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sábado, 20 de septiembre de 2014

James Thornton - El Gran Plan de Gramsci



     Publicado originalmente en TheNewAmerican.com hace quince años, el siguiente texto (Gramsci's Grand Plan) del ya retirado sacerdote estadounidense de una iglesia Ortodoxa griega de California James Thornton, se centra tanto en la vida del ideólogo comunista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) como en las ideas de éste y las proyecciones de ellas que se han ido dando en las sociedades posteriores, donde un rol prominente ha sido jugado por la marxista Escuela de Frankfurt, y en especial en el devastador efecto de dicho marxismo cultural sobre Estados Unidos, pero válido también para cualquier sociedad occidental. Los lectores frecuentes de este sitio reconocerán que este artículo que hemos traducido prosigue la idéntica línea, como una continuación natural, de los tres anteriores que hemos presentado.


El Gran Plan de Gramsci
por James Thornton
5 de Julio de 1999



     Uno de los aspectos más interesantes del estudio de la Historia es que muy a menudo hombres nacidos en las más humildes circunstancias se elevan sin embargo hasta llegar a afectar dramáticamente el curso de la historia humana. Ellos pueden ser hombres de acción o de pensamiento, pero en uno u otro caso sus actividades pueden engendrar cambios enormes a través de los años. Antonio Gramsci fue tanto un hombre de acción como de pensamiento, e independientemente del resultado de los acontecimientos de las décadas siguientes, casi ciertamente él será reconocido por los futuros historiadores por haber sido una figura notable.

     Nacido en la oscuridad en la isla de Cerdeña en 1891, Gramsci no tendría cómo haber sido considerado como un candidato principal para afectar de manera importante el siglo XX. Gramsci estudió Filosofía e Historia en la Universidad de Turín, y pronto se convirtió en un dedicado marxista, afiliándose al Partido Socialista italiano. Inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, él estableció su propio periódico radical, El Nuevo Orden, y poco después ayudó a la fundación del Partido Comunista italiano.


Marxista Desilusionado

     La fascista "Marcha sobre Roma" y la designación de Benito Mussolini como Primer Ministro obligaron al joven teórico marxista a marcharse de Italia. Buscando un nuevo hogar, él eligió el lugar más lógico para un comunista: la recién conformada URSS de Lenin. Sin embargo, la Rusia soviética no era lo que él había esperado. Sus poderes de observación captaron inmediatamente la distancia que tan a menudo separa a la teoría de la realidad. Un marxista fanático en lo que a las teorías políticas, económicas e históricas se refiere, Gramsci quedó profundamente perturbado por el hecho de que la vida en la Rusia comunista mostraba poca evidencia de algún afecto profundamente sentido por parte de los trabajadores hacia el "paraíso" que Lenin había construído para ellos. Menos aún existía algún apego profundo a conceptos tales como la "revolución proletaria" o la "dictadura del proletariado", aparte de la retórica obligatoria.

     Por el contrario, era obvio para Gramsci que el "paraíso" de la clase obrera mantenía su predominio sobre los trabajadores y los campesinos sólo mediante un completo terror, mediante el asesinato de masas a una escala gigantesca, y mediante un ubicuo y constante temor a llamadas a la puerta a medianoche y a los campos de trabajo forzado en el páramo siberiano. También crucial para el Estado de Lenin era una continua vociferación de propaganda, slogans y francas mentiras. Todo era muy desilusionante para Gramsci. Mientras otros hombres podrían haber reexaminado su perspectiva ideológica entera después de tales experiencias, la mente sutil y analítica de Gramsci trabajó en la aparente paradoja de modo distinto.

     La muerte de Lenin y la toma del poder por Stalin hicieron que Gramsci inmediatamente reconsiderara su elección de residencia. Construyendo sobre los logros de Lenin en cuanto a terror y tiranía, Stalin comenzó a transformar la agraria Rusia en un gigante industrial que luego volcaría todas sus energías a la conquista militar. Era el plan de Stalin construír la mayor máquina militar de la Historia, aplastar a las "fuerzas de la reacción" e imponer el comunismo en Europa y Asia —y más tarde en el mundo entero— mediante la fuerza bruta.

     Mientras tanto, sin embargo, para consolidar y asegurar su poder, Stalin sistemáticamente comenzó el exterminio de potenciales enemigos dentro de su propio campo. Aquello, según se llevó a cabo, se convirtió en un proceso permanente, uno que duró hasta su propio fallecimiento. En particular, los hombres sospechosos de siquiera la más leve herejía ideológica en relación a la propia interpretación de Stalin del marxismo-leninismo fueron enviados directamente a cámaras de tortura o a campos de exterminio, o fueron llevados rápidamente ante pelotones de fusilamiento.


"Profeta" de Prisión

     Estando obviamente contados sus días en la Rusia estalinista, Gramsci decidió volver a casa y reasumir la lucha contra Mussolini. Visto tanto como una seria amenaza para la seguridad del régimen fascista como un probable agente de una potencia extranjera hostil, después de un tiempo relativamente corto Gramsci fue detenido y condenado a un período larguísimo en prisión, y allí, en su celda de la cárcel, él dedicó los nueve años que le quedaban a escribir. Antes de su muerte por tuberculosis en 1937, Gramsci produjo nueve volúmenes de observaciones sobre Historia, sociología, teoría marxista, y, lo más importante, sobre estrategia marxista. Aquellos volúmenes, conocidos como los "Cuadernos de Prisión", han sido publicados desde entonces en muchas lenguas y distribuídos en todo el mundo. Su significancia proviene del hecho de que ellos forman el fundamento para una dramática nueva estrategia marxista, una que hace de la "revolución espontánea" de Lenin algo tan obsoleto como las faldas con armazones y los zapatos altos con botones, una que promete ganar el mundo voluntariamente para el marxismo, y basada en una evaluación realista de los hechos históricos y la psicología humana más bien que en deseos e ilusiones vacíos.

     Como veremos, la sagaz evaluación de Gramsci de la verdadera esencia del marxismo y de la Humanidad pone a sus escritos entre los más poderosos de este siglo [XX]. Mientras Gramsci mismo moriría de una muerte ignominiosa y solitaria en una prisión fascista, sus pensamientos alcanzarían vida propia y llegarían a amenazar al mundo. ¿Cuáles son esas ideas?.


La Esencia de la Revolución Roja

     La extraordinaria contribución de Gramsci fue liberar al proyecto marxista de la prisión del dogma económico, mejorando con ello dramáticamente su capacidad para subvertir la sociedad cristiana.

     Si tomáramos las declaraciones ideológicas de Marx y Lenin por su valor nominal, deberíamos creer —como lo han hecho millones de sus engañados seguidores— que la sublevación de los trabajadores era inevitable, y que todo lo que debía de hacerse era movilizar a la clase baja por medio de la propaganda, provocando así la revolución universal. Por supuesto, esta premisa no es válida, y sin embargo permaneció como la doctrina inflexible entre los comunistas, al menos para el consumo público.

     Sin embargo, el núcleo duro del movimiento comunista consistía en criminales despiadados, agudos en su comprensión de los errores intelectuales del marxismo, quienes quisieron emplear cualquier medio necesario para obtener el poder que buscaban. Para tales conspiradores endurecidos, intoxicados por el odio, la ideología es una táctica, un medio de movilizar a los partidarios y de racionalizar las acciones criminales.

     Aquellos que aceptan sin sentido crítico la idea de que "el comunismo está muerto" no comprenden la verdadera naturaleza del enemigo. El comunismo no es una ideología en la cual uno cree. Más bien es una conspiración criminal en la cual uno se alista. Aunque Lenin profesara reverenciar los garabatos de Marx como escrituras sagradas, una vez que sus bolcheviques hubieron tomado el poder en Rusia él modificó libremente el marxismo para satisfacer sus propias necesidades. Lo mismo es verdadero en cuanto a Stalin. Los bolcheviques no subieron al poder en Rusia por ningún levantamiento de trabajadores y campesinos sino por un golpe de Estado, orquestado por un grupo marxista fuertemente disciplinado, golpe que en último término se consolidó mediante la guerra civil. Ellos también recibieron —que eso no se olvide— ayuda crítica de las élites políticas y bancarias occidentales.

     De manera similar, el comunismo no llegó al poder en Europa del Este mediante la revolución sino más bien a través de la imposición de aquel sistema por un conquistador Ejército Rojo y, nuevamente, por la corrupta complicidad de conspiradores en Occidente. En China, el comunismo subió al poder mediante la guerra civil, ayudado por los soviéticos y por elementos traidores en Occidente.

     En ningún solo caso el comunismo alguna vez logró el poder por medio de una insurrección revolucionaria popular sino siempre por la fuerza o el subterfugio. Las únicas agitaciones revolucionarias populares registradas en el siglo XX han sido "contra-revoluciones" anti-marxistas, como la rebelión en Berlín en 1954 y el levantamiento húngaro de 1956.

     Al mirar hacia atrás durante el siglo XX, está claro que Marx se equivocó en su presunción de que la mayoría de los trabajadores y los campesinos estaban descontentos con su lugar en, y enajenados de, sus sociedades, de que ellos estaban hirviendo de resentimiento contra las clases media y alta, o de que ellos de alguna manera estaban predispuestos a la revolución. Además, dondequiera que el comunismo logró el poder, su uso a niveles sin precedentes de la violencia, la coacción y la represión, generó una oposición clandestina en casa y una oposición militante en el extranjero, al hacer de la matanza interminable y la represión algo endémico en el marxismo y esencial para la supervivencia comunista. Todos estos hechos indiscutibles, cuando son examinados honestamente, plantearon dificultades insuperables en lo que se refería a futuras extensiones del poder comunista, y aseguraron una especie de crisis final para el marxismo.

     Mientras que lo anterior es obvio ahora para los observadores perspicaces, mirando hacia atrás desde la ventajosa posición de nuestro tiempo y después de más de ocho décadas de experiencia con la realidad del comunismo en el poder, comenzamos a entender algo de la agudeza mental de Antonio Gramsci cuando comprendemos que lo que es evidente ahora, al final del milenio, era evidente para él cuando el régimen soviético estaba en su infancia y el comunismo todavía era en gran parte una conjetura no demostrada.

     Gramsci fue un brillante estudiante de Filosofía, Historia y lenguas. Esta educación le impartió una excelente comprensión del carácter de sus semejantes y de las sociedades que componían la comunidad civilizada de naciones en las primeras décadas de este siglo [XX]. Como hemos visto ya, una de las ideas fundamentales dadas a él por esta educación, era que las esperanzas comunistas de una revolución espontánea, provocada por algún proceso de inevitabilidad histórica, eran ilusorias. Los ideólogos marxistas —afirmó él— se estaban seduciendo a sí mismos. Desde el punto de vista de Gramsci, los trabajadores y los campesinos no eran, en términos generales, de ideas revolucionarias, y no albergaban ningún deseo de destrucción del orden existente. La mayoría tenía lealtades más allá de, y mucho más poderosas que, consideraciones de clase, incluso en aquellos casos donde la condición de sus vidas era menos que ideal. Más significativo para la gente corriente que la solidaridad de clase y que la guerra de clases, eran cosas tales como la fe en Dios y el amor a la familia y al país. Éstas eran principales entre sus lealtades primordiales.

     El atractivo que las promesas comunistas pudieran haber tenido entre las clases obreras fue, además, opacado por las brutalidades comunistas y por los métodos totalitarios despóticos. Provocando a las clases aristocrática y burguesa a la acción, dichos atributos negativos eran tan aterradores y serios que por todas partes aparecieron organizaciones y movimientos anti-marxistas militantes, que pusieron efectivamente un alto a los proyectos para la expansión comunista. Con todo esto fácilmente evidente para él, y favorecido de alguna manera con el ocio aparentemente interminable permitido por la vida en prisión, Gramsci dedicó su mente excelente a salvar al marxismo analizando y solucionando estas cuestiones.


Subvirtiendo la Fe Cristiana

     El mundo civilizado —dedujo Gramsci— había estado completamente saturado con el cristianismo durante 2.000 años, y el cristianismo sigue siendo el sistema filosófico y moral dominante en Europa y Norteamérica. Hablando en términos prácticos, la civilización y el cristianismo estuvieron indisolublemente unidos. El cristianismo se había integrado tan completamente en la vida diaria de casi cada uno, incluyendo a no-cristianos que vivían en tierras cristianas, y estaba tan propagado, que formaba una barrera casi impenetrable para la nueva civilización revolucionaria que los marxistas deseaban crear. El intento de derribar aquella barrera se demostró improductivo, puesto que sólo generó poderosas fuerzas contra-revolucionarias, consolidándolas y haciéndolas potencialmente mortíferas. Por lo tanto, en lugar de un ataque frontal, sería mucho más ventajoso y menos arriesgado atacar la sociedad del enemigo de manera sutil, con el objetivo de transformar gradualmente la mente colectiva de la sociedad, durante algunas generaciones, desde su antigua cosmovisión cristiana hacia una más apropiada para el marxismo. Y había más.

     Mientras los marxistas-leninistas convencionales eran hostiles hacia la Izquierda no-comunista, Gramsci sostuvo que las alianzas con un amplio espectro de grupos izquierdistas se demostrarían esenciales para la victoria comunista. En la época de Gramsci éstos incluían, entre otros, a varias organizaciones "anti-fascistas", sindicatos, y grupos políticos socialistas. En nuestro tiempo, las alianzas con la Izquierda incluirían a las feministas radicales, a los ecologistas extremistas, a los movimientos de "derechos civiles", a asociaciones anti-policiales, a los internacionalistas, a grupos de iglesia ultra-liberales, etcétera. Estas organizaciones, junto con abiertos comunistas, juntas crean un frente unido que trabaja por la transformación de la antigua cultura cristiana.

     Lo que Gramsci propuso, en resumen, era una renovación de la metodología comunista y una modernización y actualización de las anticuadas estrategias de Marx. No puede haber duda de que la visión de Gramsci del futuro era completamente marxista y de que él aceptó la validez de la cosmovisión total del marxismo. Donde él se diferenció fue en el proceso para conseguir la victoria de aquella cosmovisión. Gramsci escribió que «puede y debe existir una "hegemonía política" aún antes de asumir el poder gubernamental, y a fin de ejercer el liderazgo o la hegemonía política no hay que contar exclusivamente con el poder y la fuerza material que son dados por el gobierno». Lo que él quiso decir es que le corresponde a los marxistas ganar los corazones y las mentes de las personas, y no basar sus esperanzas para el futuro únicamente en la fuerza o el poder.

     Además, a los comunistas se les ordenó dejar de lado algunos de sus prejuicios de clase en la lucha por el poder, procurando incluso ganar elementos dentro de las clases burguesas, un proceso que Gramsci describió como "la absorción de las élites de las clases enemigas". No sólo esto reforzaría al marxismo con sangre nueva, sino que privaría al enemigo de ese talento perdido. Ganar a los brillantes jóvenes hijos e hijas de la burguesía para la bandera roja —escribió Gramsci— "tiene como resultado la decapitación [de las fuerzas anti-marxistas] y el dejarlos impotentes". En resumen, la violencia y la fuerza por sí mismas no van a transformar genuinamente el mundo. Más bien, es ganando la hegemonía sobre las mentes de la gente y privando a las clases enemigas de sus hombres más talentosos que el marxismo triunfará sobre todos.


Esclavos del Libre Albedrío

     La novela "Brave New World" de Aldous Huxley, un estudio clásico del totalitarismo moderno, contiene un párrafo que resume el concepto que Gramsci trató de comunicar a sus compañeros de partido: "Un Estado totalitario realmente eficiente sería aquel en el cual el todopoderoso dirigente de los jefes políticos y su ejército de gerentes controlan a una población de esclavos que no tienen que ser coercionados porque éstos aman su servidumbre". Siendo improbable que Huxley estuviera familiarizado con las teorías de Gramsci, la idea que él comunica de personas libres que marchan voluntariamente hacia su esclavitud es sin embargo precisamente lo que Gramsci tenía en mente.

     Gramsci creía que si el comunismo lograba conseguir "la dominación sobre la conciencia humana", entonces los campos de trabajo y el asesinato de masas serían innecesarios. ¿Cómo gana una ideología tal dominio sobre patrones de pensamiento inculcados por las culturas durante cientos de años?. El dominio sobre la conciencia de la gran masa de la gente sería alcanzado —sostuvo Gramsci— si los comunistas o sus simpatizantes ganaran el control de los órganos de la cultura: iglesias, educación, periódicos, revistas, medios electrónicos, literatura seria, música, artes visuales, etcétera. Ganando la "hegemonía cultural" —para usar el propio término de Gramsci— el comunismo controlaría las fuentes más profundas del pensamiento y la imaginación humana. Uno no tiene ni siquiera que controlar toda la información si uno puede conseguir el control de las mentes que asimilan aquella información. Bajo tales condiciones, la oposición seria desaparece, ya que los hombres ya no son capaces de comprender los argumentos de los opositores del marxismo. Los hombres en efecto "amarán su servidumbre" y no comprenderán siquiera que es una servidumbre.


Los Pasos del Proceso

     La primera fase para lograr la "hegemonía cultural" sobre una nación es el debilitamiento de todos los elementos de la cultura tradicional. Las iglesias son así transformadas en clubes políticos conducidos por la ideología, con el acento en la "justicia social" y el igualitarismo, con la adoración reducida a un entretenimiento trivializado, y con las antiquísimas enseñanzas doctrinales y morales "modernizadas" o disminuídas hasta el punto de la irrelevancia. La educación genuina es reemplazada por planes de estudio "estupidizados" y "políticamente correctos", y los estándares son reducidos dramáticamente. Los medios de comunicación son transformados en instrumentos para la manipulación de masas y para acosar y desacreditar a las instituciones tradicionales y sus portavoces. La moralidad, la decencia y las viejas virtudes son ridiculizadas sin tregua. Los clérigos con mentalidad tradicionalista son retratados como hipócritas, y las personas virtuosas, como remilgadas, ultra-conservadoras y poco instruídas.

     La cultura ya no es un respaldo que apoya la integridad de la herencia nacional ni un vehículo para transmitir aquella herencia a las futuras generaciones, sino que se convierte en un medio para "destruír los ideales y... presentar al joven no ejemplos heroicos sino deliberada y agresivamente degenerados", como escribe el teólogo Harold O. J. Brown. Vemos esto en la vida estadounidense contemporánea, en la cual los grandes símbolos históricos de nuestro pasado nacional, incluyendo grandes presidentes, soldados, exploradores y pensadores, son presentados como habiendo estado imperdonablemente manchados con "racismo" y "sexismo", y por lo tanto como básicamente malos. Su lugar ha sido tomado por charlatanes pro-marxistas, pseudo-intelectuales, estrellas de rock, celebridades izquierdistas del cine, y otros por el estilo. En otro nivel, la cultura cristiana tradicional es condenada como represiva, "eurocéntrica" y "racista", y por ello, indigna de nuestra continuada lealtad. En su lugar, el primitivismo puro, bajo el disfraz de "multiculturalismo", es presentado como el nuevo modelo.

     El matrimonio y la familia, los mismos componentes básicos de nuestra sociedad, son permanentemente atacados y trastocados. El matrimonio es retratado como un complot de los varones para perpetuar un sistema malvado de dominación sobre las mujeres y los niños. La familia es representada como una institución peligrosa que resume la violencia y la explotación. Las familias patriarcalmente orientadas son, según los gramscianos, los precursores del fascismo, del nacionalsocialismo, y de cada forma organizada de persecución racial.


La Escuela de Frankfurt

     Con respecto al asunto del debilitamiento de la familia estadounidense, y a muchos otros aspectos de la técnica gramsciana, exploremos brevemente la historia de la Escuela de Frankfurt. Esta organización de intelectuales izquierdistas, también conocida como el Instituto de Frankfurt para la Investigación Social, fue fundada en los años '20 en Frankfurt am Main, Alemania. Allí prosperó entre la decadencia del período de Weimar, intensificando y alimentándose de la decadencia, y expandiendo su influencia por todo el país.

     Con la adquisición de Hitler de la calidad de jefe de Estado en 1933, los incondicionales izquierdistas de la Escuela de Frankfurt huyeron de Alemania hacia Estados Unidos, donde ellos pronto establecieron un nuevo instituto en la Universidad de Columbia. Como es característico de tales hombres, ellos pagaron su deuda con Estados Unidos por ampararlos de los nacionalsocialistas centrando su atención en lo que ellos consideraron como las injusticias y deficiencias sociales inherentes a nuestro sistema y sociedad. Inmediatamente ellos empezaron a idear un programa de reforma revolucionaria para Estados Unidos.

     Max Horkheimer, uno de los notables de la Escuela de Frankfurt, determinó que la profunda lealtad de EE.UU. a la familia tradicional era una señal de nuestra inclinación nacional hacia el mismo sistema fascista del cual él había huído. Explicando esta conexión entre el fascismo y la familia estadounidense, él declaró: "Cuando el niño respeta en la fuerza de su padre una relación moral y aprende así a amar lo que su razón reconoce como un hecho, él está experimentando su primer entrenamiento para la relación de autoridad burguesa".

     Comentando críticamente sobre la teoría de Horkheimer, Arthur Herman escribe en "La Idea de la Decadencia en la Historia Occidental": «La típica familia moderna, entonces, implica una "resolución sadomasoquista del complejo de Edipo", produciendo a un lisiado psicológico, la "personalidad autoritaria". El odio del individuo hacia el padre es suspendido y permanece no resuelto, convirtiéndose en cambio en una atracción hacia las figuras de fuerte autoridad a quienes él obedece incondicionalmente». La familia patriarcal tradicional es así un caldo de cultivo para el fascismo, según Horkheimer, y las figuras de autoridad carismática —hombres como Hitler y Mussolini— son los beneficiarios últimos de la "personalidad autoritaria" inculcada por la familia y cultura tradicionales.

     Theodor W. Adorno, otra celebridad de la Escuela de Frankfurt, subrrayó la teoría de Horkheimer con su propio estudio, publicado en forma de libro como "La Personalidad Autoritaria", que él escribió junto con Else Frenkel-Brunswik, Daniel J. Levinson y R. Nevitt Sanford. Tras un examen más cercano, se le hizo evidente a los críticos que la investigación sobre la cual estaba basado "La Personalidad Autoritaria" era pseudo-sociológica, deficiente en su metodología y sesgada en sus conclusiones. Pero los críticos fueron ignorados.

     Estados Unidos —declararon Adorno y su equipo de investigación— estaba maduro para su propia casera toma fascista del poder. La población estadounidense no sólo era irremediablemente racista y anti-judía sino que tenía por lejos una actitud demasiado tolerante hacia figuras de autoridad, como padres, policías, clero, líderes militares, etcétera. También estaba demasiado obsesionada con nociones "fascistas" como eficacia, limpieza y éxito, ya que estas cualidades revelaban en su mentalidad una "visión pesimista y despectiva de la Humanidad", una perspectiva que conduce —sostenía Adorno— al fascismo.

     Mediante tales estupideces absolutas —como uno las encuentra en los escritos de Horkheimer, Adorno y las otras lumbreras de la Escuela de Frankfurt— las estructuras de la familia tradicional y de la virtud tradicional fueron seriamente cuestionadas y la confianza en ellas resultó debilitada. Los funcionarios gubernamentales electos y los burócratas han contribuído a este problema mediante políticas de impuestos del gobierno, que multan a la familia tradicional a la vez que subvencionan modos anti-tradicionales de vida.

     Además, estos funcionarios están predispuestos cada vez más a elevar abominaciones tales como las uniones homosexuales y las heterosexuales ilícitas al mismo nivel que el matrimonio. Ya en muchas localidades en todo el país y en numerosas corporaciones privadas, los beneficios antes reservados a parejas casadas son concedidos ahora a "compañeros" sexuales solteros. Incluso la palabra "familia" está lentamente siendo reemplazada por el vago eufemismo "grupo familiar".


Una Tierra Sin Ley

     Los estadounidenses se han jactado durante mucho tiempo de que su nación es un gobierno de la ley, no de hombres. La ley estadounidense se deriva directamente del derecho consuetudinario inglés y de los principios bíblicos y cristianos que están en la raíz del derecho consuetudinario inglés. Uno esperaría por lo tanto que la ley constituyera una de las principales barreras contra la subversión de nuestra sociedad. En vez de ello, en el campo de la ley, el cambio revolucionario se ha convertido en la orden del día, cambio tan asombroso que no podría haber sido imaginado por los estadounidenses de hace 50 años. Nadie habría soñado con la proscripción de los rezos y de cualquier otra expresión de convicción religiosa en la propiedad pública, con la legalización del aborto como un "derecho" constitucionalmente garantizado, y con la legalización de la pornografía, para mencionar sólo tres cambios.

     Los principios claramente expresados adoptados por los Padres Fundadores y publicados en nuestra Constitución son ahora rutinariamente reinterpretados y distorsionados. Aquellos que no pueden ser reinterpretados y distorsionados, como la Décima Enmienda, son simplemente ignorados. Peor aún, la agenda ideológica que sustenta la radicalización de la ley estadounidense es alegremente aceptada por millones de estadounidenses que han sido radicalizados sin siquiera darse cuenta de ello.

     De extrema importancia para el éxito de los gramscianos es la desaparición de todo recuerdo de la antigua civilización y estilo de vida. El antiguo Estados Unidos, de vidas no reguladas, de gobierno honesto, de ciudades limpias, de calles sin delitos, de entretenimientos moralmente edificadores y de un estilo de vida orientado a la familia, ya no es algo vivo en la mente de muchos estadounidenses. Una vez que se haya ido completamente, nada se interpondrá en el camino de la nueva civilización marxista, lo que demuestra como ninguna otra cosa que mediante el método gramsciano es en realidad posible "marxistizar al hombre interior", como Malachi Martin escribió en "The Keys of this Blood". Entonces y sólo entonces, escribe Martin, «podría usted con éxito colgar la utopía del "Paraíso de los Trabajadores" ante sus ojos, para ser aceptada de una manera pacífica y humanamente agradable, sin revolución o violencia o derramamiento de sangre».

     Debe ser evidente para todos, excepto para las almas más simples, que después del paso de una generación o dos, tal incesante condicionamiento social está obligado a alterar la conciencia y la sustancia interior de una sociedad, y está obligado a producir crisis estructurales significativas dentro de aquella sociedad, crisis que se manifiestan de modos innumerables en prácticamente cada comunidad a través de todo el país.


La Buena Batalla

     Podría parecer a algunos que la situación en nuestra nación es desesperada y que ninguna fuerza o agencia pueden poner probablemente un alto a las insidiosas estrategias que trabajan para destruírnos. Sin embargo, a pesar de la sombría crónica de los pasados 60 ó 70 años, hay todavía mucho que se puede hacer y mucho motivo para la esperanza. Las familias y los hombres y mujeres individuales todavía poseen, en gran medida, la libertad de evitar y escapar del condicionamiento social alterador de las mentes que llevan a cabo los gramscianos. Dichas familias e individuos tienen el poder de protegerse a sí mismos de esas influencias y sobre todo de proteger a sus jóvenes. Hay alternativas a las escuelas públicas, a la televisión, a las malas películas y a la estridente música "rock", y aquellas alternativas deben ser consideradas. La propaganda y la estricnina cultural deben ser excluídas de nuestras vidas.

     Aquellos que están a cargo de personas jóvenes tienen una responsabilidad especialmente pesada. A pesar de todos los esfuerzos de la Izquierda radical y de sus simpatizantes en las escuelas y en los medios de comunicación para transmutar a los estadounidenses jóvenes en salvajes, a aquéllos no debe permitírseles tener éxito, porque las mentes desorganizadas [los jóvenes] —vórtices mentales de anarquismo y nihilismo— no tienen ningún poder de resistencia. Los salvajes pronto se convierten en esclavos. A los niños y a los jóvenes deberían presentárseles conceptos de base tales como honestidad, decencia, virtud, deber, y amor a la divinidad y al país mediante las vidas de héroes nacionales auténticos, hombres como George Washington, Nathan Hale, John Paul Jones y Robert E. Lee.

     Del mismo modo, ellos estarán mejor capacitados para retener valores civilizados y mantener mentes sanas si son animados a aprender a amar su herencia cultural mediante la gran literatura, la gran poesía, la gran música y el gran arte. Los padres deben exigir de sus hijos el respeto a la moral, las costumbres y las normas de sus antepasados. Y en la escuela, debe requerirse que el joven se adhiera a altos estándares de conocimiento académico.

     Como ciudadanos también debemos ejercer nuestros poderes persuasivos sobre nuestros representantes electos. Al hacer eso, nuestra mentalidad debe ser la de exigir la ausencia absoluta de componendas por parte de los políticos. Igualmente, al escoger representantes electos en cada nivel, debemos buscar a hombres y mujeres que rechacen los compromisos.

     Igualmente importante, a los hombres y mujeres honorables y que no hacen concesiones, a los cuales elegimos para que nos representen, debe hacérseles tomar conciencia de la estrategia gramsciana de la subversión cultural; ellos deben ser capaces de reconocer las tácticas y las estrategias que están siendo usadas para socavar las instituciones de las cuales dependen nuestras libertades. Lograr esa comprensión requerirá, por su parte, de la creación de un electorado culto y con principios, que comunicará esa sabiduría a nuestros representantes, y que los hará responsables una vez que a ellos se les haya confiado el cargo electivo.


     Nunca deberíamos permitir que nosotros seamos puestos en desbandada, como una manada, por la formación de opiniones y juicios estimulados y orquestados por el sensacionalismo de la prensa y los otros directores de los medios. En vez de ello, debemos resistir tranquilamente a sus técnicas de control de la mente. Debemos esforzarnos por ser pensadores independientes. Comprendiendo que no estamos solos, nosotros deberíamos volvernos a las tradicionalistas iglesias, escuelas y organizaciones políticas y educacionales, y allí prestar nuestras voces y apoyo para la creación de bastiones de resistencia ante la embestida gramsciana.

     Finalmente, nunca debemos perder nuestra fe en el futuro y nuestra esperanza por un mejor Estados Unidos y un mejor mundo. El marxismo y cualquier otra bandera que el Estado totalitario agite por estos días, no son inevitables y no son la ola del futuro. Mientras pensemos y actuemos con el espíritu indomable de nuestros antepasados, no podemos fallar.–






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