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miércoles, 20 de agosto de 2014

Mark Dyal - La Genética Moderna y la Vitalidad



     El siguiente artículo que hemos traducido, propio del ámbito biologicista, es el tercero de una serie de cuatro acerca de la vitalidad conceptual y corporal que escribió su autor a fines de 2012 (aquí en conjunto con Nick Fiorello). Presentamos primero éste por razones de prioridad conceptual. Con las figuras de Licurgo de Esparta, Nietzsche, Mussolini y Yukio Mishima como puntos a los cuales referirse, el autor, como insinúa ya el título, hace un interesante contrapunto entre las visiones que han tenido ellos del cuerpo y los planteamientos que al respecto presenta la ciencia moderna y especialmente la ciencia llamada Epigenética. Acudiendo a algunos conceptos científicos, el autor establece por qué es que la cultura consumista burguesa es una visión disociada y disociadora de la realidad. El original en inglés fue publicado por counter-currents.com en Noviembre de 2012.


Superando la Mente y el Cuerpo Burgueses
por Mark Dyal y Nick Fiorello
16 de Noviembre de 2012



     "Camino entre esta gente y mantengo mis ojos abiertos; ellos se han hecho más pequeños, y se están haciendo cada vez más pequeños: pero esto es debido a su enseñanza sobre la felicidad y la virtud (...) Mucha bondad, mucha debilidad veo. Mucha justicia y compasión, tanta debilidad. Sencillos, justos y buenos son ellos unos con otros, tal como lo son los granos de arena unos con otros" (Nietzsche, Así Hablaba Zaratustra, Tercera Parte, De la Virtud Empequeñecedora).


     Esta discusión de la relación que hay entre la vitalidad corporal y conceptual comenzó con dos temas históricos: la "eugenesia espiritual" de la Italia Fascista y la "eugenesia adecuada" de la Esparta de Licurgo. En la primera, hemos visto que los Fascistas deseaban transformar los débiles cuerpos burgueses en cuerpos capaces de soportar el peso físico, moral e intelectual de la revolución fascista, haciendo de este modo de la fisiología algo central para el Fascismo. En la segunda, vimos a Licurgo exigir que los espartanos vencieran la decadencia social transformando las expectativas, y la propiedad, de sus cuerpos.

     El ejemplo espartano, a la vez que revela la duración necesaria para la transvaloración corporal y social de los comportamientos y valores decadentes, demostró también el poder del ideal griego. Este ideal, que mantiene la interconexión de la mente y el alma y lo que ellas hacen con el cuerpo, condujo a la educación simultánea de mente y cuerpo. Licurgo promovió el carácter y los rasgos nobles y masculinos, a la vez que limitó el acceso al estatus de élite que no implicara el ennoblecimiento de la mente mediante la dedicación a la guerra y el sacrificio en favor de Esparta.

     Incluso en la descripción que hace Plutarco de la Esparta de Licurgo, escrita aproximadamente 600 años después de que Licurgo transformó su Estado y su pueblo, uno ve la naturalidad del ideal griego, puesto que en ninguna parte Plutarco cuestiona la idea de que la ética y el carácter tengan algo que ver con el estado del cuerpo. Plutarco ni siquiera se sorprendió de que Licurgo fuera capaz de vender un régimen tan duro a su pueblo. Quizás esto es sólo una deducción de parte de Plutarco (y también nuestra). La Esparta de Licurgo tuvo lugar. Si hubo bajas entre el pueblo espartano —después de todo, los hombres modernos están culturalmente programados para buscar el desacuerdo cuando ideales nobles y más refinados son "impuestos" sobre un pueblo—, entonces que así sea. La historia griega y romana, para no mencionar sus valores, tiene poca preocupación por los fracasos; pero en cambio abre espacios enormes de ennoblecimiento y enriquecimiento mediante ejemplos de grandeza, el mismo propósito de las Vidas de Plutarco.

     El concepto de la vida que tenía Licurgo, con aspiraciones humanas enfocadas en un ideal, es ciertamente heroico en el sentido homérico de la palabra; porque lo que llegó a ser en último término digno de elogio en el pensamiento griego —la armonía platónica y la tranquila reflexión— fue despreciado en Esparta como algo decadente. La competencia, la lucha, el poder, la acción y el logro mundano eran valores olímpicos compartidos por Licurgo y los héroes homéricos. Y podría argumentarse que los espartanos y los héroes de Homero están entre un pequeño puñado de hombres occidentales que han conseguido la inmortalidad, algo a considerar cuando se estudia la literatura científica moderna motivada por un marcado miedo a la muerte. Aunque el heroísmo y la gloria (kleos) no son el punto central de este presente informe, ellos están implícitos en las reformas de Licurgo, ya que las acciones que garantizaron la nobleza espartana culminan en ellos.

     Nuestra atención ahora se centra sobre la ciencia post-moderna, específicamente en la Nueva Biología y su promoción de la Epigenética como un correctivo para la genética newtoniana-materialista. Al hacer aquello, sin embargo, debemos ser claros: mientras Mussolini, otros pensadores fascistas y Licurgo situaron al cuerpo en las primeras líneas de una guerra entre la flácida decadencia y la dura nobleza, la ciencia post-moderna tiende a comprender que lo que es mejor para el cuerpo es lo que es mejor para el hombre burgués. Así, debemos leer sus teorías y conclusiones en contraste con las aplicaciones asumidas por los científicos burgueses mismos; porque la dureza —nuestro objetivo— no es un ideal compartido por la Nueva Biología, aun cuando sus métodos manifiesten cuán transformativa podría ser para el hombre moderno. En otras palabras, ya no tenemos el lujo y el honor de ser ennoblecidos mediante la investigación. En otro sentido, hemos cambiado de decir Sí a decir No.


Cuerpo y Medioambiente

     Como el epígrafe de Zaratustra deja en claro, Nietzsche entendía que había una relación directa entre la mente, el cuerpo y el medioambiente. Nietzsche entendía al ser humano como una serie de tipos creados en conjunto con las necesidades morales y sociales de las diversas formas de la vida humana. Los hombres modernos, como él dice arriba, están siendo debilitados por la vida suave, cómoda e igualitaria prometida por la modernidad burguesa. Y aunque el contexto era diferente para Licurgo, tanto la Italia Fascista como la Esparta de entonces compartían la hipótesis de Nietzsche sobre el Hombre y la sociedad. El epigenetista (y Nuevo Biólogo) Bruce Lipton la comparte también, explicando sucintamente que el medioambiente ejerce algún tipo de control sobre la actividad de los genes humanos [Bruce H. Lipton, Biology of Belief: Unleashing the Power of Consciousness, Matter, and Miracles, California, 2005, p. 69].

     Lipton trabaja a la sombra de Jean Baptiste de Lamarck, el evolucionista que creía que los rasgos individuales adquiridos a consecuencia de la influencia medioambiental podían ser transmitidos a través de las generaciones. En efecto, esta idea básica de Lamarck, conocida como la "herencia suave", forma la base misma de la ciencia epigenética. Aunque Lamarck era influyente a mediados del siglo XIX (y nuevamente a mediados del siglo XX), siendo leído con entusiasmo por muchos de los principales fisiólogos de la época, su obra fue desacreditada entre los evolucionistas después de la exitosa publicación de Darwin El Origen de las Especies en 1859. Muchas de las conjeturas de Darwin, como la responsabilidad de los transmitidos factores hereditarios en el control de las características de los descendientes, fueron elaboradas en contraposición directa a Lamarck. Y aunque Darwin llegara a lamentar la carencia de atención prestada a los factores ambientales en la modificación del material genético, la moderna ciencia genética llegó a ser dominada por el "determinismo" inherente en El Origen de las Especies [Charles Darwin: Life and Letters, Londres, 1888, p. 206].

     Mientras al "determinismo genético" se le da una connotación negativa en una post-modernidad (popularmente) comprometida con la negación de la primacía genética —al menos cuando son planteadas las propensiones raciales o de género hacia la excelencia o la mediocridad—, en la comunidad científica (genetista) se le ha dado un importante control sobre las metodologías y las hipótesis. La genética clásica, sobre todo el trabajo de Thomas Morgan y la obra descubierta de nuevo de Gregor Mendel, fue esencialmente elaborada dentro del universo conceptual de la selección natural Darwiniana, y procuraba identificar el material hereditario que se creía que controlaba la vida orgánica.

     Crick y Watson creyeron que habían encontrado dicho material en 1953 cuando ellos descubrieron el ADN, yendo incluso tan lejos como a crear el Dogma Central, o la primacía del ADN. La primacía del ADN proporciona la lógica para el determinismo genético, reduciendo la vida orgánica a una serie de proteínas codificadas en el ADN que representan el determinante primario de las características de un organismo [Lipton, p. 61]. Pero a comienzos del siglo XXI, el Proyecto del Genoma Humano (en adelante, PGH) puso en duda la primacía del ADN, demostrando que no hay suficientes genes para explicar la complejidad humana. Mientras gran parte de la ciencia del siglo XX asumió una proporción de 1 a 1 entre la proporción de genes y proteínas constructivas del cuerpo humano —que ascendería a aproximadamente 120.000 genes—, el PGH encontró en cambio sólo 25.000, dejando sin considerar el 80% de los genes presuntamente necesarios para la vida y el comportamiento humanos.

     El genetista David Baltimore interpretó los resultados del PGH como una apelación a la primacía del medioambiente [Our Genome Revealed, Nature Nº 409, 2001, pp. 814–816], lo que nos lleva a la Epigenética. La Epigenética, o "control por encima de la genética", ofrece un modelo explicativo capaz de contestar las preguntas planteadas por el PGH. La investigación epigenética reciente ha establecido que los patrones del ADN transmitidos por los genes no son grabados en piedra al momento del nacimiento, sino que en cambio responden a su medioambiente. En otras palabras, los genes no son el destino [Paul H. Silverman, Rethinking Genetic Determinism, The Scientist, 2004, pp. 32–33]. Las influencias ambientales, "incluída la nutrición, la tensión y la emoción", pueden modificar aquellos genes, sin cambiar su impronta básica [Lipton, p. 63].

     Enfocándose en las proteínas cromosómicas reguladoras a las cuales se adhieren las hebras del ADN, los epigenetistas han sido capaces de discernir las funciones fisiológicas de los cromosomas independientes del ADN, sugiriendo un flujo más sofisticado de información por medio de las células humanas. La biología, según este pensamiento, comienza con una señal medioambiental, luego deriva hacia una proteína reguladora, y sólo entonces va al ADN, al ARN, y como resultado final, a una proteína [Lipton, p. 69].

     Por cuanto la investigación científica se ha enfocado principalmente en la plantilla del ADN, las contribuciones a la herencia humana hechas por el medioambiente han pasado en gran parte inadvertidas [Carina Dennis, Epigenetics and Disease: Altered States, Nature Nº 421, 2003, pp. 686–88]. Estas contribuciones se manifiestan principalmente mediante impulsos que activan enfermedades hereditarias como el cáncer. Las predisposiciones genéticas, en otras palabras, no son en sí mismas causas de la enfermedad. En efecto, sólo el 5% de aquellos que sufren de cáncer o de una enfermedad cardiovascular puede atribuír su aflicción a la herencia [Walter C. Willett, Balancing Lifestyle and Genomics Research for Disease Prevention, Science Nº 296, 2002, pp. 695–98]. Pero si el medioambiente puede provocar la enfermedad, también puede prevenir la enfermedad.

     La fluidez y la capacidad de respuesta final del genoma ante factores ambientales —sean ellos internos o externos al cuerpo— realmente nos lleva de vuelta a Mussolini, Licurgo y Nietzsche. A pesar de que ellos no estaban en posición de entender el cuerpo en los términos de la ciencia post-moderna, su insistencia en una relación entre el cuerpo y su concepción está científicamente justificada por la Epigenética, especialmente cuando consideramos las consecuencias fisiológicas de la ciencia cuántica.


Célula, Cuerpo y Mente

     Einstein reveló que nosotros no vivimos en un universo con objetos físicos aislados y separados por el espacio muerto. El universo es un todo indivisible y dinámico en el cual la energía y la materia están tan profundamente interconectadas que es imposible considerarlas como elementos independientes.

     Cuando los científicos estudian las propiedades físicas de los átomos, tales como masa y peso, ellas parecen y actúan como materia física. Sin embargo, cuando los mismos átomos son descritos en términos de potenciales de voltaje y longitudes de onda, ellos presentan las cualidades y las propiedades de las ondas de energía; lo que lleva a la conclusión de que la energía y la materia son una y la misma [Lucia Hackermüller y Stefan Uttenthaler, Wave Nature of Biomolecules and Fluorofullerenes, Physical Review Letters Nº 91(9), 2003, pp. 41–47]. Para los epigenetistas, este modelo de energía y materia ha permitido que la mente y el cuerpo sean vueltos a unir, con varios científicos —entre ellos el doctor Lipton— tratando de explicar cómo el pensamiento, en tanto energía de la mente, controla la fisiología del cuerpo. El trabajo de Lipton ha demostrado actualmente una relación directa entre el pensamiento y la conducta de las proteínas cromosómicas reguladoras, haciendo posible deducir la capacidad de un individuo para anular la programación genética.

     Cada célula es un ser inteligente que puede sobrevivir por sí mismo, como los científicos demuestran cuando ellos remueven células individuales del cuerpo y las ponen en un medio de cultivo. Del mismo modo, cada célula individual realiza las funciones biológicas ejecutadas por cada uno de los sistemas de nuestro cuerpo. Cada eukaryote (la célula contenedora del núcleo) posee el equivalente funcional de nuestro sistema nervioso, nuestro sistema digestivo, sistema respiratorio, sistema excretor, sistema endocrino, músculo y sistemas esqueléticos, sistema circulatorio, tegumento (piel), sistema reproductivo y hasta un sistema inmunológico primitivo, que utiliza una familia de proteínas "ubicuas" parecidas a un anticuerpo [Lipton, p. 37].

     Al igual que los humanos, las células singulares analizan miles de estímulos del microambiente que ellas habitan. Por medio del análisis de estos datos, las células seleccionan las respuestas conductuales apropiadas para asegurar su supervivencia. Las células individuales son también capaces de aprender mediante estas experiencias ambientales, y son capaces de crear memorias, como las inmunidades, que ellas transmiten a su descendencia [Lipton, p. 38].

     Lipton cree que es posible explicar el comportamiento de los humanos mediante una mejor comprensión de las células individuales. Y para decirlo claramente, el ser humano es sólo una colección de billones de células, cada una de las cuales está consciente de, y es receptiva a, su medioambiente, incluyendo la energía del cuerpo. En último término, Lipton señala la primacía de esta energía en el control del comportamiento de la célula. Y, algo predecible dadas sus propensiones estadounidenses post-modernas hacia el ecumenismo, él señala la "percepción" como una importante influencia en la dirección y las características de la energía corporal [Lipton, pp. 16–17].

     Si creemos que hay algo útil en la Epigenética y en los resultados de los estudios celulares de Lipton —y lo creemos—, no es ciertamente el mismo valor de uso que el propio Lipton supone. Como ya se mencionó, Lipton se siente cómodo con la idea de que el cuerpo y cada una de sus células pueden ser cuidados mediante el control de "la nutrición, la tensión y la emoción". Sin embargo, en ninguna parte de su trabajo puede ser encontrado el valor positivo de la forma burguesa de vida cuestionada en este aspecto. El doctor Lipton (y ciertamente no sólo él) parece suponer que la normalidad de la pereza, la glotonería y el "filisteísmo" cultural que proporciona el contenido de la vida estadounidense contemporánea es de algún valor positivo para el cuerpo humano natural, presuponiendo que uno maneja correctamente esos tres factores ambientales.


La Dureza Destruye la Decadencia

     La Epigenética investiga aspectos de la fluidez de la masa y de la energía. Esta fluidez nos proporciona un modo científico de entender el ideal griego, así como también una manera científica de explicar lo que Yukio Mishima entendía instintivamente acerca del cuerpo: que sin someternos a resistencias, llegamos a ser espiritual y físicamente flácidos y dóciles [Sun and Steel, Tokyo, 1970, p. 32]. En el espíritu de la obra Sol y Acero de Mishima, dejaremos de lado "la nutrición, la tensión y la emoción", al menos como los científicos burgueses las entienden, y nos concentraremos en cambio en el el ejercicio y su papel en la creación y mantenimiento de la vitalidad. Al hacer aquello, también demostraremos el gran potencial de la Epigenética como un instrumento dirigido contra la forma burguesa de vida.

     El ataque de Mishima contra la modernidad fue motivado muscularmente. Además de su conceptualización del heroísmo y la vida heroica —los cuales requerían músculos para ser conseguidos—, Mishima entendió que había una relación fisiológica entre las palabras y los cuerpos. Las primeras, decía él, son figuradamente proyectadas sobre éstos; y el cuerpo, como el depósito natural de las palabras, de los conceptos y los sistemas gramaticales (epistemológicos), es un mejor indicador del estado "espiritual" de un hombre que sus pensamientos [Mishima, pp. 17–19]. Esto es porque el cuerpo, según Mishima, tiene una relación más cercana con las ideas que el "espíritu" [Mishima, p. 16].

     De este modo, el cuerpo se conformará a cualquier ideal que uno tenga como su objetivo. En el mundo homérico, la nobleza requería músculos, porque el heroísmo era el camino hacia la nobleza. Pero asumiendo un enfoque epistémico (o de un escritor) de la idealización que hizo Licurgo del heroísmo, Mishima explicó que, sin las palabras, los cuerpos nunca se habrían conformado a un ideal griego [Mishima, p. 26]. Sin embargo, Mishima también siguió el camino de Licurgo mediante la "fisicalidad" hacia el más alto —el más ideal— nivel de conciencia. El acero, como él dijo, enseña lo que las palabras no pueden [Mishima, p. 28].

     Al igual que Nietzsche, quien también usó modelos fisiológicos de conciencia, los pensamientos de Mishima acerca del cuerpo realmente alzan el vuelo cuando uno se traslada desde el cuerpo individual al ambiente en el cual se le da significado. Hablando en general, Nietzsche comprendió que los cuerpos humanos reflejaban los sistemas morales y éticos en los cuales ellos vivían. Mishima propone una interpretación similar, entendiendo que los cuerpos reflejan los ideales de la época (en cuestión). Así, mientras los griegos idealizaron la fuerza y el coraje —suficiente para poner a éstos entre los ideales más valiosos a los cuales un hombre puede aspirar—, la modernidad idealiza el juicio pasivo y la resignada docilidad. Como tal, el heroísmo ha sido convertido en un enemigo de la gente, la Historia ha sido despojada de los ejemplos singulares, y a los hombres se les enseña a vivir en sistemas codificados mediante los cuales lo posible es popularizado [Mishima, pp. 36–44]. Los músculos, la base del heroísmo, no tienen ningún valor y tienen que conformarse con la extinción [Mishima, p. 26].

     En el decadente medioambiente moderno descrito por Mishima, la buena forma física no es el ideal, ya que ésta es burguesa y decadente, sólo otro vehículo para promover el hiper-consumo y el individualismo superficial que se auto-congratula. Pero la dureza es el ideal. Es el cuerpo siendo transformado por la resistencia (el acero) desde algo flácido y moderno a algo resistente y Clásico, no sólo en beneficio de cómo "parece" el cuerpo (incluso si esto es importante) sino por la transformación conceptual que debe haber acompañado a la transformación apariencial. Mishima exige que consideremos cuántas de nuestras figuras conceptuales, como el cinismo y la imaginación, están formuladas en un sentido de inferioridad física y pereza [Mishima, p. 41].

     A diferencia de Nietzsche, quien —siendo leído correctamente— exige que el lector vea mucho del Último Hombre en sí mismo, Mishima parece más provechoso para aquellos que ya han sido iniciados en los afectos transformativos del acero. En otras palabras, es difícil captar el sentido de la transformación que Mishima describe a menos que uno se haya sometido ya a una transformación similar. La percepción aumentada, o conciencia, por medio de la dureza física es algo que uno debe experimentar por uno mismo.

     Pero, si brevemente nos volvemos de nuevo hacia la ciencia, podemos conseguir una clara imagen de cómo el cuerpo reacciona a la dureza. Restringiendo nuestra discusión sólo a la testosterona, es posible demostrar que la mente y el cuerpo son igualmente transformados por la actividad física dura. El entrenamiento con pesas muy intenso y breve es el medio más eficaz de promover grandes aumentos de los niveles de testosterona. La testosterona es la principal hormona sexual en los varones, que no sólo guía la líbido sino también la agradable experiencia de los encuentros sexuales. Además de las funciones sexuales, la testosterona es fundamental para desarrollar y mantener la masa muscular y ósea.

     Sin embargo, los estudios acerca del impacto de la testosterona en la mente también confirman el valor de la dureza física para la cognición. Uno de estos estudios, publicados en 2006, demostró incrementadas capacidades visuales y espaciales, habilidades de cognición y reconocimiento, y sentidos de vitalidad y auto-estima en hombres con altos niveles de testosterona (versus el estrógeno) [Dheeraj Kapoor y otros, Testosterone Replacement Therapy and Diabetic Men, European Journal of Endocrinology Nº 154, Junio de 2006, pp. 899–906]. Químicamente, estos efectos son causados por el impacto de la testosterona en el hipotálamo, el "centro nervioso" de producción y distribución de las hormonas, y el "centro de comando de las emociones" [Michael Colgan, Hormonal Health, Nueva York, Apple Publishing, 1996, p. 18]. Varios hombres con quienes hemos hablado de este informe —incluyendo músicos de jazz ganadores del premio Grammy— señalaron la importancia del levantamiento de pesas en la estimulación de la creatividad, la claridad y la concentración.

     Al igual que gran parte de lo que hemos descrito acerca del ideal griego, hay una relación bidireccional entre la utilización de la testosterona y la muscularidad. Cuando la masa muscular del cuerpo aumenta, su proporción metabólica —activa o en reposo— se incrementa también. Esto significa que el cuerpo tiene que trabajar más duro a fin de apoyar al músculo aumentado. Siendo todo lo demás igual, el cuerpo utilizará más grasa como combustible para llevar a cabo esta tarea de apoyo. Esto es importante porque hay una relación inversa entre los niveles de grasa y la testosterona, mientras que hay una relación directa entre los niveles de grasa y el estrógeno. De esta manera, un alto nivel de grasa en relación a la masa muscular tiene un efecto perjudicial sobre las hormonas, la vitalidad y la fecundación.


Conclusión

     No es el objetivo de este informe, el tercero de una serie de cuatro, argumentar en contra de la importancia de la genética en la determinación del contenido de las vidas humanas. Al contrario, el informe procura explicar la importancia del medioambiente y los comportamientos personales sobre el funcionamiento apropiado y óptimo del material genético humano. Nuestra esperanza era usar la ciencia, no para justificar la comprensión instintiva que Nietzsche, Mishima, Licurgo o Mussolini tuvieron del cuerpo, la mente y la sociedad, sino para convencer a los hombres contemporáneos de colocar a la fisiología en el centro de una rebelión contra la modernidad burguesa.

     Tanto la Epigenética como la ciencia hormonal demuestran que el medioambiente manipula al cuerpo y a la mente. Mediante la dureza (en este caso, el entrenamiento intenso con pesas) es posible colocar una considerable distancia entre uno mismo y el ambiente de la modernidad burguesa.

     La forma burguesa de vida crea los cuerpos que necesita —máquinas obesas, perezosas y dóciles que consumen alimentos, estilos de vida y productos farmacéuticos inventados todos por los capitalistas— con la misma regularidad y determinación de la Esparta de Licurgo. Donde una busca la decadencia y el consumo, la otra buscó la pureza y el heroísmo. Pero incluso si estamos de acuerdo con Nietzsche en cuanto a que debe haber algo diminutivo concerniente a los cuerpos modernos cuando se los compara con aquellos producidos por las generalizadas narrativas Clásicas de grandeza, nobleza, competencia y belleza (estandarizada); e incluso si el cuerpo moderno ha sido activamente disciplinado por procesos disgénicos, todavía compartimos la misma disyuntiva de la primera generación de varones espartanos: debilidad o fuerza.

     El moderno medioambiente burgués dirige al cuerpo en un solo sentido: hacia la blandura, la enfermedad y la pereza. Una rebelión contra aquella forma de vida debe transvalorar ese proceso. El valor último de la Epigenética radica no sólo en el suministro de datos científicos para apoyar el contra-Iluminismo y la comprensión filosófica tradicional de la relación entre los sistemas sociales-conceptuales y la forma y contenido de los cuerpos, sino también para dejar en claro que el cuerpo desempeña un papel crítico tanto en nuestra esclavización como en la liberación desde la modernidad burguesa.

     Pero la fisiología decadente, tan mala como pueda ser, está compuesta por la creencia contra-moderna de que el contenido de nuestros pensamientos coincide con la forma de nuestros cuerpos. La debilidad corporal algunos creyeron (Mussolini, Licurgo, Nietzsche y Mishima, sólo por nombrar las figuras importantes para esta serie de informes) que representaba tanto la causa y el efecto de la debilidad conceptual y ética. Ciertamente, el ejemplo individualizado de Mishima de su desconfianza hacia las ideas de los haraganes, y la contemplación post-cristiana de Nietzsche de los estragos de los "despreciadores del cuerpo", proporcionan rupturas en la narrativa dadora de sentido de la decadencia fisiológica burguesa. El ennoblecimiento, como ambos autores nos recuerdan, está naturalmente asociado con la fuerza.

     La ciencia epigenética y la Nueva Biología parecen dispuestas a promover el fortalecimiento corporal como un medio para prevenir la enervación fisiológica, ya que la mente (para ellos) busca la misma tranquilidad y ocio decadentes que procura incluso el cuerpo que está "en forma". En cambio, nosotros sostenemos que la enervación es el estado normal de la mente y el cuerpo burgués, y que la testosterona y la vitalidad bajas son una consecuencia directa de esta forma de vida. Lo que prescribimos para alcanzar nuestro potencial fisiológico y conceptual no es la tranquilidad y el ocio, sino el dolor y la dureza.

     Esta serie de informes concluirá con un examen de los pensamientos de Nietzsche acerca de esta misma idea.–






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