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martes, 24 de febrero de 2015

Sobre Cervantes, Su Tiempo y el Gnosticismo



     Publicado en 2010 por la revista electrónica LEMIR (de Literatura Española Medieval y del Renacimiento), de la Universidad de Valencia, existe un ensayo del académico chileno Hernán Vidal (1937-2014), que fue profesor del departamento de Estudios Hispánicos y Portugueses, y también iberoamericanos, en la Universidad de Minnesota, que se titula "Don Quijote: Una Lectura Militar y Gnóstica". Dicho ensayo, excepcional dentro de los análisis del autor, orientado más bien a análisis sociológicos desde una perspectiva culturalmente izquierdista, interpreta el texto de Cervantes a la luz de la política del Imperio español de su época y de la situación geopolítica general, reconociendo la poderosa influencia de la historia biográfica en la producción literaria cervantina, perspectiva no asumida en general por la mayoría de los estudios literarios. De este ensayo hemos seleccionado ideas de un par de capítulos, donde se examinan los condicionamientos psicológicos y ciertas claves del gnosticismo presentes en Cervantes y su famoso libro, además de entregar interesantes informaciones eruditas. Creemos que a pesar de su materialismo histórico, valorable sin duda en esta ocasión, el ensayo del señor Vidal es interesante en su totalidad (http://parnaseo.uv.es/Lemir/Estudios/Estudio_Hernan_Vidal.pdf).

Don Quijote: Una Lectura Militar y Gnóstica
(Selección)
por Hernán Vidal, 2010




Psicosis de Guerra
y el Sentido de la Literatura en Cervantes


     ¿Cómo puede organizarse una existencia productiva, según el ideal humanista, de modo que las personas concreten sus mejores disposiciones para contribuír a la sociedad, en medio de un orden político generador de escasez extrema, que quita incentivos a la industriosidad de sus miembros más educados, orden social orientado hacia la guerra total permanente, hacia la autodestrucción sistemática de su base material, con una autoridad gubernamental que se comporta como mafia y promueve comportamientos mafiosos, que se justifica y legitima como campeona de la fe verdadera? La pregunta desnuda una gigantesca hipocresía histórica.

     Para un joven como Cervantes, nacido en 1547, se abrían sólo tres opciones: ordenarse en la Iglesia Católica, servir en la burocracia estatal, o en las fuerzas armadas. En cualquier caso, antes de que esto ocurriera, Cervantes fue un joven de cuestionable rango social, de una familia pobre, en bancarrota constante, desocupado y a la deriva, sin educación universitaria, sin medios conocidos de sustento, probablemente dedicado al juego y con contactos criminales, un ser disponible, dispuesto a acogerse a la protección mafiosa de algún potentado, a servirlo y sacar provecho de las conexiones que pudiera hacer a través de él.

     En la familia de Cervantes ya había antecedentes de este tipo de conexión [Jean Canavaggio, Cervantes, 1990]. Juan de Cervantes, nacido en 1470, abuelo de Miguel, había estudiado leyes en Salamanca, y se había asegurado un puesto de juez menor (teniente de corregidor), protegido por el duque de Sessa y, más tarde, por Diego Hurtado de Mendoza, Duque del Infantado. Se hizo conocido por el maltrato que daba a sus subordinados y por los latrocinios que cometió en su corregimiento. Pero, por sobre todo, a comienzos de la década de 1530 se hizo conocido por haber estafado a los hijos del Duque del Infantado transfiriendo buena parte de la fortuna del padre a la esposa del Duque, una mujer joven con quien éste se había casado en los últimos años de su vejez, quizás ya senil y sin discernimiento. Por ello Juan de Cervantes fue brevemente a la cárcel. La estafa pareció darle buenos réditos puesto que, de allí en adelante, todavía ocupando su cargo a pesar de su felonía, tuvo una vida de opulencia ostentosa, fuera de lo común en su estatus social. Juan de Cervantes alcanzó el pináculo de su carrera como abogado de la Inquisición. En 1538 abandonó a su esposa y a sus hijos, dejándolos en la miseria.

     En ese período no sólo el abuelo Juan de Cervantes es paradigma de conducta para la familia. También está su hija María, tía de Miguel de Cervantes, quien se había amancebado con uno de los hijos del Duque del Infantado. Luego de romper con él por el pleito de los hijos del Duque contra su padre, María obtuvo una compensación alegando haber sido virgen y haber sido preñada por el hijo del Duque y luego abandonada. En un acto de arribismo, después de este incidente María tomó como nombre María Mendoza, para quedar asociada con la genealogía de un noble de alcurnia. Más adelante, las hermanas de Miguel de Cervantes, Andrea, Luisa y Magdalena, obtendrían buenos réditos —y ayudarían a su familia— amancebándose con comerciantes italianos, especuladores y nobles de notoriedad. Constanza, hija de Andrea, haría lo mismo.

     Fuera de cargar con el baldón de ser hijo de un barbero-cirujano, sordo por lo demás, de una familia en constante bancarrota, de un supuesto estatus de hidalguía nunca comprobado, Miguel de Cervantes también cargó con la sospecha de ser judío converso. El régimen de Felipe II usó esta clasificación para excluír a aquéllos de cargos de importancia en la administración pública. Por sus nexos financieros internacionales y sus especulaciones monetarias, se consideraba a los conversos como un riesgo para la seguridad del Estado. Sin embargo, éstos podían sobornar a los notarios para conseguir certificados de pureza de sangre y de antecedentes de probidad personal y familiar. Cervantes nunca completó sus estudios universitarios, otro factor excluyente.

     Escapando de la ley por un cuasi-asesinato en una pendencia, en 1569 Cervantes fue a parar a Roma con una carta de recomendación del duque de Sessa, patrocinador de su abuelo. Para ocupar el cargo de mayordomo en la casa del patricio romano Acquaviva, ungido cardenal a los veintitrés años, Cervantes presentó un certificado notarial falsificado en España por su hermano Rodrigo y un alguacil amigo de la familia y dos comerciantes italianos socios de su padre. El certificado hacía énfasis en su pureza de sangre, no mencionaba el crimen por el que había escapado de España y falsamente le atribuyó servicio militar a partir de 1568. Su servicio para Acquaviva fue breve pero suficiente para conectarse con militares de rango. En 1570 se enroló en el ejército español como arcabucero.

     Como soldado de choque, Cervantes sirvió cuatro años en Italia bajo el mando de don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II. En la batalla de Lepanto (1571) recibió tres balazos, dos en el pecho, y el tercero le destruyó la mano izquierda. Por su heroísmo fue distinguido con la categoría de «soldado aventajado», recibiendo una bonificación especial. A pesar de su debilidad, en 1572 participó en la expedición contra Navarino. En 1573, también bajo el mando de don Juan de Austria, participó en las expediciones contra Túnez, la fortaleza La Goleta y Biserta para controlar la piratería berberisca, recibiendo nuevas bonificaciones.

     Según los usos militares de la época, los hidalgos enrolados, a quienes se llamaba «particulares», recibían consideraciones especiales del alto mando, puesto que los más destacados por su coraje y habilidad guerrera, llamados «soldados aventajados», eran nombrados oficiales de rangos bajos y medios —alféreces (subtenientes), capitanes y maestres de campo (mayores). Por su intelecto superior a la soldadesca originada entre vagos, campesinos y criminales, la oficialidad superior (coroneles, generales) incluía a estos particulares aventajados en su círculo personal.

     Por lo que implica para una lectura militar de Don Quijote, conviene detenerse en lo que don Juan de Austria significó como crítico de la gran estrategia imperial de Felipe II. Además de la experiencia directa de Cervantes en cuanto a la seriedad de los problemas estatales para el mantenimiento de las tropas, a través de su relación con el círculo personal de don Juan de Austria sin duda Cervantes adquirió una visión totalizadora y crítica de la gran estrategia de Felipe II. Veremos que esa capacidad totalizadora de la realidad histórica del momento es de importancia para el entendimiento de Don Quijote.

     En su ideologismo ultra-católico Felipe II enfatizó una recalcitrante política internacional de destrucción de las herejías Protestantes y de la amenaza musulmana montando campañas militares intermitentes, sin llegar hasta sus últimas consecuencias. Por su altísimo costo, estas campañas no podían ser frecuentes. Así es como, luego de la victoria de Lepanto, a don Juan se le impidió continuar hasta destruír las fuerzas musulmanas en su totalidad. Don Juan propiciaba, más bien, tres aproximaciones para evitar el colosal dispendio de recursos: en Noráfrica abogaba por establecer una base geopolítica permanente en Túnez, un reino encabezado por él mismo, que permitiera el control de los corsarios berberiscos a largo plazo y, en el momento apropiado, la destrucción de Argel, su principal base. En cuanto al Norte de Europa, en los Países Bajos, abogaba por separar lo político de lo ideológico para así evitar la obligatoriedad de una guerra a muerte contra los Protestantes, permitiendo un acuerdo político razonable por el que los insurgentes se reconocerían súbditos de los Habsburgo, participarían en el gobierno y se les permitiría practicar su protestantismo, comprometiéndose, sin embargo, a reconocer la primacía de la religión católica. Reconociendo que la principal incitación para la insurgencia en los Países Bajos provenía de Inglaterra, don Juan de Austria proponía asegurar una paz a largo plazo restaurando las buenas relaciones anteriores al ideologismo de Felipe II con la negociación bien de un matrimonio entre don Juan e Isabel de Inglaterra, figura política de gran pragmatismo, o con María Tudor de Escocia, católica, prisionera entonces de Isabel. Don Juan de Austria murió sorpresivamente el 1º de Octubre de 1578, envenenado a instancias de Antonio Pérez, favorito de Felipe II, opositor de las propuestas estratégicas de don Juan.

     Ante la evidencia de que el Mediterráneo perdía énfasis en la política imperial, reduciéndose, por tanto, las posibilidades de avance en su carrera, en 1575 Cervantes se alejó del aparato militar de don Juan en Nápoles, embarcándose hacia España. Sus antecedentes militares y una buena carta de recomendación del duque de Sessa quizás le permitirían conseguir un cargo permanente en la administración estatal. Otra carta de don Juan de Austria avalaba su expectativa de conseguir la capitanía de un contingente con que podría reintegrarse al ejército de don Juan en Italia. La nave en que viajaba fue capturada por corsarios berberiscos en la costa de Cataluña. Cervantes y su hermano menor, Rodrigo, llegaron a Argel y fueron vendidos como esclavos. El proyecto de una vida provechosa en España quedó súbitamente clausurado. El cautiverio de Cervantes en Argel duró cinco años y un mes, período en que se comportó, en general, de acuerdo con las más antiguas tradiciones éticas de conducta profesional de militares capturados por el enemigo: no entregarse voluntariamente, resistir durante el período de prisión, escapar, mantenerse fiel a las ideologías oficiales del Estado, y ser leal a los compañeros de prisión. A su vez, el Estado queda comprometido a prestar a los prisioneros toda ayuda posible y a nunca abandonarlos, compromiso que Felipe II rara vez cumplió; nunca favoreció a Cervantes.

     En el momento de su captura los cautivos sufrían serios quebrantos emocionales, buscando el suicidio o, en su desesperación suprema, entrando en períodos depresivos catatónicos de total abandono de sí mismos. Jurídicamente, en Argel los esclavos cautivos eran considerados «cuerpos muertos» [Mª Antonia Garcés, Cervantes en Argel, 2005]; subjetivamente esto correspondía con el abandono catatónico de sí mismos de muchos prisioneros. Cervantes optó por la resistencia. Rehusó convertirse al islamismo, a pesar de las ventajas que habría ganado por considerárselo un prisionero de notoriedad. Fue activista de los comités de resistencia y apoyo psicológico formados por prisioneros notables, sacerdotes, monjes, magistrados, caballeros y oficiales. Tuvo extraordinario permiso para moverse por Argel y contactarse con otros cautivos, renegados y comerciantes extranjeros. Perteneció a grupos de literatos que se leían y se comentaban sus poemas. Estos grupos sirvieron de apoyo psíquico, y los poemas, religiosos en su mayoría, sirvieron de consuelo y refuerzo espiritual.

     Entre 1576 y 1579 Cervantes organizó dos escapatorias por tierra hacia Orán y dos escapatorias por mar, una de ellas dirigida por su hermano Rodrigo desde Cataluña. Además de la complejidad de los contactos externos para las fugas, éstas incluían entre 6 y 60 cautivos, lo que requirió una gran organización política y logística. Luego del fracaso de todas ellas, Cervantes se arrogó la responsabilidad total del delito para proteger a las personas comprometidas. A pesar de que la pena de muerte era indefectible para los intentos de fuga, en cada ocasión se le perdonó la vida, pero fue torturado, aherrojado, sometido a falsas ejecuciones y puesto en encierro solitario por lo menos once meses.

     En sus actividades de resistencia los prisioneros necesitaban obtener privilegios de las autoridades de las prisiones para camuflarlas, adormilar la atención de los vigilantes y asegurar tanto los instrumentos como el tiempo libre necesarios para planear la resistencia y llevarla a cabo sub-repticiamente. Esto implicaba conectarse, de algún modo, con la política turco-berberisca interna y explotar sus rivalidades y conflictos. Esta política estaba fuertemente marcada por las riñas y los favoritismos homosexuales y la bisexualidad [Garcés]. Canavaggio muestra que las estrategias usadas en Argel abrieron pugnas entre los grupos de cautivos. En cuanto a Cervantes, al parecer su estrategia fue doble: en contravención de todo código de ética militar, sirvió de informante contra grupos rivales de cautivos; también cultivó una relación homosexual con Hasan Pachá que le dio el tiempo libre para su activismo y lo eximió de la pena de muerte después de los intentos de fuga. Canavaggio sugiere que la experiencia de este arreglo homosexual influyó sobre el comportamiento sexual de Cervantes en España, después de recuperada su libertad.

     El retorno de Cervantes fue complicado cuando en Octubre de 1580 Juan Blanco de Paz, comisionado de la Inquisición, cautivo rival de Cervantes en Argel, montó un sumario oficial sobre la homosexualidad de Cervantes, en el que fue exonerado (Canavaggio, p. 95). La exoneración se basó en un documento notariado, titulado Información de Argel, que Cervantes presentó para certificar que su conducta en el cautiverio había correspondido a las exigencias éticas de la ideología imperial. Este tipo de documento era requisito burocrático para la reintegración a España. Correspondía a las respuestas a veinticinco preguntas formuladas por Cervantes en preparación a su partida de Argel, suministradas por un fraile trinitario negociador de rescates a doce testigos favorables. Obviamente, las respuestas de testigos especialmente seleccionados no podían estar orientadas a mostrar sin más la verdad de los hechos; sin duda harían énfasis en los aspectos positivos de su carácter, de su conducta, estrechamente relacionados con lo militar.

     Se trata, por tanto, de un Cervantes preocupado de modular su imagen pública. Para ello, en ese momento exalta su personalidad como militar. Más tarde buscará integrar lo literario. La literatura asumirá una función terapéutica desde la que intentará equilibrar el sentido de la historia de la época entendiéndola críticamente en relación con las penurias físicas y espirituales sufridas en su carrera y el caos social de España. Habrá que explorar el modo en que gravitan, además, todas aquellas claudicaciones éticas en que Cervantes incurrió en España, las que a primera vista quedan difusas u ocultas en la literatura biográfica. Para ello es de máxima importancia considerar que, luego de Lepanto, durante su cautiverio en Argel y su retorno a España, Cervantes fue una persona profundamente traumatizada, aquejada por una psicosis de guerra.

     Ya estaba seriamente debilitado por fiebres nunca identificadas en términos médicos modernos en el momento de entrar en combate en Lepanto; recibió dos balazos en el pecho y perdió la mano izquierda; recibió los cuidados médicos de la época en Mesina, en hospitales ya entonces considerados como pocilgas insalubres; entró en servicio activo nuevamente un año después —con pocas probabilidades de haberse recuperado del todo— y combatió en Navarino y Noráfrica el año siguiente (1573), volviendo, por tanto, a las condiciones infectas de las naves de combate. En el cautiverio de Argel fue torturado, aislado por largos períodos, y vivió bajo la posibilidad de muerte por sus actividades de resistencia; dado su profundo orgullo por sus servicios militares, sin duda se sintió traicionado por una autoridad Real nunca preocupada por liberarlo. Aunque su arreglo homosexual con Hasan Pachá haya sido nada más que un oportunismo instrumental común en la vida en prisión, sin duda le causó un cuestionamiento íntimo; en todo caso, el conocimiento público de esta relación homosexual se agregaría a la mancha de su origen de judío converso; por último, su llegada a España en 1580 haría del todo concreta la significación para su carrera de la muerte de don Juan de Austria en 1578, de la que ya habría tenido noticias en Argel.

     Cervantes padeció de un síndrome de tensiones post-traumáticas iniciado por la extrema debilidad en que entró en combate en Lepanto, la violencia del combate, las heridas y la mutilación. El trauma se traduce en el recuerdo y persistencia indeseada e incontrolable de imágenes asociadas con los hechos traumáticos —ya sea en vigilia o en sueños extraordinariamente apremiantes—, imágenes gatilladas por algún suceso de la cotidianeidad, especialmente en los aniversarios de los sucesos traumáticos o por asociación con contingencias relevantes de la cotidianeidad o de la política nacional. Garcés ha llamado la atención sobre la recurrencia de las imágenes del período más traumático de Cervantes en Argel en buena parte de su obra. Los afectados equilibran su comportamiento diario «enquistando» estas imágenes, es decir, relegándolas a una zona de olvido en el inconsciente y aislándolas con una densa trama simbólica y analógica. Sin duda, los sucesos de la captura por los corsarios berberiscos y el cautiverio en Argel, la falta de lealtad y abandono del Estado y la Corona para con un soldado de comportamiento ejemplar y, más tarde, la pérdida de una figura protectora como don Juan de Austria, agravaron los síntomas generales con el paso de los años.

     Una asunción disfuncional de una mutilación recibida en combate es causante de «dolores fantasmas», fuertes y debilitadores, en una extremidad que ya no existe. Estos dolores complican aún más las tensiones traumáticas, prolongándolas indefinidamente, reforzando y acentuando la persistencia de las imágenes traumáticas. Ciertamente la mutilación equivale a la pérdida de habilidades y talentos que antes enorgullecían, y a la pérdida de una figura corporal que permitía una aceptabilidad en diferentes espacios sociales. Sobreviene una sensación de cargar con un cuerpo y una personalidad denigradas. Se pierde la confianza tanto de mantener las relaciones humanas ya existentes, especialmente las familiares, como de cultivar relaciones nuevas. Se duda de la capacidad de atraer sexualmente, problema que en Cervantes quizás haya agravado las consecuencias psicológicas de los episodios homosexuales en Argel. Cervantes equilibraba esta pérdida con la sobrevaloración de sus logros militares y la supuesta recompensa que debía corresponderle con el retorno a España. No obstante, esta expectativa era infundada. Ya largo tiempo antes la soldadesca retornada del extranjero había tomado una pésima imagen pública. Como cuerpo corporativo formado por cantidades de criminales, los soldados tendían a comportarse en territorio español como tropas de ocupación, extorsionando, robando y hostilizando a los ciudadanos, desconociendo e insultando a la autoridad. Su imagen pública tenía un estatus similar al de la delincuencia organizada.

     El concepto de rehabilitación, característico del industrialismo de las últimas décadas del siglo XIX, que concebía a los individuos como capital productivo que puede re-entrenarse periódicamente para volver a cumplir funciones en mejores condiciones u ocupar nuevos trabajos, era impensable en la España del siglo XVI, con su colosal derroche de vidas humanas. A su retorno a España, los soldados traumatizados en las guerras imperiales eran del todo redundantes para la economía nacional. Volvían para engrosar las multitudes de pícaros, vagos, tahúres, explotadores de prostitutas, estafadores, falsificadores y criminales en las grandes ciudades, las poblaciones de las prisiones y las bandas de asaltantes en las zonas rurales. La asistencia terapéutica informal que personas de experiencia similar pudieran dar a traumatizados como Cervantes más bien se encontraría en lugares de reunión del mundo de los marginados, los pícaros, a los que Cervantes concurrió por su estilo de vida: plazas y cortijos de reunión de la delincuencia, tabernas, casas de juego, prostíbulos, posadas de mala muerte, corrales teatrales, hospitales, prisiones.

     Dado el talento específico de Cervantes, cabe señalar que el gran valor terapéutico de la literatura está en incitar a la persona traumatizada a que exteriorice y reflexione sobre el sentido de las experiencias que la afectan. El individuo tiene la oportunidad de reflexionar sistemáticamente sobre la secuencia y relevancia de los sucesos que provocaron el trauma y la pertinencia de los símbolos y metáforas con que los ha dotado y asociado emocionalmente. Recuperar la sanidad mental no significa que el trauma pierda gravitación en la vida de la persona. Más bien implica una elaboración imaginativa de este material, de manera que el traumatizado se distancie críticamente de los sucesos y etapas de los sucesos para superar el apabullamiento emocional primero y desarrolle después un discernimiento calmo en cuanto a la propiedad de las interpretaciones que ha hecho hasta entonces y reconozca alternativas interpretativas que le permitan continuar con una paz razonable sus relaciones personales y la productividad de sus talentos, sin las alteraciones patológicas de la conducta que lo han afectado hasta entonces.

     En los datos biográficos que aportan Canavaggio y Garcés hay evidencia de todo esto. En un período de cinco años después de su retorno del cautiverio, Cervantes se preocupó especialmente de la poesía pastoril y del teatro. Esto lo llevó a la composición de La Galatea. Ya en su formato estructural —la selección de un lugar ameno en la Naturaleza para que seres dolientes expresen y se comuniquen sus cuitas amorosas— la poesía pastoril implica la búsqueda de espacios públicos especiales en que las personas puedan recabar solidaridades humanas. En Cervantes la poesía pastoril podría entenderse como lamento por la carencia de una esfera pública real para exponer sensibilidades solidarias de importancia colectiva. Esto puede proyectarse a todas las obras de Cervantes.

     Las dos obras teatrales conocidas de ese período, El Trato de Argel y El Cerco de Numancia, revelan la voluntad primera de dar orden y sentido a los sucesos de su trauma. La tensión dramática de El Trato de Argel revisa experiencias colectivas similares a las del cautiverio de Cervantes y sus esperanzas de fuga y rescate. Se las ubica en un contexto de realismo sociológico en cuanto a la organización social de Argel y la política internacional de Felipe II. Son cuatro las progresiones dramáticas que se muestran sobre la base de este realismo: Felipe II ha traicionado a los cautivos; las familias son separadas por la venta de algún miembro como esclavo; los muchachos quedan expuestos a la apostasía y a la homosexualidad a que los someterán sus amos; y, algunos cristianos están dispuestos a fingir la conversión al Islam para terminar con privaciones extremas. Dentro de este esquema sociológico se inserta un conflicto amoroso que intenta dinamizar la acción dramática de la obra.

     Aunque no queda claramente explicitado, la mayor esperanza de liberación de los cautivos estaba en los rumores de una gran expedición de Felipe II contra Argel. No obstante, la expedición había sido montada para que el rey asumiera la monarquía de Portugal. A través del personaje de apellido Saavedra, desde las primeras escenas hay una crítica a la indecisión de Felipe II en cuanto al imperativo de destruír el poder de los corsarios bereberes. Esto contrastaba con la resolución que había tenido su padre, Carlos V, que en 1541 había lanzado una expedición, aunque fracasada. Más adelante (Jornada 3ª) se expresa un lamento por la muerte de don Juan de Austria e, indirectamente, el fin de su proyecto político y el empantanamiento de España en las guerras de los Países Bajos.

     Mientras tanto, los cautivos sufren terribles tormentos en Argel. Hay, por tanto, una denuncia contra Felipe II en cuanto no cumple el compromiso fundamental del Estado en la ética militar: hacer todo lo posible en ayuda de sus soldados capturados por el enemigo. La acusación es extremadamente grave —tácitamente se culpa a Felipe II de traición. Sólo Dios ampara a los cautivos, como lo sugiere el incidente del león que guía a un prófugo hacia Orán. La traición de Felipe II pende como destino trágico sobre los personajes. Pero en medio de su indefensión, en un esquema de contradicciones, éstos muestran la tendencia normal de los humanos a la solidaridad en el amor. El amor entre amos y cautivos supera la relación de seres humanos como «cosas muertas». No obstante, la solidaridad humana resulta improcedente por la inflexibilidad del ultra-catolicismo imperial que no considera que la insatisfacción de las necesidades materiales y espirituales más fundamentales denigra a las personas. Esto obliga a los prisioneros españoles a terribles sacrificios para no ser sospechados de apostasía. La obra termina con un evidente insulto a Felipe II.

     Queda validada la suposición de Canavaggio en cuanto a que, mediante un esquema estético, Cervantes transporta su experiencia personal hacia una crítica de la política internacional de Felipe II. Según Canavaggio, Cervantes es el único dramaturgo del momento que selecciona elementos de su experiencia personal para conectarlos directamente con una evaluación de la política imperial. Se podría agregar que esto llega al extremo en que los factores históricos externos son más importantes para la inteligibilidad del texto que las relaciones simbólicas internas. La acción dramática de El Trato de Argel carece de ilación, más bien parece un catálogo de frustraciones y denuncias que hacen cuestionable su teatralidad práctica. Según la perspectiva que propongo, el trauma todavía no del todo elaborado por Cervantes parece ser lo que dificulta una visión más clara de la conexión estética de la experiencia personal con la historia española del momento.

     Por el contrario, en El Cerco de Numancia, se plantea una desconstrucción radical de la ideología imperial, correlato de una mayor sanidad mental en Cervantes. La historia de Numancia como suicidio colectivo de toda una comunidad de miles de personas en 133 a.C. se convirtió en mito de exaltación del derecho a la libertad de los pueblos. No es difícil asociar este mito con el «dulce et decorum est pro patria mori». No obstante, como hecho sociológico, el suicidio ha sido considerado como una forma de patología social —una anomia— por la que los individuos terminan con sus vidas ante el colapso de las normas rectoras de la conducta colectiva [Robert K. Merton, Social Structure and Anomie, 1938]. Por ello es que los códigos de conducta militar en primera instancia condenan el suicidio como una forma de deserción ante el enemigo. El prisionero debe conservar la vida para continuar la lucha, obligando al enemigo a consumir recursos y usar personal en la custodia que de otra manera serían usados contra las fuerzas propias.

     Explorar la dimensión anómica del mito de Numancia es lo que permite conectar directamente la situación personal de Cervantes con su propuesta política a través de una supuesta tragedia. Como se sabe, el suicidio es frecuente en las personas que sufren de depresión. Sin duda esta ideación habrá afectado al autor como para elevar, a través de una obra dramática, una situación límite existencial a la categoría de problema estético. En El Cerco de Numancia el desconstruccionismo radical de Cervantes está en el desacoplamiento de los intereses imperiales de los Habsburgo (el Sacro Imperio Romano) de los intereses específicos de España como nación. En la obra de Cervantes, Numancia es España, nación al parecer admirable porque prefiere suicidarse colectivamente antes que someterse al Imperio (romano).

     La obra puede dividirse en dos unidades de significación. La primera —Jornadas 1ª y 2ª— expone el enfrentamiento de liderazgos políticos de profunda inflexibilidad ideológica, incapaces de negociar un acomodamiento mutuo. Cipión, el general romano, confunde los problemas acarreados por la alarmante relajación de la disciplina de su tropa con su deber y misión como diplomático-militar encargado de negociar la integridad territorial del Imperio romano y la productividad de sus colonias. El alcohol y los excesos sexuales han debilitado la disciplina y combatividad de sus tropas. Esto lleva a Cipión a corregir la situación con una demanda de simplismo absurdo que, al endurecerse, hará que el combate sea inevitable: los numantinos deben rendirse de inmediato o ser destruídos. Con su demanda Cipión deja de lado, caprichosamente, dos imperativos militares: por una parte, en términos estratégicos generales, la guerra es recurso de última instancia, ya que debe predominar la diplomacia como solución de conflictos; por otra, es un dato histórico que la política de Roma buscaba precisamente el predominio de la diplomacia asegurando la sumisión y lealtad de los pueblos que integraba al Imperio, dándoles garantías de prosperidad y grandes honores y riquezas a sus líderes.

     Cipión comete la negligencia extrema de liquidar todo un hábitat humano innecesariamente, toda una fuerza de trabajo utilizable a largo plazo, y todo un entorno productivo simplemente por arrogancia y por terminar con un problema de disciplina militar entre sus tropas, solucionable por otros medios. Los negociadores numantinos, por su parte, padecen de una inflexibilidad ideológica de insanía similar a la romana cuando aceptan precisamente la dualidad simplista de Cipión. La diferencia está en que los líderes numantinos, con una arrogancia insana, son los que eligen destruír a su pueblo por mano propia, en un enfrentamiento desproporcionado que nunca debió darse: 3.000 soldados numantinos contra una fuerza romana de 80.000.

     La segunda unidad de significación de El Cerco de Numancia —Jornadas 3ª y 4ª— hace énfasis especial en las opciones equivocadas que los numantinos ven ante una situación desesperada. Estas opciones o bien denigran a las personas o su costo las hace disfuncionales. En esta segunda unidad Cervantes desconstruye el mito nacionalista de Numancia. El Senado numantino ordena que prisioneros romanos sean descuartizados para alimentar a la población. Madres se mutilan para alimentar a sus hijos. Padres asesinan a su familia para evitarles mayores sufrimientos. Para alimentar a una mujer amada, en la incursión a un campamento romano, amigos se sacrifican inútilmente para robar mendrugos de pan incomibles porque han absorbido sangre. Los seres humanos retroceden a estadios de animalidad supuestamente superados hace miles de años. Pero, por sobre todo, esta segunda unidad comprueba una sospecha ineludible: no hay lógica social que permita aceptar que todo un pueblo tenga tal cohesión ideológica como para atentar contra uno de los impulsos fundamentales de toda especie: conservar la vida. Tampoco corresponde al criterio de necesidad militar que prohíbe la destrucción innecesaria de recursos materiales y humanos. Descubrimos que son los esbirros del Estado bajo órdenes del Senado numantino los que perpetran la masacre, cazando a personas que escapan enloquecidas. Esto expone un hecho oculto en la mitificación nacionalista de Numancia: el gobierno de la ciudad es una dictadura inhumana.

     La segunda unidad de El Cerco de Numancia sugiere, además, una relación complementaria entre el escenario y los espectadores en el teatro de la época, si es que la obra fue representada. Ese registro de opciones de los numantinos ante el asedio romano no podía sino generar discusiones en el público. ¿Fueron explotadas por activistas disidentes? Así expuesto el conflicto dramático de El Cerco de Numancia, los términos analógicos con la gran estrategia imperial de los Habsburgos son evidentes: España se ha auto-destruído al quedar enganchada a la inflexibilidad ideológica de la gran estrategia imperial de Felipe II. Arrastrada por una inflexibilidad ideológica similar, España careció de una jefatura nacional capaz de limitar pragmáticamente el costo de la unión al proyecto imperial. Sin duda en esto hay ecos de la crítica de don Juan de Austria a la política internacional de Felipe II. Según la interpretación que propongo, El Cerco de Numancia ya no puede entenderse como tragedia, sino como parodia de tragedia. Esto roba de toda magnificencia al drama de la decadencia de España. El drama queda reducido simplemente a un asunto de desorientación, de disfuncionalidad ideológica e incompetencia burocrática de la autoridad imperial. Aquí reside el sentido del suicidio como temática del colapso de las normas ideológicas imperantes. Creo que con esto ya tenemos las claves fundamentales para una lectura militar de Don Quijote. No obstante, estimo necesario acopiar más datos biográficos en cuanto a la continuidad de la psicosis de guerra de Cervantes.

     Además de ese episodio de creatividad teatral, también entre 1580 y 1585 Cervantes entró en una seria depresión. A poco de su vuelta a España, Cervantes descubrió el escaso valor que tenía su servicio militar. No logró una entrevista con Felipe II, se le negó su petición de un cargo permanente en América o España; a lo sumo consiguió una corta comisión de servicio en Orán entre Mayo y Junio de 1581. Sus padres estaban separados y en la miseria. Su padre, Rodrigo, padecía evidentes síntomas de depresión. Sus hermanas Andrea, Luisa y Magdalena continuaban explotando su semi-prostitución. Cervantes no podía darles la ayuda que merecían por sus esfuerzos para rescatarlo de Argel. Instalado en Madrid, durante 1583 hizo contactos psicológicamente compensatorios con poetas líricos de notoriedad —Pedro Laínez, Gálvez de Montalvo, Pedro de Padilla, Juan Rufo, Luis de Vargas Manrique, Gabriel López de Maldonado, Lucas Gracián Dantisco. Con ellos vivió una intensa bohemia de la que resultó una relación adúltera iniciada en 1584 con Ana Franca, mujer casada, dueña de una taberna. Fue una relación que en la época merecía la pena de muerte. Cervantes no se preocupó de mantenerla, aunque de ella nació una hija, Isabel, por largo tiempo no reconocida, quien adoptó el apellido Saavedra. Bajo el estímulo de su círculo literario Cervantes escribió la primera parte de La Galatea. En 1584 firmó contrato de publicación y la obra apareció en 1585. También en 1585 firmó un contrato para escribir dramas que nunca entregó. De este período sólo quedan los textos de El Trato de Argel y El Cerco de Numancia.

     La creatividad literaria, la intuición ya más certera del sentido de la historia de España y el reconocimiento intelectual de sus pares dan a entender que Cervantes se acercaba a un equilibrio de su situación psicológica. Esto parece confirmarse con el matrimonio pactado en 1584 en Esquivias con Catalina de Palacios, hija de una familia de judíos conversos, mujer de veinte años que conociera durante su relación con Ana Franca. Catalina era viuda reciente, madre de dos niños, heredera de casas y tierras cargadas de deudas. El matrimonio fue un trato doloso en que el padre de Catalina ocultó las deudas y Cervantes ostentó un falso potencial de bienestar como guerrero de fama reconocida. En Esquivias, ciudad con un tercio de habitantes hidalgos, a diez leguas de Madrid, quizás Cervantes encontraría la comodidad, la vida social y la paz para reponer su salud y escribir. Sin embargo, agobiaron a Cervantes el tedio de las rutinas diarias y el manejo de las deudas del patrimonio matrimonial y de la familia Palacios. Su padre murió en 1585, deprimido y en la miseria. Cervantes dejó de escribir sostenidamente, y sólo produjo tres sonetos publicados en 1587. Comenzó a alejarse del hogar para estar en Madrid con sus amigos literatos, libreros y actores y continuar las francachelas. No mostró deseos de paternidad. Más tarde extendió la distancia de sus viajes con excursiones de negocios no aclarados a Toledo y luego a Sevilla. Dados los antecedentes de Cervantes, se trata de escapatorias atribuíbles a un ciclo depresivo.

     Después de veintiocho meses de cohabitación inconstante con su esposa, Cervantes se instaló definitivamente en Sevilla en 1587. Según Canavaggio, Cervantes cedió ante «sus ansiedades, sus demonios» (p. 140). Cervantes se trasladó a Sevilla para aprovechar la decisión de Felipe II en cuanto a invadir Inglaterra. Para ello se formaría la Gran Armada. En Abril de 1587 el rey nombró comisionado general a Antonio de Guevara, miembro de su Consejo de Gobierno, para reunir los recursos financieros, los pertrechos militares y las vituallas necesarias para la invasión. Guevara ordenó a su ayudante Diego de Valdivia que instalara cuarteles en Sevilla para estos propósitos y reclutara a la multitud de comisionados secundarios para los procuramientos necesarios. Cervantes fue contratado por la mafia de Guevara según los acostumbrados pagos dolosos del Estado, viáticos muy pequeños, apenas para mantener a los individuos en funciones (no pagados si se podía evitar), con la promesa (incierta) de pagos periódicos del grueso de las sumas inicialmente contratadas. Así, Cervantes retornó a un modo de vida similar al de sus años de soldado en Italia: una vida desordenada y despreocupada en cuanto a residencia, rutinas diarias, relaciones familiares y amorosas, viajes frecuentes de por lo menos ocho o nueve leguas diarias a través de Andalucía y luego de La Mancha. Finalmente sus antecedentes militares se hacían funcionales puesto que las comisiones de procuramiento eran un trabajo peligroso. Hay una ironía extrema en su nuevo trabajo: el heroísmo que demostrara en combate contra los otomanos ahora es empleado en una especie de guerra interna en España para extorsionar a empresarios y agricultores.

     Cervantes trabajó siete años como procurador de alimentos para el aparato militar español. Así pudo presenciar de primera mano la colosal incompetencia y arbitrariedad de la burocracia estatal no sólo en el procuramiento sino también en el mal almacenamiento de lo requisado, causante de pérdidas gigantescas, y en la entrega fraudulenta de alimentos a los barcos y a las tropas [Canavaggio, pp. 148, 150]. Como comisionado mal y rara vez pagado, Cervantes tuvo que servir crasamente de extorsionador de agricultores que por sus productos recibían sólo notas promisorias de pago futuro cuando ya en ocasiones anteriores habían sido obligados a recibir otras notas promisorias todavía impagas. Cervantes actuaba solo en la identificación y ubicación de los alimentos requisables, sin duda usando a espías pagados, y echando mano de la fuerza pública para forzar las entregas. Cervantes quedó expuesto a toda clase de peligros y acusaciones ante una justicia orientada por la Corona a desconfiar de todo funcionario encargado de recaudos y pagos fiscales. La situación del comisionado Cervantes —mal y rara vez pagado, en peligro constante, sin duda obligado a pagos a la mafia de Guevara— no podía sino predisponerlo al latrocinio administrativo. En Ecijas —lugar en que tuvo las mayores resistencias y la acusación judicial más dañina— llegó a un acuerdo con los agricultores para requisarles sólo la mitad del cupo que les correspondía. En una torpe maniobra que Cervantes, extrañamente, aceptó, los agricultores lo comisionaron privadamente para que recolectara los impuestos que ellos mismos debían a la Tesorería.

     En 1590 se inició una investigación de los manejos del comisionado general Antonio de Guevara por sospecha de ganancias ilícitas, sumario que afectó a toda su mafia. Los tratos de Cervantes fueron cuestionados. Guevara murió en Septiembre de 1592, antes de que se conocieran los resultados de la investigación en su contra. No obstante, su asistente Benito de Meno y cuatro de sus asistentes fueron ejecutados. Cervantes fue brevemente encarcelado y liberado por intervención de Pedro de Insunza, reemplazante de Antonio de Guevara como comisionado general, quien, a su vez, también fue sumariado. La mafia de Guevara fue clausurada definitivamente en 1594 y Cervantes quedó desempleado. Leonor, su madre, quien más esfuerzos había hecho por rescatarlo de Argel, murió ese mismo año.

     Desempleado, Cervantes volvió a Madrid, no a su esposa en Esquivias. En Octubre recibió otra comisión de riesgo: cobrar 2.000.000 de maravedíes en impuestos atrasados en Granada y sus alrededores. Simón Freire, banquero sevillano a quien entregó en resguardo 130.000 maravedíes luego de meses de trabajo de recolección resultó ser un riesgo imprevisto. En el momento que debía entregar esta suma a la Tesorería Real, Cervantes descubrió que Freire se había declarado en bancarrota y había escapado con una fuerte suma de depósitos. Después de meses de pleito, Cervantes recuperó el dinero, lo entregó a la Tesorería, pero no presentó el informe requerido por reglamentos. Además de esta irregularidad, sus cobros ya con anterioridad habían quedado bajo sospecha, dado que el dinero provenía del pueblo Vélez Málaga, donde los deudores habían presentado evidencia de haber pagado con anterioridad a la cobranza de Cervantes. Felipe II mismo había intervenido para exigir el pago. Pero Cervantes hizo un acuerdo con los deudores para que pagaran sólo una mitad de sus deudas, 80.000 maravedíes. En 1597 el caso fue entregado a un juez que exigió el pago de la totalidad del monto que Cervantes debía recolectar en toda la región, 2.500.000 maravedíes. Cervantes fue encerrado indefinidamente en la cárcel de Sevilla. Felipe II intervino el 1º de Diciembre de 1597 ordenando que se lo liberara, cumplimiento que el juez caprichosamente dilató varios meses. Cervantes dejó la cárcel en Abril de 1598, sin duda con contactos y conocimientos mucho más profundizados de la organización de la delincuencia española.

     Según muestra Elizabeth Perry [Crime and Society in Early Modern Seville, 1980], los límites diferenciadores de la institucionalidad oficial y la criminal eran porosos, intercomunicados y complementarios. Se trataba de poderes que convivían paralelamente. El mundo de los asesinos, ladrones, prostitutas, explotadores de prostitutas, regentes de prostíbulos y de casas de juego, tahúres, falsificadores, asesinos, mendigos sin permiso de las municipalidades, vendedores callejeros, niños vagos y ancianos abandonados, comerciantes ocultadores y compradores/ vendedores de objetos robados, estaba regulado por cofradías que implementaban estrictos códigos de pertenencia, de conducta y delimitaciones territoriales de ejercicio de un oficio criminal y entrenamiento. Configuraban una subcultura jerarquizada con gran capacidad de integración de una población redundante que nunca tendría un lugar en la economía oficial. Funcionarios de aduanas que contrabandeaban o robaban las mercancías depositadas en sus bodegas fácilmente encontraban criminales para agenciar su distribución y venta. Nobles y comerciantes poderosos encontraban asesinos para despachar a adversarios inconvenientes. Los alguaciles cobraban parte del dinero recolectado por criminales en su zona o informaban de hogares y oficinas para ser robados. Había notarios deseosos de extender certificados llenos de datos falsos, y abogados que hacían negocios con los guardias de prisión para esquilmar a prisioneros desesperados por recuperar su libertad.

     Despachando documentos legales, letrados como Cervantes en las prisiones podían hacer fortunas que jamás harían en un cargo público regular, y frecuentemente rehusaban abandonar las cárceles. En un territorio ambiguo entre la ley y el crimen, en las prisiones se podían encontrar los socios para las empresas más extraordinarias, cuestionables y lucrativas. Resulta sugerente que, después de años de abandono de la literatura, Cervantes haya vuelto a escribir a partir de su prisión en Sevilla. Canavaggio indica que allí se gestó Don Quijote, obra que totaliza su experiencia personal en cuanto a su entendimiento paródico de la historia española y el acomodamiento estético para plasmarlo. Puede especularse que haber captado desde el interior de la delincuencia la porosidad de los límites entre el mundo oficial y el criminal haya sido el pivote de esa totalización paródica. Como veremos más adelante, es imposible que la intimidad de Cervantes con la delincuencia no haya gravitado crucialmente en su vida de allí en adelante, hasta su muerte en 1616, ya que abandonó toda expectativa de obtener un cargo burocrático regular y no tuvo medios de sustento conocidos. De vez en cuando, sin embargo, aparecía en posesión de sumas de dinero respetables. La experiencia en la prisión de Sevilla completó las lacras dejadas en su reputación por los turbios manejos de Vélez Málaga y su asociación con la mafia de Antonio de Guevara.

     Años después, alejado de toda comisión estatal, la justicia continuó cobrándole los fondos malversados. Por esto, en 1601 parece haber sido encarcelado otra vez. No se sabe mucho de la vida de Cervantes entre 1600 y 1604. Viajó entre Madrid y Toledo. Importunado por sus deudas, en su desempleo se acercó nuevamente a su esposa Catalina, quien a la muerte de su padre y madre había recibido una herencia modesta. Hizo visitas frecuentes a Esquivias, sin duda para usar algo de la paz que años antes había abandonado para entregarse al desorden de vida y la violencia de su cargo de comisionado. En Esquivias su situación mejoró con un pequeño legado que le dejara un cuñado.

     Hacia 1602 Cervantes estaba dedicado de lleno al manuscrito de Don Quijote. Trasladó su residencia a Madrid y luego a Valladolid, cuando Felipe III mudó la Corte a esa ciudad. Allí reanudó su interés por el teatro y por los círculos literarios, conectándose con Quevedo, Góngora y Lope de Vega.

     En Valladolid Cervantes se instaló con su esposa, hermanas, su hija Isabel (a quien había reconocido legalmente) y su sobrina Constanza (quien ya había adoptado la semi-prostitución de su madre, Andrea). Vivieron en un piso de una casa miserable, de pésima reputación, residencia de criminales, conocida como lugar de negocios ilegales, ubicada en Rastro de los Carneros, sección de los bajos fondos. Allí la familia de Cervantes recibía visitas de día y noche, especialmente Isabel, que causaban comentarios y murmullos entre los vecinos. Cervantes era frecuentador de las casas de juego y socio de especuladores conocidos en los bajos fondos por su eficiencia, Agustín Raggio, comerciante italiano, y Simón Méndez, financiero portugués de origen judío. Cervantes se había conectado con ellos en sus años de comisionado. En un inocente comentario, Canavaggio comenta que «Así vuelve a emerger todo un mundo de figuras dudosas con quien había tratado durante sus años en Andalucía, mundo que continuaba ejerciendo una extraña influencia sobre Cervantes» (p. 225).

     El 27 de Junio de 1605 un militar de notoriedad, Gaspar de Ezpeleta, hijo de una familia principal, hombre de conducta disoluta, fue asaltado y herido de gravedad en Rastro de Carneros, a corta distancia del domicilio de Cervantes. Magdalena, hermana de Cervantes, lo recibió y cuidó hasta su muerte días después. Aunque la causa del homicidio podía atribuírse a un amorío adúltero de Ezpeleta con una vecina del barrio, atraído por la gran notoriedad criminal de los habitantes del edificio, el juez sumariante concentró la investigación únicamente sobre la familia de Cervantes, personalmente ocultó evidencia y no llamó a declarar a un testigo que habría podido identificar al asaltante de Ezpeleta. Ante la justicia, Cervantes era un criminal de notoriedad.

     No sólo Cervantes, sus mujeres y sus socios atrajeron la atención del juez; también lo atrajeron los habitantes de la casa visitados con frecuencia por los Duques de Pastrana y Maqueda, individuos criminales. La investigación reveló, además, que Andrea, hermana de Cervantes, se había casado secretamente con un individuo misterioso, Santi Ambrosio, y que, también secretamente, había enviudado (¿sin conocimiento de su familia?). El juez instructor encarceló brevemente a Cervantes, a su hija Isabel, mantenida de Simón Méndez, y a Andrea. Quedaron libres después de 48 horas, pero fueron confinados a un arresto domiciliario. Simón Méndez fue desterrado de Valladolid. El sumario por el asesinato de Gaspar de Ezpeleta fue cerrado el 18 de Julio de 1605. La primera parte de El Quijote apareció en 1605 y tuvo éxito inmediato.


* * * *

     (...) Propongo que la estructura de Don Quijote se articula sobre una matriz de mitos gnósticos afines al nihilismo con que Cervantes concibe la historia española. Se ha insistido en que Cervantes no fue un «genio lego», que estuvo al tanto de las corrientes intelectuales europeas de los siglos XVI e inicios del XVII. Si esto es así, ¿por qué Cervantes no habría de estar al tanto y usado el Gnosticismo proveniente de Alejandría que el neoplatonismo italiano difundió por toda Europa? El Gnosticismo impactó en la astrología, la astronomía, la alquimia, la química, la medicina, la farmacología, las matemáticas, la geometría, la religión y la magia de la época, influyendo en la creación de los paradigmas que más tarde originaron la ciencia moderna. ¿Por qué contentarse, entonces, con el criterio católico conservador de que la heterodoxia de Cervantes fue limitada, que no fue más allá de convertirlo en un cristiano erasmista?. (...)



Don Quijote:
Sátira Gnóstica de la Historia de España


     Con la aparición de Don Quijote convergen factores contradictorios en la vida de Cervantes: la expresión óptima de su talento poético; la capacidad de narrar su intuición más profunda del sentido de la historia española; el logro, por tanto, de una paz razonable ante el trauma mental que afectó su vida; la conciencia de su corrupción personal y de su familia, así como haber encontrado en la criminalidad el modo de vida más eficiente y placentero para vivir en una sociedad corrupta y destructiva; y la ironía de que su fama literaria coincide con su imagen pública de inmoralidad y criminalidad.

     Comprender el modo en que esto pudo condicionar la visión de mundo en Don Quijote obliga al crítico literario a desempacar este haz de contradicciones sin desmembrarlas de la totalidad de sus relaciones y sin perder de vista la coexistencia simultánea de sus elementos. Soluciono este imperativo explorando la evidente matriz gnóstica con que fue estructurada la novela. En cuanto al origen de esta matriz, llamo la atención sobre la obra de Bataillon en cuanto a la influencia de Erasmo en España en el siglo XVI [Marcel Bataillon, Erasmo y España, Méjico, 1982].

     En sus argumentos por la reforma de la Iglesia Católica, de su evangelio y de su liturgia, los escritos de Erasmo no sólo tuvieron aspectos afines al reformismo luterano sino que también fueron cercanos a las creencias de los cristianos «iluminados» de las tendencias llamadas «recogimiento» y «dejamiento». Al describir el pensamiento, prácticas y organización en células de estos «iluminados», así como del pensamiento de Erasmo, lo discutido por Bataillon muestra al lector avisado las grandes similitudes con el Gnosticismo, especialmente en cuanto a los «dejados». Aún más, explica que los «iluminados» usaron algunos de los escritos de Erasmo para articular sus creencias. En su Historia de los Heterodoxos Españoles, Menéndez Pelayo no trepida en identificar a los «iluminados» como gnósticos, y traza su presencia en España a partir de los priscilianistas de Galicia en el siglo III, con una continuidad posterior al siglo XVI con los albigenses y begardos de León, Cataluña y Valencia.

     Los «iluminados» influyeron en las órdenes religiosas, en la jerarquía eclesiástica, en la alta nobleza y en la corte de Carlos V. En el perfilamiento social de los «iluminados», Bataillon llama la atención sobre la militancia de gran número de judíos conversos (como Cervantes), intelectuales, profesionales y comerciantes. La cercanía de Erasmo con el luteranismo preocupó a la Inquisición aunque no se lo enjuició. Hacia mediados del siglo XVI la Inquisición dispersó las células de «iluminados», enjuició, encarceló, torturó, condenó y quemó a muchos de sus activistas más importantes. En esta represión la burocracia inquisitorial se caracterizó por un estricto escolasticismo.

     Para los efectos del estudio de Don Quijote es útil la recomendación de Bataillon en cuanto a no polarizar las tendencias religiosas indicadas como un conflicto claramente delimitado entre católicos, protestantes y herejes. Para Bataillon no tienen coincidencias superpuestas. Más bien son un mosaico de elementos conectados, congregados y coincidentes en algunos aspectos y divergentes en otros, en un período de grandes turbulencias políticas. Las «tendencias de los "alumbrados" ofrecen analogías evidentes con las de la gran revolución religiosa que conmueve por entonces a Europa, tendencias que de manera tan engañosa suelen resumirse con términos como "protestantismo" o "reforma". No se puede despachar el problema declarando que las afirmaciones de los "alumbrados" coinciden en ciertos puntos con las de los protestantes» (p. 166); «[El iluminismo] podrá ser cualquier cosa, menos una aberración espiritual o una doctrina esotérica para uso de unos pocos círculos de iniciados. Es un movimiento complejo y bastante vigoroso, análogo a los movimientos de renovación religiosa que se producen en todas partes, y no sólo en Alemania [...] La solidaridad del iluminismo con la revolución religiosa europea es algo que no deja lugar a la más pequeña duda. Pero su parentesco está, sobre todo, en sus orígenes comunes» (p. 185).

     La historia de los comienzos de la ciencia moderna en Europa en los siglos XV-XVI-XVII muestra, además, la gran influencia del Gnosticismo importado a través del Neoplatonismo de Alejandría. Asentado y prestigiado especialmente en Florencia por las academias fundadas por los Medici, elementos gnósticos fueron difundidos a través de todas las cortes reales y los grandes centros universitarios europeos por los intelectuales trashumantes del período, en conferencias, cursos y publicaciones hechas por empresarios aprovechando la imprenta de Gútemberg. Ese Gnosticismo influyó en el desarrollo de la astronomía, la química, la farmacología, la medicina y la terapéutica, constelando con ocultismo, magia, teología y filosofía, principios hoy característicos de la ciencia moderna. También dio origen a movimientos herejes y políticos de la nobleza y del bajo pueblo que se sublevaron en contra del poder de la Iglesia Católica, de las monarquías y de la nobleza.

     Tampoco la teología gnóstica tiene contornos precisos, aunque sin duda tiene claros principios fundamentales. Hans Jonas [The Gnostic Religion, 1958], R. M. Grant [Gnosticism and Early Christianity, 1959] y Francisco García Bazán describen el Gnosticismo como una religión del Oriente Medio concurrente con el platonismo y el cristianismo, de objetivos salvíficos, de muchas escuelas y sectas, con diferentes sistemas teológicos, pero de fundamentos comunes. Se caracterizó por una concepción transmundana de Dios, planteando un dualismo que separa estrictamente espíritu y materia, Dios y mundo, alma y cuerpo, luz y oscuridad, bien y mal, vida y muerte, en que la salvación se encuentra en la negación del mundo y la reunificación del espíritu con ese dios distante.

     Se trata de una religión altamente sincretista que fusionó elementos teológicos, filosóficos, simbólicos y rituales de los judaísmos helénico y alejandrino, neo-pitagóricos, platónicos, teología babilónica y persa, cultos esotéricos y misterios orientales y cristianismo, en especial la reelaboración de la figura de Jesús. La inestabilidad de la teología cristiana hacia el siglo II llevó a los Padres de la Iglesia a considerar el Gnosticismo como una herejía cristiana. El descubrimiento de una colección de escritos gnósticos en Nag Hammadi, Egipto, en 1945 ha enriquecido el conocimiento de esta religión. Las prevenciones de Bataillon, Jonas y Grant indican que detectar una matriz gnóstica en Don Quijote no implica que Cervantes haya sido necesariamente un hereje anti-cristiano y anti-católico.

     Los mitologemas más básicos del Gnosticismo son críticos, escépticos, antagónicos y nihilistas ante las cosmogonías de la Antigüedad clásica griega, del judaísmo y del cristianismo, con los que también tienen coincidencias. La cosmología gnóstica supone un dios originario, llamado Principio Primero, Uno, Padre, Bien, «solitario, nonato, sin residencia, sin tiempo, sin consejero, sin ninguna sustancia que se pudiera concebir [...] calmo, en reposo en sí mismo» (Jean Pépin, Theories of Procession in Plotinus and the Gnostics, 1992, p. 298), pleno en la contemplación de sí mismo. Este dios pleno de amor y potencial, sujeto de amor, decidió que no podía ejercerlo sin que existiera un objeto para su amor. Por ello creó un principio femenino llamado Sofía, Intelecto, Verdad. Así, la Unidad cósmica se convirtió en una dualidad generadora de múltiples entes. Sofía los creó como múltiples dioses menores de acuerdo con las Formas del Principio Primero. Estos Eones primeros, a su vez, crean y presiden múltiples cosmos; a su vez estos Eones secundarios generan otros múltiples dioses y cosmos menores. La Unidad se diluyó en la Multiplicidad sin menoscabar la Unidad.

     Uno de estos Eones, un dios mediocre, vano, ostentoso, megalómano, llamado el Demiurgo, imitó al Uno y tomó las energías originales que lo sustentaban para crear un cosmos de materialidad y oscuridad a su propia imagen y semejanza. El cosmos resultante —el mundo habitado por los seres humanos— fue, por tanto, una entidad fallida, cuyos procesos, evoluciones, criaturas y relaciones sólo pueden manifestarse y comportarse como malignidad. El estado natural del mundo se caracteriza por degradaciones, sufrimientos, horrores, olvidos, corrupciones, perversiones, depravaciones, crímenes e injusticias que se reproducen infinitamente, en la oscuridad. Para conservar este cosmos el Demiurgo creó múltiples entes para mantenerlo y disciplinarlo. Estos son las autoridades llamados los Arcontes, que responden al Gran Arconte, el Demiurgo. Éste es el mundo en que Cervantes sitúa a don Quijote.

     En lo que respecta a los seres humanos, en la cosmología gnóstica hay tres orbes: 1) la plenitud espiritual, el Pleroma de Luz Verdadera del Uno, distante, ignoto, impasible, absolutamente despreocupado de los dioses y cosmos menores a que dio origen; 2) la materialidad degradada del mundo en que existimos; y 3) el orbe intermedio de Sofía.

     El orbe de Sofía es donde Cervantes instala la espiritualidad de Dulcinea del Toboso, a diferencia de Aldonza Lorenzo, su materialización degradada. Por haber creado al Demiurgo reproduciendo las Formas del Uno, a través de este dios mediocre Sofía canalizó hacia cada ser humano una matriz muy debilitada de la Forma originaria del Hombre. No obstante, por no haber descendido a la materialidad del mundo del Demiurgo, Sofía conserva plenamente la Belleza y el Amor del Pleroma y sirve como acicate para que los seres humanos retornen a la Unidad original del Pleroma. En primera instancia el acicate es dinamizado por la naturaleza fluída del principio femenino. Sofía está asociada con el deseo, el éxtasis erótico manifestado con metáforas acuosas, de flujos, líquidos, mareas, exuberancias, trasvasijamientos que desasosiegan y desestabilizan las identidades fijas de los seres del mundo material creado por el Demiurgo. Puesto que realmente proceden del mito de la Unidad y sus identidades son transferibles entre sí, no hay órdenes y jerarquías esenciales, sino flujos de repetición y transfiguración. Sofía también era llamada Pistis, Zoe, Afrodita, Psique, Pronoia, Eva. Recordemos la dificultosa identificación del «autor» verdadero de la novela; los múltiples nombres de don Quijote: Alonso Quijano, Quijana, Quijada, Quesada; la anonimia del cura y del barbero, los amigos de don Quijote; Sansón Carrasco como Caballero de los Espejos, Caballero del Bosque, Caballero de la Selva, Caballero de la Blanca Luna; Diego Miranda como Caballero del Verde Gabán; la anonimia del Duque y la Duquesa.

     Sumergida en la materia, aprisionada en los cuerpos individuales, debilitada la Forma y la energía del dios verdadero, la unidad originaria se malogró en la dispersión y la diversidad. Para los seres humanos el mundo es hostil, caótico, infernal. Experimentan su existencia, su entorno y la gravitación de los espacios astrales sobre el mundo como soledad, vulnerabilidad, difusa añoranza del origen perdido, como caída, hundimiento, derelicción [abandono de lo que se ha poseído], temor, angustia, abandono desesperanzado en entrampamientos laberínticos de horribles dimensiones, en que reina la oscuridad, la ambigüedad, la mixtura de principios contradictorios que desorientan. Los seres humanos son como muertos que hacen la mímica de la vida, incapaces de imaginar alternativas porque están insensibilizados. Sus vidas transcurren en un sopor, en un sueño poblado de ilusiones, obsesionados por la riqueza y las posesiones, intoxicados y emborrachados por deseos insaciables, gozando una sensualidad orgiástica, embrutecidos, en medio de ruidos ensordecedores, todo esto condicionado tanto por la inercia de la materialidad como por las disciplinas de los Arcontes que administran el mundo en lo institucional y religioso.

     En su secuestro en la materialidad, sin embargo, el desasosiego provocado por la fluidez de Sofía impulsa a que la chispa de luz originaria implantada en los individuos busque liberarse para volver a la plenitud del Pleroma. Se repite el mito de Eros y Psique (= Sofía). Eros, icono masculino asociado con lo material, el fuego, lo seco, ansía, sufre, se castiga, se disciplina y se desespera por conectarse y complementarse con Psique, icono de lo espiritual, lo femenino, la sangre, la humedad, en un éxtasis de amor. Recordemos las disciplinas de don Quijote en honor de Dulcinea del Toboso en el desierto de la Sierra Morena.

     Recordemos, además, que en su estudio de la psicología de don Quijote de acuerdo con la medicina de la época —especialmente la teoría de los humores de Juan Huarte de San Juan—, Carroll Johnson [Madness and Lust, 1983] expone que «El temperamento colérico de don Quijote está determinado por su hígado, que produce bilis amarilla (cólera), asociada con el elemento aire, cuya característica primaria es la sequedad. En realidad, la sequedad es parte esencial de la constitución psico-física de nuestro héroe» (p. 16). Johnson cita al mismo Huarte en cuanto a la imaginación enferma de don Quijote: «ya que el frenesí, la manía y la melancolía son pasiones calientes del cerebro, existen importantes razones que indican que la facultad imaginativa consiste de calor»; «Los viejos poseen gran entendimiento porque son secos, y por esta misma razón, ya que les falta humedad, su memoria les falla» (p. 20).

     Sofía tiene un significado ambiguo en el mundo material. Sofía no pertenece a este mundo y nunca quedó aprisionada en él. Su energía femenina es salvífica sólo en la medida en que provoque el erotismo espiritual en los humanos para movilizarlos en la búsqueda de la Gnosis. Sin la unión efectiva de las energías femeninas y masculinas, toda simbología maternal y acuática de la Naturaleza tiene un significado demoníaco, puesto que contribuye a la perpetuación del mundo material. Veremos que en la novela todo lo relacionado con la «naturaleza húmeda» es siniestro.

     La liberación tiene dos vías: puede provenir desde fuera del mundo, potenciada por un maestro enviado por el Uno, quien logra atravesar las esferas astrales celosamente custodiadas por los Arcontes para mantener su dominio; o puede provenir desde el mundo porque existen individuos y grupos de iluminados —seres pneumáticos— cuya chispa divina los predispone a tomar conciencia del entrampamiento en que viven, que luchan por neutralizar las actitudes subliminales y el adoctrinamiento que infunden las burocracias arcónticas. Por proceder de la malignidad mundana, en la psiquis de estos individuos la chispa divina convive y se debate con demonios antagónicos entre sí que desorientan obsesionando con las normas y valores arcónticos. Aun conscientes de la degradación del mundo y de sus propias corrupciones y carencias espirituales en lo personal, imaginan y actúan súbita e intermitentemente con la intuición de esa espiritualidad superior que surge de su psiquis acicateada por Sofía. Como don Quijote y Sancho Panza, estos iluminados buscan reunirse en apoyo mutuo para revivir las lógicas con que, a través de los milenios, la Humanidad ha buscado la Gnosis, es decir, recuperar el conocimiento que los reconecte con la Verdad, la Belleza, el Amor.

     La estructura de Don Quijote está armada en torno a un símbolo primordial del Gnosticismo: el «Hombre alienado, extraño» (Jonas). Éste puede ser un mensajero enviado a las mazmorras del mundo por el Uno, o un habitante del mundo en proceso de transformación o ya transformado por la Gnosis. Responde a su esencia extra-cósmica y, por tanto, es antagónico, hostil y desdeñoso ante el mundo; es nihilista. Su presencia resulta incomprensible, causa sorpresa, asombro, molestia, rechazo y mofa entre los Arcontes y los seres hundidos en el sopor de la ignorancia. De todos modos, inquietamente intuyen su majestad y que portan un llamado a despertar. En todo caso, el «alienado» tiene características humanas y, como Jesús, debe padecer los mismos sufrimientos y tormentos de todo ser humano porque, al encarnarse, se hace parte de la creación demiúrgica. La interioridad psíquica de este iluminado es un abismo en que se dan todos los conflictos, tumultos y tormentas incontrolables de las fuerzas demoníacas que, quizás, finalmente lo posean y abrumen, como ocurre con don Quijote.

     Portando su nihilismo y su llamado a despertar, el «alienado» peregrina, vagabundea, atravesando los espacios de poder de los Arcontes en todas sus variaciones, siempre respondiendo a las incitaciones de Sofía-Dulcinea del Toboso, pero con el riesgo de perder su concentración mental. Atestigua la falsía de esta vida con estancias en diferentes formas de «moradas» arcónticas en que hay extraños cambios de vestimentas e identidades, en que el viajero se expone a tentaciones degradantes —como las de Altisidora— que pueden derrotar su misión. Este vagabundeo tiene un carácter purificador en cuanto expone las diferentes energías que se ocultan en las falsías de estas moradas.

     La iluminación gnóstica no tiene un sentido revolucionario, como hoy en día entenderíamos el término. Es una experiencia religiosa trascendental que no implica cambios en las relaciones de clases y del orden institucional existente y de sus autoridades. Perfeccionar la institucionalidad no tiene sentido en el Gnosticismo, porque sólo reiteraría y conservaría la malignidad y el poder de los Arcontes. El despertar en sí mismo es el objetivo gnóstico, en cuanto recuerda al ser la Unidad originaria y apunta a un modo de vida adecuado a esa nueva conciencia. La consecuencia de la Gnosis es la indiferencia ante los objetos del mundo y sus normas, y el cultivo con otros iluminados de la indiferencia en una silenciosa y, en lo posible, imperceptible oposición y desafío a la autoridad arcóntica.

     La liberación es, entonces, la asunción de un ascetismo por el que la existencia se purifica absteniéndose de las sensualidades, poluciones y contaminaciones provocadas por los entes del mundo. Con lo dicho es fácil que el lector de Bataillon vea la similitud de los gnósticos con los «iluminados recogidos y dejados».

     Don Quijote y Sancho Panza encarnan de manera diferente la espiritualidad extraña al orden establecido del «Humano alienado». El viaje de don Quijote por ventas, solares y castillos es un ejercicio ascético de acuerdo con la tradición caballeresca, el amor cortés absolutamente espiritualizado y el afán de justicia relacionado con esa tradición. Don Quijote separa ese ideal de la materialidad corporal de un ser humano real, Aldonza Lorenzo, y rechaza denigrarlo con el placer sexual. Con su simpleza mental, Sancho se rige por sapiencias y sentidos comunes campesinos con que demuestra una capacidad para gobernar y hacer justicia. Pero, como propone el Gnosticismo, en la psiquis de estos iluminados el llamado a despertar convive con los demonios que dinamizan y mantienen un mundo fallido. Don Quijote es literalmente un «alienado», un demente, un psicótico que ha elegido encarnar los mitos caballerescos, el icono principal que los Habsburgo cultivaron para prestigiar su dinastía. Por su parte, la sabiduría de Sancho está contaminada por su ambición de ganancias y poder, para lo cual aun está preparado para engañar a su amo, a quien, sin embargo, profesa lealtad y amistad.

     Este ascetismo gnóstico —ese simultáneo «ser del mundo, estar en el mundo, negar al mundo»— obligó a Cervantes a configurar una semiótica que simultáneamente rechaza, acepta y aun goza la materialidad social degradada, de acuerdo con su propia vida, protegiéndose cazurramente de las acusaciones de herejía. El nihilismo gnóstico acostumbraba a mostrar sus verdades mediante alegorías herméticas. Ante las deshumanizaciones de la organización social de España, la voz narrativa principal en Don Quijote arma un mosaico en que se las contempla con impasibilidad e ironía, sorpresivamente mostrando vislumbres de la chispa divina secuestrada. La insanía de ciertos incidentes es abruptamente contrapesada con la lucidez de otros que, después de todo, revelan la existencia de una sanidad no del todo silenciada.

     Esta semiótica condiciona formatos dramáticos que permiten la gran arbitrariedad lógica propia de la sátira, la parodia y la farsa, promoviendo la convivencia cercana y antinómica con lo realista, lo trascendental, lo absurdo, lo grotesco, lo risible. De aquí resulta una fraseología laberíntica y un formato de secuencia de capítulos con la que Cervantes busca desorientar al lector planteando proposiciones inicialmente afirmadas, luego debilitadas a medida que se desarrollan los argumentos, terminando por negarlas, a veces dentro de un mismo capítulo; escabrosos juegos con la dimensión temporal; largas y tediosas declamaciones de los personajes que aburren y distraen al lector, en que sólo unas pocas palabras y frases, al parecer dichas de soslayo, son las que realmente contienen las claves interpretativas más importantes; capítulos con postulaciones que niegan otras que se han hecho en capítulos anteriores o se harán en capítulos posteriores; y el ocultamiento, el escamoteo de segmentos de los episodios narrados para impedir el conocimiento de datos de importancia.

     En el personaje don Quijote convergen las principales antinomias, en cuanto porta el llamado al despertar gnóstico a la vez que encarna la imagen caballeresca que los Habsburgo cultivaron a través de los siglos para expandir sus pequeñas posesiones originales en el Norte de Suiza, prestigiar su dinastía para ocupar la vacancia de la Casa de Austria, asegurarse el trono del Sacro Imperio Romano y, más tarde, con el ascenso de Carlos V, la monarquía española, y legitimar su geopolítica imperial. Conviene explorar esta manipulación política de iconos caballerescos.

     El Sacro Imperio Romano era una organización de 360 feudos cuyo Emperador era elegido por un grupo de nobles y jerarcas de la Iglesia Católica. Cada uno de estos feudos conservaba su soberanía ante el gobierno central, de manera que el acceso al trono dependía de la negociación de alianzas estratégicas. Para predominar en estas negociaciones, además de las coyunturas políticas del momento, era imperativo que los linajes aspirantes proyectaran un prestigio indiscutible. Esto lo lograban promoviendo imágenes y relatos favorables, circulando rumores, usando el folklore disponible, patrocinando a escritores y pintores como propagandistas, interviniendo los festivales populares y religiosos, teatralizando ostentosamente el boato de los protocolos y ceremonias de la nobleza.

     Rodolfo IV el Fundador (1339-1365), el primer Habsburgo que ocupó el ducado de los Austrias, sentó las bases para ese ascenso fijando en su linaje de allí en adelante la convicción de que Dios los llamaba a la misión de construír un Imperio Universal y falsificando un documento que alineaba antecedentes de los anteriores detentadores de la Casa de Austria para proclamar el privilegio especial y superior de su linaje por haber recibido mercedes directamente de dos Emperadores romanos, Julio César y Nerón, y ser descendientes de Carlomagno. Alberto V, duque de Austria, fue el primer Habsburgo elegido Emperador del Sacro Imperio Romano en 1437, con el nombre de Alberto II. De allí en adelante los Habsburgo fueron Emperadores por trescientos años.

     Federico V el Obeso, Sacro Emperador Romano (1415-1493), bisabuelo de Carlos V, fue quien racionalizó el proceso de mitificación de su linaje a raíz de su experiencia de ascenso al trono. Ya desde el siglo XIII estaban circulando leyendas sobre Federico II, apodado El Estupor del Mundo (Stupor Mundi), rey de Sicilia, Sacro Emperador Romano, muerto en 1250. En el folklore se dudaba de su muerte y se decía que dormía en una tumba de la catedral de Palermo. Despertaría y volvería como salvador en un momento de grave crisis en Germania para fundar una edad dorada de paz. A fines del siglo XIII un joven campesino había dirigido una revuelta contra los Habsburgo proclamando ser el Federico mesiánico. En 1403 apareció un escrito que exigía que el Emperador Segismundo corrigiera sus injusticias y preparara el camino para el retorno del Orden Divino identificado con un cura llamado Federico de Lantnaw. Buscando un sucesor luego de la muerte del Emperador Alberto II, los Electores seleccionaron a otro Habsburgo cuyos antecedentes familiares coincidían con el espíritu de guerrero de Federico II en las Cruzadas.

     Convencido del potencial mítico de la historia de su dinastía como instrumento de influencia política, durante su vida Federico V agrupó sus elementos metafóricos expandiendo y complementando su significación echando mano de la astrología, la necromancia y la alquimia. Así no sólo prestigió a su dinastía entre las monarquías y el populacho europeos; también descubrió el elemento propagandístico, y dijo haber logrado una capacidad de maniobra y predicción mágicas para lograr que alguno de sus descendientes llegara a ser Emperador universal. La asociación de la dinastía con niveles sublimes y místicos de simbolismo mágico tuvo un inmenso impacto público. Federico V resucitó antiquísimos rituales, ceremonias y protocolos monárquicos, y creó otros, dotándolos de gran boato y simbologías de poder subliminal, exhibiéndolos como espejo de una trascendentalidad totémica que teatralmente se materializaba en el presente a través de su dinastía. Para Federico V la interpretación mística y mágica vaticinaba los nacimientos más promisorios para la prolongación del poder político de su familia, dictaba los pactos matrimoniales, e indicaba las fechas y circunstancias más propicias para realizarlos y tomar decisiones políticas. Conectó su linaje con los héroes de la Antigüedad egipcia y greco-romana, y con santos y mártires cristianos. Su gran ideal fue organizar otra Cruzada, pero no pudo convencer a sus aliados ni reunir el capital necesario.

     Federico V era feo, obeso, adiposo, desagradable y maloliente, y no pudo concretar sus ambiciones. Ellas comenzaron a cumplirse con su hijo Maximiliano I, Sacro Emperador Romano (1459-1516). Maximiliano fue un joven apuesto, simpático, elegante, con apariencia y gestos de magnanimidad monárquica, ostentoso, atlético, inteligente. Lo apodaban el «Hércules germano». Su educación hizo énfasis en la equitación, la caza y las justas y torneos caballerescos. Su padre creó para él la Orden de Caballeros de San Jorge. Maximiliano juró en ella a temprana edad prometiendo unificar la Cristiandad. Se preocupó de modular cuidadosamente la imagen de su persona proyectada por los propagandistas de la corte. Supervisaba el trabajo de los pintores y grabadores que difundían sus poses y posturas estudiadamente épicas. Lo mostraron como «el último caballero», continuador de la tradición del rey Arturo y la Mesa Redonda. Fue una imagen tan popular que Maximiliano apareció como héroe de once novelas de caballería, de las que era muy aficionado, y supervisó su difusión. En Maximiliano I los Habsburgo encontraron su primer héroe universal. Maximiliano I nunca dudó de que su conducción política respondía a una misión salvífica de la Humanidad.

     Pero Federico V y Maximiliano I tenían el lastre de ser pobretones cargados de deudas. No fue así el caso de Carlos V, Sacro Emperador Romano (1500-1558), bisnieto de Federico V. Nació en Borgoña, ducado de gran riqueza, elegancia, cultura y renombrado boato. De muy niño su abuelo Maximiliano I lo identificó con la Orden del Toisón de Oro, fundada en 1430, la más rica y esplendorosa de la época. En ella Carlos V exageró la tradición mística de sus abuelos. Era vicioso de la lectura de novelas de caballería. Tenía la certeza de que a través de la Orden del Toisón de Oro se manifestaba el espíritu de Troya, de Jasón, de Carlomagno, de los Argonautas, en la nueva misión de rescatar el Cordero de Dios con las Cruzadas pasadas y futuras. A imitación del rey Arturo y de los caballeros de la Mesa Redonda, restauraría el orden y la armonía en un mundo caótico, poseído por el Anticristo, encarnado en los otomanos, los musulmanes y los protestantes. Esta noción caballeresca fundamentó el ultra-catolicismo de la monarquía habsburguiana en España y la inflexibilidad con que Felipe II orientaba su política internacional como misión divina.

     En una época como la nuestra, damos por sentado que los lideratos políticos buscan la objetividad científica en la inteligencia militar y en las ciencias sociales para tomar sus decisiones. En los siglos XV, XVI y XVII, además de los instrumentos políticos usuales —las negociaciones diplomáticas, el espionaje, el soborno, el asesinato, el secuestro y los interrogatorios bajo tortura— para conocer los planes de sus enemigos y neutralizarlos, entre sus asesores los monarcas contaban con brujos, adivinos y astrólogos que consultaban tablas pitagóricas y astrales y lanzaban todo tipo de hechizos, embrujos, sortilegios y encantamientos. No es de extrañar, entonces, que, urgido por una misión subversiva de restauración de la justicia en un orden social maligno, don Quijote se sintiera permanentemente amenazado por encantamientos.

     No creo prudente atribuír a Cervantes una convicción religiosa en el uso de esa matriz gnóstica en Don Quijote. Más bien creo que fue un elemento de la cultura disidente de la época que le sirvió como gran metáfora sintetizadora de la experiencia de toda una vida y de su crítica de la catastrófica conducción política de los Habsburgo. Por muy expediente que le haya sido la metáfora gnóstica en lo literario, Cervantes se muestra como materialista en su concepción de la Historia, materialista en el sentido contemporáneo: su criterio implícito de evaluación de los sucesos históricos fue captar la lógica de las acciones colectivas en el marco de las carencias de una gran estrategia nacional pésimamente ejecutada. La "gran estrategia nacional" es un concepto formalizado en la época actual. Imputarla retrospectivamente a las preocupaciones críticas de Cervantes requiere una justificación epistemológica. Esa justificación está en las terribles incompetencias estratégicas, tácticas y logísticas experimentadas por todos los rangos militares del primer aparato imperial europeo moderno, orientado a una guerra total permanente, en tantos teatros de operaciones.

     Las dislocaciones de este aparato militar fueron tan masivas como para que la imaginación instrumental, a partir del repudio de las incompetencias de esa época, se viera forzada a visualizar un futuro de mayor racionalidad tecnocrático-administrativa. Los lideratos político-militares europeos tuvieron que confrontar los grandes fracasos y desperdicio de vidas y recursos, y el imperativo de implementar con algún grado de lógica y eficiencia nuevos sistemas de reclutamiento, concentración, avituallamiento, transporte y paga de enormes masas de soldados, entrenar a la tropa para el uso de las nuevas armas de que disponían ahora masivamente, arcabuces y artillería, mejores sistemas de despliegue y maniobra, y una nueva arquitectura para las posiciones de defensa. Don Quijote es parte de un vuelco futurista de la imaginación burocrática que más tarde resultó en el concepto de gran estrategia nacional.–






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