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domingo, 26 de abril de 2015

Carta de Degrelle al Papa sobre Auschwitz + Miguel Serrano



     En 1994 el escritor chileno Miguel Serrano publicó un pequeño libro misceláneo titulado "Nuestro Honor Se Llama Lealtad", que contiene, entre otros materiales, la bastante conocida carta abierta de Léon Degrelle al Papa Juan Pablo II acerca de "la Mentira de Auschwitz", que le enviara desde su exilio en Madrid en Mayo de 1979, antes de una visita de éste a dicho campo de trabajo. La versión castellana de dicha misiva la hemos afinado teniendo a la vista la edición en francés de la misma. Nos parece que su actualidad y vigencia, dados los persistentes y actuales intentos de varios países del viejo continente de imponer a la fuerza un dogma (un conjunto de dogmas políticos suplantadores de los teológicos, la prolongada mentira propagandística que se remonta a la 2ªGM) mediante legislaciones tramposas e imprecisas, son reales y todavía efectivas. Las lúcidas reflexiones de Degrelle (manchadas por su filial servilismo de un católico hacia su jerarquía), como era de esperarse, jamás tuvieron una respuesta formal de aquellos judíos disfrazados, la curia católica. Para contextualizar un poco dicho tema, presentamos aquí también previamente unas breves palabras de Serrano sacadas de esa misma publicación, que pueden servir como prólogo a los sensatos razonamientos de Degrelle, y cuya actualidad (de las palabras de Serrano), después de 21 años, no ha perdido frescura enteramente, como los acontecimientos contemporáneos lo demuestran.


CONTRA LA INFAMIA Y LA MENTIRA
por Miguel Serrano, 1994



     No pasa un día sin que la televisión y la prensa dejen de aburrirnos con sus truculencias sobre los "crímenes nazis" y las víctimas judías del Holocausto". Las mayores aberraciones y morbosidades, producto de algunas mentes enfermas, de tanto repetirse producen el efecto contrario: insensibilidad y duda. Están así ayudando al resurgimiento del Nacionalsocialismo en todo el mundo, al conocerse la verdad.

     La calumnia y la infamia tienen, además, como principal objetivo una vergonzosa extorsión al pueblo alemán, al cual se le exige, por compensación de un crimen inexistente, un pago astronómico a Israel de más de veinte billones de marcos, para el año 2030. Los niños alemanes aún no nacidos tendrán que seguir pagando. ¿Hasta cuándo aceptará Alemania? Hasta que sea libre, tenga un tratado de paz y rechace el sentimiento de una culpa inexistente, sentimiento que se pretende mantener y agravar con la propuesta que el Papa acaba de hacer para que, en el año 2000, precisamente, la Iglesia pida "perdón y disculpas por los crímenes históricos que ha cometido". De aquí a construír un Muro de los Lamentos en la Ciudad del Vaticano e instalar un tribunal en Nürnberg para juzgar a los Papas muertos como "criminales de una Guerra Santa", hay sólo un paso. El judío ha infiltrado la actual jerarquía vaticana y la maneja al igual que a la Masonería, a Alemania y al mundo entero. También es posible que el actual Papa polaco sea medio judío.

     Los Protocolos de los Sabios de Sión nos informan que en el mundo entero se provocará una ola de corrupción, crímenes, guerras, terrorismo, enfermedades y catástrofes, como preludio necesario a la imposición del Protocolo Nº 24: la dictadura total (totalitaria) del "mesías" judío, que gobernará sin consideraciones de ninguna especie, poniendo orden por medio de la más terrible esclavitud mundial y asesorado sólo por tres consejeros, casi invisibles. No necesitamos explicar mayormente cuál es el momento en el que hoy nos hallamos.

     En medio de la más tremenda degeneración y estupidez colectiva, el judío nos inunda con su propaganda, repetitiva hasta las náuseas, sobre el "Holocausto"; se exhiben millares de fotos trucadas, de dientes, de zapatos, de pelos de judíos hacinados en las colinas, mientras las voces guturales gimen y el judío, en escenarios públicos, o donde se halle, llora, frente a la televisión, por sus abuelos y bisabuelos "gaseados", y nos muestran números y tatuajes de los campos de concentración, en los que todos han estado, por supuesto, salvados de allí por milagro (o por un "benefactor" de nombre Schindler). De esta terrible, odiosa y monótona propaganda no se libra ya nadie, ni los mismos judíos jóvenes, que pasan a ser su primera víctima, debiendo creerla porque se la han inculcado con la leche materna por primera vez, y luego en la sinagoga de turno, en el kahal, en los textos amañados y en los colegios privados que ellos tienen en todas partes. En cuanto a los no judíos, ¡ay del que dude abiertamente! Los rayos de Yahvé caerán sobre él, calcinándolo. Y los Gobiernos que tengan la osadía de no creerlo, o de opinar de modo independiente, también serán aniquilados. Tribunales, juicios, exilios, prohibición de circular por el mundo, ruina económica, cárceles, atentados y hasta asesinatos esperan a los hombres honrados y valientes. Ahí está el caso del historiador inglés David Irving, del profesor francés Faurisson, del profesor estadounidense Butz, del ingeniero estadounidense y especialista en construcción de cámaras de gas Fred Leuchter, de Ernst Zündel, y tantos otros.

     Jamás en el Tercer Reich existió ni una sola cámara de gas, con el gas Zyklon-B. Jamás se gasearon judíos. Jamás se pensó en la tan propagada "Solución Final". Nunca Hitler imaginó siquiera que la solución del problema judío pasaba por la aniquilación de ese pueblo. Lo que realmente existió fue el "Plan Madagascar"; es decir, se quiso obtener de Francia la isla de Madagascar e instalar allí a todos los judíos de Europa. El plan no era de aniquilación sino de emigración. La expresión "Solución Final" aparece en una carta de Heydrich, del 24 de Junio de 1941, dirigida a Göring, donde se dice que el problema de los 3.250.000 judíos existentes en la zona de soberanía alemana no podía ser solucionado ya con una emigración (porque la superioridad naval inglesa no lo permitiría; es más, los ingleses se apoderaron de Madagascar), sino con una "solución final territorial". El adjetivo "territorial" no tendría sentido si se hubiera pensado en un exterminio.

     La guerra contra la Unión Soviética habilitó nuevos territorios para la "Solución Final", excluída ya Madagascar, y pensándose en una "extradición" de los judíos de los países considerados europeos, luego de la Conferencia de Wannsee, en 1942. Según esto, el Führer resolvió enviar a los judíos en dirección al Oriente, por tierra, y no a Madagascar. Ésta era la "Solución Final". Tal vez Hitler tuvo en mente el Imperio jázaro, que en los siglos X y XI se instauró en las estepas, convertido al judaísmo, pensando que muchos de los "judíos" de Hungría, de Polonia o de Checoslovaquia pudieran ser en verdad "jázaros" en sus orígenes (véase mi libro "Manú, por el Hombre que Vendrá", en su anexo sobre los jázaros, bajo el título "Los Judíos en el Mundo de Color").

     De este modo, el término "Solución Final" fue empleado desde 1940, siempre en el sentido de emigración o evacuación, jamás en el de exterminio de ese pueblo. No hay un solo documento que lo pruebe, ya que siempre se refieren a una situación territorial. En Febrero de 1942, poco después de la Conferencia de Wannsee, fue el mismo Heydrich quien declaró que el Jefe de las SS, el Reichsführer Himmler, había recibido la orden de Hitler de "reunir a la totalidad de los judíos, afincándolos en el Noreste de Europa, es decir, en Rusia". El secretario general Bühler, que participó en la Conferencia de Wannsee, declaró esto bajo juramento, el 23 de Abril de 1946, en el proceso de Nürnberg.

     Es de suma importancia dar a conocer hoy que el plan para Madagascar fracasó porque los ingleses, los estadounidenses y, en especial, el gobierno mundial judío, se opusieron por todos los medios a su realización. Esto lo declara el mismo líder de la comunidad judía en Viena, Dr. Löwenherz, quien fue autorizado por los alemanes a viajar a Lisboa para reunirse con los delegados de la World Jewish Agency, con el Dr. Parlas (Primer Secretario del Presidente Weizmann) y el director Tropper, encargado de las finanzas de dicha organización. El Dr. Löwenherz ofreció, durante las negociaciones, la emigración a Madagascar de todos los judíos residentes dentro del territorio alemán, con sus bienes, además de maquinarias y equipos, siempre y cuando EE.UU. aportara los medios de transporte. Indicó también que el gobierno del Reich alemán se mostraba dispuesto a cubrir los gastos del transporte y que el Primer Ministro francés Laval consentía esa emigración. El Dr. Löwenherz se encontró ante oídos sordos. Se le dijo que estaban interesados, por el contrario, en dejar a la población judía en el territorio alemán para que, de este modo, ocasionara dificultades al Reich; además, porque podían asegurar que EE.UU. entraría pronto a la guerra (ésta era ya una decisión del gobierno judío mundial secreto).

     Las enormes dificultades de la guerra en Rusia hicieron también imposible la emigración al Oriente.

* * *

     Todos estos planes de Hitler, en relación con la "Solución Final" del problema judío, tienen relación directa con la misión de Rudolf Hess, en su misterioso vuelo a Inglaterra, con su prisión solitaria por más de cuarenta años y su asesinato final por los ingleses, según nos lo revela, en su reciente libro, su hijo Wolf-Rüdiger Hess (Who Murdered My Father, Rudolf Hess?, publicado en Alemania, y también en inglés en Argentina). Margaret Thatcher es la que cumple las órdenes del asesinato, ante la inminencia de la liberación de Rudolf Hess por Gorbachov y la imposibilidad de seguir manteniéndolo en prisión tras la caída del Muro de Berlín. Los ingleses —los judíos, en buenas cuentas— y los estadounidenses (el Presidente Carter) temieron las revelaciones que ese anciano de noventa años pudiera hacer sobre la verdad última de su misión en Inglaterra, la que, además de asegurar la supervivencia del Imperio inglés y de toda la raza blanca, proponía la "solución final y territorial" del problema judío. La paz definitiva se habría hecho en el mundo, puesto que Rusia quedaba aislada y no habría sido necesaria la guerra preventiva. El "Plan Madagascar", o quién sabe qué otra solución definitiva y final del milenario problema judío, habría sido posible a esas alturas.

     La mayoría de estas informaciones han sido dadas a conocer en el libro "Absolución para Hitler", del escritor y periodista austriaco Gerd Honsik. Después de la aparición de este libro sensacional su autor se ha visto obligado a exiliarse, refugiándose en España, víctima de la intolerancia democrática. El rayo y los truenos de Yahvé han caído sobre su cabeza y lo persiguen, como a tantos otros.

     Pero la estupidez y la estulticia de las masas y de las llamadas élites intelectuales, hipnotizadas y acobardadas por la propaganda y "el temor a perder el pan" (Protocolos de los Sabios de Sión) no serán eternos y, al final, los criminales, los asesinos, se aniquilarán a sí mismos, ahogados en el mismo excremento con el que han envuelto al mundo.

* * *

     Para terminar, trataremos de hacer un esfuerzo y desligarnos de todo el elemento subjetivo y de la espesa nube pasional, hábilmente propiciada por los más burdos medios publicitarios y repetitivos de la propaganda de masas, esa verdadera orgía del "Holocausto", con museos morbosos en Israel y en todas las ciudades del mundo conocidas y principales, de modo que debería ofender a la inteligencia humana; los nuevos templos de una religión del morbo, la histeria y la esquizofrenia, de un pueblo enfermo, sin cura posible y que trata de contagiar a la Humanidad entera con su mal. Tratemos de explicar todo esto de manera más simple, más directa: Israel es un Estado en quiebra, con una deuda inmensa, en miles de millones de dólares. Con espanto ve que se acerca el año 2000, fecha próxima al cese del pago de las compensaciones por parte de los alemanes. Por ello extrema su chantaje moral con la farsa del "Holocausto", presionando no sólo a los alemanes sino a todo el mundo, para hacerlo responsable de deicidio del "pueblo elegido de Dios". Y el Papa viene en su ayuda, al pedir perdón, precisamente en el año 2000, por los "crímenes históricos de la Iglesia", cometidos por los Papas "goyim". Es decir, todos estamos en deuda con "los elegidos de Dios" y tendremos que arrepentirnos, trabajar para los judíos y pagar nuestro "pecado original y eterno". Y en dólares.

     Toda esta orgía y esta infamia de mentiras y de propaganda, junto con la continua agitación anti-nazi y el descubrimiento de "nuevos criminales del Holocausto", en todos los rincones del planeta, tiene como objeto la extorsión de los alemanes y de todos los no judíos, para salvar de la destrucción y quiebra al Estado de Israel, sin que sea necesario utilizar la energía y el capital del judío mismo. A falta de esta ayuda obligatoria y sin el fantasma de un "enemigo" (el nacionalsocialismo), el judaísmo se desintegra y termina devorándose a sí mismo. Esto Hitler lo sabía, y por eso quiso poner a todos los judíos en Madagascar. No necesitaba de un "holocausto". Se habrían comido entre ellos.

    Hoy el judío necesita desesperadamente del "nazismo", inexistente como peligro actual, y por eso lo inventa, financiando los "racismos" y dictando al mismo tiempo leyes "antirracistas" y "anti-nazis", destinadas a producir efectos negativos y contrarios, precisamente, pero que cohesionan momentáneamente a su pueblo y mantienen a la fuerza dentro de la ortodoxia a la juventud judía, que así pasa a ser la primera víctima del "fundamentalismo" rabínico y del "mesianismo" ad portas [1].

[1] Irán ha acusado a los servicios secretos judíos de ser los verdaderos autores de los atentados contra sedes y edificios judíos en Argentina, etcétera, para mantener así cohesionado y aterrorizado a su pueblo, al mismo tiempo que hacen olvidar al mundo sus propios crímenes y explotan el sentimiento de conmiseración de los no judíos. La muerte de sus connacionales es un precio que ellos siempre están dispuestos a pagar. También impidieron la salida de los judíos de Alemania y de la Europa ocupada por las fuerzas del Reich, durante la Segunda Guerra Mundial. Todas esas "organizaciones terroristas islámicas", que siempre están dispuestas a declararse las autoras de los atentados, o no existen o han sido infiltradas, creadas y financiadas, para los fines ya expuestos. Argentina tendría que desarrollar ahora un sentimiento de culpa tan grande como el de Alemania, de modo que, en compensación, tal vez deba entregarles gratis el Sur patagónico —poniendo de acuerdo a Chile para que siga su ejemplo— al millón de judíos emigrados de la ex-Unión Soviética.

     El judío se desintegrará y se destruirá a sí mismo. Incentiva hoy el "nazismo", por necesidad imperiosa, más un secreto impulso de autodestrucción. Con su propaganda "anti-nazi" obsesiva y burda, con sus "inquisiciones", sus leyes, sus juicios, sus asesinatos y sus morbosidades, va produciendo —por ley de este mundo— la polarización y la reaparición irrevocable e irreversible del verdadero Nacionalsocialismo Hitleriano. Y su triunfo final.–


Miguel Serrano, año 105 (1994).




CARTA al PAPA
por Léon Degrelle
20 de Mayo de 1979



A SU SANTIDAD EL PAPA JUAN PABLO II
CIUDAD DEL VATICANO

Muy Santo Padre:

     Soy Léon Degrelle, el jefe del Rexismo belga antes de la Segunda Guerra Mundial, y durante ésta, comandante de los voluntarios belgas del Frente del Este, luchando dentro de la 28ª división de la Waffen SS "Wallonie". Ciertamente esto no es una recomendación a los ojos de la gente. Pero yo soy católico como usted y me creo, por este hecho, autorizado a escribiros, como a un hermano en la fe.

     He aquí de qué se trata: la prensa anuncia que con motivo de vuestro próximo viaje a Polonia entre el 2 y el 12 de Junio de 1979, usted va a concelebrar la misa con todos los obispos polacos en el antiguo campo de concentración de Auschwitz. Yo encuentro, os lo digo desde ya, muy edificante que se rece por los muertos, sean cuales sean y donde sea, incluso delante de unos hornos crematorios flamantemente nuevos, de ladrillos refractarios inmaculados.

     Pero me asaltan ciertas aprensiones, a pesar de todo.

     Usted es polaco. Esta condición aparece sin cesar, y es algo humano, en vuestro comportamiento pontifical. Si os impresionan fuertemente viejos resentimientos de patriota que participó de lleno, en su juventud, en un duro conflicto bélico, podríais estar tentado de tomar partido, una vez convertido en Papa, en disputas temporales que la Historia no ha decantado aún suficientemente.

     ¿Cuáles fueron las responsabilidades exactas de los diversos beligerantes en el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial?. ¿Cuál fue el papel de ciertos provocadores?. Vuestro presidente del Consejo [polaco] de Ministros, el coronel [Józef] Beck —que todo el mundo sabe que era un personaje bastante sospechoso— ¿se comportó acaso en 1939 con toda la ponderación deseada?. ¿No rechazó con demasiada soberbia ciertas posibilidades de entendimiento?.

     ¿Y después?. ¿La guerra fue verdaderamente tal como se ha dicho?. ¿Cuáles fueron las faltas, o en realidad los crímenes de unos y de otros?. ¿Se han sopesado siempre con objetividad las intenciones?. ¿No se ha desvirtuado a la ligera o con mala fe —porque la propaganda lo reclamaba— la doctrina del adversario, atribuyéndole unos proyectos y endosándole unos actos cuya realidad puede estar sujeta a numerosas dudas?.

     A pesar de que la Iglesia siempre está mucho mejor informada que nadie, a través de dos mil años de circunspección, ha evitado siempre las tomas de posición precipitadas, y ha preferido juzgar siempre sobre hechos probados, con calma, después de que el tiempo ha separado el grano de la paja, los furores y las pasiones. Muy especialmente, la Iglesia siempre se ha distinguido por una moderación extrema durante el curso de la Segunda Guerra Mundial. Siempre se guardó cuidadosamente de propagar locas elucubraciones que corrían entonces. Muy Santo Padre, sobre vuestro suelo patrio —en Auschwitz particularmente—, afectado, quizás, por ciertas visiones incompletas y parciales del pasado, ¿va usted simplemente a rezar?...

     Temo, sobre todo, que vuestros rezos, e incluso vuestra simple presencia en esos lugares, sean inmediatamente desvirtuados de su sentido profundo, y sean utilizados por propagandistas sin escrúpulos que los utilizarán, escudándose en vos, para relanzar inmediatamente las campañas de odio, a base de falsedades, que emponzoñan todo el asunto de Auschwitz desde hace más de un cuarto de siglo.

     Sí, falsedades.

     Después de 1945 —abusando de la psicosis colectiva que, a base de habladurías incontroladas, había transtornado a numerosos deportados de la Segunda Guerra Mundial— la leyenda de las exterminaciones masivas de Auschwitz ha asaltado al mundo entero. Se han repetido en millares de libros incontables mentiras, con una rabia cada vez más obstinada. Se las ha reeditado en colores, en películas apocalípticas que flagelan de manera indignante no sólo la verdad y la verosimilitud sino incluso el buen sentido, la aritmética más elemental, y hasta los mismos hechos.


     Usted, Muy Santo Padre, fue, se me ha dicho, un resistente durante el curso de la Segunda Guerra Mundial, con los riesgos físicos que comporta un combate contrario a las leyes internacionales. Ciertas personas añaden que usted estuvo internado en Auschwitz. Como tantos otros, usted ha salido de allí, ya que usted es actualmente Papa, un Papa que, con toda evidencia, no huele demasiado al famoso gas Zyklon B. Si Su Santidad ha vivido en esos lugares, debe saber, mejor que cualquier otro, que esos gaseamientos masivos de millones de personas nunca tuvieron lugar. Como testigo de excepción, ¿ha visto usted, personalmente, efectuar una sola de esas grandes masacres colectivas tan repetidas una y otra vez por propagandistas sectarios?...

     Ciertamente se sufrió en Auschwitz. En otras partes también, Todas las guerras son crueles. Los centenares de miles de mujeres y niños atrozmente carbonizados, por orden directa de los jefes de Estado Aliados, en Dresden, Hamburgo, Hiroshima y Nagasaki, tuvieron unos padecimientos mucho más horribles que los sufridos por los deportados políticos o los resistentes (el 25% de la población de los campos), objetores de conciencia, anormales sexuales o criminales comunes (75%) que padecían, y a veces morían, en los campos de concentración del Tercer Reich.

     El agotamiento los devoraba. El hundimiento moral eliminaba las fuerzas de resistencia de las almas menos templadas. Las crueldades de ciertos guardianes desnaturalizados, alemanes, y más a menudo, no alemanes, de los "kapos" y otros deportados convertidos en verdugos de sus compañeros, se sumaban a la amargura de una promiscuidad multitudinaria. Ciertamente habrá habido, en algún campo u otro, algún chiflado que procediera con experiencias de muerte inéditas, torturas, fantasías monstruosas o asesinatos específicos.

     Sin embargo, el calvario de la mayor parte de los exiliados habría terminado felizmente el día tan esperado del retorno de la paz si no se hubiera abatido sobre ellos, durante el curso de las últimas semanas, la catástrofe de las epidemias exterminadoras, amplificadas aún más por los fabulosos bombardeos que destrozaban las líneas de ferrocarril y las carreteras, y enviaban a pique los barcos cargados de refugiados, como ocurrió en Lübeck. Esas operaciones aéreas masivas destruían las redes eléctricas, los conductos y depósitos de agua, cortaban todo abastecimiento, imponían por doquier el hambre, y hacían imposible todo transporte de evacuados. Las dos terceras partes de los deportados muertos durante la Segunda Guerra Mundial perecieron entonces, víctimas del tifus, de la disentería, del hambre, de las esperas interminables sobre las destruídas vías de comunicación. Las cifras oficiales lo establecen. En Dachau, por ejemplo, según las mismas estadísticas del Comité lnternacional, murieron en Enero de 1944, 54 deportados; en Febrero de 1944, 101; pero en Enero de 1945 murieron 2.888, y, en Febrero de 1945 murieron 3.977. Sobre un total de 25.613 deportados muertos en ese campo de 1940 a 1945, 19.296 fallecieron durante los últimos 7 meses de hostilidades. En ese entonces el terrorismo aéreo Aliado no tenía ya ninguna utilidad militar, pues la victoria de los Aliados, a principios de 1945, ya estaba definitivamente asegurada. Y por tanto ya no era necesario, de ningún modo, dicho espantoso aplastamiento final.

     Sin la locura salvaje de esos machacamientos a ciegas, millares de internados hubiesen sobrevivido, en lugar de convertirse —entre Abril y Mayo de 1945— en macabros objetos de exposición, alrededor de los cuales bullían manadas de necrófilos de la prensa y del cine, ávidos de fotos y películas con ángulos sensacionales, y de un rendimiento comercial asegurado; documentos visuales que ellos tuvieron todavía un gran cuidado, posteriormente, en retocar, sobrecargar, deformar y trucar, para completar el horror, generadores de odios crecientes.

     Estos acróbatas de la información hubiesen podido, también, tomar kilómetros de fotografías similares de cadáveres de mujeres y niños alemanes, cien veces más numerosos, muertos exactamente de la misma manera, de hambre, de frío o ametrallados sobre los mismos helados vagones al descubierto, y sobre los mismos caminos ensangrentados. Pero esas fotos, igual que las de la inmensa exterminación de las ciudades alemanas, que nos descubrirían seiscientos mil cadáveres, ¡se guardarían muy bien de darlas a conocer! Ellas hubiesen podido turbar los ánimos y sobre todo, impedir más odios. La verdad es que el tifus, la disentería, el hambre, los infinitos ataques de una aviación desencadenada, golpearon indistintamente, en 1945, tanto a los deportados extranjeros como a la población civil del Tercer Reich, todos atrapados de súbito por unas abominaciones propias del fin del mundo.

     Por lo demás, Muy Santo Padre, en lo que se refiere a una voluntad formal de genocidio, ningún documento ha podido aportar, después de 30 años, ni la menor prueba oficial de ello, y más especialmente, en lo que concierne a la pretendida cremación en Auschwitz de millones de judíos en fantasmales cámaras de gas de Zyklon B, las afirmaciones lanzadas y constantemente repetidas desde hace tantos años, en un fabuloso alboroto, no resisten un examen científico serio.

     Es insensato imaginar, y sobre todo pretender, que se hubiera podido gasear en Auschwitz a 24.000 personas por día, en grupos de 3.000 cada vez, en una sala de 400 metros cúbicos, y menos aún, a 700 u 800 en unos locales de 25 metros cuadrados, de 1,90 metro de altura, como se ha proclamado a propósito del campo de Belzec: 25 metros cuadrados o lo que es lo mismo, ¡la superficie de un dormitorio!. Usted, Muy Santo Padre, ¿lograría meter 700 u 800 personas en vuestro dormitorio?

     Y 700 a 800 personas en 25 metros cuadrados, hace 30 personas por cada metro cuadrado. Un metro cuadrado, con 1,90 metro de altura ¡es una cabina telefónica! ¿Puede Su Santidad imaginar a 30 personas apiladas en una cabina telefónica de la Plaza de San Pedro o del Gran Seminario de Varsovia, o en una simple cabina para ducha?.

     Pero si el milagro de 30 cuerpos plantados como espárragos en el espacio de una cabina telefónica o el de las 800 personas apiñadas alrededor de vuestra cama de campaña se hubiese realizado, un segundo milagro tendría que haberse producido inmediatamente, pues las 3.000 personas —¡el equivalente de dos regimientos!— hacinadas tan fantásticamente en la cámara de Auschwitz, o las 700 u 800 personas apretujadas en Belzec a razón de 30 ocupantes por metro cuadrado, ¡hubiesen perecido casi al instante, asfixiadas por falta de oxígeno!. ¡No hubieran hecho falta las cámaras de gas!, incluso antes de que hubieran acabado de amontonar a los últimos llegados, de cerrar las puertas y de difundir el gas por la sala, ¿por hendiduras?, ¿por unos agujeros?, ¿por una chimenea?, ¿en forma de aire caliente?, ¿al vapor?, ¿vertiéndolo sobre el suelo? ¡Cada uno cuenta lo contrario del otro! ¡El Zyklon B que no llegaba más que a cadáveres, no hubiese representado la menor utilidad!.

     De todas maneras, el Zyklon B es, como toda persona interesada en la ciencia puede saber, un gas de empleo peligroso, inflamable y adhesivo. También hubiesen sido necesarias, e incluso indispensables, veintiún horas de espera antes de que se hubiese podido retirar el primer cuerpo de la fantástica sala en cuestión.

      Sólo después se hubieran podido extraer —como se han complacido en contárnoslo, con miles de detalles escabrosos— todos los dientes de oro, todas las fundas de plomo en las que escondían, se dice, diamantes, de cada lote de seis mil mandíbulas rígidas —¡tres mil personas!—, tensas tras la muerte, o de 48.000 mandíbulas diarias si hemos de creer las cifras oficiales de 24.000 gaseados diariamente ¡solamente en Auschwitz!.

     Muy Santo Padre, por muy santo que usted sea, debe soportar al dentista alguna vez, ¡con más o menos resignación! ¿Os han extraído un diente?, ¿dos dientes?. Usted está instalado muy cerca del operador, que dispone de poderosos reflectores, enfocados sobre las mandíbulas, de herramientas perfeccionadas y de un paciente que se presta a sus órdenes. Pues bien, la extracción, en esas óptimas condiciones, ¿cuánto tiempo toma?, ¿un cuarto de hora?, ¿media hora?. En Auschwitz, según las leyendas, los cadáveres contaminados yacían en el suelo, y había que distender, con muchas dificultades, las mandíbulas endurecidas, relajarlas y dejar abiertas las bocas, por medio de herramientas necesariamente primitivas... Con ocho operadores en total y para todo: es la cifra oficial. Y después tenían que examinarlas sin luz apropiada, a ras del cemento —y no solamente un punto enfermo de la dentadura, ¡sino las dos mandíbulas enteras!—, y arrancar, vaciar, deshuesar... ¿Y todo eso en menos tiempo que donde el especialista, perfectamente equipado?.

     Dígnese Su Santidad a tomar un lápiz. A razón de un cuarto de hora por dentadura y con ocho sacamuelas obstinados en la disección, se podría llegar a 16 cadáveres tratados por hora, es decir, 160 en una jornada de 10 horas ¡sin un minuto de reposo!. Piense, Su Santidad, incluso en un estajanovista [1] de las dentaduras, y doble el ritmo de las extracciones, lo que es además materialmente imposible: aquello supondría 320. Entonces, Muy Santo Padre, ¿cómo imaginar las hornadas de 3.000 judíos de una sola vez?. ¿Y las jornadas de 24.000 gaseados con Zyklon B, que representarían 48.000 dentaduras para vaciar, o sea más de 760.000 dientes a examinar diariamente?. Simplemente ateniéndonos a los seis millones de judíos muertos —algunos han doblado y triplicado la cifra, que la propaganda machaca continuamente en nuestros oídos—, estos extractores de muelas ¡habrían estado, unos años después de la guerra, todavía en plena actividad!     Estas extracciones, solamente estas extracciones, en diez horas de labor ininterrumpida, ¡hubiesen absorbido un trabajo de 1.875 jornadas de todo el equipo de 8 individuos!.

[1] Alexei Stajanov, célebre minero soviético que en 1935 extrajo, él solo, 102 toneladas de carbón en seis horas, valiéndole ser tomado como modelo para los demás trabajadores de la URSS.

     Pero esas extracciones sólo eran una formalidad preliminar. Hacía falta también rapar millones de cabelleras, según parece. Después, antes de pasar los cadáveres al horno, se procedía —según lo que todos los "historiadores" de Auschwitz afirman ex cathedra— al examen de todos los anos y todos los úteros, de cuyo fondo se trataba de recuperar los diamantes y las "joyas" que hubieran podido ser escondidas. ¿Se imagina usted eso, Muy Santo Padre? ¡Seis millones de anos, tres o cuatro millones de úteros limpiados a fondo, cuando se nos ha explicado que, después de los gaseamientos masivos, los cuerpos chorreaban de excrementos, de sangre femenina y de otras inmundicias! En esos órganos sucios, los dedos, las manos de los operadores, debían revolver todo, descubrir los supuestos diamantes escondidos, extraerlos pegajosos, lavarlos, lavarse ellos, 24.000 veces por día (los anos), 15.000 ó 20.000 veces por día (los úteros). ¡Es una locura!. ¡Todo esto es una cosa de locos! Y no hablemos de las actividades complementarias: fábricas de abonos y fábricas de jabones, ¡de las cuales el delirante profesor Poliakov habla sin pestañear!.

     Estas operaciones de gaseamiento, de corte de pelo, de extracción de dientes, de limpieza de órganos, realizadas sobre seis millones de judíos, o siete millones, o sobre 15 millones según el padre Riquet, o sobre 20 millones —es decir, ¡más que los judíos del mundo entero!— según el Diccionario Larousse, seguirían todavía si se admitieran como exactas las afirmaciones "oficiales" de los manipuladores de la "historia" de Auschwitz. Usted todavía podría, Muy Santo Padre, taparse la nariz cerca de las cámaras de gas, y transpirar al calor de los hornos de Auschwitz, en el curso de vuestra misa concelebrada!.


     Si se hubiese multiplicado el número de cadáveres reales y normales de Auschwitz por diez, o por veinte, la estafa de los muertos hubiese podido conservar un cierto aspecto de verosimilitud. Pero al igual que en los gaseamientos de 700 u 800 personas en el equivalente de un dormitorio, al mentir demasiado se llega a lo grotesco. Era precisa la insondable y apenas imaginable estupidez de las masas para que semejantes absurdos hayan podido ser inventados, contados, anunciados con trompetas, filmados con un escándalo inaudito y creídos.

     «¡Yo creo —declara audazmente un personaje del "Holocausto"todo lo que se cuenta sobre ello!».

     ¡Linda declaración!.

     Entonces, Muy Santo Padre, ¿cómo imaginar por un instante que en Auschwitz, a la hora de la concelebración de la misa, mientras todos los corazones, abrazados por el amor a Dios y a los hombres, van a participar en la renovación del sacrificio, un sacerdote, un Papa, podría, en el momento en que levanta el cáliz hacia el cielo, aparentar cobijar bajo su palio las marejadas de un odio tan estúpido y de mentiras tan extravagantes que están en el extremo opuesto de la enseñanza compasiva de Cristo? ¡No! ¡Ciertamente no!. ¡No es posible!. Vuestro mensaje, a cien pasos de la falsa cámara de gas de Auschwitz, no puede ser más que uno de caridad, de fraternidad, e igualmente de la verdad, sin la cual toda doctrina se hunde. Usted va a Auschwitz para reflexionar, emocionado, en uno de los altos lugares del sufrimiento humano cuyas causas y cuyos responsables serán determinados objetivamente, con el tiempo, por una Historia serena, y no recurriendo a testimonios obtenidos por la fuerza y a unas divagaciones de falsificadores.

     El Papa está por encima de esas disputas.

     Él está al lado de las almas que han sufrido, de las que, en el sufrimiento, se elevaron espiritualmente, pues no existe pena, ni calvario, ni agonía que no pueda llegar a ser sublime. En los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial, donde tantos millones de soldados cayeron tras inmensos sufrimientos, e igualmente en los campos de trabajo, donde murieron numerosas victimas de conflictos que los sobrepasaban y los aplastaban, por todas partes, tanto en unos como en otros, el sacrificio, el dolor físico y moral, la angustia, hicieron brotar, en vidas que en circunstancias normales hubieran permanecido en la mediocridad, grandiosas florescencias de almas. Así fue en Auschwitz. Fue así también en el Frente del Este, a lo largo de los años de lucha y de inmolación de millones de jóvenes europeos que, de 1941 a 1945, hicieron frente heroicamente a la marejada del comunismo.


     Muy seguramente, a través de toda la Historia de los hombres, se han cometido atrocidades. Auschwitz, de todas maneras, no habrá sido ni el primer caso, ni el último. Nosotros lo vemos de sobra en la hora actual, cuando son masacrados tantas mujeres y niños indefensos, aplastados en los campos palestinos por la aviación de lsrael, haciéndose eco de la Ley del Talión sobre inocentes, en memoria de los cuales, desafortunadamente, no se cantará probablemente jamás una misa concelebrada... Las potencias han abusado muchas veces de su poder. Numerosos pueblos han perdido la cabeza. No uno especialmente, sino todos. Al lado de millones de corazones puros y desinteresados que ofrecieron su juventud a un ideal, Alemania tuvo, como todo el mundo, su parte de seres detestables, culpables de violencias inadmisibles. ¿Pero qué país no ha tenido los suyos?.

     La Francia de la Revolución Francesa, ¿no ha inventado el Terror, la guillotina, los ahogamientos en el Loira? ¡Napoleón no deportó, pero sí movilizó por la fuerza a centenares de millares de civiles de los países ocupados, y los envió a la muerte por su gloria!. ¡Cincuenta y un mil sólo en Bélgica! Es decir, más que los belgas que perecieron durante el curso de la Primera Guerra Mundial o en los campos de concentración del Tercer Reich. Más cerca de nosotros, un De Gaulle ¿no presidió, en 1944 y 1945, la masacre de decenas de millares de adversarios bautizados como "colaboradores"?. Más recientemente aún, en Indochina, en Argelia, Francia ¿no hacinó a centenares de millares de rebeldes, de refractarios, de rehenes, de simples civiles arrestados masivamente, en campos de concentración extremadamente duros, donde los sádicos, tampoco allí, no faltaron? Un general francés hizo incluso el elogio público de la tortura.

     ¿Y Gran Bretaña, con sus bombardeos de ciudades libres como Copenhagen, sus ejecuciones de cipayos atados a la boca de los cañones, su aplastamiento de los boers, sus campos de concentración en el Transvaal o sus millares de mujeres y niños muertos en miserias indescriptibles?. ¿Y Churchill, desencadenando sus abominables bombardeos de terror sobre la población civil del Reich, calcinándola mediante el fósforo en los refugios, aniquilando en una sola noche alrededor de 200.000 mujeres y niños en el gigantesco crematorio de Dresden? "Alrededor de", porque no se ha podido hacer una estimación aproximada más que calculando el peso de las cenizas.

     ¿Y Estados Unidos? ¿No ha elevado su potencia gracias a la esclavización de millones de negros marcados al fuego ardiente como bestias, y gracias a la exterminación casi íntegra de los Pieles Rojas, propietarios de los terrenos codociados?. ¿No han sido ellos, en 1945, los dispensadores de la bomba atómica? Ayer aún, ¿no han contado, entre sus tropas de Vietnam, con indiscutibles verdugos?.

     Y no insistimos en las decenas de miles de víctimas de la tiranía de la URSS y de los gulags actuales, de las cuales, mucho me temo, no se dirá palabra al momento de su visita al reconstituído campo de Auschwitz.

     En Auschwitz, nadie lo negará, la vida ha sido dura, y a veces muy cruel. Pero en los campos de los vencedores de 1945, los sádicos y los verdugos prosperaron rápidamente con igual abundancia, pero con muchas menos excusas, si se admite que una guerra mundial pueda albergar excusas...

     Muy Santo Padre, yo no querría empañar el placer que usted va a tener al reencontrarse con su pais. Pero, de cualquier modo, vuestra valerosa patria, de la cual usted ha exaltado la elevación moral al glorificar a su admirable patrono San Estanislao, ¿no ha conocido ella también sus horas de crímenes y de envilecimiento?. En el momento en que usted va a pisar el suelo polaco de Auschwitz que recuerda muy especialmente la última tragedia judía, resultaría poco decente —si usted va a ser justo— no evocar a otros innumerables judíos muertos anteriormente por todo vuestro territorio, en unos progroms horribles, torturados, asesinados, colgados durante siglos por vuestros propios compatriotas. ¡Ellos no han sido siempre unos ángeles, a pesar de todo lo católicos que sean!.

     Yo todavía recuerdo al Nuncio apostólico de Bruselas, que fue después el cardenal Micara, anteriormente Nuncio en Varsovia, cuando me contaba, en su excelente mesa, cómo los campesinos polacos crucificaban a los judíos en las puertas de sus granjas.

     —"¡Esos cerdos judíos!", exclamaba, bastante poco evangélicamente, el untuoso prelado.

     Estas palabras fueron pronunciadas tal cual, créame.

     La Iglesia misma, Muy Santo Padre, ¿ha sido siempre tan cariñosa? Incluso en pleno siglo XVIII ella quemaba aún a los judíos con gran aparatosidad. En plena ciudad de Madrid, particularmente. Pero ella los quemaba ¡vivos!. La Inquisición no ha sido un pacífico redil. Las masacres de los albigenses se perpetraron bajo la égida de Tomás de Aquino. Los asesinatos de la Noche de San Bartolomé causaron la alegría del Papa, vuestro predecesor, que se levantó en plena noche para festejar, con un Te Deum entusiasta, tan alegre acontecimiento, ¡y ordenó incluso conmemorarlo con una medalla!. ¿Y las treinta mil supuestas brujas, calcinadas piadosamente a lo largo de la cristiandad? Incluso en el siglo pasado el Papado restablecía aún en Roma el ghetto. En el fondo, Muy Santo Padre, no valemos mucho, ya seamos Papas o Ayatolas, parisinos o prusianos, soviéticos o neoyorquinos. ¡No hay por qué ser exageradamente orgullosos! Todos nosotros hemos sido, en nuestros malos momentos, igualmente salvajes los unos como los otros. Esta equivalencia no justifica nada ni a nadie. Ella incita, sin embargo, a no distribuír con demasiada impetuosidad o "benevolencia" las excomuniones y las absoluciones.

     No se rechazará el salvajismo humano más que a fuerza de responder al odio con la fraternidad. El odio se modera, como todo, pero no sirviéndole interminablemente salsas siempre más picantes ni aumentándolo y exasperándolo, como en el caso de Auschwitz, con grandes refuerzos de exageraciones demenciales, de mentiras y de pseudo "confesiones", llenas de estrafalarias contradicciones, arrancadas por medio de la tortura y el terror en las cárceles soviéticas o estadounidenses, pues tanto valían las unas como las otras en los tiempos horrorosos de Núremberg.

     Algunos hubiesen podido pensar que los piratas del exhibicionismo relativo a los campos de concentración y los falsarios que hicieron del asunto de los "seis millones" de judíos la estafa financiera más remuneradora del siglo, iban a poner al final un término a esa explotación.


     Gracias a todo el aparato de la grandiosa ceremonia religiosa que va, en vuestra presencia, a desplegarse entre los falsos decorados del escenario de Auschwitz, en medio de un gigantesco martilleo de televisión y de prensa, se intentará todo para convertiros en aval indiscutido de estos cheques del odio. Vuestro nombre vale su peso en oro, para todos estos gángsters. Saldrá en el mundo entero, como si el primer "Holocausto" no fuera suficiente, un "Holocausto" Número 2 que no habrá costado un millón de dólares como el otro, ya que ¡Vuestra Santidad habrá proporcionado absoluta y gratuitamente, a unos indecentes escenógrafos, la más fastuosa de las figuraciones!.

     El "Holocausto" Número 1 [1], cualquiera que haya sido su difusión y su impacto entre los tontos, no ha sido más que un gigantesco alboroto hollywoodiano, de una rara vulgaridad, y destinado ante todo a vaciar centenas de millones de bolsillos de espectadores no advertidos. Pero los estragos no podían ser más que pasajeros; se debería notar rápidamente que las extravagancias eran bufonescas y que no resistirían el examen concienzudo de un historiador. Por el contrario, vuestro Holocausto, Muy Santo Padre, filmado con gran pompa en Auschwitz, por un Papa de carne y hueso, revestido de toda la majestuosidad pontifical y ungido de veracidad, de cara a un altar inviolable, sobre todo en la hora del Sacrificio, este "Holocausto" Número 2, corre el riesgo de aparecer a los ojos de una cristiandad burlada por unos manipuladores sacrílegos, como una confirmación casi divina de todas las elucubraciones montadas por unos frustrados llenos de odio y por usureros.

[1] Se refiere a la película de propaganda [serie televisiva] "Holocausto".

     Ya vuestra evocación delante de las tumbas polacas de Montecassino, de una guerra de la cual —si se ha de creer lo que ha dicho la prensa internacional— usted parece no haber retenido más que ciertos aspectos fragmentarios y partidistas, ha inquietado a muchos fieles. Vuestra ostentosa comparecencia en Auschwitz no puede sino inquietar más aún, Muy Santo Padre, porque no es dudoso que se os va a "poseer" [utilizar], como decimos en el pueblo. Eso salta a la vista. Los filibusteros de la prensa y de la pantalla están firmemente decididos a hacerle caer a usted, con la mitra por delante, con vuestra sotana blanca toda nueva, en esta trampa que está abierta en Auschwitz, mientras que esa ceremonia religiosa no puede representar a vuestros ojos, ciertamente a la hora de la concelebración, más que un llamado a la reconciliación de los hombres, teniendo lugar finalmente después del odio de los hombres.

     Homo homini lupus, dicen los sectarios. Homo homini frater, dice todo cristiano que no es un hipócrita. Nosotros somos todos hermanos, el deportado que sufre detrás de las alambradas, el soldado azorado crispado sobre su ametralladora. Todos los que hemos sobrevivido a 1945, usted, el perseguido convertido en Papa, yo, el guerrero convertido en perseguido, y millones de seres humanos que hemos vivido de una manera u otra la inmensa tragedia de la Segunda Guerra Mundial con nuestro ideal, nuestros anhelos, nuestras debilidades y nuestras faltas, debemos perdonar, debemos amar. La vida no tiene otro sentido. Dios no tiene otro sentido.

     Entonces, en el fondo, ¡qué importa lo demás! El día que usted celebre vuestra misa en Auschwitz a pesar de las imprudencias espirituales que puedan implicar una toma de posición de un Papa en unos debates históricos aún no cerrados, y a pesar de los fanáticos del odio que, sin tardar, van a explotar la espectacularidad de vuestro gesto, yo uniré desde el fondo de mi lejano exilio mi fervor al vuestro.

     Soy, Muy Santo Padre, filialmente vuestro.

Léon Degrelle.






1 comentario:

  1. Estoy asombrado,tristemente asombrado.Como se puede cerrar los ojos a tan terrible situacion, a tan terrible mentira que han tratado de sostener a travez de todos estos años? y que las gentes creen que son ciertas?.Si con un simple examen la mentira del holocausto salta a la vista.

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