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viernes, 28 de noviembre de 2014

Alfred Rosenberg - Fundamentos del Nacionalsocialismo



     Alfred Rosenberg, el filósofo nacionalsocialista, había publicado en Diciembre de 1931 en el periódico oficial de su Partido, el Völkischer Beobachter, un texto titulado Das Wesensgefüge des Nationalsozialismus, del que nada sabemos. Pero el año siguiente se publicó en la editorial central del NSDAP, editado por Franz Eher, en München, un libro de 80 páginas dedicado a las víctimas pertenecientes al Movimiento Nacionalsocialista que cayeron por el Reich venidero, firmado por Alfred Rosenberg, bajo el título de Das Wesensgefüge des Nationalsozialismus: Grundlagen der deutschen Wiedergeburt (La Naturaleza de la Estructura del Nacionalsocialismo: Fundamentos del Renacimiento Alemán). Ése es el pequeño libro que publicó en castellano, probablemente en 1975, la argentina Editorial Milicia (Biblioteca de Formación Doctrinaria, cuaderno Nº 5), con el no muy exacto título de "Fundamentos del Nacionalsocialismo. Las Bases del Nuevo Orden", que es bajo el cual circula. El original alemán consta de 6 capítulos más un anexo, el Programa nacionalsocialista, antes, como se dijo, de que accediera al poder dicho partido en Alemania. De la versión castellana que circula (en dos ediciones, ambas con errores menores), presentamos aquí los capítulos 1, 2, 5 y 6. No hemos hallado ninguna traducción al inglés de dicha obra, ni menos el original alemán del señor Rosenberg, asesinado en la fiesta judía de Purim de 1946.


LA  NATURALEZA  DE  LA  ESTRUCTURA
DEL  NACIONALSOCIALISMO
Fundamentos del Renacimiento Alemán
(Selección)
por Alfred Rosenberg




1. LAS PREMISAS

     Enigmático y alarmante es para muchos el crecimiento gigantesco del movimiento nacionalsocialista. Los representantes de las ideas anteriores a 1914 y los defensores del sistema político hoy imperante, ante sus cada vez más escasos adictos, se esfuerzan en "explicar" el desarrollo de un fenómeno antaño objeto de burla —ahora con razón temido—, tratando de neutralizar de algún modo la influencia hipnótica, la atracción irresistible que ejerce la nueva idea, no sólo sobre sus creyentes sino sobre todo el pueblo.

     Con ese propósito se recurre al artilugio de que ello se debe a acontecimientos "pasajeros" tales como la penuria económica y el estancamiento comercial. Para completar tan infantil argumento a continuación se anuncia —junto con las promesas de tiempos mejores— la pronta desaparición del "síntoma de enfermedad" nacionalsocialista.

     Todos estos críticos del Nacionalsocialismo pasan deliberadamente por alto que la gran crisis de nuestro tiempo es ya de por sí un signo de enfermedad, expresión de la índole más terrible, imagen exterior de un derrumbe interior, testimonio, asimismo del imperio de un espíritu que ve en el lucro económico su más alto bien. Y como tal posición anímico-intelectual contraría la estructura orgánica de toda vida comunitaria, el pecado de una generación carente de valores se traduce en catástrofes políticas y económico-sociales.

     Como últimas consecuencias aparecen, entonces, en el horizonte del futuro, dos posibilidades: que los engañados por la inescrupulosa ética mercantilista se desliguen definitivamente de los conceptos que aún los atan a la Comunidad —lealtad, espíritu nacional, honestidad, etc.—, y en rebelión violenta hagan pedazos un mundo; o que en otro núcleo se concentre la fuerza moral en una voluntad férrea para restaurar la ley de la Naturaleza y la ley de toda alma grande, en cuya escala de valores el lucro no se halla en la cúspide sino que ocupa el lugar más bajo. Por lo general, en épocas cruciales del destino se concentran ambas fuerzas, y la lucha, de ese modo, no es eludida por compromisos sino llevada a cabo hasta su definición. El resultado de este combate decide por siglos —a veces para siempre— la ulterior evolución histórica de un pueblo o de una raza.

     En un periodo de transformación de ese carácter nos encontramos en el presente. El orden social ha sido destruído por las ideologías que han colocado al yo absoluto en el centro de todas sus construcciones. Ningún concepto reúne a los individuos; la legislación es manejada por los agentes de los especuladores; ya no hay hombres de Estado sino solamente síndicos de consorcios, trusts y monopolios, es decir, sujetos lisa y llanamente comprados, pertenecientes a la clase de los más despreciables delincuentes; y el Derecho y los jueces han sido rebajados a instrumentos del más estrecho espíritu partidista. Los últimos sostenes de la confianza nacional son de esta manera socavados por los mismos que gobiernan en una época de decadencia. De lo contrario, los individuos que frecuentemente pronuncian conferencias acerca de la economía mundial deberían estar sentados en banquillos de presidiario.

     Pero esta corrupción de los pseudo-dirigentes relaja también, cada vez más, la hasta ayer existente fidelidad de las masas dominadas, y llegamos de esa manera al mencionado día de la decisión: el caos o la pronta reflexión para librar la batalla de la liberación social. En el segundo caso, la gran masa comenzará, en la incipiente controversia, por la critica de los prejuicios directamente comprensibles; algunas mentes investigarán más profundamente para detectar las condiciones bajo las cuales se realizó la decadencia, y sólo uno, o bien muy pocos, darán a luz, en el tiempo apropiado, la nueva idea que puede volver a conducir a un pueblo hacia la plenitud.

     Los pensamientos afluyen como hijos de Dios: nadie puede indagar su origen por la vía de la experiencia pura. Y, sin embargo, en las concepciones sobre el nacimiento de una idea se evidencia la postura intelectual característica de diferentes personalidades, pueblos y razas. Es puramente superficial la muy difundida tesis de que después de una "época de liberalismo" debe ahora nacer, en una secuencia ”fatal", el "nuevo pensamiento". Antes bien, esto tampoco es correcto en el plano histórico, pues con demasiada frecuencia semejante idea salvadora no fue engendrada, dado que pueblos de la máxima fuerza cultural sucumbieron para siempre en el fuego de las luchas sobre esta Tierra.

     Nosotros, los nacionalsocialistas, no creemos que una idea ha descendido sobre nosotros "fatalmente" desde alturas nebulosas; no nos sentimos "predestinados", tal como es la pretenciosa profesión de "humildad" de muchos, sino que lo que nos sostiene es precisamente la conciencia viva de lo que se va plasmando orgánicamente desde abajo hacia arriba, el saber íntimo de que en nuestro pecho han ascendido ideas y valores que nos empujaron al testimonio potente, a hazañas, sacrificios, victorias. La hermosa concepción alemana de que lo grande no es únicamente el "destino" sino el valor que lo sobrelleva inquebrantado, revela una posición anímica —que en último término es una cuestión de carácter— cuya investigación conduce luego al misterio de la sangre ligada con el alma.

     Los hombres que creen que tienen que obsequiarnos con una idea mágica, se declaran fanáticos luchadores contra el concepto materialista de la causalidad, pero lo introducen nuevamente a través de su dogma, socavando de esta forma la dignidad del nacimiento de una idea en el corazón humano, que siempre será un misterio.

     Ahora bien: toda gran idea, según Goethe, se manifiesta dando leyes. Toda visión de conjunto verdaderamente grande, empero, es siempre un fruto intelectual y ético de una personalidad. En el mejor de los casos, las vivencias de una época confluyen por intermedio de unos pocos, no por yuxtaposición sino porque provienen de un similar anhelo, de igual carácter, del mismo Mito de la vida.

     Una idea necesita en este mundo de un cuerpo para su representación. De este impulso interior se originó tanto el Partenón como la Capilla Sixtina y la Novena Sinfonía [de Beethoven]. El ser humano, la idea y la obra constituyen una unidad espacial-temporal que jamás puede separarse. Este entendimiento fundamental también es válido allí donde el hombre es tanto sujeto como objeto, donde la vida humana fluye, donde un número cambiante, por lo tanto, debe ser encarnación de un pensamiento. Aquí se coloca en lugar de la obra, por consiguiente, el hombre mismo.

     El Movimiento Nacionalsocialista ha experimentado su propia ley, de acuerdo a la cual se ha presentado, a partir de los primeros días de su existencia: Sangre y Suelo, la premisa de toda acción; Personalidad, la coronación de un pueblo, Conducción frente a la nivelación democrática; lucha total y hasta el fin contra el marxismo, ya sea socialdemocracia o bolchevismo; relevo de la capa burguesa, incapaz de una nueva selección de la Nación, etcétera. Pero, hasta que una concepción del mundo pueda llegar a erigirse como el marco determinante de la creación y formación comunitarias, está unida inseparablemente con su fundador viviente. Esto es algo que todo aquel que construye y posee pensamientos propios entiende sin más, pero es también fácilmente comprensible para el carácter germánico, aún para el hombre más simple.

     De ahí que ciertos sectores, auténticos enemigos de un levantamiento orgánico, intentan negar desde ese ángulo la nueva manifestación vital nacionalsocialista, puesto que después de reconocer aparentemente la "magnitud de la idea", atacan al Führer y a los dirigentes del Movimiento. Esto prueba inequívocamente que no estamos aquí en presencia de motivaciones "ideales", de "fidelidad a ideas", sino frente a individuos exponentes típicos de la civilización cosmopolita surgida en las metrópolis capitalistas que no entienden ni comprenden nada de una idea ni de grandes personalidades, por lo que tampoco son capaces de valorarlas.

     La incomprensión del desarrollo de una nueva y grandiosa voluntad, hace que más de uno que se ha unido recientemente a la Organización sin estar debidamente consubstanciado con su doctrina, crea cándidamente que el Partido es un cómodo foro para sus planes y planecillos a los que hasta el presente, desgraciadamente, nadie ha prestado atención.

     A esa gente, por lo general, le gusta hablar de la "idea", imaginándose al respecto sólo los productos de su fantasía, y consideran al Movimiento únicamente como objeto de prueba al que urge incorporar sus geniales tesis hasta hoy ignoradas. A esos elementos, obviamente, les resulta sumamente desagradable e intolerable la personalidad de un auténtico Führer, y el que aquí existan ya idea y forma, puesto que esto impide todo intento de asumir una pose. El sospechoso celo por la "fidelidad a la idea" esconde el propósito de colocarse a sí mismo en el lugar de los creadores.

     Para que una doctrina —y esto es una ley eterna— pueda llegar a plasmarse en la realidad y adquirir la dureza del acero, previamente debe ser llevada por un conductor a través de las llamas del tiempo. Todo el que es realmente fiel a esta idea insistirá, por eso, en la inseparabilidad de Führer e Idea, y estará de acuerdo en reducir a la más férrea disciplina a individuos como los de tipo mencionado o —si ellos no poseen el carácter necesario— en la necesidad de apartarlos sin conmiseraciones.

     Son precisamente las personalidades más fuertes y más conscientes de un nuevo y poderoso movimiento espiritual las que no admiten hacer de una organización nacida en medio de enormes sacrificios y dolores, un club de debate público, de personas indecisas, que confunden palabrería con solución de problemas. La Idea está firme, indisolublemente ligada al Führer, de quien brotan las decisiones —destinadas a seres humanos y no a abstracciones sin sangre— que dan al mundo un nuevo rumbo.

     En el reconocimiento interior de la Idea singular reside la genuina exteriorización de la libertad; ésta es, por tanto, la postura interna del nacionalsocialista. La fidelidad a ella es, entonces, fidelidad a sí mismo. Y la fuerza de esta Idea común se incrementa con el apoyo al Führer en la lucha contra la decadencia de nuestra época, en la batalla por un gran porvenir.

     Esta unión orgánica entre Idea, Führer y seguidores, que pasa por todos los planos de las posibilidades humanas, debe tenerse siempre ante los ojos para no malinterpretar la imagen total del fenómeno nacionalsocialista desde el comienzo. Y sólo desde aquí se halla el camino a la profundidad de su contenido ideológico.

     Una rebelión que acometa contra ciertas manifestaciones de corrupción en sí no significa nada. Una "revolución" que después de la existencia multi-milenaria de un pueblo predica "pensamientos absolutamente nuevos" pone de relieve que es inorgánica y enemiga del pueblo, porque cuando un pueblo no ha sostenido determinados pensamientos en todo el curso de su historia y no ha servido a ciertos valores, queda evidenciado que tales pensamientos y valores no pertenecen a su modo de ser. Una Revolución sólo es auténtica cuando es el medio para la restauración de los valores eternos de una Nación. Y precisamente esto es lo grande del Movimiento Nacionalsocialista, puesto que él es el pensamiento popular alemán unificado dentro de las formas de nuestra época. Por eso nos sentimos absolutamente unidos a todo lo magno que antaño fue el orgullo de los alemanes, y por eso nos sentimos enemigos de todo aquello que pretende adulterar el núcleo esencial de lo germánico. Nosotros queremos actuar dentro de las formas de nuestra época. Es decir, rechazamos a aquellos maestros pseudo-nacionales faltos de sinceridad que por incapacidad de afirmarse en el presente quieren encontrar satisfacción en la imitación de las formas del pasado. Nosotros, los nacionalsocialistas, aceptamos de pleno corazón nuestra época, porque nosotros mismos nos sentimos como elementos del renacimiento.

     Sabemos que la Gran Guerra de 1914-1918 pervivirá como un magno hecho mítico sin igual en la memoria de las generaciones venideras. Éstas observarán que después se extendió un caos casi sin esperanzas sobre las tierras de Alemania hasta que aparecieron las columnas del Nacionalsocialismo, y entonces la Nación alemana volvió a tomar conciencia histórica de su destino y a vivir el más portentoso y profundo resurgimiento.

     Lo que determina nuestro juicio no es lo que hacen otros sino lo que representamos nosotros mismos a través de la palabra, la voluntad y la acción. Sólo esto nos da la pauta para la valoración de nuestro tiempo. Sólo el que comprende esta fe y la exclusividad pronunciada y fundamentada de esa fe, podrá incorporarse. Y únicamente el que participa en la vivencia de la lucha de la sangre y de los valores del alma racial germánica que despierta, sólo ése es capaz de dar un juicio sobre nuestras intenciones.

     Mediante la reafirmación y acentuación del valor del carácter es realmente como se tiende el puente entre el pretérito del pueblo alemán —aún el más remoto— y el presente.


2. FILOSOFÍA RACIAL Y ESTRUCTURA ESTATAL

     Todo movimiento espiritual, por vasto y complejo que sea, se basa siempre en muy pocos pensamientos nucleares; por lo general, no más que en uno solo. Esto no es signo de pobreza sino de riqueza, un testimonio de autenticidad moral y de fertilidad orgánica, en contraposición al eclecticismo, vale decir, a los métodos de quienes creen poder construír un sistema superior sobre ideologías heterogéneas y contradictorias. Precisamente esos intentos pseudo-intelectuales que osan criticar con presunción todo lo demás como "carencia de espiritualidad" son los síntomas de una decadencia del poder creativo. La Naturaleza no reúne bajo presión numerosos gérmenes de vegetales de distinta especie sino que forma de un grano de semilla la espiga y luego los múltiples frutos. Exactamente de la misma manera se generan las genuinas construcciones en todos los ámbitos de la vida, y sólo ellas posibilitan los grandes descubrimientos cuyos efectos multiplicadores se esparcen posteriormente sobre todas las manifestaciones existenciales.

     En el terreno político, la uniformidad artificial de las diversidades naturales se llama democracia. Bajo casi todas las condiciones históricamente observables, ella se nos presenta con la forma política de la decadencia racial de un pueblo fuerte y creativo, que por su intermedio transfiere a los grupos específicamente distintos, generalmente inferiores, los mismos derechos que antaño lograra combatiendo, premisa obligada de toda verdadera plasmación del mundo. Es en medio de semejante descomposición ética y racial cuando relampaguea, a veces, en cerebros superiores, la noción sobre la esencia de esta decadencia, como, por ejemplo, Platón en el período helénico tardío, cuando proyecta su Estado sobre un severo fundamento racial, comprendiendo seguramente que la sangre nórdica de los griegos había desaparecido a consecuencia de la mestización y las guerras. Fue demasiado tarde para la Hélade, como había sido demasiado tarde para la India y el Irán y, como posteriormente, llegará a ser demasiado tarde para Roma.

     El conocimiento de que la "eterna noche" del caos de pueblos se habría extendido por Europa si el germanismo no hubiera aparecido en el mundo, es el mayor descubrimiento que se opera en las postrimerías del siglo XIX, y el mérito corresponde a H. S. Chamberlain —quien más tarde se pronunciaría decididamente por el Nacionalsocialismo—, quien entrega al pueblo alemán los resultados de su investigación.

     El desarrollo de la ciencia racial y de la doctrina de la herencia, expresado en una vasta literatura, profundizó el análisis dando forma cada vez más precisa a sus nociones. Que todo esto, empero, no quedase reducido a letra muerta, a mera literatura, sino que ha llegado ya a ser hoy vida pletórica para millones de alemanes, es el mérito histórico de Adolf Hitler y del movimiento popular nacionalsocialista. Cualquier cosa que pueda traer el futuro, sean cuales fueren las formas políticas, económicas y sociales, las soluciones transitorias, las dificultades y las luchas bajo las cuales este Movimiento perseguirá su meta, este mérito histórico está ya hoy fuera de toda cuestión. Todos los que bregaban individualmente en los países alemanes, anhelando la forma en el caos, buceando en las profundidades del alma en busca de los motivos del gran derrumbe de 1918, convergieron inevitablemente en un movimiento que, ayer escarnecido y vilipendiado, luego proscrito y perseguido, había nacido con audaz esperanza en pocos corazones, precisamente en la hora de la más profunda humillación de Alemania. Pero la esperanza seguramente se hubiera perdido si no hubiese estado fusionada con la fe férreamente cimentada de seres humanos del mismo linaje, que en mil ciudades y pueblos alemanes anhelaban algo similar, si la vieja sangre no hubiera continuado siempre rumoreando en aquellos que combatieron en la Gran Guerra y que tomó vida en los descendimientos de los caídos.

     Esta fe en el valor de la sangre, la base primigenia de la cosmovisión nacionalsocialista, no es, por cierto, ningún "materialismo chato", como con frecuencia arguyen los liberales manchesterianos, sino que posee una dimensión absolutamente diversa y profunda. En lo esencial significa que una determinada alma creadora, un carácter de cierta índole, un tipo especial de actitud intelectual, guarda siempre relación con la raza. No es casualidad que la figura genial-heroica de Sigfrido sea una creación y un modelo del germano, así como el estafador y ladrón, la imagen ideal del judío. No es casualidad que la noción del honor constituya el máximo valor en los bardos de la Edda, en el poeta del Cantar de Hildebrando, de Gudrun y de los Nibelungos, y que se expresa bajo otra forma —la de la veracidad absoluta del investigador— en Leonardo y Copérnico, hasta que encuentra en el Fausto su transfiguración más poderosa. Y a la inversa, no es casualidad que el código moral judío —Talmud, Schulján Aruj— eleve la estafa a perpetrarse en el no-judío a directriz de la moral racial judía. No es casualidad tampoco que el portador de la noción del honor sea un ser esbelto, alto, de ojos claros, pleno de vigor, y que los descendientes del Padre Jacobo, por el contrario, sean figuras torcidas, de pies planos, negroides y de cabello encrespado. No es casualidad, en fin, que los espíritus nobles y guerreros de Palas Atenea y Apolo sólo pudieran ser representados tal como las mujeres del frontón del Partenón muestran la cabeza de Zeus, mientras que los espías pro-asiáticos se encuentran encarnados —tanto en el Tersites de Homero como en las posteriores pinturas de vasos— como mercaderes orientales portando sus sacos.

     Desde esta concepción fundamental surge una nueva y verdadera interpretación de la Historia mundial. Ahora ya no calificamos cualquier clase de "círculos de cultura" como un todo; ya no nos afanamos desesperadamente en llevar a un denominador supuestamente común las distintas fuerzas, inventando una armonía imposible. Repentinamente reconocida, la lucha entre los diferentes y antagónicos grupos raciales es lo que se nos aparece hoy como lo esencial.

     Johann Jakob Bachofen, intérprete de los mitos de Grecia, acuñó la expresión "cultura de pantano" para designar un estadio histórico que creyó haber encontrado durante el análisis del pre-helenismo. Según ello, en esa época no había Estados firmemente consolidados ni tipos precisos de estructura social. (Se desarrolló en dicho lapso la adoración a las "diosas de la Tierra", especialmente a Isis, cuyo culto se practicaba en los juncos del pantano). De esa masa amorfa se habría alzado luego, según el citado autor, la imagen del helenismo, hasta que también éste volvió a la "cultura del pantano". Bachofen creyó haber descubierto aquí una ley según la cual toda cultura se retrotraería finalmente a su punto de partida. Afirmó, por lo tanto, algo similar a lo sostenido por el liberalismo: que de cualquier cosa puede surgir todo.

     En realidad, la cultura griega no nació de la pre-griega sino que en dura lucha la superó y venció. El derecho paterno nórdico triunfó sobre el matriarcado no-nórdico; los dioses de la luz y del cielo subyugaron a las diosas de la noche y de la tierra. El matrimonio triunfó sobre el colectivismo sexual; la forma, finalmente, sobre el caos. Y cuando Grecia sucumbió, no volvió a sus comienzos sino que se hundió en la confusión de pueblos del Asia anterior y África. La delgada capa señorial nórdica de los helenos fue absorbida por la supremacía veinte veces mayor de los antiguos sometidos, y con el portador del carácter homérico desapareció para siempre también la imagen anímica del hombre griego.

     Esta lucha de las diferentes almas raciales es para nosotros el punto nuclear de la Historia mundial y de la cultura humana. Esta óptica nos muestra con una luz muy distinta a los grandes hombres del pasado, y también de un modo completamente distinto juzgamos ahora la historia alemana así como la esencia de las luchas espirituales y políticas de nuestro tiempo. Por eso es inadmisible la división de las edades históricas en "Antigua", "Media" y "Moderna", puesto que ello presupone una evolución en línea recta, donde una época sucede a la otra continuándola. Para nosotros siempre comienza una historia nueva allí donde una nueva especie humana ha vencido sobre otra. Con la victoria del germanismo sobre la Roma decadente, en la consolidación de esta victoria, en la estructuración de aquellos valores que nos legaron Teodorico y Stilico [Flavio Estilicón], los Otones, Federico II, los poetas de las epopeyas heroicas y los constructores de las catedrales, reside para nosotros también la esencia de una interpretación alemana de la historia. Tiene su gran parte en el examen del problema el verificar si una personalidad o un hecho sobresaliente ha elevado, acrisolado o fortalecido o no el alma germánica. De ese modo, más de una figura destacada de nuestro pasado si bien no desaparecerá de la consideración popular, será ubicada en otra posición. Lo que antes quizá despertaba amor, hoy generará rechazo, como también aquello que no ha sido valorado ocupará el centro de nuestra devoción.

     Esta forma de interpretación no es subjetiva ni injusta —como hemos escuchado infinidad de veces— sino que responde a un análisis científico y objetivo, y, por otra parte, nuestros críticos tampoco colocan en un mismo nivel a hechos y hombres del pasado como simples cronistas sino que también, por cierto, valorizan a los mismos, ya sea desde el punto de vista de un utópico "humanismo", como desde el prisma de un ideal político-religioso. Simplemente es justo para nosotros examinar a aquellos hombres —artistas, pensadores, descubridores, creadores de Estados— según las consecuencias que sus acciones han acarreado para el pueblo en cuyo seno nacieron. Esta verdadera justicia no ha sido caracterizada por nadie más agudamente que por Nietzsche: "La imparcialidad y la justicia no tienen nada que ver la una con la otra", expresó; la imparcialidad es la "fría y despreciativa neutralidad del llamado hombre científico". Así como somos estrictamente veraces con respecto a los auténticos documentos del pasado, así también hoy finalmente volvemos a entender que escribir la Historia significa de la misma manera valorar, para poder plasmar de esa forma en el presente la Historia del futuro.

     La lucha en este presente es negación enconada, por un lado, y ardiente afirmación, por el otro. El nuestro es un intento gigantesco emprendido con los medios del poder político para llevar nuevamente a la victoria, en contra de la ciudad mundial sin sangre y sin raíces, las leyes de la naturaleza aristocrática y los mandamientos de la sangre germánica. Vida y política, por tanto, no son tema para debate en la mesa de conferencias sobre pretendidas "convenciones nacionales" de índole económico-internacionalista sino la pugna entre los valores del carácter contra los faltos de carácter, entre la forma y el caos, entre el ser y el no-ser.

     Esta postura tiene su expresión en el artículo 24 del Programa Nacionalsocialista, que coloca el sentimiento ético germánico en el centro de toda valoración. El artículo 1º de la Constitución de Weimar dice: "El poder estatal parte del pueblo". Ésta es la forma de expresión del liberalismo que después de la "abolición" de la monarquía pasó a la prédica de una nebulosa e intangible "soberanía popular", promulgando como "opinión popular" la adición puramente mecanicista de los votos emitidos. Todo el razonamiento estatal estriba, por ende, en la falsa premisa de que la cantidad garantiza la calidad. La valoración, como puede verse, no constituye el fundamento de este esquema liberal-marxista. (El pensamiento político de la Alemania monárquica no se diferenciaba, en lo esencial, de estas concepciones materialistas).

     El principio estatal nacionalsocialista, que constituiría el preámbulo de una nueva Constitución, rezaría aproximadamente del modo siguiente: "¡El poder estatal del Reich alemán radica en la salvaguardia del honor nacional!". Con ello se crearía una apropiada escala de medición para juzgar toda actuación política. Hoy existen partidos cuyos fundamentos rechazan íntegramente la idea del honor nacional y que incluso exigen el "derecho" a la traición a la patria y que se encuentran dirigidos por sujetos que, en un ordenamiento comunitario alemán, se hallarían desde hace tiempo tras los muros de un presidio.

     Por este motivo toda nuestra vida política es anárquica, carente de estilo, sin meta y siempre vacilante, puesto que se halla determinada por mayorías parlamentarias cuyos intereses se excluyen recíprocamente, y cuya disparidad es encubierta por compromisos transitorios. En el Reich venidero del Nacionalsocialismo, sin embargo, en caminos y ámbitos diferentes, los hombres lucharán por idéntica meta o deberán ser desplazados. Y la meta es y será siempre la misma: la salud, la dignidad y la libertad del pueblo alemán.

     Ahora bien: sólo pueden estar acordes en la meta los seres humanos que posean afinidad en su modo de ser, sólo aquellos que sean capaces de sentir vívidamente la comunidad de sangre y de destino de todos los alemanes. Por eso, la exigencia de nuestro Programa de que sólo los connacionales [Volksgenossen] pueden adquirir derechos cívicos, no es una "irrupción de chauvinismo reaccionario" sino la forma más elemental y natural de la auto-conservación. Por el desprecio de esta ley vital sucumbió el viejo Estado, el "Segundo Reich", y se hundirá Alemania en su totalidad como unidad espiritual, política y étnica, si no se produce el apartamiento sistemático de los factores extraños —morales y biológicos— a la alemanidad, lo cual sólo puede acaecer en una nueva conducción estatal consciente de sus fines. Adolf Hitler ha señalado de modo reiterado que ninguna Revolución es duradera y benéfica si no cumple con los objetivos que se indican:

—1) Ampliación del espacio vital.
—2) Mejoramiento biológico del material humano.

     De ahí la comprobación de que los judíos no pueden ser Volksgenossen, lo cual constituye una exigencia natural y lógica para un auténtico Estado popular (Volksstaat) alemán. El judío es, en cualquier sentido, un intermediario. Mediante especulaciones bancarias y bursátiles, a través de "grandes tiendas" con mercaderías de calidad inferior, merced a dobles derechos cívicos, etc., y en razón de su peculiar carácter, ha llegado a ser una gran potencia del dinero. Y el dinero en la democracia significa poder, influencia política, ingreso en la "sociedad". De este modo, el ser nacional alemán ha sido corrompido a partir de la nefasta emancipación de los judíos llevada a cabo por el liberal Hardenberg, mediante la cual los judíos se apoderaron de los puestos claves en todas las áreas de la Nación.

     Para satisfacer sus lujos, la antigua nobleza militar de Pomerania se emparentó, en las grandes ciudades, con Kammerzienratstöchtern [1] judías. Esta mezcla de sangre en el punto más sensible del organismo social trajo aparejado una paralización del carácter, una degeneración mental, que recién podrá superarse con la separación de los judíos y de los bastardos de los judíos. Esta depuración ha de ser realizada, políticamente, desposeyendo a los mismos de todos los derechos cívicos y subordinándolos a la legislación para extranjeros, y étnicamente, mediante el desconocimiento de los matrimonios entre alemanes y judíos, sin consideración de ningún tipo por la confesión religiosa. Estas medidas también traerán aparejadas múltiples y positivas consecuencias sociales.

[1] Hijas de comerciantes con títulos honoríficos (NdelT).

     Otro de los problemas fundamentales —aunque por el momento no tiene mayor relieve— es la unión de alemanes con negros y negroides. Francia, que inició la emancipación judía, prácticamente hoy ya ha realizado la emancipación de los negros. Las relaciones entre franceses y negros apenas son objetadas en la vida parisiense. La plástica negra está, del mismo modo que la música de los negros por la radio, entre los "goces excepcionales". Últimamente Francia ya ha sido representada en la Liga de Naciones —en cuestiones coloniales— por un negro que, en 1931, llegó a ser subsecretario en el Departamento Colonial francés. Es la primera vez en la historia de Europa que un negro se incorpora al gobierno de un Estado Blanco, lo cual constituye un acto simbólico de imprevisibles consecuencias. Del ministro negro que manda a Blancos se habla en la actualidad en todo el mundo de color, la "autovaloración" de las masas esclavas negras se afirma más que nunca, y Francia se presenta ya no sólo como la república de Rothschild sino como el puesto más avanzado de África en suelo europeo. Todo esto implica, evidentemente, una gravísima amenaza para toda la Humanidad blanca. Para negros y bastardos de negros, valen, por consiguiente, las mismas medidas que para los judíos.

     Ante nuestro programa de higiene racial la prensa judía esgrime constantemente el argumento sofístico de que el pueblo alemán, aunque apartara a los judíos, no es racialmente uniforme y que, por ende, una estructura política sobre una base racial es de hecho irrealizable y solamente provocaría la discordia entre las distintas ramas étnicas, de lo cual se concluye luego que la idea racial nacionalsocialista es anti-popular y anti-estatal. A estos intentos típicamente talmudistas de engaño debe oponerse que si bien la ciencia racial comprueba alrededor de cinco sub-grupos raciales en Europa, cada cual con su carácter, temperamento y postura mental, es, sin embargo indudable que la nacionalidad alemana no representa una mezcla híbrida e indefinida sino que se basa en un 80% de germanismo. Este germanismo nórdico ha determinado el ritmo de la vida alemana, asimilando en muchos casos la otra sangre europea y, por supuesto, también experimentando más de un enriquecimiento en lo individual como resultado de este fenómeno. Pero, todos los seres humanos valiosos (que acaso tengan parte de sangre alpina o dinárica) encontrarán en los valores caracteriológicos de la esencialidad germánica su plantilla de acción, su elemento de cultura.

     Lo sencillamente sorprendente es el fenómeno que hoy experimentan millones, este auto-despertar de la alemanidad germánica. En plenitud inabarcable se amontonan las obras de esta grandiosa toma de conciencia que supera la falsa teoría que divide artificialmente el acontecer histórico. De esa manera, no comenzarnos la historia del alma germánico-alemana en el año 1 sino que se remonta a muchos miles de años, y trazamos una línea recta desde los portadores de la cultura megalítica hasta el duque Widukind y Bismarck. Y en este magno despertar aparece todo alemán —independientemente del lugar donde haya nacido— como luchador cuando demuestra activamente ser un portador de los valores de la libertad y del honor alemanes. Aquellos que son inferiores en cuerpo y alma son apartados automáticamente mediante esta exigencia selectiva de la acción práctica. Esta acreditación permanente de los valores germánicos de sus hombres reafirmará victoriosamente el estilo de la vida alemana futura.

     La idea racial, como puede comprobarse, no es un elemento destructivo sino constructivo. Más aún, es el último aglutinante para conducir a un pueblo enfermo por la penuria, la fatiga y la vida artificial de las grandes urbes —es decir, corroído por el veneno judío—, a la unidad y hacia la condición de Estado fuerte.

     Por eso el Nacionalsocialismo exige la separación —legalmente consagrada por el derecho público— de todo lo africano y asiático [2] de la vida alemana, pero por eso también ha exigido siempre la reunión de toda la alemanidad.

[2] Los Puntos 5, 7 y 8 de nuestro Programa han sido frecuentemente malentendidos en su texto. Ellos se refieren concretamente a la extradición de aquellos que en todas partes son desplazados como "extranjeros indeseables", pero, sobre todo, a la extradición de las bandas judías que a partir de 1914 confluyeron desde todo el mundo hacia Alemania. A un extranjero que practica un oficio honesto, naturalmente no se le crearán dificultades En el caso de que Alemania diera algún albergue a una minoría no-alemana, habría que prever una autonomía cultural (Nota de Rosenberg).


5. RENACIMIENTO DE LA MORAL

     Al igual que en el campo de lo religioso, el NSDAP, más allá de algunos conceptos fundamentales, en cuestiones culturales no puede comprometer a sus miembros en una postura delimitada en todos sus detalles, porque el arte, la filosofía, las ciencias naturales, etc., deben ser dominados por temperamentos muy distintos, y frecuentemente [dicha postura] está involucrada expresamente en la exclusividad subjetiva con que un artista defiende su concepción o un erudito su teoría, la fuerza creadora más valiosa. No obstante esto, la cultura es uno de los campos más importantes que aguardan al Nacionalsocialismo —hoy todavía como movimiento político, mañana como base estatal y gobierno del Reich—, porque todo mejoramiento de la raza, la elevación de la especie y la higiene racial, significa sólo un trabajo a medias si con ello no corre paralelo una higiene moral, si todas las fuerzas del alma y de la mente, fecundando de nuevo la vida entumecida, no inician un profundo renacimiento. Y a este respecto, reconociendo plenamente las concepciones culturales de índole más personal, mirando hacia atrás y hacia adelante, podemos decir lo siguiente: El derrumbe económico-político de Alemania fue más que un simple hecho exterior; éste era sólo la corporización de una incredulidad interior frente al valor de la alemanidad y de su causa; la carencia de metas de la política alemana aparece por eso como signo de una falta de un ideal nacional y cultural colectivos. Soledad, desamparo, desgarramiento interno y desesperanza son por eso las características de muchos alemanes preocupados por la moral y el alma de su pueblo.

     El número preponderante de aquellos que estaban destinados a defender el acervo espiritual alemán y llevarlo creativamente de nuevo al futuro, persiguió en este camino a dos fantasmas: el "yo" y la así llamada "Humanidad". Que entre estas ideas estaba la nacionalidad (Volkstum) fundada en la sangre, frecuentemente sólo se admitía, casi vergonzantemente, como un mal necesario, no como fuente originaria eterna de todo lo creativo. Hoy han vencido todas las fuerzas contrarias, que sin la menor conciencia nacional propugnan políticamente una república mundial (o bien una "Pan-Europa"), y en el orden moral quieren crear una "cultura de la Humanidad", no radicada originariamente en ningún suelo. El individuo es considerado de ahí también en el aspecto cultural sin ninguna conexión con raza, pueblo, Estado, lengua e Historia, y reunido teóricamente con centenares de millones de individuos de otros pueblos, Estados y continentes.

     Así como el actual sistema económico internacional coloca el desnudo pensamiento del lucro en el centro de todo acto de la voluntad, así también el verdadero resorte motriz de la prédica internacionalista es el egoísmo desencadenado, una doctrina que ha de posibilitar al individuo organizar su vida y su obra sin ningún deber frente al pueblo y el Estado. Empero, para cubrir este crudo materialismo, se habla del deber frente a la "Humanidad", la que al carecer de forma y existencia real no pasa de ser una frase hueca. En vista de esta corriente, hoy casi omnipotente, crece, sin embargo, poco a poco también la consciencia de que la realización del pensamiento internacional en sus diferentes matices ha de generar no una Humanidad armónica ni tampoco una "cultura de la Humanidad" sino un caos en todos los campos de la vida. Los signos del tiempo en verdad nos gritan esto a diario. En todos los Estados están por eso, ¡al fin!, actuando fuerzas que despiertan para restaurar el orden natural; por ejemplo, en Alemania y en muchos lugares surge espontáneamente esta voluntad creadora orgánica para una rebelión espiritual.

     Es nuestra firme creencia que esta defensa contra las potencias del caos, la toma de conciencia del valor primigenio de la nacionalidad ligada a la sangre, de la atadura nacional y social, se desarrollará hasta constituír alguna vez una fuerza mítica. Esta fe nos da, pese a todo, coraje. Dar meta, forma y empuje a las fuerzas que aún luchan aisladamente, es por eso la gran misión del presente para la salvación de nuestro futuro ético-espiritual.

     Hoy ha surgido de las honduras de las ciudades mundiales que a todos nos infestan, el sub-hombre. Millones de infelices desarraigados han sido arrojados sobre el asfalto; pobres en espacio, desnacionalizados, desorientados, librados a toda clase de espejismos seductores. Una denominada prensa mundial se atreve a presentar la cultura de mulatos y negros como la suprema conquista de la época actual. Ésta es la preparación de la decadencia, como lo fueron antaño los helenistas internacionales en la Grecia degradada, y como los salones pacifistas sirio-africanos en la Roma zozobrante.

     Como fuese que las distintas culturas hayan estado formadas en su peculiaridad, la esencia de la ética del Occidente germánico es revelada por una frase de Fichte: "La verdadera cultura es cultura de la mentalidad" (Gesinnungskultur). Con esto queda descubierto el factor impulsor de nuestras creaciones culturales, pues justamente sobre los valores de la mentalidad se asientan todas las premisas sociales de posibilidad de creación cultural, que son también el motivo impulsor de la estructuración germánica de la vida y del antiguo sentido germánico de justicia. Nadie siente este hecho más claramente que el enemigo nato de una cultura específica: el ya mencionado desecho de las ciudades mundiales y la sub-Humanidad "intelectual" y no-intelectual que allí impera bajo la conducción judía, sub-Humanidad que hoy influencia y comanda a ejércitos de millones, que en algunas partes incluso ya ha preparado a estos ejércitos para el asalto, y que día tras día sigue trabajando con la finalidad de realizar esto en todas partes. Esta lucha contra la totalidad de los valores de la cultura europea, especialmente, empero, de la particularidad germánica, queda encubierta en alguna medida en el plano político, ya que en él las "demandas sociales" aún permiten disimular las reales intenciones de destrucción. Pero plenamente descubierta aparece esta tremenda furia de destrucción en todo el campo de la cultura, y puede ser comprobada en forma paralela en todos los sectores, de una manera sencillamente alarmante. Se trata, dicho brevemente, de la lucha instintiva, así como generalmente también consciente, para hacer caer todos aquellos valores que determinaron la cultura germánico-alemana.

     Hasta qué punto ha prosperado ya el amordazamiento de la libertad espiritual alemana y la desintegración de todos los fundamentos culturales, eso lo sabe todo alemán productor. Pero éste cree frecuentemente que esto sólo acaece en su profesión. Sin embargo, esto ocurre en todos los campos. La situación es de gravísima opresión. Pero precisamente por eso constituye un deber ineludible la decidida rebelión para reconquistar luchando el espíritu alemán, su derecho de señor en la propia casa, y para crear espacio para las fuerzas en fermentación de la generación que está llegando a su madurez y que desde su más temprana juventud es envenenada hasta un limite inimaginable. Algunos procesos de los últimos años deberían haber sacudido interiormente aquí a todos los elementos activos.

     La culpa de ello es en primer término de nosotros mismos. La culpa, sin embargo, exige una expiación. Expiamos pasivamente la culpa por la actual miseria espiritual cuando a los eruditos se los priva del derecho a enseñar en las universidades porque los poderes papales actualmente dominantes lo exigen, imponiéndose en cambio al estudiantado alemán hombres que injurian al soldado del frente y a los genuinos conductores alemanes. Expiamos cuando hoy los artistas alemanes son omitidos metódicamente en favor de sensacionalistas exóticos. Expiamos por el hecho de que los poetas alemanes sufren hambre y no pueden llegar hasta su pueblo, porque entre ambos se alza un teatro no-alemán, y un círculo de prensa internacional paraliza las más valiosas fuerzas, silenciándolas. Expiamos por el hecho de que nuestra justicia está corrompida y la fe en el Derecho se desvanece. La expiación es merecida y nunca habrá cambio si los portadores de la esencialidad alemana no se animan a tomar la decisión en todas las capas de la Nación para la resistencia, a fin de conquistar luchando la libertad de pensamiento y creación. Es comprensible ciertamente cuando, en vista de las condiciones actuales, muchos de los mejores quieren retirarse, callada y desesperadamente, a su propia labor creativa. Pero sin contar con que esto sólo lo pueden realizar realmente muy pocos, los otros, en cambio, deben estar al servicio de sus enemigos: este aislamiento de todos los elementos valiosos es precisamente lo que los poderes reunidos del sub-hombre quieren conseguir, en la justa apreciación de que el logro de este auto-apartamiento de la vida activa equivale a la renuncia de toda auto-afirmación. Esta marginación del alemán creador de cultura es posiblemente una de las causa más profundas que han contribuído a la aparición de la actual situación; pero una gran desgracia no puede ser superada mejorando daños parciales en forma individual sino solamente cuando una nueva visión total de la vida orgánicamente enraizada entable la lucha y llame para ello a aquellas "mil manos" como colaboradores, sin las cuales también los pensamientos más hermosos no pueden ser realizados; esto es, cuando la capa intelectual nacional se ponga valientemente delante de su pueblo, del que se ha apartado bajo coerción.

     Lo esencial de una auténtica expiación activa consiste, por lo tanto, en la defensa, en el retorno a la genuina tradición, en recurrir nuevamente a las fuentes de los valores eternos de la nacionalidad, protegiendo y afirmando a las fuerzas que pugnan por la victoria. Con esta finalidad toda tarea ha de comenzar con el esclarecimiento oral y escrito sobre la situación efectiva, para superar la alarmante carencia de comprensión, para despertar después el sentimiento y la voluntad para la resistencia contra todos los portadores de la desintegración, pero también contra la propia culpa y debilidad. Y finalmente ha de ser creado un foro para todas las diversas fuerzas alemanas ligadas a la sangre en todos los campos de la vida.

     En 1808 el barón von Stein escribió al rey de Prusia: "Si toma una decisión enérgica, entonces apártese a todos los amigos de la tranquilidad, para que no quede todo paralizado y detenido en su movimiento progresivo". En semejante decisión también está involucrado el cambio espiritual de nuestra época. Si no se toma dicha decisión, entonces toda "alemanidad" queda como vacua confesión formal, dicha solamente para no delatar un corazón cobarde y sin ritmo. De este conocimiento de la situación total debe partir el Nacionalsocialismo, y promover por eso todo aquello que sirva en el campo cultural a estas concepciones y combatir contra todo lo que se ha colocado, directa o indirectamente, en dependencia con respecto a las fuerzas anti-alemanas. Empeñado en la decisiva lucha por el poder político, el NSDAP no tiene la posibilidad de desviar sus fuerzas disponibles para la reunión de las fuerzas alemanas creadoras de cultura. También prescindió de ello porque entre tanto (1929) había sido llamada a la vida una fundación en cuyas aspiraciones el Nacionalsocialismo podía tener confianza: la Alianza Combativa por la Cultura Alemana.

     Esta Alianza anunció su meta de este modo: "La Alianza Combativa por la Cultura Alemana tiene la finalidad de defender, en medio de la actual decadencia cultural, los valores del modo de ser alemán y de fomentar toda expresión específica de la vida cultural alemana. La Alianza Combativa instituye como meta esclarecer al pueblo alemán sobre las relaciones entre raza, arte y ciencia, valores éticos y volitivos. Instituye como finalidad acercar al pueblo a los hombres prominentes, hoy silenciados, y servir así a la alemanidad cultural en su totalidad, sin consideración de fronteras políticas. Mediante la reunión de todas las fuerzas que participan de estas aspiraciones, ha de crearse la premisa de una educación en las escuelas y universidades que reconozca la nacionalidad como primer valor. El objetivo es despertar en la nueva generación el conocimiento sobre su esencia y la necesidad de la lucha por los valores culturales y caracteriológicos de la Nación, templando la voluntad para esta lucha por la libertad alemana".

     El artista y erudito es generalmente "apolítico", lo cual es hasta cierto punto comprensible, ya que de la soledad del individuo mana su fuerza para la plasmación creativa, pero de todos modos debe sentirse exaltado por el genio de su pueblo, de su sangre, y por eso separarse nítidamente de aquellos que niegan esta sangre y se esfuerzan por corromperla y envenenada. Este paso, que constituye la condición previa de todo lo demás, lo ha realizado la Alianza Combativa por la Cultura Alemana. Un gran número de fuerzas creadoras alemanas se ha puesto a su disposición y, por consiguiente, las secciones en formación del NSDAP para el estudio de la cultura y de la raza pueden colaborar con ella.

     Sabemos hoy demasiado bien en qué gran medida están ligados el poder y la cultura. Por eso también comprendemos que una liberación cultural sólo es posible mediante el desplazamiento de los actuales detentadores del poder que, como patrocinantes de los Gumbels [alusión a Emil Julius Gumbel] y Lessings [Theodor Lessing], fomentan la incultura anti-alemana con los medios de la política, ejerciendo una terrible acción destructora de las almas. Consideramos por esto como la misión más importante de una asociación cultural el reconocimiento de los creadores verdaderamente conscientes de su raza en todos los campos, y que sin la menor estrechez de miras los reúna, les infunda esperanzas y los libere del sentimiento de desamparo, con la finalidad de que el conductor alemán del nuevo orden venidero pueda contar con las personalidades necesarias para reemplazar a los que hoy maltratan el alma alemana en universidades, academias, juzgados, etc.

     Como organización política de combate, el Nacionalsocialismo ha comenzado en el terreno político-cultural allí donde se encuentra la central de la labor de contaminación moral: la prensa. En el Punto 23 de su Programa exige que todos los jefes de redacción deban ser connacionales, y que los periódicos no-alemanes requieran para su aparición una autorización estatal, lo cual imposibilita, por otra parte, todo control financiero extracomunitario. Además el citado Punto reza: "Exigimos la lucha legal contra una orientación del arte y de la literatura que ejerce una influencia corrosiva sobre nueva vida nacional, y la prohibición de actos y espectáculos que contravengan las demandas precedentes".

     Con esto queda esbozada la gran misión en cuanto al Estado, el cual, si no quiere estrangular la vida en los asuntos culturales, sólo puede ser preventivo, fijador de límites. Creativa es, y continuará siéndolo siempre, exclusivamente la persona. Es, sin embargo, de importancia decisiva que la conducción estatal se integre con hombres étnicamente ligados, creadores de cultura, y no con marxistas internacionales, pero tampoco con burócratas anquilosados o santurrones hipócritas. No son los mandamientos y las prohibiciones lo que para nosotros constituye la clave de esta cuestión, sino el ser humano.

     Si la higiene racial, unida el mejoramiento étnico, ha de crear la premisa física de todo saneamiento, la educación ha de forjar la reconstrucción espiritual del pueblo alemán. Es obvio que la instrucción pública influye profundamente sobre el intelecto y el alma del niño alemán. El NSDAP en este punto, al igual que en otros, se encuentra en violento conflicto con la metodología vigente.

     Si reconocemos que es el carácter el que sostiene al Estado y la sociedad, la educación del alemán venidero significará en primerísimo lugar la formación del mismo. En esto el Nacionalsocialismo se diferencia fundamentalmente de la corriente burguesa de los últimos cien años, que pone el mayor énfasis en el saber. Esta intelectualización ha paralizado el instinto natural desarrollando el sistema de los "peritos", que carecen de un centro viviente ligado a la sangre. Por eso ha habido en Alemania tanta "objetividad" y tan poca representación apasionada del pueblo en su totalidad; por eso también, aún hoy, la Nación alemana suministra los más grandes constructores de aviones, los dirigibles de genial concepción, los mejores transatlánticos y tan destacados jurisconsultos, pero tan pocos hombres de Estado. La genial figura de Adolf Hitler fue, por consiguiente —observado desde muy arriba—, una literal salvación del carácter a último momento realizada por el alma del pueblo alemán. Y desde entonces el Nacionalsocialismo ha llegado a ser el mayor educador del pueblo que Alemania pueda registrar a partir del Alten Fritz [el Viejo Federico, apodo de Federico el Grande] y los hombres de 1813. Ha hecho que muchos millones tomaran conciencia de la esencia de la lucha sobre este mundo, y ha despertado la grandeza de la sangre germánica en otros millones. Por él se ha devuelto a la Nación alemana —a sus inventores y artistas, a sus técnicos y soldados— su "centro de bienaventuranza" (Herder), otorgando a todo accionar un sentido. Pero si este gran hecho ha de formar en una continuada procreación nuevas generaciones, sin desvanecerse nuevamente después de una gran llamarada, el Estado Popular Nacionalsocialista debe exigir en primer lugar ¡la escuela!.

     Contra esta demanda se alzarán enconadamente aquellos poderes que hasta ahora dominaron y a cuya dominación Alemania debe el decaimiento de su carácter y, como resultante obligada, la desaparición de la verdadera política. El Centro [Partido del Centro, católico, o Zentrum] e importantes sectores del protestantismo ortodoxo exigen la escuela eclesiástica. Se la designa todavía escuela confesional, pero se entiende por ello una absurda subordinación que hará que lo religioso alcance ¡hasta las ciencias naturales y la caligrafía!. Aquí se requiere una clara delimitación. Como se ha expuesto [en el cap. 4], la religión es una cuestión íntima de la conciencia referida a asuntos metafísicos sobre los cuales ningún Estado está facultado a decidir mediante medidas compulsivas, ni tan siquiera a través de insinuaciones de ninguna especie. De qué manera, por consiguiente, ha de ser la enseñanza del niño en materia religiosa, eso lo han de determinar sólo los padres. Y como las ideas religiosas, por cierto, difieren, la enseñanza religiosa —separada conforme a las confesiones—, también ha de ser sostenida desde el punto de vista nacionalsocialista, debiendo, pese a ello, imponerse al respecto la condición de que no se puede emprender nada que contravenga la conciencia nacional. En todas las restantes materias, no obstante, la escuela no tiene la misión de formar a luteranos, católicos, fieles de la Iglesia Alemana, reformados, etc., sino forjar alemanes conscientes del pueblo y del Estado. Una promoción de la influencia puramente confesional (supervisión eclesiástica sobre todo en medios rurales) haría resaltar aún más agudamente la escisión religiosa del pueblo y pondría la simiente para discordias futuras de alcances del todo imprevisibles.

     La denominada "escuela simultánea", que se opone a las denominaciones confesionales, lleva todos los signos del pensar liberal, que sólo tiene en cuenta esquemáticamente lo exterior. La antítesis espiritual de las escuelas confesional y simultánea es la Escuela Nacional Alemana, que no abarca una parte sino que dirige su mirada al todo.

     De esto resulta la misión de una nueva versión de la Historia. No tendrá que llevar coloración dogmática católica o protestante, sino que partirá del hecho de la sangre, de la diversidad de razas y mentalidades raciales; ella describirá la lucha de la sangre nórdica en Grecia y Roma, la naturaleza germánica en su plasmación progresiva, las fuentes de su salud y los peligros de su degradación, y la regla para la valoración de esta interpretación de la Historia partirá, como dijimos anteriormente, del hecho de comprobar si una personalidad, un fenómeno histórico o una corriente espiritual, ha acrisolado y fortalecido o bien debilitado la esencia de la alemanidad. Todos los trabajos preliminares en este campo (Lagarde, Ranke, Treitschke, Wagner, Chamberlain, Krieck, Günther) han sido recibidos con especial gratitud por el Nacionalsocialismo, quien protegerá siempre a los grandes educadores del pueblo, para que su obra no se quede en palabra y literatura sino que se transforme en vida pletórica de sangre. En el análisis a fondo de todos estos problemas trabaja intensamente la Liga Nacionalsocialista de Docentes, y la elaboración programática definitiva de todos los principios será la misión de todas las fuerzas pedagógicas de esta organización.

     Lo mismo es válido para la justicia. El Punto 19 del Programa exige la sustitución del actual sistema legal judeo-romano por un Derecho comunitario germánico. También en la cuestión de la estructuración de tal Derecho habrán de ser superadas algunas diversidades en cuanto a sus detalles. Pero una cosa va surgiendo para nosotros dominándolo todo: el Derecho alemán venidero será, ante todo, un código del deber. Las generaciones desintegradas por el demo-liberalismo no partían del Derecho del conjunto que es el que, sin embargo, posibilita al individuo su existencia, sino que trasladaron el centro de gravedad de la idea del Derecho, de manera catastrófica, a ese individuo. Si bien aún resistían las capas desarrolladas de manera organizada en un pasado más sano —ejército y cuerpo de funcionarios— y también la tradición cultural aún soldaba a las almas entre sí, a pesar de ello, así como en el ámbito político por la democracia sin raza, en el campo jurídico el individuo fue declarado por así decirlo autocrático, y casi todos los bienes y elementos con los cuales se hallaba relacionado fueron degradados a la calidad de mercancía. "Todo propietario de una cosa puede proceder con ésta a voluntad", reza un parágrafo tristemente célebre del Código Civil. Esto es la inversión de la antigua máxima legal alemana de que el provecho comunitario precede al provecho individual, máxima ésta que destacada especialmente puede ser encontrada en el Programa del NSDAP, en el Punto 24, que fija la postura religiosa del Movimiento. Y, efectivamente, en esta posición interna con respecto al Derecho y a la cuestión del deber, radica también el valor del genuino sentimiento religioso. Ella conduce de manera completamente directa a la fórmula grandiosa y simple de Kant: "La moral no es en realidad la doctrina de cómo nos hacemos felices, sino de cómo hemos de hacernos dignos de la felicidad".

     Este orgullo interior se alza sobre el "derecho" del yo, para ponerse al servicio de una idea sublime, y eleva de esta manera a la persona a la categoría de personalidad. Aunque en la vida individual cada cual puede pecar contra este principio infinidad de veces, el hecho de que lo haya reconocido como necesario para sí y para el Estado, da a la comunidad estilo, carácter, constancia, y hace aparecer el apartamiento de los sujetos antisociales como la consecuencia necesaria de un proceder que menoscaba o destruye la libertad de esa comunidad. Bajo el Derecho individualista, en cambio, todo intermediario rapaz considera al fiscal y al juez sólo como aguafiestas en su justificado accionar, que consiste en acumular riquezas mediante la especulación, aunque haya de pasar sobre cadáveres. Un paso más, y se llega a la tesis de la socialdemocracia de que cada cual debe tener el "derecho" también de traición a la patria, el cual no debe ser castigado. (En la prensa de orientación marxista ya aparecen impunemente artículos en los cuales sus autores prometen denunciar al extranjero los armamentos de Alemania). Esta expresión de convicción nos lleva directamente al controvertido concepto de la propiedad. Porque lo que el marxismo hace en este y en otros casos es un ataque brutal a la propiedad del pueblo, que consiste en la libertad nacional, en la soberanía estatal, en la posibilidad de defender el territorio de la Nación y sus intereses morales y materiales, en todo el mundo. Existe por lo tanto una sagrada propiedad en el sentido más alto, que está por encima de todos los intereses particulares, y a la cual debe subordinarse todo lo demás, como función de esta idea superior.

     Desde este punto de vista resulta para el Nacionalsocialismo lo siguiente: reconoce la propiedad legalmente adquirida, y ello en todos los terrenos. Un descubrimiento, una obra poética, son propiedad, tal cual lo es el dinero ahorrado de un hombre modesto mediante su honesta labor diaria. Pero si un genio egoísta quiere sacar provecho de un descubrimiento contra la totalidad del pueblo, entonces éste deberá neutralizar tal proceder, lo mismo que contra una obra dramática a favor de la traición a la patria (por grande que haya sido el talento con que fue elaborada), o las especulaciones en perjuicio del pueblo con dinero en sí honestamente adquirido.

     Dónde se restringe aquí el concepto de propiedad privada dependerá de la severidad de la concepción de la utilidad común, utilidad común entendida también aquí en el más alto sentido como suma de los valores morales del carácter de la alemanidad en su totalidad. Expresado en forma gráfica, el actual "hombre de negocios" puede deambular durante kilómetros antes de que se tope con el juez penal —si es que lo encuentra—; mañana, en cambio, cuando el Estado Nacionalsocialista haya superado el actual interregno, este hombre ya verá delante suyo a los pocos pasos sobre el sendero del intermediarismo rapaz, al fiscal. El que combate esta concepción de la propiedad privada prueba con ello solamente que los conceptos alemanes sobre honor y deber están extinguidos en él y que conceptos judaicos han ocupado su lugar.

     Una posición aún más severa en la cuestión de la propiedad privada lo testimonia el NSDAP frente a la posesión de la tierra. Ésta no debe ser entendida de ninguna manera como mercancía, ni como la consecuencia de la invención de la creatividad humana, sino como un pedazo de cosmos, una premisa de vida de la totalidad del pueblo, que fue defendida desde generaciones con su sangre en las fronteras del país. El nacionalsocialista Gregor Strasser formuló cierta vez muy bellamente esta relación: Si el trabajador desposeído, el estudiante, el artista, el erudito, en general el habitante de la ciudad, defiende con su cuerpo el terruño del campesino, del poseedor del suelo, participa entonces del derecho de velar también para que este suelo defendido no se eche a perder, no permanezca yermo o que incluso no sea malvendido a extranjeros enemigos. Si el campo es la base de la alimentación popular, el campesino es, por lo tanto, para la vida de la Nación, la condición previa de todo, y esta Nación organizada como Estado protege la libertad y el fruto de su trabajo. Por eso el suelo no es mercancía y no debe ser objeto de especulación; más aún, el auténtico Estado popular debe reservarse el derecho no sólo de transformar, contra la correspondiente indemnización, para fines necesarios de la comunidad, la posesión privada en propiedad del pueblo, sino también el derecho de practicar, dado el caso —si hay grave daño para la comunidad— también expropiaciones sin indemnización. Todo esto en conjunto es el sentido de nuestro Punto 17, profundamente justificado y por ello combatido con tanto odio por todo el mundo liberal, parágrafo para el cual Adolf Hitler dio en 1928 una breve aclaración, que fue completada en Marzo de 1930 por un programa agrario.

     Escuela y Derecho, éstas son las grandes palancas de la educación del pueblo. La prensa y la literatura (hoy también el cine y la radiodifusión) son los medios de enorme influencia sobre la generalidad, que deben estar bajo su atenta vigilancia. La gritería de la "libertad de prensa" está al mismo nivel que si se quisiera reclamar libertad para la venta no sólo de alimentos sanos sino también de todas las substancias tóxicas. Ya H. S. Chamberlain refiere la comparación de que así como el Estado ha establecido una policía de mercado para preservar a los ciudadanos de productos alimenticios perjudiciales, también debe preocuparse de los intentos de envenenar espiritualmente. Cierto es que el actual "Estado" también ha introducido una ley de protección, pero no acaso para la protección del honor nacional y de la salud moral del pueblo, sino para la protección de la actual "forma estatal" y de sus ministros difuntos y vivientes. (En virtud de esta ley un presidente superior marxista incluso prohibió un diario porque había publicado una caricatura de [los hermanos judíos] Barmat [implicados en un escándalo financiero en 1924]).

     Todos los Eisner, Erzberger, Hoefle, Bauer, Scheidemann, Ebert y miles de otras figuras ministeriales están por consiguiente bajo el parágrafo de protección a su majestad. Llamar sin embargo a Alemania una ramera está permitido y en boga (Tucholsky), como igualmente presentar al ejército popular alemán como violador de hostias y altares y asesino de belgas, deporte éste que practican impunemente especialmente los dirigentes del Centro (el cura Föry, el doctor Mönius, etc.). Por lo demás, el Nacionalsocialismo no es amigo de un Estado-Policía en el que aparece en todas partes la palabra "Prohibido"; se pronuncia absolutamente como adversario de un sistema en el que jefes de policía o asociaciones de gazmoños vociferan contra la "inmoralidad" o en el que se interviene violentamente contra una forma de expresión artística. Pero sí abogamos por la formación de un consejo cultural dentro de la Orden (o Senado) Nacionalsocialista, que esté integrado por personas irreprochables, de fina sensibilidad, a quienes les esté dada la posibilidad de hacer conocer en la prensa, la radio, etc., las ideas culturales generales del Nacionalsocialismo, pero que por otro lado no ha de frustrar en los artistas empeñados en realizarse la posibilidad de la expresión de sus pensamientos en todos los terrenos. Aquí se manifiesta la confianza del Nacionalsocialismo en la salud alemana. Una vez que el pueblo esté desintoxicado mediante la segregación de los enemigos de la raza, una vez que a estos adversarios de un renacimiento alemán les hayan sido quitadas las posibilidades de una contaminación espiritual, entonces la hipnosis mediante "periódicos mundiales", cinematógrafos judíos y bastardos de la radiodifusión, cederá poco a poco y volverá de nuevo a aparecer un pensamiento sin prejuicios que será simultáneo a un saneamiento general de la vida pública.

     Qué formas, por consiguiente, nuestra cultura tomará en el teatro, en las artes plásticas, en la poesía, etc., lo dejaremos para el futuro. Actualmente sólo tenemos en cuenta a aquellas personas que en algún momento deberán ser apartadas de los sagrados lugares de la cultura alemana, de la vida jurídica alemana y de los cargos de directores y de las academias, y tendremos en la memoria a aquellos que han aportado valores alemanes, o a los que, como generación joven, se esfuerzan visiblemente por la expresión de estos valores. Y después, ¡campo libre al impulso creador del alemán!.


6. SÍMBOLOS DE LA VIDA

     El ser humano no puede captar y representar el mundo, la vida, en su inmediatez. La esencia de la vida es su ininterrumpida actividad; la esencia del espíritu humano y de la conciencia, en cambio, es lo interrumpido, lo intermitente. Sin este ritmo espiritual no sería posible ni una sola obra del arte, ni un solo pensamiento elaborado de la ciencia, ni sería posible una sola acción heroica. Esta profunda diferencia entre el proceso vital ininterrumpido, fluyente, orgánico, y la esencia de nuestra capacidad de comprensión, nos obliga a distinguir aún más y llamar a aquellas formas a nuestra conciencia, con cuya ayuda el ser humano se apropia el mundo, lo subyuga o le sirve.

     La intuición actúa convenciendo o provocando una negación de una manera directa. Un conocimiento acerca del problema en cuestión lo podemos alcanzar sólo mediante un esquema racional, y el ser humano es impulsado mediante el acicate de la voluntad. La intuición trabaja según sus eternas leyes siempre con símbolos. Quien alguna vez haya estado en la Iglesia de la Guarnición de Potsdam ante los sepulcros de Federico el Grande y de Federico Guillermo I, quien miró con conciencia las viejas banderas prusianas desgarradas en las paredes, a éste se le genera de estos paños simbólicos todo un mundo, épocas magnas de la historia alemana. Esta bandera es, pues la máxima alegría de la fuerza alemana y del valor del sacrificio alemán. Es también un nuevo símbolo lo que hoy es llevado por el Movimiento Nacionalsocialista, en cantidad ilimitada a través de las calles de aldeas y ciudades alemanas. Este símbolo nos muestra en color y dibujo directamente lo que conocemos teóricamente y que queremos interiormente. Alrededor de este símbolo se agrupan día a día, mes a mes, año a año, siempre nuevos pensamientos, siempre nuevos valores, siempre nuevos sacrificios, y así no sólo el nuevo paño de la bandera mismo se convierte en un símbolo, sino también los hombres que llevan estas banderas. A esta nueva divisa pueden adherirse interiormente sólo seres humanos que están condicionados por los grandes valores de la alemanidad y que tienen el coraje para defenderlos también hacia afuera.

     Y ya aquí podemos comprobar una consonancia mística entre estos valores de carácter e ideales con la intuición directa, ya que el término medio de toda Humanidad que lucha con nosotros en un frente, también reconoce un ideal racial, tal como fue proclamado en otro tiempo a través de su arte, un ideal racial que relaciona de manera igualmente estrecha las grandes figuras femeninas del frontón del Partenón en Atenas con la figura de Gudrun y la de Dorothea de Goethe, y las figuras masculinas griegas, con el ideal de belleza germánico.

     Una bandera, un signo, cuanto más tiempo se ha luchado bajo el mismo, tanto más sagrado se vuelve. En ella se corporiza la inmutabilidad de una idea, aun cuando hayan sido miles de diferentes manos las que asieron el asta de la bandera. Yo considero que junto a la sencilla formulación del pensamiento genial de nuestro tiempo, es la mayor hazaña de Adolf Hitler haber brindado al Nacionalsocialismo un estandarte que de manera intuitiva y completamente directa simboliza lo magno de la naturaleza germánica y, por así decirlo, absorbe y transmite todos los sacrificios y triunfos por la Idea. Los colores negro-blanco-rojo recuerdan aquellas banderas bajo las cuales la Alemania de 1914 fue a una santa guerra, para proteger al pueblo y a la patria del cerco del eterno enemigo en el Oeste. La cruz gamada empero, salta repentinamente por encima de siglos, milenios, y señala las fuentes de aquella fuerza, de la cual antaño procedieron hazañas creativas alemanas, en épocas en que esta alegoría cruzó el mundo como signo de la sangre nórdica y se transformó en símbolo para la fecundidad y la vida ascendente. Es verdad que este signo se remonta a épocas "paganas", pero el Nacionalsocialismo no piensa en negar cobardemente la unidad de la esencia germano-alemana y comenzar acaso la historia alemana con Carlomagno, aun cuando más tarde mucho de valioso haya afluído también desde afuera a dicha esencia. Pero el núcleo para todas las posibilidades estaba dado cuando el ser germanico abrió los ojos. Y la cruz gamada nos ha de representar esta unidad.

     Contra este símbolo se encendió una violenta lucha por parte de los oscurantistas de nuestro tiempo; sobre todo los dirigentes del Centro (que nos traicionan constantemente en pro del marxismo ateo) tienen la audacia de calumniar en el nombre del cristianismo este signo, que según ellos nos pone al mismo nivel con los negros ashanti [de África occidental, en la actual Ghana].

     Vamos a seguir por un momento a estos señores (cuyos artículos hacen la ronda por toda la prensa centrista) y a aplicar la misma demostración con respecto a la Iglesia romana que ellos aducen defender como cien por ciento anti-pagana y cristiana.

     Ahí está primero la celebración de la Navidad (Weihnachten = Noches Consagradas), un muy antiquísimo día festivo germánico del solsticio de invierno; de la misma manera, el día de San Juan (Sonntag = día del Sol), el día festivo pagano del solsticio de verano. Constantino introdujo el domingo y la fiesta de Navidad como adorador de Helios, ya que eran días de Helios. Para la fiesta de Pascua (Osterfest = fiesta de Ostara), el cristianismo no sólo ha tomado el nombre de la diosa germánica de la primavera, Ostara, sino también su sentido de la Resurrección de la noche invernal, y también su símbolo del huevo como signo de la fecundidad. Y si esos señores luchan contra el "Wotanismo", debieran, sin embargo, declarar, conforme a la verdad, que San Osvaldo y San Martín no representan otra cosa que dos cambios de denominación de Wotan, adjudicándoseles al propio tiempo los mismos símbolos (manto y lanza).

     Es característico de toda esta lucha falaz injuriando la cruz gamada, el intento de presentar a ésta como una adulteración de la cruz cristiana. Este empeño muestra que los predicadores de las iglesias cristianas no tienen siquiera la más leve noción de la procedencia del símbolo que durante toda su vida llevan sobre el pecho. El símbolo de la cruz gamada originado en el corazón de Europa es uno de los muchos signos celestes y solares. El cielo y el Sol eran representados con un círculo, como una rueda de carro con sus rayos, como cruz de brazos iguales, como cruz gamada.

     Desde el centro de Europa dicho símbolo llegó a Grecia, donde Schliemann lo encontró en Troya (2500 años a.C.). Desde allí se difundió con las tribus nórdicas como signo de la vida, en su despertar orgánico, a la India, donde aparece primeramente alrededor de 500 años a.C. y llega a ser más tarde el segundo signo en santidad de Buda. Con el budismo, la cruz gamada llegó a la China, y es considerada allí (dibujada dentro de un círculo) como signo de lo infinito. En otra dirección, los germanos llevaron el signo a Inglaterra, y las expediciones nórdicas, a Roma. En las catacumbas encontramos la cruz gamada, y más precisamente al lado de la llamada cruz cristiana, que tenía la misma procedencia y el mismo significado. La cruz cristiana como signo del madero de martirio romano no se conoció en absoluto durante más de 200 años, sino que por el contrario Minucio Félix vociferó aún en el siglo III contra la pagana cruz "de los cristianos", hasta que como este símbolo no se pudo ya combatir, fue aceptado el madero del martirio de Cristo como el símbolo no erradicable como signo de los cristianos. (El madero del martirio de Cristo no tenía forma de cruz sino de T).

     Junto a la cruz "de los cristianos" aparece luego la cruz gamada hasta el siglo XVI sobre las mitras de obispos, en monedas y manteles de altares y en las catedrales, y aún hoy lo observarnos en devocionarios católicos (Devocionario Benedictino de Beuron); en la Iglesia de San Martín construída en 1912 en Trier puede ser encontrado esculpido en piedras en el banco de las comuniones y en el dibujo de la ventana de la fachada principal de la misma. Pero cuando el Movimiento de Liberación Alemán sostiene en alto el antiguo signo germánico otorgándole su sentido original como pronunciamiento por un accionar creativo, por el resguardo de la sangre y del pueblo, entonces una prensa hipócrita despotrica sobre "paganismo".

     Nosotros preguntarnos a la inversa: ¿es cristiano cuando el Centro "católico" entrega todo el poder en Prusia a la socialdemocracia atea?; ¿es cristiano cuando el Centro presenta al presidente de la Congregación de Culto judía, el sionista Kareski, como candidato para el Reichstag?; ¿es cristiano cuando las sesiones de ateos internacionales de Berlín pueden realizarse bajo los ojos del ministro del Centro?.

     ¡Extraño cristianismo sería éste si se tuviese la audacia de proclamar esto como política cristiana! Sin embargo, eso sucede. Paralelamente, empero, se produce un despertar alemán que anhela nuevamente limpieza y honor. Y por eso, sólo por eso, estalla con un frenesí nunca visto la lucha del Centro contra nosotros. Pero también esta empresa de encubrimiento llegará alguna vez a su fin. Ya los adversarios comienzan a darse cuenta de que nada se le puede oponer al gran efecto unificador de todos los alemanes conscientes, que irradia el estandarte de la cruz gamada.

     La cruz gamada no necesita de ninguna manera estar enfrentada antagónicamente a la cruz cristiana. El NSDAP nunca combatió a la cruz como tal; el Centro, en cambio, se dedicó a la tarea de injuriar desde el comienzo el "signo pagano" negando y enlodando los valores de la sangre. Este partido está, por consiguiente, en el mejor camino de falsear la cruz cristiana como un signo de mentalidad caótico-racial. No es nuestra culpa si las autoridades eclesiásticas no proceden contra este abuso de un símbolo mundial religioso en beneficio de sucias metas partidistas.

     La cruz cristiana es un símbolo religioso, y la cruz gamada un signo combativo racial-político. Con esto la diferencia (y complementación) de ambas alegorías para el NSDAP está expresada para todo el que aún tiene buena voluntad. Cuando hombres de la SA católicos y evangélicos querían visitar con su estandarte sus iglesias, fueron rechazados en la gran mayoría de los casos. En los altares mayores de las iglesias católicas de Italia está hoy la bandera del Estado con el símbolo fascista, sin duda también un signo "pagano" de la época del romanismo pre-cristiano. El Papa italiano ya no tuvo nada que objetar contra ello, ni tampoco contra la ejecución del Himno al Rey en los órganos de las iglesias de Italia. Lo que vale para un católico, vale también para el otro. Si también en círculos católicos de Alemania se manifiesta rencor contra las autoridades eclesiásticas que atacan violentamente al Nacionalsocialismo y expulsan el símbolo del renacimiento alemán de las casas de Dios, entonces esto es culpa de los mismos.

     Toda manifestación de nuestra vida que quiere expresar algo interior, es en último término simbólica. También todas las letras, todas las palabras, la lengua entera, han sido inventadas por una comunidad determinada, lo mismo que las alegorías, emblemas reconocidos por ella a fin de crear un nexo puramente simbólico intermediario entre lo interno que no se corresponde de ninguna manera con lo externo. También el sonido pertenece aquí, pero sobre todo el color, la línea, el dibujo. Por fino y ricamente estructurado que pueda ser el instrumento de la lengua y de la escritura, el ojo es sin embargo el utensilio más directo, con cuya ayuda palpamos y comprendemos el mundo exterior. La visualización del símbolo, por lo tanto, será siempre más fuerte que una conciencia de concordancia racional, porque un emblema de la luz conduce directamente del ojo al alma, a la voluntad. Y mientras esto ocurra, el alma aun está sana. En el momento en que se escriben estas líneas, el NSDAP cuenta con 200 hombres que sellaron con su vida la fidelidad por el Reich venidero. No cayeron en una gran batalla frontal sino que fueron asaltados alevosamente por el Frente Rojo, durante su servicio al Movimiento y al Reichsbanner (Estandarte del Reich), y últimamente también por la Kreuzschar (Banda de la cruz) del Centro, acuchillados, baleados y pisoteados hasta ser muertos. Se los abatió a tiros en sus bicicletas cuando volvían a sus casas desde las asambleas; se los buscó en su domicilio y se les vació los ojos, como acaeció, por ejemplo, con el camarada Senft, y luego se los asesinó. La prensa asesina roja publicaba nombres y direcciones de nuestros hombres de la SA y de la SS para instigar a la criminalidad. Y así murieron todos los Kütemeier, Hirschmann, Wessel, Thielsch, Vobis, Steinbach, Garthe... Generalmente trabajadores pobres que sólo habían cometido el único crimen de amar a Alemania más que a sí mismos.

     Y al lado de estos muertos, más de 8.000 hombres de la SA y la SS llevan las heridas de la terrible guerra civil en sus cuerpos, heridas que fueron recibidas en los innumerables asaltos cuya violencia agita a Alemania sin que la prensa burguesa tome noticia de ello. Cerca de 50 heridos diarios contamos en Septiembre de 1931, pero la prensa judía de Berlín y de Frankfurt no hacían sino acrecentar su campaña de azuzamiento.

     Y junto a los hombres recordamos a las mujeres nacionalsocialistas, a quienes nuestra idea, el símbolo de la cruz gamada, les da la fuerza para dejar ir diariamente a sus esposos, hijos y hermanos, sin saber si volverán. También este heroísmo nos muestra que después de haber superado el espíritu de Noviembre de 1918, hemos vuelto a entrar en una gran época heroica del pueblo alemán. En el Movimiento Nacionalsocialista, que es calumniado por todas las "feministas" como "enemigo de la mujer", la mujer alemana recién ha vuelto a despertar a su autoconciencia. La gran vivencia también la ha liberado a ella de ridículas barreras y aprovechados aduladores, de la presuntuosa limitación de su personalidad, pero también de aquellas damas literatas que hoy van tirando su existencia inútil sólo como objetos de burla en clubes parlamentarios. El gran des-prejuicio ha sido restaurado por el NSDAP, y la mujer alemana en nuestro Movimiento sabe que los hombres alemanes luchan también por su libertad y respeto. El porvenir demostrará en cuán gran medida Alemania también necesitará de estas mujeres nacionalsocialistas. Y para terminar, algunos ejemplos que son ellos mismos símbolos.

     En el Tirol un miembro de la Juventud Hitleriana es herido mortalmente en la cabeza por un comunista. Se presenta el sacerdote para administrar la extremaunción y exige para ello que aquél abjure de Hitler. El valiente muchacho, luchando con la muerte, declina hacerlo... Sanó y hoy sigue luchando. A fines de 1930 el hombre de la SA Friedrich Weinstein fue asaltado por comunistas y acuchillado a muerte. En los brazos de sus camaradas pronunció las últimas palabras: "Hitler, por ti muero gustosamente... Madre, me muero". En Junio de 1931, durante nuestro Congreso Partidario del gau (comarca) de Sajonia en Chemnitz, el camarada Edgar Steinbach fue muerto a tiros por comunistas, y Heinrich Gutsche recibió heridas mortales. Adolf Hitler visitó a éste, quien al ver al Führer, enderezó una vez más el cuerpo agujereado y alzando el brazo para el último saludo, balbuceó aún "Heil Hitler" y murió.

     También en Junio de 1931 un grupo SA fue asaltado en Bremen por un número muy superior de comunistas. La SA se retiró defendiendo su bandera y en ese trance cayó el obrero y hombre SA de 31 años, Gossel. Su último deseo fue ser enterrado con la camisa parda.

     En Agosto del mismo año, los nacionalsocialistas que regresaban a sus casas fueron tiroteados en Limbach (Sajonia) por los comunistas. El camarada Grobe de 23 años fue alcanzado mortalmente. Sus últimas palabras fueron: "¡Que se logre erigir pronto el Tercer Reich!".

     Todos éstos son testimonios primigenios del modo de ser germánico-alemán. No sólo irrumpen del terruño campesino eternamente fiel, no, y esto es lo más grande, se presentan ante nosotros provenientes de pobres viviendas obreras sin luz y sin aire. De la ciudad mundial aniquiladora de la Naturaleza y del carácter, provienen estos sonidos balbuceantes de la fidelidad más inapreciable, de aquella grande conciencia de seguimiento, que a través del Führer y la bandera ha despertado a la vida: un mito conmocionante de nuestra época aparententente sin mito, sin esencialidad y enemiga de todo lo noble. Al mismo tiempo, este sacrificio por un futuro sólo visible a grandes rasgos es religión.

     También religión, en el más verdadero sentido, no es sólo el reconocimiento exterior de cualesquiera dogmas, afirmaciones eclesiásticas y ejercicios tradicionales, sino que en todas partes allí donde un ser humano sirve valientemente a los más altos valores, allí está Dios, allí lo metafísico se ha vuelto acción en el ser humano. No necesita ser la muerte lo que pruebe esto, sino justamente la vida, aún cuando recién la muerte trae a la plena conciencia esta religión practicada. Empero, seres humanos que acompañan a un asesino múltiple (como Kürten) como expiado en su camino al cadalso con todas las consolaciones de la Iglesia y que al mismo tiempo, sin embargo, niegan un entierro eclesiástico a un hombre creyente, consciente del honor, que ha actuado desinteresadamente por su pueblo (como el nacionalsocialista Gemeinder, fallecido de un ataque cardíaco después de una asamblea), arguyendo que no se había "arrepentido", esos seres humanos no están con Dios sino con el diablo.

     La lucha que lleva el Movimiento Nacionalsocialista es por eso más que comunidad eclesiástica, religión vivida, metafísica de la acción; y todas las colectividades religioso-eclesiásticas a las que pertenecen estos nacionalsocialistas (protestantes, católicos, feligreses de la Iglesia Alemana, etc.) reciben a través de él nuevas consagraciones, y una afluencia de nuevos altos valores. Deberían agradecerles, en lugar de —como sucede no pocas veces— calumniarlos y perseguirlos.

     Pero como quiera que sea, el NSDAP no plantea su lucha en el terreno de ninguna confesión eclesiástica, sino en el campo de la lucha por el poder contra las fuerzas del caos racial, del deshonor, de la destrucción del pueblo. Aquí el símbolo de la cruz gamada está hoy como único verdadero enemigo frente a la estrella soviética, que es representación no sólo del bolchevismo sino también de todos los sistemas y hombres que espiritual y políticamente lo han preparado y que lo protegen: el liberalismo, la socialdemocracia y el Centro.

     La cruz gamada, empero, no conoce tampoco los goces y símbolos de la burguesía satisfecha de antes. No considera a la paz más grande que la lucha, sino que valora precisamente esta lucha como nacimiento creativo de la cultura y de la genuina estatalidad. De ello ya son testigos aquellos miles que sangraron, aquellos centenares de miles que hoy diariamente, en el frente de avanzada, se hallan en combate contra una jauría murmuradora que tienen ante sí y contra los cobardes que se mueven a sus espaldas.

     Junto a las letras de bronce de los líderes, están registrados esos nombres en el libro de la historia alemana. Y concluyo con las palabras que un dirigente de la SA pronunció junto al sepulcro de nuestro asesinado hombre de Düsseldorf, el camarada Vobis:

"¡Duerme tranquilo, camarada, en la oscura tierra!
Pronto los batallones pardos, con bandera ondeante y paso de bronce,
retumbarán sobre los sepulcros y, vengándote,
conquistarán luchando el Reich por el cual tú caíste!".


¡ALEMANIA, DESPIERTA!

¡HEIL HITLER!






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