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jueves, 23 de octubre de 2014

Julius Évola - Sobre el Matriarcado y Bachofen



     Johann J. Bachofen, antropólogo suizo (1815-1887), publicó en 1861 su libro "Das Mutterrecht: eine Untersuchung über die Gynaikokratie der alten Welt nach ihrer religiösen und rechtlichen Natur" (El Matriarcado. Un Estudio de la Ginecocracia en la Antigüedad según Su Naturaleza Religiosa y Jurídica). Se publicó en 1949 la traducción al italiano de esta obra (aparecida como Le Madri e la Virilità Olimpica, Las Madres y la Virilidad Olímpica), a cargo del conocido intelectual Julius Évola, quien escribió además una breve introducción, que es lo que presentamos ahora en castellano. La referencia inmediata para esto es el trabajo que presentamos recientemente este mes acerca del Tercer Reich y el Afroditismo, donde hay algunas alusiones a este escrito de Évola que se ocupa de Bachofen, además de otras nociones relacionadas. Nos parece que hay aquí algunos interesantes conceptos que aunque ambientados en la Antigüedad, según ambos autores lo hacen ver, tienen perfecta aplicación en la actualidad para la comprensión de ciertos fenómenos.


Introducción a "Das Mutterrecht" de J. J. Bachofen
por Julius Évola, 1949



     Johann Jakob Bachofen podría ser descrito como una "revelación" de la cultura europea más moderna. Contemporáneo de Nietzsche (nació en Basilea, Suiza, en 1815 y murió en 1887), perteneció a los mismos círculos espirituales que dieron origen a "El Nacimiento de la Tragedia" de Nietzsche y "Psyche" de Erwin Rohde. Su obra prácticamente no alcanzó ningún reconocimiento durante su propia vida. El público general no entró en contacto con ella, mientras los "especialistas" en Historia antigua y arqueología tramaron una especie de conspiración del silencio contra su obra, debido a su oposición a los métodos y concepciones que ellos más estimaban.

     Hoy las obras de Bachofen han sido extensamente redescubiertas y aclamadas como pioneras y magistrales. Una primera reedición de escritos seleccionados de Bachofen en tres volúmenes fue publicada en Leipzig en 1926 por C. A. Bernouilli bajo el título "Urreligion und antike Symbole"; una segunda reedición, enriquecida por un ensayo introductorio de amplio alcance, fue editada por Alfred Baumler en 1926 y lleva el título de "Der Mythos von Orient und Okzident".

     Dominando el conocimiento de Arqueología y Filología de su tiempo, Bachofen se dedicó a una peculiar interpretación de los símbolos, mitos, cultos y formas legales de la mayor parte de la Antigüedad, una interpretación que es particularmente importante debido al gran número de ideas y puntos de referencia que ofrece a aquellos que desean penetrar en una dimensión casi insospechada del mundo de nuestros orígenes, y comprender una especie de historia espiritual secreta de las civilizaciones antiguas escondida detrás de sus historias evidentes, todo lo cual equivale a un ejemplo notable de lo que es llamado como "historiografía crítica".

     Considerando esto, el hecho de que en Bachofen algunas deducciones y algunos detalles sean inexactos, que algunas presentaciones estén estropeadas por una excesiva simplificación, y que, desde su época, la ciencia de la Antigüedad haya reunido muchos otros materiales, no perjudica el valor esencial de sus obras y no le da derecho a ninguno de nuestros contemporáneos a considerar sus principales obras, fruto de estudios profundos y complejos y de felices intuiciones, como "anticuadas". Bachofen, hoy, es tan poco "anticuado" como Fustel de Coulanges, Max Müller o Friedrich Schelling. Al evaluar a autores de esta clase, son los autores que ha venido después de ellos los que tienen que mantenerse en mejor forma, puesto que, aunque sus espectáculos, es decir, sus instrumentos críticos y analíticos, sean indudablemente más perfectos, su visión interior parece en igual medida haberse hecho más miope, y sus investigaciones, a menudo extraviando su camino en un especialismo sin alma y opaco, ya no reflejan nada del poder de síntesis y de la certeza de intuición de algunos maestros del siglo pasado.

      Lo que es interesante en Bachofen, en primer lugar, es su método. Este método es nuevo y revolucionario —comparado con la manera escolástica y académica habitual de considerar las civilizaciones antiguas, los cultos y los mitos antiguos— porque es "tradicional" en el sentido más alto de la palabra. Lo que quiero decir con esto es que la forma en que era el hombre de cualquier civilización tradicional, que es anti-individualista y anti-racionalista, es más o menos el modo mediante el cual Bachofen ha procurado descubrir el secreto del mundo de nuestros orígenes.

     La premisa fundamental de la obra entera de Bachofen es que el símbolo y el mito son testimonios que cualquier ciencia histórica completa debe tomar en seria consideración. Ellos no son creaciones arbitrarias, proyecciones de caprichos o imaginación poética: son, por el contrario, "representaciones de las experiencias de una raza a la luz de su sentido religioso", que obedecen a una lógica y una ley muy precisas. Además, el símbolo, la tradición y la leyenda no deben ser considerados y evaluados según su "historicidad" en el sentido más estricto de la palabra; es esta mala interpretación la que nos ha impedido hasta ahora conseguir el conocimiento más precioso. Lo que debe ser abordado no es su problemático significado "histórico" sino su significado cierto como "hechos del espíritu".

     Dondequiera que el acontecimiento registrado y el documento "positivo" ya no nos hablan, el mito, el símbolo y la leyenda vienen a nosotros, listos para introducirnos a una realidad más profunda, secreta y esencial, una realidad de que la cara exterior histórica y tangible de las sociedades, razas y civilizaciones antiguas es sólo una consecuencia. A causa de esto, ellos mismos son a menudo los únicos documentos "positivos" que han quedado del pasado.

     Bachofen señala correctamente que la Historia como tal nunca puede ser comprendida: un acontecimiento puede dejar rastros, pero su significado interno se nos escapa y es llevado por la corriente del tiempo, de modo que es incomprensible e incognoscible por nosotros, excepto en la medida en que ha sido especificado por la tradición y el mito. En el desarrollo, transformación, oposición e incluso en la contradicción de las tradiciones, símbolos y mitos, podemos identificar de hecho las fuerzas más profundas, los "elementos primarios" espirituales y metafísicos que estuvieron en juego en los ciclos primordiales de la civilización y que provocaron sus perturbaciones más decisivas. Esto nos abre el camino a una metafísica de la Historia, que es también una Historia integral, una Historia en la cual la dimensión más importante, la tercera dimensión, es expresamente destacada. La interpretación de Bachofen de la historia interna de Roma sobre la base de sus mitos y leyendas, es uno de los ejemplos más convincentes de la importancia y la fertilidad de tal método.

     En segundo lugar, la obra de Bachofen tiene una importancia especial tanto en el plano de la "morfología" o "tipología de la civilización", como en el de la "ciencia de las razas del espíritu". Partiendo de las diversas formas que las relaciones entre los sexos han asumido anteriormente, la investigación de Bachofen demuestra la existencia de algunas formas típicas y distintas de civilización, de lo cual se derivan varias ideas centrales vinculadas a su vez a diversas visiones del mundo, del destino, de la vida futura, del derecho y de la sociedad. Tales ideas casi tienen el valor de "arquetipos" en un sentido platónico; ellas son fuerzas formativas conectadas, mediante relaciones de analogía, a las grandes fuerzas de las cosas. En los individuos, ellas aparecen también en diversos modos de ser, en varios "estilos" de alma, sentimiento, interpretación y reacción.

     Ésta es la ciencia especial que inició Bachofen. Sin embargo, él no logró deshacerse completamente de la obsesión "evolucionista" que prevalecía en su época. Así, él fue llevado a creer que las distintas formas identificadas por él, en el sentido que acabamos de mencionar, formaban una especie de sucesión de etapas en el progreso de la civilización humana en general. Si el significado morfológico y tipológico más alto de su investigación no debe ser juzgado de manera prejuiciosa, esta limitación, naturalmente, debe ser removida.

     El mundo considerado por Bachofen es básicamente el de las antiguas civilizaciones mediterráneas. La caótica multiplicidad de cultos, mitos, símbolos, formas jurídicas y costumbres que ellas exhiben se reduce en las obras de Bachofen a los efectos, en diversas formas, de dos ideas antitéticas fundamentales: la idea olímpica-viril y la idea telúrica-femenina [de tellus, diosa romana de la tierra]. Tal polaridad también puede ser expresada por las siguientes oposiciones: civilizaciones de los Héroes y civilizaciones de las Madres, la idea solar y la idea ctónico-lunar [del griego khthon, lo bajo tierra], el derecho paterno y el matriarcado, la ética aristocrática de la diferencia y la promiscuidad orgiástico-comunista, el ideal olímpico del "supra-mundo" y el misticismo panteísta, el derecho positivo del Imperium y el derecho natural.

     Bachofen descubrió la "Era ginecocrática", es decir, la Era en la cual el principio femenino es supremo. A esta Era corresponde una fase arcaica de la civilización mediterránea, vinculada a los pueblos pelásgicos así como a un grupo de pueblos de la cuenca del Sudeste y asiática del Mar Mediterráneo. Bachofen notó correctamente que, según las fuentes, todos los diversos pero concordantes elementos se refieren, para tales pueblos, a la idea central de que, en el origen y en el auge de cualquier cosa, debe haber un principio femenino, una Diosa o Mujer divina, que incorpora los valores supremos del espíritu; comparado con ella, no sólo el principio masculino sino también los de la personalidad y de la diferencia deben parecer secundarios e incidentales, sujetos a la ley del Devenir y el desaparecer, a diferencia de la eternidad e inmutabilidad peculiar a la Gran Madre cósmica, la Madre de la Vida.

     Esta Madre es a veces la Tierra, o a veces la ley de la Naturaleza, concebida como una fuerza por la cual los Dioses mismos se ven compelidos.

      Entre sus otros aspectos, en consecuencia, habría varias diferenciaciones: ella es tanto Deméter, como diosa de la agricultura y la tierra organizada, y Afrodita-Astarté, como el principio de los éxtasis orgiásticos, las lujurias dionisiacas y la disolución prostituril, cuya correspondencia analógica es el pantano silvestre o el bosque.

      El principal carácter de este ciclo de la civilización consiste específicamente en su limitación a la esfera naturalista y material, y en su puesta bajo el sigo femenino (femenino en su sentido más amplio) de la esfera espiritual, de la personalidad, la virilidad y la diferencia, a menudo para convertirla en un sinónimo de promiscuidad panteísta y en una antítesis de todo que es la forma, la ley positiva y la vocación heroica de una virilidad que no es material. Exteriormente, la expresión más concreta de este tipo de civilización es el matriarcado, y, más generalmente, la ginecocracia o ginarquía. La Ginecocracia, que es la soberanía de la Mujer, refleja el valor místico que se le atribuye a ella en tal concepción del mundo. Además, puede también tener como contraparte, en sus formas más bajas, al igualitarismo de la ley natural, al universalismo y al comunismo.

     En la raíz de la promiscuidad comunista está la idea de la insignificancia de todo lo que es diferencia, la igualdad de todos los individuos cara a cara con la Matriz cósmica, el principio maternal y "telúrico" de la Naturaleza, de donde procede toda cosa y todo ser y dentro de la cual se disolverán de nuevo después de una existencia efímera. De esta naturaleza eran las fiestas orgiásticas en las cuales era antiguamente celebrado el retorno a la Madre y al estado de naturaleza, y en el cual todas las diferencias sociales eran abolidas temporalmente. El principio masculino no tiene una existencia propia, no es autosuficiente. En el plano material, sólo equivale a un instrumento para la generación, y está sujeto al vínculo de la mujer o se ve obscurecido por el resplandor Demeteriano de la madre. En el plano espiritual, es sólo a través de un éxtasis dionisiaco dominado por elementos sensuales y femeninos que puede comprender el sentido de lo que es eterno e invariable y lograr un atisbo de inmortalidad, una inmortalidad que, sin embargo, no tiene nada que ver con la celestial de los olímpicos y los héroes. Y también en el plano social, el varón, que sólo conoce la ley violenta de la fuerza y la lucha, siente por medio de la mujer la existencia de un orden más alto, más sereno y supra-individual, y siente este "misterio Demeteriano" que, de una forma u otra, era en la Antigüedad la base y el apoyo de la ley matriarcal y de la ginecocracia.

     En clara oposición a estos puntos de vista, está, en el antiguo mundo mediterráneo, el ciclo de la civilización olímpico-uránica. Aquí, el centro ya no está constituído por los símbolos de la Tierra o de la Luna sino por los del Sol y las regiones celestes ("uránicas", de la palabra griega "Uranos", cielo); no por la realidad naturalista y sensual sino por la inmaterial; no por el vientre materno, y ni siquiera por la virilidad fálica que es su contraparte, sino por la virilidad uránica vinculada al símbolo del Sol y de la Luz; no por los símbolos de la Noche y la Madre sino por los del Día y el Padre. El ideal supremo en tal civilización es encarnado precisamente por el mundo uránico, el de las entidades brillantes, invariables, desapegadas y carentes de nacimiento, como opuesto al mundo inferior de los seres que nacen, llegan a ser y perecen, según una regla de vida siempre efímera porque siempre está mezclada con la muerte. Este es el más alto punto de referencia, la religión de Apolo y Zeus: es la espiritualidad "olímpica", la virilidad inmaterial, la cualidad solar de los dioses libres de la esclavitud de la mujer y de la madre, que poseen en cambio atributos de paternidad y dominio.

     Los rastros dejados por una tradición de esta naturaleza en la especulación helénica son más o menos conocidos por cada uno: tal como fueron concebidas por los filósofos griegos, las nociones de nous y de "mundo inteligible" se derivan directamente de dicha tradición. Bachofen, sin embargo, destacó muchas de sus otras expresiones. El patriarcado, sobre todo en sus formas patricias, no se deriva de ninguna otra base. El impulso de ir más allá de la virilidad "telúrica" (física y fálica) hacia una virilidad heroica o espiritual, la integración de todo lo que es forma y diferencia en vez de su devaluación, el desprecio por la condición naturalista, la superación del derecho natural por el derecho positivo, el ideal de la formación de uno mismo en la cual el estado de naturaleza y su ley de la Madre y de la Tierra es superado por un nuevo orden, que está bajo el signo del Sol y de las proezas simbólicas de Heracles, Perseo y otros héroes de la Luz, todo se deriva de este tipo de civilización.

      Ésta es la concepción fundamental de Bachofen. Ella proporciona la clave para un orden de investigaciones susceptibles de ser extendidas a áreas mucho más amplias que las consideradas por el pensador de Basilea, puesto que, como hemos indicado, Bachofen usó esta concepción sólo a fin de identificar aproximadamente los conflictos, los trastornos y las transformaciones peculiares a la historia secreta del antiguo mundo mediterráneo. En la Hélade, y en oposición a formas más antiguas y aborígenes relacionadas con el culto telúrico-maternal, es donde primero aparece la luz de la espiritualidad heroico-olímpica; aquí, sin embargo, la "civilización de los padres" no duró mucho tiempo. Alterada por procesos de involución, y no habiendo sido sostenida por una organización política firme, fue barrida por la reaparición de cultos y fuerzas del previo período pelásgico-oriental, que, al principio, pareció haber vencido. Su idea pareció haber sido transmitida a Roma y haber impulsado allí un desarrollo mucho más amplio, la historia del cual es el período posterior a Augusto. En la época de Augusto, Roma pareció a punto de establecer una nueva Era universal llevando a su completitud aquella misión, específicamente occidental según Bachofen, para la cual la civilización del Apolo délfico había resultado ser insuficiente.

     Ya que aquellos son los rasgos principales de la metafísica de Bachofen de la historia mediterránea antigua, es apropiado indicar sus otras posibilidades, una vez que se prescinde del marco "evolucionista". Bachofen notó que, contra el substrato de un mundo más antiguo, impregnado con una "civilización de la Madre", la civilización opuesta, varonil y paterna, se desarrolló para suplantarla y derrotarla, aunque, en un punto posterior, al cierre de un ciclo, al menos en algunos países, fuera barrida nuevamente. Todo esto fue considerado por Bachofen como una especie de desarrollo automático en una sola familia de pueblos. La oposición de las dos civilizaciones como él la describe se refiere por lo tanto esencialmente a aquella existente entre dos etapas evolutivas y progresivas de un solo proceso, sin que él investigara cómo una se derivaba de la otra.

     Pero este problema tiene que ser planteado etnológicamente. Lo que ha sido aprendido de la suma total de investigaciones en diversos otros dominios da un cierto margen de credibilidad a la idea de que la más antigua y pre-helénica civilización mediterránea, caracterizada por el culto a la Mujer, al matriarcado y a la ginecocracia social o espiritual, estaba ligado a influencias pre-arias o no-arias, mientras que la visión opuesta del mundo, solar y olímpica, tenía orígenes específicamente arios. Esto fue insinuado por Bachofen mismo en su relato de la primera civilización de las poblaciones pelásgicas y en su percatarse de que el culto más característico en el mundo heroico-solar, el del Apolo délfico, tenía orígenes tracios-hiperbóreos, lo que equivale a decir nórdico-arios. Su prejuicio evolucionista, sin embargo, le impidió llegar al fondo de estos datos positivos. Mientras llevó a cabo una obra de genio refiriendo los fragmentos residuales de la civilización ginecocrática que han llegado hasta nosotros a la unidad arcaica a la cual ellos pertenecen, él no procedió de una manera similar en cuanto a los elementos solares y olímpicos que surgieron y se impusieron en el mundo mediterráneo antiguo, lo que lo habría llevado a darse cuenta de la existencia de una civilización olímpica y paterna, a la vez que arcaica, de un diferente origen étnico.

      En el Mediterráneo, las formas más puras de esta segunda civilización son, comparadas con la otra, más recientes. Ellas son más recientes, sin embargo, sólo en un sentido relativo, en que en el mundo mediterráneo ellas sólo aparecen en un momento dado, no en un sentido absoluto, que implicaría que ellas no habían existido antes y sólo podrían haber aparecido por medio de sucesivas "etapas evolutivas" dentro del mismo grupo de pueblos. Más bien, lo opuesto podría ser verdadero, es decir, que muchas formas derivadas por Bachofen del ciclo de la Madre (en sus aspectos más altos, "lunares" y "demeterianos"), podrían ser consideradas no tanto como realmente intrínsecas de las civilizaciones en las cuales ellas son encontradas, sino más como formas de involución de algunas ramas de la tradición solar, o como productos de interferencias entre esta tradición y la opuesta. Esto corresponde, entre otras cosas, a las enseñanzas sobre las "cuatro edades" pasadas planteadas por Hesíodo.

      Sin embargo, no podemos centrarnos aquí en este argumento, dado que no forma la parte de las investigaciones de Bachofen y que, además, ha sido tratado ya con por mí en otros trabajos [1]. Sin embargo, la propia obra de Bachofen constituye una preparación muy útil para la investigación posterior, la cual, sobre la base de los vestigios constituídos por símbolos, ritos, instituciones, costumbres y formas jurídicas que se derivan de la civilización de la Madre y de la heroico-solar, querría identificar las influencias contrarias, de la "raza del cuerpo" y de la "raza del espíritu", que estuvieron en juego en el mundo mediterráneo antiguo, incluyendo sus elementos griegos y romanos. Considerando el nuevo material que ha sido recopilado mientras tanto, tal investigación podría conseguir resultados muy interesantes; y además, también sería posible llevarla a cabo sobre la base de las mismas ideas-raíz con respecto a otras civilizaciones, europeas y no-europeas.

[1. Principalmente en "Rebelión contra el Mundo Moderno", segunda parte].

      En cuanto a las opiniones de Bachofen en el plano específicamente morfológico y tipológico, debemos notar que este pensador no se detuvo en la consideración de dos términos de una antítesis, "solar" y "telúrico", un principio viril uránico-paternal y un principio telúrico-maternal, sino que también consideró formas intermedias que él relacionó con los términos "demeteriano" (o "lunar"), "amazónico", "heroico" y "dionisiaco". Así tenemos, en conjunto, siete puntos de referencia, según los cuales podrían ser definidos no sólo los tipos de civilización sino también los modos típicos de ser, lo que nos permitiría hablar de un Hombre "solar" o "lunar" o "telúrico" o "amazónico" o "dionisiaco" o "heroico". Yo mismo, en la obra ya mencionada, he procurado desarrollar, sobre estas bases, una tipología especial. Éste es, nuevamente, un nuevo campo de la ciencia del espíritu, a los exploradores de la cual las opiniones de Bachofen pueden proporcionar valiosos puntos de referencia.

     Finalmente, hay que señalar que las investigaciones de esta clase no son sólo de interés retrospectivo en el contexto de la reconstrucción de una historia secreta del mundo antiguo, sino que también podrían resultar ser muy útiles a todos aquellos que se esfuerzan por descubrir la verdadera cara de los tiempos actuales y formular un diagnóstico y un pronóstico de toda la civilización occidental. Bachofen, en algunos puntos en sus obras, detectó la existencia de leyes cíclicas, por la fuerza de las cuales, al final de un desarrollo dado, algunas formas involutivas y degenerativas representan casi un retorno de etapas primitivas dejadas atrás por todo el desarrollo.

     Ahora, el preocupante grado hasta el cual la civilización occidental contemporáneo muestra y reproduce los rasgos principales de una "época de la Madre", de una época telúrica y "afrodítica" con todas sus consecuencias, ha sido notado, no sin referirse a Bachofen, por más de un escritor. Alfred Baumler escribió lo siguiente, en la introducción a las obras selectas ya mencionadas de Bachofen: "En las calles de Berlín, París o Londres, todo lo que usted tiene que hacer es observar durante un momento a un hombre o a una mujer para comprender que el culto de Afrodita es el único, ante el cual Zeus y Apolo tuvieron que batirse en retirada... La época actual presenta, en efecto, todos los rasgos de una edad ginecocrática. En una civilización tardía y decadente aparecen los nuevos templos de Isis y Astarté, de estas Diosas Madres asiáticas que fueron celebradas en orgías y libertinaje, en el hundimiento desesperado en el placer sensual. La mujer fascinante es el ídolo de nuestros tiempos, y, con labios pintados, ella camina por las ciudades europeas como una vez lo hizo por Babilonia. Y como si ella quisiera confirmar la profunda intuición de Bachofen, la moderna gobernadora del varón ligeramente vestida pasea con una cuerda un perro, el antiguo símbolo de la promiscuidad sexual ilimitada y de las fuerzas infernales" [2]. Pero estas analogías pueden ser desarrolladas mucho más allá.

[2. Introducción a "Der Mythos von Orient und Okzident", München, 1926, pp. CCXCI-CCXCIII].

     Los tiempos modernos son "telúricos", no sólo en sus aspectos mecanicistas y materialistas, sino también, y esencialmente, en varios de sus aspectos "vitalistas", en sus diversas religiones de Vida, de lo Irracional y de Devenir, antítesis precisas de cualquier concepción clásica u "olímpica" del mundo. [Hermann] Keyserling, confirmando este análisis, ha pensado que él podría hablar de un carácter telúrico —es decir, irracional, principalmente relacionado con formas de coraje, sacrificio, fervor y dedicación, sin una referencia trascendental— mostrado por este moderno movimiento de masas que ha sido llamado, genéricamente, "revolución mundial". Con la democracia, el marxismo y el comunismo, Occidente ha asumido de nuevo así, en formas secularizadas y materializadas, el concepto antiguo del derecho natural, la ley niveladora y anti-aristocrática de la Madre ctónica, que estigmatiza como injusta cualquier diferencia; y el poder a menudo concedido sobre esta base al elemento colectivista parece poner de nuevo en vigor la antigua irrelevancia del individuo, peculiar a la concepción "telúrica".

     Dionisio reaparece con el romanticismo moderno: tenemos aquí el mismo amor por lo informe, lo confuso, lo ilimitado, la misma promiscuidad entre sensación y espíritu, el mismo antagonismo hacia el ideal varonil y apolíneo de claridad, forma y límite. Incluso Nietzsche, quien alabó a Dionisio, es una prueba viviente y trágica de la moderna carencia de entendimiento hacia aquel ideal, como lo atestigua la naturaleza telúrica de muchas de sus concepciones. Además, después de haber leído a Bachofen, no es difícil observar el carácter "lunar" peculiar del tipo más extendido de cultura moderna: la cultura basada en un intelectualismo pálido y vacío, la cultura estéril separada de la vida, sólo capaz de crítica, especulación abstracta y vana creatividad esteticista: una cultura que, aquí nuevamente, está estrechamente relacionada con una civilización que ha llevado el refinamiento material a formas extremas (en la terminología especial de Bachofen, diríamos: formas afrodíticas) y en la cual la mujer y la sensualidad a menudo se convierten en motivos predominantes casi a un grado patológico y obsesivo.

     Y dondequiera que la mujer no se convierte en el nuevo ídolo de las masas bajo la forma moderna, no de la diosa sino de la "estrella" de cine o de alguna fascinante aparición afrodítica similar, ella a menudo afirma su primacía en nuevas formas "amazónicas". Así vemos que la nueva deportista masculinizada, la garçonne, la mujer que se dedica al desarrollo unilateral de su propio cuerpo y que traiciona la misión que sería normal para ella en una civilización de tipo varonil, se hace emancipada e independiente e incluso irrumpe en el campo político. Y esto no es todo.

     En la civilización anglosajona, y particularmente en Estados Unidos, el hombre que agota su vida y su tiempo en negocios y en la búsqueda de la riqueza, una riqueza que, en gran medida, sólo sirve para pagar el lujo, los caprichos, los vicios y el refinamiento femeninos, ha concedido a la mujer el privilegio e incluso el monopolio del trato con las cosas "espirituales". Y es precisamente en esta civilización que vemos una proliferación de sectas "espiritualistas", espiritistas y místicas, en las cuales el predominio del elemento femenino es ya significativo en sí mismo (dos mujeres, Blavatsky y Besant, por ejemplo, establecieron y manejaron la así llamada Sociedad Teosófica). Pero es por una razón mucho más importante que el nuevo espiritualismo se nos aparece como una especie de reencarnación de los antiguos misterios femeninos: Es el escapismo informe en confusas experiencias suprasensuales, la promiscuidad del espiritismo y el espiritualismo, la evocación inconsciente de influencias verdaderamente "infernales" y el acento puesto en doctrinas como la reencarnación, lo que confirma, en tales corrientes pseudo-espiritualistas, la correspondencia que ya he mencionado, y he demostrado que, en estos deseos descaminados de ir más allá del "materialismo", el mundo moderno no ha logrado encontrar nada que lo conecte con las tradiciones superiores de carácter olímpico y "solar" [3].

[3. Vea "Maschera e Volto dello Spiritualismo contemporaneo", Bari, 1932].

     El psicoanálisis, con la preeminencia que concede al inconsciente sobre el consciente, al lado "nocturno", subterráneo, atávico, instintivo y sexual del ser humano por sobre todo lo que es vida despierta, voluntad y verdadera personalidad, parece precisamente referirse a la antigua doctrina de la primacía de la Noche por sobre el Día, de la Oscuridad de las Madres por sobre las formas, supuestamente evanescentes e irrelevantes, que surgen de ella hacia la luz.

     Debe reconocerse que estas analogías, lejos de ser extravagantes u obra de aficionados, están basadas en razones que son amplias y sustanciales, y por lo tanto gravemente inquietantes, ya que la reaparición de la "Era ginecocrática" sólo puede significar, para nosotros, el final de un ciclo y el colapso de las civilizaciones fundadas por una raza superior. Pero muchas de las opiniones de Bachofen, en la medida en que nos permiten identificar estos síntomas de la decadencia, nos muestran también los puntos de referencia para una posible reacción y reconstrucción. Tales puntos de referencia sólo pueden estar constituídos por valores "olímpicos" de una nueva civilización varonil anti-ginecocrática. Y esto es lo que Bachofen ha recuperado para nosotros, en el "Mito Occidental": la idea formativa, el ideal, que definiría lo que es más específicamente occidental en la historia de la civilización.

     Como he explicado, para Bachofen fue Roma quien, después de la tentativa de la Hélade apolínea, habría asumido este ideal e hizo valer una "civilización del padre" sobre bases universales; pero sólo mediante una lucha trágica contra fuerzas que, poco a poco, iban a fluír de vuelta y a reafirmarse una y otra vez en primero uno y luego en otro ámbito de la vida y civilización romana. Quienquiera que pueda sentir la profunda verdad de esta apreciación de Bachofen, puede ver un campo nuevo y extremadamente interesante de apertura a la investigación: el de la identificación y descubrimiento de una Romanidad olímpico-paterna (en el sentido superior). Pero después de los estragos que una retórica tonta y exagerada ha provocado sobre el nombre de Roma, después de lo que una erudición e historiografía académicamente aburrida y sin alma ha hecho para hacernos olvidar todo lo brillante y perenne que apareció en la Romanidad original y formó su misión verdadera, ¿cómo es posible restaurar para la opinión seria la importancia que tal investigación, y, por lo tanto, la obra de Bachofen mismo y en su totalidad, podría tener para nosotros?.

     Sin embargo, a pesar de todo esto, lo que podría no ser posible hoy debido a un conjunto de factores, algunos simplemente contingentes, puede ser posible mañana, en un período más tranquilo. Uno de los mayores méritos de Bachofen es que él ha restaurado la dignidad de la civilización viril y olímpica, contribuyendo de esa manera a un medio de corrección para las muchas distorsiones ideológicas y evocaciones extraviadas de los tiempos modernos.–






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