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sábado, 21 de febrero de 2015

Sobre el Drama Alemán de la Segunda Guerra



     Circula por la red un texto titulado "El Verdadero Rostro de los que Mandan", al parecer escrito en Argentina, sin mención de su(s) autor(es) ni de fecha, que presenta de manera documentada diversos aspectos, a manera de reivindicación, de la Alemania nacionalsocialista y de la enorme cantidad de abusos que cometieron los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Por su interés hemos decidido presentar una significativa selección de dicho texto (que de por sí no es muy extenso), además de su prólogo. Este ilustrativo texto constituye un buen panorama, que difiere en algo de las usuales versiones oficiales y que presenta datos que suelen ser pasados por alto cuando se hace referencia a dicho período.





PRÓLOGO DE LOS EDITORES

     Hemos querido en este pequeño libro abarcar, demostrar el drama de la Humanidad, encarnado en la gran tragedia del pueblo alemán, que a su vez trajo aparejada la total decadencia del mundo occidental. La Segunda Guerra Mundial no sólo provocó la muerte de 50 millones de seres humanos y la destrucción de inmensos bienes materiales, sino que además la Gran Europa fue herida casi mortalmente, en su íntima esencia. Alemania y las demás naciones aliadas de ella fueron un escudo de la espiritualidad que valientemente se enfrentó, hasta sucumbir, ante el poder del Gran Parásito. Fue así que la familia, la dignidad, el honor, la decencia y la belleza fueron derrotadas por la mentira, la usura, el fraude y la vileza. Todo este drama fue provocado por los Dueños del Dinero, únicos beneficiarios del Holocausto Europeo, y encarnados en las dinastías usureras de los Rothschild, Rockefeller, etc. Europa y el mundo entero sucumbieron ante los adoradores del Becerro de Oro. A estos Maestros de la Mentira, que mediante el Dinero detentan el Poder Político de casi todas las naciones del mundo, no les ha bastado con la sangría de la noble sangre europea, y actualmente manejan a los Gobiernos como meros instrumentos de sus planes, sometiendo a los pueblos a la degradación por la cesantía, la droga, la pornografía, la prostitución, etc., "negocios" que la Escoria del Universo maneja y utiliza con la máxima habilidad. Con estas herramientas llamadas Dinero y Poder Político, se intenta sojuzgar y corromper a los pueblos, a fin de obtener un nuevo hombre: desarraigado, sin valores espirituales, grosero, materialista, de horizontes egoístas. Nuestros enemigos tratan de convertirnos en ese prototipo humano. Nosotros debemos de reaccionar para impedirlo. Si ellos manejan a su antojo lo político, lo financiero y, por supuesto, los medios de comunicación, nosotros tenemos algo aún más poderoso: la Verdad, el Honor y la Fidelidad.

(...)

EL TRONO DEL ORO EMPUJA A OCCIDENTE

     Había otro factor también interesado en que "el mundo entero" se alineara en contra de Alemania. Ese factor era el Trono del Oro. Ahí el judaísmo se movía con ancestral destreza, y mediante abstrusas teorías pseudo-científicas disfrazaba su dominio sobre las fuentes económicas. La influencia de ese trono acababa de ser proscrita en Berlín. Hitler había proclamado que la riqueza no es el oro sino el trabajo, y con la realidad palpable de los hechos estaba demostrándolo así. Lentamente iba quedando al descubierto la ruin falacia de que el dinero debe primar sobre las fuerzas del espíritu. El hecho de que así ocurriera no era prueba concluyente de que así debería seguir ocurriendo. La economía nacionalsocialista de Hitler se aventuró resueltamente por un nuevo camino ante los ojos incrédulos del mundo. Había recibido una Alemania exhausta por la última guerra, y de la miseria resurgía como una potencia internacional.

     Con un territorio 19 veces mayor que Alemania y con recursos naturales y económicos infinitamente más grandes, Roosevelt no había dado empleo a sus once millones de cesantes. Pese a sus vastos recursos coloniales, los Imperios británico y francés tampoco se libraban de ese crimen del Trono de Oro. En cambio, en la minúscula Alemania, no obstante la carencia de vastos campos agrícolas, de petróleo, de oro y de plata, la economía "nazi" había dado trabajo y pan a los 6.139.000 desocupados que heredó del antiguo régimen. Si los sabihondos de la "ciencia económica" erigida en "tabú" alegaban que cierto terreno no podía abrirse al cultivo ni acomodarse ahí determinado número de cesantes, debido a que no había dinero, esto parecía ser una razón suficiente. La economía nacionalsocialista, en cambio, se desentendía de que en el banco hubiera o no divisas o reservas de oro; emitía dinero papel, creaba una nueva fuente de trabajo, daba acomodo a los cesantes, aumentaba la producción y ese mismo aumento era la garantía del dinero emitido. En vez de que el oro apuntalara al billete de banco, era el trabajo el que lo sostenía. En otras palabras, la riqueza no era el dinero sino el trabajo mismo, según la fórmula adoptada por Hitler. Si en un sitio había hombres aptos para trabajar y obras que realizar, la economía judaica se preguntaba si además existía dinero, y sin este tercer requisito la obra no se iniciaba, y los cesantes permanecían como tales. La economía nacionalsocialista, en cambio, no preguntaba por el dinero; el trabajo de los hombres y la producción de su obra realizada eran un valor en sí mismos. El dinero vendría luego sólo como símbolo de ese valor intrínseco y verdadero.

     Por eso Hitler proclamó: "No tenemos oro, pero el oro de Alemania es la capacidad de trabajo del pueblo alemán. La riqueza no es el dinero, sino el trabajo". Los embaucadores del Trono del Oro gritaban que ésta era una herejía contra la "ciencia económica", mas Hitler refutaba que el crimen era tener cesantes a millones de hombres sanos y fuertes y no el violar ciertos principios de la pseudo-ciencia económica disfrazada con relumbrantes ropajes de disquisiciones abstrusas.

     "La inflación —dijo Hitler— no la provoca el aumento de la circulación monetaria. Nace el día en que se exige al comprador, por el mismo suministro, una suma superior que la exigida la víspera. Allí es donde hay que intervenir. Incluso a Schacht tuve que empezar a explicarle esta verdad elemental: que la causa esencial de la estabilidad de nuestra moneda había que buscarla en los campos de concentración. La moneda permanece estable en cuanto los especuladores van a un campo de trabajo. Tuve igualmente que hacerle comprender a Schacht que los beneficios excesivos deben retirarse del ciclo económico".

     "Dar dinero es únicamente un problema de fabricación de papel. Toda la cuestión es saber si los trabajadores producen en la medida de la fabricación del papel. Si el trabajo no aumenta y por tanto la producción queda al mismo nivel, el aumento de dinero no les permitirá comprar más cosas que las que compraban antes con menos dinero".

     Evidentemente esta teoría no hubiera podido suministrar la materia de una disertación científica. Al economista distinguido le importa sobre todo exponer ideas envueltas en frases sibilinas.

     "Demostré a Zwiedineck que el patrón oro, la cobertura de la moneda, eran puras ficciones, y que me negaba en el futuro a considerarlas como venerables e intangibles; que a mis ojos el dinero no representaba nada más que la contrapartida de un trabajo y que no tenía por tanto valor más que en la medida que representase trabajo realmente efectuado. Precisé que allí donde el dinero no representaba trabajo, para mí carecía de valor.

     "Zwiedineck se quedó horrorizado al oírme. Me explicó que mis ideas conmovían las nociones más sólidamente establecidas de la ciencia económica y que su aplicación llevaría inevitablemente al desastre.

     "Cuando, después de la toma del poder, tuve ocasión de traducir en hechos mis ideas, los economistas no sintieron el menor empacho, después de haber dado una vuelta completa, en explicar científicamente el valor de mi sistema" (Martin Bormann, Conversaciones de Hitler sobre la Guerra y la Paz).

     "Toda vida económica es la expresión de una vida psíquica", escribió Oswald Spengler en La Decadencia de Occidente. Y en efecto, el Nacionalsocialismo modificó la economía de la nación en cuanto logró orientar hacia metas ideales la actitud psíquica del pueblo. La falsificación judía de la Economía Política, según la cual el trabajo es sólo una mercancía y el oro la base única de la moneda sana, quedó evidentemente al descubierto. Muchos incrédulos investigadores fueron a cerciorarse con sus propios ojos de lo que estaba ocurriendo en Alemania. El Radcliffe College, de Estados Unidos, envió a Berlín al economista anti-nazi Maxime Y. Sweezy. Entre sus conclusiones, en su libro La Economía Nacionalsocialista, figura lo siguiente:

     "El pensamiento occidental, cegado por los conceptos de una economía arcaica, creyó que la inflación, la falta de recursos, o una revolución, condenaban a Hitler al fracaso. Mediante obras públicas y subsidios para trabajos de construcción privada se logró la absorción de los cesantes. Se cuidó de que los trabajadores de determinada edad, especialmente aquellos que sostenían familias numerosas, tuvieran preferencia sobre los de menor edad y menores obligaciones. Se desplazó a los jóvenes desocupados hacia esferas de actividad de carácter más social que comercial, como los Cuerpos de Servicio de Trabajo, de Auxilios Agrícolas y de Trabajo Agrícola Anual.

     "En el otoño de 1936 ya no existía duda alguna sobre el éxito del primer plan cuatrienal. La desocupación había dejado de ser un problema e inclusive se necesitaban más obreros. El segundo plan cuatrienal quedó bajo la dirección del mariscal Göering, cuya principal meta era independizar a Alemania de todos los víveres y materias primas importadas. Con proteínas de pescado se manufacturaron huevos en polvo; los autobuses fueron movidos por medio de gas; se usó vidrio para fabricar tubería y material aislante; se implantó la regeneración del hule y la purificación del aceite usado y el tratamiento de la superficie de metal contra el moho. Se almacenó aserrín para transformarlo en una harina de madera que también se usó como forraje; el pan se elaboró, en parte, de celulosa; las cubiertas de las salchichas se usaron de celofán; se transformaron las patatas en almidones, azúcar y jarabes.

     "En Fallersleben se inició la construcción de no sólo la fábrica de automóviles más grande del mundo sino de la fábrica más grande del mundo de cualquier clase. El Volkswagen (auto del pueblo) costaría 1.190 marcos en cinco abonos.

     "En seis años los nazis terminaron 3.065 kilómetros de carreteras, parcialmente, 1.387 kilómetros más, e iniciaron la construcción de otros 2.499 kilómetros.

     "La estabilización de precios que resultó de la intervención oficial nacionalsocialista debe conceptuarse como un éxito notable, único en la historia económica desde la Revolución Industrial. Esta experiencia permitió que prosiguiera la guerra sin que el problema de los precios preocupara a Alemania".

     Durante cinco años de guerra el costo de la vida en Alemania subió un doce por ciento, y los salarios un once por ciento. ¿Cómo había sido lograda esa milagrosa transformación si Alemania carecía de oro en sus bancos, si carecía de oro en sus minas y de divisas extranjeras en sus reservas?. ¿De qué misteriosas arcas había salido el dinero para emprender obras gigantescas que dieron trabajo a 6.136.000 cesantes existentes en Enero de 1933?. ¿Había logrado, acaso, la piedra filosofal buscada por los antiguos alquimistas para transformar el plomo en oro?. La fórmula no era un secreto, pero sonaba inverosímilmente sencilla entre tanta falacia que la pseudo-ciencia económica judía había hecho circular por el mundo. Consistía, básicamente, en el principio de que "la riqueza no es el dinero, sino el trabajo". En consecuencia, si faltaba dinero, se hacía, y si los profetas del reino del oro gritaban que esto era una herejía, bastaba con aumentar la producción y con regular los salarios y los capitales para que no ocurriera ningún cataclismo económico. El investigador norteamericano Sweezy pudo ver cómo se daba ese paso audaz y escribió: "Los dividendos mayores de 6% debían ser invertidos en empréstitos públicos. Se considera que el aumento de billetes es malo, pero esto no tiene gran importancia cuando se regulan los salarios y los precios, cuando el Gobierno monopoliza el mercado de capitales y cuando la propaganda oficial entusiasma al pueblo".

     Sweezy relata también que la economía nacionalsocialista ayudó a los hombres de negocios a eliminar a los usureros de la industria; se ampliaron las subvenciones para las empresas productoras de bienes esenciales; se implantó un espartano racionamiento, y el comercio internacional se rigió a base de trueque. Mediante el Frente Alemán del Trabajo "la ilusión de las masas se desvió de los valores materiales a los valores espirituales de la nación"; se aseguró la cooperación entre el capital y el trabajo; se creó un departamento de "Fuerza por la Alegría"; se agregó otro de "Belleza y Trabajo"; se implantó el mejoramiento eugenésico y estético de los centros de trabajo. Para reducir las diferencias de clase, cada joven alemán laboraba un año en el "Servicio de Trabajo" antes de entrar en el ejército. Hitler pudo anunciar el 10 de Diciembre de 1940:

     "Estoy convencido de que el oro se ha vuelto un medio de opresión sobre los pueblos. No nos importa carecer de él. El oro no se come. Tenemos en cambio la fuerza productora del pueblo alemán. En los países capitalistas el pueblo existe para la economía y la economía para el capital. Entre nosotros ocurre al revés: el capital existe para la economía y la economía para el pueblo. Lo primero es el pueblo, y todo lo demás son solamente medios para obtener el bien del pueblo. Nuestra industria de armamentos podría repartir dividendos del 75, 140 y 160%, pero no hemos de consentirlo. Creo que es suficiente un 6%. Cada consejero —en los países capitalistas— asiste una vez al año a una junta; oye un informe, que a veces suscita discusiones. Y por ese trabajo recibe anualmente 60.000, 80.000 ó 100.000 marcos. Esas prácticas inicuas las hemos borrado entre nosotros. A quienes con su genio y laboriosidad han hecho o descubierto algo que sirve grandemente a nuestro pueblo, les otorgamos —y lo merecen— la recompensa apropiada. ¡Pero no queremos zánganos!".

     Muchos zánganos de dentro y de fuera de Alemania se estremecieron de odio y de temor.


DECLARACIONES DE GUERRA DE LOS JUDÍOS CONTRA ALEMANIA

     Así se explica por qué el 7 de Agosto de 1933 —seis años antes de que se iniciara la guerra— Samuel Untermeyer, presidente de la Federación Mundial Económica Judía, había dicho en Nueva York durante un discurso:

     «Agradezco vuestra entusiasta recepción, aunque entiendo que no me corresponde a mí personalmente sino a la "guerra santa" por la Humanidad, que estamos llevando a cabo. Se trata de una guerra que debe pelearse sin descanso ni cuartel, hasta que se dispersen las nubes de la intolerancia, odio racial y fanatismo que cubren lo que fuera Alemania y ahora es Hitlerlandia. Nuestra campaña consiste, en uno de sus aspectos, en el boicot contra todas sus mercancías, buques y demás servicios alemanes».

     Es importante observar cómo seis años antes de que se encontrara el falso pretexto de Polonia para lanzar al Occidente contra Alemania, ya la Federación Mundial Económica Judía le había declarado la guerra de boicot. La lucha armada fue posteriormente una ampliación de la guerra económica. En la elección del 5 de Marzo de 1933 los nacionalsocialistas obtuvieron la victoria, alcanzando la mayoría absoluta en el Parlamento. Diecinueve días después, el día 24 de Marzo de 1933, el sionismo declaró guerra a Alemania, de acuerdo con la primera página del Daily Express de Inglaterra, con los siguientes titulares: "Mundo judaico declara guerra a Alemania", "Judíos de todo el mundo unidos", "Boicot de bienes alemanes", y "Demostraciones de masas".

     Vean los lectores que la guerra económica contra Alemania comenzó exactamente 6 años, 5 meses y 8 días antes de iniciarse la guerra convencional, que de acuerdo con el Primer Ministro de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, fue motivada y forzada por los mismos sionistas. James V. Forrestal, ex-Secretario de Defensa de Estados Unidos, en su libro El Diario de Forrestal, pág. 121, escribe que después de la guerra, en 1945, el señor Joseph Kennedy le informó que, en 1939, Neville Chamberlain le dijo que "los judíos estadounidenses y del mundo" lo forzaron a entrar en guerra contra Alemania. Vamos a los personajes envueltos: James V. Forrestal, ex-secretario de Defensa de un país que luchó contra Alemania. Secretario de Defensa, en Estados Unidos, es el máximo cargo militar, ocupado siempre por un civil y que dirige las tres armas, Ejército, Marina y Aviación, que en aquel país no tienen ministros separados. Joseph Kennedy, padre de John Kennedy, asesinado el 22 de Noviembre de 1963 cuando era Presidente de Estados Unidos; de Robert Kennedy, asesinado cuando era candidato favorito a la Presidencia; del senador Edward Kennedy, y de otro hijo muerto durante la guerra contra Alemania.

     El señor Joseph Kennedy, era en la época (1939), nada más ni nada menos que ¡el EMBAJADOR DE ESTADOS UNIDOS EN LONDRES!. El último personaje envuelto, es "apenas" ¡EL PRIMER MINISTRO INGLÉS NEVILLE CHAMBERLAIN, el hombre que accionó la llave que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial!. Si no podemos creer en estos tres personajes, ¿en quién creer?. Carlos Roel añade en su obra: "La judería se alarmó, pues siendo el acaparamiento del oro y el dominio de la banca sus medios de dominación mundial, significaba un grave peligro para ello, el triunfo de un Estado que podía pasarse sin oro, y además, desvincular sus instituciones de crédito de la red internacional israelita, ya que muchos otros se apresurarían a imitarlo. ¿Cómo evitar ese peligro? No había sino una forma: aniquilar a Alemania". El sistema alemán de comerciar internacionalmente a base de trueque y no de divisas era también alarmante para esos profesionales especuladores.

     El ex-Primer Ministro francés Paul Reynaud dice en sus Revelaciones que "en 1923 se trabajaban en Alemania 8.999 millones de horas, y en Francia 8.184 millones. En 1937 (bajo el sistema nacionalsocialista que absorbió a todos los cesantes) se trabajaban en Alemania 16.201 millones de horas, y 6.179 millones en Francia". Como resultado, la producción industrial y agrícola de Alemania llegó a sextuplicarse en algunos ramos, y así la realidad trabajo fue imponiéndose a la ficción oro. Un viejo anhelo de la filosofía idealista alemana iba triunfando aún en el duro terreno de la economía. Johann G. Fichte había dicho en 1809 que "al alumno debe persuadírsele de que es vergonzoso sacar los medios para su existencia de otra fuente que no sea su propio trabajo" (de Discursos a la Nación Alemana). Naturalmente que esto entraba en pugna con los intereses de una de las ramas judías, que halla más cómodo amasar fortunas en hábiles especulaciones, monopolios o transacciones de bolsa que forjar patrimonios mediante el trabajo constructivo. Esta implacable ambición, que no se detiene ante nada, ya había sido percibida años antes por el filósofo francés Gustave Le Bon, quien escribió en La Civilización de los Árabes: "Los reyes del siglo en que luego entraremos, serán aquellos que mejor sepan apoderarse de las riquezas. Los judíos poseen esta aptitud hasta un extremo que nadie ha igualado todavía". Ciertamente Hitler repudiaba a esos reyes del oro, y desde 1923 había escrito que el capital debe hallarse sometido a la soberanía de la nación, en vez de ser una potencia internacional independiente.


DESESPERADA LUCHA CONTRA LA GUERRA

     El 28 de Abril de 1939 Hitler habló ante el Reichstag y expuso las dos peticiones que había hecho a Polonia y las dos ofertas que le brindaba a cambio. Esto constituye, dijo, "la más considerable deferencia en aras de la paz de Europa". Estaba dispuesto a olvidar los territorios perdidos y a reconocer las fronteras entonces existentes si se le permitía la comunicación con Prusia a través del Corredor Polaco. Además, a cambio de ese acceso a Prusia, cedería otro igual para Polonia hasta el puerto de Danzig. El conciliador discurso de Hitler fue ridiculizado por casi toda la prensa de Inglaterra, y el Gobierno le dio una respuesta hostil cuando el 12 de Marzo (1939) firmó un pacto con Turquía para completar el bloqueo de Alemania. La actitud de Hitler ante esos síntomas ominosos no varió, y aprovechaba todo acto público para insistir en que Alemania no demandaba nada que pudiera ser lesivo para los pueblos occidentales. En consecuencia —infería— no había ningún obstáculo para llegar a una firme amistad, como no fueran las secretas manipulaciones del judaísmo. El 13 de Marzo (1939) se efectuó una ceremonia oficial en el cementerio de Stahnsdorf, ante las tumbas de 1.800 británicos muertos en Alemania durante la Primera Guerra Mundial; el almirante Erich Raeder, jefe de la Marina alemana, llevó una ofrenda "a la memoria de nuestros caballerosos adversarios —dijo— que cayeron cumpliendo su deber de soldados de su país".

     Pero todos esos esfuerzos de conciliación eran rápidamente saboteados. Precisamente en esos días se acentuó la propaganda para agitar a inconscientes grupos polacos, que creían actuar en beneficio de su patria provocando desórdenes contra las minorías alemanas. El capitán Russell Grenfell, historiador inglés autor del libro Odio Incondicional, considera nefasta para el mundo la obstinación con que Churchill se negó a recibir la amistad que Hitler le brindaba a Inglaterra. Y también juzga absurda la indignación con que Churchill se refería a la "tiranía nazi", al mismo tiempo que cortejaba a la tiranía bolchevique, mil veces peor. Churchill así lo admite en sus Memorias, y lo refiere con las siguientes palabras: «Cierto día en 1937 —dos años antes de que se iniciara la guerra— tuve una entrevista con Von Ribbentrop, embajador de Alemania en Inglaterra. La conversación duró más de una hora. Ribbentrop era sumamente cortés. La parte medular de su declaración fue que Alemania buscaba la amistad de Inglaterra. Dijo que pudo haber sido ministro de Negocios Extranjeros en Alemania, pero que había pedido a Hitler que le permitiera venir a Londres a fin de presentar el caso completo a favor de una "entente" y hasta de una alianza anglo-germana». El historiador inglés F. H. Hinsley, de la Universidad de Cambridge, examinó después de la guerra los archivos alemanes y llegó a la siguiente conclusión: "En particular, no tenía (Hitler) la menor intención de disputar a Inglaterra la supremacía naval. Ninguna de las pruebas de que podemos disponer en la actualidad y que hacen referencia a las negociaciones navales anglo-germanas contradicen eso".

     Después del acuerdo naval anglo-germano, Hitler quiso entrevistarse con el Premier inglés señor Baldwin, pero éste pospuso el asunto y no resolvió nada. "Cuando se lo comuniqué así a Hitler —dice Von Ribbentrop en sus Memorias—, su desengaño fue todavía mayor que el mío. Permaneció callado bastante tiempo, después levantó la vista hacia mí. Finalmente me dijo que durante años había tratado de conseguir un entendimiento entre Inglaterra y Alemania, que había resuelto la cuestión de la flota de un modo favorable para ellos y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa en común con aquel país, pero que por lo visto, Inglaterra no quería comprender su actitud".

     Sin embargo, en Agosto de 1936 Hitler hizo otro intento de acercamiento con Gran Bretaña y envió a Londres a Von Ribbentrop para que gestionara un pacto de amistad. Ambos confiaban en la buena voluntad del rey Eduardo VIII, que no simpatizaba con el marxismo y que deseaba un acuerdo con Alemania. Pero precisamente en esos días tomaba fuerza una conjura política para hacerlo dimitir, apoyada en una campaña de prensa por su matrimonio con la señora Simpson. El rey abdicó en Diciembre y el pacto de amistad anglo-germano no pudo concertarse. Seis años después Hitler dijo en una conversación privada:

     "El golpe de gracia para el duque de Windsor creo que fue su discurso a los ex-combatientes, en el que dijo que la meta de su vida era la conciliación de Inglaterra y Alemania. Toda la campaña belicista fue montada por Churchill y pagada por los judíos con la colaboración de los Eden, Vansittart y compañía. Los judíos lograron su intentona de apoderarse de toda la prensa".

     Refiriéndose a la guerra que Francia e Inglaterra habían declarado a Alemania, agregó:

     "El mantenimiento del actual estado en el Oeste es inconcebible. Un día quizá Francia bombardee por primera vez a Saarbruck y la deje demolida. La artillería alemana, por su parte, destruirá en represalia a Müllhausen. Se instalarán después cañones de más alcance y la destrucción se irá haciendo mayor. Y el capital nacional europeo reventará en granadas, y la energía de los pueblos se desangrará en los campos de batalla. Y un día, empero, volverá a haber una frontera entre Alemania y Francia, pero en vez de ciudades florecientes se extenderán por ella campos de ruinas y cementerios.

     "En la Historia no ha habido jamás dos vencedores, y muchas veces no ha habido más que vencidos. Ojalá que tomen la palabra los pueblos y los gobernantes que son del mismo parecer. Y que rechacen mi mano los que creen ver en la guerra la mejor solución".

     Su mano fue rechazada, no ciertamente por los pueblos, que querían la paz, sino por los estadistas occidentales; por Roosevelt, por Churchill y por Daladier. Incluso el Intelligence Service británico organizó una minuciosa conjura para asesinar a Hitler en la Cervecería de Múnich, durante la ceremonia del 8 de Noviembre.

     El historiador británico Russell Grenfell, de la Marina Real, da el testimonio de que se realizó entonces una desenfrenada propaganda anti-alemana en Inglaterra, para predisponer los ánimos del pueblo contra la amistad que seguía ofreciendo Alemania. Durante esos días ocurrió el asesinato del diplomático alemán Von Rath, a manos del judío Grynszpan, y en represalia vino la llamada "Noche de Cristal" en que los alemanes apedrearon escaparates de los comercios israelitas. Estos acontecimientos dieron pie a una violenta declaración de Roosevelt y a sus gestiones para realizar juntamente con Inglaterra un boicot contra el comercio alemán. Todo lo que Hitler había logrado en el acuerdo germano-británico de amistad quedó prácticamente anulado. A pesar de esto, poco después Hitler hizo otro llamado a Gran Bretaña.

    "El pueblo alemán —dijo el 30 de Enero de 1939— no siente odio alguno contra Inglaterra ni contra Francia, sino que quiere su tranquilidad y su paz, y en cambio esos pueblos son incitados constantemente contra Alemania por agitadores judíos o no-judíos. Alemania no tiene reivindicaciones territoriales que presentar a Inglaterra o Francia. Si hay tensiones hoy en Europa, hay que atribuírlas en primer término a los manejos irresponsables de una prensa sin conciencia que apenas deja pasar un día sin sembrar la intranquilidad en el mundo. Creemos que si se logra poner coto a la hostigación de la prensa y de la propaganda internacional judía, se llegará rápidamente a la inteligencia entre los pueblos. Tan sólo estos elementos esperan medrar en una guerra. Nuestras relaciones con Estados Unidos padecen bajo una campaña de difamación que, bajo el pretexto de que Alemania amenaza la independencia o la libertad norteamericana, trata de azuzar a todo un continente al servicio de manifiestos intereses políticos o financieros".


EL VERDADERO HOLOCAUSTO

     El 19 de Mayo Churchill le comunicó a Roosevelt que la opinión de los peritos estaba dividida en cuanto a que los bombardeos contra la población civil ("estratégicos") produjeran por sí solos el colapso de Alemania, pero que "convendría hacer tal experimento". Tan sólo la aviación inglesa, que en 1940 había arrojado 5.000 toneladas de bombas sobre poblaciones alemanas, en 1943 lanzó 180.000. Roosevelt secundó el terrorismo con mayores fuerzas. El 4 de Julio de 1943, la aviación Aliada concentró sobre Colonia uno de sus más poderosos ataques terroristas. Rodolfo Nervo, diplomático mejicano que entonces se hallaba cerca de esa ciudad, escribió sorprendido: "Hombres y mujeres revelan tal serenidad, una conformidad tan estoica ante la catástrofe que se abatía sobre la patria, que me hacía preguntarme qué resorte interior, qué armadura moral sostenía a aquel pueblo que en esos momentos mismos y en diversos confines de la Alemania atormentada, recibía inalterable el terrible huracán de hierro y fuego. ¿Consigna nacional?, ¿fanatismo?, ¿vocación para la adversidad?". Cada bombardeo de terror costaba a la aviación Aliada de 80 a 120 tetramotores y de 800 a 1.200 tripulantes especializados; el desgaste era alto, pero podía sostenerlo porque casi todas sus energías se concentraban en un solo enemigo.

     El terrorismo aéreo se intensificó a partir de Julio. Del 24 de ese mes al 3 de Agosto hubo cuatro bombardeos nocturnos y tres diurnos contra Hamburgo. Jamás se había visto nada semejante. Se arrojaron 80.000 bombas explosivas, 80.000 incendiarias y 3.000 latas de fósforo para avivar los incendios, cuyo resplandor era visible a 200 kilómetros de distancia. 250.000 viviendas fueron arrasadas, o sea la mitad de las existentes, y un millón de personas se quedó sin hogar. El primero de esos 9 bombardeos contra Hamburgo fue la noche del 24 al 25 [de Julio de 1943]. Churchill ordenó que todos los efectivos de la RAF fueran concentrados para ese ataque, en el que se inauguró el procedimiento de arrojar tiras de papel metálico, a fin de confundir y desorientar al radar alemán, como así fue. A la mañana siguiente, y mientras la insomne población de Hamburgo luchaba frenéticamente para dominar los incendios, la aviación de Roosevelt hizo llover otra catarata de bombas. Ataques semejantes, de 700 a 1.000 aviones, se repitieron de día o de noche el 27, el 28 y el 30 de Julio, y por último, la noche del 2 al 3 de Agosto. Era tal la cantidad de humo de los incendios, que miles de personas se salían de los refugios antiaéreos en busca de aire, pero afuera el humo era igualmente denso. Muchas mujeres trataban inútilmente de salvar a sus hijos levantándolos en brazos y corriendo en busca de una atmósfera respirable. Hubo 40.000 muertos, entre ellos 5.000 niños. Los escolares trabajaban sin cesar auxiliando víctimas. El jefe de la Policía rindió un informe al Alto Mando que decía: "Lo terrible de la situación se manifiesta en los rugidos furiosos del huracán de fuego, el ruido infernal de las bombas al estallar y los gritos de muerte de las personas torturadas. El idioma no tiene palabras ante la magnitud de los horrores".

     Barrios residenciales enteros desaparecieron de la noche a la mañana; los hospitales se atestaban de heridos; los servicios de alumbrado y agua se interrumpían, y la ciudad quedó transitoriamente muerta. La carga de explosivos en esos ataques fue equivalente al poder destructivo de la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima. Esto fue repitiéndose, en mayor o menor escala, con otras muchas ciudades alemanas. El "experimento" de Churchill y Roosevelt, para ver si mediante esas matanzas de civiles se desplomaba Alemania, se mantuvo en su apogeo durante todo 1943, pero la moral del pueblo resistió la terrible prueba. Muchos que ocasionalmente se enteran del terrorismo aéreo contra Alemania suponen —cegados por la propaganda— que fue una respuesta al terrorismo aéreo alemán contra Inglaterra. Eso es falso. Es cierto que hubo bombardeos terriblemente intensos sobre Gran Bretaña, como el de Coventry, pero se hallaban dirigidos hacia un objetivo militar. Coventry, centro de industria bélica, fue devastado, y junto con la industria perecieron muchos civiles. Pero es distinto atacar objetivos militares y consecuentemente matar civiles en los alrededores, que enfocar los bombardeos específicamente contra zonas residenciales carentes en absoluto de objetivos militares. Entretanto, el mando Aliado descubría un nuevo recurso para que sus bombardeos de terror fueran aún más mortíferos. Sucedió que en esos días el oriente de Alemania comenzó a ser invadido o amenazado por los bolcheviques, que anhelantes de venganza celebraban su entrada en suelo alemán con violaciones, despojos y asesinatos. Las autoridades de la zona oriental movilizaron a casi todos los hombres para apuntalar las defensas, y ordenaron a las mujeres y a los niños que buscaran refugio en ciudades o aldeas en la parte central del Reich.

     Los Aliados se percataron de ese movimiento en masa de la población civil, y resolvieron atacar las ciudades atestadas de refugiados. Así las víctimas por bombas aumentarían considerablemente. Contra Berlín, congestionada de emigrantes, se lanzó una ola de ataques que culminó el 3 de Febrero con la muerte de 25.000 civiles. Leipzig padeció algo semejante. En una llamada operación "Clarión" se lanzaron durante dos días 9.000 bombarderos y cazas contra aldeas y establecimientos agrícolas sin ninguna meta militar. El plan alcanzó su apogeo el 13 de Febrero (1945), fecha en que ocurrió la más sangrienta de las acciones bélicas que jamás haya realizado una fuerza armada contra una masa de civiles. A la ciudad de Dresden, situada a 110 kilómetros del frente soviético, habían llegado buscando refugio de 300.000 a 500.000 mujeres y niños. Dresden era ciudad abierta. Es decir, no era una fortaleza guarnecida de tropas, ni tenía fábricas de guerra, ni objetivos militares de ningún género. Los fugitivos atestaron casas, edificios públicos, jardines y hasta calles. Pues bien, la mañana del 13 de Febrero varios aviones Aliados de reconocimiento volaron varias veces sobre Dresden y con toda tranquilidad tomaron fotografías, supuesto que allí no había defensas de ningún género. Por la noche, 800 tetramotores arrojaron sobre la ciudad inerme una lluvia de bombas explosivas e incendiarias. Al amanecer del día siguiente, 1.350 bombarderos pesados descargaron también un alud de fuego. Y horas más tarde, al oscurecer, otros 1.100 tetramotores maceraron la ciudad destruída.

     En total se arrojaron sobre Dresden 10.000 bombas explosivas y 650.000 incendiarias. Los incendios ardían con tal fuerza que las llamas arrastraban a la gente que pasaba a cien metros de distancia. En los lagos cercanos murieron muchas madres con sus hijos, que se arrojaban al agua con las ropas ardiendo. El escritor británico F. J. P. Veale dice: "Para dar una impresión más dramática en medio del horror general, las fieras del Parque Zoológico, frenéticas por el ruido y por la luz de las explosiones, se escaparon. Se cuenta que estos animales y los grupos de refugiados fueron ametrallados cuando trataban de escapar a través del Parque Grande, por aviones de vuelo rasante, y que en dicho parque fueron encontrados luego muchos cuerpos acribillados a balazos. En el Mercado Viejo, una pira tras otra consumieron, cada una, cinco mil cuerpos o pedazos de cuerpos. La espantosa tarea se prolongó durante varias semanas. Los cálculos del número total de víctimas varían mucho de uno a otro. Algunos elevan la cifra hasta un cuarto de millón". Según el periódico suizo Flugwehr und Technik, en los tres rabiosos ataques lanzados en un período de 36 horas, hubo 100.000 muertos. La población civil alemana que huía de los bolcheviques fue calcinada en Dresden. Así llegaron a su apogeo los bombardeos de terror, técnicamente llamados "estratégicos", que Churchill había adoptado el 11 de Mayo de 1940 y que luego Roosevelt y su camarilla reforzaron entusiastamente.

     El propio escritor inglés Veale agrega: "Para la mente secular quizá resulte que lo mejor que puede decirse del lanzamiento de la primera bomba atómica es que la muerte cayó literalmente del cielo azul sobre la ciudad condenada. Lo que ocurrió allí puede parecer menos turbador que lo que ocurrió unos meses antes en Dresden, cuando una gran masa de mujeres y niños sin hogar se puso en camino hacia allí y tuvo que correr alocada por una ciudad desconocida en busca de un lugar seguro, en medio de explosiones de bombas, fósforo ardiendo y edificios que se derrumbaban".

     Otro británico, el comodoro del aire L. MacLean, censura que el Estado Mayor Aéreo inglés se hubiera alejado en la Segunda Guerra Mundial de su antigua tradición, hasta el grado de abandonar "los últimos restos de humanidad y caballerosidad". Parcialmente pudieron computarse en Alemania los siguientes daños causados por el terrorismo aéreo:

Civiles muertos = 593.000
Civiles gravemente heridos = 620.000
Viviendas arrasadas = 2.250.000
Viviendas dañadas gravemente = 2.500.000

    En el invierno de ese año, el ministro alemán del Trabajo, el doctor Ley, calculaba que veinte millones de alemanes habían perdido ya todos sus bienes y todos sus familiares.


LOS CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD

     Siguiendo el camino que nos hemos trazado, tras los "Crímenes contra la Paz" y los "Crímenes de Guerra" —para usar la terminología del Tribunal de Núremberg—, vamos a ocuparnos ahora de los denominados "Crímenes contra la Humanidad", es decir, "los referentes a los malos tratos contra grupos raciales, civiles o religiosos determinados en razón a su pertenencia a los mismos". El primero de los crímenes que contra "la Humanidad" se cometió fue, a nuestro juicio, la prolongación innecesaria de la guerra. La exigencia de una rendición incondicional fue oficialmente definida en la Conferencia de Casablanca. Según varios autores norteamericanos, biógrafos de Roosevelt, fue el secretario del Tesoro, Henry Morgenthau, quien se mantuvo, en Casablanca, permanente junto al Presidente para que permaneciera inflexible y no aceptara fórmulas de compromiso de paz negociada, tal como hubiera preferido, posiblemente, Churchill.

     En todo caso, fuera o no Morgenthau el instigador, lo esencial es recordar que Roosevelt era, virtualmente, un prisionero de su "Brains Trust", y era éste quien tomaba las decisiones. Pero lo que no se puede negar a Morgenthau es que fue él el autor del siniestro plan de su nombre. En efecto, por el plan Morgenthau, "Alemania, en pocos años, se convertirá en un país de unos 40 millones de habitantes, en vez de 90 millones". El Plan Morgenthau, adoptado en la Conferencia de Quebec, es una grandiosa e innegable prueba histórica de que el Alto Mando del Sionismo planificó, a sangre fría, asesinar a una Nación. Un escritor judío, William L. Newman, afirmó en Making the Peace, que "el propósito de este Plan es transformar a Alemania en un país nómada y pastoril, con un mínimo de agricultura". El Plan Morgenthau empezó a ponerse en práctica al día siguiente del Armisticio del 9 de Mayo de 1945, y sólo se detuvo al cabo de dos años, por imperativos de la "Guerra Fría" y por un cambio de política de los Poderes Fácticos.

     Pero si el Plan Morgenthau no se llevó íntegramente a la práctica, sí se llevó a la práctica el menos conocido Plan Kauffmann. Theodore Nathan Kauffmann, un sionista de pasaporte norteamericano pero nacido en Alemania, publicó en 1941, unos meses antes de que su patria de adopción entrara oficialmente en la guerra, el libro "Germany Must Perish", en el que afirmaba que, al final de la contienda, Alemania debería ser completamente desmembrada. La población civil alemana, hombres y mujeres, sería esterilizada, con objeto de asegurar la extinción total de Alemania. Los soldados presos o los desmovilizados, tras ser esterilizados, deberían trabajar como esclavos para los países Aliados. El libro alcanzó una notable difusión en todo el mundo, incluyendo Alemania. Hemos dicho que el Plan Kauffmann se llevó a la práctica, aunque no literalmente.

     Desde luego, Alemania sí fue desmembrada; desde luego, millones de soldados alemanes sí trabajaron como esclavos durante muchos años, como más adelante veremos, pero los alemanes no fueron esterilizados físicamente. Pero sí lo fueron espiritualmente, al menos en una gran parte, hasta el punto de que hoy día Alemania tiene una demografía regresiva; tiene más óbitos que nacimientos. Pero sigamos adelante. Y mencionemos el libro de otro hebreo, Maurice Leon Dodd ("How Many World Wars?"), en el que el autor proclama que los alemanes que sobrevivan a los bombardeos aéreos deberán ser vendidos: como esclavos a las colonias anglosajonas o francesas, o regalados a los rusos. Otro correligionario suyo, Charles G. Haermann, exige en "There Must Be No Germany After War" el exterminio físico de los alemanes, o "al menos, el 90 por ciento".

     Einzig Palil, un sionista de nacionalidad canadiense, sostiene una posición similar en "Can We Win the Peace?", exigiendo el desmembramiento de Alemania y la total demolición de su industria. Ivor Duncan, sionista inglés, en un divulgadísimo artículo periodístico titulado "La Secuela del Pangermanismo", aconsejaba la esterilización de 40 millones de alemanes, aquilatando el costo total de esa operación en unos 5 millones de libras esterlinas, en el Zentral Europe Observer. Todavía otro sionista, Douglas Miller, éste de nacionalidad norteamericana, estimaba que 80 millones de alemanes eran demasiados. Humanitario el hombre, rechazaba los sistemas drásticos pero preconizaba una regulación de las importaciones y las exportaciones, de manera que unos cuarenta millones de alemanes perecieran de hambre (en The New York Times, el 8 de Febrero de 1942).

     Pero el ejemplo más curioso es el libro de otro sionista, éste de Nueva York, Maurice Gomberg: "A New World Moral Order for Permanent Peace and Freedom". Este Gomberg era un hombre enteradísimo de los entresijos de la Gran Política Mundial. En su libro aparece un mapa de lo que será el mundo después de la guerra. En dicho mapa, Rusia se ha anexionado media Polonia, los Estados bálticos, la Rutenia transcarpática, Besarabia, Bukovina, Prusia oriental y Carelia septentrional. También se ha anexionado las islas Kuriles y el Sur de la isla de Sakhalin, a la vez que Manchuria, China, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Albania, Yugoslavia y Bulgaria aparecen como Estados "vasallos" de la URSS. Alemania está partida en dos trozos. También se hallan divididas Corea, Indochina y Berlín. Este reparto del mundo, como sabemos, coincidiría con el que, cuatro años después, acordarían Roosevelt y Stalin con un Churchill cada vez más "descolgado" en Yalta. Aún hay más cosas en ese mapa "profético". Los Imperios ultramarinos inglés, holandés y francés, han desaparecido, pasando como "vasallos", ora a la URSS, ora a EE.UU. ¡Qué premonición más fantástica!.

     ¿No parece increíble?. Sobre todo, si tenemos en cuenta que el libro fue escrito antes de Pearl Harbor, es decir, antes de la entrada de Estados Unidos en la contienda. Todo esto se sabía en Alemania y, como es natural, endureció aún más la resistencia del país, costando millones de vidas a alemanes y Aliados la prolongación innecesaria de la guerra, y siendo causa inmediata del hundimiento de los Imperios coloniales de los enemigos de Alemania, excluyendo a la URSS y, por unos pocos años, a EE.UU.

     Debemos tener muy presente que la exigencia de una rendición incondicional no tiene precedentes en la Historia Universal. Morgenthau, además, organizó una "Sociedad para la Prevención de la Tercera Guerra Mundial", en la que se exigía que todas las cláusulas relativas al desmembramiento de Alemania fueran llevadas a la práctica. Los bienes de los alemanes en países beligerantes, e incluso, neutrales, debían ser incautados por los Gobiernos Aliados. A los hombres de negocios estadounidenses no se les concederían visados para visitar Alemania. No se concederían visados a alemanes para emigrar a Estados Unidos. Se prohibía el matrimonio de mujeres alemanas con soldados estadounidenses. Las comunicaciones postales con Alemania no debían ser restauradas en dos años. Varias de estas exigencias se cumplirían al pie de la letra; otras no fue posible aplicarlas por su propia demagogia y por el cambio de política que las circunstancias impondrían a partir de 1948.

     Con todo, el daño causado a Alemania por esa pacífica Sociedad fue notable. ¿Quiénes eran sus componentes? Pues eran Juliys, Goldstein, Isidor Lischutz, Emil Ludwig, Erich Mann, E. Amsel Mowre, Aaron Shipler, Louis Nizer, W. E. Shirer, F. W. Foerster, Guy Emery, Cedrik Froster y el inevitable Morgenthau. Todos judíos. Será casualidad o lo que se quiera, pero todos esos pacíficos ciudadanos estadounidenses eran judíos. Quien no era judío, pero sí cripto-comunista, como más tarde quedaría ampliamente demostrado, era Richard B. Scandrette, miembro prominente de la Comisión Estadounidense de Reparaciones, creada bajo los auspicios de Morgenthau. Scandrette en un informe ante el Congreso (del 7 de Junio de 1945) declaró:

     "No debemos tener misericordia para con la población civil, pues es culpable de haber asistido a Hitler hasta el final. Hay que mantener a ese país en un status puramente agrícola y pastoril; todas las industrias deben ser desmanteladas; los soldados alemanes deben servir como trabajadores forzosos en Rusia e Inglaterra. Nadie debe quedar exento de castigo, ni siquiera las Iglesias, que también son culpables en Alemania, especialmente la Católica".


CONTRA LA POBLACIÓN CIVIL

     Nunca un país ocupado ha sido tratado tan brutalmente como lo fue Alemania a partir de 1945 y durante, como mínimo, un año, por sus ocupantes. Los testimonios de vencedores honrados y neutrales son apabullantes en este aspecto. Todas las normas del Derecho Natural fueron conculcadas, con escarnio total de los ideales por los cuales los Aliados decían haber luchado. El ensañamiento contra la población civil adquirió caracteres patológicos, y no sólo en el Este, donde el Ejército Rojo se comportó en la paz —con la población civil— como se había comportado en la guerra. La entrada de los Rojos en Berlín, especialmente, fue apocalíptica. "Prácticamente todas las mujeres, desde los siete años hasta las más ancianas, fueron repetidamente violadas" (Jurgen Thorwald, Y Terminó en el Elba). "Tras las violaciones, muchas de ellas eran degolladas o destripadas; muchas de aquellas desgraciadas eran finalmente ultrajadas a bayonetazos" (Saint Paulien, Les Maudits). "En el Gran Berlín, el número de mujeres violadas no debió bajar del millón y medio".

     Hay un libro anonadante, Martirio y Heroísmo de la Mujer Alemana del Este, prologado por el antiguo obispo auxiliar de Breslau —el único obispo superviviente tras el paso de los rusos— Joseph Ferche, en el que se dan detalles sobrecogedores sobre el trato dado a la población alemana, de la zona ocupada por los rusos, y en especial, a las mujeres. Hay documentación sobre miles de casos más vomitivos los unos que los otros. La moda en el Bánato húngaro consistía en atar a los alemanes de pies y manos, extendidos sobre mesas, y abrirlos en canal con cuchillos, tal como se hace con los cerdos. La violación y la muerte de las alemanas en Cernje empezó el 24 de Octubre de 1944. Muchas escaparon a esta suerte suicidándose. Familias enteras se deban voluntariamente la muerte.

     El sacristán Johann Joldscheck fue muerto por desangramiento de la manera ya descripta. Antes se le hizo contemplar la violación de su mujer y de sus dos hijas por varios gitanos, y la decapitación de su hijo. 200.000 alemanes —toda la población alemana del Bánato— desapareció sin dejar rastro. En Yugoslavia la población de origen étnico alemán, terminada la guerra, perdió la nacionalidad yugoslava; les fueron expropiados todos los bienes muebles e inmuebles; no pudieron reclamar ningún derecho civil ni político: eran considerados "res nullius" (cosa de nadie). No eran amparados por ninguna ley: cualquiera podía hacer con ellos lo que le pluguiera, desde robarles hasta matarlos; tenían menos derechos que un perro. En 1948 quedaban muy pocos alemanes vivos en Yugoslavia, apenas 42.000, que fueron finalmente enviados a Rusia como esclavos, caminando y en invierno, lo que hace suponer que muchos morirían en el camino (Maurice Bardèche, Crimens de Guerre des Allies). Habla el judío David Salomón, oficial del ejército norteamericano: "Si hubiera tenido la oportunidad de escoger mi trabajo en esta guerra, hubiera escogido exactamente el que se me asignó. A través de Francia a través de Alemania para destruírlo todo. Nunca ha habido en la Historia otra guerra como ésta. Cuando por fin llegamos a Alemania empezamos a destruírlo y devastarlo todo; lo único que sentía era el no poder destrozar y matar más de lo que estaba destrozando y matando. Cuando llegamos a Wiesbaden nuestro ritmo se hizo más lento, porque ya no quedaba mucho por destrozar o por matar. Habíamos hecho un trabajo tan perfecto que debimos detenernos por un tiempo" (citado por John Keyes en Yo y Street).

     Las llamadas "altas autoridades morales" guardaron un prudente silencio largo tiempo. Por fin, habló el Papa Pío XII, el día de Todos los Santos de 1945: "Deseamos participar de todo corazón en todas vuestras preocupaciones y miserias al expresar especialmente nuestra inquietud a éstos que viven en Berlín y en Alemania Oriental. Conocemos bien su suerte, extremadamente dura, y vemos casi con nuestros ojos las ruinas y terribles devastaciones en aquellas provincias, ciudades y lugares antes florecientes, producidas a consecuencia de la guerra. Sentimos con vosotros aquellos insultos y tratos indignos que sufrieron no pocas mujeres y muchachas alemanas" (texto publicado por Amtsblatt der Erdiozese Munchen-Freising, Nº 1, 20 de Enero de 1946).

     Nada menos que el sabio Albert Schweitzer dijo en Oslo, en su discurso de recepción del Premio Nóbel de la Paz, el 4 de Noviembre de 1954: "La violación más grave del Derecho basado en la evolución histórica y en cualquier derecho humano en general, consiste en privar a las poblaciones del derecho a ocupar el país en el que viven, obligándolas a trasladarse a otro lugar. El hecho de que las potencias vencedoras al final de la Segunda Guerra Mundial impusieran ese fatal destino a millones de seres humanos y, lo que es peor, de una manera absolutamente cruel, muestra cuán poco les importaban a esas potencias el restablecimiento de la propiedad y el gobierno de la ley".

    Y, que nosotros sepamos, todavía no se le ha ocurrido a nadie calificar de "nazi" a Albert Schweitzer. La deportación, como ganado, de 16 millones de alemanes residentes en el Este de Europa, se decidió en la Conferencia de Potsdam por los señores Truman, Attlee y Stalin. En números redondos, puede desglosarse así: 8.500.000 residentes en el Este de Alemania, 3.500.000 en los Sudetes, 250.000 en los Estados bálticos y el distrito de Memel, 380.000 en Danzig, 1.300.000 en la región de Posen, 623.000 en Hungría, 537.000 en Yugoslavia, 786.000 en Rumania y 150.000 en Bulgaria. Esos dieciseis millones largos de personas hicieron el desplazamiento a pie, tras abandonar todas sus pertenencias. No ha podido saberse con exactitud el número de muertos en el transcurso de ese éxodo, pero ningún comentarista serio baja de los dos millones de muertos, más una cifra incalculable, pero importante, de muertos a consecuencia de la infrahumana remoción de la población (el norteamericano De Zayas calculaba en su obra que el número de muertos debió ser de unos 2.200.000).

     La mayor parte de los refugiados supervivientes se instalaron en la que fue llamada República Federal de Alemania, y en Austria, aunque casi tres millones y medio quedaron, por no habérseles permitido prolongar su viaje, en la denominada República Democrática de Alemania. No es posible, para un ser humano, a menos de estrujarse materialmente el cerebro, lo que no es corriente en una época como la actual, de perezosos mentales; no es posible, decíamos, percibir existencialmente, prácticamente, lo que representa una estadística de "16.000.000 de deportados", si no se ha visualizado, siquiera mentalmente, a la madre hambrienta con su hijo aterido de frío, arrastrándose cientos y cientos de kilómetros sobre la nieve, o al anciano solo en el mundo con la mirada perdida, y esto no tan sólo una vez, sino millones de veces.

     Y eso no es todo. Hay más, mucho más. Ya hemos visto cómo los vencedores, y especialmente los soviéticos, trataron a la población civil. Pero aún hay que añadir el uso de civiles, deportados en sentido inverso, y que no se incluyen en la mencionada estadística de los 16 millones de deportados, todos los cuales fueron llevados hacia el Oeste. Una cifra no inferior a 400.000 alemanes residentes en Polonia y Eslovaquia fueron deportados hacia el Este en condiciones infrahumanas. De esos 400.000, no menos de 125.000 perecieron a consecuencia de la deportación y de los malos tratos, según el historiador norteamericano De Zayas (Némesis at Potsdam). Tampoco se incluyen los prisioneros de guerra tratados como esclavos en plena paz, y de los que luego hablaremos. Y queda, en fin, sin tasación posible, el valor de las propiedades, bienes y enseres de los casi dieciséis millones y medio de deportados. Como dijo Sir Winston Churchill: "Luchamos por la Libertad". Terminada la guerra, la alimentación que se le permitió a la población de la Alemania vencida era la tercera parte del mínimo con que una persona puede subsistir.

     El coronel Charles Lindbergh, héroe nacional de la aviación estadounidense, dice en su libro War Memories (pág. 583 y ss.): «La prensa publica artículos sobre el modo como liberamos a los pueblos oprimidos. Todo lo que se le roba a un alemán es "liberado": las máquinas fotográficas Leica son "liberadas", los alimentos, las obras de arte, las ropas son "liberadas". Un soldado que viola a una alemana la está "liberando". Hay niños que nos miran mientras comemos; nuestros malditos reglamentos nos impiden darles de comer: me acuerdo del soldado Barnes que ha sido arrestado por haberle dado una tableta de chocolate a una niña harapienta. Es difícil mirar a la cara de estos niños. Me siento avergonzado de mí, de mi pueblo, mientras miro a estos niños. Cómo podemos ser tan inhumanos». Los soldados Aliados quemaban las sobras de sus alimentos para impedir que pudieran aprovecharlos los alemanes famélicos que miraban cerca de los cubos de basura del ejército.

    En el curso de la guerra se constituyó un ejército de liberación ruso, que luchó junto a Alemania "para liberar a Rusia del yugo tiránico bolchevique", de acuerdo a lo afirmado por uno de los jefes, el general Vlassov: "El comité liberador de los pueblos de Rusia acepta agradecido la ayuda de Alemania, en condiciones que no atentan ni al honor ni a la independencia de nuestro país. Es la única oportunidad de lucha armada contra la camarilla staliniana". Al final de la guerra, cerca de 2 millones de rusos, entre soldados y civiles, fueron vilmente entregados por los anglo-estadounidenses a los comunistas para su exterminio. Lo mismo ocurrió con aproximadamente 200.000 croatas que se rindieron a los ingleses, cuyo general en jefe Montgomery prometió tratarlos como prisioneros de guerra. Sin embargo, fueron entregados para su exterminio a las fuerzas de Tito, genocidio conocido como "Operación Kelhaul". He aquí algunos párrafos de un artículo publicado por la conocida revista Selecciones del Reader 's Digest:

     "Al finalizar la guerra los Aliados occidentales forzaron el regreso a su país de 2 millones de rusos, lituanos, ucranianos, etc. Lo que ocurrió con aquellos desventurados constituye uno de los episodios más horripilantes de la más sangrienta guerra de la Historia. Millares de rusos decidieron quitarse la vida antes que regresar a su patria. Enormes contingentes eran transportados por la fuerza. Cuando iban camino hacia Austria para ser repatriados desde allí, cerca de mil rusos se arrojaron al vacío, al cruzar el tren un puente en un desfiladero: todos murieron. En todas las repatriaciones hubo suicidios, puesto que sabían que les tocaba una muerte horrible: Ejecutados en las plazas con palos y garrotes, tarea llevada a cabo por miembros de la MVD (Policía Secreta soviética)".

     El saqueo de Alemania entre valores confiscados por los tribunales de "des-nazificación", botín de las tropas de ocupación, expropiación de la flota mercante, desmantelamiento de fábricas, etc., etc., ascendió, partiendo de informes de fuentes neutrales, a un mínimo de US$ 671.000 millones, según cifras emanadas de la propia prensa anglo-estadounidense. Tampoco valoramos aquí el robo de patentes de invención, por la sencilla razón de que 346.000 patentes resultan de una imposible tasación desde el punto de vista económico. Según informó el articulista de la publicación Office of Technical Services de Washington Harry Reynolds en "International News Service", el 24 de Agosto de 1945, además se habían encontrado más de 1 millón de inventos y perfeccionamientos técnicos en Alemania, a tal punto que rápidamente fue necesario confeccionar un nuevo diccionario alemán-inglés para incorporar casi 40.000 palabras nuevas científicas y técnicas.

     El teniente coronel John Keek, jefe del Departamento Técnico de los Servicios de Inteligencia del Ejército estadounidense, reveló que los técnicos alemanes tenían muy avanzados los planes para el montaje de plataformas en el espacio a 7.500 kms. de la Tierra: "Hemos planeado llevar a un gran grupo de sabios alemanes a Estados Unidos". Para completar el cuadro patético del saqueo de Alemania, esta infeliz nación fue obligada a pagar a otra (que no existía durante la guerra), el Estado de Israel, una indemnización de 3.600 millones de marcos anuales por los presuntos "6 millones de judíos muertos"; esto se ha venido cumpliendo desde 1948 hasta la actualidad. Sobre todo a partir de la capitulación de Alemania, fueron asesinados en toda Europa 2.500.000 hombres y mujeres, en su mayoría soldados y civiles anti-comunistas acusados de colaboracionistas. Sólo en París fueron muertos 50.000, y en toda Francia 260.000 franceses. En Bélgica, además de incontables muertos, 273.000 belgas perdieron sus derechos cívicos y bienes. (...)

     Queremos hacer resaltar aquí una estadística ya documentada por la Historia: 251.000 soldados franceses murieron enfrentando a los alemanes (a quienes le declararon la guerra por el problema de Danzig-Polonia), y más de 260.000 franceses, entre ex-soldados y civiles, fueron asesinados por sus compatriotas y libertadores, después de terminada la guerra. Como dato a tomar en cuenta para conocer la calidad moral de los triunfadores de la Segunda Guerra Mundial: Todo alemán después de la guerra —para poder trabajar— tenía que poseer su carnet de des-nazificación, una suerte de documento probatorio de haber asistido a los centros donde se exponía la "barbarie" de los campos de concentración, con proyecciones de filmes y conferencias cuidadosamente preparadas para el "lavado de cerebros" que era una especialidad soviética y que fue adoptada por los restantes Aliados. En una nación como la Alemania de hoy no nos puede sorprender que todo aquel, sea alemán o no, que haga el saludo romano-nacionalsocialista en público, vaya preso o pague una multa astronómica; lo mismo, si manifiesta públicamente sus dudas sobre la existencia de cámaras de gas en los campos de concentración. Alemania sigue siendo un país ocupado.

     El artículo 358 del Código de Justicia estadounidense tiene prevista la ejecución de 200 rehenes como represalia por cada militar asesinado en los países ocupados; el mismo Código para el ejército inglés prevé la ejecución de 20 rehenes por cada soldado inglés; la cuota de los franceses era de 25 a 1, mientras que la alemana era de 10 a 1. La soberbia judía y la humillante sumisión de la mayoría de los gobiernos democráticos permite situaciones aberrantes como la del señor Erich Priebke, radicado en Bariloche, Argentina, a quien después de 40 años se le juzga como criminal de guerra por haber tenido que cumplir con el Código de Justicia alemana, desde ya más benigno que cualquiera de los Aliados [1].

[1] Véase la lúcida e interesante última entrevista a Erich Priebke en http://editorial-streicher.blogspot.com/2013/10/entrevista-erich-priebke-julio-2013.html

     Antes de la guerra, Alemania era el país europeo de mayor densidad demográfica. Hoy es el de menor crecimiento, el de mayor cantidad de suicidios y consumo de drogas, además de contar con una enorme corriente de inmigrantes turcos y otras razas no-germanas. En Enero de 1934 el líder sionista Wladimir Jabotinsky declaró al diario Talscha Retsch: "Nuestros intereses judaicos exigen el definitivo exterminio de Alemania, del pueblo alemán también; de lo contrario es un peligro para nosotros". Y así se inició en Mayo de 1945 el más grande desmembramiento de una nación inerme. Europa, cuna de la civilización occidental, sufre las consecuencias de aquella guerra; la derrota de Alemania llevó a la derrota mundial del occidente cristiano; de allí el cristianismo pasó a ser una religión más, pero de iglesias vacías. Desapareció lo mejor de la intelectualidad europea; quedó establecida como norma virtuosa la delación, el fraude, la mentira y la calumnia. Se procedió a la formación de un hombre "nuevo" pero sin personalidad, el hombre "standard" integrante de un rebaño de esclavos del consumismo, de la sexualidad y la droga, causales básicos de la disolución de la familia, del Estado y del futuro de toda nación soberana.


LA "REEDUCACIÓN" DE ALEMANIA

     En la Conferencia de Yalta, Roosevelt, Churchill y Stalin decidieron que el pueblo alemán debía ser reeducado. Como ciertos maestros de la más vetusta escuela, aquellos grandes demócratas creían que "la letra, con sangre entra", pues su proceso de "reeducación" se inició con la instauración de tribunales militares, apodados Tribunales de Des-Nazificación. Contrariamente a los más elementales principios jurídicos, jueces, fiscales, "defensores" y funcionarios del Tribunal eran Juez y Parte. Nada menos que 2.400 de los 3.000 funcionarios que participaron en tan grotesca mascarada pseudo-jurídica eran judíos (Louis Marschalsko, World Conquerors). Los eran, incluso, los dos principales verdugos, Woods, de nacionalidad inglesa, y Rosenthal, de pasaporte canadiense, que explicaron muy gozosos a la prensa cómo habían hecho durar el mayor tiempo posible la agonía de los ejecutados. Woods y Rosenthal tuvieron mala suerte: a Woods le dijo Streicher, antes de que lo colgaran: "Un día los rusos lo colgarán a Ud.". No lo colgaron, pero los comunistas lo mataron en la guerra de Corea, en 1951. A Rosenthal, obeso septuagenario, lo arrojaron por la ventana de un hotel, unos desconocidos, por móviles ignorados, en Julio de 1979. El juez Wennersturm, estadounidense, dimitió de su cargo en Núremberg, en señal de protesta por los linchamientos legales que allí se estaban realizando. Lo mismo hizo el juez Van Rhoden, también estadounidense.

     Una pléyade de escritores y juristas, ciudadanos de países que formaban parte del bando Aliado manifestaron, de palabra y por escrito, su reprobación por la venganza judicial de Núremberg. Entre los más destacados podemos citar a Montgomery Belgion, Gilbert Murray, Michael F. Connors, Francis Neilson y Barry Elmer Barnes, estadounidenses; F. J. P. Veale, A. J. P. Taylor y David Hoggan, ingleses; Maurice Bardèche, Paul Rassinier y el profesor Faurisson, franceses; el suizo Hoffstetter, los americanos Austin J. App y Freda Utley; el portugués Alfredo Pimenta, y muchos más. Aquella mascarada legal pretendía vestir con ropajes jurídicos la venganza de Morgenthau, cuyo siniestro Plan estaba siendo llevado a la práctica. Göering resumió con una sola frase el pensamiento de acusados y observadores imparciales: "No era menester tanta comedia para matarnos". El trato dado a los procesados fue inhumano en la mayoría de los casos. El juez Edward Le Roy van Rhoden, estadounidense, denunció "los métodos salvajes empleados por nuestros agentes fiscales, que actuaron casi siempre con una infrahumanidad total; apaleamientos y puntapiés bestiales; dientes arrancados a golpes y patadas y mandíbulas partidas". Y este juez no tenía motivo alguno para testificar a favor de los alemanes, pues su hijo, aviador, fue herido en combate y estuvo 2 años prisionero en el campo de concentración de Dachau. Con tales métodos para obtener "confesiones", muchos presos murieron antes de comparecer ante sus jueces.


LA "DEPURACIÓN" INTELECTUAL

     No se limitó a Alemania. No era sólo Alemania enemiga de los poderes fácticos, era Europa y lo que representaba. En esas listas negras figuraban hombres como Saverbruch, el mayor genio médico del siglo; Wilhelm Furtwangler, el más grande de los directores de orquesta; músicos de renombre mundial como Richard Strauss, Clemente Krauss, Paul Linke; escultores geniales como Thorak y Arno Breker, y cineastas como Leni Riefensthal, cuyas obras fueron destruídas por los bárbaros de la libertad. El terrorismo de éstos no se detuvo ni ante la figura de la talla de Gerhardt Hauptmann, sospechoso por haber osado escribir unas líneas tristes expresando su pesar por la suerte de Dresden (Louis Marschalsko, en World Conquerors). Sin tener en cuenta a Alemania, porque aquello fue apocalíptico, diremos que toda la intelectualidad europea recibió un golpe tremendo del que nunca pudo recuperarse. En Francia la depuración intelectual cobró un gran número de víctimas: figuras de relieve intelectual como Charles Maurras y Henri Beraud fueron condenadas a prisión perpetua; Brasillach, el poeta exquisito, condenado a muerte, como lo fueron, por nombrar algunos, el escritor George Suárez, Jean Paquis y Jean Luchaire, condenados a prisión perpetua; Antoine Cousteau y Lucien Rebatet después de 7 años fueron indultados; Drieu La Rochelle conoció el ostracismo literario, después de conocer la cárcel, y el suicidio. El escritor George Bernanos, uno de los pocos que no fue molestado, tuvo la franqueza y el coraje de escribir: «Digo que Francia jamás ha conocido un régimen tan mediocre como el que en 1945 se ha impuesto en el país como "liberador", y no ha cesado de prostituír la palabra "liberación". Nunca la más baja y vulgar corrupción alcanzó ese grado» (L'Intransigent, París, 13 de Marzo de 1948).

     El sabio Alexis Carrel, Premio Nóbel de Medicina, moriría en la cárcel. Knut Hamsun, Premio Nóbel de Literatura, considerado el más grande escritor escandinavo contemporáneo, fue condenado a prisión, y al salir se le infligió, a sus 86 años, el ultraje de internarlo en un asilo psiquiátrico. Su esposa, que nunca intervino en política, fue condenada a 3 años de trabajos forzados. Ezra Pound, el mejor escritor estadounidense de su época, fue uno de los mayores genios de la literatura. La guerra lo sorprendió en Italia. Habló por los micrófonos de la radio italiana acusando a Roosevelt, a Churchill y a la alta finanza internacional de haber provocado la guerra. Se le encerró en una jaula en Pisa, en medio del campo. El gentío de los alrededores, debidamente aleccionados por las células comunistas, vino a desfilar ante él cubriéndolo de injurias y escupitajos; así estuvo 13 días. Llevado a Estados Unidos, estuvo 12 años en un instituto psiquiátrico. Pound no obstante siguió escribiendo. Por fin en 1958, tras una vigorosa campaña de varios escritores encabezados por Hemingway, Pound fue liberado. En 1963 el Gobierno de su país le concedió el título de "Ministro de la poesía". Hasta Inglaterra conoció la lucha contra los intelectuales y la libertad de opinión: 125 intelectuales ingleses fueron acusados de traición y colaboración (The Times, Londres, 2 de Abril de 1946).


TRÁFICO DE ESCLAVOS EN EL SIGLO XX

     El Plan Morgenthau preveía el uso de los prisioneros de guerra alemanes como mano de obra forzosa en los países que habían estado en guerra con el Reich. Esto se llevó a cabo con impávida rudeza desde el día en que cesaron las hostilidades. No ha sido posible llevar a cabo una investigación total y exhaustiva sobre el número de prisioneros de guerra retenidos como trabajadores forzosos al término de las hostilidades, dada la negativa soviética a facilitar datos en ese sentido. Tampoco los occidentales (ingleses y franceses en especial) han querido dar datos sobre el particular. Pero, pese a todo, ha sido posible obtener algunos muy significativos, que a continuación exponemos. Según la anglosajona Encyclopedia Chambers, en el epígrafe "Slave Labour" se calcula que, al terminar la guerra, los rusos utilizaron como trabajadores forzosos a unos cinco millones de soldados alemanes, prisioneros de guerra, y a unos tres cuartos de millón de soldados presos de otras nacionalidades, mayormente rumanos e italianos, pero también húngaros, eslovacos, búlgaros y finlandeses. Muy poco se ha vuelto a saber de esos esclavos.

     Las gestiones de la Cruz Roja para localizar, individualmente, a muchos prisioneros de guerra, sobre todo alemanes e italianos, fracasaron por completo. No creemos que los casi seis millones de esclavos perecieran, pero sí es innegable que una parte importante de ellos murió a consecuencia de los malos tratos; y los restantes, dispersados como trabajadores forzosos. Pero no fue sólo la ex-URSS. El Gobierno británico, varios años después del término de la guerra, fue severamente amonestado por la Cruz Roja Internacional, no sólo por utilizar prisioneros de guerra como trabajadores forzosos, sino por tratarlos de forma infrahumana, hasta el extremo de dejarlos morir de inanición y de frío en muchos casos comprobados. Según informes de la Cruz Roja Internacional, un año y medio después del final de la guerra, Inglaterra tenía a 460.000 soldados alemanes trabajando forzosamente para ella. En esa época se calculó que el Gobierno laborista británico ganaba anualmente 250 millones de libras esterlinas con el alquiler de sus esclavos alemanes. Esos esclavos eran, en efecto, PRESTADOS a los agricultores e industriales ingleses por una cifra que oscilaba entre 7,50 y 10 libras por semana.

     La Cruz Roja Internacional desde su sede central en Ginebra condenó el tratamiento de los Aliados a sus prisioneros de guerra, en términos de extremada claridad: "Estados Unidos, Inglaterra y Francia, dos años después del final de la guerra, están violando los Acuerdos de la Cruz Roja Internacional, en su inhumano tratamiento a los prisioneros de guerra, acuerdos que ellos solemnemente firmaron en 1929". Observemos que la nota de la Cruz Roja Internacional no hace alusión a la ex-URSS, que no había firmado tales acuerdos y que nunca reconoció a la Cruz Roja Internacional. El tratamiento de Alemania a los prisioneros de guerra fue, salvo casos aislados, independientes de la voluntad del mando, correcto. Allan Wood, uno de los más populares corresponsales de guerra británicos, escribió en el London Express el 6 de Junio de 1945: "Lo más sorprendente de esta guerra en el Oeste, en lo que se refiere a atrocidades, es su escaso número. Son rarísimos los casos en que he podido constatar que los alemanes no trataran a sus prisioneros de acuerdo con las Convenciones de Ginebra a todos los respectos y las recomendaciones de la Cruz Roja".

     El teniente Newton L. Marguiles, juez del Cuerpo Jurídico del Ejército estadounidense declaró: "Los alemanes, incluso en los momentos de máxima desesperación, trataron a sus prisioneros correctamente y obedecieron la Convención de Ginebra en todos los respectos" (en el Saint Louis Dispatch, el 27 de Abril de 1945). Digamos, de paso, que el teniente Marguiles era judío. La Cruz Roja Estadounidense en 1945 reconoció oficialmente que el 99% de los prisioneros de guerra estadounidenses en Alemania regresaron sanos y salvos a sus hogares (Michael M. MacLaughlin, For Those who Cannot Speak). Los Aliados, pues, no tienen, siquiera, la excusa de haber obrado en plan de represalia contra los prisioneros de guerra alemanes. Utilizaron a esclavos porque les convino y nada más.–





1 comentario:

  1. Sin ser ideólogo de ningún color político y sólo reaccionando como un simple ciudadano del mundo común, me he sentido mal no al enterarme de los atropellos (por decirlo de una forma que no suene brutal ni despiadada), atropellos y mentiras que ya había leído en algunos libros sobre el conflicto. Es lamentable que hayan ocurrido y que no haya habido Tribunales para juzgar a esos criminales de Guerra que nadie se atrevió a tocar (por ser los vencedores logicamente) que son de todos conocidos, pero que de vez en cuando es convedniente recordarlos : Churchill, Roosevelt, después Truman, Stalin, DeGaulle y otros que se me olvidan. Lamentable lo que le pasó al pueblo y Ejército alemán, es triste lo que les sucedió y personalmente creo que los germanos quieren olvidar lo sucedido, por eso lo de las multas si alguien recuerda los símbolos como el saludo romano o la svástica. Sin embargo ellos se dedicaron al fútbol, con los resultados que todos conocemos, campeones mundiales en 1954, 1974, 1990, 2014, habiendo tenido destacadas participaciones en 1958 (3°), 1966 (2°), 1970 (3° creo), 1982, 1986 y 2002 finalista. Que queremos decir con esto, que los teutones canalizaron su aporte a la humanidad, habiendose sobrepuesto a una tragedia como la que hemos visto siguiendo un cauce positivo, en el cual al igual que en el otro son de los mejores. Un pueblo tenaz, serio y trabajador ha surgido también en el ámbito económico en Europa, todo eso habla muy bien del pueblo alemán. Un ejemplo digno de imitar.

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