BUSCAR en este Blog

miércoles, 25 de febrero de 2015

La Rueda como Símbolo del Destino



     En la publicación estadounidense The Esoteric Quarterly, vol. 6 Nº 4, del Invierno (boreal) de 2011, apareció publicado el siguiente artículo de Kerry Bolton, que hemos puesto en castellano. Su autor hace aquí una ligera aproximación, en nombre de una así llamada Tradición Perenne, y estableciendo un contrapunto con el enfoque darwiniano de la Historia y la sociedad, lleno del optimismo de una progresión lineal, a la visión cíclica de las épocas, que estaría simbolizada, entre otros significantes, por la imagen de la Rueda, que ha persistido en diversas culturas y a la que el señor Bolton trata de exprimirle mayores significados mediante el uso de analogías.

La Rueda como un Símbolo del Destino
por Kerry R. Bolton, 2011




Resumen

     Casi todas las sociedades tradicionales comparten una perspectiva cíclica de la Historia que es contraria al contemporáneo enfoque darwinista progresivo y lineal que logró la aceptación en la academia del siglo XIX. La perspectiva tradicionalista evita la idea de que la Historia se desarrolla en una línea recta desde lo primitivo a lo moderno. Sin embargo, la noción de "ciclicidad" está ganando un nuevo terreno en la academia y las artes, debido en gran parte a un interés renovado y a la aceptación de la metafísica y la Tradición Perenne como auténticas áreas de estudio académico.

     Este artículo examina la Rueda como un símbolo universal, recurrente e inter-cultural de la perspectiva cíclica, y al hacer eso sugiere que el paradigma de lo cíclico perenne pudiera ser de mayor importancia en el análisis de la perspectiva humana contemporánea y futura que el todavía ampliamente considerado paradigma lineal y progresivo.


Lo Cíclico y lo Lineal

     Nuestra época moderna está marcada por una actitud de supuesta superioridad, basada en gran parte en sus logros técnicos. Si bien hay dudas crecientes con respecto a la dirección hacia la cual la ciencia y la tecnología están empujando a la Humanidad, parece haber una extendida sensación de que marchamos en una búsqueda ascendente hacia un infinito fáustico [1], y de que la Humanidad puede vencer cualquiera y cada desafío por la fuerza de la voluntad para conquistar la Naturaleza.

[1] La leyenda del doctor Fausto se refiere a una búsqueda insaciable de aprendizaje, que se convirtió en un orgullo auto-destructivo. Oswald Spengler, en La Decadencia de Occidente, usó el término "fáustico" para describir la naturaleza moral (ethos) específica de la Civilización Occidental.

     Esta "marcha del progreso", como ha sido llamada, no es distintiva de nuestros siglos XX y XXI, sino que es una herencia del siglo XIX, cuando la industrialización y los fenómenos concomitantes del materialismo y el racionalismo destruyeron no sólo los vínculos orgánicos y las jerarquías naturales basadas en valores rurales, sino además la mística de la vida mediante la secularización y el escepticismo. Las viejas creencias fueron barridas como supersticiones por una nueva religión de la ciencia y una creencia en el Progreso.

     El darwinismo fue aplicado no sólo a las explicaciones científicas acerca de los orígenes de la vida, sino que también se dieron aplicaciones sociales y económicas que proporcionaron un fundamento científico para la reorganización de la sociedad sobre la base de que la supervivencia material es la fuerza primaria y omnipresente de la vida. Esta perspectiva materialista era completamente tan subversiva como el marxismo, que surgió del mismo zeitgeist [espíritu de la época]. No es sorprendente, por lo tanto, que Marx haya apoyado la doctrina del libre comercio como una parte esencial de la dialéctica histórica, precisamente porque el darwinismo económico subvirtió y destruyó el antiguo orden. Así, el marxismo y otras formas de socialismo son uno con el capitalismo al ver la Historia como un ascenso lineal.

     El optimismo que acompañó los logros técnicos del siglo XIX recuerda una actitud que continúa en el presente. Dentro de los círculos intelectuales más altos este optimismo fue lógicamente expresado por el biólogo del siglo XIX (y por ello un exponente del darwinismo) A. R. Wallace, en un libro apropiadamente titulado The Wonderful Century (1898):

     «No sólo es nuestro siglo superior a cualquiera que haya existido antes de él sino que... puede ser mejor comparado con el período histórico precedente entero. Debe ser por lo tanto considerado como constituyendo el principio de una nueva Era del progreso humano... Nosotros los hombres del siglo XIX no hemos tardado en elogiarlo. El sabio y el tonto, el culto y el no-culto, el poeta y el periodista, el rico y el pobre por igual, aumentan el coro de admiración por las invenciones y los descubrimientos maravillosos de nuestra propia época, y especialmente por aquellas innumerables aplicaciones de la ciencia que ahora forman parte de nuestra vida diaria, y que nos recuerdan a cada momento nuestra inmensa superioridad sobre nuestros antepasados comparativamente ignorantes».

     Quizás pocos pasajes expresan más sucintamente la antítesis entre los enfoques modernista y tradicionalista de la Historia. El doctor Wallace personifica la perspectiva darwiniana no sólo en términos de evolución biológica sino también en términos de cómo esta doctrina evolutiva fue, y es, aplicada a la Historia y a la sociedad. Él veía la Historia como una línea recta ascendente desde lo primitivo a lo moderno, como la ya mencionada "marcha del progreso", describiendo una procesión desde los antropomorfos hasta las actuales formas humanas.

     El que esta civilización occidental sea incluso única en su valor técnico es algo que la Tradición Perenne cuestionaría. Ciertamente miramos maravillados hoy los logros de ingeniería de los hombres antiguos, pero hay bastantes anomalías arqueológicas para sugerir que incluso nuestra civilización moderna pudiera estar simplemente en el ciclo técnico por el cual han pasado muchas civilizaciones hace millones de años, tan absurdo como le suene eso a la academia ortodoxa.

     El filósofo metafísico e historiador italiano Julius Évola abordó coherentemente la dicotomía entre las perspectivas modernista y tradicionalista en la morfología cultural, de esta manera:

     «Recientemente, en contraste con la noción de progreso y con la idea de que la Historia ha sido representada por la más o menos continua evolución ascendente de la Humanidad colectiva, ha sido confirmada la idea de una pluralidad de formas de la civilización y de una relativa incomunicabilidad entre ellas [2]. Según esta segunda y nueva visión de la Historia, ésta se divide en épocas y ciclos desconectados... Una civilización aparece, gradualmente alcanza un punto culminante, y cae en la oscuridad y, muy a menudo, desaparece. Un ciclo ha terminado...» [Julius Évola, The Hermetic Tradition: Symbols & Teachings of the Royal Art, Vermont, 1995, p. 13].

     [2] "Incomunicabilidad" en la medida en que puede sostenerse que un "forastero" o alguien de una época diferente no puede comprender interiormente el ethos y el espíritu de otra civilización o época, a pesar de la actual tendencia especialmente entre los occidentales, debido a nuestro propio empobrecimiento espiritual y cultural que surge en el ciclo final de una civilización, para intentar abrazar las costumbres y enseñanzas de otras culturas.

     La "nueva visión de la Historia" explicada por Évola en gran parte de su obra no era nueva en sí, sino un renacimiento de la perspectiva tradicionalista. Évola consideraba este revivido enfoque cíclico de la Historia como "una reacción saludable ante la superstición de la Historia como progreso", que fue un producto del materialismo occidental.

     La universalidad de tal perspectiva parecería ser una expresión de algo sacado desde un nivel más profundo que las diferencias habituales en etnografía; algo que podría ser descrito como "arquetípico", como común a las capas más profundas del inconsciente colectivo, o como la manifestación de una chispa divina dentro del inconsciente humano. Los hindúes, caldeos, helenos, iranios, germanos, vikingos y amerindios han poseído todos esta perspectiva cíclica ante el flujo y reflujo de la Historia, como queda indicado en sus textos sagrados y tradiciones orales. Por ejemplo, el concepto hindú de Yugas o Eones establece que "El orden cósmico entero está bajo Mí. Por mi voluntad es manifestado una y otra vez, y por mi voluntad es aniquilado al final" [Bhagavad-Gita, cap. 9:8].

     Estos ciclos fueron llamados el "Gran Año" por los caldeos y los helenos, Saeculum por los etruscos y latinos, Eón por los iranios, y Kalpas por los hindúes. Los griegos y romanos se referían a cuatro Eras nombradas según los cuatro metales: oro, plata, bronce y hierro. Entre los ciclos de Bronce y de Hierro hubo un interregno heroico, donde los Héroes resisten a la usurpación del Caos. Los hindúes también tienen cuatro divisiones cíclicas: Satya-yuga, Treta-yuga, Dvapara-yuga y Kali-yuga, siendo esta última la Edad Oscura de decadencia y caos. Los persas tenían cuatro ciclos nombrados como oro, plata, acero y "un compuesto de hierro" [Julius Évola, Revuelta contra el Mundo Moderno]. La visión caldea era similar. Los mayas tenían ciclos solares, con un quinto ciclo Heroico (que comienza en Diciembre de 2012) donde comienza una nueva edad o creación.

     En el Sermón de los Siete Soles Buda cuenta una historia de la destrucción del mundo para recordarnos la transitoriedad de la existencia. Sin embargo, la naturaleza cíclica de su alegoría astronómica también es indicada por la inclusión de una historia sobre el maestro Sunetto que se convirtió en un "Ángel de Esplendor" después de dedicarse él mismo al amor más alto de Dios más bien que a la materia. Habiéndose convertido en un gran Brahma, Sunetto volvió al mundo después de "siete ciclos de consumación y restauración". Buda declara que Sunetto se convirtió en un "justo gobernante mundial y emperador". Sin embargo, con el tiempo, incluso su Imperio llegó a un final [3]. Si bien la alegoría está destinada a enseñar la inutilidad del apego mundano y los medios por los cuales los ciclos del renacimiento pueden ser vencidos, la perspectiva en cuanto a la historia terrestre es sin embargo cíclica. El Sermón de los Siete Soles también incluye un tema similar al del nórdico destino del Ragnarok, que sugiere que ni siquiera los Dioses mismos están por sobre los ciclos.

[3] "The Sermon of the Seven Suns", translated by Albert J. Edmonds, http://www.hinduwebsite.com/buddhism/practical/endofworld.asp

     Dentro de esta perspectiva tradicional, una deidad o un panteón, más bien que ser eternos, a menudo son considerados como presidiendo un ciclo de duración limitada, para ser reemplazados por otra deidad o panteón una vez que aquel ciclo se ha terminado y otro ha nacido. En tal paralelo, ¿no podría el maestro Sunetto, que espera en una morada celestial el momento justo para su advenimiento como el emperador de un nuevo ciclo (o Imperio), ser análogo a Baldr que espera en la seguridad de Hel el momento apropiado de su regreso como el dios de un nuevo ciclo?. Esta "espera en casa", como uno podría decir, también trae a la mente el consejo de Évola para los tradicionalistas, a saber, su visión fatalista de que nada puede hacerse para salvar la decadencia y la caída de Occidente, y que lo mejor que un tradicionalista perspicaz puede hacer es "montar al tigre" y permanecer tan a distancia como le sea posible de la sociedad que se pudre, a fin de surgir de nuevo y ayudar a un renacimiento cultural y espiritual cuando el tiempo esté maduro [Julius Évola, Cabalgar el Tigre: Un Manual de Sobrevivencia para Aristócrtatas del Alma].

     La cosmología nórdica está registrada en el Voluspa, donde la vidente vala o volva explica la creación y la destrucción del cosmos a Odin. Ella le dice a Odin que antes del actual Árbol de la Vida y el Tiempo, existieron nueve mundos:

«Nueve mundos recuerdo,
nueve Árboles de la Vida
antes de que el Árbol del Mundo creciera de la tierra».

     Según el Ragnarok, el actual ciclo, el décimo, termina con la muerte del dios del Sol, Baldr, quien es muerto por las fuerzas oscuras del caos. La cosmología nórdica muestra que incluso los Dioses están sujetos a los ciclos incesantes de la vida y el tiempo. Incluso los Dioses mismos son intuitivamente conscientes y cooperan con su Wyrd o destino. El ciclo que precede al Ragnarok se parece al ciclo védico de decadencia y caos entre los mortales. En particular hay un rompimiento de los lazos de familia y traición, y la inmoralidad se hace trivial:

«Los hermanos se combatirán y matarán unos a otros.
Los lazos de sangre de los hijos de las hermanas serán cortados.
Desagradable es el mundo. La fornicación es corriente,
y lleva a la deslealtad de los cónyuges de otros».

     Este pasaje describe la putrefacción moral y la violencia típicas del final de ciclo de una civilización:

«Tiempo del hacha, tiempo de la espada, los escudos serán traspasados;
el tiempo del viento, el tiempo del lobo, antes de que el mundo decaiga...
ningún hombre salvará entonces a otro.
El agonizante árbol del mundo se incendia
al sonido de la estridente trompeta del destino...».

     Después del cataclismo comienza un nuevo ciclo:

«Otra tierra desde el mar
una vez más volviéndose verde».

     Los indios Hopi declaran que ha habido tres previos "ciclos mundiales" o "soles". Según el saber de los Hopi, este cuarto ciclo terminará "si la gente no cambia sus caminos"...

     El "espíritu del mundo se verá frustrado". Un anciano Hopi creía que el mundo había empeorado desde que él primero supo de esta profecía por su abuelo a comienzos del siglo XX. El anciano hablaba como un tradicionalista que ve la decadencia moral y espiritual como sintomático del ciclo actual: "No hay valores en absoluto ya más —ninguno en absoluto— y la gente vive del modo en que ellos quieren, sin moral ni leyes. Éstos son los signos de que el tiempo ha llegado". El anciano declaró que algunas personas estarán seguras "si los Hopi no abandonan sus tradiciones", y si los Hopi imparten su tradicionalismo al resto de la raza humana. Él siguió explicando que esto está predestinado según la ley divina y que después del final del Cuarto Mundo, comenzará un Quinto [Graham Hancock, Fingerprints of the Gods: A Quest for the Beginning and the End, Londres, 1996, pp. 532-533].


La Rueda y los Ciclos del Tiempo

     Ya que la perspectiva tradicionalista comprendía la naturaleza cíclica de la vida —lo que también podría ser visto como una concepción estacional de la vida, con la Naturaleza como un reflejo de la ley divina—, ellos veían a las culturas como sujetas a un curso orgánico o morfológico de nacimiento, juventud, madurez, senilidad y muerte, análogo a la primavera, el verano, el otoño y el invierno. Éstos son precisamente los términos estacionales usados por el historiador alemán y filósofo de la morfología cultural Oswald Spengler, quien proporcionó pruebas empíricas contemporáneas para la perspectiva cíclica tradicionalista con su obra germinal La Decadencia de Occidente.

     La rueda como un mecanismo para el movimiento cíclico con rayos hacia el exterior que emanan de un eje inmutable central es una descripción exacta de la manera en la cual se manifiesta la vida, incluyendo la morfología de las culturas. Esto fue reconocido por innimerables culturas que han elegido la rueda como el motivo central que representa el proceso mundial.

     Un elemento clave del símbolo de la rueda es el concepto del eje central o centro noumenal, el axis mundi o eje cósmico (también expresado como un árbol o una columna, como Yggdrasil en los mitos nórdicos, y el Irminsul o Columna del Mundo en los mitos teutónicos). Para el tradicionalista, una civilización gira alrededor de algo como un eje, y cuando aquel eje es sacudido, el mundo se sacude y finalmente cae. Este eje se basa en último término en el espíritu, y es un reflejo de la divinidad de la cual el cosmos es una emanación. Los ritos son realizados para mantener una conexión íntima entre una sociedad tradicional y lo divino.

     Para la sociedad tradicionalista que se manifiesta en sus fases de primavera y verano, las castas son reflejos del lugar de uno en el cosmos, con una jerarquía y una posición en la cima que representa al líder, no como un jefe político sino como un sacerdote. Tal sociedad tradicional es antitética a una sociedad en sus ciclos de otoño y de invierno, donde el materialismo es la moral predominante, donde las castas han degenerado en clases económicas, y el liderazgo se deriva de una base política secular. Este concepto de degeneración cíclica, donde la sociedad se extravía aún más de su moral fundante ("el halcón no puede oír al halconero... el centro no se puede sostener"), fue convincentemente expresado por el poeta tradicionalista W. B. Yeats en la apertura de su poema La Segunda Venida [The Second Coming, 1919]:

«Girando y girando en el giro que se ensancha
el halcón no puede oír al halconero:
Las cosas se desmoronan, el centro no se puede sostener;
la mera anarquía es soltada sobre el mundo...».

     Cuando Yeats dice que "el centro no se puede sostener" él está aludiendo a la desestabilización del axis mundi y de todo lo que gira alrededor de él. El axis mundi es un símbolo del nexo en torno al cual giran las culturas tradicionales —en sus ciclos de primavera y de verano, para usar la terminología spengleriana— en términos de su naturaleza moral y espíritu. Tal ethos o espíritu es reflejado en el sentimiento de temor hacia, y su conexión con, la divinidad y el cosmos, como queda indicado por la leyenda Hopi ya mencionada, o por el concepto hindú de dharma o deber cósmico. Como Yeats poéticamente lo describe, una civilización en su ciclo de decadencia tiene sus rayos deteriorándose. Quedan pocos que puedan establecer una conexión con lo divino, y "las cosas se desintegran".

     El motivo de la rueda es ubicuo y pleno de simbolismo. Representa la "ronda de la existencia", el "proceso mundial" y los "ciclos de la vida" de individuos, sociedades y civilizaciones enteras.

     El mundo medieval de la civilización occidental también tiene su rueda, la "Rueda de la Fortuna" o Rota Fortunae, con ocho rayos de opuestos destinados para referirse a la naturaleza caprichosa del destino. La Rueda de la Fortuna aparece como el rosetón en las catedrales medievales, como un colorido fresco o como una trama geométrica colgada del techo de la iglesia, y usada para predecir el futuro o destino [D. Phillips, "Wheel", en Man, Myth & Magic, Londres, 1970, vol. 7, pp. 3014-3015].


     La Rueda de la Fortuna entró en el ocultismo occidental por medio del Tarot o Taro Rota. Según Paul Foster Case, la décima carta o clave Nº 10 representa la naturaleza cíclica del cosmos. "En la décima clave la auto-conciencia comprende la importancia del modelo básico de la manifestación cósmica que es la rueda" [Paul F. Case, Introduction to the Tarot, Los Angeles, 1961]. El Cero o el Tonto representa la eternidad, el poder indiferenciado, o lo que llamamos Dios, mientras que el número Uno (el Mago) representa «el regreso al "Eterno No-Ser" y el principio de un Nuevo Ciclo». El doctor Case continúa:
 

     «La completación de un ciclo es siempre un retorno al Eterno No-Ser, el cero, pero puesto que el cero es esencialmente invariable en su naturaleza inherente, la Fuente Eterna es eternamente un poder que se auto-manifiesta. Por consiguiente, un nuevo ciclo comienza tan pronto como el ciclo precedente termina. Así, el número 10 simboliza la creatividad eterna del Poder de la Vida, el incesante girar sucesivo de la Auto-expresión de la Voluntad Primordial, la siempre girante rueda de la manifestación» [Paul F. Case, Tarot Fundamentals, Los Angeles, 1961].

     De aquí, una nueva civilización surge de una cultura incipiente (ciclo de primavera) tras la caída de una vieja civilización (ciclo de invierno). Históricamente esto podría ser visto, por ejemplo, por lo romano desplazando a lo helénico; o lo cristiano, lo gótico o lo occidental desplazando a lo romano, etc. Sin embargo, esta progresión aparente desde el eclipse de una civilización a otra es mal entendida por el paradigma progresista lineal darwiniano como "progreso", reflejando una Historia universal de ascenso en curso.

     Los jainistas [4] también entendían la naturaleza cíclica de la vida y la naturaleza interminable del tiempo. Uno de sus símbolos principales era una rueda de doce rayos. Como la medieval Rueda de la Fortuna de Occidente, la rueda jainista representa las polaridades de la vida, dividida en pares de seis. Es un motivo específicamente cíclico. Un juego de pares representa un ciclo descendente en el cual las cosas buenas gradualmente dan lugar a las malas, mientras el otro conjunto significa un ciclo ascendente. Los jainistas creen que estamos actualmente en el quinto rayo o fase del ciclo descendente [Phillips, op. cit., p. 3015].

[4] Los jainistas se derivan de las mismas raíces que el budismo y el hinduísmo Sankhya, confinados a la India con 1.700.000 adherentes, pero que remontan su "salvador" fundador a Parsva, ca. 743 a.C., el primero de una serie de salvadores, siendo el último Mahavira, contemporáneo de Buda, ca. 540 a.C. El jainismo se caracteriza por un severo asceticismo (C. Von Furer-Haimendorf, "Jains", Man, Myth & Magic, op. cit., 1480-1483).

     Aparte de la Cruz celta, una variación de la nórdica rueda del Sol, los celtas tenían el Triskele [o Triskelion], una cruz curva de tres brazos, que irradia desde un punto axial, un motivo intermedio entre la rueda del Sol y la esvástica, que representa los tres ciclos de la vida, tanto física como metafísica. Como tal, éste es un motivo con forma de rueda, como la esvástica, que expresa el movimiento hacia afuera desde un eje, más particularmente como las esvásticas de brazos curvos.


     El Triskele fue un ornamento común en el arte celta, particularmente entre el siglo V a.C. y el siglo VIII d.C.. Sus tres brazos en espiral representan la importancia de la tríada en la perspectiva celta; los tres ciclos de vida, muerte y renacimiento dentro de los tres elementos primarios, tierra, mar y cielo. El Triskele también representa la interacción entre las tres esferas físicas y el reino espiritual. Como los brazos se mueven en espiral a partir de un eje, otra vez vemos el motivo tradicionalista de la vida irradiando desde un punto cósmico central o axis mundi. Los tres aspectos de vida, muerte y renacimiento giran y vuelven al centro, al pilar divino o cósmico o punto axial, análogo a la teutónica Columna del Mundo Irminsul, el nórdico Yggdrasil, y la Rueda hindú, etc.

     Los artesanos celtas del día de hoy han notado que el Triskele es dibujado como una sola línea sin comienzo o final, representando las eternas leyes cósmicas ["The Triskele", Celtic History Newsletter, vol. 1., Nº 1, Abril-Junio de 2004. underthemysticalmoon.com].


La Bandera de la India: Remanente de una Tradición Viva

     Algunas culturas, incluyendo aquellas que han pasado a través de los ciclos completos de la civilización y que son los remanentes de un gran pasado, han retenido vestigios de sus tradiciones. India es una de esas culturas, y la bandera india es instructiva en cuanto al simbolismo de la rueda del paradigma cíclico tradicional.

     La rueda azul de 24 rayos en la bandera es conocida como la chakra Ashoka [la rueda que aparece en los edictos del Emperador Asoka o Ashoka, del siglo III a.C., la rueda de la ley del dharma]. El doctor S. Radhakrishnan, hablando ante la Asamblea Constituyente que adoptó la bandera en 1947, explicó:

     «La rueda de Asoka en el centro del blanco es la rueda de la ley del dharma. La verdad o satya, dharma o virtud, deberían ser los principios controladores de aquellos que trabajan bajo esta bandera. Nuevamente, la rueda denota el movimiento. Hay muerte en el estancamiento. Hay vida en el movimiento».
 

     La rueda de Asoka es por ende el símbolo del movimiento cósmico (dhármico). El cosmos está sujeto al cambio constante, pero también está basado en leyes cíclicas inmutables (dharma). La rueda de Asoka se deriva en sí misma del Dharma Chakra sánscrito, significando literalmente "la rueda de la ley", la ley cósmica del movimiento cíclico.


La Rueda Hopi

     El mismo concepto de la rueda del tiempo es sostenido por los indios Q’ero en Perú, y los Hopi de Arizona.

     La concepción Hopi del tiempo es completamente cíclica en el contexto de la Tradición Perenne. Benjamin Lee Whorf, el lingüista estadounidense, declaró que los Hopi "no tienen ninguna noción general o intuición del tiempo como un continuum de suave fluír en el cual todo en el universo procede, en igual proporción, desde un futuro, pasando por un presente, hacia un pasado" [5]. Este concepto cíclico es manifestado como una rueda que gira en un lugar sin ser impulsada, produciendo una repetición eterna explicada en términos estacionales, lo que recuerda el modo en que Spengler explicó la morfología cultural.

[5] Language, Thought, and Reality: Selected Writings of Benjamin Lee Whorf, Cambridge, Technology Press of MIT, 1956, p. 57.

     Tal perspectiva de tiempo produce la cíclica repetición eterna de la misma secuencia de estaciones, que nunca son acumuladas en años y décadas, o en "la cinta métrica del tiempo lineal occidental". Este concepto es representado por la rueda medicinal Hopi. La mayor parte de las ruedas medicinales son hechas colocando piedras en círculo alrededor de un eje central con rayos [spokes] que irradian desde la piedra o piedras centrales. Si bien el uso de tales ruedas incluía ceremonias de sanación, las ruedas mismas están basadas en enseñanzas acerca de los ciclos. Las ruedas medicinales también están asociadas con el llamado "baile del aro" (hoop dance) descrito por una importante fuente de noticias sobre los indios norteamericanos:

     «El aro es simbólico del ciclo interminable de la vida. No tiene principio ni final. Los sanadores tribales y los hombres religiosos han considerado el aro como sagrado, y siempre lo han usado en sus ceremonias. Su significación realzaba la realización de las ceremonias sanadoras» [6].

[6] Dennis Zotigh, "History of the Modern Hoop Dance", Indian Country Today, 30 de Mayo de 2007, http://indiancountrytodaymedianetwork.com/2007/05/30/history-modern-hoop-dance-90866


Un Mandala Cíclico para la Época Occidental Actual

     En Oriente, algunas de las mencionadas ruedas del tiempo han servido, y todavía sirven, no sólo como representaciones de la naturaleza espiral cíclica del cosmos sino también como mandalas para meditar. Como ya se señaló, la época medieval occidental, o el ciclo de primavera de la civilización occidental en el sentido spengleriano, tenía a la Rota Fortunae como una representación simbólica de la ciclicidad a la cual todos estaban sujetos.

     El Occidente, actualmente en el ciclo de invierno, necesita un mandala en el cual contemplar su situación. Actualmente, no hay ningún símbolo más omnipresente que personifique el ciclo actual de Occidente que la rueda del automóvil. Ningún mejor símbolo representa la actual obsesión por la prisa del ciclo occidental presente, la obsesiva tendencia de la vida moderna y el abandono de nuestra identidad verdadera. La rueda de automóvil también simboliza la siempre presente condición de mortalidad. Tal como la Rota Fortunae colgando del techo de la iglesia medieval, la rueda del automóvil de velocidad es un recordatorio constante de la transitoriedad y la muerte.

     El volante del automóvil también puede ser visto como una especie de mandala. Aquél permite que el conductor manipule el automóvil de modo que éste siga un curso deseado. Actualmente, aquel curso está en gran parte basado en la acumulación de riqueza material y dinero. Tal como el automóvil de velocidad, a menudo inconsciente del dharma de otros, la civilización occidental entró en su ciclo de decadencia y muerte hace siglos, y parece estar moviéndose en un frenesí hacia el olvido. Si este ciclo finaliza con "una explosión o un gemido", como se pregunta T.S. Elliot [The Hollow Men, 1925], está por verse.


Conclusión

     Afortunadamente, en tales estados finales de la decadencia cultural aparece una "Segunda Religiosidad", como Spengler la llamó, en reacción al ciclo tardío o de invierno de una civilización. Esta fase en el desarrollo de una civilización es una tentativa de "revisar" y de hacer nacer de nuevo el contenido espiritual y las tradiciones de la cultura.

     La aparición de una tal "Segunda Religiosidad” es el resultado de la búsqueda de la Humanidad de algo más que lo que puede ser ofrecido por lo estrictamente material. Esta búsqueda es manifestada, a menudo de manera confusa, por un interés en la metafísica y el Otro Mundo. La popularidad de los mitos de Tolkien, por ejemplo, ha surgido en un momento en que hay un ansia por un renacimiento espiritual y heroico, precisamente como Tolkien lo había pretendido al escribir la trilogía del Anillo. La metafísica, incluyendo estudios acerca de la Tradición Perenne, se está convirtiendo en una disciplina establecida y popular en las universidades de todo el mundo. Los libros de Évola están siendo traducidos al inglés y están siendo ampliamente discutidos. Sacerdotes y videntes de los remanentes de tradiciones vivas que han sobrevivido a pesar del impacto materialista están haciendo conocida la sabiduría primordial de sus tradiciones a auditorios siempre crecientes que están buscando explicaciones que los conceptos racionalistas y materialistas de la ciencia occidental han dejado de proporcionar. Por ejemplo, el anciano maya Carlos Barrios del Clan del Águila de la etnia Mam de Guatemala acertadamente afirma de la época actual:

     «Ésta es la época en que la gente necesita saber cuál es el propósito de sus propias vidas. Ésta es una época peligrosa porque podemos ir al siguiente paso, a la transición, a la fusión de las polaridades, o se trata de un tiempo en que podemos ser destruídos. Este estilo de vida materialista, todo este asunto sobre la posición económica y social en el mundo, tiene que cambiar y la gente tiene que ir dentro de ella misma a fin de saber lo que ellos son y encontrar la armonía con la madre tierra, con los seres humanos, con sus hermanos, con los animales, con las plantas. Éste es un tiempo importante porque estamos en el momento de las profecías, y la Humanidad puede ser destruída o podemos ser salvados, todos juntos» [7].

[7] Organization for Mayan and Indigenous Spiritual Studies, http://www.sacredroad.org

     Está también la perspectiva de la ciencia que se une con la metafísica en una nueva síntesis que puede diagnosticar los males de nuestra civilización y ofrecer alternativas que combinan los conocimientos de la ciencia con los predicados espirituales de la tradición. Según el fisiólogo ganador del Premio Nóbel doctor Alexis Carrel, un hombre de ciencia que sin embargo insistió en que la base para una renovación cultural y el ascenso del Hombre debiera descansar sobre fundamentos religiosos y espirituales,

     «Por primera vez en la historia del mundo una civilización que ha llegado al borde de su decadencia es capaz de diagnosticar sus males. Quizás será capaz de usar este conocimiento y, gracias a las fuerzas maravillosas de la ciencia, evitar el destino común de todos los grandes pueblos del pasado. Deberíamos lanzarnos en este nuevo camino desde este mismo momento...

     «Ante aquellos que realizan perfectamente su tarea como hombres, el camino de la verdad permanece siempre abierto. En este camino Real, tanto el pobre como el rico, el débil así como el fuerte, el creyente y el incrédulo por igual están invitados a avanzar. Si ellos aceptan esta invitación, ellos están seguros de llevar a cabo su destino, de participar en la sublime obra de la evolución, de apresurar la venida del Reino de Dios en la Tierra. Y, además, ellos alcanzarán toda la felicidad compatible con nuestra condición humana»

     [Alexis Carrel, Reflections on Life, 1952, cap. 9, sec. 3, http://chestofbooks.com/society/metaphysics/Reflections-On-Life/].

     Aquellos de nosotros que vivimos en el ciclo de invierno de Occidente tenemos la oportunidad de aprender del pasado, tanto de la sabiduría eterna de los sabios como del empirismo histórico proporcionado por la morfología cultural. Tenemos una opción, quizás como ninguna otra civilización la tuvo, para reconsiderar nuestros caminos, para continuar a lo largo del curso del invierno o caminar hacia una nueva primavera, basados sobre valores eternos y logros del pasado.–


1 comentario:

  1. Magnífico texto. Me ha recordado mucho a los artículos de la revista Symbolos.

    http://symbolos.com/

    ResponderEliminar