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viernes, 12 de diciembre de 2014

Alain de Benoist - Sobre el Anti-Fascismo



     El conocido académico francés Alain de Benoist (1943) escribió en 1998 (versión castellana de 2005) un ensayo titulado "Comunismo y Nacionalsocialismo. 25 Reflexiones sobre el Totalitarismo en el Siglo XX", donde a partir de ambas ideologías se centra fundamentalmente en el análisis de las características que definen a la sociedad totalitaria. Dentro de aquél dedica algunos capítulos a desentrañar por qué el comunismo no comporta la misma sanción social que el nacionalsocialismo, siendo merecedor el primero, revelado a partir de la publicación de la obra "El Libro Negro del Comunismo", con toda justicia, a la etiqueta del régimen más criminal que haya conocido la Historia. Acomete además un análisis de algunos aspectos del concepto de "anti-fascismo", acuñado por Stalin como un instrumento, valga la redundancia, meramente utilitario, destinado a la supervivencia de su régimen. Dichas reflexiones, que es lo que presentamos ahora, están mayormente contenidas en los capítulos 12, 13, 14 y 25, aunque hay trazos de ellas también en otros. Da la impresión de que el señor Benoist, de algún modo no expresado, comulga con la propaganda de guerra anti-alemana y sin duda por su racionalismo no llega a la esencia metafísica de la Revolución nacionalsocialista.


Comunismo y Nacionalsocialismo
(Selección)
por Alain de Benoist, 1998




XII

     El obstinado rechazo, bien evidenciado por el Libro Negro del Comunismo, de comparar al comunismo con el nacionalsocialismo tiene una consecuencia directa: la diferencia de trato entre ambos totalitarismos y todo lo que les pueda estar emparentado. Mientras que el nacionalsocialismo es considerado como el régimen más criminal del siglo, el comunismo, que ha causado la muerte de un número mucho más considerable de hombres, sigue siendo considerado como un sistema, desde luego impugnable, pero perfectamente defendible tanto en el plano político como en el intelectual o moral.

     Se podrían dar incontables ejemplos de esta diferencia de trato. La misma afecta tanto a los hombres como a las ideas. También pesa sobre el panorama político. El nacionalismo es corrientemente asimilado al Fascismo, el cual es a su vez asimilado al nacionalsocialismo, mientras que el socialismo nunca es considerado como potencialmente estaliniano. La Derecha siempre es sospechosa de «fascismo», mientras que el comunismo, pese a sus errores, se supone que pertenece a las «fuerzas de progreso». La puesta en venta de un libro nacionalsocialista suscita vehementes protestas (y cae sobre él el peso de la ley), mientras que la venta de un libro comunista no suscita ningún comentario particular. Un antiguo nacionalsocialista se convierte en alguien infrecuentable para siempre jamás, mientras que el hecho de haber sido comunista no acarrea ninguna pérdida de prestigio ni de status social, incluso para quienes nunca han expresado arrepentimiento alguno. La menor vinculación, real o supuesta, con una ideología de la que se supone, con o sin razón, que tenga la más remota relación con el nacionalsocialismo, constituye una indeleble marca de infamia que acarrea la denuncia y la exclusión. Un escritor del colaboracionismo francés de la Segunda Guerra forma parte para siempre jamás de los «malditos», pero a un escritor o a un artista estaliniano no se le niega retrospectivamente ningún homenaje a causa de su estalinismo. Pablo Neruda, Bertolt Brecht o Eisenstein son, con razón, celebrados por su talento. Drieu de la Rochelle, Céline o Leni Riefenstahl, cuando no se les deniega el suyo, siguen rodeados de un aura de malditismo, que lleva a señalar que «el talento no es una excusa».

     No se le perdonaría a un escritor fascista haber redactado un himno a la gloria de la Gestapo (cosa que, por lo demás, nunca sucedió), pero que Louis Aragon haya podido cantar las virtudes del GPU [Directorio Político Estatal soviético, o que Pablo Neruda se haya extasiado alabando a Stalin] nunca ha dañado en lo más mínimo a su reputación. Se hacen burlas del «anti-comunismo primario» y se alaba a los comunistas porque, al menos, combatieron a Hitler, pero a nadie se le pasaría por la cabeza ironizar sobre el «anti-nazismo primario», ni alabar a los nacionalsocialistas por haber combatido al menos a Stalin. Se califica al estalinismo de «desviación» del ideal comunista, mientras que a nadie se le ocurre ver en el nacionalsocialismo una «desviación» del ideal fascista. Se tenía derecho a equivocarse sobre el comunismo, pero no sobre el nacionalsocialismo *. En suma, cualquier compromiso con el nacionalsocialismo desacredita absolutamente, mientras que los compromisos con el comunismo siguen siendo considerados faltas comunes y veniales.

* «Si se supone que Maurice Papon tenía que conocer la realidad de Auschwitz durante la guerra, ¿cómo imaginar que Marchais hubiera podido ignorar el Gulag durante la paz?», se pregunta Jacques Julliard (L'Année des Fantômes, op. cit., pág. 434).

     No sólo la denuncia del nacionalsocialismo sobrepasa a la del comunismo, sino que tiende paradójicamente a incrementarse conforme va pasando el tiempo. Más de cincuenta años después de la caída del Tercer Reich, los crímenes nacionalsocialistas, no los crímenes comunistas, son objeto de una ininterrumpida avalancha de libros, películas, emisiones de radio y televisión. «La damnatio memoriæ [condenación del recuerdo] del nacionalsocialismo —enfatiza Alain Besançon—, lejos de conocer la menor prescripción, parece agravarse de día en día». Más de medio siglo después de su muerte, Hitler prosigue una brillante carrera en los medios de comunicación, mientras que Stalin ya está casi olvidado.

     En 1989 el sistema comunista se desmoronó por sí solo ante los asombrados ojos de quienes, pocos meses antes todavía, aseguraban que el bloque soviético era más poderoso que nunca y que el Ejército Rojo se preparaba a invadir Europa Occidental *. Esta implosión, cuyas circunstancias exactas nunca han sido hasta ahora seriamente estudiadas, se produjo sin acarrear ningún gran cuestionamiento entre la opinión. No sólo no se ha llevado en ningún sitio a los antiguos dirigentes ante los tribunales, sino que casi en todas partes (salvo en Alemania y en la República Checa) se les ha autorizado a proseguir, bajo una u otra etiqueta, su carrera política, habiendo incluso conseguido a veces regresar al poder **.

     * Tan sólo cinco años antes de que cayera el muro de Berlín, Raymond Aron calificaba de «idea aberrante» la hipótesis de que «la Unión Soviética estuviera amenazada de hundirse» (Les Dernières Années du Siècle, Julliard, 1984, p. 119): «Si los soviéticos —añadía— piensan en conquistar Europa Occidental sin destruírla, aun recurriendo a las armas nucleares, los próximos años, es decir, los de la década de los '80 y también de los '90, parecen los mejores» (ibid., p. 139). El propio François Furet reconoció en 1995, que, aun no haciéndose, ya desde 1956, ninguna ilusión sobre la URSS, nunca se hubiera imaginado un fin tan rápido.
     ** En Polonia, hace poco, Alexander Kwasniewski, antiguo miembro del gobierno del general Jaruzelski, fue elegido, frente a Lech Walesa, Presidente del país. En Hungría, el actual Primer Ministro, Gyula Horn, perteneció al último gobierno comunista. En Rusia, los comunistas que, en 1917, no llegaban al 20% de los votos, constituían en 1998 la fracción más importante del Parlamento. Sobre la ausencia de acciones judiciales contra los antiguos dirigentes comunistas, véase Timothy Garton Ash, «Les Séquelles du Passé en Europe de l'Est», en Esprit, Octubre de 1998, pp. 45-66.

      En Austria, el ex presidente Kurt Waldheim, antiguo Secretario General de la ONU, sufrió por el contrario un general ostracismo cuando se descubrió su «pasado nacionalsocialista». Esta amnistía de hecho no ha suscitado en Occidente ninguna protesta ni ninguna sorpresa especial. Nadie piensa en convertir en museos los antiguos campos soviéticos, ni siquiera en alzar monumentos a las víctimas del terror estaliniano *.

* Una de las raras excepciones es la piedra traída del campo de Solovki, en el círculo ártico, que se ha erigido en Moscú en la plaza Lubianka, en el lugar de la antigua sede del KGB. El campo «Perm-36», que albergó a los detenidos políticos hasta 1987, también ha sido transformado en Museo de la Represión. Alexander Solyenitsin y el gobernador de la región de Perm, Guennadi Igumnv, pertenecen a su Junta Directiva.

     En Francia, donde un partido nacionalsocialista sería prohibido de inmediato, nadie duda de la legitimidad y hasta de la honorabilidad del Partido Comunista, antiguamente financiado por Stalin y que se mantuvo durante casi medio siglo a las órdenes de Moscú, y ello a pesar de todo lo que hoy se sabe sobre su pasado en la Komintern. Cuando la Derecha le criticó a Lionel Jospin su alianza con dicho partido, él incluso se declaró «orgulloso de contar con ministros comunistas en [su] gobierno» *. Mientras que ningún fascista francés se ha designado nunca a sí mismo como «hitleriano», los dirigentes del PCF, en cambio, se han glorificado durante mucho tiempo de ser «estalinianos» **. Jean-François Forges observa a este respecto que «en el cementerio del Père Lachaise de París, en las inmediaciones del Muro de los Federados, los monumentos a las víctimas de los campos hitlerianos están significativamente cerca de las tumbas de los dignatarios del partido comunista francés, es decir, de hombres que en su momento no expresaron ninguna condena del principio mismo de los campos estalinianos».

* Este mismo partido que en Noviembre de 1949 acusaba de «fabricar falsos documentos» a quienes evocaban la existencia de campos de concentración en la URSS, es el que hizo aprobar hace algunos años la ley Gayssot. Cabe destacar también que a los alemanes no se les ha ocurrido crear una calle Henrich Himmler, pero sí existe un municipio comunista que ha creado en Pantin una calle Dzerjinski, en homenaje al fundador de la Cheka.
** El 28 de Abril de 1951, Maurice Thorez era calificado como «el mejor estaliniano de Francia» por el semanario comunista France Nouvelle.

     En el pasado, a los anti-fascistas siempre se les creyó de inmediato, mientras que quienes denunciaban el comunismo eran considerados a menudo como fabuladores o espíritus partidistas. El 13 de Noviembre de 1947, después de que Victor Kravchenko hubiera desvelado, en Yo Escogí la Libertad, la realidad del sistema soviético de campos de concentración, el periódico comunista Les Lettres Françaises lo trató inmediatamente de «falsificador» y de «borracho». Ello dio lugar a un juicio por calumnias, que tuvo lugar en París del 24 de Enero al 4 de Abril de 1949. Margarete Buber-Neuman atestiguó en dicho juicio el 23 de Febrero. Al explicar, basándose en sus vivencias personales, que no hay ninguna diferencia de intensidad entre los campos soviéticos y los nacionalsocialistas, fue tratada de cómplice de los nacionalsocialistas. El antiguo deportado y resistente David Rousset, que dio igualmente su apoyo a Kravchenko, fue acusado asimismo por Pierre Daix de haber «inventado los campos soviéticos» [Les Lettres Françaises, 21 de Abril de 1949]. En el proceso que entabló en 1950 contra Lettres Françaises, Marie-Claude Vaillant-Couturier declaró: «Sé que no existen campos de concentración en la Unión Soviética, y considero que el sistema penitenciario soviético es indiscutiblemente, en el mundo entero, el más deseable de todos».

     En 1973, cuando Solyenitsin publicó El Archipiélago del Gulag, el periódico Le Monde todavía lo acusó de lamentar «que Occidente haya sostenido a la URSS contra la Alemania nacionalsocialista», al tiempo que el autor del artículo, Bernard Chapuis, no vacilaba en compararlo explícitamente con los colaboracionistas franceses Pierre Laval, Marcel Déat y Jacques Doriot , y se daba en el propio periódico la falsa noticia de que Solyenitsin se había instalado en el Chile del general Pinochet. Un año después, un editor alemán que había adquirido los derechos del libro de Pierre Chaunu Le Refus de la Vie, se negó a publicarlo, después de haberlo hecho traducir íntegramente, porque el autor se refería a los crímenes del comunismo. La propia matanza de Katyn, descubierta por el ejército alemán, sólo fue definitivamente reconocida como un crimen soviético cuando el Kremlin se decidió a confesarlo.

     Otro signo revelador: sólo cuando ha sido adoptado por antiguos comunistas decepcionados es cuando se ha empezado a considerar creíble el discurso anti-comunista. Sus pasados extravíos han sido considerados como una especie de garantía de su nueva lucidez, mientras que se sigue considerando sospechoso el hecho de haber sido lúcido desde un comienzo. Y, por lo demás, sólo se les consideró creíbles sobre la base del renombre adquirido en los tiempos de sus antiguos extravíos.

     La situación, hoy, sólo ha evolucionado en parte. Dos años después de caído el muro de Berlín, Guy Sitbon todavía podía escribir: «Finalmente, ¿es seguro que el comunismo tendrá que enrojecerse por su balance en Rusia, en el Imperio, o en China?» [Jeune Afrique, 11 de Septiembre de 1991]. Resulta también significativa la forma en que los medios de comunicación han dado cuenta de la película que Jean-François Delassus y Thibaut d'Oiron [Hitler y Stalin. Amistades Peligrosas, canal FR-3, Nov.-Dic. 1991] han realizado sobre el pacto germano-soviético y el reparto de Polonia: pese a sus evidentes cualidades, se ha podido leer en L'Histoire que la película tendría «el defecto de querer demostrar a toda costa que el sistema soviético es la mayor plaga que ha conocido nuestro siglo», efectuando una comparación entre los dos sistemas, el comunista y el nacionalsocialista, «que va en detrimento de Stalin» [sic]. En cuanto a los crímenes del comunismo, todavía se acostumbra frecuentemente a no calificarlos de tales. Jean Daniel escribe por ejemplo que el comunismo estaliniano recurrió a «medios nacionalsocialistas», cuando sería probablemente más adecuado a la verdad histórica decir que es el nacionalsocialismo el que utilizó «medios comunistas», puesto que fue desde la época de Lenin, y por su expreso mandato, cuando el comunismo se lanzó deliberadamente en la vía del crimen contra la Humanidad como medio de gobierno *.

* Con parecido espíritu, Jean d’Ormesson ha podido escribir que, «entre los hombres de Izquierda que, durante un período más o menos largo, han llevado a cabo con éxito una política de Derecha o de extrema Derecha, cabe citar, lamentándolo [sic], a Mussolini y a Stalin» (Le Figaro, 14 de Abril de 1998).

     «Si como fenómeno político, el monstruo ha muerto —escribe Jean-François Revel—, sigue bien vivo como fenómeno cultural. Cayó el muro en Berlín, pero no en las mentes. Describir la realidad del comunismo sigue siendo un delito de opinión [...]. ¿Por qué el negacionismo del "Holocausto" es definido como un crimen cuando se refiere al nacionalsocialismo, y no lo es cuando se escamotean los crímenes comunistas? La razón consiste en que, a ojos de la Izquierda, subsisten buenos y malos verdugos» *. «La insistencia en recordar los crímenes del comunismo —observa por su parte Jacques Julliard— varía en razón inversa de la profundidad de nuestras convicciones progresistas». Todavía hoy, añade Stéphane Courtois, «los crímenes del comunismo no se han visto sometidos a una evaluación legítima y normal tanto desde el punto de vista histórico como desde el moral».

* «85 Millions de Morts!» en Le Point, 15 de Noviembre de 1997, p. 65. El mismo autor constataba recientemente: «Existe un negacionismo pro-comunista mucho más hipócrita, más eficaz y más difuso que el negacionismo pro-nazi, el cual no deja de ser sumario y grupuscular [...]. La organización del no arrepentimiento en relación con el comunismo habrá sido la principal actividad política de la última década del siglo, al igual que la organización de su no conocimiento habrá sido la de las siete décadas anteriores» («Nazismo-Comunismo. El Eterno Regreso de los Tabúes», en Le Point, 10 de Octubre de 1998, pp. 118-119).

     Todos estos hechos, que se pueden establecer en páginas y más páginas, confirman que todavía en la actualidad, el nacionalsocialismo suscita un horror que el comunismo, pese a sus crímenes, no produce. Lo que se plantea entonces es la cuestión de saber por qué. Es la pregunta que formula Alain Besançon cuando, después de haber observado que «la amnesia del comunismo empuja al muy fuerte recuerdo del nacionalsocialismo y viceversa, cuando la simple y justa memoria conduce a condenarlos ambos», se pregunta: «¿Cómo es posible que hoy [...] la memoria histórica trate de manera desigual [estos dos sistemas] hasta el punto de parecer olvidar el comunismo?». ¿Cómo se explican el silencio voluntario y la ceguera culpable de los que el comunismo se ha beneficiado durante tanto tiempo?. ¿Por qué hechos conocidos desde hacía mucho tiempo sólo ahora empiezan a ser admitidos?; ¿por qué encontramos en un lado la «memoria» y hasta la hipermnesia, y en el otro tanta indiferencia y olvido?.


XIII

     Para responder a esta pregunta se han apuntado diversas causas. Se ha destacado el hecho de que los intelectuales de los países occidentales cedieron masivamente ante la ilusión comunista, unos intelectuales que actualmente no tienen la más mínima intención de reconocer su culpa y aún menos de ceder las posiciones que ocupan, al tiempo que siguen ejerciendo directa o indirectamente su magisterio sobre la opinión. También se ha evocado el temor de desagradar a la potencia soviética, que confortó durante mucho tiempo el cinismo de los empresarios y de los políticos. François Furet, por su parte, ha insistido en el prejuicio favorable que no podía dejar de encontrar en Francia una Revolución bolchevique que pretendía situarse en la línea de la Revolución de 1793. Pero estas consideraciones sólo se refieren a causas parciales. No pueden por sí solas dar cuenta de la «excepcional ceguera» evocada por Stéphane Courtois.

     Una razón más fundamental estriba en la alianza establecida durante la última guerra entre el estalinismo y las democracias occidentales, alianza que ha constituído el fundamento del orden internacional surgido de la derrota alemana de 1945.

     A partir de 1941, la URSS participó al lado de los Aliados en la caída del nacionalsocialismo. Obtuvo de ello un crédito moral que, luego, nunca dejó de explotar. Después de 1945, la victoria sobre el nacionalsocialismo impidió cualquier interrogación sobre el totalitarismo vencedor, cualquier cuestionamiento de su legitimidad política y moral. Permitió a la memoria comunista construír su propia leyenda sin recibir la menor réplica. En 1939 las democracias occidentales habían declarado la guerra a Hitler para impedirle invadir Europa Central y Oriental. Stalin, en 1945, pudo hacer caer un telón de acero sobre esta misma Europa Central y Oriental sin que nadie pensara en impedírselo. Por contigüidad con ello, todo el movimiento comunista ha disfrutado en la opinión occidental de un prejuicio favorable. «La guerra —destaca también Alain Besançon—, al establecer una alianza militar entre las democracias y la Unión Soviética, debilitó las defensas inmunitarias occidentales contra la idea comunista». Tony Judit explica de igual forma el silencio que durante tanto tiempo ha rodeado a los crímenes comunistas: «Se debe en parte a que seguimos siendo los herederos de la alianza victoriosa establecida con Hitler». «1945 le permitió probablemente al comunismo sobrevivir cincuenta años más», afirma por su parte François Furet. Es ésta, en efecto, una clave decisiva para explicar la cuestión. Por cuanto la Unión Soviética y las democracias occidentales combatieron juntas durante la guerra, sigue siendo necesario que Hitler haya sido peor que Stalin, o lo que es lo mismo: que Stalin haya sido mejor. Y al revés, si el nacionalsocialismo era realmente el mal absoluto al que sólo se podía liquidar aliándose con Stalin, ello significa que el sistema estaliniano era objetivamente útil, lo cual reduce en idéntica medida los reproches que se le pueden hacer. En 1949, en el proceso Kravchenko, Jean Cassou explicó de tal modo que «la guerra contra Hitler constituye un bloque»: criticar a Stalin equivale a empequeñecer Stalingrado y por tanto a descalificar Vercors [nido de la Resistencia francesa, asaltado por los alemanes en Julio de 1944]. De igual modo, cuando Solyenitsin publicó El Archipiélago del Gulag fue una vez más en nombre de la «prueba de Stalingrado» como se intentó ahogar su voz.

     En 1945, escribe Jean-Marie Domenach, «el prestigio del partido comunista, que después de 1941 había participado en la Resistencia, así como el del Ejército Rojo, que había vencido a los nacionalsocialistas, era tal que cualquier denuncia de la URSS aparecía como una complacencia hacia la "barbarie fascista" que estuvo a punto de cubrir a Europa». Admitir la realidad del régimen soviético de campos de concentración resultaba, en tales condiciones, casi inconcebible. Domenach añade que, después de haberse reunido con Margaret Buber-Neumann en 1947, «no dudaba de lo que decía acerca del Gulag. Pero se trataba para mí de un fenómeno en vías de desaparición, de una anomalía que sería corregida por la revolución en marcha. En realidad resultaba difícil, para una gente que se había lanzado con toda su alma en la lucha anti-nazi, concebir que un horror análogo estaba causando estragos en el campo de sus propios aliados».

     Lo paradójico es que la Unión Soviética ha podido disfrutar de tal modo de su más alto crédito moral en el momento mismo en que el terror estaliniano alcanzaba su cúspide. Es en 1942, en el mismo año de la batalla de Stalingrado, cuando la mortalidad bate todos sus récords en el Gulag: uno de cada cinco detenidos muere de hambre. Es asimismo en 1945 cuando los campos conocen el mayor número de detenidos (entre los cuales, cerca de dos millones de rusos entregados por los Aliados a Stalin, e inmediatamente deportados por éste). La otra cara de esta paradoja es que la verdad sobre el Gulag sólo será verdaderamente admitida por la opinión cuando se hubiera desmantelado parcialmente el sistema concentracionario soviético: las primeras liberaciones masivas de detenidos datan de los años 1954-1958. Ello equivale a decir, como lo ha destacado René Girar, que «el prestigio del estalinismo decreció, especialmente entre los intelectuales occidentales, a partir del momento en que disminuyó su grado de violencia».

     Al liberar a Europa Occidental en el preciso momento en que sellaba la servidumbre de Europa Oriental, la victoria de 1945 permitió, así pues, la aniquilación de un sistema totalitario al tiempo que consagraba otro. El concepto de totalitarismo, en la medida en que englobaba a la vez al vencedor y al vencido, quedó de tal modo desacreditado. Al mismo tiempo, el aplastamiento del nacionalsocialismo otorgó una indudable base de legitimación al «anti-fascismo»: a esa categoría discursiva que permitió dar un mínimo contenido ideológico a la alianza entre la Unión Soviética y las democracias occidentales. «La participación de los comunistas en la guerra y en la victoria sobre el nacionalsocialismo —escribe Stèphan Courtois— hizo triunfar definitivamente la noción de anti-fascismo como criterio de la verdad en la Izquierda, de modo que los comunistas se presentaron por supuesto como los mejores defensores de este anti-fascismo. Este último se convirtió para el comunismo en una marca definitiva, habiéndole sido fácil, en nombre del anti-fascismo, hacer callar a los recalcitrantes».

     Este dispositivo, sin embargo, sólo se llegó a establecer tardíamente. En un primer momento, los comunistas no quisieron ver en el fascismo más que una variante «dictatorial» del capitalismo, interpretándolo como la forma política a través de la cual el capitalismo traicionaba en cierto sentido su verdadera naturaleza (al tiempo que, invirtiendo la fórmula, el capitalismo podía ser definido como una forma no dictatorial del comunismo). En 1931, en el XI Pleno de la Internacional, Dimitri Manuilsky todavía afirmaba que «entre el fascismo y la democracia burguesa sólo hay una diferencia de grado». En Febrero de 1934 Maurice Thorez declaraba: «La experiencia internacional muestra que no hay ninguna diferencia de naturaleza entre la democracia burguesa y el fascismo. Son dos formas de la dictadura del capital. El fascismo nace de la democracia burguesa. No se escoge entre el cólera y la peste». El fascismo era representado entonces como un sistema financiado por un gran capital acorralado cuyo único recurso consistía en suscitar una dictadura para oponerse al irresistible avance del proletariado. Era la época en que Bertolt Brecht escribía: «Sólo combatiendo al capitalismo se podrá combatir al nacionalsocialismo. En esta lucha no hay otro aliado que la clase obrera». Como la URSS tenía por función dirigir las luchas proletarias, encarnando de tal modo la oposición más rigurosa al capitalismo, de ello se derivaba que cualquier crítica del poder soviético «le hacía el juego» al fascismo, al tiempo que, subsidiariamente, la mejor forma de luchar contra el fascismo consistía en hacerse comunista.

     Esta interpretación del fascismo como una emanación del capitalismo tuvo como paradójica consecuencia hacer que la Internacional [Comunista] favoreciera, indirectamente al menos, la victoria de los fascismos. Si el fascismo no es más que una forma del capitalismo, no hay en efecto ningún motivo para ayudar al segundo cuando parece amenazado por el primero. Son patentes a este respecto las responsabilidades comunistas en la llegada al poder del fascismo en 1922 y del nacionalsocialismo en 1933. En ambos casos, el sectarismo de los partidos comunistas los condujo a negarse empecinadamente a constituír un frente común con los partidos burgueses. Esta postura se radicalizó en 1928, con ocasión del VI Congreso de la Komintern, que afirmó la línea «clase contra clase» y denunció a la socialdemocracia como el alter ego del fascismo.

     Sólo a partir de 1934-1935 esta orientación fue brutalmente sustituída por las estrategias de «frentes populares». Como a partir de entonces Stalin consideraba necesario, a fin de que no se formara un bloque anti-soviético, obtener el apoyo de las democracias liberales y de los partidos progresistas burgueses, el «anti-fascismo» concebido como frente común se convirtió por ello mismo en la mejor forma de defender los intereses ideológicos, pero también materiales y territoriales, de la Unión Soviética. La firma del pacto germano-soviético, el 23 de Agosto de 1939, mostrará que esta estrategia anti-fascista, a la cual el Kremlin volverá dos años después, en realidad sólo era para la Unión Soviética un instrumento de su potencia exterior *. «El anti-fascismo —escribe Pierre-Jean Martineau— fue para la Internacional Comunista menos una doctrina implacable que un instrumento político y diplomático al servicio de una causa única: la defensa de la URSS».

* Sin embargo, la Unión Soviética —cosa que a menudo se olvida— ya había firmado el 29 de Noviembre de 1932 un pacto de no agresión con Francia, al que se le agregó un «tratado de asistencia mutua», firmado el 2 de Mayo de 1935, según el cual, en caso de agresión provocada contra Francia o la URSS, ambos países se prestarían inmediatamente asistencia y apoyo.

     François Furet ha mostrado con toda claridad cómo el anti-fascismo, antes de la guerra, fue instrumentalizado por el comunismo para crear una representación de la correlación de fuerzas políticas en la que la realidad del terror soviético desaparecía como por arte de magia, mientras que el sistema que lo aplicaba se veía legitimado por la destacada parte que tomaba en la lucha contra el «fascismo».

     A partir de la segunda mitad de la década de los años '30, el anti-fascismo, tal como lo define el Kremlin, va en efecto mucho más allá de la lucha contra el fascismo real. Su principal función consiste en hacer desaparecer el fenómeno totalitario. Por un lado, el anti-fascismo borra la especificidad del nacionalsocialismo (agrupado a partir de entonces bajo el término genérico de «fascismo» con regímenes tan distintos como los de Franco o Mussolini). Por otro lado, borra asimismo la especificidad del régimen soviético, al situarlo en el mismo campo que las democracias occidentales. De este modo desaparece por completo el parentesco [totalitario] entre el nacionalsocialismo y el comunismo. El mundo queda dividido en «fascistas», cuyo abanderado es Alemania, y en «anti-fascistas», cuyo más destacado representante es la Unión Soviética. La alianza establecida durante la guerra consagrará esta dicotomía falsa, la cual acabará suscitando su propia historiografía.

     Semejante estrategia resultaba, no hay ni que decirlo, sumamente rentable. Oscurecer la especificidad del nacionalsocialismo permitía o bien presentarlo como una variante de la Derecha autoritaria, o bien hacer pesar sobre cualquier Derecha la presunción de contigüidad, de colusión o de identificación con el fascismo. Ulteriormente, lo cómodo de tal procedimiento hará que se lo vaya usando cada vez más: mediante sucesivas olas concéntricas, se acabará lanzado contra cualquiera la acusación de «fascismo». «Los comunistas siempre dicen de sus enemigos que son fascistas», observaba ya André Malraux. Al igual que el anti-comunismo como referencia suprema permite denunciar como «comunista» todo lo que se execra, también el anti-fascismo permite catalogar de «fascismo» todo lo que se pretende combatir. El fascismo deja entonces de ser definido como una estructura social y política determinada. Kravchenko y Solyenitsin fueron, de tal modo, tratados sistemáticamente de «fascistas» por haber denunciado el Gulag. Aún hoy, «quienquiera que destaque la identidad del Fascismo y del socialismo, es de Derecha, y quienquiera que es de Derecha, es en el fondo de extrema Derecha, es decir, un fascista» *.

* Jean-François Revel, «L'Essentielle Identité du Fascisme Rouge et du Fascisme Noir», en Commentaire, primavera de 1998, p. 233. El método utilizado consiste en lo que Joseph Gabel ha denominado el «silogismo de la falsa identidad». Este método pseudo-lógico consiste en disociar los conjuntos concretos representados en los términos de una comparación, extrayendo artificialmente un elemento idéntico y elevando esta identidad parcial al rango de identidad total: «De Gaulle está en contra del comunismo, Hitler también lo estaba, luego De Gaulle = Hitler» (Joseph Gabel, Ideologies, Anthropos, 1974, pág. 84). ¡Inagotable método del que nunca se ha dejado de abusar!.

     El mito de la URSS como «baluarte del anti-fascismo» permitía, por otra parte, identificar al comunismo, tanto en el plano nacional como en el internacional, con la defensa de los valores democráticos. De esa manera, se mantenía la idea de que el comunismo no era otra cosa que una forma superior o perfeccionada de democracia. El anti-fascismo, por último, permitía desacreditar al anti-comunismo. Si los comunistas se oponen al fascismo, e incluso se le oponen con mayor vigor que los demás, cualquier anti-comunismo objetivamente le hace el juego al fascismo (silogismo destinado a servir de conminación alternativa). Y como el nacionalsocialismo es anti-comunista, resulta fácil extraer de ello la idea de que cualquier anti-comunismo sirve la causa del nacionalsocialismo, y por consiguiente de que el anti-comunismo es un mal superior al propio comunismo. De tal modo, el Kremlin pudo hacer del anti-fascismo «una especie de escaparate del comunismo, a partir de la idea de que, para ser un buen anti-fascista se tenía que ser filo-soviético, y que no se podía ser a la vez anti-soviético y anti-fascista. Esta especie de chantaje político fortaleció extraordinariamente el poder de atracción del estalinismo».

     Dado que cualquier adversario del comunismo era considerado como potencialmente nazi, los métodos de terror soviéticos, también ellos santificados por el anti-fascismo, resultaban de tal modo mucho más excusables o comprensibles. En 1936, por solicitud de su presidente, Victor Basch, la Liga de los Derechos Humanos nombró una comisión de investigación sobre los procesos de Moscú. A su regreso de la URSS, dicha comisión concluyó que los acusados eran culpables. En el mismo momento, Bertot Brecht escribía: «Por lo que atañe a los procesos [de Moscú], sería absolutamente inadmisible adoptar una actitud hostil al gobierno de la Unión [Soviética] que los organiza, aunque sólo fuera porque tal actitud pronto se habría transformado, automática y necesariamente, en una actitud de hostilidad hacia el proletariado ruso amenazado de guerra por el fascismo mundial, así como hacia el socialismo que está edificando».

     Tal como fue diseñado y aplicado por Stalin, el anti-fascismo sirvió sobre todo para legitimar el sovietismo. Dándole al «fascismo» un alcance lo bastante amplio para incluír en él cualquier forma de anti-comunismo (en la época de la Guerra Fría, Eisenhower, Foster Dulles, de Gaulle y Adenauer tomaron muy naturalmente la sucesión de Hitler y Mussolini como figuras del «fascismo»), creó la ilusión de un común denominador entre la Unión Soviética y las democracias occidentales, suscitando de tal modo una nueva categoría artificial. Subsidiariamente, la movilización «anti-fascista» empujó a Mussolini a establecer con Hitler una alianza de la que nada quería saber al comienzo. De tal forma, como señala George Orwell, la Izquierda se ha convertido en «más anti-fascista que anti-totalitaria». «Uno de los grandes éxitos del régimen soviético —observa Alain Besançon— es haber difundido y poco a poco impuesto su propia clasificación ideológica de los regímenes políticos modernos».


XIV

     Otra consecuencia de la manipulación del anti-fascismo por parte del Kremlin ha consistido en oscurecer su objeto: el Fascismo. Al agrupar bajo este mismo término unos sistemas políticos o ideológicos sumamente distintos, el anti-fascismo ha contribuído a hacer más difícil una definición que, todavía hoy, sigue siendo problemática. Los especialistas que han estudiado el Fascismo no están de acuerdo, en efecto, ni sobre sus orígenes ni sobre sus características esenciales.

     Los movimientos Fascistas han sido interpretados por Ernst Nolte como respuestas a la amenaza bolchevique. Renzo de Felice piensa que el Fascismo se define ante todo como un modo particular de entrar en la modernidad. Zeev Sternhell, que hace observar que «en Francia, el fascismo toma sus orígenes, y sus hombres, tanto en la Izquierda como en la Derecha, y muy a menudo mucho más en la Izquierda que en la Derecha», asegura que la ideología fascista ya estaba constituída, en sus principales elementos, antes de la guerra de 1914. Todavía se discute hoy si el Fascismo constituye un giro «soldadesco» y voluntarista de una ideología contra-revolucionaria, jerarquizante y anti-moderna (Nolte), si constituye por el contrario una doctrina modernista y revolucionaria, abierta a una sociedad nueva y que nada tiene que hacer de un pasado trasnochado (Furet), o si resulta fundamentalmente de una revisión del socialismo en un sentido anti-materialista y anti-internacionalista (Sternhell). La opinión más generalizada es que el Fascismo, como categoría general, constituye un sistema mixto en el que se asocia un socialismo purgado del materialismo con un nacionalismo jacobino, todo ello sobre el fondo de la crisis de las clases medias, el recuerdo de la Gran Guerra y la explosión de la modernidad.

     En su acepción más restringida, y por tanto la menos discutible, el término, en cambio, se utiliza legítimamente para calificar el veintenio mussoliniano. Ahora bien, el fascismo italiano es el gran ausente en El Libro Negro del Comunismo. Ocurre, en efecto, que en materia de violencia social y represión política, no es comparable con los regímenes totalitarios. Se dispone actualmente de cifras muy precisas sobre el balance del régimen Fascista italiano al respecto. Este balance consiste en nueve ejecuciones entre 1922 y 1940 (en su mayoría, terroristas eslovenos), seguidas de otras diecisiete durante los años de guerra, de 1940 a 1943, mientras que el número total de prisioneros políticos, por su parte, nunca fue más allá de algunos millares *. El fascismo italiano, que Pietro Barcellona no ha dudado en describir como «una especie de socialdemocracia autoritaria» impuso, es cierto, indudables restricciones a las libertades. Pero las mismas no tienen punto de comparación con el terror totalitario. Raymond Aron ya lo había señalado con toda claridad: «El régimen de Mussolini nunca fue totalitario: las universidades, los intelectuales, nunca se vieron sometidos, incluso si se restringió su libertad de expresión». «Entre Mussolini y Hitler —observa Jacques Willequet— siempre existirá el abismo que separa a la cárcel política del campo de concentración». Colocar la resistencia al totalitarismo nacionalsocialista bajo el signo del «anti-fascismo» constituye, en tales condiciones, una impostura. «Esta amalgama —declara Pierre Chaunu— forma parte de la mentira comunista consistente en oponer la democracia al fascismo, con lo cual el comunismo aparece como el sistema más democrático, ya que es el más opuesto al fascismo. Es la forma más perfecta de la mentira».

* Véase Stanley G. Payne, Franco y José Antonio. El Extraño Caso del Fascismo Español, Planeta, Barcelona, 1997. «Lo que prueba que la dictadura fascista no es totalitaria —señalaba ya Hanna Arendt— es que las condenas políticas fueron muy poco numerosas» (Le Système Totalitaire, Seuil, 1972). Este argumento fue calificado de «niñería» [sic] por Jean-Pierre Faye (La Quinzaine Littéraire, 16 de Marzo de 1973, pág. 28).

     Tomado como común denominador de todos los totalitarismos, reales o supuestos, el término «fascismo», sin embargo, sigue sirviendo todavía hoy de «espantajo universal» (De Felice). Jean Lacouture habla de «fascismo tropical» para calificar al régimen de Pol Pot; otros, de «fascismo verde» para designar el islamismo, mientras que el propio Jean-François Revel no duda en calificar al estalinismo de «fascismo rojo». Este uso retórico es un resto de la concepción estaliniana del anti-fascismo. Mantiene un efecto de óptica que no corresponde a los hechos. Como lo ha destacado Hanna Arendt, los regímenes políticos no se dividen en regímenes fascistas y anti-fascistas, sino por el contrario en regímenes liberales, democráticos, autoritarios y totalitarios. Aunque el propio Mussolini usó el término «totalitario» *, el régimen Fascista italiano no puede ser colocado entre los sistemas totalitarios, como tampoco entre los regímenes pertenecientes a las categorías clásicas del despotismo o de la tiranía. Como la mayoría de los politólogos lo reconocen actualmente, las diferencias entre los regímenes Fascista y Nacionalsocialista superan con mucho a sus similitudes. En cuanto régimen, el nacionalsocialismo es totalmente distinto del fascismo, al igual que el comunismo es totalmente distinto del socialismo. Englobarlos en un mismo término equivale a poner en un mismo cesto a Léon Blum y a Stalin, a Lionel Jospin y a Pol Pot. Presentar el nacionalsocialismo como una variante nacional de un vasto y nebuloso movimiento titulado «fascismo» es una concesión tardía al sovietismo. Quien emplee el término «fascismo alemán» para designar al nacionalsocialismo habla la lengua de Stalin.

* Contrariamente a un prejuicio existente, fueron sin embargo los anti-fascistas italianos quienes utilizaron por primera vez el término «totalitario» para denunciar el fascismo naciente. Giovanni Amándola fue el primero que describió al fascismo como un «sistema totalitario» en un artículo publicado el 12 de Mayo de 1923 en el periódico Il Mondo. El adjetivo fue luego transformado en sustantivo por Lelio Basso, en un texto de La Rivoluzione Liberale del 2 de Enero de 1925. Véase J. Petersen, «La Nasita del Concetto di "Stato Totalitario" in Italia», en Annali dell ’Istituto Storico Italo-Germanico in Trento, 1, 1975, Mussolini retomó la palabra en su célebre discurso pronunciado el 22 de Junio de 1925 en el Teatro Augusteo, con ocasión del IV Congreso del Partido Nacional-Fascista (PNF): «¡Todo en el Estado, nada fuera del Estado! Tal es nuestra feroz voluntad, implacable y totalitaria». Lo utilizará de nuevo en un artículo de la Enciclopedia Italiana publicado en 1932. El contexto indica bien a las claras que Mussolini se refiere tan sólo al medio de superar la división democrática entre el Estado y la sociedad. En un país, cuya unidad, tardíamente realizada, sigue siendo obstaculizada por las consecuencias de la crisis económica y por el desigual desarrollo del Norte y del Sur, Mussolini piensa que sólo un Estado fuerte puede realizar la unificación y la modernización de una verdadera comunidad nacional. «Para el fascismo —dirá también— todo está en el Estado; nada de humano o de espiritual existe y aún menos tiene valor fuera del Estado». Esta mística del Estado corresponde a la «estatolatría», no al totalitarismo. Se aproxima a las teorías del «Estado total» desarrolladas por Carl Schmitt en «Der totale Staat», en Der Hüter der Verfassung, J. C. B. Mohr, Tübingen, 1931; «Die Weiterentwicklung des totales Staats in Deutschsland», en Positionen und Begriffe im Kampf mit Weimar — Genf — Versailles 1923-1939, Hanseatische Verlangsanstalt, Hamburgo, 1940, pp. 185, ss., texto publicado en 1933 en la Europäische Revue), y sobre todo por Ernst Forsthoff (Der totale Staat, Hanseatische Buchgesellschat, Hamburgo, 1933). Estas teorías fueron muy pronto rechazadas por los nacionalsocialistas, quienes reprocharon a sus autores sucumbir a la «estatolatría» latina. La importancia concedida al Estado bajo el Fascismo hay que ponerla en relación con la relativa mediocridad del papel del Partido, muy bien analizada por Renzo de Felice (Mussolini, il Duce. Lo Stato Totalitario 1936-1940, Einaudi, Turín, 1981). Véase también Marco Carchi, Partito Unico e Dinamica Autoritaria, Acrópolis, Nápoles, 1983. El Fascismo italiano, en último término, no fue "totalitario" más que «en el sentido en que él mismo tomaba esta palabra» (Claude Polin, Le Totalitarisme, PUF, 1983, pág. 61).


XXV

     Hoy el nacionalsocialismo y el comunismo han desaparecido. El primero fue derrotado por las armas hace más de medio siglo; el segundo se descompuso por sí mismo hace menos de diez años, víctima de su propia entropía, después de haberse agotado durante décadas intentando alcanzar al mundo occidental por medio de un «mal pastiche» (Nicolas Berdieaev). Del uno y del otro quedan por algún que otro sitio supervivencias residuales. Sin embargo, mientras que el anti-comunismo se ha extinguido casi por completo con la caída del sistema soviético, y aun cuando el fascismo y el nacionalsocialismo se han derrumbado desde hace mucho más tiempo, el «anti-fascismo» sigue siendo un tema de actualidad. Por facilidad o por táctica, cualquier ocasión hasta les parece buena a algunos para denunciar ciertos «resurgimientos» del fascismo. «El anti-fascismo nunca ha estado tan expandido como desde que, en 1945, se venció al fascismo», constataba François Furet. El estalinismo habría muerto para siempre jamás, mientras que por lo que al «fascismo» se refiere, la Historia siempre estaría llamada a repetirse.

     Este anti-fascismo póstumo, él mismo anacrónico o residual, es sin embargo muy distinto del que instrumentalizaba el Kremlin en los años '30 o incluso en los '50, durante la época de la Guerra Fría. Ha cobrado, ante todo, mayor extensión, con el riesgo de vaciarse de todo significado bajo el efecto de su propia dilución. Como el fascismo ya no es reivindicado por nadie, sino que solamente es presumido en todo el mundo (y tanto más fácilmente presumido cuanto que nadie lo reclama), el anti-fascismo ya no se basa en una constatación efectiva sino en una simple imputación. Al no remitir a ningún fenómeno histórico real, se reduce a un Schimpfwort, es decir, a una operación de descalificación que funciona con total vaguedad, recurriendo al imaginario ambiental, como mito incapacitante y repulsivo: intentando capitalizar su efecto repulsivo, se lucha contra un fantasma al que se declara omnipotente. Por otro lado, ya no caracteriza a un sector preciso de la opinión, sino que forma parte de un consenso prácticamente general, en la medida misma en que ataca a un adversario con el que nadie quiere identificarse. Por último, y por esta misma razón, se ha modificado su beneficiario. Ya no sirve para legitimar al sistema soviético, sino por el contrario a esa sociedad establecida y a esa ideología burguesa que el anti-fascismo de ayer pretendía destruír o suplantar. Por ello, forma parte de lo políticamente correcto y constituye una inversión tanto más rentable cuanto que está absolutamente desprovista de riesgo. En la época de los fascismos reales, el anti-fascismo podía conducir a los campos de concentración o ante el pelotón de ejecución. El nuevo anti-fascismo sólo constituye un medio entre otros, pero sumamente destacable, para que a uno le abran las puertas de los medios de comunicación y de las cadenas de televisión.

     Definido por Thierry Wolton como «el mayor común denominador de una Izquierda nostálgica del marxismo-leninismo», el anti-fascismo contemporáneo constituye, ante todo, una expresión de pereza intelectual, pues siempre resulta más fácil identificar los males del pasado que darse cuenta de los del presente. En un mundo que ha aprendido a desconfiar de la idea de un Bien absoluto, pero que sigue sintiendo más necesidad que nunca de un Mal absoluto, el anti-fascismo representa, por otra parte, una cómoda forma de profesar una moral mínima. «La actual oposición al nacionalsocialismo, oposición tardía y sin ningún peligro, constituye un sustitutivo de la religión», constata Ernst Nolte. El anti-fascismo posee, por último, un evidente aspecto utilitario. «La posteridad —decía también François Furet— se asombrará sin duda de que las democracias hayan inventado tantos fascismos y amenazas fascistas después de que los fascismos hubieron sido vencidos. Ello se debe a que, si la democracia estriba en el anti-fascismo, le resulta necesario a la misma vencer a un enemigo constantemente renaciente». Hacer de un fascismo imaginario una omnipotente amenaza, permite hacer aceptar todas las taras, todas las patologías del mundo actual como un mal menor frente al «mal absoluto» *.

* Sobre el «neo-antifascismo», véase también el artículo de Pierre-André Taguieff, «Les Écrans de la Vigilance», publicado en el número especial de la revista Panoramiques dedicado al «linchamiento mediático» (4.º trimestre de 1998, pp. 65-78). «El neo-antifascismo — escribe Taguieff— se caracteriza por ampliar sin limitación el campo de lo que estigmatiza como "fascista" [...]. El neo-antifascismo es una demonología [...]. La trágica paradoja ilustrada por esta corrupción ideológica del anti-fascismo es que se parece cada vez más, tanto por sus métodos como por las pasiones negativas que lo vertebran, al "fascismo" que pretende combatir». En el mismo número, Alain Finkielkraut expresa una opinión más o menos idéntica: «Llevados por la idea de no perder su cita con la Historia, los anti-fascistas contemporáneos están perdiendo su cita con la política. Y algunos de ellos, realizando la última forma del linchamiento, sucumben a la tentación del pensamiento binario. "La Izquierda —decía profundamente Orwell— es anti-fascista: no es anti-totalitaria". Se ha creído, en los últimos años del comunismo, que se había corregido tal defecto. Hoy es preciso darse cuenta de que no es así, al menos por lo que atañe a la Izquierda intelectual. El fin de este valedor de las sociedades liberales que era el socialismo, así como el auge de la extrema Derecha, vuelven a dar vida al esquema de la única alternativa. La escena pública, interior y mundial, queda reducida al enfrentamiento de dos fuerzas: la tribu de Abel y la de Caín, el pueblo en lucha, y el resto de la sociedad en vías de fascistización. El pluralismo es una apariencia y la política un combate sin merced que tiene que acabar con la erradicación del mal [...]. En suma, hay que completar la frase de Orwell: cuando la Izquierda deja de ser anti-totalitaria para ser solamente anti-fascista, vuelve a hacerse totalitaria» (pp. 85-86).

     Fascismo y anti-fascismo, comunismo y anti-comunismo, comparten hoy la misma nostalgia y la misma incapacidad de analizar el presente. Las pulsiones actuantes en los totalitarismos del siglo XX siguen estando obviamente presentes. Pero si todavía están ahí, es porque ya estaban ahí antes; es decir, porque pertenecen a fin de cuentas a la naturaleza humana. Situar el comunismo y el nacionalsocialismo en su época es comprender que tanto el uno como el otro representaron «respuestas» a un tipo de coyuntura, a una problemática política y social que difiere radicalmente de la que conocemos hoy. Los totalitarismos modernos fueron los productos de una modernidad que ya está hoy acabada. La Era abierta en 1917 concluyó en 1989. La post-modernidad plantea una problemática que nada tiene que ver con la que le precedió. La tozudez de concebir el futuro tan sólo como una repetición del pasado, la terquedad de querer entrar en el siglo XXI marchando hacia atrás, impide imaginar lo que podría ser un totalitarismo futuro. «Veo surgir —señala también Ernst Nolte— una amenaza concreta: que el "capitalismo" totalmente desencadenado, dominando al mundo entero, haga que el vacío que trae consigo sea llenado por un "anti-fascismo" que simplifica y mutila la Historia de igual forma que el sistema económico uniformiza el mundo». No hay peor error, para un observador, que el de equivocarse sobre el momento histórico que es el suyo.–


 

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