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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Titus Burckhardt - El Regreso de Odiseo



     Un fino trabajo de interpretación simbólica y aludiendo a buenas referencias ofrece aquí el tradicionalista historiador y crítico del arte, el suizo Titus Burckhardt (1908-1984). El siguiente breve e interesante ensayo lo hemos traducido de la compilación suya "Mirror of the Intellect: Essays on Traditional Science and Sacred Art", publicada póstumamente en Nueva York en 1987 a base de artículos presentados en periódicos franceses y alemanes. Sabemos que este artículo (como Le Retour d'Ulysse) apareció antes en el libro "Symboles: Recueil d'Essais", editado por el autor en Milán y París en 1980, por lo que su idioma original es el francés. Este mismo libro ("Símbolos") de 9 ensayos fue publicado en castellano en 1992 y luego en 2009 (con cuya traducción concordamos completamente). Titus Burckhardt, hijo de un escultor, fue sobrino nieto de Jacob Burckhardt, el conocido historiador tan elogiado por Nietzsche. A pesar de que el autor usa el nombre latino Ulises, nos parece que el griego Odiseo es lo correcto, y lo original (La Odisea).


EL REGRESO DE ODISEO
por Titus Burckhardt, 1980



     Cada camino que conduce hacia la realización espiritual requiere del Hombre que éste se despoje de su ego ordinario y habitual a fin de que pueda llegar a ser verdaderamente "él mismo", una transformación que no ocurre sin el sacrificio de las aparentes riquezas y de las vanas pretensiones, y así, no sin una humillación, ni sin una lucha contra las pasiones de que está tejido el "antiguo ego". Por eso uno encuentra, en la mitología y en el folklore de casi todos los pueblos, el tema del héroe de estirpe Real que regresa a su propio reino bajo el disfraz de un forastero pobre, o incluso de un juglar o de un mendigo, a fin de que, después de muchas pruebas, pueda conquistar de nuevo la propiedad que legítimamente es suya y de la cual algún usurpador lo había despojado.

     En vez de un reino a ser reconquistado o quizás en paralelo a este tema, el mito a menudo habla de una mujer maravillosamente hermosa quien debe pertenecer al héroe capaz de liberarla de las cadenas físicas o mágicas por medio de las cuales un poder hostil la mantiene prisionera. Si esta mujer, en el mito, es ya la esposa del héroe, se refuerza la idea de que ella le pertenece gracias a una lucha, como también el sentido espiritual del mito según el cual la esposa, liberada de las fuerzas hostiles, es nada menos que el alma del héroe, ilimitada en su esencia, y femenina, porque es complementaria a la naturaleza varonil del héroe [1].

[1] Un caso particular es el mito hindú de Râma y Sîtâ: Sîtâ, liberada de los demonios, es rechazada por Râma a pesar de su fidelidad.

     Encontramos todos estos temas mitológicos en la última parte de La Odisea, en la parte que describe el regreso de Odiseo a Ítaca y a su propio hogar, que él encuentra invadido por jóvenes pretendientes a la mano de su esposa, que malgastan sus posesiones y lo obligan a someterse a toda clase de humillaciones, hasta el momento en que él se da a conocer, no sólo como el señor de la casa sino también como su juez implacable y cuasi-divino.

     También en esa parte de dicha epopeya se incluyen las alusiones más directas a la esfera espiritual, alusiones que demuestran que Homero estaba consciente del significado profundo de los mitos que él estaba transmitiendo o adaptando. Dichas revelaciones son, sin embargo, raras y es como si estuvieran neutralizadas por una especie de tendencia naturalista que procura adherirse a modalidades que son simplemente demasiado humanas. ¡Qué contraste con las grandes epopeyas hindúes como el Mahâbhârata, por ejemplo, o incluso con la mitología germánica, en la cual es precisamente lo improbable, lo excesivo, lo discontinuo, y hasta lo monstruoso, lo que señala la presencia de una realidad trascendente!.

     Los últimos cantos de La Odisea, además, constituyen parte de la narrativa esencial del poema, ya que es como huésped de los feacios que Odiseo relata sus aventuras desde que dejó Troya; y esto él lo hace de tal modo que todas sus andanzas son presentadas retrospectivamente como un largo y penoso regreso a su patria, uno que había sido varias veces retrasado por la insubordinación o la locura de sus propios compañeros, ya que fueron ellos los que, mientras Odiseo estaba dormido, habían abierto los odres en los cuales Eolo, dios de los vientos, había encerrado los vientos desfavorables antes de confiárselos al héroe para que los custodiase. Las fuerzas demoníacas así imprudentemente desatadas arrastraron su oxidada flota lejos de su destino. Fueron también estos compañeros los que mataron a las sagradas vacas del dios Sol [Helios], incurriendo así en su maldición. Odiseo se ve forzado a visitar las regiones hiperbóreas, para consultar allí al fantasma de Tiresias antes de recobrar el camino a su patria. Sólo él se salvó, sin sus compañeros; náufrago y privado de todo, él finalmente alcanza la isla de los feacios, quienes lo recibieron cálidamente. Ellos lo trasladaron a Ítaca y lo depositaron, mientras él dormía, en la costa. Así Odiseo alcanza su muy añorada patria sin saberlo, ya que cuando él despierta no reconoce al principio el país, velado como en una niebla, hasta que Atenea, su protectora divina, levanta la niebla y le muestra su tierra natal.

     En este punto ocurre la famosa descripción de la cueva de las Ninfas, en la cual Odiseo, por consejo de Atenea, esconde los preciosos regalos recibidos de los feacios. Según Porfirio, el discípulo y sucesor de Plotino, esa cueva es una imagen del mundo entero, y veremos en seguida en que está basada esta interpretación [2]. Una cosa es cierta: la visita de Odiseo a la cueva marca la entrada del héroe en un espacio sagrado; de aquí en adelante la isla de Ítaca ya no será simplemente la tierra natal del héroe, sino que será como si fuera una imagen del centro del mundo.

[2] Véase Porfirio, De Antro Nympharum. Versión castellana, El Antro de las Ninfas de La Odisea, Ed. Gredos, Madrid, 2008.

     A pesar de todo, Homero menciona apenas esta dimensión; como siempre, cuando él habla de realidades espirituales, él se expresa mediante alusiones:

     «A la entrada del puerto hay un olivo con largas hojas,
y cerca de éste hay una caverna agradable y sombreada,
sagrada para las ninfas a quienes llaman Náyades.
Y en ella hay platos hondos y ánforas de piedra.
Y las abejas almacenan su miel en ellas.
Hay también grandes telares de piedra allí, donde las ninfas
tejen mantos púrpuras, una maravilla para contemplar,
y aguas siempre fluyentes hay allí. Hay dos puertas,
una hacia el Norte [Bóreas], accesible a los hombres,
y la otra divina es hacia el Sur [Noto], donde ningún hombre puede
aproximarse a ella, sino que es un camino para immortales»

(Odisea, canto XIII, vv. 102-112).

     Según Porfirio, la piedra de que están hechos la cueva y los objetos contenidos dentro de ella, representa la sustancia o materia plástica de la cual el mundo es un espesamiento, puesto que la piedra no tiene ninguna forma fuera de la que se le impone. Lo mismo es verdadero para las aguas que brotan de la roca: ellas también son un símbolo de la sustancia, considerada, en este caso, en su pureza y fluidez original. La cueva es oscura porque contiene al cosmos en potencia, en un estado de relativa indiferenciación. Las ropas que las Ninfas tejen en sus altos telares de piedra son las ropas de la vida misma, y su color púrpura es el de la sangre. En cuanto a las abejas que depositan su miel en cuencos y ánforas de piedra, ellas son, como las Náyades, las potencias puras al servicio de la vida, ya que la miel es una sustancia incorruptible. La miel es también la esencia, o la "quintaesencia", que llena los receptáculos de "materia".

     Como la gran caverna del mundo, la cueva sagrada tiene dos puertas: la del Norte es para las almas que una vez más descienden hacia el Devenir, y la del Sur es para las almas que, inmortales o inmortalizadas, ascienden hacia el mundo de los dioses [3]. Éstas son las dos puertas solsticiales, januæ cœli, que son realmente dos puertas en el Tiempo, o en realidad fuera del tiempo, ya que ellas corresponden a los dos puntos de inflexión en el ciclo anual, los dos momentos de inmovilidad entre las fases de expansión y de contracción del movimiento del Sol. A fin de entender la alusión de Homero, hay que notar cuidadosamente el hecho de que el "lugar" del solsticio de invierno, Capricornio, está situado en el hemiciclo Sur de la órbita del Sol, mientras que el "lugar" del solsticio de verano, Cáncer, está situado en el hemiciclo Norte o boreal.

[3] Según la escatología helénica, la única alternativa se da entre la liberación mediante una divinización, y un retorno al devenir; no se concibe allí un permanente habitar de las almas en el paraíso; esa posibilidad sólo surge a la sombra de un salvador o mediador.

     Porfirio también nos recuerda que el olivo sagrado que crece cerca de la cueva es el árbol de Minerva y que sus hojas cambian de dirección en invierno, obedeciendo al ciclo anual del Sol. Agreguemos que este árbol es aquí la imagen del Árbol del Mundo, cuyo tronco, ramas y hojas representan la totalidad de los seres [4].

[4] Señalemos que el olivo es un árbol sagrado no sólo para el mundo "pagano" sino también para el judaísmo y el Islam.

     Hay una cosa que Porfirio no menciona, y es que la cueva sagrada es sobre todo un símbolo del corazón. Y es en este contexto que el gesto de Odiseo de confiar todos sus tesoros a la tutela de las divinas Náyades adquiere su significado pleno: a partir de este momento él es como uno que es "pobre de espíritu": en apariencia pobre, pero interiormente rico [5]. Atenea, mediante su magia, le confiere la apariencia de un anciano pobre.

[5] En el esoterismo islámico, los iniciados son llamados los "pobres en dirección a Dios" (fuqarâ, ilâ 'Llâh).

     El hecho de que Odiseo sea el protegido de Palas Atenea, la diosa de la sabiduría, nos obliga a creer que la astucia que él exhibe en cada ocasión y que es casi su característica más sobresaliente, no desempeñaba, en el cosmos espiritual de los griegos de la Antigüedad, el mismo papel negativo que jugaba para un cristiano como Dante, que coloca a Odiseo en una de las regiones más terribles del infierno, como un mentiroso y engañador por excelencia. Para los griegos, la astucia de Odiseo equivalía a una capacidad para disimular y persuadir que en sí misma era positiva; ella era el signo de una inteligencia soberana, y casi una magia del espíritu que podía penetrar y comprender los pensamientos de los otros. Remitámonos a Porfirio, quien analiza la naturaleza espiritual y moral de Odiseo del siguiente modo:

     «Él no podía liberarse fácilmente de esta vida de los sentidos, dado que la había cegado [en Polifemo] y había empezado a aniquilarla con un solo golpe... Puesto que el que se atreve a hacer tales cosas siempre es perseguido por la ira de los dioses, tanto marítimos como materiales [6]. Por lo tanto él debe propiciarlos primero con sacrificios, luego con tribulaciones de mendicidad y otros actos de perseverancia, a veces combatiendo las pasiones, a veces usando encantamientos y disimulaciones, y por aquellos mismos medios pasando a través de todas las modalidades a fin de librarse finalmente de sus harapos y hacerse nuevamente el amo de todo» [7].

[6] Una alusión a la cólera de Poseidón, dios del océano, a cuyo hijo, Polifemo, Odiseo había cegado. Según Porfirio, el océano representa la sustancia universal en su aspecto terrible.
[7] Porfirio, op. cit.

     Los habitantes de Ítaca creen que Odiseo está muerto; Penélope misma, la esposa siempre fiel, duda si él volverá alguna vez. Pero de hecho él ha regresado ya, un forastero en su propia casa, y como si hubiera muerto para esta vida. Al mendigar limosnas de los pretendientes que están abusando de su propiedad, él los pone a prueba, y él mismo sufre esta prueba. Antes de que él hubiera llegado, ellos eran relativamente inocentes; ahora ellos cargan con faltas por sus ultrajes hacia el forastero, y Odiseo queda justificado en su intención de destruírlos.

     Según un aspecto más interno de las cosas, los orgullosos pretendientes son las pasiones que, en el mismo corazón del héroe, habían tomado posesión de su patrimonio interno y que procuraban apoderarse de su esposa, la profundidad pura y fiel de su alma. Sin embargo, despojado de la falsa dignidad de su ego, habiendo llegado a convertirse en un pobre y un forastero ante sí mismo, él ve, sin ilusión, estas pasiones por lo que ellas son, y decide luchar contra ellas hasta la muerte.

     A fin de provocar una durísima prueba, el propio Odiseo [sin todavía haberse dado a conocer] sugiere a su esposa que ella misma invite a los pretendientes a una competencia de tiro con arco. Ésta consiste en doblar el arco sagrado que pertenece al señor de la casa y en disparar una flecha a través de los agujeros de doce hachas alineadas y puestas en la tierra.

     La competencia ocurre durante la fiesta de Apolo, ya que el arco es el arma del dios-Sol. Uno puede recordar en conexión con esto las pruebas análogas a las que, según la mitología hindú, debieron someterse cierto avatãras de Vishnú, como Râma y Krishna, e incluso el joven Gautama Buda: es siempre el arco del dios-Sol el que ellos deben doblar.


     Las doce hachas plantadas en tierra (a través de cuyos agujeros la flecha tenía que ser dirigida) representan las doce constelaciones del Zodíaco, que miden el camino del Sol. El hacha es un símbolo del eje, como lo indica su nombre en inglés [axe = hacha, axis = eje], y el agujero en el hacha, que debe haber estado situado en el extremo del mango [8], corresponde a la puerta "axial" del Sol en el momento del solsticio. Ahora bien, hay sólo dos solsticios en el año, pero cada mes corresponde en principio a un ciclo lunar, análogo al ciclo solar, que incluye a su vez un paso "axial" que en cierto modo refleja el solsticio, de lo cual se origina la línea de doce hachas. Su número en cualquier caso hacía más difícil la prueba.

[8] Algunos interpretan este texto como que significa que las hachas eran sin mangos y que fueron plantadas en el suelo por sus filos, siendo precisamente el agujero a través del cual la flecha tenía que pasar aquel en el cual el mango era normalmente fijado. Pero esto significaría que la flecha habría tenido que ser disparada a una altura de sólo dos manos por encima de la tierra, lo que en la práctica sería imposible. Puede suponerse entonces que el agujero en cuestión estaba situado en el extremo superior del hacha y que normalmente era usado para colgar el hacha en la pared.

     No sabemos con seguridad la forma de las hachas que Homero tenía en mente; ellas pueden haber sido hachas simples de guerra, o pueden haber tenido la forma de hachas cretenses con doble hoja. En este último caso su significado axial y lunar sería particularmente evidente, ya que los dos filos de la bipennis [en latín; labrys en griego] se parecen a las dos fases opuestas de luna creciente y luna menguante entre las cuales en efecto está localizado el eje celeste.

    La trayectoria de la flecha simboliza de esta manera el camino del Sol. Uno podría objetar que este camino no es una línea recta sino un círculo; pero el camino del Sol no está situado únicamente en el espacio sino también en el tiempo, el cual puede ser comparado con una línea recta. Además, la flecha en sí misma simboliza el rayo que el dios-Sol lanza hacia la oscuridad.

     El poder del Sol es tanto sonido como luz: cuando sólo Odiseo tiene éxito en la flexión del arco sagrado y hace que su cuerda vibre "con la voz de una golondrina", sus enemigos se estremecen y temerosamente esperan el final terrible que él tiene reservado para ellos, incluso antes de que él les haya revelado su verdadera naturaleza, la del héroe que está bajo la protección de Atenea.

     La descripción de la masacre que sigue es tan horrible que nos disgustaría, si no fuera por el hecho de que Odiseo encarna la luz y la justicia, mientras que los pretendientes representan la oscuridad y la injusticia.

     Es sólo después de matar a los pretendientes y purificar la casa de arriba abajo, que él se da a conocer a su esposa.

     Penélope, como hemos dicho, representa el alma en su pureza original, como la fiel esposa del espíritu. El hecho de que cada día ella teja su traje nupcial y cada noche lo deshaga otra vez a fin de engañar a sus pretendientes, muestra que su naturaleza está relacionada con la sustancia universal, el principio a la vez virginal y maternal del cosmos: como ella, la Naturaleza (physis, en el helenismo, y Mâyâ en el hinduísmo) teje y disuelve el mundo manifestado siguiendo un ritmo interminable.

     La muy añorada unión entre el héroe y su fiel esposa significa de esta manera el retorno a la perfección primordial del estado humano. Homero indica esto claramente, y a través de la propia boca de Odiseo, cuando éste último nombra los signos por medio de los cuales su esposa lo reconocerá: nadie excepto él y ella conocía el secreto de su cama de matrimonio: cómo Odiseo la había construído y la había dejado inmóvil. De su propia mano él había amurallado su cámara nupcial alrededor de un viejo y venerable olivo, cuyo tronco había cortado después hasta la altura de una cama, esculpiendo en la parte firmemente enraizada un apoyo para el lecho, que fue hecho con correas trenzadas.

     Tal como en la descripción de la cueva de las Ninfas, el olivo es el Árbol del Mundo; su aceite, que alimenta, cura y que abastece de combustible a las lámparas, es el mismo principio de la Vida, tejâsa en la terminología hindú. El tronco del árbol corresponde al Eje del Mundo, y la armazón de la cama esculpida en ese tronco está simbólicamente situada en el centro del mundo, el "lugar" donde se unen las contraposiciones y los complementarios, como activo y pasivo, hombre y mujer, o espíritu y alma. En cuanto a la cámara nupcial construída alrededor del árbol, ella representa la "cámara" del corazón, a través de la cual pasa el eje espiritual del mundo, y dentro de la cual es llevado a cabo el matrimonio del espíritu y el alma.–





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