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lunes, 1 de diciembre de 2014

Ibn Asad - Sobre Arquitectura y Obeliscos



     Del escritor español Ibn Asad presentamos ahora el capítulo 7 de su libro "La Danza Final de Kali" publicado en 2010 y que generosamente su autor ha puesto a disposición de quienquiera. En esta sección hace unas importantes definiciones con respecto a lo que hay detrás de ciertas obras arquitectónicas y de cómo la construcción de los estilos modernos responden a ciertos objetivos de unas cuantas élites. Sin duda algunos conceptos y datos no quedan del todo claros, problema que obviamente se subsana si se examina su libro completo. Sin embargo, aunque superficialmente uno pueda no estar de acuerdo con todo lo que propone, tiene razones verdaderas dentro de su discernimiento.


CAPÍTULO 7
LOS SIETE OBELISCOS MAYORES
por Ibn Asad



     En el capítulo anterior, La Madre Naturaleza Ambientalista, se expusieron brevísimamente generalidades simbólicas sobre el Principio Femenino Primordial como una base mínima para comprender el lenguaje invertido utilizado actualmente por el Establishment en su "Movimiento ambientalista". Este exceso de brevedad —inevitable si queremos dar a este libro una cierta agilidad— supone dar por sabidas y comprendidas ciertas cosas que el lector no tiene obligación alguna de saber ni comprender. En ese caso, es nuestro deber velar por que esa brevedad vaya acompañada por rigor y capacidad de síntesis. En última instancia, sólo nos interesa la verdad (no su "enunciación" o su "posesión", si es que esto fuera posible). (...)

     Para dar una visión más completa de aquella que comenzamos con el Principio Femenino Primordial, abordaremos en esta ocasión el Principio Masculino Primordial (de nuevo repetimos: brevísimamente) como base para lo que aquí nos ocupa: dar algunas generalidades sobre la inversión de la actividad arquitectónica humana, introducir al lector en la teoría de las estructuras de campos de energía, y profundizar en algo relacionado con esto último que, a nuestro parecer, resulta de suma importancia en la construcción del mundo moderno: los obeliscos egipcios ubicados en puntos clave para el control territorial, político, y psicológico de la presente Humanidad.


EL PRINCIPIO MASCULINO PRIMORDIAL

     Ya hablamos brevemente sobre el Principio Femenino Primordial y su simbolismo, como entidad de la pareja primordial que el samkhya refiere como purusha y prakriti. También señalamos la relación de esta última con la "Tierra", relación que se complementará con la relación simbólica de purusha con el "Cielo". Purusha será el principio metafísico relacionado con el "cielo", con el "arriba", y con lo "inmutable". Geométricamente, este principio estará asociado al "punto", a la "esfera", al "disco". Dentro del simbolismo relacionado con la agricultura donde prakriti sería —como ya vimos— la "tierra húmeda", "matriz" y "recepctáculo", purusha sería el "Sol", o más exactamente, el "rayo de Sol", la "luz solar" que hace la germinación cósmica posible. Ese "Sol" simbólico estaría asociado a su vez al "toro" (la raíz germánica gott, "toro", sería el origen de la voz inglesa God), al "macho", y, en definitiva, al "varón", en una oposición complementaria con la "Luna" como símbolo de la receptividad de la "Tierra", de la prakriti, de la "mujer".

     Este "Sol" primordial se correspondería con el Tiempo (en el sentido absoluto; kâla, en sánscrito, kairos, en griego), como producto cosmológico del cual surgirían secundariamente las dos mediciones de dicho tiempo (los dos calendarios, el solar y el lunar), una basada en la órbita de la Tierra alrededor del Sol, y otra basada en la reflexión de la luz solar en la superficie lunar. Este Tiempo absoluto (y su medición, en griego, kronos) estará representado por el círculo zodiacal, dividido en dos solsticios y dos equinoccios que conforman cuatro secciones circulares formadas por cuatro ángulos rectos. Esta esfera dividida en cuadrantes con una cruz inscrita, aparece en lo que comúnmente se designa (a nuestro parecer sin mucha exactitud) como "cruz celta". Todo este simbolismo asociado al "Sol primordial-tiempo" se deja ver en las innumerables estelas, discos solares y svásticas, presentes en todas las tradiciones de las que se tiene conocimiento.

     Además, todo ello siempre estará acompañando al dios-héroe-macho de cada una de las tradiciones y civilizaciones: Nimrod en Babilonia, Zoroastro para los iranios, Quetzalcóatl para los aztecas, Osiris para los egipcios, Mahavira para los jainas, Krishna para los indoarios, Gautama para los budistas, Orfeo, Mitra, Dionisos, Baco... posteriormente en las escuelas mistéricas mediterráneas, y, por supuesto, en el Jesús del cristianismo, "luz del mundo" según varias citas neotestamentarias. No vamos a enumerar las referencias simbólicas del "sol primordial" con cualquiera de estos dioses-héroes-macho porque resultan literalmente inagotables, además de obvias para cualquier persona mínimamente atenta. Por lo demás, todo esto se desviaría de la exposición del simbolismo que aquí nos interesa para el objeto del capítulo: El Principio Masculino Primordial, el purusha referido como "sol-centro-tiempo-macho".

     Ese "macho" se manifiesta en el espacio con el "eje vertical", con la "verticalidad", con la "coordenada y" de la representación bidimensional. Por lo tanto, los símbolos "masculinos" tendrán una verticalidad preponderante. Así, los símbolos centrales de estructuras de poder y organizaciones de control del pensamiento en las cuales la autoridad y el ministerio sean exclusivamente masculinos, el eje vertical prevalecerá sobre el horizontal. Como ejemplo mejor conocido de esto último se encontrará la Iglesia católica y su "cruz". Esta verticalidad simbólica apelando a lo masculino se manifestará en la "espada", la "lanza", la "antorcha"; y en representaciones arquitectónicas como el "menhir", la "torre", o el "obelisco". Esta representación arquitectónica como expresión simbólica es lo que interesa en este caso: la arquitectura —como cualquier actividad humana— puede ejercerse conociendo, usando, o ignorando los principios metafísicos. En este caso concreto, dependiendo de la relación que esta arquitectura tenga con el Principio Masculino Primordial ya expuesto, se diferenciará entre "arquitectura sagrada", "arquitectura mágica", y "arquitectura moderna". Resulta muy importante definir e identificar estos tres conceptos, y evitar siempre una peligrosa confusión entre ellos. Intentaremos arrojar alguna luz al respecto.


ARQUITECTURA SAGRADA, ARQUITECTURA MÁGICA,
ARQUITECTURA PROFANA

     Ante todo, destacar que estas tres actividades se diferencian rigurosamente, sin tener ningún punto común entre ellas, salvo que en las tres interviene el elemento arquitectónico (por lo demás, de modos distintos). Nunca se insistirá suficiente en esto, pues estamos hablando de tres dominios completamente diferentes. Dos de esos dominios son, por lo común, ignorados o malentendidos en la actualidad, hasta el punto de que cuando se habla de "arquitectura" se sobrentiende que se está hablando de la "arquitectura profana". Además, esta ignorancia es la que pretende abordar cualquier elemento arquitectónico de cualquier tradición y de cualquier época, a través de la perspectiva de la "arquitectura profana", la cual no es sino la concepción arquitectónica de la modernidad. Por ello, explicaremos estas tres actividades brevemente pero con detalle con respecto a sus diferencias, en un orden que —además de ser el propio al proceso de manifestación— también puede asociarse (si bien no estrictamente) a cierto flujo temporal histórico.


Arquitectura Sagrada

     Desde una perspectiva primordial, toda actividad humana se lleva a cabo conforme a unos principios metafísicos que suponen ser el centro de todo arte y ciencia (estando estos dos conceptos completamente unidos). Así, la actividad arquitectónica sería –con rigor– un medio de conocimiento de esos principios; y el elemento arquitectónico, un símbolo de conocimiento y un soporte de transmisión gnoseológica. Por supuesto, actualmente se ignora la naturaleza de esta arquitectura. No sólo eso: se osa interpretar los escasos vestigios de "arquitectura sagrada" al modo moderno, extrayendo unas conclusiones que serían cómicas si no fuera por sus tristes consecuencias. Por nuestra parte, no cometemos ese error y asumimos nuestra ignorancia: no se pueden interpretar los vestigios de este dominio, no sólo porque la arquitectura no era la misma cuando se llevaron a cabo esas obras, sino porque que el hombre tampoco era el mismo, e incluso el propio mundo no era el mismo.

     El hombre moderno –ignorando completamente estas materias– no sólo pretende "estudiar" algo sobre lo cual está incapacitado para comprender mínimamente, sino que lo convierte en su "patrimonio cultural", su "patrimonio nacional", o –peor aún– "patrimonio de la Humanidad" a través de instituciones como la UNESCO. Y la cosa no se queda ahí: los restos de esta "arquitectura sagrada" ya "patrimonizada", se llegan a convertir en un "reclamo turístico" para que masas de esclavos (llamados turistas) los fotografíen compulsivamente sin ninguna conciencia de lo que están haciendo y sus efectos. Quizá, por suerte, estos vestigios son escasos, y los académicos modernos jamás podrán ubicarlos con exactitud en su falaz tiempo histórico. De hecho, esta "arquitectura sagrada" se acostumbra a confundir (tanto espacial como temporalmente) con una "arquitectura mágica" ya propia del Kali-yuga, sumamente presente en el mundo moderno, que exponemos brevemente a continuación.


Arquitectura Mágica

     En primer lugar, es preciso definir qué es con propiedad la "magia", y qué significado deforme se le da actualmente a esta palabra. Una de esas deformaciones es atribuír a la "magia" un carácter extraordinario y maravilloso, hasta el punto que el adjetivo "mágico" usado por los mass media tiene exclusivamente este significado. Nada más lejos de la realidad: nada hay de extraordinario ni maravilloso en la "magia", sino más bien todo lo contrario. La "magia" es la aplicación del conocimiento tradicional para obtener un fin cualquiera, que puede ser interpretado como "benéfico" o "maléfico" por una subjetividad. En otras palabras: es una aplicación al servicio de un fin; por lo tanto se tratará de una actividad siempre de orden inferior, muchas de las veces de motivación ególatra, y en no pocas ocasiones con finalidades subversivas.

     Vemos entonces que la "magia" es más sinónimo de "vulgaridad" y de "degeneración" que de "maravilla", y es la propia actividad mágica la que da pie al proceso de decadencia ulterior de la actual Humanidad, lo que la tradición india designa como Kali-yuga. La "magia" –así entendida con rigor– existe como una inversión de la "iniciación": mientras el "iniciado" hace para conocer y realizarse a sí mismo, el "mago" conoce para hacer y manifestar algo exteriormente. Dado el carácter utilitarista, práctico, superficial e ignorante de la Civilización Occidental, la"magia" tendrá una importancia de primer orden, hasta el punto que en el desarrollo más postrero de la civilización, el mismo término "magia" será utilizado como slogan publicitario ("Déjate seducir por la magia de..."), medios de control mental de masas ("La magia del cine de Hollywood...") o nefastas organizaciones de manipulación y destrucción de la infancia ("La magia de Walt Disney..."). Se entenderá que nada de fantástico ni maravilloso hay en la magia; al contrario: sólo la cruda realidad de la loca ambición de algunos pocos hombres por controlarlo todo, incluídos a los propios seres humanos.

     En lo que respecta a la arquitectura, la "magia" se aplicará para modificar el campo energético de una región, un continente o toda la Tierra, y por lo tanto, para modificar también la percepción, los pensamientos y emociones de sus habitantes, generalmente con fines políticos. La "arquitectura mágic" modificará el espacio a capricho del "arquitecto mago"; será, por lo tanto, una inversión de la "arquitectura sagrada", hasta el punto de que se le puede llamar —con toda propiedad— "arquitectura sacrílega". Si hay lectores que sólo pueden permanecer incrédulos frente a estas materias, los invitamos a cuestionarse por qué son tan crédulos ante las interpretaciones oficiales de ciertas construcciones (tanto del mundo antiguo como del moderno) tan sumamente estúpidas que insultan cualquier forma de inteligencia.

     Según el academicismo moderno, el zigurat babilónico tiene precisas correspondencias astrológicas por una suerte de capricho (o –peor aún– superstición) arquitectónico (¿el arquitecto babilónico se aburría hasta tal punto que no tenía otra cosa que hacer que alinear la construcción con los movimientos celestes?); las grandes pirámides egipcias son megalómanas tumbas funerarias (¿tan cretinos pensamos que eran los faraones que creemos que exigían ser sepultados en moles de miles de toneladas y con una caprichosa forma piramidal); los obeliscos romanos son conmemoraciones de victorias bélicas y homenajes a importantes militares (¿qué maldita necesidad había de homenajear a generales a través de monolitos de incómoda extracción y aún más incómodo transporte?); la Torre Eiffel es un inservible amasijo de metal que, tras la Exposición Universal de 1889, los franceses decidieron dejar en pie como símbolo de la ciudad; la Estatua de la Libertad es un cariñoso regalito que los franceses dieron a los norteamericanos como monumento a la libertad; el London Eye es una moderna noria colocada con la entrada del milenio para que los turistas tengan una maravillosa vista de la ciudad de Londres... Por supuesto, estas absurdas versiones (y muchísimas más) son las que cimientan la percepción del mundo (como construcción arquitectónica) por parte del hombre moderno. Así, toda esta serie de sinsentidos se hace "creíble" por el mero hecho de ser lo que todo el mundo ha escuchado, aun siendo soberbias estupideces. ¿Cómo el hombrecito común puede llegar a creer en una versión de los hechos tan infantil? Pues precisamente a través de una serie de mecanismos de control sobre él, entre los que se encuentra la "arquitectura mágica". Profundizaremos en esta arquitectura en los apartados posteriores, pues el objeto de este capítulo se circunscribe a ella.

     Además, esta "arquitectura mágica" puede ejercer de base y estructura de la "arquitectura profana". Incluso puede llegar a solaparse, mezclarse u ocultarse en ella. ¿Qué "arquitectura profana" es ésa?.


Arquitectura Profana

     Respuesta a la pregunta anterior: pues la arquitectura que todos conocemos, la que los estudiantes de Arquitectura estudian, y la que las universidades modernas enseñan. Volcada exclusivamente en la utilidad y levantada según variables e inexactas teorías estéticas, la "arquitectura profana" o "moderna" construye la ciudad (polis) para la actividad del ciudadano (para fines "políticos"). Es la practicidad la que da sentido a la actividad arquitectónica moderna: el habitante necesita habitar, se construye una casa; el rey necesita gobernar, se construye un palacio; el juez necesita juzgar, se construye un juzgado; los parlamentarios necesitan parlar, se construye un parlamento; el enfermo necesita hospitalización, se construye un hospital; el funcionario necesita funcionar, se construye un ministerio; el preso necesita ser apresado, se construye una cárcel; los artistas necesitan mostrar, se construye un museo; la industria necesita fabricar, se construye una fábrica...

     Hasta tal punto llega este utilitarismo, que la vivienda (la casa) deviene una "máquina de habitar", tal y como enunció sin complejos el famoso arquitecto del siglo XX Le Corbusier. Viviendo entonces en "máquinas de habitar", el ser humano se convierte él mismo en una "máquina de vivir", hacinado en las ciudades modernas en una suerte de colmenas infrahumanas en forma de "bloques", de "apartamentos", de "pisos". Esta "arquitectura profana" es la que se estudia en las modernas facultades de Arquitectura, es la que fotografían hordas de turistas urbanos, es la responsable de maravillas como Los Angeles, Londres, Méjico DF, Sao Paulo, Caracas, Tokio, Dubai, Pekín, Las Vegas, París, Madrid, Tel-Aviv, Moscú, Nueva Delhi, Johannesburgo... y demás paraísos terrenales de asfalto y metal. Todos sabemos de la grandiosidad de este tipo de arquitectura, y que el Establishment se vanagloria de ella con premios, exposiciones y galardones que él mismo se otorga. Lo que no todos saben es que muchas de estas ciudades modernas tienen como estructura, claros modelos en base a la "arquitectura mágica" la cual ya ha sido definida con rigor.


Modificación Estructural de los Campos de Energía:
La Construcción del Mundo Moderno

     Todo acto modifica el campo vibracional a un nivel que puede resultar sensible o sutil. No existe nada de fantástico en esto último, tal y como puede ver el lector si se plantea por qué pintó su dormitorio de un color y no de otro. Es evidente que toda creación –por pequeña que sea– modifica la percepción del campo. Por poner un ejemplo que ilustre esto: el lector podrá entender este escrito si lo lee en un entorno silencioso o escuchando una música suave; pero jamás conseguirá leerlo si lo intenta en medio de un show de música heavy metal. A un nivel mayor y más potente, la "arquitectura mágica" puede modificar campos energéticos de la Tierra, modificando también la vida de los seres que allí viven. Tampoco hay nada de extraño en esto último. Pero si esta capacidad está en manos de minorías que quieren perpetuar y aumentar su poder (como de hecho ocurre), ese conocimiento será "velado" con códigos, ambigüedades y parafernalias que el ignorante calificará de "esotérico" (una de las palabras peor usadas y más abusadas de la actualidad). Insistir en este punto resulta importante para quitar un halo de misterio a realidades que son bien simples: lo que ciertos autores (muchos de ellos, por nuestra parte, respetados) designan como "arquitectura sagrada", es la menos sacra de las arquitecturas, una arquitectura malintencionada para el control, una arquitectura al servicio de la perpetuación del poderoso, en definitiva –en el más bajo de los sentidos–, una "arquitectura mágica".

     Estructuras en base a esta "arquitectura mágica" se encuentran en los centros más importantes de los diferentes grupos de poder político a lo largo de la Historia: Roma, Jerusalén, París, Florencia, Ámsterdam, Londres, Washington... Resulta interesante hacer un seguimiento histórico de estas ciudades tan evidentemente estructuradas bajo fórmulas mágicas. Por un lado, nos indican el desplazamiento físico de los diferentes centros de poder que han gobernado y gobiernan a los hombres. Por otro, nos muestran el flujo de transmisión de estos conocimientos, llevado a cabo por estructuras de poder encubiertas en órdenes de caballería, órdenes religiosas, grupos militares, gremios, sociedades clandestinas y logias masónicas, al servicio siempre de unos mismos linajes correspondientes a lo que ellos mismos se hacen llamar "aristocracia", "nobleza", "élite".

     Esta transmisión de conocimientos se oculta en una enmarañada red de conexiones, rivalidades, pugnas, contiendas, Imperios, reinos y Estados que dan una apariencia compleja a una estructura sumamente simple: la construcción del mundo moderno por y para unos pocos. La Historia misma (tal y como se ha escrito académicamente, y tal y como se impone en las escuelas a través de los sistemas educativos) ejerce de velo que impide ver la más pasmosa obviedad: el mundo moderno ha sido construído (no sólo metafóricamente, sino literal, física y arquitectónicamente) por unos escasísimos linajes cruzados que han ido emigrando, mezclándose y adaptándose a las circunstancias de cada época.

     No vamos a profundizar aquí en esa transmisión del plan de construcción del mundo moderno, pues nos extenderíamos en exceso, y nos apartaría del tema central de este capítulo. Intentaremos exponer un resumen brevísimo de la aburrida historia de falsas rivalidades entre secciones, familias, clanes, linajes y dinastías, todos ellos instrumentos de perpetuación de un mismo Establishment y perpetración de un mismo proyecto: Europa (y después el mundo entero) como vertedero energético de la actividad secular de una fuerza infrahumana. Además, insistimos en que los detalles llamados "históricos" son siempre secundarios; basta con señalar —para poner un comienzo indiscutiblemente relacionado con la Civilización Occidental— que las élites de la Roma imperial construyeron muchos de sus edificios a través de la Orden de los Arquitectos Dionisianos, los cuales también construyeron Constantinopla como centro imperial oriental. Con la decadencia romana, las élites se desplazaron y se mezclaron con lombardos y otros, encontrándose en Venecia y Florencia importantes focos de descendientes dionisianos. También se encontrarán los mismos linajes y las mismas familias arquitectas (si bien con otro nombre) en los clanes de los francos sicambros, los visigodos, otros emigrantes de origen ario, y, sobre todo, en los merovingios.

     Todos estos linajes (todos de un mismo origen) darán pie a lo largo de los siglos a la nobleza europea que, a nuestro parecer, se reducen a unos pocos nombres diferenciados sólo a partir del siglo XI y de los cuales surgirán todas las casas Reales europeas: Hesse-Cassal, Orange, Nassau, Saxe-Coburg, Battenberg, Schleswig-Holstein, Hanover, Plantagenet. En el siglo XI, para preservación de esa pureza de sangre y bajo pretexto de una protección de Tierra Santa surgen tres brazos militares estrechamente relacionados con los gremios arquitectos: los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, los Caballeros Teutónicos, y los Caballeros Templarios. Estos últimos estarán relacionadísimos con la llamada Orden de Sión (después, Priorato de Sión), y ambos serán los responsables de las construcciones de las catedrales europeas hasta mitad del siglo XIII. Tras aburridas y repetitivas disputas de poder, la Orden del Temple llega a tal poderío y riqueza que comienza a ser perseguida por sus aparentes rivales (otras órdenes, otros reyes, envidiosos Papas de turno...).

     A principios del siglo XIII, los Templarios comienzan a disolverse: unos cambian de nombre y orden, y otros encuentran refugio en Escocia, donde se mezclarán con los linajes de Bruce, Sinclair, Stuart... y crearán nuevas órdenes, como la Orden de la Jarretera, también vinculada al gremio mampostero y arquitectónico. En Francia, los Templarios se esconden en órdenes como la Orden de la Estrella, la Orden del Cirio Dorado o la Orden de San Miguel. Esta situación del siglo XIII da pie en política a la instauración del Sacro Imperio Romano, donde se manifiesta un linaje clave en esta triste historia: los Habsburgo. Posteriormente, ya en el siglo XIV, la rama florentina veneciana de toda esta locura (parte de ella sería la familia Medici) da pie al llamado "Renacimiento", que tiene como consecuencia una suerte de masturbación arquitectónica vaticana. Mientras tanto, en toda Europa se van extendiendo y subdividiendo las órdenes escocesas-británicas por un lado, las francesas por otro, y las teutónicas por otro... todas peleándose entre sí, pero aún alrededor de una Roma papal. Así, ya en el siglo XVI, los múltiples grupos de poder van fraguando una división oficial cristiana necesaria para llevar un plan que ya por entonces se tiene constancia registrada que llamaban "La Gran Obra de Todas las Eras".

     Tres personajes claves en este paso serán Johann Valentin Andreæ, Robert Fludd y Francis Bacon, los tres Grandes Maestros del residuo de lo que fue el Priorato de Sión, por entonces renombrado como la Orden de la Verdadera Cruz Roja. Sirviéndose de las marionetas de Martín Lutero, Juan Calvino y Enrique VIII, se vuelve a hacer de Europa un repugnante baño de sangre por luchas de poder encubiertas en absurdas diferencias religiosas. Mientras el pueblo sangra, estas órdenes siguen aumentando en número e influencia, siguen con sus construcciones "sacras", y siguen luchando entre ellas para acaparar poder. Así, en el siglo XVIII, todas las logias británicas (hijastras de las ramas escocesas ya señaladas) se agrupan alrededor de una Gran Logia de Inglaterra; y en Francia, los grupos de poder se agruparán alrededor de la logia del Gran Oriente. Esta última estará detrás de otro gran baño de sangre, La Revolución Francesa, que dará pie a más guerras, más luchas, más Imperios y más construcciones civiles de dudosa finalidad. Así, tras las llamadas guerras napoleónicas escenificadas y financiadas por esos grupos de poder, se consigue una centralización del sistema bancario a través del Banco de Inglaterra, punto clave para la expansión colonial de los diferentes Imperios europeos a lo largo de todo el mundo. Así, la Europa del siglo XIX culmina los cimientos estructurales de lo que iba a ser el mundo moderno: devasta las expresiones tradicionales orientales aún vivas, saquea todo lo que encuentra de valor, roba elementos arquitectónicos que volverá a usar para sus enfermizos fines, y construye las ciudades que más tarde serán las monstruosas metrópolis.

     Mientras tanto, en Europa los grupos de poder se extienden y reivindican explícitamente un "programa de Satán" (Weishaupt), una "doctrina luciferina" (Albert Pike), una "dictadura de los justos" (Karl Marx), un "nuevo orden" (Giuseppe Mazzini), y se va preparando a las masas para lo que estaba por venir a través de sangrientas revoluciones y crispación política de todo sesgo. Lo que estaba por venir era otro baño de sangre aún mayor: el siglo XX. Revoluciones socialistas, guerras mundiales, dictaduras de todo tipo, bombardeos masivos, guerras civiles... un océano de sangre destruye Europa completamente para que después sea reconstruída sobre un campo energético viciado en donde sus habitantes subvivan en el miedo, la culpa, el trauma y la vergüenza. En esa frecuencia vibracional se construye al fin un Estado moderno de Israel en Palestina, obsesión geográfica central de los grupos originales de toda esta transmisión y todos sus innumerables retoños. Así, durante la segunda mitad del siglo XX, principalmente la "arquitectura profana" (pues la "mágica" ya había hecho su trabajo) fue construyendo, ampliando y reestructurando en su ignorancia y arrogancia, las diferentes ciudades importantes para la culminación de la "Gran Obra": Moscú, Ámsterdam, Los Ángeles, Roma, Seúl, Barcelona, Atlanta, Atenas, Sydney, Pekín... colocando la guinda en 2012, en uno de los centros clave de la construcción del mundo moderno: Londres.

     Pero no nos interesa profundizar aquí en detalles históricos. Este brevísimo resumen basta para comprender una cuestión importante: lo que los académicos modernos llaman comúnmente la "Historia de la Humanidad" camina de la mano de otra historia: la construcción arquitectónica al servicio de la manipulación energética con fines políticos. En otras palabras: la construcción del mundo moderno se corresponde con la construcción material, palpable, sensible, arquitectónica de las ciudades, los monumentos y los edificios, tal y como los vemos en el día a día. Sabiendo esto, no vamos a detenernos entonces en más datos que no corresponden a este escrito. Habiendo expuesto brevemente el simbolismo del Principio Masculino Primordial y habiendo introducido al lector a la existencia de una "arquitectura mágica", a continuación se desarrolla el tema central que aquí ocupa: los obeliscos egipcios repartidos estratégicamente por todo el mundo.


LOS SIETE OBELISCOS MAYORES

     Lo que comúnmente se llama un obelisco egipcio es en su voz original un tehen (o tejen), un monolito de cuerpo tronco cónico con una punta piramidal recubierta de oro. Existen obeliscos que se estima que tienen cerca de 4.000 años de antigüedad pertenecientes a la dinastía XII (si no antes), y existen otros que sólo se pueden datar de unas pocas décadas después de Cristo. Todos ellos (es decir, una serie de obeliscos datados en un intervalo de 2.000 años) se extrajeron de la legendaria cantera de granito de Asuán (y este dato es importante porque existían otras canteras de granito en Egipto, pero los obeliscos proceden precisamente de ésta). Estos obeliscos (o tehen) se colocaban en espacios cercanos a templos dedicados a Ra, deidad solar, y de hecho muchos de ellos se elevaban originalmente en Heliópolis (la Ciudad del Sol). El tehen es, por tanto, un símbolo solar, o más concretamente "un rayo solar", manifestación del Sol, nombrado como Ra. Este Ra-Sol no sería un simple "dios" al modo idólatra que el estudioso moderno acostumbra a interpretar, ni tampoco un "astro" como objeto de estudio de un astrónomo. Desde la perspectiva académica, el obelisco es interpretado muchas veces como un "símbolo fálico", en una torpe confusión entre el contenido simbolizado y la forma simbólica (confusión muy típica en los universitarios). Recordemos que para los modernos, el símbolo no pasa de ser una mera "alusión", y eso en el mejor de los casos. Sin embargo, ni para los egipcios antiguos (legítimos propietarios de estos obeliscos), ni para sus usurpadores europeos (romanos, católicos, franceses, ingleses...), el obelisco sería una alusión, ni una conmemoración, ni mucho menos una decoración. Incluso los historiadores y arqueólogos modernos señalan y escriben en sus textos que "los obeliscos egipcios tenían la función de proteger mágicamente un templo". ¿Podrían tener hoy en día alguna función que no fuera ésa?.

     Actualmente se tiene constancia de 27 obeliscos de comprobado origen egipcio de Asuán. De esos 27, sólo 6 se encontrarían en la tierra que hoy corresponde a Egipto; 21 obeliscos andan repartidos por el ancho mundo, y 13 de ellos se encontrarían tan sólo en Roma. Imaginemos las dificultades para transportar moles monolíticas de más de 180 toneladas desde Egipto hasta la región de Latium. Se construían barcos especiales para llevar a cabo ese transporte, se usaban varias decenas de caballos para erigir la piedra en su nueva ubicación, y un buen puñado de hombres moría en cada uno de estos proyectos monumentales. ¿Por qué el poder romano se tomaba esta gran molestia de transportar esos obeliscos para levantarlos en sus ciudades?. ¿No sería más cómodo construír sus propios monolitos romanos, como de hecho en otras ocasiones también hicieron?. ¿Qué motivo tenían para llevar a cabo esos transportes que –incluso hoy en día– serían un trabajo colosal, una verdadera locura logística? Ignorando la respuesta a esta última pregunta, al menos se puede sospechar con fundamento que tenían un buen motivo... Ese motivo no puede ser la mera afición megalómana del César de turno (tal y como sostienen algunos historiadores), ni la conmemoración de victorias militares (por muy gloriosas que ellas fueran), ni una pasión por el arte egipcio antiguo (al modo que la sienten hoy los fetichistas egiptólogos modernos). ¿De dónde viene esa obsesión romana por los obeliscos egipcios?: ¿Se trata de una obsesión un tanto absurda o realmente los romanos sabían lo que hacían, y somos nosotros los que ignoramos todo sobre estas materias?.

     No sólo eso: de ser una obsesión, se trataría de una obsesión contagiosa. Si la Roma imperial se interesó por los monolitos egipcios, la Roma vaticana también. También lo hicieron la Florencia renacentista, la Francia napoleónica, la Inglaterra victoriana, los Gobiernos federales estadounidenses, el moderno estado de Israel... La obsesión por los obeliscos egipcios parece afectar a todo Occidente, pues todos los grupos de poder se han preocupado por tener un tehen (o una réplica moderna) en cada uno de sus centros. Por supuesto, es algo más que una obsesión: ¡Hay un obelisco egipcio en Nueva York, en las antípodas de su ubicación original! Sin embargo, la infantil versión histórica de todo esto es: "Sí, a los europeos les gustan los obeliscos egipcios, y les gusta plantarlos cerca de su casa por capricho y por amor al arte". Ya va siendo hora de dejar de respetar la versión académica por el hecho de ser académica, y aun siendo estúpida e insultante, como es en este caso.

     El mundo moderno —tal y como hoy en día lo vivimos— es una red energética modificada con el propósito de que este mundo sea este mismo y no otro. Esta modificación se apoya en el desequilibrio de los polos, para posteriormente imponer un orden particular, un orden infra-humano, su orden. Una de las manifestaciones de ese desequilibrio sería el patriarcado extremo tan bien conocido en nuestro mundo, piedra angular del poder político, distorsión enfermiza del Principio Masculino Primordial antes explicado. Esta modificación desequilibrada volcada hacia el exceso de manifestación masculina se lleva a cabo a través de varios medios, y uno de ellos, la "arquitectura mágica". Como elemento arquitectónico de esa magia estaría el obelisco, más particularmente el tehen egipcio, monolitos extraídos de la cantera de Asuán, principalmente erguidos en la Ciudad del Sol (Heliópolis), dedicados a la deidad solar-egipcia Ra (imagen después reivindicada por la masonería moderna y otros grupúsculos modernos). Estos elementos conforman una red energética particular en donde se pueden identificar los diferentes centros políticos de un mismo proyecto: la
construcción del mundo moderno.

     Por lo tanto, esta red energética, alterada y desequilibrada deliberadamente, sirve de base estructural para la construcción del mundo (tal y como el lector lo puede ver si mira desde su ventana), el cual no es otro que el Novus Ordo Seclorum del proyecto europeo, la "Gran Obra de Todas las Eras" masónica; en definitiva, la fuerza infrahumana actuando. Parte de esa base estructural energética son los obeliscos egipcios repartidos por todo el mundo, y las enormes réplicas imitativas que los modernos van a construír en sus ciudades. Ya que sería imposible abordar la complejidad de esta estructura de obeliscos, aquí nos vamos a centrar en siete de ellos, que llamaremos "los siete obeliscos mayores", no tanto por su tamaño sino por su importancia en dicha red, y por indicarnos los diferentes centros de poder desde donde este mundo se ha construído como "obra" para ser culminado en el futuro más inmediato.


Roma (Plaza de San Pedro del Vaticano)

     Un monolito de 23 metros y 331 toneladas se puede ver en el centro de la plaza del Vaticano, centro a su vez de la Iglesia católica y del poder papal. A diferencia de los otros 6 obeliscos, se ignora a qué faraón y a qué época le pertenece este obelisco. Se sabe con certeza que hace 2.000 años se encontraba en Alejandría, y que Calígula ordenó transportarlo a Roma en 37 d.C., llevando a cabo un épico transporte de 8.600 kms. En Roma estuvo primeramente en el centro del circo de Nerón, al pie del monte dedicado al Sol. Bastante después, en 1586, el Papa Sixto V decidió colocarlo como centro de la plaza de la Basílica de San Pedro del Vaticano, y para "cristianizarlo" retiró el remate dorado del piramidón y colocó una cruz. Sin embargo, en el siglo XIX las autoridades vaticanas no dudaron en colocar a sus pies cuatro leones al más puro estilo egipcio, como animal solar por excelencia. Este tehen carece de inscripciones ni grabaciones jeroglíficas, lo que lo hace aún más misterioso. Actualmente se erige como un elemento más del conjunto arquitectónico más inconscientemente fotografiado por atolondrados turistas de todo el mundo.


Estambul (Plaza de los Caballos)

     El obelisco Dikilitas debió ser uno de los mayores del Egipto antiguo, y por sus inscripciones, se sabe que fue Tutmosis III quien lo erigió en Karnak hace aproximadamente 3.500 años. Parece ser que fue el propio Constantino el que lo ordenó sacar de Karnak para ubicarlo en el famoso hipódromo de Constantinopla, construído en el año 203 d.C. Sin embargo, tras permanecer tirado en Alejandría por unos cuantos años, fue Juliano quien construyó un barco especial para transportarlo, y su erección en Constantinopla se llevó a cabo en el año 390, justo antes del cisma imperial. Tiene 25,6 metros de altura y 193 toneladas, aunque debió de ser aún mayor originalmente, ya que parece que se partió en algún momento de su ajetreado transporte de más de 9.000 kms. Desde entonces, el obelisco egipcio de Estambul ha presenciado la caída de todos los gobiernos que por esa tierra han pasado, y presenciará el papel final que desempeñará el estado de Turquía en este mundo moderno.


Florencia (Jardines del Palacio Pitti)

     Otro centro importante de esa construcción del mundo moderno es Florencia, donde estuvo el trono de Toscana y donde se ubicaron ciertos linajes clave de esta historia. Un obelisco egipcio se encuentra actualmente en los jardines de Boboli en el Palacio Pitti. Este tehen estuvo erguido hace 3.300 años en el templo de Ra en Heliópolis, situado a más de 8.000 kms. de su ubicación actual. ¿Quién hizo esto posible? De nuevo, fueron los romanos quienes se interesaron por transportarlo a Roma donde se ubicó por siglos. Parece ser que este tehen de poco más de 4 metros está estrechamente relacionado con la familia Medici, y durante la mudanza de este linaje a Florencia, optaron por llevarse este incómodo recuerdo de la Villa Medici romana. Su ubicación actual data del siglo XVIII, y los turistas del siglo XX pueden hacer fotos de él después de almorzar en el más cercano restaurante McDonalds.



París (Plaza de la Concordia)

     También Ramsés II (el faraón que mandó erigir el obelisco que después sería de los Medici) fue quien levantó en Tebas un tehen de más de 22 metros y 227 toneladas hace aproximadamente 3.300 años. Este obelisco se encuentra actualmente en otro centro clave del mundo moderno: París, a más de 7.000 kilómetros de su ubicación original. Existen una serie de incontables leyendas que sirven de base histórica para el traslado de este monolito. Una de ellas, es la famosa frase que Josefina le dijo a Napoleón cuando éste marchó a la conquista de Egipto: "Si pasas por Tebas, tráeme un obelisco”. También existe otra tonta historieta que cuenta que fue Luis XVIII quien cambió al monarca egipcio el monolito por un reloj que ni siquiera funcionaba…

     De nuevo, nos encontramos que las líneas oficiales de la Historia nos tratan como si fuéramos niños estúpidos; de nuevo, resulta obvio que las motivaciones de ubicar un obelisco egipcio en una ciudad moderna, son otras. Se sabe que el transporte de este monolito requirió la construcción de un barco especial, que el proyecto costó 300.000 francos de la época, que el transporte completo llevó cinco años y siete meses de trabajo, que en el levantamiento del monolito participaron más de 300 hombres y los más prestigiosos ingenieros del momento. También se sabe que la negociación del trato con el monarca egipcio la cerró el barón Taylor, un registrado alto iniciado masónico. También se sabe que la Plaza de la Concordia es el cruce de los ejes de París, que en el pasado fue un importante centro de culto de diversas deidades antiguas, y que el área está actualmente repleta de simbolismo francmasónico. El Estado francés jamás devolverá el monolito a la ciudad de Luxor, quizás alegando que el transporte resultaría demasiado costoso... al menos, tan costoso como lo fue el traslado inverso motivado por el capricho de Josefina o el trueque de un monarca aficionado a la relojería. París (y su obelisco) es un importante centro en este mundo moderno decadente, monstruoso y secularizado; y, mientras tanto, podemos seguir creyéndonos todo lo que nos digan.


Londres (Embarcadero Victoria)

     Tutmosis III hizo construír una pareja de obeliscos allá por el 1470 a.C. para protección del templo de Heliópolis (Ciudad del Sol). Posteriormente, Cleopatra hizo trasladarlos a su palacio en Alejandría; por eso estos obeliscos se conocen popularmente como "las agujas de Cleopatra". Una de estas "agujas" de granito rosa, de casi 21 metros de altura y 180 toneladas de peso, está erguida actualmente en la ribera del Támesis en pleno centro de Londres. ¿Qué hace allí? Parece que el interés de los británicos por este monolito se comenzó a manifestar cuando los franceses fueron derrotados en Alejandría en 1801. Fuera como fuese, oficialmente la reina Victoria lo ganó como regalo en 1878. Para transportarlo, se construyó un barco especial, el "Cleopatra", y en la larga travesía murieron 6 hombres cuando el barco quedó a la deriva en medio de una tempestad en el golfo de Vizcaya.

     Llegó a Londres el 11 de Septiembre de 1879, y tras desestimar la opción de ubicarlo frente a la abadía de Westminster, se ubicó en el embarcadero Victoria, relativamente cerca de la "milla cuadrada", la "ciudad de Londres", "the City", donde ya por entonces el sistema bancario europeo se centralizó totalmente a través de las maniobras financieras de la dinastía Rothschild. En Septiembre de 1881 se le añadieron al pie del obelisco dos esfinges en bronce, copias de dos originales egipcias que se encuentran en el castillo de Alnwick, importante bastión de la nobleza británica y almacén del expolio y saqueo imperial en Egipto. La estructura de Londres es el típico ejemplo de "arquitectura mágica" en donde se basa un posterior desarrollo de una "arquitectura profana o moderna" a través de la cual se culmina la construcción del mundo moderno. Así, a lo largo del siglo XX, Londres acogerá exposiciones universales, conferencias internacionales, olimpiadas... culminando su obra ya en el siglo XXI, con la celebración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Londres es uno de los centros más importantes (si no el más importante) de esta orilla del Atlántico Norte. ¿Cuál será el centro importante de la orilla americana? El obelisco gemelo de la "aguja de Cleopatra" londinense se encuentra erguido actualmente en la ciudad de Nueva York.


Nueva York (Central Park)

     El otro obelisco que Tutmosis III construyó para proteger el templo de Ra en Heliópolis se puede encontrar en el Central Park neoyorquino, muy cerca del Museo Metropolitano. Oficialmente, en 1869 el gobierno de Estados Unidos lo adquirió como regalo de agradecimiento por la construcción del Canal de Suez (no vamos a comentar nada aquí sobre esta versión del regalito...). En cualquier caso, la marina estadounidense se hizo cargo del transporte, y en Julio de 1880 arribó a Nueva York. El aparatoso transporte por las calles de la ciudad terminó en Enero de 1881 cuando se erigió en Central Park sobre un pedestal con una inscripción que comienza así: "Este obelisco fue erigido primero en Heliópolis, Egipto, en 1600 a.C.". En la ceremonia de erección del tehen, el Gobierno federal colocó en el pedestal medallas y condecoraciones del ejército estadounidense.

     Este ejemplo neoyorquino ilustra cómo los obeliscos (ya no necesariamente egipcios, sino también sus réplicas modernas) suelen ejercer de monumento conmemorativo de gestas bélicas, batallas, héroes de guerra... Así es a un nivel oficial. Sin embargo, la inmensa red de obeliscos (monolíticos y no monolíticos, antiguos y modernos) configura parte de la red energética donde el poder político del Nuevo Orden Mundial se establece en sus ciudades capitales. En el caso del continente americano, esto resulta especialmente obvio. Los grupos de poder europeos que fundaron las ciudades americanas (que posteriormente se convertirían en grandes metrópolis modernas) plantaron sus obeliscos en las diferentes plazas: Sao Paulo, Buenos Aires, Montevideo, Maracaibo, Ciudad de Méjico, Caracas, Bogotá, Río de Janeiro, Ciudad de Panamá, Belo Horizonte, Phoenix, Atlanta… y, por supuesto, Washington DC, centro del poder imperial militar del Gobierno federal estadounidense, donde se encuentra el mayor obelisco no monolítico con una altura de más de 170 metros.


Cesarea (puerto restaurado)

     Para concluír esta lista de centros de poder apuntalados con obeliscos egipcios, hay que señalar un caso curioso, excepcional y nuevo: el Estado de Israel. ¿Cómo no iba a tener un obelisco egipcio el moderno Estado de Israel? Pues bien; en realidad, no lo tenía (al menos, en pie) hasta que el Estado de Israel restauró el que estaba erguido en Cesarea, en uno de esos extraños proyectos arqueológico-turísticos tan propios de la modernidad. Una vez más, nada es casual: Cesarea fue un centro importantísimo de la historia que a través de estos obeliscos hemos ido trazando. Fue la capital de la provincia romana de Judea en tiempos evangélicos. Allí estaba el trono de Herodes el Grande, rey de Judea y personaje evangélico popularmente conocido por la matanza de niños. No vamos a ser nosotros quienes cuestionen la veracidad histórica de este (o cualquier) pasaje bíblico. Sólo diremos que Herodes (como otros muchos reyes hicieron y hacen) pudo sacrificar niños por otros motivos menos adaptables al relato evangélico. En cualquier caso, Cesarea se convirtió en un importante centro político y comercial. Además, allí parece que predicaron Pedro y Pablo, y allí parece que estuvo una de las mayores bibliotecas eclesiásticas con más de 30.000 volúmenes. Un obelisco egipcio de 10 metros presidía el puerto de Cesarea. En algún momento del siglo III d.C. el obelisco se cayó y se partió. Sólo mucho después, unos 1.700 años más tarde, el moderno Estado de Israel lleva a cabo una costosa (y en apariencia, absurda) restauración del obelisco, y lo vuelve a erigir con la llegada del siglo XXI, en 2001. Cesarea —a poco más de 40 kms. de la moderna Tel-Aviv— es hoy uno de esos lugares de interés arquitectónico-turístico, comercializado por "tour operadores", infestado de turistas europeos, repleto de estudiosos universitarios, y apropiado patrimonialmente por instituciones privadas, por la UNESCO y por el Estado de Israel.

     Junto con el negocio bélico, una de las actividades más lucrativas del Estado de Israel es el turismo, comercializado como "turismo cultural" o –peor aún– "turismo religioso". Este término, "turismo religioso", ilustraría a la perfección lo que se puede calificar sin miedo a exagerar como la necedad de nuestro tiempo. De la misma manera que se oferta un "turismo religioso", existe la oferta de un "turismo sexual", y ambos entrarían con rigor en un mismo tipo de actividad; es decir, "hacer turismo".

     No estamos ironizando aquí con la importancia del turismo en la construcción del mundo moderno; al contrario: una de las últimas máscaras de la barbarie moderna es el turismo, colofón triunfal de la secularización del espacio al servicio del Nuevo Orden Mundial. El nuevo hombre, el esclavo moderno, el ciudadano global, es mantenido con vida para que trabaje, compre y asista a los medios de control mental. Al más privilegiado de esos esclavos se le da como premio la posibilidad del turismo: colaborar con el monopolio de las aerolíneas, gastar su dinerucho en servicios innecesarios, y fotografiar –como un imbécil– los monumentos a su propia ignorancia.–




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