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jueves, 12 de febrero de 2015

Manu Rodríguez - Sobre la Batalla de Europa



     Otros dos artículos del filósofo español Manu Rodríguez presentamos ahora. También desde su sitio larespuestadeeuropa.blogspot.com los hemos tomado por la interesante y vívida expresión de sus ideas. Ambos textos ("La Batalla de Europa. Tragedia Arya" y "Derrida, los Judíos y la Batalla de Europa") fueron publicados allí en Febrero de 2013, y, como todos los del autor, abordan desde una perspectiva general el drama que supone el intento de suplantación demográfica y cultural por parte de advenedizos indeseables (por su conducta), que se inmiscuyen y pretender subvertir, modificar y acabar el patrimonio ancestral europeo, intento orquestado intelectualmente (académicamente) por los mismos que antaño hicieron presa de los europeos con su proselitista semitismo religioso.




La Batalla de Europa. Tragedia Arya
por Manu Rodríguez
6 de Febrero de 2013


     * Un porcentaje muy elevado de nuestra población es alóctona, extranjera. Podemos considerarlos, en la situación actual, como enemigos. Suponen una amenaza y un peligro para nosotros. Concurren, compiten con los autóctonos en lo económico, en lo territorial, en lo cultural... Nuestro ancestral espacio vital está siendo ocupado. Vivimos una ocupación; una ocupación múltiple que está desvirtuando y alterando a pasos agigantados nuestra faz, la faz de las naciones Blancas. Estamos muriendo, estamos dejando de ser. La Europa Blanca decae, desfallece, muere. La milenaria Europa.

     ¿Es el fin lo que saboreamos; el fin nuestro?

     La emigración Blanca cesó hace años —la emigración Blanca que dio lugar a Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Canadá, Argentina, Uruguay, Chile... Ahora los flujos migratorios parten de Asia, África, y América del centro y del Sur hacia los países del Occidente Blanco. Chinos, musulmanes asiáticos y norafricanos, negros sub-saharianos (en gran parte islamizados), los sempiternos judíos, indígenas americanos... circulan ya por centenares, miles o millones por nuestras tierras. Los musulmanes son, con diferencia, el grupo más numeroso, y el más peligroso.

     En estos grupos encontramos diferentes estrategias y diferentes niveles de interacción. Hay algunos que pasan inadvertidos en los países de acogida y no intervienen en su vida política o cultural, limitándose a explotar económicamente el medio (las comunidades chinas en Europa, por ejemplo). Hay otros que modifican o buscan modificar la sustancia de una determinada cultura para hacerla más favorable a sus propios intereses, esto es, transformar la sociedad anfitriona (semitas: judíos, cristianos y musulmanes).

     Las estrategias además difieren según las características de los entornos anfitriones y según los grupos huéspedes. En China, por ejemplo, los judíos no podrían usar las estrategias, usadas en Europa y en el Occidente Blanco con éxito desde la cristianización, de la crítica radical de su cultura y la desmoralización de su población (la destrucción de su entero mundo, vale decir). Los chinos son inmunes a tales estrategias (dado el fuerte nexo que estos pueblos tienen con su cultura, con su gente, y con sus antepasados).

     Los musulmanes usan tanto la estrategia fría (crítica, desmoralización) como la caliente (amenazas, intimidación, violencia, muerte).

     El momento actual hay que verlo desde la socio-biología, como una lucha entre razas y culturas, entre grupos étnicos y culturales bien diferenciados (Blancos, semitas, chinos... y sus respectivas culturas). Ahora es Europa y el Occidente Blanco la tierra de conquista.

     Nosotros, los pueblos Blancos, para nuestra desgracia, carecemos de cualquier estrategia evolutiva de grupo. Nuestro individualismo nos lo impide. Un individualismo que no se encuentra y que ni siquiera se permite entre judíos y musulmanes. No nos recuperaremos —no renaceremos— sino como pueblo.

     * Entre los promotores y mayores exponentes del multiculturalismo y los flujos migratorios hacia el Occidente Blanco se encuentran los judíos. Se arriesgan con la numerosa población musulmana, profundamente anti-judía, que circula ya por nuestras tierras europeas y que el multiculturalismo que ellos con tanto celo predican (fuera de Israel) nos ha traído. Pero incluso a pesar de los últimos incidentes y atentados contra judíos llevados a cabo por musulmanes en nuestras tierras (el último, horrible, en Francia), los judíos siguen firmando acuerdos con los musulmanes, en la misma Francia, y promoviendo juntos la inmigración y el multiculturalismo (no en sus tierras, por supuesto) en su "lucha" común contra el racismo, la segregación y todo lo demás.

     (En este contexto la lucha contra el racismo es, simplemente, la lucha contra los autóctonos Blancos). Ciertamente no hablan ni se comportan como europeos sino como judíos y como musulmanes. No miran sino por los intereses de la nación judía o la nación musulmana.

     Exceptuando a los simpatizantes y a los conversos, los predicadores de la sociedad multicultural y multi-racial son fundamentalmente judíos y musulmanes asiáticos y africanos, esto es, no-europeos, extranjeros.

     La oposición de algunos judíos (Spencer, Pipes, Horowitz...) al avance del Islam en nuestras tierras no les hace oponerse al multiculturalismo y a la inmigración. Es obvio que no se oponen a tal avance velando por los intereses de los países anfitriones, sino por los suyos propios (peligran sus vidas, y el asunto, con los musulmanes, podría írseles completamente de las manos). Pese a estos inconvenientes, o imprevistos, el programa continúa. El fin primordial es el reducir la presencia Blanca en sus mismas tierras, el convertirlos en un grupo minoritario más. En su propia casa. Es cuestión de generaciones, de unas pocas generaciones. En su momento no tendremos fuerza, nos veremos avasallados por todos lados.

      En lo que concierne al modo de hacer frente (ideológicamente) al peligro islámico, a la numerosa e inquietante población musulmana extranjera —legal e ilegal— residente en Europa, hay que decir que no es nada recomendable oponer el mundo laico, republicano o demócrata (libertad de expresión, igualdad...), al mundo teocrático musulmán. Esto convierte el enfrentamiento en una clásica y legítima lucha ideológica por el poder, como una lucha entre iguales, y no es el caso. Pues el terreno donde se juega, y que nos jugamos, es nuestra casa, nuestro hogar, y, ni nuestra casa está en juego, ni vamos a discutir o a enfrentar las normas de la casa con estos intrusos, con estos huéspedes indeseados e indeseables de última hora.

     Nosotros no luchamos como laicos o demócratas contra el totalitarismo teocrático (clerocrático) musulmán. Luchamos como europeos por la liberación y por la expulsión de nuestras tierras de los invasores. No es una respuesta laica lo que necesitamos sino una respuesta europea, simplemente. Es Europa, la Europa ancestral y autóctona, la Europa nuestra, la que se revuelve y defiende de los intrusos e invasores que amenazan con destruírla, eso es todo.

     * La cuestión de la Europa actual (su desfiguración, la destrucción de su homogeneidad étnica y cultural milenaria) es algo que ciertamente debería preocupar, y mucho, a todos los europeos. Importa comprender el cómo se ha llegado a esta situación, el cómo hemos consentido en ello, el cómo hemos permitido que esto sucediera en nuestras propias tierras (razones ideológicas, culturales; determinadas ideas, ciertos discursos...); qué atmósfera ideológica ha dado lugar a esto. Advertir las ideologías o los discursos que lo han hecho posible; buscar su origen —de dónde proceden.

     Las ideologías son básicamente judías, o judeo-mesiánicas (viejas o nuevas). El cosmopolitismo, el universalismo, el altruísmo, la hospitalidad... Esta "utopía" que nos predican —"pacifismo", "humanismo", "tolerancia"— (esta vieja y nueva fe), se complementa con la crítica destructiva y desmoralizadora ya citada. Son teorías o discursos que operan en nuestras tierras, en nuestra cultura, en nuestras tradiciones; no son meras críticas teóricas dirigidas a la cultura en general, son críticas destructivas dirigidas principalmente hacia la cultura europea (y occidental) —desde Marx a Derrida. Son textos pensados para destruírnos.

     * La estrategia básica, en los momentos presentes, de estos que quieren nuestro mal, se basa, pues, en nuestra desmoralización. Ya tenemos nuestra "leyenda negra" incluso. Tal "leyenda negra" se extrae de la conquista de América, del periodo colonial africano y asiático o, cómo no, del anti-judaísmo nacionalsocialista y el "Holocausto". Éstos son algunos de los estigmas que modelan nuestra imagen a ojos del enemigo. Y ésta es la imagen que nos venden a nosotros mismos, la imagen que de nosotros mismos quieren que tengamos. La única imagen, por lo demás. Es la intención táctica del enemigo el que nosotros lleguemos a adoptar esa exclusiva imagen nuestra. Es la imagen odiosa orwelliana.

     Está claro que quieren que nos odiemos. Enfermarnos, debilitarnos; restarnos fuerza, poder. La ofensiva ideológica; la guerra fría.

     Es la estrategia del débil frente al fuerte y bien posicionado; ante el superior. Es un ataque moral, psicológico, frío. Derribar nuestros muros; privarnos de coraje moral, de firmeza, de derecho, de legitimidad. Impedir la auto-defensa misma. Quieren hacernos sentir culpables; que nosotros mismos nos auto-inculpemos.

     Son discursos que promueven la auto-inculpación, el auto-desprecio, la auto-punición, la auto-destrucción; el suicidio cultural de nuestro pueblo, la auto-extinción incluso de nuestra raza única. La autolisis de los pueblos Blancos, su desaparición.

     ¿Queremos, acaso, desaparecer como pueblos?. ¿Queremos desaparecer los pueblos europeos?. ¿Cómo es que nuestra gente secunda tales consignas? Esos discursos envenenados nos matan culturalmente, espiritualmente, simbólicamente. Nuestro ser simbólico ancestral desaparece —la memoria colectiva que somos de nuestro pueblo; los fragmentos de memoria colectiva que somos. Como si nunca hubiésemos sido.

      * Si los pueblos cristianizados e islamizados volvieran a sus orígenes pre-cristianos y pre-islámicos —volvieran a su ser simbólico (cultural) originario— ¿qué quedaría de los judíos?. ¿No podría ser éste un camino para acabar con la presencia metafísica, podríamos decir, del judaísmo, o de lo judío, en la casi totalidad del planeta?.

      Desprendernos, deshacernos de la influencia judía en nosotros, purificarnos, recuperar las raíces de nuestro ser. Volverían a quedar aislados, como al principio, como en su principio. Las secuelas del judaísmo —el cristianismo y el islamismo— han perjudicado a la casi totalidad de los pueblos del planeta. La alienación cultural del planeta es casi total. La destrucción de las huellas que hasta nosotros conduce hace ese retorno que digo muy difícil, y en algunos casos casi imposible.

     De no ser por el "éxito" del judeo-mesianismo y el posterior islamismo, los judíos y su mundo serían poco menos que desconocidos.

     Nos retienen en un pasado que no es el nuestro. El pasado judío o musulmán se generalizan, se universalizan. El pasado de los pueblos desaparece. Los pueblos son desarraigados y trasplantados; son obligados a dar frutos en tierra ajena (la tierra sagrada de los judíos o de los musulmanes) —frutos judeo-mesiánicos o musulmanes.

     En Europa se nos impuso el dios judío como dios único, que sustituyó al dios principal nuestro (Zeus-Júpiter), esto es, usurpó su lugar. Este dios único de los judíos venía con su hijo único (el judeo-mesianismo); entre ambos expulsaron a los dioses jóvenes, los hijos de Zeus y Hera-Europa. Dioses, héroes y sabios nuestros desaparecieron. Nuestra misma historia desapareció. El lugar donde nos veíamos y nos encontrábamos, nuestros cielos, fueron destruídos, encubiertos o prohibidos.

     Usurparon nuestro destino. Se introdujeron en nuestras vidas y nos impusieron su discurso, esa trinidad, ese monstruoso tricéfalo. Nos han usado como vehículo, como transporte, para difundir su discurso, su locura, su veneno, por todo el planeta. Éste ha sido nuestro papel, nuestro rol en esta historia.

     La mayor parte de los europeos ignoran o no tienen en cuenta sus orígenes. Afortunadamente algunos filósofos y los estudiosos de los temas indoeuropeos han permanecido fieles a este inapreciable tesoro; sólo unos pocos filósofos y filólogos. Serán ellos, sin duda, los que refresquen la memoria de nuestros pueblos. Pero hay otros pueblos que carecen de estas tradiciones filosóficas y filológicas, y que apenas podrán allegarse a sus orígenes. ¿Qué será de ellos?.

     El daño que han causado a los pueblos las tradiciones judía, cristiana y musulmana es, en muchos casos, irreparable. Separar a multitud de pueblos de sus orígenes, de su ser ancestral y autóctono; destruír incluso tales orígenes (algo sagrado). ¿Pagarán algún día por ello?.

     Eliminar a una raza o a una cultura es un crimen, es el crimen más horrendo que se pueda cometer. Atentar contra el árbol de los pueblos y culturas del mundo es atentar contra el árbol de la vida —el árbol más puro. Pues bien, las tradiciones judías, cristianas y musulmanas (semitas) son las que tienen en su haber el mayor número de estos crímenes; son las que cuentan con el mayor número de extinciones a sus espaldas. Desde sus orígenes. Ése es, y será, su legado. Así quedarán en la memoria de los pueblos, como los mayores etnocidas de la Historia de la Humanidad. Podemos hablar también del acusado antropocentrismo, y etnocentrismo, de tales ideologías, además de su androcentrismo (machismo), de su genuina falocracia y de su genuina misoginia (basta leer los textos bíblicos o coránicos).

     En suma, las acusaciones que se les hacen a los pueblos Blancos (y sus culturas) desde el grupo judío o musulmán: imperialistas, explotadores, "falocéntricos", alienantes, etnocéntricos, "racistas"... podrían ser dirigidas hacia éstos con tanta más justicia, esto es, con tanta más verdad.

     * Hace dos mil años que padecemos en Europa la ofensiva semita. Primero judeo-mesiánica, y posteriormente musulmana. Quieren destruírnos como raza, como pueblo, como cultura otra, independiente de sus raíces —una cultura ajena y superior, hay que decirlo.

     Estas tradiciones han arruinado nuestras vidas y han terminado envolviéndonos en sus delirantes y criminales querellas.

     Contra el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, pues. Contra las tres imposturas.

     Debemos usar el término "semita" para estas ideologías emparentadas. Nuestro anti-semitismo debe comprehender, pues, la impostura judía, la cristiana y la musulmana. Los aryas contra los "gente" del libro.

     No hay aún en Europa y la Magna Europa estos blogs anti-semitas que digo; ni discurso alguno que vaya directa y conjuntamente contra estas tres ideologías. Los blogs o webs anti-judíos o anti-islamistas que circulan me entristecen y deprimen por completo. No cuentan más que derrotas. No hay victorias, no hay alegrías. Son crónicas de una guerra que se pierde. Se cede una y otra vez, se retrocede; se pierde territorio, se pierde identidad. El enemigo de nuestro ser avanza implacable, y fatal. Tengo la sensación de que ya estamos vencidos, que vivimos de prestado. Un poco más, unas pocas generaciones, y habremos desaparecido, o poco menos, de nuestra tierra madre. Impotencia, desesperación, rabia, desconsuelo. Y no contamos más que con una mínima resistencia sin apenas repercusiones sociales.

     * Hemos perdido el hábito de la guerra, y la virtud de detectar al enemigo —aquel que procura nuestro mal. Alertas, despiertos, atentos, prestos, incansables, inabordables, inaccesibles, invencibles. Así hemos de ser para los enemigos. Esta vez nos jugamos cielo y tierra. Esta vez nos lo jugamos todo: nuestra tierra milenaria, y nuestro pasado, nuestro presente, y nuestro futuro.

     Nosotros los Blancos necesitamos nuestra propia estrategia evolutiva. Cómo conservar, de momento, lo conseguido; cómo conservarnos. Cómo perpetuarnos. Cómo seguir siendo. Estrategias de supervivencia y de dominio a nuestra medida; adaptadas a nuestras circunstancias y a nuestro ser. Estricta endogamia, por ejemplo, e incrementar la tasa de nacimientos. Educación proactiva, y no reactiva (la mera defensa); que tengamos nosotros la iniciativa en esta lucha, en esta guerra. No más derrotas.

      Primero tenemos que ser conscientes de nuestra singularidad. Somos únicos (como los semitas son únicos, como los japoneses son únicos, como los san, los masai, o los inuit). Hemos de preservar, de cuidar, de llevar adelante esta singularidad que somos, esta singularidad nuestra. Es legítimo, es bueno para nosotros, nos proyecta hacia el futuro. Nos une la raza y las culturas mutuamente compartidas. Todos somos griegos, y romanos, y germanos, y eslavos...

     Recuperemos el hilo propio, retomemos el testigo aquí mismo abandonado. Situémonos en el origen. Comencemos de nuevo. Renazcamos. No hay otra salida.–



Derrida, los Judíos y la Batalla de Europa
por Manu Rodríguez
27 de Febrero de 2013


     * Derrida es, sin duda alguna, el pensador judío más grande de los últimos tiempos. Hablo de lo que constituye la entera "intelligentsia" [la clase intelectual] judía del pasado siglo. Las "letras", las "humanidades": Kafka, Freud, Lukács, Benjamin, Arendt, Adorno, Marcuse, Lévinas... (la lista no es exhaustiva, claro está). Aprendió de todos ellos el mejor modo de habérselas con los gentiles; aprendió de los errores —de la Escuela de Frankfurt, por ejemplo. Había que usar otro tono.

     A la vista de los resultados —del actual estado de cosas—, podemos decir con toda tranquilidad que buena parte de la labor intelectual de la "intelligentsia" judía contemporánea ha consistido, y consiste, en la destrucción ("des-construcción", si se prefiere) de nuestra cultura. Desde todos los ángulos. Han introducido el desagradado, la desconfianza, la sospecha... el malestar, a lo largo y ancho de nuestra cultura: en nuestra pintura, en nuestra música, en nuestra literatura, en nuestra filosofía, en nuestro derecho, en nuestras tradiciones, en nuestra historia toda. Desde Marx... Envenenan las fuentes de nuestro saber. Como harpías mancillan, profanan, manosean, ensucian, contaminan nuestro alimento espiritual.

     Es una vieja guerra de la que no nos queremos enterar. Una guerra fría. Hace más dos mil años que los judíos declararon la guerra a los goyim, a los gentiles europeos. Su primera gran victoria fue la cristianización de Europa, que fue también nuestra primera judaización (aquel proceso masivo de aculturación e inculturación forzosas y violentas de las poblaciones europeas de hace mil setecientos años cuya vigencia se prolonga, aunque débilmente, hasta nuestros días). En estos últimos doscientos años parecía que superábamos, que dejábamos atrás este triste período, pero... Con Marx se abre una nueva fase en esta prolongada guerra que alcanza, de momento, hasta Derrida. Derrida es uno de los últimos herederos de esa vía, de ese modo y manera abierto por Marx: la destrucción de los viejas instituciones —la familia, la nación, la religión...—; de los parámetros simbólicos de un pueblo; del armazón, del esqueleto; de lo que nos tiene en pie.

     La prédica actual es la de siempre. La misma destrucción de nuestras instituciones y conceptos fundamentales. La misma crítica a la nación, a la patria, al sentimiento de pertenencia a una tierra y a una gente, a nuestro origen, a nuestro ser ancestral y autóctono. Y el mismo elevar a las estrellas y "vender" lo judío. La escritura judía, la cultura judía... Las suyas —las señas de identidad judías— son intocables. Al judío, a lo judío, no se lo "desconstruye", no se lo desmonta, no se le censura, no se lo niega. Lo judío es siempre mimosamente acogido, y seductoramente presentado (como algo deseable, e incluso tentador —como algo que te pierdes). Nos tientan, nos seducen —nos desvían de nuestro camino. Con una mano destruyen nuestra identidad y con la otra nos ofrecen la suya. Ilusionistas, prestidigitadores, maestros de la distracción que nos escamotean lo propio y nos adosan lo ajeno.

     Todo esto que digo se nos muestra ahora de la manera más mediática. Es el triunfo de la retórica de la publicidad —de la propaganda (Bernays). Son los tiempos. Ciertas palabras —ciertas marcas—, ciertos slogans. Mensajes cortos, insinuantes, chocantes, llamativos, atrevidos, fáciles, pegadizos, que dejan "huella". Y, además, el don, la justicia, el perdón, la amistad, la hospitalidad. Es un "negocio" con "causa".

     Un nuevo mesianismo nos viene ahora de la mano de Benjamin, Lévinas y Derrida (entre muchos otros; son legión —y los conversos). Más allá del agrio proceder de la Escuela de Frankfurt (de aquellos macabeos). Más sutil ahora, más paulino; más críptico, más ladino, más marrano.

     El internacionalismo que, de nuevo, se nos predica —la carencia de patria, es un credo político universal, transnacional, cosmopolita; es una perspectiva propia de apátridas, de desarraigados. Con ello, además, se auto-promocionan —promocionan su discurso, su mirada, su ser.

     Los jorobados quieren jorobarnos a todos. Los sin-patria quieren dejarnos a todos sin patria. Los errantes, los nómadas. No sólo sin tierra, también sin cultura. Una cosa no es sin la otra. Una cosa lleva a la otra. No se nos puede privar de tierra si previamente no se nos priva de cultura, de "cielo"; de palabra, de luz. Primero se arremete contra las "representaciones" simbólicas, contra el ser simbólico nuestro; contra el conjunto de tradiciones acerca de nosotros mismos; contra las bases, los fundamentos de nuestro ser simbólico; contra nuestras señas milenarias de identidad, contra nuestra ancestral memoria colectiva —no somos otra cosa, por cierto.

     La Revolución Industrial acabará con los viejos modos —decía Marx—, con los viejos órdenes, con las viejas instituciones (europeas, occidentales). ¿Por qué esa esperanza, ese deseo; y por qué tanta prisa? El "mundo" entero en el que vivíamos fue declarado viejo, enfermo, desquiciado, culpable, malo —digno de perecer. Se nos condenó a muerte.

     Nos enferman (discurso crítico-destructivo) y nos sanan (el universalismo, el cosmopolitismo) por igual. Por igual traen la enfermedad y el remedio (a la manera del viejo judeo-mesianismo con su "pecado original" y su bautismo reparador). Pero esas "curas" o "remedios" son igualmente destructivos: el otro, la hospitalidad, el don, el perdón... Se nos arrincona, se nos empuja al abismo (a la muerte y al olvido); se nos tacha, se nos niega, no se nos deja otra salida que el "otro".

     Se nos elimina mientras se nos ofrece la "diferencia", el otro, la hospitalidad... el cosmopolitismo, el internacionalismo... el altruísmo más suicida, en verdad (la cura, nos dicen) —que optemos por el otro; que antepongamos los intereses del otro a nuestros propios intereses. La negación de uno mismo, en suma ("niégate a ti mismo"). Y esta perversa, malvada idea nos la ofrecen como si fuera el más alto y sublime "ideal". Miserables. Es la manzana envenenada. Diseminando entre nosotros tales principios universales se busca nuestra destrucción —que nos ignoremos a nosotros mismos, que nos desprendamos voluntariamente de todo lo nuestro; que dejemos atrás lo nuestro. Además, eso nuestro, es moralmente censurable, es condenable, es lo "malo" a extirpar.

     Forma parte, pues, de la cura el destruír el apego a la tierra, a la sangre, a lo propio; había que des-arraigar, que ex-patriar, que ex-trañar a los "goyim" europeos. Separarlos, alejarlos de su tierra, de su gente... Desviarnos de nuestros fines, desviarnos de nosotros mismos. Ésa era, y es, la vía de salvación que nos predicaban, y predican; ésa era, y sigue siendo, la cura. Ahora como entonces.

     Estos ataques renovados, y brutales, de los últimos doscientos años. Desde Marx a Derrida. Las nuevas armas, los nuevos proyectiles; los nuevos "razonamientos", los nuevos sofismas. Contra todo aquello que pueda fortalecernos, y afirmarnos. Ésta es toda la estrategia, y éste es el cometido de la "intelligentsia" judía entre los gentiles europeos; esto es lo que tienen que hacer. Saben que sólo desestructurándonos y desarraigándonos del todo lograrán vencernos algún día. Y a esto se dedican con afán y codicia de fin. Y no sueñan sino con la humillación de los pueblos Blancos europeos. Quieren vernos derrotados, vencidos, aislados, necesitados, pocos, solos. ¡Oh, viejo Shylock!.

     * No fueron los primeros en esta "vía de destrucción"; les precedieron los ilustrados post-renacentistas. Los escritos de los ilustrados de los siglos XVII y XVIII les proporcionaron argumentos políticos, jurídicos, económicos, filosóficos, de "progreso"... Pero no es lo mismo combatir ideológicamente contra el Antiguo Régimen, que intentar destruír la entera cultura europea. Nietzsche también, desgraciadamente, les suministró abundante material. Y Heidegger. Con todo, la misma crítica que un europeo hace a su patria o a su cultura suena distinta cuando es realizada por un judío —en boca (y en manos) de judíos. Hay que tener en cuenta al sujeto de la enunciación: quién habla aquí, quién dice eso. Mientras que en boca de judíos estas críticas suenan como el discurso de un enemigo, en boca de un europeo esas mismas palabras suenan como dichas por un padre o una madre, o por un hijo, o por un hermano. Reconviene, corrige, aclara, matiza, alienta... busca el bien de Europa, su salud; quiere hacerla mejor, más fuerte, más segura de sí; quiere afirmarla sobre bases simbólicas nuevas y más puras. La intención de Nietzsche es que se supere, que se deje atrás todo el periodo ideológico y espiritual platónico y judeo-mesiánico. Un cambio simbólico, un cambio de "cielo", una absoluta regeneración, una nueva aurora; un retorno, tal vez. Marx (la estrategia judía) busca la destrucción de nuestros mundos, Nietzsche procura su corrección, su transformación, su renovación.

     En cualquier caso, lo que se le consiente a Nietzsche (a uno de los nuestros), no se le consiente a ningún extraño, sea éste judío, cristiano, musulmán, o chino. Que se metan en sus "cosas".

     ¿Por qué permitimos que estos extraños tercien en nuestros asuntos? Los nuestros son asuntos de familia. Son antiguos, arcaicos, alcanzan a nuestros antepasados, a nuestros primeros Padres verdaderos, a aquellos pueblos indoeuropeos: hititas, aryas védicos, griegos, romanos, germanos, celtas, eslavos, baltos... Las relaciones entre los diversos pueblos en Europa, nuestra tierra sagrada. Las relaciones, a veces difíciles, entre germanos y celtas, por ejemplo (en Irlanda y las Islas Británicas), o entre el Sur romano, y los germanos, o entre eslavos y germanos o baltos... Son asuntos estrictamente nuestros y milenarios. Ningún extraño está invitado a esta re-unión; sólo a nuestros pueblos ancestrales les competen tales asuntos. Ningún extraño tiene aquí ni palabra, ni oído; ni voz, ni voto.

     Estos autores de los que hablo son judíos antes que franceses, alemanes, españoles o rusos, y sólo su "nación" los mueve —no los mueve Europa, ni su gente ni sus naciones. Al igual que los cristianos o los musulmanes, son extranjeros en cualquier tierra o región. Sólo pueden hablar desde su posición de apátridas. No tienen otra nación que la comunidad judía, o la musulmana (la "umma"). Éstas son sus únicas perspectivas.

     No tienen nada, pues, que decirnos. No pueden hablarnos sino desde fuera, desde su propio lenguaje/experiencia/perspectiva. Por lo demás, siempre se les puede decir: «Ocúpense Vds. de los asuntos de su "nación", y dejen en paz a los autóctonos, no los incordien más». «Dedíquense Vds. a comentar a sus "pedros" y a sus "pablos", y dejen en paz a Homero, Aristóteles o Platón». Esto les decía Juliano a los "galileos". Algo parecido podemos decirles nosotros a estos nuevos apóstoles de la gentilidad nuestra recién recuperada: "Dedíquense Vds. a censurar y a destruír vuestras propias tradiciones y costumbres, y dejen en paz de una vez a nuestros filósofos... y a toda nuestra cultura". (La gentilidad nuestra recién recuperada. Nuestra diferencia, nuestra "otredad" —nuestro ser otro de lo judío, nuestro no-ser judío. Nuestro ser arya o indoeuropeo. La identidad bio-simbólica recuperada).

     Los intelectuales judíos que operan entre nosotros no se presentan como judíos, y pretenden pasar por ciudadanos occidentales corrientes y molientes. En su aspecto no se distinguen de los demás (es importante, en su estrategia de dominio, que los veamos como franceses, alemanes o estadounidenses, y no como judíos). No parecen judíos (de esto se trata). Mimetismo. No hacen alardes públicos de judaísmo. Más bien se declaran ateos, o agnósticos, o heterodoxos, o, simplemente, "progresistas", o de "Izquierda" (términos con los que, por lo demás, se autodefine buena parte de los occidentales). Su obra está dirigida a ciudadanos occidentales en general. En todo caso, estos intelectuales que digo, nunca dejan de ser judíos.

     Es su eterno doble juego —como extranjeros que son en cualquier tierra (salvo en la suya, Israel); su doble nacionalidad, su doble discurso, su doble mentalidad... su doble lengua, su doble ánimo, su doble intención; su diabolismo —su doblez absoluta. Su lengua bífida, su veneno. No lo pueden evitar. Antes que franceses, rusos, alemanes o estadounidenses, son judíos. La perspectiva judía nunca se abandona. La patria o la nación judía es la comunidad transnacional judía, al igual que sucede con los musulmanes y su "umma", y sucedería también con los cristianos y su comunidad (el "pueblo" del dios de los judíos) si éstos fueran coherentes con su "fe".

     * Hay que volver a hablar de filosofía judía, o de pensamiento judío, distinguirlos bien de la corriente de pensadores europeos (Kant, Hegel, Nietzsche, Heidegger...), como hacemos con la filosofía medieval, donde distinguimos pensamiento judío, europeo (la mayor parte cristiano) y musulmán. Hay una "literatura" o una "escritura", actual, en Occidente, que podríamos denominar judía o hebrea —por sus contenidos, por sus referentes, por sus conceptos fundamentales, por sus "maestros". Temas, citas y autores judíos (antiguos, medievales, modernos y contemporáneos) son frecuentes en esas escrituras.

     Los actuales pensadores judíos suelen llevar en su mascarón de proa la figura de alguno de los más notables pensadores europeos de los últimos doscientos años (Kant, Hegel, Nietzsche y Heidegger, principalmente). Si bien se dejan guiar por pensadores judíos —Marx, Freud, Lévinas, Adorno... Son estos pensadores los que forman su conciencia, dicen. Y la conciencia de buena parte de los europeos de hoy, para desgracia nuestra.

     Envuelto en bocaditos gentiles. Con un poco de Kant, Hegel, Nietzsche o Heidegger se nos hace tragar puñados de cuestiones judías; se nos judaíza —de nuevo. Algo "dulce" en la punta de la cuchara, para engañar; algo distinto, algo otro de lo que se nos quiere hacer tragar; algo familiar y nuestro, en definitiva, para que no desconfiemos. Como se hace con los niños. Poco a poco, hasta que se acostumbren del todo. Después se les podrá retirar eso poco dulce y "ajeno", lo otro de lo judío. El arte de Derrida. La patita enharinada que asoma por debajo de la puerta. Escritura judía para gentiles europeos u occidentales; para los "primos" europeos. Al igual que el viejo judeo-mesianismo.

     Lo judío siempre hace acto de presencia con aires de triunfo ante la "confusión" gentil —como "deus ex machina"; como Sócrates en los (amañados) diálogos platónicos. Vayan a la página derridiana en la red; pasen, vean y comprueben. Textos sobre Marx, Freud, Benjamin o Lévinas; personajes y alusiones judías —antiguas y modernas— que no faltan en cada plato (artículo, entrevista, conferencia...). Escritura judía —autores judíos, cuestiones judías, preocupaciones judías, disquisiciones judías, bizantinismo judío; Kábala, Talmud... mesianismo. El egocentrismo, en suma, la megalomanía —todo gira en torno a los judíos y su reducido mundo.

     No olvidemos que cuentan con congresos y reuniones de Filosofía, o de pensamiento, estrictamente judíos. Reuniones en las que un no-judío, presumo, no puede participar —a no ser como "artista" invitado. Buena parte de las temáticas y los autores son, empero, los de todo el mundo (marxismo, fenomenología, psicoanálisis, la Escuela de Frankfurt, Benjamin, Derrida...). Autores y "topoi" filosóficos que rigen, hoy por hoy, buena parte del pensamiento europeo y occidental. Son la principal corriente de pensamiento, podríamos decir. Han logrado imponerse. La nómina de autores judíos cuyo discurso es relevante en nuestra cultura contemporánea es excesiva (de Marx a Derrida).

     No usan fuentes exclusivamente judías, como se ha dicho; éstas se combinan con ciertas dosis de los autores europeos ya citados. Pero advirtamos que estos usos son más bien para señalarlos, para marcarlos; para orillarlos, para bordearlos, para dejarlos a un lado; para desmarcarse, para distinguirse de ellos. Combaten, en definitiva, contra estos textos (estos autores): los tachan, los borran, les presuponen saber; los anulan —procuran anularlos, vencerlos, derrotarlos; desconectarlos, podríamos decir, privarlos de fuerza, de potencia, de utilidad, de funcionalidad, de actualidad, de valor; estropearlos. Bloquear salidas, cortar caminos...

     Pienso en la labor realizada con Nietzsche —la poda. El Nietzsche de Blanchot, Klossowski, Foucault, Deleuze, Lyotardt, Derrida, Vattimo... Los post-modernos. El pensamiento débil. Pensamiento debilitado, apagado, extenuado, agonizante, final. El nihilismo en toda su miseria. Este panorama no se advierte en el frente judío; allí se goza de otra perspectiva, se vive otra cosa. Han conseguido que los pensadores europeos se precipiten, se arrojen ellos mismos al abismo. Contemplan la auto-extinción, la auto-lisis del enemigo. Objetivo casi cumplido.

     Es la Europa Blanca, claro está, el destino final de estas maniobras y ataques; es esta Europa la que se quiere ver debilitada, anulada, extinguida... borrada, ida, desaparecida (así como desaparecieron Sumer y Egipto). Convertir a Europa en algo fantasmal, en un vago recuerdo.

     Digamos que hay una guerra entre el pensamiento europeo y el pensamiento judío: Darwin y Nietzsche de un lado, y Marx y Freud del otro (para simplificar). Tenemos sociologías y antropologías que se oponen. Mundos que se oponen. Es guerra dialéctica, cultural, simbólica; mediática, incluso. Es una lucha por el dominio. Piénsese si la escritura de Derrida no está planteada como una lucha contra ciertas tradiciones e instituciones europeas, para influír en el futuro de tales instituciones y tradiciones. Se trata de tomar, de dominar, de poseer. Son "posiciones" en la lucha. Es una guerra.

     Hoy por hoy es el entero pensamiento europeo (desde los griegos, desde Homero) el demonizado, el que está bajo sospecha —el derrotado, vale decir. Es toda la cultura milenaria europea la que está en entredicho —y la que corre el peligro de desaparecer.

     El futuro del pensamiento (y del ser) europeo se dirime en estos tiempos, aunque gran parte de los "profesionales" no se den cuenta de ello —no advierten que ya participan en esta lucha bien de un lado, bien del otro. Hay que preguntar ¿cuál es el pensamiento dominante?, ¿qué autores dominan o predominan —guían o conducen? Es una lucha ideológica, es una lucha en los cielos. Es la batalla de Europa.

     Se trata de tomar la "cabeza", la ciudadela de lo alto (la "acrópolis"), los centros de gobierno; de pilotar, de dirigir, al igual que algunos retrovirus que penetrando en el núcleo de las células logran insertarse en el ADN y, desde éste, replicarse usando los dispositivos celulares. La "replicación" del discurso desde el núcleo rector. Los replicantes. La cibernética y la máquina o el cuerpo social.

     Los judíos pretenden dominar el entero campo del pensamiento, judaizar definitivamente el pensar filosófico, económico, político, ético, psicológico, antropológico... europeo. Se han diseminado en todos los campos de la cultura —del saber. Que circulemos preferentemente por figuras y caminos de reflexión propiamente judíos, creados por judíos; ésa es la intención.

     Para el buen logro de este fin, es esencial que los europeos y occidentales no sospechen ni por un momento que están leyendo prensa judía, o literatura judía, o pensamiento judío, o viendo cine judío (o que propaga mitos judíos —como la nueva Sión de "The Matrix"). Hay toda una serie de "productos" netamente judíos que pasan por ser arte y cultura (de masas) simplemente occidental. Consumimos preparados culturales "kosher" (especial para gentiles) sin saberlo, como cuando el antiguo judeo-mesianismo —un judaísmo "ad hoc" para gentiles europeos (ni circuncisión, ni prescripciones alimentarias, y poco más; todo lo demás, judío —el dios judío, el libro sagrado judío, la tierra sagrada judía...).

     Es literatura y arte de propaganda lo que tenemos siempre con los judíos. Se propagan ellos mismos. De sí mismos cuidan y hacen publicidad. Se venden; se postulan, se ofrecen, se promocionan —unos a otros. Es su arte; el arte fenicio, el arte semita.

     (De lo que se ha tratado siempre, entre judíos, es de cómo sobrevivir, y dominar, en tierra (siempre) extraña, e incluso influír en la vida y obra de los "goyim" (los "otros", la "gente"). Entre semitas se busca en todo momento y lugar transformar la cultura de los anfitriones para hacerla más favorable a los propios intereses).

     De momento ganan la batalla en las mentes y en los corazones de los europeos y occidentales. Incomprensiblemente, sus nocivas consignas auto-destructivas circulan. Sus mortíferos abalorios conceptuales. Hay muchos "conversos" o partidarios que no se saben tales, o que no se tienen por tales (marxistas, freudianos, derridianos, universalistas, internacionalistas, multiculturalistas...). Los que abandonan su oro y hacen gala de la más negra calderilla.

     ¡Ay, simples europeos; ingenuos, crédulos, confiados! Raza joven, nueva, última, inexperta, adolescente. ¿Cuándo alcanzaréis algo de madurez?.

     * ¿La reciente aportación cultural o intelectual judía? Es una habitación —cuatro paredes y un techo— construída insidiosa, lenta y laboriosamente desde Marx a Derrida. El legado "intelectual" judío, el regalo envenenado para las futuras generaciones europeas. Un receptáculo, una celda, un zulo [escondite subterráneo]. Los nuevos textos y autores canónicos; los nuevos "Padres" de la nueva "ecclesia" (comunidad) europea, de los nuevos europeos —los arquitectos de esta nueva Sión, de esta nueva Matrix. ¿Es éste nuestro destino; el destino de nuestros herederos?. ¿De nuevo encerrados entre cuatro paredes?. ¿Vivir a la sombra, bajo la techumbre de este mínimo recinto —que nos niega espacio y horizonte e impide que veamos nuestros cielos?. ¿Será esa ennegrecida y sucia techumbre nuestro futuro único "cielo"? Nauseas. Asco.

     El "universo", el "mundo" de Marx... Kafka, Freud, Lukács, Trotsky, Benjamin, Arendt, Adorno, Lévinas... Derrida. El sombrío mundo judío; su atmósfera irrespirable, impura.

     Así como con el llamado "nuevo testamento" judeo-mesiánico nos vino el entero mundo judío (del que parece que salíamos), con el discurso de Marx, Freud, Lévinas, Benjamin o Derrida se nos devuelve de nuevo a ese mundo. Lo uno lleva a lo otro. Nos detienen, nos paralizan; nos retienen en su mínimo laberinto desde hace siglos. No salimos de su estrecho y tedioso mundo.

     La "intelligentsia" judía pretende modelar y dirigir nuestras vidas por milenios.

     El novísimo testamento; los nuevos apóstoles de la gentilidad. Un nuevo milenio judeo-mesiánico; un nuevo invierno supremo. Ésta es la amenaza.

     El "Holocausto" es ahora su Gólgota —su signo, su cruz, su pálido estandarte.

     El cielo está enladrillado, ciertamente. Nuestros cielos están enladrillados por los cielos judíos y judeo-mesiánicos Ahora tenemos un nuevo enladrillado; y ambos, el viejo y el nuevo, se conservan. Un doble enladrillado, pues; una doble llave. En ambos casos las llaves (las claves) están en manos de judíos.

     Estos "cielos" son los caminos de salvación elaborados por los judíos para los gentiles europeos. Ambos nos destruyen; destruyen nuestro ser. Tanto el viejo judeo-mesianismo como el nuevo —el novísimo testamento.

     Clarividencia y coraje les deseo a los míos para salir de este enredo, para desenladrillar estos cielos ajenos, para derribar estos muros; para recuperar la luz de nuestros cielos, para respirar este aire nuestro puro. Para vencer, al fin.

     * Hemos de ser más fuertes que la enfermedad, más vigorosos que el mal que nos invade.

     Ya es hora de que frustremos los planes de estos charlatanes, de estos embaucadores, de estos tramposos; de estos impostores y usurpadores.–





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