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jueves, 8 de mayo de 2014

Otto Dietrich - La Prensa y la Política Mundial



     En un libro oficial nacionalsocialista publicado en Londres en inglés en Mayo de 1938 ("Germany Speaks"), con un prólogo de von Ribbentrop, ministro de Exteriores, donde 21 altos dignatarios del Partido y del Estado presentan los principios fundamentales y las orientaciones de los diversos aspectos de aquella nueva Alemania, participó también Otto Dietrich (1897-1952), doctor en Filosofía, Secretario de Estado, Jefe de Prensa del Reich, con una exposición suya acerca de la prensa en el contexto alemán e internacional que presentamos en castellano ahora. El señor Dietrich es autor también de un libro ("Mit Hitler in die Macht", 1933, Con Hitler en el Camino al Poder, según la versión inglesa) presentado incompleta pero suficientemente en castellano como "Hitler Caudillo", que es bueno conocer para obtener una visión menos ideológica y más de aspectos humanos de Hitler y su pueblo antes de acceder éste al poder. Dietrich, juzgado también en Nuremberg en juicios anexos al circo principal, salió de prisión en 1950. Aquí se encarga de analizar principalmente el papel de la prensa y la necesidad de que esté regulada en términos de responsabilidad y no abusivamente amparada en una supuesta "libertad de prensa", por cuanto su labor efectivamente influye sobre las relaciones internacionales, y más si propala falsas y sesgadas informaciones. La prensa desde entonces ha seguido su evolución, de manera que hoy al parecer es más difícil percibir el mal inherente a su abuso, por el simple hecho de estar rodeados permanentemente de sus mentiras e incitaciones. Pero esto no era tan así cuando Dietrich escribía.


La Prensa y la Política Mundial
por el Dr. Otto Dietrich




     Un nuevo problema ha sido añadido a los grandes problemas políticos que han influído sobre las naciones durante las décadas pasadas. No cabe duda de que los asuntos de la prensa han estado durante mucho tiempo entre las cuestiones más interesantes en la vida social, y han sido lo más importante en la comunicación entre las naciones; pero nunca antes el trabajo de la Prensa había tenido un efecto tan profundo y directo sobre los acontecimientos políticos como hoy en día.

     El Führer de la nación alemana hizo del creciente problema internacional de la Prensa el tema principal de un gran discurso que encontró ecos en cada parte del globo. Él mostró pública y claramente los resultados y los peligros del trabajo de la Prensa destructiva, que ahora tiene tanta influencia sobre la política internacional.

     Hitler se refirió a la Prensa como un problema político de importancia mundial. Su discurso mostró el lado negativo de una parte de la Prensa internacional. Pero quizás muchos que escucharon este discurso se enteraron por primera vez del grado hasta el cual la Prensa se ha desarrollado como un elemento en la política mundial en las últimas décadas. Se puede decir que la política de la Prensa se ha convertido en una parte importante de la política, tanto nacional como internacional.

     La Prensa es una de aquellas instituciones de las cuales puede ser comentado que su sombra es más notable que su luz. Quizás es por esta razón que algunos están sinceramente preocupados y consideran a la prensa como una de las desgracias que afligen a la Humanidad. Pero hemos progresado demasiado lejos como para llevar una vida sin periódicos. La Prensa se ha convertido en una de las partes más importantes de la vida moderna y de la existencia de las naciones. Sin ella, difícilmente puede ser imaginada.

     La Prensa tiende un puente sobre el tiempo y el espacio al reportar los acontecimientos diarios. Conecta a la Humanidad diariamente y a cada hora con el mundo circundante más allá del campo de visión. El periódico es el espejo de nuestra época, y la Prensa es siempre el foco de todos los grandes acontecimientos. Ha sido llamado el órgano de la opinión pública, la voz de las naciones, y el ojo y el oído del mundo.

     ¿Hasta qué punto puede ella cumplir esta gran tarea?. Éste es el problema de la Prensa de nuestros tiempos. Pero es cierto que la Prensa es un elemento importante en la vida política. Ella crea la atmósfera, tanto buena como mala, en que los políticos deben trabajar.

     La política de la Prensa alemana no siempre es entendida en algunas partes del mundo, pero creo que si fuera correctamente comprendida, aquello ayudaría a eliminar los frecuentes efectos desastrosos en los cuales una idea equivocada de la Prensa a menudo se ha traducido.

     Es apenas posible entender la estructura de nuestra Prensa, o nuestra política de Prensa, sin algún conocimiento de los fundamentos del Nacionalsocialismo, de la nueva escuela de pensamiento que posibilitó su surgimiento, de la nueva concepción del Estado que esto produce, y de la relación del individuo con el todo que le presta a su existencia una expresión completamente nueva. El Nacionalsocialismo revolucionó el pensar político del pueblo alemán.

     Como ya se insinuó, el Nacionalsocialismo sustituyó el pensamiento individualista, al que considera como el error de una época entera, por la idea de comunidad. Nuevos caminos fueron así abiertos que aquellos cuya vida entera está, por así decir, en otro plano no pueden comprender. Las ideas que otros pueblos usan como la base de su escuela de pensamiento a menudo no son suficientemente de gran alcance para que sus partidarios sigan con el entendimiento lo que ha pasado en Alemania, aunque ellas sean amplias en sus propios países. Estamos aquí en la encrucijada de dos escuelas de pensamiento. Ésta es la verdadera fuente de todas las dificultades y de la carencia de entendimiento que tan a menudo se encuentra en las discusiones internacionales. No es posible entender el Nacionalsocialismo con formas liberales de pensamiento. Sólo aquellos que sienten este nuevo pensamiento de comunidad, o, al menos, se esfuerzan por entenderlo, pueden entender el Nacionalsocialismo, su época y sus obras, su lenguaje y su voz.

     Mis comentarios en cuanto al progreso de las ideas humanas, que ha conseguido una revolución del pensamiento en Alemania durante los últimos años, se aplican sobre todo a la Prensa. Cuando uno mira los puntos de vista a partir de los cuales la Prensa Nacionalsocialista es criticada, y considera los estándares sobrevivientes empleados, uno no puede estar sorprendido de la deficiente comprensión con la cual tantos extranjeros consideran la concepción Nacionalsocialista de la Prensa. Es verdad que la Prensa nació del liberalismo, pero la Prensa de la época liberal no es sinónimo de la "Prensa" como un todo.

     La concepción de un periódico es muy diferente en el Estado Nacionalsocialista. Una nueva época le da a la Prensa nuevas tareas que cumplir. La Prensa liberal se caracteriza por la idea de que la crítica u opinión del individuo en cuanto al Estado y sus instituciones públicas está justificada. El individuo, no importa si él es un periodista o un colaborador, aparece como el portavoz de la opinión pública sin ninguna justificación de sus afirmaciones más allá de su propia opinión privada. Esto corresponde a la idea fundamental del pensamiento individualista.

     La idea Nacionalsocialista de comunidad, por otra parte, da a la Prensa una tarea básicamente diferente, de hecho directamente opuesta: la de publicar los principios del todo en contraposición con los del individuo. El pueblo alemán ha aprendido que la idea de trabajar juntos es su mayor tesoro.

     El Partido Nacionalsocialista, como el gran movimiento de renacimiento de la nación alemana, ha aprendido de su propia historia que el pensamiento político uniforme de la nación toda es la base para todo el éxito nacional y social, y que es el conocimiento de los problemas comunes del destino lo que produce la voluntad para solucionarlos. El Partido ve un elemento de poder en este conocimiento, y considera a la Prensa como uno de los más poderosos medios de servir a ese conocimiento.

     En un Estado Nacionalsocialista, la Prensa no tiene la tarea de expresar la opinión individual contra el todo, y de expresar una "opinión pública" que es realmente inexistente. Por otra parte, tiene que representar la opinión de la comunidad contra el individuo, y hacer esto comprensible a aquellos que no lo saben. El periódico por lo tanto se convierte en la voz de advertencia de la nación y en la escuela del pensamiento político, dando a cada ciudadano el conocimiento de que él es un eslabón en la cadena de la comunidad para bien o para mal.

     La opinión pública en Alemania de este modo no es un barómetro fluctuante, sujeto día a día a las miles de influencias de intereses individuales incontrolables.

     La opinión pública, como la vemos, es la verdadera voluntad de la gente, con la cual el Nacionalsocialismo tiene contacto directo como su fuente, mediante su estrecha vinculación con la gente. No fabricamos opinión pública sino que procuramos establecerla.

     El periódico en Alemania no es el escenario de una crítica irresponsable por parte de unos pocos que actúan como guardia avanzada en beneficio de intereses anónimos y que abusan de la crítica para debilitar la autoridad del Estado. Nuestros periódicos son la conciencia pública de la nación, destinada a fomentar más bien que a dificultar el trabajo del Estado, ya que tenemos mejores métodos de mantener al Estado en contacto con la gente. Ésta es una opinión muy diferente a la de la Prensa liberal, y estamos seguros de que es una mejor.

     Los argumentos usados por algunos críticos extranjeros contra los métodos de la Prensa alemana sobre esta base o una similar se demuestran así infundados. Ellos no tocan la esencia del asunto, habiendo sido tomados del diccionario liberal cuyas expresiones ya no son aplicables a nuestros tiempos y a nuestra moderna concepción de los deberes de la Prensa. La Prensa alemana también se toma la libertad de criticar, pero critica lo que daña a la gente, y no lo que la beneficia. Dentro de las limitaciones obvias impuestas por los intereses vitales de la nación, tiene en realidad más libertad que la Prensa liberal. Incluso se toma la libertad de criticar la "libertad de prensa", que es elogiada con toda la pasión de que los demócratas son capaces como una de las posesiones más sagradas de la Humanidad.

     Incluso la pluma liberal más independiente nunca se atreve a criticar la llamada libertad de prensa. Nuestros colegas en las oficinas editoriales de las "democracias libres" saben por qué. Pero no se les permite decir aquello, puesto que tan lamentable publicidad resultaría en su necesidad de buscar un cambio de profesión que no sería de ningún modo voluntario.

     La historia del desarrollo de los periódicos muestra lo que realmente es la libertad de prensa. Se ha demostrado que la expresión "libertad de prensa" es una de las más ruidosas de las frases vacías que alguna vez hayan empañado el cerebro humano.

     La evidencia de aquellos que reclaman libertad de Prensa en sus propias tierras es una prueba adicional de que nunca ha habido ninguna verdadera libertad de prensa en ninguna parte, y de que en los lugares donde esta libertad es particularmente alardeada está menos verdaderamente presente. Puedo citar algunos casos que ejemplifican la esclavitud mental de la Prensa.

     En 1913 el periodista estadounidense John Swinton declaró en la reunión anual de la American Press Association que no había Prensa independiente en Estados Unidos, aparte de los periódicos en pequeñas ciudades provinciales. Él continuó diciendo que este hecho era conocido por todos, pero que nadie se atrevía a expresar su opinión sobre ello, mientras que aquélla nunca aparecería impresa aun si él la expresara. El hombre que fuera lo bastante loco para escribir su propia opinión personal estaría pronto en la calle. Un periodista de Nueva York tendría que mentir y sentarse a los pies de Mammón. Él tendría que venderse él y a su nación por su pan cotidiano. El portavoz concluyó refiriéndose a los periodistas como los instrumentos y los vasallos del rico que se sienta entre bastidores y mueve los hilos, y afirmó que el tiempo y los talentos de los periodistas le pertenecían a aquél, y que los hombres de la Prensa eran prostitutas mentales.

     Ésta es una opinión dura y drástica expresada hace veinticinco años. Las condiciones, sin embargo, no han mejorado desde entonces.

     Una firma de editores de Nueva York recientemente publicó un libro titulado "The Washington Correspondent", en el cual aparecieron algunas declaraciones extremadamente interesantes. El autor registra las respuestas a un cuestionario realizado a varios cientos de periodistas. La pregunta sobre cuán lejos se extendía la libertad de un periodista a menudo fue lacónicamente contestada en el sentido de que cada uno sabía que ellos tenían que escribir lo que los editores querían, o ellos serían despedidos de los departamentos editoriales si no escribían lo que se les requería. El escritor del libro, Leo C. Roston, comenta que en una sociedad donde la libertad es un bonito slogan, limitado por la realidad económica, una conciencia clara es un lujo restringido a aquellos que tienen bastante dinero para rechazar un compromiso a costa de sus ideales personales. Este libro, que no fue escrito por Nacionalsocialistas alemanes sino publicado en Estados Unidos, sería una excelente lectura para aquellos que creen que pueden reprocharnos por la carencia de libertad de prensa. O ellos deberían leer detenidamente el sensacional ataque contra la Prensa estadounidense que también fue publicado en Nueva York, y por Ferdinand Lundberg, bajo el título de "America's 60 Families". El capítulo sobre el periodismo bajo la influencia del dinero es especialmente interesante. En este libro se reconoce la verdad real sobre la libertad de prensa.

     La libertad de prensa es un fantasma, una mera etiqueta. No hay, y nunca ha habido, libertad de Prensa en ninguna parte del mundo.

     Habría que tener la suficiente comprensión de la realidad para admitir este hecho. La Prensa es siempre dependiente, y siempre con obligaciones ante alguien. La única pregunta es ¿ante quién?: ¿Ante los negocios y los partidos políticos, ante el poder anónimo del oro y la destrucción del orden y la moral, o ante los estadistas responsables y el Gobierno?.

     Cuando el Estado Nacionalsocialista fue establecido en 1933 y los asuntos de la Prensa estaban en un estado de caos, Alemania se vio enfrentada con este problema, y se decidió por la última alternativa. La purificación de la Prensa en el Reich fue, por así decir, la tarjeta de presentación, y la reorganización de la Prensa fue el primer fruto de la revolución Nacionalsocialista.

     La reputación de la Prensa se pudo haber perdido entre el pueblo alemán si el Partido Nacionalsocialista no hubiera hecho grandes sacrificios para establecer su propia Prensa, que luchó durante años contra las antiguas condiciones en el mundo de los periódicos. El caos fue convertido en orden, y la nueva ley para los editores fue publicada ya el 4 de Octubre de 1933, entrando en vigor el 1º de Enero de 1934.

     La estructura de la reorganizada Prensa alemana es clara y simple. La nueva ley cambió el centro de gravedad de la responsabilidad a la persona implicada. La responsabilidad personal por la parte editorial, es decir, por la parte política y principal del periódico, fue dejada en claro. Así como el individuo es absolutamente responsable frente a la nación entera, así aquellos que escriben en la Prensa y moldean la opinión pública son igualmente responsables ante el Estado y ante el público.

     Esta nueva ley también corresponde al sentimiento alemán de justicia, en contraste con la concepción liberal, en cuanto a que las contribuciones de periodistas independientes debieran ser editorialmente supervisadas, y que el individuo es responsable. El principio del anonimato fue así sustituído por la responsabilidad. La ley de Prensa Nacionalsocialista puso a los periodistas alemanes en relación directa con el Estado y la nación, ante quienes, así como ante su propia conciencia, ellos son responsables. Por otra parte, el Estado les garantiza la necesaria independencia legal frente a influencias injustas en su trabajo. Antes los periodistas no siempre podían repeler a éstas. La responsabilidad y los derechos personales de la Prensa son el punto de partida para la nueva posición del periodismo en la Alemania Nacionalsocialista. Éstos han efectuado un cambio fundamental en la posición social del editor alemán.

     Sería un gran error creer que Alemania quería una Prensa estatal mecánica, con los editores como meros esclavos de las autoridades estatales. Queríamos una Prensa de un pueblo vivo en la cual la personalidad del editor pudiera desarrollarse libremente, y su sentido del deber periodístico pudiera desplegarse para beneficio de la nación.

     Al mismo tiempo, la Prensa alemana está consciente de que hay mucho por hacer acerca de esto. Un cambio personal tan fundamental como el que emprendimos requiere tiempo para desarrollarse de acuerdo con las tareas a mano. Las regulaciones legales fueron absolutamente esenciales.

     Con la separación radical de negocios y política conseguida por la ley editorial en Alemania, se ha proporcionado la base para la recuperación de la Prensa, ya que se ha despertado en el pecho de cada periodista alemán la ley interior de aquella superior libertad de prensa que distingue la profesión periodística como algo ennoblecido por la responsabilidad nacional.

     El poder interior y la importancia nacional de la Prensa de este modo se hacen claros. Opuesto a ello está el poder internacional de la Prensa como un factor en la política mundial.

     La Prensa es un poder en la vida de las naciones, siendo mucho mayor que el soñado por muchos ciudadanos en su filosofía burguesa. Fue anteriormente llamado el séptimo Gran Poder, pero creo que esto ha sido promovido por orden de precedencia durante los pasados veinte años. Proporcionalmente con el acercamiento de las naciones unas a otras a consecuencia del transporte y la telegrafía modernos, las opiniones y la atmósfera política y las reacciones de las naciones han llegado a ser cada vez más importantes para las decisiones políticas de las potencias. Las informaciones de la Prensa comunican la actitud verdadera o supuesta de las naciones frente a todos los grandes acontecimientos, de un país a otro, en el espacio de unas horas. No tiene sentido decir que la radio lo hace todavía más rápidamente. La radio anuncia las opiniones de la Prensa, que son consideradas como el barómetro de la opinión pública y como la voz de la nación, sea ello así o no.

     La Prensa es considerada como la Opinión Pública porque ella influye más decisivamente sobre la opinión del público.

     A causa de esto puede ser designada como el barómetro de la política mundial, habiendo llegado a ser su influencia más fuerte y más directa sobre las decisiones de muchos gabinetes en las últimas décadas que lo que muchos imaginan.

     Este poder en las manos de la Prensa como uno de los medios más influyentes de guiar al público tiene potencialidades tanto buenas como malas: puede desarrollarse para el bienestar o en perjuicio de las relaciones internacionales. Un diplomático francés consecuentemente la describió como la lengua, de la cual Esopo dijo que era tanto el mejor como el peor miembro del cuerpo. Lamentablemente, la mala lengua se ha hecho mucho más apreciable en las relaciones internacionales que los buenos poderes de la Prensa.

     Muchas veces la opinión pública ha sido envenenada por declaraciones mentirosas de la Prensa y por ese sensacionalismo irresponsable que pone en peligro la paz de las naciones.

     En su discurso en el Reichstag después de cinco años de Nacionalsocialismo, el canciller Hitler habló de esta herida abierta en la vida de las naciones. Él dio una clara respuesta a aquellos que incitan al público, y apeló a los Gobiernos no sólo para hacer acuerdos internacionales para impedir el uso de bombas explosivas, de gas tóxico e inflamables, sino también para frenar la publicación de todos los periódicos que tienen un efecto aún más mortal sobre las relaciones internacionales.

     Ha habido ocasiones en que parte de la Prensa ha predicado el odio y la guerra entre naciones cuyo único deseo era vivir en paz. Nadie seriamente tratará de negar este hecho. Uno o dos periódicos extranjeros se han referido a mí como un notable cirujano de la Prensa, y han escrito sobre mi "mentalidad nazi". Pero he recibido cartas privadas de muchos periodistas que estaban de acuerdo conmigo. Éstas son una prueba de que mis palabras expresan los pensamientos de muchos periodistas que están trabajando bajo la obligación de las circunstancias. Ocurre lo mismo con muchos estadistas democráticos y con muchos periodistas. Ellos han reconocido durante mucho tiempo el deprimente problema de la Prensa, pero se no atreven a tratar de este asunto. Su propia libertad de prensa les prohíbe mencionar estos problemas. La trágica dificultad en el modo de solucionar lo que es realmente un problema simple se encuentra en el hecho de que todos quienes podrían cambiar estas condiciones se ven obligados al silencio porque ellos son políticamente dependientes de la Prensa. Mientras otros asuntos de la vida pública son libremente discutidos, un silencio sepulcral envuelve a este tema en la Prensa democrática. Sólo los líderes de gobiernos autoritarios han levantado sus voces contra esta situación. Por ejemplo, Mussolini explicó en una ocasión al presidente de la organización International Editors cuán grande era la maldad de la información unilateral. Todos esos incorrectos anuncios de Prensa crearon una situación que era seria, la cual todos los países deberían ayudar a remover en interés de la paz.

     El grado hasta el cual la importancia de este problema ha sido reconocida en las democracias parlamentarias es mostrado por declaraciones hechas por muchos de sus estadistas responsables. Así, el señor Lebrun, el presidente francés, advirtió seriamente a los editores de su país en cuanto a que no abusaran de la llamada libertad de prensa. Eso ocurrió en la reunión anual de la organización de los periodistas franceses el 8 de Febrero de 1937.

     La libertad para hablar de todo dentro de ciertos límites estaba bien, pero era peligrosa cuando uno se permitía ser arrastrado por el odio y la pasión. Los editores franceses, continuó él, tendrían que considerar el diferente manejo de la política de Prensa en los diversos países. Por una parte había algo como un director de orquesta, quien armonizaba todas las notas, de modo que la voluntad nacional apareciera más uniforme y poderosa. Ésta era una fuerza que era beneficiosa para el país. Pero cuando la crítica excedía los límites, cada uno hacía lo que quería. Existía así el peligro de que el individualismo exagerado lo comprometiera todo, y haría del efecto deseado algo imposible. Nunca habría que olvidar los deplorables efectos de los falsos reportes, que podrían poner en peligro aquella armonía internacional entre las naciones, para las cuales uno debería trabajar más que nunca, y poner en peligro la paz deseada por todos.

     En un almuerzo de la Asociación de la Prensa Extranjera en París, el ministro de Asuntos Exteriores francés, el señor Delbos, habló recientemente en contra de la costumbre de publicar informes falsos o injustos, declarando que el deber común de la Prensa en todos los países era atenuar la fiebre que había surgido. La Prensa, siguió diciendo, tendría que hacer más por la reconciliación y la unidad de las naciones que por su separación.

     Fue nada menos que el señor Herriot quien, según el Paris Temps del 16 de Abril de 1936, exigió una ley contra la difamación realizada por la Prensa a causa de que era insoportable que las mentiras quedaran impunes en un país respetable como el suyo. Esta nueva ley, por lo tanto, tendría que comprender al menos dos puntos: en primer lugar, que todos los artículos tendrían que ser firmados, y, en segundo lugar, que el editor responsable no debería abusar de su posición; el gerente de un periódico y el autor del artículo deberían asumir su responsabilidad.

     Según el Prager Presse del 21 de Abril de 1935, el presidente checo Benesch preguntó si era posible pasar por alto el hecho de que el estado moral de nuestra generación estaba siendo arruinado por los puntos de vista y objetivos revolucionarios, demagógicos, inmorales, corruptos y sensacionalistas que dirigían la Prensa.

     En un discurso ante la rama irlandesa del Instituto de Periodistas, el presidente Valera preguntó si la libertad de prensa debería o no ser irrestricta. Él dijo que la expresión "libertad de prensa" debe tener una explicación razonable, y no podría ser considerada como significando poder sin responsabilidad. Había una noción brumosa de la libertad de prensa en muchos círculos, con ayuda de la cual cierta gente propagaba perturbaciones del pensamiento que ellos no permitirían a sus hijos en la vida privada. La nación tendría que ser protegida contra el abuso de la influencia de la Prensa.

     Numerosos estadistas han hecho comentarios similares en casi todos los países; por ejemplo, el Primer Ministro danés, Stauning, y el estadista suizo doctor Meyer, mientras que el señor Eden, en uno de sus discursos ante la Liga de Naciones, mencionó que los éxitos diplomáticos tenían poco valor noticioso, mientras que los fracasos diplomáticos tenían resultados duraderos que podrían ser oídos y sentidos durante mucho tiempo.

     El Primer Ministro británico señor Chamberlain declaró en un discurso en la Cámara de los Comunes que el poder de la Prensa para bien o para mal era muy grande en el campo de las relaciones internacionales, y que el uso cuidadoso de este poder, orientado por la comprensión plena de la responsabilidad, podría tener efectos de gran alcance mediante la consecución de una atmósfera favorable para los objetivos por los cuales estaban luchando.

     El señor Chamberlain estaba casi ciertamente pensando en el papel desempeñado por una parte de la Prensa inglesa en cuanto a la visita de Lord Halifax a Berchtesgaden, y de la clase de servicio que esto significaba para la diplomacia británica. Es un hecho que el sensacionalismo de parte de una sección irresponsable de la Prensa ha hecho mucho para perturbar las posibilidades de entendimiento entre las naciones. Esta lista es larga, pero se hace casi interminable cuando uno considera el enorme poder positivo de la Prensa, y qué bendición podría ser esto para la Humanidad si fuera manejado con un verdadero sentido de responsabilidad.

     Uno imagina cuán pacífico sería el mundo si uno no sólo escribiera sobre la paz sino si los periódicos mismos mantuvieran la paz. La Prensa podría obrar maravillas en la vida política. La Liga de Naciones ha intentado ordenar las relaciones internacionales. Ha habido innumerables esfuerzos diplomáticos, conferencias y asambleas. El resultado es muy insignificante. Pero quizás la desilusión por lo infructuoso de estos esfuerzos es la causa principal del derrotismo político que se ha apoderado de tantos países en Europa. Las naciones podrían tener relaciones muy diferentes unas con otras si ellas reconocieran cuánto podría hacer la Prensa para la promoción de la colaboración y el entendimiento mutuo, si el poder positivo de la Prensa fuera empleado totalmente para esta alta meta.

     No es un utopismo declarar que el respeto mutuo y el entendimiento podrían ser alcanzados en la atmósfera creada por la Prensa en unos pocos meses, mientras que esto no podría ser conseguido de otro modo incluso en siglos. En vez de sembrar las semillas de la disensión y el odio, como algunos periódicos lo hacen, la Prensa podría ser uno de los órganos más beneficiosos en la creación de relaciones internacionales. Las naciones quieren la paz, y desean el entendimiento con sus vecinos. Pero la Prensa en muchas tierras, mientras afirma ser la opinión pública, no permite que estos deseos fructifiquen.

     El hombre de la calle en muchos países bien podría preguntar por qué no es tomado por la Prensa internacional el camino de la paz. Las naciones han llegado todas a un acuerdo en cuanto al contrabando de drogas, el tráfico de esclavos Blancos, y la persecución de los ladrones. ¿Por qué, entonces, no deberían ellas unir manos para combatir la incitación política y el boicot de la paz que se permiten algunos periódicos irresponsables?.

     Reconozco totalmente las dificultades en el camino a una solución. Ellas están arraigadas menos en la voluntad de los pueblos que en las condiciones de organización y en la estructura de la Prensa. En su discurso ante el Reichstag, Herr Hitler dio algunos claros indicios en cuanto a las objeciones de que no hay medios legales en otros países para terminar con las mentiras y la difamación. Al abordar este asunto no tengo ningún deseo de bosquejar ninguna idea propia mía, pero puedo comentar que Alemania e Italia tienen las condiciones esenciales prácticas para la colaboración de la Prensa por medio de la moderna legislación de Prensa. La estructura de nuestra Prensa muestra, por primera vez, la perspectiva de conseguir objetivos en la política internacional que, cuando sean correctamente entendidos y seguidos sin prejuicio, se convertirán en una bendición para las naciones y para la Humanidad en su conjunto.

     Aquellos que han reconocido estos objetivos y posibilidades prácticas están por deber obligados a trabajar para su realización internacional por el interés de las naciones y de la paz. La política de la Prensa alemana está dirigida por este único pensamiento en tratar de adoptar el camino de la razón y el entendimiento en las materias de la Prensa internacional haciendo acuerdos de Prensa, escritos o no, de país a país.

     El Acuerdo de Prensa hecho por Alemania con Polonia y Austria sirve a este objetivo, y un éxito posterior fue alcanzado en forma de un Acuerdo de Caballeros en cuanto a relaciones mutuas de Prensa no hace mucho, cuando el Primer Ministro yugoslavo visitó Alemania. La cercana amistad entre los pueblos alemán e italiano se debe no menos importantemente a la actitud de la Prensa en los dos países, habiendo los periodistas visitado ambos países durante años, y establecido amistades que son ahora de beneficio para ambos pueblos.

     La Prensa alemana seguirá prosiguiendo esta política de pactos de no-agresión y acuerdos entre países, en la medida en que la política y los asuntos de Prensa lo permitan.

     Pero hay límites a este respecto, no límites a nuestra buena voluntad sino a posibles negociaciones y a la moral de la Prensa en algunos países. Tal como no puede haber ningún armisticio entre dos Estados cuando uno tiene un ejército bien disciplinado mientras las tropas del otro están en manos de condottieri que continúan una guerra por su cuenta, no puede haber ninguna paz con la Prensa cuando sólo una parte se adhiere a la disciplina nacional, mientras la otra rechaza aceptar la responsabilidad y permite ser conducida por la influencia anónima de poderes que intentan destruír la paz.

     Gracias a la disciplina nacional en la cual nuestra Prensa está entrenada por el Nacionalsocialismo, estamos en posición de hacer tales acuerdos y mantenerlos. ¿Cuál, sin embargo, es la posición en otros países?.

     A menudo presentamos quejas diplomáticas con motivo de ataques irrestrictos contra nuestro pueblo y su forma de gobierno, y la respuesta casi estereotipada es: "Estamos de acuerdo en que se trataba de una difamación falsa o grave, pero no tenemos ninguna base para interferir efectivamente en vista de la libertad de prensa constitucionalmente garantizada".

     Tales objeciones son incomprensibles para nosotros, incluso desde el punto de vista de la más amplia política democrática de prensa. Lo que es así defendido como libertad de prensa no es la libertad sino la insolencia. Aquí, el Estado no defiende la libertad sino el abuso. El señor Herriot dijo que era insoportable que las mentiras quedaran impunes en una tierra respetable como la suya. Con ello, él simplemente expresó lo que cada hombre respetable piensa en cada país, ya que no hay ninguna Constitución que pueda proteger tales cosas en nombre del pueblo. Cada gobierno puede intervenir en contra de aquellos que envenenan las relaciones extranjeras de una nación por medio de falsos reportes y ponen así en peligro la paz de su propia nación. El bienestar de la nación y la seguridad del Estado son, después de todo, la primera ley de la Democracia. Cuando los intereses de las personas son irresponsablemente puestos en peligro por la publicación de rumores falsos, cada estadista debería reclamar el derecho a confiscar la edición del periódico en el cual tales informes aparecen, según el derecho escrito y el consuetudinario. Los países en los cuales tan obvios principios no son aplicados, no son socios convenientes para acuerdos de Prensa.

     En muchos países se ha extendido la extraña costumbre de hacer responsable al Gobierno alemán de cada palabra impresa en los diarios alemanes. A la Prensa alemana se le exigen maneras apropiadas, mientras los países en cuestión no se sienten obligados a actuar de manera similar debido a su concepción de la libertad de Prensa. Es una transacción injusta con respecto a nuestra respetabilidad y no hace más cercano el objetivo de una paz de Prensa.

     No estamos preparados para aceptar irresponsables ataques de Prensa como recompensa por nuestros esfuerzos honestos. Cualquiera de tales ataques que no es suprimido por el Gobierno del país en cuestión nos obliga a recurrir a las mismas armas. Nadie dudará de que podemos ser claros en la defensa de nuestros derechos. Somos de la opinión de que la mala costumbre de juzgar sobre tales estándares desiguales no fomenta la reconciliación de la Prensa internacional. No podemos permitirnos actuar como ángeles pacíficos cuando el diablo está ante nosotros. Aquí, decimos: ojo por ojo, diente por diente.

     También, sólo podemos contribuír a la paz de Prensa paso a paso. Nadie puede esperar que nosotros guardemos nuestras flechas mientras los otros lanzan ataques contra nosotros. Esto debe estar claro para los estadistas de otros países que consideran una paz de Prensa como la mejor preparación para un acuerdo político completo. Es de poca utilidad protestar que uno quiere la paz mientras la Prensa simultáneamente dispara sus flechas envenenadas. En Alemania, como en Italia, la reforma y la legislación de la Prensa han hecho el primer paso hacia una razonable política de Prensa entre los dos países, y así han mostrado el camino a una limpieza de la atmósfera internacional.

     En diversos otros países, la razón también se está haciendo escuchar. Hemos reconocido que la crisis moral en los círculos del periodismo mundial tiene menos que ver con los periodistas que con aquellos que prescriben su línea de acción desde la oscuridad del anonimato. Por consiguiente, hemos liberado a los periodistas de los grilletes invisibles del capital por medio de nuestra ley de Editores, y dimos a los periodistas una relación directamente responsable con la nación y el Estado, sin interferir de ninguna manera con la propiedad privada de los periódicos. Esta solución clara y saludable ha puesto a nuestro periodismo en orden. Ahora es el turno de los otros si ellos realmente desean la paz.

     El medio que ellos adoptan es su propio negocio, en el cual no interferiremos. Como en el caso de la política exterior, el Nacionalsocialismo tiene su propia concepción de la política de Prensa. Tal como creemos que la paz mundial sólo puede ser asegurada por la existencia de Estados libres, soberanos y felices, así también sostenemos que la economía mundial sólo puede prosperar sobre una base de economías nacionales sanas. Del mismo modo, somos de la opinión de que sólo una Prensa nacional moral y económicamente sana puede ser la base de una cooperación de la Prensa internacional.

     Las barreras construídas entre las naciones por el odio serán derribadas más rápido mientras más los estadistas responsables entiendan la voluntad de sus pueblos en esta cuestión en todas las tierras, y mientras más ellos encuentren el coraje para actuar en consecuencia, y así servir al interés de las naciones. La supuesta libertad de prensa que ellos creen que deben respetar es un fantasma, sin más poder que el miedo que infunde, como uno de los primeros periodistas europeos escribió en 1827. El verdadero problema no debería ser evitado por el bien de un simple slogan.

     El periodista que ejerce su profesión ha reconocido durante mucho tiempo la verdadera cara de esta extraña libertad de prensa, que no es ninguna libertad para él. Él sabe que la Prensa es libre en teoría, pero que esta libertad es abolida por el poder del oro en la práctica real, como un estadounidense una vez comentó.

     Los estadistas que se amilanan frente a este poder deberían considerar este punto, y no evitarlo hablando de una "buena conciencia" y apelando al amor por la libertad que tiene un pueblo.

     La verdadera libertad no radica en la irresponsabilidad sino en la responsabilidad, responsabilidad hacia la comunidad de la propia nación de uno y hacia la comunidad de todos los pueblos. Esto haría de la Prensa un instrumento para la promoción de la paz, y no uno que separa e incita las naciones. Esta responsabilidad debería ser sentida por todos, tanto por los hombres que dirigen la política de la Prensa, como por los periodistas que escriben para los periódicos, ya si ellos trabajan en los departamentos editoriales o como corresponsales en el extranjero. Vemos la primera base principal para una relación provechosa con otros países en cuanto a la Prensa en la colaboración fructífera con los representantes de la Prensa extranjera en Alemania.

     Nuestra actitud hacia los periodistas extranjeros acreditados en Berlín puede ser, quizás, objeto de un malentendido. Creo que la imparcialidad periodística y la obligación nacional en el trabajo de la Prensa de los periodistas extranjeros pueden bien ser combinadas. Esto presupone alguna comprensión psicológica de la situación y de las condiciones que existen en ambos lados.

     Vemos los deberes del corresponsal extranjero como sigue: Él debe dar a sus compatriotas un cuadro imparcial y verídico de una tierra extranjera y de su gente. Aquellos que ven su tarea de esta manera pueden estar seguros de nuestra ayuda en cualquier momento, ya que entonces respetamos en ellos a los representantes de órganos de la opinión pública de su propio país. No disputaremos su derecho a hacer una crítica objetiva en tanto ellos deseen servir a los intereses de la verdad. Pero aquellos que albergan sentimientos de aversión personal o de otro tipo, o incluso odio, por el país en que ellos están, sentimientos que los llevan a un conflicto constante con sus deberes profesionales y hacen difícil o imposible el reportaje objetivo, no deberían venir a nosotros como corresponsales. Ellos dañan no sólo nuestra tierra sino también la suya propia por medio de injustos y tendenciosos reportes de noticias, y están sujetos a la desconfianza justificable que ciertamente, tarde o temprano, conducirá a una contravención.

     Somos muy sensibles cuando encontramos a un periodista extranjero actuando en oposición a los esfuerzos de los políticos hacia una "buena vecindad" con otras naciones mediante su deliberado reporteo en una manera que es probable que incite a otras naciones contra nosotros, informando deliberadamente mal de las condiciones en el Reich. En tales casos hemos recurrido a la institución de la expulsión, que, a propósito, no es una invención Nacionalsocialista sino una medida que se ha aplicado en todas partes a periodistas que abusan de su posición y de la hospitalidad del país en que ellos están. Esta medida ya ha sido usada por nosotros, y será mantenida en el futuro. Pero entendemos las condiciones peculiares bajo las cuales los periodistas extranjeros tienen que hacer su trabajo. No somos intolerantes, y no pertenecemos a aquellos que creen que cada periodista debe ser una criatura objetable si él no escribe exactamente como un Nacionalsocialista. Esperamos que él, como un súbdito de otra tierra, piense y sienta de manera diferente en muchos asuntos, tal como esperamos que un alemán en el extranjero no olvide que él es un alemán. Sólo pedimos al corresponsal extranjero que sirva a los intereses de la verdad, que cumpla su deber periodístico en una manera respetable, y, como un diplomático, vea su misión desde un punto de vista más alto, el de fomentar las relaciones entre nación y nación.

     Es verdad que un periódico no puede ser absolutamente sin sensaciones, pero los logros de la Alemania Nacionalsocialista en muchos campos ¿no ofrecen más que bastante material para informes sensacionales?. No habría que dedicar tanta energía a la búsqueda de lo negativo cuando tanto aspecto positivo está disponible. Al exagerar, en la búsqueda de sensacionalismo, existe el peligro de resbalar, y así de caer víctima de un rumor, y por lo tanto de la falta de veracidad.

     Bismarck dijo que cada país, en el largo plazo, tenía que pagar por las ventanas rotas por su Prensa. Él también dijo que sería más fácil convertir a un buen editor en un ministro de Asuntos Exteriores que producir un solo buen periodista de una docena de consejeros de Estado. Estas palabras todavía se aplican hoy. No veo un elemento destructivo sino uno reconstructivo en los periodistas, un elemento que nos ayudará a comprender las exigencias de la política de Prensa que constituye uno de los problemas más urgentes en la política internacional.

     Herr Hitler hizo una diferencia en su discurso ante el Reichstag entre dos clases de periodista. Yo debería estar feliz si todos pertenecieran a la clase que sirve a su gente preparando el camino para la verdad. Un refrán también puede ser citado, que también se aplica al corresponsal en el extranjero: "Respete el país de cada uno, pero ame el suyo propio".–




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