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viernes, 6 de junio de 2014

Savitri Devi - La Visión Cíclica de la Historia



     El siguiente artículo escrito por Savitri Devi apareció publicado en 1948 en el periódico Volkfenew Dawn. Así dice en el sitio feastofhateandfear.com que fue donde lo encontramos, pero no logramos conseguir ninguna referencia extra sobre dicho periódico. Después de haberlo traducido vinimos a confirmar que este texto, con algunas pocas frases de menos, constituiría posteriormente el primer capítulo del libro The Lightning and the Sun (El Rayo y el Sol, 1958, escrito entre 1948 y 1956). Lo presentamos entonces como un artículo original separado, a pesar de lo que ya sabemos. Tampoco este texto abarca comprensivamente el tema enunciado en su título sino que realiza una especie de juicio a la modernidad.


La Visión Cíclica de la Historia
por Savitri Devi, 1948



     La idea de progreso —un mejoramiento indefinido— es cualquier cosa menos moderna. Es probablemente tan antigua como el intento más antiguo y exitoso del hombre de mejorar su entorno material y aumentar, mediante la habilidad técnica, su capacidad de ataque y defensa. La habilidad técnica, durante muchos siglos al menos, ha sido demasiado preciosa para ser despreciada. No: cuando se ha desplegado en un grado extraordinario, más de una vez ha sido saludada como algo casi divino.

     Maravillosas leyendas siempre han sido tejidas, por ejemplo, alrededor de tales hombres como se ha dicho, que, de alguna manera, han sido capaces de levantarse, físicamente, por encima de la tierra, ya sea Etana de Erech, quien se elevó al cielo "llevado sobre las alas del águila", o el famoso Ícaro, el desafortunado precursor de nuestros aviadores modernos, o el hermano de Manco Capac, Auca, que se decía que había sido dotado de alas "naturales", que finalmente fueron apenas mejores que las artificiales de Ícaro.

     Pero aparte de tales hazañas increíbles de un puñado de individuos, los Antiguos en conjunto se distinguieron por muchos logros materiales. Ellos podrían jactarse del sistema de irrigación en Sumeria; de la construcción de pirámides que revelaron, tanto en Egipto como, siglos más tarde, en América Central, un conocimiento asombroso de datos astronómicos; de los cuartos de baño y desagües en el palacio de Knossos; de la invención del carro de guerra después del arco y la flecha, y del reloj de arena después del reloj de sol —suficiente para marearse de orgullo y exceso de confianza en el destino de sus respectivas civilizaciones.

     Sin embargo, aunque ellos reconocieran completamente el valor de su propio trabajo en el campo práctico, y seguramente muy pronto concibieron la posibilidad —y quizás adquirieron la certidumbre— del progreso técnico indefinido, ellos nunca creyeron en el progreso como un todo, en el progreso en todos los frentes, como la mayor parte de nuestros contemporáneos parece hacer. De toda la evidencia se deduce que ellos se aferraron fielmente a la idea tradicional de la evolución cíclica y tuvieron, además de esto, el suficiente sentido común para confesar que (a pesar de todos sus logros) ellos no vivieron sino en el principio del prolongado proceso cuesta abajo constitutivo de su propio "ciclo" particular —y nuestro. Ya fueran hindúes o griegos, egipcios o japoneses, chinos, sumerios o antiguos americanos —o incluso romanos, los más modernos entre los pueblos de la Antigüedad—, todos ellos colocaron la "Edad de Oro", la "Edad de la Verdad" (Satya-yuga), el gobierno de Kronos [Saturno] o de Ra, o de cualesquiera otros dioses en la Tierra —el glorioso comienzo del lento despliegue descendente de la Historia, cualquiera sea el nombre que se le dé— lejos detrás de ellos en el pasado.

     Y ellos creían que el retorno de una Edad similar, pronosticada en sus respectivos textos sagrados y tradiciones orales, dependía no del esfuerzo consciente del hombre sino de leyes de hierro, inherentes a la naturaleza misma de la manifestación visible y tangible, y omnipresente; sobre leyes cósmicas. Ellos creían que el esfuerzo consciente del hombre es sólo una expresión de aquellas leyes en funcionamiento, que conducen al mundo, lo quiera éste o no, dondequiera que su destino esté; en una palabra, que la historia del hombre, como la historia del resto de la vida, era sólo un detalle en la historia cósmica sin comienzo ni final; un resultado periódico de la Necesidad interior que liga todos los fenómenos en el Tiempo.

     Y tal como los Antiguos podían aceptar aquella visión de la evolución del mundo mientras tomaban ventaja plena de todo el progreso técnico dentro de su alcance, del mismo modo así lo hacen hasta el día de hoy miles de hombres criados en el seno de las antiguas culturas centradas alrededor de las mismas tradicionales visiones, y, también, en el regazo de las culturas industriales excesivamente orgullosas, unos cuantos individuos dispersos capaces de pensar por sí mismos. Ellos contemplan la historia de la Humanidad en una perspectiva similar.

     Viviendo, aparentemente, como hombres y mujeres "modernos" —usando ventiladores y planchas eléctricas, teléfonos y trenes, y aviones cuando ellos pueden permitírselo— ellos alimentan en sus corazones un profundo desprecio por la vanidad pueril y las esperanzas hinchadas de nuestra época, y por las distintas recetas para "salvar a la Humanidad" que celosos filósofos y políticos ponen en circulación. Ellos saben que nada puede "salvar a la Humanidad", ya que la Humanidad está alcanzando el final de su ciclo actual. La ola que la transportó, durante tantos milenios, está a punto de romperse, con toda la furia de la velocidad adquirida, y de mezclarse una vez más en la profundidad del Océano inmutable de la existencia indiferenciada. Se elevará otra vez, algún día, con abrupta majestad, ya que tal es la ley de olas. Pero mientras tanto nada puede ser hecho para detenerla. Los desafortunados —los tontos— son aquellos hombres que, por alguna razón bien conocida por ellos —probablemente debido a su valoración exagerada de lo que se va a perder en el proceso—, quisieran detenerla. Los privilegiados —los sabios— son aquellos pocos quienes, estando totalmente conscientes de la inutilidad creciente de la Humanidad actual y de su muy aplaudido "progreso", saben cuán poco se va a perder en el próximo colapso, y lo esperan con una gozosa expectativa como la condición necesaria de un nuevo principio, una nueva "Edad de Oro", la cresta iluminada por el sol de la siguiente prolongada ola descendente sobre la superficie del interminable Océano de la Vida.

     Para aquellos privilegiados —entre quienes nos contamos— la sucesión entera de "acontecimientos actuales" aparece en una perspectiva completamente diferente de la de los desesperados creyentes en el "progreso", o de aquella gente que, aunque acepta la visión cíclica de la Historia y por lo tanto considera el colapso próximo como inevitable, siente pena de ver la civilización en la cual ellos viven precipitarse hacia su perdición

     Para nosotros, los altisonantes "ismos" a los cuales nuestros contemporáneos nos piden dar nuestra lealtad, ahora, en 1948, son todos igualmente vanos: destinados a ser traicionados, derrotados, y finalmente rechazados por los hombres en general, si es que contienen algo realmente noble: destinados a disfrutar, por el momento, alguna clase de éxito ruidoso, si son lo suficientemente vulgares, pretenciosos y matadores de almas para apelar al número creciente de esclavos mecánicamente condicionados que se arrastran sobre nuestro planeta y que se hacen pasar por hombres libres; todos destinados a demostrar, en definitiva, que no sirven para nada.

     Las religiones consagradas por el tiempo, pasando rápidamente de moda mientras los "ismos" actuales llegan a ser cada vez más populares, no son menos vanas, si es que no más: marcos de superstición organizada desprovistos de todo verdadero sentimiento de lo divino, o —entre gente más sofisticada— meros aspectos convencionales de la vida social, o sistemas éticos (y de una ética muy elemental) sazonados con una salpicadura de anticuados ritos y símbolos de los cuales difícilmente alguien se molesta en buscar el sentido original: dispositivos en las manos de los hombres inteligentes que están en el poder, para adormecer a los tontos y llevarlos a una obediencia permanente; nombres convenientes, alrededor de los cuales puede ser fácil reunir aspiraciones nacionales convergentes o tendencias políticas; o sólo el último recurso de débiles y excéntricos: esto es, prácticamente, todo lo que esas religiones son —todo a lo que ellas han sido reducidas en el curso de unos siglos— en su mayoría. Ellas están muertas; de hecho, tan muertas como los viejos cultos que florecieron antes de ellas, con la diferencia de que aquellos cultos han dejado hace mucho tiempo de exhalar el hedor de la muerte, mientras ellas (las llamadas "vivas") están todavía en la etapa en la cual la muerte es inseparable de la corrupción. De ninguna —ni del cristianismo ni del Islam, ni siquiera del budismo— puede esperarse ahora que "salve" algo de aquel mundo que alguna vez en parte conquistaron; ninguna tiene algún lugar normal en la vida "moderna", que es esencialmente carente de toda conciencia de lo eterno.

     No hay ninguna actividad en la vida "moderna" que no sea vana, salvo quizá aquella que tiene por objetivo la satisfacción del hambre corporal de alguien: el cultivo de arroz, el cultivo de trigo, la recolección de castañas en los bosques o de papas en alguna huerta. Y la única política sensata es dejar que las cosas sigan su curso y esperar al Destructor que viene, que está destinado a limpiar el terreno para la construcción de una nueva "Era de la Verdad": aquel a quien los hindúes llaman Kalki y a quien saludan como la décima y última encarnación de Vishnú, el Destructor cuyo advenimiento es la condición de la preservación de la vida, según las leyes eternas de la Vida.

     Sabemos que todo esto parecerá una completa locura a aquellos, cada vez más numerosos, que, a pesar de los horrores indecibles de nuestra época, están convencidos de que la Humanidad está "progresando". Aparecerá como cinismo incluso a muchos de aquellos que aceptan nuestra creencia en la evolución cíclica, que es la creencia universal y tradicional expresada en forma poética en todos los textos sagrados del mundo, incluída la Biblia. No tenemos nada para responder a esta posible última crítica, ya que está completamente basada sobre una actitud emocional que no es la nuestra. Pero podemos tratar de señalar la vanidad de la creencia popular en el "progreso", aunque ello sólo sea a fin de acentuar la racionalidad y la fuerza de la teoría de los ciclos.


Argumentos

     Los exponentes de la creencia en el "progreso" presentan muchos argumentos para demostrar —ante ellos mismos y ante otros— que nuestros tiempos, con todos sus indiscutibles inconvenientes, son en general mejor que cualquier época del pasado, e incluso que ellos muestran signos definidos de mejoramiento. No es posible analizar todos sus argumentos detalladamente, pero uno puede descubrir fácilmente las falacias escondidas en los más extendidos y, aparentemente, más "convincentes" de ellos.

     Todos los abogados del "progreso" ponen un gran énfasis sobre cosas tales como el alfabetismo, la "libertad" individual, la igualdad de oportunidades para todos los hombres, la tolerancia religiosa y la "Humanidad", el progreso de la cual cubre todas tales tendencias, que encuentran su expresión en la moderna preocupación por la protección de la infancia, en las reformas carcelarias, en mejores condiciones de trabajo, en la ayuda estatal al enfermo e indigente y, si no una mayor bondad, al menos una menor crueldad hacia los animales. Los sorprendentes resultados obtenidos, en años recientes, en la aplicación de descubrimientos científicos a actividades prácticas industriales y de otro tipo son, por supuesto, los más populares de todos los casos esperados para mostrar cuán maravillosos son nuestros tiempos. Pero no hablaremos de ese punto, por cuanto hemos dejado claro ya que de ningún modo negamos o minimizamos la importancia del progreso técnico. Lo que negamos realmente es la existencia de cualquier progreso en absoluto en el valor del Hombre como tal, individual o colectivamente, y nuestras reflexiones sobre el alfabetismo universal y otros "signos" muy elogiados de mejoramiento de lo cual nuestros contemporáneos se sienten orgullosos, surgen todas de aquel punto de vista.

     Creemos que el valor del Hombre —como el valor de cada criatura, en última instancia— radica no en el mero intelecto sino en el espíritu; en la capacidad para reflejar aquello que, a falta de una palabra más precisa, hemos decidido llamar "lo divino", es decir, lo que es verdadero y hermoso más allá de toda manifestación; aquello que permanece eterno (y por lo tanto inalterable) dentro de todos los cambios...

     ¿Progreso? Es verdad que hoy, al menos en todos los países altamente organizados (típicamente "modernos"), casi todos pueden leer y escribir. ¿Pero qué hay con eso?. Ser capaz de leer y escribir es una ventaja, y una considerable. Pero eso no es una virtud. Es una herramienta y un arma; un medio para un objetivo; una cosa muy útil, sin duda; pero no un fin en sí mismo. El valor último del alfabetismo depende del fin para el cual es usado. ¿Y con qué objetivo es generalmente usado hoy? Es usado para fines prácticos o de entretenimiento por aquellos que leen; para algún anuncio o alguna propaganda objetable —para algo rentable o para conseguir poder— por aquellos que escriben; a veces, por supuesto, por ambos, para adquirir y difundir el conocimiento desinteresado de las pocas cosas dignas de ser conocidas: para encontrar la expresión o darle alguna a los pocos sentimientos profundos que pueden elevar a un hombre hasta la conciencia de las cosas eternas, pero no más a menudo que en los días en que un hombre entre diez mil podía entender el simbolismo de la palabra escrita. Generalmente, hoy, la persona a quien la educación obligatoria ha hecho "letrada", usa la escritura para comunicar asuntos personales a amigos y parientes ausentes, para llenar formas —una de las ocupaciones internacionales de la civilizada Humanidad moderna— o para confiar la memoria de pequeñas cosas prácticas, cosas por otra parte insignificantes, como el domicilio de alguien o un número de teléfono, o la fecha de alguna cita con el peluquero o el dentista, o la lista de la ropa limpia de la lavandería. Él o ella leen "para pasar el tiempo" porque, fuera de las horas del trabajo monótono, el mero pensamiento ya no es intenso ni lo suficientemente interesante para servir a aquel objetivo.

     Sabemos que hay también gente cuyas vidas enteras han sido dirigidas hacia algún destino hermoso por un libro, un poema —una mera frase— que hubieran leído en su infancia distante, como Schliemann, quien generosamente gastó en excavaciones arqueológicas su riqueza reunida con paciencia y resueltamente en cuarenta años de un pesado y agotador trabajo, todo por la impresión que dejó sobre él, cuando muchacho, la inmortal historia de Troya. Pero tal tipo de gente siempre ha existido, incluso antes de que la educación obligatoria se pusiera de moda. Y las historias escuchadas y recordadas no eran menos inspiradoras que las historias ahora leídas. La verdadera ventaja del alfabetismo general, si tiene alguna, debe ser buscada en otra parte. Consiste no en la mejor calidad ya de hombres y mujeres excepcionales o de los millones alfabetizados sino más bien en el hecho de que estos últimos están rápidamente llegando a ser intelectualmente más perezosos y por lo tanto más crédulos que nunca —y no menos— y más fácilmente engañados, más propensos a ser conducidos como ovejas sin siquiera la sombra de una protesta, a condición de que todo sinsentido que se les quiera hacer tragar les sea presentado en forma impresa y con una apariencia de "científico". Mientras más alto el nivel general de alfabetismo, más fácil es, para un gobierno que controle la prensa diaria, la radio y la industria editorial —estos casi irresistibles modernos medios de acción sobre la mente— mantener a las masas y a la clase intelectual bajo su pulgar, sin que ellos siquiera lo sospechen.

     Entre gente ampliamente analfabeta pero más activamente pensadora, abiertamente gobernada en una manera más autocrática, un profeta, portavoz directo de los dioses o de aspiraciones colectivas genuinas, siempre podría esperar elevarse entre la autoridad secular y el pueblo. Los sacerdotes mismos nunca podían estar completamente seguros de mantener a la gente en la obediencia para siempre. La gente podía decidir escuchar al profeta, si les gustara. Y a veces ellos lo hicieron. Hoy en día, en que el alfabetismo universal es prevaleciente, inspirados exponentes de la verdad eterna —profetas— o incluso defensores desinteresados de cambios prácticos oportunos, tienen cada vez menos posibilidades de aparecer. El pensamiento sincero, el verdadero pensamiento libre, listo, en nombre de una autoridad sobrehumana o del humilde sentido común, para cuestionar el fundamento de lo que es oficialmente enseñado y generalmente aceptado, es cada vez menos probable que prolifere.

     Es, repetimos, mucho más fácil esclavizar a un pueblo alfabetizado que a uno analfabeto, por extraño que esto pueda parecer a primera vista. ¡Y la esclavitud es probable que sea más duradera!. La verdadera ventaja del alfabetismo universal es apretar más las garras del poder gobernante sobre los millones de tontos y vanidosos. Eso es probablemente por qué es repetido sobre nuestras cabezas, desde la infancia en adelante, que el "alfabetismo" es una bendición. La capacidad de pensar por uno mismo es, sin embargo, la verdadera bendición. Y aquello siempre fue y siempre será el privilegio de una minoría, alguna vez reconocida y respetada como una élite natural. Hoy, la educación obligatoria de masas y una literatura cada vez más estandarizada para el consumo de cerebros "condicionados" —signos sobresalientes del "progreso"— tienden a reducir a aquella minoría a las más pequeñas proporciones posibles; y en último término, para suprimirla totalmente. ¿Es esto lo que la Humanidad quiere?. De ser así, la Humanidad está perdiendo su razón de ser, y mientras más pronto llegue el final de esta supuesta "civilización", mejor.

     Lo que hemos dicho del alfabetismo puede ser repetido en términos generales de aquellas otras dos glorias principales de la moderna Democracia: la "libertad individual" y la igualdad de oportunidades para cada persona. La primera es una mentira, y una mentira cada vez más siniestra, por cuanto los grilletes de la educación obligatoria están siendo cada vez más irremediablemente sujetados alrededor del ser entero de la gente. La segunda es un absurdo.

     Una de las más divertidas inconsistencias del ciudadano promedio del mundo industrializado moderno es la forma en la cual él critica todas las instituciones de las más antiguas y mejores civilizaciones, tales como el sistema de castas de los hindúes o el absorbente culto a la familia del Lejano Oriente, a causa de que éstos tienden a disminuír la "libertad del individuo". Él no comprende cuán severas —no: cuán aniquilantes— son las órdenes de la autoridad colectiva a la que él obedece (la mitad del tiempo, inconscientemente) comparadas con aquellas de las autoridades colectivas tradicionales, en sociedades aparentemente menos "libres". A la gente controlada por la casta o por la familia, de India o del Lejano Oriente, podría no permitírsele hacer todo lo que ella quisiera, en muchas materias relativamente insignificantes y en unos cuantos asuntos realmente de suma importancia en su vida diaria, pero a ellos se les deja creer lo que les guste, o mejor dicho lo que ellos puedan creer; sentir según su propia naturaleza y expresarse libremente sobre un gran número de asuntos esenciales; se les permite conducir su vida superior en la manera que ellos juzguen más sabia para ellos, después de que sus deberes con la familia, la casta y el rey han sido cumplidos.

     El individuo que vive conforme a la regla de hierro y de acero del moderno "progreso" puede comer lo que quiera que imagine (en alto grado) y casarse con quien desee —¡lamentablemente!— e ir dondequiera que guste (en teoría al menos), pero él está hecho para aceptar, en todos los asuntos extra-individuales —materias que, para nosotros, realmente cuentan—, las creencias, la actitud frente a la vida, la escala de valores y, en un alto grado, las opiniones políticas, que tienden a reforzar el poderoso sistema socio-económico de explotación al cual él pertenece (al cual él está obligado a pertenecer, a fin de ser capaz de vivir) y en el cual él es un mero engranaje. Y lo que es más, él está hecho para creer que es un privilegio suyo ser un engranaje en tal organismo, y que los asuntos sin importancia en los cuales él siente que es su propio amo son, en efecto, los más importantes, los únicos realmente importantes. A él se le enseña a no valorar aquella libertad del juicio sobre la verdad, la estética, la ética o la metafísica finales, de las cuales él es sutilmente privado. Más aún: a él se le dice —en los países democráticos por lo menos— que es libre en todos los aspectos; que él es "un individuo, responsable ante nadie excepto ante su propia conciencia"... ¡después de que años de un astuto condicionamiento han moldeado su "conciencia"!; y todo su ser está tan completamente de acuerdo con el modelo, que ya no es capaz de reaccionar de una manera diferente. ¡Bien puede tal hombre hablar de la "presión sobre el individuo" en cualquier sociedad, antigua o moderna!.

     Uno puede comprender hasta qué grado las mentes masculinas han sido doblegadas, tanto por un condicionamiento deliberado como por uno inconsciente, en el mundo en el cual vivimos hoy, cuando uno encuentra a gente que nunca ha estado bajo la influencia de la civilización industrial, o cuando uno resulta que es lo bastante afortunado como para haber desafiado, desde la infancia en adelante, la perniciosa presión de la educación estandarizada y ha permanecido libre entre la muchedumbre de aquellos que reaccionan como se les enseñó, en todos los asuntos fundamentales. El abismo que existe entre el que piensa y el irreflexivo, entre el libre y los esclavos, es espantoso.

     En cuanto a la "igualdad de oportunidades", no puede haber tal cosa de ninguna manera, hablando realmente. Produciendo a hombres y mujeres diferentes tanto en grado como en calidad de inteligencia, sensibilidad y poder de voluntad, diferentes en carácter y temperamento, la Naturaleza misma les da las oportunidades más desiguales de realizar sus aspiraciones, cualesquiera sean éstas. Una persona sobre-emocional y más bien débil no puede concebir, por ejemplo, ni el mismo ideal de felicidad ni tener posibilidades iguales de alcanzarla en la vida, como el de quien nace con una naturaleza más equilibrada y una voluntad más fuerte. Es obvio...

     Lo que nuestros contemporáneos quieren decir cuando ellos hablan de la "igualdad de oportunidades" es el hecho de que, en la sociedad moderna —así dicen ellos— cualquier persona tiene tantas posibilidades como su vecino de mantener una posición y hacer el trabajo para el cual está naturalmente capacitado. Pero eso también es sólo en parte verdadero, puesto que cada vez más, el mundo de hoy —el mundo dominado por la industria a gran escala y la fabricación en serie— puede ofrecer sólo empleos en los cuales lo mejor de sí mismos de los trabajadores juega una parte muy menor o ninguna si se es algo más que una persona simplemente lista y materialmente eficiente. El artesano hereditario, que podía encontrar la mejor expresión para lo que es adecuadamente llamado su "alma" en su obra diaria de tejido, fabricación de alfombras, trabajo de esmalte, etcétera..., incluso el labrador de la tierra, en contacto personal con la Madre Tierra y el Sol y las estaciones, está llegando a ser cada vez más una figura del pasado. Hay cada vez menos oportunidades, también, para el buscador sincero de la verdad —orador o escritor— que rechaza convertirse en el expositor de ideas ampliamente aceptadas, productos de condicionamiento de masas, para lo cual no está disponible; para el buscador de la belleza que rechaza doblegar su arte a las demandas del gusto popular que sabe que son de mal gusto. Dicha gente tiene que gastar la mayor parte de su tiempo haciendo ineficientemente —y de mala gana— algún trabajo para el cual no está capacitada, a fin de vivir, antes de que ellos puedan dedicar el resto de ello a lo que los hindúes llamaría su sadhana, el trabajo para el cual su naturaleza más profunda los ha destinado, la dedicación de su vida.

     La idea de la moderna división del trabajo, condensada en la frase citada a menudo "el hombre correcto en el lugar correcto", se reduce, en la práctica, al hecho de que cualquier hombre —cualquiera de los millones de torpes y faltos de criterio— puede ser "condicionado" para ocupar cualquier lugar, mientras los mejores de los seres humanos, los únicos que todavía justifican la existencia de las especies cada vez más degeneradas, no son permitidos en ningún lugar en absoluto. Progreso...


¿Tolerancia?

     Queda la "tolerancia religiosa" de nuestros tiempos y su "humanidad", comparada con la "barbarie" del pasado. ¡Dos chistes, por decir lo menos!.

     Recordando algunos de los horrores más espectaculares de la Historia —la quema de "herejes" y "brujas" en la estaca; la masacre al por mayor de "paganos", y otras manifestaciones no menos repulsivas de la civilización cristiana en Europa, la conquistada América, Goa, y otras regiones—, el hombre moderno está lleno de orgullo por el "progreso" llevado a cabo, en una línea al menos, desde el final de la Época Oscura del fanatismo religioso. Con todo lo malos que ellos puedan ser, nuestros contemporáneos se han criado, en cualquier caso, en el hábito de torturar a la gente por insignificancias tales como su concepción de la Santa Trinidad o sus ideas sobre la predestinación y el Purgatorio. Tal es el sentimiento del hombre moderno, porque las cuestiones teológicas han perdido toda importancia en su vida. Pero en los días en que las iglesias cristianas se perseguían unas a otras e instaban a la conversión de las naciones paganas por medio de sangre y fuego, tanto los perseguidores como los perseguidos, tanto los cristianos como aquellos que deseaban permanecer fieles a credos no-cristianos, consideraban tales asuntos como vitales de una manera u otra. Y la verdadera razón por la cual nadie es puesto para ser torturado, hoy, por su creencias religiosas, no es que la tortura como tal se haya hecho desagradable para cada uno, en la "avanzada" civilización del siglo XX, ni que los individuos y los Estados se hayan hecho "tolerantes", sino sólo que, entre aquellos que tienen el poder de infligir el dolor, difícilmente alguien toma algún interés vivo y vital en la religión, mucho menos en la teología.

     La supuesta "tolerancia religiosa" practicada por los Estados e individuos modernos surge de cualquier cosa menos de una comprensión inteligente y un afecto hacia todas las religiones como expresiones diversas y simbólicas de las mismas pocas verdades esenciales y eternas... Es más bien el resultado de un desprecio groseramente ignorante hacia todas las religiones; de la indiferencia a aquellas mismas verdades que sus distintos fundadores se esforzaron por reafirmar, una y otra vez. No es tolerancia en absoluto.

     Para juzgar cuánto derecho tienen o no nuestros contemporáneos a jactarse de su "espíritu de tolerancia", lo mejor es mirar su comportamiento hacia aquellos a quienes ellos decididamente consideran como enemigos de sus dioses: los hombres que resultan sostener opiniones contrarias a las suyas acerca no de alguna nimiedad teológica, en la cual ellos no están interesados, sino de alguna ideología política o sociopolítica que ellos consideran como "una amenaza para civilización" o como "el único credo mediante el cual la civilización puede ser salvada". Nadie puede negar que en tales circunstancias, y especialmente en tiempos de guerra, todos ellos llevan a cabo —en la medida en que tienen el poder— o justifican —en la medida en que ellos no tienen, ellos mismos, la oportunidad de llevar a cabo— acciones tan feas, bajo todos los conceptos, como aquellas ordenadas, realizadas o toleradas en el pasado, en nombre de diferentes religiones (si es que estas últimas en efecto son feas). La única diferencia es, quizá, que las modernas atrocidades a sangre fría sólo llegan a ser conocidas cuando los poderes ocultos que están en control de los medios del condicionamiento del rebaño —de la prensa, la radio y el cine— deciden, con fines de cualquier tipo salvo "humanitarios", lo que ellas deberían ser, es decir, cuando ellas resultan ser las atrocidades de los enemigos, no las propias —ni las de los "valientes aliados" de uno—, y cuando se piensa, por lo tanto, que su historia es "buena propaganda", debido a la corriente de indignación que se espera que ello cree y del nuevo incentivo que se espera que ello dé al esfuerzo de la guerra.

     Además, después de una guerra, luchada o supuestamente habiendo sido luchada por una ideología —el equivalente moderno de los amargos conflictos religiosos de antaño—, los horrores que correcta o equivocadamente se ha dicho que han sido perpetrados por los vencidos, son los únicos a ser difundidos por todo el mundo, mientras que los vencedores intentan, con tanta fuerza como pueden, hacer creer que su Alto Comando al menos nunca cerró sus ojos ante algún horror similar. Pero en la Europa del siglo XVI, y antes, y entre los guerreros del Islam que condujeron la "yihad" contra hombres de otra fe, cada lado estaba bien consciente de los atroces medios usados, no sólo por sus oponentes para sus "sucios fines", sino por su propia gente y sus propios líderes a fin de "desarraigar la herejía" o "luchar contra el papismo". El hombre moderno es más un cobarde moral. Él quiere las ventajas de la intolerancia violenta —la que es sólo natural— pero rehúye la responsabilidad de ello. Progreso, eso también.


¿Humanidad?

     La llamada "humanidad" de nuestros contemporáneos (comparados con sus antepasados) es sólo falta de coraje o la carencia de sentimientos fuertes, cobardía creciente o apatía creciente.

     El hombre moderno es muy escrupuloso cuando se trata de atrocidades —incluso acerca de la brutalidad ordinaria y poco imaginativa— sólo cuando resulta que los objetivos para los cuales las acciones atroces o simplemente brutales son realizadas le son odiosos o indiferentes. En todas las otras circunstancias él cierra sus ojos a cualquier horror, especialmente cuando él sabe que las víctimas nunca pueden desquitarse (como es el caso con todas las atrocidades cometidas por el hombre sobre los animales, para cualquier objetivo que sea) y él exige, a lo más, que no se las recuerden demasiado a menudo y demasiado ruidosamente. Él reacciona como si clasificara las atrocidades según dos especies: las "inevitables" y las evitables. Las "inevitables" son aquellas que sirvieron o se supone que sirvieron para el propósito del hombre moderno —generalmente el "bien de la Humanidad" o el "triunfo de la Democracia". Ellas son toleradas... no: justificadas. Las "evitables" son aquellas que son cometidas ocasionalmente, o que se dice que son cometidas por gente cuyo objetivo es ajeno a este hombre moderno. Sólo ellas son condenadas, y sus autores reales o supuestos —o inspiradores— etiquetados por la opinión pública como "criminales contra la Humanidad".

     ¿Cuáles son, en cualquier caso, los supuestos signos de aquella maravillosa "humanidad" del hombre moderno, según aquellos que creen en el progreso?. Ya no tenemos hoy —dicen ellos— las horrorosas ejecuciones de los tiempos antiguos; los traidores ya no son "colgados, arrastrados y descuartizados" como era la costumbre en la gloriosa Inglaterra del siglo XVI. Algo que se asemejara en el aspecto siniestro a la tortura y la ejecución de François Damien, en la plaza central de París, ante miles de personas que intencionadamente fueron a verlo, el 28 de Mayo de 1757, sería impensable en la Francia moderna. El hombre moderno tampoco apoya la esclavitud, ni justifica (en teoría, al menos) la explotación de las masas bajo ninguna forma. Y sus guerras —incluso sus guerras, monstruosas como ellas pueden parecer, con su elaborado aparato de una costosa maquinaria endemoniada— están comenzando a admitir, dentro de su código (así dice uno), alguna cantidad de humanidad y justicia. El hombre moderno está horrorizado de sólo pensar en el tiempo de guerra, hábitos de los pueblos antiguos, en el sacrificio de doce jóvenes troyanos a la sombra del héroe griego Patroclo, para no hablar de los sacrificios mucho menos antiguos pero mucho más atroces de los prisioneros de guerra al dios azteca de la guerra Huitzilopochtli. (Pero los aztecas, aunque relativamente modernos, no eran cristianos, ni, por lo que sabemos, creyentes en todo el progreso circular). Finalmente —uno dice— el hombre moderno es más amable, o menos cruel, con los animales que lo que lo eran sus antepasados.

     Sólo una enorme cantidad de prejuicio a favor de nuestros tiempos puede posibilitar que uno sea engañado por tales falacias.

     Ciertamente el hombre moderno no apoya la esclavitud; él la denuncia vehementemente. Pero él la practica sin embargo —y en una escala más grande que nunca, y mucho más completamente que los antiguos alguna vez pudieron—, ya en el Occidente capitalista o en los trópicos, o (de lo que uno oye desde fuera de sus paredes impenetrables) incluso en el Estado que se supone que es hoy el "paraíso de los trabajadores". Hay diferencias, por supuesto. En la Antigüedad, hasta el esclavo tenía horas de ocio y alegría que eran todas propias; él tenía sus juegos de dados a la sombra de las columnas del pórtico de su amo, sus chistes gruesos, su charla libre, su vida libre fuera de su rutina cotidiana. El esclavo moderno no tiene el privilegio de la holgazanería, completamente despreocupada, durante media hora. Su supuesto ocio en sí mismo está o lleno de un entretenimiento casi obligatorio, tan exigente y a menudo tan aburrido como su trabajo, o —en las "tierras de la libertad"— envenenado por las preocupaciones económicas. Pero él no es abiertamente comprado y vendido. ¡Él es sólo tomado!. Y tomado, no por un hombre de algún modo al menos superior a él, sino por un enorme sistema impersonal sin un cuerpo al cual patear o sin un alma para condenar o una cabeza para que responda por su maldad.

     Y del mismo modo, los viejos horrores sin duda no han desaparecido de los registros de la supuesta Humanidad civilizada, tanto en cuanto a justicia como en cuanto a guerra. Pero épocas nuevas y peores, desconocidas para los tiempos "bárbaros", se han instalado sigilosamente en su lugar...

     Y, bastante curiosamente —aunque (ellos dicen) ellos "odian tales cosas"— un número considerable de hombres y mujeres de hoy, mientras que carecen de las agallas para cometer acciones horribles personalmente, parecer estar tan dispuestos como siempre a mirarlas ser realizadas o, al menos, a pensar en ellas y a deleitarse con ellas, y disfrutarlas por cuenta ajena, de serles negado el placer mórbido de mirarlas...

     Tales son también los millones de gente, hasta ahora "civilizada" y aparentemente benigna, que se revelan a sí mismos en su luz apropiada apenas una guerra estalla, es decir, apenas ellos se sienten animados a mostrar el tipo más repulsivo de imaginación en descripciones competitivas de qué torturas cada uno de ellos infligiría sobre los líderes del enemigo, si él —o más a menudo ella— tuviera una mano libre. Tales son, en el fondo, todos aquellos que se deleitan con los sufrimientos del enemigo caído después de una guerra victoriosa. Y ellos son también millones: millones de salvajes sustitutos, significando al mismo tiempo crueles —poco viriles— a quienes los guerreros de las llamadas épocas "bárbaras" habrían despreciado completamente...


La "Edad Oscura"

     Tal mundo bien puede jactarse de su tierno cuidado por perros y gatos de competición y por animales mascotas en general, mientras trata de olvidar (y hacer que las mejores civilizaciones olviden) el hecho horrible de un millón de criaturas vivisectadas cada año, sólo en Gran Bretaña. No puede hacernos pasar por alto sus horrores ocultos y convencernos de su "progreso" en bondad hacia los animales, más que de su bondad creciente hacia la gente "independientemente de su credo". Rechazamos ver en ello algo más que la más oscura evidencia viva de lo que los hindúes han caracterizado desde tiempo inmemorial como "Kali-yuga", la "Edad Oscura", la Era de la Tiniebla, la última (y, por suerte, la más corta) subdivisión del actual ciclo de la Historia.

     No hay ninguna esperanza de "poner derechas las cosas" en tal época. Es, esencialmente, la edad tan enérgica aunque lacónicamente descrita en el Libro de libros —el Bhagavad-Gita— como aquella en la cual "de la corrupción de las mujeres procede la confusión de las castas; de la confusión de las castas, la pérdida de la memoria; de la pérdida de la memoria la carencia de entendimiento; y de todo esto, todos los males"; la edad en la cual la falsedad es llamada "la verdad" y la verdad perseguida como la falsedad o burlada como si fuese locura; en la cual los exponentes de la verdad, los líderes divinamente inspirados, los verdaderos amigos de todo lo viviente —los hombres divinos— son derrotados, y sus seguidores son humillados y su memoria difamada, mientras los maestros de las mentiras son aclamados como "salvadores"; la edad en la cual cada hombre y mujer está en el lugar equivocado, y el mundo está dominado por individuos inferiores y doctrinas viciosas, siendo todo parte inherente de un orden de fealdad connatural mucho peor que la anarquía completa.

     Ésta es la época en cual nuestros triunfantes demócratas y nuestros esperanzados comunistas se jactan del "progreso lento pero continuo por medio de la ciencia y la educación". ¡Muchísimas gracias por tal "progreso"!. La mera vista de ello es suficiente para confirmarnos en nuestra creencia en la inmemorial teoría cíclica de la Historia, ilustrada en los mitos de todas las religiones antiguas y naturales... Nos impresiona el hecho de que la historia humana, lejos de ser una constante ascensión hacia lo mejor, es un proceso crecientemente desesperado de bastardización, de emasculación y desmoralización de la Humanidad; una inexorable "caída". Esto despierta en nosotros las ansias para ver el final, el colapso final que empujará hacia el olvido tanto a aquellos "ismos" sin valor que son el producto de la decadencia del pensamiento y del carácter, como a las no menos indignas religiones de la igualdad que lentamente se han preparado y establecido para ellos; ansias para ver la venida de Kalki, el divino Destructor del mal, el alba de la apertura de un nuevo Ciclo, como todos los ciclos del tiempo alguna vez lo hicieron, con una "Edad de Oro".

     ¡No importa cuán sangriento pueda ser el colapso final!. ¡No importa qué viejos tesoros puedan desaparecer para siempre en la conflagración redentora!. Mientras más pronto llegue, mejor. Estamos esperando por ello —y por la gloria subsecuente— confiados en la Ley cíclica divinamente establecida que gobierna todas las manifestaciones de la existencia en el Tiempo: la ley del Eterno Retorno. Estamos esperándolo, y al triunfo subsecuente de la Verdad perseguida hoy; esperando el triunfo bajo cualquier nombre, de la única fe en armonía con las leyes eternas del ser; del único "ismo" moderno que es todo menos "moderno", siendo sólo la última expresión de principios tan antiguos como el Sol; el triunfo de todos aquellos hombres que, a lo largo de los siglos y hoy, nunca han perdido la visión del Orden eterno, decretado por el Sol, y que han luchado con un espíritu desinteresado para imprimir aquella visión sobre otros. Estamos esperando la restauración gloriosa, esta vez a una escala mundial, de la "Edad de Oro", del eterno Orden del Cosmos.

     Ésta es la única cosa por la cual vale la pena vivir —y morir, de ser dado dicho privilegio— ahora, en 1948.–


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