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sábado, 25 de octubre de 2014

Sobre Algunos Simbolismos Nacionalsocialistas



     Hemos encontrado un texto compuesto por José Mª Peña Barbero, que es una tesis doctoral presentada en 2010 en una universidad madrileña (que no llegó a ser defendida) titulada "Nietzsche y el Nacionalsocialismo: Cosmovisión y Propaganda". Hemos decidido presentar de allí tres secciones de su capítulo sexto, que tienen que ver con el diseño y el uso de ciertos simbolismos durante la Alemania del Tercer Reich, a saber, con la esvática y la bandera nacionalsocialista, con el uso de los estandartes, y con el conocido saludo brazo en alto. Dicha tesis postula que la influencia de Nietzsche sobre Hitler es mayor que la que se cree, y es algo que este último ocultó bien, mas sin poder negarla.





La Esvástica y la Bandera


     Al margen de sus esfuerzos [de Hitler] para ocultar sus intenciones, había signos, autorizados e incluso creados por él, que las pregonaban; pero al hacerlo de forma simbólica y desconociendo lo que en realidad se proponía, no siempre eran fáciles de entender en su sentido recto.

     Entre ellos el primer lugar indiscutiblemente le corresponde a la esvástica, por ser entonces, y aún hoy lo sigue siendo, el más conocido, con el que inmediatamente cualquier persona identifica el nacionalsocialismo.

     Es un signo muy antiguo, tanto que la palabra esvástica procede del sánscrito y significa "gran fortuna". El otro nombre con el que se la conoce, el de "cruz gamada", obedece a que puede formarse con cuatro letras gamma (la tercera del alfabeto griego) mayúsculas (Γ) unidas por su base. A la representación más antigua de todas las halladas se le calculan doce mil años. Aparece en los sitios más dispares: Asia, Norte de África, incluso en América. Según Rosa Sala Rose, el conocimiento de la esvástica, signo del que durante siglos sólo se ocuparon los estudiosos de la Antigüedad, comenzó a difundirse a comienzos del último cuarto del siglo XIX, cuando Schliemann la encontró en numerosos lugares de las ruinas de Troya. Inmediatamente las comparó con las existentes en Alemania, estableciendo una relación entre la Grecia de Homero, la India védica y los primitivos germanos (Rosa Sala Rose, Diccionario Crítico de Mitos y Símbolos del Nacionalsocialismo, Barcelona, 2003).

     A partir de entonces se interesaron por la esvástica muchos de entre quienes se dedicaban a las llamadas ciencias esotéricas u ocultas, como la teósofa H. P. Blavatsky (habitualmente nombrada Madame Blavatsky), Rudolf Steiner, y, en la línea del ariosofismo, Guido von List, Liebenfels, etc. Algún tiempo después, a comienzos del siglo XX, la hicieron suya los grupos políticos de orientación nacionalista cuya principal pretensión consistía en recuperar las raíces del más puro germanismo. Pero fue después de la Primera Guerra Mundial cuando la esvástica comenzó a alcanzar su plena popularidad. Cómo ocurrió aquello, lo cuenta Konrad Heiden:

     «En 1918, Ludendorff envió al conde Von der Goltz, con tropas alemanas, a Finlandia, para que limpiara de bolcheviques ese país. Después de la revolución, esas tropas tuvieron que impedir el avance de los bolcheviques en las antiguas provincias rusas del Báltico, el llamado "Báltikum". En ambos frentes combatieron en alianza con los contrarrevolucionarios nacionalistas de esos pequeños países, Finlandia, Letonia y Estonia; combatieron lado a lado con muchas de las antiguas clases pudientes alemanas, que vivían allí desde hacía siglos, y junto con oficiales del ex-Zar de las Rusias. Estos combatientes del "Báltikum" representaban, después de regresados a la patria, un núcleo militar que no tardó en promover la contrarrevolución y que más tarde fue el protagonista en el "Kapp-Putsch". Ellos fueron los que transmitieron la "Cruz gamada en el Casco de Acero" al movimiento anti-judío en todo el país. ¿De dónde tenían aquel signo? Pues de Finlandia, donde es insignia nacional, sin ningún significado anti-judío» (Konrad Heiden, Hitler, la Vida de un Dictador, Buenos Aires, 1939, pp. 107-108).

     Aquellas tropas alemanas que lucharon en Finlandia contra los bolcheviques y posteriormente protagonizaron el "Kapp-Putsch", eran la llamada "brigada Ehrhardt". Ellos fueron también en buena medida los que dieron lugar a que la esvástica adquiriese significado anti-judío aunque en Finlandia no lo tuviera. Ilustrativa es al respecto la anécdota narrada por Sebastián Haffner que le ocurrió a él, siendo niño, con uno de sus compañeros de colegio:

     «Poco después del putsch de Kapp, durante una clase aburrida, observé cómo uno de ellos garabateaba unas figuras extrañas en su cuaderno; siempre lo mismo, un par de rayas que de forma sorprendente y satisfactoria componían un ornamento simétrico parecido a un cuadrado. Enseguida estuve tentado de imitarlo. "¿Qué es eso?", le pregunté por lo bajo, pues al fin y al cabo, aunque fuese aburrida, estábamos en una clase. "Símbolos anti-judíos", me susurró él en estilo telegráfico. "Lo llevaban las tropas de Ehrhardt en sus cascos de acero. Significa «Fuera los judíos». Hay que saber reconocerlo". Y siguió garabateando tan tranquilo.
     «Este fue mi primer encuentro con la cruz gamada y lo único perdurable que dejó el putsch de Kapp. A partir de entonces ese símbolo se vería con frecuencia» (Sebastian Haffner, Historia de un Alemán. Memorias 1914-1933, Barcelona, 2001, pp. 51-52).

     "Enseguida estuve tentado de imitarlo", dice Haffner. Ése es precisamente uno de los atractivos —puramente visual— de la cruz gamada que más contribuyeron a su popularización. Konrad Heiden dice exactamente lo mismo que Haffner, ampliándolo a otra impresión que sobrepasa la de la mera plasticidad:

     «Para la propaganda no pudo inventarse signo más idóneo. Hay en él algo de amenazador, de fuerza, de misterio, y es, a la vez, muy armonioso, sugestivo e inconfundible; es, sobre todo, muy fácil de copiar: se siente uno tentado a garabatearlo. Al cabo de poco tiempo, se lo ve, hecho con tiza, en las fachadas de todas las casas» (Heiden, op. cit., p. 108).

     Pero la elección de la cruz gamada como signo propagandístico era para Heiden asunto muy diferente de la manera en que estaban combinados los elementos componentes de la bandera:

     «La bandera del partido está hecha sin las debidas proporciones, y la más absurda ocurrencia de Hitler fue la de poner de punta la cruz gamada, de modo que ésta da la impresión de estar bailoteando» (Heiden, op. cit., p. 282).

     La atribución del significado anti-judío a la esvástica es, desde luego, arbitraria; pero dada su antigüedad y la diversidad de los lugares donde se la ha encontrado, la cosa carece de importancia. En la misma Alemania circuló también la especie de que es una representación estilizada del Sol. En realidad, precisamente por la variedad de civilizaciones que la han conocido, se le puede atribuír cualquier significado, pues no parece posible que haya sido el mismo para todos los pueblos. Esto se ve en que ha sido usada incluso dentro del cristianismo, que en el transcurso de los siglos se ha incorporado y asimilado buen número de signos, costumbres y hasta ritos paganos. Así la conoció Hitler. Cuando a los ocho años de edad cursó estudios de enseñanza primaria en la escuela del convento de Lambach, allí, en uno de los vitrales de la iglesia, estaba representada la cruz gamada, por lo que el niño pudo verla, grabándola en su memoria y seguramente garabateándola luego sobre un papel, cuantas veces asistió a los oficios religiosos.

     Pero la cruz gamada no fue el primer signo del partido; ese lugar le corresponde, aunque resulte sorprendente, al color rojo.

     A comienzos de 1920 el partido nacionalsocialista estaba preparando su primer mitin de amplias proporciones. Se pensaba celebrarlo el 24 de Febrero en la sala Hofbräuhaus, situada en la plaza de Munich. El aforo del local preocupaba a los dirigentes, pues si había poca afluencia de público el fracaso hundiría al partido durante mucho tiempo o quizá para siempre. El presidente, Harrer, quiso retrasar la fecha del mitin por parecerle que la celebración era prematura dado que el partido todavía era poco conocido. Como vio que su opinión no era compartida, dimitió y Anton Drexler pasó a ocupar la presidencia. Hitler, por su parte, se encargaba de la propaganda; estaba tan preocupado como los demás, aunque su preocupación no le impedía seguir adelante. Convencido de la necesidad de llamar la atención y de que había que hacerlo lo más rápidamente posible, decidió anunciarlo mediante carteles y boletines que se repartieron profusamente, y para que nadie dejara de sentirse interesado, intencionadamente eligió el color que menos podían esperar quienes se les oponían.

     «El rojo fue el color elegido como distintivo; era el más provocativo y el que naturalmente más debía indignar e irritar a nuestros detractores, haciéndonos inconfundibles» (Adolf Hitler, Mein Kampf).

     El mitin se celebró con un éxito de público que superó con creces las esperanzas de los organizadores. El número de asistentes sobrepasó los 2.000, de los que más de la mitad, según palabras de Hitler, eran independientes y también comunistas que habían ido con el propósito de boicotear el acto. Previendo aquello, los nacionalsocialistas organizaron lo que llamaban "guardia de sala", cuya misión consistía en mantener el orden como fuese. Así, cuando algunos de aquellos elementos extraños comenzaron a interrumpir el discurso de Hitler, que habló en segundo lugar, con gritos y actos de violencia, recibieron una contundente respuesta y fueron expulsados de la sala.

     Silenciados los alborotadores, la asamblea se prolongó durante dos horas y tanto, alcanzando un éxito total. Entusiasmado, Hitler escribió al recordarlo:

     «Quedó encendido el fuego cuyas llamas forjarán un día la Espada que le devuelva la libertad al Sigfrido germánico y restaure la vida de la Nación alemana» (Hitler, op. cit.).

     La experiencia de aquel primer acto multitudinario hizo reflexionar a Hitler sobre lo vivido por él en circunstancias similares:

     «Más de una vez tuve en mi juventud ocasión de darme cuenta y penetrar instintivamente la enorme significación psicológica que entrañan los símbolos. Después de la guerra asistí en Berlín a un mitin marxista delante del Palacio Real, en Lutsgarten. Un mar de banderas rojas, de brazaletes rojos y de flores rojas daba a esta demostración, aproximadamente de ciento veinte mil personas, un aspecto exterior imponente, y yo mismo sentía y comprendía la facilidad con que el hombre del pueblo se deja dominar por la magia seductora de un espectáculo de tan grandiosa apariencia» (Hitler, op. cit.).

     Se hacía imprescindible, por tanto, encontrar la manera de dotar al partido de algún signo que lo distinguiera de los demás, indicando claramente cuál era su orientación, puesto que

     «...hasta el año 1920, el marxismo no contaba con ninguna bandera adversaria que le ofreciese una oposición en materia doctrinal» (Hitler, op. cit.).

     Sin pérdida de tiempo, puso Hitler manos a la obra. Una bandera exclusivamente de color rojo debía ser descartada, puesto que ésa era la de los comunistas, y se trataba precisamente de que nadie pudiera confundirlos con ellos. La República de Weimar había cambiado la bandera (las repúblicas parecen padecer un incurable prurito que sólo se alivia cambiando las banderas). Veamos lo que dice al respecto una nota de la edición inglesa de Mein Kampf publicada en 1939:

     «La bandera del Reich alemán, fundado en 1871, era negro-blanco-rojo. Ésta fue descartada en 1918, y la negro-rojo-oro fue elegida como bandera de la República alemana fundada en Weimar en 1919».

     Como se trataba de oponerse a la República de Weimar con la misma decisión que al marxismo, la combinación negro-rojo-oro hubo de ser desechada. Debían mantenerse, en cambio, los colores de 1871; bajo ellos lucharon y dieron su sangre los alemanes en los campos de batalla; servían, por tanto, para transmitir el sentimiento de afirmación nacional que propugnaba el nacionalsocialismo como uno de sus pilares fundamentales. Pero, por otra parte, eso podía dar a entender que querían restaurar el Imperio de Bismarck, lo que de ninguna manera entraba en sus intenciones. ¿Qué hacer?

     «Después de innumerables ensayos logré precisar una forma definitiva: sobre un fondo rojo, un disco blanco y, en el centro, la svástika en negro. Igualmente pude encontrar una relación apropiada entre la dimensión de la bandera y la del disco y entre la forma y el tamaño de la svástika. Y así quedó.
     «Inmediatamente se mandaron confeccionar brazaletes con la misma combinación para nuestras Tropas de Orden; esto es, un brazalete rojo sobre el cual aparece el disco blanco y la svástika negra» (Hitler, op. cit.).

     Apenas terminado su diseño, la bandera salió a la calle:

     «En el verano de 1920 lucimos por primera vez nuestra bandera. (...) Su efecto en aquel momento fue el de una antorcha encendida» (Hitler, op. cit.).

     Se comprende que produjera ese efecto. El conjunto —cruz gamada negra en círculo blanco sobre fondo rojo— es impresionante. La combinación de colores contribuye a aumentar la sensación indefinible de fuerza y misterio que, como decía Konrad Heiden, ya de por sí produce la cruz gamada. Difícilmente el creador del nacionalsocialismo habría podido elegir un signo más adecuado a sus propósitos. Explicó así el significado de los elementos que componen la bandera:

     «Como socialistas nacionales, vemos en nuestra bandera nuestro programa. En el rojo, la idea social del movimiento; en el blanco, la aspiración nacionalista, y en la svástika la misión de luchar por la victoria del hombre ario y, al mismo tiempo, por el triunfo de la concepción del trabajo productivo, idea que es y será siempre anti-judía» (Hitler, op. cit.).

     Las últimas palabras se prestan a ser interpretadas erróneamente, y así ha ocurrido alguna vez, a pesar de que no hay en ellas la menor originalidad, pues no hacen sino abundar en una acusación reiterada incansablemente a lo largo de los siglos. Lo que Hitler quería decir no es que los judíos no trabajaban, sino que se dedicaban a tareas que sólo eran beneficiosas para ellos y con las que desangraban económicamente al resto de la población, pues comerciaban, por ejemplo, con objetos de toda índole que en ningún caso habían contribuído a producir, ejercían de prestamistas con intereses usureros, y en fin, manejaban hábilmente el dinero como una mercancía con la que podían incluso desestabilizar, si así lo deseaban, todo el sistema económico-financiero de la nación. En cualquier caso, Hitler no perdía ocasión, como bien se ve, de propinarles un buen alfilerazo a los judíos, viniera o no a cuento.

     Si el nacionalsocialista hubiera sido un partido corriente, uno más de los que se mostraban activos en la escena política alemana, poseer una bandera propia que lo distinguiera de los otros habría bastado. Pero no era ése el caso. Aspiraba a no ser simplemente uno cualquiera de los que entraban en el juego político para disputarse con los otros el acceso al poder mediante la participación en la lucha electoral.

     Lo que Hitler había creado no era un partido —lo proclamó claramente en su libro— sino una nueva concepción del mundo. Pero, como hemos dicho ya varias veces, reservó para sí lo más substancial de su proyecto, porque ¿cómo decir que esa concepción del mundo, esa cosmovisión, esa Weltanschauung, era esencialmente la filosofía de Nietzsche, que pasó los últimos diez años de su vida sumido en la locura? Más aún: Hitler no podía declarar su admiración por Nietzsche, y menos que ponía en práctica su filosofía, a causa de sus feroces ataques contra los alemanes. Tomar consciencia de este problema puede ser útil para entender algunos hechos que de otro modo, por incomprensibles, parecen arbitrarios.


Los Estandartes, la Roma Imperial
y el Reich Milenario


     Fue entonces cuando Hitler, llevado por el entusiasmo, decidió que el uniforme, la bandera y los brazaletes no eran suficientes para aquellas tropas que combatían con un valor y un desprecio hacia sus propias vidas que nada tenían que envidiar a los de sus admirados defensores de las Termópilas. La idea se hizo realidad poco después de aquellos sucesos, en 1922:

     «...cuando nuestra fuerza de orden se había convertido en una "Sección de Asalto" (SA: Sturm-Abteilung) que abarcaba a muchos miles de hombres, se hizo necesario darle a esta Organización de Combate de la Nueva Concepción Ideológica un signo especial de victoria: el estandarte. Éste también fue diseñado por mí y su ejecución fue confiada a un leal miembro del Partido, el joyero Guhr. Desde aquel momento, los estandartes pasaron a ser las enseñas características de la campaña nacionalsocialista» (Hitler, op. cit.).

     Con arreglo a su táctica habitual, no dice nada más; y no lo hace porque el estandarte diseñado por él es uno de los signos que mejor delatan sus verdaderas intenciones.

     Al llegar aquí es oportuno citar de nuevo unas palabras de Heidegger relativas a Nietzsche incluídas en un capítulo precedente:

     «Además del mundo de los griegos, que seguiría siendo decisivo para Nietzsche durante toda su vida, aunque en los últimos años de su pensamiento lúcido habría de dejar lugar, en cierto modo, a lo romano, las fuerzas espiritualmente determinantes fueron, en primer lugar, Schopenhauer y Wagner» (Martin Heidegger, Nietzsche, vol. 1, Barcelona, 2000, pp. 22-23).

     Es cierto que Nietzsche, como sabemos, mantuvo su admiración hacia Grecia hasta el final; pero esa admiración, aunque predominante, marchó siempre paralela a la que sentía por la antigua Roma. Y en los últimos años de su vida lúcida, no es que el mundo griego "dejara lugar, en cierto modo" al romano —pues dicho así, como al desgaire, se le resta a ese hecho buena parte de la importancia que en realidad tiene—, sino que el mundo romano pasó a ocupar en su consideración, si no la predominancia, sí un lugar a la misma altura que la del griego.

     "Las fuerzas espiritualmente determinantes", como dice Heidegger, que obraron sobre Nietzsche —Grecia, Schopenhauer y Wagner— son las mismas que obraron sobre Hitler. Pero el parangón se extiende más allá, porque este último, a medida que avanzaba su vida, empezó a experimentar, como Nietzsche, una creciente admiración por Roma. De ahí que a la hora de concebir el diseño final del marco político en el que habría de desarrollar la idea nietzscheana de la transmutación de todos los valores, Hitler tomara como modelo la Roma de los Césares, que en diversas ocasiones le sirvió a Nietzsche de ejemplo en que apoyar sus tesis. Naturalmente no se trataba de volver hacia atrás mediante la reproducción exacta —calco, diríamos mejor— de la Roma de la Antigüedad. De lo que se trataba era de construír una sociedad actual regida por el sistema de valores de la Roma Imperial sin olvido de la Grecia clásica. Y como Hitler conocía perfectamente el valor y la fuerza de los símbolos, elegía con todo cuidado los que mayor efecto e impresión podían hacerles a sus seguidores y a la gente en general, procurando también que fuesen mudos pregoneros de la idea fundamental.

     Hitler pasó a desempeñar la jefatura del Estado a la muerte de Hindenburg, ocurrida en Agosto de 1934. Pero antes —el 30 de Enero de 1933— fue nombrado canciller, así que desde entonces el destino de Alemania fue puesto en sus manos, y en ellas permaneció hasta el 30 de Abril de 1945, fecha de su muerte.

     Una de las expresiones más conocidas de Hitler es la del "Reich milenario", o sea, que el Reich creado por él tendría una duración de mil años. Esto lo repitió numerosas veces tanto en público como en privado. De lo dicho en la entrevista mencionada al comienzo de este capítulo, mantenida con los hermanos Strasser en Berlín, en Mayo de 1930, Konrad Heiden cuenta lo siguiente:

     «Prosiguió diciendo (Hitler) que la raza blanca tenía que reorganizar todo el comercio mundial: "El nacionalsocialismo no tendría ningún valor si quedara limitado a Alemania, si no lograra asegurar a la raza superior el predominio sobre el mundo entero, y, desde luego, por un espacio de mil o dos mil años"» (Heiden, op. cit., p. 221).

     Podríamos poner más ejemplos, pero por tratarse de una expresión que ha circulado por todas partes creemos que no merece la pena. Se ha repetido mucho, sí, lo del "Reich milenario", y siempre en tono de burla, lo que es fácilmente comprensible puesto que la vida del Reich que debía durar un milenio se redujo a menos de un quincenio, exactamente a doce años y tres meses.

     Lo del "Reich milenario" se ha tomado generalmente por una fanfarronada de Hitler. Sin embargo, la idea que resume no le pertenece a él, sino a Nietzsche. Una de las pocas veces que descubría su juego era precisamente cuando mencionaba el "Reich milenario":

     «No es a la guerra con la India, ni a las complicaciones en Asia, a lo que ha de acudir Europa para protegerse contra el serio peligro que la amenaza, sino a una revolución interior, a una explosión despedazadora del Imperio, y sobre todo, de la importación del absurdo parlamentario, con la obligación de cada individuo de leer el periódico al desayunarse. Estos no son deseos, antes bien querría yo lo contrario, es decir, querría ver a Europa, frente a la actitud cada vez más amenazadora de Rusia, decidirse a amenazar a su vez, a crearse, por medio de una nueva casta que la rigiera, una "voluntad única", formidable, capaz de perseguir un fin durante miles de años, a fin de poner un término a la comedia demasiado larga de su pequeña política y a sus mezquinas e innumerables voluntades dinásticas o democráticas. El tiempo de la pequeña política ha pasado ya; ya el siglo que se anuncia hace prever la lucha por la soberanía del mundo, y el "irresistible impulso" hacia la gran política» (Nietzsche, Más Allá del Bien y del Mal, Ed. Aguilar, 1951, pp. 152-153).

     En esta cita de Nietzsche encontramos: advertencia acerca de la amenaza que se cierne sobre Europa por la "revolución interior" que supone la implantación del sistema parlamentario, o sea, democrático; advertencia contra el peligro que viene de Rusia, y no de otro lugar del mundo; necesidad de una "nueva casta" que rija los destinos de Europa; creación de una "voluntad única" de poder tan "formidable" que persevere en sus propósitos a lo largo de milenios; menosprecio hacia la "pequeña política", consistente en combatir en defensa de intereses mezquinos sólo favorables a dinastías trasnochadas o partidarios de la democracia; y finalmente una profecía: el próximo siglo sería testigo de la lucha por el dominio del mundo, y habría de presenciar también la aparición de un "irresistible impulso hacia la gran política". Esto último es lo único que podría parecer difícil de entender, pero no hay nada enigmático, porque es la manera peculiar de Nietzsche de referirse a su idea de la transmutación de todos los valores.

     Ahora preguntamos: ¿Se reconoce el programa y la Weltanschauung de Hitler? Parece fuera de duda que la respuesta ha de ser afirmativa.

     En el aforismo 996 de La Voluntad de Poder, dice Nietzsche:

     «Yo enseño que hay hombres superiores e inferiores, y que en ciertas circunstancias, un individuo solo puede justificar la existencia de milenios enteros: me refiero a un hombre más completo, más rico, más entero en relación a innumerables hombres fragmentarios, incompletos» (Nietzsche, La Voluntad de Poder, segunda parte, Ed. Aguilar, 1958, p. 162).

     Y en el 998 del mismo libro:

     «Jerarquía: el que determina los valores y guía la voluntad de milenios, dirigiendo las naturalezas más elevadas, es el hombre más elevado».

     Por último, un fragmento del aforismo 58 de El Anticristo:

     «El "imperium romanum" que nosotros conocemos, que la historia de las provincias romanas nos muestra cada vez mejor, esta admirable obra de arte de gran estilo, fue un comienzo. Su construcción estaba calculada para demostrar su bondad en miles de años; hasta hoy no se construyó nunca así, ni siquiera se soñó nunca en construír en igual medida "sub specie aeterni"».

     Dice Nietzsche que el Imperio Romano que conocemos fue solamente un comienzo, el principio de realización de un proyecto calculado para durar miles de años. Pero el proyecto se truncó y la causa de que no pudiera consumarse fue la aparición del cristianismo.

     Hitler quería retomar ese proyecto, se sentía el hombre más elevado, capaz de guiar la voluntad de milenios, y su modelo era el propuesto por Nietzsche: la Roma Imperial, la Roma de los Césares:

     «Suprimiremos lo feo de Berlín. No habrá nada demasiado bello para enriquecer Berlín. Entrando en la Cancillería del Reich, se debe tener la impresión de que se penetra en la morada del dueño del mundo. Darán acceso a ella amplias avenidas jalonadas por el Arco de Triunfo, por el Panteón del Ejército y la Plaza del Pueblo: algo que cortará la respiración. Sólo así llegaremos a eclipsar a nuestra única rival en el mundo, Roma. Habrá que construír a una escala tal, que San Pedro y su plaza parecerán en comparación juguetes.
     «Utilizaremos el granito como material. Los testimonios del pasado alemán, que encontramos en las llanuras del Norte, están casi intactos a la acción del tiempo. El granito asegurará la perennidad de nuestros monumentos. Dentro de diez mil años estarán todavía en pie, totalmente incólumes, a menos que el mar haya vuelto de nuevo a cubrir nuestras llanuras» (Hitler, Las Conversaciones Privadas de Hitler, Barcelona, 2004, p. 65).

     En el año 1938 se celebró en Munich la Exposición de Arquitectura y Artesanía Alemanas. En el discurso que pronunció en el acto inaugural, Hitler habló en estos términos:

     «La importancia y significación de toda gran época queda reflejada en sus edificios. Cuando los pueblos viven momentos importantes de su historia, también lo expresan exteriormente. Sus palabras son entonces más convincentes. Son palabras de piedra... Esta exposición se encuentra a caballo entre dos mundos. En ella se advierte el comienzo de una nueva etapa... (...) Hay cosas sobre las que no se puede discutir. Entre ellas, los valores eternos. ¡Quién se atrevería a comparar su pequeña inteligencia con las obras de las naturalezas bendecidas por Dios! Los grandes artistas y arquitectos tienen derecho a no ser sometidos a la crítica de sus contemporáneos menos importantes. Sus obras tienen que ser valoradas y enjuiciadas durante siglos y no depender jamás de las opiniones de la vida diaria. En estos momentos se está levantando el telón que descubrirá obras destinadas a durar no sólo años, sino siglos enteros» (Werner Maser, Hitler, Barcelona, 1983, p. 95).

     Quizá la única realización del Tercer Reich admirada sin reservas, tanto en el interior como en el exterior de Alemania, fue la magnífica red de autopistas que se extendió por toda la nación. El origen de su construcción fue revelado por Hitler en la noche del 2 al 3 de Noviembre de 1941:

     «El imperio romano y el de los incas, como todos los grandes Imperios, fueron primero redes de carreteras. Hoy la carretera desplaza al ferrocarril. La carretera conquista.
     «Es sorprendente la rapidez con que se desplazaban las legiones romanas. Los caminos se abrían rectos ante ellas, a través de montes y colinas. Las tropas encontraban seguramente en las etapas campos perfectamente preparados. El campo de Saalburg da una idea de ello.
     «He visto la exposición de la Roma de Augusto. Es una cosa interesantísima. El Imperio romano nunca tuvo igual. ¡Haber conseguido el completo dominio del mundo!... ¡Y ningún otro Imperio extendió como Roma su civilización!» (Hitler, Conversaciones, p. 89).

     Ocho meses después, durante la cena del 27 de Junio de 1942, volvió a referirse a ello, diciendo en esta ocasión de qué manera su proyecto afectaría a Rusia:

     «En la construcción de carreteras es donde se expresa toda civilización en sus comienzos. Bajo la dirección de César, al igual que durante los dos primeros siglos de nuestra Era, los romanos consiguieron secar las marismas y desbrozar las selvas de Germania haciendo carreteras. Siguiendo su ejemplo, nosotros hemos de comenzar por construírlas en Rusia. Quien quisiera proceder de otro modo empezando por el ferrocarril no haría más que poner el arado delante de los bueyes. Yo considero, aunque no sea más que por motivos de orden militar, que es indispensable construír desde ahora por lo menos 750.000 kilómetros de carreteras. Sin la existencia de buenos caminos, resulta imposible limpiar militarmente los territorios conquistados ni, a la larga, conservarlos en nuestro poder. Por este motivo, la mano de obra rusa que no sea indispensable para la agricultura o para las fábricas de guerra debe ser utilizada en primer lugar para la construcción de carreteras» (Hitler, Conversaciones, pp. 429-430).

     Vimos antes, al referirnos a la bandera, que Konrad Heiden, enemigo implacable de Hitler, no pudo dejar de admirar el acierto que supuso elegir la cruz gamada como símbolo central de la bandera nacionalsocialista, aunque la bandera propiamente dicha, debido a la forma en que Hitler combinó sus elementos, no se libró de sus críticas. En el mismo lugar se refirió también a los estandartes:

     «En cuanto al estardarte de la SA, el que también es una obra del artista Hitler, puede decirse que una hilera de tales estandartes no deja de causar cierta impresión» (Heiden, op. cit., p. 282).

     Y como antes, tras la opinión favorable pero tibia, la crítica feroz y acerada:

     «Pero no podría decirse la razón por la que ese estandarte lleva por encima un embutido dorado de forma circular, dentro del cual figura otra cruz gamada, y que está coronada por un ave con las alas abiertas. Esto es un secreto del artista Hitler, que parece que no sabe imaginar sino los ornamentos más corrientes, en las combinaciones más usadas, y que nunca acierta a ponerlos en su debido lugar» (Heiden, op. cit., p. 282).

     Finaliza su comentario intentando desvelar el "secreto" del "artista Hitler":

     «Es evidente que pensaba en insignias romanas y napoleónicas. Parece que tiene cierta afición al estilo romano, como lo demuestra la cabecera del Völkischer Beobachter» (Heiden, op. cit., p. 282).

     Aparte de sus burlas, que no le impedían reconocer que "una hilera de tales estandartes" producía "cierta impresión", Heiden acertó al advertir la influencia de antiguas insignias, sobre todo romanas, en los estandartes diseñados por Hitler; influencia causante de la "impresión" recibida al contemplar un desfile de ellos, pues cada uno de los portaestandartes sugería de forma más o menos consciente la figura del signifer.

     Los estandartes enarbolados por las SA —más tarde también por las SS— en sus marchas y desfiles, se componían de los siguientes elementos: un águila coronando una guirnalda plateada en cuyo interior aparece una cruz gamada negra; debajo de la guirnalda, un rectángulo metálico enmarca las iniciales del partido: NSDAP, National Sozialistische Deutsche Arbeiter Partei (los estandartes romanos llevaban las siglas SPQR, correspondientes a la leyenda Senatus PopulusQue Romanus); anverso y reverso eran iguales con una sola diferencia: por un lado llevaban las iniciales del partido, mientras que por el otro aparecía el nombre de la ciudad de procedencia del grupo de las SA que lo portaba: Munich, Dresden, etc.; en el caso de las SS, cuando dejaron de ser Allgemeine para convertirse en Waffen SS, aparecía el de la unidad a la que pertenecían los soldados: Das Reich, Totenkopf, Wiking...; y en la parte inferior del rectángulo, colgando mediante cordones sujetos a los lados del mismo, el estandarte propiamente dicho, consistente en la bandera, o sea, un cuadrado de tela de color rojo en cuyo centro aparecía un círculo blanco y, dentro del círculo, la esvástica. El estandarte se completaba con las palabras DEUTSCHLAND y ERWACHE, escritas así, con mayúsculas, en letras doradas y colocadas respectivamente, sobre el fondo rojo, encima y debajo del círculo.

     La breve pero enérgica llamada a la nación que forman esas dos palabras (Alemania, Despierta) algunos autores se la atribuyen a Dietrich Eckart, a quien Hitler conoció y trató durante su estancia en Munich una vez finalizada la Primera Guerra Mundial. Tal es el caso de Marlis Steinert, la cual, refiriéndose a este personaje, en su biografía de Hitler, tras criticar a las personas con las que éste se relacionaba en aquel tiempo, dice así:

     «Pero tenía además amigos cultos que le abrieron las puertas de ricos burgueses. Entre ellos encontramos a Dietrich Eckart, a quien el Führer dedicó el segundo volumen de Mein Kampf» (Marlis Steinert, Hitler, Buenos Aires, 1996, p. 109).

     Esa dedicatoria no figura, como es habitual cuando a alguien se le dedica un libro, al principio del texto del segundo volumen, sino al final; las dos palabras que lo cierran son el nombre y apellido de aquel "amigo culto".

     Este Dietrich Eckart, en lo literario, era periodista —fue jefe de redacción del órgano oficial del partido, el Völskischer Beobachter—, poeta, dramaturgo y traductor —se le conocía, más que por sus creaciones originales, por su traducción del Peer Gynt, de Ibsen—; en lo político, germanista fanático y anti-judío furibundo, demostrando ambas cosas cumplidamente con la publicación de una revista cuyo título, Auf gut deutsch (En Buen Alemán), pregonaba que entre sus principales preocupaciones figuraba la de la conservación del idioma con la mayor pureza posible; y en lo personal, como corresponde a la imagen estereotipada de los miembros de la bohemia, aficionado al buen vino y a la compañía de féminas complacientes. Su edad sobrepasaba a la de Hitler en unos veinte años; lo tomó bajo su protección, procurando ayudarle a mejorar su alemán —siempre la preocupación por el idioma— y a facilitarle la entrada en círculos sociales que de otro modo le habrían resultado inaccesibles. Quizá Dietrich Eckart, al tratar a Hitler, tuvo algo así como una premonición, pues en 1919

     «...uno de sus poemas anunciaba la llegada de un salvador de la nación que no sería un militar, sino un obrero que sabía servirse de su "labia"» (Steinert, op. cit., p. 109).

     Además de "inventar" la figura de un salvador de Alemania en la que Hitler parecía encajar, hay autores, entre ellos Marlis Steinert, según hemos dicho antes, que atribuyen a Eckart la invención del lema que posteriormente habría de figurar en los estandartes nacionalsocialistas:

     «Él inventó igualmente el grito de batalla "¡Despierta, Alemania!", refrán de otro de sus poemas» (Steinert, op. cit., p. 109).

     La inauguración del nuevo Reichstag, celebrada en Postdam, capital de la antigua Prusia, el 21 de Marzo de 1933, poco después de haber sido elevado Hitler al cargo de canciller, terminó con los presentes entonando un himno cuya letra era el poema de Dietrich Eckart:

     «¡Despierta, Alemania!. ¡Al ataque, al ataque, al ataque! / Voltean las campanas de una y otra torre, / gritan los hombres, los ancianos, los niños. / Gritan las mozas al pie de la escalera, / y hasta lo hace en su lecho el durmiente, / y gritan las madres al pie de la cuna.
     Todo retumba, el aire se agita, / y aniquila el rayo en su venganza. / Gritan los muertos desde su tumba: / "¡Alemania, despierta!"» (H. S. Hegner, El Tercer Reich, Barcelona, 1962, pp. 99-100).

     Aquella fecha habría podido ser quizá una de las más importantes en la vida de Dietrich Eckart, pero por desgracia para él no pudo verla ni contemplar a su amigo cercano ya en la cumbre que él le profetizó, porque los actos del Día de Postdam, nombre con el que ha quedado en la Historia, tuvieron lugar nueve años después de su muerte.

     Para cerrar lo referente a ese lema, elemento fundamental de los estandartes, recordaremos que en el comienzo de la segunda escena de El Oro del Rin, cuando a la luz difusa del amanecer se ve a los dioses supremos todavía vencidos por el sueño, dice Fricka al posarse su mirada sobre el incomparable espectáculo que ofrece el Walhalla iluminado por la claridad creciente: Wotan, Gemahl! Erwache! (¡Wotan, esposo!, ¡Despierta!). ¿Sería posible que el incondicional wagneriano Eckart hubiese encontrado aquí la inspiración para el comienzo y el final de su poema por sentir en el despertar de Wotan el símbolo del despertar de Alemania? De ser así, ¿no habría sentido a su vez el también ferviente wagneriano que fue Hitler el irresistible impulso de incorporar esa llamada a los estandartes diseñados por él al interpretar la grandiosa visión del Walhalla como símbolo del futuro que soñaba construír para la nación alemana? Dado que no existe contestación comprobable afirmativa ni negativa, sean las preguntas formuladas sólo simples sugerencias.



El Saludo Romano y el de los Lansquenetes


     Otro signo sobradamente conocido, tanto como la cruz gamada, es el saludo a la romana. Y es igualmente sabido que los fascistas italianos fueron los primeros en usarlo, pese a lo cual Hitler lo incorporó a su movimiento. Se comprende que lo hiciera, pues tal como hemos podido comprobar en las páginas anteriores, el modelo que guiaba la construcción del Tercer Reich era la antigua Roma, aunque no para hacer una reproducción, un calco —eso tampoco lo pensó Nietzsche, lo que habría sido un error garrafal—, sino para construír una sociedad que siendo actual estuviera regida por los mismos valores que rigieron a la Roma Imperial.

     Por eso eligió el saludo romano. Y por eso, cuando la ocasión lo requería, en un desfile, por ejemplo, rendía homenaje a la bandera, en el momento en que pasaba ante él, saludándola en tres tiempos: primero, el conocido ademán de extender el brazo derecho con la mano abierta, los dedos unidos y la palma hacia abajo; segundo, cruzar el brazo sobre el pecho cerrando la mano para colocar el puño a la altura del hombro izquierdo; tercero, bajar el brazo y dejarlo en reposo, con la mano abierta, a lo largo del cuerpo. Esta forma, que en ninguno de los documentales cinematográficos de la época que han llegado hasta hoy se observa en nadie más que en Hitler, es evidente que respondía al deseo de hacer, tal como lo entendía, un impecable saludo militar romano.

     El saludo romano solía ir acompañado por el grito Heil!, que también tuvo gran importancia para el nacionalsocialismo. Unido al saludo romano, aportaba el elemento germánico imprescindible, formándose así un conjunto que respondía por entero a lo que el nacionalsocialismo quería representar. Acerca de este grito, su origen y significado, nos dice Konrad Heiden:

     «Los anti-judíos de Austria habían introducido, desde hacía décadas, como saludo oficial, la palabra "¡Heil!", que es un antiguo saludo germano. Lo aceptaron luego, casi todos sin mala intención, los alpinistas en toda la región de los Alpes Orientales; pero es sabido que el alpinismo en Austria había sido siempre muy anti-judío. Los estudiantes de Munich, muy aficionados al alpinismo, transmitieron el "¡Heil!" a los nacionalsocialistas, tal vez en la forma "¡Heil Deutschland!". Sólo muchos años después, aquel saludo se modificó en "¡Sieg heil!" y "¡Heil Hitler!"» (Heiden, op. cit., p. 108).

     El saludo romano, tan característico del nacionalsocialismo, tardó bastante tiempo, sin embargo, en ser incorporado al ritual del Movimiento. Es de nuevo Konrad Heiden quien nos cuenta cuándo se produjo la incorporación:

     «En Julio de 1926 Hitler osa convocar en Weimar una convención del partido. El Gobierno derechista de ese Estado le da el permiso de pasar revista a su gente. Cinco mil hombres desfilan ante Hitler, que está de pie en el automóvil, saludando a su gente, por primera vez, con el brazo alzado» (Heiden, op. cit., pp. 190-191).

     Parece extraño que no fuera sino hasta mediados de 1926 cuando se vio en público por primera vez ese saludo. Eran muchos los acontecimientos importantes que ya habían tenido lugar; el más importante de todos el putsch de Noviembre de 1923, con el consiguiente encarcelamiento de Hitler, que, nada más ser puesto en libertad, procedió a hacer una nueva fundación del partido, imponiendo como la base más sólida del mismo el Führerprinzip; se había publicado ya Mein Kampf... Toda esa etapa de la historia del partido discurrió sin que todavía se usara el saludo con el brazo alzado. Parece extraño..., pero así fue. Joachim Fest cuenta lo mismo que Heiden. Empieza también refiriéndose a la celebración en Weimar del Congreso a comienzos del mes de Julio de 1926, y dice luego:

     «En aquella ocasión se produjo un hecho muy significativo: Hitler, al abandonar el Nationaltheater, desde el automóvil descubierto y vestido con una trinchera, cinturón de cuero y polainas, presenció el desfile de 5.000 afiliados y saludó por primera vez con el brazo extendido, al estilo de los fascistas italianos» (Joachim Fest, Hitler, una Biografía, Barcelona, 2005, p. 345).

     Pero la corroboración que ya no deja lugar a dudas, si es que alguna había, nos llega del propio Hitler. En la charla que siguió a la cena de la noche del 3 al 4 de Enero de 1942, se expresó así:

     «Introduje el saludo en el partido después de nuestro primer congreso en Weimar. Las SS enseguida le dieron un aire marcial. Desde entonces nuestros adversarios nos gratificaron con el epíteto de "perros fascistas"» (Hitler, Conversaciones, p. 137).

     En esa misma charla explicó los motivos que le indujeron a introducirlo en el Ejército.

     «El saludo militar no es un gesto afortunado. He impuesto el saludo alemán por la razón siguiente. Di orden, al principio, de que en el ejército no se me saludara con el saludo alemán. Pero muchos lo olvidaban. Fritsch sacó sus consecuencias e impuso catorce días de arresto a los que no me hicieran el saludo militar. A mi vez saqué mis consecuencias e introduje el saludo también en el ejército.
     «En los desfiles, cuando los oficiales de caballería hacen el saludo militar, ¡qué aspecto tan mediocre presentan! El brazo levantado del saludo alemán tiene otro estilo. Lo establecí como saludo del partido bastante después de que lo adoptara el Duce».

     Es decir, que los nacionalsocialistas alemanes no hacían un saludo romano, sino que eran los fascistas italianos quienes hacían un saludo alemán.

     Explicó también cuándo lo vio él por primera vez y cuál era su significado:

     «En la época de Federico el Grande se saludaba todavía con el sombrero, con gestos pomposos. En la Edad Media, los siervos tenían que quitarse el gorro con humildad, mientras los nobles hacían el saludo alemán. Fue en la Ratskeller, en Bremen, hacia el año 1921, cuando vi hacer por primera vez este saludo. Hay que ver en él una reminiscencia de una costumbre antigua, que en su origen significaba: "¡Puede usted ver que no llevo un arma en la mano!"» (Hitler, Conversaciones, p. 137).

     Para que no faltase nada, contó de dónde le vino la idea de adoptarlo como saludo del partido:

     «Leí la descripción de la asamblea de la dieta de Worms, en la que Lutero fue acogido con el saludo alemán. Era para demostrarle que no se le afrontaba con armas, sino con intenciones de paz» (Hitler, Ibid.).

     Como no sabemos dónde leyó Hitler la descripción, tendremos que conformarnos con esta otra, advirtiendo que en la narración precedente al fragmento que reproduciremos a continuación en la que se habla del recibimiento que se le hizo a Lutero, no se menciona ningún "saludo alemán":

     «La tranquila seguridad de Lutero es tan pertubadora que Ecken le pregunta si efectivamente ha querido decir que los concilios pueden equivocarse. Y Lutero, con firmeza, sirviéndose nuevamente de palabras clarísimas de la Escritura, asegura a su interlocutor que sí, que lo ha comprendido bien. Es necesario, pues, terminar. En medio de un tumulto general, el Emperador levanta la sesión. Una vez más, la voz oficial de Treves domina el alboroto: "Abandona tu conciencia, hermano Martín —exclama—; la única cosa exenta de peligro es someterse a la autoridad establecida". Pero el hermano Martín, presa de la muchedumbre, levanta el brazo como hacen los vencedores al final de un torneo: "¡He atravesado la hoguera!", exclama, dichoso, el campeón del Señor, que ha defendido valientemente los colores de su Maestro» (Albert Greiner, Lutero, Madrid, 1985, p. 107).

     Según el texto de Greiner, el cual, como ya hemos dicho, no menciona ningún "saludo alemán" en el recibimiento que se le dispensó a Lutero a su llegada a Worms, fue el propio Lutero quien levantó un brazo, pero no como saludo, sino en señal de victoria, por lo que es permisible suponer que debió haber bastante diferencia entre ese gesto y el saludo nacionalsocialista.

     Pero veamos todavía otro texto en el que, como en el de antes, no se menciona que Lutero fuese recibido a su llegada con un saludo especial. Luego se nos dice que, tras apurar el plazo de un día que se le concedió para meditar sobre su posible retractación, volvió al palacio episcopal, donde se hallaba reunida la Dieta bajo la presidencia de Carlos V, y pronunció su famosa declaración comunicando que no se retractaba, y luego salió:

     «Lutero, así que cambió unas palabras con el oficial, abandonó, seguido de sus partidarios, la episcopal residencia. Una vez fuera de ella y con la evidencia de haber conseguido una victoria, púsose a imitar el ademán de triunfo de los lansquenetes, cuando se envanecían de haber realizado una hazaña o dado un buen golpe de mano: levantar ambos brazos, y agitar el aire con los dedos abiertos, gritando: "¡Ya está!... ¡Ya está!". En su aposento entregóse a idénticas demostraciones con su escolta, a la que se agregaron los que en aquel le esperaban» (Hartmann Grisar, Martín Lutero. Su Vida y Su Obra, Madrid, 1934, p. 139).

     Es decir, que, efectivamente, no se trataba de un saludo, sino de un gesto de victoria, y no precisamente de paz, puesto que era el de los lansquenetes, la temible infantería alemana compuesta por mercenarios capaces de cometer las mayores tropelías con los habitantes de las ciudades que tenían la desgracia de ser tomadas por ellos. Y desde luego, entre extender el brazo derecho cuan largo es dejándolo inmóvil perpendicularmente al cuerpo con los dedos juntos o, como mucho, elevando la mano hasta la altura de la vista, y levantar ambos, sin duda por encima de la cabeza, a la par que se agitan con los dedos separados, la diferencia es tanta que nadie podría confundir el uno con el otro.

     Ahora bien, ¿por qué Hitler se esforzó en enturbiar la claridad de lo evidente?. Para contestar a esa pregunta veamos primero algo que, también en la noche del 3 al 4 de Enero de 1942, dijo Hitler irónicamente acerca de la llamada "guerra relámpago", que tanta sorpresa y desconcierto provocó en los ejércitos aliados al comienzo de la Segunda Guerra Mundial:

     «La expresión Blitzkrieg es de invención italiana. Lo hemos sabido por los periódicos italianos. También acabo de enterarme de que debo todos mis éxitos a un atento estudio de las teorías militares italianas» (Hitler, Conversaciones, p. 136).

     Vemos ahora que para intentar transformar el saludo romano en alemán tenía dos motivos de peso. El primero, en el que venimos insistiendo a lo largo de este capítulo, era su hermetismo, su deseo de ocultar sus verdaderos propósitos, tarea en verdad difícil porque había abundantes signos que con su simbolismo los delataban; el segundo, contrarrestar el descaro con que los italianos hacían suyo hasta lo que de ninguna manera les correspondía, Blitzkrieg incluída.

     De a dónde llegaban las cosas a ese respecto, no solo entre los italianos, sino también entre los alemanes, da idea lo siguiente. A mediados de Junio de 1934, Hitler, a pesar de las graves preocupaciones que lo acosaban —la Noche de los Cuchillos Largos se hallaba tan sólo a quince días de distancia—, tuvo que desplazarse a Italia a fin de entrevistarse con Mussolini, que lo esperaba en Venecia.

     «Es cierto que [Hitler] se mostraba nervioso, distraído y de pésimo humor cuando se dirigía, con su chubasquero de color claro, a saludar al dictador italiano, cargado de condecoraciones, quien, como opinaba un chiste político en Alemania, le dirigió como saludo un "Ave, imitator"» (Fest, op. cit., p. 646).

     Naturalmente, pese a ser muy grandes sus deseos de mantener lejos del dominio público la realidad de lo que se proponía, sentía la necesidad, aunque sólo fuera entre sus más allegados, de hacer frente a las burlas y acusaciones que le arrebataban todo viso de originalidad poniéndolo a la altura de un plagiario vulgar.–





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