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sábado, 24 de mayo de 2014

William L. Pierce - Dostoievsky Acerca de los Judíos



     Publicado este breve artículo originalmente en 1979 (hace 35 años), en la edición Nº 72 de National Vanguard, lo hemos hallado nuevamente presentado en counter-currents.com de donde lo hemos traducido. Aquí el estadounidense señor Pierce (1933-2002), filósofo y doctor en Física, presenta algunas notas y comentarios sobre un aspecto del escritor ruso F. Dostoievsky que suele ser dejado de lado, que es el de su crítica hacia ciertos explotadores del pueblo ruso que existían en su tiempo, crítica que el paso del tiempo ha demostrado como completamente profética, como recalca el señor Pierce.


Dostoievsky acerca de los Judíos
por el Dr. William Pierce, 1979



     Fiódor M. Dostoievsky (1821-1881) fue uno de los mayores escritores de Rusia. Hijo de un médico de modestos recursos, él tuvo la oportunidad de recibir una educación, y fue entrenado como un ingeniero. Él permaneció cerca del pueblo común de Rusia, sin embargo, en las experiencias de su vida y en su escritura.

     Dostoievsky era un patriota ferviente, pero su asociación con un círculo de escritores radicales condujo a su detención a la edad de 27 años. Él fue posteriormente condenado a muerte, indultado en el último momento, y transportado a Siberia, donde pasó cuatro años en una prisión-campamento de trabajo. Esto fue seguido por varios años como un conscripto en una unidad siberiana en el ejército ruso.

     Después de su retorno de Siberia, Dostoievsky escribió varias novelas, incluyendo Crimen y Castigo (1866), El Idiota (1868), Los Demonios (1871) y Los Hermanos Karamazov (1880), todas las cuales disfrutaron de una inmensa popularidad. Fue su Diario de un Escritor, sin embargo, publicado por partes durante el período 1873-1881, el que más explícitamente declaró su sentimiento por su pueblo y por Rusia.

     El Diario de Dostoievsky trataba con muchísimas cuestiones de quemante interés para sus compatriotas, mostrando claramente la perspicacia y sensibilidad que hizo de él uno de los más queridos de todos los grandes escritores que Rusia ha producido. Boris Brasol, que tradujo el Diario de un Escritor al inglés, ha descrito la reacción del pueblo ruso a la muerte de Dostoievsky el 9 de Febrero de 1881:

     «Las noticias de la muerte de Dostoievsky se esparcieron instantáneamente, como una corriente eléctrica, a las partes más remotas de Rusia, y una ola de luto se extendió por los corazones de su pueblo entristecido... Enormes muchedumbres asistieron a su funeral: hombres y mujeres de todas las condiciones sociales: estadistas de alto rango y prostitutas oprimidas, campesinos analfabetos y distinguidos hombres de letras, oficiales del ejército y doctos científicos, sacerdotes crédulos y estudiantes incrédulos, ellos estaban todos allí.

     «¿A quién sepultó Rusia con una reverencia tan grande?; ¿fue sólo a uno de sus famosos hombres de letras? En realidad no: En aquel ataúd pusieron a un hombre noble y altivo, un profesor prudente, un profeta inspirado cuyos pensamientos, como cumbres de montaña, estaban siempre orientados hacia el cielo, y quien había medido las profundidades del corazón trémulo del hombre con todas sus luchas, pecados y tempestades, sus dificultades, dolores y penas, sus lágrimas invisibles y sus pasiones ardientes...».

     Tanto como su pueblo lo amó, Dostoievsky por su parte los amó; y despreció a sus enemigos y explotadores. Principales entre éstos eran los judíos de Rusia. En la época de Dostoievsky había aproximadamente tres millones de ellos, algunos descendientes de los jázaros, una tribu asiática del Sur de Rusia que se había convertido al judaísmo un milenio antes, y otros que se habían congregado en Rusia provenientes desde el Oeste durante la Edad Media, cuando fueron expulsados a la fuerza de cada país de Europa occidental y central.

     Desdeñando el trabajo honesto, los judíos se habían sujetado a los campesinos y artesanos rusos como un ejército de sanguijuelas. El préstamo de dinero, el comercio de licor y la esclavitud Blanca eran sus medios preferidos de ganarse la vida, y sus medios para destruír al pueblo ruso.

     Tan grande era el odio que sentían los rusos hacia sus atormentadores judíos que los gobernantes rusos se vieron obligados a instituír una legislación especial, tanto para proteger a los judíos como para limitar sus depredaciones contra el pueblo ruso. Entre estas últimas leyes estaba una prohibición contra el asentamiento de judíos en Rusia central; ellos fueron restringidos a las regiones de Rusia occidental y del Sudoeste (la "Zona de Asentamiento") donde ellos habían sido más fuertemente concentrados cuando Catalina la Grande proclamó la prohibición, en el siglo XVIII.

     Esto, por supuesto, fue considerado por los judíos como una "persecución", y fue su llorar incesante por no ser permitidos sujetarse sobre el pueblo de Rusia central lo que primero movió a Dostoievsky para poner su pluma a escribir sobre la cuestión judía. En la sección de su Diario publicada en Marzo de 1877, el escritor comentó:

     «...Sé que en el mundo entero no hay ciertamente ningún otro pueblo que se quejaría tanto de su suerte, sin cesar, después de cada paso y palabra suya, sobre su humillación, su sufrimiento, su martirio. Uno podría pensar que no son ellos los que reinan en Europa, quienes dirigen allí al menos las bolsas de comercio y, por lo tanto, la política, los asuntos domésticos, la moralidad de los Estados».

     Dostoievsky, quien había llegado a estar demasiado familiarizado con los judíos y sus actitudes personales hacia sus huéspedes rusos, primero como un muchacho en la pequeña finca de su padre, donde él observó el trato del judío con los campesinos locales, y más tarde en la prisión, donde él notó el comportamiento distante de los presos judíos hacia los presos rusos, llegó a especular sobre lo que pasaría a los rusos si los judíos siempre tuvieran la sartén por el mango:

     «...Ahora, ¿cómo sería si en Rusia no hubieran tres millones de judíos sino tres millones de rusos, y hubiera ochenta millones de judíos?: ¿en qué convertirían ellos a los rusos y cómo los tratarían?; ¿les permitirían adquirir igualdad de derechos?; ¿les permitirían seguir su religión libremente en su medio?. ¿No los convertirían ellos en esclavos?. Peor que eso: ¿no los despellejarían totalmente?, ¿no los matarían hasta el último hombre, al punto de la exterminación completa, como ellos solían hacer con los extranjeros en la Antigüedad, durante su historia antigua?».

     Esta especulación resultó ser tristemente profética ya que sólo un poco más de cuatro décadas más tarde, sanguinarios comisarios judíos, que conformaban el grueso de los líderes bolcheviques, estaban supervisando la matanza de rusos por millones.

     Dostoievsky identificó correctamente el secreto de la fuerza de los judíos —en realidad, de su misma supervivencia durante un período de 40 siglos— como su exclusividad, su profundamente arraigada perspectiva mental sobre el mundo no-judío entero como un extranjero, como un inferior, y como algo hostil. Esta perspectiva condujo a los judíos a pensar siempre de sí mismos como teniendo una situación o posición especial. Incluso cuando ellos estaban tratando muy zalameramente de convencer a los no-judíos de que los judíos eran como todos los demás, ellos mantuvieron la actitud interior de un pueblo que constituía una comunidad especial dentro de la más grande comunidad de gentiles. Dostoievsky indicó:

     «...Es posible esbozar al menos ciertos síntomas del aquel status in statu [Estado dentro del Estado], aunque sólo fuera exteriormente. Estos síntomas son: alienación y distanciamiento en materia de dogma religioso; la imposibilidad de la fusión; la creencia de que en el mundo existe sólo una entidad nacional, el judío, mientras, aunque existan otras entidades, sin embargo, debería suponerse que ellas son, por así decirlo, inexistentes. "Sal de la familia de las naciones y forma tu propia entidad, y sabrás que de aquí en adelante tú eres el único ante Dios; extermina al resto, o hazlos esclavos. Ten fe en la conquista del mundo entero; adhiérete a la creencia de que todo se someterá a ti. Aborrece estrictamente todo, y no tengas comunicación con nadie en tu modo de vida. Y aunque pierdas la tierra, y tu individualidad política, aunque seas dispersado por toda la faz de la tierra, entre todas las naciones, no importa, ten fe en todo lo que te ha sido prometido, una vez y para siempre; cree que todo eso llegará a ocurrir, y, mientras tanto, vive, aborrece, únete, y manipula; y espera, espera..."».

     ¿Es alguna maravilla que, aunque prácticamente cada estadounidense con una educación de escuela secundaria haya leído de Dostoievsky o Crimen y Castigo o Los Hermanos Karamazov (o ambos), su Diario de un Escritor haya sido silenciosamente consignado al olvido por los controlados establecimientos educacionales y editoriales en este país?. La única impresión del Diario de un Escritor actualmente circulante es la publicada por un pequeño editor especializado (Octagon Books), para la venta a bibliotecas y valorada en unos prohibitivos 47,50 dólares. ¡Aquella etiqueta de precio debería apartarlo sin peligro de las manos de los lectores estadounidenses curiosos!.

     Aquellos lo bastante afortunados para ser capaces de tomar prestada una copia del libro pueden leer muchísimos más de los agudos comentarios de Dostoievsky acerca del comportamiento y de la actitud de los judíos en Rusia hacia el pueblo ruso durante el siglo XIX. Dostoievsky condenó especialmente la explotación de los campesinos rusos pobres, ignorantes e indefensos, realizada por los judíos vorazmente avaros y completamente despiadados. Por ejemplo:

     «Así, la Judería está prosperando exactamente allí donde la gente es todavía ignorante, o no libre, o económicamente atrasada. Precisamente allí la Judería tiene campo libre. Y en vez de mejorar, mediante su influencia, el nivel de educación, en vez de aumentar el conocimiento, generando el desarrollo económico en la población nativa, en vez de ello el judío, dondequiera que se ha establecido, ha humillado y corrompido más aún a la gente; allí los sentimientos de humanidad fueron aún más degradados, y el nivel educacional cayó todavía más abajo; allí la inevitable e inhumana miseria, y con ello la desesperación, se extendió repugnantemente todavía más. Pregunte a la población nativa en nuestras zonas fronterizas: ¿Qué impulsa al judío y ha estado impulsándolo durante siglos? Usted recibirá una respuesta unánime: el ensañamiento. "Él ha sido motivado durante tantos siglos sólo por la crueldad hacia nosotros, sólo por la sed de nuestro sudor y nuestra sangre".

     «Y, en verdad, la actividad entera de los judíos en estas zonas fronterizas nuestras consistió en hacer de la población nativa, tanto como les es posible, ineludiblemente dependiente de ellos, tomando ventaja de las leyes locales. Ellos siempre lograron estar en términos amistosos con aquellos de los cuales la gente era dependiente. Señale cualquier otra tribu de entre los extranjeros rusos que pudiera rivalizar con el judío por su influencia terrible en conexión con esto: Usted no encontrará ninguna tal tribu. A este respecto, el judío conserva toda su originalidad comparado con otros extranjeros rusos, y por supuesto, la razón por consiguiente es aquel "Estado dentro del Estado" suyo, aquel espíritu que específicamente respira crueldad para todo lo que no es judío, con irrespeto para cualquier pueblo y tribu, para cada criatura humana que no sea un judío...

     «Ahora, ¿y si de alguna manera, por alguna razón, nuestra comuna rural [es decir, el sistema institucionalizado de la sociedad campesina rusa] debiera desintegrarse, dicha comuna que protege a nuestro pobre campesino nativo contra tantos males; y si ahora mismo el judío y su kehillah entera [es decir, la Judería organizada] cayeran sobre aquel campesino liberado, tan inexperto, tan incapaz de resistir la tentación, y quien hasta este tiempo ha sido protegido precisamente por la comuna?. Por supuesto, al instante ése sería su final: su propiedad entera, su fuerza entera, al mismo día siguiente caerían bajo el poder del judío, y seguiría una época que puede ser comparada no sólo con la época de la servidumbre sino incluso con la del yugo tártaro».

     Nuevamente, ¡cuán trágicamente profético!.–





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