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lunes, 13 de octubre de 2014

Mark Dyal - Licurgo y el Estado Espartano



     Y con este artículo de hace dos años, que es la segunda parte de cuatro, completamos en castellano la serie de ensayos del antropólogo estadounidense Mark Dyal acerca de la relación que hay entre la vitalidad corporal y la conceptual. Publicado también en el sitio counter-currents.com como los demás, el señor Dyal aborda aquí diversos aspectos sociales y formativos, y la metafísica subyacente, que existió alguna vez en el célebre Estado de Esparta, cuyo legado jamás ha dejado de ser un ejemplo para quienes desesperan de las condiciones modernas de vida y de todas sus miserables miserias, que han errado ciertamente el camino en cuanto a la educación del Hombre, sobre todo por haber respondido erróneamente (o maliciosamente) a la pregunta de "para qué" educar.


Licurgo y el Estado Espartano
por Mark Dyal
25 de Octubre de 2012



     «Y Teopompo [rey de Esparta], cuando un forastero siguió diciendo, por cuanto él (Teopompo) le había mostrado amabilidad, que en su propia ciudad a él se le llamaba un amante de Esparta, comentó: "Mi buen señor, hubiera sido mejor para usted ser llamado un amante de vuestra propia ciudad"» (Plutarco, Vidas Paralelas, vol. 1).


     Tal como Mussolini miraba a la antigua Roma como el modelo de una sociedad sana y orgánica, los antiguos romanos miraban a Esparta. En el siglo I d.C., cuando Roma continuaba su ascenso imperial hasta la dominación casi hemisférica, la distancia entre la virtuosa nobleza republicana y la estrafalaria nobleza imperial comenzó a alertar a muchos por su potencial para una degeneración social. Uno de éstos era Plutarco, un erudito romano de nacimiento griego.

     Plutarco es mejor conocido por su serie de vidas paralelas de los más virtuosos griegos y romanos, escrita para explicar las virtudes y los vicios particulares que elevan o subordinan a un pueblo. Su "Vida de Licurgo", entonces, es menos un relato de celebración del legendario rey que transformó a Esparta desde ser una polis típicamente griega hasta convertirla en el mayor Estado guerrero en la historia occidental, que una descripción de aquel Estado. Sus lecciones no son menos asombrosas para los estadounidenses contemporáneos que lo que lo fueron para los romanos del Imperio. Y mientras muchos escritores griegos, romanos y contemporáneos han explorado los orígenes de la guerrera Esparta, la "Vida de Licurgo" de Plutarco sigue siendo la única fuente necesaria sobre el tema.

     La Esparta de Licurgo nació de la decadencia. Como consejero del joven rey espartano Carilo, su sobrino, Licurgo desempeñó un papel catonesco [como Catón el Viejo]. Él impartió virtudes conservadoras y austeras al joven rey, procurando refrenar el amor al dinero y a las demostraciones ostentosas entre la nobleza de la ciudad. Cuando esta táctica entró en conflicto con la élite espartana, Licurgo dejó la ciudad y viajó a través de Grecia y Asia. Él descubrió las epopeyas homéricas y visitó el Oráculo de Delfos. Allí, los sacerdotes de Apolo le dijeron que bajo la dirección de él un Estado se convertiría en el más poderoso de Grecia. De este modo, con el apoyo de Apolo, regresó a Esparta y le fue dado el mando legal de la ciudad [Plutarco, Vida de Licurgo]. Él inmediatamente estableció un sistema social en el cual la decadencia sería imposible.

     Licurgo procuró sobre todo terminar la vanidad, debilidad y extravagancia de la gente espartana. Políticamente, él ideó un sistema gubernamental dual, senatorial y monárquico, que gobernara para el bien del Estado, no sólo para sus ciudadanos más ricos. Antes de Licurgo, los reyes de dos familias reales gobernaban Esparta, un modelo ya diseñado para limitar la tiranía. Al agregar el senado, Licurgo sólo buscaba promover la estabilidad política [Plutarco, Ibid.], comprendiendo que la democracia sólo era valiosa en la medida en que sus súbditos fueran nobles [1].

[1. Jenofonte, La República de los Lacedemonios, en Obras Menores. En castellano: https://es.scribd.com/doc/138323924/075-Jenofonte-Obras-Menores-La-Republica-de-Los-Atenienses].

     Así, mientras que los atenienses hicieron de la democracia la razón del Estado, Licurgo hizo de la nobleza la racionalidad de la vida espartana. Las vidas espartanas individuales estaban subordinadas a aquel ideal [2]. Pero lo que hizo de la nobleza licurguiana algo tan extraordinario fue, primero, que era alcanzable sólo por los guerreros más valientes, más fuertes y más consumados, y sus mujeres; y segundo, los extremos a los cuales llegó el Estado para la gestación de este tipo de nobleza.

[2. Friedrich Nietzsche, Unpublished Writings from the Period of Unfashionable Observations, Stanford University Press, 1995, p. 293].

     Como hemos visto en el pensamiento fascista italiano [3], Licurgo estaba interesado en los instintos humanos. Contextualmente hablando, sin embargo, no damos a Licurgo tanto crédito como al pensamiento fascista, ya que Licurgo vivió en una época muy alejada de las presunciones modernas acerca de la separación de mente y cuerpo. El ideal griego, entonces, fue posible precisamente porque se entendía que el cuerpo era una manifestación externa de la mente. Lo que es notable en la Esparta licurguiana, sin embargo, es la comprensión del vínculo existente entre el instinto y la concepción intelectual; y fue dicha comprensión la que hizo de los guerreros los más nobles de la nobleza. En otras palabras, la formación espartana no estaba diseñada para crear cuerpos y conceptos guerreros sino instintos guerreros, de los cuales los cuerpos eran meros síntomas. De esa manera, la importancia fue colocada en la ética y el ambiente, como veremos.

[3. Giuseppe Bottai, "Twenty Years of Critica Fascista", en A Primer of Italian Fascism, University of Nebraska Press, 2000, p. 192].

     Licurgo tomó un ideal y lo convirtió en el objetivo del Estado y sus súbditos. Pero mientras que la nobleza griega había estado asociada con la riqueza hereditaria, creando un sistema de lujo y alto estatus social que se auto-perpetuaba (al cual los modernos deben gran parte del valor de la herencia helénica, en particular), Licurgo transvaloró la nobleza, haciéndola en cambio algo alcanzable sólo por un entusiasta servicio al Estado (y la preparación para aquello). Él percibió, más profundamente que otros griegos, la relación entre la nobleza y la forma humana —conceptual y fisiológicamente— y la idea de entrenar a ambas de manera concertada. Y por lo tanto él reformó el Estado espartano para que llegara ser una fábrica de nobleza corporal. Fueron sus reformas sociales y fisiológicas con este propósito las que fueron fundamentales para la transformación de Esparta, estableciendo, como lo hicieron, las comidas comunitarias, la agogé (que significa "abducción" pero también "conducción" y "entrenamiento") y la eugenesia, que dieron el contenido a los guerreros de Esparta.

     Las primeras tareas de Licurgo, como el establecimiento del senado, fueron diseñadas para cambiar el clima político y social inmediato de la ciudad. Él redistribuyó toda la tierra de Esparta, de modo que cada familia ciudadana tuviera una pequeña parcela de tierra para cultivar. Él también prohibió la acuñación de moneda, instituyendo en vez de eso el intercambio de barras de hierro empapadas en vinagre, haciendo de esa manera prácticamente imposible acumular riqueza. Casi todas las formas de iniquidad desaparecieron de Esparta, escribe Plutarco, "porque ¿quién hurtaría o recibiría como soborno, o robaría o saquearía lo que no podía ser ni ocultado ni poseído con satisfacción, no, ni siquiera cortado en pedazos con algún beneficio?". En otra parte Plutarco explica que la riqueza "no despertaba ninguna envidia, y no confería ningún honor" a su portador espartano.

     Aunque la mayoría de los artesanos dejó Esparta cuando ya no había un modo de intercambiar sus bienes, Licurgo intensificó su miseria proscribiendo cualquier arte "innecesario y superfluo". Cuando no estaban en campaña, los hombres espartanos pasaban su tiempo en festivales, cazando, ejercitándose e instruyendo a la juventud. Después de unos meses tras las reformas monetarias de Licurgo, era imposible comprar artículos extranjeros, recibir cargamentos extranjeros, contratar profesores de retórica, o visitar a adivinos y prostitutas en Esparta. Aunque tales restricciones no estaban motivadas por el deseo de proteger o desarrollar las artesanías espartanas, localmente aquello dio origen a una producción de utensilios domésticos que pronto fueron solicitados desde todas partes del mundo griego [Plutarco, Ibid.]. Después de establecer los límites de lo que sería permitido en Esparta, Licurgo puso su vista en la educación orientada hacia la nobleza.

     Para asegurar la unidad y la idoneidad gastronómica de los hombres espartanos, Licurgo creó un sistema de comidas colectivas en donde los hombres y los guerreros jóvenes cenaban juntos. Los estudiosos han señalado estas comidas como un elemento fundamental de las reformas licurguianas, y uno que sólo tuvo sentido por la comprensión de Licurgo de la estrecha relación entre mente y cuerpo. Como Plutarco explica, la comida colectiva aseguraba más que la cohesión social, ya que proporcionaba un foro para el mantenimiento del guerrero mismo:

     «Con miras a atacar el lujo, [Licurgo]... introdujo las comidas en común, de modo que ellos pudieran comer unos con otros, en compañías, alimentos comunes y especificados, y no tomaran sus comidas en casa, reclinándose en costosos divanes en costosas mesas, entregándose ellos mismos a las manos de sirvientes y cocineros para ser engordados en la oscuridad, como animales voraces, y arruinando no sólo sus caracteres sino también sus cuerpos».

     La famosa agogé [el sistema educativo obligatorio espartano] funcionaba con motivaciones similares. Rompiendo con la tradición griega —Jenofonte explica que Licurgo literalmente transvaloró todas las prácticas de educación y crianza de los niños—, en Esparta no se permitió ningún tutor o educación privada. El Estado espartano, en cambio, educaba a todos los muchachos desde los siete años, sin tener en cuenta el estatus de su familia. En la agogé los muchachos eran entrenados para la disciplina, el coraje y la lucha. Ellos aprendían sólo la suficiente lectura y escritura para cumplir su objetivo como guerreros, con su educación "calculada para hacerlos obedecer bien las órdenes, soportar privaciones y triunfar en la batalla" [Plutarco, Ibid.]. Igualmente, los muchachos iban con los pies descalzos y en gran parte sin ropas, de modo que ellos pudieran funcionar mejor en terrenos difíciles y bajo climas inclementes. Se pensaba que la ropa, explica Jenofonte, estimulaba el afeminamiento y una incapacidad para manejar las variaciones de temperatura.

     Además de ir ligeramente vestidos, los muchachos en la agogé eran sub-alimentados y animados a robar comida. Esto les enseñaba a resolver el problema del hambre por sus propias manos con astucia y valor [Plutarco, Ibid.] y fomentaba el desarrollo de instintos bélicos [Jenofonte, Ibid.]. Para fomentar este desarrollo, los muchachos eran obligados a vivir durante un período en el desierto de la montaña, sin armas y sin que fueran vistos [4]. Si los muchachos eran atrapados robando, sus superiores de la agogé los golpeaban. Kennell cuestiona la leyenda de que dichas palizas tuvieran consecuencias fatales. Después de todo, un muchacho o joven espartano era el foco de toda la razón social, y no serían muertos prematuramente. Otra parte de la leyenda, sin embargo, no es discutible: los muchachos no eran golpeados por haber robado sino por haber sido lo bastante mediocres en ello para ser atrapados [Kennell, op. cit., p. 179].

[4. Nigel M. Kennell, The Gymnasium of Virtue: Education and Culture in Ancient Sparta, The University of North Carolina Press, 1995, p. 131].

     Volviendo a las comidas colectivas, los muchachos, como responsabilidad común de todos los ciudadanos masculinos de Esparta, estaban constantemente rodeados por "padres, tutores y gobernadores" [Plutarco, Ibid.]. En la comida, los muchachos eran interrogados acerca de virtudes y vicios, y se les ordenaba contestar en un estilo simple y honesto llamado ahora "lacónico" (derivado de la región de Laconia o Lacedemonia o Esparta). A menudo estas preguntas exigían que ellos juzgaran la conducta de la ciudadanía. Aquellos que no tenían respuesta eran juzgados como deficientes en "voluntad para la excelencia", como si cualquier carencia de respuesta, ya fuese por respeto o por ignorancia, fuera el producto de una mente insuficientemente crítica [Plutarco, Ibid.].

     En la Esparta licurguiana gobernaban los guerreros porque la guerra, y la preparación para la guerra, los había convertido en los más virtuosos. A Licurgo se le atribuye la codificación del valor de una vida purificada de toda parafernalia superflua. Una vida así tan esencializada no sólo producía al guerrero hoplita perfecto, moviéndose en concierto con sus cohortes, sino también al ciudadano más virtuoso y confiable. Este es porque el entrenamiento espartano de guerra estaba diseñado principalmente para endurecer la mente contra el miedo, la adversidad y el dolor, que hacen abandonar la claridad y la confianza para conquistar a cualquier enemigo en cualquier situación [Plutarco, Ibid.].

     El Polínice (personaje de la novela Gates of Fire) de Steven Pressfield explica esta concepción del ciudadano modelo:

     «La guerra, no la paz, produce la virtud. La guerra, no la paz, purga el vicio. La guerra, y la preparación para la guerra, suscita todo lo que es noble y honorable en un hombre. Esto lo une con sus hermanos y los liga en un amor desinteresado, erradicando en el crisol de la necesidad todo lo que es vil e innoble» [Steven Pressfield, Gates of Fire, Nueva York, 1998, p. 137].

     ¿Pero qué pasaba con los hombres espartanos que no satisfacían estos ideales nobles y honorables? Jenofonte explica que en Esparta el hombre cobarde era, de hecho, un hombre sin una ciudad. Lo rechazaban en todas las áreas de la vida pública, incluso en las comidas, los juegos de pelota, la gimnasia y las asambleas. Este hecho de la vida puede ser percibido en la creencia espartana "oficial" de que la muerte honorable era más valiosa que la vida innoble [Jenofonte, Ibid.]. Jenofonte resume el sistema social licurguiano entero así: asegurarse de "que el valiente tenga felicidad, y el cobarde, miseria". Mientras que en la Italia fascista los hombres cobardes podrían haber sido animados a "ser valerosos" en su propio contexto, en Esparta los hombres tenían sólo una manera de aproximarse al coraje: la guerra y el entrenamiento para la guerra.

     La agogé ha sido central en las visiones académicas y populares de Esparta desde la Antigüedad hasta la modernidad, y de manera justificada. Los romanos estaban tan encantados con la agogé que los turistas romanos viajaban a Esparta sólo para visitar sus sitios y templos (Artemisa y los Dióscuros desempeñaban cada uno papeles importantes en la instrucción religiosa de los muchachos). En efecto, hacia el año 100 d.C. Roma había restablecido la agogé en Esparta y la había usado como la etapa escolar terminal para los muchachos romanos nobles. Es sólo gracias a este período de la agogé que conocemos algo sobre su gloria clásica [Kennell, pp. 117–139].

     Y aunque nos hemos visto obligados a especular a partir de las pocas anécdotas proporcionadas por Plutarco y Jenofonte en cuanto al contenido de la formación impartida por la agogé, tenemos un claro delineamiento de su objetivo. Como Plutarco lo explica, la agogé era un régimen de entrenamiento sistemático en el cual los muchachos y los hombres jóvenes aprendían habilidades guerreras (incluyendo la disciplina, el sentido del deber y el liderazgo, ya comentado) así como "los principios más importantes y vinculantes que conducen a la prosperidad y la virtud de una ciudad". Dichos principios no eran enseñados simplemente mediante conferencias y memorización sino "implantados en los hábitos y entrenamiento [de los muchachos]", por medio de los cuales "ellos permanecerían inalterados y seguros, teniendo un lazo más fuerte que la compulsión". Así es como se cree que Licurgo resumió la razón fundamental de la agogé: "Una ciudad bien fortificada será la que está rodeada por hombres valientes y no por ladrillos" [Plutarco, Ibid.].


     Así como el contenido de la agogé es especulativo, así parece que también lo es la comprensión de Licurgo acerca de los vínculos entre la vitalidad conceptual y la corporal. Para hasta ahora sólo ha sido demostrado que Licurgo procuró derrotar la debilidad y el vicio con fuerza y nobleza. Sin embargo, la comprensión de Licurgo acerca del cuerpo y la mente es mejor demostrada por el destino de las mujeres y los niños espartanos.

     Como se ha sugerido ya, los hijos no eran propiedad del padre en la Esparta licurguiana sino propiedad común del Estado. A diferencia de otros Estados griegos y romanos, en Esparta la decisión de criar a un niño recaía en un consejo de ancianos que comprobaban la salud y la resistencia de los bebés. Si alguno nacía enfermo y deformado era desechado, ya que la vida "que la Naturaleza no había equipado bien desde el mismo comienzo para la salud y la fuerza, no era de ningún provecho ni para sí mismo ni para el Estado" [Plutarco, Ibid.].

     En muchos casos, los niños espartanos no eran siquiera el producto de una paternidad azarosa, "sino diseñados para surgir de lo mejor que había". Eugenesia. Durante su tiempo de exilio, Licurgo notó algo peculiar sobre los hombres griegos. En Atenas, explica Plutarco, él vio a hombres discutiendo acerca del plantel reproductor particular de ciertos perros y caballos. Y sin embargo, estos mismos hombres engendraban hijos aunque "tontos, débiles o enfermizos, como si los hijos de un mal linaje no debieran su mala calidad a sus padres". Los matrimonios y los nacimientos eran cuidadosamente regulados entonces, siempre con un ojo en el bienestar físico y político de la ciudad.

     A causa de la exageración licurguiana del ideal educativo griego, Plutarco afirmó que la educación de los niños espartanos comenzaba antes del nacimiento, un concepto extraordinario, considerando el contexto del siglo VII a.C. En realidad comenzaba antes de la concepción, lo cual nos lleva a las mujeres espartanas como madres. De manera única en el mundo griego clásico, las mujeres espartanas se entrenaban junto con los hombres. Ellas corrían, luchaban y lanzaban discos y jabalinas, de modo que pudieran luchar exitosa y fácilmente con el parto, y que su descendencia tuviera una "raíz vigorosa en cuerpos vigorosos".

     Licurgo tenía una razón eugenésica fundamental bien concebida, creyendo que el cuerpo humano crecería más alto cuando no fuera cargado por demasiada nutrición. Las cosas que son bien alimentadas, se dio cuenta él, tienden a ponerse gruesas y anchas, lo que iba en contra de los ideales de belleza y divinidad. Así, mientras que la delgadez marcaba la forma humana como la más hermosa, ello también le daba un parentesco con lo divino. Sin embargo, para las madres y su descendencia, las ventajas eran también mundanas, ya que se pensaba que las madres que se ejercitaban tenían hijos delgados porque la ligereza de la materia engendradora hacía a los descendientes más sensibles al molde [Plutarco, Ibid.].

     Después del nacimiento, los niños eran criados sin pañales de modo que sus miembros se desarrollaran libre y robustamente [Plutarco, Ibid.]. Los muchachos en la agogé llevaban puesto un simple manto para la espalda, y hombres sólo un poco más. A los grupos de hombres, muchachos y bebés sin pañales todos casi desnudos, se les unían grupos de mujeres y muchachas casi desnudas. Quizá la transvaloración de Licurgo más agradable de los valores decadentes es su orden de que en Esparta la condición saludable del propio cuerpo debía ser más estimada que el alto precio de la ropa de alguien [Jenofonte, Ibid.]. La desnudez y un estricto código de belleza física —que equiparaba a la belleza con la nobleza— parece un potente estímulo para la salud, para no mencionar la creencia de que el compromiso de alguien con la belleza y la nobleza era de gran beneficio para uno, para su descendencia y para su pueblo.

     Licurgo creía que el vestido escaso estimulaba en las mujeres el hábito de vivir con simplicidad. Más aún, sin embargo, él quería que las mujeres espartanas tuvieran un deseo fervoroso de un cuerpo sano y hermoso. Y porque el camino a la salud y a la belleza conducía a la gimnasia y a los campos de deportes, un hermoso cuerpo femenino aseguraba a la poseedora de tal, "valentía, ambición y un gusto por los sentimientos elevados" [Plutarco, Ibid.].

     En ninguna parte en el mundo antiguo las mujeres estuvieron tan integradas en la lógica social y política de un pueblo. A consecuencia de las reformas licurguianas, las muchachas espartanas eran educadas con similares principios y estándares de coraje, disciplina y honor, como los muchachos. Ellas sabían leer y escribir. Ellas realizaban rituales públicos en honor a Artemisa y a Apolo. Ellas eran lo bastante atléticas como para ganar medallas en los juegos olímpicos, incluso cuando competían contra varones. Y ellas eran conocidas por su "vitalidad, gracia y vigor" [5].

[5. Paul Cartledge, The Spartans: The World of the Warrior-Heroes of Ancient Greece, Nueva York, 2003, pp. 36–37].

     Mientras tanto, en Atenas las muchachas no recibían ninguna educación más allá de los deberes domésticos de una esposa y madre. Y ellas vivían vidas secuestradas, sin pensar en cómo su degeneración física podría afectar negativamente a Atenas [Cartledge, p. 36]. De ahí la respuesta escandalosa provocada por las mujeres espartanas, porque era el estado de las mujeres el que provocó la idea de que los hombres espartanos eran meros esclavos de las mujeres [Jenofonte, Ibid.]. Pero ésta es también la fuente del sentimiento, expresado tan sucintamente por el personaje de la reina Gorgo de la película "300", de que "Sólo las mujeres espartanas dan a luz a hombres de verdad". Y a propósito, la frase es de Plutarco y no de Frank Miller (creador de la serie de historietas en que se basó dicha película).

     Licurgo usó la filosofía política y la fisiología para luchar contra la degeneración. Y mientras Esparta puede parecer un lugar espantoso a los hombres modernos, éste es precisamente su valor, ya que Esparta se destaca como el lugar singular que valoró la nobleza corporal y conceptual de sus ciudadanos sobre todo lo demás.

     Plutarco describió el legado de la Esparta licurguiana como un ejemplo de lo que es posible cuando un pueblo entero vive y se comporta como un solo hombre sabio que se entrena para la guerra. Sabiduría, entrenamiento y guerra: tres de los rasgos clásicos más condenados por la modernidad, al menos como ellos fueron entendidos y practicados por los pueblos clásicos. Encima de ello, se ha sugerido que las lecciones de Esparta serían leídas igualmente como algo chocante tanto por un romano como por un estadounidense. Sin embargo, esto quizás no es completamente verdadero; y la razón está en la naturaleza de la declaración de Plutarco acerca de Esparta actuando como un solo hombre sabio, puesto que, en efecto, ésta fue la explicación de Plutarco de la eficacia de las reformas licurguianas. Tal como en su descripción de la toma del poder por Licurgo se enfocó en la bendición de Apolo y en la voluntad de un puñado de hombres, del mismo modo aquí Plutarco no ve ninguna inherente razón fundamental contemporánea en juego, sino en cambio un camino natural de elección para hombres realmente nobles.

     Esto, puesto que, según Plutarco, lo que Licurgo hizo fue establecer una aristocracia ética divinamente aprobada a costa de una aristocracia monetaria. Ésta era una aristocracia en la cual uno debía nacer, pero también para la cual uno debía nacer. Licurgo incorporó a cada espartano vivo en la aristocracia, por el solo hecho de estar vivo. Un muchacho espartano se sabría digno de la nobleza exigida de él simplemente porque él había sido seleccionado en el nacimiento y había progresado por la formación de la agogé. Uno puede imaginar que la dureza y la intensidad física de la vida espartana habrían sido aceptadas mucho más fácilmente por alguien que tuviera un fundamento hereditario y ético para la inclusión y la aceptación, que por unos liberados y atomizados hombres modernos [Nietzsche, p. 363].

     Hay, sin embargo, otro aspecto de Esparta que incomoda a los hombres modernos aún más que la ecuación de sabiduría y entrenamiento para la guerra: la pureza. En los 300 años de adhesión estricta a las reformas licurguianas, a ningún espartano se le permitió vivir más allá del territorio espartano. Más aún, a ningún extranjero sin un propósito práctico se le permitía quedarse en Esparta durante la noche. A ninguno de ellos se le permitía que enseñara vicios.

     «Puesto que junto con la gente extraña, extrañas doctrinas deben venir; y las doctrinas nuevas provocan decisiones nuevas, de las cuales debe surgir [la disarmonía dentro] del orden político existente. Por lo tanto [Licurgo] pensó que era más necesario impedir que los malos modales y las malas costumbres invadieran y llenaran la ciudad que mantener alejadas las enfermedades infecciosas» [Plutarco, Ibid.].

     Este deseo de pureza social también funciona como parte del sistema de Licurgo de transformación ética y fisiológica. Porque no hay ninguna razón para creer que los hombres y las mujeres nobles son hechos menos nobles en un ambiente que posibilita sólo su nobleza. Imagine, en cambio, que el cuerpo se convierte en lo que su ambiente espera y demanda de él. La dureza es la única cosa productiva de la vitalidad corporal. Licurgo creía que similar dureza corporal era también productora de la nobleza conceptual. De este modo, en vez de enseñar tales valores en una cloaca y esperar que la Naturaleza proporcionara unos cuantos ejemplares superiores en cada generación, Licurgo se encargó de la Naturaleza, proporcionando un medioambiente que diera a Esparta lo "bueno" en cada ciudadano. Esto calza con la definición de utopía, pero a diferencia de la moderna utopía antinatural e igualitaria, la utopía espartana de Licurgo era hiper-natural, tal como lo era su aristocracia ética.

     El logro de un alto estándar de vida noble era un deber público. Los jóvenes eran a menudo el producto de la cría selectiva, y se exigía que toda la gente fuera apta y vital. Los más grandes y más nobles sentimientos y las características disponibles para el hombre eran alcanzables sólo a través del esfuerzo físico y la acción bélica. La belleza estaba reservada para el que fuese digno, y era activamente negada al indigno. En suma, se exigía que los hombres y las mujeres fueran tan nobles como era física y conceptualmente posible [Jenofonte, Ibid.]. Y mientras la Italia Fascista no llegó tan lejos como a promover el "mejoramiento eugenésico" de los fascistas, también entendió la relación entre ética, comportamiento y medioambiente. Por extraño que parezca, la ciencia post-moderna está de acuerdo con esto, incluso si se usara este conocimiento para promover una comunidad burguesa global carente de lucha. Sin embargo, el siguiente artículo en esta serie explicará cómo la química del cuerpo es influída por el medioambiente, abriendo grandes posibilidades para poner al cuerpo directamente en el centro de una guerra contra la modernidad burguesa, y, posteriormente, a merced de la comprensión que tuvo Nietzsche de los instintos, el cuerpo y la vitalidad conceptual.–


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