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jueves, 9 de octubre de 2014

Mark Dyal - El Hombre Fascista de Mussolini



     Mark Dyal es un académico y escritor estadounidense, doctor en Antropología. Publicó en el sitio counter-currents.com en 2012 una serie de cuatro artículos, de los cuales ya presentamos el tercero y el cuarto. El siguiente que ofrecemos en castellano es el primero de la serie, que tiene que ver con el vitalismo y el nexo insoslayable que existe entre cuerpo e intelecto, centrándose en este breve texto en algunos aspectos de ello que se dieron durante la Italia del período fascista, cuando se intentó rescatar el espíritu de la antigua Roma atendiendo también a la formación física y la higienización de las ciudades como condición para dicho renacimiento, lo que tiene bastante sentido.


El Nuevo Hombre Fascista de Mussolini
por Mark Dyal
16 de Octubre de 2012



     "Un grado mayor de poder corresponde a una conciencia, un sentimiento, un deseo diferentes; a una perspectiva diferente" (Friedrich Nietzsche [1]).

     "El acero me enseñó fielmente la correspondencia que hay entre el espíritu y el cuerpo: por lo tanto las emociones débiles, me pareció, correspondían a músculos flácidos; el sentimentalismo, a un estómago flojo; y la impresionabilidad excesiva, a una piel blanca hipersensible. Los músculos protuberantes, un estómago tenso, y una piel resistente, razoné, corresponderían respectivamente a un intrépido espíritu de lucha, al poder del juicio intelectual desapasionado, y una disposición robusta" (Yukio Mishima [2]).


Vitalidad Conceptual y Corporal

     En su contribución a Enciclopedia Italiana de 1932, explicando la doctrina social y política del Fascismo, Benito Mussolini escribió que las doctrinas políticas no estaban libremente disponibles para los hombres, independientemente del tiempo y lugar. Las condiciones particulares conducen a ideologías específicas, cada una vinculada u opuesta a otras. De esta manera, decía él, puesto que el siglo XIX fue una época de individualismo, no de desprendía necesariamente que el siglo XX sería así. En vez de ello, Mussolini explicaba que este último sería un siglo colectivista, y al hacer eso, puso las condiciones para una discusión de una relación formulada de nuevo entre los hombres individuales y la sociedad [3].

     En contraste con el pensamiento liberal de individuos "inútilmente libres", atomizados y autónomos, que viven bajo un "Estado de contabilidad" diseñado sobre todo para asegurar el funcionamiento pacífico del mercado, Mussolini describió al Hombre como una criatura que prospera mejor bajo estrictas condiciones de deber, sacrificio y disciplina, inspirado por el heroísmo, el valor marcial, y una medida de virilidad (romana) socialmente aprobada [4]. Era responsabilidad del Estado proporcionar el marco alrededor del cual los nuevos y más resistentes hombres "fascistas" podían ser creados a partir de la flácida materia prima proporcionada por el liberalismo. El Hombre, uno percibe, es una criatura extraordinariamente flexible, capaz tanto de una decadente esclavitud ante el materialismo como de un varonil idealismo heroico.

     Al proponer dar una función tan creativa al Estado, Mussolini miraba hacia atrás a una transformación social y fisiológica similar que había ocurrido en el siglo VII a.C., cuando el legendario legislador Licurgo creó la sociedad guerrera ahora identificada simplemente como Esparta. Y, dado que él era un lector voraz de Friedrich Nietzsche, Mussolini pudo haber sido inspirado por el pensamiento de aquél en cuanto a la moralidad, las formas humanas de vida y el cultivo de la fuerza, para entender al Hombre como una colección de tipos creados por diversas doctrinas sociales y políticas de la Historia.

     Sin embargo, Mussolini también miraba hacia el futuro, a la comprensión del Hombre en el siglo XXI como una criatura dualmente social y genética —epigenética—, similarmente capaz de increíbles variaciones de fuerza y debilidad. Es el objetivo de esta serie de artículos examinar cada una de estas variaciones —fascista, espartana, epigenética y nietzscheana— en el tema de las implicaciones de la variación social y las capacidades individuales para la decadencia y la virilidad. Se examinan entonces las posibilidades de crear un ambiente de virilidad —a la vez corporal, conceptual y social— que contrarreste la normalizada decadencia y la mediocridad de la postmodernidad burguesa estadounidense.


El Estado Orgánico Ético y el Hombre Fascista

     Sintetizando a Hegel, a Giambattista Vico y a Angelo Camillo de Meis, Mussolini describió al Estado como orgánico y a la vez ético [5]. Como una entidad orgánica, es la fuerza, la vitalidad, la debilidad y la decadencia que su pueblo ha acumulado. Como un ímpetu ético, el Estado debe proporcionar un sistema de creencias que se auto-perpetúe entre su pueblo, en este caso, una narrativa que motive el coraje y el heroísmo. Mussolini teorizó acerca de una relación directa entre la salud orgánica del Estado y el contenido de su credo.

     El Estado, decía él, tiene una salud y una vitalidad específicas, con un pulso que puede ser percibido en la "energía vital" de la gente [6]. La debilidad de este pulso y energía vital había sido conocida antes, durante y después del involucramiento de Italia en la Primera Guerra Mundial. En un ataque contra los socialistas y los burgueses neutrales, antes de la 2ªGM, Mussolini explicó que la disposición de la población general a la pasividad y al desprecio del deber militar era sintomática de la cobardía y de la racionalidad económica del liberalismo. La guerra, decía él, tenía menos que ver con la economía y el odio racial —como argumentaban los socialistas— que con voluntad, coraje, deber y amor extremo [7]. "El hombre puramente económico no existe", dijo él, antes de añadir que aquellos que creen en tal criatura serán vistos por la Historia como cómplices de la destrucción de las más grandes y nobles tradiciones de Italia (y del Hombre) [8].

     Después de la Primera Guerra, endurecidos por la guerra de trincheras en la meseta Carso, Mussolini y los otros fundadores del Fascismo, muchos de ellos miembros de las tropas de choque Arditi (los Valientes), concibieron al movimiento militante anti-liberal en contraposición directa a la debilidad del italiano típico y del Estado liberal. Los arditi desempeñaron un papel central en esto, tanto que sin ellos, afirman algunos eruditos, el Fascismo ni siquiera hubiera nacido [9]. Los arditi fueron las primeras tropas de asalto de élite de la guerra moderna [10]. Su único objetivo en el frente austriaco era romper los frecuentes estancamientos que se producían en la guerra de trincheras. Para hacer esto, ellos usaban pequeños grupos diseñados para velocidad y sorpresa, armados con dagas, revólveres, lanzallamas y granadas. Pero, como su nombre sugiere, el valor y la audacia eran sus mayores armas.

     Los arditi eran seleccionados de entre soldados de infantería que ya estaban luchando en el frente de guerra, a condición de que ellos tuvieran hermanos o herederos varones. Ellos eran entrenados en las armas antes mencionadas, pero enfrentaban rigurosas técnicas de selección, como el entrenamiento bajo el fuego de municiones reales, técnicas diseñadas para probar el coraje y la confianza [11]. Carreras, gimnasia, natación, lucha libre y "combate con dagas" eran parte del entrenamiento militar de los arditi, que también contenía una buena cantidad de adoctrinamiento [12]. La literatura clásica, la mitología griega y romana, y el Zaratustra de Nietzsche, se sabe que fueron usados para inspirar a los arditi, un hecho publicitado por el ejército para disipar los rumores de que estaba creando un grupo de matones asesinos [13].

     En efecto, los "Diez Mandamientos del Ardito" proporcionan mucho combustible para la leyenda de los arditi (ellos siguen siendo fundamentales para la ideología heroica del Fascismo italiano contemporáneo). El Mandamiento número Dos es un ejemplo: "Para ganar, el número y las armas no cuentan: sobre todo la disciplina y el valor son los únicos valores. La disciplina es la más hermosa y la más alta fuerza moral; el valor es la voluntad fría y firme para demostrar al enemigo vuestra superioridad, cuando y donde sea" [14]. Los otros mandamientos son del mismo espíritu, y están sazonados con palabras tales como coraje, lealtad, fuerza, belleza, violencia, inteligencia, ataque y terror. "Usted es el mejor ejemplo del genio de nuestro pueblo", se le decía al ardito [15].

     Con su probada virtud militar, física y ética, los arditi proveyeron de fuerza a Mussolini y al Fascismo, así como un modelo de la capacidad de los italianos para convertirse en nuevos hombres (fascistas). "Un hombre valeroso vale por cien hombres", demostraron ellos con su vitalidad y audacia [16]. Para Mussolini, sin embargo, la lección de los arditi trascendía a los tiempos de guerra. Mientras muchos podrían haber entrado al ejército como reclutas involuntarios, como arditi sus cuerpos clásicamente ideales calzaban sólo con sus cosmovisiones ennoblecidas y sus intelectos afilados, todos los cuales habían sido endurecidos bajo los rigores del entrenamiento y la batalla. Mussolini vio en ellos un ejemplo de la relación que se da naturalmente entre fuerza corporal y virtud, y él decidió tempranamente, en su papel como Duce del Fascismo, transformar los cuerpos y mentes débiles y decadentes del pueblo italiano en una manera similar.

     Según Mussolini, el Fascismo es "pensamiento y acción", que exige que las doctrinas mismas sean actos vitales y no ejercicios retóricos, y que los hombres tengan una voluntad de vivir así como una motivación intelectual [17]. Giuseppe Bottai, editor de Critica Fascista —el diario que más apoyaba las críticas de Évola al régimen— se hizo eco de estos sentimientos, diciendo que el pensamiento debe acompañar a la acción, no teniendo ninguno de los dos valor sin el otro. "La guerra", dijo él, "se lucha con las armas del espíritu, de la mente, de una nueva inteligencia" [18]. Los teóricos fascistas, Mussolini incluído, buscaban la creación de nuevos instintos en los hombres, no sólo que ellos siguieran irreflexivamente al nuevo régimen, colocando así la importancia en el desarrollo del cuerpo junto con la mente.

     Particularmente importante en este aspecto es la insistencia de Bottai en que un fascista esté armado con una voluntad adecuadamente codificada para la acción, de modo que él pueda confiar en su "energía corporal" pre-conceptual. Es al nivel de esta "energía corporal" que las convicciones están basadas [19]. En otra parte, Mussolini dejó claro que el Fascismo es una revolución fisiológica.

     "El Fascismo", decía él, "quiere que el hombre sea activo e involucrado en la acción con todas sus energías. Lo quiere virilmente consciente de las dificultades que se le presentan y listo a encararlas de frente. El Fascismo concibe la vida como una lucha en la cual el hombre está llamado a conquistar para él un lugar verdaderamente digno, en primer lugar formándose (física, moral e intelectualmente) como el instrumento requerido para conseguir la victoria" [20].

     Así, los Fascistas estuvieron estridentemente opuestos a la vida de ocio prometida por la modernidad burguesa. Ser "libresco" y demasiado intelectual lo ligaba a uno más al ocio que a la revolución, porque el cuerpo suave seguiría existiendo "a merced de" la forma burguesa de vida [21]. Para ser claros, sin embargo, el Fascismo no intentaba hacer guerreros literales del pueblo entero. Deseaba, en cambio, un sistema natural de "jerarquías individuales", en donde cada individuo es alentado con un "espíritu Fascista en oposición a la cobardía y avaricia". Cada miembro de la sociedad —"desde el más alto al más humilde""sentiría un sentido de orgullo al cumplir su deber" [22].

     Y, porque el Estado es una amalgama orgánica de su cuerpo ciudadano, Italia fue también considerada un anfitrión no apto para los nuevos cuerpos fascistas. Como una sociedad pre-moderna, tanto conceptual como materialmente, Italia necesitaba una restauración higiénica que asegurara la salud física básica de la gente. El régimen fascista empezó a despejar barrios medievales, poniendo tuberías de alcantarillado, y construyendo paseos limpios y amplios por toda Italia [23].

     Este higiénico proyecto de recreación urbana, junto con el radicalismo modernista del arte Futurista, ha dado durante mucho tiempo la impresión del Fascismo como un movimiento político modernista. Sin embargo, si uno considera la concepción dual orgánica y ética del Estado que dio origen a tal proyecto, el modernismo queda correctamente relegado a una consideración estética. "Cada doctrina tiende a dirigir la actividad humana hacia un determinado objetivo", explicaba Mussolini [24]. Del mismo modo, el Estado debe existir como un imperativo "espiritual y moral", conduciendo la voluntad y la personalidad de la gente hacia un estado más alto de excelencia y vitalidad [25], inculcando la virtud cívica, la conciencia de una noble misión, y la fuerza unificada de la gente [26]. Y, tal como despejó todo lo que era "decadente" en el pasado de Italia —el Fascismo consideraba al período medieval como decadente—, así también procuró "recortar la grasa burguesa" de los cuerpos y mentes italianos.

     Al conectar la salud del Estado con la del pueblo, Mussolini no sólo estaba negando explícitamente la validez del Estado liberal de laissez-faire [dejar hacer] sino también exigía que, por el bien del Estado, la gente abrazara un estilo de vida vitalista. En otras palabras, el Fascismo usó la ética para intentar cambiar el carácter orgánico del Estado. Mientras la eugenesia, sobre todo en su variedad negativa, estaba siendo considerada y quizá practicada en naciones liberales como Estados Unidos, Mussolini nunca se comprometió con la esterilización o incluso con la crianza selectiva. En vez de eso, él tenía una conexión romántica con el valor inherente de cada una de las diversas estirpes nativas "italianas". Así, se necesitaba sólo "despertarlos" a sus propensiones naturales como "poetas, artistas, héroes, santos, pensadores, científicos, exploradores y emigrantes" a fin de restaurar la vitalidad pre-liberal de Italia [27].

     Así, niños desde seis años hasta adultos sanos fueron matriculados en escuelas, los fines de semana, y después del trabajo ejercitaban programas diseñados para "energizar y vitalizar los corazones y mentes de la raza italiana" (como estaba siendo pedido hacia 1940). "El Segundo Libro del Fascista", un libro de escuela primaria para niños de diez años, explica el ejercicio fascista de mente y cuerpo como "un modo de estimular para la acción el cuerpo (masculino) con el espíritu de sacrificio, heroísmo, trabajo y combate", que era uno de las características de la "Italia pre-liberal". En los campamentos, campos de desfiles e instalaciones deportivas, los hombres, las mujeres y los niños italianos realizaban gimnasia, saltaban a través de aros con fuego, montaban a caballo, e incluso aprendían a manejar armas de fuego. Mientras cada edad y grupo de género tenía una justificación específica de entrenamiento —el de las mujeres, por ejemplo, enfocado en un cuerpo fortalecido y una mente vital que les serviría durante el embarazo y la maternidad—, el régimen claramente creía que el cuerpo era fundamental para la transformación ética y filosófica exigida de la gente [28].

     Se pensaba que la dureza, el deber y la disciplina eran transformadores de los individuos y sus descendientes. Esta creencia se derivaba no sólo de los arditi sino también de la romanidad del Fascismo, o culto de la grandeza romana. Como símbolos y manifestaciones finales de la vitalidad, los antiguos romanos representaban la "voluntad de poder" consumada, como Mussolini lo expresó [29]. Incluso antes de la Marcha sobre Roma de 1922, Mussolini explicaba el Fascismo en términos romanos:

     «En Roma vemos la promesa del futuro. Roma es nuestro mito. Soñamos con una Italia romana, lo que quiere decir, con una Italia sabia y fuerte, disciplinada e imperial. Gran parte del espíritu inmortal de Roma ha surgido de nuevo en el Fascismo. Romanas son nuestras fasces lictorianas, romana la organización de nuestras fuerzas de combate, romano nuestro orgullo y nuestro coraje» [30].

     El Estado romano, como Mussolini lo entendía, prosperó sólo en relación a la ferocidad y buena forma física del pueblo romano. Y, por causa de la voluntad del Estado, sobre todo en el período republicano, podía ser comparado con la voluntad del individuo romano; y porque el individuo romano fue idealizado como un hombre virtuoso que luchaba bajo "un liderazgo dinámico, con habilidad e imaginación" contra los "números superiores" de un mundo bárbaro, Mussolini vio la buena forma física y la violencia heroica virtuosa como todo lo que se necesitaba para transformar no sólo a los herederos de Roma sino también al Estado. Si el Estado Fascista produce hombres virtuosos, entonces aquellos hombres asegurarán la virtud (y la durabilidad) del Fascismo, era el razonamiento [31].

     Mientras Mussolini y el Fascismo no llegaron tan lejos como Licurgo y Esparta (tema de mi siguiente artículo) al instituír controles estatales sobre la vitalidad individual, el régimen claramente tenía una visión del esfuerzo concertado —entre la mente y el cuerpo— necesario para vencer la debilidad y la decadencia. La distancia entre la Italia Fascista y Esparta, sin embargo, puede ser explicada por la insistencia de esta última en que todos los hombres (y mujeres) comparten el mismo papel y tienen los mismos deberes. En contraste con la sociedad guerrera de Esparta, la Italia Fascista en cambio deseó infundir una común vitalidad conceptual y corporal entre una amplia variedad de diferencias culturales, intelectuales y ocupacionales, fabricando un nuevo tipo de hombre que fuera capaz de transformar todos los campos sociales mediante su fuerza y voluntad para la acción.–




Notas

[1] Friedrich Nietzsche, Writings from the Late Notebooks, Cambridge, 2003, p. 91.
[2] Yukio Mishima, Sun and Steel, Tokyo, 1970, pp. 26–27.
[3] Benito Mussolini, The Political and Social Doctrine of Fascism (La Dottrina del Fascismo), New York, 1976, pp. 19-20.
[4] Mussolini, pp. 24–26.
[5] Estoy ignorando a propósito la discusión de Évola del Estado orgánico, aun cuando se refiere específicamente al régimen de la Italia Fascista, porque no hay evidencia de que el régimen compartiera la comprensión profunda de Évola acerca de las implicaciones que para la Tradición tuviera tal Estado.
[6] Mussolini, Doctrine, p. 21.
[7] Benito Mussolini, Mussolini as Revealed in His Political Speeches, Noviembre de 1914 – Agosto de 1923, Londres, 1923, pp. 10–13
[8] Mussolini, Speeches, p. 11.
[9] Paul Baxa, Roads and Ruins: The Symbolic Landscape of Fascist Rome, Toronto, 2010, pp. 17–18.
[10] Angelo L. Pirocchi, Italian Arditi: Elite Assault Troops, 1917–1920, Oxford, 2004, p. 4.
[11] Pirocchi, pp. 19–24.
[12] Pirocchi, p. 25.
[13] Pirocchi, p. 56.
[14] Traducido de un documento original de la colección del autor.
[15] Del Mandamiento Décimo.
[16] Del Mandamiento Sexto.
[17] Mussolini, Doctrine, p. 20.
[18] Giuseppe Bottai, "Twenty Years of Critica Fascista", en A Primer of Italian Fascism, ed. de la University of Nebraska Press, 2000, p. 188.
[19] Bottai, Critica Fascista, 192.
[20] Mussolini, Doctrine, p. 19.
[21] Bottai, Critica Fascista, 185.
[22] Giuseppe Bottai, "Fascism as Intellectual Revolution", en A Primer of Italian Fascism, University of Nebraska Press, 2000, p. 85.
[23] Baxa, 2010, p. 84.
[24] Mussolini, Doctrine, p. 20.
[25] Mussolini, Doctrine, p. 21.
[26] Mussolini, Doctrine, p. 22.
[27] Vea la inscripción encima del "Colosseo Quadrato" en el distrito EUR de Roma.
[28] PNF, Il Secondo Libro del Fascista, Verona, 1940, pp. 52–53, trad. por M. Dyal.
[29] Mussolini, Doctrine, 25.
[30] Mussolini citado por Gioacchino Volpe, Extracto de "History of the Fascist Movement", en A Primer of Italian Fascism, University of Nebraska Press, 2000, p. 24.
[31] Jack Greene y Alessandro Massignani, The Black Prince and the Sea Devils: The Story of Valerio Borghese and the Elite Units of the Decima Mas, Cambridge, 2004, p. xx.






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