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jueves, 19 de febrero de 2015

Tom Sunic - Sobre la Religión del Hombre Blanco



     Publicado en theoccidentalobserver.net en tres partes hace cinco años, el siguiente texto que hemos traducido de Tom (Tomislav) Sunić (1953), ex-diplomático croata, profesor de ciencia política y ensayista, repasa diversos conceptos y actitudes que la gente de Occidente ha asumido de manera contradictoria y auto-dañina, que han originado nuevas "religiones" laicas que, como todas, amenazan con volverse totalitarias y represivas, pero ya sin el cuento de hadas de lo sagrado. Todo esto demostraría, a juicio del autor, que la inmensa mayoría del daño psico-social producido por la aberración de la sociedad "multicultural" ha sido producido desde dentro (por traidores Blancos), a causa de las falencias lógicas a que ha conducido el haber adoptado metafísicas que nada tienen que ver con la idiosincracia propia, particularmente el virus cristiano y su fatal sentido de auto-punición, extrapolado ahora por las ideologías liberales a la raza blanca entera. El señor Sunić aquí pone el acento en las contradicciones internas de la propia gente Blanca, lo que debiese derivar en una mayor toma de conciencia y, a la postre, en acciones consecuentes.


Raza y Religión:
Problemáticos Amigos del Hombre Blanco
por Tom Sunić
Enero de 2010



     Hay una difundida idea entre los nacionalistas Blancos de todo el mundo en cuanto a que la gente Blanca tienen que resucitar su herencia cristiana a fin de estar en mejores condiciones para recuperar su identidad racial, religiosa y cultural. Otra propuesta común entre los nacionalistas Blancos es que el sistema liberal tiene que acabar con la inmigración de gente no-Blanca y no-cristiana, lo que prepararía entonces el terreno para dar lustre a la decreciente reserva de genes Blancos. Otra idea generalizada es que la influencia de los judíos debe ser recortada —si es que no detenida totalmente—, de modo que todos los males sociales puedan ser curados. Finalmente, pero no lo menos importante, el sistema liberal tendría que ser reemplazado por un gobierno nacionalista, autoctonista, populista, derechista y Blanco.

     A pesar de lo creíble que estas propuestas puedan sonar, ellas son ingenuas en sus formulaciones, superficiales en su alcance, y peligrosas en su posible implementación. Ellas se refieren a las consecuencias políticas del problema en lugar de indagar sus causas filosóficas e históricas. Incluso si milagrosamente todos los residentes no-Blancos y no-cristianos fueran a desaparecer de Estados Unidos y de la Unión Europea, e incluso si todas las políticas liberales fueran a ser abandonadas, es improbable que el hombre Blanco resuelva los problemas profundamente arraigados de su propia identidad racial y religiosa.


Ciencia y Charlatanería

     Antes de siquiera intentar ofrecer algunas sugerencias beneficiosas, hay que estar conscientes del peso opresivo de las ideas dominantes y sus ambientes "científicos" —alias "políticamente correctos"— en el sistema liberal moderno. Nuestra época postmoderna está profundamente saturada por dogmas igualitarios y economicistas. Independientemente de cuánta artillería empírica uno pueda reunir para defender la singularidad de la reserva genética Blanca, y sin tener en cuenta cuántos hechos uno pueda enumerar que apunten a los diversos logros intelectuales de las diferentes razas, ninguna de tales pruebas conseguirá la aprobación social o académica. En efecto, de ser enunciada en voz alta, dicha evidencia puede ser considerada como un delito grave en algunos países occidentales. En nuestra supuesta sociedad libre y secular, nuevas religiones, tales como la religión de la promiscuidad racial y la teología del libre mercado, han sustituído al viejo sistema cristiano de creencias. Sólo cuando estos nuevos dogmas seculares o teologías políticas comiencen a derrumbarse —lo cual podría ser pronto el caso— pueden aparecer opiniones alternativas sobre la raza y el sentido de lo sagrado.

     La ironía histórica es que no fue el Otro, es decir, el hombre no-Blanco, quien inventó el arsenal del ataque violento contra el hombre Blanco. Fue el hombre Blanco mismo, tanto con su expiación cristiana como ahora con su expiación liberal de los sentimientos de culpa. Por lo tanto, cualquier argumento ofrecido en defensa de la separación racial será inevitablemente percibido por el Otro, es decir, por un hombre no-Blanco (y sus amos Blancos atormentados por los remordimientos de conciencia) como racista. No queriendo contravenir los imperativos morales que se hubo inventado, el hombre occidental debe posar otra vez como un ejemplo de justicia global que tiene que ser copiado por todas las razas, aunque en esta ocasión como un modelo negativo a imitar.

     Alain de Benoist escribe que el liberalismo ha sido un sistema racista por excelencia. A finales del siglo XIX dicho sistema predicó el racismo excluyente. Ahora, en el siglo XXI, predica el racismo inclusivo. Reuniendo en manada a razas no-europeas de todo el mundo en una sociedad consumista agnóstica, sin raíces, sin raza definida y ahistórica, y predicando el mestizaje ecuménico, Occidente sin embargo sostiene su papel indiscutible de fabricante de la verdad —por supuesto, esta vez bajo los auspicios del varón Blanco que se auto-odia y auto-flagela.

     Hay que declarar que no fue el hombre de color sino el Blanco el que había elaborado la ideología de la auto-negación y la ideología concomitante de los derechos humanos universales, así como las ideas de la promiscuidad inter-racial. Por lo tanto, cualquier argumento académicamente modesto que sugiera pruebas de la desigualdad racial es insostenible hoy. ¿Cómo puede uno argumentar persuasivamente acerca de la existencia de razas diferentes, si el sistema moderno léxicamente, conceptualmente, científicamente, ideológicamente, teológica y judicialmente, prohíbe la más leve idea de la segregación de razas, excepto cuando ella evoca superficiales aventuras exóticas hacia las destrezas musicales y culinarias de razas no-europeas?.

     La mayor parte de los nacionalistas Blancos estadounidenses usan a Thomas Jefferson como su santo patrono, frecuentemente asociando su nombre con los "buenos viejos tiempos" de la Declaración Estadounidense de Independencia. Aquellos eran los tiempos cuando el hombre Blanco estaba en efecto al mando de su destino. Los padres fundadores Blancos declararon: "Sostenemos estas verdades como algo evidente, que todos los hombres son creados iguales, que ellos han sido dotados por su Creador con ciertos Derechos inalienables, que entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad". Pero las abstractas palabras "todos los hombres", combinadas con la invocación de un deístico y distante "creador", tenían un significado específico en la mente del ilustrado Jefferson. Doscientos años después, sin embargo, sus palabras suenan de modo diferente en los oídos de un somalí musulmán real o de un cholo [sic] católico que planeen trasladarse a Estados Unidos.

     ¿Quién puede, por lo tanto, negar a las masas de inmigrantes no-europeos y no-cristianos de todas partes del mundo que extrapolen libremente, para su propia ventaja racial, las palabras de Jefferson de que "todos los hombres son creados iguales"? La auto-percepción de Jefferson y sus compatriotas influídos por la Ilustración, tanto de Europa como de EE.UU. del siglo XVIII, estaba a kilómetros de la percepción de sus palabras por hombres no-Blancos de hoy en busca del "sueño norteamericano". Lamentarse y quejarse de que "Jefferson no quiso decir eso; él quiso decir esto", es una pérdida de tiempo. Similar a muchos documentos históricos que afirmaban tener una naturaleza "científica" o "evidente" —fueran ellos de procedencia religiosa, histórica o judicial—, la Declaración Estadounidense da testimonio de la clásica división entre el antiguo significante y el moderno significado que se ha convertido en objeto de su propio desplazamiento semántico, con siniestras consecuencias para los Blancos de todo el mundo.

     Un ingeniosos abogado del Sur de antes de la guerra [de Secesión estadounidense], un escritor racialista, con un buen sentido del lenguaje, John Fitzhugh, califica las palabras de Jefferson como "abstracciones".

     «Los trucos verbales como "Sostenemos estas verdades como evidentes, que todos los hombres son creados iguales", son pozos sin fondo desde los cuales siguen surgiendo torrentes de nuevas demandas modernas: Es, a nuestro juicio, reconocido por todos, que los hombres no nacen físicamente, moral ni intelectualmente iguales; algunos son varones, algunas son mujeres; algunos, desde su nacimiento, son grandes, fuertes y sanos; otros, débiles, pequeños y enfermizos; algunos son naturalmente afables, otros propensos a toda clase de maldad; algunos, valientes, y otros, tímidos» (George Fitzhugh, Sociology for the South, or the Failure of Free Society, 1854, pp.177-178).

     Los genetistas y biólogos contemporáneos no son menos vulnerables que los filósofos y los sociólogos frente a las teologías políticas dominantes. Lo que era considerado científico durante la primera parte del siglo XX en Europa y Estados Unidos por muchos eruditos prominentes que escriben sobre la raza, es visto hoy como absurdo y criminal. La idea dogmática dominante del igualitarismo debe dar su bendición final a la explicación o justificación de cualquier descubrimiento científico.

     Esto es particularmente verdadero en cuanto al debate interminable sobre "naturaleza versus crianza" (herencia versus medioambiente). Si uno acepta la idea dominante de que el factor del medioambiente ("crianza") es crucial en la formación del destino de las diferentes razas, entonces es inútil hablar de diferencias entre razas. Si todos los individuos y todas las razas son iguales, ¡entonces ellos son expandibles y reemplazables a voluntad!.

     «El dogma de la herencia de características adquiridas es un asunto de vida o muerte para el marxismo. Esto fue reconocido con precisión por los jefes soviéticos. Como señaló [Fritz] Lenz, uno de los eugenetistas ["higienistas raciales"] más importantes, los jefes soviéticos por alguna razón obvia deben adherirse a la doctrina de la herencia de las características adquiridas. Ellos necesitan esa doctrina para calmar su conciencia. Si todo realmente depende del medioambiente, eso significa que la matanza realizada por el bolchevismo de tantos portadores de valiosas dotes hereditarias no es una pérdida irreparable sino más bien un cambio, regulado por el Estado, del medioambiente» (Gustav Franke, Vererbung und Rasse [Herencia y Raza], 1938, 1943, pp. 113-114).

     Demás está decir que Franke, Lenz y miles de otros antropólogos, genetistas y biólogos alemanes y europeos, desaparecieron de la lista de lectura, después de ser denunciados como "malvados nazis" o "ateos". Aunque el campo de las antiguas ciencias sociales soviéticas sea considerado hoy como charlatanería, su residuo igualitario y marxista de la omnipotente herencia de las características adquiridas es religiosamente buscado por el Occidente capitalista post-cristiano y neo-liberal. En términos simples, esto significa que las esclusas para la inmigración masiva de no-europeos deben ser mantenidas abiertas de par en par. La promiscuidad racial y el mestizaje deben ser impuestos. ¡Esto es la ciencia!. ¡Esto es la ley!.


Promiscuidad Racial en la Época de Idiotas de Alto CI

     "Estúpidos", "idiotas", "retardados", "tontos", "imbéciles", son palabras usadas diariamente para describir a nuestros fastidiosos interlocutores. Pero ¿y si algunos de nuestros inteligentes interlocutores son en efecto estúpidos? Es una obviedad histórica el que la mayor parte de los exploradores mundiales, los estadistas famosos, la mayoría de los científicos y la mayoría de los ganadores del Premio Nóbel han sido gente Blanca con estatura predominantemente nórdica y cráneos dolicocéfalos. Es una obviedad que la mayoría de los presos en EE.UU. y Europa son híbridos de grupos externos no-europeos con remanentes de Blancos cuyos antecedentes penales pueden ser remontados a desórdenes genéticos innatos en sus árboles genealógicos. Hace un tiempo William Sadler, un olvidado eugenetista de la Facultad de Medicina de Chicago, escribió un libro sobre "la aristocracia de los incapaces" que no pueden ser mejorados por ninguna cantidad de sermones con respecto a hacer el bien: "La retardación mental es hereditaria y constitucional, y por consiguiente no tratable con nuestras prédicas, asilos, hospitales, reformatorios, penitenciarías, etc. Debemos tener siempre en cuenta que cada año nace una nueva cuota de defectuosos con regularidad estadística" (Race Decadence, 1922, p. 254).

     El moderno proceso de embrutecimiento inducido por los medios de comunicación, combinado con deficiencias mentales innatas de un número siempre creciente de gente Blanca, está siendo acelerado por la afluencia masiva de inmigrantes de bajo Coeficiente Intelectual (CI), ya condicionados para sacar ventajas de los sentimientos de culpa post-cristianos y liberales del hombre Blanco. Como en la ex-Unión Soviética, la teología dominante del igualitarismo y los programas de televisión que incesantemente modelan los roles del sexo interracial sólo aceleran la cultura de la mediocridad y la cultura de la muerte.

     La gente es arrestada por fraude financiero u homicidio. Pero los profesores de Humanidades en EE.UU. y Europa, cuando propagan ciencia-ficción lamarckiana y quimeras igualitarias, son promovidos. Un fisiólogo y ganador del Premio Nóbel, el racialista francés Charles Richet, en su libro "L'Homme Stupide" (1919), comprendió que un alto CI no es una marca registrada de desinterés intelectual o un signo de juicios libres de valores. Decisiones estúpidas y anormales a menudo son tomadas por gente de alto CI que es impulsada por sistemas de creencia utópicos.

     El alto CI entre los Blancos, si no está acompañado por un buen carácter, una introspección psicológica, nobleza de espíritu y un sentido del honor, carece de valor. Los arquitectos de los más grandes genocidios en serie en la Historia de la Humanidad, escribe Rudolf Kommos (Juden hinter Stalin, 1938, 1944), eran bolcheviques inteligentes, sobre todo de origen judío, cuya innata mentalidad milenarista y escatológica los había llevado a creer que docenas de millones de civiles rusos tenían que ser destruídos completamente.

     «La estupidez no significa que una persona no haya entendido algo; más bien significa que ella se comporta como si no hubiera entendido nada. Cuando una persona se mueve precipitadamente hacia el desastre a fin de satisfacer sus prejuicios, sus errores, su razonamiento falso y defectuoso, eso es inexcusable. Es mucho mejor estar privado de inteligencia que hacer un uso pobre de ella... A juzgar por nuestros actos, nos hacemos más estúpidos cuando nos hacemos menos ignorantes» (Charles Richet, L'Homme Stupide, 1919, p 15).

     La historia europea y estadounidense ha estado llena de individuos muy inteligentes que respaldan creencia religiosas y políticas anormales. Esto es particularmente verdadero de muchos académicos europeos y estadounidenses Blancos izquierdistas, quienes, aunque muestran altos Coeficientes Intelectuales, son individuos de mente estrecha y de voluntad débil, sin ninguna integridad, o traidores raciales de dudoso carácter. Los cholos de bajo CI o los Negros beneficiados por la acción afirmativa [affirmative action, discriminación inversa, anti-Blanca] son sólo felices peones en su juego conspirativo y suicida. El padre del racialismo europeo, un hombre cuya obra produjo un importante impacto en el estudio de la raza a principios del siglo XX, Georges Vacher de Lapouge, resumió cómo los hombres cultos, cuando son impulsados por pasiones teológicas o ideológicas, cometen errores mortales:

     «Es prácticamente imposible cambiar por medio de la educación el tipo intelectual de un individuo, por muy inteligente que él pueda ser. Cualquier educación será impotente para proveerlo de audacia e iniciativa. Es la herencia la que decide sobre sus talentos. A menudo he quedado sorprendido por la intensidad del espíritu gregario entre los hombres más instruídos... Cada pequeña manifestación de una idea independiente los hiere; ellos rechazan a priori todo como errores perniciosos que no les han sido enseñados por sus maestros» (Georges Vacher de Lapouge, Les Sélections Sociales, 1896, p.104).

     ¿No es ésta una prueba de que el peor enemigo del hombre Blanco a menudo puede ser su congénere Blanco?.

* * * *


     Un inmigrante no-Blanco que resida en Europa o en EE.UU. debe estar desconcertado, confuso y perplejo por el espectáculo ofrecido por sus anfitriones Blancos. Por una parte, él debe estar terriblemente asustado de aquellos imprevisibles, seguros de sí mismos y engreídos varones Blancos y sus atractivas mujeres Blancas, que son capaces de andar por la Luna y curar la peste en su selva o su desierto. Por otro lado, él se regocija alegremente cuando oye historias de interminables conflictos religiosos e ideológicos entre sus anfitriones Blancos. La imagen prístina, bucólica y pueril de la raza Blanca, tan entrañablemente añorada por los modernos nacionalistas Blancos, se ve diariamente desmentida por permanentes disputas religiosas, celos y difamaciones entre la gente Blanca. Agregado a aquellas crueles guerras intra-Blancas que han sacudido a Europa y EE.UU. durante siglos, uno se pregunta si el proverbial y tan cacareado hombre ario, prometeico y fáustico es digno de un mejor futuro.


Para la Mayor Gloria de Dios

     Ciertamente, el hombre Blanco salvó a la Europa greco-romana de la incursión levantina de Aníbal, que casi resultó en una catástrofe en 216 a.C. en Cannae, en el Sur de Italia. El hombre Blanco también detuvo las hordas hunas de Atila en los Campos Cataláunicos en Francia en 451 d.C. El abuelo de Carlomagno, Charles Martel, derrotó a los depredadores árabes cerca de Tours, en Francia en 732 d.C. Mil años más tarde, en 1717, un héroe católico ítalo-francés bajo y delgado, el príncipe Eugenio de Saboya, finalmente removió la amenaza islámica de los Balcanes.

     Pero la incomparable voluntad de poder Blanca, expresada más tarde en el milenarismo cristiano, también había incitado grandes "cruzadas" contra los "infieles". Su comandante en jefe, el piadoso Godofredo de Bouillon, no tuvo remordimientos de conciencia después de que sus caballeros habían puesto bajo la espada a miles de civiles musulmanes en la Jerusalén capturada, en 1099 d.C. ¡Todo aquello fue intentado para la mayor gloria de Yahvé!.

     El poder de la recientemente descubierta religión universal y la expectativa del "final de la Historia", que iba a ser seguida más tarde de la extraña creencia en la "democracia global", a menudo eclipsaron la conciencia racial entre los Blancos. Por regla general, cuando los príncipes Blancos se quedaban sin infieles musulmanes o judíos, ellos comenzaban a golpearse unos a otros en nombre de sus deidades semíticas o sus democracias de los últimos días. Carlomagno, con su 1,94 metro de alto, en nombre de su esperada felicidad cristiana, continuó la juerga de la matanza contra sus congéneres alemanes paganos. En 782 d.C. él decapitó a varios miles de la mejor cosecha de sajones nórdicos, ganándose así el santo nombre de "carnicero de los sajones" (Sachsenschlächter).

     Y la Historia continúa sin cesar con los creyentes fieles del cristianismo o de la democracia. Ningún judío, ningún árabe, ningún comunista, ha hecho tanto daño a la reserva genética Blanca como los propios Blancos. La Guerra de los Treinta Años (1617-1647), luchada entre europeos cristianos con sumo salvajismo, borró dos tercios de la mejor reserva racial alemana, más de 6 millones de personas. Los enloquecidos mercenarios croatas papistas, bajo las órdenes de Wallenstein, consideraban un deber Real y católico el matar a los luteranos, un período oscuro muy bien descrito por el gran poeta y dramaturgo alemán Friedrich Schiller. Incluso hoy en Europa las palabras "años croatas" (Kroatenjahre) están asociadas con los años de hambre y pestilencia.

     Ni tampoco las tropas de Oliver Cromwell —sus Ironsides— durante la guerra civil inglesa, procedieron mucho mejor. Seguramente, como valientes Puritanos, ellos no bebían, no se metían con prostitutas ni participaban en juegos; ellos sólo se especializaron en desollar vivos a campesinos católicos irlandeses. Su jefe, el fanático de aspecto nórdico Cromwell, no sólo se consideraba más judío que los judíos sino que realmente los llevó de vuelta desde la Europa continental, con consecuencias de gran alcance tanto para Inglaterra como para Estados Unidos.

     Un delgado, inteligente, de aspecto nórdico, pero emocionalmente inestable maniaco-depresivo William Sherman incendió Atlanta en 1864, probablemente con la esperanza de impulsar una mejor marca de democracia para el Sur. También podemos sondear algún día en el paleocórtex del cráneo nórdico de un paracaidista cristiano ex-muchacho del coro del Medio Oeste, que gozosamente dejó caer bombas incendiarias sobre civiles alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Los resultados pueden no ser demasiado difíciles de descubrir considerando que la misma mentalidad bíblica fue recreada en 2002 en Iraq por G. W. Bush y sus consejeros embelesados por cuentos talmúdicos de "armas de destrucción masiva". Los crímenes bíblicos o liberal-democráticos, cuando están formulados en la exclusividad política y el mesianismo teológico, son instrumentos perfectos para una perfectamente buena conciencia.

     Muchos nacionalistas Blancos europeos están confundidos por los hombres y mujeres de buen aspecto nórdico del delirante Cinturón Bíblico [zona del Sur de EE.UU. llena de religiosos], que vociferan y danzan en trance por televisión melodías cristiano-sionistas. Igualmente sorprendidos están los nacionalistas Blancos estadounidenses cuando ellos observan peleas sangrientas que azuzan a irlandeses contra nacionalistas ingleses, a servios contra nacionalistas croatas, a ucranianos contra nacionalistas rusos, a valones contra nacionalistas flamencos, a polacos contra nacionalistas alemanes, etcétera.


¿La Fe o lo Sagrado?

     Ningún asunto es tan peligroso de abordar entre los nacionalistas Blancos como la religión cristiana. Es recomendable fustigar a los musulmanes, que están en la respetable lista del Eje del Mal. Los judíos también son muy útiles en un paquete al por mayor del mal, que tiene que ser expiado, al menos de vez en cuando. Pero cualquier examen crítico de la intolerancia judeo-cristiana es visto con sospecha y por lo general es atribuída a grupos distintos de personas Blancas, como los agnósticos o los auto-proclamados paganos del día de hoy.

     ¿Por qué el hombre Blanco aceptó el equipaje espiritual semítico del cristianismo a pesar de que no era completamente adecuado para sus atributos raciales y espirituales? El inevitable pensador racialista Hans Günther —un hombre de asombrosa erudición y entendido no sólo en las leyes de la herencia sino también en religiones comparadas— nos recuerda que la relación sumisa y servil entre el Hombre y Dios es especialmente característica de los pueblos semíticos. En su importante pequeño libro, Las Actitudes Religiosas de los Indoeuropeos, él nos enseña sobre los aspectos principales de la psicología racial de los antiguos europeos. También nos enteramos de que Yahvé es el despiadado dios totalitario que debe ser reverenciado —y temido.

     Los antiguos europeos no creían en ninguna clase de salvación. Ellos creían en el destino inexorable. Los dioses eran sus amigos y enemigos, como se vio en la antigua Grecia y Roma. Entre antiguos europeos la noción de polaridad entre el Cielo y Tierra, entre alma y cuerpo, es decir, el dualismo de cualquier clase, era inexistente. El hombre era parte de un todo orgánico, inserto en su tribu y raza, y tolerante de las ideas religiosas de los otros:

     «La tolerancia mutua de las formas religiosas es un rasgo distintivo del indoeuropeo. Las piedras conmemorativas en la región fronteriza romano-teutónica revelan por sus inscripciones que las tropas fronterizas romanas y los pobladores no sólo honraban a sus propios dioses sino que también respetaban la deidad local de los teutones, el genius huius loci» (p. 36).

     La mentalidad mesiánica, quiliástica o "comunista" era desconocida entre los antiguos europeos. A ellos no podía importarle menos en qué dioses creían otras razas, otras tribus u otros pueblos. Las guerras que ellos lucharon contra el adversario fueron sangrientas, pero no tenían el objetivo de convertir al adversario e imponerle creencias contrarias a su herencia racial. La epopeya de Homero La Ilíada es el mejor ejemplo. El esfuerzo egoísta, pero verdaderamente racista liberal-comunista, para emprender la "guerra final y justa" a fin de "hacer al mundo seguro para la democracia", era algo inconcebible para los antiguos europeos.

     «El celo para convertir y la intolerancia siempre han sido ajenos en cada aspecto de la religiosidad indoeuropea. En esto se revela el sentido nórdico de la distancia entre un hombre y otro, modestia que proscribe la intrusión en los ámbitos espirituales de otros hombres. Uno no puede imaginar a un verdadero heleno predicando sus ideas religiosas a un no-heleno» (p. 36).

     Un autor racialista germano-británico de principios del siglo XX, Houston Stewart Chamberlain, en sus Fundamentos del Siglo XIX escribe que "una evaluación final muestra que el renacimiento intelectual es la obra de una Raza en oposición a la Iglesia universal que no sabe de Razas" (p. 326). A diferencia del cristianismo, que predica la salvación individual, para los antiguos europeos la vida sólo puede tener sentido dentro del grupo de pertenencia —su tribu, su polis o su civitas. Fuera de aquellas estructuras sociales, la vida no significa nada.

     En el siglo I, palabras de amplias consecuencias para todos los Blancos fueron pronunciadas por un hereje judío, el apóstol Pablo, a la gente de Galacia, un área de Asia Menor alguna vez poblado por galos, es decir, celtas. Galacia estaba entonces en proceso de convertirse en un caso de estudio del libertinaje multicultural, similar a la ciudad de Los Ángeles de hoy: "Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Jesucristo, ya que todos ustedes que fueron bautizados en Cristo se han vestido de Cristo. No hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón o mujer, ya que ustedes son uno en Cristo Jesús. Si ustedes pertenecen a Cristo, entonces ustedes son descendencia de Abraham, y herederos según la promesa" (Gálatas 3:28).

     El cristianismo se convirtió así en una religión universalista con una misión especial de transformar al Otro en el Mismo. Las semillas del igualitarismo —aunque en el nivel religioso, no todavía en el nivel secular— fueran sembradas. La noción pagana de lo místico sagrado estaba siendo gradualmente desplazada por la noción dogmática de una fe omnipotente:

     «El Yahvé de la Biblia no es sólo el dios único y exclusivo que maneja el poder. Él es único y exclusivo en el sentido de su Absoluta Otredad. Él es único y exclusivo en su propia clase, es decir, él es el Otro Absoluto lejos de este mundo. La esencia del monoteísmo bíblico es su dualismo constitutivo... Donde el paganismo establece puentes y vínculos, el monoteísmo de la Biblia crea fracturas y rupturas, y prohíbe que nadie las atraviese. Yahvé prohíbe las mezclas entre Cielo y Tierra, entre el Hombre y lo Divino, entre los humanos y otras criaturas, entre Israel y las "naciones"» (Alain de Benoist, "Sacré Païen et Désacralisation Judéo-Chrétienne", en Quelle Religion pour l'Europe?, 1990, pp. 30-31).

     Aunque las Iglesias cristianas nunca respaldaron públicamente el mestizaje racial, ellas tampoco respaldaron la segregación racial. Esto fue verdadero para la Iglesia Católica y su rebaño, como lo ha observado el sociólogo y racialista francés Gustave Le Bon. Por consiguiente, los españoles católicos de linaje racial Blanco en Iberoamérica no pudieron detener la decadencia y el libertinaje en sus nuevas patrias como lo hicieron los WASP en Norteamérica —al menos antes de la Ley de Derechos Civiles de 1964.

     «Naturalmente, no es sólo en la política que se manifiesta la decadencia de la raza latina, que habita el Sur de América. Está en todos los elementos de su civilización. Si ellos quedaran reducidos a sí mismos, esas infelices repúblicas volverían al barbarismo. Toda la industria, todo el comercio, está en manos de extranjeros, ingleses, estadounidenses y alemanes. Valparaíso se ha convertido en una ciudad inglesa. Nada quedaría de Chile si sus extranjeros fueran removidos» (Gustave Le Bon, Lois Psychologiques de l'Évolution des Peuples, 1895, p. 86).

     Más tarde, en 1938, a la luz de las leyes eugenésicas y raciales adoptadas no sólo en Alemania e Italia sino también en otros países europeos y en muchos Estados de EE.UU., el Papa Pio XI hizo su famosa declaración: "Ha sido olvidado que la Humanidad es una gran y abrumadora raza católica". Esta declaración iba a llegar a ser parte de su planeada [pero no publicada] encíclica bajo el nombre de "La Unidad de la Raza Humana" [Humani Generis Unitas].

     La "unidad de la raza humana”, tan noble como estas palabras puedan sonar, es un concepto muy abstracto. En un nivel secular, los intelectuales comunistas y liberales constantemente juegan con ello, a fin de suprimir a las tribus reales, a las naciones reales, a los pueblos reales y su singularidad racial real. Incluso si esta raza blanca, constantemente difamada como "mala", "racista", "intolerante" y "fascista", desapareciese de la faz de la Tierra, los inmigrantes no-Blancos saben que ellos tendrían que subirse pronto de vuelta a su árbol nativo o volver a su despótica cueva.

* * * *


     Cada religión es exclusiva y excluyente, lo que inevitablemente provoca el menosprecio o, aún peor, la negación de otras religiones. Por definición, todas las denominaciones cristianas, a fin de reforzar su credibilidad teológica, han recurrido históricamente a este tipo de "legitimidad negativa". Sin embargo, a pesar de devastadoras guerras entre Blancos de diferentes ramas cristianas, el cristianismo, en su conjunto, ha retenido su valor transcendental, que ha hecho la vida más o menos llevadera.

     Éste ya no es el caso de las "religiones civiles" postmodernas que ignoran lo sagrado. Su naturaleza excluyente ya está teniendo como resultado el terrorismo intelectual, que puede ser seguido pronto de un terrorismo físico patrocinado por el Estado.

     Las religiones civiles también tienen sus santuarios sagrados, sus reliquias sagradas, sus pontífices, sus cánones, sus promesas y sus amenazas. Si no se cree en ellos —o no se logra al menos aparentar creer en ellos— tiene como resultado, como escribió un académico jurídico católico, Carl Schmitt, la remoción del hereje de la categoría de ser humano. Entre las nuevas religiones civiles uno podría enumerar la religión del multiculturalismo, la religión del anti-fascismo, la religión del "Holocausto" y la religión del progreso económico.

     Muchos Blancos cometen un error fundamental cuando describen a las nuevas religiones civiles como parte de una conspiración organizada de un pequeño número de gente malvada. En esencia, las religiones civiles son sólo transposiciones seculares de la mentalidad monoteísta judeo-cristiana que, cuando se combina con el sentido innato de tolerancia e ingenuidad congénita de la gente Blanca, hace a ésta susceptible a sus encantadores efectos.


La Locura del Sustantivo Compuesto "Anti-Semitismo"

     A consecuencia del desplazamiento semántico de los conceptos políticos, el pensador judío y padre de la religión secular del comunismo, Karl Marx, sería probablemente acusado hoy de "anti-semitismo" o de "incitación al odio racial". Los eruditos izquierdistas por lo general no desean someter su pequeño folleto, Sobre la Cuestión Judía (1844), a un análisis crítico. Considere lo siguiente:

     «El judío se ha emancipado en una manera judía, no sólo porque él ha adquirido poder financiero, sino también porque, por medio de él y también aparte de él, el dinero se ha convertido en una potencia mundial, y el espíritu práctico del judío se ha convertido en el espíritu práctico de las naciones cristianas. Los judíos se han emancipado en la medida en que los cristianos se han hecho judíos».

     De particular significación es la última frase de Marx "en la medida en que los cristianos se han hecho judíos". En efecto, el hombre Blanco se ha "judificado" él mismo al abrazar los fundamentos del sistema de creencias judío, el cual, paradójicamente, usa ahora para criticar a los judíos. El anti-judaísmo cristiano puede ser descrito, por lo tanto, como una peculiar forma de neurosis. Los anti-judíos cristianos se resienten de los judíos a la vez que imitan el marco de resentimiento tomado prestado de los judíos. En consecuencia, incluso el dios judío Yahvé fue destinado a convertirse ¡en el dios anti-judío de los cristianos Blancos! En nombre de este dios, las persecuciones contra los judíos fueron conducidas por Blancos no-judíos. Para decirlo de manera simple, el no-judío Blanco ha estado negándole durante siglos al judío su autoproclamada "otredad", es decir, su singularidad y su calidad de "elegido", mientras ha luchado desesperadamente por apropiarse a su vez de aquella misma otredad judía y aquella misma singularidad, ya sea aceptando los cuentos bíblicos, o adoptando el concepto del tiempo lineal, o creyendo en el final de la Historia.

     Afrontar los alegados aspectos desagradables del judaísmo usando instrumentos cristianos, es inútil. Éste es el argumento del filósofo alemán Eugen Dühring, quien señala que "el cristianismo es una rama del judaísmo" y que "un cristiano, cuando se comprende a sí mismo correctamente como tal, no puede ser un anti-judío serio y completo" (Die Judenfrage als Frage des Rassencharakters, 1901). Dühring era un destacado filósofo socialista alemán, contemporáneo pero también un enemigo de Marx. Como la mayoría de los pensadores socialistas alemanes de fines del siglo XIX, él era un anti-judío, en la medida en que él veía en la Judería la encarnación del capitalismo. Dühring señala que "el cristianismo histórico, cuando es observado en su verdadero espíritu, y considerando todas las cosas, ha sido una reacción desde dentro y contra el judaísmo, pero también ha surgido de éste y hasta cierto punto con su forma" (pp. 25-26).

     Gradualmente, el llamado anti-judaísmo intelectual, basado en factores económicos y sociológicos, fue sustituído por el anti-judaísmo racial. Como era de esperarse, miles de académicos alemanes que habían profundizado en la descripción crítica de las características raciales de los judíos, desaparecieron después de la Segunda Guerra Mundial de la pantalla del radar, y sus libros fueron presa de las llamas. Por regla general, cuando ellos son citados hoy en la academia estadounidense o europea por profesores semi-informados y temerosos de perder sus empleos, ellos son patologizados como "monstruos" o "nazis" proverbiales, o sus palabras son sacadas de contexto.

     Un académico jurídico alemán y líder de un gobierno local del NSDAP, de la ciudad de Magdeburgo, el profesor Helmut Nicolai, escribe que

     «La lealtad germánica ("Treue") es contraria al concepto oriental de obediencia ("Gehorsam"). Una persona leal funciona dentro del espíritu de una persona a la cual él muestra lealtad. La lealtad siempre presupone una mutua comprensión interior. Por contraste, la obediencia se refiere al logro de un orden, a la implementación de una letra de la palabra... Las leyes no pueden crear un mejor marco legal para el imperio de la ley; más bien es un mejor pueblo el que puede conseguir esto» (Die Rassengesetzliche Rechtslehre, 1933, p. 44).

     Naturalmente, la pregunta que surge en la mente hoy es el sentido de la ley natural frente al dogma de que toda la gente es igual. ¿Es posible tener los mismos derechos constitucionales para pueblos diferentes de trasfondos genéticos diferentes y culturas diferentes? Un fellah palestino ve sus derechos de manera diferente que un judío kibbutznik nacido en Nueva York que esté en la Cisjordania; un aborigen de Nueva Zelanda tiene un concepto diferente de la justicia que un agricultor Blanco; un servio cristiano Ortodoxo tiene un concepto diferente de la justicia histórica que su vecino, un albanés musulmán.


Anti-Antijudaísmo

     Como una respuesta a los ataques comunistas y liberales mundiales contra la aprobación de las leyes raciales de Núremberg en 1935 en la Alemania nacionalsocialista, el profesor Walter Gross, jefe de la Oficina de Política Racial del NSDAP, escribió:

     «Se ha hecho circular alrededor del mundo la opinión de que Alemania había inventado la esterilización y que la disfrazó con ropaje médico y científico exclusivamente en un esfuerzo para deshacerse de sus opositores. ¡Ésta es una completa locura! Si realmente tuviéramos la intención de dejar indefenso a un opositor político ciertamente no lo esterilizaríamos, ya que él seguiría viviendo después igual de feliz durante los próximos 60 años a costa nuestra.

     «El hecho de que consideremos el comunismo como una enfermedad hereditaria que tiene que ser combatida; el hecho de que la procreación de tal progenie deba ser prevenida —mientras se le permite a los comunistas deambular libremente—, ésta es realmente una sugerencia que de ninguna manera hace justicia a la opinión del pueblo alemán y su Estado» (Walter Gross, Der deutsche Rassengedanke und die Welt, 1939, pp. 17-18).

     Gross aboga por la armonía racial de las diferentes naciones, y describe favorablemente los atributos raciales y culturales de los japoneses, a la vez que rechaza la acusación de superioridad racial alemana por sobre otras razas. Él señala, sin embargo, que "ningún acuerdo es posible con los sistemas teóricos de la clase internacional... porque ellos están basados en la increíble mentira, es decir, en la mentira de la igualdad de toda la gente" (p. 30). 

      Otro académico jurídico de alto rango en la Alemania nacionalsocialista, el profesor de la Universidad Friedrich Wilhelm de Berlín, Falk Ruttke, escribe que

     «nunca solucionaremos la cuestión judía por medio del anti-judaísmo fanático, como nos enseña la historia del judaísmo, no sólo en Alemania, sino la Historia de todo el mundo. La solución de la cuestión judía sólo es posible por medio de la conciencia racial (Rassengedanke) que es adecuada a cada raza. Nunca pondremos en práctica aquello a menos que distingamos entre nación y raza. El nacionalsocialismo no es anti-semítico, es "a-semítico" (asemitisch)» (Falk Ruttke, Rasse, Recht und Volk, de Jugend und Recht, 1937, p. 30).

     En su famoso libro sobre la psicología racial de los judíos, que abunda en citas de orientalistas, lingüistas, psiquiatras y otros eruditos, Hans Günther escribe acerca de cómo el cristianismo, al adoptar el dios judío Yahvé, ha terminado por respaldar el concepto de "pueblo elegido", ayudando de esa manera enormemente a la judificación (Verjudung) de la sociedad occidental (p. 313).

     «Las doctrinas cristianas, históricamente hablando, paralizan el espíritu de Occidente en su convencional y duradera disputa con el espíritu de Oriente y particularmente con el del judaísmo. Mediante su control de la prensa y de los servicios de Inteligencia no es nada difícil hoy para la Judería dar al espíritu de la época (Zeitgeist) cada vez la dirección más apropiada para los judíos, mientras desvían la vida espiritual de los pueblos no-judíos lejos de sus valores espirituales innatos, siempre conduciéndolos hacia aquellos valores espirituales que aparecen como los de mayor autoridad para el judaísmo» (p. 314).

     En sus numerosos libros el genetista y biólogo Fritz Lenz, que fue tenido en alta estima por las instituciones científicas en la Alemania nacionalsocialista, examina las propensiones genéticamente condicionadas que existen entre los judíos, como su extraordinaria habilidad para el pathos moralista, el sentido de empatía e imitación, y la capacidad para provocar arrebatos sentimentales por la dolorosa injusticia (Schmerzenszug) entre las masas desfavorecidas.

     «En los movimientos revolucionarios, los judíos con propensiones histéricas desempeñan un importante papel porque ellos pueden proyectarse en fantasías utópicas y por lo tanto pueden hacer promesas convincentes con una veracidad interna de gran alcance... No sólo Marx y Lasalle eran judíos, sino también en tiempos recientes Eisner, Rosa Luxemburgo, Leviné, Toller, Landauer, Trotski y, entre otros, Kahn, quien elogia a los revolucionarios judíos como los salvadores de la Humanidad, y ve en ellos "una específica forma judía de cosmovisión y actividad histórica"» (Lenz, Menschliche Erblehre, 1936, pp. 752-753).

     Lo que genetistas y antropólogos alemanes, como Fritz Lenz, Hans Günther, Erwin Baur, Eugen Fischer y miles de otros académicos escribieron acerca de los judíos, ya había sido escrito y discutido —aunque desde un punto de vista filosófico, artístico y literario— por miles de escritores, poetas y artistas europeos. Desde el antiguo pensador romano Tácito al escritor inglés William Shakespeare, desde el antiguo pensador romano Séneca al novelista y escritor satírico francés L. Ferdinand Céline, uno encuentra en la prosa de innumerables autores europeos ciertos comentarios críticos ocasionales y no tan ocasionales sobre el carácter judío, comentarios que podrían fácilmente hoy ser llamados anti-judíos. ¿Deberían estos escritores, novelistas o poetas "anti-semíticos" ser calificados como alienados? De ser así, entonces la herencia cultural europea entera debe ser prohibida y etiquetada como insana.

     Excluír al judío a la vez que se usan sus propios conceptos teológicos e ideológicos, es una forma de fobia latente entre Blancos, de lo cual los judíos están muy conscientes. Criticar por una parte la fuerte influencia judía en las sociedades occidentales, mientras se adoptan los profetas religiosos y seculares judíos por otra, conducirá a futuras tensiones y sólo realzará el sentido judío de auto-elegibilidad y su eterno victimismo. A su vez, esto sólo dará ocasión a más odio anti-judío con consecuencias trágicas para todos. Los principales culpables no son judíos o Blancos sino más bien la religión civil del Igualitarismo con sus vástagos postmodernos del universalismo y el multiculturalismo.

     En los "líquidos" tiempos postmodernos las palabras y los conceptos obtienen significados líquidos. Una de estas palabras es el sustantivo compuesto "anti-semitismo". El "anti-semitismo" es también una nueva religión civil que puede ser usada a voluntad para difamar a los que piensan libremente. El punto no es si Jesucristo parecía un orgulloso ario galileo Blanco con un cráneo dolicocéfalo y cabello rubio —como es retratado por todo el mundo—, o si él tiene que ser imaginado con rasgos semíticos de la Asia cercana, similares a los de Bob Dylan y Bin-Laden combinados. La cuestión que tiene que ser abordada es por qué los Blancos, durante dos mil años, se han adherido a una conceptualización extranjera del mundo, foránea y no-europea.





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