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martes, 14 de octubre de 2014

Jaume Farrerons - Crítica a Julius Evola



     Hemos reunido en esta presentación fragmentos de las partes 2, 3, 5 y 6 y la parte 4 entera de la serie de artículos titulada "Usurpación, Amputación y Tergiversación de la Doctrina Nacional-Revolucionaria", publicada por el filósofo político español Jaume Farrerons en su blog Filosofía Crítica (nacional-revolucionario.blogspot.com), fechados entre el 29 de Mayo y el 3 de Junio de 2012. El foco central de estos contundentes y lúcidos textos está puesto sobre el escritor italiano Julius Évola (1898-1974), cuya influencia se ha hecho sentir en algunos sectores políticos "derechistas", especialmente españoles, aunque no deja de ser un señuelo permanente para muchas mentes que, desde la perspectiva del señor Farrerons, irremediablemente se extraviarán y esconderán su cabeza del implacable sol de la existencia que tan duramente nos acosa desde la cuna a la sepultura. No han sido estos artículos, sin duda, concebidos a la ligera: sus temas son profundos, los argumentos son consistentes y la crítica es razonada y razonable. A pesar de la extensión de lo aquí presentado, con alguna ligera labor de edición, creemos que el lector puede conseguir una impresión de conjunto tanto de Évola como del señor Farrerons, que rescata cosas que muchos de nosotros también apreciamos.


Usurpación, Amputación y Tergiversación
de la Doctrina Nacional-Revolucionaria (Selección)
por Jaume Farrerons
Mayo-Junio de 2012



PARTE 2

     (...) No existe, ni puede existir, un programa político "evoliano" a menos que se quiera restablecer, por ejemplo, el derecho de pernada y la servidumbre de la gleba. El evolianismo es estructuralmente apolítico. La intención de Évola no fue otra que apartar a los fascistas de posguerra de cualquier veleidad nacional-revolucionaria, utilizarlos como carne de cañón de los servicios de información occidentales en su lucha contra el comunismo y, finalmente, anularlos para la acción política destruyendo en ellos toda forma de inteligencia y sentido crítico. (...)

     ...El evolianismo es mucho más reaccionario que la extrema Derecha católica, pues ésta todavía se siente portadora de una racionalidad heredada de la cultura filosófica griega. El "pensamiento tradicional" nos retrotrae de la teología de Tomás de Aquino (reivindicada por José Antonio Primo de Rivera) al ritual mágico y los eones del horóscopo, o sea, a una postura propia de perturbados mentales. En realidad, estamos ante una conspiración oligárquica para destruír la mente de las nuevas generaciones de nacional-revolucionarios con un veneno peor que cualquier droga: la idiotez querida, buscada, el hecho de entrenarse para "rechazar la razón", para convertirse voluntariamente en un tonto irrecuperable... ¡Esto es Évola! (...)

     ...En efecto: no puede confesárseles a los ciudadanos que se les va a privar de la seguridad social, la escolarización obligatoria y el derecho a elegir a sus representantes políticos, para, en lugar de tan decadentes instituciones modernas, restituír los privilegios de una aristocracia hereditaria de señores presuntamente superiores por nacimiento. Parece absurdo pretender, por ejemplo, que la magia o la tradición hermética ocuparán el lugar de la ciencia y, además, colgar esto en un programa electoral. Carece de sentido, yendo hasta el final, razonar contra la razón y sugerir que esos "razonamientos" —por llamarlos de alguna manera— sí serían válidos... Por supuesto, uno siempre puede "sentirse" superior sin tener que esforzarse en nada, y acreditar esa ilusoria superioridad afirmando poseerla y calificando de "racionalista" a quienquiera ose preguntar, dudar o cuestionar la consabida fábula jerárquica de todos los sectarios vendedores de pócimas milagrosas. Semejante bazofia para enanos acomplejados sólo puede existir en la mente de supuestos "guerreros" que se adoran a sí mismos, en medio de las ruinas, como última expresión de una perdida "edad dorada" sólo identificable en sus cabecitas intoxicadas, pero que, en el mejor de los casos, se dedicarán a jugar a los espías anticomunistas mirando con desprecio, desde "lo alto", a todos aquellos que no compartan sus risibles "saberes iniciáticos" en este mundo contemporáneo ya condenado e intrínsecamente "malo"; un sitio donde cualquier acción política resultaría a la postre inútil porque la evoliana concepción cíclica del tiempo y de la necesaria decadencia vuelve vano todo influjo histórico de la voluntad, individual o colectiva; donde sólo queda, por tanto, "cabalgar el tigre", o sea, embolsarse el sobre color sepia de los servicios de información del Estado y burlarse de quienes hayan quemado su existencia por la causa nacional-revolucionaria europea. (...)

Crítica de Evola al Nacionalsocialismo y al Fascismo
http://es.wikipedia.org/wiki/Julius_Evola

     «Fue desde un principio sumamente crítico tanto con el fascismo como con el nacionalsocialismo, en especial respecto a la figura del mismo Hitler, a quien acusaba, "en razón de su demagogia populista" (algo que Évola despreciaba), de ser, antes que una alternativa a la decadencia del Occidente, una de las últimas partes de su proceso moderno disolutivo. Es decir, Hitler no era el salvador de Alemania que venía a purificar al pueblo —y al mundo ario— trayendo una Weltanschauung renovadora, sino que era la última piedra que venia a hundir aún más a los hombres. Para él, el movimiento nacionalsocialista (principalmente su racismo) fue el «ultimo zarpazo» que el nefasto mundo decadente —que llamaba genéricamente "moderno"— dio a los hombres. Postura que sostuvo hasta su muerte. Évola atacó a todos los teóricos del nacionalsocialismo, apuntando con extraño y persistente ahínco hacia la doctrina racial, pretendía disolver los fundamentos de la incipiente cosmovisión natural y científica.

     «Évola se reconocería en distintos escritos, como en su libro Imperialismo Pagano, como antifascista. Évola dice que el nacionalismo es repugnante y que los escuadristas eran plebeyos, subraya el hecho de haber «atacado repetidamente la teoría de la "socialización" que, como se sabe, fue santo y seña del fascismo de Salò: al cual no me adherí en cuanto doctrina... En la socialización veo un marxismo encubierto, una tendencia demagógica...». A su vez confirmaría que «En realidad las posiciones que he defendido y que defiendo, como hombre independiente... no son las denominadas "fascistas" sino las tradicionales y contrarrevolucionarias».

     «Évola consideraba al nacionalsocialismo como «vulgar», «demagogo», «aberrante», «incoherente», «nefasto», «arrogante», «deforme mental por su cientificismo», «iluso», «paranoico», «obseso», «diabólico», «histérico», «abominable». Prácticamente no le faltó ningún epíteto. Consideró al nacionalsocialismo como «totalmente ajeno a la Derecha tradicional» que él representaba. No obstante, rescataba solamente algunos puntos que tenían en común con su doctrina, como por ejemplo el elitismo de la SS. En su intento de destruír las bases del nacionalsocialismo no dudó en atacar algunas de sus fuentes. Criticó desmedidamente a Richard Wagner (el maestro y compositor que dio la mayor inspiración artística, ideológica y espiritual a Hitler), de llevar la mitología nórdica a lo que el llamaba una «desviación» a través del arte, convirtiéndose este arte en «un instrumento de perversión moderna». Llega al extremo de decir que el maestro Wagner es un «despreciable producto moderno» especialmente en el campo ideológico racista y mitológico nórdico, afirmando que «deforma» lo que él (subjetivamente) entiende por espiritual y tradicional. Esto es extraño ya que Wagner encarnaba la restauración tradicional y la promovía a través del Arte y las ideas. Es por esto que cautivó a Hitler, quien afirmó: «convertiré a Parsifal en un movimiento político espiritual». En cuanto a la música de Wagner, la criticaba llamándola "melodramática", mientras a la de Beethoven la designaba como "trágico-patética". Criticó duramente a los padres del racismo y el renacimiento ario, como a Chamberlain y Gobineau, y a todos los que siguieron ideológicamente a Wagner, así como también a los principales teóricos racistas del Tercer Reich. Es decir, pretendió desmantelar todos los orígenes profundos de la revolución ario-racista en Europa. De esta manera, pensaba que atacando a Richard Wagner y a los precursores del racismo ario, descalificaría de raíz todo el Nacionalsocialismo en su esencia y cosmovisión racista.

     A pesar de criticar al nacionalsocialismo por su racismo, Évola, quien sin duda se consideraba a sí mismo —pobre payaso— un ser "superior" a cualquier obrero industrial moderno, es capaz de escribir cosas como la siguiente en defensa de un retorno puro y simple a la sociedad aristocrática de castas:

     «Cuando las cosas han llegado a este punto, no hay que extrañarse de que las razas superiores mueran. La lógica inevitable del individualismo tiende también hacia este resultado, sobre todo en las "clases" pretendidamente "superiores" de hoy, en las que disminuye el interés hacia la procreación; sin hablar de todos los demás factores de degeneración inherentes a una vida social mecanizada y urbanizada y, sobre todo, a una civilización que no conoce los límites saludables y creadores constituídos por las castas y las tradiciones de la sangre. La fecundidad se concentra entonces en los estratos sociales más bajos y en las razas inferiores, donde el impulso animal prevalece sobre todo cálculo y consideración racional. Se produce inevitablemente una selección al revés, el ascenso y la invasión de los elementos inferiores, contra los cuales la "raza" de las clases y de los pueblos superiores, agotada y derrotada, no puede nada o casi nada, como elemento espiritualmente dominador».

(http://juliusevola.blogia.com/2006/102306-revuelta-contra-el-mundo-moderno-i-parte-.-21.-declive-de-las-razas-superiores.php).



PARTE 3

     No podemos continuar con esta serie de entradas sin ajustar antes las cuentas, de forma muy sumaria, con la obra de Julius Évola. Este nefasto escritorzuelo ha sido guía e instrumento de quienes, actuando como colaboracionistas policiales del sistema, han dedicado su vida a intoxicar y confundir a los jóvenes nacional-revolucionarios, hasta el punto que éstos han perdido contacto con las verdaderas fuentes de su propia ideología, socialista, confundiéndola con la extrema Derecha más abyecta y reaccionaria. No olvidemos que el sistema asimila ultra-Derecha y Fascismo (de forma fraudulenta y por motivos obvios), pero obsérvese también que la tarea de los evolianos no ha consistido en otra cosa que en remachar esta mixtificación periodística y propagandística en la mente de los propios interesados. Así, provocadores e infiltrados mediante, el veneno fue inoculado desde dentro décadas atrás a las nuevas generaciones del nacionalismo revolucionario europeo. Será menester mucho tiempo y esfuerzo para poner en evidencia la impostura: los propios presuntos NR (evolianos), dirigidos siempre por usurpadores e incompetentes ideológicos, pugnan en estos momentos para impedir que el proyecto nacional-revolucionario, políticamente de Izquierda, pueda resurgir en un momento crucial que constituye su última oportunidad histórica, en la cual decídese además el destino de Europa.


Derecha e Izquierda en Évola

     Un ejemplo que puede resultar muy instructivo a efectos de denunciar la manipulación evoliana lo encontramos en el primer capítulo de El Fascismo Visto desde la Derecha (1964):

     «En las páginas que siguen nos proponemos realizar un estudio del fascismo desde el punto de vista de la Derecha, estudio que se limitará, sin embargo, a los aspectos generales del fascismo y, esencialmente, al plano de los principios. En función de este objetivo, es primeramente necesario precisar lo que entendemos por Derecha, aunque no sea una tarea fácil, ya que sin esto es imposible facilitar al lector medio, puntos de referencia que tengan una relación directa con la realidad actual, y aun menos con la historia italiana más reciente, es decir, con la historia de Italia tras su unificación como nación. (...)

     «Respecto al primer punto, sería preciso decir que hoy no existe en Italia una Derecha digna de este nombre, una Derecha como fuerza política unitaria organizada y poseedora de una doctrina precisa. Lo que se llama corrientemente Derecha en las luchas políticas actuales se define menos por un contenido positivo que por una oposición general a las formas más avanzadas de la subversión y de la revolución social, formas que gravitan en torno al marxismo y al comunismo. Esta Derecha comprende además tendencias muy diversas e incluso contradictorias. Un índice significativo de la confusión de las ideas y de la pequeñez de los horizontes actuales, lo constituye el hecho de que hoy en Italia los liberales y numerosos representantes de la democracia puedan ser considerados como hombres de derecha: esto habría horrorizado a los representantes de una Derecha auténtica y tradicional, porque en la época de esta Derecha, liberalismo y democracia fueron particular y precisamente considerados como corrientes de la subversión revolucionaria, más o menos como hoy el radicalismo, el marxismo y el comunismo, tal como se presentan a los ojos de lo que se dado en llamar "partidos del orden". (...)

     «Lo que se llama la Derecha en la Italia actual comprende diversas corrientes monárquicas y, sobre todo, tendencias de orientación "nacional" que intentan mantener lazos ideales con el régimen precedente, es decir, con el fascismo. Pero la diferenciación necesaria a fin de que estas tendencias puedan aparecer como representantes de una Derecha auténtica ha faltado hasta ahora. Esto además se desprenderá de las consideraciones que desarrollaremos, consideraciones destinadas a establecer una discriminación en los contenidos ideológicos del fascismo; discriminación que, para el movimiento en cuestión habrían debido representar un deber teórico y práctico indispensable, pero que, por el contrario, ha sido olvidado. (...)

     «¿Es preciso además revelar el absurdo consistente en identificar por todos los medios Derecha política y Derecha económica? La polémica de los marxistas apuesta notoria y fraudulentamente por esta identificación. Para estos últimos, la derecha, la burguesía capitalista, conservadora, "reaccionaria", tiende a defender sus intereses y privilegios, haciendo de todo uno. En nuestros escritos de carácter político, jamás hemos dejado de denunciar esta confusión insidiosa y la irresponsabilidad de los que, favoreciendo de cualquier forma esta forma de ver las cosas, ofrecen armas al adversario. ENTRE LA VERDADERA DERECHA Y LA DERECHA ECONÓMICA, NO SÓLO NO EXISTE IDENTIDAD ALGUNA, SINO QUE HAY INCLUSO UNA OPOSICIÓN PRECISA. Este es uno de los puntos que serán puestos de relieve en las presentes páginas cuando hagamos alusión a las relaciones entre política y economía, tal como el fascismo intentó definirlas y tal como derivan, además, de toda verdadera doctrina tradicional del Estado».

[http://juliusevola.blogia.com/temas/el-fascismo-visto-desde-la-derecha.php].

     Creemos que aquí está "todo Évola" y además en un pasaje harto ilustrativo en orden a clarificar la cuestión Derecha/Izquierda. Aunque los evolianos españoles (no así los italianos) acostumbran, en la práctica, a reafirmarse en el ninismo (ni Derecha ni Izquierda) o a cuestionar desdeñosamente que este tema pueda tener importancia alguna desde el punto de vista político práctico (lo que es falso y de ahí su secreto e indomeñable interés), la verdad es que para ellos este "ninismo" es una forma de disimular su derechismo —del que se avergüenzan— y la absurda ideologización, elevada a categoría metafísica, del vocablo "Izquierda" (= mal metafísico absoluto).

     En primer lugar, Évola debe admitir que el signo "Derecha" se utiliza habitualmente para identificar a liberales y capitalistas. El uso de una palabra es muy importante a efectos de determinar su significado, pues no existen "significados auténticos" de los términos, sino usos que acaban convirtiéndose en normativos por decisión institucional (un diccionario oficial de la lengua). Carece de sentido hablar del significado "auténtico" de la palabra "gato", a la vez un animal y una herramienta. ¿Es más auténtico el gato-animal que el gato-herramienta? ¡Ociosa discusión! Imaginémonos que ahora apareciera alguien con la tesis de que ni el gato-animal ni el gato-herramienta son el "gato auténtico", sino un árbol extinguido que nunca fue denominado "gato" por nadie excepto por la persona que sostiene esa "teoría". Pues bien, dicha pretensión sólo podría ser calificada de delirante y es exactamente la de Évola con respecto al vocablo "Derecha". 

     Existe una segunda razón, de carácter histórico, que enlaza con la anterior, por la que el concepto de "Derecha auténtica" debe ser rechazado, y es que, para Évola, la Derecha auténtica se opone a la modernidad como un bloque, pero lo cierto es que la dualidad Derecha/Izquierda es una determinación política interna de la propia modernidad. En efecto, sólo puede hablarse de Derecha por oposición a la Izquierda, pero en el mundo pre-moderno no existe Izquierda. En consecuencia, tampoco puede hablarse de Derecha en la Edad Media. Sostener que un caballero medieval es de "Derecha" comporta el absurdo de afirmar que en alguna ocasión dicho personaje "pensó" su propia identidad por oposición a una "Izquierda". Nadie en sus cabales aceptaría semejante supuesto. Évola, sí.

     En tercer lugar, "Derecha" no designa contenido ideológico alguno. Otro tanto puede afirmarse respecto a su opuesto simétrico, "Izquierda". De alguna manera, el mismo Évola nos ofrece los ejemplos pertinentes al caso:

     «...liberalismo y democracia fueron particular y precisamente considerados como corrientes de la subversión revolucionaria, más o menos como hoy el radicalismo, el marxismo y el comunismo».

     En efecto, el liberalismo capitalista, la Derecha político-económica actual, fue en su tiempo Izquierda. Cómo ha podido el liberalismo capitalista pasar de la Izquierda a la Derecha si su contenido "ideológico" no ha variado, es lo que tendría que preguntarse Évola si no fuera un cretino, pero no lo hace porque parte de una idea esencialista de Derecha totalmente divorciada de la realidad, tanto por lo que respecta al lenguaje como a la historia.


¿Para qué sirve un esquema metodológico de análisis?

     La solución a este enigma la encontró Jaume Farrerons ya en la época de ENSPO, y la expuso en Madrid en su conferencia "Nacional-Revolucionarios, ¿Una Alternativa de Izquierdas?" el 7 de Noviembre de 2008. Allí distinguió Farrerons tres niveles de discurso, a saber, valores (nivel filosófico o nivel A), ideología (nivel B) y programa político (nivel C). Citaremos textualmente sus propias palabras:

     «En efecto, lo primero que hay que distinguir en el proyecto NR y en la política en general son tres niveles del discurso o del texto (...). Esos tres niveles son el filosófico, el ideológico y el programático o político, que denominaremos niveles A, B y C. (...) La segunda pregunta que podemos hacernos tiene que ver con la determinación del nivel ideológico frente al filosófico y al programático. Un programa es un discurso o texto que propone medidas políticas concretas aplicables en un plazo relativamente breve de tiempo, que puede ir de los de 4 a los 10 años. En cambio, lo que a veces se ha denominado "programa máximo" sería en realidad el compendio o esquema de una ideología, que se basa en una concepción de la sociedad, del Estado y de la economía, y tiene vigencia para un largo período histórico, pero también fecha de caducidad. A mi juicio, mientras que un programa se renueva como poco cada década, una ideología tiene vigencia a lo sumo para un siglo, pero no más. En cambio, el nivel filosófico es intocable, porque define los principios, los valores, la concepción del hombre. Si se modifica ese nivel, cambia todo, el proyecto político X pasa a ser el proyecto político Y, es decir, otro distinto. No así en el caso de la ideología».

(http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2009/05/nacional-revolucionarios-una-opcion-de.html)

     (...) ¿Cuál era la conclusión de Farrerons? Veámoslo: considerando que Derecha e Izquierda no son conceptos ideológicos y mucho menos filosóficos, sino estratégicos y tácticos que designan una oposición respecto del poder y una relación con la inmensa mayoría de la nación, que cambian según el contexto histórico; considerando que, en la actualidad, en nuestra particularísima situación europea, los trabajadores son los principales perjudicados por la política de inmigración liberal, el programa político NR tiene que ser necesariamente de Izquierda o de lo contrario el discurso político (nivel C), el mensaje, no llegará a sus receptores naturales. Ser de Izquierda, cuando no en vano el sistema oligárquico identifica las fuerzas opuestas a la política liberal de inmigración con la extrema Derecha, implica el uso público del significante, no sólo del significado. Pues del significante se trata, en Évola, cuando intenta rescatar la palabra "Derecha" llenándola con un significado nuevo, de uso privado y particular. En cambio, el empleo de la palabra "Izquierda" es el común para aquellos ciudadanos perjudicados por las políticas oligárquicas. No es, en suma, "Izquierda", un signo inventado por Jaume Farrerons, como lo es "Derecha auténtica" en el caso de Évola; Izquierda significa para Farrerons lo mismo que para aquellos ciudadanos: la defensa de los intereses morales y materiales de los trabajadores.

     En Évola, "Derecha" no sólo se debate en el nivel B del discurso, o sea, en el plano de las concepciones del Estado, la economía o la sociedad, sino incluso en el nivel A, filosófico, metafísico... Tendríamos así una eterna axiología de Derecha y una eterna axiología de Izquierda, una determinación existencial de valores derechista y otra izquierdista (en suma: el bien y el mal). Pero todo esto no son más que malas elucubraciones modernas de un moderno que se quiere no-moderno, pues nadie en una sociedad tradicional pre-moderna habría pensado jamás en esos términos, proyectando hacia arriba una categoría poco menos que sociológico-electoral hasta erigirla en categoría religiosa. Eternizar la Derecha significa eternizar la Izquierda mientras se afirma, por otro lado, el carácter puramente epocal (moderno) de ambos signos lingüísticos. Évola nunca salió del círculo en el que se había encerrado él mismo debido a su patente incompetencia filosófica. Y lo peor: actuando de mala fe, Évola, con la ayuda de otros personajes, ha extraviado en este mar de confusiones a los nacional-revolucionarios europeos, quienes, en la crítica coyuntura actual y por culpa de los evolianos, se muestran incapaces de derribar las vallas del "corralito fascista" y establecer un contacto político normalizado con las masas populares de naciones ya agonizantes, menesterosas de un patriotismo social del que depende su supervivencia pura y simple.



PARTE 4


     En la entrada anterior hemos puesto en evidencia, al menos ante cualquier persona con una capacidad intelectual normal, la impostura de Julius Évola por lo que respecta al concepto de una "Derecha auténtica", y también las consecuencias políticas que se siguen de estos "errores ideológicos". Conviene no olvidar que, en Évola, más que simples estupideces, estas contradicciones y pueriles fraudes conceptuales son actos de mala fe con una finalidad destructiva en beneficio del atlantismo conservador. Pongamos ahora otro ejemplo de su obra más famosa, síntesis tardía del "discurso" evoliano, a saber, Cabalgar el Tigre, del año 1961 (edición española de Nuevo Arte Thor, Barcelona, 1987, pp. 12-13):

     «Todo parece indicar que es precisamente la situación que se desarrolla en el curso de estos últimos tiempos y que tiene su epicentro en la civilización y en la sociedad occidentales, la que se ha extendido rápidamente al mundo entero. El hecho de que la época actual se encuentra colocada bajo el signo zodiacal de Acuario podría encontrar, por otra parte, una interpretación normal, referida a las aguas, en las cuales todo permanece en estado fluído e informe».

     ¡Una interpretación normal! El uso de "normal" en la jerga de Évola no tiene desperdicio (op. cit., p. 6):

     «En otros libros, hemos intentado precisar cuáles eran estos valores y las categorías fundamentales e inmutables que constituyen la base de toda civilización, sociedad y organización de la existencia que se pueda calificar de normales, en el sentido superior de una significación rectora».

     El subrayado de la palabra "normales" es del propio Évola y, como puede comprobarse por el sentido de lo que Évola entiende por una "interpretación normal", se corresponde con lo que cualquier persona en su sano juicio calificaría justamente de anormal.

     Ahora ya sabemos a qué se refiere Évola cuando considera que en las "sociedades tradicionales" (que pueden ser la azteca, la china, la judía o la hindú), las cuales sírvenle de inspiración para su proyecto "político", la autoridad del Estado se fundamenta en una fuerza que viene "de lo alto". ¿Qué es este "de lo alto"? No hay que dejarse impresionar por el misterio; estamos en una sesión de tarot y este vendedor de elixires (charlatán de feria) nos toma el pelo. ¡Évola apela, sin enrojecer de vergüenza, a conceptos tales como los signos zodiacales y la "era de Acuario"! Cuando en la entrada anterior sostuvimos que el evolianismo se reduce a la decisión de convertirse voluntariamente en un idiota, de liquidar la propia inteligencia y racionalidad (única arma de que disponemos ante el tremendo poder material del sistema oligárquico), no es éste un insulto lanzado contra Évola al calor de la polémica ideológica: se trata de la realidad pura y simple, o sea, de una verdad acreditable con la simple lectura de unas pocas páginas de sus escritos. Confieso que, una vez llegado aquí, me cuesta seguir perdiendo el tiempo con semejantes "ensayos". Si lo hacemos, será forzados por el hecho de que otros lectores no parecen capaces de distinguir entre el pensamiento serio y la payasada de un impostor; habrá que ayudarles a despertar del sueño, de la intoxicación en la que les han sumergido los servicios de información policiales con el fin de anularlos políticamente para siempre.


El Irracionalismo Evoliano y la Corrosión Política Interna del Campo NR

     Preguntémonos, una vez más, qué tipo de programa político puede ser "fundamentado" por la "ideología" (¿?) evoliana. ¿Una concepción del Estado que apele al horóscopo? Sí, y al Yoga tántrico, la alquimia, el hermetismo esotérico, la cábala, el satanismo... ¿Alguien da más? Evidentemente, los nacional-revolucionarios honestos que caen en las redes del evolianismo atraídos por conceptos nietzscheanos como "autoridad", "tipo humano superior", "jerarquía" u otros, le están haciendo sin querer el juego al enemigo, porque cualquier periodista anti-fascista con una cultura media puede reducir a polvo cósmico un "discurso ideológico" (o de nivel B) que recurra a semejantes sandeces. El simple hecho de citar a Évola, de colocarlo entre los doctrinarios NR, es ya una victoria para nuestros adversarios políticos. Quedamos simplemente a merced de la ridiculización; el anti-fascismo puede tratarnos —con toda la razón del mundo— como ineptos, perturbados mentales y hasta peligrosísimos locos a los que sería suicida entregarles las palancas del poder público pues, evidentemente, con semejantes criterios irracionales de actuación, llevarían la ruina a cualquier país moderno e industrialmente desarrollado. Serían peores incluso, estos capitostes "alternativos" de pacotilla, que los incompetentes, corruptos y criminales que actualmente nos gobiernan. Yo nunca votaría por un evoliano.

     Cosa que no va a suceder, porque, precisamente, los evolianos trabajan, sépanlo o no, para que políticos tradicionales puedan seguir gobernando en Occidente con total tranquilidad.  En efecto, el objetivo de Évola, y de sus seguidores, no es otro que éste: empujar y encerrar a los NR en el rincón ultraderechista, liquidar la capacidad de razonamiento crítico de los militantes "fascistas", estigmatizar y esterilizar mentalmente a generaciones enteras de jóvenes patriotas, cretinizar hasta el mongolismo la capacidad de acción política de una virtual Oposición Nacional, pervertir los valores revolucionarios transmutándolos "mágicamente" en su contrario (la contrarrevolución "hermética", el fascismo chamánico) y, finalmente, usar de la carne de cañón "anti-comunista", así reciclada en forma de picadillo "espiritual", dondequiera que se luche contra los rojos, la Izquierda, el socialismo... o (ahora que se ha erigido un nuevo "eje del mal" para el complejo militar-industrial yanqui) contra el islamismo radical y el terrorismo de al-Qaeda fabricados —como coartada— por el propio fundamentalismo filo-sionista.

     Julius Évola no sería sólo, en definitiva, un autor que ha podido escribir ocasionalmente sobre la magia y el esoterismo: toda su producción está contaminada por el virus irracionalista, no hay en ella nada original (los aspectos "salvables" de sus escritos proceden, algo que está claro para cualquier licenciado en Filosofía, de Nietzsche, Heidegger, Kant, Hegel y otros filósofos o autores), y aquello que es característico de Évola se reduce al mismo hediondo montón de mierda pseudo-intelectual que podemos encontrar en cualquier revistilla sobre "temas misteriosos" del "más allá".


De la Destra Evoliana al Ultraderechismo Judío

     Por otra parte, ¿en qué sentido cabe pretender que las doctrinas de Évola tienen algo que ver con las sociedades tradicionales a las que apela? Aquello que Évola concibe y vende como "tradición" podría en principio proceder, como ya hemos sugerido, de cualquier "tradición" (= cultura pre-moderna, desde los pigmeos antropófagos a la Roma imperial). Pero es que además tiene Évola que seleccionar el material que le interesa entre esas tradiciones y postular una unidad de todas ellas que es una nueva versión del universalismo católico y, a la postre, liberal:

     «Más allá de la diversidad de sus formas históricas, el mundo de la Tradición se caracteriza por una identidad y una constancia esenciales» (op. cit., p. 6).

     Esta afirmación resulta simplemente insostenible (basta comparar las religiones egipcia y germánica antiguas), pero a tenor de que explota descaradamente la obscena tautología de un circulus in probando, Évola podrá desechar de las sociedades pre-modernas todos los elementos que él considere "no tradicionales" en nombre de un criterio postulatorio establecido a priori. Aquello que en principio se presenta, pues, como un factum al que debemos someternos, amputada toda capacidad crítico-racional, esconde en realidad una serie de decisiones que deben permitir poner en manos de Évola, a su capricho, la determinación de qué sea o no sea "tradicional". De alguna manera, el propio Évola reconoce cuál es la situación cuando reduce esto del "tradicionalismo" a un constructo que no se apoya en realidad alguna y que, llegando hasta las últimas consecuencias del apoliticismo inherente a la "filosofía del espía", aboca a sus seguidores al autismo de una pseudo-espiritualidad contemplativa de la pura existencia individual elevada a la categoría de absoluto:

     «Es positivo cortar todo lazo con lo que está destinado a desaparecer en más o menos breve plazo. El problema será entonces el mantener una dirección general sin apoyarse en ninguna forma dada o transmitida, comprendidas las del pasado, que son auténticamente tradicionales pero que pertenecen ya a la Historia. La continuidad no podrá ya ser mantenida más que, por así decirlo, sobre el plano existencial, o más precisamente, bajo la forma de una orientación íntima del ser que debería ir pareja con la mayor libertad individual de cara al exterior» (op. cit., p. 9).

     En suma, Évola, después de cegar a sus seguidores, que tienen prohibido usar de la racionalidad, la inteligencia y la crítica para "preguntar el porqué", los reconduce, con las orejeras puestas, a las fuentes del liberalismo, a saber, el "individuo", el "yo" y su consabida "libertad". Nada menos que un Individuo Absoluto, un ego auto-referencial "mágico", debe permitirnos "superar" el denostado "individualismo" moderno. Todo dispuesto, así, para que estos evolianos obedientes como ovejas se aferren a cualquier "autoridad" (militar, por supuesto) mínimamente sólida o "real" y vuelvan a encontrar calor, ya sea como mal menor, en la Derecha conservadora; poco importa que lo hagan desde la convicción de que vivimos en las postrimerías de la edad sombría y de que ningún sentido entraña ya la acción en el mundo. Este hombre despolitizado pero de Derecha —porque un derechismo hipostasiado, metafísico, irreductible, del significante, ayuno de contenido, será el único residuo semántico consistente que le quede entre las manos después de recorrer, hasta el mareo, los meandros del "tradicionalismo hermético"— configura el producto antropológico típico de la pedagogía "iniciática". Su destino es el que ya conocemos por la trayectoria de Gianfranco Fini. Ahora bien, hemos visto a Fini, dirigente de la destra misina educada por Évola, de rodillas pidiendo perdón y admitiendo en Israel que el fascismo encarnó "el mal absoluto". ¿Ha traicionado Fini la "ideología" della destra? No, la ha cumplido, pues la única tradición pre-moderna viva, y la más antigua (milenaria) que queda en Europa, es precisamente la judía. El camino coherente para el ultraderechismo europeo —católico, protestante o "tradicional"—, no puede así ser otro que aquel que, judeo-cristianismo mediante, desemboca en Sión —verdadero dueño del hemisferio occidental— para contribuír a su orquestada "lucha" contra el musulmán como antaño contribuyera a la cruzada anti-moscovita.



PARTE 5


     Mientras examinamos toda la documentación pertinente de y sobre Évola, nos hemos detenido y tomado un respiro para echar un vistazo a los "evolianos" más próximos al "caso MSR" que aquí nos ocupa. El año 2010 (la fecha no es casual, como veremos), Ediciones Nueva República, la casa regentada por el presidente del MSR, Juan Antonio Llopart, publicó oportunamente la  Introducción al Tradicionalismo de Julius Évola, de Ángel Fernández. Se supone que en las 95 páginas de texto (el resto son anexos antológicos) encontraremos un resumen de la doctrina evoliana que constituirá, también, una muestra del nivel teórico y sesgo político de los propios evolianos. No entraremos aquí en la cuestión de si la interpretación que los evolianos hacen de Evola es "correcta" o no. Se observa, bien es cierto, por ejemplo en la Biblioteca Evoliana, una sutil censura del período filosófico (1925-1930) de Evola, cuando éste publica libros que no ha habido interés en traducir al español, como la Teoría del Individuo Absoluto (1927) o la Fenomenología del Individuo Absoluto (1930). Sí ha sido traducido, en cambio, el Ensayo sobre el Idealismo Mágico (1925), cuyo título ya sabe a turrón. Estas obras, donde Évola no pretende hablar como "iniciado", sino en calidad de filósofo, ponen en evidencia, con toda su enorme vulnerabilidad, el núcleo de la ideología evoliana y su dependencia de determinados pensadores clásicos, a los que retuerce y exprime para llegar allí donde más le interesa llegar al señor barón, a saber: la negación de la muerte (su propia muerte, conviene añadir), aunque sea utilizando, a la postre, "métodos" (?) mágicos. Pero de esta cuestión nos ocuparemos en otra entrada.


Evola contra Salò o el Cautiverio Esotérico del MSR

     Antes de profundizar en una materia filosófica harto compleja que requiere el análisis previo de los mencionados escritos, entre otros, hemos intentado, en efecto, detectar en el libro introductorio de Ángel Fernández el reconocimiento de ese punto de ruptura con la inteligencia y la racionalidad que hace del evolianismo un absurdo político. Así, en los pasajes dedicados a la sociedad de castas que abiertamente defiende Fernández como alternativa a la modernidad, encontramos la siguiente caracterización de los shudras u obreros:

     «En último lugar, debemos hablar de los shudras que se podrían equiparar al obrero, ya que son aquellos que no dependen de sí mismos. Carecen de la capacidad intelectiva que les permita acceder a la trascendencia e ideales espirituales» (Fernández Fernández, Á., op. cit., pp. 48-49). (...)

     Ahora bien, si admitimos semejante discurso ideológico como "fundamento" de un programa político, las paradojas que se desencadenan no dejan de resultar risibles e inagotables, por decirlo suavemente. En primer lugar, en el esquema de castas, la casta de los comerciantes es superior a la de los obreros. Según Ángel Fernández por debajo de los kshatriya (guerreros) encontramos, en efecto, a los vaisiya (mercaderes):

     «Seguidamente tenemos a los kshatriya, que eran la casta de los guerreros y que buscan la realización espiritual a través de la acción pura, no materializada. En esta categoría entraría el propio Évola, como hemos visto con anterioridad. El mejor ejemplo de ese concepto de acción viene dado por las órdenes de caballería medievales. (...) Después tenemos a los vaisiya que son los que Évola denomina casta de mercaderes. Se encuentran al nivel de lo puramente material que ven como un objeto de ganancias. Aquí tenemos la esencia del espíritu burgués y su voluntad por convertirlo todo en negocio y lucro» (op. cit., p. 48).

     Fernández no explica por qué motivo se encontraría el burgués por encima del obrero (o campesino) y cómo se puede tener la desvergüenza de pretender, en tanto que de nacional-revolucionario, que los trabajadores, por una cuestión de "raza espiritual", es decir, no nos engañemos, de nacimiento, somos unos seres que "carecen de capacidad intelectiva que les permita acceder a la trascendencia e ideales espirituales".

     Por otro lado, que Juan Antonio Llopart, en su propio libro, se está refiriendo al kshatriya como paradigma  del militante social-republicano, es algo obvio por la misma caracterización del héroe en cuanto guerrero y de los valores por su "espiritualidad", a cuya carencia alude Fernández por lo que se refiere a los shudras u obreros. Véase Llopart:

     «Por otro lado, está otra concepción espiritual, aquella que rechaza la concepción materialista, tanto del materialismo dialéctico marxista como de la concepción materialista liberal, pero al mismo tiempo rechaza, en base a los Valores que asume y defiende, la espiritualidad proveniente de la fe religiosa: la ESPIRITUALIDAD DE LOS VALORES. En efecto, el NR cree en el héroe antes que en el santo, en quien vence en buena lid antes que en el mártir sumiso; antepone la fidelidad y el honor antes que la caridad y la resignación, considera la cobardía y el conformismo como un mal peor que el pecado; el NR no lucha por un Paraíso celestial pleno de igualdades y de felicidad, lucha por una concepción heroica del Hombre, por una espiritualidad de combate contra la moral del esclavo» (Llopart, J. A., ¿Qué Es Ser Nacional-Revolucionario?, 2010, p. 52).

     Sin embargo, la sociedad de castas es precisamente una sociedad de esclavos, y la teoría evoliana del guerrero no hay manera de hacerla encajar, a menos que se trate de un engaño para bobos, en la concepción de las dos "clases" —léase: la "clase del sistema" y la "clase revolucionaria"— proclamada por Llopart, pues según éste,

     «Cuando hablo de Clase Revolucionaria, hablo de todas aquellas personas cuyo afán no es otro que el de subvertir el actual orden capitalista globalizador apoyados en una escala de VALORES superiores, tales como la Verdad, la Solidaridad, la Fidelidad, el Honor... Una clase Revolucionaria que tiene el deber moral de unificar todos sus frentes e integrar en ella a todos los auténticos revolucionarios, expulsando todas las expresiones propias de la Clase del Sistema, en especial toda manifestación de materialismo» (Llopart, J. A., op. cit., p. 13).

     Y ahora nos preguntamos: ¿se les ha explicado a los miembros de la "clase" revolucionaria de procedencia obrera —shudras— que están luchando para subvertir el orden capitalista pero sólo a efectos de restablecer el orden pre-moderno del Antiguo Régimen en su versión más dura, a saber, la sociedad de castas hindú?. ¿Se les ha confesado o advertido a dichos camaradas que en ese nuevo sistema "tradicional" ellos serán considerados seres inferiores a los burgueses (vaisiyas) y, en fin, unos idiotas carentes de "capacidad intelectiva" y de toda dignidad espiritual?.

     En tercer lugar, la distribución de méritos resulta un tanto arbitraria. Así, Évola se sitúa a sí mismo entre la casta de los guerreros, cuando a lo largo de toda su vida no fue más que un rentista dedicado al yoga, el consumo de drogas y la ociosa redacción de libros, alguien que, adormeciendo su mala conciencia de intelectual corroído por el auto-odio, se paseaba bajo las bombas a fin de demostrar que no era lo que efectivamente era, sino un kshatriya védico del siglo XV antes de Cristo. Ahora bien, ¿quién decide aquello que le corresponde a cada cuál por lo que respecta al rango de la escala "tradicional"?: ¿el propio Évola?; ¿con qué autoridad?. ¿Por qué el patético Julius había de ser a priori "mejor", en cualquier sentido de la palabra,  que los profesores universitarios alemanes caídos por su país en el frente ruso, a quienes nunca se les hubiera ocurrido considerarse superiores a los trabajadores que, codo con codo, combatían a su lado luciendo el mismo uniforme?.

     En cuarto lugar, desde el esquema de "análisis" evoliano (por llamar de alguna manera a la "castiza" narración histórica de la decadencia progresiva), el enfrentamiento actual entre burgueses y trabajadores, que se corresponde aproximadamente con la oposición entre la "clase" sistémica y la "clase" revolucionaria de Llopart (es obvio que la mayoría de los oligarcas son burgueses y la mayoría de las víctimas de los oligarcas somos trabajadores), opondría una casta superior, los vaisiyas (burgueses), a una casta inferior, los shudras (trabajadores). En definitiva, no quedando ya más guerrero que Évola, y esto por designación propia, los nacional-revolucionarios evolianos deberían así apoyar a los burgueses como mal menor frente a la degradación "espiritual" que comportaría la toma del poder político por parte de los trabajadores. Esto es exactamente lo que creía hacer Évola al dar cobertura ideológica a la red Gladio, conspirando conscientemente para el atlantismo conservador frente al totalitarismo comunista. A evitar que los nacional-revolucionarios de la República Social Italiana (Salò) incurrieran en tentaciones obreristas dedicó toda su vida el canallesco y prepotente barón siciliano. (...)

     Évola, que ya en los años '20 consideraba al fascismo una cosa demasiado izquierdista, contempló el tardío intento mussoliniano de recuperar las esencias del fascismo de 1919 como una amenaza para su concepción reaccionaria del mundo. (...) Lo único que admiraba Évola del fascismo era... ¡su pestilente contubernio con la monarquía! Al rey le asignaba Évola (suponemos que en estado de delirio) la función de autoridad que veía erosionada en el mundo moderno. Pero precisamente Salò significa la ruptura republicana en que el Duce ya no encarnará una mera figura secundaria subordinada al monarca. (...)

     Dorada ociosidad del terrateniente Julius Évola. Entre un evoliano y un falangista católico, incluso un franquista (que ya ni siquiera es falangista, como sabemos), hay que quedarse con el católico. Por muy reaccionario que éste sea, siempre sentirá mayor respeto y empatía  por la Stimmung "fascista" (= izquierdista nacional) que un aristócrata repulsivo con monóculo, empeñado en trasplantar el régimen de castas de la India a Europa. Pues no nos engañemos sobre la "agenda social de Évola"; trátase, efectivamente, de restablecer la esclavitud en el solar histórico donde surgiera el socialismo como imperativo de dignidad humana del pueblo de la nación. Superar el franquismo para caer en el evolianismo es, por tanto, como curarse de una gripe letal sólo para pillar la tuberculosis crónica degenerativa.

     Valga lo dicho hasta aquí sólo como aperitivo político de la caracterización que los propios evolianos hacen de la obra de Évola, porque sólo por sus efectos políticos sobre el campo NR nos ocupamos del escritor italiano. Si dichos efectos, que por cierto son perversos, no se detectaran con pesar, tampoco perderíamos el tiempo en semejante bodrio, Julius Évola, cuyo valor filosófico es nulo y, a diferencia del filósofo y militante nacionalsocialista Martin Heidegger, carece de toda relevancia en el panorama mundial del pensamiento. Volvamos pues a Ángel Fernández y su ensayo introductorio. Nuestra intención es ir derecho al corazón mismo del evolianismo interpretado por los propios evolianos. Ya veremos en otras entradas hasta qué punto, si fuera el caso, se equivocan los evolianos incluso en la exégesis de su risible magister.


La Esencia del Evolianismo según Ángel Fernández

     En la página 38 del libro del Sr. Fernández nos topamos, pasmados, con la siguiente afirmación del autor:

     «En los remotos comienzos de la Humanidad se vivía en una sede ártica primordial donde los hombres, de naturaleza celeste, disfrutaban de los mismos privilegios de los dioses».

     No vamos a mofarnos cruelmente, aunque podríamos hacerlo, de este "enunciado". Nos limitaremos a emplearlo como hilo conductor para distinguir aquellas ideologías que pueden fundamentar un programa político en tanto que ostentan una legítima pretensión de validez, de aquellas otras que pertenecen al mundo de las sectas, la religión, la literatura, las opiniones personales u otros ámbitos de lenguaje. Por este camino alcanzaremos el meollo del evolianismo eludiendo el fárrago selvático de su prolífica literatura. El presente enfoque puede asimismo concebirse como una guía de lectura crítica del aristócrata italiano, sin olvidar que Évola fue, en primer lugar, un anti-fascista (y de la peor especie), de manera que entra de lleno en los intereses de nuestra bitácora (blog).

     Entendemos, para empezar, que el Sr. Fernández, si la doctrina evoliana ha de ser vinculante en orden a una acción política, está haciendo con la frase citada una afirmación de hechos. Para que nos entendamos, una afirmación de hechos es algo tan simple como decir: "en esta silla está sentado Ernesto Milá". Si pretendemos que esto es verdad, la forma de acreditar la validez del enunciado consiste en constatar que, efectivamente, Ernesto Milá está sentado en la silla. Dicha operación puede resultar mucho más complicada de lo que parece a primera vista, y en el ámbito de la criminología se utiliza incluso la dactiloscopia para identificar a las personas, pues quien está ahí sentado podría ser alguien muy parecido a Milá, pero no el mago iniciado Ernesto Milá Rodríguez. En el caso de hechos históricos, la verificación realízase mediante métodos de documentación, química, arqueología... La física puede requerir instrumentos complejísimos de alta tecnología, etcétera. En cualquier caso, una afirmación de hechos ha de poder verificarse, sobre todo si contradice todo lo que sabemos en relación con algún tema. Cuando afirmamos que París es la capital de Francia, resultará fácil aceptar esa pretensión; y nadie "comprueba" todo lo que "sabe". No así si la frase del ejemplo se modifica de la siguiente manera: "en esta silla está sentado el kshatriya Ernesto Milá". Habría que acreditar otro hecho previamente, a saber, que Ernesto Milá es un kshatriya. Desde luego, si la condición de kshatriya se establece de la siguiente manera: "es un kshatriya todo aquel que sostenga serlo", como ocurre con los seguidores del Barça o los amantes de la cerveza, entonces no habrá problema teórico. Pero si el carácter de kshatriya otorga algún derecho, un efecto real en el mundo social, la cosa cambia. En una postulación a una plaza de funcionario público, la condición de licenciado universitario puede ser requisito necesario de participación, y entonces habrá que acreditar la existencia del título que garantiza la posesión de determinados conocimientos. Évola se consideraba a sí mismo un "guerrero", miembro de una casta superior y, en consecuencia, "mejor" que otras personas, pero esta pretensión carece de todo fundamento; su validez es la misma que la condición de "pueblo elegido" de los judíos —léase: ninguna validez— por mucho que los interesados se otorguen inmediatamente a sí mismos ciertas presuntas prerrogativas cuyo disfrute explica la obscena impostura.

     En el evolianismo nos encontramos con el siguiente criterio de validación de los enunciados doctrinales: son válidos aquellos enunciados que hayan sido emitidos por un iniciado. La condición de iniciado, empero, no es verificable como algo relevante, sino un rasgo descriptivo del mismo tipo que la de seguidor del Barça o de amante de la cerveza. No obstante lo cual, dicha condición otorgaría supuestos derechos, pues, según los evolianos, sólo los enunciados con pretensiones de validez proferidos por un iniciado son válidos, o sea verdaderos, y así lo mantienen los propios interesados, por motivos obvios que no se le escapan a nadie. Tales "verdades" ostentan el mismo valor teórico que, en un supuesto, la siguiente: "Ernesto Milá afirma que sólo los enunciados con pretensiones de validez proferidos por el propio Ernesto Milá son válidos y todo el resto, sin excepción, falsos". Hay "doctrinas" que no pertenecen al ámbito del pensamiento, sino de la picaresca. Y, en el fondo, ésta es la "teoría" evoliana del Individuo Absoluto. Pero la evidencia de que semejante "teoría" no se sostiene es que existen muchos individuos, de manera que ninguno de ellos puede ser absoluto, sino relativo a "los otros", a menos de hallarse el sujeto bajo los efectos del autismo o de un delirio, un brote esquizofrénico, acceso de mitomanía aguda, drogas, etcétera. El mismísimo Évola, a pesar de sus mágicos intentos de auto-divinización, está muerto, y hoy es sólo un residuo material cuya existencia insoslayable refuta de facto cualquier cosa que haya escrito en sus lamentables libros. Las consecuencias lógicas del criterio evoliano de validez resultan, pues, fulminantes y radicalmente destructivas. De ahí que pueda haber, si aceptamos la locura del Individuo Absoluto (= iniciado, mago, chamán)  tantos enunciados válidos como sujetos profirientes, y no hay forma de verificar si el enunciado válido es A o su contrario, no-A. Cada individuo preténdese absoluto y con ello se precipita en el "individualismo" y el "relativismo" que afirmaba querer combatir. La esencia de la crisis axiológica del mundo liberal no es otra que ésta. Pero los evolianos aspiran a superarla destruyendo de raíz toda racionalidad, toda fundamentación objetiva que pueda generar un discurso susceptible de ser asumido por su validez y no "porque lo dice X, que dice que sólo lo que él dice es la verdad". La afirmación de hechos emitida por Ángel Fernández, además de ridícula, pertenece al tipo de enunciados y situaciones teóricas de colapso o crisis en el ámbito de las ideas morales, políticas y sociales característico de la modernidad nihilista. Para ser más exactos, resume la consumación del nihilismo en la autodestrucción de la razón y el retorno a estadios pre-civilizatorios de sociedad (chamanismo). Los evolianos liquidarían Europa en muy poco tiempo si dispusieran de los medios para aplicar su "programa" o un simple plan que fuera "coherente" con las majaderías del barón siciliano.

     En efecto, lo expuesto por Fernández tiene el mismo valor doctrinal que si alguien propusiera lo siguiente: "en el centro de la galaxia flota un cucurucho congelado que le hacía de gorro de dormir al creador del universo". No se trata de una afirmación de hecho que no se haya confirmado pero quizá algún día pueda confirmarse, sino de un enunciado fáctico que, por principio, es inverificable, o sea, que lo será siempre. Ejemplo paradigmático de este género de enunciados: "hay vida después de la muerte o en el más allá el paraíso de las huríes". Otro: "Dios creó el mundo de la nada, hízose hombre, fue crucificado para expiar nuestros pecados y nos ama apasionadamente a pesar de nuestras culpas"... Podemos inventarnos de éstos tantos cuantos queramos, podemos creérnoslos por un acto de fe o porque es nuestra "respetable" opinión de "irrepetibles" y sacrosantos individuos (cada persona es un mundo, bla, bla, bla), pero no son enunciados vinculantes porque carecen de cualquier criterio de convalidación racional.

     Tampoco forman parte, este tipo de "enunciados", de las producciones lingüísticas de la literatura, que no apelan a referentes reales, sino a un valor meramente estético y, por así decirlo, autorreferencial del signo. En ese concepto "poético" se podría alojar la conocida obra de Miguel Serrano.

     Sólo existe un tipo de afirmaciones de hecho en que la frase publicada por el Sr. Fernández pueda, en cambio, ubicarse, a saber, el de la religión y, más en concreto, el del sectarismo. Pues las religiones se basan en afirmaciones de hecho, como la resurrección de Cristo o la creación divina ex nihilo del mundo, que en la mayor parte de los ocasiones, si no en todas, no pueden ser objeto de desempeño, es decir, de fiscalización en cuanto a su validez frente a la ocurrencia contraria o, en general, frente a cualquier mensaje enunciativo que le apetezca producir a un hablante. En el caso de las sectas, estamos ante afirmaciones de hecho cuya validez depende, como ya hemos apuntado, de su proferencia por parte del jefe —un iniciado— pero que nadie podrá nunca legitimar. Sin que, pese a ello, el seguidor sectario se haya molestado en reflexionar ni cinco segundos sobre cómo se acredita la condición de iniciado, cosa nada baladí, pues ésta comporta poco menos que una suerte de "exclusiva epistemológica" en la emisión de enunciados verdaderos. Las afirmaciones mágicas —que de eso se trata— son aceptadas normalmente por los adeptos porque les confieren alguna ventaja, aunque sea puramente ilusoria, subjetiva, o por motivos estéticos, o ambas cosas a la vez: los correligionarios del "iniciado" se consideran kshatriyas, seres superiores a los demás vecinos del barrio marginal, miembros de una raza divina o elegidos para la salvación... Todo lo cual entraña, como parece, una serie de beneficios psicológicos, pero del mismo orden que el consumo de drogas, el sexo "materialista" o el abuso del alcohol... Ninguno de los miembros de la secta ha verificado nunca la validez de aquello que pretende el iniciado, simplemente "les gusta" y "les conviene" adherirse al dogma de turno. Y ahí termina la cosa. La idea que no ha entrado en la mente por la vía de la razón, los hechos comprobados o cualquier otro canal regular de control institucionalizado (ciencia positiva, lógica, matemática, fenomenología, etc.), tampoco saldrá de ella como resultado de una crítica o argumentación, por muy aguda que ésta sea. Nadie ha podido, en suma, "acreditar" que en sus orígenes la Humanidad estuviera formada por seres divinos acomodados en una sede ártica, y cabe preguntarse cómo habría obtenido Évola semejante "información" si Dios mismo no se la hubiera comunicado utilizando canales místicos. Ahora bien, ¿qué evoliano le pidió cuentas a Evola? Forma parte del funcionamiento de la organización sectaria que el mérito del seguidor consista en aceptar ciegamente aquello que le inculquen los cabecillas, jamás en su capacidad intelectual o conocimientos reales. El iniciado, el capitoste, sabe que no tiene que demostrar nada; y sabe también que la sumisión de sus "discípulos" se debe a las compensaciones ficticias, puramente hedonistas, con las que este vendedor de aire jugará, usando de una astuta habilidad sacerdotal manipuladora tan vieja como la Humanidad.


Las Contradicciones Internas del Discurso Evoliano

     Hasta aquí, dirán los lectores, nada nuevo. Pero lo cierto es que sí existen vías para "argumentar" contra determinadas construcciones doctrinales sectarias, irracionalistas, como las de Évola, cuando se parte del supuesto de que estamos actuando en una organización política. Siendo así que las ideologías de las organizaciones políticas tienen como finalidad convencer a los ciudadanos de la racionalidad, eficiencia o fundamentación de un programa político. En consecuencia, una ideología sectaria no podrá fundamentar nunca un programa político, porque apela a la fe y sólo convence a quienes ya estaban convencidos, es decir, no respeta las normas básicas de la prueba y el razonamiento. Si mañana se presenta un conferenciante del MSR en una universidad para explicar cuáles son los fundamentos de su programa político, no podrá apelar honestamente a Évola. Resultaría indecente explicarle a la gente que son shudras idiotas, que se los va a someter a una sociedad de castas, que el principio de racionalidad y fundamentación es concausa de la decadencia del mundo, y añadir a renglón seguido los motivos (¿racionales?) de esta pretensión evitando incurrir en flagrante contradicción e insulto a la inteligencia del auditorio. Los irracionalismos son así: degradantes. Tampoco podrá sostener el ponente, ante personas digamos normales, que la ideología del MSR es válida porque la elaboró un "iniciado", ni mucho menos que en los orígenes de la Humanidad existían unos seres divinos (de los que desciende Évola) o mamarrachada similar, sin desencadenar la hilaridad general e incluso la indignación del público asistente. Sólo existe una situación concebible en que los estudiantes y profesores de una universidad admitirían el discurso evoliano como una cadena de enunciados válidos, a saber, que el respetable esté ya formado por evolianos académicos, o sea, un círculo cuadrado. Pero nadie apoyará al MSR por las "argumentaciones" (¿cuáles?) que un evoliano pueda "exponer", de suerte que, en todo caso, el evolianismo es políticamente inútil, cuando no totalmente perjudicial para la credibilidad de una organización política seria.

     Una segunda vía para refutar el evolianismo es reclamar algún tipo de evidencia, por ínfima que sea, de los poderes mágicos o paranormales en que supuestamente se acreditaría la realidad de la iniciación de quien considérase superior al resto de los mortales. Pero que yo sepa, ninguno de estos chamanes ha demostrado jamás mediante hechos la mayor eficacia de la magia frente a la tecnología de procedencia racional. Todas las sociedades tradicionales han sido derrotadas por las sociedades modernas. La razón vence a la tradición una y otra vez, dondequiera que ambas entidades se encuentren. La trascendencia es tan... trascendente (= más allá, en la acepción evoliana), que simplemente no se la capta por ningún lado, no "es". La India, con centenares de millones de habitantes, fue conquistada por un par de regimientos británicos y ningún kshatriya se mostró capaz de impedir la conversión del entero subcontinente en una colonia de la comparativamente pequeñísima Inglaterra. Los magos no han podido evitar tampoco, usando de sus "poderes sobrenaturales", el triunfo de los políticos materialistas. Évola podía haber acreditado su iniciación mágica derribando los bombarderos anglo-estadounidenses que arrasaban Alemania en 1945, pero las ruinas atestiguan su tántrica impericia. Ni un millón de magos practicando aquellos patéticos ritos y "técnicas" cretinescas hubiera impedido la masacre de Dresden: para ello hacían falta cosas tan triviales, tan "materiales" e inmanentes, como combustible, cazas y pilotos adiestrados con suficiente margen de tiempo, cañones antiaéreos, códigos matemáticos de comunicación indescifrables, radares... Por nuestra parte, todavía seguimos esperando a que el mago Milá nos incinere con su rayo verde. Se lo hemos rogado encarecidamente, pues al perecer de esta manera volveríamos a creer en Dios y nuestro fallecimiento coincidiría con la salvación de nuestra desafecta alma... La simple constatación omisiva de hechos exigibles e inherentes a la definición misma de lo tradicional pone en evidencia que las doctrinas evolianas, basadas en el yoga tántrico, la cábala, el esoterismo, la alquimia, etcétera, son un fraude desde todos los puntos de vista a los que quepa apelar: la contrastación objetiva fáctica, la función organizativa y los efectos políticos. La impotencia e inutilidad de las supuestas ciencias herméticas plasmada en una realidad histórica que todos nosotros, si no somos imbéciles, podemos constatar cada día, debería ser determinante a la hora de decidir si debemos, o no, convertirnos en "evolianos".

     Pero existe un tercer y último criterio para confutar, sin tener que apelar a los hechos (efectos políticos o históricos e ineficiencia real de las disciplinas mágicas), la pseudo-doctrina evoliana: las contradicciones lógicas internas, apabullantes, del discurso producido por los evolianos (ya haremos traslado del método al propio Évola, de momento nos limitaremos al ensayo de Ángel Fernández). Quede claro que no aceptamos ninguna de las "afirmaciones de hecho" que vamos a barajar aquí, pero ahora ya no nos referiremos a su falta de fundamentación, a su carácter fraudulento, sino a la incongruencia lógica que opone unas afirmaciones de hecho (evolianas) contra otras invenciones de la misma calaña (o sea, también evolianas). La crítica inmanente, interna, del evolianismo, es el método que utiliza la Filosofía a efectos de "desconstruír" los mitos. Las afirmaciones de hecho en cuanto tales se las dejamos a la historiografía y la antropología, aunque no renunciaremos, más adelante, a hacer algunas observaciones críticas sobre determinados aspectos del relato histórico evoliano, repleto de abusos, engaños y manipulaciones que sólo a un niño, a un analfabeto o a un sectario, le podrían pasar inadvertidas.

     La esencia filosófica del evolianismo la resume el Sr. Fernández en una frase platónica que no deja lugar a dudas sobre cuál es el referente último de esta "doctrina":

     «Dentro del mundo de la Tradición hay un principio esencial que marca una frontera muy clara con los tiempos actuales. Se trata de la idea de lo que permanece frente a lo que deviene, de lo real frente a lo que es pura ilusión. Con esto queremos decir que los valores que forman parte del ámbito tradicional son eternos e invariables. Pues aquello que permanece en el tiempo y en el espacio adquiere el verdadero significado de lo real. (...) La Tradición no depende de las contingencias que los hechos humanos puedan provocar, y ahí reside su poder intemporal y superior» (Fernández Fernández, Á., op. cit., p. 37).

     Platón otra vez. Y en estado químicamente puro. De manera que Évola responde a la crítica nietzscheana del platonismo rehabilitando, aunque sin explicar cómo, al filósofo ateniense, que es como darle la razón a Galileo para concluír en que, pese a todo, Ptolomeo estaba en lo cierto. Curiosamente, constatamos que todas las sociedades tradicionales, excepto la judía, han desaparecido de Europa, y que en el resto del mundo puede hablarse de supervivencia de la tradición hindú, pero desde luego no de "poder intemporal y superior" de esta cultura tradicional. En cualquier caso, los valores del evolianismo son la estabilidad, aquello que no cambia, aquello que no deviene, perece y muere. La Tradición (¡siempre según Évola!) sería precisamente el tipo de sociedad que cree en dicha inmutabilidad y eternidad, pero, insistamos en ello, de sociedad tradicional... ¡ya no queda ninguna!.

     «Pues aquello que permanece en el tiempo y en el espacio adquiere el verdadero significado de lo real».

     Pero estamos hablando precisamente de aquello que, por lo que respecta al tiempo y el espacio, no "permanece": estas sociedades y tradiciones y principios finiquitados por la Historia. ¿O nos toma el pelo el Sr. Fernández? Eran eternas, las Tradiciones, dice, pero, hay que recordárselo, murieron, como falleció el propio Évola cuando le llegó su hora. Luego no eran eternas. El poder "intemporal" se dobló ante el poder del tiempo; las sempiternas e inmortales instituciones perecieron: el poder de la muerte triunfó sobre las fantasías de inmovilidad egipcia (que no aria). Desde el punto de vista existencial, la Tradición (evoliana: nada que ver con la realidad) se expresaría como el conjunto de creencias individuales de quienes se consideran tradicionalistas en este sentido: la finitud y la muerte, rasgos característicos del mundo natural tal como lo conocemos por la experiencia, inquietan al evoliano como inquietaron siglos atrás al filósofo platónico. Frente a este cosmos natural finito, erígese el "mundo de las ideas", presuntamente imperecedero al que el alma del Hombre emigrará (véanse las sectas órficas y pitagóricas griegas de procedencia egipcia) después de la desaparición del "cuerpo físico".

     El discurso evoliano se mueve, de manera peligrosamente inestable y contradictoria, en este doble nivel: las sociedades tradicionales (supuestamente eternas, pero actualmente extintas) y la fe subjetiva, individual, existencial, en los valores de dichas sociedades desaparecidas. La Tradición (para Évola) encarnó en su tiempo, como sociedad, los valores que en la actualidad el hombre evoliano, superviviente en un mundo tradicional ruinoso, porta ya sólo en el interior de su alma. Hubo así un tiempo en que esos valores no eran sólo creencias subjetivas de los evolianos, sino realidades históricas. ¡La Atlántida! (o sea, nunca). Con ello volvemos a la frase inicial de Ángel Fernández citada más arriba sobre la Humanidad originaria, la sede ártica, la naturaleza celeste de los hombres-dioses, etcétera. La característica fundamental de tal sociedad imaginaria sería la ausencia de contradicciones, la "perfección" absoluta:

     «Uno de los principios básicos de todo orden Tradicional es que no existe la contradicción. Toda la estructura Tradicional está dotada de un principio de equilibrio orgánico que hace funcionar a las distintas partes sin oposiciones. La Tradición es la ausencia total de conflictos, es el estado ideal de la Humanidad» (op. cit., p. 41).

     No obstante, el reducto ártico y, al fin, el entero mundo tradicional, han terminado desmoronándose, diluyéndose en el devenir, y uno se pregunta cómo pudo ser posible. ¿De qué manera se pasó, en efecto, de la "ausencia total de conflictos" al panorama que contemplamos en la actualidad? Fernández nos lo explica:

     «En los remotos comienzos de la Humanidad se vivía en una sede ártica primordial donde los hombres, de naturaleza celeste, disfrutaban de los mismos privilegios de los dioses. Con el paso del tiempo y una serie de catástrofes naturales y cambios climáticos se produjeron movimientos de población» (op. cit., p. 38).

     Ahora bien, si los hombres primordiales eran de "naturaleza celeste" y disfrutaban de los mismos privilegios que los dioses, ¿cómo podían verse afectados "por el paso del tiempo" y por trivialidades tales como la meteorología?. ¿No implica esta afirmación de hechos la introducción del devenir en la sociedad de los valores estáticos, permanentes, eternos?. ¿No comportan las catástrofes naturales la existencia de un conflicto entre dicha "sociedad perfecta" y, como poco, su entorno natural? Y los "movimientos de población", ¿cómo casan con la pétrea inmutabilidad del origen? En suma, la "teoría" evoliana no puede explicar el paso del Ser al Devenir, la caída desde lo excelso del paraíso al tormentoso mundo de la finitud, la decadencia y la muerte. Apelar a cambios climáticos suena a cuento pueril y, desde luego, no resuelve el problema metafísico planteado. Para salir del apuro, tendrá que apelar Évola a la lucha entre dos polos, dos principios, el solar, ario-viril, y el lunar, semítico-femenino:

     «Es la historia de un descenso, de un equilibrio que se va oscureciendo, frente al avance del principio opuesto: la vía polar, el polo femenino y activo [sic] de la existencia» (op. cit., 39).

     Con ello hemos pasado, por arte de birlibirloque, de una concepción metafísica monista, unitaria, estática y pacífica a otra muy distinta, dualista, móvil, temporaria y conflictiva. Mas hay que elegir entre la una y la otra. La evidencia de los fenómenos ha forzado a Évola a conceder la lucha y el conflicto (un dato procedente de la denostada realidad natural) en su fantasía faraónica de la estabilidad eterna. Évola ha tenido que asomar la cabeza de la pirámide para luchar contra los hicsos que invaden el Imperio. ¿Podía ser de otra manera? Pero si es así, entonces la trascendencia, definida en los términos metafísicos platónicos arriba citados, debe ser rechazada. La existencia de dos polos en conflicto no es un dato casual, sino la única forma de explicar "lo que ha sucedido", aquello que aparece o se muestra en su patencia ante todos nosotros: la realidad del dolor, la VERDAD DE LA FINITUD. Los polos y el conflicto mismo elévanse así a rango metafísico. Ahora bien, una vez introducido el movimiento en el plano paralelo y eterno de la estabilidad, o sea, de la famosa "trascendencia", ésta deviene superflua. Su función era evitar el cambio, legitimar la inmortalidad, pero sólo puede explicar el devenir aceptando un principio metafísico de destrucción, aunque dicho principio sea acusado de todos los males y tildado de semita, femenino, lunar, etc... La nada ha sido, en definitiva, elevada también velis nolis a rango trascendente.

     Pero Ángel Fernández Fernández no parece percibir intelectualmente estas contradicciones. Una asombrosa carencia de sentido crítico atraviesa su texto sobre Évola, hasta extremos que no dudo en calificar de penosos. Así, admite:

     «Como hemos visto en la introducción que nos ha precedido, la idea de unidad que primaba en el mundo primordial ha sido rota. A partir de este momento, y a medida que nos alejamos del punto de referencia inicial, el mundo se debate entre dos polos opuestos: el viril o nórdico-solar frente al femenino o meridional y lunar» (op. cit., p. 41).

     Fernández sigue sin explicar cómo la omnipotencia de la unidad primordial ha podido ser "rota". Dicha ruptura comporta la humillación total del principio mismo, siendo así que se ha caracterizado el mundo tradicional como sociedad sin conflictos, y una vez aceptada la realidad de la fisura, de la escisión entre dos polos opuestos y en lucha, la historia que viene a continuación afecta a sociedades que ya no son tradicionales, a sociedades conflictivas, a sociedades sujetas a movimiento y crisis donde los aristócratas serán colgados o guillotinados como se merecen. Pero además, el principio femenino, meridional o lunar no deja de mostrarse más fuerte que su contrario. Pudo, este perverso agente, introducir la división de la unidad cuando la sociedad solar se encontraba en pleno apogeo e indemne. ¿Cómo no va a vencerla cuando ha roto su cohesión originaria, cuando esa sociedad ya ha perdido su rasgo característico y definidor, fuente de su alabada potencia (que quedó en poca cosa), a saber, la ausencia de conflicto, de devenir, de cambio, decadencia, muerte...? Fernández Fernández nada dice al respecto. Su mente no responde a los lógicos estímulos inmanentes de la crítica, o lo hace en muy pocas ocasiones. Éstos son los evolianos que podemos esperar encontrarnos como representantes intelectuales de la Tradición. Cualquier periodista de tres al cuarto se los come vivos.

     Pero las contradicciones del discurso evoliano no terminan aquí. Al parecer, cuando la sede ártica desapareció y los pueblos arios se dispersaron, el modelo original más fiel al recuerdo de la celestial ciudad caída fue la sociedad de castas hindú:

     «La casta nos aparece como el vértice de la idea social en el pensamiento de Évola. (...)  La casta tenía su modelo paradigmático en la sociedad de castas hindú, aunque existen otros ejemplos en la estructura trifuncional del medievo. No obstante el ejemplo más ortodoxo  de esta forma de organización social lo encontramos en la India» (op. cit., pp. 47-48).

     Ya conocemos en este mismo post el sistema de castas hindú, que debería funcionar como paradigma ideológico del programa político del MSR si su ideólogo fuera, como parece serlo oficiosamente, Julius Évola. Sabemos que la sociedad de castas hindú coloca en la cima a los brahmanes. Hemos de suponer, por tanto, que éstos encarnan, en la actualidad, los valores de la originaria sociedad tradicional atlante con mayor fidelidad que cualquier otra tradición superviviente (el racismo y anti-semitismo de Évola excluyen de la "trascendencia" las tradiciones judía, china, japonesa, así como todas aquellas que procedan de la raza negra). Fernández caracteriza la figura del brahmán:

     «La pirámide social partía de los brahmanes como ejemplo de poder metafísico en estado puro. Es el polo contemplativo de la existencia. Está más desvinculado que ninguna otra casta. Se podría decir que vive con cierta desconfianza los hechos del mundo contingente. Su valor más positivo es el conocimiento objetivo que la vincula a la vía esotérica e iniciática. Ello conlleva una visión más nítida y veraz de la realidad frente al caos» (op. cit., p. 48).

     Sin embargo, contradictoriamente, en página 52 de su ensayo, Fernández explica que Évola se identificaba con los kshatriyas, la segunda casta, subordinada a la superior de los brahmanes.  ¿Por qué no comulgó con el "poder metafísico en estado puro"? Pues la siguiente, sin pestañear, es la respuesta de Fernández:

     «Dentro del régimen de castas hemos visto que Évola se encuentra plenamente identificado con el espíritu del guerrero, del kshatriya. En este sentido el guerrero tiene una forma distinta de experimentar el hecho de lo espiritual respecto al brahmán. De hecho Évola encuentra en el espíritu sacerdotal el polo femenino y lunar de la existencia» (op. cit., p. 52).

     El señor Fernández acaba de poner en evidencia la total inconsistencia lógica interna de un relato o fábula que ya se mostró carente de fundamento objetivo (real) alguno. Simplemente, las afirmaciones de hecho, absurdas, inventadas, arbitrarias e inverificables todas ellas, se desmienten además las unas a las otras cuando intentamos encajarlas. En efecto, más arriba había sostenido Fernández que el polo femenino y lunar era el causante de la decadencia del mundo primordial. Pero ahora resulta que la institución cuya estructura refleja con mayor fidelidad la sede ártica de los dioses, a saber, la sociedad de castas hindú, erigió como casta superior a unos sacerdotes que encarnaban, precisamente, el polo conflictivo (femenino, lunar) que habría roto la unidad compacta del orden de la Tradición. Llegados a este punto, dejamos al lector que saque sus propias conclusiones sobre la "capacidad intelectiva" de unos evolianos que acusan a los shudras, es decir, a los trabajadores, de carecer de ella. Constátese no obstante que un pobre trabajador, un miserable paria incluso, el autor de estas líneas, ha vuelto a allanar el divino intelecto de los superiores atlantes, cuya pericia filosófica deja mucho que desear. No será la primera vez, pero tampoco la última, que bombardeemos lo poco que queda de la "sede ártica" en esta bitácora. Por el bien del nacionalismo revolucionario y de la supervivencia de Europa, ¡expulsemos a estos egipcios disfrazados de nuestras filas!.



PARTE 6


     «Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado.
     Yo amo a quienes, para hundirse en su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas, sino que se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del superhombre» (Friedrich Nietzche).


     El destino del fascismo español. Primer giro a la derecha: José Antonio; segundo giro a la derecha: Franco; tercer giro a la derecha: Évola. Hoy ya no sabemos en qué consiste eso de "ser" nacional-revolucionario. ¡Por supuesto que no, pero semejante bochorno tampoco debería extrañarnos tanto! Se han borrado las huellas de los orígenes izquierdistas del fascismo, y algunos de los que protestan por el misterio NR (tan profundo como la pregunta que interroga por el Ser en Heidegger) han provocado malévolamente la confusión que denuncian trabajando a sueldo del enemigo. Ni siquiera los "líderes" de los partidos presuntamente "nacional-revolucionarios" conocen en realidad su propia ideología, aunque quieran aparentar lo contrario a base de fraudes, usurpaciones, plagios y frasecitas ambiguas que, a la postre, los delatan como los "fascistas" empetrecidos que siempre fueron. Tiene razón Évola cuando sostiene que la doctrina nacional-revolucionaria entraña unos supuestos axiológicos (valores) y metafísicos. Pero, ¿cuáles? El proyecto NR no es, en efecto, sólo un programa político, ni siquiera una ideología relativa al Estado, la economía y la sociedad, al menos no únicamente. El "fascismo" implica, en primerísimo lugar, unas opciones existenciales básicas, sin las cuales "no se entiende" la cosa. Todas las doctrinas y programas políticos nacional-revolucionarios fueron concebidos como meros instrumentos contingentes para conquistar el predominio histórico-social de los valores que sustentaban dichas decisiones antropológicas radicales.

     De ahí que el nacionalismo revolucionario "fascista" entrañe una "concepción del hombre" conducente a un "nuevo hombre", a un "ultra-hombre" (Übermensch): "especie" física y espiritualmente más desarrollada y civilizada que la humana (por ende: que cualesquiera de las razas o etnias conocidas), apelando el "fascismo", con este fin, al proceso evolutivo, genético, biológico, descubierto por Darwin, en calidad de antecedente empírico objetivamente verificable de los conceptos de "obsolescencia vital" (= extinción) y de "superación vital" (= potencial adaptativo). En otros términos: la evolución biológica deviene autoconsciente. Y es esa concretísima "conciencia cultural" —acontencida en el seno de la Izquierda— aquello que, de puro terror "humanista", se estigmatizará como "fascismo".

     El "hombre superior", en Nietzsche, no puede ser nunca un católico (parece mentira tener que aclarar tamaña obviedad a estas alturas), mucho menos un payaso-chamán tradicionalista, sino aquel que "acepta su propio ocaso" y avanza hacia su destrucción ("ser-para-la-muerte") a fin de que el Übermensch advenga a la Tierra:

     «El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre el abismo. (...) La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso» (Nietzsche, F., Así Hablaba Zaratustra, Prólogo de Zaratustra, 4).

     El verdadero problema no es técnico: la ingeniería genética y la eugenesia permitirían alcanzar en poco tiempo metas que harían empalidecer la "sede ártica" de los evolianos y la totalidad de sus pretensiones delirantes en torno a la magia, pero falta concebir el tipo de sociedad que posibilitase institucionalmente semejante salto histórico-evolutivo suprahumanista. No a otra cuestión quiere responder el "fascismo": la pregunta por la correspondencia entre la técnica y el hombre moderno (Heidegger) representa su hilo conductor. O también: el lugar institucional de los valores, aquella entidad potenciadora que nadie comprendió y que, ahora resulta evidente, estaba más allá de todo lo "pensable" por un triste beato ultraderechista. Dicha entidad,  "hiper-moderna" a los ojos de los "tradicionalistas", pero que tiene su equivalente evoliano invertido —la Orden—, debería dar libertad a la ciencia de manera que ésta no viera interferidos sus procesos de investigación y aplicación tecnológica del conocimiento en función de intereses económicos o políticos considerados "más importantes" que la verdad racional (= fundamentada). De ahí que la esencia misma del Estado (= poder político) habría de autolimitarse frente a aquella autoridad espiritual e identificarse íntimamente con una verdad que no es sólo científica, sino, ante todo, un principio ético existencial, tanto individual como colectivo. Únicamente una sociedad socialista nacional-europea fundada en valores heroicos veristas —un Edipo Rey comunitario— podría responder así al impulso de la flecha que va del animal al hombre y de éste al ultrahombre.

     Esa realidad "material" —la Naturaleza— desde la cual nuestra especie irrumpiera violentamente en la Historia cuando, gracias al lenguaje simbólico, la organización social y al trabajo productivo, escindióse a sangre y fuego de lo animal —y no paraíso metafísico o "trascendente" alguno—, constituye nuestra herencia "sapiencial" irrenunciable. La Filosofía la eleva a categoría intelectual en la antigua Grecia, que forja la complejísima noción de phýsis, negada por Platón. Verdadera tradición occidental, la razón, la tragedia y la democracia griegas —y a los hechos me remito— apuntan triunfantes hacia el futuro, no hacia el pasado como pretenden los evolianos. Ciertamente, el paso del orden natural al orden cultural civilizado comporta criterios y normas de valoración propios, complementarios añadidos a (que no excluyentes de) los meramente biológicos; de ahí que —so pena de recaer en la animalidad— deban rechazarse determinadas formas de materialismo biologista, sin que ello nos fuerce a aceptar, según quiere Évola, esa mercancía pseudo-filosófica averiada, fruto de una mente reaccionaria hasta la mezquindad, que es el "idealismo mágico".

     En efecto, tanto los valores cuanto la metafísica propuestas por Évola (una simple repetición barata y extemporánea de Platón) hállanse en las antípodas del nacionalismo revolucionario. Évola opone el Ser al Devenir, lo estático y eterno a lo finito y temporal. El nacionalismo revolucionario identifica, en cambio, el Devenir con el Ser. Sostiene Heráclito, nuestro primer metafísico, que no hay otro Ser que el Devenir mismo, sólo el "cambio" como tal "permanece", sólo el tiempo ("el pasar" mismo) no "pasa", de suerte que el mundo finito "es" la realidad, la única realidad acreditable y sagrada: aquello que denominamos, en términos no filosóficos, la Vida. En esto los nacionalsocialistas vieron claro, y las rabiosas críticas de Évola —método infalible para detectar lo esencial del fascismo— no hacen sino confirmar el acierto de aquéllos.

     Vida que no es, empero, en primera instancia fenomenológica —y aquí los nacionalsocialistas sí se equivocaron— un "hecho" biológico, sino fenómeno biográfico, experiencia de lo inmediato. (...) Esta vida, la "realidad radical" que decía Ortega, el Dasein de Heidegger, es ontológicamente anterior a la vida que analiza la biología y por ende cualquier ciencia positiva. Pero una y otra "vida" son "inmanentes", no "trascendentes". La verdad de la biología, es decir, de la ciencia institucionalizada, tiene que descubrir su camino hacia la verdad existencial, y lo hace a través del científico, el cual, antes que científico, es ciudadano de un Estado y, antes todavía, existente que despierta cada mañana y encuentra la realidad ante sí, sin rencor, libre de ese odio contra lo inmediato que caracteriza al enfermo reaccionario Julius Évola. (...)

     Quien no aprecie la Vida tal como "es", quien haya menester de consumir drogas o bebidas espirituosas o sexo compulsivo o creencias sectarias o amor psico-dependiente o violencia estética en un rincón oscuro del barrio marginal, para consolarse y soportar los horrores del mundo..., éste no pretenda, hurtado como rata a la luz cegadora del sol finito, nuestro dios cruel, ostentarse encima a sí mismo como héroe (un "guerrero") o descargar su odio a la "materia" (= Naturaleza) aporreando —borracho— inmigrantes en plena vía pública entre eructos alcohólicos, mientras adormece su psique, como un cobarde, respecto de la cuestión espiritual crucial, la única que importa realmente: la verdad de la existencia. El "fascismo" proclama la autoafirmación de la vida finita en su inmanencia (irrebasable) y la asunción de las consecuencias políticas y sociales inherentes a la deslegitimación científico-racional de la moral cristiana. El heroísmo legítimo no consiste en otra cosa que en afirmar esta inmanencia incluso en la muerte; sobre todo, subrayémoslo para mayor escándalo, en la lealtad a la muerte como verdad absoluta de la vida y, en consecuencia, como fidelidad a la vida misma. La muerte, fundamento ontológico-existencial de la experiencia de la finitud, erígese así en condición de posibilidad del heroísmo radical, el cual, en primer lugar, habrá de acreditar un carácter espiritual.

     El héroe no lo es por su condición de guerrero (diferencia entre la orden y la entidad), sino que el guerrero puede devenir héroe en la medida en que haya sido capaz de afrontar la espantosa verdad trágica y se sostenga sobre sus piernas sin muletas transmundanas en sordo combate contra la termitera, nido de los hombres-masa consumistas (el "último hombre" de Nietzsche). Frente a los productos manufacturados de un sistema demoliberal capitalista y hedonista que, a conciencia, fabrica repulsivos subhombres, postreros descendientes del creyente cristiano tradicional, yérguese orgullosamente ese "héroe" potencialista, sin mentiras, ni narcóticos religiosos o delirantes compensaciones ultraterrenas; en todo caso, capaz de soportar la soledad reservada a los creadores. La espiritualidad suprema es así la verdad racional, un evanescente sentido directriz que no se puede tocar, ver, ni oler, un ente que "no es material", sin duda alguna, pero sí una entidad potenciadora de "lo superior INMANENTE". "Metafísico" o "espiritual" si se quiere, mas no por ello deudor o adscrito a "trascendencia" alguna entendida como "más allá" indoloro y "feliz" opuesto a la desgarradora vida fenoménica.

     El "fascismo" se define, en definitiva, como confluencia entre el desarrollo científico-tecnológico de la modernidad y la ética existencial radical de la verdad (Heidegger) que erige la finitud como fundamento de un proyecto trágico-heroico colectivo.  Futurismo fáustico, prometeico, jamás nostalgia de tradiciones caducas, hete aquí el nacionalismo revolucionario en tanto que alternativa de Izquierda a los poderes capitalistas de las sociedades liberales de mercado. El "heroísmo guerrero" per se, despojado de la dimensión trágica y de la vinculación existencial con la verdad originaria (por ejemplo, el caballero cristiano medieval), no es fascismo. Un sobrehumanismo cientificista, materialista y hedonista ayuno de heroísmo trágico, como el que encontramos en Trotsky, tampoco es fascismo.

     Acierta Évola cuando hace suya la tremenda, abismática exégesis del nihilismo (muerte de Dios, descomposición hedionda de los valores tradicionales) desarrollada por nuestro Friedrich Nietzsche, pero traiciona esa misma lectura al lloriquear como una ramera heroinómana por la debacle del platónico-cristiano "mundo de las ideas", el pálido y exangüe doble fantasmal edificado para escapar a la verdad despiadada del "mundo de la vida". Évola saca a la postre la nefasta conclusión de que hay que reconstruír tal metafísica ficción trans-mundana, actualmente hundida —¡y con razón!— en las ruinas del descrédito. Confiesa Évola sus fines de forma expresa, como si el muy canalla drogadicto nos tomara por idiotas: ¡la meta del evolianismo consistiría en reemprender el largo camino hacia un supuesto paraíso original perdido, un lugar (la "sede ártica") estático, perenne, inmarcesible e impávido como una pirámide egipcia y, sobre todo —aviso para "guerreros"— rancio mausoleo de momias guenonianas  exentas de conflicto!.

     El inicio de ese "magico" sendero a "ninguna parte" implica apoyar todo lo que huela a "Derecha", empezando por lo burgués frente a lo proletario, lo católico frente a lo ateo, lo irracional frente a lo científico... etc., para a la postre alcanzar la "suprema cima" —¡apestosa!— de la monarquía, el señorío feudal y la servidumbre de la gleba. Ya conocemos cuál fue, en cambio, la antitética postura de Nietzsche: aceptar el nihilismo hasta sus últimas consecuencias, asumir la verdad racional de la finitud como revulsivo para un nihilismo activo, destructor y creador. Según Nietzsche, todo lo que hay de rechazable en el mundo moderno son las putrefactas reminiscencias, máscaras, residuos y secularizaciones del orden pre-moderno, cristiano-platónico. Al contrario que en Évola, para el cual las lacras actuales resultarían ser consecuencias de haberse rebelado contra sus amos las castas inferiores de la "sede ártica" (de suerte que cada realidad moderna mostraría procesualmente el sello de lo nuevo-degenerado, ergo, de lo malo, lo peor y lo paupérrimo), Nietzsche quiere abundar en la muerte de Dios liquidando las formas disfrazadas donde el mundo tradicional intenta perpetuarse, como un gusano corruptor, en el interior de la modernidad revolucionaria. El fascismo, futurista, reivindica una modernidad alternativa, no una tradición "pagana" fabricada en la biblioteca particular de un barón siciliano. Los intelectuales de Izquierda, orondos sacerdotes del sistema capitalista aterrados ante la opción "fascista", ante la mera posibilidad espiritual de una modernidad anti-progresista, no han hecho más que elevar a la categoría de dogma una interpretación evoliana de la Historia en la cual fascismo y extrema Derecha se identificarían.

     Sin embargo, para el nacionalismo revolucionario "fascista" —desde Sorel—, la sociedad de consumo, como antaño lo fuera el "paraíso comunista" o la comuna anarquista (digan lo que digan Évola y los periodistas anti-fascistas a sueldo del sistema), no es más que la versión política del reino de Dios cristiano-burgués. ¡Nada tenemos que ver nosotros con la extrema Derecha porque al dios cristiano que sella los intereses de la Reacción, los auténticos fascistas le pateamos la cara, lo escupimos, lo insultamos y vejamos cada día para desayunar! Porque Jesús de Nazaret representó a la sazón la versión religiosa de masas ("platonismo para el pueblo": Nietzsche dixit) de aquel mundo paralelo inmóvil, asegurado y pacifista —la huída ante el Ser— del que Évola se declara nostálgico restaurador.

     El programa "fascista" supone así lo siguiente: erradicar los desechos del mundo tradicional en el mundo moderno, es decir, la moral cristiana secularizada en las fórmulas político-ideológicas liberales, socialistas marxistas, anarquistas y comunistas, todo ello con el fin de desencadenar una "tercera revolución" cuyo significado, para un derechista, no puede ser otro que la subversión metafísica absoluta, el Anticristo. El programa reaccionario (Évola), convierte empero, ¡ay!, nuestra revolución en contrarrevolución, y propone desvergonzadamente, señalando en dirección diametralmente opuesta al "fascismo", resucitar las condiciones simbólicas, sociales, culturales y políticas —el Ancien Régime— que precedieron a la Revolución Francesa (1789) y a la Revolución Bolchevique (1917). Évola no es sólo un tergiversador de la ideología NR, sino su adversario más  alevoso. Es el enemigo a exterminar dondequiera que topemos con él: la abyecta, despreciable extrema Derecha, que mil veces nos ha apuñalado por la espalda amparándose en la excusa de la "lucha contra la subversión", cuando en realidad el derechista no dejaba nunca de temer más que por su abultada cuenta corriente y la "salvación del alma", de su alma (= amado ego), jamás por la nación. Con la Derecha (evoliana, católica, liberal, judía o gentil) no se habla; se la combate sin piedad. Porque somos FASCISTAS. Nada más.

     ¡Es muy difícil ser fascista! Quizá lo más difícil hoy, pues, ¿quién pronunciaría las palabras "soy fascista" sabiendo de qué habla y asumiendo las co-implicaciones —por no hablar de las consecuencias— de semejante afirmación? (...).–





7 comentarios:

  1. Este texto ha sido replicado en la página del Centro Evoliano de América en el reciente nº 77 de El Fortín al cual remito. http://juliusevola.com.ar/Fortin.htm
    http://www.juliusevola.com.ar/El_Fortin/77_Heidegger.htm
    Como veo que los mencionan también a Uds. sería interesante conocer vuestro punto de vista al respecto.

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    1. Replicar no es el verbo correcto para lo que la página aludida ha hecho. Difícilmente el autor del texto, Guío, podrá responder de manera coherente, como evoliano convencido, a todo lo que aquí muy lúcidamente plantea el señor Farrerons. Nosotros no frecuentamos dicha secta evoliana, por lo que no podemos entrar en menudencias de lo que dijo exactamente o no dijo el italiano. Simplemente dicho trabajo "apologético" aparece como falto de rigor y peso intelectual suficiente como para ser considerado siendo como es un producto interno para correligionarios. A nosotros no nos interesan los argumentos que pretendan persuadir que provengan del señor Guío, porque son a la legua chapuceros. El rigor discursivo y lógico de Farrerons ni por asomo son afectados por esa "refutación", penosa y patética. Gracias al lector por el aviso, pero sabiendo qué opinó Évola con respecto al Führer y su movimiento, no nos interesa el barón en absoluto. Y el corifeo de secta que nos ha calificado como lo hizo sabrá bien por qué dice lo que dice. Nosotros no sabemos de dónde saca él aquello.

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  2. Discúlpeme pero me parece un poco cómoda su respuesta lo mismo que la del Sr. Farrerons que había dicho tiempo atrás que se pensaba ocupar de Ghio (no Guío). Sería interesante a lo mejor que sea Ud como Farrerons demostraran esa falta de rigor intelecual que denuncian pues no ayuda para nada a la causa la descalificación personal.

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    1. Da la impresión de que el comentador anónimo tiene algún tipo de compromiso con el grupo del señor Guío, ya que insiste en argumentos que éste plantea en el artículo que ha sido aludido (juliusevola.com.ar). Si el señor Farrerons dijo algo con respecto a la persona de aquél, a nosotros ¿qué nos da? Sólo nos referimos al material que hemos publicado aquí. Y según esto, la págima que se nos ha señalado ciertamente no refuta lo dicho por Farrerons. Si se lee con atención, se verá que las serias objeciones planteadas tienen un alcance mucho mayor del que no se hace cargo el señor evoliano. Tratar a su grupo de secta no constituye descalificación personal, ni tampoco el uso del calificativo "corifeo". Sólo vaya al diccionario. El hecho es simple: el artículo "respuesta" en rigor no lo es. Un uso simple de la lógica lo pone en evidencia inmediatamente. Responder punto por punto sería una labor más honesta. Puesto que se ve que el señor evoliano tiene cuentas pendientes o rencores anteriores con respecto a Farrerons (¿qué es eso de referirse a alguien nombrándolo sólo con su letra inicial?), con su pan se lo coma, que nosotros seguimos considerando con seriedad lo expuesto en los textos que hemos publicado en este blog.

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  3. Parece que Ghio le reclama a Farrerons que le muestre los recibos de que Evola cobraba un salario de la CIA. Eso es público y notorio de que era así. ¿De qué vivía Evola si nunca trabajó en su vida? Nunca fue un escritor importante y muy poca gente leía sus libros.

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  4. Realmente me parece que se ha ingresado en el terreno de la irreverencia. ¿Cómo sabe el Sr. Andrade que Evola vendía pocos libros? Tengo entendido que su obra principal Revuelta, fue traducida a al menos 10 idiomas. Por otro lado me desayuno ahora con la noticia de que las personas que no trabajan es porque reciben un sueldo de la CIA. ¿No puede ser que tengan alguna renta o que se hayan casado con una mujer rica? Me parece que se está entrando en el territorio del chisme.

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  5. Tal como lo esperábamos, sabíamos que si publicábamos el comentario "señuelo" de "Mario Andrade" era sólo para recibir luego una contra-respuesta, esta vez firmada como "Javier Alcántara", Pues bien, como todo indica que estos dos últimos comentarios son de autoría del comentador anterior, habrá que contestar que cada cual siga reverenciando a quien desee, que a nosotros nos da lo mismo, y si son chismes o no, que lo diluciden los historiadores. Siga usted reverenciando a Evola, pero no desperdicie su tiempo organizando controversias artificiales que a nada conducirán. Habría que señalar, sí, que la tarea pendiente a realizar por el grupo evoliano sería responder punto a punto, o al menos los principales, de la crítica que ha realizado el señor Farrerons, bastante comprometedora.

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