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jueves, 30 de abril de 2015

El Rol del Género en el Odinismo



     Firmado por Eowyn, miembro del grupo The Odinic Rite, se publicó en Octubre de 2010 en el sitio wermodandwermod.com el siguiente texto (The Role of Sex and Gender in Odinism) que hemos traducido y que presentamos a los lectores. A partir de una falsa dicotomía detectada que ha sido establecida por los predominantes "credos del desierto" en cuanto a la naturaleza de la mujer, el autor aboga por una armonización e integración de ambos sexos con miras al bien de la comunidad por medio del fortalecimiento de la unidad social básica que es la familia. Denuncia también las falacias que subyacen en el así llamado movimiento feminista, que en último término sólo despotencia a la sociedad toda y que es, paradójicamente, absolutamente fiel al discurso "patriarcal" (del desierto) que produjo la primera escisión.


El ROL del SEXO y el GÉNERO
en el ODINISMO
por Eowyn, 2010



     Fundamental para el Odinismo es la Ley Natural, que trabaja consecuentemente para apoyar la evolución positiva dentro de un contexto equilibrado en todos los niveles. La Ley Natural es un conjunto de reglas establecidas por aquel ser insondable, Orlog [el Destino colectivo, la ley cósmica], para que toda la Naturaleza se someta, y que permite que nosotros juguemos hasta el final el juego de la vida con destreza. Una de las principales expresiones de la Ley Natural se ve en el hecho de que hay varones y mujeres de muchas especies, incluso en los seres humanos. Al nivel más obvio, la interacción de hombres y mujeres es crucial para la creación de niños y, de ahí, la supervivencia de una familia y la comunidad.

     Sin embargo, para que eso ocurra exitosamente, las energías masculinas y femeninas subyacentes tienen que ser equilibradas y complementarse unas con otras, ya que de otro modo habrá un dominio de una energía sobre la otra, un desequilibrio que debilitará al final a ambas polaridades y, por ende, la capacidad de un grupo para sobrevivir. Presenciamos esta crisis en la sociedad más amplia hoy donde el insidioso veneno de las mentalidades monoteístas que denigran a las energías femeninas ha conducido a una sociedad materialista cuyo mismo tejido desacata la Ley Natural, creando contaminación, apatía, carencia de principios, de familia y el quiebre de la comunidad a su paso. Así, toda vida es debilitada.

     Quizás la forma principal en la cual las energías femeninas han sido denigradas es mediante los tabúes establecidos alrededor de aquel acontecimiento natural en las mujeres conocido como el ciclo menstrual. Este ciclo ha sido culturalmente dicotomizado en las mitades "aceptable" e "inaceptable" de las mujeres. Ésta es una grosera deformación que proviene del sistema patriarcal, o "adictivo", como prefiero llamarlo, debido a los aletargadores modelos de comportamiento que él crea para beneficio de la agenda de la globalización, un sistema que daña tanto a hombres como a mujeres. Este sistema apuntala la cultura occidental, y sus fuentes surgen del ethos del credo del desierto. Aquí el cuerpo femenino y su sexualidad son descritos en términos patológicos, y ambos son vistos como responsables de la caída de la Humanidad, una posición supuestamente atribuíble a los hechos de Eva en el bíblico Jardín de Edén.

     Según la mitología judeo-cristiana sobre la cual descansa este paradigma cultural entero y que es venerado en su "palabra de Dios" conocida como la Biblia, su dios permitió que Adán y Eva comieran el fruto de cualquier árbol en el jardín, excepto el fruto "prohibido" del Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal, que estaba al lado del Árbol de la Vida en el centro del jardín. Él les dijo que dicho fruto causaría su muerte. Sin embargo, la serpiente que moraba allí informó a Eva que eso no sucedería y que en realidad el fruto abriría sus ojos y permitiría que ellos fueran como dioses, con el conocimiento del "bien y el mal".

     Así, la serpiente había concedido a Eva la libre voluntad, y ella decidió comer el fruto y compartirlo con su marido Adán: la fruta era una manzana que, al ser partida por la mitad, revela el pentagrama de las brujas. De ahí en adelante ella poseyó —según el lenguaje analítico del mito cristiano— el "conocimiento del bien y del mal". Por supuesto, el vengativo dios cristiano maldijo a la serpiente sobre todas las otras criaturas, impuso el dolor del parto sobre Eva, ordenó que Adán gobernara sobre ella, y debidamente los expulsó del Jardín de Edén, no fuera que Adán también comiera del Árbol de la Vida, desterrándolos de ahí en adelante a una vida de duro trabajo perpetuo. Él entonces puso querubines y una espada llameante en el Este del jardín para guardar el Árbol de la Vida.

     Esta mitología insidiosa y negadora de la vida ha sido devastadora para nuestra gente y el alma de nuestra gente. Inmediatamente, ella presenta a mujeres y hombres como adversarios, un principio fundamentalmente erróneo que es ajeno a la Ley Natural. Además, degrada a las mujeres a la condición de ciudadanos de segunda clase y, junto con ello, sus funciones naturales de menstruación y parto. Y porque somos todos nacidos de la matriz de una mujer, ese venenoso credo declara que somos todos "nacidos en pecado" y nunca podremos expiarlo. Mientras tanto, su dios aparentemente perfecto se sienta aparte de la Naturaleza, espiando encubiertamente sobre nosotros en todo lo que hacemos, haciendo juicios según estándares inaccesibles de perfección y, si es necesario, enviándonos a los eternos fuegos sadomasoquistas del Infierno cuando morimos. Por supuesto, esto fomenta un clima de miedo, y en aquel miedo y culpa las mujeres se convierten en los chivos expiatorios porque ellas son vistas como responsables de esa vislumbrada "caída".

     De esta manera, ¿cómo podemos comenzar a reparar esta grosera falsa idea hacia su verdadero y natural status afirmador de la vida? En primer lugar, podemos examinar nuestro entendimiento del ciclo menstrual, ya que si lo estudiamos, podemos ver que esto es realmente una manifestación microcósmica de los ciclos estacionales: cada "parte" tiene sus humores y cambios pero es siempre un "aspecto" de la dinámica total del ciclo de vida/muerte/renacimiento de la Naturaleza. Las características del polo ovulatorio son como el verano, mientras que las del polo menstrual son parecidas al invierno, con los aspectos pre-ovulatorios siendo como la primavera, y los aspectos pre-menstruales, como el otoño.

     Los ciclos dan ocasión a la regeneración y la renovación: sin ellos, decaeríamos totalmente, tal como si debiéramos tener un verano continuo que agotara toda la vegetación, o un invierno perpetuo, donde nada podría crecer hasta su fructificación. Los ciclos nos marcan el ritmo y nos dan la capacidad de prever y de "sentir" alrededor de las "esquinas", actuando como un crisol o contenedor en el cual nada es estático y todo está vivo y sensible; así, ellos crean un campo dinámico en el cual la corriente del cambio previene el estancamiento y la decadencia, un río claro corriendo en vez de una charca estancada. Las energías que impregnan los ciclos estacionales también penetran los ritmos y las energías del universo, y están encapsulados en las mitologías de la gente como arquetipos.

     Un arquetipo es un carácter representativo que nos permite identificar ciertas características e imágenes acerca de energías específicas, y así ellos ayudan a mediar el mensaje de aquella corriente particular de energía. Pero siempre se debe recordar que un arquetipo sólo proporciona un mapa y no es el territorio: un mapa es estático; el territorio ondula, cambia, no está aislado de otras influencias y se viaja por él. Y de ese modo es que los arquetipos son introducciones útiles para la comprensión de una energía, un mecanismo de aprendizaje y una puerta de entrada; pero ellos son simplemente una faceta, y este hecho siempre debe ser recordado.

     Lamentablemente, sin embargo, tenemos que afrontar la realidad de que la amplia cultura global no apoya lo cíclico y en cambio procura "aplanar" estos acontecimientos en una errónea ilusión, definida por el ego, de "estados perfectos" y de una productividad aparentemente interminable para reflejar a ese dios perfecto. Al hacer eso, ha entrado en una espiral negativa de creciente malestar y enfermedad que refleja las tóxicas fuentes de la mitología predominante. Y cuando se estudian, encontramos que la raíz de este veneno es en realidad el miedo transglobal y la negación del ciclo menstrual.

     Los tres principales tabúes globales son la sangre, el sexo y la muerte, todos los cuales son integrales unos para otros y, de ser estudiados, revelan las mismas fuentes de la sabiduría que nos negarían los vengativos credos del desierto. Incluso la palabra "tabú" significa —paradójicamente— "sagrado", "peligro" y ¡"menstrual"!. Así, donde mujeres menstruadoras, como en el Oráculo de Delfos (Delphus significa útero), fueron reverenciadas alguna vez por sus poderes de profecía e intuición, dicho acontecimiento las expone a un clima de temor basado en el miedo, y a una conducta irracional —a menudo supersticiosa— que ahora rodea toda nuestra percepción cultural de ello como un "acontecimiento contaminante". Saliendo de esos tabúes principales, encontramos un centro de pensamiento cultural más amplio que venera tres creencias fundamentales:

     —La enfermedad es el enemigo: Los valores de la destrucción y la violencia son elevados contra aquellos de la paz y la nutrición. Las metáforas militares describen nuestros cuerpos y hay una preferencia por tratar la "parte" en aislamiento con fármacos o cirugía, etc., a diferencia de las terapias "alternativas" no tóxicas. El cuerpo está subordinado al cerebro y a los valores de la "razón".

     La ciencia médica es omnipotente: Miramos fuera de nosotros mismos por respuestas a los problemas de salud más bien que confiar en nuestros instintos y en nosotros mismos. El foco inherente es patológico: nuestros cuerpos son "accidentes esperando suceder", y entonces el foco está puesto sobre lo negativo y en el uso de tecnología exterior para solucionar el "problema" definido más bien que nutrir los aspectos saludables del individuo para efectuar la sanación, es decir, se usan etiquetas para "aplanarnos" en vez de trabajar para conseguir una "integridad del corazón y del ser".

     El cuerpo femenino es anormal: Al equipararse al varón con "la norma", las mujeres tienden a internalizar la idea de que sus cuerpos son básicamente inaceptables; esto incluye sus formas, dimensiones (nuestro "modelo" ideal cultural pesa aproximadamente un 17% menos que la mujer promedio), higiene personal, actitudes hacia las partes corporales y una general desconfianza hacia el Yo. Las tendencias "paternalistas" del sistema médico han significado que los procesos esencialmente femeninos de la menstruación, el parto y la menopausia sean vistos como "problemas" que requieren de intervención médica.

     El cuerpo y la mente se afectan uno a otro profundamente. El cuerpo-mente es un siempre cambiante campo dinámico de energía y no una estructura física estática. Es un holograma en el cual cada parte contiene información sobre el Todo y viceversa. Así, en un nivel, las mujeres parecen haber aprendido un "lenguaje de la opresión" en respuesta a la mentalidad cultural dominante, que se manifiesta como el "síndrome pre-menstrual", como dolor y angustia menopáusica. Los médicos entonces intentan suprimir los síntomas "aislados" que se presentan, con tranquilizantes, con "la píldora" y la Terapia de Reemplazo Hormonal (HRT), todos los cuales tienen numerosos efectos secundarios al mismo tiempo son fármacos peligrosos que por lo general hunden la angustia de modo más profundo dentro del cuerpo-mente de la mujer.

     Recuerde: los productos químicos y sus resonancias confunden la mente y el espíritu tanto —si no más— como el "pensamiento correcto" popularmente ofrecido en el mercado New Age como la panacea para todos los problemas. Esto es apenas sorprendente ya que el ciclo menstrual está coordinado por el hipotálamo en el cerebro, el cerebro primordial, preternatural y reptiliano, que se conecta con nuestras "intuiciones" sobre todos los acontecimientos de la vida.

     La "píldora" y la HRT imponen un ciclo homogéneo sobre las mujeres, "aplanándolo" de esa manera al eliminar las fluctuaciones naturales en el polo menstrual. Induciendo un síndrome de "vaca plácida", la "píldora" aparece como "liberando a las mujeres de la tiranía de la menstruación", "dándoles" de esa manera una "libertad sexual". En la actualidad, esto crea un estado en el cual el cuerpo-alma "piensa" que está embarazado, de modo que —irónicamente— a menudo disminuirá la actividad sexual, estimulará muchos problemas de salud y ganará peso y, por supuesto, suprimirá la sabiduría "lunar" inherente del período.

     En realidad, la angustia menstrual es una campana de alarma, que nos advierte de las faltas en nuestros paradigmas culturales. Y porque sistemáticamente las hemos ignorado, la venganza está visitándonos: las toxinas ambientales y las imitaciones del estrógeno —conocidas como xenoestrógenos— de la "píldora" y los productos químicos están causando estragos sobre nuestra misma capacidad reproductiva y sobre la salud de las futuras generaciones. Irónicamente, las perturbaciones menstruales predominantes se manifiestan como hiper-estrogenismo —es decir, demasiado estrógeno en el cuerpo— ¡como para enfatizar abiertamente el foco patológico de nuestra cultura sobre una mitad "aceptable" del ciclo!.

     Con esta denigración del principio femenino está de acuerdo la asignación dogmática de "valor" a los términos "masculino" y "femenino". De ahí, los llamados valores "masculinos" de dinamismo, fuerza, racionalidad, etc., han sido vistos desde un valor más "positivo" que los llamados valores "femeninos" de receptividad, pasividad, intuición, etc. Esto es reflejado por la importancia que la sociedad más amplia asigna a los así llamados "roles" y "carreras exitosas": por lo general, aquellas actividades consideradas como "exitosas" involucran la exhibición de cualidades "masculinas" aparentes, mientras los cruciales roles "femeninos" de ama de casa y madre —que en último término nutren la aparición de las cualidades masculinas— están acribillados con bajas expectativas y se les da un status reducido.

     A consecuencia de este insidioso condicionamiento, muchas personas inconscientemente equiparan "rol", "valor" y "género" unos con otros, y de ahí que su sentido de amor propio y nivel de desarrollo personal puedan ser socavados por los límites de esas "etiquetas". Esta colocación de un "valor" comparativo en los dos géneros ha amenazado seriamente la integridad de la familia y, por medio de ella, a la comunidad; como vemos hoy, esto conduce a la división, el caos, el debilitamiento y la denigración de todo.

     En realidad, tanto las energías masculinas como las femeninas son poderosas y complementarias. Consideremos por un momento el caso de una manada de leones cazando. Típicamente, vemos que los machos físicamente más fuertes aislarán a la presa y la ahuyentarán lejos de su manada, encauzándola hacia las leonas que esperan, que saltarán y administrarán la mordedura final de la muerte en la yugular. Así, ambos son cazadores; y sin embargo, éste es un adjetivo que a menudo es muy alabado como una característica típicamente masculina. Pero es este trabajo en equipo el que proporciona la carne para la manada.

     Del mismo modo, notamos que el aspecto de "guerrero" territorial del león macho asegurará que las hembras puedan criar a sus pequeños en un ambiente protegido. Sin embargo, esto no significa que la hembra sea pasiva: su tamaño más pequeño, su agilidad y su astucia la convertirán en un asesino rápido y poderoso de cualquier criatura que amenace a sus pequeños. ¿Es ella algo menos que un "guerrero" debido a los diferentes métodos que ella usa para los mismos fines, el de la protección y, en última instancia, la supervivencia de la manada? La Naturaleza ha dotado tanto al macho como a la hembra con la capacidad de proteger, pero de modos diferentes, lo que complementa y realza la capacidad del otro. Esto conduce a una vida más eficiente y, por ende, a un mayor éxito de la especie.

     El sexo es una fuerza cohesiva poderosa y crucial dentro de una comunidad de gente; es el substrato que liga al grupo por medio de la atracción sexual masculina y femenina, y si estas energías polares son adecuadamente equilibradas y de ese modo catalizadoras de la naturaleza esencial del ser del otro, entonces el grupo de gente será fuerte. Es como si esta interacción básica que Orlog nos dio como una regla fundamental de la Naturaleza actuase como un diapasón cuya resonancia vibra por entre la comunidad para mantener la alineación natural de energías.

     Esta resonancia es formada durante milenios mediante una compleja interacción de genética, cultura, medioambiente y dioses de la gente. Y por cuanto grupos diferentes de gente resonarán de modos diferentes —con una melodía diferente, por así decirlo— entonces se puede ver que la fuerza de la atracción sexual —cuando funciona en equilibrio— también será un modo naturalmente poderoso de mantener la integridad racial de modo que la diversidad de las diferentes razas pueda ocupar diferentes lugares dentro de la Naturaleza. Así, al hacer eso, los recursos del mundo natural no se agotan y toda la Naturaleza prospera; una vez más, vemos la sabiduría de las reglas de Orlog.

     Sin embargo, el veneno dentro de la psique colectiva ha dicotomizado con eficacia el principio femenino en mitades "aceptable" e "inaceptable", personificadas por las ideas que el credo del desierto presenta de la virgen María, cuya concepción de Jesús se menciona como habiendo sido inmaculada —es decir, que no implicó el acto sexual—, y de María Magdalena, la "mujer escarlata" del pecado. De aquí, una terrible culpa omni-penetrante sobre el sexo inunda nuestra cultura y crea muchos de los problemas sociales que presenciamos hoy. Varios han sido transmitidos durante generaciones.

     Por consiguiente, porque del sexo no puede prescindirse y está lleno de connotaciones negativas, ha llegado a ser considerado en cambio en la psique colectiva como una "cosa" separada, un artículo a ser "tenido" y, por lo tanto, no totalmente entendido como un aspecto integral de una relación equilibrada, cariñosa y fiel. Entonces, en una tentativa rebelde de luchar contra esa culpa inculcada, también es rechazada la idea misma de fidelidad, mientras el sexo es buscado promiscuamente como un medio de entretenimiento, en la creencia errónea de que el "escoger" a un compañero para la noche o el fin de semana es libertad y liberación.

     De hecho, aquello sólo previene la catálisis y profundización de las relaciones polares en más niveles que únicamente el nivel físico, y además afectará simplemente de manera negativa las propias energías del individuo tanto en los niveles sutiles del ser como en los más groseros. El SIDA es un síndrome que surge de la erosión del sistema inmunológico del cuerpo; sin embargo, no toda la gente que está en contacto con el virus del VIH desarrolla el SIDA, porque la enfermedad puede existir en cualquier nivel en nuestro espectro de frecuencias de energía, ya que todo es energía. En efecto, podemos aprender algo de la práctica genuina de las artes tántricas: es el despertar de las energías kundalini y su mediación correcta a través de los chakras lo que conducirá a la iluminación espiritual en una relación polar equilibrada. Y la menstruación es un tiempo en el ciclo de una mujer en que hay una gran limpieza de chakra realizada por esa fuerza.

     Así, el hacer de la menstruación un asunto tabú, ha sido uno de los métodos más exitosos alguna vez ideados para debilitar la auto-aceptación y la confianza de las mujeres mediante la persecución de la mitad de su naturaleza sexual. Esa persecución mejorada de mujeres —brujas—, y por ello indirectamente de varones, también por medio del veneno del credo del desierto, es la crítica del ciclo menstrual y la creación del así llamado movimiento de "Liberación Femenina". Ése es un paradigma que sirve admirablemente a la agenda de la globalización. Habiendo denigrado los principios —aparentemente— "femeninos" y alabado las virtudes de lo —aparentemente— "masculino", las mujeres son animadas a convertirse en los prototípicos "hombres", en su intento por una supuesta igualdad. Por supuesto, tal aspiración automáticamente relega la importancia del ciclo menstrual a las mujeres, ya que toda la cantera de la psique sobre la cual prospera aquella literatura feminista, raramente alguna vez menciona la menstruación, y si lo hace, es o de alguna manera degradada o percibida como siendo de poca consecuencia.

     Como movimiento, el feminismo mantiene la cultura de la culpa, tan querida por los credos del desierto: al referirse al sistema cultural más amplio como siendo "patriarcal", las feministas culpan a los hombres de todos los problemas e injusticias, cuando de hecho son ambos sexos quienes perpetúan un sistema cultural más amplio que abusa de todos y los mantiene pegados en modelos de comportamiento adictivo. ¡Éstos sólo momentáneamente satisfacen las necesidades naturales no expresadas acerca del crecimiento del alma antes de que se requiera más —¡el consumidor ideal!. Desafortunadamente, lo que muchas de estas mujeres tampoco comprenden es que el mismo modelo de comportamiento que ellas intentan emular, con la esperanza de ser "potenciadas e independientes", es realmente una pacificada cáscara robótica al servicio de la agenda de la globalización que también las enajena de sus familias. ¡Eso en cuanto a liberación!.

     En cercano acuerdo con la manipulación del feminismo por los poderes fácticos transglobales, está lo New Age y, en gran medida, el moderno "paganismo" y la Wicca, todos los cuales apoyan el punto de vista universalista de que todos los dioses son sólo uno y todas las diosas sólo una diosa. Como tal, se fomentan las nociones de debate y amalgama inter-confesional, porque todas las religiones son vistas como teniendo un valor igual. La Wicca misma a menudo cambia de dirección hacia un enfoque monoteísta en el cual la diosa será vista como teniendo mayor importancia que su consorte y, nuevamente, muchas mujeres con intereses feministas son atraídas hacia dicho enfoque. Mientras tanto, tanto los varones como las mujeres procurarán "mezclarse con" las energías del sexo opuesto mediante los seres de formas divinas invocados. Esto contamina tanto las energías primordiales masculinas como femeninas, y en último término despotencia tanto a hombres como a mujeres.

     Adicionalmente, se fomenta un sentimiento de solidaridad con otros grupos "desfavorecidos", como los homosexuales o las víctimas de desastres en países obscuros, mediante el lobby de la igualdad de derechos y de la "corrección política", y se usa para apretar la soga con miras a la esclavitud global; esta última ayuda a despojar a las naciones de sus bienes por medio de fondos donados para "ayudar" con los desastres en el extranjero, ¡siempre que en primer término ellos alcancen las destinaciones pretendidas!. Por supuesto, ésa es una cosa relativamente fácil de conseguir porque los "cambios" de sus puntos de vista religiosos desde la ortodoxia son más cosméticos que fundamentales, siendo de algún modo existenciales en su enfoque y teniendo como ley fundamental "haz lo que quieras mientras eso no dañe a nadie", ¡la receta perfecta para presionar aquellos botones que tienen la culpa tatuada!.

     Mientras tanto, muchas de las prácticas espirituales "New Age" que se enseñan, realmente trabajan contra los ciclos naturales de la mujer y, como tales, continúan la opresión de su naturaleza femenina primordial. Sin embargo, paradójicamente, ¡la mayoría de aquellos que asisten a tales conferencias son mujeres! Cuando la comprensión fundamental de que la vida en el mundo moderno suprime activamente la ley natural de los ciclos, para desventaja tanto de hombres como de mujeres —y conectado con las implacables maquinaciones políticas de la agenda de la globalización—, es fácil ver por qué la New Age y el paganismo general prosperan en perjuicio de las verdaderas religiones de la gente, como el Odinismo, cuya unidad cultural central es la familia.

     De este modo, al crear una religión de tamaño standard con sus enseñanzas estériles y perversas que denigran a las mujeres mediante la etiqueta de lo "femenino" y colocan a su dios perfecto separado de la Naturaleza, nuestro medioambiente ha sido masacrado y nuestra gente enajenada de su herencia, de sus dioses y toda otra cosa. Así, la gente se encuentra ella misma desolada en un mar de confusión, aumentando la violencia social, la apatía y una disminución de la conciencia racial. Mientras tanto, se ha hecho endémica una indiferencia total hacia el sufrimiento. En el caso de la gente de Europa del Norte, también se aprecia una vergüenza antinatural de su herencia, en la creencia errónea de que las culturas extranjeras son de alguna manera superiores. Y así, nuestra cantidad y libertad están siendo constantemente erosionadas bajo el control de esta agenda de globalización.

     De este modo, en el advenimiento de una sociedad tan antinatural, se nos podría perdonar si preguntásemos qué exactamente es natural. ¿Cómo empezamos a descubrir de nuevo cuál es ese misterioso ingrediente para nuestro resurgimiento? Más importante aún, tiene que ser fomentado un retorno a la familia como la incuestionada unidad social básica: ella es la garantía de la libertad individual, el baluarte del individuo contra un Estado opresivo y el fundamento de todas las virtudes civilizadas. Las mujeres tienen que reclamar su propio poder, potencia y espiritualidad inherentes, su sentido del yo. Ambos sexos tienen que comprender que criar una familia es un papel crucial para la supervivencia de nuestra gente, y aquello nunca es más importante hoy cuando nuestra cantidad disminuye.

     Para ayudar a este proceso, las mujeres también tienen que reclamar los regalos del ciclo menstrual y, en particular, hacer la paz con el proceso: en efecto, tanto los varones como las mujeres necesitan hacer aquello. Ambos deben entender que las cualidades consideradas como "atributos femeninos" son tan fuertes como aquéllas definidas en términos más masculinos. Los hombres y las mujeres deben aceptarse unos a otros como sagrados por derecho propio —como mediadores de la fuerza del dios y las diosas respectivamente— y para mantener las virtudes de la confianza y la fidelidad dentro de una relación sacrosanta. Al hacer eso, ellos profundizarán sus propias fuerzas polares y catalizarán esa respuesta profundizadora dentro de cada uno, conduciendo así a la integridad del ser. Por último, nuestra gente será más fuerte porque sus relaciones serán más profundas y más naturales, y a raíz de ello, así lo hará la resonancia de la comunidad de la gente.

     Vale la pena mencionar aquí que en algunos grupos que buscan una solución a la cantidad decreciente de nuestra gente en Europa del Norte, la sugerencia es que tantas mujeres como sea posible deberían reproducirse, teniendo tantos hijos como puedan. Si bien esto podría —aparentemente— ser una manera rápida de reparar el equilibrio, dos cosas deben ser comprendidas:

     —Número uno: Las mujeres no son máquinas de hacer bebés. Sólo porque ellas puedan traer hijos, eso no significa automáticamente que una mujer debe hacer aquello, tal como un hombre no tiene que engendrar un hijo simplemente en virtud de ser físicamente capaz. Una mujer es un individuo por derecho propio con sus propias creencias y aspiraciones, con sus propios regalos para nuestra gente. Algunas podrían no desear tener hijos, prefiriendo usar sus talentos polares de otros modos, y esto es natural. En realidad, dentro del contexto más amplio de la Naturaleza, simplemente no es deseable para cada miembro de una población reproducirse si eso conducirá al desequilibrio y a una estrechez de recursos.

     Muchas de nuestras heroínas culturales, como la Reina Boudica, son recordadas por sus hechos fuera de la unidad de la familia. Juana de Arco era una virgen guerrera. Y vemos los diferentes dones que las mujeres tienen que traer a nuestra gente reflejados en las diversas Diosas del panteón odínico. Además, una mujer debería estar física, emocional, psicológica y materialmente preparada y capaz de tener un hijo de modo que un medioambiente sano y nutricio proteja a ambos. Realmente no tiene sentido cuando una sociedad que pone tantos parámetros para proteger a los hijos de delincuentes sexuales y otros miembros peligrosos de ella aconseje al mismo tiempo tener un bebé para "curar" prácticamente cualquier enfermedad femenina producto de trastornos menstruales, para ayudarla a "estabilizarse"; si esas mujeres siguen tal consejo y la cura ofrecida no funciona, ¿cómo la madre o el hijo estarán seguros?.

     Nosotros debemos ser "realistas" y entender que vivimos en una sociedad físicamente contaminada que ha tenido severas consecuencias en nuestra capacidad como pueblo para reproducirnos, cuyas complicaciones a través del embarazo y el nacimiento tanto para la madre como para el hijo no son infrecuentes, con incluso la posibilidad de la muerte de cualquiera de ambos. Algunos cuerpos de mujeres simplemente no son lo bastante sanos para soportar un embarazo exitoso, y como tales, a ellas no debería hacérseles sentir —por medio de una inversión de un sistema de valores que todavía deja de respetar a las mujeres— que ellas están estorbando a su grupo de gente porque no tienen hijos.

     Mientras tanto, si por tales problemas de salud o por el trasfondo cultural distorsionado en el cual ella ha sido criada, una mujer es psicológica o emocionalmente incapaz de nutrir suficientemente una nueva vida; si como consecuencia de este lente cultural ella se encuentra en una relación abusiva, entonces es probablemente mejor que ella no tenga hijos: no hay ninguna razón para multiplicar unidades de familia disfuncionales por la noción desacertada de que tenemos que aumentar nuestra cantidad a cualquier costo. Porque todo en lo que tendremos éxito es en duplicar una sociedad disfuncional, una que reproduce el ethos católico de la esclavitud reproductiva, sin importar las consecuencias. Eso no apoyará el Nuevo Despertar por el cual se esfuerzan los odinistas.

     —Número dos: La fertilidad es una metáfora que abarca muchas cualidades, como vitalidad, vigor, salud, integridad y grandeza, atributos que son apreciados por nuestra gente. La fertilidad tiene que ver con el arte del reconocimiento y la armonización con el movimiento de mareas y ciclos en todos los niveles, y trabajar con ellos para conseguir tales ventajas. No debemos cometer el error que es endémico en la sociedad más amplia de asignar el significado de la fertilidad a su sentido literal. Las imágenes literales son útiles: ellas envuelven la metáfora en una forma que es accesible a todos los niveles de comprensión, y se parecen mucho a una lista de lo que hay dentro de un objeto por capas. Pero entonces, como en un popular juego festivo (pass the parcel), cuando cada capa de papel es retirada, una envoltura diferente es revelada, y cada envoltura es una estructura para la verdad esencial de la metáfora, ya que las metáforas tienen capas de significado.

     Lo mismo ocurre con la metáfora de la fertilidad; es tanto acerca de la descripción de la creación de gente fuerte y vigorosa en una comunidad —cuyos individuos se ven como tal—, como sobre la fertilidad física. Y en efecto, si un grupo de gente se percibe de manera tan positiva, ellos tendrán naturalmente en alta estima la unidad que es la familia, de modo que los individuos no sólo serán más equilibrados psicológicamente sino que ellos también estarán adecuadamente preparados para la responsabilidad de la paternidad. De aquí, con toda probabilidad, ellos estarán más potenciados para dar aquel paso, siempre y cuando las circunstancias lo permitan en todos los respectos.

     La creación de un hijo debería ser un acto de amor sagrado y alegría, una opción consciente y responsable, no una obligación prescrita en la creencia equivocada de que aquélla es incuestionablemente la función más alta de una mujer sólo porque ella es físicamente fértil. Algunas mujeres sienten que lo es; otras sienten que no: ambas están en lo correcto. El sello de nuestra gente es la libertad; y en aquella libertad, la responsabilidad es la de ser lo mejor que podamos como gente en nuestra comunidad, lo que puede o no implicar tener hijos. Un pueblo grande e indomable tiene que ver tanto con la calidad y la integridad de sus individuos como con su cantidad: la mayoría es fácilmente conducida por quienquiera que esté en el poder en el momento, como toda la Historia y el día presente dan testimonio repetidamente. La cantidad es necesaria; pero también lo son los líderes espirituales y guerreros, que pueden o no ser padres. El Odinismo respeta y se esfuerza por el equilibrio en todas las cosas.

     En resumen entonces —y podemos ver aquello en el Odinismo—, tanto los Dioses como las Diosas tienen papeles cruciales en relación al cuadro de la vida. Encontramos que cada dios tiene una diosa complementaria. Y mientras todos los roles son vitales para el cuadro general, ninguno por sí mismo es considerado más importante que el otro: se requieren todos para el sustento y la evolución de la sociedad y el tejido de la vida. Pero ni los Dioses ni las Diosas están limitados a sus roles personales: ellos son intrínsecamente un dios o una diosa porque son una expresión de la fuerza vital. Así, su papel es un aspecto de ellos, pero no su ser total. Del mismo modo, los humanos —masculinos o femeninos— pueden tener una variedad de roles en la vida; pero como una expresión única de la fuerza vital, ellos deberían trabajar para superar esas limitaciones.

      De forma crucial, esto debería ser una cooperación equilibrada de cada uno, ya que mientras los hombres y las mujeres son cada uno poderosos por derecho propio, la cooperación equilibrada realmente mejorará y profundizará aquellas fuerzas inherentes que crean, sostienen y desarrollan la vida. Al trabajar orgullosamente por restaurar la verdadera y sacra naturaleza de las polaridades masculinas y femeninas en una apropiada relación de unas con otras, entonces nuestra gente será restaurada a su fuerza legítima. Ésta es la Ley Natural, y como una expresión de tal, el Odinismo considera este equilibrio de la polaridad —que es tanto de hombres como de mujeres— como sostenedores igualmente sagrados del Todo.

     Y un punto final. Nunca hubo dos árboles en el Jardín de Edén: aquello fue una ilusión artificial diseñada para engañarnos a todos nosotros. Había, hay y siempre habrá sólo un árbol. Es el Árbol de la Vida del cual surge toda sabiduría, y en la mitología odínica es conocido como Yggdrasil. Waes Thu Hael! [del anglo-sajón Wæs Þu hæl = Que estés en buena salud].–






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