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sábado, 31 de enero de 2015

Oswald Spengler - La Revolución Mundial de Color



     En Múnich (München) en 1933, año del ascenso de Hitler al poder, el ilustre filósofo alemán Oswald Spengler publicó su libro "Jahre der Entscheidung. Erster Teil. Deutschland und die weltgeschichtliche Entwicklung" (Tiempos de Decisión. Primera Parte. Alemania y el Desarrollo Histórico Mundial), que fue publicado en castellano al año siguiente bajo el título de "Años Decisivos". Spengler, quien fallecería en 1936, no publicó un segundo volumen de este libro, que a su vez se divide en cuatro partes. Presentamos aquí su interesante cuarta parte, La Revolución Mundial de Color, traducida directamente desde la versión inglesa de 1934 (The Hour of Decision). En este texto, Spengler, a través de sus comprensivos conocimientos de la Historia, va examinando la amenaza que se va cerniendo sobre la civilización del hombre Blanco, acechada por envalentonados pueblos y culturas que alguna vez lo temieron, producto todo de causas entrelazadas, pero fundamentalmente de la falta de energía espiritual y mental a que conduce la antinatural vida en las grandes ciudades. Analiza Spengler aquí la naturaleza de las dos Revoluciones que han surgido: la blanca (interna y social), cuyo eje es la lucha de clases, y la de color (externa y racial), cuyo centro es la venganza de las razas no-Blancas contra la civilización europea.
 
AÑOS  DECISIVOS
(Selección)
por Oswald Spengler, 1933




IV. La Revolución Mundial de Color


19.  REALIDAD DE LAS DOS REVOLUCIONES:
LA LUCHA DE CLASES Y LA LUCHA RACIAL


     La civilización occidental de este siglo está amenazada no por una, sino por dos revoluciones mundiales de dimensiones importantes. Ninguna de ambas ha sido aún estimada en su verdadero alcance, profundidad y efectos. Una de ellas viene desde abajo y la otra desde afuera: lucha de clases y lucha de razas. A la primera ya la hemos dejado atrás en gran parte, aunque sus batallas decisivas —en la zona anglo-estadounidense, por ejemplo— estén aún, probablemente, por librarse. La segunda empezó decididamente en la [Primera] Guerra Mundial y va adquiriendo rápidamente dirección y forma. En los próximos siglos ambas combatirán lado a lado, quizá como aliadas, y ésta será la crisis más grave que los pueblos Blancos tendrán que atravesar en común —estén unidos o no— si todavía pretenden tener algún futuro.

     Tal "revolución desde afuera" se ha alzado también contra cada una de las culturas anteriores. Ha surgido siempre invariablemente de entre las oprimidas y desesperanzadas razas del anillo exterior —"salvajes" o "bárbaros"— que han sido explotadas, sin que hubiese medios de compensación, por la superioridad indiscutible de naciones-culturas que han alcanzado una gran madurez en sus formas y métodos políticos, militares, económicos e intelectuales. Este "estilo colonial" está presente en cada Alta Cultura. Pero dicho odio no excluía un secreto desprecio por la forma de vida extranjera, la cual, cuando gradualmente llegó a ser más familiar, fue burlonamente analizada y al final presuntuosamente evaluada según los límites de su eficacia y nada más. Ellos, los sometidos, vieron que muchas cosas podrían ser imitadas, y que las otras o bien podrían ser dejadas inofensivas o no eran tan potentes como se había supuesto durante el primer pánico [1]. Ellos vieron las guerras y revoluciones que estaban ocurriendo dentro de este mundo de naciones dirigentes, y fueron iniciados por la fuerza en los misterios de los armamentos [2], la economía y la diplomacia, y llegaron de esa manera al final a cuestionar la realidad de la superioridad de los extranjeros. Y una vez que ellos descubrieron un debilitamiento en la resolución de aquellos extranjeros para mandar, comenzaron a reflexionar sobre las posibilidades de ataque y victoria para ellos mismos. Así fue en China en el siglo III a.C., cuando los pueblos bárbaros del Norte y del Oeste del Hwang Ho y del Sur del Yang-tze-kiang fueron arrastrados a las batallas decisivas de las grandes potencias, y del mundo árabe de la época de los abásidas, cuando aparecieron las razas turco-mongolas primero como mercenarios y luego como señores. Y así fue en la Edad Clásica sobre todo, donde tenemos un cuadro exacto de los acontecimientos, que se parecen en cada punto a aquellos hacia los cuales avanzamos irrevocablemente.

[1] El juicio de Yugurta de Roma.
[2] Los libios y las "naciones marineras", por los egipcios del Nuevo Imperio; los alemanes, por Roma; los turcos, por los árabes, y los Negros, por Francia.

     Los ataques de los bárbaros contra el mundo Clásico comienzan con los movimientos celtas después de 300 a.C., que invariablemente tenían a Italia como su objetivo. En la batalla decisiva de Sentinum (295), las razas galas apoyaron a los etruscos y a los samnitas contra Roma, y ellos también fueron empleados con éxito por Aníbal. Hacia el año 280, otros celtas conquistaron Macedonia y el Norte de Grecia, donde, a consecuencia de luchas políticas internas, todo el poder estatal había dejado de existir, y ellos fueron confrontados sólo en Delfos. En Tracia y Asia Menor ellos fundaron Imperios bárbaros sobre una población helenizada y sólo parcialmente helénica. Algo más tarde en el declinante Imperio del Este de Alejandro Magno, los bárbaros reaccionaron contra el conjunto de la cultura helénica, forzándola mediante innumerables insurrecciones [3] a que aquélla retrocediera paso a paso. Así, desde aproximadamente 100 a.C.. un Mitrídrates, en alianza con "salvajes" del Sur de Rusia (escitas y bastarnae o bastarnos) y contando con la determinación siempre creciente de los Partos para empujar desde el Este de Irán hacia Siria, tuvo expectativas razonables de destruír el Estado romano, en la condición caótica a la cual las guerras de clase lo habían reducido. Su avance fue detenido sólo hasta que alcanzó Grecia. Atenas y otras ciudades se unieron a él, así como ciertas razas celtas que todavía estaban establecidas en Macedonia. En los ejércitos romanos había una abierta revolución. Las secciones individuales peleaban unas contra otras, y los comandantes se mataban el uno al otro en la misma presencia del enemigo (Fimbria).

[3] Eduard Meyer, Blüte und Niedergang des Hellenismus en Asien, 1925.

     Fue entonces que el ejército romano dejó de ser un organismo nacional y se transformó en un séquito personal de algunos individuos. Los soldados que Aníbal había conducido contra Roma en 218 a.C. no eran realmente cartagineses sino sacados por lo general de las razas salvajes de los montes Atlas y del Sur de España. Y contra aquéllos Roma más tarde, desde 146 a.C. en adelante, tuvo que emprender una lucha terrible e interminable. (Fue la pérdida de estas guerras la que llevó a la clase campesina romana a rebelarse durante los disturbios de los Gracos). Con estos mismos pueblos, más tarde aún, el romano Sertorius intentó fundar un Estado en oposición a Roma. Después de 113 a.C. vino la ofensiva céltico-germánica de los cimbrios y los teutones, que sólo fue rechazada, después de que ejércitos romanos enteros habían sido destrozados, por el líder revolucionario Marius, quien recientemente acababa de retornar de su victoria sobre Yugurta, el cual había armado a África del Norte contra Roma y, mediante sobornos a los políticos romanos, había impedido durante años cualquier contra-reacción.

     Aproximadamente hacia 60 a.C. apareció un segundo movimiento céltico-germánico (suevos, helvecios) para anticiparse al cual, César conquistó la Galia, y al mismo tiempo Craso fue derrotado y muerto por los Partos. Pero ése fue el final de la reacción mediante una expansión. El plan de César para conquistar de nuevo el Imperio de Alejandría y quitar con ello la amenaza Parta nunca fue concretado. Tiberio tuvo que poner más atrás la frontera en la Germania después de que se demostró imposible sustituír las tropas aniquiladas en la derrota propinada a Varo y por la primera gran insurrección de las legiones fronterizas que había ocurrido tras la muerte de Augusto. A partir de entonces la política fue la de la defensa sistemática. Pero el ejército estaba reclutando a bárbaros cada vez más. Éste se convirtió en un poder independiente. Germanos, ilirios, africanos y árabes, aparecieron como líderes, mientras los hombres del Imperium se hundían en el Fellahdom de la "paz perpetua" [A]. Y cuando llegaron los grandes ataques desde el Norte y el Oeste, no fue sólo la población civil la que trató con los invasores y pasó voluntariamente a una relación de sumisión frente a ellos: ése era el pacifismo tardío de una Civilización cansada.

[A] Fellahdom (Fellachentum en alemán) Este término, al parecer inventado por Spengler, sería literalmente "campesinidad" o "campesinismo" (fellah = campesino o labrador árabe), y, por extensión o con mayor precisión, el reinado de los agricultores, la sociedad de los campesinos; una estapa de cansancio social, de inercia, con una masa indiferenciada y un refinamiento urbano; un estado carente de historicidad; la paz requerida por el campesinado para llevar a cabo sin perturbaciones su rutina, junto con su resentimiento con respecto a la novedad y el cambio; un estancamiento, un estado de rudimentaridad y rusticidad, voluntaria o condicionadamente simple y algo bárbaro; el aburrimiento y la falta de vitalidad carente de iniciativa (que no va a ninguna parte) de la decadencia, la muerte de una Civilización (N.del T.).

     Pero durante siglos enteros fue posible hacer una defensa sistemática contra estas condiciones, porque el orbis terrarum del Imperio romano era un área encerrada con fronteras que podían ser protegidas. La posición del actual Imperium de las naciones blancas, que abarca el globo entero y que incluye a las razas de color, es mucho más difícil. La humanidad Blanca se ha dispersado por todos los sectores, en su impulso indómito por las distancias infinitas: sobre ambas Américas, Sudáfrica, Australia, e innumerables puntos estratégicos intermedios. La amenaza amarilla-morena-negra-roja está al acecho dentro del campo del poder Blanco. Ella penetra y participa en los acuerdos y desacuerdos militares y revolucionarios de las potencias Blancas y amenaza con tomar un día los asuntos en sus propias manos.

     ¿Qué, entonces, incluye el mundo "de color"? No sólo África, los indios —así como los negros y mestizos— de toda América, las naciones islámicas, China, e India que se extiende hasta Java, sino, sobre todo, a Japón y a Rusia, que se ha convertido de nuevo en un Estado asiático, "mongol". Cuando los japoneses golpearon a Rusia, un rayo de esperanza creció rápidamente por toda Asia: un joven Estado asiático, mediante métodos occidentales, puso a la mayor potencia de Occidente de rodillas y destruyó así la aureola de invencibilidad que rodeaba a "Europa". Fue como un faro, en India, en Turquía, incluso en la Colonia de El Cabo y en el Sahara. De manera que ¡era posible tomar venganza de los pueblos Blancos por todos los dolores y las humillaciones de un siglo! Desde entonces la profunda astucia de los asiáticos ha estado considerando métodos inaccesibles para el pensamiento europeo y superiores a él.

     Y ahora Rusia, después de sufrir en 1916 su segundo gran fracaso, esta vez desde el Oeste, se ha quitado su máscara "blanca", para la satisfacción burlona de su aliado Inglaterra, y se ha hecho otra vez asiática con toda su alma, y está llena de un odio ardiente contra Europa. Tomó con ella las experiencias de la debilidad interna de Europa y usó su conocimiento para inventar nuevos y arteros métodos de lucha, que ha inspirado a toda la población de color de la Tierra con la idea de una resistencia común. Esto, estrechamente asociado con el triunfo del Socialismo Obrero sobre la Sociedad entre las naciones Blancas, es la segunda verdadera consecuencia de la Guerra Mundial, que no nos llevó más cerca de entender ninguno de los problemas actuales de la política mundial y que no ha resuelto ninguno. Esta guerra fue una derrota de las razas Blancas, y la Paz de 1918 fue el primer gran triunfo del mundo de color, simbolizado por el hecho de que hoy a éste se le permite tener voz en las disputas que los Estados Blancos tienen entre sí, en la Sociedad de Naciones de Ginebra, que es solamente un símbolo miserable de cosas vergonzosas.

     Que los alemanes en el extranjero fueran maltratados por gente de color bajo las órdenes de ingleses y franceses no fue un procedimiento sorprendentemente nuevo. Este método comenzó en la Revolución liberal del siglo XVIII: en 1775 los ingleses reclutaron hombres de raza india [norteamericana] para atacar, quemar y arrancar el cuero cabelludo a los republicanos estadounidenses; y no debería ser olvidado cómo los jacobinos movilizaron a los Negros de Haití en favor de los "Derechos del Hombre". Pero el que los hombres de color de todo el mundo fueran reunidos en masa en suelo europeo para luchar por Blancos y contra Blancos, el que hayan llegado a conocer los secretos de los métodos más modernos de la guerra y los límites de su eficacia, y fueran enviados a casa con la convicción de haber vencido a las potencias Blancas, todo esto fundamentalmente alteró su visión de la distribución del poder en el mundo. Ellos llegaron a sentir su propia fuerza común y la debilidad de los otros; ellos comenzaron a despreciar a los Blancos, tal como en el pasado Yugurta despreció a la poderosa Roma. No fue Alemania la que perdió la Guerra Mundial: fue el Occidente el que la perdió cuando perdió el respeto de las razas de color.

     La importancia de este cambio en el centro de gravedad político fue comprendida primero en Moscú. En Europa Occidental todavía no es comprendida. Las naciones dirigentes Blancas han abdicado de su antiguo rango. Ellas negocian hoy donde ayer habrían mandado, y mañana tendrán que adular si ellas siquiera fueran a negociar. Dichas naciones han perdido el sentimiento de la obviedad de su poder y no son ni siquiera conscientes de que lo han perdido. En la "revolución desde fuera" (racial) ellas han cedido la posibilidad de escoger el momento a Estados Unidos y, sobre todo, a Asia, cuya frontera está ahora a lo largo del Vístula y los Cárpatos. Por primera vez desde el sitio de Viena por los turcos las naciones Blancas han sido nuevamente puestas a la defensiva, y tendrán que comprometer grandes fuerzas, tanto espirituales como militares, en las manos de hombres muy grandes si pretenden resistir la primera tormenta fuerte, que no tardará mucho en llegar.

     En Rusia en 1917 ambas Revoluciones, la Blanca y la de la gente de color, estallaron juntas. La primera, la Revolución superficial y urbana del Socialismo Obrero, completamente retórica y literaria, con su fe occidental en un partido y un programa, con sus literatos, proletarios académicos y agitadores nihilistas de tipo Bakunin, y su alianza con las heces de las grandes ciudades, acabó con la sociedad Petrina [de Pedro el Grande], que era predominantemente occidental en su origen, y organizó un culto ruidoso del "hombre trabajador". La técnica de la máquina, tan ajena y odiada por el alma rusa, se convirtió al mismo tiempo en un dios y en el sentido de la vida. Pero debajo de todo esto, la otra Revolución, la del muzhik [los mujiks, los campesinos rusos], la de los pueblos, la verdadera forma asiática del bolchevismo, se elevaba tenaz y silenciosamente, grande en sus promesas. El eterno deseo de tierras que tiene el campesino, que llevó de regreso a todos los soldados desde el frente para participar en la gran distribución de tierras, fue la primera expresión de ello.

     El socialismo obrero pronto descubrió el peligro. Después de una alianza inicial, utilizó el odio hacia la clase campesina, fomentado por todos los partidos urbanos, fueran liberales o socialistas, para emprender la guerra contra este elemento conservador, que, en la Historia, invariablemente ha sobrevivido a todas las formaciones políticas, sociales y económicas de la ciudad. Dicho socialismo desposeyó a los campesinos, reintrodujo de hecho la servidumbre y el trabajo obligatorio —que Alejandro II había abolido en 1862—, y mediante su administración hostil y burocrática de la agricultura (cada socialismo, cuando pasa de la teoría a la práctica, pronto se ahoga en la burocracia) llevó los asuntos tan lejos que hoy se permite que los campos estén agrestes, que el abundante ganado de antaño se haya reducido a una fracción, y que la hambruna del orden asiático se haya convertido en una condición permanente que sólo una raza de voluntad débil, nacida para una existencia de esclavitud, podría soportar.

     Pero aquí el bolchevismo "blanco" se está debilitando rápidamente. La careta marxista sólo es llevada puesta para beneficio del mundo exterior, para Asia del Sur, África, América, donde se desea desatar y dirigir la rebelión contra las potencias Blancas. Un nuevo estrato asiático de gobernantes se ha apoderado de los semi-occidentales. De nuevo vive en lujosas residencias y palacios alrededor de Moscú, mantiene su grupo de sirvientes, y ya se permite disfrutar de un lujo irrefrenado digno de los predadores janes [khans] mongoles del siglo XIV. Aquí está la "riqueza", en una nueva forma que puede ser parafraseada con circunloquios de proletario.

     También habrá un retorno a la propiedad de los campesinos, a la propiedad privada en general. El hecho de la servidumbre no impide esto, y puede ser hecho, ya que es el ejército —y ya no el "partido" civil— el que tiene el poder. El soldado es la única criatura que no pasa hambre en Rusia, y él sabe por qué esto es así y durante cuánto tiempo. Este poder es inexpugnable desde el extranjero debido a la extensión geográfica de su Imperio, pero él mismo ataca. Tiene mercenarios y aliados por todo el mundo, disfrazados como él mismo. Su arma más poderosa es la nueva diplomacia revolucionaria, verdaderamente asiática, que actúa en vez de negociar, desde abajo y por detrás, por medio de la propaganda, del asesinato y la insurrección; y esto le da una ventaja enorme sobre la de los países Blancos, ya que éstos, a pesar de sus abogados y periodistas políticamente orientados, no han perdido todavía completamente el estilo aristocrático que se deriva de El Escorial y que cuenta a Bismarck como su último gran maestro.

     Rusia es el señor de Asia. Rusia es Asia. Japón pertenece a Asia sólo geográficamente. Desde el punto de vista etnográfico éste indudablemente está más cerca de los malayos del Este, de los polinésicos y de ciertos pueblos indios del lado Oeste de América. Pero Japón es en el mar lo que Rusia es en tierra: el señor de una amplia esfera en la cual las potencias occidentales ya no cuentan. Inglaterra no es ni siquiera remotamente el señor de "su" Imperio en el mismo grado, incluso ni en las colonias de color de la "Corona". Japón extiende su influencia en un amplio radio. Se siente en Perú y en el Canal de Panamá. La presunta consanguinidad entre japoneses y mejicanos ha sido de vez en cuando enfatizada y celebrada a ambos lados [4]. En Méjico, a comienzos de 1914, los principales círculos indios trazaron el "Plan de San Diego" [5], que tenía por objeto la invasión de Texas y Arizona por un ejército de indios, Negros y japoneses. La población Blanca debía ser masacrada, los Estados de Negros debían llegar a ser independientes, y un gran Méjico debía surgir como un Estado para la raza india pura [6]. Si este plan hubiera sido puesto en ejecución, la Guerra Mundial habría comenzado con una distribución completamente diferente de las potencias y habría estado basada en otros problemas. La Doctrina Monroe, en la forma del imperialismo del dólar, orientada hacia Iberoamérica, habría sido destruída por dicho plan. Rusia y Japón son hoy las únicas fuerzas activas en el mundo. Gracias a ellos Asia se ha convertido en el elemento decisivo en los acontecimientos mundiales. Las potencias Blancas son puestas en movimiento por su presión en sus tratos, y ni siquiera lo saben.

[4] L. Stoddard, The Rising Tide of Color (1920), pp. 131 et seq.
[5] Véase http://www.tshaonline.org/handbook/online/articles/ngp04 y http://www.vdare.com/articles/the-plan-of-san-diego-then-and-now (N del T).
[6] En Ciudad de Méjico hay una estatua del último emperador azteca, Cuauhtémoc. Nadie se atrevería a levantarle una a Hernán Cortés.

     Dicha presión consiste en la actividad de la Revolución racial de los hombres de color que ya está usando la Revolución Blanca de la guerra de clases como su instrumento. Nos hemos referido ya a los antecedentes de la catástrofe económica. Después de que la revolución desde abajo en la forma de socialismo obrero había producido el quiebre, con su arma, el salario político, la economía de los pueblos de color, encabezada por Rusia y Japón, presionó con el salario mínimo, y está procediendo ahora a completar la destrucción [7]. A esto debe agregarse la propaganda política y social en cantidades enormes, la verdadera diplomacia asiática de nuestros días. Ella se ha difundido por toda la India y Japón. Ha conducido en Java y Sumatra al establecimiento de un frente racial contra los holandeses y a la desintegración del ejército y la marina. Le presta mucha atención, ininterrumpidamente desde Asia del Este, a la talentosa raza india que vive desde Méjico a Chile, e inculca por primera vez en los Negros un sentimiento de comunidad que está siendo dirigido contra las naciones dirigentes Blancas.

[7] Cuando oímos que Japón en Java vende bicicletas por menos de 3 dólares y ampolletas eléctricas por menos de dos centavos, mientras los países Blancos tienen que pedir cuatro veces más siquiera para cubrir el costo en que han incurrido; cuando el pequeño campesino javanés con su esposa y su familia ofrece un saco de arroz auto-cosechado a la mitad del costo que el plantador moderno con sus funcionarios Blancos está obligado a exigir, entonces en realidad conseguimos algunos indicios de los abismos de esta lucha. Desde que la técnica occidental ya no es más secreta y puede ser copiada a la perfección, el contraste ya no se da en el método de construcción sino sólo en el costo de aquella producción.

     Aquí, también, la Revolución Blanca ha estado preparando desde 1770 el terreno para la Revolución de Color. La literatura de liberales ingleses como Mill y Spencer, cuyas series de pensamientos se remontan al siglo XVIII, suministró la "visión del mundo" a las escuelas superiores en India. Y de ahí el camino a Marx fue fácil de encontrar para los jóvenes reformadores. Sun Yat-Sen, el líder de la Revolución china, lo encontró en América. Y de todo ello surgió una literatura revolucionaria de la cual el Radicalismo pone a la de Marx y Borodin lejos en la sombra.

     Tal como la rebelión norteamericana contra Inglaterra, el movimiento de independencia en la América española, que data de Bolívar (1811), es impensable sin la literatura revolucionaria anglo-francesa de 1770, más el ejemplo de Napoleón. Al principio se trató exclusivamente de una lucha entre Blancos, entre la aristocracia terrateniente criolla, que había vivido en el país durante generaciones, y la burocracia española, que mantenía el principio autoritario de la subordinación colonial. Bolívar, un Blanco de pura sangre, como Miranda y San Martín, concibió el plan de erigir una monarquía que sería apoyada por una oligarquía puramente Blanca. El dictador argentino Rosas, una poderosa figura de estilo "prusiano", también apoyó a esta aristocracia contra el jacobinismo que pronto se extendió desde Méjico al extremo Sur, encontrando apoyo en las logias masónicas anti-clericales y exigiendo la igualdad universal, incluyendo la de la raza.

     Con esto comenzó el movimiento de los indios —puros y mestizos— no sólo contra España sino contra la sangre Blanca en general. Esto ha continuado sin interrupción, y hoy está cerca de su objetivo. Humboldt, ya anteriormente, comentó el orgullo de poseer una ascendencia ibérica exhibido allí, y la tradición de tener ancestros visigóticos y vascos aún se encuentra en las familias aristocráticas de Chile [8]. Pero la mayor parte de esa aristocracia se extinguió o regresó a Europa durante el reinado de la anarquía que comenzó a mediados del siglo XIX, y ahora la política es dictada por "caudillos" [así en el original alemán], demagogos belicistas de la población de color. Entre ellos hay indios de raza pura de gran talento como Juárez y Porfirio Díaz. Aparte de Argentina, la proporción de las clases altas que son Blancas, o que se llaman a sí mismas así, va desde un cuarto a un décimo de la población. En ciertos Estados los médicos, los abogados, los profesores e incluso los funcionarios, son exclusivamente indios, que se sienten afines al proletariado mestizo de las ciudades (el "mechopelo" [así en alemán, probablemente "medio pelo"]) en el odio que la propiedad Blanca les inspira, sea que ésta esté en las manos de criollos, ingleses o norteamericanos. En Perú, Bolivia y Ecuador, el aimara es la segunda lengua oficial y educacional. Hay una práctica abierta de un culto basado en el supuesto comunismo de los incas, que recibe el estímulo de Moscú. El ideal racial de un gobierno indio puro quizá está al borde de su materialización.

[8] Y entre los judíos (y árabes) convertidos a la fuerza —los "Marranos"—, conocidos por sus apellidos estrictamente católicos, como Santa Ana, Santa María, San Martín, y otros).

     En África es el misionero cristiano —sobre todo, el Metodista inglés — quien, con toda inocencia, con su doctrina de que todos los hombres son iguales ante Dios y de que la riqueza es pecaminosa, está arando el terreno en el cual el enviado bolchevique siembra y cosecha. Y desde el Norte y el Este el misionero del Islam sigue sus huellas con gran éxito, penetrando en estos días tan lejos como en el río Zambesi en Nyassaland [actual Malawi]. Donde ayer había una escuela cristiana, mañana habrá una mezquita. El espíritu belicoso y viril de esa religión es más inteligible para el Negro que la doctrina de la compasión, que simplemente le hace perder su respeto por los Blancos; y el sacerdote cristiano es sospechoso sobre todo porque él representa a una gobernante raza blanca, contra cual la propaganda mahometana, política más que dogmática [9], se dirige con fría decisión.

[9] Pero hay también una Iglesia Metodista etíope, que es anti-europea, y desde su sede en Estados Unidos lleva a cabo su labor misionera que conduce a rebeliones, como por ejemplo en Natal en 1907 y en Nyassaland en 1915.

     Esta Revolución de Color general sobre la Tierra entera marcha bajo el disfraz de tendencias muy variadas: nacionales, económicas, sociales. Ella se dirige ahora contra los gobiernos Blancos de los Imperios coloniales (India) o de su propia tierra (el Cabo), contra un estrato superior Blanco (Chile), o contra el poder de la libra o el dólar; en realidad, contra cualquier sistema económico foráneo. Puede incluso ser encontrada oponiéndose a su propio mundo financiero por hacer negocios con los Blancos (China), o a su propia aristocracia o monarquía. Los motivos religiosos también contribuyen: el odio al cristianismo o a cualquier forma de clero y ortodoxia cualquiera sea, a maneras y costumbres, a visiones de mundo y a la moral. Pero después de la Revolución de los Boxers en China, del Alzamiento en la India [1857-1858] y de la rebelión de los mejicanos contra el Emperador Maximiliano, se encontrará, en lo más profundo, en todas partes una y la misma cosa: el odio a la raza blanca y una determinación incondicional de destruírla. 

     En cuanto a si civilizaciones antiguas y exhaustas como la hindú y la de los chinos pueden conservar el orden sin un gobierno extranjero, a nadie le importa. Todo lo que interesa es si ellas están en condición de sacudirse el yugo Blanco, y éste es el caso. Quién será el siguiente soberano entre las potencias de color —si Rusia, Japón, o algún gran aventurero con un ejército armado a su espalda—, será decidido más tarde, o quizás no en absoluto. La antigua civilización egipcia cambió a sus gobernantes muchas veces después de 1000 a.C.: libios, asirios, persas, griegos y romanos. Nunca fue de nuevo capaz de auto-gobernarse, sino siempre dispuesta a una nueva y victoriosa rebelión. Y si incluso uno de los muchos otros objetivos está siendo cumplido, o si lo será, es por el momento completamente irrelevante. La gran pregunta histórica es si la caída de las potencias Blancas se producirá o no. Y acerca de este punto, la abrumadora unidad de decisión que se ha formado bien puede darnos algo en lo cual pensar. ¿Qué recursos de poder espiritual y material puede el mundo Blanco realmente reunir contra esta amenaza?.


20. LA FATIGA DE LOS PUEBLOS BLANCOS: INFERTILIDAD

     Muy pocos, parecería a primera vista. Incluso sus pueblos están cansados de su Cultura. La sustancia espiritual se ha consumido en el fuego de la forma superior y en los esfuerzos en pos de la perfección interior. En muchos casos sólo han quedado las brasas, y en otros sólo cenizas, pero esto no es tan así en todas partes. Mientras menos una nación ha sido llamada a conducir el torbellino de la Historia en el pasado, más ella ha retenido el caos que puede llegar a tomar forma. Y cuando la tormenta de los grandes acontecimientos la asedia, como en 1914, las chispas ocultas repentinamente se convierten en llamas. Precisamente en la raza germánica, la de voluntad más fuerte que haya existido alguna vez, duermen grandes posibilidades.

     Pero cuando hablamos de raza, no debe entenderse en el sentido en que es la costumbre usarlo hoy entre los anti-judíos en Europa y Estados Unidos, de manera darwinista, es decir, materialista. La pureza de raza es una palabra absurda en vista del hecho de que durante siglos todos los linajes y especies han sido mezclados, y aquellas generaciones belicosas —es decir, sanas— que tienen un futuro delante de ellas, desde tiempos inmemoriales siempre han dado la bienvenida a un forastero en la familia cuanto éste tenía "raza", cualquiera haya sido la raza a la que él hubiera pertenecido. Aquellos que hablan demasiado de la raza ya no la tienen en ellos. Lo que se necesita no es una raza pura sino una raza fuerte que una nación tenga dentro de ella.

     Esto se manifiesta sobre todo en la evidente fecundidad elemental, en una abundancia de hijos, que la vida histórica puede consumir sin agotar nunca el suministro. Según las famosas palabras de Federico el Grande, Dios está siempre del lado de los grandes batallones, y ahora más que nunca esto se ve que es así. Los millones que cayeron en la Guerra Mundial eran lo mejor que tenía todo el mundo Blanco tenía en cuanto a raza, pero la prueba de la raza es la velocidad con la cual puede sustituírse a sí misma. Un ruso una vez me dijo: "La mujer rusa compensará en diez años lo que sacrificamos en la Revolución". Ése es el instinto correcto. Tales razas son irresistibles. La doctrina trivial de Malthus, predicada hoy en todas partes, que alaba la esterilidad como un progreso, sólo demuestra que esos intelectuales no tienen "raza", para no mencionar la idea idiota de que las crisis económicas pueden ser superadas por una población atrofiada. Esto es justo al revés. Los "grandes batallones", sin los cuales no hay ninguna política mundial, dan la protección, la fuerza y la riqueza interna a la vida económica también.

     Una mujer de raza no desea ser una "compañera" o una "amante", sino una madre; y no la madre de un solo hijo, para que sirva como un juguete y una distracción, sino de muchos: el instinto de una raza fuerte se manifiesta en el orgullo que inspiran las familias grandes, en el sentimiento de que la esterilidad es la maldición más dura que le puede acontecer a una mujer y, por medio de ella, a la raza. De ese instinto surgen los celos primitivos que conducen a una mujer a quitarle a otra el hombre que ella desea fervientemente como el padre de sus hijos. Los celos más intelectuales de las grandes ciudades, que son un poco más que el apetito erótico y que consideran a la otra parte como un medio para el placer, y aún el mero hecho de considerar el número deseado o temido de hijos que deben nacer, revela la disminución del impulso de la raza para permanecer; y aquel instinto de permanencia no puede ser despertado de nuevo mediante discursos y escritos.

     El matrimonio antiguo, o cualquier otra costumbre popular profundamente arraigada, ha sido siempre practicado para santificar la procreación, y ha sido cualquier cosa salvo algo sentimental. Un hombre quiere hijos fuertes que perpetúen en el futuro su nombre y sus hechos, más allá de su muerte, y que los realcen, tal como él mismo lo ha hecho al sentirse heredero de la vocación y de las obras de sus antepasados. Ésa es la idea nórdica de la inmortalidad. Estos pueblos no han conocido ni han deseado ninguna otra. Ésta es la fuente de esa tremenda ansia por la fama, el deseo de vivir entre la posteridad gracias a las propias obras, para ver el propio nombre perpetuado en monumentos o al menos tenido en honorable memoria. Por esta razón la idea de la herencia es inseparable del matrimonio germánico. Cuando la noción de propiedad se derrumba, el significado de la familia se desvanece hacia la nada. El que ataca el derecho de propiedad, ataca a la familia también. La idea de herencia, que es inherente en la vida de cada granja, cada taller, cada firma establecida de antiguo, cada vocación heredada [10], y que ha encontrado su más alta expresión simbólica en la monarquía hereditaria, es la garantía de instintos raciales fuertes. No sólo no ha sido afectada por el socialismo, sino que su misma existencia significa la perdición de aquél.

[10] Por eso hay generaciones de funcionarios, jueces y sacerdotes. Ésta es la base de todas las noblezas, patriciados y gremios.

     Pero la decadencia de la familia Blanca, que es un resultado inevitable de la existencia en las grandes ciudades, se está extendiendo, y está devorando la "raza" de las naciones. El sentido del hombre y la esposa, la voluntad de perpetuarse, se está perdiendo. La gente vive sólo para sí misma, no para las futuras generaciones. La nación como sociedad, alguna vez la red orgánica de familias, amenaza con disolverse, desde la ciudad hacia afuera, en una suma de átomos privados, cada uno de los cuales intenta extraer de su propia vida y de la de los demás el máximo de diversión: panem et circenses [pan y circos]. La emancipación femenina del tiempo de Ibsen quería, no liberarse del marido sino liberarse de los hijos, de la carga de los hijos, tal como la emancipación masculina en el mismo período significó liberarse de los deberes hacia la familia, la nación y el Estado. Toda la literatura liberal y socialista de este problema gira en torno a este suicidio de la raza blanca. Esto ha sido lo mismo en todas las otras Civilizaciones.

     Las consecuencias de esto están delante de nosotros. Las razas de color del mundo han aumentado hasta ahora el doble que el Blanco en fortaleza numérica. Pero hacia 1930 Rusia tenía un exceso anual de nacimientos de 4 millones; Japón, de 2 millones, e India, entre 1921 y 1931, incrementó su población en 34 millones. En África la población Negra extraordinariamente prolífica aumentará aún más enormemente, ahora que la medicina europea ha sido introducida para comprobar las enfermedades, el cual era un factor selectivo muy fuerte. En contraste con esto, Alemania e Italia tienen un exceso de nacimientos de menos de medio millón; Inglaterra —el país que ha fomentado públicamente el control de la natalidad—, menos de la mitad de esa cantidad, y Francia y el elemento yanqui establecido desde antiguo en Estados Unidos [11], ningún exceso de nacimientos en absoluto. Este elemento yanqui, hasta ahora la "raza" dominante de sello germánico, ha estado disminuyendo rápidamente durante algunas décadas. El aumento de la población proviene completamente del lado de los Negros e inmigrantes de Europa del Este y del Sur desde 1900.

[11] Esto se aplica igualmente al elemento Blanco en Sudáfrica y Australia.

     En Francia algunos Departamentos han perdido más de un tercio de su población en los últimos 50 años. En ciertos casos el índice de natalidad es sólo la mitad del índice de mortalidad. Hay pequeños pueblos y villas que están casi vacíos. Desde el Sur hay un flujo de catalanes e italianos como trabajadores de la tierra. Polacos y Negros son encontrados en todos los peldaños, incluso en las clases medias. En Francia hay clérigos, funcionarios y jueces Negros. Son estos prolíficos inmigrantes, que componen un décimo de la población, los que mantienen el número de "franceses" casi en la misma proporción. Pero los franceses genuinos pronto ya no serán más los señores en Francia. El aumento aparente de la población Blanca por todo el mundo, poco cuando se lo compara con el volumen del incremento de la gente de color, se basa en una ilusión temporal: el número de niños se hace cada vez más pequeño, y sólo aumenta el número de adultos, no porque haya más de éstos, sino porque viven más.

     Pero una raza fuerte requiere no sólo un índice de natalidad inagotable, sino también un severo proceso de selección, que es proporcionado por las resistencias que encuentra la vida, representadas por la desgracia, la enfermedad y la guerra. La medicina del siglo XIX, un verdadero producto del Racionalismo, es desde este punto de vista también un fenómeno de la época. Ella prolonga cada vida, sea ella deseable o no. Prolonga incluso la muerte. Reemplaza el número de niños por el número de ancianos. Promueve la cosmovisión de panem et circenses al estimar el valor de la vida por el número de sus días, y no por su utilidad. Impide el proceso natural de selección y de esa manera acentúa la decadencia de la raza. El número de casos mentales incurables en Inglaterra y el País de Gales ha aumentado durante veinte años de 4,6 a 8,6 por mil. En Alemania el número de débiles mentales es casi de medio millón, y en Estados Unidos es más de un millón. Según un informe patrocinado por el ex-Presidente Hoover, la juventud estadounidense tiene un registro de 1.360.000 personas con deficiencias auditivas o "tan defectuosos en su expresión verbal que requieren un tratamiento y un entrenamiento terapéuticos", 1.000.000 con "corazones débiles o dañados", 675.000 que presentan "problemas de comportamiento", 450.000 "mentalmente retrasados a tal grado que requieren una educación especial", 300.000 lisiados, y 60.000 "ciegos o en necesidad de entrenamiento para salvar su vista". Pero añadido a éstas están las terribles cantidades de personas anormales de todo tipo, mental, espiritual y físico, los casos histéricos, morales y nerviosos que no pueden ni engendrar ni embarazarse con hijos saludables. Su número es imposible de calcular, pero podemos estimarlo por el número de médicos que viven de ellos y por la masa de libros que se han escrito sobre ellos. De esta cosecha degenerada proviene el proletariado revolucionario, con su odio nacido de agravios, y el bolchevismo de salón de los estetas y gente literaria, que disfrutan y publicitan el atractivo de tales estados mentales.

     Es un hecho bien conocido el que las personas importantes son rara vez los hijos mayores y casi nunca hijos únicos. El matrimonio que es pobre en descendientes es una amenaza no sólo para la cantidad sino para la calidad de la raza. Lo que una nación necesita tan imperiosamente como una raza saludable, es la existencia de una élite que la conduzca. Pero una élite como la conformada en Inglaterra por los funcionarios públicos que están en el extranjero, o como el cuerpo de oficiales en Prusia —o, en cuanto a esto, como la Iglesia Católica—, los cuales firmemente, y sin ninguna consideración por el dinero o los orígenes, mantuvieron su ética y actuaron bien en situaciones difíciles, una élite así se hace imposible cuando el material disponible en ninguna parte sobresale por encima del promedio. La selección de la vida debe haber tenido prioridad en ello; sólo entonces puede tener lugar la selección de clases. Un linaje fuerte exige padres fuertes. Algo del barbarismo de las épocas pasadas todavía debe estar presente en la sangre bajo la forma estricta de una antigua Cultura, lista para levantarse en tiempos difíciles, para salvar y conquistar.

     Barbarismo es como yo llamo a una raza fuerte [12], lo eterno belicoso en el tipo de hombre "bestia de presa". A menudo parece haber dejado de existir, pero está agazapado en el alma listo para irrumpir. Que aparezca un desafío grande, y estará encima del enemigo. Está muerto sólo cuando el tardío pacifismo urbano, con su extenuado deseo de paz a toda costa, salvo la de su propia vida, ha esparcido su fango sobre las generaciones. Ése es el auto-desarme espiritual, que sigue al físico, y que resulta infructuoso.

[12] Repito: la raza que uno tiene, no la raza a la cual uno pertenece. La primera es ethos [el espíritu distintivo de una cultura]; la otra, zoología.

     ¿Por qué el pueblo alemán es el menos agotado del mundo Blanco, y por lo tanto aquel sobre el cual se puede colocar la mayor esperanza? Porque su pasado político no le ha dado ninguna oportunidad de desperdiciar su sangre preciosa y sus grandes capacidades. Éste es el aspecto bendito de nuestra desventurada historia desde 1500: nos ha usado con mezquindad. Eso nos convirtió en soñadores y teóricos en asuntos de política mundial, nos hizo ignorantes del mundo, estrechos, pendencieros y provincianos; pero aquello puede ser superado. No se trató de ningún defecto orgánico ni de ninguna inherente carencia de capacidad: los días del Sacro Imperio Romano están allí para mostrar esto. La buena sangre, el fundamento de cada clase de superioridad, tanto intelectual como física, existió y todavía existe. La gran Historia es exigente. Devora a los elementos racialmente mejores. Devoró a la antigua Roma en unos pocos siglos. Las migraciones nórdicas, que habían llegado a un estancamiento en Europa del Sur mil años antes, se pusieron en movimiento otra vez a gran escala tras el descubrimiento de América, cruzando océanos en sus zancadas. Vigorosas familias españolas, de origen predominantemente nórdico, emigraron en grandes cantidades al nuevo continente, donde ellos podían luchar, explorar y gobernar. Aproximadamente hacia 1800 la mejor aristocracia de sello español estaba allí, y la vida vigorosa había muerto en la madre patria.

     De manera similar, la clase en Francia cuya vocación era gobernar fue consumida por la alta política desde Luis XIII en adelante, y no sólo por ella, ya que la alta Cultura debe ser pagada generosamente también. Y el anglosajón ha sido consumido aún más por el Imperio británico. Lo que había de material superior allí no encontró su camino en casas de contaduría y cargos oficiales menores, sino que siguió el impulso vikingo hacia una vida de peligro, y deambuló por todas las partes del globo, ya encontrando su final en innumerables aventuras y guerras, o sucumbiendo ante los efectos del clima, o permaneciendo en el extranjero para establecer, como en Norteamérica, el fundamento de una nueva clase dirigente. Lo que quedó se hizo "conservador", lo que en este caso significa no creativo, cansado, lleno de un odio improductivo hacia todo lo nuevo e imprevisto. Alemania, también, ha perdido una buena parte de su mejor sangre en ejércitos extranjeros y para naciones extranjeras. Pero el provincianismo de sus condiciones políticas templó las ambiciones de los talentos jóvenes al servicio de pequeñas cortes, en pequeños ejércitos y administraciones [13]. Éstos se establecieron para formar una clase media sana y prolífica. La nobleza siguió siendo en su mayor parte una clase campesina superior. No había ninguna alta sociedad y ninguna vida ostentosa. La "raza", en el pueblo, estaba dormida, esperando el llamado de una gran época. Pero en este pueblo yace, a pesar de la devastación de las últimas décadas, una reserva de sangre excelente como ninguna otra nación posee. Puede ser despertada y debe ser espiritualizada para cumplir las estupendas tareas que tiene por delante. La batalla por el planeta ha comenzado. El pacifismo del siglo del Liberalismo debe ser vencido si debemos seguir viviendo.

[13] Excepto en el Estado de los Habsburgo, que del mismo modo diluyó y desperdició el linaje alemán dentro de sus fronteras.

     ¿Cuán lejos, en efecto, han avanzado las naciones Blancas hacia el pacifismo?. La protesta clamorosa contra la guerra ¿es un gesto intelectual o una abdicación seria de la Historia a costa de la dignidad, el honor y la libertad? Pero la vida es guerra. ¿Podemos desconocer su significado y aún así retenerla? Eso es lo que parecería insinuar el ansia de paz de la "campesinidad", el ansia de protección contra todo lo que perturba la rutina cotidiana, protección contra el destino en cada forma: una especie de mimetismo protector de cara a la Historia mundial, como insectos humanos que fingen la muerte ante el peligro, el "final feliz" de una existencia vacía, el aburrimiento de la cual ha llevado a la música jazz y a los bailes de los Negros a ejecutar la Marcha Fúnebre para una gran Cultura.

     Pero esto no puede ni debe ser. La liebre puede quizá engañar a la zorra, pero los seres humanos no pueden engañarse unos a otros. El hombre de color ve a través del hombre Blanco cuando éste habla de "humanidad" y de paz permanente. Sospecha la incapacidad y la carencia de voluntad del otro para defenderse. Por eso es esencial un gran esfuerzo educativo, el cual he llamado "prusiano", pero que puede ser llamado "socialista" (da lo mismo el término). Debe ser una educación que despierte la energía durmiente, no mediante la escolarización, la ciencia o la cultura, sino por medio de ejemplos vivos, mediante la disciplina del alma, que retoma lo que está todavía allí, lo refuerza y hace que florezca de nuevo. No podemos permitirnos estar cansados. El peligro está llamando a la puerta. Las razas de color no son pacifistas. Ellas no se aferran a una vida cuya longitud es su único valor. Ellas toman la espada cuando nosotros la deponemos. Hubo un tiempo en que ellas temieron al hombre Blanco; ahora ellas lo desprecian. Nuestros juicios están escritos en sus ojos cuando los hombres y mujeres Blancos se comportan como lo hacen, en casa o en las propias tierras de los hombres de color. Hubo un tiempo en que dichas razas estuvieron llenas de terror ante nuestro poder, tal como lo estuvo el pueblo germánico ante las primeras legiones romanas. Hoy, cuando ellas mismas son un poder, su alma misteriosa —que nunca comprenderemos— se rebela y mira hacia abajo a los Blancos como si éstos fueran una cosa del ayer.

     Pero el mayor peligro no ha sido nombrado todavía. ¿Y si, un día, la lucha de clases y la guerra de razas unen fuerzas para ponerle un final al mundo de los Blancos? Eso está en la naturaleza de las cosas, y ninguna de las dos Revoluciones desdeñará la ayuda de la otra simplemente porque desprecia a sus partidarios. Un odio común extingue el desprecio mutuo. ¿Y si algún aventurero blanco —y ha habido muchos de tales— cuya alma salvaje no puede respirar en el invernadero de la civilización y procura saciar su amor por el peligro en fantásticas empresas coloniales, entre piratas, en la Legión Extranjera, viera de repente este gran objetivo [de destrucción] mirándole fijamente a la cara? Es a través de tales naturalezas que la Historia produce sus grandes sorpresas. El aborrecimiento que los hombres profundos y fuertes sienten hacia nuestras condiciones, y el odio de los hombres profundamente desilusionados, bien podría convertirse en una rebelión destinada a aniquilar. Esto no era desconocido en el tiempo de César. En cualquier caso: cuando el proletariado Blanco se desate en Estados Unidos, el Negro estará sobre el terreno, y detrás de él los indios y los japoneses esperarán su hora. De manera similar, una Francia negra tendría poca duda para exceder los horrores parisinos de 1792 y 1871. ¿Y los líderes Blancos de la lucha de clases vacilarían alguna vez si los estalidos de la gente de color abrieran un camino para ellos? Ellos nunca han sido muy escrupulosos en los medios que usan. No haría ninguna diferencia si la voz de Moscú dejara de dictar. Ya ha hecho su trabajo, y el trabajo avanza por sí mismo. Hemos emprendido nuestras guerras y luchas de clases ante los ojos de la gente de color; nos hemos humillado y traicionado unos a otros; incluso hemos convocado a esa gente para que tomara parte en dichas guerras. ¿Sería de extrañar si al final la gente de color llegara a actuar por cuenta propia?.

     En este punto, la Historia venidera predomina por sobre las dificultades económicas y los ideales políticos internos. Las fuerzas elementales de la vida están entrando en la lucha, que es por todo o nada. La prefiguración del Cesarismo se hará pronto más clara, más consciente y no disimulada. Caerán completamente las máscaras de la época del interludio parlamentario. Todas las tentativas de recoger el contenido del futuro en partidos pronto serán olvidadas. Las formaciones fascistas de esta década pasarán a formas nuevas e imprevisibles, e incluso el nacionalismo actual desaparecerá. Sólo el espíritu belicoso, "prusiano", permanece como un poder formativo, en todas partes y no sólo en Alemania. El destino, alguna vez compactado en formas significativas y grandes tradiciones, procederá entonces a hacer la Historia en términos de poderes individuales sin forma. Las legiones de César se están despertando de nuevo.

     Aquí, posiblemente incluso en nuestro propio siglo, las decisiones finales están esperando a su hombre. En presencia de éstas, los pequeños objetivos y las nociones de nuestra actual política se hunden hasta la nada. Aquel cuya espada obliga a la victoria aquí, será el señor del mundo. Los dados están listos para este extraordinario juego. ¿Quién se atreve a lanzarlos?.–





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