BUSCAR en este Blog

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Sobre el Comunismo en China, Camboya y Etiopía



     Hemos encontrado un texto titulado "Historia Criminal del Comunismo" (2013) del autor español Fernando Díaz Villanueva, activo periodista e historiador. De dicho recuento de lindezas de tantas maravillas humanas que ha producido la ideología marxista, tan filantrópica y compasiva de suyo (por aquello de lo social), hemos seleccionado para presentar ahora tres capítulos del extremo Oriente, dos referidos a la experiencia comunista en China, y otro que da algunas noticias del infernal y aberrante régimen que se apoderó de Camboya en los años '70, y un capítulo dedicado a la desgracia comunista acontecida en Etiopía también en fechas similares, cuando el imperialismo soviético estaba rozagante. Estas historias y datos se ofrecen, sin duda, a manera de ejemplos que da la Historia, los cuales son para tomar lecciones, precaverse y evitar su repetición, en la medida en que esté aquello en las manos de alguien, y con la esperanza de merecer mejores años venideros, a pesar de todos los agoreros y hacedores de maldad que desean materializar sus dementes sueños y juicios finales, que no son más que basura codificada.


Historia Criminal del Comunismo
(Selección)
por Fernando Díaz Villanueva




El Gran Salto a la Tumba


     «La liberación real no es posible si no es en el mundo real y con medios reales. No se puede abolir la esclavitud sin la máquina de vapor y la hiladora Jenny [inventada durante la Revolución Industrial]; no se puede abolir el régimen de la servidumbre sin una agricultura mejorada». En este párrafo, escrito a dúo entre Karl Marx y Friedrich Engels para el primer capítulo de La Ideología Alemana, se puede resumir lo que luego se denominaría «Teoría de las fuerzas productivas», en virtud de la cual el verdadero socialismo nunca podría ser alcanzado si no se desarrollaban antes las condiciones materiales adecuadas. Era un dilema de primera magnitud.

     Una vez conquistado el poder, la vanguardia tenía que elegir entre dejar que los réditos de la agricultura en manos de pequeños propietarios alfombrasen la llegada de la gran industria estatal, o acelerar la operación colectivizando las granjas para utilizar esos beneficios en la forja de la industria. Los ideólogos del bloque del Este se devanaban los sesos con este asunto, que se convirtió en un recurrente tema de debate en las altas esferas. China, que se incorporó al campo socialista en 1949 tras una cruenta guerra civil, no era ajena a estas controversias teóricas. Pero en los países comunistas los debates no duraban mucho. Entregados a líderes providenciales, siempre se terminaba haciendo la voluntad de estos líderes. En el caso de la China Popular ese hombre era Mao Tse-Tung.

     Mao no tenía muy claro qué camino seguir, por lo que, al principio, dejó que los campesinos cultivasen pequeñas parcelas con las que las familias se autoabastecían. La colectivización agraria no comenzó sino hasta 1955, cuando se constituyeron grandes granjas cooperativas estatales de adscripción voluntaria. El sistema funcionó bien, y la mejor muestra fue la excepcional cosecha de 1957. Mao estaba exultante con la buena marcha de su revolución. Henchido de orgullo, viajó en Noviembre de ese año a Moscú, donde se iba a celebrar por todo lo alto el cuadragésimo aniversario
de la Revolución de Octubre.

     Hacía ya muchos años que la guerra había concluído; tocaba ahora un desafío aún mayor: demostrar al mundo que el socialismo no sólo era más justo e igualitario, sino que era capaz de proporcionar abundancia a los que viviesen bajo su manto protector. La abundancia es la otra cara de la producción. Un país dispone de mucho cuando produce mucho. Para 1957 la cruda realidad era que los capitalistas producían bastante más que los comunistas, y, como consecuencia, tenían más de todo. Y no sólo Estados Unidos, que había salido bien librado de la Guerra Mundial, sino naciones como Italia o Alemania que, sólo unos años antes, estaban arrasadas y se morían de hambre.

     Jruschev lanzó un reto a una audiencia compuesta por Presidentes de repúblicas populares. El bloque socialista no debía conformarse con alcanzar a Occidente, sino que debía superarlo, y debía hacerlo en el plazo de unos pocos años. A Mao la propuesta lo embriagó. Cuando le llegó su turno de palabra se dirigió al auditorio con estas palabras: «El camarada Jruschev nos ha dicho que la Unión Soviética superará en 15 años a Estados Unidos. Yo puedo asegurar que, dentro de 15 años, habremos alcanzado o superaremos al Reino Unido».

     A su regreso a Pekín el timonel llevaba consigo una idea que pensaba poner en práctica de un modo inmediato. Se trataba de un novedoso plan para convertir a China en una potencia industrial de primera categoría en pocos años. El plan se llamaría el «Gran Salto Adelante». No era un plan quinquenal al uso, sino algo mucho más ambicioso, algo de factura completamente china, una campaña realmente revolucionaria que nunca antes se había intentado. El propio Mao lo resumiría como «tres años de esfuerzos y privaciones y mil años de felicidad».

     El corazón del Gran Salto Adelante era la eliminación de las diferencias entre trabajo agrícola y trabajo industrial. ¿Por qué hacer una cosa u otra cuando se podían hacer ambas? En todas las granjas estatales y en los barrios de las ciudades se instalarían pequeños hornos siderúrgicos que, gracias a una sabia planificación centralizada, fundirían acero en grandes cantidades. Al fin y al cabo la Revolución Industrial en Inglaterra había comenzado de ese modo, mediante el sistema de putting-out [talleres industriales hogareños]. Los campesinos británicos del siglo XVIII trabajaban en textiles dentro de sus casas al tiempo que atendían sus labores agrícolas cotidianas. Eso posibilitó que la producción aumentase y naciesen las primeras fábricas.

     China iba a hacer algo parecido con el acero. El Estado suministraría la materia prima y el combustible, los campesinos-obreros pondrían el trabajo. El éxito estaba garantizado y, como había tantos chinos, la producción se dispararía rápidamente y se podría superar al Reino Unido tal y como había prometido Mao en Moscú ante los mandamases de las naciones socialistas.

     Eso era el plan, claro. La realidad demostró ser muy distinta. La primera parte de la campaña se centró en eliminar las pequeñas parcelas de autocultivo que abundaban por los pueblos. El motivo de liquidar el último resto de propiedad más o menos privada que quedaba en China con tanta prisa no era tanto la propiedad en sí, como el hecho de poder disponer a tiempo completo de todos los vasallos. La colectivización se convirtió de este modo en forzosa. Las cooperativas del primer Plan Quinquenal se transformaron en comunas populares que lo compartían todo, incluída la cocina y el comedor, ancestrales refugios de la cultura familiar china.

     Aquel modelo encandiló a Mao. Meses después de lanzar la campaña el Presidente anunció que esas comunas, unas 25.000, serían el nuevo marco de organización para la China rural. Las comunas serían unidades de producción totales. Durante el día trabajarían el campo y por la noche los hornos. Sus habitantes quedarían, además, fijados de por vida a la comuna en cuestión, ya que se prohibió terminantemente que nadie la abandonase sin permiso de las autoridades del Partido. Los «esfuerzos y las privaciones» iban a ser mucho mayores de lo que se pensaban incluso los de la línea más dura del Politburó.

     No todo el país iba a recluírse en comunas. El Estado encargó la construcción de grandes acererías junto a las ciudades que se llenarían de millones de obreros, no necesariamente cualificados para esa tarea. Entre 1958 y 1960 cincuenta millones de personas se incorporaron a la nómina estatal, cincuenta millones de bocas que las comunas medio agrícolas medio siderúrgicas tendrían que alimentar. La confianza que los comunistas chinos tenían en el poder de la voluntad era realmente suicida. En la China de aquella época estaban en boga las teorías agronómicas de Trofim Lysenko, aquel charlatán soviético que dijo haber inventado la Biología Proletaria. Mao creía ciegamente en ellas y aportaba descubrimientos de su propia cosecha. «Con la compañía las semillas crecen fácilmente, cuando crecen juntas se sienten a gusto», llegó a decir en cierta ocasión durante un discurso. Nadie, obviamente, osaba llevar la contraria al autoproclamado «salvador del Pueblo».

     El voluntarismo que, según la propaganda oficial, desplazaba montañas. se tradujo en el campo agronómico en un empeoramiento automático de las cosechas. En el frío y apartado Tíbet, por ejemplo, se dejó de plantar cebada para sustituírla por el trigo. El resultado fue que no se recogieron ninguno de los dos cultivos. Otra idea de los agrónomos del régimen fue exterminar a los gorriones porque comían grano. La cosecha lo pagó en forma de plagas, ya que los gorriones, aparte de grano, también comían multitud de insectos y parásitos.

     La Biología Revolucionaria iba a ser sólo uno de los pilares de una agricultura superproductiva contra la que Occidente nada podría hacer. El otro sería las grandes obras de irrigación. Con apresuramiento, sin hacer estudios técnicos preliminares y sin fiarse demasiado de los ingenieros, el Estado acometió un ambicioso programa de presas y canales. Muchas no sirvieron de nada porque, por culpa del atolondramiento inicial, se emprendieron obras hidráulicas donde no hacían falta. Muchas anegaron fértiles pastos donde pacía el ganado. Otras se derrumbaron a poco de concluírse con la primera crecida. Todas fueron extraordinariamente costosas en vidas.

     A comienzos de 1959 la catástrofe inminente tenía ya todos sus ingredientes a punto de ebullición. Entre las millonarias partidas de trabajadores dedicadas a la gran industria, las que estaban por todo el país levantado presas y los propios campesinos fundiendo metal en sus micro-acererías rurales, el país no producía toda la comida que necesitaba. La producción de grano se desplomó a niveles de 1950 pero con cien millones de chinos más. Los trabajadores de las granjas estatales no daban más de sí. Sub-alimentados y condenados a interminables horas de trabajo, empezaron a morir de inanición, primero miles en algunas zonas puntuales, más tarde millones por todo el país.

     En Pekín los altos funcionarios del Partido comenzaron a darse cuenta de que la situación estaba fuera de control más allá de los muros de la Ciudad Prohibida. El líder, sin embargo, era de la opinión contraria. En Agosto de 1959 se decidió relanzar y profundizar en el Gran Salto Adelante. No importaba si morían unos cuantos, lo importante era tener fe y mantener la vista en el horizonte. La propaganda acuñó un chocante lema para el invierno del '59: «Vivir de un modo frugal en un año de abundancia». El Partido se encargó también de que los médicos recordasen que los chinos eran una raza privilegiada que no necesitaba un gran aporte de grasas ni de proteínas.

     Mientras los terminales propagandísticos del régimen repetían una y otra vez que estar delgado era saludable y que el sacrificio merecía la pena, el país entró en una demoníaca espiral de hambre. Las granjas cada vez producían menos porque sus trabajadores morían o porque estaban muy débiles para sembrar y recoger las cosechas. Lo poco que salía de los silos iba destinado a alimentar a la otra «pierna de la revolución», la industrial y, especialmente, la política. A los miembros del Partido no les faltaba comida, ni en Pekín ni en ninguna otra ciudad.

     La escasez de alimento repercutió directamente en la producción de acero. Las acererías de las ciudades fueron despoblándose, ya porque sus operarios morían, ya porque desaparecían para buscar comida por las alcantarillas o en las ilegales huertas que muchas familias plantaban en los patios. Las fundiciones rurales sufrieron igual destino. El plan decía que el Estado se encargaría de suministrar la materia prima y el carbón, pero ninguno de los dos insumos llegaban en el tiempo y la forma adecuada. Para colmo, el acero de las explotaciones rurales era de tan mala calidad y estaba tan lleno de impurezas que no servía para nada.

     En las minas de carbón los mineros morían de hambre, enfermaban o se esfumaban para cultivar sus propios huertos. Pero la Revolución lo podía todo: a falta de carbón los campesinos tenían que salir en busca de madera a los bosques cercanos que, en muchas provincias, quedaron totalmente esquilmados. Respecto al hierro, los cabecillas locales, deseosos de presumir ante sus superiores de crecientes cuotas de producción, ordenaron que se echase a los hornos cualquier tipo de metal: cacerolas, cucharas, cuchillos... Si los campesinos no colaboraban, las milicias del Partido se encargarían de requisarlo por la fuerza con una buena ración de palos.

     No sólo no había qué comer, sino que tampoco tenían dónde hacerlo. El mercado negro irrumpió con fuerza inaudita a partir de 1960. Quien podía permitirse un discreto huertecillo o quien se las arreglaba para robar algo de grano en un silo, lo ponía rápidamente en el mercado a precios astronómicos. El arroz de contrabando, por ejemplo, llegó a multiplicar por treinta su precio. Las escasez y los riesgos que entrañaba el contrabando explicaban esos precios tan elevados. Como era de suponer, el régimen hizo responsable del fracaso de los planes y del hambre generalizada al mercado negro, al que oficialmente denominó «acaparación».

     La prefectura de Xinyang informaba a los mandos del Partido en Pekín que «no es que el alimento falte. Hay grano en cantidad, pero el 90% de los habitantes tienen problemas ideológicos». Pekín no tardó en tomar cartas en el asunto. Durante el invierno de 1960 se desplegaron por el país milicias armadas cuyo único mandato era reprimir con dureza a los campesinos. De este modo, al hambre y la enfermedad se unió un nuevo jinete: el de la guerra. La represión fue tan brutal como era previsible en un país sometido a una tiranía semejante. El comercio se pagaba con la vida, lo que hizo desaparecer por completo el contrabando que, de un modo bastante precario, mantenía con vida a buena parte de la población.

     Millones de campesinos fueron detenidos y trasladados a campos donde se les torturó hasta la muerte. Unos por haber sido sorprendidos intercambiando un puñado de arroz, otros por delitos ideológicos y, los más, por «remolonear» en el trabajo y no alcanzar las cuotas marcadas por el Comité. Las ejecuciones ejemplarizantes se pusieron a la orden del día. Por ejemplarizante hay que entender, en el contexto de la China de Mao, a reos enterrados vivos o grandes cacerolas con gente dentro a quienes hervían delante de sus vecinos.

     Para 1961 moría ya tanta gente, que el Partido prohibió la celebración de funerales. Los muertos se echaban a fosas comunes o eran utilizados como abono. El hambre no cesaba. Sin nada que echarse a la boca muchas familias empezaron a intercambiarse a sus hijos para comérselos. Los intercambiaban para evitar comerse a sus propios hijos. Otros se hacían sopas con cortezas de árbol hervidas o rebuscaban gusanos entre los excrementos de los caballos que montaban los guardias rojos.

     Durante ese año la situación se había tornado tan insostenible que las noticias de la gran hambruna cruzaron la frontera y llegaron a Occidente. El Gobierno chino no reconoció nada, a lo más que habían padecido una severa sequía. No era cierto: los años 1959, 1960 y 1961 fueron normales en lo que a lluvias se refiere. Estados Unidos se ofreció a enviar grano en concepto de ayuda humanitaria, pero Mao lo rechazó. Lo que no podía rechazar eran las compras de grano en el extranjero, aunque sólo fuese para alimentar al ejército y a la casta del Partido. China había pasado de exportar a la URSS 2,8 millones de toneladas de grano en 1958 a importar 5,8 millones en 1961.

     El Politburó presionó para que se pusiese fin al experimento. A mediados de 1961 la campaña quedó postergada para siempre. Los campesinos fueron liberados de las comunas, se volvió a permitir que se cultivasen pequeñas parcelas familiares y que los agricultores intercambiasen sus productos en mercadillos informales. En un solo año el hambre había remitido milagrosamente. El artífice de la vuelta a la normalidad fue Liu Shao-Ki, veterano de la Larga Marcha y número 2 del Partido. Mao no se lo perdonó: años más tarde, con motivo de la Revolución Cultural, lo quitaría de en medio.

     El Gran Salto Adelante había sido un fracaso se mirase desde donde se mirase. China había consumido recursos preciosos y, lo que es peor, había sacrificado a cerca de cuarenta millones de personas. Nunca antes en toda la historia de la Humanidad se había producido una hambruna de tales dimensiones. La mortalidad se había multiplicado por tres y la natalidad era la mitad que cuatro años antes. Las consecuencias económicas se dejaron sentir hasta finales de la década de los '70. El campo chino no volvería a producir lo mismo hasta el año 1983. Las consecuencias humanas no tuvieron reparación posible. El Gobierno, entretanto, corrió un tupido velo sobre el Gran Salto Adelante, que aún perdura.



El Partido es Nuestra Madre y Nuestro Padre


     El fracaso estrepitoso del Gran Salto Adelante había sido un torpedo en la línea de flotación del liderazgo de Mao Tse-Tung. El triunfador de aquella estúpida y homicida campaña de industrialización acelerada fue Liu Shao-Ki, comunista de la primera hora y vicepresidente del Partido. O el Gran Timonel retomaba el mando o la Revolución se le podía terminar yendo de las manos con funestas consecuencias para sus leales y para él mismo.

     Pero Shao-Ki estaba bien situado, tanto en el Partido como en el Gobierno, al cual enfrentaba en calidad de Presidente de la China Popular. Mao ejercía otro tipo de poder menos visible. Era el líder sin más. Contaba con la auctoritas emanada de la ubicua presencia de sus retratos por todo el país, y la potestas que le daba el control directo de todos los comités.

     En las democracias liberales, con los tres poderes bien definidos y delimitados, una estructura de mando como la de la China de Mao se hacía complicado de entender. Aunque el Partido era el depositario del poder, quien de verdad mandaba eran los comités. Mao presidía el Comité Central, el Politburó, la Comisión Militar Central y el Comité que regía el Congreso Nacional, llamado oficialmente Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CCPPC). No quedaba resquicio donde Mao no tuviese una influencia decisiva. Tenía a su favor, además, la lealtad inquebrantable de Lin Piao, jefe máximo del Ejército.

     La profusión de imágenes de Mao era obra directa de Lin Piao, que sentía auténtica adoración por el líder. El culto a la personalidad propia agradaba al líder casi tanto como la difusión del Pequeño Libro Rojo, otra adulación de Piao, que se había encargado de compilar citas y textos del jefe para luego entregárselas a los soldados como lectura obligatoria. Las aprendían de memoria a modo de mantras, recitándolas en voz alta mientras daban cabezazos como los monjes budistas.

     Shao-Ki pertenecía al pasado, Piao al presente. En 1964, dos años después del abrupto final del Gran Salto Adelante, Piao ordenó que todo el país se militarizase. La excusa esta vez era la defensa de una hipotética agresión externa. A partir de ese año todos los estudiantes de China empezaron a recibir instrucción militar en las escuelas. El Ejército, coordinador de esta inexplicable movilización en tiempos de paz, organizó milicias juveniles en colegios, universidades, factorías y barrios urbanos. A los niños se les sacaba de las aulas para desfilar al ritmo de marchas militares y se realizaban ejercicios militares con ellos.

     Todo en el alucinado universo de Lin Piao era enfermizo, empezando por su propia persona. Era neurasténico e hipocondríaco. Padecía una amplia gama de fobias que condicionaban su vida. Aborrecía el viento, el agua, el ruido y la luz. Esas aversiones lo llevaron a retirar cualquier tipo de cuadro en el que se viese un río, un lago o el mar. Evitaba viajar y nunca se acercaba a cursos de agua, ni siquiera al de la ducha. Trabajaba a oscuras en su despacho pekinés donde apenas recibía a gente. Allí, según cuentan, tomaba pastillas a todas horas, y se evadía de ese mundo que tanto odiaba con dosis de morfina. Su figura, flaca y demacrada, producía una mezcla de temor y repulsión entre los cargos del ministerio de Defensa.

     Solo de un enfermo como Lin Piao podía salir algo tan desmadrado y absurdo como la campaña que iba a azotar China de 1966 a 1968. La materia prima del nuevo designio maoísta eran los estudiantes de las ciudades. La Revolución había cumplido ya su decimoquinto aniversario. En las escuelas y universidades chinas se estaba formando una generación que no había conocido otra cosa más que el comunismo. Eran la «cuartilla en blanco carente de cualquier marca» que anhelaba Mao, sin resabio alguno del pasado, sobre la que escribir «los caracteres más puros y hermosos».

     La militarización de las escuelas, que llegó acompañada de una campaña de intensa ideologización, sirvió de banco de pruebas. Los jóvenes se entusiasmaron con el papel que el líder les adjudicaba. «El porvenir de China os pertenece», clamaba Mao en los discursos. La plástica revolucionaria se completaba con uniformes, brazaletes de color rojo, simbología y desfiles por las avenidas de las principales ciudades. Aquella masa informe de estudiantes sacados de las aulas se había transformado ya en escuadras de guardias rojos, una fuerza de choque imparable y muy numerosa dispuesta a morir por el líder.

     En un ambiente tan surrealista, algo necesariamente malo tenía que ocurrir. El 1º de Julio de 1966 estalló la revolución. Un dazibao [afiche] de la facultad de Filosofía de la Universidad de Pekín llamaba a la lucha: «¡Rompamos todos los controles y las maléficas conjuras de los revisionistas! ¡Destruyamos todos los monstruos, a todos los revisionistas como Jruschev!». En cualquier otra circunstancia una proclama semejante hubiese terminado con una brutal purga en la universidad y sus responsables detenidos y trasladados a un laogai [campo de trabajo forzoso], pero no en aquella ocasión. Mao estaba detrás de todo.

     Meses antes, en Mayo, el Politburó había acusado a varios dirigentes, entre los que se encontraban Peng Chen, jefe del Partido en Pekín, y el general Luo Rui-King, de acaudillar una conspiración burguesa que se había infiltrado en las altas esferas del país. Para combatirla llamaba a una «Gran Revolución Cultural» [Proletaria] que, alimentándose del pensamiento de Mao, arrasase hasta los cimientos esa «contrarrevolución revisionista de enemigos de clase».

     Shao-Ki poco podía hacer frente a un enemigo semejante. Los ministerios clave estaban en manos de los adictos a Mao. El Ejército los protegía e incluso invitaba a que las hordas juveniles hiciesen justicia pública con los revisionistas que, oportunamente, fueron motejados como «negros». El ministerio de Transportes les franqueaba el paso de los ferrocarriles para que extendiesen su peculiar revolución adolescente por todas las ciudades.

     En China lo que sobraban eran jóvenes motivados, y más en las ciudades, donde el Gran Salto Adelante no había provocado el desastre demográfico que causó en el campo. Cincuenta millones de alumnos se echaron a la calle durante el verano de 1966. El Gobierno dio órdenes de suspender las clases mientras el Ejército los proveía de material, armas, vituallas y Libros Rojos de Mao. La consigna era terroríficamente simple: «Los anti-maoístas son ratas que corren por las calles, matadlas, matadlas».

     Las levas de guardias rojos, debidamente teledirigidas desde el Partido y el ministerio de Defensa, se extendieron por las principales urbes a velocidad de vértigo. En Septiembre, Pekín y Shangai ya eran dos ciudades tomadas y a merced del fanatismo juvenil de los jóvenes guardias. Todo era prescindible, empezando por la familia. El régimen inoculaba por vía intravenosa en los jóvenes el odio a sus progenitores, e insistía en que había que denunciarlos a la policía si albergaban sospechas políticas de ellos. «El Partido es nuestra madre y nuestro padre», decía el estribillo de una canción de campaña que los guardias cantaban a todas horas. Si no tenían piedad con sus propios padres, ¿qué suerte esperaría a los que ya habían sido señalados por Mao desde su ciudadela amurallada de la Ciudad Prohibida?.

     Las primeras víctimas en sucumbir a la Revolución Cultural fueron los profesores. El régimen tachó a los «intelectuales» de enemigos de la Revolución. Por «intelectual» podía entenderse casi cualquier cosa. Un simple maestro de barrio que no contase con la protección adecuada tenía todas las cartas de ser un «mal nacido» —para utilizar la terminología oficial— y padecer las consecuencias. Los «intelectuales» eran sacados a la calle por la turba adolescente, apaleados en público y sometidos a todo tipo de vejaciones.

     Los guardias solían pintar de negro la cara del desventurado «intelectual» que, si tenía suerte, podía salir del aprieto con una simple paliza y el saqueo de su domicilio. Si no la tenía, moría allí mismo ante la mirada cómplice de policías y militares. Toda violencia contra los «intelectuales» estaba justificada. «La clase capitalista es la piel, los intelectuales son los pelos que crecen sobre la piel. Cuando la piel muere, no hay pelos», decían los panfletos propagandísticos que los guardias leían con reverencia.

     Después de las purgas de los años '50, a China no le quedaban demasiados intelectuales propiamente dichos, pero los que aún vivían, en su mayoría escritores, perecieron en la Revolución Cultural, ya ejecutados por las turbas, ya en cárcel, ya por suicidio. Suerte parecida corrieron los profesores universitarios, los compositores musicales, los actores, los escultores... Realmente nadie estaba a salvo de la furia roja.

     A finales de Agosto, Mao lanzó una de sus célebres campañas que fue recibida con alborozo por los guardias. Se trataba de acabar con las «Cuatro Antiguallas» (antiguas costumbres, antiguas ideas, antigua cultura y antiguos hábitos). Los primeros en sentirlo fueron los de la Ópera de Pekín, una institución centenaria que tuvo que eliminar todas las representaciones que no versasen sobre la Revolución.

     En esto jugó un papel fundamental Chiang Ching, la cuarta esposa de Mao. Ching era una antigua actriz de teatro, ideologizada hasta la médula, que había ejercido de ministra de Cultura del primer Gobierno comunista. Por petición expresa se convirtió en directora de la «Gran Revolución Cultural». Su obsesión era el arte o, mejor dicho, reformar las expresiones artísticas chinas hasta hacerlas confluír con los dogmas revolucionarios. Su fanatismo era tal que prohibió todo tipo de obras, ya fuesen óperas, ballets o simples dramas teatrales, que no tuviesen contenido revolucionario expreso.

     Para evitar que, tras una apariencia revolucionaria, se colasen mensajes sospechosos, creó la llamada «ópera revolucionaria», lo que redujo el inventario a sólo ocho piezas representables (seis óperas y dos ballets) denominadas «óperas modelo», supervisadas personalmente por ella. La estructura era siempre la misma, binaria hasta la náusea: los buenos eran obreros fabriles o agricultores; los malos, terratenientes o burgueses urbanos. Los primeros eran guapos y jóvenes; los segundos, feos, viejos y decadentes. En el curso de la obra estallaba la lucha de clases que siempre ganaban los proletarios.

     Mientras Chiang Ching se entretenía rehaciendo desde cero las artes escénicas, los guardias rojos tomaban violentamente la calle. Nada tenían que temer. Mao se ocupó personalmente de que la policía no interfiriese en las actividades de los jóvenes. «¿Deben ser castigados los guardias rojos que matan?», preguntaba el ministro de Seguridad ante un nutrido grupo de oficiales de policía. «Mi opinión es que si se mata, pues bien, se ha matado. No es nuestro problema».

     La llama que había prendido el Politburó la mantenía encendida la total impunidad en la que las partidas de guardias se desenvolvían. Las ciudades esperaban aterradas la llegada de los numerosos contingentes de guardias rojos. En Shangai, ciudad cosmopolita de tradición liberal, puerta de China al mundo que tenía aún una gran huella occidental, la represión fue salvaje. La turba comenzó con el alcalde de la ciudad, que, acusado de revisionista, fue enganchado a un tranvía y apaleado hasta la muerte.

     Otros no lo pasaron mucho mejor. Los guardias practicaban continuas pesquisas en las casas particulares de los que previamente habían sido designados como «negros». Se llevaban todo lo que encontraban de valor dentro de las casas, con especial predilección por los objetos de oro y plata. Sólo en Shangai se llegaron a incautar 72 millones de toneladas de oro, que pasaron automáticamente a disposición del Partido, es decir, de la madre y el padre de los guardias. Si la víctima se negaba o hacía algún reproche, era ejecutada en el acto.

     Sobresalir era malo, un pasaporte seguro a la muerte, pero no destacarse tampoco garantizaba la seguridad. Mao había dicho que el revisionismo era una «serpiente venenosa que está inerte, pero aún no ha muerto». Pararse en la calle y mirar a los guardias podía ser motivo sobrado para una soberana paliza a correazos en plena calle. Las correas eran el arma favorita de los guardias. Lin Piao les había suministrado unos gruesos cinturones militares que utilizaban para flagelar a los sospechosos.

     En ciudades como Shangai o Pekín mucha gente prefirió quedarse en casa todo el día y, si tenían que salir, caminaban rápido tratando de esquivar a las escuadrillas rojas. En el caso de toparse con una de ellas el encontronazo podía terminar con un cadáver en mitad de la calzada, y no precisamente el de alguno de los guardias. En los días señalados los guardias estaban especialmente activos. Detenían a los transeúntes y los obligaban a recitar citas de Mao en voz alta. Negarse a ello no era una opción.

     Los niños mimados de la Revolución se habían apoderado del país con la aprobación del líder, que, entretanto y valiéndose del desconcierto general, se aplicó en realizar una gran purga interna. Su gran rival, Liu Shao-Ki, el hombre que se había atrevido a denunciar delante de todos la carnicería del Gran Salto Adelante, fue arrestado en 1967. Fue acusado de ser un «agente del imperialismo» y, al mismo tiempo, de ser un «revisionista moderno», es decir, afín a los soviéticos. Pero la acusación era lo de menos. Shao-Ki fue torturado con saña. Le retiraron su medicación para la diabetes y enfermó de neumonía, lo que lo terminaría matando en prisión.

     Mao no se conformaba con castigar al pecador. Entendía que el pecado se extendía a toda la familia. La mujer de Shao-Ki, Wang Guang-Mei, fue encarcelada y sometida a un régimen de torturas y privaciones similar al de su marido. Le arrebataron a sus tres hijos, que fueron encarcelados en una prisión rural. Pero antes de que el peso de la ley roja cayese sobre Guang-Mei, los guardias rojos se dieron un festín ridiculizándola públicamente, a ella, que había sido la Primera Dama de la república hasta poco tiempo antes. Durante una visita oficial a Indonesia había regalado a Sukarno un elegante vestido tradicional chino finamente bordado. Los guardias obligaron a Guang-Mei a ponerse un vestido similar, a calzarse unos zapatos de tacón alto y a colgarse del cuello un collar hecho con pelotas de ping-pong. Luego la hicieron desfilar por la calle a la vista de todos.

     Tras el escarmiento ejemplar a Guang-Mei se encontraba la esposa de Mao, Chiang Ching, que dejamos más arriba reinventando el teatro chino. Ching odiaba a la esposa de Shao-Ki, una mujer más joven que ella y proveniente de una distinguida familia de diplomáticos. Hablaba con fluidez francés, inglés y ruso, y era licenciada en Física por una selecta universidad católica de Pekín fundada por los benedictinos. De todas esas buenas cualidades se había quedado prendado Liu Shao-Ki, que la doblaba en edad cuando contrajeron matrimonio.

     Guang-Mei consiguió sobrevivir a su cautiverio, que duró más de diez años, y aún tuvo tiempo de vivir la transformación de China en una potencia económica capitalista. Murió en 2006 después de haber sido rehabilitada por el Gobierno. También sobrevivió a Chiang Ching, procesada en los años '80 por los crímenes cometidos durante la Revolución Cultural. Fue condenada a cadena perpetua y se suicidó años después colgándose en el baño de la celda. Antes de hacerlo dejó una nota que decía «Presidente Mao, te quiero».

     La China europea y refinada que había mamado Guang-Mei en su infancia era la China que Mao quería hacer desaparecer del mapa. Había comenzado su demolición en los años '50, pero aún quedaba mucho occidentalismo, especialmente en Pekín y en las ciudades costeras. Los guardias rojos, excitados por la adecuada consigna, las emprendieron contra todo lo que era extranjero. En Shangai martillaban toda inscripción que se encontraban escrita en caracteres latinos. El cristianismo fue proscrito y con las Biblias sacadas de las iglesias se hacían piras callejeras. Los monjes budistas fueron perseguidos y forzados a secularizarse so pena de morir a palos. El budismo, a fin de cuentas, aunque milenario en China, también era importado del extranjero.

     Shangai padeció lo indecible. Los guardias anunciaban por las calles con megáfonos las nuevas prohibiciones. Una era llevar el pelo largo o peinado con gomina; otra, llevar zapatos de tacón; otra más, vestir al modo occidental y, no digamos ya, hablar lenguas occidentales. Así, mientras los chinos de Taiwán, Hong Kong o Macao prosperaban y entraban en el mercado mundial, los de la China Popular regresaban a una suerte de Edad Media comunistizada en la que estaba mal visto hasta beber café porque era una bebida extranjera. En el paroxismo de la sinrazón prohibieron plantar flores en los jardines y tener pájaros en casa porque eran «desviaciones de la energía revolucionaria».

     A principios de 1968 China se había convertido en un hospital psiquiátrico donde aparentemente mandaban los anárquicos guardias rojos. Pero sólo aparentemente. Mao no había perdido en ningún momento el control de la situación. Su figura, idolatrada por los jóvenes, había adquirido una condición casi divina. El propósito de aquella comedia ya había sido llevado a cabo. El Partido y el Ejército estaban limpios de cualquier elemento no afecto al líder. En ese momento, y antes de que la situación terminase derivando en un cuestionamiento del propio Mao, el Gobierno dio órdenes estrictas de desarmar y desmovilizar a los guardias rojos.

     Las víctimas de la barbarie cultural eran muy numerosas. Varias decenas de miles murieron a causa de las palizas o en las ejecuciones de los guardias. Centenares de miles fueron expulsados de sus casas o «ruralizados». Sólo en Pekín 84.000 «negros» tuvieron que abandonar la ciudad. La purga entre los mandos del Ejército y el Partido, razón última de la campaña, fue mucho mayor. Unos cuatro millones de oficiales y cargos políticos fueron detenidos y encarcelados. Cuando en Abril de 1969 se celebró el Noveno Congreso del Partido, China pertenecía de nuevo a Mao que, para mantener cierta movilización entre sus súbditos, anunció una nueva campaña revolucionaria, esta vez encaminada a deportar al campo a «intelectuales» sospechosos.

     Lin Piao fue nombrado vicepresidente, «camarada de armas» y «sucesor del líder», un líder que acababa de cumplir 75 años, un tanto ajado, con los pulmones devastados por el tabaco y un mal de Parkinson incipiente que lo acompañaría hasta su muerte siete años después. Dos años más tarde lo sucedería al frente del timón de la nación más poblada de la Tierra una de las víctimas de la Revolución Cultural: Teng Hsiao-Ping, con quien los guardias rojos se habían empleado a fondo. Nada volvería a ser lo mismo. Afortunadamente.–




Los Campos de la Muerte


     El día de Año Nuevo de 1975 los guerrilleros del Partido Comunista de Kampuchea [nombre comunista de Camboya] lanzaron el último y definitivo ataque contra las fuerzas del Gobierno de la República Jemer [Khmer]. Se trataba de un Gobierno acorralado que apenas controlaba ya la capital, pequeños enclaves armados y algunas rutas de comunicación. La guerra civil había comenzado cinco años antes con motivo del golpe de Estado que el general Lon-Nol había dado al príncipe [Norodom] Sihanouk mientras éste se encontraba de viaje oficial en China.

     La guerra había convulsionado un país rural, de tradiciones ancestrales y bastante pacífico, al menos desde que los navegantes portugueses descubriesen su existencia a principios del siglo XVI. Camboya, provincia de segundo orden de la Indochina francesa, era uno de esos afortunados lugares de la Tierra donde nunca pasaba nada. La guerra en el vecino Vietnam interrumpió esa calma centenaria. Por simpatía hacia su causa y, sobre todo, por evitarse problemas, el príncipe había permitido que las fuerzas del Vietcong se asentasen en suelo camboyano, desde donde hostigaban al Ejército estadounidense. Esto no cayó demasiado bien en Washington, de manera que, a modo de castigo, Richard Nixon ordenó una serie de bombardeos sobre los santuarios de la guerrilla vietnamita situados en Camboya.

     A partir de este momento se abrió la caja de los truenos. Una vez depuesto el príncipe, el nuevo Gobierno militar de Lon-Nol rompió sus compromisos con el Vietcong y cerró la frontera. Había llegado el momento del diminuto partido comunista local, dirigido con mano de hierro por un fanático llamado Saloth Sar. Ni la CIA ni nadie se había preocupado jamás por el grupúsculo de Sar que, según informes del Departamento de Estado norteamericano, contaba con unos cien miembros a mediados de los años '60.

     La tormenta desatada por los bombardeos y el golpe militar propició que el anónimo partido de Sar diese un golpe de efecto que cambiaría dramáticamente el curso de los acontecimientos. De pronto los guerrilleros, que hasta ese momento habían vivido emboscados en la jungla, empezaron a ganar adeptos entre la población rural de la región fronteriza con Vietnam. Saloth Sar, que conocía bien a los vietnamitas porque había convivido con ellos años antes en París, solicitó formalmente su ayuda. Para colmo de males, Sihanouk, el príncipe destronado, se puso del lado de los rebeldes con la idea de vengarse por el golpe de Estado que le había costado el trono.

     El sentimiento anti-vietnamita era muy poderoso entre los camboyanos. Eso Saloth Sar lo sabía bien. Para compensarlo rebautizó a sus guerrilleros como jemeres rojos [khmers rouges] y les pidió que combatiesen en nombre del ultrajado príncipe de Camboya, heredero, al menos nominalmente, de los antiguos emperadores jemeres de la Edad Media. Recurrir a la identidad jemer (grupo étnico mayoritario en Camboya) como aglutinador nacional fue uno de los grandes aciertos de Saloth Sar, tanto que sus enemigos para contrarrestar la treta propagandística cambiaron de nombre al país y lo rebautizaron como República Jemer. Las tropas comunistas, sin embargo, fueron aumentando en número al mismo tiempo que menguaban las del directorio militar que gobernaba desde la capital Nom Pen apoyado por Vietnam del Sur y Estados Unidos.

     En 1973 los estadounidenses se retiraron de Vietnam. Sin la ayuda de estadounidenses y vietnamitas el Gobierno de la recién nacida República Jemer tenía los días contados. Y así fue. En sólo unos meses los jemeres ocuparon rápidamente casi todo el país y sitiaron la capital. En este punto volvemos donde nos habíamos quedado al inicio, en el momento en el que los rebeldes se disponían a dar el golpe de gracia al Gobierno para apoderarse de lo poco que quedaba de Camboya. El 17 de Abril Nom Pen cayó. Los jemeres rojos habían advertido que pasarían a cuchillo a todo el Gobierno anterior y a sus principales funcionarios. Eso fue suficiente para que todos pusiesen pies en polvorosa con suficiente antelación, empezando por el presidente Lon Nol, que huyó a Estados Unidos, donde moriría diez años más tarde.

     Los expertos suponían que el nuevo Gobierno sería un calco del de Vietnam del Norte, un régimen de inspiración maoísta poco amigo de la propiedad privada y, mucho menos, de las libertades burguesas, una república popular más que habría de sumarse a todas las de la desdichada Indochina. Pero no, llegaba algo mucho peor que eso, un auténtico experimento ideológico sobre el que se levantaría el mayor genocidio de la Historia.

     De entrada, y para abrir el apetito, el nuevo Gobierno cambió el nombre del país por el de Kampuchea Democrática, borrando de un plumazo denominaciones como la francesa Cambodge o la inglesa Cambodia. Lo de «democrático» era la habitual alteración de la lengua que comunistas de otras latitudes ya habían aplicado, y que significaba exactamente lo contrario de lo que la palabra en cuestión indica. La Kampuchea democrática iba a ser un país socialista puro, limpio de polvo y paja, sin desviacionismos, hecho a la medida de su creador desde el mismo momento de su fundación.

     El país no fue el único en cambiarse el nombre. Su artífice, el victorioso Saloth Sar, enterró su filiación familiar para tomar un nombre de guerra por el que los camboyanos tendrían que conocerlo y que sería con el que pasase a la Historia: Pol Pot. A pesar de lo que se creía en Occidente, el nuevo nombre del líder no significaba nada en lengua jemer, sino que era una simple contracción de «Politique Potentielle» (político potencial) que, según él, es como lo había definido Mao Tse-Tung durante una visita a China. Una extravagancia incomprensible en un hombre que, por lo demás, no tenía nada de excepcional.

     Pol Pot había nacido durante la dominación francesa en un pueblo de pescadores de la provincia de Kampong Thom, en el interior del país. Pertenecía, como muchos otros revolucionarios, a la burguesía local. Su padre era un pequeño propietario rural, lo que le permitió estudiar en el colegio francés y posteriormente mudarse a Nom Pen para formarse en una escuela técnica de la capital. No era un estudiante especialmente brillante, pero los franceses tenían un programa de estudios en Francia para jóvenes de las colonias. Consiguió que lo admitiesen y se trasladó a París en 1949. Una vez allí ingresó como becado en la École Française de Radioélectricité.

     Los intereses del joven camboyano no iban tanto por la electricidad como por la política. En París entró pronto en contacto con el Partido Comunista francés, a quien Moscú había cursado órdenes para que se opusiese al colonialismo. Los militantes buscaban en escuelas y facultades a estudiantes llegados de ultramar para unirlos a la causa anti-imperialista. Saloth Sar ingresó en una célula de los llamados Círculos Marxistas. El tiempo dedicado a la política se lo quitó al estudio, y en 1953 se quedó sin beca después de suspender todos los exámenes.

     El fracaso escolar del máximo líder ayudaría a explicar posteriormente el odio africano que tenía hacia los intelectuales y la gente instruída. Pol Pot, que había completado su formación (la política, la otra no la completaría nunca) durante una visita a Vietnam del Norte, quería construír el socialismo de una sola vez eliminando las farragosas estaciones intermedias en las que se había atascado la URSS y toda Europa del Este. Su modelo era la China del Gran Salto Adelante, aquel delirante programa que puso en marcha Mao en 1958 y que costó cuarenta millones de vidas.

     Kampuchea tenía mucho trabajo por delante ya que iba obrar el milagro de que, por primera vez en la Historia, las teorías de Marx y Lenin se hiciesen realidad en un plazo récord. Había que eliminar la moneda porque en el socialismo auténtico no existe el dinero. La colectivización no iba a ser un problema de varias generaciones, sino de, a lo sumo, varios meses. La propiedad privada, toda la propiedad privada sin excepción alguna, quedaría abolida en el acto. Los resabios de la sociedad anterior marcada por el capitalismo, la desigualdad y la injusticia, serían liquidados resueltamente aniquilando físicamente a los propietarios y a todo aquel que se opusiese activa o pasivamente a la llegada del nuevo mundo. Un programa simple, vigoroso y claro que, sin embargo, llevaba inserto la semilla de la peor de las barbaries.

     La primera decisión de Pol Pot fue, no obstante, sospechosamente moderada. Colocó a Sihanouk como presidente títere de la Kampuchea Democrática. Lo hizo probablemente para tranquilizar a sus aliados vietnamitas y para ganar un tiempo precioso que emplearía en poner en marcha su plan de transformación, un plan que empezó poco después de la victoria ordenando que Nom Pen se vaciase inmediatamente. Todos sus habitantes, unos tres millones, fueron obligados a abandonar la ciudad en columnas que se dirigían al campo. La Kampuchea de la revolución no tendría ciudades, esos templos del mal donde había prosperado la burguesía. Idéntica suerte corrieron todas las ciudades del país, algunas centenarios centros urbanos como Siem Riep o Battambang.

     Los altos funcionarios, los oficiales del ejército, los maestros, los monjes budistas y los llamados «intelectuales», no se incorporaban a las marchas. Eran conducidos a campos de reeducación que en realidad eran centros de exterminio acelerado. Allí, en mitad de la jungla, los guardianes los fusilaban o los dejaban morir de hambre. Ser profesor, periodista, juez, llevar gafas o saber leer era pasaporte seguro para la muerte. Siguiendo las lecciones de Pol Pot, no había lugar para ellos en el «porvenir radiante» que le aguardaba a la Kampuchea socialista. Pero Camboya no tenía demasiados «intelectuales». El camboyano medio era agricultor, comerciante o artesano, generalmente analfabeto o con muy pocas letras, que se ganaba la vida del mejor modo posible y que, eso sí, era muy cumplidor con las tradiciones. A éstos les esperaban largas jornadas de marcha por los caminos hasta el destino final, que solía ser una aldea remota donde habrían de instalarse a la fuerza.

     Se trataba de un sacrificio necesario en aras de un mañana mejor. El mal se había apoderado de toda sociedad, pero especialmente de la sociedad urbana, donde se practicaban pecados inaceptables, como el individualismo, el comercio o el pensamiento libre. No bastaba con convertir Nom Pen en una ciudad fantasma y enviar a sus habitantes a purificarse en el campo mediante maratónicas jornadas de trabajo. Había que separar el grano de la paja, los camboyanos que podían ser salvados y los que no. Los primeros serían los campesinos de las aldeas, que, además de dedicarse a la única actividad económica digna del tal nombre, eran los que habían apoyado a la guerrilla jemer durante la guerra civil.

     Se dividió así a los camboyanos en dos categorías: el «pueblo viejo», formado por los aldeanos que llevaban ya varios años en las zonas liberadas por los jemeres rojos, y el «pueblo nuevo», traído a golpes desde las ciudades. Pero se daba la circunstancia de que la guerra civil había ocasionado que una parte importante de la población rural se desplazase hasta la ciudad más cercana, para ponerse a salvo de los combates entre la guerrilla y el ejército regular. Estos refugiados fueron incluídos dentro del «pueblo nuevo», conocido popularmente como los 75, por el año en el que los de Pol Pot habían ganado la guerra. A los campesinos del «pueblo viejo» se les llamaba los 70, en conmemoración del año que estalló la guerra.

     Aunque Camboya era un país eminentemente rural, contaba con una gran población urbana, concentrada sobre todo en la capital. En la primavera de 1975, cuando se ordenaron las grandes marchas de deportación, aproximadamente el 50% de los habitantes del país vivía en las ciudades. El destino de estos tres millones y medio de personas era trabajar hasta morir o morir sin más; no tenían otra elección. Las aldeas se llenaron de gente llegada de las ciudades a quienes se puso inmediatamente a trabajar en las tierras circundantes, todas colectivizadas.

     Gracias a la colectivización de los medios de producción, Kampuchea se iba a convertir en un referente mundial. Bajo la sabia batuta de la vanguardia, Camboya triplicaría su producción de arroz. Y eso sería sólo el principio. Luego vendría la industria ligera y más tarde la pesada. Los logros del socialismo se conseguirían mediante ambiciosos planes cuatrienales. El primer plan, aprobado en 1977, preveía la construcción de grandes infraestructuras hidráulicas y el monocultivo de arroz. El resto vendría después. Pero la realidad fue muy distinta. La producción de arroz se desplomó. La organización era tan desastrosa que muchas cosechas no se recogían por falta de mano de obra o porque ésta era inexperta y poco productiva.

     Mientras tanto, el misterioso Pol Pot, un auténtico fantasma a quien los famélicos camboyanos recluídos en los arrozales apenas conocían por el nombre, iba pariendo nuevas ideas. Kampuchea estaba en el llamado «Año Cero», y todo el mundo tendría que vestirse del mismo modo: una blusa negra de manga larga abrochada hasta el cuello. Cualquier otra prenda quedaba fuera de la ley. Quedaba también proscrita la familia, la religión, el deporte, la lectura, la escritura, el comercio, las libertades formales que Marx tanto había despreciado un siglo antes, y toda enseñanza que no fuese el adoctrinamiento ideológico.

     Los 75 murieron aceleradamente durante los primeros meses. En los pueblos de acogida, donde, debido a la ineficiencia del sistema, la comida escaseaba, fueron recibidos con hostilidad. Los «intelectuales» de ciudad no estaban hechos para el trabajo manual, especialmente cuando éste era de Sol a Sol y las raciones alimenticias rara vez superaban los cien gramos de arroz al día. El hambre hizo estragos durante toda la revolución camboyana, pero durante su primer año se cebó con los urbanitas recién llegados.

     La hambruna siempre ha sido antesala de enfermedades contagiosas. Ese axioma se cumplió con puntualidad implacable en los campos de la Camboya roja. La desnutrición y los excesos laborales provocaban brotes continuos de disentería y paludismo. La sanidad simplemente no existía. En los pueblos se habilitaron chozas que, aunque se les denominaba hospitales, eran en realidad sitios de muerte donde dejaban que los enfermos se consumiesen en su agonía. Luego sus cuerpos eran utilizados como abono en los arrozales. Muchos de los que morían sanos, ya fuese por agotamiento o por las palizas de los guardias, terminaban devorados por sus propios paisanos, hambrientos hasta un extremo tal que no les importaba entregarse a la necrofagia.

     Enfermar era una traición al Angkar, nombre que Pol Pot había dado al Partido. Angkar en jemer significa organización, y cuenta con la misma raíz que Angkor, que significa ciudad, es decir, civilización. El líder se parapetó sabiamente tras esta palabra de tan buenas connotaciones semánticas. Los camboyanos vivían y trabajaban para el Angkar, autoridad suprema que estaba a cargo de todos y que tenía ojos en todas partes.

     Morir de una enfermedad llegó a convertirse en una bendición para muchos. De ahí que la tasa de suicidios se disparase en Camboya durante aquellos años. Para los vivos el sufrimiento cotidiano era difícilmente tolerable. Lo peor, con todo, no eran las privaciones y el trabajo excesivo, sino el miedo. El miedo a la delación, a ser torturado, a morir de un modo atroz o, simplemente, a que se acabase la magra ración de comida que las más de las veces se reducía a una insípida sopa de arroz. Hasta la llegada de Pol Pot el hambre era desconocida en la fértil Camboya, un país privilegiado, de clima cálido, caudalosos ríos y lluvia abundante. El arroz era, de hecho, el principal género de exportación camboyano desde principios de siglo. El comunismo logró que esas exportaciones se detuviesen primero para luego hacer que ese cereal escasease hasta el extremo de que el país entero a punto estuvo de perecer de inanición.

     El régimen supo manejar esta hambruna crónica con habilidad para domesticar mejor a sus esclavos. En un país de esqueletos ambulantes no se pensaba más que en comer. Eso rompió de cuajo las redes de solidaridad entre los individuos y fomentó la desconfianza y las denuncias anónimas.

     Las familias ya estaban rotas desde el inicio de la revolución. Los jemeres se encargaban de separar concienzudamente a padres, hijos, hermanos y primos. «Tienes inclinaciones individualistas, debes liberarte de tus sentimientos», le dijo un soldado al escritor Pin Yathay cuando éste quiso quedarse junto a su hijo moribundo. Una vez muerto el niño el escritor solicitó velar su cadáver. El guardia se lo impidió arguyendo que aquello lo llevaría a «derrochar sus fuerzas en detrimento del Angkar».

     La vida humana había perdido todo su valor. El lema de los jemeres rojos, repetido una y otra vez a los trabajadores esclavos en las jornadas de descanso que consistían en interminables arengas políticas, no dejaba lugar a muchas interpretaciones: «Perderte no es una pérdida, conservarte no es de ninguna utilidad». Eliminada la malvada escritura y su prima hermana la perniciosa lectura, los jemeres tenían que recurrir a parábolas para transmitir las órdenes llegadas de arriba. Una de ellas, utilizada profusamente por los comisarios políticos, decía: «Mirad ese buey que tira del arado. Come cuando se le ordena comer. No puede desplazarse. Está vigilado. Cuando le dicen que tire del arado, tira. Nunca piensa en su mujer ni en sus hijos».

     La deshumanización llegó a extremos absolutos. A ello contribuyó decididamente la brutalidad empleada por los guardias rojos. La violencia que padeció Camboya durante los años de Pol Pot hubiera hecho palidecer al más resuelto carcelero soviético de los tiempos de Beria. En Kampuchea no hubo campos de concentración, no fueron necesarios: todo el país se convirtió en un inmenso campo de concentración.

     Tampoco hizo falta castigar la disidencia política. Los jemeres rojos castigaban todo. Cualquier error por nimio que fuese se pagaba con una paliza o, directamente, con la vida. Los jemeres llevaban hasta sus últimas consecuencias la máxima del Angkar escrita a fuego en las mentes de los jóvenes y analfabetos guardias que vigilaban los arrozales: «Basta un millón de buenos revolucionarios para el país que nosotros construímos. No necesitamos a los demás». Los demás, sin embargo, todavía estaban allí, muriendo a tanta velocidad y en tal número que el país se llenó de campos yermos donde lo único que había era cadáveres. Los supervivientes los conocían como los campos de la muerte.

     Al haber desaparecido los tribunales y cualquier sistema de justicia merecedor de tal nombre, las ejecuciones eran siempre sumarias y se llevaban a cabo en el acto de la condena. En Kampuchea se fusiló poco, básicamente porque las balas eran escasas y los condenados a muerte muchos. Más de la mitad de las ejecuciones se realizaron mediante golpes en la cabeza con azadones, hoces o barras de hierro. Otras veces se ahorcaba, y en ocasiones los verdugos degollaban a sus víctimas con un machete. Las ejecuciones públicas tampoco eran muy comunes. Se limitaban a las purgas dentro del partido y tenían una voluntad ejemplarizante. En esto los jemeres rojos demostraron una creatividad extraordinariamente macabra. Uno de los métodos preferidos fue enterrar a los reos hasta el pecho en una fosa rebosante de brasas para que se asasen vivos. Otro, verter petróleo sobre la cabeza del condenado y meterle fuego.

     Nadie se libró de la furia homicida del Angkar. Hombres, mujeres, niños, ancianos, todos eran culpables y todos murieron en cantidades industriales nunca vistas hasta entonces en ningún otro país del mundo. Las minorías étnicas fueron diezmadas hasta su práctica extinción. Algo similar sucedió con los disminuídos físicos y psíquicos y con los sacerdotes cristianos y los monjes budistas. La comunidad católica quedó reducida a la mitad, y los musulmanes cham, una minoría autóctona dedicada a la pesca, fueron masacrados sin contemplaciones.

     Los católicos eran las víctimas perfectas: residían mayoritariamente en las ciudades, estaban por lo general instruídos y, en gran parte, eran de ascendencia vietnamita. Nom Pen, que fue despoblada pero no arrasada físicamente, vio cómo el único edificio de la ciudad que los jemeres demolían era, precisamente, la catedral católica que habían levantado los colonos franceses en estilo neogótico. Posteriormente el cementerio católico de la capital fue desposeído de sus cruces y lápidas y en su lugar se emplazó una plantación de bananas.

     En 1978, tres años después de la entrada triunfal de Pol Pot en Nom Pen, la Kampuchea Democrática era una necrópolis de dimensiones gigantescas. En torno al 25% de la población había perecido víctima del hambre, las enfermedades y la violencia sistemática empleada por los jemeres rojos. Dos millones de víctimas mortales sobre una población total de ocho millones, y todo en un periodo de tiempo muy corto. Tantos eran los muertos que el régimen eliminó la palabra "muerte" por decreto. En la Camboya roja no se moría, se «desaparecía». Los muertos no eran tales sino «cuerpos desaparecidos» que no merecían ninguna atención porque el individuo en sí no valía nada, era una diminuta y prescindible pieza de una maquinaria mucho más grande que, mediante trabajo y obediencia ciega a las órdenes emanadas del Angkar, haría descender el reino de los cielos sobre la Tierra.

     Mientras todo esto sucedía, mientras los camboyanos morían y eran asesinados en masa, el mundo miró hacia otro lado. Pol Pot y sus jemeres perpetraron su crimen en la más discreta intimidad sin que nada ni nadie les importunase. Las naciones socialistas dejaron hacer; a fin de cuentas, el animoso Pol Pot, el único revolucionario puro sobre la faz de la Tierra, era uno de los suyos. Occidente no se quiso enterar de lo que allí pasaba. Las heridas de la derrota en Vietnam todavía supuraban y la península de Indochina era un territorio maldito donde más valía no fisgonear.

     Entonces, cuando la inicua tiranía del Angkar se disponía a celebrar su cuarto aniversario en el poder, la salvación llegó de donde menos se esperaba: del vecino Vietnam. Los vietnamitas habían sido los primeros aliados de Pol Pot, pero la relación se fue enfriando con los años a causa de la persecución de la colonia vietnamita en la Kampuchea Democrática. Llegado el momento, Pol Pot fomentó el odio contra Vietnam, a quien el nacionalismo tradicional camboyano culpaba de haberles arrebatado el delta del Mekong e incluso la ciudad de Saigón, que había sido fundada por jemeres allá por el siglo XVII.

     Las arengas anti-vietnamitas se convirtieron en algo habitual. «Si cada jemer matase treinta vietnamitas, sólo nos harían falta dos millones de soldados para aniquilar a los 50 millones de habitantes de Vietnam», clamaba la propaganda polpotiana. El Gobierno de Hanoi, conocedor de los excesos revolucionarios que se estaban cometiendo al otro lado de la frontera y temeroso de que semejante descontrol terminase afectándole, envió un ejército para invadir Camboya y poner fin a la tiranía del Angkar. La operación fue muy rápida. Los camboyanos, que apenas podían mantenerse en pie, no hicieron nada por defender a sus verdugos, y abrazaron la invasión vietnamita como una liberación [captura de Nom Pen el 7 de Enero de 1979].

     Pol Pot, no obstante, seguía teniendo aliados. El primero y más decidido era la China Popular, que defendió a los jemeres rojos hasta el último momento. Gracias a los oficios de Pekín y a la miopía de muchos líderes occidentales, los jemeres mantuvieron el puesto de representación de Camboya en la ONU durante quince años. Todo a pesar de que los innumerables crímenes de la camada roja de Kampuchea eran conocidos en todo el mundo. El líder consiguió salvar el pellejo instalándose en Tailandia, donde moriría veinte años más tarde, en 1998, un día después de que sus compañeros, un puñado de guerrilleros jemeres que aún combatían desde la jungla al Gobierno pro-vietnamita de Nom Pen, decidiese entregarlo a un tribunal internacional para que rindiese cuentas del crimen sin nombre del que era principal responsable.–




Hambre y Muerte en Etiopía


     A principios del mes de Septiembre de 1974 una larga etapa de la historia de Etiopía se cerraba. El Negus [el emperador Haile Selassie, 1892-1975], rey de reyes, el mismo que había clamado en la Sociedad de Naciones cuatro décadas antes contra la invasión italiana, era depuesto en Addis Abeba. La institución, que había construído la moderna nación etíope y batallado contra el imperialismo fascista en 1935, que había humillado a Occidente en el campo de batalla y que se vanagloriaba de haber dejado a Etiopía fuera de la garra colonialista europea, estaba ya desgastada en los años '70. Por dentro y por fuera.

     En el interior, los azotes periódicos de hambre y una modernización frustrada habían puesto al monarca en la cuerda floja en más de una ocasión. Además, y como remate a una situación ya de por sí comprometida, el independentismo eritreo reverdecía con la guerrilla del revolucionario Frente de Liberación de Eritrea. En el exterior, las ambiciones somalíes, convenientemente atizadas por Moscú, sobre el desierto del Ogadén, pintaban un panorama desolador que dejaba la idea imperial abandonada en la cuneta de la Historia.

     Al frente de la nueva Etiopía nacida a fines de 1974 quedaba una comisión interina, el Derg, formada por militares. La labor primordial del Derg era dirimir la senda política por la que Etiopía habría de transitar en el futuro inmediato. La levantisca Eritrea, el hambre —que llevaba ya miles de víctimas a sus espaldas—, y el conflicto del Ogadén, constituían la agenda casi única de este Gobierno provisional atípico, compuesto por más de 100 miembros y presidido por el general Aman Andom. Junto a él se encontraban dos jóvenes capitanes del ejército: Atnafu Abate y Mengistu Haile Mariam.

     El Derg estaba dividido entre los que abogaban por un gobierno fuerte que enfrentase tanto la secesión eritrea como la infiltración somalí en el Ogadén, y los que optaban por volver a la vía del consenso con Eritrea para centrarse en los problemas reales del país. Andom, de ascendencia eritrea y talante negociador, se inclinaba abiertamente por esta segunda opción a fin de ganar recursos y cortar la sangría de dinero y hombres que la guerrilla del Norte estaba provocando.

     La economía etíope estaba paralizada por la guerra, el hambre y un atraso secular. La agricultura, sustento básico de la nación, era muy ineficiente. Estaba en manos de la nobleza allegada al régimen imperial cuyos métodos de producción, reparto de la propiedad y resultados finales eran más propios del feudalismo que de una economía capitalista agraria moderna. Los problemas que afligían a la Etiopía de entonces estaban perfectamente definidos. Tan sólo quedaba por ver, en aquel otoño de 1974, quién era el heredero de la monarquía recién descompuesta.

     En Noviembre, apenas dos meses después de la renuncia del Negus, el general Andom fue asesinado en su domicilio de Addis Abeba. Fue el primero en desaparecer de escena. A Andom le sucederían las caídas en desgracia —y en la fosa—, de otros militares de talla y carrera reconocida, y todos pertenecientes al Derg. El nuevo director de operaciones, el timonel que trazaría la derrota de la inmensa nave etíope, era Mengistu, un hombre menudo, tanto, que necesitaba ponerse alzas en los zapatos, de piel oscura, rasgos marcados y una ambición de poder desmedida.

     Etiopía poseía, como casi cualquier país africano de la época, una escasa pero muy politizada minoría intelectual. Antiguos estudiantes de las universidades europeas que habían presenciado en primera persona el Mayo parisino [de 1968] retornaban a su patria con la idea fija de convertir las recién independizadas naciones africanas en modelos a imitar, en probetas del nuevo socialismo tercermundista que hacía las delicias de los dirigentes del Kremlin.

     África, y, en particular, el cuerno del continente, no fue una excepción. Ya en tiempos del Negus esa mermada intelectualidad constituía a su antojo formaciones revolucionarias. Antes de la ascensión al poder del Derg ya se habían fundado dos partidos de corte marxista: el Partido Revolucionario del Pueblo Etíope (PRPE) y el Movimiento Socialista Pan-Etíope (MEISON). Ambos eran comunistas, pero los separaba su visión de lo que habría de ser Etiopía una vez liberada del yugo capitalista.

     El PRPE se inclinaba por la federación con Eritrea, donde luchaban por la independencia sus hermanos del Frente de Liberación, cuyos gastos los sufragaba la URSS y la China Popular. El MEISON se caracterizaba por un talante más centralizador. Etiopía era una y debía seguir siéndolo. Mengistu, el nuevo hombre fuerte de la comisión gubernamental, no podía consentir que unos advenedizos que además estaban reñidos le hiciesen sombra, de modo que sin despeinarse liquidó a ambos partidos por la vía más directa y expeditiva: asesinando a sus afiliados y simpatizantes.

     Primero le tocó el turno al PRPE. Mengistu clamó públicamente contra los enemigos de la revolución y dio paso a una purga salvaje. Con la colaboración del MEISON, que organizó milicias armadas por el Derg, se clausuraron las universidades y se dio caza, captura, tortura y muerte a todo disidente catalogado como tal por el Gobierno o por el Movimiento Pan-Etíope.

     El MEISON fue el siguiente objetivo de la ira de Mengistu. Comenzó ajusticiando a Atnafu Abate, antiguo correligionario suyo y participante entusiasta en la limpieza del PRPE, para continuar con la persecución sistemática y asesinato de los partidarios y adictos al MEISON. Esta vez, y a falta de las voluntariosas milicias pan-etíopes, Mengistu se valió de unos escuadrones de la muerte formados por agentes de la Seguridad del Estado.

     La arbitrariedad con la que el poder levantaba el dedo acusador se extendía a todas las capas sociales y sensibilidades políticas. Bastaba el simple calificativo de reaccionario, contra-revolucionario o, simplemente, enemigo del Pueblo, para ser ejecutado. La situación llegó, a mediados de 1977, a tal locura homicida, que en Occidente algunas asociaciones humanitarias denunciaron los hechos. El secretario mundial de Save the Children clamaba desde Addis Abeba que habían «sido asesinados un millar de niños», mientras «sus cuerpos yacían en las calles presa de las hienas errantes».

     Junto al terror generalizado en la calle, Mengistu llevó a cabo una concienzuda limpieza dentro del Derg. Al Negus, Hailé Selassie, ya lo había estrangulado con sus propias manos dos años antes, valiéndose de un cordón de nylon. A esa forma de matar le terminaría cogiendo tanto gusto que pasó a conocerse como «la pajarita [un tipo de corbata] de Mengistu». Liberales, tradicionalistas monárquicos, sacerdotes coptos o ex camaradas revolucionarios fueron brutalmente torturados hasta la muerte y tras ello expuestos como guiñapos humanos en las calles de Addis Abeba para edificación y aleccionamiento del paseante. Los servicios secretos del bloque socialista contribuyeron de manera decisiva a las purgas. Si algún destacado disidente era localizado en Moscú, en Berlín o en Varsovia, el KGB o la Stasi se encargaban de relajarlo a la justicia etíope. El general Teferi Bante era, a principios de 1977, el único valladar que separaba a Mengistu del poder absoluto. Cayó fruto de una conspiración junto al resto de sus fieles, que fueron ametrallados a la entrada del Palacio Real. El asesinato del general Bante supuso el punto de inflexión a partir del cual el régimen personal de Mengistu se hizo incontestable. Fue también el momento en el que el joven capitán decidió que, para perpetuarse en el poder, tenía que buscar la protección de la URSS.

     Por su situación geográfica, Etiopía siempre ha sido un lugar estratégico. La obsesión soviética por contrarrestar la influencia estadounidense en el Índico llevó a Breznev a trazar un meticuloso plan para hacerse con el cuerno de África. Se hizo primero con Somalia donde, gracias a un golpe de Estado, gobernaba [Mohamed] Siad Barre, militar de ideas socialistas formado en tiempos de la colonia italiana.

     Las ambiciones de Barre pasaban por recuperar la comarca del Ogadén que, a pesar de estar poblada mayormente por somalíes, pertenecía al reino etíope. Moscú encontró en Barre el perfecto cliente para su política de intervención en esa zona. Los soviéticos llenaron la costa de Somalia de instalaciones militares. En los mejores momentos la URSS llegó a disponer de una base naval y otra de submarinos en el puerto de Berbera, varias plataformas para el lanzamiento de mísiles y una base aérea dotada de una pista para grandes aeronaves. A cambio de estos privilegios el Gobierno somalí recibió armas, apoyo logístico y entrenamiento de tropas que luego Barre destinaba a la guerra del Ogadén contra el Negus.

     La llegada de Mengistu a la escena política en 1974 y su posterior afianzamiento en el poder a inicios de 1977 cambió la estrategia del Kremlin en la zona. Somalia era importante, pero Etiopía lo era más. Puestos a construír un bloque de influencia soviética en la entrada del mar Rojo, mejor era centrarlo en torno al país tradicionalmente hegemónico, al corazón político y económico de la región.

     Y en ese punto se cruzaron los intereses de Mengistu y Breznev. Tras varios contactos con Moscú, viaje de cortesía al Kremlin incluídos, y con Fidel Castro, a quien recibió en Addis Abeba como a un faraón del antiguo Egipto, soviéticos y cubanos tomaron su decisión irrevocable. En Marzo de 1977 Mengistu recibió el primer envío de carros soviéticos. Acto seguido el líder cubano realizó una tournée diplomática por los países africanos de la órbita moscovita. Se detuvo primero en Argelia, de ahí saltó a Trípoli donde se reunió con Gadafi. Días después, y tras cancelar la visita prevista a Bagdad, Castro se entrevistó con Fattah Ismail, presidente de Yemen y hombre de Moscú al Sur de la península arábiga. Dejó Aden, capital de Yemen, apenas una semana más tarde para verse en persona con Mengistu en Addis Abeba.

     ¿Para qué tanto ajetreo? La maniobra que llevó a cabo en persona el cubano durante aquella primavera, tenía como único fin preparar el terreno para la ya inevitable traición a Siad Barre. Pero Barre aun concebía una vaga ilusión de contar con su aliado habanero. Castro se encargó, una vez más en persona, de defraudar las esperanzas del líder somalí. Se desplazó desde Etiopía hasta Mogadiscio para dar el aviso a su antiguo patrocinado. «No hay nada que discutir, todo ha sido decidido en Moscú, y lo que Moscú decide, debe hacerse», le dijo Castro a Barre.

     Mengistu tomó la iniciativa en el Ogadén. Junto al ejército regular etíope combatía un contingente compuesto por 30.000 cubanos enviados desde Angola o recién reclutados en la isla, 4.000 soviéticos y 2.000 búlgaros, húngaros y alemanes del Este. Para asegurar la victoria, los soviéticos desplazaron hasta el frente carros blindados, cazas Mig-21 y artillería de largo alcance. Como curiosidad morbosa, el militar al mando del numeroso contingente expedicionario cubano fue el general Arnaldo Ochoa, un hijo más del Saturno revolucionario que terminaría con el tiempo siendo devorado por su padre.

     La guerra del Ogadén fue muy sangrienta. Los bombardeos cubano-soviéticos sobre las ciudades del Norte de Somalia provocaron el exilio masivo de, aproximadamente, un millón de personas. A pesar de todo, Barre se amarró al cargo atrincherándose tras las fronteras de Somalia. El único vencedor de la contienda fue Mengistu y su delirio. Ocupó el Ogadén, terminó de consolidarse en el poder y obtuvo una ventaja comparativa sobre otras potencias de la zona que bien explican lo que vendría después.

     Aunque la ONU las unió en 1950, Etiopía y Eritrea siempre fueron dos países distintos. La primera es cristiana, mientras que la segunda es musulmana. Etiopía fue siempre independiente; Eritrea, por el contrario, albergó una colonia italiana durante medio siglo. Los etíopes de las tierras altas hablan amhárico, mientras que los eritreos se entienden en árabe. Un matrimonio a la fuerza en un lugar tan pobre no podía durar demasiado. Los eritreos luchaban por su independencia y los etíopes trataban de impedirla en una guerra larga y tediosa a la que Mengistu quería poner final cuanto antes.

     Contaba, además, con ayuda financiera y material militar de primera, proporcionado por sus socios. Desoyó las demandas de autonomía de los eritreos, arguyendo que la rebelión de Eritrea era un caso de secesionismo pequeño burgués sin posible cabida en la nueva Etiopía socialista.

     La ofensiva, que dio comienzo en 1977, dejó la región convertida en un erial plagado de fosas comunes. Para ello contó, una vez más, con la inestimable colaboración de sus nuevos amigos de La Habana y Moscú. Fidel Castro, que no mucho tiempo antes había mostrado abiertamente su simpatía por el Frente de Liberación de Eritrea, cambió de bando y se hizo portavoz de la sagrada unidad de Etiopía.

     El apoyo cubano se cifró en más de 6.000 soldados bien entrenados, tanques y cazas. Ni Castro ni la prensa cubana se esforzaron en ocultar la intervención. El diario Granma [de Cuba] transcribía, en Abril de 1978, un discurso de líder máximo: «El personal militar cubano estará en Etiopía el tiempo que acuerden los gobiernos de Etiopía y Cuba para apoyar al pueblo etíope contra cualquier agresión». Poco importaba que fuesen los propios etíopes los que estaban agrediendo a sus vecinos.

     Breznev ordenó que se instalase una base naval de apoyo en la costa eritrea y que acudiese un pequeño contingente de apoyo. La suerte de Eritrea estaba echada, pero a diferencia de la campaña del Ogadén, el combinado etiope-cubano-soviético hubo de hacer frente a guerrillas de organización caótica dispuestas en pequeños y ágiles cuerpos de combate que conocían a la perfección cada palmo de tierra, cada risco y cada cueva.

     Soviéticos y cubanos no escatimaron fuerzas para rendir a los indómitos guerrilleros eritreos. Hicieron uso sistemático del arsenal químico más sofisticado de la época. Bombardeos con napalm, gaseado de la población civil con agente nervioso y empleo de defoliantes. El ejército de Mengistu, más tosco en sus métodos pero no menos letal, sembró de minas gran parte del país y arrasó sin contemplaciones pueblos y aldeas. Con objeto de debilitar a las guerrillas movilizó a la fuerza grandes contingentes de población rural que, abandonados en mitad del desierto, perecían de inanición. La tropa enviada desde Addis Abeba llegó a contar con 120.000 efectivos. Se especializó en el pillaje, saqueo y desmoralización de la población civil. Desde los aviones de combate los pilotos cubanos disparaban a los camellos, base de la economía de gran parte de Eritrea, mientras los soldados del Gobierno entraban a saco en las aldeas fusilando a los hombres y violando a las mujeres.

     A pesar de la potencia de fuego desplegada por el eje URSS-Cuba y del compromiso asesino de Mengistu, no se consiguió ni conquistar ni pacificar Eritrea. Las guerrillas consiguieron sobrevivir. La URSS, sin embargo, no entendió el mensaje y poco después se enfangó en una campaña parecida en Afganistán.

     Mientras los soldados etíopes arrasaban Eritrea con absoluta impunidad, Mengistu se concentró en convertir Etiopía en un país socialista pleno. Apenas cuatro meses después del destronamiento del Negus nacionalizó la banca y los seguros. Poco después arremetió contra la propiedad. Prohibió por ley la posesión de tierras y limitó la propiedad inmobiliaria a una casa por familia. Cualquiera que poseía, ya fuese por herencia, ya por adquisición, más de un inmueble fue automáticamente expropiado por el Estado.

     Todo esto se decretó en 1975, justo antes de la feroz campaña de represión política y de las guerras del Ogadén y Eritrea. Conflictos armados aparte, la descomposición de la sociedad rural etíope, sostén de la economía nacional, tiene su origen aquí, en los decretos del '75. El tradicional reparto de la tierra en Etiopía se organizaba alrededor de dos regímenes de tenencia: el Rist, centrado en torno a los clanes familiares, y el Gult, tierras de concesión estatal, es decir, imperial. El Rist formaba la columna vertebral del campo etíope. La proscripción de la propiedad rural dejó a esta masa inmensa de campesinos al azar de las decisiones gubernamentales. Peor aún fue la expropiación de las tierras regidas por el Gult. Millones de campesinos y sus numerosas familias pasaron a depender del Estado que, al menos sobre el papel, se hacía cargo de los latifundios expropiados a los terratenientes. La nacionalización del Gult provocó un colosal éxodo de hambrientos, desposeídos de lo único que tenían: su fuerza de trabajo.

     El compromiso de Mengistu era convertir Etiopía en una república popular. Pero no hay república popular que se precie sin Partido único. Creó entonces el Partido de los Trabajadores de Etiopía (PTE) a imagen y semejanza del Partido Comunista de la Unión Soviética. La nueva Etiopía exigía una población ciegamente fiel a los dictados del Partido, que reorganizaría el país a placer partiendo de cero. Se adoptó una insólita política de traslado masivo y forzoso de la población. La idea era llevar campesinos de unas regiones a otras, de lugares donde el brazo armado del Partido no llegaba a otras más fácilmente controlables. Básicamente del Norte al Sur, desde las resecas tierras bajas colindantes con el Sahara sudanés al vergel de la Etiopía central y meridional.

     La campaña de reasentamiento forzoso se bautizó con el nombre de «Bego Teseno» (Coerción por el bien del prójimo). El traslado masivo de cientos de miles de personas coincidió con el agravamiento de una sequía que había comenzado en 1982. Las sequías en Etiopía son cíclicas. De un modo u otro la población, especialmente la del Norte del país, ha aprendido a vivir con ellas y a organizarse para pasar la calamidad lo mejor posible. La de 1982 sorprendió a Etiopía en plena labor de ingeniería social cuyos efectos, los de la sequía y los de la ingeniería, fueron devastadores.

     La población campesina estaba fuertemente depauperada por las nacionalizaciones del año '75. Muchos habían dejado sus aldeas en busca de trabajo. Otros, los más afortunados, explotaban pequeñas parcelas de auto-subsistencia, pero se veían en la obligación de pagar impuestos al Gobierno. Para colmo de males, la economía estaba ya en 1980 completamente colectivizada, por lo que el Estado se transformó en el único demandante de los excedentes agrícolas. Los precios eran fijados desde un gabinete ministerial y, por descontado, no se correspondían con los del mercado. El campesino pagaba más por la semillas en el mercado negro de lo que recibía del Estado por el producto final. Muchas familias campesinas hubieron de vender su magro patrimonio, que las más de la veces se limitaba a una choza, dos corderos y una vaca esquelética, para hacer frente al ávido afán recaudador del Gobierno. Las granjas estatales que sustituyeron a los latifundios fracasaron casi desde el primer día. A su mala gestión interna se sumó el hecho de que muchos etíopes, en especial de etnias conflictivas como los oromo, fueron forzados a trabajar en ellas en condiciones de esclavitud.

     El panorama era tan desolador que sólo cabía la vuelta atrás. Pero no, Mengistu concibió un plan alternativo. ¿Para qué avergonzarse y ocultar la tragedia que padecía su pueblo cuando podía aprovecharla en beneficio propio? A fin de cuentas, en el pasado, tanto Lenin como Stalin habían puesto las hambrunas a su servicio. En el otoño de 1984, cuando los efectos de la sequía combinados con los traslados de población alcanzaban su punto álgido de desesperación y muerte, la noticia saltó a los medios occidentales.

     El mensaje que el Gobierno etíope trasladó al mundo era que la sequía de aquel año era especialmente severa y se había juntado con una pronunciada caída del precio del café en el mercado internacional. Ni palabra de las colectivizaciones ni de las deportaciones masivas. Durante días los informativos bombardearon a la opinión pública occidental con imágenes que escandalizaban por su crudeza. Niños literalmente muertos de hambre devorados por los mosquitos, mujeres con los pechos secos intentando en vano alimentar a sus bebés muertos, pilas de cadáveres hacinadas en medio de ningún sitio...

     La reacción occidental fue inmediata y generosa. ONGs, Gobiernos, parroquias de barrio y asociaciones de vecinos se volcaron con el drama etíope. Hasta las estrellas de la canción entonaron para el mundo entero su conocido y archi-tarareado We are the world, we are the children. Los ciudadanos de Europa y Norteamérica se volcaron, y toneladas de ayuda humanitaria comenzaron a afluír para paliar la gran hambruna de los años '80.

     Es curioso: Cuando Mengistu aniquiló a la oposición, en una purga digna de los mejores tiempos del estalinismo, nadie hizo nada. Cuando los somalíes de Ogadén capitularon ante la maquinaria bélica cubano-soviética, nadie hizo nada. Cuando Eritrea fue masacrada de modo inmisericorde por tropas del Gobierno apoyadas por La Habana y Moscú, nadie hizo nada. Cuando se comenzó a movilizar forzosamente a la población con objeto de controlarla mejor, nadie hizo nada. Cuando se colectivizó la producción agrícola en granjas estatales que se valían de mano de obra esclava, nadie hizo nada. En 1984, cuando se recogió la cosecha de diez largos años de despropósito, guerra y experimento socialista, Occidente al fin hizo algo: regaló dinero, alimentos y medicinas al causante de todos los males.

     Esos millones de dólares en ayuda humanitaria volaron de las bondadosas manos de otros tantos millones de occidentales a las de Mengistu, que los recibió como un agasajo, una donación desinteresada a la que no tardó en dar un nefasto uso. Organizaciones internacionales como Médicos sin Fronteras, que no se tragaron el bulo y decidieron no ir a Etiopía, fueron declaradas non gratae por el Gobierno de Mengistu. La administración de Reagan, que clamó en el desierto al considerar la petición de ayuda cursada por el régimen etíope como un ardid para captar fondos, fue tachada de capitalista infame, de reaccionaria y de enemiga de la Humanidad.

     Dos años después de la hambruna que costó la vida a más de medio millón de personas, Mengistu se atrevía aún a dirigirse al mundo en estos términos al hablar de sus traslados de población: «El campesino ha de cambiar su vida y su pensamiento, y abrir un nuevo capítulo en el establecimiento de una sociedad moderna en las zonas rurales, y ayudar a la edificación del socialismo».

     La socialización continuó durante toda aquella década hasta el práctico colapso de la economía etíope. En 1987 se desencadenó una nueva hambruna que, conforme a los pasos del consabido vals macabro, fue primero ocultada y después aprovechada por el Gobierno. De nuevo la ayuda internacional fue desviada hacia el Ejército y la dirigencia del Partido. La trampa humanitaria volvía de nuevo a ponerse en marcha... y a funcionar. Como galardón y justa recompensa, la Federación Sindical Mundial, compuesta por sindicatos de toda Europa, otorgó a Mengistu en 1988 la medalla de oro de la Federación por «su contribución a la lucha por la paz y la seguridad de los pueblos».

     El ocaso de su régimen, que languideció hasta 1991, fue de la mano con la desintegración de la Unión Soviética. La llegada de Gorbachov y el rearme moral de Occidente patrocinado desde la Casa Blanca, hicieron que la URSS alejase sus miras del continente africano. Sin el apoyo gratuito de cubanos y soviéticos, la guerra en Eritrea se reactivó. Todo el espacio ganado en la campaña genocida del '77 fue poco a poco perdiéndose entre la ineptitud de los mandos etíopes y el empuje de la guerrilla. En 1988 el renovado Frente Popular de Liberación de Eritrea se apoderó de la ciudad de Afabet y destruyó tres divisiones enteras del ejército de Mengistu. En 1990, lidiando ya con la subversión interna, los rebeldes conquistaron el estratégico puerto de Massawa.

     Al año siguiente, la movilización fue completa: se cerraron los colegios e institutos para que hasta los niños acudiesen al frente a defender el régimen de Mengistu. No funcionó. El país, tras 17 años de locura colectivista, estaba exhausto, famélico y arruinado. En Febrero cayeron Gondar y Gojam, las últimas ciudades eritreas en poder del Gobierno, y el 28 de Mayo, Mengistu, asediado dentro y fuera de la capital, puso tierra de por medio. Solicitó a su amigo Robert Mugabe asilo político y se exilió en Zimbabwe. Días después comenzó la ingente tarea de reconstrucción de Etiopía. Su fugaz pasada por el comunismo había salido muy cara al país: un millón y medio de muertos, varios millones de desplazados, dos devastadoras guerras y la ruina más absoluta que un país pueda imaginar. Tras la pesadilla, todos los grupos étnicos y políticos se reunieron en Addis Abeba para constituír un primer Gobierno provisional hasta la convocatoria de elecciones libres. El 28 de Mayo, día de la huída de Mengistu, pasó a ser y sigue siendo la fiesta nacional de Etiopía.–




No hay comentarios:

Publicar un comentario