria institución del asesinato ritual (basado en la creencia en la magia y en temores supersticiosos) por la práctica aún más repugnante de matar a criaturas sólo por concupiscencia, independientemente de la religión. Se convirtió en un delito comer carne sólo en el caso de que ésta hubiera sido ofrecida a los "ídolos". Pero en todos los otros casos se hizo bastante recomendable. Sólo de los ascetas totales se esperaba que se abstuvieran de hacer aquello, y simplemente a fin de mortificar sus propios cuerpos, no por causa de algún sentimiento de piedad hacia las criaturas vivientes.

     El resultado (en ambos casos) fue una regresión, no un progreso, desde la verdadera civilización, un descenso de los estándares morales del Hombre.

     El número de animales sacrificados al deseo del Hombre —sea en el mundo antiguo o en la India moderna— creció totalmente fuera de proporción con el de las víctimas alguna vez ofrecidas a dioses enojados como un medio primitivo de propiciación. Y (lo que es tan malo, si no peor) las criaturas, en vez de ser muertas en una manera definida, prescrita de una vez para siempre por el ritual (que, entre los hindúes "Shaktas" de Bengala, al menos, implicaba un mínimo de sufrimiento para las víctimas, cuyas cabezas tenían que ser cortadas de un solo golpe), eran asesinadas de cualquier modo, dependiendo únicamente el horror y la longitud de su agonía de la mayor o menor habilidad de los matarifes, no obligados por ninguna ley en absoluto, y, a veces, del sadismo innato de ellos o de su carencia de sadismo.

     Uno podría pensar que esto sólo ocurría siempre que una religión que prescribe o tolera sacrificios de sangre era sustituída por una nueva que no implicaba ninguna enseñanza en absoluto en cuanto al comportamiento del Hombre hacia las criaturas, o al menos que no enfatizara la bondad universal. Pero es un hecho —aunque reconocidamente incomprensible— que las poblaciones entre las cuales una religión como el budismo reemplazó a otras, del ritual de las cuales la matanza de animales era un rasgo más o menos común, muy rápidamente volvieron a la comida de carne (o de pescado), si ellos alguna vez hubieron dejado aquella práctica de algún modo. Éste es el caso de la sección budista de la población en China, Japón, Birmania, Ceilán e India.

     Se admite que los vegetarianos budistas del Lejano Oriente son los vegetarianos más estrictos en la Tierra (más estrictos incluso que los indios, lo que dice mucho). Pero ellos componen, aparte de los monjes, sólo un porcentaje muy pequeño de la gente que profesa tomar refugio "en el Buda, en la Ley, y en la Comunidad de los Fieles". Proporcionalmente muchos más animales, muertos en los mataderos, son diariamente comidos por supuestos budistas en Ceilán, y en el distrito Chittagong de Bengala —el último punto budista en India—, que por "Shaktas" hindúes, quienes comen carne sólo de sacrificios, y aquello solamente en ciertas ocasiones religiosas. Nunca una dieta vegetariana fue forzada sobre un país entero en nombre del budismo (o de cualquier otro credo centrado en la vida), salvo en India, durante la última parte del reinado del buen rey Asoka, y, de vez en cuando, durante períodos cortos, en Japón. Y cuando esto ocurrió, fue siempre como resultado de un decreto que expresaba la dulce voluntad de un monarca absoluto. Además, al menos en el caso de Asoka, el nuevo y mejor orden fue establecido gradualmente, siendo asesinado un cierto número de animales durante algunos años, con el permiso del gobernante, para comida no solamente de los comedores de carne en general, sino hasta de los residentes del palacio Real.

     Todo esto sirve para mostrar cuán difícil es cambiar los arraigados hábitos del Hombre, a pesar de lo malos que éstos puedan ser, incluso en nombre de una Enseñanza de amor tan influyente como lo fue el budismo en India, en los días de Asoka.

     En realidad no es sorprendente que, entre los más sinceros seguidores de religiones centradas en la vida (como lo son todas las formas de hinduísmo), hay algunos que, todavía hoy, están preparados para tolerar el asesinato ritual de ciertos animales únicamente a fin de prevenir una matanza más general, más indiscriminada y aún más espantosa fuera de los límites del templo, simplemente en nombre de la concupiscencia humana.

     Hemos oído aquel argumento propuesto por varios "Shaktas" hindúes, en particular por un brahmán bengalí domiciliado en Assam, que me pareció ser un amante sincero y consecuente de los animales. Este hombre me aseguró que el único medio que él podría imaginar, actualmente, para evitar una matanza más cruel y más frecuente de seres vivos, era limitar la costumbre cruel del asesinato ritual durante ciertos días festivos, y para confinar el comer carne estrictamente a ocasionales comidas sacrificiales. Por supuesto, él fácilmente estuvo de acuerdo con que la educación, junto con reformas graduales proclamadas por autoridades religiosas, debería terminar dejando totalmente obsoleta aquella primitiva costumbre, y al mismo tiempo haciendo de una dieta inocua la única concebible.

* * *

     Cuando uno considera que esto se aplica a la India —el país en el cual comer carne parece haber sido, durante siglos, mucho menos frecuente que en algún otro sitio, incluso entre aquella gente que no lo condena—, uno se pone más tolerante hacia aquellos maestros religiosos (y sobre todo aquellos legisladores) de la Antigüedad no-india quienes, aunque siendo ellos mismos los expositores de religiones o filosofías definitivamente centradas en la vida, no parecen haber protestado contra la matanza de víctimas sacrificiales en templos, lugares altos y otras tales áreas sagradas.

     Uno no podría ir tan lejos como a decir que todas las legislaciones que regulan la matanza ritual de animales fueron elaboradas a fin de evitar masacres indiscriminadas a una escala más amplia por hombres primitivos concupiscentes y carnívoros. Pero creemos firmemente que todos los maestros que, a pesar de profesar una filosofía definitivamente centrada en la vida, aceptaron o toleraron la costumbre de la matanza ritual (o incluso la incorporaron en los ritos externos de su propia religión) hicieron aquello en el espíritu que acabamos de tratar de explicar.

     Creemos que los mejores entre los sabios de todos los países antiguos donde prevaleció una religión centrada en la vida fueron movidos por tal espíritu, desde los "rishis" de la India védica, que aceptaron como consecuencia lógica (e incluso regularon) los ancestrales sacrificios a Indra, el Señor del cielo, y a los otros dioses arios, hasta el más consecuente de los neo-pitagóricos, Apolonio de Tiana. Aquel sabio, tan hábil para evitar tomar ventaja de la matanza de criaturas para su propia comida o vestido; que estaba tan genuinamente en contra de la matanza ritual como para rechazar siquiera estar presente en un sacrificio, no parece, sin embargo, haber levantado, en sus conversaciones diarias con los sacerdotes de los templos, una protesta tal contra dicha espantosa costumbre como para ganarse, entre ellos, la reputación de un revolucionario. Al contrario, según lo que sus biógrafos dicen, él siempre permaneció en términos amistosos con los sacerdotes de los Dioses griegos, cuyos templos estaban tan manchados de sangre como cualquiera, un hecho que sólo puede ser tomado para implicar un silencio comprensivo de su parte incluso en cuanto a los aspectos bárbaros del ritual de aquéllos.

     Otro caso histórico que confirma aquello que hemos mencionado podría ser encontrado en la presencia de grandes cantidades de gansos sobre los altares del Sol, en la Ciudad del Horizonte del Disco del Sol, la Tell-el-Amarna de los arqueólogos modernos. Ningún credo podría estar más decididamente centrado en la vida que la Religión del Disco, de la cual hemos dicho unas palabras en un capítulo anterior. Y el caso mencionado sólo indicaría cómo su fundador, Akenatón de Egipto, el revolucionario incuestionable, el enemigo mortal de todo sacerdocio, encontró menos imposible de suprimir algunas de las manifestaciones más comunes de la antiquísima superstición que cambiar la dieta de un país de golpe. Él podría haber preferido confinar la matanza a una práctica sacrificial en ocasiones muy definidas, más bien que arriesgar ver que una matanza indiscriminada y a una amplia escala de criaturas con el único objetivo de servir de comida al Hombre se convierte en un hábito. No podemos contar, por supuesto, con la evidencia puramente arqueológica, si este punto de vista es correcto o no. Pero esto tiene, al menos, la ventaja de levantar la contradicción aparente entre el espíritu innegablemente centrado en la vida de un culto hermoso, y las conclusiones que la evidencia pictórica podría sugerir. Esto también coincide con lo que sabemos que es el caso en muchas otras instancias, antiguas y modernas.

     Para resumir, el asesinato ritual de criaturas vivas, tan fuertemente reprobado hoy en un mundo que acepta e incluso estimula instituciones mucho más chocantes, puede ser considerado desde dos ángulos completamente diferentes: como un medio tradicional —mágico— de propiciar a Dioses airados, o como un medio práctico de evitar una matanza mayor y más cruel de animales fuera de los recintos religiosos, y abiertamente en nombre de la concupiscencia del hombre. Sólo gente muy primitiva probablemente puede considerarlo de la primera manera.

     En todos los casos en los cuales, aunque todavía aceptado o tolerado como parte del culto público, esto obviamente no corresponde a una teología tan bárbara —dondequiera que tal teología esté decididamente en desacuerdo con el espíritu mismo de la religión—, el asesinato ritual debe ser interpretado de la segunda manera, sea hoy, en la India moderna, o hace siglos, en los templos del Mundo Antiguo. En particular, estamos seguros de que éste era el sentido de ello a los ojos de los mejores hombres de la Antigüedad, partidarios de formas de religión centradas en la vida, ya de adoración al Sol o a alguna otra cosa.

     Pero están todas las razones para que uno se agite contra dicha macabra costumbre dondequiera y siempre que pueda ser probablemente suprimida sin mayores crueldades con los animales que por consiguiente ocurren. En particular, en todos los países técnicamente bien equipados, en los cuales los animales son muertos para servir de comida del Hombre por medios tales como el "asesino humano", la supervivencia de la horrorosa matanza "kosher" o de cualquier otra forma bárbara de asesinato ritual es una chocante concesión a la superstición obsoleta, a ser erradicada de manera implacable y sin ninguna consideración por la "libertad religiosa": uno nunca es libre de provocarle dolor a los animales. Ni tampoco podemos elogiar demasiado altamente los esfuerzos de todos aquellos indios iluminados que piensan que es tiempo de que sus compatriotas comprendan por fin que la matanza de criaturas inocentes siempre debe ser condenada, incluso si ocurre bajo la fachada de antiquísimos ritos religiosos.–






2 comentarios:

  1. En el libro Savitri Devi no menciona el tema del halal en ninguna parte. Habla de que los cristianos y musulmanes heredan la visión antropocentrica del judaísmo pero no menciona el ritual halal en ninguna parte mientras que si que habla de la protección que reciben los gatos por los primeros musulmanes.

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    1. Hasta donde estamos conscientes, la mención a la cruel y aberrante práctica del "halal" jamás hemos dicho que la haya expresado la señora Devi. La hemos hecho notar nosotros para que se la tenga en cuenta como igualmente brutal y desconsiderada y primitiva que la de los judíos.

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