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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Jean-Michel Angebert - Sobre Dualismos y Cátaros



     El siguiente recorrido histórico y conceptual, entresacado de la versión castellana de 1975 del libro que lo firma Jean-Michel Angebert (seudónimo colectivo de los señores Bertrand y Angelini) titulado Hitler y la Tradición Cátara (1971), abarca condensadamente una buena cantidad de siglos, puesto que se visita a Zoroastro, a Manes, al Gnosticismo en el tiempo del cristianismo primitivo (que es el capítulo II del libro), y por último al fenómeno de los cátaros (que es una parte del capítulo introductorio). Hemos seleccionado los párrafos que presentamos, porque intentan trazar claramente una genealogía y encadenamiento de tradiciones que, para el fin y propósito del libro, desembocan ineludiblemente, según los autores, en el Nacionalsocialismo alemán de los años '30. Demás está decir que así se ha comentado durante muchos años, revelando las concomitancias de aquél con toda una serie de búsquedas, conceptos y períodos históricos, sin que ello signifique necesariamente, según piensan algunos, desvirtuar su naturaleza. Es simplemente quizá un buen pretexto, puesto que los fundamentos de cada cosa están perfectamente claros y sólidos. Si estas materias no son interesantes en alguna medida (aunque estos autores franceses en específico gustan de imaginar y hacerse eco de rumores no comprobados, y a pesar de ser muchos de estos temas ya moneda corriente), pues entonces a leer informes financieros.

Ruinas de la Fortaleza de Montségur



CAPÍTULO II
LA GNOSIS


1. LA INTERROGACIÓN

     Conocer su origen y su futuro ha sido siempre —sobra decirlo— una aspiración fundamental del Hombre. A esta necesidad primordial responde la Gnosis. El término griego gnosis significa «conocimiento». Conseguir el conocimiento integral del mundo, de su destino material y espiritual, tal es el sentido de la interrogación gnóstica. Sin embargo, está claro que el penetrar tales secretos no incumbe a la gran masa del pueblo. Antes de acceder a los arcanos de los misterios supremos, el Hombre debe pasar por grados cada vez más elevados de iniciación, sin lo cual le sería imposible comprender la enseñanza que le es impartida. La revelación aparece, pues, como el privilegio de los iniciados. En el lado opuesto se sitúa la vulgar Pistis, o creencia de los simples auditores o fieles. La iluminación se debería, para los gnósticos, al conocimiento de un libro de origen suprahumano. Esta tradición del Gran Libro es también la del Graal.

     En este terreno, el error sería creer que la gnosis es una simple corriente metafísica en el seno del cristianismo. Al final de nuestro estudio, se pone de manifiesto que, por el contrario, la gnosis constituía un movimiento de pensamiento original que sucedía a una aspiración más antigua de los pueblos, cuyas raíces se hundían en la filosofía griega y la ciencia sagrada de Egipto. Antes que nada, estamos en presencia de una actitud frente a la vida y las cosas, que se separa, debido a su interpretación del mundo, de las otras corrientes religiosas. El profesor Henri Puech escribe, y no sin razón: «Se llama o se puede llamar gnosticismo —y también gnosis— a toda doctrina o actitud religiosa basada en la teoría o la experiencia del logro de la salvación por el conocimiento».

     A través de la diversidad —a lo largo de la Historia— de todos los gnosticismos, se puede extraer una actitud gnóstica muy característica de un tipo original de comprensión metafísica. A este respecto, el gnosticismo de los heresiólogos constituye incluso un tipo de espiritualidad de carácter intemporal, cuya ideología tiende a reaparecer continuamente en Europa en las épocas de gran crisis, y la nuestra no escapa ciertamente a esta calificación, cuando las religiones tradicionales se revelan impotentes para responder a las antiguas metafísicas de los pueblos. El nacionalsocialismo hitleriano se sitúa claramente en esta ola que, desde los primeros tiempos de la Era cristiana, trastorna totalmente al Occidente. Para los adeptos del esoterismo, la gnosis aparece como la fuente de todas las religiones y su último fundamento, siendo su fin el de aportar la liberación del hombre mediante el conocimiento absoluto.

     La existencia de una tradición primordial conservada en algunos centros iniciáticos explica a los espiritualistas, discípulos de René Guénon, la convergencia de las grandes religiones terrestres. En el terreno filosófico, la gnosis es original en cuanto que realiza una síntesis de las tendencias orientales y occidentales del pensamiento, que en Oriente están representadas por una aspiración a la liberación, y en Occidente por el deseo de la salvación eterna. Así, en esta unión, el conocimiento metafísico, responde al impulso místico que sitúa al hombre en la cumbre de la jerarquía dentro del Universo.

     En esta eterna corriente de retorno a las fuentes cósmicas, hemos intentado remontarnos tan lejos como ha sido posible. Así, nos parece que la fuente primordial de toda gnosis está en la religión brahmánica, conocida por los libros sagrados: Vedas y Bhagavad-Gita, primera etapa de la Humanidad después de la ruina de la civilización atlantiana, según el esquema nacionalsocialista de pensamiento, que recoge una tradición ya antigua desarrollada por la teosofía. Las expediciones alemanas al Tíbet, de 1937 a 1943, tenían como objeto descubrir o reencontrar una hipotética filiación entre la Atlántida desaparecida y las primeras civilizaciones del Asia Central.

     Para Edouard Schuré, el escritor esotérico autor de Los Grandes Iniciados, «la religión y civilización brahmánicas representan la primera etapa de la Humanidad post-atlantiana. Esta etapa se resume en una palabra: la conquista del mundo divino por la sabiduría primordial».

     Las grandes civilizaciones que han seguido después, Persia, Caldea, Grecia y Roma (Egipto ocupa un lugar aparte), y finalmente, el mundo que anima y guía a todas los grandes religiones y grandes civilizaciones, es la de la conquista de la Tierra por la aplicación de la revelación divina a la vida.

     En esta teoría, la intuición primordial se ha debilitado cada vez más desde la caída de la Atlántida, en provecho de la filosofía especulativa, particularmente en la raza aria, a medida que se desarrollaban sus propias facultades: la observación rigurosa, el análisis y la razón, de lo cual resulta el sentimiento de la independencia individual y la libertad. No obstante, las posibilidades ocultas del alma no se pierden en la Humanidad, pero corresponde a una minoría educarlas y desarrollarlas en secreto, al abrigo de corrupciones exteriores. Ésta es la razón de ser de la iniciación. La energía desarrollada por esta concentración del espíritu, en lugar de dispersarse por todo el Universo, se enfoca hacia un punto único, el verbo solar, que es el Logos, animador del mundo planetario y quintaesencia espiritual del Sol físico. La revelación de Zoroastro, en el Irán primitivo, es la primera etapa en el gran impulso de las poderosas civilizaciones de Persia y de Grecia dentro del vasto movimiento de la migración aria hacia Occidente.


2. ZOROASTRO Y LA RELIGIÓN DE LA LUZ

     En el corazón del Asia central, al pie de los montes Pamir y del Hindu-kush, techo del mundo, se extiende un país atormentado y agreste, el Irán. Los verdes paisajes de los oasis alternan, en esta región de violentos contrastes, con los áridos desiertos. El conde de Gobineau, que fue largo tiempo ministro de Francia en Persia, describe así esta vasta región:

     «La Naturaleza ha dispuesto el Asia central como una inmensa escalera, a la cúspide de la cual parece haber destinado el honor de ser, por encima de las otras regiones del Globo, la antigua cuna de nuestra raza. Entre el Mediterráneo, el golfo Pérsico y el mar Negro, el suelo se va elevando en terrazas progresivas. Enormes cimas redondeadas dispuestas en capas, el Taurus, los montes Gordianos, las cadenas de Laristán, sostienen las provincias. El Cáucaso, el Elbruz y las montañas de Chiraz y de Ispahán le añaden un colosal graderío, más elevado todavía. Esta enorme plataforma, que escalona en diversos planos sus majestuosos desarrollos por el lado de los montes Soleimán y del Hindu-kush, desemboca, por una parte, en el Turquestán, que conduce a la China, y, por la otra, en las orillas del Indo, frontera de un mundo no menos vasto. La nota dominante de esta Naturaleza, el sentimiento que suscita por encima de todos los otros, es el de la inmensidad y del misterio».

     Es este país de veranos ardientes, de cielo puro y limpio, tempestuoso en primavera, rudo en invierno, con inmensos bosques de cedros y robles que cubren los flancos de sus montañas, con sus estepas únicamente holladas por las gacelas de la arena; es esta tierra adoptiva de los arios primitivos la que fue patria de Zoroastro, este gran iniciado; el primero conocido por nosotros en la cadena de los tiempos, el hombre que debía ser el fundador de una religión de grandiosos principios.

     En la época del nacimiento de Zoroastro, hacia el año 4500 antes de nuestra Era, la antigua Persia estaba poblada por tribus arias, de raza blanca y cabellos negros, que se dedicaban al cultivo del trigo sagrado y a la cría de grandes rebaños de bueyes. Su religión era la del fuego. Pero, desde siglos, otra raza había invadido la tierra de los puros y los fuertes: el enemigo hereditario, el turanio, el hombre de raza amarilla de ojos oblicuos. Hábiles jinetes, ladrones, nómadas, los turanios constituían una cantera humana inagotable.

     Al igual que los iranios, adoraban el fuego, pero en su manifestación más grosera, en la forma demoníaca y cruel. Hacían sacrificios humanos, entregando sus víctimas a dos monstruos escapados de los tiempos prehistóricos, los pterodáctilos, de los que sus sacerdotes habían hecho los emblemas de su culto. Ante esta invasión, los iranios fueron derrotados (1) y se refugiaron en gran parte en las montañas cuando pudieron escapar al yugo del vencedor.

(1) Los turanios eran excelentes forjadores de armas, y muy hábiles también en el arte de montar a caballo.

     En esta sombría coyuntura nació, en medio de las tribus montañosas del Elbruz, un niño de ascendencia real, de nombre Ardyap. Después de una juventud aventurera, pasada en cazar búfalos y en hostigar al enemigo hereditario —el turanio—, el joven recibió una especie de iluminación. Ya, cuando era joven, un loco visionario le había predicho que sería rey sin diadema pero más poderoso que todas las otras monarquías, pues sería coronado por el Sol. Entonces, Ardyap se retiró a la montaña, donde recibió la enseñanza iniciática de un patriarca llamado, según las leyendas, Vahumano. En ese momento cambió su nombre por el de Zaratustra o Zoroastro, que en persa antiguo significa Estrella de Oro o Esplendor del Sol. Sacerdote del Sol, heredero, quizá, de los secretos de la Atlántida, Vahumano enseñó a su discípulo e hizo de él el apóstol de Ahura-Mazda, el dios luminoso del Irán.

     Según los libros persas, restos de los cuales han llegado hasta nosotros, Zoroastro vislumbró entonces la teoría de los dos mundos opuestos: Ahura-Mazda era el principio bueno, y Ahrimán, dios de los turanios, adoradores éstos de las tinieblas, su contrario, aquel que propaga el culto de la serpiente, que suscita la envidia, el odio y la tiranía. No resulta sorprendente que los partidarios del arianismo hayan visto en él al enemigo de la raza de los puros y de los fuertes, a saber, de los arios primitivos.

     Zoroastro, siempre según la leyenda, pasó varios años en la meditación, vestido solamente con la piel de un animal y teniendo como único compañero al águila de las rocas, ya que había encontrado refugio en una gruta perdida en las montañas. Atormentado por la soledad, que le causaba visiones espantosas, Zoroastro salió por fin victorioso de esta prueba. Ormuz, el verbo solar, se le apareció en el curso de una visión.

     El hecho es que esta revelación impresionó profundamente al solitario. Animado de un nuevo ardor, Zoroastro descendió de nuevo entre los suyos. Convirtiendo a su tribu natal, difundió el verbo sagrado por todo el Irán, predicando tres principios que son el centro animador de su obra: purificación, trabajo y combate. Purificación del alma y del cuerpo por la oración y el culto del fuego; trabajo de la tierra por el arado fecundante y el cultivo de las esencias sagradas, ciprés, cedro, naranjos; y lucha contra Ahrimán y los turanios confundidos en las tinieblas.

     Ganadas por el entusiasmo, galvanizadas por la palabra, habiendo encontrado la fuente de su pasado lejano y de su futuro, las tribus arias reemprendieron la lucha contra los turanios a quienes, poco a poco, pudieron rechazar más allá de las montañas, tras cuarenta años de luchas y con peripecias en ocasiones indecisas. En el umbral de la muerte, Zaratustra, como todo gran iniciado, tuvo la presciencia del futuro de su pueblo. Vio la espléndida Nínive, bajo la forma de un búfalo salvaje, pisotear a los pueblos de los alrededores y hacer huír a los arios puros; a Babilonia triunfante, bajo la forma de una serpiente que vomitaba fuego, rechazar los ataques del águila de Ormuz; por fin, al león alado, símbolo de los persas y de los medas, continuadores de los arios, marchar victoriosamente a la cabeza de un ejército innumerable. Pero, de súbito, el magnífico león se transformó en un tigre feroz que se puso a devorar a sus propios hijos, provocando la desolación y la muerte hasta lo más profundo del Egipto sagrado y del santuario del Sol.

     Si esta visión, tal como nos viene transcrita, realmente había tenido lugar, es de una alucinante verosimilitud. En efecto, la Historia se cumplió según el esquema previsto por el apóstol del Sol. A pesar de sus dones, a Zoroastro le faltaba, no obstante, una cosmogonía, una visión universal. Ésta es la que aportó Manes.


3. MANES Y SU ESCUELA

     Manes, «el apóstol de la luz», nació en el siglo III d.C., en el año 216, según las crónicas persas. Su existencia nos viene confirmada por distintos textos, de los cuales el más importante es el constituído por las Actas de Aquelao, obispo de Kashkar en Mesopotomia, quien tuvo conversaciones filosóficas con Manes. Descendiente, por parte de su madre Miriam, de la dinastía parta de los arsácidas, babilónico de nacimiento, pero de raza irania y de linaje aristocrático, Manes, o Mani, encontró su inspiración religiosa en el mandeísmo, secta de puros a la cual pertenecía su padre Patek. Muchacho muy despierto, Manes se dedicó muy precozmente a la meditación y a las actividades del espíritu. A la edad de veinticuatro años, Manes tuvo su gran revelación. Rompiendo con su padre, se consideró el heredero de los sucesivos enviados: Buda, Zoroastro y Jesús. Después de un viaje de iniciación a las Indias, donde asimiló la ciencia de los brahmanes, Manes regresó para predicar su doctrina en el Irán (2).

(2) Manes consignó su doctrina y sus pensamientos en diversas obras, principalmente en el "Shanbuhragan" (dedicada a Sapor, su protector), "El Evangelio Viviente", "El Tesoro de Vida", "El Libro de los Misterios", y "El Angelión" o Libro del Ángel. Estos manuscritos, consistentes en hojas de papiros, estaban redactados en la escritura secreta inventada por Manes para que su doctrina no cayera en manos de profanos. Las hojas estaban ricamente decoradas con flores, frutos y pájaros, ya que Manes era un gran pintor. El cumplido «pintas como Manes», todavía es utilizado en Persia. Todos estos libros fueron quemados o dispersados. El culto y la jerarquía estaban cuidadosamente organizados. Muy poco sabemos de ellos, excepto que existía un sacerdocio cuyos vestidos litúrgicos eran negros, blancos y rojos, colores simbólicos adoptados más tarde por los herederos de la gnosis.

     La nueva religión se benefició de la protección del rey Sapor I (de la dinastía arsácida, ligada a la familia de Manes). Pero, tras la muerte del soberano, las persecuciones se abatieron sobre los maniqueos. En efecto, el poder acababa de pasar a las manos de la dinastía sasánida, y el nuevo monarca, Bahram I, detestaba a Manes. Detenido, encarcelado, cargado de pesadas cadenas, el profeta murió el 26 de Febrero del año 277, tras veintiséis días de terrible agonía. La leyenda dice que fue desollado vivo, después de lo cual su piel, llena de aire, había sido colgada de las puertas de Ctesifonte.

     El hecho es que el maniqueísmo sigue siendo la religión más perseguida de toda la Historia, y, no obstante, la expansión de la secta fue prodigiosa. En el Oeste, Egipto sufrió su influencia en sus comunidades cristianas, así como en sus escuelas paganas de Filosofía; más tarde, Palestina y Roma. En el Este, la doctrina maniquea se expandió hasta China, donde conoció un verdadero triunfo hasta la época de Gengis Jan. En el siglo IV se instala la "herejía" en África del Norte (Agustín fue maniqueo desde el 373 hasta 382); en Asia Menor, en Grecia, en Iliria y hasta en la Galia y España. En el siglo V, el maniqueísmo retrocede bajo las persecuciones del Estado y de la Iglesia, y permanece en la sombra hasta el siglo siguiente. No obstante, en el siglo VIII, dará nacimiento a los paulicianos de Armenia, y luego a los bogomilos, predecesores de los albigenses y de los cátaros en el seno de la corriente gnóstica.

     Habiendo obtenido esta religión semejante éxito, merece que uno se detenga en ella y profundice en su doctrina. En tanto que religión, el maniqueísmo se separa radicalmente del cristianismo, incluso aunque ciertos textos sean comunes a ambos sistemas (3). El primero y principal dogma de Manes fue el de dos principios: el Bien y el Mal. En esto está de acuerdo con los budistas, los persas y los cristianos. Pero él hacía remontar la lucha hasta el origen de las cosas, y no admitía que el mundo hubiera sido hecho de la nada. Según él, una materia eterna había sido puesta en marcha por el principio bueno, la cual le era constantemente disputada por el malo. El mundo era procreado por el Cristo; es decir, por la esencia divina infusa en las criaturas. Con el tiempo, la victoria del Bien debía ser completa; todas las cosas serían purificadas.

(3) «Toda la concepción del cristianismo de Manes descansa sobre la de un Cristo cósmico, motivo por el cual se ha reprochado a Manes que no considerara la aparición y la muerte de Jesucristo como hechos históricos» (Simone Hannedouche, Maniqueísmo y Catarismo, p. 33).

     Esta última doctrina es precisamente la de Zoroastro, referente a la victoria final de Ormuz sobre Ahrimán. Aunque Manes no era cristiano, admitía a Cristo, pero no aceptaba que éste hubiera revestido la carne humana, que hubiera nacido, que hubiera sufrido. Por este motivo Teodoro dice que los maniqueos llamaban a Cristo el Sol de este mundo; para ellos, Cristo no era el cuerpo del Sol, sino que estaba dentro del Sol como padre de la luz inaccesible. Lo cual enseña también Agustín; en esto, los maniqueos eran zoroastrianos puros, y podían admitir, en un sentido místico, el culto, entonces tan extendido, de Mitra. Manes tenía escasa estimación por los profetas de los judíos, en los que hallaba muchos errores. Dirigía diversas acusaciones contra los antiguos patriarcas, y encontraba, hasta dentro del Decálogo, el culto, no de un solo dios, sino de varios e incluso de un gran número de ellos.

     Estas afirmaciones maniqueas no pueden sostenerse fácilmente; no obstante, sólo conocemos la doctrina de Manes a través de sus detractores, lo cual es debido a que la Iglesia cristiana destruyó todos sus manuscritos. Sin embargo, se puede afirmar que el maniqueísmo era una religión gnóstica, ya que, además del hecho de que el propio Manes reconoce expresamente algunos vínculos con dos grandes gnósticos del siglo II, Marción y Bardesanes, la doctrina del apóstol de la luz, con su jerarquía iniciática (4), con su concepción dualista del mundo, que es a la vez una teogonía y una cosmogonía, se despliega en una ciencia universal de las cosas divinas, celestes e infernales, donde todas las realidades trascendentes, así como los fenómenos físicos y los acontecimientos históricos, encuentran su lugar y su explicación.

(4) Las comunidades maniqueas estaban organizadas a imagen del Cosmos; doce arcontes, siete magistrados y cuatro epíscopos, enseñaban la doctrina a los oyentes.

     Como en las primeras gnosis cristianas, Manes reconocía un mundo intermediario que se interpone entre la materia y el espíritu de Dios, «el Padre de la Grandeza», mundo compuesto de jerarquías superiores, a imagen del Cosmos, y de las cuales las más conocidas son los ángeles, los arcángeles y los eones, cuya existencia, al menos por lo que respecta a los primeros, es reconocida por el cristianismo. El maniqueo se considera como «proyectado» en un mundo malo, al que es, por esencia, extraño, perteneciendo a la raza (genos) de los elegidos, de los inquebrantables, de los seres superiores, hiper-cósmicos. Si se siente desplazado, «en el exilio», en el mundo de aquí abajo, según la expresión de Serge Hutin (en Los Gnósticos), ello se debe a que el maniqueo, que es un gnóstico, «siente en él la lacerante nostalgia de la patria original de donde ha caído». «Tú no vienes de aquí, tu origen no es de aquí, tu lugar es el lugar de la vida» (El Tesoro de la Izquierda, III, 4, texto mandeo).

     Manes murió dejando tras de sí «como en su cosmogonía, un alma humana anhelante de pureza, de conocimiento y de libertad» (Simone Hannedouche, op cit., p. 14), incluso aunque su mensaje ha parecido ser engullido por la ola que «empuja a la Humanidad hacia el materialismo y las tinieblas» (Id., Ibíd.). Sin embargo, no todo desapareció, ya que el catarismo recogió el estandarte de la tradición maniquea, y la principal inspiración de Manes, la gnosis cristiana, le sobrevivió, recogiendo en ocasiones temas queridos al apóstol de la luz; es esta gnosis, cuyos principales aspectos vamos a estudiar, aspectos muy importantes para la evolución del pensamiento esotérico, el cual está en el centro de nuestro tema.


4. EL CRISTIANISMO Y LA GNOSIS

     Hemos definido ya la gnosis en su aspecto tradicional, diciendo que era la aspiración a una ciencia más elevada. Después de haber estudiado los precedentes gnósticos en el seno de la Gran Tradición, citando el brahmanismo, profundizando en la doctrina de Zoroastro que dio origen a la síntesis maniquea, llegamos a la gnosis propiamente dicha, que es hija del pensamiento griego y, singularmente, pitagórico. Veremos cómo esta gnosis consiguió penetrar en el seno del cristianismo, con el viejo fondo neo-pagano, para, por fin, perecer ahogada por el dogmatismo de la Iglesia naciente.

     La filosofía griega —hoy en día se propende a olvidarlo— desempeñó el cometido de vulgarizar las doctrinas esotéricas. Los pensadores de la Antigüedad, que también eran sabios, habían sentido, en efecto, la necesidad de dos doctrinas: una, pública; la otra, secreta. Si la ciencia antigua proporcionó físicos como Tales de Mileto, legisladores como Solón y Dracón, tuvo, asimismo, un iniciador de primer orden: Pitágoras. Este último jamás escribió su doctrina secreta más que en forma de signos esotéricos y de un simbolismo perfectamente elaborado.

     No es sorprendente, pues, que fuera citado como modelo por los neoplatónicos de Alejandría —los gnósticos propiamente dichos— y como un precursor por la patrología cristiana. En efecto, su doctrina es la primera síntesis en torno a una teoría central: encontramos en ella la doctrina oculta de Egipto, aclarada y simplificada por el genio griego. En particular, la filiación con Hermes Trimegisto es aquí manifiesta: una vez más, la ley del misterio oculta la gran verdad, y el conocimiento absoluto no puede ser revelado más que a los iniciados.

     En esta fase del razonamiento, no se puede prescindir de relacionar el principio de Pitágoras con el Sol de los antiguos egipcios, cuando el profeta de la religión, el gran sacerdote de Amón Ra, desde lo alto del templo de Tebas desvelaba el conocimiento al nuevo iniciado. Recordando los pasajes del Libro de los Muertos, accedía al conocimiento, sostenido por la visión de las tres pirámides y de los astros que se le describían como las que habían de ser sus moradas futuras. Y si una parte del velo de Isis se había levantado, para caer al punto, podía, no obstante, experimentar la satisfacción de haber entrevisto los misterios supremos. Además, una vez cumplida la iniciación, se convertía en sacerdote de Osiris, es decir, en guardián del sublime conocimiento La tempestuosa vida de Pitágoras se asimila, en algunos aspectos, a la imagen de la barca de Osiris, lanzada en medio de las aguas embravecidas, tal como podía imaginársela el iniciado egipcio vagando por el Río de los Muertos; no obstante, Pitágoras siguió su ruta sin dejar derivar su embarcación en ningún momento de su existencia. Vio a Cambises, a la cabeza de sus ejércitos persas, invadir Egipto, saquear los templos sagrados de Menfis y Tebas y destruír el templo de Amón. Pero el calvario de Pitágoras aún no había terminado: Cambises lo mandó internar en Babilonia, en aquel entonces símbolo de la irradiación de los profetas hebreos y del mestizaje de los pueblos en medio del cual triunfaba la despótica Asia.

     Estas pruebas enseñaron a Pitágoras que todas las religiones partían de una misma verdad: en la ciencia esotérica, él poseía la clave, la síntesis de todas estas doctrinas. La experiencia que había adquirido le mostraba una Humanidad amenazada por Asia a causa de la ignorancia de sus sacerdotes, de la obtusa ciencia positiva de sus sabios y del caos de sus democracias. Finalmente, pudo volver a su patria.

     De regreso a Grecia, Pitágoras tuvo largas conversaciones con los sacerdotes helenos: les hablaba de su iniciación egipcia, de los misterios de Osiris y del ocultismo babilónico. Sólo después de haber formado pitonisas inspiradas y haber hecho de Delfos un centro de vida y acción espirituales, partió para la Magna Grecia y Crotona, donde, con treinta de sus discípulos, había de encontrar la muerte. Pero el objetivo había sido ya alcanzado; la escuela pitagórica duró todavía dos siglos, y su enseñanza ha llegado a nosotros a través de sus discípulos.

     La cadena de los grandes iniciados no se rompió con la desaparición de Pitágoras: el ateniense Platón recogería la antorcha del conocimiento. Gracias al griego Argitas, Platón pudo procurarse un manuscrito de Pitágoras (5). El Timeo de Platón es, en este sentido, una verdadera condensación de la cosmogonía pitagórica. La época en que vivía el filósofo ateniense era, al menos, tan turbulenta como la de su maestro: derrota naval de Egospótamos, y conquista de Atenas por los espartanos, coronada por la llegada de los Treinta Tiranos y el fúnebre tañido de la independencia ateniense.

(5) Los manuscritos de Pitágoras no han llegado hasta nosotros. La biblioteca de Alejandría contenía uno de ellos, anotado por Plotino y encerrado en un rollo de oro, pero los cristianos prendieron fuego a todas estas riquezas. (Destrucción del «Serapeum», en el siglo IV, por orden del emperador Teodosio).

     El Timeo de Platón, al crear un verdadero santuario filosófico, abrió una «antecámara» a la gran iniciación. Éste es el motivo por el cual la Academia de Atenas, fundada por Platón, se prolongó en la gran escuela de Alejandría, cuyo principal representante fue Plotino (205-263). Este último, neoplatónico por excelencia, recogió en las Enéadas la tradición del paganismo. Su hijo espiritual, Jámblico, sucesor de Plotino, que vivió en el siglo IV d.C., intentó establecer un nuevo lazo, en los Misterios de Egipto, con la tradición esotérica de los sacerdotes de Amón; pero sus esfuerzos fueron ahogados por el cristianismo triunfante. Esto explica que, para combatir la influencia de la Iglesia, los gnósticos tuvieron que buscar refugio en el seno de ésta misma, lo cual nos hace llegar así a la gnosis cristiana, o gnosis propiamente dicha.

     Consecuentemente, se comprenden los esfuerzos doctrinales que a partir del siglo II hizo la Iglesia para desembarazarse de esta invasión que atraía hacia sí a todos los espíritus elevados de la comunidad cristiana. La gnosis de los primeros siglos es mal conocida, ya que la Iglesia se apresuró a borrar las pistas, lo que no debe sorprendernos. Los especialistas de la gnosis cristiana distinguen en ella dos ramas principales: la gnosis siria y la gnosis alejandrina. Dentro de la primera, los principales representantes fueron Simón el Mago, Saturnino, y los ofitas. En la segunda, encontramos a Basílides, a Valentín y sus discípulos, a Carpócrates, a los docetistas, etcétera.

     Está fuera de duda que este movimiento representó un gran peligro para la Iglesia, porque existía la amenaza de dividirla en múltiples sectas o capillas que escaparían al control del sacerdocio. No obstante, los gnósticos eran espíritus superiores; estos hombres suministraban lo que la experiencia debía aportar (parcialmente) a la Iglesia, y que le faltaba a ésta por completo: una cosmogonía, una filosofía del cristianismo, así como la fijación de sus relaciones con el paganismo y el judaísmo; en una palabra, la gnosis aportaba a la Iglesia una inteligencia más profunda de su fe. Pero esta sofisticación del movimiento eclesiástico debía llevarle a la perdición. La Iglesia, en efecto, buscó el pretexto de que esta filosofía sustituía a la Revelación para condenar esta tentativa del paganismo de vivir al amparo de la Iglesia.

     Con relación al cristianismo, la gnosis trata de situarse en un estado de superioridad. Igualmente, los gnósticos no intentan negar el valor ejemplar de Cristo; ven en él, ora una criatura divina, desprovista de existencia carnal, que podríamos denominar perfecta, ora, simplemente, un hombre dotado de una gran fuerza anímica y de la intuición de la sabiduría (6).

(6) Así, los carpocracianos que pertenecían a la gnosis alejandrina veían en Jesús un ser de carne y sangre, cuya excepcional fuerza de alma había sabido triunfar de todas las formas del mal. Carpócrates va más lejos: eximiéndose de toda moral, pisotea la noción cristiana del bien y del mal. Esta actitud prefigura, a una distancia de 1.500 años, la filosofía nietzscheana de liberación del hombre.

     El gnosticismo del siglo II, que conocemos gracias a Simón el Mago y que se desarrolló en Siria, parece estar fuertemente marcado por influencias hebraicas y orientales, en tanto que la gnosis alejandrina arranca de la filosofía griega, hija de las luces y de la ciencia sagrada del antiguo Egipto. Ciertas actitudes atestiguan, no obstante, una fuente común a ambas corrientes de pensamiento; se trata, ante todo, del rechazo del Antiguo Testamento, de la Ley de Moisés y de su escrupuloso Decálogo. En esta ética, la moral no prevalecería sobre la sabiduría surgida del conocimiento

     Tal como hemos dado a entender, existe cierta continuidad entre los místicos paganos y los gnósticos cristianos, puesta de manifiesto por la utilización común de ciertos símbolos sumamente característicos, los principales de los cuales son la copa y el libro (volumen), que transmiten la revelación; no obstante, como hemos sub-rayado, la gnosis cristiana, y singularmente la siria, sigue estando llena de los orientalismos (7) propios de la tradición hebraica o, más ampliamente, de los cultos semitas, en sus manifestaciones que recurren al culto de la Gran Madre o principio femenino. El Evangelio de Eva y la Pistis Sofía principalmente (el único texto gnóstico que ha llegado íntegro hasta nosotros), están marcados por la influencia hebraica, y multiplican las entidades secundarias, antepasados de los múltiples demonios de la Cábala.

(7) Esto no impidió a Rosenberg, en El Mito del Siglo XX, apelar a la gnosis y reivindicar a los autores gnósticos como predecesores de la ética nacionalsocialista. Es cierto que, en tanto que enemigo encarnizado de la Iglesia, Rosenberg hallaba en esta filosofía apoyo a sus teorías neo-paganas.

     La actitud ante la sexualidad es, no obstante, opuesta a la ética judía y cristiana, e impone la concepción gnóstica. Casi todos, a ejemplo de Marción, condenan toda relación sexual que desemboque en la procreación, es decir, en el aprisionamiento de nuevas almas dentro de la materia. De hecho, semejante actitud exige un juicio ponderado. Si los gnósticos rechazan estrictamente el acto carnal en lo que concierne a los iniciados, admiten el matrimonio de los simples laicos que pueden someterse al principio sin dejarse dominar por la materia. Esta posición sólo es comprensible dentro de una determinada visión del mundo. Si se piensa que, para los gnósticos, la Humanidad ha perdido la llave del saber y se ha hundido de este modo en el caos, el objetivo de la continencia será, evidentemente, impedir la perpetuación del reino tenebroso, mientras el hombre no haya encontrado la esencia de su ser y la pureza original que glorificaba a sus luminosos antepasados (8).

(8) El horror gnóstico de la carne corrompida se encuentra otra vez en los trovadores del siglo XIII, todos ellos impregnados de espiritualidad cátara o neo-gnóstica. El objetivo será el servicio del amor o amor cortesano, sentimiento puramente espiritual que obliga al amante a la castidad

     Del mismo modo, en la gnosis luciferina, en particular en los ofitas y los peratas, se encuentra una reminiscencia del conocimiento primordial: la serpiente de la Biblia no es considerada ya como el símbolo del Mal sino como un mensajero del dios de luz, o incluso como este último, a saber, el Logos. En tanto que el Demiurgo había encerrado a Adán y Eva en un mundo miserable, Lucifer les aportó la ciencia del Bien y del Mal, es decir, la gnosis salvadora o divinizadora.

     El pensamiento gnóstico, imitando la forma de la serpiente, no es rectilíneo, sino circular; va de Dios a Dios, a través del mundo nacido de éste; del espíritu al espíritu, pasando por la materia; de la vida a la vida, a través de la muerte. El Uno produce el Todo, y el Todo regresa al Uno. Éste es el sentido del símbolo antiguo de la serpiente que se muerde la cola. Éste es «el río que desemboca en sí mismo», del místico alemán Eckhart. El gnóstico está persuadido de que el Hombre puede descubrir el secreto íntimo de la unidad del mundo, a condición de comprometerse tras los bastidores del teatro cósmico y de movilizar toda la eficacia de sus poderes espirituales para desgarrar el velo de Maya. Para la gnosis, la fe no es suficiente, e incluso no se le reconoce valor intrínseco.

     A través de la complejidad de los mitos, voluntariamente enrevesados, se percibe así una línea de pensamiento continuo que se precisa con una fuerza mucho mayor en la manifestación más elaborada de la gnosis; nos referimos a la filosofía basilidiana, y por este motivo, después de esta rápida ojeada sobre el conjunto de la corriente gnóstica, nuestro examen tratará de modo más particular sobre el estudio de la gnosis alejandrina y sobre Basílides. En efecto, nos daremos cuenta de que el punto de vista basilidiano ha sido recogido por la filosofía alemana moderna, y singularmente por el grupo Thule, que contaba entre su miembros a Rosenberg y a Dietrich Eckhart, principal iniciador de Adolf Hitler. Esto justifica el interés de esta escuela.

     Para Basílides, el caos es la obra del Demiurgo (criatura que pretende imitar a Dios), pero Dios, mediante su acción, anima la materia; de ahí la mezcla íntima de los dos principios, la Luz y las Tinieblas, en el seno del mundo material. El Hombre, gracias al espíritu que ilumina su alma, es poseedor de la luz, y puede llegar al conocimiento, a condición de no ceder al mundo de las tinieblas, que está también en él y alrededor de él por el reino de la degeneración material y del retorno al caos, en la corrupción de la sangre y en el triunfo de la cantidad sobre el principio aristocrático. En la escala de la creación, el Hombre es lo más alejado del caos y de la desorganización; igualmente, entre los hombres, algunas razas formadas por elegidos están más cerca que otras del espíritu divino. Entre éstas, y en la cúspide, se encuentra situada la raza blanca, que es la culminación del pensamiento creador; a ella le será dado dominar la materia y el Cosmos, manteniéndose fiel al principio de pureza que encierra. Para los gnósticos, y en particular para Basílides, «toda evolución viva consiste en una diferenciación y una separación, en un desglose de materias originalmente mezcladas».

     Concepción muy moderna: para los gnósticos, el mundo espiritual es un arquetipo que tiene su origen en el mundo material, para alejarse cada vez más hacia lo infinito y lo inmaterial, según la expresión, de otro modo incomprensible: «Lo que está arriba es igual a lo que está abajo». Así, Basílides ve el mundo como un todo organizado y jerarquizado, donde la materia no está separada radicalmente del espíritu. En lo alto reina el espíritu, que es el Logos, el pensamiento divino, que es consciente de sí mismo; por debajo, se extiende el «pneuma», que es un pensamiento inconsciente de sí mismo, pero de esencia puramente espiritual; luego, está el éter, una parte diferente, sólo en grado, del alma del mundo material; el pneuma es representado como el alma del mundo que circunda el universo terrestre; el cristianismo le da el nombre de Espíritu Santo.

     Según el pensamiento de la filosofía griega y según la terminología de Empédocles, «el nacimiento no existe para ningún ser mortal, como tampoco existe un fin que sería la muerte. Todo es simplemente mezcla y cambio de elementos. Nacimiento es el nombre que han inventado los hombres. Cuando los elementos se mezclan y surgen a la luz del día, tanto en los hombres como en las bestias salvajes y en las plantas y los pájaros, a esto se le llama nacimiento; cuando los elementos se separan, se habla entonces de muerte infortunada».

     De este modo, las sustancias comienzan a organizarse siguiendo las leyes puramente mecánicas de su respectiva gravedad. El espíritu, que, para Basílides, es material y compuesto de átomos muy finos, se eleva y se apresura a retornar a su principio. El pneuma, que es ya una materia más opaca, se extiende alrededor del mundo como una envoltura exterior. El éter se eleva y se extiende sobre el pneuma. Viene a continuación el aire, que llena la región siguiente. Hasta aquí, nada más que un proceso puramente físico. Pero, debido a que cada uno de estos elementos contiene un espíritu elemental, la cosmología científica va a transmutarse en una cosmología místico-religiosa. Así, la gnosis reconcilia, en una visión que no carece de grandeza, lo que la ciencia moderna ha querido separar (contrariamente a lo que han pretendido sus enemigos, que la presentan como una doctrina de muerte y de aniquilamiento).

     Pero la evolución del mundo no ha concluído. La última parte del Espíritu Cósmico debe elevarse hacia el espíritu universal; sólo entonces se restablecerá la armonía, y el mundo habrá encontrado su terminación gracias a la instauración de un escalonamiento normal: espíritu, alma, cuerpo. Se trata de una compenetración recíproca, al igual que el cuerpo, el alma y el espíritu del hombre concurren en una unidad orgánica. La obra de la salvación consiste en instruír a las criaturas sobre su verdadera naturaleza, acerca de toda la creación tal como ha sido deseada por Dios, pero que no ha podido llegar a término. Una vez más, es el conocimiento, la «gnosis», lo que debe salvar al hombre, y no una fe ciega.

     Todo el pecado del Hombre reside en su deseo, que lo lleva a querer transgredir su naturaleza. Toda aspiración contra natura, tanto si se trata de la ascesis pura como del deseo de franquear los límites fijados al hombre por la Naturaleza y la voluntad concordante de Dios, toda aspiración de este tipo arroja de nuevo al Hombre a un sufrimiento siempre renovado. Todo deseo irrealizable debe, por tanto, ser yugulado por la razón, y, ante todo, los deseos sexuales, al menos para la minoría, ya que el instinto genésico representa la función central del Hombre. Basílides, y luego Isidoro, ve en el amor un deseo normal, natural, pero no necesario, que aparta al Hombre de su destino más noble; para ellos, la Naturaleza y, por tanto, la moralidad consisten en satisfacer el instinto genésico al margen de todo amor. En esto, Basílides encuentra apoyo en Platón. A propósito de la transmigración, el Timeo cita, entre los impulsos racionales que el hombre debe vencer para escapar al ciclo de los nacimientos, al amor mezclado de placer y de pena.

     El punto de vista basilidiano se une, en este sentido, con el del poeta y filósofo alemán Richard Dehmel, así como con el místico maestro Eckhart. Para Basílides, tuvo lugar una caída en descenso del germen, seguida de una evolución ascendente. Esta filosofía, en efecto, se entronca en muchos puntos con el paganismo, del cual los gnósticos no rechazan su fondo de sabiduría. El nombre de este dios es parecido al Mitra de los paganos; en efecto, el nombre de Abraxas, que significa dios, al sumar los valores numéricos de cada letra de esa palabra proporciona el número de días del año, es decir, el tiempo de evolución de la Tierra alrededor del Sol. Ahora bien, el término Mitra totaliza el mismo valor numérico. El Sol es Helios, y Mitra-Abraxas es el arconte que contiene en él, en una unidad, el conjunto del círculo solar. Mitra y Helios están en una relación de padre a hijo. Mitra es el gran dios; Helios es su logos, gracias al cual se desarrolla, crea el mundo y desempeña en él un papel de mediador entre el hombre y Dios, como atestiguan la liturgia de Mitra y el discurso del emperador Juliano sobre Helios rey. Finalmente, la metafísica de Basílides es un panteísmo muy elaborado, heredero de la filosofía griega, que desemboca en un sistema completamente original.

     Estos principios fueron recogidos más tarde, y Goethe, que era un iniciado, se sirvió de la imagen gnóstica, desarrollada por Basílides, de los mundos intermediarios que separan al Hombre de su principio, que es Dios. Es la «legión, muy conocida, que se extiende como la tempestad en torno a la vasta atmósfera, y que en todas partes prepara al hombre para una infinidad de peligros. La banda de los espíritus venidos del Norte aguza contra vosotros lenguas de triple punta. La que viene del Este deseca nuestros pulmones y se alimenta de ellos. Si son los desiertos del Mediodía quienes los envían, amontonan alrededor de vuestra cabeza llama sobre llama, y el Oeste vomita un enjambre de ellas que primero os hiela y termina por devorar, en torno a vosotros, vuestros campos y vuestras cosechas. Dispuestos a causar el mal, escucharán de buen grado vuestra llamada, e incluso os obedecerán, porque les gusta engañaros; se anuncian como enviados del cielo, y, cuando mienten, lo hacen con voz angélica» (Fausto).

     Como Hildegarda, Goethe se abreva en una fuente común: la Weltanschauung gnóstica, en la cual todas las entidades que existen entre Dios y el Hombre —ángeles malos, espíritus de las esferas y de los astros, vientos, etc.—, ocupan un lugar muy importante. Dios sólo puede intervenir en el Cosmos desde el exterior, enviando su pensamiento, el Logos, que aportará el conocimiento a los hombres. El hombre sólo puede conseguir encontrar la vía si encierra en él mismo el mundo entero: es un microcosmos en el seno del macrocosmos, está compuesto de materia, pero contiene también el logos, el espíritu divino que reina sobre las regiones superiores del Cosmos. Desde la Tierra, el hombre se eleva por sus esfuerzos hasta la Luna, atravesando el reino hostil de los demonios, la capa ionosférica que envía nuevamente las ondas hacia la Tierra. Así, la epopeya moderna de los cosmonautas incorpora, gracias a la ciencia, la visión gnóstica de la evolución. Neil Armstrong, el jefe de la primera expedición lunar, es creyente, y sus pensamientos, durante su viaje astral, se dirigieron hacia Dios.

     Ante el peligro que representa este resurgimiento, particularmente sensible en Basílides, del neo-paganismo, la Iglesia reaccionó y, en el Concilio de Nicea, en el año 325, la gnosis, con sus diversas escuelas, fue condenada en bloque. Como sub-raya Hans Leisegang, la gnosis pertenece a la atmósfera espiritual griega. Nacidos de la filosofía helénica, los gnósticos renegaban de su origen revistiendo su doctrina de un ropaje oriental, según un uso practicado en todo tiempo. La ciencia moderna ha invertido esta relación, investigando los principales motivos del gnosticismo en las religiones orientales. El abate Barbier —especialista del estudio de las sociedades secretas y de su influencia en el seno de la Iglesia— ha comprendido bien el fenómeno gnóstico al escribir: «El papel de la Iglesia gnóstica es el de predicar una doctrina de la raza humana superior, que no ha sido corrompida por las razas semítico-cushitas, y que se conforma con la máxima fidelidad a la enseñanza del Cristo Salvador» (E. Barbier, Las Influencias Masónicas en la Iglesia, p. 99).

     Este juicio sobre el neo-gnosticismo no es, en absoluto, ajeno a nuestro tema: aparecida en el siglo II de nuestra Era, la gnosis cristiana fue prohibida al mismo tiempo que las escuelas neoplatónicas, pero encontró de nuevo su más bella expresión en el catarismo, en los siglos XII y XIII. Vejado por segunda vez, el neo-gnosticismo debía «renacer» a finales del siglo XIX bajo la capa de la ciencia, pero en reacción contra «el progreso científico». El vínculo entre esa renovación y el Nacionalsocialismo es indudable. Si la gnosis ha podido desarrollarse y perpetuarse como un río subterráneo, es que existían, y existen todavía, «centrales», templos donde el saber es conservado y desde los cuales se transmiten las órdenes.



EL FENÓMENO CÁTARO


     El fenómeno cátaro apareció en Occidente en los alrededores del siglo X. En esa época, las herejías son denunciadas por todas partes en Europa. La mayoría de las veces se las califica como maniqueas. El término "cátaro", que significa puro, apareció más tarde. Hablando de los cátaros de Renania, el benedictino Eckbert, rector de la catedral de Colonia, dice que celebraban una fiesta en honor de Manes; y el obispo de Chalón, Roger, escribió al obispo de Lieja para comunicarle que los cátaros de su diócesis pretendían recibir, por la imposición de las manos, el Espíritu Santo, que no era otro que el propio Manes.

    En 1017 se encuentran cátaros en Orleáns. Después de un juicio emitido por un concilio de obispos, son quemados vivos. En 1022, el hecho se repite en Toulouse. En 1030, en Italia, en la región de Asti, es descubierta una colonia de herejes, a los que se designa ya con el nombre de cátaros. Todos los miembros de la secta son asesinados. No obstante, a pesar de las hogueras, el movimiento se había extendido como una mancha de aceite, de forma que, en el siglo XII, se los encuentra más al Norte, en Soissons, en Lieja, en Reims, y hasta en las orillas del Rin, en Colonia y en Bonn, donde muchos herejes también son víctimas de las llamas. El Norte de Italia, atravesado por viajeros búlgaros, fue uno de los países más afectados, y Milán pasó largo tiempo como un foco activo de la herejía. Inocencio III consiguió, aunque con gran dificultad, contener este flujo ascendente.

     Pero es en el Mediodía occitano, en los territorios languedocianos y provenzales del conde de Toulouse donde el catarismo habría de alcanzar sus mayores éxitos. En unos pocos años, desde finales del siglo XII a principios del siglo XIII, el neo-maniqueísmo se expandió como un reguero de pólvora y conquistó el derecho de ciudadanía en las tierras visigóticas, desde el Garona hasta el Mediterráneo, de suerte que la doctrina de los Albigenses (1) parecía que debía triunfar, a corto plazo, del catolicismo. ¿Qué era, pues, esta doctrina que seducía tanto a muchedumbres enteras como a los señores de más elevado linaje?.

(1) Nombre dado a los cátaros en la región de Languedoc.

     En el Mediodía languedociano, el catarismo es el punto de convergencia de dos fuerzas: la primera hace proceder el catarismo del maniqueísmo, religión que se basa en la oposición de dos fuerzas iguales en este mundo, la luz y las tinieblas, o el bien y el mal, el espíritu y la materia. El maniqueísmo, por su parte, arrancaba del culto esenio, del que Cristo procedía por parte de madre. Se considera que los esenios constituían el vínculo y punto de coincidencia entre los platónicos o pitagóricos, por una parte, y el budismo, por otra, lo que nos lleva a hablar de la segunda fuerza de atracción del catarismo. Sin coincidir con el escritor Maurice Magre, que hace de la iniciación budista la principal fuente espiritual de los albigenses, cabe señalar que los esenios, como los budistas, profesaban el dualismo del mundo. Tenían tres órdenes de afiliados, con tres grados de iniciación. Practicaban el baño sagrado, como los brahmanes y los budistas. Condenaban los sacrificios sangrientos, se abstenían de carne y de vino, y practicaban una moral ejemplar, dice el historiador Flavio Josefo. Fue mediante el canal de los esenios como las ideas indo-persas pasaron al cristianismo.

     No olvidemos, por otra parte, que la región del Garona es una vieja tierra druídica. Ahora bien, los druidas, hombres muy sabios, a pesar de lo que se haya dicho, tenían una filosofía muy elevada. Creían principalmente en la migración de las almas y en su reencarnación después de la muerte. Sobre este viejo fondo pagano vino a injertarse la herejía arriana del siglo VII, a la cual se convirtieron los reyes visigodos. Ahora bien, los condes de Toulouse, de muy antigua nobleza germánica, eran los descendientes directos de tales familias. No es asombroso, por tanto, que el catarismo hubiera encontrado en esa tierra de la Romagne un lugar privilegiado en el que podía expandirse.

     Por lo que sabemos de ellos, es cierto, en todo caso, que la doctrina cátara es algo más que una simple herejía. En muchos puntos se separa del cristianismo tradicional y rechaza todos los dogmas de la Iglesia católica:

     «¿Podemos considerar a Dios como a un enfermo que, en el ardor de la fiebre, instaura un mundo, para aniquilarlo cuando le sobrecoge un escalofrío?
     «El destino del mundo, ¿no es más que su fiebre o su escalofrío?.
     «¿Acaso no es más que un hijo de los dioses, a quien este mundo le ha tocado en suerte, como juego multicolor, y que unas veces se divierte con él, y otras lo rompe en pedazos, sin poder hacer otra cosa que balbucear sus deseos?» (Nikolaus Lenau, Los Albigenses, 1842).

     La inspiración gnóstica que atribuye al hombre tres naturalezas —el cuerpo, el alma y el espíritu, siendo el cuerpo la residencia del alma y ésta la morada del espíritu— fue recogida por los albigenses. Frente a la Iglesia romana, los cataros continúan y amplifican la tradición maniquea, rechazando los sacramentos, la cruz, símbolo de muerte, y las ceremonias del culto. Al mismo tiempo, desprecian el Antiguo Testamento, obra de los judíos, y consideran a Jesús como un ser puramente espiritual. Conocemos dicha herejía sobre todo por sus detractores (ya que todos los escritos cátaros fueron quemados) (2), que nos dan de ella un informe alterado, y por los cronistas de la época. No obstante, podemos extraer sus grandes principios. Su base la constituye el dualismo, que toma como texto de referencia el Evangelio de Juan, considerado como el único auténtico, que destaca la oposición eterna entre dos principios: el bien y el mal. Así, en este mundo, hay un antagonismo entre la materia, que es debida al diablo, y el espíritu, que procede de Dios. Los albigenses atribuían a Lucifer, el arcángel caído, el Príncipe de este mundo, la posesión del reino terrestre. Éste es el motivo por el cual, al fin de los tiempos, este mundo material será destruído, como está anunciado en el Apocalipsis de Juan (3), y se instaurará el reino del Espíritu Santo o del Cristo Cósmico, el Paráclito.

(2) Tal como los escritos de los maniqueos.
(3) Para los cátaros, el fin del mundo iría acompañado de catástrofes cósmicas: los océanos cubrirían la tierra, eliminando toda vida; el Sol explotaría, la Luna sería destruída y las estrellas desaparecerían, cediendo su lugar al reino de las tinieblas. «El fuego consumirá las aguas, y las aguas apagarán el fuego». De ese modo, la obra del Mal será definitivamente aniquilada. Todo lo que es transitorio es obra del Maligno: por este motivo, Juan lo había denominado Anticristo. En Persia, Zoroastro y Manes decían que el dios de las Tinieblas había dado su Ley a Moisés, el mago malvado.

     Las raíces cátaras hay que buscarlas en Pitágoras, adepto de la metempsícosis o reencarnación de las almas impuras en nuevos cuerpos de hombres, de animales, e incluso en el reino vegetal. Hemos dicho ya que los cátaros rechazaban los dogmas, a saber, la eucaristía, la remisión de los pecados, y los sacramentos que les parecían sacrilegos: el bautismo, la comunión y el matrimonio (4).

(4) En este sentido, he aquí el Credo «herético» de Jacques y Mecasmus, dos dualistas de Italia que habían «confesado sus culpas a la Santa Iglesia» (Christine Thouzelier, Catarismo y Valdensismo en el Languedoc): «El Diablo es el creador de la materia; desprecio de la Cruz y de los templos, de los sacramentos de la Iglesia romana; especialmente, nulidad de la eucaristía... Ninguna salvación para los adultos y los niños inocentes muertos sin el "Consolamentum", administrado por los dualistas, que, al imponer las manos, confieren el Espíritu Santo. El demonio dio la ley a Moisés... Nulidad de los peregrinajes, condenación del matrimonio; prohibición de carnes y huevos emitidos "de adulterio". Cualquier consolado que comiera carne sería condenado. El Diablo hizo el Diluvio para matar a los gigantes que predicaban a los hombres, los cuales, mediante su fornicación, tollebant heres es Diaboli».

     Hostiles a la materia impura, condenaban el matrimonio para los iniciados, institución que multiplica los cuerpos a expensas de la continencia. «La aversión por la "creación perversa" conduce a los dualistas a proscribir de su alimentación los manjares a base de carne, ya que Dios había maldecido la Tierra. Nacida gracias a la lujuria de la inseminación "inmunda", la carne incita la concupiscencia» (Cristina Thouzelier, Catarismo y Valdensismo en el Languedoc).

     Esta creencia implica que el alma, para alcanzar la perfección, debe ser purificada de la suciedad material y del contacto de la carne. El ideal es, por tanto, la castidad que conduce a la salvación. No obstante, como semejante doctrina comporta una disciplina extremadamente dura, la masa de los creyentes no estará obligada a practicarla estrictamente. El ascetismo era cosa de los hombres buenos o perfectos, pequeña minoría de sabios, únicos capaces de recibir la iluminación del conocimiento. Absteniéndose de matar a ningún animal, respetando a la Naturaleza en todas sus manifestaciones, los perfectos, siempre vestidos de negro, «con una tiara persa sobre la cabeza, parecían brahmanes o acólitos de Zoroastro. Cuando habían terminado (sus ceremonias), sacaban un rollo de cuero que llevaban sobre el pecho, el Evangelio según Juan, y lo leían en voz alta» (Otto Rahn, La Cruzada contra el Grial).

     Los investidos se abstenían de carne, huevos y productos lácteos, todos ellos productos de origen animal, practicando una alimentación puramente vegetariana. Profesaban una castidad absoluta y evitaban, por tanto, todo comercio sexual. Por lo que se refiere a los ritos, éstos eran muy simples (por reacción contra la Iglesia, que se cubría de oro y púrpura) y estaban liberados de todo espíritu de superstición: los constituían, sobre todo, plegarias en común, cantos y sermones, inspirándose en los libros de Manes y en los gnósticos.

     No teniendo los cátaros lugar de predilección para practicar su culto, la Naturaleza les ofrecía sus bosques y sus prados; los señores, sus castillos; y los burgueses, sus casas. Se ha dicho que querían destruír la familia, lo que es falso, ya que aprobaban el matrimonio «civil» para los simples creyentes. Según Fernand Niel, los albigenses practicaban una fórmula de confesión pública que llamaban «Apparellamentun», pero su principal rito era el célebre «Consolamentum» (5). Éste se daba tanto a un creyente que deseaba ingresar en la comunidad de los perfectos como a los moribundos que querían alcanzar una buena muerte. Esta ceremonia, muy simple, consistía en que el perfecto imponía las manos sobre la cabeza del consolado, pronunciando ciertas palabras cuyo contenido ignoramos. Se puede suponer que, en el trasfondo de este ceremonial, existía un secreto procedente de los gnósticos y de los primeros cristianos, que tenía como base la transmisión de una fuerza vivificante e inmensa, fuerza que los perfectos podían procurar por medio del «bautismo del espíritu», del signo de la pureza hecho a los moribundos. Esta ayuda invisible permitía escapar a la cadena de renacimientos y permitía el acceso al reino de lo espiritual. El «Consolamentum» no era más que un símbolo exterior. Detrás de él se ocultaba el don del alma, mediante el cual esta última podía atravesar, resplandeciente, el estrecho pórtico de la muerte, escapar de la sombra e identificarse con la luz. Y los cataros tenían, para la ayuda a los moribundos, procedimientos que la ciencia ha perdido para siempre.

(5) En Atlantis de Marzo-Abril de 1950, Nº 146, que trata «del Magnetismo y de Hiperbórea» en las páginas 99 y 100, se puede leer: «En el Nº 88 de Atlantis sobre los cátaros, señalé que el gran Sacramento de estos juanistas cristianos consistía en la imposición de las manos el Viernes Santo, después de la lectura del prólogo del Evangelio de Juan. Este sacramento era, pues, la transmisión de los dones del espíritu de los que se habla en los Hechos (8:12)».
     Y Paul Le Cour añadía: «Esta fuerza puede exteriorizarse no solamente por las manos, sino también por la mirada y por la palabra. Se trata, pues, del magnetismo espiritual. La acción dominadora, fascinadora, de algunos seres procede de aquí. Tal era el caso de Hitler, cuya mirada y palabra soliviantaban a las muchedumbres, pero cuyo efecto no se producía cuando aparecía en la pantalla del cine».

     No temiendo a la muerte, había ocasiones en que ciertos perfectos llegaban a dejarse morir mediante el Endura: «Su doctrina —afirma Otto Rahn— permitía, como la de los druidas, el suicidio; no obstante, exigía que uno pusiera fin a su vida no por cansancio de vivir, por miedo o por dolor, sino en un estado de perfecto desapego de la materia». Siempre según Otto Rahn, los cátaros efectuaban el Endura por parejas: «Ese hermano, al lado del que el cátaro había pasado, en la amistad más ideal, tras años de esfuerzos continuados y espiritualización intensiva, quería, de acuerdo con él en la otra vida también, la verdadera vida, gustar las bellezas parcialmente entrevistas del más allá y la revelación de las leyes divinas que mueven los mundos» (La Cruzada contra el Graal, pp. 142-143).

     Para poner fin a sus días, elegían entre cinco tipos de muerte: envenenándose, dejándose morir de hambre, abriéndose las venas, lanzándose a un precipicio o zambulléndose en el agua helada después de un baño ardiente, lo que provocaba una congestión pulmonar que los mataba. Algunos indicios permitían suponer también que los albigenses escogían a veces la muerte en grupo. En una cripta de la montaña Negra, no lejos de Carcasona, se han encontrado esqueletos que datan de la época que nos interesa. Estaban acostados formando un círculo, las cabezas en el centro y los pies en la circunferencia, como los rayos de una rueda perfecta. «Los que se tendieron para morir en una soledad secreta, y dibujaron con sus cuerpos la figura geométrica de una rueda, persiguieron este fin tan extraño e inusitado en el momento de la muerte sólo porque se trataba de un rito de una importancia excepcional y del que esperaban un resultado sublime» (6). Maurice Magre piensa que esta forma de morir, que era ya conocida en Bretaña, en la isla de Tiviec, hace más de 5.000 años, era poseída por pueblos descendientes de los antiguos atlantes.

(6) Maurice Magre, La Clef des Chases Cachées, París, 1935, p. 152.

     Sin embargo, la práctica del Endura no conducía fatalmente a la muerte. En la mayor parte de los casos se trataba de un prolongado ayuno de purificación, de una duración de dos meses, interrumpido por pausas durante las cuales los ascetas tomaban pan y agua. Como hemos dicho, sobre todo en la época de las persecuciones, ocurría que los cátaros, después de la recepción del «Consolamentum», se diesen voluntariamente la muerte. Con todo, y aunque sabemos muy poco de las ceremonias de su culto, las excavaciones han permitido sacar a la luz objetos simbólicos utilizados por los albigenses que nos han permitido recoger algunas de sus creencias hasta entonces ignoradas. Así, algunos no habían dudado en afirmar que el joven Otto Rahn, para confirmar sus tesis, había dibujado algunas inscripciones halladas en las grutas del Sabarthez, notoria colonia cátara. Ahora bien, se ha encontrado una paloma esculpida en el propio Montségur, en una de las grutas del Ornolac. La paloma es el símbolo del Espíritu Santo, de la luz divina descendida entre los hombres, lo que demuestra claramente que el catarismo es una religión de luz, y no mágica. En este sentido apuntan los descubrimientos, hechos recientemente, de cruces solares, cruces célticas y objetos en forma de pentágono encontrados en el Pog y en algunas grutas.

     Todos estos símbolos tienen relación con el culto del Sol, glorificado por los albigenses como el astro celeste que emana de la creación divina. Los trabajos de Fernand Niel, que demuestran que el castillo de Montségur era un templo solar, y de los que ya hemos hablado, han confirmado la filiación maniquea y zoroástrica del albigensismo. De la misma manera, y aunque se haya hecho de ello un silencio voluntario, los meridionales hicieron, desde la Edad Media hasta el siglo XX, un uso constante de la cruz gamada y de la svástica, volviendo a unir así las grandes corrientes del simbolismo universal.

     Los cátaros llevaban una vida ejemplar. Antes de las persecuciones, recorrían el Mediodía en todos los sentidos enseñando a las masas, predicando un Evangelio de purificación y sencillez, fustigando las costumbres corrompidas de la clerecía católica, que practicaba, entre otros pecados, el nicolaísmo y la simonía (7). El pueblo seguía a estos hombres vestidos de negro, que vivían como santos, y abandonaban a sus malos sacerdotes. La nobleza atraída por el ideal aristocrático de la herejía, se adhería también a la nueva fe. La Iglesia oficial se debilitaba, con tanta más facilidad cuanto que estaba alejada del pueblo. Los propios cátaros compartían las miserias de cada uno, ejerciendo la medicina, cuidando a los enfermos y llevando «la buena palabra».

(7) El nicolaísmo es el matrimonio de los sacerdotes, y la simonía consiste en el tráfico de las misas.

     Con frecuencia artesanos, los albigenses practicaban sobre todo el tejido de la lana, y esos perfectos se preguntaban, encorvados sobre sus bastidores de tejedores, si «no era verdaderamente el espíritu de la Tierra quien tejía en realidad, en el telar susurrante del tiempo, el vestido viviente de la Divinidad» (Goethe, Fausto, I, 509-510). La historia de la herejía albigense es larga y agitada. No es nuestra intención escribirla o rehacerla. Lo importante, en esta revolución espiritual, es comprender sus razones.

     En el siglo XIII estalla en el Languedoc y en la Provenza, con síntomas amenazadores, uno de estos levantamientos del espíritu humano que se reproduce de siglo en siglo hasta las predicaciones de Lutero.

     El filosofismo y el republicanismo atacaban conjuntamente, o aisladamente, a la autoridad soberana de la Santa Sede y el orden establecido. Un inmenso movimiento religioso se manifestaba simultáneamente sobre dos puntos: el racionalismo valdense, en los Alpes, y el misticismo alemán, en el Rin y los Países Bajos, donde los gremios ciudadanos se rebelaban contra sus obispos y la clerecía. Los sectarios de Pierre de Burys querían reconstruír la Iglesia primitiva en su pureza y su pobreza, regresando a la simplicidad del Evangelio joánico; reprimidos durante un tiempo, se reformaron en Lyon, hacia 1170, con Valdés.

     En el Norte, Amaury de Bue, cerca de Chartres, y su discípulo David de Denain, se dedicaron, hasta finales del siglo XII, a predicar una especie de misticismo sacado de los escritos de Escoto Erígena, reflejo alterado de la doctrina cátara. Para ellos, aún tenía que comenzar el reino del Espíritu Santo, en el cual las prescripciones anteriores debían cesar, para no permitir subsistir a otra religión que la pura adoración del alma. En Italia, el ideal de Dante era ver al emperador de Alemania, Enrique de Luxemburgo, destronar al Papa y restaurar un cristianismo auténtico liberado de la dominación sacerdotal, y que él habría regenerado.

     Dante era el gran pontífice de esta secta cátara, y su Divina Comedia sólo fue escrita para exaltar su fe hacia la Iglesia cátara y perseguir enconadamente al Papado, ya que no podía perdonarle la hecatombe provenzal. Ante el alcance de semejante revolución, la Iglesia se había conmovido, mientras que, por todas partes, los cismas y las herejías se multiplicaban; sobre todo, la doctrina cátara, que alejaba de la religión católica a los mejores servidores de la fe, clérigos o laicos.

     En efecto, los jefes de la herejía cátara, en el Mediodía occitano, así como en Italia, salían, en su mayoría, de las familias de la nobleza (8) y de la alta burguesía. Examinemos, ante todo, los reyes de los cátaros. Del lado español, estaba la Casa de Aragón, cuyo poder se extendía sobre Cataluña, el sur de la Provenza, los condados de Urgel y Cerdaña, el Rosellón y Aragón. Del otro lado de los Pirineos, reinaban los poderosos condes de Toulouse, descendientes de los reyes visigodos. Raimundo V, que habría de morir en 1194, no había tomado parte en las primeras cruzadas, prefiriendo desarrollar el «gai savoir» de los trovadores, el espíritu cortés de los Caballeros y una notable diplomacia. Se había mantenido, no obstante, al margen del catarismo, lo que no haría su hijo Raimundo VI.

(8) Testimonio de esto es la noble dama Adelaida, que «tenía corte de amor en el castillo de Puivert, en los espléndidos bosques pirenaicos». «Adelaida en realidad era piadosa. Sólo que el dios al que ella rezaba no era el nuestro. Su Cristo no estaba en la Cruz. Para ella, el amenazador dios de Israel estaba representado por Lucifer. ¡Adelaida era hereje!» (Otto Rahn, La Cruzada contra el Graal).

     No obstante, en el año 1163, en el concilio de Tours, el papa Alejandro II, a instancias de los obispos del Norte de Francia, dictó una resolución que denunciaba el progreso de la herejía cátara en las provincias del Mediodía. En el Tercer Concilio de Letrán, convocado en 1179 por Alejandro III, el conde de Toulouse, el conde de Foix, el vizconde de Béziers y la mayoría de los barones de la Romagne fueron excomulgados: se perfilaba la amenaza para los cátaros y sus protectores. Ésta fue la señal de la primera cruzada contra los albigenses. La guerra contra los albigenses, dice Maurice Magre, fue el hito más grande de la histeria religiosa de los hombres.

     Raimundo VI, que acababa de ser entronizado en Toulouse, sucediendo así a su padre, no ocultaba sus simpatías por sus súbditos cátaros, y no temía manifestar su aversión hacia Roma. En la famosa conferencia de Pamiers, en 1207, en el curso de debates públicos, se enfrentaron los legados pontificios y los perfectos del catarismo. Esta conferencia sirvió para demostrar a los herejes albigenses que la Iglesia pondría en acción todos sus medios para terminar con este movimiento religioso. Antes de que los ejércitos de Simón de Montfort invadieran y destruyeran la civilización occitana, examinemos, por última vez, la sociedad de ese tiempo.

     El medio político y social del Languedoc estaba entonces impregnado de un espíritu de tolerancia desconocido en el Norte. La sociedad no estaba dividida en castas cerradas, y el burgués podía acceder a la nobleza, al igual que el villano a la burguesía. Las ciudades del Mediodía estaban más pobladas y eran más ricas que en cualquier otro tiempo. No olvidemos que Toulouse, por su importancia, era la tercera ciudad de Europa, después de Venecia y Roma. Toulouse, con su maravillosa basílica de Saint-Sernin, era la ciudad rosa de los jardines y de los campanarios. En las numerosas ciudades, los síndicos y los cónsules, elegidos por los habitantes, representaban el elemento tradicional de la libertad heredada de la Antigüedad. La intensa actividad comercial facilitaba los intercambios espirituales.

     «Pero el aspecto más impresionante de la civilización occitana sigue siendo el extraordinario movimiento literario de los trovadores, movimiento que sorprende por su amplitud. En efecto, se cuentan cerca de 500 trovadores conocidos, duques o condes (los condes de Foix y de Toulouse se escribían en verso, en tanto que el rey de Francia apenas si sabía firmar su nombre), simples Caballeros, eclesiásticos o hijos de burgueses» (Fernand Niel, Albigenses y Cátaros, París, 1955, p. 67).

     Tema principal de esta literatura era el amor cortesano, simbolizado por la palabra «paratge», que representa las virtudes del honor, de la lealtad y de la entereza, aplicándose tanto al amor a la dama como al terreno político y religioso. El ideal trovadoresco tiende hacia lo absoluto, y se expresa en el análisis sentimental por el amor platónico y desapegado de la carne. Los poetas cantores estaban imbuídos de la mística cátara, que aspira al amor divino, y en el tiempo de las persecuciones fueron los fieles servidores de la causa albigense. Las «leyes de amor», que ellos habían fijado, comprendían un mínimo de 31 prescripciones.

     «Y, hecho singular, poseían como principio supremo que la "minne" (o amor cortesano) excluía toda idea de amor corporal o de matrimonio. La "minne" representa la unión de las almas y de los corazones, mientras que el matrimonio es la unión de los cuerpos. El matrimonio significa la muerte de la "minne" y de la poesía. El amor, simple pasión, se desvanece pronto con el goce sensual. Cualquiera que lleve en su corazón la verdadera "minne", no desea en absoluto el cuerpo de su bienamada; no desea más que su corazón; la verdadera "minne" es pura e incorporal. La "minne" no es el amor; Eros no es el sexo» (Otto Rahn, op. cit.).

     No obstante, las nubes se amontonaban en el cielo occitano. En 1207, el legado pontificio Pierre de Castelnau, que intentaba en vano enfrentar a los señores meridionales contra los albigenses, excomulgó al conde de Toulouse, Raimundo VI. Presintiendo el peligro, los cátaros quisieron asegurarse un lugar donde pudieran refugiarse en caso de ataque. Los castillos de Quéribus, Puylaurens y Peyrepertuse les eran ya adictos. Pero es Montségur, en el corazón de los Pirineos del Ariége, que los herejes habían escogido como elevado lugar espiritual. A este efecto, pidieron a Esclarmonde de Foix y al señor del lugar, Ramón de Perelha, ambos fervientes albigenses, que reconstruyeran el castillo de Montségur, que estaba en ruinas, lo que fue realizado.

     «Así, Montségur, la ciudadela que protegía la montaña sagrada del Tabor, Parnaso de la Romagne, fue fortificada y organizada. Parecida a un arca, pudo, durante medio siglo aún, desafiar la oleada de sangre y de crímenes que pronto iba a desencadenarse sobre la Romagne y hundir su cultura y su civilización» (Otto Rahn, op. cit., p. 190).

     Porque de lo que se trata es realmente de una guerra de secesión: todo el Mediodía se levanta contra los ejércitos del Norte (20.000 caballeros, 200.000 infantes), que, concentrados en Lyon, llegan por el valle del Ródano el 24 de Junio de 1209, procedentes de todos los países del Norte del Loira. Otto Rahn ha dejado una descripción de gran colorido de estos bárbaros procedentes del Norte, que querían concluír la conquista de las provincias meridionales comenzada setecientos años antes por Clodoveo:

     «A la cabeza, cabalga el sombrío e irreconciliable abad de Citeaux, el "jefe de las fuerzas cristianas contra los herejes albigenses". Parecido a un caballero del Apocalipsis, galopa, hábito al viento, a través del país que no adora a su propio dios. Detrás de él, el ejército de arzobispos, obispos, abades, padres y monjes. Al lado de los príncipes de la Iglesia cabalgan los príncipes laicos con sus armaduras resplandecientes de acero, plata y oro. Luego, vienen los caballeros saqueadores, con sus soldadescas que entraban a saco por doquier: Robert Sans-Avoir, El-que-no-bebe-agua... Dios sabe sus nombres.

     «A continuación, los ciudadanos y campesinos, y luego, por millares y millares, la chusma de Europa: los ribaldos, los truhanes y, en los templos de Venus montados sobre cuatro ruedas, las pelanduscas de todos los países posibles» (Otto Rahn, op. cit., pp. 196-197).

     Y, el 21 de Julio de 1209, tiene lugar la toma y saqueo de Béziers, donde es asesinada toda la población (20.000 personas), herejes y ortodoxos mezclados en la iglesia de la Magdalena: «¡Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos!», gritaría el legado del Papa.

     Más tarde, le toca el turno a Carcasona, que ve cómo Arnaud Amaury hace prisioneros al vizconde de Trencavel y a sus mejores caballeros, atrayéndolos bajo el pretexto de entablar negociaciones. En 1220 en la pequeña ciudad de Lavaur los «cruzados» reinciden en sus depredaciones: todos los habitantes, sin distinción de confesión, de edad o de sexo, son pasados por el filo de la espada, y la castellana del lugar, Geralda, es arrojada viva a un pozo, que se llena de piedras. Los cátaros muestran así la medida de su valentía y de su fe. En Goslar, prefieren ser colgados antes que desollar un pollo. En Minerva, en el Hérault, donde se rinden a Simón de Montfort después de una resistencia encarnizada, 150 herejes se lanzan voluntariamente dentro de las llamas cantando cánticos.

     Allí donde el genio humano parecía haberse concentrado, reposan más de un millón de muertos, es decir, más de lo que costó la supresión de todas las otras herejías.

     La causa principal de la gran matanza albigense, la causa oculta, pero la verdadera causa, había sido que el secreto de los santuarios, la antigua enseñanza de los misterios tan celosamente guardada en todos los templos del mundo por todas las cofradías, había sido revelada. Había sido revelada y se había comprendido que lo que acontecía en este tiempo aún no había sido visto en la Historia del Universo.

     No obstante, Montségur, templo del catarismo, se levantaba todavía, como un desafío a la ortodoxia, con sus murallas invioladas. Ya en 1209, Guy de Montfort había retrocedido ante el difícil asedio de esta montaña. El asesinato de los inquisidores dominicos de Avignonet había de decidir el asedio y caída de la fortaleza. La empresa del Pog comenzó en la primavera del año 1243, pero, seis meses más tarde, el asedio no había progresado. Los cátaros, que se beneficiaban de numerosas complicidades en todos los países, y sin duda también dentro del ejército Real, se comunicaban con el exterior. Mensajes de aliento procedían de Italia, del Sacro Imperio Germánico, e incluso de Constantinopla. El obispo cátaro Bertrand d'En Marti alentaba a los asediados. Finalmente, el senescal de Carcasona, Hugues de Arcis, que dirigía la «cruzada», pudo, gracias a la traición, terminar con la resistencia. Un guía, que conocía un camino secreto, condujo a un grupo armado a la plataforma de la cumbre. La crónica relata que, al día siguiente de dicha escalada nocturna (que tuvo lugar una noche de Diciembre de 1243), los voluntarios se sobresaltaron de horror ante la vista del inconcebible camino recorrido durante la noche. A partir de aquí, la rendición de la fortaleza no fue más que una cuestión de tiempo. El 1º de Marzo de 1244 se firmó una tregua por las dos partes, y el 16 de Marzo la ciudadela se rindió. Doscientos cátaros, entre ellos cincuenta perfectos, que se negaban a abjurar de su creencia, prefirieron morir en la hoguera, erigida en un campo que recuerda, por su nombre, el sacrificio de los «herejes»: el «Camp deis Cremats».

     Por lo que se refiere al tesoro de los herejes, Pierre Roger de Mirepoix fue autorizado para decomisarlo. Consistía en objetos preciosos, monedas de oro y de plata. Pero, ¿qué ocurría con el verdadero tesoro de los cátaros, espiritual éste, el Graal? Los documentos de la Inquisición confirman que, en la noche anterior a la capitulación, cuatro albigenses fueron descendidos mediante cuerdas a lo largo de la vertiginosa pared (Amiel Aicart, Poitevin, Hugues y Alfaro) y consiguieron escapar a las montañas, llevándose con ellos el objeto sagrado. La tradición cuenta que, cuando el Graal estuvo a salvo, una llama alumbró sobre la vecina montaña de Bidorta, anunciando a los cátaros de la fortaleza que podían morir en paz. La piedra Graal, o libro sagrado, fue, sin duda, ocultada en una de las numerosas grutas del Sabarthez, lo que aclara la leyenda que recogió Otto Rahn de boca de un viejo pastor:

     «En el tiempo en que las murallas de Montségur se elevaban todavía, los cátaros guardaban allí el santo Graal. Pero Montségur estaba amenazado. Los ejércitos de Lucifer asediaban sus murallas. Éstos querían el Graal, para volver a insertarlo en la diadema de su príncipe, de donde se había desprendido cuando tuvo lugar la caída de los ángeles. Entonces, en el momento más crítico, descendió del cielo una paloma blanca, que, con su pico, hendió en dos partes el Monte Tabor. Esclarmonde, la guardiana del Graal, lanzó en el interior de la montaña la joya sagrada. La montaña volvió a cerrarse, y así fue salvado el Graal. Cuando los demonios entraron en el castillo fortificado, llegaron demasiado tarde. Furiosos, hicieron perecer por el fuego a todos los puros, no lejos de la roca que sostiene el castillo, en el "Camp deis Cremats", el Campo de la Hoguera...».

     «Todos los puros perecieron por el fuego, excepto Esclarmonde de Foix. Cuando ella tuvo conocimiento de que el Graal estaba en lugar seguro, subió a la cumbre del Tabor, se transformó en paloma blanca y voló hacia las montañas de Asia. Esclarmonde no ha muerto. Hoy vive todavía, allá abajo, en el Paraíso Terrestre».–





2 comentarios:

  1. Gran crónica, así da gusto

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  2. JUDERÍA ORGANIZADA, DESTRUCTORES de la civilización occidental.

    El mejor artículo que he leído exponiendo a los judíos: promotores del multiculturalismo, feminismo, mestizaje, globalización, propaganda homosexual, etc.

    http://alertajudiada.com/2014/06/22/juderia-organizada-destructores-de-la-civilizacion-occidental/

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