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lunes, 15 de diciembre de 2014

James Thornton - Aspectos de la Crisis de Inmigración



     Del sitio library.flawlesslogic.com hemos tomado para presentar en castellano el siguiente artículo del ex-sacerdote estadounidense (católico Ortodoxo) James Thornton, de quien ya presentamos hace tres meses otro artículo. En éste de ahora, sin indicación de fecha pero aparentemente de 1996 o poco más, el autor analiza los graves efectos del pernicioso y antinatural asunto de la inmigración masiva, sobre todo de gente no tradicionalmente europea, en Estados Unidos, permisividad que derivaría filosóficamente (juntamente con la traicionera Ley de Inmigración de 1965) de los ideólogos del período de la Ilustración francesa, cuna de tantas Revoluciones posteriores, al proponer nuevos conceptos del ser humano, falazmente considerado entonces como culturalmente equivalente en cualquier ámbito, y cuyo actual promotor, de dicha opinión, es "el repugnante y funesto movimiento conocido como multiculturalismo", según dice el autor.


Aspectos de la Crisis de Inmigración
por James Thornton



     En una parte de una muy buena colección de [cuatro] ensayos del filósofo español José Ortega y Gasset, publicada en inglés hace cincuenta años bajo el título de Concordia y Libertad [1946], leemos acerca de la angustia del estadista romano Cicerón por el hecho de que su país, su amada Roma, estaba profundamente hundido en la crisis —una crisis mortal según resultó— y que el estilo de vida, dado por hecho, que todos los romanos tuvieron durante siglos como parte del orden establecido del universo, se estaba derrumbando y sería pronto una mera acumulación de recuerdos. Entre esos recuerdos, por supuesto, estaban la libertad romana y el famoso sistema republicano romano. Cicerón dio expresión a la creencia de que algo más profundo estaba en la raíz de las mortificaciones romanas, algo que hacía que la crisis que él percibía fuera diferente de la experimentada en perturbaciones anteriores. Los mismos fundamentos de la existencia romana, como ellos siempre habían sido entendidos, estaban amenazados. Como Ortega y Gasset dijo, "lo que Cicerón percibía en su derredor. No una lucha acaso más violenta que las anteriores, dentro del ámbito humano que había siempre sido la sociedad romana, sino la destrucción total de ésta" [1].

[1. José Ortega y Gasset, Del Imperio Romano, 1940. Obras Completas, tomo VI, p. 58, Revista de Occidente, Madrid, 6ª ed. 1964. NdelT].

     Cicerón notó que en el pasado los romanos a menudo discrepaban, e incluso discrepaban fuertemente, pero ésos habían sido choques entre miembros de una gran familia; por así decirlo, entre amigos. Los adversarios en las disputas políticas no eran enemigos mortales, y la amistad continuaba bajo la superficie. "Un desacuerdo era llamado una disputa entre amigos, no una pelea entre enemigos", escribió Cicerón. Esto era así porque, aunque ellos discutieran unos con otros sobre cuestiones transitorias, en el fondo todos concordaban en lo fundamental: las creencias acerca de la vida, acerca del universo, sobre religión, sobre normas morales, sobre principios legales, etcétera. Este acuerdo en lo fundamental, incluso entre adversarios, Cicerón lo llamaba concordia. Bajo todas las formas no despóticas de gobierno, la concordia —el acuerdo en lo fundamental— es obviamente algo esencial. La ausencia de concordia entre los romanos del tiempo de Cicerón, dice Ortega y Gasset, significaba que la estructura interna de la antigua vida romana había sido fracturada más allá del punto de reparación.

     Es sin lugar a dudas evidente que Estados Unidos enfrenta una crisis similar hoy en día, que la gran reserva de concordia que antes bendijo esta tierra está siendo rápidamente vaciada, y que un componente principal en este melancólico proceso es la masiva inmigración desde el Tercer Mundo.

     A menos que nosotros los estadounidenses deseemos unirnos a la legión de civilizaciones extinguidas en la Historia, creo que sobre este asunto de la inmigración debemos ser absolutamente honestos. No debemos permitir que nuestros adversarios elijan nuestras armas y nuestro campo de batalla. Debemos dejar de lado vigorosamente las gafas de color de rosa del sentimentalismo hipócrita y del falso humanitarismo que son promovidos en los medios de comunicación. Debemos desechar todas las vacías perogrulladas de políticos egoístas, las acusaciones gratuitas de "intolerancia" y "racismo", y el grito chillón de grupos especiales de presión. Como estadounidenses patrióticos, debemos ser verídicos entre nosotros mismos. Debemos procurar entender lo que la inmigración debería ser y lo que no.

     Antes de hace treinta años atrás, los inmigrantes que venían a este país eran en su mayor parte atraídos por el renombre de Estados Unidos como una tierra de libertad y oportunidades. Las leyes y las costumbres que entonces prevalecían requerían inmigrantes que buscaran sus destinos individuales mediante su propia labor y determinación. Lo que llamamos "redes de protección" eran inexistentes para los inmigrantes antes de 1965, y de esa manera la emigración a Estados Unidos era rara vez una cosa fácil. Visto en conjunto, la inmigración de viejo estilo era en gran parte un factor positivo para este país.

     La Ley de Inmigración de 1965 fue una dramática ruptura con el pasado. Ella deliberadamente ignoró la deseabilidad de mantener la composición existente, predominantemente europea, del país; ignoró cuestiones acerca de la capacidad de los inmigrantes para asimilarse exitosamente en la corriente principal estadounidense, e ignoró los enormes problemas que probablemente surgirían por un aumento del delito, la pobreza, la enfermedad y los conflictos étnicos. Todo esto fue hecho entre muchas estadísticas engañosas y muchas garantías vacías de los medios liberales de comunicación y de los políticos. Mientras que, previamente, a los inmigrantes del Tercer Mundo se les permitía entrar en el país sólo en cantidades muy pequeñas, la ley de 1965 favoreció de manera abrumadora al Tercer Mundo.

     Los estadounidenses están pagando un alto precio por la irresponsabilidad de los políticos liberales que tramaron la Ley de Inmigración de 1965, que permite que aproximadamente un millón de personas, casi enteramente del Tercer Mundo, emigren legalmente a Estados Unidos cada año. Consideremos algunas de las muchas formas en que los estadounidenses pagan, tanto en dólares como en costos sociales negativos. Según el profesor Donald Huddle de la Rice University, después de calcular y descontar los impuestos pagados por los inmigrantes, la inmigración le costó a este país 52.000 millones de dólares sólo en 1994, pagados por el contribuyente estadounidense.

     Desde la aprobación de la Ley de Inmigración de 1965, los estadounidenses, particularmente aquellos de las áreas urbanas, han visto cambios de sus vecindades y comunidades que habrían desafiado la capacidad de la mente para imaginárselos hace 30 ó 40 años. El delito, la guerra de pandillas, los tiroteos arbitrarios, los ataques contra la policía, los disturbios y los conflictos étnicos son omnipresentes. Enfermedades contagiosas que nunca habían existido (o no habían existido durante siglos) en Europa Occidental y Norteamérica han aparecido de repente en nuestro medio. La lucha social y las tensiones políticas abundan. Las leyes, los hábitos y las costumbres de larga data han sido exitosamente desafiadas y socavadas. Los contribuyentes han sido sometidos a enormes nuevas cargas, mientras las agencias de bienestar y los sistemas escolares están desbordados. La inmigración desde el Tercer Mundo no ha enriquecido ni mejorado el estilo de vida norteamericano. Más bien, como veremos, esto es un ataque deliberado contra nuestro país y su estilo de vida.

     Como si esto no fuera bastante, nuevas preocupaciones y horrores están descendiendo sobre los estadounidenses debido a enormes olas de inmigración ilegal (1,5 a 2 millones de personas por año, según algunas estimaciones, aproximadamente 5.000 cada 24 horas), también el resultado de la singular tontería y egoísmo de los políticos del Gran Gobierno en Washington.

     Cuatrocientos extranjeros ilegales son añadidos cada mes al sistema de prisiones de California. Los extranjeros ilegales representan el 90% del tráfico de narcóticos en Santa Ana, California. Ellos están involucrados en un tercio de las violaciones y en un 25% de los robos en el condado de San Diego. Ellos cometen más de la mitad de los homicidios en el condado de Orange. La asistencia médica total para los emigrantes ilegales cuesta más de 200 millones de dólares cada año sólo en el condado de Los Ángeles, lo que no es sorprendente puesto que en aquel condado el 80% de los nacimientos totales en hospitales financiados públicamente corresponde a residentes ilegales. Otros 100 millones de dólares en gastos añadidos dentro del sistema de justicia penal vienen de la invasión inmigratoria. A nivel estatal, el costo para los contribuyentes por los emigrantes ilegales es superior a 3.000 millones de dólares. No es de extrañar que nuestro pobre "Estado dorado" [California] esté en tal problema.

     Está claro para la gente que tiene ojos para ver y oídos para oír, la gente que piensa con su mente y no con sus glándulas, que la raza humana está dotada con una variedad asombrosa. Las generaciones anteriores de estadounidenses sabían que en la mayoría de los casos, lo que es llamado ahora poblaciones del Tercer Mundo, por su misma naturaleza, son temperamentalmente diferentes de los cristianos europeos que colonizaron Norteamérica, le dieron forma a Estados Unidos, idearon su sistema de leyes y engendraron sus instituciones libres.

     En su composición étnica y cultural, Estados Unidos siempre ha sido predominantemente europeo, y siempre ha sido europeo en su carácter religioso. Las fuentes de nociones fundamentalmente estadounidenses tales como el individualismo, el imperio de la ley, la propiedad privada, la libertad política y el gobierno limitado, por mencionar sólo unas cuantas, se derivan de sistemas de pensamiento filosófico y político que son únicamente europeos, que son en efecto la gloria suprema del hombre europeo. Estos sistemas de pensamiento surgen de una asombrosa síntesis de ideas que no tiene ningún paralelo en el mundo o en toda la Historia fuera de Europa, y que evocan los experimentos de auto-gobierno llevados a cabo por los antiguos griegos. Sin su fundamento europeo, Estados Unidos no habría tenido una Constitución o una Declaración de Derechos, libertad política o individualismo, el imperio de la ley o el concepto del gobierno limitado. Así, nuestra herencia europea no es causa de vergüenza, como a los multiculturalistas les gustaria que fuera, sino de orgullo. Además, es con nuestros antepasados europeos con quienes los estadounidenses tenemos una deuda de gratitud eterna por las libertades que han bendecido nuestras vidas durante más de 200 años. En otras partes, por supuesto, fuera de Europa y Norteamérica, el despotismo ha sido la ley inmutable a través de todas las épocas, y ha sido profundamente inculcado en muchas de las culturas del mundo durante milenios; y la cultura es una de las fuerzas más poderosas en el mundo.

     Ahora, si nuestro estilo de vida nacional y forma de gobierno se derivan de una herencia cultural europea que pertenece a una mayoría de estadounidenses, su preservación depende de la existencia continuada de aquella misma mayoría, una mayoría que comparte un conjunto de creencias y valores básicos, y una común lengua, cultura y experiencia histórica. Usted recordará que Cicerón llamó a aquello concordia.

     Estados Unidos siempre ha tenido pequeñas cantidades de no-europeos viviendo aquí, y esto raramente ha causado problemas, porque la cultura de la mayoría permaneció fuerte e intacta, y permaneció como el criterio para cada uno. Lo que puede ser posible en una escala muy pequeña, sin embargo, no es posible a una escala enorme. Hablando cultural e históricamente, los representantes de culturas diferentes no son intercambiables, y gente no-europea en cantidades enormes simplemente no puede ser asimilada en un ambiente occidental, y, aún en las mejores circunstancias, no pueden absorber las sutilezas y los matices de nuestra herencia.

     ¿Cuáles son algunas de esas sutilezas y matices? Lawrence Auster, el brillante autor de The Path to National Suicide, cita varias. Ellas incluyen, entre otras, que la gente debería estar libre de un control externo; que los individuos deberían ser independientes y que el gobierno local debería tener un alto grado de independencia; que los acusados en un tribunal deben ser considerados inocentes mientras no se demuestre que son culpables y que ellos deben ser protegidos contra la auto-incriminación; que la tradición de la oposición leal gobierna la relación entre las diversas facciones políticas; y que la libertad de expresión permanece como un principio fundamental. Esta lista no es de ningún modo exhaustiva, y muchas otras cosas también podrían ser mencionadas. El punto crucial es que la mayoría de estos conceptos son completamente desconocidos o pobremente entendidos a través de todo el Tercer Mundo, incluso en sus países más prósperos. Algunos de estos conceptos se encuentran exclusivamente en naciones de habla inglesa. Es claro, entonces, que la enorme marejada de inmigrantes desde el Tercer Mundo desbordará pronto el marco más básico sobre el cual fue creado Estados Unidos. Aquellos derechos de que disfrutan los pueblos de todas las razas y orígenes étnicos en Estados Unidos, desaparecerán. Los aspectos lingüísticos, legales, religiosos, morales, culturales y políticos de nuestra herencia y de nuestra existencia diaria serán transformados y alterados total y permanentemente.

     Por eso el manejo de las actuales políticas de inmigración, como si estuviésemos en el contexto de las políticas del siglo pasado [XIX], es fundamentalmente deshonesto. Los inmigrantes del siglo XIX, sobre todo de varias naciones de Europa, en verdad se adaptaron con éxito a la vida en Estados Unidos, asimilaron nuestra cultura derivada de la británica, e hicieron contribuciones en gran parte positivas a nuestro país porque ellos eran europeos, y de modo compartieron, hablando en general, la herencia greco-romano-cristiana que sustenta la cultura de todas las naciones europeas.

     Los no-europeos que vienen a Estados Unidos por motivos económicos y que encuentran la sociedad y la cultura estadounidense muy diferente de la sociedad y la cultura de sus tierras de origen, no sólo dejan de asimilarse sino que tienden naturalmente a tratar de alterar el país que han adoptado de modo que éste se parezca más estrechamente al país que ellos abandonaron, que es por lo cual ellos atacan monumentos históricos como El Álamo, y desprecian a los Fundadores y los héroes del este país como "racistas", "codiciosos acaparadores de tierras", etcétera. Aquella propensión es una función de la naturaleza humana, que fue comprendida, curiosamente, por nuestros ancestros. Respecto a esta tendencia, Thomas Jefferson escribió en 1782: "Ellos [los inmigrantes foráneos] traerán consigo los principios de gobierno que ellos han abandonado, asimilados en su temprana juventud... Ellos transmitirán a sus hijos sus principios, junto con su lenguaje. En proporción a su cantidad, ellos compartirán con nosotros en la legislación. Ellos infundirán en ella su espíritu, torcerán e influirán en su dirección, y la convertirán en una masa heterogénea, incoherente e insana".


     Alexander Hamilton enfatizó su convicción de que es vital un fundamento cultural común. Él declaró: "La seguridad de una república depende de la energía de un sentimiento nacional común, de la uniformidad de principios y hábitos, y de que los ciudadanos se aparten de tendencias extranjeras".

     Hamilton prosigue advirtiendo a los estadounidenses que estén alerta frente a los riesgos inherentes que hay en la inmigración masiva. El mejor curso, él señala, sería "hacer que la gente de este país fuera tan homogénea como sea posible" ya que ello "debe servir, tanto como cualquier otra circunstancia, a la permanencia de su unión y prosperidad". Fíjemonos nuevamente en el tema de la concordia. Hamilton probablemente sacó aquí su idea de su lectura de Cicerón. Sus respectivos entendimientos son prácticamente idénticos. Hamilton habla de homogeneidad y de un sentimiento nacional común, Cicerón habla de concordia y de una unanimidad de opinión en ciertos asuntos de fondo. Esta concordia, escribió Cicerón, es "el mejor vínculo de unión permanente en cualquier república". Y, la concordia, mis amigos, no es posible que exista en Estados multiculturales.

     En otras palabras, mientras más culturalmente parecido es un pueblo, más propicias son las perspectivas a largo plazo para cualquier sociedad o nación. George Washington, Benjamin Franklin, James Madison, John Adams, Fisher Ames, y muchos otros de los Fundadores y redactores de la Constitución hablaron de manera similar. Ninguno sufrió de aquella extraña enfermedad, tan frecuente hoy en día, en la que cualquier cultura de la Tierra —sobre todo la más primitiva— es valorada más altamente que la nuestra propia. Ninguno se sintió inclinado a someterse ante intereses especiales o a actuar servilmente ante ideólogos subversivos que blanden estúpidos garrotes verbales, como la palabra "racista", una palabra completamente carente de significado objetivo, una palabra creada expresamente para silenciar el debate.

     Por el contrario, los Fundadores proclamaron lo que debe ser visto como un consenso sólido sobre dicha materia: la inmigración es un asunto grave, que requiere enorme vigilancia y que posee un auténtico potencial para la calamidad. Más aún, la aseveración de que los límites puestos sobre la inmigración son de alguna manera anti-estadounidenses se ha demostrado como falsa por las mismas palabras de los Fundadores de este país.

     Una de las características más importantes que divide al verdadero conservador del liberal moderno es que los conservadores son capaces de aprender del pasado y de aplicar lo que ellos aprenden al funcionamiento del futuro. Los liberales, a modo de contraste, son totalmente sordos y ciegos tanto ante el pasado como ante el futuro, lo que explica, en parte, su avidez para adoptar, sin la menor inquietud, las fracasadas panaceas y los patéticos errores garrafales de antaño.

     Este moderno modo de pensar liberal es la creación filosófica directa de aquel cuerpo de creencias que surgieron hace dos siglos, durante el llamado período de la Ilustración. En aquel entonces, los filósofos seculares desarrollaron una noción de los seres humanos que era singularmente superficial.

     Además, esos teóricos radicales postularon que el Hombre es fundamentalmente bueno y que es una criatura tan maleable que mediante una ingeniería social podría ser fabricado un "Hombre Nuevo". La Revolución francesa, la Revolución bolchevique, los movimientos socialistas, y el moderno Estado benefactor, todos tienen su fuente en aquellas teorías, y los colosales montículos de cadáveres producidos por muchos de esos experimentos dan un lúgubre testimonio del error y crueldad de aquella escuela de pensamiento. No me extraña que el gran Edmund Burke llamara a los instigadores de esas pedanterías como "Filósofos del Caos". La noción de que pueblos distintos son intercambiables y de que pueden ser forzados a vivir juntos con impunidad también está relacionada con las mismas ideas fantasiosas, y genera las mismas consecuencias trágicas.

     El tradicional punto de vista cristiano reconoce que las personas son naturalmente inclinadas a vivir en comunidades de su propia gente, lo que ahora llamamos naciones. El presidente de la Fundación Estadounidense para el Control de la Inmigración (AICF), John Vinson, observa en un artículo reciente que "Dios aborrece la mezcla de todos los pueblos en un único Estado mundial. Él derrotó tal plan en Babel". Vinson luego dice que Dios mismo "dividió las naciones y puso límites entre ellas", y agrega que "el carácter de nación no es un arreglo humano arbitrario sino un principio del orden divino. La separación de pueblos inmensamente diferentes ayuda a reducir el conflicto y promueve la diversidad fructífera. La inmigración masiva descontrolada destruye el orden de Dios. El amor y la compasión se desempeñan pobremente en el Caos, y también en la tiranía que sigue al caos". De este modo, tal como la oposición a la inmigración sin restricción no es anti-estadounidense, como lo demostramos mediante citas de los Padres Fundadores, del mismo modo hemos mostrado ahora claramente que tampoco es anti-cristiana.

     Cuando se me dice que tal oposición es anti-cristiana, por lo general respondo que no conozco ningún pasaje de la Sagrada Escritura, o ninguna enseñanza en la tradición cristiana, que requiera que una nación cometa suicidio. Las completos disparates que se hacen pasar como cristianismo entre los izquierdistas no provienen de ninguna tradición cristiana sino que más bien son la progenie imbécil del liberalismo, con su dogma hereje de la bondad innata de la Humanidad (el "buen salvaje" y tonterías similares) y su fe en la perfectibilidad terrenal del Hombre. Esto es la falsa religión del humanismo secular adornado con las vestiduras externas de un cristianismo desintegrado, politizado y falsificado, un credo apropiado sólo para gente que ya no cree en una realidad espiritual, quienes ya no poseen ninguna capacidad para el pensamiento crítico, y que carecen de cualquier memoria histórica o sentido histórico en absoluto. Así que no escuchemos más acerca de ninguna exigencia que se le haga a los cristianos para que permanezcan pasivos mientras ellos, y sus familias y sus patrias y su religión y su cultura, desaparecen de la faz de la Tierra. No existe ningún tal requisito.

     Y entonces está claro que los utopistas contradicen la verdad de la religión y la verdad de la Historia, ya que los seres humanos no son naturalmente buenos y nobles y, por ello, las sociedades y las culturas humanas no se relacionan unas con otras de las maneras en que los utopistas sostienen que ellas lo hacen. De hecho, la mayor parte de las sociedades del mundo no son tolerantes, no son caritativas, no son magnánimas, y no son imparciales frente a los representantes de otras culturas que resultan vivir dentro de sus propias fronteras. Los acontecimientos de la Historia así como los de nuestro propio tiempo sirven para demostrar el punto.

     Incluso en este mismo momento, mientras estamos sentados cómodamente en nuestras sillas en nuestros hermosos cuartos, los seres humanos están rompiendo a pedazos las sociedades en las cuales poblaciones culturalmente dispares han sido puestas juntas. La letanía de la catástrofe humana es aparentemente interminable: los crueles conflictos que asedian a Ruanda, Nigeria, Sudáfrica, el subcontinente indio, Rusia y los Balcanes, son sólo las ilustraciones más recientes de aquel fenómeno de grupos culturales hostiles que dan rienda suelta a un impulso tan agudamente descrito por Samuel Francis como "compulsiones secretas por derramar la sangre de los otros". Ése es el horror que los entusiastas de la inmigración y los multiculturalistas están trayendo a Estados Unidos.

     La Historia claramente muestra que las naciones, tanto las antiguas como las modernas, en las cuales la mayoría de los ciudadanos comparten poco excepto la diversidad, sufren de tensas relaciones sociales en curso, agitaciones y caos, que pueden ser mitigados sólo recurriendo a la tiranía.

     Los filósofos utópicos creen que la naturaleza humana es infinitamente cambiable, y que uno puede armar la sociedad en cualquier forma o hechura que uno desee. ¡Eso no es verdad!. No puede haber ninguna verdadera comunidad nacional y, yendo más al punto, no puede haber ninguna libertad en países donde la mayoría de la gente tiene poco en común. La libertad es el producto de la concordia social, política y religiosa.

     En relación a las opiniones de los Padres Fundadores, hemos mencionado ya la propensión de los inmigrantes a tratar de cambiar su nueva patria de modo que ésta simule más cercanamente las tierras de las cuales ellos vinieron. Cuando Estados Unidos estaba todavía interiormente robusto, y cuando nuestra creencia en la superioridad de nuestro estilo de vida norteamericano no estaba todavía diluída, a los inmigrantes no se les dio la posibilidad para hacer esto. "Adáptese o váyase", era la actitud vigente en aquellos días. En estos años de cierre del siglo XX no somos tan afortunados. Por ejemplo, ciertas expresiones públicas de devoción religiosa y el despliegue público de símbolos religiosos tradicionales han sido prohibidos por algunos tribunales como "ofensivos" para los nuevos ciudadanos de otros orígenes.

     Las leyes de Acción Afirmativa [discriminación inversa] están siendo usadas en beneficio de los inmigrantes recientemente llegados para forzar el "equilibrio racial" en lugares de empleos y para ampliar los privilegios especiales de los cuales no disfruta la mayoría estadounidense. Muchos extranjeros se han organizado en grupos de presión y organizaciones radicales para hacer campañas a favor de donaciones adicionales y más de los así llamados "derechos".

     Ahora bien, nada de esto habría sido siquiera posible si no fuera por el repugnante y funesto movimiento conocido como multiculturalismo. Lawrence Auster relata que los multiculturalistas ven a los estadounidenses, y a la sociedad norteamericana en general, como intrínsecamente "racistas". Por esta razón, según la opinión de ellos, Estados Unidos sólo puede redimirse cuando deje de existir, es decir, cuando su civilización, y la mayoría europea que creó y fomentó aquella civilización, hayan desaparecido para siempre.

     Ése es su objetivo, verdadero de los políticos izquierdistas y doblemente verdadero de aquellos "conservadores" del Establishment que apoyaron el NAFTA [Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte] y el GATT [Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio] y que nos traicionan cada vez que la oportunidad se presenta. Éstos son los hombres que, como dijo Samuel Francis, "han olvidado lo que significa la civilización y han llegado a considerar su propia nación como una barrera para ser rota y relegada al olvido".

     En su libro más reciente [1995], titulado La Cuestión Rusa al Final de Siglo XX, Aleksandr Solzhenitsyn, el gran filósofo cristiano e historiador de aquel calvario del pueblo ruso conocido como Bolchevismo, advierte a sus lectores de un nuevo peligro para todos los pueblos de este mundo. Él dice: "La ola vulgar e insípida que procura nivelar las diferencias entre culturas, tradiciones, nacionalidades y caracteres, ha sumergido al planeta entero". Este mal intenta el reemplazo de la sabiduría de Dios por la del Hombre, y, según Solzhenitsyn, aquellos que sobrevivan serán aquellas personas que "resistan esta embestida, inquebrantables, e incluso con sus cabezas en alto". Él suplica a su propio pueblo que esté entre aquellos que resisten, ya que si ellos no lo hacen, escribe él, entonces «en otro siglo puede llegar el momento para eliminar la palabra "ruso" del diccionario».

     Nuestra tarea, aquí en Estados Unidos, no es diferente y no es menos ardua. Si llegáramos a fracasar —Dios no lo permita— entonces en menos de un siglo llegará el tiempo en que la palabra "estadounidense" pueda ser sacada del diccionario, o si la palabra sobrevive de algún modo, entonces la definición habrá quedado tan fundamentalmente transmutada que habrá desaparecido en su espíritu, si es que no en la realidad.

     Por nuestros maravillosos antepasados que crearon esta tierra gloriosa, por nuestros hijos y los hijos de ellos, por todos aquellos del pasado y del futuro, debemos comprometernos a seguir la advertencia de Solzhenitsyn, debemos resistir esta embestida contra nuestra tradición, nuestra cultura, nuestra civilización cristiano-europea, y nuestro estilo de vida único. Debemos ser absolutamente firmes, como lo fueron nuestros antepasados hace 200 años. No debemos nunca, jamás, retroceder con un miedo cobarde ante las palabras imbéciles que nuestros adversarios lanzan sobre nosotros, como "racista", "intolerante", "fascista", y basuras similares.

     Así como nuestros antepasados fueron despreciadores de las balas y las bombas de sus enemigos —un asunto mucho más serio que meras palabras—, del mismo modo nosotros debemos ser despectivos hacia las tonterías pueriles que nuestros actuales adversarios arrojan contra nosotros. Con la gracia de Dios, con la determinación y ayuda de ustedes, con las cabezas en alto, tomando la armadura del coraje de Washington, Jackson, Lee, Grant, MacArthur, Lindbergh y otros mil héroes —el coraje que está personificado en la misma palabra "estadounidense"—, no es posible que podamos perder, sino que debemos ganar el triunfo final.–





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