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sábado, 15 de noviembre de 2014

Jean-Charles Pichon acerca de Nerón



     Jean-Charles Pichon (1920-2006) fue un francés, historiador, escritor de ensayos, novelas y dramaturgia, periodista, y un investigador concienzudo de temas esotéricos y especialista en Historia de las religiones y en religiones comparadas. Además de un impresionante intento de establecer el álgebra de los mitos, las propiedades cíclicas de Eras y motivos mitológicos dentro del Eterno Retorno, su obra más conocida en castellano, titulada "El Hombre y los Dioses" (originalmente de 1965), publicó primero en 1961, bajo el título de "Saint Néron", y luego en 1971 una versión aumentada y revisada como "Néron et le Mystère des Origines Chretiénnes" (editado todo por Robert Laffont), un ensayo que sería entonces una rebelión contra una Historia a menudo falsificada en el curso de los siglos (texto que desataría las pasiones de los críticos), que revelaría una más verdadera figura del Emperador maldito, refutando las ideas preconcebidas sobre la matanza de los cristianos, el incendio de Roma, el homicidio de Británico, el incesto con Agripina y muchas otras acciones, rehabilitando a uno de los personajes más odiados de la Historia humana. En 1989 el doctor Jean-Paul Debenat, profesor de literatura comparada en la Universidad de Nantes, revisó el texto de 1971 sobre Nerón de Jean-Charles Pichon y le consagró un estudio, "Néron ou le Combat des Dieux" (Bruselas, 1989). De dicho estudio se publicó un extracto en la edición Nº 3 de la revista Les Portes de Thélème (Julio de 1999), presentado hace cuatro años en jeancharlespichon.com, que ofrecemos ahora traducido directamente del francés. Agregado tras ese artículo ponemos unos pasajes de "L'Homme et les Dieux" de Pichon que se refieren a Nerón y al contexto de su innovación o búsqueda religiosa, tomados esta vez de la versión en castellano publicada en 1970 por la española Editorial Bruguera.


SAN  NERÓN
por Jean-Paul Debenat
Julio de 1999



     La obra [1971], completada y comentada, aparece diez años después de "Saint Néron". Jean-Charles Pichon concluye de la siguiente manera su "Advertencia": «Si yo debiera ser aún (este) objeto de escándalo, le daría de nuevo una cita al lector en una decena de años» (JCP).

     En esta cita, J. C. Pichon no es en la misma medida, ni mucho menos, el objeto de escándalo que fue en 1971. Si «la opinión común no se mueve sino lentamente y después de muchas negativas» (JCP), los especialistas consideran en efecto hoy que Nerón no fue responsable del incendio de Roma. Si no fuera más que por esto, la obra contribuyó a modificar el retrato de un personaje que permanecía inmutable desde hace diecinueve siglos.

     Ahora conviene examinar esta obra más de cerca.

     En primer lugar, en el prefacio de 1961 el autor define su método. Reportero investigador con ocasión de causas célebres, los asesinatos de Lurs, el asunto de Paule Guillon, el proceso de Margarita Marty o del cura de Uruffe, procede como periodista:

     «—No rechazar una hipótesis, por muy sorprendente o escandalosa que sea, cuando sólo ella permite comprender lo inexplicable.

     «—La hipótesis encontrada, juzgarla menos con arreglo a los hechos afirmados y las opiniones recibidas que con arreglo a las razones que podrían reivindicarla: de este modo se explica la forma inusual que toma prestada este ensayo. Se le considerará como un reportaje entre los muertos, los textos mutilados y las ruinas» (JCP).

     Luego el autor precisa las circunstancias que le hicieron redactar "Saint Néron". Se trataba al principio de un encargo de Robert Laffont destinado a su colección Ce Jour-là, refiriéndose a un tema clásico, "el incendio de Roma bajo Nerón, en el año 64 de nuestra Era". Pichon reconoce que creía, como todos y cada uno, que Nerón era «el genio creativo, desnaturalizado por el poder, capaz de todos los crímenes y de todos los excesos, colocado sobre el camino del joven cristianismo, como todo, expresamente para prohibirle el paso» (JCP).

     Redactar, después de muchas otras, una obra suplementaria sobre Nerón, era volver a participar en un ejercicio de estilo al cual se había entregado J. C. Pichon. Pero después de haber redactado varios capítulos —páginas delirantes— él descubrió el libro del historiador británico Arthur Weigall "Nero, Emperor of Rome", que toma en cuenta, a partir de los textos, oficiales o no, los actos de clemencia y de generosidad del Emperador, su obra de constructor, las medidas de moderación con respecto a los impuestos, y otros.

     «Es bastante sorprendente que demasiados historiadores no lo hayan tenido en cuenta. Sin duda, los cristianos preferían a estos documentos seguros pero imprevistos, el cómodo mito del Anticristo; los catedráticos de universidad consideraban literario y peligroso procurar conciliar tales contradicciones» (JCP).

     Es posible también que los especialistas hayan considerado sospechosa la ambición, reconocida, de Arthur Weigall: convertirse en otro para sumergirse en el pasado, intentar modelar su sensibilidad según la de la época estudiada, conservando el rigor del verdadero historiador. Pichon adopta la misma actitud: «Así, cuando creí haber comprendido a Nerón, comencé a escucharlo y a entenderlo, a mirarlo dormir, cargado de bebidas, de alimentos y de fatiga, comer sin hambre y sin reserva, acercar sus gruesos labios a un vaso lleno de vino de Falerno o reflejar la cara sorprendida de uno de sus huéspedes en sus ojos de pez» (JCP).

     El escritor imagina las conversaciones entre Nerón y sus invitados: Josefo, el historiador judío, Simón el Mago, el actor Aliturion, Petronio. Él sub-raya la contradicción entre la energía infatigable desplegada por el Emperador para aliviar a las víctimas del incendio y la acusación monstruosa contra él. Si él no es culpable del desastre, Nerón tal vez se regocijó: él reconstruirá Roma conforme a sus sueños de artista.

     «Me hacía falta, apoyándome en todo lo que sabemos sobre el carácter del Emperador, explicar "desde el interior" la insensata escena y mostrar allí el resultado de una evolución lenta y secreta...» (JCP).

     En Marzo de 1960 Pichon permanece en Roma, donde, dice él, «yo iba a descubrir otra realidad».

     Así como otros antes que él, Pichon sufre la influencia del escenario. Ahora el incendio de Roma se desarrolla bajo sus ojos, pero esta vez como si él asistiera a eso verdaderamente. Ante la amplitud de la catástrofe, el pueblo busca a un culpable, porque el azar no basta para explicar los hechos. Pero, si es plausible suponer que Nerón no amaba a Roma y soñaba con remodelarla, está admitido hoy que no se convirtió por eso en un incendiario. ¿Quién, entonces, tenía interés en acusarlo del crimen y difundir esta acusación entre el pueblo? Jean-Charles Pichon responde citando el complot descubierto en 65, apenas siete meses después del incendio. Nerón condenará a 18 conspiradores de 41 a morir (entre ellos el cónsul Pisón, el filósofo Séneca y el poeta Lucano). Diversas quejas unían a los conjurados: desprecio del Emperador enfrente de un senador, insulto a un poeta, ofensa al respeto debido a un general.

     «Pero otros se sienten simplemente avergonzados y cansados de obedecer a un príncipe que prefiere la diosa siria Atargatis a la Madre Primordial y los éxitos —muy dudosos— como histrión a los honores que le rinde el Senado. Todo es bueno para sus críticos: la tributación insuficiente por el trigo (que le permite a cada uno alimentos para comer), la disminución del peso de las monedas de plata (que consolida el oro, universalmente recibido), y el derecho latino concedido a las poblaciones de los Alpes marítimos (a pesar de que, siendo más grave, se haya visto a Claudio conceder el derecho de ciudadanía a provincias enteras sin que los senadores se quejaran de eso). Ellos reprochan al Emperador, algunas veces la muerte de su madre o de su mujer, y otras su peligrosa debilidad hacia los poetas insolentes, los cónsules ambiciosos y los generales vencidos. Ellos se mordieron los labios y fruncieron el ceño la primera vez que Nerón actuó en un teatro, que fue en Nápoles; y creyeron que la bóveda celeste se derrumbaba cuando oyeron, el mismo año, que sobre el estanque de Agripa, el Emperador del Mundo era cabalgado por su bufón, aullando como una mujer que está siendo forzada...».

     Los conspiradores fracasan en sublevar al pueblo: Tigellinus, el prefecto de policía, queda a cargo de la guardia pretoriana; el Senado está dividido, y demasiados generales permanecen fieles a Nerón.

     «Ellos descubren a la vez que el momento de actuar había llegado y pasado, porque se puede explotar el desconcierto de una muchedumbre pero no su pánico» (Tácito).

     Imitando a Arthur Weigall, Pichon insiste en la mansedumbre de Nerón: sólo 18 conjurados perecieron, y los otros serán exiliados, indultados o absueltos, moderación notable comparada con la de otros Emperadores.

     Con el fin de desviar el rumor infamante, Nerón habría inventado a los culpables. Así lo pretende Tácito. El Emperador sacó provecho entonces de la mala reputación de la que gozaba una pequeña secta judía, la de los cristianos, «convictos menos del crimen de incendio que de odio contra el género humano» (Tácito). El texto de Tácito autoriza a Pichon a plantear varias preguntas que merecen ser resumidas aquí:

1) El pueblo romano ¿era capaz de distinguir entre las diversas sectas judías de aquel año 64?

2) ¿Cómo Nerón habría podido masacrar a millares de cristianos siendo que no había más que algunos en Roma, ya que la secta acababa de nacer?

3) ¿Cómo hablar de represión romana en 64, siendo que ninguna sanción fue votada y mientras que hará falta más de un siglo todavía para que la creencia en Jesús se convierta en un crimen?

     Jean-Charles Pichon, como el historiador Charles Louandre, sospecha en Tácito una falta de honradez y sugiere además la posibilidad de un añadido apócrifo, concerniente a las persecuciones, en el texto de Tácito. Además, un pasaje de Suetonio que relata las medidas rigurosas decretadas bajo el principado de Nerón, parece sospechoso: «gravados con impuestos los gastos lujosos, y los festines públicos, reducidos a distribuciones de víveres; prohibida toda venta en los restaurantes, excepto verduras y hierbas de jardín, siendo que se había servido toda suerte de platos; entregados al suplicio los cristianos, gente adicta a una nueva y maléfica superstición; prohibidos los juegos de cocheros de cuadrigas, que un viejo uso autorizaba a vagabundear por todo lugar, engañando y robando a cada uno; etcétera».

     Pichon se muestra muy sorprendido de ver a los cristianos ¡colocados entre las hierbas comestibles y los cocheros de cuadriga!, tanto más cuanto la obra de Suetonio abunda en pasajes consagrados específicamente a las religiones de la época y a los excesos del Emperador. Él observa también que el suplicio de los cristianos puede difícilmente entrar en el marco de una enumeración de nuevas instituciones ya que ningún texto legislativo vino a legislar tales suplicios. Es por eso que la hipótesis de un añadido torpe y tardío, por un copista cristiano, le parece completamente defendible y aplicable igualmente a la obra de Tácito. La matanza de los cristianos, en este contexto, es incomprensible: «¡Las leyes que la hubieran permitido no faltan menos que las víctimas!» (JCP).

     ¿A quién persiguió Nerón?: ¿a los judíos? Esto es muy improbable: «El emperador amaba la compañía de los judíos».

     En 63, él escucha al joven historiador judío Flavio Josefo defender la causa de sus compatriotas destinados a comparecer. Más tarde, él responde favorablemente a la petición de una delegación judía, respaldada por Josefo, con el fin de que un muro de Jerusalén sea preservado. El historiador en las «Antigüedades Judías», en 93 (a saber, 25 años después de la muerte de Nerón) continúa defendiendo al Emperador, y se levanta contra los autores que lo colman de impúdicas mentiras.

     La pregunta permanece: ¿quién fue la víctima de las persecuciones?.

     «Durante estos dos años, 65 y 66, en que se inquieta la Ciudad, ¿cuándo se irritan los senadores, cuándo se rebelan los patricios, cuándo sus íntimos lo abandonan, en qué se convierte Nerón? Cada vez menos en un Emperador, cada vez más en uno de esos hombres inasequibles que los historiadores, para desembarazarse de ellos, afirman que están atacados de locura.

     «Al mismo tiempo que indulta a demasiados culpables, se muestra despiadado con hombres del pasado a los cuales él reprocha sólo una virtud rigurosa» (JCP).

     Sin embargo, estas persecuciones insensatas ¿bastan, respecto a las de sus predecesores y sus sucesores, para que se califique a Nerón de enemigo del género humano?. ¿No hay un crimen todavía más imperdonable, que la destrucción de sus creaciones —la Casa Dorada, sus textos poéticos y sus cronistas (Rusticus, Cluvius Rufus)— nos impide conocer?.

     «...¿Por qué, si fue un monstruo, el pueblo romano lo veneró durante medio siglo como un bienhechor de la Humanidad?» (JCP).

     La respuesta surgirá en el momento de la segunda estancia de Pichon en Roma, precisamente en las ruinas de la Casa Dorada, porque «todos los caminos llevan a la arquitectura» (H. G. Wells).


     La tercera parte del libro de Pichón, titulada "La Hipótesis", comienza con la descripción del palacio que el Emperador hizo construír sobre el Palatino y el Esquilino. El edificio evoca la patria de los dioses. Sin embargo, allí donde algunos reconocen sólo la nostalgia de la tradición griega o la expresión de la desmesura, el autor descubre al contemplar las pinturas murales, los mosaicos o los frescos, mutilados, la impronta del cristianismo.

     «Vi o creí ver figuras y sombras donde reconocí los contornos esbozados de los primeros símbolos cristianos: peces y palmas; y, en la sala de los mosaicos, la sensación que tuve era exactamente la que había sentido en los lugares más antiguos de la cristiandad» (JCP).

     Pichon combate esta impresión profunda donde el raciocinio no tenía nada que hacer, hasta que a pesar de su absurdidad, ella se impone definitivamente.

     Se supone, en rigor, que «Nerón no ignoraba nada del cristianismo», él, que acogía a los adivinos y a los astrólogos, que prefería a la adoración de los Lares los ritos "extranjeros", que se iniciaba en las religiones persas, sirias y egipcias. Sin embargo, la hipótesis de un Nerón adepto del cristianismo no acabó de sorprender. Consideremos los argumentos que la sostienen. Entre éstos, la presencia de Pablo de Tarso en Roma pesa de un modo particular.

     En 58, Pablo, arrestado en el templo de Jerusalén es acusado de suscitar la rebelión del pueblo judío. Él pasará dos años en prisión, hasta 59 ó 60. Trasladado a Cesarea, gobernada por Festus, pide ser juzgado en Roma, por cuanto es ciudadano romano, y apela al Emperador. Es claro que él no teme la arbitrariedad de este último. En Roma, en 62, se le autoriza a predicar: «Pablo permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado. Él recibía a todos los que iban a visitarlo, predicando el reino de Dios y enseñando a Jesús-Cristo en toda libertad y sin obstáculo» (Hechos de los Apóstoles 28:30-31).

     Pablo parece gozar efectivamente de la protección del Emperador y, al irse a Roma, el apóstol alimentaba ciertamente la ambición de entrevistarse con Nerón. La tradición salvaguardó por otra parte el recuerdo de las relaciones entre Pablo y Nerón, ya que un fresco de la Capilla Palatina en Palermo muestra al Emperador arbitrando un debate entre Pablo, Pedro y Simón el Mago.

     Para Jean-Charles Pichon, el encuentro de Pablo y de Nerón no admite ninguna duda. Pablo mismo proporciona un argumento irrefutable en una epístola donde deja irrumpir su alegría: «Tengo de todo y en abundancia», y que concluye así: «Los hermanos que están conmigo te saludan. Todos los santos te saludan, particularmente los de la casa de César» (Epístola a los Filipenses 4:21-22).

     Así, Pablo es recibido en la casa de César, porque el Emperador esperaba la prodigiosa novedad del discurso de Jesús. En su entorno, la influencia de su indefectible amiga Actea lo llevaba a entender este discurso; la enseñanza de Simón el Mago y de Apolonio de Tiana también. La astrología constituía una parte del saber de los hombres de este tiempo. Por intermedio de Apolonio, o por otros, Nerón conocía la precesión de los equinoccios: aproximadamente cada dos mil años —la Era de 2.150 años según Platón— las constelaciones se desplazan en la rueda del Zodíaco.

     «En el siglo primero, llegaron los tiempos en que los Peces, con su doble sentido astrológico —el amor, Venus (el viernes), y el océano-Humanidad— iban a ser el signo de una nueva religión, llamada a dar testimonio de Dios durante dos mil años. Jugándose por los Peces, Nerón apuesta al futuro» (JCP).

     Sabemos que los cristianos hicieron del Pez, en griego ΙΧΘΥΣ (ijthüs, iniciales de Iesous Christos Theou Uios Soter: Jesús-Cristo, el Salvador Hijo de Dios), su signo de reunión.

     En la primavera de 65, Nerón da su nombre al mes de Abril (el mes de la apertura), «porque este mes, que todavía colocamos bajo el signo del Carnero (Aries) como lo hicieron Jacob y José, estaba de hecho desde medio siglo ya ocupado por la constelación de los Peces, como debe estar, en nuestro tiempo, por la constelación de Acuario» (JCP).

     Las declaraciones de Pablo despiertan ecos singulares: él no hace el bien que quiere y hace el mal que no quiere; romano, no se adhiere a lo que muere porque la muerte debe ser vencida; las torres de Menfis, Ur y Babilonia igualaron a las de Roma, después de que éstas se precipitaron: sólo la Palabra permanece.

     La pasión de Pablo sobrepasa con mucho las declaraciones de los estoicos y de los astrólogos. El Emperador se cansa de los dioses oficiales del Panteón romano. Ávido de exceso, escucha a Pablo. «¿Para qué el poder ilimitado de César, si César se contenta con pavimentar los caminos en Tracia? Es Roma la que hay que reinventar; provincias enteras que hay que hacer libres; ¡es el cielo el que hay que dotar de un dios! Esta alegría fulgurante lleva una montaña de sueños. Pero los sueños de César son realidades. Porque, verdaderamente, César ¿qué no puede?» (JCP).

     Es necesario renacer. Entonces, el Príncipe, amante de los griegos, se hace comediante, porque si hay que cambiar para vivir, el actor, él, es inmortal. El actor y el arquitecto, añadiremos nosotros: ¿se podrá soñar un estilo más suntuoso que la Casa Dorada, estilo que el Emperador, el artista supremo, extenderá al Imperio entero?.

     «Como sabio arquitecto puse un fundamento, pero algún otro está edificando sobre él. Mas siga vigilando cada uno cómo edifica sobre él. Porque nadie puede poner ningún otro fundamento que el que está puesto, que es Jesús-cristo. Ahora bien, si alguno edificare sobre este fundamento con oro, plata, piedras preciosas, maderas, heno u hojarasca, sepa que la obra de cada uno se hará manifiesta, porque el día la pondrá al descubierto, por cuanto será revelada por medio del fuego; y el fuego mismo probará qué clase de obra es la de cada uno. Si la obra de alguien, obra que él ha edificado encima, permanece, él recibirá galardón; si la obra de alguien es quemada por completo, él sufrirá pérdida, pero él mismo será salvado; sin embargo, si así es, será como a través de fuego» (1a Epístola a los Corintios 3:10-15).

          Es Pablo quien habla y Nerón recibe su enseñanza a la manera de un príncipe romano dotado de un alma de artista. Dion Casio, el historiador, dice que vio al Emperador asumir todos los papeles legendarios, de Edipo a Tiestes, pero desde ahora en adelante, Nerón se transforma en mujer encinta, en mendigo, en héroe.

     «Si alguno entre ustedes se tiene por sabio, a la manera de este siglo, que se haga loco, con el fin de hacerse juicioso» (1a Epístola a los Corintios 3:18).

     Luego, en 66, en el momento de ceremonias grandiosas, el Emperador deposita la diadema de soberano sobre la frente de Tirídates, que se convierte así en rey de Armenia bajo el protectorado de Roma. Él también cierra las puertas del templo de Jano, símbolo de la guerra. Así él adquiere la paz para el Imperio y un amigo político en la persona de Tirídates. Él aprovecha eso para hacerse iniciar por este último en la leyenda y la doctrina del dios Mitra.

     A través de los papeles que adopta el Emperador en el teatro, de sus obsesiones por los diversos dioses y diosas, se transparenta la historia milagrosa de Cristo: «Cristo así deberá nacer de una virgen —virgen y madre como el Agua— y en una gruta así como Mitra. Como el dios de Tirídates, humildes pastores primero lo adorarán. A los magos y a los grandes sacerdotes de las diversas religiones, venidos de Egipto y de Caldea, de Frigia, de la lejana India, las estrellas del cielo designarán el lugar del nacimiento. Entonces llevado por tal mito, el cristianismo podrá convertirse en la Iglesia Única, ¡prometida a los dos mil años en que reinará el Pez!» (JCP).

     Nerón quiere ser el director del grandioso espectáculo: la creación del Dios universal. Para este fin, él recluta agentes: él se rodea con extrañas sacerdotisas vestidas de blanco; en 68, él toma de los ricos para darle a los pobres, y los esclavos, los libertos tienen la sartén por el mango. Él los enrola en extrañas cohortes, que se añaden a las Augustiani. En 68, después de un largo viaje por Grecia —durante el cual se atrevió a confiarle el consulado a Helius, un liberto—, crea un cuerpo de sacerdotes del mar.

     Los agentes de Nerón —que se podrían calificar como Juventudes neronianas— denuncian al amo injusto, al avaro, al ciudadano que se atreve a llevar una toga púrpura con desprecio del reglamento. Los excesos de ellos, y los del Emperador, descontentan a los desposeídos.

     En el exterior, la rebelión retumba, conducida por Vindex, Galba, Otón y Rubrius Gallus. ¡Pero el Emperador se contenta con perfeccionar sus órganos hidráulicos! Pablo reprueba la parodia de la fe, la locura mística que empuja a Nerón a presentarse como Dios.

     Galba se instala en la capital. Él masacra a millares de soldados sin armas, los fieles de Neptuno, los pescadores de hombres de Nerón. Roma nunca se llamará Nerópolis. La comedia ha terminado. Nerón, refugiado en la villa de uno de sus libertos, Phaon, se abre la garganta con la ayuda de un puñal, el 9 de Junio de 69.

     Pablo morirá poco después de Nerón, sin duda el 29 de Junio, víctima de las depuraciones.

     «El Emperador no había actuado así más que por orgullo, por muy humanos que hubieran parecido a veces sus actos. Por muy dudosos que les hayan parecido sus actos a las jóvenes comunidades cristianas, el apóstol no había dejado de actuar como "fuera de sí", en el más perfecto desinterés. Ambicionaba su gloria y la otra gloria de Dios. El verdadero creador, cuyas obras duran, ¿no es el que ha renunciado por su creación, sin preocuparse de ser aplaudido?» (JCP)

     Un cuarto y último capítulo, de diez páginas solamente, titulado "La Historia", precisa la suerte reservada al recuerdo de Nerón. El pueblo, después de haber adorado y después de odiar al Emperador muerto a los 33 años, espera su regreso —o su resurección.

     Entre las cualidades de la obra de Pichon, algunas merecen ser enfatizadas.

     La primera es haber tomado a Nerón en serio, como buen administrador primero, como artista apasionado luego. Músico, poeta y comediante, Nerón no fue un bufón, incluso si algunos de sus contemporáneos juzgaron su presencia en las tablas incompatible con sus funciones. Jean-Charles Pichon lo muestra entregándose a severos ejercicios con el fin de mejorar su voz; angustiado, como es frecuente entre los actores antes de que se levante la cortina.

     Reuniendo las obras maestras (pinturas y esculturas, griegas en su mayoría), rodeándose de escritores, Nerón no se contenta con cultivar el arte por el arte. La intuición que lo guía se refleja en los personajes a quienes él encarna en la escena; ella también se transparenta en su atracción hacia la diosa Atargatis, Dea Syria, que los esclavos veneran desde el siglo II a.C., y para la cual el pez es un animal sagrado; hacia la virgen-madre Juno-Canathos; y hacia Apolo finalmente, bajo su forma del dios-delfín.

     Esta intuición se alimenta además de encuentros: con los esotéricos judíos, con el mago gnóstico Simón, el sabio neo-pitagórico Apolonio de Tiana, Tirídates, instrumento de la conversión al zoroastrismo, y con Pablo de Tarso.

     Pichon insiste en las significativas medidas tomadas por el Emperador: la interdicción de la matanza en el momento de las luchas de gladiadores (medida muy impopular), y la creciente importancia social, política y religiosa concedida a los esclavos y a los libertos.

     Observaremos, incidentalmente, que cuando Nerón favorece a los pobres alienándose con esto a los notables— él también los priva, en un mundo ávido de brutalidad, del espectáculo de los derramamientos de sangre en los ruedos.

     Las medidas adoptadas por el Emperador son demasiado numerosas en el mismo sentido para que se continúe ignorándolas.

     El segundo mérito del autor consiste en describir con minucia la evolución de Nerón que, barriendo el Panteón romano, intenta instaurar al nuevo dios.

     La Humanidad conoció una tentativa similar e igualmente desafortunada: la de Akenatón, en el siglo XIV a.C., que rompió con el politeísmo de su época y trató de establecer por la fuerza el culto de un dios único, del cual el Sol habría sido la manifestación. Así como Roma después de la muerte de Nerón, Akenatón a su desaparición dejó a Egipto —país por el cual Nerón alimentaba un profundo interés— como presa del caos. Como Nerón, Akenatón suscita siempre las reacciones más violentas y más contradictorias: «Para cierto sabio moderno, se trata de la primera personalidad que registra la Historia; para tal otro, es un excéntrico, un maniático, un semi-loco, tal vez incluso un débil» (C. S. Lewis, Reflections on the Psalms).

     En el caso de Nerón, la inversión de los valores lleva a los peores excesos: Pichon describe, sin atenuarla, la demencia religiosa que invade a un hombre cuya ambición última es nada menos que la de crear al Dios.

     Finalmente, Jean-Charles Pichon ha puesto toda su energía en descifrar a Nerón en su contexto, y esto es primordial.

     «Los que hablan de leer la Biblia como si fuera literatura, quieren decir, supongo, leerla sin preocuparse de lo esencial; como si se leyera a Burke sin interesarse por la política o la Eneida sin interesarse por Roma» (C. S. Lewis, Reflections on the Psalms).

     Nosotros no tratamos, en efecto, a la Biblia como una novela. Ni abordamos a un hombre de guerra como si se tratase de un poeta.

     Había que comprender la aparición de una novedad singular a través de Pablo y de Nerón, hacer el informe de su doble fracaso, en un mundo de complots y de matanzas.

     Había que tomar y reunir, a través de las ruinas y los textos fragmentarios desfigurados, los lazos a la vez emocionales y lógicos.

     Jean-Charles Pichon, creemos, lo logró.–


* * * * *

Fragmentos de "El Hombre y los Dioses"
de Jean-Charles Pichon


Los siguientes pasajes corresponden a
los capítulos V y VI de la Cuarta Parte


CALÍGULA

     Augusto y Tiberio soñaban con el retorno de los dioses gémicos [de la Era de Géminis]. Calígula espera del Océano y de la Virgen su divinización. Habiéndose acostado con Isis, ¿no estableció un pasaje privado desde su palacio al templo de Júpiter, padre como él del futuro dios? Sin embargo, no desprecia a los Dióscuros y hace erigir su propia estatua a la entrada del Templo, entre sus efigies mellizas.

     «O bien —según Suetonio— está él allí en persona, ofreciéndose a la adoración de los visitantes, dándose el nombre de Júpiter Lacial (el antiguo Júpiter gémico del Lacio)».

     Suetonio también asegura que necesitaba su templo y que se le sacrificaban aves: flamencos, pavos, gallos, gallinas de Numidia, pintadas y faisanes, cuya especie se cambiaba cada día de la semana.

     «¡Un loco!», lo maldecirán. Los historiadores posteriores y deshonestos, Suetonio y Dion Casio, exagerarán su demencia y sus crueldades. ¡Esto se dice muy pronto! Cayo Calígula desprecia a los senadores: «Haré que elijan a mi caballo». Los senadores y los tribunos, los filósofos y los sacerdotes, lo odian; ellos lo asesinarán. Pero el pueblo lo adora, y él ama al pueblo. Si arroja a los caballeros del circo o atribula allí a los tribunos y consejeros, abre el circo a la plebe, a los indigentes, y hace llover sobre la multitud centenares de millares de sestercios [Dion Casio, Historia Romana].

     Sus más extrañas acciones no son las de un loco sino las de un hombre acosado por el sueño de un dios. Cuando construye puentes, diques, faros, domina al mar (cuyo fantasma lo obsesiona) [Suetonio, Vida de los Doce Césares], demostrando que él es el Señor del Agua; pero también actúa para el pueblo y prepara el porvenir. Y cuando da la orden a sus soldados de que recojan sobre las playas de Bretaña conchas marinas «para convertirlas en trofeos de victoria» [Suetonio], satisface el mismo delirio, pero también ridiculiza a los conquistadores para quienes un soberano no es grande si no hace matar muchos hombres.

     Cayo Calígula no perdona el miedo, el orgullo, la avaricia; pero cuando un "bárbaro" estalla en una risotada al verle ataviado como dios, el Emperador no castiga al insolente; y si los sacerdotes judíos se niegan a admitir su estatua en el Templo de Jerusalén, los increpa y amenaza, pero no obra en contra.

     En Dion Casio, que escribió en el siglo III para calumniarlo, su muerte es una página soberbia. Sus asesinos lo acechan en la penumbra, mientras el Emperador se detiene junto a un grupo de niños, les habla y los acaricia. Más tarde, cuando lo hieren treinta puñales a la vez: «¡Ah! —exclama— ¡Por fin vivo!». Redoblan los golpes. «¡Aún vivo!», y entrega su espíritu.


CLAUDIO Y NERÓN

     Tiberio parecía enloquecer cuando un hombre le ofrecía un pescado [Tácito, Anales]. Calígula, triunfalmente, ha recibido a Isis en Roma y es llamado Señor de los Mares. Claudio sucede a Cayo... la prudencia a la locura.

     El plácido Emperador sólo quiere ayudar a la felicidad de los hombres y no cree en los dioses. Toda su historia cabe en estos ochos versos de P. J. Toulet:

«Un acueducto fue perfecto,
una ley suprimió la usura,
y tres caracteres fueron
añadidos al alfabeto [la F invertida, la antisigma y la I barrada].
Sin embargo, ¡alabemos a Venus!,
Mesalina, y menos harta,
olvidaba el peso de la vida
en los brazos del bello Silio».

     Claudio reinó trece años (de 41 a 53 d.C.). De manera extraña, cuando su segunda esposa, Agripina, lo hubo asesinado, nadie lo lloró: ni los acueductos ni las leyes eran suficientes para los ciudadanos romanos, aunque los juegos de los retóricos y los poetas aún fuesen fútiles.

     Al mismo tiempo, ingenuamente desconcertados por la impotencia de los dioses y la inanidad de los símbolos, los griegos edificaban la Estela al Dios Desconocido, y los poetas creaban el simbolismo de los Grifos, hijos del León y el Águila, o relataban la leyenda esotérica de esos animales fabulosos «que disputaban a los Arismapos de un solo ojo único, las agujas de oro del río Arismapius».

     En China, Confucio era elevado al rango de dios y se le rendía culto (en el año 57).

     Claudio participó de este florecimiento gémico. Tras arrojar de Roma a los judíos que se habían otorgado un "buen dios" (Chrestus), advirtió al Senado que la ciencia de los arúspices (lectura del porvenir en las entrañas de las aves) no debía perderse por negligencia, «ya que era una gran ciencia de los Grandes de Etruria, desdeñada hoy que se rechazan las artes útiles y que se propagan las supersticiones extranjeras».

     Y llegó Nerón.

     «El más virtuoso de los príncipes», según Séneca, durante toda su juventud adoró a la diosa siria Atargatis, Vírgen y Pez. De su verdadero nombre, Ahenobarbo, adoptó desde muy joven el de Nerón (agua pura, en griego). Desde la muerte de su madre Agripina —que durante la juventud de éste combatió sus tendencias filosóficas [Suetonio]— hace construír en el Campo de Marte el "teatro particular" donde se disputarán los debates sagrados en presencia de todo el pueblo y donde recibirá a los iniciados, los sacerdotes y los magos [Tácito, Anales]. Entre esos oradores extranjeros, conocemos a Apolonio de Tiana y Simón el Mago; según una tradición muy arraigada (que atestigua un fresco de la Capilla Palatina de Palermo), también Pablo tomó parte en las justas.

     Desde hace unos años, numerosas obras han empezado a desmentir la monstruosa leyenda del Emperador Nerón, denunciando la falta de bases y demostrando la injusticia de la misma [el libro Nerón de Arthur Weigall fue el primero en desmentir la leyenda]. El autor de la presente obra fue, sin embargo, el primero en aclarar la cuestión: ¿por qué las mentiras de Suetonio y Dión Casio, y después de la Iglesia, a partir de Agustín?; ¿por qué esta constante calumnia de los Emperadores de los siglos II y III, y después por la Iglesia cristiana?; ¿qué se quería ocultar? La respuesta es que el Principado del quinto Emperador de Roma marcó un "giro de la Historia", una revolución tan trastornadora que los Emperadores debían combatirla y la nueva Iglesia negarla [vea J-C Pichon, Saint Néron].

     Sin volver sobre estas cuestiones, nos limitaremos a anotar algunos detalles indispensables para la comprensión de los primeros siglos:

—El odio de Nerón hacia los juegos sanguinarios y su prohibición para la muerte [Suetonio];

—su elección de un esclavo liberto para reemplazarlo en el poder durante el año 67 [Tácito, Historias];

—todos los decretos promulgados en favor de los libertos y esclavos;

—la libertad concedida a las ciudades griegas [Suetonio];

—la recurrencia a Piscis proclamada por Nerón [Suetonio];

—su voluntad de dar su nombre al mes de Abril (en el signo de Piscis desde ocho siglos antes) [Tácito, Anales];

—la destrucción de todos los ídolos "paganos" [Tácito];

—la gran libertad de que gozaba Pablo en Roma y la mención hecha por el mismo apóstol sobre el número de amigos que tenía en la Casa del César [Pablo, Epístola a los Romanos], y

—la conversión de la amante de Nerón, Actea [Crisóstomo, Homilías, XLVI, 13].

     Según Suetonio, Nerón, hacia el fin de su vida, rechazó el culto de la diosa Atargatis, prefiriendo una estatuilla (de una virgen) que le había entregado un "hombre del pueblo". Tal vez esta conversión tuvo lugar en el crucial año de 64, en que Nerón tuvo su "gran visión cósmica" en el templo de las Vírgenes, dedicado a Vesta, destruyendo todos los dioses romanos y siendo acusado de haber incendiado Roma, por lo que decidió ir a buscar a Grecia las huellas del antiguo culto gémico, que quería modificar en el culto del nuevo Dios.

     Este culto sería a la vez la fiesta del dios-pez Eumolpo, celebrado en los juegos ístmicos, el rito de la Resurrección, surgido de los misterios de Eleusis, y el rito de la Virgen-Madre, celebrado cada año en Canatos.

     En gran parte agrario, lleno de fiestas campestres y cánticos compuestos por el propio Emperador, este culto disponía de un inmenso templo: la colosal Casa Dorada (la "casa de César", de los Epitros), cuyos esplendores describe Suetonio: un "mar interior", una "maquinaria celeste" que reproducía los movimientos de los astros, y cuyos vestigios aún pudo admirar este autor: símbolos del Fénix, del Ángel y de Piscis, pinturas de una ingenuidad y una pureza "cristianas".

     Nerón proyectaba extender este Templo a toda la ciudad, obra que su muerte dejó inacabada. Sólo tuvo el tiempo de darle a Roma el nombre de Nerópolis y de exigir que todos los romanos proclamasen su adhesión al Dios nuevo vistiendo la túnica blanca.

     Esta voluntad pastoral del Emperador la expresan varios textos, a pesar de la destrucción en masa de las obras o capítulos que Plutarco, Tácito, Lucano y otros escritores le habían consagrado. Séneca le reprocha a Nerón el hecho de "creer" en Dios [Séneca, Octavio]; Lucano se lo alaba [Lucano, La Farsalia]. Después de haberle agradecido al Emperador que cerrase el templo de la Guerra, dándole la paz al Imperio, un poeta menor, Tito Calpurnio, proclama:

     «Un dios mejor consuela la aflicción de los desastres».

     Y también:

     «Ya no veremos extinguirse más astros antes de que otro haya surgido en el cielo» [1].

[1. Durante siglos, no se puso en duda que este poeta vivió en tiempos de Nerón; algunos versos alusivos a la madre del Emperador, al paso de un cometa, a la clausura del templo de la Guerra, lo atestiguan. Después, los elogios que Calpurnio dirige a su príncipe, cuando la leyenda convertía a Nerón en un monstruo, parecieron excesivos. Algunos historiadores creen hoy día que Calpurnio vivió en la época de Probo y Diocleciano (!) sin más razón que ésta].

     Sin embargo, continúa el enigma. ¿Cómo el mismo Plinio puede llamarlo «el enemigo del género humano», y Agustín «el Anticristo», es decir, el que viene antes del Cristo?. ¿Por qué los senadores y los cónsules, los tribunos y los legionarios quisieron infligirle «el antiguo suplicio de los esclavos» [Suetonio], mientras el historiador Josefo se elevó contra las calumnias que manchaban su memoria? [Josefo, Antigüedades Judías]. ¿Y por qué tantos Emperadores, Otón, Vitelio, Domiciano, hasta el final del siglo I tuvieron a honra concluír su Casa, hacer entonar sus cánticos y hasta llevar su nombre? [Vitelio, Suetonio, Plutarco].

     Un texto singular tal vez permita contestar a estas preguntas. Se halla en el Satiricón, la única obra que dejó Petronio, el amigo y después adversario del Emperador ebrio de Dios, y nos da de Nerón (el personaje Eumolpo) la imagen más extraña y más alocada: mezcla de pasión y humildad, de buen sentido, ingenuidad y demencia. Nos contentaremos con citar sólo unas líneas, en las que al parecer los historiadores no han reparado:

     «He inventado —dice Eumolpo— un expediente que pondrá en gran embarazo a los corredores de herencias. Los que se han acostado sobre mi testamento, con excepción de mis libertos, no podrán tocar sus legados más que a condición de cortar mi cuerpo en pedazos y comérselos en presencia del pueblo reunido» [Petronio, Satiricón, último fragmento].

     Siguen las bromas que se adivinan y el escándalo previsto. A fin de cuentas, los testigos de la monstruosa escena castigarán a Eumolpo con la muerte, «a la moda de Marsella»: lo arrojarán al mar con una rueda de molino al cuello.

     Petronio falleció en el año 65, tres años antes que Nerón, y es poco probable que la predicción del novelista se cumpliese, aunque fuesen dadas cien versiones sobre la muerte del Emperador, según Tácito, y que, según Plutarco, se desmintiera rápidamente su muerte [Tácito, Historias]. Crisóstomo todavía escribió en el siglo siguiente que muchas personas creían que aún vivía [Crisóstomo, Oraciones].
    
     Pero, de modo curioso, el suplicio infligido a Eumolpo era el mismo que Jesús prometía al autor del Escándalo:

     «Más le valiera que le atasen la rueda de molino que un asno hace girar, y lo arrojasen al mar» (Lucas 9:41).

     ¡Y sería muy raro que un profeta galileo hubiese podido describir con tanta precisión una costumbre de Marsella!.


* * *

     (...) En la atmósfera de aceptación universal y de escepticismo tolerante que reina a la sazón, ¿quién le reprocharía a nadie el que rindiese un culto a Mitra, a Isis o a Serapis? Es posible creer en los Grifos, en las brujas, en Palas. Sin embargo, la incultura y la estupidez no se toleran. ¿O no es estúpido confundir la Cruz cósmica y la Cruz de los ajusticiados?, ¿o adorar a un "sofista" que pretendiese alimentar a sus discípulos con su cuerpo?.

     Si no el nuevo dogma (ya que se venera al Amor), o los mitos restaurados —el Ángel gémico, la Resurrección, la Virgen-madre—, hay que proscribir el inmundo rito del canibalismo espiritualizado.

     Los ignorantes no dudan de que los nuevos discípulos, en sus cenas secretas, se alimentan de carne humana. Menos crédulos, los hombres cultos no pueden olvidar que este mismo escándalo irguió rápidamente contra el Emperador loco al soldado Vindex, que vio a Nerón, en el papel de Tiestes, comerse a su propio hijo [2], y a Petronio, que no le perdonaba al dios-pez la blasfema "herencia".

[2. Cayo Julio Vindex, su discurso; Suetonio, Nerón, 21, 53; Dion Casio, Nerón, en Historia Romana].

     ¡Que la Iglesia, al menos, renuncie a la eucaristía! Los hombres instruídos, inteligentes, podrían tolerarla. Pero la Iglesia, cuya historia quedará marcada por muchas debilidades, impurezas y crueldades, jamás ha cedido a esta extorsión. No podría hacerlo sin desaparecer, ya que el sacramento escandaloso es más esencial que la fe.

     La fe es un regalo que el Hombre se hace a sí mismo, un camino hacia el consuelo espiritual, una esperanza de vida mesurada. El sacramento es un don que el Hombre le hace a Dios. Cuanto más inmundo, más irracional y absurdo, tanto menos el creyente se sentirá orgulloso de sí mismo, viéndose obligado a abrirse, humildemente, al Espíritu divino.


LOS ESCLAVOS Y EL PRÍNCIPE

     Naturalmente, el dios se revela ante todo a los pobres, a los "simples de espíritu": a los pueblos bárbaros, a los esclavos.

     Sea lo que fuere que se piense de Calígula y Nerón, hay que reconocerles a esos Emperadores una intuición genial: uno y otro comprendieron que la "hez popular" (para hablar como los historiadores de la época) constituía el fermento de la sociedad futura, y fue a ella a la que trataron de comprender, de seducir. Para los senadores y caballeros, para las "grandes familias", sólo sentían desprecio. Calígula los humilla sin cesar... o les ordena matarse. Nerón los rechaza y los detesta, hasta el punto de que «ni contesta a sus saludos» [Suetonio, Tácito y Dion Casio]. Pero para el pueblo no hay nada bastante bello: en el circo se le reservan los mejores asientos, se hace llover sobre él monedas de oro «durante tres días» (bajo el principado de Calígula), y se le distribuye millares de sestercios (con Nerón) [Tácito, Historias, 1, 6; Plutarco, Galba].

     Los dos príncipes debían ser condenados por los grandes oficiales, el Senado, los caballeros, los patricios... y lo fueron: dos siglos de odio aniquilaron sus obras, destruyeron sus biografías, calumniaron sus creencias. Pero el impulso estaba dado, a falta del cual el cristianismo no hubiera podido desenvolverse en Roma.

     Los Emperadores del final del siglo I, desde Otón a Domiciano, debieron tener en cuenta al pueblo... y a los esclavos, ya que un antiguo esclavo intentó gobernar la ciudad durante un año (en 67), los patricios se han divorciado para casarse con esclavas y, desde Nerón, la esclava puede pleitear en justicia contra su amo si recibe de él malos tratos. El Pueblo no es rey, pero habla, y su voz puede destruír el Imperio: ya se ha visto el año 69, después de la muerte de Nerón, cuando el pueblo incendió el Capitolio y destruyó a todos los dioses romanos.

     Sí, la fe de los humildes es insegura: confunden a Cristo con Serapis y Mitra, y festejan el nacimiento de Jesús el mismo día que el de Mitra, el 25 de Diciembre.

     También confunden el recuerdo del Hijo del Hombre con el recuerdo de Nerón, muertos los dos a los 33 años, y ambos con la muerte de los esclavos (ya que una acreditada leyenda popular cuenta que el Emperador fue muerto en la cruz y bajo el látigo, en Enero de 69, en la isla de Citnos, por el gobernador Asprenos) [Tácito, Historias].

     Verdaderamente, Pablo garantiza que Nerón no era el Cristo, sino el ante-Cristo, y que el Reino todavía estaba por venir. Se reza al Emperador resucitado, se cubre su tumba de flores, se solicitan sus imágenes. Crisóstomo y luego Agustín (¡en el siglo IV!) confesarán que el pueblo aún no cree que el Emperador haya muerto y que espera su retorno [Agustín, La Ciudad de Dios, XX, 19] (...).-



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